Los premios

Julio Cortázar

Fragmento

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Prólogo

I

 

«—La marquesa salió a las cinco —pensó Carlos López—. ¿Dónde diablos he leído eso?»

Era en el London de Perú y Avenida; eran las cinco y diez. ¿La marquesa salió a las cinco? López movió la cabeza para desechar el recuerdo incompleto, y probó su Quilmes Cristal. No estaba bastante fría.

—Cuando a uno lo sacan de sus hábitos es como el pescado fuera del agua —dijo el doctor Restelli, mirando su vaso—. Estoy muy acostumbrado al mate dulce de las cuatro, sabe. Fíjese en esa dama que sale del subte, no sé si la alcanzará a ver, hay tantos transeúntes. Ahí va, me refiero a la rubia. ¿Encontraremos viajeras tan rubias y livianas en nuestro amable crucero?

—Dudoso —dijo López—. Las mujeres más lindas viajan siempre en otro barco, es fatal.

—Ah, juventud escéptica —dijo el doctor Restelli—. Yo he pasado la edad de las locuras, aunque naturalmente sé tirarme una cana al aire de cuando en cuando. Sin embargo conservo todo mi optimismo, y así como en mi equipaje he acondicionado tres botellas de grapa catamarqueña, del mismo modo estoy casi seguro de que gozaremos de la compañía de hermosas muchachas.

—Ya veremos, si es que viajamos —dijo López—. Hablando de mujeres, ahí entra una digna de que usted gire la cabeza unos setenta grados del lado de Florida. Así… stop. La que habla con el tipo de pelo suelto. Tienen todo el aire de los que se van a embarcar con nosotros, aunque maldito si sé cuál es el aire de los que se van a embarcar con nosotros. Si nos tomáramos otra cerveza.

El doctor Restelli aprobó, apreciativo. López se dijo que con el cuello duro y la corbata de seda azul con pintas moradas le recordaba extraordinariamente a una tortuga. Usaba unos quevedos que comprometían la disciplina en el colegio nacional donde enseñaba historia argentina (y López castellano), favoreciendo con su presencia y su docencia diversos apodos que iban desde «Gato Negro» hasta «Galerita». «¿Y a mí qué apodos me habrán puesto?», pensó López hipócritamente; estaba seguro de que los muchachos se conformaban con López-el-de-la-guía o algo por el estilo.

—Hermosa criatura —opinó el doctor Restelli—. No estaría nada mal que se sumara al crucero. Será la perspectiva del aire salado y las noches en los trópicos, pero debo confesar que me siento notablemente estimulado. A su salud, colega y amigo.

—A la suya, doctor y coagraciado —dijo López, dándole un bajón sensible a su medio litro.

El doctor Restelli apreciaba (con reservas) a su colega y amigo. En las reuniones de concepto solía discrepar de las fantasiosas calificaciones que proponía López, empeñado en defender a vagos inamovibles y a otros menos vagos pero amigos de copiarse en las pruebas escritas o leer el diario en mitad de Vilcapugio (con lo jodido que era explicar honrosamente esas palizas que le encajaban los godos a Belgrano). Pero aparte de un poco bohemio, López se conducía como un excelente colega, siempre dispuesto a reconocer que los discursos de 9 de julio tenía que pronunciarlos el doctor Restelli, quien acababa rindiéndose modestamente a las solicitaciones del doctor Guglielmetti y a la presión tan cordial como inmerecida de la sala de profesores. Después de todo era una suerte que López hubiera acertado en la Lotería Turística, y no el negro Gómez o la profesora de inglés de tercer año. Con López era posible entenderse, aunque a veces le daba por un liberalismo excesivo, casi un izquierdismo reprobable, y eso no podía consentirlo él a nadie. Pero en cambio le gustaban las muchachas y las carreras.

—Justo a los catorce abriles te entregastes a la farra y las delicias del gotán —canturreó López—. ¿Por qué compró un billete, doctor?

—Tuve que ceder a las insinuaciones de la señora de Rébora, compañero. Usted sabe lo que es esa señora cuando se empeña. ¿A usted lo fastidió también mucho? Claro que ahora le estamos bien agradecidos, justo es decirlo.

—A mí me escorchó el alma durante cerca de ocho recreos —dijo López—. Imposible profundizar en la sección hípica con semejante moscardón. Y lo curioso es que no entiendo cuál era su interés. Una lotería como cualquiera, en principio.

—Ah, eso no. Perdone usted. Jugada especial, por completo diferente.

—¿Pero por qué vendía billetes madame Rébora?

—Se supone —dijo misteriosamente el doctor Restelli— que la venta de esa tirada se destinaba a cierto público, digámoslo así, escogido. Probablemente el Estado apeló, como en ocasiones históricas, al concurso benévolo de nuestras damas. Tampoco era cosa de que los ganadores tuvieran que alternar con personas de, digámoslo así, baja estofa.

—Digámoslo así —convino López—. Pero usted olvida que los ganadores tienen derecho a meter en el baile hasta tres miembros de la familia.

—Mi querido colega, si mi difunta esposa y mi hija, la esposa de ese mozo Robirosa, pudieran acompañarme…

—Claro, claro —dijo López—. Usted es distinto. Pero vea, para qué vamos a andar con vueltas: si yo me volviera loco y la invitara a venir a mi hermana, por ejemplo, ya vería cómo baja la estofa, para emplear sus propias palabras.

—No creo que su señorita hermana…

—Ella tampoco lo creería —dijo López—. Pero le aseguro que es de las que dicen: «¿Lo qué?» y piensan que «vomitar» es una mala palabra.

—En realidad el término es un poco fuerte. Yo prefiero «arrojar».

—Ella, en cambio, es proclive a «devolver» o «lanzar». ¿Y qué me dice de nuestro alumno?

El doctor Restelli pasó de la cerveza al más evidente fastidio. Jamás podría comprender cómo la señora de Rébora, cargante pero nada tonta, y que para colmo ostentaba un apellido de cierto abolengo, había podido dejarse arrastrar por la manía de vender el talonario, rebajándose a ofrecer números a los alumnos de los cursos superiores. Como triste resultado de una racha de suerte sólo vista en algunas crónicas, quizá apócrifas, del Casino de Montecarlo, además de López y de él habíase ganado el premio el alumno Felipe Trejo, el peor de la división y autor más que presumible de ciertos sordos ruidos que oír se dejaban en la clase de historia argentina.

—Créame, López, a ese sabandija no deberían autorizarlo a embarcarse. Es menor de edad, entre otras cosas.

—No sólo se embarca sino que se trae a la familia —dijo López—. Lo supe por un amigo periodista que anduvo reporteando a los pocos ganadores que encontró a tiro.

Pobre Restelli, pobre venerable Gato Negro. La sombra del Nacional lo seguiría a lo largo del viaje, si es que viajaban, y la risa metálica del alumno Felipe Trejo le estropearía las tentativas de flirt, el cortejo de Neptuno, el helado de chocolate y el ejercicio de salvataje siempre tan divertido. «Si supiera que he tomado cerveza con Trejo y su barra en Plaza Once, y que gracias a ellos sé lo de Galerita y lo de Gato Negro… El pobre se hace una idea tan estatuaria del profesorado.»

—Eso puede ser un buen síntoma —dijo esperanzado el doctor Restelli—. La familia morigera. ¿Usted no cree? Claro, cómo no va a creer.

—Observe —dijo López— esas mellizas o poco menos que vienen del lado de Perú. Ahí están cruzando la Avenida. ¿Las sitúa?

—No sé —dijo el doctor Restelli—. ¿Una de blanco y otra de verde?

—Exacto. Sobre todo la de blanco.

—Está muy bien. Sí, la de blanco. Hum, buenas pantorrillas. Quizá un poquito apurada al caminar. ¿No vendrán a la reunión?

—No, doctor, es evidente que están pasando de largo.

—Una lástima. Le diré que yo tuve una amiga así, una vez. Muy parecida.

—¿A la de blanco?

—No, a la de verde. Siempre me acordaré que… Pero a usted no le va a interesar. ¿Sí? Entonces otra cervecita, total falta media hora para la reunión. Mire, esta chica pertenecía a una familia de prosapia y sabía que yo era casado. Sin embargo abreviaré diciendo que se arrojó en mis brazos. Unas noches, amigo mío…

—Nunca he dudado de su Kama Sutra —dijo López—. Más cerveza, Roberto.

—Los señores tienen una sed fenómena —dijo Roberto—. Se ve que hay humedad. Está en el diario.

—Si está en el diario, santa palabra —dijo López—. Ya empiezo a sospechar quiénes serán nuestros compañeros de viaje. Tienen la misma cara que nosotros, entre divertidos y desconfiados. Mire un poco, doctor, ya irá descubriendo.

—¿Por qué desconfiados? —dijo el doctor Restelli—. Esos rumores son especies infundadas. Verá usted que zarparemos exactamente como se describe al dorso del billete. La Lotería cuenta con el aval del Estado, no es una tómbola cualquiera. Se ha vendido en los mejores círculos y sería peregrino suponer una irregularidad.

—Admiro su confianza en el orden burocrático —dijo López—. Se ve que corresponde al orden interno de su persona, por decirlo así. Yo en cambio soy como valija de turco y nunca estoy seguro de nada. No precisamente que desconfíe de la Lotería, aunque más de una vez me he preguntado si no va a acabar como cuando el Gelria.

—El Gelria era cosa de agencias, probablemente judías —dijo el doctor Restelli—. Hasta el nombre, pensándolo bien… No es que yo sea antisemita, le hago notar enfáticamente, pero hace años que vengo notando la infiltración de esa raza tan meritoria, si usted quiere, por otros conceptos. A su salud.

—A la suya —dijo López, aguantando las ganas de reírse. La marquesa, ¿realmente saldría a las cinco? Por la puerta de la Avenida de Mayo entraba y se iba la gente de siempre. López aprovechó una meditación probablemente etnográfica de su interlocutor para mirar en detalle. Casi todas las mesas estaban ocupadas pero sólo en unas pocas imperaba el aire de los presumibles viajeros. Un grupo de chicas salía con la habitual confusión, tropezones, risas y miradas a los posibles censores o admiradores. Entró una señora armada de varios niños, que se encaminó al saloncito de manteles tranquilizadores donde otras señoras y parejas apacibles consumían refrescos, masas, o a lo sumo algún cívico. Entró un muchacho (pero sí, ése sí) con una chica muy mona (pero ojalá que sí) y se sentaron cerca. Estaban nerviosos, se miraban con una falsa naturalidad que las manos, enredadas en carteras y cigarrillos, desmentían por su cuenta. Afuera la Avenida de Mayo insistía en el desorden de siempre. Voceaban la quinta edición, un altoparlante encarecía alguna cosa. Había la luz rabiosa del verano a las cinco y media (hora falsa, como tantas otras adelantadas o retrasadas) y una mezcla de olor a nafta, a asfalto caliente, a agua de Colonia y aserrín mojado. López se extrañó de que en algún momento la Lotería Turística se le hubiera antojado irrazonable. Sólo una larga costumbre porteña —por no decir más, por no ponerse metafísico— podía aceptar como razonable el espectáculo que lo rodeaba y lo incluía. La más caótica hipótesis del caos no resistía la presencia de ese entrevero a treinta y tres grados a la sombra, esas direcciones, marchas y contramarchas, sombreros y portafolios, vigilantes y Razón quinta, colectivos y cerveza, todo metido en cada fracción de tiempo y cambiando vertiginosamente a la fracción siguiente. Ahora la mujer de pollera roja y el hombre de saco a cuadros se cruzaban a dos baldosas de distancia en el momento en que el doctor Restelli se llevaba a la boca el medio litro, y la chica lindísima (seguro que era) sacaba un lápiz de rouge. Ahora los dos transeúntes se daban la espalda, el vaso bajaba lentamente, y el lápiz escribía la curva palabra de siempre. A quién, a quién le podía parecer rara la Lotería.

 

 

II

 

—Dos cafés —pidió Lucio.

—Y un vaso de agua, por favor —dijo Nora.

—Siempre traen agua con el café —dijo Lucio.

—Es cierto.

—Aparte de que nunca la tomás.

—Hoy tengo sed —dijo Nora.

—Sí, hace calor aquí —dijo Lucio, cambiando de tono. Se inclinó sobre la mesa—. Tenés cara de cansada.

—También, con el equipaje y las diligencias…

—Las diligencias, cuando se habla de equipaje, suena raro —dijo Lucio.

—Sí.

—Estás cansada, verdad.

—Sí.

—Esta noche dormirás bien.

—Espero —dijo Nora. Como siempre, Lucio decía las cosas más inocentes con un tono que ella había aprendido a entender. Probablemente no dormiría bien esa noche puesto que sería su primera noche con Lucio. Su segunda primera noche.

—Monona —dijo Lucio, acariciándole una mano—. Monona monina.

Nora se acordó del hotel de Belgrano, de la primera noche con Lucio, pero no era acordarse, más bien olvidarse un poco menos.

—Bobeta —dijo Nora. El rouge de repuesto, ¿estaría en el neceser?

—Buen café —dijo Lucio—. ¿Vos creés que en tu casa no se habrán dado cuenta? No es que me importe, pero para evitar líos.

—Mamá cree que voy al cine con Mocha.

—Mañana armarán un lío de mil diablos.

—Ya no pueden hacer nada —dijo Nora—. Pensar que me festejaron el cumpleaños… Voy a pensar en papá, sobre todo. Papá no es malo, pero mamá hace lo que quiere con él y con los otros.

—Se siente cada vez más calor aquí adentro.

—Estás nervioso —dijo Nora.

—No, pero me gustaría que nos embarcáramos de una vez. ¿No te parece raro que nos hagan venir aquí antes? Supongo que nos llevarán al puerto en auto.

—¿Quiénes serán los otros? —dijo Nora—. ¿Esa señora de negro, vos creés?

—No, qué va a viajar esa señora. A lo mejor esos dos que hablan en aquella mesa.

—Tiene que haber muchos más, por lo menos veinte.

—Estás un poco pálida —dijo Lucio.

—Es el calor.

—Menos mal que descansaremos hasta quedar rotos —dijo Lucio—. Me gustaría que nos dieran una buena cabina.

—Con agua caliente —dijo Nora.

—Sí, y con ventilador y ojo de buey. Una cabina exterior.

—¿Por qué decís cabina y no camarote?

—No sé. Camarote… En realidad es más bonito cabina. Camarote parece una cama barata o algo así. ¿Te dije que los muchachos de la oficina querían venir a despedirnos?

—¿A despedirnos? —dijo Nora—. ¿Pero cómo? ¿Entonces están enterados?

—Bueno, a despedirme —dijo Lucio—. Enterados no están. Con el único que hablé fue con Medrano, en el club. Es de confianza. Pensá que él también viaja, de manera que valía más decírselo antes.

—Mirá que tocarle a él también —dijo Nora—. ¿No es increíble?

—La señora de Apelbaum nos ofreció el mismo entero. Parece que el resto se fraccionó por el lado de la Boca, no sé. ¿Por qué sos tan linda?

—Cosas —dijo Nora, dejando que Lucio le tomara la mano y la apretara. Como siempre que él le hablaba de cerca, indagadoramente, Nora se replegaba cortésmente, sin ceder más que un poco para no afligirlo. Lucio miró su boca que sonreía, dejando el lugar exacto para unos dientes muy blancos y pequeños (más adentro había uno con oro). Si les dieran una buena cabina esa noche, si esa noche Nora descansara bien. Había tanto que borrar (pero no había nada, lo que había que borrar era esa nada insensata en que ella se empeñaba). Vio a Medrano que entraba por la puerta de Florida, mezclado con unos tipos de aire compadre y una señora de blusa con encaje. Casi aliviado levantó el brazo. Medrano lo reconoció y vino hacia ellos.

 

 

III

 

El Anglo no está tan mal en la canícula. De Loria a Perú hay diez minutos para refrescarse y echarle un vistazo a Crítica. El problema había sido mandarse mudar sin que Bettina preguntara demasiado, pero Medrano inventó una reunión de egresados del año 35, una cena en Loprete precedida de un vermut en cualquier parte. Llevaba ya tanto inventado desde el sorteo de la Lotería, que la última y casi menesterosa mentira no valía la pena ni de nombrarse.

Bettina se había quedado en la cama, desnuda y con el ventilador en la mesa de luz, leyendo a Proust en traducción de Menasché. Toda la mañana habían hecho el amor, con intervalos para dormir y beber whisky o Coca Cola. Después de comer un pollo frío habían discutido el valor de la obra de Marcel Aymé, los poemas de Emilio Ballagas y la cotización de las águilas mexicanas. A las cuatro Medrano se metió en la ducha y Bettina abrió el tomo de Proust (habían hecho el amor una vez más). En el subte, observando con interés compasivo a un colegial que se esforzaba por parecer un crápula, Medrano trazó una raya mental al pie de las actividades del día y las encontró buenas. Ya podía empezar el sábado.

Miraba Crítica pero pensaba todavía en Bettina, un poco asombrado de estar pensando todavía en Bettina. La carta de despedida (le gustaba calificarla de carta póstuma) había sido escrita la noche anterior, mientras Bettina dormía con un pie fuera de la sábana y el pelo en los ojos. Todo quedaba explicado (salvo, claro, todo lo que a ella se le ocurriría pensar en contra), las cuestiones personales favorablemente liquidadas. Con Susana Daneri había roto en la misma forma, sin siquiera irse del país como ahora; cada vez que se encontraba con Susana (en las exposiciones de pintura sobre todo, inevitabilidades de Buenos Aires) ella le sonreía como a un viejo amigo y no insinuaba ni rencor ni nostalgia. Se imaginó entrando en Pizarro y dándose de narices con Bettina, sonriente y amistosa. Aunque sólo fuera sonriente. Pero lo más probable era que Bettina se volviera a Rauch, donde la esperaban con total inocencia su impecable familia y dos cátedras de idioma nacional.

—Doctor Livingstone, I suppose —dijo Medrano.

—Te presento a Gabriel Medrano —dijo Lucio—. Siéntese, che, y tome algo.

Estrechó la mano un poco tímida de Nora y pidió un Martini seco. Nora lo encontró más viejo de lo que había esperado en un amigo de Lucio. Debía tener por lo menos cuarenta años, pero le quedaba tan bien el traje de seda italiana, la camisa blanca. Lucio no aprendería nunca a vestirse así aunque tuviera plata.

—Qué le parece toda esta gente —decía Lucio—. Estuvimos tratando de adivinar quiénes son los que viajan. Creo que salió una lista en los diarios, pero no la tengo.

—La lista era por suerte muy imperfecta —dijo Medrano—. Aparte de mi persona, omitieron a otros dos o tres que querían evitar publicidad o catástrofes familiares.

—Además están los acompañantes.

—Ah, sí —dijo Medrano, y pensó en Bettina dormida—. Bueno, por lo pronto veo ahí a Carlos López con un señor de aire patricio. ¿No los conocen?

—No.

—López iba al club hasta hace tres años, yo lo conozco de entonces. Debió ser un poco antes de que entrara usted. Voy a averiguar si es de la partida.

López era de la partida, se saludaron muy contentos de encontrarse otra vez y en esas circunstancias. López presentó al doctor Restelli, quien dijo que Medrano le resultaba cara conocida. Medrano aprovechó que la mesa contigua se había vaciado para llamar a Nora y Lucio. Todo esto llevó su tiempo porque en el London no es fácil levantarse y cambiar de sitio sin provocar notoria iracundia en el personal de servicio. López llamó a Roberto y Roberto rezongó, pero ayudó a la mudanza y se embolsó un peso sin dar las gracias. Los jóvenes de aire compadre empezaban a hacerse oír, y reclamaban una segunda cerveza. No era fácil conversar a esa hora en que todo el mundo tenía sed y se metía en el London como con calzador, sacrificando la última bocanada de oxígeno por la dudosa compensación de un medio litro o un Indian Tonic. Ya no había demasiada diferencia entre el bar y la calle; por la Avenida bajaba y subía ahora una muchedumbre compacta con paquetes y diarios y portafolios, sobre todo portafolios de tantos colores y tamaños.

—En suma —dijo el doctor Restelli— si he comprendido bien todos los presentes tendremos el gusto de convivir este ameno crucero.

—Tendremos —dijo Medrano—. Pero temo, sin embargo, que parte de ese popular simposio ahí a la izquierda se incorpore a la convivencia.

—¿Usté cree, che? —dijo López, bastante inquieto.

—Tienen unas pintas de reos que no me gustan nada —dijo Lucio—. En una cancha de fútbol uno confraterniza, pero en un barco…

—Quién sabe —dijo Nora, que se creyó llamada a dar el toque moderno—. Puede que sean muy simpáticos.

—Por lo pronto —dijo López— una doncella de aire modesto parece querer incorporarse al grupo. Sí, así es. Acompañada de una señora de negro vestida, que respira un aire virtuoso.

—Son madre e hija —dijo Nora, infalible para esas cosas—. Dios mío, qué ropa se han puesto.

—Esto acaba con la duda —dijo López—. Son de la partida y serán también de la llegada, si es que partimos y llegamos.

—La democracia… —dijo el doctor Restelli, pero su voz se perdió en un clamoreo procedente de la boca del subte. Los jóvenes de aire compadre parecieron reconocer los signos tribales, pues dos de ellos los contestaron en seguida, el uno con un alarido a una octava más alta y el otro metiéndose dos dedos en la boca y emitiendo un silbido horripilante.

—…de contactos desgraciadamente subalternos —concluyó el doctor Restelli.

—Exacto —dijo cortésmente Medrano—. Por lo demás uno se pregunta por qué se embarca.

—¿Perdón?

—Sí, qué necesidad hay de embarcarse.

—Bueno —dijo López— supongo que siempre puede ser más divertido que quedarse en tierra. Personalmente me gusta haberme ganado un viaje por diez pesos. No se olvide que lo de la licencia automática con goce de sueldo ya es un premio considerable. No se puede perder una cosa así.

—Reconozco que no es de despreciar —dijo Medrano—. Por mi parte el premio me ha servido para cerrar el consultorio y no ver incisivos cariados por un tiempo. Pero admitirán que toda esta historia… Dos o tres veces he tenido como la impresión de que esto va a terminar de una manera… Bueno, elijan ustedes el adjetivo, que es siempre la parte más elegible de la oración.

Nora miró a Lucio.

—A mí me parece que exagera —dijo Lucio—. Si uno fuera a rechazar los premios por miedo a una estafa…

—No creo que Medrano piense en una estafa —dijo López—. Más bien algo que está en el aire, una especie de tomada de pelo pero en un plano por así decirlo sublime. Observen que acaba de ingresar una señora cuya vestimenta… En fin, de fija que también ella. Y allá, doctor, acaba de instalarse nuestro alumno Trejo rodeado de su amante familia. Este café empieza a tomar un aire cada vez más transoceánico.

—Nunca entenderé cómo la señora de Rébora pudo venderles números a los alumnos, y en especial a ése —dijo el doctor Restelli.

—Hace cada vez más calor —dijo Nora—. Por favor pedime un refresco.

—A bordo estaremos bien, vas a ver —dijo Lucio, agitando el brazo para atraer a Roberto que andaba ocupado con la creciente mesa de los jóvenes entusiastas, donde se hacían pedidos tan extravagantes como capuchinos, submarinos, sándwiches de chorizo y botellas de cerveza negra, artículos ignorados en el establecimiento o por lo menos insólitos a esa hora.

—Sí, supongo que hará más fresco —dijo Nora mirando con recelo a Medrano. Seguía inquieta por lo que había dicho, o era más bien una manera de fijar la inquietud en algo conversable y comunicable. Le dolía un poco el vientre, a lo mejor tendría que ir al baño. Qué desagradable tener que levantarse delante de todos esos señores. Pero tal vez pudiera aguantar. Sí, podría. Era más bien un dolor muscular. ¿Cómo sería el camarote? Con dos camas muy pequeñas, una arriba de otra. A ella le gustaría la de arriba, pero Lucio se pondría el piyama y también se treparía a la cama de arriba.

—¿Ya ha viajado por mar, Nora? —preguntó Medrano. Parecía muy de él llamarla en seguida por su nombre. Se veía que no era tímido con las mujeres. No, no había viajado, salvo una excursión por el delta, pero eso, claro… ¿Y él sí había viajado? Sí, un poco, en su juventud (como si fuera viejo). A Europa y a Estados Unidos, congresos odontológicos y turismo. El franco a diez centavos, imagínese.

—Aquí por suerte estará todo pago —dijo Nora, y hubiera querido tragarse la lengua. Medrano la miraba con simpatía, protegiéndola de entrada. También López la miraba con simpatía, pero además se le notaba una admiración de porteño que no se pierde una. Si toda la gente era tan simpática como ellos dos, el viaje iba a valer la pena. Nora sorbió un poco de granadina y estornudó. Medrano y López seguían sonriendo, protegiéndola, y Lucio la miraba casi como queriendo defenderla de tanta simpatía. Una paloma blanca se posó por un instante en la barandilla de la boca del subte. Rodeada de toda esa gente que subía y bajaba la Avenida, permanecía indiferente y lejana. Echó a volar con la misma aparente falta de motivo con que había bajado. Por la puerta de la esquina entró una mujer con un niño de la mano. «Más niños —pensó López—. Y éste seguro que viaja, si viajamos. Ya van a dar las seis, hora de las definiciones. Siempre ocurre algo a las seis.»

 

 

IV

 

—Aquí debe haber helados ricos —dijo Jorge.

—¿Te parece? —dijo Claudia, mirando a su hijo con el aire de las conspiraciones.

—Claro que me parece. De limón y chocolate.

—Es una mezcla horrible, pero si te gusta…

Las sillas del London eran particularmente incómodas, pretendían sostener el cuerpo en una vertical implacable. Claudia estaba cansada de preparar las valijas, a última hora había descubierto que faltaba una cantidad de cosas, y Persio había tenido que correr a comprarlas (por suerte el pobre no había tenido mucho trabajo con su propio equipaje, que parecía como para ir a un picnic) mientras ella terminaba de cerrar el departamento, escribía una de esas cartas de último minuto para las que faltan de golpe todas las ideas y hasta los sentimientos… Pero ahora descansaría hasta cansarse. Hacía tiempo que necesitaba descansar. «Hace tiempo que necesitaba cansarme para después descansar», se corrigió, jugando desganadamente con las palabras. Persio no tardaría en aparecer, a última hora se había acordado de algo que le faltaba cerrar en su misteriosa pieza de Chacarita donde juntaba libros de ocultismo y probables manuscritos que no serían publicados. Pobre Persio, a él sí que le hacía falta el descanso, era una suerte que las autoridades hubieran permitido a Claudia (con ayuda de un golpe de teléfono del doctor León Lewbaum al ingeniero Fulano de Tal) que presentara a Persio como un pariente lejano y lo embarcara casi de contrabando. Pero si alguien merecía aprovechar la Lotería era Persio, inacabable corrector de pruebas en Kraft, pensionista de vagos establecimientos del oeste de la ciudad, andador noctámbulo del puerto y las calles de Flores. «Aprovechará mejor que yo este viaje insensato —pensó Claudia, mirándose las uñas—. Pobre Persio.»

El café la hizo sentirse mejor. De manera que se iba de viaje con su hijo, llevándose de paso a un antiguo amigo convertido en falso pariente. Se iba porque había ganado el premio, porque a Jorge le sentaría bien el aire de mar, porque a Persio le sentaría todavía mejor. Volvía a pensar las frases, repetía: De manera que… Tomaba un sorbo de café, distrayéndose y recomenzaba. No le era fácil entrar en lo que estaba sucediendo, lo que iba a empezar a suceder. Entre irse por tres meses o por toda la vida no había demasiada diferencia. ¿Qué más daba? No era feliz, no era desdichada, esos extremos que resisten a los cambios violentos. Su marido seguiría pagando la pensión de Jorge en cualquier parte del mundo. Para ella estaba su renta, la bolsa negra siempre servicial llegado el caso, los cheques del viajero.

—¿Todos éstos vienen con nosotros? —dijo Jorge, regresando poco a poco del helado.

—No. Podríamos adivinar, si querés. Yo digo que va esa señora de rosa.

—¿Te parece, che? Es muy fea.

—Bueno, no la llevamos. Ahora vos.

—Esos señores de la mesa de allá, con esa señorita.

—Puede muy bien ser. Parecen simpáticos. ¿Trajiste un pañuelo?

—Sí, mamá. Mamá, ¿el barco es grande?

—Supongo. Es un barco especial, parece.

—¿Nadie lo ha visto?

—Tal vez, pero no es un barco conocido.

—Será feo, entonces —dijo melancólicamente Jorge—. A los lindos se los conoce de lejos. ¡Persio, Persio! Mamá, ahí está Persio.

—Persio puntual —dijo Claudia—. Es para creer que la Lotería está corrompiendo las costumbres.

—¡Persio, aquí! ¿Qué me trajiste, Persio?

—Noticias del astro —dijo Persio, y Jorge lo miró feliz, y esperó.

 

 

V

 

El alumno Felipe Trejo se interesaba mucho por el ambiente de la mesa de al lado.

—Vos te das cuenta —le dijo al padre, que se secaba el sudor con la mayor elegancia posible—. Seguro que parte de estos puntos suben con nosotros.

—¿No podés hablar bien, Felipe? —se quejó la señora de Trejo—. Este chico, cuándo aprenderá modales.

La Beba Trejo discutía problemas de maquillaje con un espejito de Eibar que usaba de paso como periscopio.

—Bueno, esos cosos —consintió Felipe—. ¿Vos te das cuenta? Pero si son del Abasto.

—No creo que viajen todos —dijo la señora de Trejo—. Probablemente esa pareja que preside la mesa y la señora que debe ser la madre de la chica.

—Son vulgarísimos —dijo la Beba.

—Son vulgarísimos —remedó Felipe.

—No seas estúpido.

—Mírenla, la duquesa de Windsor. La misma cara, además.

—Vamos, chicos —dijo la señora de Trejo.

Felipe tenía la gozosa conciencia de su repentina importancia, y la usaba con cautela para no quemarla. A su hermana, sobre todo, había que meterla en vereda y cobrarse todas las que le había hecho antes de sacarse el premio.

—En las otras mesas hay gente que parece bien ––dijo la señora de Trejo.

—Gente bien vestida —dijo el señor Trejo.

«Son mis invitados —pensó Felipe y hubiera gritado de alegría—. El viejo, la vieja y esta mierda. Hago lo que quiero, ahora.» Se dio vuelta hacia los de la otra mesa y esperó que alguno lo mirara.

—¿Por casualidad ustedes hacen el viaje? —preguntó a un morocho de camisa a rayas.

—Yo no, mocito —dijo el morocho—. El joven aquí con la mamá, y la señorita con la mamá también.

—¡Ah! Ustedes los vinieron a despedir.

—Eso. ¿Usted viaja?

—Sí, con la familia.

—Tiene suerte, joven.

—Qué le va a hacer —dijo Felipe—. A lo mejor usted se liga la que viene.

—Claro. Es así.

—Seguro.

 

 

VI

 

—Además te traigo novedades del octopato —dijo Persio.

Jorge se puso de codos en la mesa.

—¿Lo encontraste debajo de la cama o en la bañadera? —preguntó.

—Trepado en la máquina de escribir —dijo Persio—. Qué te creés que hacía.

—Escribía a máquina.

—Qué chico inteligente —dijo Persio a Claudia—. Claro que escribía a máquina. Aquí tengo el papel, te voy a leer una parte. Dice: «Se va de viaje y me deja como una madeja vieja. Lo esperará a cada rato el pobrecito octopato.» Firmado. «El octopato, con un cariño y un reproche.»

—Pobre octopato —dijo Jorge—. ¿Qué va a comer mientras vos no estés?

—Fósforos, minas de lápiz, telegramas y una lata de sardinas.

—No la va a poder abrir —dijo Claudia.

—Oh, sí, el octopato sabe —dijo Jorge—: ¿Y el astro, Persio?

—En el astro —dijo Persio— parece que ha llovido.

—Si ha llovido —calculó Jorge— los hormigombres van a tener que subirse a las balsas. ¿Será como el diluvio o un poco menos?

Persio no estaba muy seguro, pero de todas maneras los hormigombres eran capaces de salir del paso.

—No has traído el telescopio —dijo Jorge—. ¿Cómo vamos a hacer a bordo para ver al astro?

—Telepatía astral —dijo Persio, guiñando el ojo—. Claudia, usted está cansada.

—Esa señora de blanco —dijo Claudia— contestaría que es la humedad. Bueno, Persio, aquí estamos. ¿Qué va a pasar?

—Ah, eso… No he tenido mucho tiempo para estudiar la cuestión, pero ya estoy preparando el frente.

—¿El frente?

—El frente de ataque. A una cosa, a un hecho, hay que atacarlo de muchas maneras. La gente elige casi siempre una sola manera y sólo consigue resultados a medias. Yo preparo siempre mi frente y después sincretizo los resultados.

—Comprendo —dijo Claudia con un tono que la desmentía.

—Hay que trabajar en push-pull —dijo Persio—. No sé si me explico. Algunas cosas están como en el camino y hay que empujarlas para ver lo que pasa más allá. Las mujeres, por ejemplo, con perdón del niño. Pero a otras hay que agarrarlas por la manija y tirar. Ese mozo Dalí sabe lo que hace (a lo mejor no lo sabe, pero es lo mismo) cuando pinta un cuerpo lleno de cajones. A mí me parece que muchas cosas tienen manija. Fíjese por ejemplo en las imágenes poéticas. Si uno las mira desde fuera, no ve más que el sentido abierto, aunque a veces sea muy hermético. ¿Usted se queda satisfecha con el sentido abierto? No señor. Hay que tirar de la manija, caerse dentro del cajón. Tirar es apropiarse, apropincuarse, propasarse.

—Ah —dijo Claudia, haciendo una seña discreta a Jorge para que se sonara.

—Aquí, por ejemplo, los elementos significativos pululan. Cada mesa, cada corbata. Veo como un proyecto de orden en este terrible desorden. Me pregunto qué va a resultar.

—También yo. Pero es divertido.

—Lo divertido es siempre un espectáculo: no lo analicemos porque asomará el artificio obsceno. Conste que no estoy en contra de la diversión, pero cada vez que me divierto cierro primero el laboratorio y tiro los ácidos y los álcalis. Es decir que me someto, cedo a lo aparencial. Usted sabe muy bien qué dramático es el humorismo.

—Recitale a Persio el verso sobre Garrick —dijo Claudia a Jorge—. Ya verá qué buen ejemplo de su teoría.

—Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra… —declamó Jorge a gritos. Persio escuchó atentamente y después aplaudió. Desde otras mesas también aplaudieron y Jorge se puso colorado.

—Quod erat demostrandum —dijo Persio—. Claro que yo aludía a un plano más óntico, al hecho de que toda diversión es como una conciencia de máscara que acaba por animarse y suplanta el rostro real. ¿Por qué se ríe el hombre? No hay nada de qué reírse, como no sea de la risa en sí. Fíjese que los chicos que ríen mucho acaban llorando.

—Son unos sonsos —dijo Jorge—. ¿Querés que te recite el del buzo y la perla?

—En la cubierta, mejor dicho el sollado, bajo la asistencia de las estrellas podrás recitarme lo que quieras —dijo Persio—. Ahora quisiera entender un poco más este planteo semigastronómico que nos circunda. ¿Y esos bandoneones, qué significan?

—La madona —dijo Jorge abriendo la boca.

 

 

VII

 

Un Lincoln negro, un traje negro, una corbata negra. El resto, borroso. De don Galo Porriño lo que más se veía era el chofer de imponentes espaldas y la silla de ruedas donde la goma luchaba con el cromo. Mucha gente se detuvo para ver cómo el chofer y la enfermera sacaban a don Galo y lo bajaban a la vereda. En las caras se advertía una lástima mitigada por la evidente fortuna del valetudinario caballero. A eso se sumaba que don Galo parecía un pollo de los de cogote pelado, con un modo tan revirado de mirar que daba ganas de cantarle la Internacional en plena cara, cosa que jamás nadie había hecho —según afirmó Medrano— a pesar de ser la Argentina un país libre y la música un arte fomentado en los mejores círculos.

—Me había olvidado que don Galo también ganó un premio. ¿Cómo no iba a ganar un premio don Galo? Eso sí, en mi vida imaginé que el viejo haría el viaje. Es simplemente increíble.

—¿Es un señor que usted conoce? —preguntó Nora.

—El que en Junín no conozca a don Galo Porriño merece ser lapidado en la hermosa plaza de anchas veredas —dijo Medrano—. Los azares de mi profesión me llevaron a padecer un consultorio en esa progresista ciudad hasta hace unos cinco años, época fasta en que pude bajar a Buenos Aires. Don Galo fue uno de los primeros prohombres que conocí por allá.

—Parece un caballero respetable —dijo el doctor Restelli—. La verdad es que con ese auto resulta un tanto raro que…

—Con este auto —dijo López— se puede echar al capitán al agua y usar el barco como cenicero.

—Con ese auto —dijo Medrano— se puede ir muy lejos. Como ustedes ven, hasta Junín y hasta el London. Uno de mis defectos es la chismografía, aunque aduciré en mi descargo que sólo me interesan ciertas formas superiores del chisme como por ejemplo la historia. ¿Qué diré de don Galo? (Así empiezan ciertos escritores que saben muy bien lo que van a decir.) Diré que debería llamarse Gayo, por lo que verán muy pronto. Junín cuenta con la gran tienda «Oro y azul», nombre predestinado; pero si ustedes han incurrido en turismo bonaerense, cosa que prefiero dudar, sabrán que en Veinticinco de Mayo hay otra tienda «Oro y azul», y que prácticamente en todas las cabezas de partido de la vasta provincia hay oros y azules en las esquinas más estratégicas. En resumen, millones de pesos en el bolsillo de don Galo, laborioso gallego que supongo llegó al país como casi todos sus congéneres y trabajó con la eficacia que los caracteriza en nuestras pampas proclives a la siesta. Don Galo vive en un palacio de Palermo, paralítico y casi sin familia. Una bien montada burocracia cuida de la cadena oro y azul: intendentes, ojos y oídos del rey, vigilan, perfeccionan, informan y sancionan. Mas he aquí… ¿No los aburro?

—Oh, no —dijo Nora, que-bebía-sus-palabras.

—Pues bien —siguió irónicamente Medrano, cuidando su ejercicio de estilo que, estaba seguro, sólo López apreciaba a fondo—, he aquí que hace cinco años se cumplieron las bodas de diamante de don Galo con el comercio de paños, el arte sartorio y sus derivados. Los gerentes locales se enteraron oficiosamente de que el patrón esperaba un homenaje de sus empleados, y que tenía la intención de pasar revista a todas sus tiendas. Yo era por aquel entonces muy amigo de Peña, el gerente de la sucursal de Junín, que andaba preocupado con la visita de don Galo. Peña se enteró de que la visita era eminentemente técnica y que don Galo venía dispuesto a mirar hasta la última docena de botones. Resultado de informes secretos, probablemente. Como todos los gerentes estaban igualmente inquietos, empezó una especie de carrera armamentista entre las filiales. En el club había para reírse con los cuentos de Peña sobre cómo había sobornado a dos viajantes de comercio para que le trajeran noticias de lo que preparaban los de 9 de Julio o los de Pehuajó. Por su parte hacía lo posible, y en la tienda se trabajaba hasta horas inverosímiles y los empleados andaban furiosos y asustados al mismo tiempo.

«Don Galo empezó su gira de autohomenaje por Lobos, creo, visitó tres o cuatro de sus tiendas, y un sábado con mucho sol apareció en Junín. Por ese entonces tenía un Buick azul, pero Peña había mandado preparar un auto abierto, de esos que ya hubiera querido Alejandro para entrar en Persépolis. Don Galo quedó bastante impresionado cuando Peña y una comitiva lo esperaron a la entrada del pueblo y lo invitaron a pasar al auto abierto. El cortejo entró majestuosamente por la avenida principal; yo, que no me pierdo esas cosas, me había situado en el cordón de la vereda, a poca distancia de la tienda. Cuando el auto se acercó, los empleados, estratégicamente distribuidos, empezaron a aplaudir. Las chicas tiraban flores blancas y los hombres (muchos alquilados) agitaban banderitas con la insignia oro y azul. De lado a lado de la calle había una especie de arco de triunfo que decía: BIENVENIDO DON GALO. A Peña esta familiaridad le había costado una noche de insomnio, pero al viejo le gustó el coraje de sus súbditos. El auto se paró delante de la tienda, arreciaron los aplausos (ustedes perdonen estas palabras necesarias pero odiosas) y don Galo, como un tití en el borde del asiento, movía de cuando en cuando la mano derecha para devolver los saludos. Les advierto que hubiera podido saludar con las dos, pero ya me había dado cuenta yo de los puntos que calzaba el personaje, y que Peña no había exagerado. El señor feudal visitaba a sus siervos, requería y sopesaba el homenaje con un aire entre amable y desconfiado. Yo me rompía la cabeza tratando de recordar dónde había visto ya una escena como ésa. No la escena misma, porque en sí era igual a cualquier recepción oficial, con banderitas y carteles y ramos de flores. Era lo que encubría (y para mí revelaba) la escena, algo que abarcaba a los aterrados horteras, al pobre Peña, al aire entre aburrido y ávido de la cara de don Galo. Cuando Peña se subió a un banquillo para leer el discurso de bienvenida (en el que confieso que una buena parte era mía porque de cosas así están hechas las diversiones que uno tiene en los pueblos), don Galo se encrespó en su asiento, moviendo la cabeza afirmativamente de cuando en cuando y recibiendo con fría cortesía las atronadoras salvas de aplausos que los empleados colocaban exactamente donde Peña les había indicado la noche anterior. En el momento mismo en que llegaba al punto más emocionante (habíamos descrito en detalle los afanes de don Galo, self made man, autodidacto, etc.), vi que el homenajeado hacía un signo al gorila de chofer que ven ustedes ahí. El gorila bajó del auto y le habló a uno del cordón de la vereda, que se puso rojo y le habló al de al lado, que vaciló y se puso a mirar en todas direcciones como esperando una aparición salvadora… Comprendí que me acercaba a la solución, que iba a saber por qué todo eso me era tan familiar. “Ha pedido el orinal de plata —pensé—. Gayo Trimalción. Madre mía, el mundo se repite como puede…” Pero no era un orinal, claro, apenas un vaso de agua, un vaso bien pensado para aplastar a Peña, romperle el pathos del discurso y recobrar la ventaja que había perdido con el truco del auto abierto…»

Nora no había entendido el final pero se le contagió la risa de López. Ahora Roberto acababa de instalar trabajosamente a don Galo cerca de una ventana, y le traía una naranjada. El chofer se había retirado y esperaba en la puerta, charlando con la enfermera. La silla de don Galo molestaba enormemente a todo el mundo, pero a don Galo esto parecía hacerle mucho bien. López estaba fascinado.

—No puede ser —repitió—. ¿Con esa salud y toda esa plata se va a embarcar nada más que porque es gratis?

—No tan gratis —dijo Medrano—. El número les costó diez pesos, che.

—En la vejez de los hombres de acción suelen darse esos caprichos de adolescentes —dijo el doctor Restelli—. Yo mismo, fortuna aparte, me pregunto si realmente debería…

—Ahí vienen unos tipos con bandoneones —dijo Lucio—. ¿Será por nosotros?

 

 

VIII

 

Se veía que era un café para pitucos, con esas sillas de ministro y los mozos que ponían cara de resfriados apenas se les pedía un medio litro bien tiré y con poca espuma. No había ambiente, eso era lo malo.

Atilio Presutti, mejor conocido por el Pelusa, se metió la mano derecha en el pelo de apretados rizos color zanahoria y la sacó por la nuca después de un trabajoso recorrido. Después se atusó el bigote castaño y miró satisfecho su cara pecosa en el espejo de la pared. No contento con lo anterior, sacó un peine azul del bolsillo superior del saco y se peinó con gran ayuda de golpes secos que daba con la mano libre para marcar el jopo. Contagiados por su acicalamiento, dos de sus amigos procedieron a refrescarse la peinada.

—Es un café para pitucos —repitió el Pelusa—. A quién se le ocurre hacer la despedida en este sitio.

—El helado es bueno —dijo la Nelly, sacudiendo la solapa del Pelusa para hacer caer la caspa—. ¿Por qué te pusiste el traje azul, Atilio? De verlo me muero de calor, te juro.

—Si lo dejo en la valija se me arruga todo —dijo el Pelusa—. Yo me sacaría el saco pero me da no sé qué aquí. Pensar que los podríamos haber reunido en lo del Ñato que es más familiar.

—Cállese, Atilio —dijo la madre de la Nelly—. No me hable de despedidas después de lo del domingo. Ay, Dios mío, cada vez que me acuerdo…

—Pero si no fue nada, doña Pepa —dijo el Pelusa.

La señora de Presutti miró severamente a su hijo.

—¿Cómo que no fue nada? —dijo—. Ah, doña Pepa, estos hijos… ¿No fue nada, no? Y tu padre en la cama con la paleta sacada y el tobillo recalcado.

—¿Y eso qué tiene? —dijo el Pelusa—. El viejo es más fuerte que una locomotora.

—¿Pero qué pasó? —preguntó uno de los amigos.

—¿Cómo, vos no estabas el domingo?

—¿No te acordás que no estaba? Me tenía que estrenar para la pelea. Cuando uno se estrena, nada de fiestas. Te avisé, acordate.

—Ahora me acuerdo —dijo el Pelusa—. La que te perdiste, Rusito.

—¿Hubo un accidente, hubo?

—Fue grande —dijo el Pelusa—. El viejo se cayó de la azotea al patio y casi se mata. Uy Dios, qué lío.

—Un accidente, sabe —dijo la señora de Presutti—. Contale, Atilio. A mí me hace impresión nada más que de acordarme.

—Pobre doña Pepa —dijo la Nelly.

—Pobre —dijo la madre de la Nelly.

—Pero si no fue nada —dijo el Pelusa—. Resulta que la barra se juntó para despedirnos a la Nelly y a mí. La vieja aquí hizo una raviolada fenómena y los muchachos trajeron la cerveza y las masitas. Estábamos lo más bien en la azotea, entre el más chico y yo pusimos el toldo y trajimos la vitrola. No faltaba nada. ¿Cuántos seríamos? Por lo menos treinta.

—Más —dijo la Nelly—. Yo conté casi cuarenta. El estofado apenas alcanzó, me acuerdo.

—Bueno, todos estábamos lo más bien, no como aquí que parece una mueblería. El viejo se había puesto en la cabecera y lo tenía al lado a don Rapa el del astillero. Vos sabés cómo le gusta el drogui a mi viejo. Mirá, mirá la cara que pone la vieja. ¿No es verdad, decime? ¿Qué tiene de malo? Yo lo que sé es que cuando sirvieron las bananas todos estábamos bastante curdas, pero el viejo era el peor. Cómo cantaba, mama mía. Justo entonces se le ocurre brindar por el viaje, se levanta con el medio litro en la mano, y cuando va a empezar a hablar le agarra un ataque de tos, se echa así para atrás y se cae propio al patio. Qué impresión que me hizo el ruido, pobre viejo. Parecía una bolsa de maíz, te juro.

—Pobre don Pipo —dijo el Rusito, mientras la señora de Presutti sacaba un pañuelito de la cartera.

—¿Ve, Atilio? Ya la hizo llorar a su mamá —dijo la madre de la Nelly—. No llore, doña Rosita. Total no fue nada.

—Pero claro —dijo el Pelusa—. Che, qué lío que se armó. Todos bajamos abajo, yo estaba seguro que el viejo se había roto la cabeza. Las mujeres lloraban, era un plato. Yo le dije a la Nelly que cortara la vitrola y doña Pepa aquí la tuvo que atender a la vieja que le había dado el ataque. Pobre vieja, cómo se retorcía.

—¿Y don Pipo? —preguntó el Rusito, ávido de sangre.

—El viejo es un fenómeno —dijo el Pelusa—. Yo cuando lo vi en las baldosas y que no se movía, pensé: «Te quedaste huérfano de padre». El más chico fue a llamar a la Asistencia y entre tanto le sacamos la camiseta al viejo para ver si respiraba. Lo primero que hizo al abrir los ojos fue meterse la mano en el bolsillo para ver si no le habían afanado la cartera. El viejo es así. Después dijo que le dolía la espalda pero que no era nada. Para mí que quería seguir la farra. ¿Te acordás, vieja, cuando te trajimos para que vieras que no le pasaba nada? Qué plato, en vez de calmarse le dio el ataque el doble de fuerte.

—La impresión —dijo la madre de Nelly—. Una vez, en mi casa…

—Total, cuando cayó la ambulancia ya el viejo estaba sentado en el suelo y todos nos reíamos como locos. Lástima que los dos practicantes no quisieron saber nada de dejarlo en casa. A la final se lo llevaron, pobre viejo, pero eso sí, yo aproveché que uno me pidió que le firmara no sé qué papel, y me hice revisar de este oído que a veces lo tengo tapado.

—Fenómeno —dijo el Rusito, impresionado—. Mirá lo que me perdí. Lástima que justo ese día me tenía que estrenar.

Otro de los amigos, metido en un enorme cuello duro, se levantó de golpe.

—¡Manyá quiénes vienen! ¡Pibe, qué fenómeno!

Solemnes, brillante el pelo, impecables los trajes a cuadros, los bandoneonistas de la típica de Asdrúbal Crésida se abrían paso entre las mesas cada vez más concurridas. Tras de ellos entró un joven vestido de gris perla y camisa negra, que sujetaba su corbata color crema con un alfiler en forma de escudo futbolístico.

—Mi hermano —dijo el Pelusa, aunque nadie ignoraba ese importante detalle—. Te das cuenta, nos vino a dar una sorpresa.

El conocido intérprete Humberto Roland llegó a la mesa y dio efusivamente la mano a todo el mundo salvo a su madre.

—Fenómeno, pibe —dijo el Pelusa—. ¿Te hiciste reemplazar en la radio?

—Pretexté un dolor de muelas —dijo Humberto Roland—. Única forma de que esos sujetos no me descuenten. Aquí los compañeros de la orquesta también han querido despedirlos.

Conminado, Roberto agregó otra mesa y cuatro sillas, el artista pidió un mazagrán, y los instrumentistas coincidieron en la cerveza.

 

 

IX

 

Paula y Raúl entraron por la puerta de Florida y se sentaron a una mesa del lado de la ventana. Paula miró apenas el interior del café, pero a Raúl lo divertía el juego de adivinar entre tantos sudorosos porteños a los probables compañeros de viaje.

—Si no tuviera la convocatoria en el bolsillo creería que es una broma de algún amigo —dijo Raúl—. ¿No te parece increíble?

—Por el momento me parece más bien caluroso ––dijo Paula—. Pero admito que la carta vale el viaje.

Raúl desplegó un papel color crema y sintetizó:

—A las 18 en este café. El equipaje será recogido a domicilio por la mañana. Se ruega no concurrir acompañado. El resto corre por cuenta de la Dirección de Fomento. Como lotería, hay que reconocer que se las trae. ¿Por qué en este café, decime un poco?

—Hace rato que he renunciado a entender este asunto —dijo Paula— como no sea que te sacaste un premio y me invitaste, descalificándome para siempre del Quién es quién en la Argentina.

—Al contrario, este viaje enigmático te dará gran prestigio. Podés hablar de un retiro espiritual, decir que estás trabajando en una monografía sobre Dylan Thomas, poeta de turno en las confiterías literarias. Por mi parte considero que el mayor encanto de toda locura está en que siempre acaba mal.

—Sí, a veces eso puede ser un encanto —dijo Paula—. Le besoin de la fatalité, que le dicen.

—En el peor de los casos será un crucero como cualquier otro, sólo que no se sabe muy bien adónde. Duración, de tres a cuatro meses. Confieso que esto último me decidió. ¿Adónde son capaces de llevarnos con tanto tiempo? ¿A la China, por ejemplo?

—¿A cuál de las dos?

—A las dos, para hacer honor a la tradicional neutralidad argentina.

—Ojalá, pero ya verás que nos llevan a Génova y de allí en autocar por toda Europa hasta dejarnos hechos pedazos.

—Lo dudo —dijo Raúl—. Si fuera así lo habrían afichado clamorosamente. Andá a saber qué lío se les ha armado a la hora de embarcarnos.

—De todos modos —dijo Paula— algo se hablaba del itinerario.

—Absolutamente aleatorio. Vagos términos contractuales que ya no recuerdo, insinuaciones destinadas a despertar nuestro instinto de aventura y de azar. En resumen, un grato viaje, condicionado por las circunstancias mundiales. Es decir que no nos van a llevar a Argelia ni a Vladivostok ni a Las Vegas. La gran astucia fue lo de las licencias automáticas. ¿Qué burócrata resiste? Y el talonario de cheques del viajero, eso t

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