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El despertador se puso a sonar como si no hubiera un mañana.
Con los ojos aún cerrados, Montalbano estiró la mano hacia la mesilla de noche y, a tientas, trató de apagarlo con miedo a que el ruido despertara a Livia, que dormía a su lado.
Sin embargo, sus dedos se toparon con un vaso que primero se volcó y luego se cayó al suelo.
Soltó una maldición. Y al instante oyó que Livia se reía socarronamente. Se volvió hacia ella.
—¿Te ha despertado el...?
—No, llevo ya un rato despierta.
—¿En serio? ¿Y qué hacías?
—¿Qué querías que hiciera? Esperaba a que amaneciera y te miraba.
Montalbano pensó que su cabeza, vista desde atrás, debía de ser un paisaje monótono.
—¿Sabías que últimamente a veces te da por silbar en sueños? —preguntó Livia.
Ante esa revelación, a saber por qué, el comisario se molestó.
—¿Cómo quieres que lo sepa si estoy dormido? Y, bueno, sé más precisa: ¿silbo canción ligera, ópera o qué?
—¡Cálmate, hombre, no te lo tomes a pecho! Me explico mejor: a veces emites una especie de silbido.
—¿Con la nariz?
—No lo sé.
—La próxima vez estate atenta, a ver si silbo por la nariz o por la boca, y luego me lo dices.
—¿Y qué diferencia hay?
—Pues una enorme. Recuerdo haber leído algo sobre alguien que tenía un silbido nasal que luego resultó ser un síntoma de algo mortal.
—¡Anda ya! A propósito, he tenido una pesadilla.
—¿Quieres contármela?
—Me había sentado a leer en un porche idéntico al nuestro, aunque daba al embarcadero del puerto. En un momento dado he oído unas voces alteradas y he levantado los ojos. He visto a un hombre que corría pidiendo socorro, seguido de otro que lo conminaba a pararse. El que huía llevaba en la cabeza un pañuelo, una bandana, algo anudado debajo de la barbilla. El que lo seguía llevaba un cinturón ancho del que colgaban muchísimos cuchillos largos. De repente, el primero se ha encontrado delante del flanco de una barcaza. Ha tenido un momento de vacilación y el otro ha aprovechado para lanzarle un cuchillo que lo ha alcanzado en la nuca, le ha atravesado el cuello y le ha salido por la garganta, con lo que lo ha clavado contra la madera de la barcaza. Una cosa horripilante. Entonces, el de los cuchillos se ha parado y se ha puesto a tirarle los demás a la víctima, recorriéndole el contorno del cuerpo. Luego, de golpe, se ha vuelto hacia mí y ha dado un paso adelante. Y entonces, por suerte, me he despertado.
—¡Me parece que ayer nos pasamos un poco con los pulpitos! —fue el comentario de Montalbano.
—Y tú ¿has soñado? —preguntó Livia.
En ese preciso momento sonó el despertador. ¿Cómo era posible? ¡Si acababa de sonar hacía cinco minutos!
Atontado todavía por el sopor, el comisario abrió los ojos y al instante vio que se encontraba solo en la cama. Livia no estaba, seguía en Boccadasse. Lo había soñado todo, incluida la pesadilla de Livia.
Se levantó, se fue a la cocina, se preparó una buena cafetera, como de costumbre, y luego se metió en la ducha. Poco después ya estaba sentado en el porche fumándose el pitillo de acompañamiento del café. La jornada prometía ser de primera. Todo parecía recién pintado de lo vivos que eran los colores.
No tenía ningunas ganas de ir a Vigàta, o más bien a lo que hasta hacía unos días había sido Vigàta. Y es que en realidad el pueblo había cambiado completamente de aspecto y había, por así decirlo, viajado hacia atrás en el tiempo para volver a ser la Vigàta de los años cincuenta.
Para Montalbano, aquel asunto era un auténtico fastidio, ya que todo le parecía falso, como si se hubiera metido en un baile de máscaras de Carnaval.
Todo había empezado cuatro o cinco meses antes, cuando Televigàta había invitado a sus espectadores a buscar en su casa películas antiguas, filmadas con esas cámaras que habían estado de moda en la segunda mitad del siglo pasado, y a enviarlas al estudio. La idea era hacer con ellas un programa, una especie de Tal como éramos en el que se viera cómo había sido el pueblo.
A saber por qué y a saber cómo, la iniciativa había tenido un éxito clamoroso, tal vez porque se había convertido en un motivo de diversión para los vigateses, que se lo pasaban de lo lindo comprobando las transformaciones que el tiempo había provocado en ellos mismos o en sus hijos, a los que volvían a ver de pequeños. Chiquillos que parecían auténticos angelitos recién bajados del cielo se habían convertido en ancianos desdentados, enfermizos y calvos, mientras que mujeres que habían sido la luz del pueblo eran viejecitas que ya no estaban más que para hacer calceta.
Luego, además, se había descubierto que todo aquel jaleo tenía un objetivo concreto: el material iba a servir de referencia a una productora de televisión que iba a llegar a Vigàta para rodar una serie.
Impepinablemente, poco después había desembarcado el equipo técnico, cuyos miembros eran en parte suecos y en parte italianos.
Lo más extraordinario de todo era que entre los suecos había varias mujeres que quitaban el hipo y se dedicaban a oficios de todo tipo: ayudantes de escenografía, técnicas de sonido, utileras, etcétera. Y todo eso dejó atónitos a los vecinos del pueblo, porque al ver que las trabajadoras eran tan guapas se preguntaban cómo serían las actrices cuando por fin llegaran.
Y, de hecho, cuando aparecieron, Vigàta quedó paralizada.
Con cualquier pretexto, la gente dejaba a medias lo que estuviera haciendo y corría a ver la grabación de las distintas escenas de la serie. Tanto era así que había sido necesaria la intervención de las fuerzas del orden para mantener alejados a los curiosos. Y las fuerzas del orden, naturalmente, habían adoptado la forma de Mimì Augello, que se había puesto al mando de los agentes que protegían al equipo de televisión, en especial a las actrices.
En pocas palabras, en la comisaría no habían quedado prácticamente más que tres personas: el comisario, Fazio y Catarella. Por suerte, todo había coincidido con un período de calma en el que no pasaba casi nada.
El paisaje de Vigàta había cambiado: habían desaparecido las antenas de televisión, se habían esfumado los contenedores de basuras y los rótulos de neón, y no había sobrevivido ni una de las tiendas que conocía Montalbano.
El comisario había pedido que le contaran la trama de la serie: era una historia ambientada, en efecto, en los años cincuenta y en la que una joven sueca embarcada como contramaestre en un vapor procedente de Kalmar enfermaba de gravedad durante la navegación, por lo que acababa ingresada en el hospital de Montelusa.
Una vez recuperada, se dirigía a Vigàta para estar cerca del puerto y recibía la hospitalidad de unos pescadores mientras esperaba el regreso de su barco.
Sin embargo, y por una cadena de contratiempos, el vapor tardaba en volver y la sueca, mientras tanto, se enamoraba de un chico vigatés y se hacía a la vida del pueblo, aunque en el fondo de su corazón seguía albergando la secreta esperanza de que los suyos fueran a buscarla.
Y esa esperanza no desaparecía ni siquiera cuando se casaba y tenía un hijo.
Al final llegaba el día en que se presentaba el barco y la muchacha decidía embarcarse a escondidas de su familia. Convenía con un marinero que la llevara en su barca hasta el vapor, pero en el último momento cambiaba de idea y daba media vuelta para irse a su casa de Vigàta.
A Montalbano esa historia, cuando se la contaron, le pareció un plagio de un relato maravilloso de Luigi Pirandello, «Lejos», protagonizado, en lugar de por una contramaestre, por un marinero llamado Lars.
Pero no le dijo nada a nadie.
Mientras se tomaba un segundo café en el porche, sonó el teléfono. Fue a contestar. Era Ingrid, su amiga sueca, que estaba haciendo las veces de intérprete oficial del equipo de televisión.
—Hola, Salvo.
—Dime.
A ella la respuesta seca y directa no le gustó.
—¿Estás enfadado?
—La palabra exacta es «harto».
—Vaya, lo siento. Recuerda que esta tarde no puedes faltar a la ceremonia de hermanamiento con Kalmar. Es a las ocho en punto en el ayuntamiento.
—Te lo agradezco, ya sé que estoy obligado a ir.
—Pues entonces hasta luego.
¡Si hasta habían aprovechado el carnaval para montar un hermanamiento!
Oyó que se abría y se cerraba la puerta de la calle.
—¡Adelina! ¡Aún ando por aquí!
—¡Virgen santísima! ¿Qué pasa, dottore? ¿No se encuentra bien? —preguntó Adelina, acercándose a la carrera.
—No, estoy estupendamente. Ni una décima de fiebre, por desgracia. Quería preguntarte si tengo el traje bueno planchado.
—¿Cuál, dottore? ¿Ese tan oscuro con el que parece una gaviota negra?
—Sí, ése.
—Lo tiene listo.
—Muy bien. Para esta noche no me dejes nada de comer, que ceno fuera.
Cuando llegó delante de la comisaría no pudo entrar porque se había parado un camión justo en la puerta. Catarella agitaba los brazos para que el conductor se apartara, pero el sueco en cuestión, haciendo caso omiso de la tan cacareada urbanidad nórdica, fingía no entenderlo.
También Montalbano hizo como si nada, bajó del coche y se dirigió al Cafè Castiglione, que no había cambiado ni un ápice desde 1890, año de su fundación, y se comió un cannolo para endulzar la mañana. Cuando volvió a la comisaría, el camión había desaparecido.
—¿Alguna novedad? —le preguntó a Catarella al entrar.
—Dottori, aquí las novedades se pirsiguen las unas a las otras. Hasta hace un momento de nada había un tipo con un camión que quería cambiar el litrero que dice «Policía Pública de Siguridad del Estado» por otro en el que ponía «Salón de baile».
Montalbano no abrió la boca. Se dirigió a su despacho seguido del recepcionista.
—Dottori, me he hecho una idea pricisa de la razón por la que ya no hay ni riñas, ni asesinatos, ni robos.
—¿Y por qué sería?
—Siría porque, según mi pinión, los dilincuentes han dejado de dilinquir porque se dedican a mirar a toda esa gente que está haciendo cine en el pueblo. Si hasta a un camello redomado como Totò Savatteri lo he visto elegantísimo, hecho un brazo de mar, haciendo de fulgurante al vulante de un carricoche.
«No descartaría yo que ese carricoche fuera cargado de droga», pensó Montalbano, pero no quiso defraudar a Catarella.
Después de pasarse tres horas dando vueltas y más vueltas por su despacho, el comisario decidió que se había hecho la hora de ir a almorzar.
El equipo de televisión, naturalmente, había invadido hasta la trattoria de Enzo, y a él lo que más le molestaba era el jaleo, el guirigay, el follón de padre y muy señor mío que conseguían montar tanto los suecos como los italianos mientras comían, algo que le resultaba insoportable, ya que el silencio era, en su modesta opinión, el compañero de mesa ideal.
Así pues, había acordado con Enzo que, mientras durara aquello, le pondrían una mesa en la salita contigua a la sala grande, donde había siempre pocos comensales, y le había hecho prometer que ningún miembro del equipo de televisión, daba igual que fuera italiano o sueco, pondría un pie allí bajo ningún concepto.
Por suerte, todas aquellas molestias no le hacían mella en el apetito. Comió como un señor a base de antipasti, espaguetis con atún y salmonetes, y luego salió a que le diera el aire.
En el puerto, gracias a Dios, no había ni rastro de cámaras de televisión, de modo que pudo darse un buen paseíto, tranquilo y silencioso, con toda la paz del mundo. Se sentó en la piedra plana de siempre y se dijo que tal vez, si las cosas seguían así, lo mejor sería cogerse unos días de permiso e ir a ver a Livia a Boccadasse.
Ante la idea de verse obligado a socializar con desconocidos aquella tarde, e incluso de tener que poner buena cara y dar conversación a gente que le caía francamente mal, se puso tan nervioso que tomó una decisión fulminante.
Volvió a la comisaría y llamó a Fazio.
—Oye, me vuelvo a Marinella. Si por casualidad me necesitáis, me llamas.
Nada más entrar en casa, resolvió que lo mejor era echarse un rato, así que se desnudó y se metió en la cama con la idea de dormir una siestecita de media hora.
Se llevó una sorpresa enorme al despertarse pasadas las siete. Entonces se metió en el baño a toda prisa, se cambió de camisa, sacó del armario el traje bueno, se lo puso, eligió una corbata y se miró en el espejo.
Adelina tenía toda la razón del mundo: parecía una gaviota negra.
El ayuntamiento era un derroche de luz. En la fachada habían puesto varias antorchas que ardían con ganas y también había dos focos grandes que iluminaban todo el edificio. En el balcón central habían izado, una al lado de la otra, la bandera italiana y la sueca. La ceremonia de hermanamiento con Kalmar iba a celebrarse en el salón del consejo. Mientras, los invitados esperaban en la gran antesala, donde ya estaban puestas unas mesitas con mantel blanco para el bufet posterior.
Cuando llegó Montalbano, con un ligero retraso, la antesala estaba llena a rebosar. En cuanto lo vio entrar, Ingrid fue corriendo a su encuentro y, cogiéndolo del brazo, lo llevó hasta un coloso de dos metros, una especie de oso rubio, si es que eso era posible, al que le presentó como el director de la serie.
Y acto seguido también lo llevó a conocer a dos de las tres actrices suecas. Al parecer, la tercera había tenido una ligera indisposición que le impedía estar presente en la ceremonia.
Al comisario le bastó un simple vistazo para comprobar que también faltaba Mimì Augello. Qué cosa tan rara. ¿Estaría aquejado de la misma indisposición que la sueca?
Luego, alguien anunció que los invitados debían pasar al salón del consejo y ocupar los asientos correspondientes. Y así fue como Montalbano acabó sentado en primera fila entre el párroco del pueblo y el comandante de la Capitanía del Puerto. También estaba en la misma fila el teniente de los carabineros, aunque, con mucha diplomacia, lo habían colocado cuatro sitios más allá.
Detrás de los asientos ceremoniales del alcalde y los concejales, la pared estaba completamente cubierta por un gran tapiz del siglo XIX que representaba Vigàta y su puerto.
En un momento dado, de la antesala surgió el sonido de una especie de valsecillo que nadie conocía. El alcalde, el señor Pillitteri, hizo un gesto a los presentes para que se levantaran y todos obedecieron. Al acabar el vals, estaban a punto de sentarse cuando empezó el himno nacional italiano y tuvieron que ponerse bien rectos otra vez. Terminó y todos se sentaron, pero llamaba la atención el hecho de que los cuatro representantes suecos se hubieran quedado de pie.
—¿Por qué no se sientan? —preguntó Pillitteri a Ingrid.
Ella se lo preguntó a su vez, en su lengua, a uno de los cuatro y luego tradujo la respuesta:
—Dice que esperan a que suene el himno nacional sueco.
—Pero ¡si lo han tocado el primero! —exclamó Pillitteri.
Al parecer, la banda municipal vigatesa le había dado una interpretación tan personal que los suecos no lo habían reconocido.
Aclarado el equívoco, Pillitteri ofreció a su homólogo de Kalmar, un señor de unos sesenta años, alto, rubio y con gafas, que se sentara a su lado. Los otros tres representantes suecos se habían acomodado en los asientos laterales, los correspondientes a los concejales.
El público, por su parte, estaba delante de ellos.
Pillitteri dio la palabra de inmediato a su homólogo sueco, que, con la interpretación de Ingrid, empezó a contar
