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Mi plan favorito durante mucho tiempo fue fumarme un porro y tirarme en el sillón a leer las novelas de Paul. Con sus libros en las manos fantaseaba universos, viajaba, me calentaba. Sus historias me hacían pensar y me llevaban a lugares que nunca me había imaginado. Me ponía los lentes de leer, me acomodaba en el sillón de mi casa, que es uno de mis espacios preferidos del mundo, y me olvidaba de la realidad por un rato largo.
Algunas novelas las leí más de una vez. Leerlo era como escucharlo, como tenerlo cerca. Sus libros estaban buenos, aunque si hubiese escrito manuales de computación lo hubiese leído igual. Yo solo quería estar en contacto con su energía.
Sumergirse en sus libros era como estar con un amigo o con un conocido.
Aquel día estaba leyendo su última novela. Se trataba sobre una pareja que se enamoraba de una chica y cómo hacían para estar los tres en la relación. Al final, ellas se quedaban juntas y a él lo echaban. Me pareció tan bien contada que estaba segura de que le había pasado a él.
“Aquel día invitamos a Rocío a cenar. Estábamos nerviosos, era la primera vez que invitábamos a una mujer a nuestra casa, a la cama y a la relación. Nos parecía que ya estábamos listos para probar algo con lo que habíamos fantaseado tanto tiempo. Yo solo quería verla a Agustina besar a otra mujer. Hacía años que deseaba verla tocando los labios de otra. La sola idea de pensarla chupando una concha me volvía loco. Casi que no me importaba si ellas se entretenían entre ellas y me dejaban mirando: yo estaba dispuesto a cualquier cosa y podía conformarme perfectamente con eso con tal de que esto empezara a suceder en mi vida”.
Mi concha siempre se moja inmediatamente cuando está caliente, y después de leer esto quedó lista para la acción. El don mayor de mi concha básicamente es estar mojada. Cuando alguien o algo le gusta se moja, se prepara, se agranda y se predispone a que la pija que está esperando se acerque.
Cuando leía este pasaje de Uno los tres, de Paul Aguirre, me pasaba lo mismo que si estuviese adelante del tipo que me quería coger. A medida que seguía leyendo mi concha se seguía mojando cada vez más; pensé que yo podría perfectamente hacer lo que estaba haciendo ese personaje, pero en lugar de con dos mujeres, con dos hombres.
¿Qué más podía querer yo que tener dos pijas a mi disposición? Dos hombres locos por cogerme por todos los agujeros, deseosos de penetrarme y llenarme de leche. Para mí, los tríos con dos hombres eran la posibilidad de tener el poder, de alimentarte de su libido, de sentir su fuerza y tomarla. Esta situación era un estado perfecto del cuerpo y del alma, algo casi zen. Estar atendida por dos chabones y ser el centro de atención era mi fantasía perfecta. Dos pijas es la medida justa de mi corazón.
Me acordé de la vara de cristal de labradorita que tenía en mi altar. Estas varas son pedazos de piedra pulidos perfectamente en forma fálica, hechas para masturbarse. Vienen de varias piedras diferentes y son como una varita mágica pero más ancha y que va en la concha.
La agarré del altar y volví al sillón. Me levanté la pollera a cuadros rosa y la hice un rollito hasta que me quedó por arriba de la panza. Después me bajé la bombacha y me senté sobre el libro de Paul. Estiré bien las piernas y las abrí.
Empecé a repasar en mi cabeza la escena que acababa de leer, vibrando cada detalle mentalmente, sintiendo que mi concha recibía con placer esa información mientras me pasaba los dedos despacio sobre los labios de la vulva. Me gustaba mojarlos con lo que salía de ahí, y humedecer toda la parte de afuera. Me gustaba lubricar mi concha con su propio jugo.
Enseguida empecé a imaginarme que en vez de dos mujeres, como decía el libro, en el trío estábamos mi novio Seba, Paul y yo. Me imaginé arrodillada en el medio de la cama y a Paul atrás mío, agarrándome de las tetas, tirándome un poco del pelo mientras me besaba el cuello. Seba estaba acostado chupándome la concha. Yo estaba ida de placer, con los ojos cerrados, y con cada mano acariciaba, rasguñaba y tocaba a cada uno de ellos. Yo era lo que unía a los tres, lo que hacía que todo circulara y funcionara, y los dos estaban perdidos de deseo conmigo.
Empecé a masturbarme con la vara de cristal. Primero la apoyé suavemente sobre mi pubis. Estaba fría. Acaricié el capuchón del clítoris con la punta redondeada de la vara, que resbalaba y se deslizaba amablemente con el flujo de mi concha. Era una piedra fría y energéticamente vibrante, que la apretaba y cada vez me hacía sentir más y más placer. Mis ideas volaban y viajaban mientras el trío con Paul y Seba avanzaba: ahora Paul me había pedido que me pusiera en cuatro patas y estaba listo para penetrarme mientras que Seba había empezado a meterme la pija enorme que tiene adentro de la boca. Bajé la vara hasta mi entrepierna y me la metí despacio. Mientras tanto, me imaginaba que lo que esa vara me estaba haciendo sentir era en realidad la pija de Paul, hermosa, brillante, fría, enriquecida, llena de su leche magnética y talentosa de escritor. En mi sueño Paul me la metía así, a pelo, sin forro, y yo me dejaba y nada importaba, y era tan sexy sentir que su pija tocaba toda mi existencia sin nada que lo separe, mientras yo saboreaba a Seba por la boca. Era sentir que todo el poder de los dos hombres que más me gustaban estaba siendo descargado directamente sobre mi cuerpo.
Seguí metiendo y sacando la vara con una mano mientras con la otra me tocaba el clítoris y respiraba profundo, dejaba que la energía bajara de mis ideas y mis pensamientos, que la vibración de mi fantasía descendiera por la columna vertebral hasta llegar a la base de mi cuerpo, y después la visualizaba llegar a la concha y eso me llenaba de más y más placer y potencia. Con mi propia energía hacía que la vara tomara esa fantasía y la potenciara, y entre mi imaginación y la vara que descargaba impulsos místicos sobre mi concha yo estaba volando a cien mil grados de placer.
La fantasía tomó vida propia y de pronto vi entre sueños la cara de Paul cuando se le escapaba su orgasmo, y sentí en mi cuerpo su pija llenándome de leche mientras chorreaba por las piernas abiertas. Yo acababa mientras él me llenaba y gritaba con la pija de Seba en la boca. Seba no paraba de meterla y sacarla, porque él es así, no para un segundo cuando estamos cogiendo.
La acabada de Paul en la fantasía me hizo acabar en la realidad, y cuando eso sucedió visualicé que todo lo que estaba pasando se transmitía a mi vara mágica de cristal.
Terminé despatarrada y mojada en el sillón, con la pollera levantada y la vara en la mano. Me la apoyé en el pecho. Estaba caliente. La olí. Estaba llena de flujo y de olor a concha. Le pasé la lengua. La puse en el altar al lado de mis objetos sagrados.
Me quedé pensando si era posible que esto sucediera, como en mi sueño del otro día, como en mi fantasía de hoy.
El tiempo pasó, un año y medio para ser más precisa, terminé de leer todos los libros de Paul, y cuando salió de mi campo energético me fui olvidando de mis fantasías.
5
Conocí a Seba cuando tenía veintiséis años porque empecé a trabajar en su estudio de fotografía produciendo sesiones. Cuando lo vi por primera vez me flechó. No creo en el amor a primera vista, pero no sé qué me pasó, lo que sentí ese día cuando lo vi nunca más volvió a pasarme, ni me había pasado antes. Este tipo me gusta, me dije. Lo quiero en mi vida. Pero él no me dio ni bola.
Me encantaba verlo hacer lo que sabía hacer bien, me parecía sexy. Al poco tiempo de conocernos empezamos a reunirnos para visitar clientes que a mí me tocaba conseguir. Él no tenía auto, se movía en taxi. Así que se me ocurrió decirle que si quería lo podía llevar en moto a las reuniones, y la idea le pareció divertida. Yo pasaba a buscarlo por la puerta del estudio con mi moto y el casco que tenía reservado para invitados. Nos enamoramos tratando de convencer a los que nos recibían de que éramos los mejores, y creo que así fue como terminamos creyéndolo nosotros también.
Tiempo después, lo seduje con una lectura de Tarot en el cumpleaños de uno de mis compañeros de trabajo. Me acuerdo de que era tarde, estaban todos borrachísimos, y nosotros nos habíamos encontrado en la cocina mientras nos hacíamos un trago. “¿Te leo el Tarot?”, le pregunté como si nada. Él aceptó y nos sentamos medio a oscuras en la mesa. No preguntó nada, y yo saqué tres cartas. “Sos una persona muy trabajadora que conoce a la gente que quiere en el trabajo, pero no se anima a ir más allá. Es tu zona de confort, donde te sentís emocionalmente seguro y todos nosotros somos tu familia”. No me dejó que siguiera leyéndole las cartas porque me dijo que todo lo que le estaba diciendo era cierto y estaba arruinando la magia de nuestro encuentro.
Nos pasamos toda la noche conversando, y nos dijimos que nos gustábamos.
“Soñé que nos besábamos”, le dije.
“Y yo soñé que pasábamos un día entero en mi cama”, me respondió.
Salimos de la fiesta y nos besamos torpemente en una esquina. El beso fue horrible. Al otro día le corté a mi novio que tenía hacía cuatro años para estar con él.
Al toque, Seba vino a mi casa a la tarde y cogimos increíble. A partir de ese día, nunca más nos separamos.
Al poco tiempo me fui a vivir a su casa.
Empezamos a construir una vida juntos y una relación llena de arte y de magia.
Yo leía el Tarot a amigos y conocidos de amigos en nuestro living en mis ratos libres mientras producía audiovisuales en una productora muy importante y él sacaba retratos increíbles de las personas más famosas de Argentina. Éramos jóvenes, creativos y muy felices.
Viajamos por el mundo, hicimos lo que nos gustaba, no teníamos hijos, íbamos al cine, leíamos y cogíamos. Nuestra casa era hermosa y de colores. Nos sacábamos fotos, nos filmábamos, creábamos cosas lindas todo el tiempo. Hacíamos cortometrajes para concursos o videos de nuestra vida. Hasta que un día, como siempre, me aburrí de que todo estuviera bien.
6
Un día surgió la idea de armar mi propia santería. Después de una breve investigación, y de muchos años de trabajo espiritual de cada una por nuestro lado, gracias a una intuición que bajó como un rayo, con mi amiga Luna creamos un nuevo lugar. Era un espacio pequeño en una galería medio abandonada donde enseñábamos y leíamos el Tarot. También vendíamos objetos para que todos pudieran trabajar en sus rituales.
Al poco tiempo de arrancar, nos fuimos de viaje iniciático a Venezuela, casi como si fuese una investigación de campo. Visitamos la montaña de Sorte en un viaje de aprendices de magia guiados por nuestro querido gurú del momento, Stephen. Éramos amigos del grupo que habíamos armado en sus talleres, sumados a varias personas de distintos lugares del mundo, y juntos viajamos a este lugar de brujos. Éramos un grupo ecléctico: jóvenes argentinos curiosos al lado de millonarios europeos, todos vestidos de blanco esperando recibir bendiciones de los espíritus.
En la montaña fuimos testigos y protagonistas de posesiones y rituales, y ahí fue donde recibimos nuestro posgrado sobre la intensidad del universo espiritual en contacto con el real. Pasamos una semana viviendo en una choza en la jungla llena de santos y haciendo rituales. Antes de viajar yo no sabía bien en lo que me estaba metiendo.
El portal energético que abrieron en mi cuerpo estas personas no se cerró nunca más, y es posible que todo lo que sigue en esta historia tenga que ver con la apertura que hicieron ellos. A partir de ese momento, nunca más dejé de ver y hablar con espíritus.
El primer día de trabajo en la montaña de los espíritus cada uno de nosotros, los viajeros, tenía una entrevista con una entidad que bajaba a través del médium para hacernos un diagnóstico. La entrevista consistía en que el espíritu te leyera la energía y que los brujos supieran, a través de lo que él dijera, qué tipo de rituales tenían que hacerte para dejarte lo más radiante y limpio posible.
A mí me tocó hablar con una entidad que se llamaba La Negra Francisca, una bruja muy graciosa y potente. El espíritu bajó en Johnny, un venezolano musculoso de tez morena que usaba todos los días un pañuelo rojo en la cabeza y un collar de dientes de animal. Cuando el espíritu entró en su cuerpo, sus asistentes lo vistieron de mujer: le fueron pasando una a una las prendas que tenían preparadas para el ritual. Johnny se fue poniendo un pañuelo floreado, aros, muchas pulseras y anil
