2 de junio de 1955
Era enorme. La cara de un hombre sonriente de casi dos metros. Mi cara. O eso creí por un momento, cuando en el final de la madrugada, al volver del trabajo, doblé la esquina y me encontré con el afiche publicitario. ¿Qué era lo que venía pensando antes de verla? Me quedé ahí, de pie frente al afiche en la pared, mirándola, mirándome. La cara de un hombre sonriente en una calle oscura, en la madrugada. ¿Cómo se vería la tristeza, la melancolía, en esa cara? Eso pensé entonces, eso pienso ahora. Llegué a la pensión inquieto. Esa cara sólo podía sonreír, sonreír. Antes de acostarme intenté dibujarla. Pero cuando estuve frente al cuaderno ya no podía recordarla. Ahí estaba el cuaderno, acá está. Después de tanto tiempo. Entonces escribí, eso hago. Puse la fecha y escribí. Escribo. Lo hago como si nunca hubiese dejado de hacerlo. La cara del hombre sonriente no puede parecerse a la mía. Si intento sonreír, si toco mi cara mientras intento sonreír, lo que descubro son los rasgos firmes y tersos de una máscara mortuoria.
2 de junio de 1955
No le encuentro cara a esta melancolía. Busco entre las personas que frecuento, y me doy cuenta de que son muy pocas las personas que frecuento. Son pocas las personas, son menos las caras. En algún momento, lo sé, fui detallista. Cruel y detallista. Las caras eran para mí puertas hacia lo desconocido. Ahora solo me queda la crueldad. Y la crueldad sola es otra cosa, ni siquiera es crueldad, es saña. Por fin puedo verlo bien, ver en qué criatura triste me he convertido. Por eso la necesidad de que esta melancolía tenga cara, una figura de tarot que pueda decirme, señalarme algo que no sé.
3 de junio de 1955
Quinto piso, oficina. Doce escritorios. Vacío los ceniceros que nadie vacía, junto la basura de los tachos, mayormente papeles arrugados, algún envoltorio de golosina, de cigarrillos. Barro, paso el trapo. Lustro, lustro como si me gustara hacerlo. Una vez a la semana, limpio las ventanas. Hago esto en el quinto piso, pero también lo hago en los seis restantes. Pasillos, oficinas, consultorios, salas de espera. Pero el quinto piso es distinto. Es la oficina más grande de todas, en donde las ventanas se vuelven más evidentes, se vuelven ventanales. A pesar mío, miro mucho por estos ventanales. El monumento a Roca en mitad de la avenida, los edificios cercanos, algunas terrazas, la plaza al final de la diagonal. Miro mucho pero me cuido de no hacerlo dos noches seguidas desde el mismo ventanal. Del otro lado de la calle está el edificio oscuro de uno de los Ministerios. Ahí no queda nadie, no es como acá, que estoy yo. Ahí solo hay un par de policías o militares atrincherados en alguna habitación pequeña de la planta baja, de la que no salen casi nunca. Alguna vez he charlado con ellos, y no parecen personas curiosas, de esas que se animarían a recorrer el edificio que tienen sobre sus cabezas. Yo no puedo explicarme cómo lo hacen. Tal vez sea mi instinto de supervivencia, pero no podría pasar la noche bajo un edificio que no conozco. Sí, es la supervivencia. Como cuando en el quinto piso limpio las ventanas, los ventanales. En realidad, no me corresponde hacerlo. Las limpian de día, por fuera. Lo que yo hago es distinto. A los amigos hay que tenerlos cerca, dicen, y a los enemigos más cerca todavía. Yo no tengo amigos. Sólo tengo enemigos. Y estos ventanales, que hacen con la tenacidad algo que no puedo entender, lo son.
3 de junio de 1955
Escribo, vuelvo a escribir después de muchos años, después de décadas. Esta melancolía tiene cara. Es la suma de todas las caras que no puedo recordar y que luego habitan mis sueños hasta el hartazgo. Caras que veo todos los días y que sin embargo ahora, bajo la lámpara de este escritorio que no es mío, en esta oficina que no es mía, no puedo convocar. Es como si viviera en un sueño viejo, gastado. Vivo en un sueño viejo, gastado. Levanto la vista del cuaderno, miro a mi alrededor, los estantes de biblioratos, los archiveros, los libros contables. Pienso en el hombre que trabaja en esta oficina, busco en mi memoria su cara, pero se me escapa. Es una máscara de niebla. Sin gestos, sin rasgos. ¿Es un hombre joven, un hombre viejo? ¿Lo escuché hablar alguna vez? Lo único que tengo es su olor. Es el olor de un hombre joven con ropa vieja, con ropa que no siempre le perteneció a él. Un hombre que permanece quieto por muchas horas. Que no transpira. Todos los días se sienta en esta misma silla en la que estoy sentado ahora. Mientras escribo, mientras dejo de escribir. Dejarme llevar por el olfato me ha tonificado y ahora necesito moverme.
4 de junio de 1955
Vaticino: en el centro de la ciudad los edificios retardarán el amanecer. El amanecer se moverá, los edificios se moverán, yo me moveré. Dentro de un rato caminaré con el paso justo. Es un andar decidido, el paso de alguien que quiere llegar a su hogar después de una jornada de trabajo. Es un andar lento también, el paso de alguien que no tiene ni puede tener hogar. De alguien que no está preocupado por tenerlo. Ese soy yo, lo sé: la bufanda enroscada al cuello tapándome parte de la cara, las manos en los bolsillos del sobretodo, la cabeza gacha, los hombros alzados, contraídos contra el cuerpo. Evito, evitaré reconocerme en el reflejo oscuro de las vidrieras de la madrugada. Esa forma huidiza y gris no puedo ser yo. Pero soy, pero seré. Cinco cuadras vacías separan el edificio en el que trabajo de la pensión en la que vivo. Ese es mi mundo. No hay nada más y está bien así. Es una ley física. El precio de existir es ocupar el menor espacio posible. Y yo existo mucho.
4 de junio de 1955
Hoy, cuando llegué a la pensión, a pesar de ser la madrugada de un sábado, no me crucé con nadie. El viejo Cristófaro ya estaba despierto, en el baño. Lo oí tirar de la cadena pero esperó para salir. Yo me detuve en el pasillo sólo para torturarlo un poco. No hice ruido pero él sabe encontrarme, tiene el don. El viejo Cristófaro es viejo pero su miedo es joven. Nunca quiere cruzarse conmigo. Me evita. Lo torturé un par de minutos, uno de cada lado de la puerta del baño. Algo goteaba. Luego seguí.
Ya en mi habitación encendí el velador y fui derecho al ropero. Saqué el frasco de cloroformo, mojé el pañuelo y me tapé la boca y la nariz. Cerré los ojos e inhalé profundo. Me calmé. Creo que hasta incluso sentí pena por el viejo Cristófaro. Pensando en él me arrimé a la puerta de mi cuarto con sigilo. Supe que él estaba del otro lado, y él supo que yo estaba junto a la puerta, que podía abrirla, que podía descubrirlo. Pero no se movió. Estaba paralizado por el miedo. Yo volví a llevarme el pañuelo a la boca. Inhalé, inhalé. “Pobre viejo”, me dije. Dejé el frasco y el pañuelo sobre la mesa de luz y comencé a desvestirme. Sacarme la ropa es un momento extraño. Nunca puedo estar seguro de lo que voy a encontrar debajo. Hay algo de esperanza en eso. No mucha, pero algo hay. Ya en calzoncillos, revisé que la cama estuviera bien tendida, perfecta, las sábanas y la cobija tirantes, la almohada mullida. Después tomé el pañuelo y lo embebí un poco más, me metí abajo de la cama, me acomodé largo, boca arriba. En la penumbra volví a sentir la tentación de tocar los resortes del armazón, tan cerca, ahí sobre mi cara. Llevo cinco semanas sin tocarlos. Quise seguir así. Para evitarlo me llevé otra vez el pañuelo a la boca. Inhalé, inhalé, inhalé. No necesité mirar hacia la ventana con los postigos cerrados para saber que había terminado de amanecer.
4 de junio de 1955
Salgo de abajo de la cama, tomo nota. Escribir me ordena. Escribir me disciplina. Termino de escribir, releo, acepto. Y no vuelvo nunca más sobre lo escrito.
4 de junio de 1955
Vuelvo a salir de abajo de la cama, vuelvo a tomar nota. Odio, siento aversión por las camas. Incluso las odio más que a los ventanales del quinto piso. Aunque en realidad a los ventanales no los odio. Son mis enemigos. No es más que eso. Pero las camas… las desprecio profundamente. Las tiendo con fervor. Y luego me meto debajo de ellas. Ese es mi lugar.
5 de junio de 1955
Domingo, día de franco. Nuevo intento de ir al cine. Fui al Ocean, porque todos dicen que es el más grande de la ciudad. Entré para ver una comedia, pero otra vez no pude seguir el hilo de la historia. Me pierdo, me pierdo muy fácilmente. Los espectadores, cada tanto, reían en la oscuridad de la sala. Reían y dejaban de hacerlo, reían y dejaban de hacerlo. No lo pude soportar. Ni siquiera había pasado la mitad de la película. Había unos ladrones haciendo un túnel en el piso de una habitación. Y un tocadiscos. Los ladrones simulaban ser músicos. Hasta ahí llegué. Me quedé un rato más pero con los ojos cerrados. Escuché las risas. Busqué la dirección de la risa más cercana a mí. Era la risa de una mujer. Un hombre reía junto a ella pero sin convicción. Estaban delante de mí, un poco hacia la izquierda. Abrí los ojos. Las formas estallaban en la pantalla. Ya no puedo recordar si había colores o todo era en blanco y negro. Me puse de pie y mientras alguien se quejaba a mis espaldas hui de la sala. Tropecé con la gente en la calle, me alejé. Tardé un rato en calmarme, en ubicarme. En una calle estrecha, de adoquines, me apoyé contra una pared en sombras. Escuché que alguien pasaba por la esquina riendo, y no era cierto. Supe que la risa de la mujer del cine no me dejaría descansar. Volví a la pensión. En los pasillos me crucé con personas que no conozco y que no me conocen. Cuando me desnudé, temí que la risa de la mujer se hubiera incrustado en alguna parte de mi cuerpo. La risa de la mujer no me dejó descansar. Todavía la escucho, aunque por supuesto, ya es otra cosa. Escribo para que sea otra cosa. Debajo de la cama es peor, como si ahí hubiera otro tipo de resonancia. Y hay. Esa es la clave. Una frase cualquiera puede transformarse en pregunta. Cuando me desnudé, me palpé buscando alguna anomalía. ¿Cómo es posible que haya partes de mi cuerpo que no están al alcance de mis manos?
6 de junio de 1955
Todo empieza en el sótano, donde está la caldera. Pascual, el conserje diurno, la revisa en la mañana. Yo la reviso en la noche. Temperatura, fuego, ruido. Por las cañerías pasan cosas. El agua hirviente que las recorre rechina, sube. Y se va enfriando mientras lo hace. Los de los pisos inferiores se quejan del calor y los de los pisos superiores se quejan del frío. Por suerte la mayoría se queja con Pascual, que es al que más ven. Son pocos los que notan mi presencia. Yo trabajo para que no se note. Después de las calderas comienzo con las oficinas que se vacían más temprano. No limpio todas las oficinas todas las noches. Eso sería imposible. Hay un orden establecido, que a veces sigo y a veces no. Nadie parece darse cuenta, de todas maneras. Pero quería escribir sobre la caldera, no sobre las oficinas y la limpieza. La caldera es una máquina oscura en el lugar más oscuro del edificio. Y es el corazón del edificio. Late, vibra, empuja el calor sin descanso. Resuena en todos los pisos, los radiadores murmuran. Me gusta escuchar lo que los radiadores tienen para decir, un burbujeo al que hay que prestarle mucha atención, un pulso que se pierde en seguida, que a veces ni siquiera está y que yo imagino. Pero más que los radiadores me gusta la caldera. No hay nada que imaginar en ella. Es lo que es. Si la miro fijo en la oscuridad del sótano, si la miro y miro los inestables resplandores de lo que ocurre en su interior, siento la inminencia. Y entonces me acerco y apoyo una mano sobre su superficie ardiente.
6 de junio de 1955
A Pascual no le gusta la caldera. Y las razones de por qué no le gusta son las mismas que hacen que me guste a mí. Pascual es alto y tiene cara. En mis mejores días puedo verla con claridad, y me asombro. Permanece unida por la voluntad de los ojos. Es una cara quebrada, algo le sucedió. Seguramente fue en la cárcel, donde pasó veinticinco años por matar a su mujer. Pascual de eso no habla, ni de la cárcel ni de la muerte de su mujer. Sí habla de su mujer, Marta, y la nombra como si estuviese viva. La única vez que lo escuché hablar de la muerte de su mujer fue una madrugada en que tardó más de lo habitual en irse. No fue por buscar o hacer compañía. Ese día cuando llegué vi sus ojos vidriados y me di cuenta de que se había pasado con los mates con ginebra y no se podía levantar de la silla frente al escritorio del hall donde hacemos la guardia. Pascual ceba la mitad agua caliente y la mitad ginebra. Todo el día, todo el tiempo. Pascual es alto y además es pesado. Tiene sesenta años pero parece más joven. Yo creo que lo que lo hace verse más joven es esa imposibilidad que tiene en la cara. ¿Cómo permanece unida, cómo no se desarma? Esa noche me habló, me contó que la había matado, que la había estrangulado. Cuando lo decía, con esos ojos vidriados, me mostraba las manos. Palmas y dorsos, palmas y dorsos. Primero no había querido matarla, solo quería que se ca
