Opendoor

Iosi Havilio

Fragmento

Opendoor_Interior-1

Prólogo

Leí Opendoor hace diez años y todavía recuerdo la sensación de familiaridad que me provocó el universo de Havilio y su protagonista sin nombre. I am the man without name, dice Mel Gibson en la Mad Max en la que se bate a duelo con Tina Turner, luego de que una bomba haya hecho estallar al planeta. No quedó casi nada de lo que conocíamos. Ahora es desierto, arena y trueque. En esa tercera película de la saga ya no hay petróleo, es la caca de los cerdos la que mueve a lo que llaman civilización. Ese no name en medio del estiércol, se puede leer como un nosotras, como un aquellos, o como el significante de un apocalipsis. Las circunstancias que nos llevaron a todos, no a una, sino a todos, a dejarnos arrasar por la polvareda y la confusión. De la bomba o de la civilización, no es tan claro el camino como para diferenciarlas. Esa es la primera clave del enigma, el no nombre.

En ese pueblo que describe esta novela se me representaron muchos de los pueblos en los que viví en mi infancia y adolescencia y donde nunca faltó la historia de un loco suelto. Open Door bien podría ser Carboni, La Riestra o Bellocq. Alguno de esos pueblos medio fantasmas, donde una estación de tren prescripta por el tiempo, es el centro neurálgico de la acción. Custodiada por la panadería, el ramos generales y la carnicería, que funcionan desde muy temprano en la mañana y se apagan al mediodía, para volver a abrir sus puertas por apenas unas horas antes del atardecer. Con una estación de servicio, que es la única que aguanta la vigilia hasta la helada con la que la noche hace su salida, disputándose la banda sonora con alguna radio encendida, una moto lejana o perdida, y los ladridos de siempre. El del Diki, La Negra, El Chucho y Manucho. El Mentira por la pata corta, Mercurio por lo pesado y Tormenta porque es fea de día, pero peor de noche. No aparecen esos perros en la novela, pero podrían. Para mí que andan por ahí, circulando como fantasmas, que tampoco faltan a su cita. Aquella sensación de parentesco que me despertó esta novela, viene de esa influencia pueblerina y de un porteñismo fronterizo, siempre paria.

El modelo de manicomio a puertas abiertas que instauró Cabred a principios del siglo XX, dejó como secuela el mito de que puede andar un demente suelto cuando se camina por un campo de noche o de día, de la Provincia de Buenos Aires. A esas leyendas me retrotrajo opendoor. En minúscula, como lo ve escrito la protagonista la primera vez que el campo comienza a habitar su vida. En minúscula y todo junto, como si fuese una contraseña, una palabra clave para abrir algún portal y pasar al mundo de los extraterrestres que amenazan con descender en esas pampas, a través de su luz mala. Esa que no es más que el destello de la luna sobre las osamentas que median entre el cielo y la tierra.

Tal vez ese jeroglífico sea el aviso de que eso es algo más que un nombre, que ahí se esconde una trampa, y que una dirección y un nombre para alguien que no usa ninguno, pueden ser la clave para pasar a otra dimensión. La de un hombre de campo, taciturno y sin palabras. O para salirse de los criollismos literarios y perderse entre imaginarios menos canónicos. Como el de una Elvira Orphee descendida desde su montaraz bioma hacia estos llanos más parcos, pero enraizados a pura cal, piso de tierra y almacén con acumulación de variedades.

Opendoor es el título de la novela y el nombre del pueblo, pero a su vez es una técnica. Una práctica que viene del estudio de la criminología y sus múltiples aliados, entre los que se encuentra su mejor amiga la psiquiatría. Un modelo exportado de Irlanda para que los enajenados no se enajenen tanto, y que entren y salgan de su confinamiento, y de la locura de perder a una novia, un domingo a la tarde sin explicación alguna. O del miedo que da ver caer un cuerpo, desde las entrañas oxidadas de un puente en desuso, a los impávidos vestigios de agua que quedan en el Riachuelo. El verde del campo, el amarillo de los ojos del caballo que tiene tumores en el ano y el negro de esa raja gelatinosa que divide a la provincia de la ciudad, se extravían contra el pálido de los cuerpos muertos que insisten con su no name.

Los NN también mueren y a la que se busca no se encuentra. Aunque a veces no se sabe ni qué se busca entre tanta pérdida y una bombacha blanca se presenta como un faro, y una siesta sosegada como la simiente de una parentela. Aunque no nos guste, las novias desaparecen, las bocas lo tragan todo y los caballos se mueren.

Más o menos así transcurre la historia y con un aparente paso tranquilo y sin grandes estridencias, vamos entrando y saliendo de una corbata ensombrecida, a unos dedos gruesos que sólo expresan pasión cuando se aferran a un gatillo para acabar con una rata. Con prosa escueta y sobriedad narrativa, Havilio va desadjetivándolo todo y sin encandilarse por ninguno de los accidentes más o menos extravagantes que pueblan el relato. De gitanos, de fantasmas, de deleites orales y un juego de nombres e identificaciones que mensuran el territorio. Así nos va dando las claves para habitar ese destierro sin fronteras. Su apocalipsis no es histriónico, pero está en todos lados. En la huerta abandonada del loquero, en la biblioteca del pueblo donde le traducen algo de los fundamentos de aquel proyecto de Colonia Neuropsiquiátrica a puertas abiertas, y en una ciudad de puerto que se enmarca a través de la morgue judicial y algunos departamentos, tan aciagos como sus habitantes.

Y el enajenamiento también está en todos lados. Todos los personajes lo padecen: porque se identifican con un caballo moribundo o con un perro de tres patas. Porque una pendeja turra te come tanto la concha como la cabeza, o porque tu hermano mellizo está fuera de sistema y tu sistema es una bataola de cadáveres y expedientes. Porque tu hermana está dispuesta a chuparte la pija y vos dispuesto a que eso suceda. Porque el deseo es irrefrenable a pesar de la apatía con la que se presenta la vida. Porque la keta enajena y el sexo enloquece. Porque no hay maternidad sin locura, ni silencio de campo sin extrañamiento, ni ríos mugrientos sin miedo, ni puentes que no den vértigo.

(…) todos los locos, en fila, listos para entrar en el catálogo, locos inventados, que son la gran mayoría, porque inventar locos es fácil, nadie se equivoca inventando locos, siempre puede ser. Havilio hace una apuesta fuerte por el sistema de puertas abiertas. Porque la vida enajena, parece decirnos esta novela, y para aprender a cruzar portales hay que saber leer algunas palabras claves, entregarse a las circunstancias y avisparse como lo hacen las pendejas.

Albertina Carri

Opendoor_Interior-2

Uno

Cuando la dueña de la veterinaria me dijo que tenía que ir a Open Door a revisar un caballo, no protesté, la idea me divirtió. Open Door, sonaba raro.

Salí de Plaza Italia a eso de las nueve de la mañana con un sol de mediodía. Primero tomé un micro de larga distancia, casi una hora y media de marcha lenta y mil veces interrumpida hasta la terminal de Pilar. Iba lleno de gente, con el aire acondicionado roto y un fuerte olor a amoníaco. Después alguien me indicó un colectivo de provincia que tuve que esperar una buena media hora. Otra vez a la ruta, campo a la derecha, campo a la izquierda, una rotonda y otros cuarenta minutos hasta la entrada de Open Door. Por la ventanilla pasan la llanura, los countries, y las vacas.

El colectivo me dejó cruzando las vías. Faltaban diez minutos para las doce. Una chica con trenzas y mejillas infladas me miró con los ojos muy abiertos. Me daba la bienvenida. Estaba parada junto a la ventana de una casa convertida en kiosco, debajo de un toldo a rayas verdes y blancas. La mitad del cuerpo a la sombra y la otra mitad al sol. Me miraba y masticaba chicle muy concentrada, con los labios fruncidos.

Le sonreí pero ella como si nada. Apenas si pestañeó. Desvié la mirada, para cualquier parte: una calle de tierra, larga y rectilínea, que se perdía en un fondo que empezaba a encapotarse. Iba a llover, tarde o temprano iba a llover. Del otro lado de las vías, me sorprendieron, como si viniese de depositarlos un helicóptero en fuga, tres silos gigantes, tres adefesios de cemento, aparentemente inútiles, pero de pie. A la derecha ondulaba un monte muy verde, enhebrado por caminos en zigzag, como culebras. Unas cuadras más adelante, de una calle lateral, apareció un hombre en bicicleta con un sombrero de explorador cubriéndole la cabeza. Al doblar, levantó una nube de polvo que lo acompañó unos metros. Y se esfumó.

¿Será acá? No tengo idea. Me doy vuelta y la chica se para mordiendo la tierra con la punta de las sandalias que dejan ver sus dedos chiquitos y encimados.

La entrada del pueblo, digo al aire, ¿es acá? La chica no contesta y yo no sé si seguirla, no sé si será sorda. Insisto: Disculpame… Sí, acá, suelta sin ganas. Me habla de espaldas, me mira con la nuca. Entra a la casa y diez segundos más tarde vuelve a aparecer del lado de adentro desparramando sus brazos finos a lo ancho de la ventana, entre el marco y las golosinas.

¿Querés un remís?, pregunta. No, digo. El silencio dura todo lo que puede durar pero es inevitable, vuelvo a hablar: Me vienen a buscar. Y ella: Ah, bueno, dice y se queda mirándome con los ojos más abiertos que nunca.

Se hizo otro silencio y volví a preguntar, para molestarla un poco: ¿Pasa el tren? De vez en cuando, pero no para, sigue de largo, respondió y enseguida volvió a fruncir los labios y se puso a masticar su chicle decidida a no hablar más.

La conversación terminó ahí y aunque me corrí al borde del camino sentí por un buen rato sus ojos soplándome detrás de las orejas. Sus ojos me molestaban.

Ya era el mediodía. El calor comenzaba a ser una exageración. Y una fina jaqueca de verano me apretaba la cabeza, me recorría, yendo y viniendo, de sien a sien. Justo a tiempo un zumbido áspero sonó muy cerca, en alguna parte, pero fuera de mi vista, como de quien se aclara la voz para empezar a hablar. Parecido a un ronroneo.

Por la calle que bordea las vías va a doblar Jaime con su camioneta, pick up, o rastrojero, va a detenerse frente a la casa-kiosco, va a bajar, va a mirarme cabizbajo y va a saludarme con la mano.

Nos reconocimos enseguida, no era difícil. Se me ha hecho tarde, dice o pregunta, no se sabe. Son las doce y cinco, le digo y él, por como pone los ojos, salpicados de barro, no sabe si le estoy recriminando algo.

En cuanto Jaime pone el motor en marcha, la chica de las trenzas se asoma por la ventana de la casa. Puedo verla por el espejo retrovisor.

Jaime empuña la palanca de cambios y la mueve en todos los sentidos, para destrabarla supongo, a lo bruto. Tiene la mano muy gruesa y la piel rugosa, de reptil. Aprieta el pedal del acelerador, y el motor se queja, da un respingo y se apaga. Jaime cierra el puño y pega un golpe suave contra el volante, resopla por la nariz poceada, y vuelve a maltratar la camioneta que después de otro arranque en falso, no protesta más y se pone a andar.

Esta es la calle principal, me explica Jaime impostando la voz para contrarrestar los ladridos de los dos o tres perros que pugnan por prenderse a las ruedas mientras recorremos los primeros metros. Este es el centro comercial, cierra a las doce y media, después hasta las cuatro y media no abre nadie, la siesta. Acá está la escuela.

Hicimos las diez o quince cuadras que puede tener la calle principal y ahí donde dobla el asfalto, Jaime agarró por un camino de tierra que era la continuación natural del anterior. Unos quinientos metros más adelante doblamos a la derecha, por un camino angosto, de una única mano reversible, perpendicular al que veníamos siguiendo, vigilado por una formación interminable de alambrados más o menos parejos de un lado, y del otro por una fila de álamos muy altos que disimulaban una cancha de polo con tribunas bajas a los costados. Jaime detuvo la camioneta delante de una tranquera y sin bajarse me explicó los confines de su chacra.

Ahí derecho, detrás del establo, hay una plantación de olivos, de este lado hay algún que otro rancho, la mayoría abandonados. Siguiendo el camino hay un almacén, enfrente está la cancha de polo, y allá al fondo, donde termina el alambrado, está la laguna. Jaime se bajó para abrir la tranquera y se quedó un rato mirando en dirección a la laguna con la horquilla en la mano.

Camino al establo, Jaime me cuenta que, como él, el caballo se llama Jaime. Se sonroja un poco cuando lo dice. Hace silencio, se arrepiente de haberlo dicho. Abre el portón, pero no entra, señala el caballo a la distancia, dice que me espera ahí. Le digo que no es necesario, que si quiere puede estar al lado mío. Jaime pone los ojos en su paquete de tabaco y se concentra en el armado de un cigarrillo grueso. No insisto. Voy a revisarlo, digo y Jaime responde con una pitada larga. Se queda en la entrada, con un pie adentro y otro afuera.

El otro Jaime es un caballo de entre dieciocho y veinte años, cruza de criollo y español. Un caballo común, sin rasgos demasiado particulares. Lo ausculto, el ritmo cardíaco es normal. Tiene las pupilas manchadas de un amarillo pálido y un principio de derrame en la base del ojo izquierdo. Da la impresión de estar anémico. Pero hay algo más, algo definitivo. Mira cansino, manso, como debe mirar el otro Jaime detrás mío. Le examino la cola y confirmo una intuición: nódulos de entre dos y tres centímetros de diámetro diseminados a lo largo. Le digo a Jaime que se acerque, le pregunto si quiere tocar. Son melanomas, digo. No pregunta, sabe o no quiere saber. Sigo: Es una tumoración que afecta la cola y se da frecuentemente en caballos españoles. Un tumor, repite Jaime. Mientras que no se extienda y alcance algún órgano vital puede tratarse, le explico. Jaime no dice nada, se puso del otro lado del caballo y le acaricia el lomo. No me mira. Sigo: Hay medicamentos que pueden demorar el proceso, corticoides. Pero es irreversible, no sé si pregunta Jaime. Sí, tarde o temprano, digo, pero no inmediato. Hay casos en que el tumor se disuelve sin explicación. Uno en mil, digo para no ilusionarlo. La luz es muy tenue y la crin del caballo parece más oscura de lo que debe ser en realidad. La cabeza tiene un tono rojizo que la distingue del resto del cuerpo. Habría que hacer una ecografía para dar un diagnóstico más preciso, digo y Jaime levanta la mirada con un enojo mínimo, imperceptible, como si le hubiese ocultado algo antes. Las ecografías equinas son muy costosas y no creo que valga la pena, pienso, sin decir. Los ojos de Jaime se funden en los del animal, se ponen del color de la paja, enfermizos.

Es la una y cuarenta y cinco. El chofer del ómnibus me dijo que en lugar de volver a Pilar me convenía tomar un colectivo de línea hasta Luján y ahí el tren o la Lujanera.

¿Tenés hambre?, pregunta Jaime y da la vuelta por delante del caballo. Salimos y una resolana espantosa nos lastima la vista, idéntica a la luz cegadora de los halls de los cines cuando terminó la película. En el cielo, un avión muy flaco, de provincia, cruza el horizonte y deja una estela jabonosa que se va difuminando en la punta. Una espuma blanca, más blanca que las nubes. Es como estar en otra parte.

 

Corría cuadreras, dice Jaime mientras corta salame en rodajas finas y levanta el mentón para referirse al caballo. Ahora puedo verlo bien de cerca. La cara chata, afeitada, el cuello y el pecho muy peludos. Jaime debe estar casado, debe tener una mujer y dos o tres hijos, pero no están a la vista.

La cocina tiene una ventana apaisada que cubre buena parte de la pared y da a campo abierto. Los ojos se me cierran. Resisto un poco hasta que empiezo a dormitar. Voy y vengo, del sueño al mundo verde que hay del otro lado de la ventana. Jaime se queda callado, no interviene. Lo siento cerca pero es como si no estuviera.

En algún momento un ruido seco nos despabila y nos obliga a reanudar el diálogo. Habla él, yo escucho.

Jaime me cuenta que tiene una guadaña, y que ahora que no tiene trabajo fijo, se dedica a desmalezar el vivero de la colonia. Que está abandonado, qué sé yo hace cuántos años. Es pura selva, dice y yo me pregunto para adentro qué será la colonia pero Jaime cambia de tema:

—La semana próxima es carnaval. Acá todavía se festeja —dice y sonrío.

 

Son las siete pasadas y no puedo entender cómo se hizo tan tarde. Jaime me lleva en la camioneta hasta la terminal de Luján. Para que no te demores tanto, dice. En el cruce del camino de tierra con la ruta, Jaime dobla a la izquierda y a los pocos metros disminuye la velocidad. Ahí es la entrada, allá al fondo está el vivero, dice señalando un gran arco de hierro con un cartel en el medio: Hospital Interzonal Colonia Dr. Domingo Cabred. Es como un pueblo adentro del pueblo, dice Jaime con media sonrisa en la boca, la primera que le veo.

El resto del camino vamos en silencio, con las luces del atardecer manchando el fondo del parabrisas. Antes de despedirnos le pregunto a Jaime por qué no llamó a un veterinario de la zona. Se encoge de hombros y se sube a la camioneta que se aleja y vuelve a ronronear como al mediodía.

 

En un teléfono público de la terminal, marco el número de Aída. No tuve un buen día, estoy baja, dice del otro lado. Quiere hablar, conversar. Le digo que tengo ganas de ir al cine como habíamos dicho. Ella duda, yo insisto. Quedamos en vernos a las ocho menos cuarto en el bar de Córdoba y Montevideo, a media cuadra de su casa.

El viaje de vuelta se hace rápido, entrando y saliendo de un sueño entreverado con imágenes relámpago de la autopista: un shopping igual a una nave espacial berreta, una estación de servicio muy parecida al shopping, varios puestos de peaje tan idénticos que me confunden, y una torre color plata que pasa demasiado rápido para entender de qué se trata.

 

Aída me espera en la puerta del bar. Me ve llegar, estoy a unos cincuenta metros, en diagonal, del otro lado de la calle. Aída mira para otro lado, prende un cigarrillo, se hace la distraída.

—Tenés que serme sincera… —empieza diciendo pero el mozo la interrumpe. Pedimos una cerveza. Aída está por volver a hablar pero le tapo la boca con lo primero que me viene a la mente. Le cuento la historia del hámster, una historia real. Aída prende un nuevo cigarrillo, pone cara de tener cosas que decir, pero se resigna, se traga dos a

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos