Una suerte pequeña

Claudia Piñeiro

Fragmento

La barrera estaba baja. Frenó, detrás de otros dos autos. La campana de alerta interrumpía el silencio de la tarde. Una luz roja titilaba sobre la señal ferroviaria. Barrera baja, alerta y luz roja anunciaban que un tren llegaría. Sin embargo, el tren no llegaba. Dos, cinco, ocho minutos y ningún tren aparecía. El primer auto esquivó la barrera y pasó. El siguiente avanzó y tomó su lugar.

Debería haber dicho que no, que no era posible, que no podía viajar. Decir lo que fuera. Pero no lo dije. Me di explicaciones a mí misma, una y mil veces, acerca de por qué, aunque debería haber dicho que no, terminé aceptando. El abismo atrae. A veces sin que seamos conscientes de esa atracción. Para algunos, atrae como un imán. Son los que pueden asomarse, mirar hacia abajo y sentirse capaces de saltar. Yo soy una de ellos. Capaz de soltarme en el vacío, de caer para ser —al fin— libre. Aunque se trate de una libertad inútil, una libertad que no tendrá después. Libre sólo en el instante que dure la caída.

Entonces quizá no se trate de que haya aceptado porque no supe decir que no; tal vez, en el fondo, acepté porque quise. En un lugar íntimo y oscuro dentro de mí, allí donde ya no es posible conocerme a mí misma, yo quise. Incluso puede ser que lo haya estado esperando todo este tiempo. Mi propio abismo. Diecinueve años. Más, casi veinte. Esperar que algo, o alguien, que una fuerza a la que no pudiera oponerme, que una circunstancia irremediable e ineludible me obligara a volver. No una decisión propia que no habría podido tomar. El destino o el azar, no yo. Volver. Y volver no sólo a mi país, la Argentina, no sólo a la ciudad donde vivía, Temperley, sino al colegio Saint Peter. El regreso a una especie de mamushka que termina en ese micromundo: un colegio inglés del sur del conurbano, que quise y odié con la misma intensidad.

El colegio Saint Peter. Todavía me cuesta decir su nombre, me cuesta hasta pensarlo. Sé que quien me importa ya no estará allí. Pero quizá sí alguien que yo conozca, o alguien que me conozca a mí. Y a él. Que sepa de nosotros cuando yo aún vivía en ese barrio. Aunque varios cambios físicos y cierta intervención sobre mi cuerpo me dan tranquilidad. Tengo la convicción de que podré pasar inadvertida. Hace unos cinco años me encontré con Carla Zabala —una madre del colegio que pertenecía al grupo de mis amistades más cercanas en aquellos años y aquel lugar al que me veo obligada a regresar— y no me reconoció. Fue en una de esas grandes tiendas, las dos esperábamos nuestro turno haciendo cola en la línea de cajas, una al lado de la otra. Ella me miró y con un muy mal inglés me preguntó algo sobre el precio de la prenda que llevaba. Yo me quedé muda, no pude responder. Carla esperó unos segundos pero ante mi demora no mostró ninguna reacción, simplemente le hizo la misma pregunta a la persona que estaba detrás de mí. Entonces comprobé lo que sabía por intuición: la que yo había sido ya no estaba, quien ese día hacía cola para pagar en una gran tienda de Boston no había estado nunca en Temperley, no conocía el colegio Saint Peter, no podía ser descubierta ni por Carla Zabala ni por nadie, sencillamente porque era otra.

Yo misma no me reconozco cuando me busco en las fotos de aquella época. Sólo conservo tres fotos, las tres con él, de tres momentos distintos. Ninguna con Mariano. Ya casi no las miro, dejé de hacerlo para poder curarme. Robert me pidió que no las mirara más, y tenía razón. Un tiempo lo seguí haciendo, a escondidas. Pero una noche, al acostarme, me di cuenta de que se había ido el día entero sin que yo las mirara. Y luego pasaron otros dos días en que tampoco lo hice. Y luego una semana, un mes. Tiempo. Hasta que no las miré más. Sin embargo no me deshice de ellas. Ahora, hoy, en este avión que me devuelve al lugar de donde me fui, llevo cuatro fotos conmigo: aquellas tres y una en la que estoy con Robert, frente a nuestra casa. Pero tampoco las miro. Apenas las llevo, ni siquiera sé bien por qué.

Ya no soy rubia, como la mayoría de las mujeres que mandaban a sus hijos al Saint Peter, ese colegio que tan bien conocí. Desde hace tiempo mi pelo es rojizo, casi pelirrojo. Bajé de peso, como diez kilos, o incluso un poco más. Nunca fui gorda, pero después de mi partida —de mi huida, debo reconocer— me puse escuálida, transparente, y jamás recuperé los kilos perdidos. No uso la misma ropa que el resto de aquellas mujeres, la que usábamos todas; soy —ahora, el día de mi regreso— una mujer americana, una mujer de Boston. Si hiciera frío podría llevar sombrero, algo impensable en Temperley. Mi voz, aquella voz, quedará oculta bajo las inflexiones de otro idioma que me esforzaré en exagerar cuando esté en zona de peligro. Y se oirá empañada por esta ronquera que me apareció el mismo día en que me fui del país. “Disfonía por estrés traumático”, dijo el médico cuando me hice ver en Boston, varias semanas después. Con los años se convirtió en disfonía crónica por el esfuerzo que suponen para las cuerdas vocales las muchas horas de clase. Ni siquiera mis ojos son los mismos. Y no sólo porque hayan mirado otras cosas, otros mundos. Tampoco porque no hayan mirado más este lugar al que hoy regreso. Si eso los hubiera cambiado, la modificación sería imperceptible. Lo habría notado únicamente yo, tal vez Robert: una cierta tristeza, el brillo más apagado, la demora con la que van los ojos de un objeto mirado a otro. Quizás entre esos cambios también se haya modificado el lugar tan propio de cada persona adonde van los ojos a buscar las palabras que uno no encuentra mientras habla. Mis ojos las buscan en el cielorraso; levanto la vista de costado y se cuelgan del techo, se detienen allí arriba, hasta que la palabra aparece. Robert las buscaba mirando al frente, allí las tenía, siempre a mano; mi madre —hoy lo sé— cerrando los párpados. ¿Dónde irán sus ojos, los de él, a buscar las palabras que no halla? No puedo recordarlo. Sin embargo no me refiero a ninguno de esos cambios sutiles, privados, difíciles de detectar excepto para quien está muy atento a cómo mira el otro. Me refiero a cambios más evidentes y más externos que hoy se le pueden hacer a una mirada, si uno lo desea. En cuanto mi oculista sugirió que me podía poner un color diferente en las lentes de contacto, dije que sí. Robert se espantó cuando me vio. Pero Robert era incapaz de contradecirme en nada, a menos que fuera algo que me hiciera daño. Así que si quería ojos marrones, entonces que los tuviera. Robert. A él le gustaban mis ojos celestes. A mí ya no. “Marrones será perfecto”, me dijo a pesar de su propio gusto. Cruzarme con Robert, contar con él cuando me instalé en Boston como me podría haber instalado en cualquier otro lugar del mundo, fue encontrar una tabla de salvación en el momento justo en que había decidido abandonarme a las olas y las mareas, dejarme ir.

En Boston doy clases de Español. Enseño Español a angloparlantes. ¿Escribir en primera persona o en tercera? ¿Por qué elegir una u otra voz? Son algunas de las tantas preguntas que suelen hacerme mis alumnos, una vez que superan las primeras dificultades y quieren “escribir”. Me las volverán a hacer cuando regrese, o me las harán nuevos alumnos en el próximo semestre. Son preguntas técnicas, y aunque así respondo —en mis clases no doy respuestas literarias sino gramaticales—, esta pregunta en particular se queda conmigo un tiempo, como si esperara de mí un mayor compromiso. Los alumnos vienen a aprender un idioma, no es el objetivo que lo usen para escribir una novela o un cuento. Para eso tienen su lengua materna, uno debería escribir en la lengua con la que piensa, con la que sueña. La lengua con la que hace silencio. Pero a pesar de saber qué se espera de mí en esas clases, a veces siento que la respuesta que doy a mis alumnos es demasiado teórica: “La persona (primera, segunda, tercera) es la categoría gramatical básica, expresada en los pronombres personales. Este rasgo regula la forma deíctica concreta necesaria para desambiguar qué papel ocupan el hablante, el oyente u otro interviniente respecto a la predicación”. Deíctica, desambiguar, intervinientes, predicación. Bullshit, diría Robert. Doy la definición de memoria, se la hago repetir a ellos de memoria. By heart, se dice en idioma inglés. No es una traducción literal, todo lo contrario. Memoria versus corazón. Otras veces me apiado de mis alumnos y les doy una respuesta más amigable: “La primera persona es generalmente la que habla: yo, nosotros, nosotras. La segunda persona es con quien se habla o escucha: tú, ustedes. La tercera persona es de quien se habla: él, ella, ellos, ellas”. Y yo, aquí, ahora, mientras espero embarcarme para mi vuelo de regreso a la Argentina, también me pregunto, frente al papel en blanco, si me resultará más fácil contar esta historia en primera persona o en tercera del singular. Si “yo”, o “ella”. Pruebo una y otra. La tercera persona aleja, protege en la distancia. La primera me lleva al borde del abismo, me invita a saltar. La tercera me permite esconderme, quedarme dos pasos más atrás, no mirar el vacío ni siquiera al contarlo. Sin embargo, sé que esconderme es lo que hice hasta ahora, mientras no pude escribir una palabra acerca de aquel día, de los días que siguieron a aquel día, de los años que siguieron a aquel día. Por eso me digo, me convenzo, me obligo, a que este texto —esta especie de bitácora del viaje de regreso— tiene que ser escrito en primera persona. Porque el dolor sólo se puede contar así. El dolor, el desgarro, la huida, el partirse en mil pedazos que nunca volverán a unirse, la mirada lejana, el abandono, el abandonarse, las cicatrices, sólo se pueden narrar en primera persona.

Entonces yo, aquí, en el aeropuerto de Nueva York —Robert me ayudó a poder subir a un tren otra vez y disfrutar la belleza de hacer el viaje en ferrocarril de Boston a Nueva York cuando no hay vuelos directos, “así uno sube al avión en estado de gracia”—, espero que me llamen a embarcar después de haber despachado una pequeña valija con cosas suficientes para el tiempo que estaré fuera de mi casa, entre una semana y dos. Y mientras espero, escribo en primera persona. Escribo para mí en primera persona. Me escribo. Anoto en la primera página “Cuaderno de bitácora”, y no “Diario”. Para escribir un diario hay que tener una seguridad del valor que tiene contar la vida propia que yo no tengo. La convicción de que esa vida, por más dura que haya sido o sea, merece ser apuntada día a día, escena por escena, desde el punto de vista absoluto de quien la cuenta. Y yo no tengo esa convicción.

Las fotos van conmigo en la cabina. Las cuatro fotos. Delante de las tres más antiguas va la de Robert; por si en medio del viaje tuviera que sacar algo de la mochila, revolver dentro, y eso me obligara a mirarlas. En ese caso prefiero dar primero con Robert, incluso ahora que está muerto y ya no puede protegerme de mis fantasmas como lo hizo todos estos años. Primero con Robert, sólo después con él. En la misma mochila de mano en que van las fotos, viajan también los muchos papeles del Garlic Institute, el sofisticado colegio americano para el que trabajo hoy. Aquel donde entré como profesora de español gracias a Robert. El lugar en el que —acunada en mi dolor después de huir— pasé los años que le siguieron a mi vida anterior. El colegio que hoy me envía sin escalas y en business a otro colegio, el Saint Peter.

Y a mi pasado.

Dejo la mochila que lleva los papeles del Garlic Institute y las cuatro fotos en el portaequipaje, arriba del lugar que tengo asignado. Hay sitio suficiente, en business los pasajeros no necesitan ocupar con sus bolsos el espacio de otros. Para eso pagan. Busco algunas cosas en la cartera antes de acomodarla debajo del asiento, frente a mí. Saco el libro que estoy leyendo, mi libreta de notas convertida en cuaderno de bitácora, una birome, un paquete de pañuelos de papel y los coloco en el sobre donde están las revistas de vuelo y el neceser de la aerolínea. Dudo si tomar ya una pastilla que me permita dormir al menos seis horas del viaje o esperar a que el avión despegue, beber vino en la cena y dejar que el alcohol me vaya adormeciendo de a poco. No suelo tomar vino desde que no está Robert, así que confío en que una copa a esas alturas surtirá efecto. Incluso dos copas, o hasta tres, en business nunca hay problemas cuando se trata de satisfacer al pasajero. Rechazo el champán de bienvenida que me ofrece la azafata, las burbujas me dan cosquillas en la nariz y eso me hace doler la cabeza. Saco la pastilla de mi cartera y la dejo más a mano, en el bolsillo de mi blazer, por si me hiciera falta aún después del vino. El vuelo debe estar pronto a salir. Quedan pocos asientos vacíos. Uno es el que está a mi lado. Sería una suerte que quedara libre. No una gran suerte de esas de las que hablaba mi mamá. Yo no tengo tanta. Encontrar a Robert veinte años atrás podría parecer la excepción. Sin embargo, eso no fue suerte sino una última oportunidad puesta en mi camino por el destino, era permitirle que me llevara de la mano o dejarme morir. La circunstancia en que lo conocí sí, tal vez ése sea el tipo de suerte que tengo. Como la de ahora: entra una mujer con un bebé y, felizmente, pasa de largo. Luego un hombre. Otro. Hasta que la azafata avanza por el pasillo guiando a una señora mayor y la ubica en el asiento a mi lado, la asiste como si estuviera perdida. La señora se disculpa muchas veces antes de pasar y tomar su lugar junto a la ventanilla. Pide perdón como si se sintiera en falta. Me dice que es la cuarta vez que viaja en avión, pero la primera que viaja en business. La pasaron a esta categoría que no pidió porque no quedaban lugares en clase turista, la categoría donde el hijo le había sacado pasaje para que fuera a conocer a su único nieto. Antes había viajado para el casamiento, sola, ida y vuelta. Me explica que son ellos dos de familia, nadie más. Ella y su hijo. “Ahora también mi nieto”, me dice, pero no nombra a su nuera. En los viajes anteriores no tuvo problemas, en cambio hoy casi la dejan abajo, me cuenta, pero lo dice con resignación, no muestra enojo, como si estuviera describiendo una situación que le es impuesta sin que ella pueda hacer nada, sin un derecho a esgrimir. La hicieron ingresar a la sala de embarque con número de asiento en blanco, le dijeron que se lo asignarían —si todo iba bien— antes de abordar, hasta que por fin los empleados de la aerolínea lograron ubicarla en una categoría superior. Y se lo dijeron con una sonrisa: “Le hicimos un up grade”. Supongo que ésas deben haber sido las palabras que usaron porque ella quiere repetir lo que le dijeron exactamente pero no lo recuerda, cierra un poco los ojos y busca —como hacía mi madre—. “Una palabra en inglés”, me dice. Y aunque sé que seguramente usaron esa expresión, up grade, yo no la digo, me la callo para ponerme de su lado, del lado de la señora que lejos de creer que le hicieron un favor se siente desubicada, molesta sentada en un sillón con demasiados botones, incómoda con que la azafata le pregunte más de una vez si quiere champán. El anonimato del pasajero turista le debe haber resultado más tranquilizador, que nadie se preocupara por ella, que no le ofrecieran tantas cosas dando por hecho que las disfrutaría. La señora, sin duda, habría preferido su asiento en clase turista, aunque allí no pudiera estirar las piernas y llegara a destino con los tobillos hinchados, aunque la comida fuera de menor categoría, aunque el nene sentado en el asiento de atrás le pateara la espalda o el auricular de su audio fuera el único del avión que no funcionara. Esos inconvenientes pertenecen a un tipo de molestias que conoce, sabría cómo acomodarse a ellos, o como aun padeciéndolos pasar inadvertida. Estas otras molestias no, le son ajenas.

A veces, un up grade no hace otra cosa que complicar la vida. Eso fue lo que sentí cuando Mariano me llevó a vivir a Temperley. Yo había vivido toda mi vida en Caballito, en un departamento familiar de tres ambientes: un living-comedor chico, mi cuarto y el de mis padres. Y un balcón terraza, no muy grande, pero donde mi madre tenía plantas —que a menudo se le marchitaban porque dejaba de regarlas—, mi padre leía rodeado de plantas marchitas, y yo tomaba el sol de la mañana. Un departamento alquilado que volvió a sus dueños cuando mis padres murieron, pocos años después. Vivir en Capital me parecía más sencillo, más cerca de todo, con más medios de transporte a mi disposición. Pero Mariano había nacido y vivido siempre en Temperley, en la casa de sus abuelos que heredaron sus padres, un chalet de estilo inglés con parque y pileta —pequeña, un espejo de agua contra la pared medianera por la que subía un rosal trepador—. La clínica de su padre que él administraba —que tal vez sigue administrando— estaba a cinco minutos de esa casa. Lo único que quería Mariano, a la hora de buscar un lugar donde vivir cuando nos casáramos, era encontrar un chalet tan lindo como el de sus padres y que quedara igual de cerca de su trabajo. Y lo encontró. Me llevó un día a conocerlo, pero sin decirme adónde íbamos. Me sacó el pañuelo que yo llevaba al cuello y me lo puso tapándome los ojos —“¿Vamos a jugar al gallito ciego?”, pregunté—, me hizo subir al auto, manejó unas pocas cuadras y estacionó. Cuando abrió mi puerta para que bajara, yo quise sacarme la venda pero me dijo que aún no, que no arruinara la sorpresa. Me ayudó a salir del auto, me guió unos pasos llevándome del brazo, nos detuvimos, me soltó, sentí que hacia girar una llave en alguna cerradura. Luego avanzamos otra vez por lo que supuse un camino de baldosas. Un poco más adentro me detuvo otra vez, me acomodó para que quedara de frente a lo que quería que yo viera y entonces sí se puso detrás y me desató el pañuelo. Abrí los ojos, frente a mí había una casa del mismo estilo que la de sus padres, pero mucho más grande, mejor mantenida, con un parque más cuidado, con más árboles y el mismo rosal —el que en la casa de Mariano cubría la medianera junto a la pileta—, aunque mucho más frondoso, trepando por la pared del frente entre las dos ventanas. “Es nuestra”, dijo. Yo sentí una mezcla de alegría y agobio. Como si toda esa casa —que también iba a ser mía— se me viniera encima para desplomarse sobre mí. No hubo una consulta anterior, no hubo una búsqueda juntos. Él eligió lo que creyó mejor para los dos, decidió por “nosotros”. O por él. Y yo por un tiempo lo sentí un regalo casi inmerecido, lo agradecí, lo interpreté como el mejor obsequio que podía hacerme. “Una muestra de amor”, dijo mi madre, “vos sí que tenés suerte, no sabés la suerte que es tener una casa propia, no ser un eterno inquilino”. Mi padre miró y no dijo nada. En ese entonces asocié el agobio con un problema mío, con una incapacidad para recibir lo que los demás quisieran darme, con mis dificultades para disfrutar lo que se me presentaba delante de los ojos. Como esa casa, una casa donde Mariano y yo nos querríamos, donde seríamos felices, donde armaríamos nuestra familia. El sueño de cualquier chica como yo. No mi propio sueño, yo no sabía cuál era mi sueño. Entonces me apropié del sueño que soñaban las demás. A fin de cuentas ese sueño no estaba mal, qué más quería de la vida. “Vos sí que tenés suerte”, repitió mi madre aquel día como lo había hecho tantas otras veces. Y yo, para no contradecirla, le contesté que sí, que yo tenía suerte, al menos de algún tipo. La suerte que hizo que la mujer con el bebé pasara de largo. Una suerte pequeña.

Me apuro y antes de que el avión despegue busco en Google Maps la dirección de aquella casa. Me fijo a cuántas cuadras está del departamento donde viviré mientras haga mi trabajo en el colegio Saint Peter —“cerca de la estación de trenes”, decía el mail en el que me pasaron las fotos del lugar y la dirección exacta, como si esa cercanía fuera una ventaja—. Sé que la azafata me pedirá que apague el teléfono y mientras la veo avanzar por el pasillo recorro a las apuradas con el dedo los caminos posibles para ir del departamento al colegio sin pasar por la casa donde vivimos juntos diez años. Los mejores y los peores diez años de mi vida. Existen opciones para no pasar por delante de ella, sólo hay que saber tomar el camino correcto.

La azafata se detiene a mi lado y yo apago el teléfono. El avión está por despegar. La señora del up grade, sentada a mi derecha, aprieta una cruz que lleva colgando del cuello con una mano y con la otra, sin pedirme permiso, me toma del brazo mientras reza con los ojos cerrados.

Yo también cierro mis ojos. Y ya no pienso en Mariano, ni en la casa, ni en Robert. Pienso en él, y en cuáles serán los caminos que toma cada día para ir adonde sea que vaya.

La barrera estaba baja. Ella frenó, detrás de otros dos autos. La campana de alerta interrumpía el silencio de la tarde. Una luz roja titilaba sobre la señal ferroviaria. La barrera baja, la campana de alerta y la luz roja anunciaban que un tren llegaría. Debía venir un tren. Sin embargo, el tren no llegaba. Dos, cinco, ocho minutos y ningún tren aparecía. El primer auto esquivó la barrera y pasó. El segundo avanzó y tomó su lugar. Ella esperó, no ocupó ni siquiera el espacio vacío que ahora quedaba entre su auto y el que tenía delante. Se preguntó por qué ese conductor no cruzaba como lo había hecho el anterior. Y apenas terminó de preguntárselo, el auto se movió, metió la trompa entre las dos barreras y luego se detuvo en esa posición. Ella, sin verlo, supuso al conductor mirando a un lado y a otro para confirmar que ningún tren aparecería.

El piloto anuncia que ha comenzado el descenso, se enciende la luz que indica que hay que ajustarse los cinturones, las azafatas verifican que todo esté en su lugar, los asientos derechos, las mesas rebatidas. Por la ventanilla, veo cómo la oscuridad de la noche se ilumina de a poco con las luces desperdigadas de los alrededores del aeropuerto. Oigo el ruido que anuncia que está bajando el tren de aterrizaje y enseguida, junto a las alas, aparecerán las ruedas. No llego a verlas desde mi lugar pero busco con la mirada a la azafata y su tranquilidad me confirma que las ruedas están allí. Siempre estoy atenta a este movimiento desde que Robert me hizo ver un episodio de una serie de televisión de Steven Spielberg en que el mecanismo de aterrizaje de un aeroplano de guerra está averiado, han perdido una rueda, y al filo de la muerte se salvan porque un tripulante dibuja la rueda que falta. Un episodio con personajes representados por actores reales —Kevin Costner es el capitán— y donde la animación se introduce como la magia para que aparezca esa rueda salvadora. Si sólo se tratara de dibujar algo que modifique la realidad.

El avión —el mío— carretea en la pista de aterrizaje. Los pasajeros aplauden. ¿Por qué los pasajeros argentinos aplauden?, no vi aplaudir en un aterrizaje en ninguno de los vuelos que hice en estos años. El piloto acciona los frenos y el avión comienza a perder velocidad. Estoy otra vez en la Argentina. Después de veinte años. Pero aun así, entre mis pies y la tierra a la que vuelvo hay mucha distancia, todavía no toco ningún otro suelo que el de la propia nave. ¿Cuándo se vuelve? ¿Cuándo uno puede decir que pisó otra vez el suelo donde nació? ¿Cuándo uno está de regreso?

Me levanto con cierto apuro —no tanto como el de otros que se sacan el cinturón y se ponen de pie antes de que esté permitido hacerlo—, bajo mi mochila,

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