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A mi madre
Era preto retinto e filho do medo da noite, o herói da nossa gente.
MÁRIO DE ANDRADE
Berisso puso al tirano
y Ensenada lo sacó.
PANFLETO ANÓNIMO, 1956
My only love sprung from my only hate Too early seen unknown, and known too late.
SHAKESPEARE
1
19 de setiembre de 1955, lunes
(El Patano, me dice. Nos asustaban con él. Era famoso en el pueblo. Lo conocí el día del Éxodo). La Marina amenazaba con bombardear la Destilería de YPF si Perón no renunciaba antes del mediodía. ¿Y quién lo iba a dudar? Hacía años que el pueblo olía a petróleo y peligro. Hacía años que todo se castigaba con incendios. Y ya era el cuarto día de combate, y hacía cuatro días que Perón no hablaba. Toda una noche, bajo la lluvia, peronistas y contreras habían velado pensando en aquella destilería, las hectáreas de tanques, las chimeneas por una vez oscuras, mudas, abandonadas. Hasta que a eso de las ocho, en pleno temporal, se supo que ya habían bombardeado Mar del Plata y venían para acá. (Y empezamos a escapar, me dice, en auto, en bicicleta, caminando nomás, a la ciudad que todavía se llamaba Eva Perón). Es lo que llaman el Éxodo. (El Patano, me dice. Terror de nuestra gente. Ahí lo conocí).
*
Viernes 16
Eso fue el lunes. El viernes la tía Beba había llegado diciendo que la noche anterior, al volver de Berisso por el Camino Negro, un retén del ejército había parado el tranvía. Los habían hecho bajar a todos, los habían registrado. A dos tipos se los habían llevado presos. Marinos, apostó la madre. Seguro, dijo la tía Beba. Y solo a ella y a la señora de Zufriategui las habían dejado seguir solas, a pie, por el camino a oscuras. (¡Solas!, se dijo Poliya. ¡Por esa boca de lobo!). ¿Y la señora cómo estaba?, preguntó Ida. Y, preocupada por el hijo… El hijo era cadete en el Liceo Naval. Y ni el sábado había vuelto a la casa, ni el domingo había vuelto a presentarse en la guardia.
(Ensenada eran cuatro calles paralelas al río, me dice, y entre el pueblo y el río, en medio del monte, estaban la Base Naval, la Escuela Naval). Ahora serían las once de la mañana y ellos estaban en la cocina de la casa de la calle Don Bosco. La tía Beba, Poliya, y su madre, que esperaba para octubre. En el galponcito del fondo el padre trataba de hacer andar una radio de onda corta. Toni, todavía de guardapolvo, iba y venía cruzando el patio, entre los chicotazos de la ropa colgada. Incómodo de quedarse entre mujeres. Ansioso de traerles la primera noticia de alguna radio uruguaya.
¿Lo preparaste vos para entrar al Liceo, tía?, preguntó Poliya. A ese chico Zufriategui. Sí, dijo la tía Beba, como si tuviera la culpa de algo. Con la punta del tenedor pescaba bifes hundidos en un plato con huevo y los sostenía en alto, para que escurrieran. Y ya era un chico bravo. Por él habían sabido que la Marina lo intentaría de nuevo: derrocar a Perón. ¿Lo habrán agarrado los peronistas, vos decís?, preguntó la madre. La tía dejó caer el bife sobre un montón de harina y comenzó a palmearlo como dándole ánimos. O estará trabajando desde afuera, señaló.
(Habíamos llegado a ir a la escuela, esa mañana, me dice. Pero ya en la primera hora la directora había entrado gritando: ¡A casa! Del río llegaba un cañoneo como de fiesta patria. Y entre el desbande de guardapolvos habíamos corrido a casa de la abuela, que vivía a la vuelta, y la tía Beba que esperaba en la puerta a sus alumnos había cerrado la verja y nos había traído hasta aquí). ¡Ahí anda!, gritó Toni, al fondo. Poliya corrió al galponcito. Se oía la voz de un speaker de acento raro, ruidos, detonaciones. ¿Es el ruido del mar?, interrumpió Poliya. Pero no, nena…, despreció Toni. ¡Es la estática! El padre alzó la cabeza y fue uno más de los campeones que sonreían desde las tapas de la revista El Gráfico, clavadas en las paredes. Vos andate de acá, le gritó Toni. Poliya se dio vuelta. Se miró el overol en los vidrios de la puerta. Estaba bien vestirse de overol en este día, aunque fuera de YPF.
Se oían gritos de hombres por las calles; los habían hecho volver, a ellos también, de Astilleros, del Puerto, de YPF, y no sabían si volver a sus casas, o quedarse a defender lo que hubiera que defender. ¿Y Tota?, preguntaba la madre cuando Poliya volvió a la cocina. Tenía médico en La Plata, dijo. Por eso se ve que mamá todavía no ha podido venir… Retumbaron pasos en los techos de al lado. Rompió a ladrar la perrita de Don López. (En el campo de pato, gritaba un tipo. ¡De ahí salen los micros!). Y la cara de Toni, que venía por el patio, se demudó: ¡Papá! El padre salió del galpón y también miró para arriba y lo trajo alarmado, arreándolo suavemente.
¡Hay un vigilante en el techo!, explicó Toni al entrar. ¡Eh, eh!, se alarmó la madre. ¡El techo está recién embreado! ¿Qué pasa, Gogo?, dijo la tía Beba. Se había enjuagado las manos y se las secaba distraídamente en los faldones del delantal. El padre miraba el cielorraso, trataba de oír a lo lejos. Las ventanas, cierren las ventanas, dijo. Y la madre fue al cuarto de adelante cuerpeando su propia barriga. El padre había escuchado algo más, y trataba de descifrar qué era. Solo la tía Beba parecía adivinar la respuesta.
Un golpe en la puerta de calle; no, no era la abuela, era la tía Tota que entraba despavorida. La habían hecho bajar del tranvía a la entrada del pueblo, frente a la cancha de Defensores, dijo. Había querido llegar caminando a su casa, pero cerca de la plaza ya no dejaban pasar. ¿Y por eso la abuela todavía no había venido? ¿Se habría quedado encerrada, en su barrio, acorralada? ¿Eran peronistas?, preguntó Toni a Tota. La tía lo miró desde su altura. Esos soldados, tía, ¿eran leales?, le aclaró Poliya. Pero ¿qué podía saber ella, mi querido? La tía Tota se sentó. Se había puesto la ropa de salir al mundo, y ahora todo el mundo parecía ahogarla en su ropa.
¡Puta madre!, dijo el padre, que nunca hablaba así. Algo peor había oído entre los ruidos del viento. ¡Pero, doña, ¿usted todavía acá?!, se escuchó que gritaba el vigilante a la madre desde el techo vecino. Ida dejó caer una persiana y volvió a la cocina, jadeando. ¿Nos vamos a la quinta?, preguntó, sin resuello. Ya, dijo el padre. En el rastrojero de Ruggero, indicó, concentrado. Ruggero se había ido de pesca a Pila: era cuestión de correr hasta su casa, al otro lado de la vía.
¿Y mamá?, preguntó Tota. Vayan, Gogo, interrumpió la tía Beba, yo me ocupo. ¡Viva Perón, carajo!, gritó el vigilante del techo y la carcajada de una metralleta los sacudió. Toni empezó a los gritos. Uh, uh, dijo tía Tota. ¡A la pieza de Poliya!, los apuró el padre. Entraron apurados y comedidos como a una función empezada y se fueron sentando a tientas, allí donde pudieron. ¿Es la guerra civil?, preguntó Poliya a la tía Beba. Tota miró a su hermana con odio: ¡Mirá las cosas que le enseñás! Pero, por favor, ¿se callan?, ordenó Gogo. Quería oír a Ensenada.
*
(No me vas a creer, me dice, pero a las once de la mañana todavía nadie entendía mucho. De abajo de las camas, de mesas de billar y bancos de carpintero, oían el combate sintiendo que algo como una alimaña se les había escapado y se había vuelto un monstruo irreconocible que cuando volviera a casa y le rogaran piedad tampoco los reconocería). Gritos. Metralla. Tiros. Y de pronto silencio. La radio en el galpón soltaba un concierto de piano: los dedos de la tía Tota tamborileaban como por costumbre. Un altavoz a lo lejos empezaba un sermón. Y el bordoneo de una moto que se acerca y frena y se mete por el pasillo. ¡Goguito! Aporrearon la puerta de la cocina. ¡Es el Gordo Padín!, reconoció Poliya. Padín era vecino de la casa de la abuela. Quédense acá, dijo el padre, pero nadie le hizo caso. Corrieron la mesa redonda para que pudiera entrar, sentarse. ¡Se ha levantado la Base!, dijo. Hay que irse de acá, dijo. ¿Y mamá?, preguntó la tía Tota. El Gordo la miró como insinuando algo que no se atrevía a decir. Vayan ustedes, Gogo, repitió Beba, yo me ocupo…
Pero otro golpe en la puerta, y la abuela Hortensia apareció en batón, jadeando, aferrando con las dos manos su monedero negro como una carta funesta que hubiera querido romper. No, no, el tiroteo no la había agarrado en su casa, ¡la había agarrado en la calle! Iba a comprar un poco de hígado para ésta, que salió en ayunas…, dijo, y miró a Tota como acusándola por ir al médico, y Tota bajó la vista. ¡Sí, yo la vi a usted, doña Hortensia!, interrumpió el Gordo que salía a la vereda: un avión se acercaba, todo el cielo cimbraba como ala de aguacil. Métase adentro, me gritó el Corbacho ése. Nos íbamos a la quinta, doña Hortensia, se impacientó la madre, poniéndose el piloto. ¡Pero claro!, dijo la abuela. Agarren los bolsitos, ordenó la madre a los chicos. (Porque teníamos bolsitos para irnos de la abuela cuando naciera el bebé, varias mudas, y ropita recién hecha para ir a conocerlo al hospital de Berisso).
¡Apuren!, volvió el Gordo Padín. No, yo no, porfiaba la tía Beba. Vayan. Yo voy después. Toni tampoco se movía: el avión ya les pasaba por encima, hacía vibrar la casa. Poliya agarraba su bolso cuando se oyó la explosión.
*
Gritos. Salieron a la calle. ¡Contra la pared, contra la pared!, gritaba el padre. Escaparse era como decir “persíganme.” Iban así: adelante él, que ya cruzaba las vías. Atrás, la madre con Toni, que lloraba a los gritos. Más atrás, la tía Tota ladeada hacia la abuela, que era tanto más petisa. Y al final Poliya, flanqueando a tía Beba. Cada tiro se oía dos, tres veces, muy arriba. Y ellas corrían encorvadas, como a escondidas del cielo. Al llegar a la esquina vieron que una autobomba, sirena y bandera blanca, acudía al lugar del humo. ¿Fue en el puerto?, preguntaba la tía Beba. Nadie le respondía. Asesinos, murmuró un viejo que seguía mirando el cielo de atrás de un alambrado; y un chico se desprendió de entre sus piernas y corrió a meterse en la casa. Poliya también miró. El avión bombardero se volvía dando un rodeo enorme, para el lado del río abierto; balas y bengalas lo seguían.
La gente se escapaba entre un alboroto de bandadas que cuando iban a posarse una bomba, un disparo, un grito las volvía a dispersar. Allá adelante el padre ya había sacado el rastrojero y cerraba la verja. La madre se izaba al asiento alto como un pescante, la abuela le ayudaba empujándola de atrás. El Gordo Padín se subía al estribo del último micro que se iba a los piques, por el Camino Blanco. ¡Vamos, tía!, apuraba Poliya. Un camión lleno de obreros de YPF les pasó por delante cuando iban a cruzar. Llevaban armas. ¡Viva Perón!, gritaron. Bah, dijo la tía Beba y rechazó la mano que tendía tía Tota para ayudarla a subir, qué elemento. Apenas se habían sentado sobre unas latas de pintura cuando el padre arrancó. Y al repechar la cuesta hasta el Camino Blanco tuvieron que aferrarse a los lados de la caja, como en ese bote que cruzaba a la Isla Paulino cuando el río estaba picado.
Había un camión de Mattina atravesado en el camino, las cuatro ruedas pinchadas. Lo rodearon. Y se vieron entre un tumulto de gente que también había conseguido escapar del pueblo a pie, en auto, en bicicleta, pero ya no sabían dónde ir, qué hacer, cómo arreglarse. En la cabina, el padre y la abuela pedían paso a los gritos. La madre, en el medio, cabeceaba: la ahogaban las aglomeraciones. Pero era su panza de ocho meses lo que apiadaba a la gente y les abría las aguas. Aquí atrás, Toni hipaba entre las piernas de la tía Tota, y ella le acariciaba el pelo, mirándolo sin ver, sin mirar a nadie. La tía Beba de pie —¡era tan petisita!— se aferraba a los tablones de la caja del rastrojero y se estiraba igual que el humo que se veía subir del barrio bombardeado y ya iba colmando el cielo. ¡Pierino!, gritó. Y Poliya sintió que todos los miraban. Pero che, escandalosa…, la retó la tía Tota. Ya bastante vergüenza era ir así, en camión, como negros a Punta Lara. ¡Pierino!, insistió, y solo entonces Poliya vio al dueño del surtidor de la calle Bossinga, huyendo de la mano de su mujer. ¿Fue en el puerto?, Pierino tardó en entender que hablaba de la bomba, pero por fin agitó el brazo tullido como diciendo “no”. ¡En Campamento! (Campamento era el barrio del que nunca se hablaba, me dice. Ahí no entraba la policía; ahí convivían prófugos, inmigrantes que la Aduana no dejaba entrar al país, mafiosos que tenían encerradas a las locas para que fueran los hombres a hacerles lo que quisieran. Ahí se metían los hombres solos que venían de noche, en los últimos trenes; y de ahí se decía que salía el Patano, a cazar a sus víctimas). La tía Beba saludó a Pierino y se dio vuelta. Si llega a caer en un petrolero volamos todos, estúpida… Tota ni la miró. Al pasar por La Montonera un relincho animó a Toni a asomarse y mirar: en el campo de pato ya no quedaban ómnibus y solo dos caballos corcoveaban tratando de zafar de unos paisanos que cinchaban por sacarlos del cabestro y la brida.
Circulen, circulen, los apuraba un vigilante, pistola en mano. Ahora el viento corría liberado del pueblo y todo parecía escaparse empujado por él: las nubes por arriba, el rastrojero por abajo. A espaldas de la tía Tota se veía el campo abierto. A espaldas de la tía Beba el bosque de eucaliptos que ladeaba sus ramas, como marcando el rumbo: “Hacia allá, hacia allá”. La tía Tota se arrancó el pañuelo que llevaba al cuello, se abrigó la cabeza y se lo ató en la nuca. Parecía más que nunca el señor del Quaker, pero no sonreía. La tía Beba dejaba que el viento le azotara los mechones pajizos, pero tampoco hacía otra cosa que escuchar. (Y era como oír los recortes que guardaba mamá de los bombardeos de junio).
¿En Campamento vivió el abuelo Antonio, no, tía Beba?, preguntó Poliya aunque ya lo sabía. Cuando recién llegaron de Lérida. La tía Tota la hizo callar con un gesto: a la abuela la ponía triste que hablaran de los Grimau. (Pero ¿en qué otra cosa podía pensar, ahora? Porque al abuelo Antonio le habían querido dar vuelta el auto por acá nomás, cuando volvía de la quinta, el 17 de octubre. Y aquel cable de la luz ¿no era el que había cortado el tío Pedro Grimau para apoyar la huelga de los portuarios?). ¿Dejó abierto, mamá?, preguntó la tía Beba. Y su hermana hizo un gesto parecido: mejor no hablar de eso ahora. Mañana volvemos y nos llevamos tu casa, le dijo Toni de pronto.
La caravana de autos, de camiones, bicicletas empezaba a apretarse. Y el aire se adensaba en el hedor de la fábrica de jabón y de la quema. La terminal del 13 estaba llena de gente: los micros iban dejando en el playón a los que habían conseguido escaparse, pero ell
