La escuela de ingredientes esenciales

Erica Bauermeister

Fragmento

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El momento previo a encender las luces era el mejor de todos. Lillian permanecía en el umbral de la cocina del restaurante, el aire cargado de lluvia a su espalda, y dejaba que los olores llegaran hasta ella: levadura fermentada, café dulce y terroso, y ajo, reblandeciéndose a la espera. Por debajo de éstos, esquiva, reposaba la persistente esencia a carne cruda, tomates verdes, cantalupo, lechuga en remojo. Lillian respiró hondo, sintiendo cómo los olores se movían a su alrededor y la atravesaban, al tiempo que trataba de identificar aquellos que pudieran sugerir la presencia de una naranja podrida debajo del montón o bien que la nueva ayudante de cocina seguía aderezando en exceso los platos de curry. Así era. La muchacha era la hija de unos amigos y manejaba bien el cuchillo, pero había días, pensó Lillian con un suspiro, en los que era como enseñar sutileza a una tormenta.

Pero hoy era lunes. Nada de ayudantes de cocina, nada de clientes buscando consuelo o celebración. Hoy era lunes por la noche, la noche de la clase de cocina.

Tras siete años de enseñanza, Lillian sabía cómo se presentarían sus alumnos a la primera noche de clase: atravesarían la puerta de la cocina solos o en grupos ad hoc de dos o tres después de haber coincidido en el paseo de entrada al restaurante en penumbra, conversando en voz baja, nerviosos, como ocurre entre los extraños que no tardarán en tocar la comida del otro. Una vez en el interior, algunos se agruparían, en un primer paso para establecer una conexión, mientras que otros deambularían por la cocina, con los dedos acariciando las ollas de latón o recogiendo un rutilante pimiento rojo, como niños pequeños atraídos por los ornamentos de un árbol de Navidad, no del todo seguros de si pueden tocarlos pero incapaces de contenerse.

A Lillian le encantaba observar a sus alumnos en ese momento; eran elementos que se volverían más complejos e interesantes tan pronto como se mezclaran entre ellos, pero al principio, en el aislamiento de un entorno nada familiar, su esencia era evidente. Un joven que estiraba la mano para apoyarla sobre el hombro de la chica, aún más joven, que se encontraba junto a él —«¿cómo te llamas?»—, mientras la mano de ella bajaba hasta la encimera y surcaba la suave superficie de acero inoxidable. Otra mujer, sola, la mente todavía ocupada por el pensamiento de ¿un niño?, ¿un amante? De tanto en tanto acudía una pareja, enamorada o en ruinas.

Los alumnos de Lillian llegaban movidos por distintos motivos, unos por el deseo no cumplido todavía de escuchar un murmullo de alabanzas culinarias, otros con la esperanza de encontrar un cocinero antes que convertirse en uno. Había unos pocos que ni siquiera estaban interesados en las clases, y llegaban con un bono regalo en la mano como obligados a embarcarse en una marcha abocada al fracaso más absoluto; sabían que sus bizcochos no subirían nunca, que sus salsas siempre acabarían repletas de desconcertantes grumos de harina, como quien se encuentra el buzón lleno de facturas cuando lo que en realidad espera es una carta de amor.

Y luego estaban los alumnos aparentemente sin elección, tan incapaces de mantenerse alejados de una cocina como un cleptómano de mantener las manos en los bolsillos. Llegaban temp

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