1
EL MUNDO SIN TI
Justo me había sentado en mi escritorio para cumplir mi promesa y escribir por fin, por fin, a Hélène, cuando sonó el portero automático. Decidí ignorar el timbrazo, abrí muy despacio mi estilográfica y puse derecha la hoja de papel blanco. «Querida Hélène», escribí, y me quedé mirando desvalido las dos palabras que parecían igual de perdidas que yo en las últimas semanas y meses.
¿Qué se le escribe a una persona a la que se ama por encima de todo y que ha desaparecido de forma trágica? Ya entonces me había parecido descabellado hacerle esa promesa. Pero Hélène había insistido. Y como siempre que a mi mujer se le metía una idea en la cabeza, fue muy difícil argumentar algo en contra. Al final siempre se salía con la suya. Hélène era muy testaruda. Solo ante la muerte no logró mantenerse firme. La muerte fue aún más testaruda que ella.
Volvió a sonar el timbre, pero yo ya estaba muy lejos.
Sonreí con amargura y vi ante mí su rostro pálido, sus ojos verdes que cada día parecían más grandes en su cara consumida.
—Me gustaría que tras mi muerte me escribieras treinta y tres cartas —me dijo mirándome fijamente—. Una por cada año que he vivido, una carta, prométemelo, Julien.
—¿Y de qué va a servir? —repliqué—. Eso no va a devolverte a la vida.
Yo entonces estaba dominado por el miedo y el dolor. Pasaba día y noche sentado en su cama, sujetando su mano, y no quería ni podía imaginarme mi vida sin ella.
—¿Para qué voy a escribir esas cartas si no voy a recibir nunca una respuesta? No tiene ningún sentido —insistí en voz baja.
Ella hizo como si no hubiera oído mi argumento.
—Simplemente escríbeme. Cuéntame cómo es el mundo sin mí. Háblame de ti y de Arthur. —Sonrió, y a mí se me saltaron las lágrimas—. Tendrá sentido, créeme. Y estoy segura de que al final te llegará una respuesta. Además, yo, dondequiera que esté, leeré tus cartas y no os perderé de vista.
Negué con la cabeza y solté un sollozo.
—No voy a poder, Hélène, ¡sencillamente no voy a poder!
Y con eso no me refería solo a las treinta y tres cartas, sino a todo. A toda mi vida sin ella. Sin Hélène.
Ella me miró con ternura, y la compasión que vi en su mirada me partió el corazón.
—Pobre amor mío —dijo, y noté lo mucho que le costaba apretarme la mano para darme ánimos—. Tienes que ser fuerte. Tienes que ocuparte de Arthur. Él te necesita. —Y luego añadió algo que ya había repetido muchas veces tras el desolador diagnóstico, algo que a ella le daba fuerzas para enfrentarse al final con serenidad, pero a mí no—: Todos tenemos que morir, Julien. Es algo normal y forma parte de la vida. Solo que a mí me toca antes. No es que eso me haga especialmente feliz, puedes creerme, pero es así. —Encogió los hombros con gesto desvalido—. Ven, dame un beso.
Yo le aparté un rizo cobrizo de la frente y le besé los labios con suavidad. Se había vuelto muy frágil en los últimos meses de su corta vida, y cada vez que la abrazaba tenía miedo de que se rompiera, aunque ya estaba todo roto. Menos su valor, que era mucho más fuerte que el mío.
—Prométemelo —repitió, y vi un pequeño brillo en sus ojos—. Me apuesto lo que sea a que cuando hayas escrito la última carta tu vida cambiará a mejor.
—Me temo que vas a perder la apuesta.
—Espero que no. —Una sonrisa cómplice iluminó brevemente su cara y le temblaron los párpados—. Y entonces quiero que me lleves un ramo de rosas gigante, el más grande de todo ese maldito cementerio de Montmartre.
Así era Hélène. Incluso en los peores momentos te hacía reír. Yo lloraba y reía al mismo tiempo, mientras ella me tendía su mano enjuta y yo se la cogía y le daba mi palabra.
La palabra de un escritor. En realidad, ella no había dicho cuándo debía escribirle esas cartas. Y octubre había dado paso a noviembre y noviembre a diciembre. Los meses se fueron sucediendo con tristeza, las estaciones fueron cambiando, pero a mí me daba igual. Para mí no existía el sol, vivía en un agujero negro en el que las palabras habían desaparecido. Entretanto estábamos en marzo y yo no había escrito ni una sola carta. Ni una.
No es que no lo hubiera intentado. Quería cumplir mi promesa, al fin y al cabo había sido el último deseo de Hélène. Mi papelera estaba llena de papeles arrugados llenos de frases que ni siquiera había podido terminar. Frases como:
Mi queridísima Hélène: Desde que no estás no existe para mí…
Mi amada: Estoy tan cansado de tanto dolor y me pregunto cada vez más si en realidad la vida…
Querida: Ayer me encontré la pequeña bola de nieve que compramos en Venecia. Estaba al fondo del cajón de tu mesilla, y me acordé de cómo los dos…
Cariño, lo que más amo en el mundo: Te echo de menos cada día, cada hora, cada minuto, realmente no sabes…
Querida Hélène: Arthur dijo ayer que no quería tener un papá tan triste y que tú debías de estar ahora muy bien entre los ángeles…
Hélène: ‘Mayday’, ‘mayday’, esto es una llamada de socorro, me ahogo, vuelve, no puedo…
Mi ángel: Esta noche he soñado contigo y me ha sorprendido no encontrarte a mi lado por la mañana…
Querida y muy añorada amada mía: No pienses que he olvidado mi promesa, pero yo…
Pero no había llegado a plasmar en el papel nada más allá de estos pobres balbuceos. Estaba allí sentado, atenazado por la tristeza, y sencillamente me había quedado mudo. No había vuelto a escribir nada —y eso no es lo mejor que le puede pasar a un escritor—, y ese era también el motivo de que fuera tocaran a rebato.
Suspirando, dejé la pluma sobre la mesa, me puse de pie y me acerqué a la ventana. Abajo, en la Rue Jacob, había un hombre bajo, con una elegante gabardina azul oscuro, que evidentemente había decidido no apartar el dedo de mi timbre. Lo que yo me temía.
El hombre alzó la mirada hacia el húmedo cielo de primavera, en el que el viento hacía avanzar las nubes, y yo me apresuré a retirar la cabeza.
Era Jean-Pierre Favre, mi editor.
Desde que tengo uso de razón me he movido en el mundo de las palabras bonitas. Primero trabajé como periodista, luego como guionista. Hasta que por fin escribí mi primera novela. Una comedia romántica con la que acerté de pleno y que, para sorpresa de todos, se convirtió en un best seller. Siempre se ha dicho que París es la ciudad del amor, pero este no es necesariamente el tema que buscan los editores parisinos. Me rechazaron la obra una y otra vez o ni siquiera me contestaron. Pero un día me llamaron de una pequeña editorial que tenía su sede en la Rue de Seine. Mientras sus colegas solo buscaban temas literarios elevados e intelectuales, Jean-Pierre Favre, editor de Éditions Garamond, se había enamorado de mi divertido manuscrito lleno de enredos tragicómicos rebosantes de romanticismo.
—Tengo sesenta y tres años y cada vez hay menos cosas que me hagan reír —comentó la primera vez que nos vimos en el Café de Flore—. Su libro, monsieur Azoulay, me ha hecho reír, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los libros hoy en día. En cualquier caso, con la edad se ríe uno cada vez menos, puede creerme. —Soltando un suspiro, se dejó caer en el banco forrado de cuero que había junto a la ventana del primer piso del café, donde habíamos encontrado una mesa tranquila, y alzó las manos en un cómico gesto de desesperación—. Me pregunto dónde se habrán metido todos, los autores que todavía pueden escribir buenas comedias. Algo con corazón e ingenio. ¡Pero no! Todos quieren escribir sobre la desesperación, la desintegración, el gran drama. Drama, drama, drama. —Se dio unos golpecitos en la frente, donde sus cabellos grises, que ya empezaban a clarear, estaban elegantemente peinados hacia atrás—. La depresión de la gran ciudad, las niñeras asesinas, el horror provocado por Al Qaeda y compañía. —Apartó unas migas de la mesa—. Todo está justificado, pero… —Se inclinó hacia delante y sus ojos claros me lanzaron una penetrante mirada—. Voy a decirle una cosa, joven. Escribir una buena comedia es mucho más difícil de lo que se piensa. Conseguir algo mágico que no esté lleno de tópicos triviales y posea a la vez esa maravillosa sencillez que nos deja con la sensación de que, a pesar de todo, la vida merece ser vivida… ¡ese es el auténtico arte! Al menos yo soy ya demasiado mayor para esas historias tras cuya lectura uno piensa que más le valdría buscarse el rascacielos más próximo para lanzarse al vacío. —Abrió con impaciencia tres sobrecitos de azúcar que vació en su zumo de naranja recién hecho y removió el líquido como un poseso. Entonces tuvo una nueva idea—. ¡O el cine! ¡Piense en el cine!
Hizo una pausa intencionada, y yo esperé expectante qué sería lo próximo. Aquel hombre era un orador brillante, de eso ya me había dado cuenta.
—Solo tristeza y excentricidad. Hoy todos quieren ser solo una cosa: singulares. Pero yo me quiero reír, ¿entiende? Quiero algo que haga latir mi corazón. —Se llevó la mano al chaleco azul celeste que llevaba debajo de la chaqueta y dio un trago al zumo de naranja. De pronto su rostro mostró una juvenil sonrisa—. ¿Ha visto esa película del carnicero japonés que se enamora de un cerdo y al final los dos se suicidan haciéndose el harakiri? Quiero decir, ¿a quién se le ocurre una idea así? —Meneó la cabeza—. La gente se ha vuelto loca. Echo de menos a personas como Billy Wilder o Peter Bogdanovich. Ellos sí que eran buenos. —Chasqueó un par de veces la lengua con gesto afirmativo—. Esperemos al menos que Woody Allen aguante un poco más. Medianoche en París era sencillamente magnífica, ¿no? Te hechizaba, era inteligente, te hacía reír. Mi mujer y yo salimos del cine flotando.
Yo asentí con la cabeza. También había visto la película.
—Créame, monsieur Azoulay, la vida no es fácil, y por eso necesitamos más libros como su novela —dijo cerrando su flamante discurso, y me tendió su pluma Montblanc para que firmara—. Confío en usted.
Habían pasado ya seis años desde aquello. Mi novela se convirtió en un best seller, firmé un contrato de tres libros con Garamond, lo que me daba seguridad financiera para los siguientes años y me permitía el lujo de dedicarme a escribir. Conocí a la pelirroja Hélène, que adoraba los poemas de Heinrich Heine y cantaba en la ducha canciones de Sacha Distel. Se hizo profesora, se quedó embarazada, se convirtió en mi mujer, y los dos nos convertimos en padres de un niño que, según repetía Hélène una y otra vez, había tenido la suerte de heredar mi pelo rubio y no su mata color zanahoria.
La vida era clara como un día de verano y todo lo que hacíamos nos salía bien.
Hasta que llegó la desgracia.
—Sangre en el sitio equivocado —me dijo un día Hélène al salir del baño—. Bueno, no será nada malo.
Pero sí era malo. Peor que malo. Yo era escritor de novelas románticas que se vendían bien, ganaba un buen dinero con ellas. Y de pronto mi vocabulario se vio invadido de palabras sumamente perturbadoras como «carcinoma colorrectal», «marcadores tumorales», «cisplatino», «metástasis», «bomba de morfina», «cuidados paliativos».
Que la vida no era fácil fue algo que experimenté muy de cerca a pesar de que Hélène fue muy valiente y desde el principio se enfrentó al diagnóstico con optimismo. Al cabo de un año la enfermedad parecía estar superada. Era verano, fuimos con Arthur a Bretaña, a la playa. La vida era más maravillosa que nunca, un regalo. Habíamos salido adelante.
Entonces Hélène se quejó de dolor de espalda.
—Me estoy haciendo mayor —bromeó al tiempo que se envolvía en un pareo de colores en la playa.
Las metástasis estaban ya por todas partes, se habían agarrado a su cuerpo como pequeños cangrejos y no se podían eliminar. A mediados de octubre acabó todo. Las metástasis habían desaparecido, y con ellas también Hélène. Mi alegre y optimista esposa, a la que le gustaba tanto reír. Y con ella desaparecieron también todos los sueños que teníamos.
Me quedé solo con nuestro hijo pequeño, un corazón roto, una promesa por cumplir y una cuenta bancaria cada vez más menguada. Ahora era ya marzo, hacía un año que no había escrito una sola línea, mi nueva novela tenía unas escasas cincuenta páginas y mi editor estaba en la puerta y quería saber —con razón— cómo iba todo.
El timbre había dejado de sonar.
Monsieur Favre era un hombre educado. Había sido muy comprensivo. No me metió prisa en todos esos meses. Me dejó tiempo para poder superarlo todo, para que volviera a centrarme, como se suele decir. No me preguntó ni una sola vez por la novela, cuya publicación inicialmente estaba prevista para la rentrée de este año y que aplazó hasta la próxima primavera sin decir una sola palabra.
Hacía dos semanas había intentado contactar conmigo. Estaba claro que la tregua había terminado. Prudentes mensajes en mi contestador, que estaba conectado día y noche. Una carta muy amable que finalizaba con una pregunta. Su número en mi móvil, una y otra vez.
Yo me hice el muerto, y de alguna manera lo estaba. Mi creatividad se había evaporado. Mi agudeza se había convertido en cinismo. Dejé pasar los días y no le llamé. ¿Qué podía decirle? ¿Que no iba a lograr escribir algo aceptable nunca más? ¿Que ya no me salían las palabras? Un hombre profundamente desgraciado que estaba abonado a las comedias divertidas… Ironías del destino.
¿Quién podía imaginar algo tan pérfido? Dios era un sádico bromista, y yo no tenía salvación posible.
—Drama, drama, drama —murmuré con una sonrisa amarga, y volví a mirar por la ventana. Monsieur Favre había desaparecido, y yo respiré aliviado. Por lo visto había desistido.
Encendí un cigarrillo y miré el reloj. Tres horas, después tendría que recoger a Arthur de la guardería. Arthur era el único motivo por el que yo seguía con vida. Por el que me levantaba por las mañanas, me vestía, iba a comprar al supermercado. Hablaba.
El pequeñajo no se rendía. En eso era como su madre. Me cogía con su pequeña mano para mostrarme lo que había construido con piezas de Lego, se colaba por la noche en mi cama y se acurrucaba confiado contra mí, no paraba de hablar, hacía miles de preguntas, hacía planes. Decía: «Quiero ir al zoo a ver las jirafas», o: «Papá, pinchas», o: «Me prometiste que me ibas a leer algo», o: «¿Mamá pesa ahora tan poco como el aire?».
Apagué el cigarrillo y me senté de nuevo en el escritorio. Fumaba demasiado. Bebía demasiado. Me alimentaba a base de pastillas para el estómago. Saqué otro cigarrillo de una cajetilla que mostraba la repulsiva imagen del pulmón de un fumador. ¿Lo ves? Yo también me iba a morir, pero al menos antes iba a escribir esa carta…, la primera de treinta y tres cartas que me parecían totalmente innecesarias. Cartas a una muerta. Me pasé la mano por el pelo.
—¡Ay, Hélène! ¿Por qué…, por qué? —susurré, y me quedé mirando la foto enmarcada que estaba sobre el escritorio forrado de cuero verde oscuro.
De pronto me sobresaltó el ding-dong del timbre de mi casa. El susto me hizo tirar de la cadenita de la lámpara de banquero verde y apagar la luz, que llevaba encendida desde muy temprano de forma innecesaria. ¿Quién era ahora? Un segundo después alguien golpeó enérgicamente la puerta con el puño.
—¿Azoulay? ¡Azoulay, abra, sé que está usted ahí dentro!
Sí, yo estaba ahí dentro, en mi prisión libremente elegida en el tercer piso, y de pronto me acordé de cómo unos años antes estaba también ahí con Hélène y con la agente inmobiliaria, en las habitaciones vacías de ese piso en un edificio antiguo, el primero que pudimos pagar con nuestros sueldos. La casa soñada, según la agente inmobiliaria, soleada, a solo unos pasos del Boulevard Saint-Germain, pero muy tranquila. Y sin ascensor, objetó Hélène, cuando fuéramos viejos íbamos a resoplar de lo lindo cada vez que tuviéramos que subir hasta allí. Nos reímos… «Cuando seamos viejos». Hacía ya tanto tiempo de eso.
En cualquier caso, Jean-Pierre Favre había conseguido acceder de algún modo al edificio, y también había logrado coronar ágilmente las escaleras.
Probablemente había llamado a casa de un vecino. Ojalá no fuera Cathérine Balland, que tenía una llave de nuestra vivienda… por si acaso.
Cathérine era la mejor amiga de mi mujer. Vivía sola un piso más abajo, con su gato Zazie, y procuraba ayudarme en lo que podía. Cinco días antes de la muerte de Hélène todavía pensaba que todo se iba a arreglar. A veces cuidaba a Arthur y jugaba con él durante horas a un juego de cartas llamado Uno cuyo atractivo nunca me fue revelado. Era increíblemente amable, pero añoraba a Hélène demasiado como para poder servirme de consuelo. Al contrario…, a veces me resultaba muy difícil aguantar sus «¡Ay, Julien!» y la mirada triste y elocuente de sus ojos de media luna como los de Julie Delpy.
¡Como para desahogarme llorando con ella, por favor!
—¿Azoulay? Azoulay, no sea tan simple. Acabo de verle en la ventana. ¡Abra la puerta! Soy yo, Jean-Pierre Favre, su editor. ¿Se acuerda de mí? No me deje aquí plantado en el descansillo. Solo quiero hablar con usted. ¡Abra! —Más golpes.
Me quedé sentado sin rechistar. ¡Vaya energía tenía aquel hombre bajito, cuyas manos siempre llevaban una manicura perfecta!
—No puede esconderse eternamente —volvió a oírse fuera.
«Sí, claro que puedo», pensé con tozudez.
De puntillas, me deslicé hasta la puerta de la casa confiando en oír cómo sus pasos se alejaban por la escalera de madera. Pero no oí nada. Lo mismo estábamos los dos ahí plantados, yo dentro, él fuera, conteniendo la respiración y aguzando el oído.
Entonces sonó un ruido, como si alguien arrancara una hoja de un cuaderno. Unos segundos después apareció un papel blanco por debajo de la puerta.
«¿Azoulay? ¿Se encuentra bien? Por favor, dígame al menos que todo va bien. No tiene que dejarme entrar, pero no me iré hasta que no me dé señales de vida. Estoy preocupado por usted».
Estaba claro que ya me veía subido a una silla, con una cuerda alrededor del cuello, como el depresivo protagonista de Pan y tulipanes, una de sus películas favoritas.
Sonreí de mala gana y regresé a mi escritorio sin hacer ruido.
«Todo está en orden», escribí con mayúsculas, y deslicé el papel por debajo de la puerta.
«¿Entonces por qué no me abre?».
Reflexioné un instante.
«No puedo».
La respuesta llegó a vuelta de correo.
«¿Qué significa eso de que no puede? ¿Está usted desnudo? ¿O borracho? ¿Acaso tiene un encuentro con una dama?».
Me tapé la cara con la mano, apreté los labios y meneé la cabeza. Un encuentro con una dama, solo Favre podía utilizar una expresión tan anticuada.
«No, no estoy con ninguna mujer. Estoy escribiendo».
Volví a pasar la hoja por debajo de la puerta y esperé.
«Me alegra oír eso, Azoulay. Está bien que vuelva a escribir. Eso le servirá de distracción, ya lo verá. Entonces no le molesto más. ¡Escriba, amigo mío! Y no olvide volver a dar señales de vida. ¡Hasta pronto!».
«Sí, hasta pronto. Daré señales de vida», respondí.
Jean-Pierre Favre se quedó un momento indeciso ante la puerta, luego oí sus pasos en la escalera. Corrí a la ventana y vi cómo salía del edificio, se subía el cuello del abrigo y se alejaba con enérgicos pasitos por la Rue Jacob en dirección al Boulevard Saint-Germain.
Y después me senté en mi escritorio y escribí.
Querida Hélène:
El entierro te habría gustado. Suena como si hubiera sido ayer, y para mí es así a pesar de que ya hace seis meses que te fuiste. Desde aquel radiante y dorado día de octubre, que resultaba bastante inapropiado para un entierro pero muy apropiado para ti, que siempre estabas resplandeciente, se ha detenido el tiempo. Espero que me perdones por tardar tanto en escribirte. La primera de treinta y tres cartas sin sentido. No, perdona, no quiero ser cínico. Te hacía tanta ilusión, yo te lo prometí y voy a cumplir esta última promesa. Tenías algo pensado, de eso estoy seguro. Aunque de momento no sé muy bien qué.
Nada tiene sentido desde que tú no estás.
Pero lo intento. Lo intento de verdad. Dijiste que leerías mis cartas dondequiera que estuvieras. Me gustaría tanto creerlo. Que mis palabras llegarán a ti de algún modo.
Pronto será primavera, Hélène. Pero la primavera sin ti no es primavera. Fuera está nublado, llueve, luego vuelve a salir el sol. Este año no iremos juntos a pasear por el Jardin du Luxembourg, llevando los dos a A
