Desnuda (El affaire Blackstone 1)

Raine Miller

Fragmento

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Capítulo
1

Que mi madre no pueda ver esto ahora mismo es algo verdaderamente bueno. Le daría un infarto. He venido a la exposición de Benny esta noche porque le dije que lo haría y porque sé lo importante que es para él. También es importante para mí. Solo quiero lo mejor para mi amigo, del mismo modo que él solo quiere lo mejor para mí. En los últimos tres años Benny ha estado a mi lado para consolarme, beber conmigo, compadecerse de mí e incluso para ayudarme a pagar el alquiler de vez en cuando dándome trabajo. Bueno, por eso y por el hecho de que él me hizo la fotografía del cuadro que estoy mirando en este momento.Y es una foto de mi cuerpo desnudo.

Posar como modelo de desnudos no es lo que siempre soñé que sería el trabajo de mi vida ni mucho menos, pero es una manera de ganar un poco de dinero extra para pagar mis préstamos universitarios. Y últimamente me han estado haciendo ofertas otros fotógrafos. Benny me dijo también que me preparara porque se iba a despertar más interés, por lo de la exposición de esta noche. «La gente va a preguntar por la modelo. Dalo por hecho, Brynne». Ese es mi Benny, siempre tan optimista.

Doy un sorbo a mi champán y contemplo la imagen realmente enorme que está colgada en la pared de la galería. Benny tiene talento. Para ser hijo de refugiados somalíes que empezaron con menos que nada en Reino Unido sabía cómo hacer una foto. Me hizo posar boca arriba con la cabeza girada a un lado, el brazo sobre el pecho y los dedos de la mano entreabiertos entre las piernas. Quiso que tuviera el pelo alborotado, las piernas en posición vertical y mi sexo tapado. Me puse un tanga para la foto pero no se ve. No se muestra nada que pudiera clasificar la imagen de porno. El término correcto en cualquier caso es «fotografía de desnudo artístico». O me fotografiaban con gusto o no lo hacía. Bueno, lo cierto es que esperaba que mis fotos no fueran a parar a webs porno, pero hoy en día nadie lo puede saber con certeza. Yo no hacía fotos porno. Apenas tenía sexo.

—¡Aquí está mi chica! —Los grandes brazos de Benny envolvieron mis hombros y apoyó la barbilla encima de mi cabeza—. Es increíble, ¿no? Y tienes los pies más bonitos del planeta.

—Todo lo que haces se ve bonito, Ben, hasta mis pies. —Me di la vuelta y le miré—. ¿Y has vendido algo ya? Deja que reformule la pregunta: ¿cuántos has vendido?

—Por ahora tres y creo que este se va a vender muy pronto. —Ben me guiñó un ojo—. No seas descarada, pero ¿ves a ese tipo alto con el traje gris y pelo negro que está hablando con Carole Andersen? Ha preguntado por él. Parece que se ha quedado maravillado con tu espectacular cuerpo desnudo. Seguramente vaya a ejercitar mucho la mano en cuanto tenga el cuadro para él solito. ¿Cómo te hace sentir eso, Brynne, cariño? Un tipo rico haciéndose una paja mientras contempla tu imponente belleza.

—¡Cállate! —Le puse mala cara—. Eso es sencillamente asqueroso. No me digas cosas así o tendré que dejar de aceptar trabajos. —Incliné la cabeza y negué con ella—. Menos mal que te quiero, maldita sea, Benny Clarkson. —Ben podía decir la cosa más grosera del mundo y conseguir que sonara correcta y refinada. Debe de ser su acento inglés. Dios, hasta Ozzy Osbourne sonaba educado a veces gracias a ese acento.

—Pero tengo razón —replicó Ben mientras me daba un beso en la mejilla—, y lo sabes. Ese tío no ha parado de mirarte desde que entraste contoneándote. Y no es gay.

Me quedé mirando a Benny boquiabierta.

—Está bien saberlo, gracias por la aclaración, Ben. ¡Y yo no me contoneo!

Soltó esa sonrisita pícara y juguetona tan característica de él.

—Créeme, si me mirara a mí así ya me habría ofrecido para hacerle una mamada en el cuarto de atrás. Está buenísimo.

—Vas a ir al infierno, ¿lo sabes? —Eché un vistazo disimuladamente y miré al comprador. Benny tenía razón; ese tío estaba cañón desde las suelas de sus Ferragamos hasta la punta de su pelo oscuro ondulado. Casi metro noventa, musculoso, seguro de sí mismo, rico. No podía verle los ojos porque estaba hablando con la dueña de la galería. ¿Sobre mi foto tal vez? Difícil de decir, pero de todas maneras daba igual. Aunque la comprara no iba a volver a verle.

—¿Tengo razón, eh? —Ben me vio mirarle y me dio un codazo en las costillas.

—¿Sobre lo de las pajas? ¡Ni de broma, Benny! —Negué con la cabeza lentamente—. Es demasiado guapo como para tener que recurrir a su mano para tener un orgasmo.

Y entonces ese hombre tan guapo se giró y me miró. Sus ojos atravesaron la sala y se clavaron en mí como si hubiera escuchado lo que acababa de decirle a Benny. Eso era imposible, ¿no? Me siguió observando y al final tuve que bajar la mirada. De ninguna manera podía competir con el nivel de intensidad, o con lo que demonios fuera eso que llegaba hasta mí desde donde él estaba. Sentí de inmediato la necesidad de huir. La seguridad era lo primero.

Me acabé el champán de otro trago.

—Ahora me tengo que ir. Y la exposición es fantástica. —Abracé a mi amigo—. ¡Vas a ser famoso en el mundo entero! —le dije sonriendo—. ¡Dentro de unos cincuenta años!

Benny se rio mientras me dirigía a la puerta.

—¡Llámame, reina!

Le dije adiós con la mano sin darme la vuelta y salí. La calle estaba abarrotada para ser Londres un día de diario. Los inminentes Juegos Olímpicos habían convertido la ciudad en una absoluta maraña de personas. Tardaría años en encontrar un taxi. ¿Debería arriesgarme y caminar hasta la estación de metro más cercana? Me miré los tacones, que quedaban genial con mi vestido, pero que claramente estaban muy lejos de ser lo más cómodo para andar. Y si cogía el metro todavía tendría que caminar un par de manzanas en mitad de la oscuridad hasta llegar a mi piso. Mi madre me diría que no lo hiciera, por supuesto. Pero, de nuevo, mi madre no estaba aquí en Londres. Mi madre se encontraba en San Francisco, donde yo no quería estar. Que le den. Empecé a caminar.

—Es una malísima idea, Brynne. No te la juegues. Déjame que te acerque.

Me quedé de piedra en mitad de la calle. Sabía quién me estaba hablando aunque no había escuchado su voz antes. Me giré poco a poco hasta quedarme frente a los ojos que se habían clavado en mí en la galería.

—No te conozco de nada —le dije.

Él sonrió y sus labios se levantaron más por un lado que por el otro de su boca, que estaba rodeada por una perilla. Señaló su coche junto a la acera, un elegante Range Rover HSE negro. El tipo de todoterreno que solo se pueden permitir los británicos con dinero. No es que no me hubiera dado cuenta antes de que tenía dinero, pero esto era jugar en otra liga.

Tragué saliva con dificultad. Sus ojos eran azules, muy claros y penetrantes.

—¿Solo porque te sabes mi nombre esperas que…, que me monte en un coche contigo? ¿Estás loco?

Él caminó hacia mí y alargó la mano.

—Ethan Blackstone.

Miré su mano con fijeza, tan sumamente elegante con el puño blanco enmarcando la manga gris de su chaqueta de diseño.

—¿Cómo es que sabes mi nombre?

—Acabo de comprar una obra titulada El reposo de Brynne en la Galería Andersen por una bonita suma de dinero hace menos de quince minutos. Y estoy completamente seguro de que no tengo ninguna discapacidad mental. Suena más políticamente correcto que loco, ¿no crees? —Siguió con la mano extendida.

Acerqué la mano y la cogió. Oh, fue increíble. O quizá se me había ido la cabeza porque le estaba dando la mano a un extraño que acababa de comprar un cuadro enorme de mi cuerpo desnudo. Ethan tenía un pulso firme. Y sexy también. ¿Me lo había imaginado o me había acercado a él? O quizá era yo la loca porque mis pies no se habían movido ni medio centímetro. Sus ojos azules estaban más cerca de mí que hacía un segundo y podía oler su colonia. Algo tan deliciosamente divino que era un pecado oler tan bien y ser humano.

—Brynne Bennett —dije.

Me soltó la mano.

—Y ahora que nos conocemos… —continuó, señalándome primero a mí y luego a sí mismo—. Brynne, Ethan. —Movió la cabeza hacia su Range Rover—. Ahora, ¿me dejas llevarte a casa?

Volví a tragar saliva.

—¿Por qué te molestas tanto?

—¿Porque no quiero que te pase nada? ¿Porque esos tacones te quedan estupendos pero debe de ser un infierno caminar con ellos? ¿Porque es peligroso para una mujer andar sola por la noche en medio de la ciudad? —Sus ojos recorrieron mi cuerpo—. Sobre todo para una mujer como tú. —Su boca se levantó ligeramente por un lado de nuevo—. Por muchas razones, señorita Bennett.

—¿Y si no estoy a salvo contigo? —Enarcó una ceja—. Sigo sin conocerte o sin saber nada de ti, o si Ethan Blackstone es tu verdadero nombre. —¿Me acababa de poner mala cara?

—En eso tienes razón. Y es algo que puedo solucionar fácilmente. —Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un carné de conducir con su nombre, Ethan James Blackstone. Me dio una tarjeta de visita con el mismo nombre y en la que ponía «Seguridad Internacional Blackstone S.A.» grabado en la cartulina—. Puedes quedártela. —Volvió a sonreír—. Estoy muy ocupado con mi trabajo, señorita Bennett. No tengo ni medio segundo para que mi hobby sea ser asesino en serie, te lo prometo.

Me reí.

—Muy bueno, señor Blackstone. —Me metí su tarjeta en el bolso—. Está bien. Me monto. —Volvió a levantar las cejas y a sonreír otra vez con la comisura de la boca.

Me estremecí por dentro por el doble sentido de «montar» y traté de concentrarme en lo incómodos que eran mis zapatos como para andar hasta la estación de metro y en lo buena idea que era dejar que me llevara en coche.

Me empujó suavemente con la mano en la parte inferior de la espalda y me llevó hasta la acera.

—Entra. —Ethan dejó que me acomodara y luego caminó al otro lado de la calle, deslizándose detrás del volante sigiloso como una pantera. Me miró e inclinó la cabeza—. ¿Y dónde vive la señorita Bennett?

—En Nelson Square, Southwark.

Frunció el ceño y luego apartó la cara para incorporarse a la carretera.

—Eres americana.

¿Qué pasa? ¿No le gustaban los americanos?

—Estoy aquí con una beca de la Universidad de Londres. En un programa de posgrado —añadí, preguntándome a mí misma por qué sentía la necesidad de contarle mi vida.

—¿Y lo de ser modelo?

En cuanto me hizo la pregunta aumentó la tensión sexual. Hice una pausa antes de responder. Sabía lo que estaba haciendo exactamente: imaginándome en la foto. Desnuda. Y a pesar de lo incómoda que me sentía, abrí la boca y le dije:

—Esto, posé…, posé para mi amigo, el fotógrafo Benny Clarkson. Me lo pidió y me ayuda a pagar las facturas, ya sabes.

—La verdad es que no mucho, pero me encanta tu retrato, señorita Bennett. —Mantuvo la vista en la carretera.

Me puse tensa con ese comentario. ¿Quién demonios era él para juzgar lo que hago para ganarme la vida?

—Bueno, nunca he tenido mi propia empresa internacional como tú, señor Blackstone. Recurrí a lo de ser modelo. Me gusta más dormir en una cama que en un banco del parque. Y la calefacción. ¡Los inviernos aquí joden mucho! —El retintín de mi voz era evidente hasta para mis

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