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Allá lejos
Ve a Joan revisando otro estante, unos pasos más allá, y duda si acercarse a saludarla, si fingir que no se ha dado cuenta, si huir nada más. ¿Alguna vez aprenderá a ser más valiente? ¿Algún día sabrá seguir su instinto sin cuestionarlo de inmediato? Antes de que alcance a hacer nada, ella se voltea y lo ve.
‘Ladislao’, dice.
Hasta ese momento él nunca se ha preguntado cuántos años tendrá la nueva profe de inglés, pero no pueden ser muchos más de treinta por cómo viste fuera de clases, como recién llegada de un planeta en el que no es necesario combinar la ropa o donde existe una comprensión diferente de lo que eso significa. Él, en cambio, va aburrido con el pantalón gris y la camisa blanca que los obligan a usar en el colegio. Además del cabello largo, solo su walkman en la mano y los viejos audífonos que tiene puestos podrían evidenciar quién es.
Se los quita y Julián deja de gritar que el cielo está a punto de incendiarse y Xavi y Juancho dejan de darle como poseídos al bajo y la batería. Les ha prometido un video para esa canción, y por eso ha estado oyéndola mil veces, pero todavía no sabe sobre qué va a ser. ¿Sobre un grupo de humanos que apenas se mantienen en pie aunque en verdad quisieran caerse nada más, caerse para no ser vistos, por ejemplo por sus profesoras? ¿Sobre esos mismos humanos arrastrándose por el suelo, en ese videoclub o en un bosque interminable o donde sea, como si no fueran los animales que ganaron sino los que perdieron? ¿Algo así de bizarro podría funcionar?
‘Hola, Joan’, responde mientras sus manos enroscan los audífonos alrededor del walkman, que luego guardan en el bolsillo de la mochila.
‘¿Qué haces todavía… in uniform?’, pregunta ella.
Él le cuenta que después del colegio tenía que ir a comprar cintas para su cámara al Miamicito, en la Cancha, y que a la vuelta se metió en un cine donde estaban pasando una película que le interesaba ver.
‘¿Y ahora rentas otros?’
‘Eso parece’, dice, y añade que ver pelis le encanta y que quiere ser cineasta, si algo sabe es justamente eso.
‘Wow’, dice Joan con su acento gringo, ‘qué bueno que tienes las cosas claros desde tan pronto. So I’m looking at the next Spielberg then?’
‘¿Tú qué estás sacando?’
‘Uno para ver mañana en clase con ustedes.’
Él examina la tapa. Se nota que es una película convencional, una más entre cincuenta mil otras, pero prefiere no decirlo así como prefirió no aclarar que lo último que le gustaría ser es el próximo Spielberg. El cine no es Spielberg. Ni siquiera es Kubrick el cine. Es Cassavetes y Jarmusch y, quizá, sobre todo Mekas. En las vacaciones ha visto las pelis que el viejo judío tiene de ellos y son esas pelis las que lo han convencido de que quiere ser parte de su estirpe, la de los cineastas que laburan con los amigos y a veces sin un peso de por medio, la de los que no dejan de jugar ni cuando ya se han vuelto viejos.
‘Yo estoy llevando estas.’
Se las pasa a Joan.
‘Cine asiático’, aclara, aunque sea obvio por las letras.
‘¿Vas a ver uno ahora?’
‘Sí, la de aquí. Qué buen nombre, ¿no?’
‘…’
‘Happy Together, como la canción.’
‘¿Quieres verlo juntos?’
Ambos sonríen ante la pregunta y algo raro sucede entonces, cuando sus miradas se cruzan. Aunque Ladislao la haya visto en el colegio tantas otras veces, es como si atisbara recién qué lleva dentro Joan.
‘Maybe it’s not such a good idea’, se retracta ella después de unos segundos en los que él no logra decir nada. Y no lo logra porque ella nunca le había parecido hermosa hasta hace unos segundos, lo que quiere decir que acaba de presenciar una transformación radical, no tanto en Joan pero sin duda sí en su forma de mirarla. Y porque no sabe si en Estados Unidos será normal que los profesores y los estudiantes se vean fuera del colegio, pero en Bolivia no. Y porque todo en ella lo inquieta un poco, incluidos los ejercicios de sus clases. En la última estuvieron ovillados en el suelo durante diez minutos, simulando ser piedras, y otras veces los ha obligado a abrazarse en grupo durante largo rato. Es para ayudarlos a liberarse de sus trabas interiores, y para que se sientan más vivos y más en sintonía unos con otros, pero también para prepararlos para la obra de teatro que montarán a fin de año. ‘Tus padres pueden preocupar.’
‘No, no pasa nada. Veámosla’, balbucea Ladislao y empieza a caminar hacia el mostrador como prueba de que habla en serio. Por suerte no está ahí hoy el viejo judío, no hubiera sabido disimular ante su presencia.
‘Mi lugar es a cuarenta segundos’, dice Joan apenas salen y, ante la confusión de Ladislao, apunta hacia el mismo edificio del videoclub.
‘Mentira.’
‘Sí.’
‘No te creo.’
‘Ven, la entrada a los apartamentos es por este lado.’
A pedido de ella suben por las gradas hasta el sexto piso. Él no está seguro si es por el ejercicio o para que no los vean los vecinos, o si la decisión esconde alguna razón medioambiental o un viejo miedo, pero hace como si fuera lo más normal del mundo evitar los ascensores.
Ya en el apartamento, va hacia el sofá, pone su mochila a un costado y se deja caer. Ella se descalza y acomoda sus chanclas al lado de la puerta.
‘Tantas plantas’, se anima a decir Ladislao.
‘Me acompañan, me hacen feliz.’
‘…’
‘¿Coca?’
‘Dale, gracias.’
Joan vuelve de la cocina con dos vasos y una bolsa de papas fritas gringas. Los deja en la mesita y se sienta a su lado.
‘Me gusta tu apartamento.’
‘Es lindo, sí. Pero las plantas lo hacen más lindo todavía. Ese es el secreto. Y es barato, por lo menos si comparo con los precios de San Francisco. Si comparo con los precios de San Francisco es regalo.’
Todavía hay luz afuera pero ya está sucia y empieza a atenuarse. Es la mejor hora para filmar: todo se desdibuja y los tonos se confunden y parecería que el mundo se está acabando. A Ladislao lo hace feliz que esa sensación se repita día a día, que el mundo siempre se esté acabando.
‘¿Conoces Hitchcock?’
‘Sí, claro.’
‘Varios de sus películas son ambientados allá. El de pájaros, que es tan tenebroso… tan enfermo. Y el del hombre que espía a su vecina.’
‘La ventana indiscreta.’
‘Este’, dice Joan y sonríe como acordándose de algo, quizá el momento en el que la vio. Él no recuerda si lo hizo. Pasa tanto tiempo en el videoclub, recorriendo los pasillos y revisando las tapas de las pelis y hablando con el viejo judío, que a veces se confunde. Dicen que el viejo perdió a su madre, a sus hermanos y a varios amigos en un campo de concentración, y que solo logró eludir la muerte gracias a la astucia y el azar. Dicen que en algún momento estuvo tres meses casi sin comer, y que a sus veintitantos tenía el cuerpo de un niño cuando subió al barco que lo trajo a este lado. Medio siglo después, más allá de la maldad que atestiguó y de todo lo que perdió en los peores años, Ladislao nunca lo ha visto atormentado ni ausente. Hace poco se le ocurrió que debería entrevistarlo, filmar unas cuantas charlas, oír su historia en detalle, pero todavía no se anima a preguntarle. ¿Algo con el viejo podría servir para el video que le ha prometido al grupo de Julián?
‘¿Te gusta Cocha?’
‘Sí, mucho.’
‘¿De cómo viniste? Digo, de todas las ciudades, ¿por qué elegiste justo Cocha? Hubiera sido mejor cualquier otro lugar.’
‘No entiendo.’
‘Aquí nunca llega nadie. Solo gente como el viejo del videoclub. Gente que huye de lo peor… o gente que intenta salvarse.’
‘Entonces también soy alguien que intenta salvarse’, dice Joan. ‘O quizá mejor alguien que huye. Qué linda palabra, huir.’
‘Huir al fin del mundo.’
‘Esto no es el fin del mundo, Ladislao.’
‘Si no es, parece.’
‘No has visto el pueblo de mi abuela. Al lado de esto Cochabamba es una metrópolis.’
‘Una metrópolis moribunda que puedes cruzar a pie en media hora.’
‘¿No te gusta?’
‘Me gusta, pero quisiera que pasen más cosas.’
‘Para mí todo se siente más real aquí. La gente vive sin grandes ambiciones, sin preocuparse todo el tiempo del futuro, de la acumulación.’
‘¿Y eso te parece bien?’
‘¿A ti no?’
‘No sé. No.’
‘Es fácil mezclar en la cabeza ambición y dinero, y dinero arruina a las personas, las vuelve más pequeñas, más egoístas. Y mientras tanto la vida se va.’
‘…’
‘¿Te molesta que fumo?’
La pregunta desconcierta a Ladislao, en Bolivia nadie pregunta.
‘Dale tranqui.’
‘¿Seguro?’
‘Segurísimo’, dice él.
Pero ella no enciende un cigarrillo. Lo que hace más bien es traer de la cocina una bolsita en la que Ladislao ve armados tres porros. Se queda con uno, al que acerca la llama del encendedor antes de chuparlo varias veces. Él no puede dejar de mirar. Le cuesta creer que eso sucede ahora mismo, que no se lo está imaginando todo. Pero no se lo está imaginando, su nueva profe de inglés se ha puesto a fumar marihuana a su lado una tarde que era cualquier tarde pero que ya no lo es, que ya nunca va a serlo.
Joan le ofrece el porro.
Él no sabe bien qué hacer con él.
Lo agarra entre el pulgar y el índice y lo chupa apenas.
‘Así no vas a sentir nada, Ladislao’, dice ella.
Él aspira largo la segunda vez y tose un poco y vuelve a aspirar.
‘Nunca estuviste aquí’, la oye decir entonces.
‘No’, responde.
‘Esto no pasó.’
‘No te preocupes, si ni siquiera sé dónde vives.’
Joan se ríe y lo contagia y terminan el porro así, incapaces de contener la risa. Luego abren la bolsa de papas fritas y ponen la película. Es de un director chino pero sucede en Buenos Aires. Una pareja gay se destruye con empeño y minuciosidad en esa ciudad ajena en la que ellos se ven forzados a trabajar incluso limpiando sangre en un matadero. El amor que siente uno es más verdadero que el amor que siente el otro y ese desencuentro desemboca más pronto que tarde en un agujero del que no saben irse.
Ladislao jamás ha visto una peli de presupuesto que tenga cortes tan inesperados, escenas tan viscerales y dolorosas, música tan bella. Es posible que la fumada lo haya puesto más sensible, que lo haya hecho experimentarla de forma más intensa. Se queda mudo cuando termina, incapaz de ignorar la sensación de que él y Joan son menos reales que los personajes de la peli, la sensación de que los personajes de la peli existen más que ellos.
Ya solo son visibles gracias al resplandor de la pantalla.
‘Pensé que iba a ser alegre.’
‘…’
‘¿No que se llamaba Happy Together?’
Ladislao asiente pero no está seguro si Joan lo ve.
‘No entiendo qué sentido tiene hacer algo así, tan pero tan triste, tan sin solución’, dice ella mientras se levanta y se mete en el baño. Segundos después él oye el chorrito de su pis contra el agua de la taza. Es un sonido moroso, preciso, grato. El principio de lo que le será imposible sacarse de la cabeza está ahí. El principio de lo que lo acercará o alejará de la versión más luminosa de sí mismo, de la versión más miserable de sí mismo. El principio de la incertidumbre, de lo que no tiene vuelta atrás. Ladislao lo sabe o sospecha, oyendo el chorrito de su pis. Sabe o sospecha que está en el principio de algo que se ha puesto en marcha unas horas antes, algo que persistirá mientras todo lo demás se pierda.
‘Yo voy yendo’, dice apenas ella vuelve del baño con la cara lavada y el cabello mojado. Lo dice porque su mamá debe estar preocupada, si ha regresado ya, pero sobre todo porque es un cobarde y busca defenderse de eso que acaba de ver en el aire. Además no sabe qué pueda pasar si se queda.
Se levanta y se pone la mochila al hombro.
‘¿No quieres comer algo? Tengo pasta de espinacas.’
¿La está decepcionando yéndose tan pronto? ¿Le está mostrando lo diminuto que se vuelve cada vez que la vida lo pone a prueba?
‘Vas a arrepentir de perder esto.’
‘Gracias por la no tarde… por la no peli’, es lo único que logra decir.
‘Gracias a ti por no venir’, dice Joan tras unos segundos inciertos, y le da un abrazo que él no esperaba. Antes de abrir la puerta le da también un beso en la mejilla, un beso que deja rastros de saliva en su piel.
El principio está ahí.
Andrea siente ganas de que la abracen fuerte, de que la aprieten hasta triturarle los huesos, mientras devuelve la hoja membretada al sobre y le ofrece una sonrisa a la enfermera, como si solo la hubiera puesto al tanto de su colesterol.
Cae una lluvia ligera y tarda en encontrar la llave del viejo convertible rojo que su padre le ha regalado cuatro meses atrás, a insistencia suya, apenas cumplió diecisiete. Se acomoda en el asiento, aplasta el seguro con el codo y vuelve a examinar la hoja que acaban de entregarle en el laboratorio. Es una sola palabra la que importa. Intenta alterarla con la mirada pero la conclusión sigue siendo la misma, que es la estúpida más grande del mundo y que ahora le toca atenerse a las consecuencias. Porque hay algo dentro suyo, aunque todavía sea imperceptible. Su sangre dice que lo hay, dicen ellos que su sangre dice.
Son las ocho menos veinte, todavía puede llegar al colegio si acelera. La idea inicial era esa, pero no esperaba estos resultados a pesar de que todo apuntara hacia ellos. Enciende un cigarrillo y le da varias billas seguidas. Afuera la lluvia sigue cayendo, limpia a la ciudad de su mugre interminable.
Lleva días preguntándose cuándo pudo ser. Quizá la vez después del partido de básquet de Nicole. O la del auto, la noche que pelearon en el estadio. Si amara a Humbertito, si lo amara en serio, sería distinto. Si lo amara en serio sentiría menos frío ahora, menos necesidad de que rompan su cuerpo.
La espabilan tres golpes en la ventana. Es un niño harapiento de unos seis o siete años. Lleva puesta ropa americana usada, de esa que venden en la zona sur, y se protege de la lluvia con un plástico. En la mano libre carga una caja de chicles que hace entrechocar en el aire. Andrea se queda mirándolos, son los Bazooka de su infancia. Niega con un movimiento de cabeza mínimo pero contundente, un gesto que detesta en su madre pero que últimamente se ha descubierto reproduciendo cada vez más. El niño sacude la caja, sigue haciendo que los Bazooka choquen entre sí. Podría comprarle unos cuantos, o regalarle una moneda, pero la molestan su impertinencia y tozudez, a él no parece importarle que ella tenga los ojos enrojecidos, que esté aguantándose apenas las ganas de llorar. Lee en su polera “I really need a day between Saturday & Sunday” y piensa que el dueño inicial de la prenda ni siquiera debe saber dónde queda Bolivia. ‘Por favor, es para mi pancito’, insiste el niño. Ella vuelve a negar con el mismo movimiento de cabeza, le da una última billa al cigarrillo y lo apaga contra el cenicero antes
