Me gustaría decir unas cuantas cosas sobre mi primer marido, William.
William ha vivido últimamente experiencias muy tristes —como muchos de nosotros—, y me gustaría contarlas; es casi una obsesión. William tiene setenta y un años.
David, mi segundo marido, murió el año pasado, y al llorar por él he llorado también por William. La pena es…, ¡ay!, es una cosa muy solitaria; creo que en eso reside el terror que inspira. Es como resbalar por la fachada de un edificio de cristal muy alto cuando nadie te ve.
Pero es de William de quien quiero hablar aquí.
Se llama William Gerhardt, y cuando nos casamos yo adopté su apellido, a pesar de que entonces no estaba de moda. Mi compañera de habitación en la facultad me dijo: «Lucy, ¿vas a adoptar su apellido? ¡Pero si tú eras feminista!». Y le contesté que me traía sin cuidado ser feminista; le dije que ya no quería serlo. En esa época estaba harta de mí misma, llevaba toda la vida sin querer ser quien era —eso pensaba entonces—, y por eso adopté su apellido y durante once años fui Lucy Gerhardt, pero nunca llegué a sentirme cómoda y en cuanto murió la madre de William fui a la oficina de tráfico para que pusieran otra vez mi nombre de soltera en el carnet de conducir, un trámite que resultó más difícil de lo que imaginaba. Tenía que volver y presentar varios documentos del juzgado. Y eso hice.
Volví a ser Lucy Barton.
Llevábamos más de veinte años casados cuando lo dejé, y tenemos dos hijas, y nuestra relación ahora es muy cordial: no sé exactamente cómo. Hay muchas historias de divorcio horrorosas. La nuestra, al margen de la separación en sí, no lo es. Yo a veces pensaba que me moriría de pena si nos separábamos, y en el daño que les haría a mis hijas, pero no me he muerto: estoy aquí, y William también.
Como soy novelista, tengo que escribir esto casi como si fuera una novela, aunque todo es cierto; tan cierto como me sea posible. Y quiero decir que… ¡Ay, qué difícil es saber qué decir! Pero si cuento algo de William es porque él me lo dijo o porque lo vi con mis propios ojos.
Voy a empezar esta historia cuando William tenía sesenta y nueve años, es decir, hace menos de dos.
Una imagen:
De un tiempo a esta parte, a la ayudante de laboratorio de William le ha dado por llamar a William «Einstein», y a William por lo visto le hace mucha gracia. Yo no creo que William se parezca en nada a Einstein, pero entiendo la intención de la chica. William tiene un buen bigote, blanco y con algo de gris, pero es un bigote más bien recortado. Tiene un buen pelo blanco. Se le pone de punta a pesar de que lo lleva corto. Es alto y viste muy bien. No tiene esa pinta de chiflado que en mi opinión transmitía Einstein. La expresión de William suele ser de amabilidad inquebrantable, menos cuando echa la cabeza hacia atrás y se ríe con ganas, muy de vez en cuando; hace mucho que no lo veo hacer eso. Tiene los ojos castaños y todavía grandes. No todo el mundo conserva los ojos grandes cuando se hace mayor, pero William sí.
Bueno…
William se despertaba todas las mañanas en su espacioso apartamento de Riverside Drive. Imagínenselo: retira el edredón esponjoso con su funda de algodón azul marino y va al baño mientras su mujer sigue durmiendo en la cama extragrande. Y todas las mañanas se levantaba entumecido, pero hacía su tabla de ejercicios en el salón; tumbado de espaldas en la alfombra roja y negra, debajo de la antigua araña, pedaleaba en el aire como si fuera en bicicleta y luego se estiraba así y asá. Después pasaba a la butaca de color berenjena, al lado de la ventana que miraba al río Hudson, y leía la prensa en el ordenador. En algún momento, Estelle salía del dormitorio, lo saludaba con la mano adormilada y se iba a despertar a su hija Bridget, que tenía diez años, y cuando William ya se había duchado desayunaban los tres en la mesa redonda de la cocina. A William le gustaba esa rutina y también que su hija fuese una niña charlatana. Era como escuchar a un pájaro, dijo una vez. Y su madre también era charlatana.
William salía de casa, cruzaba Central Park, cogía el metro hasta la calle Catorce y desde allí iba andando a la Universidad de Nueva York. Le gustaba este paseo diario, aunque notaba que no iba tan deprisa como la gente joven, que pasaba a empujones con bolsas de comida, carritos para dos niños, mallas de licra, auriculares y alfombrillas de yoga colgadas en bandolera de un elástico. Se animaba pensando que era capaz de adelantar a mucha gente: a un anciano con andador o a una mujer con bastón, incluso a una persona de su edad que al parecer caminaba más despacio que él, y aquello le hacía sentirse sano y vivo, casi invulnerable, en un mundo de tráfico incesante. Se jactaba de andar más de diez mil pasos al día.
Lo que quiero decir es que William se sentía (casi) invulnerable.
A veces, durante esos paseos matinales, pensaba: ¡Ay, Dios! Yo podría ser ese hombre, el de la silla de ruedas que sale a tomar el sol por la mañana a Central Park, con la cabeza caída sobre el pecho, mientras la mujer que lo acompaña teclea en el móvil sentada en un banco; o ese de ahí, el del brazo torcido por un infarto que avanza con paso torpe… Pero luego pensaba: No, yo no soy como ellos.
Y no era como ellos. Era, como ya he dicho, un hombre alto que no había engordado con los años (tenía solamente algo de tripa, pero con la ropa no se le notaba), conservaba el pelo, blanco pero abundante, y era… William. Y tenía una mujer, la tercera, veintidós años más joven que él. Y esto no era poca cosa.
Pero de noche, con frecuencia, sufría terrores nocturnos.
William me lo contó una mañana, no hará ni dos años, tomando un café en el Upper East Side. Quedamos en una cafetería de la esquina de la calle Noventa y uno con Lexington Avenue. William tiene mucho dinero y dona buena parte de él, y una de las instituciones a las que dona es un hospital para adolescentes que hay cerca de donde vivo, y antes, cuando tenía una reunión allí a primera hora, me llamaba y nos tomábamos un café rápido en esa esquina. Aquel día —era marzo, unos meses antes de que William cumpliera los setenta— nos sentamos en un rincón de la cafetería. Habían pintado tréboles en las ventanas, por el Día de San Patricio, y pensé —sí, eso pensé— que William parecía más cansado que de costumbre. He pensado muchas veces que William gana atractivo con la edad. El pelo blanco le da un aire distinguido; ahora lo lleva un poquito más largo que antes, algo despegado de la cabeza, y lo compensa con el bigote grande y caído. Tiene los pómulos más marcados y los ojos todavía oscuros; y esto es un pelín raro porque te mira de lleno —de un modo agradable—, pero de vez en cuando la mirada se vuelve inquisitiva. ¿Qué indaga con esa mirada? Nunca lo he sabido.
Ese día, en la cafetería, cuando le pregunté: «¿Cómo estás, William?», esperaba que contestara como hace siempre, con ironía: «Pues estupendamente, Lucy, gracias». Pero esa mañana se limitó a decir: «Bien». Llevaba un abrigo largo y negro, que se quitó y dejó doblado en la silla de al lado antes de sentarse. Lucía un traje hecho a medida —desde que conoció a Estelle le hacía los trajes un sastre—, perfectamente ajustado a los hombros, de color gris oscuro, con camisa azul claro y corbata roja: tenía un aire solemne. Cruzó los brazos como hace a menudo. «Tienes buen aspecto», dije. Y contestó: «Gracias». (Creo que William nunca me ha dicho que estoy guapa, ni siquiera que estoy bien, ni una sola vez a lo largo de los años que nos hemos estado viendo, y la verdad es que yo siempre esperaba que me lo dijera). Pidió los cafés y echó un vistazo alrededor mientras se atusaba ligeramente el bigote. Habló un rato de nuestras hijas. Se temía que Becka, la pequeña, estaba enfadada con él; la notó algo seca por teléfono un día que la llamó solo para charlar, y le dije que le diera espacio, que Becka se estaba adaptando a su vida de casada. Seguimos hablando un poco más, de esto y lo otro, hasta que William me miró y dijo: «Botón, quiero contarte una cosa». Se inclinó un momento hacia delante. «Últimamente tengo terrores en mitad de la noche».
Cuando me llama por el apodo de cuando estábamos juntos significa que está más cercano de lo habitual, y a mí siempre me emociona.
—¿Quieres decir pesadillas?
Ladeó la cabeza como si sopesara la pregunta.
—No. Me despierto. Es en la oscuridad cuando me vienen las cosas —y añadió—: Nunca me había pasado. Pero es terrorífico, Lucy. Me aterra.
Volvió a inclinarse y dejó la taza de café en la mesa.
Lo miré unos segundos.
—¿Estás tomando alguna medicación distinta?
Frunció ligeramente el ceño y contestó que no.
—Prueba a tomar un somnífero —le sugerí.
—Nunca he tomado somníferos —dijo, cosa que no me sorprendió. Pero añadió que su mujer sí lo hacía.
Estelle tomaba varias pastillas por la noche, tantas que él había dejado de intentar entender para qué eran. «Voy a tomarme mis pastillas», decía alegremente, y en menos de media hora estaba dormida. William dijo que no le molestaba, pero que las pastillas no eran para él. El caso es que a las cuatro horas a menudo se despertaba, y era entonces cuando solían empezar los terrores.
—Cuéntamelo —le pedí.
Y me lo contó, mirándome solo de vez en cuando, como si siguiera dentro de los terrores.
Un terror: no podía ponerle nombre, pero tenía algo que ver con su madre. Su madre —se llamaba Catherine— había muerto hacía muchos, muchos años, pero en este terror nocturno en concreto William sentía su presencia. No era una presencia agradable y eso lo sorprendía, porque la había querido mucho. Había sido hijo único y siempre entendió el amor feroz que su madre (sin decirlo) sentía por él.
Para superar este terror, mientras estaba despierto en la cama, al lado de su mujer dormida —me lo dijo ese día y casi me mata—, pensaba en mí. Pensaba que yo estaba viva, en ese preciso instante, que estaba viva, y eso le daba tranquilidad. Porque sabía que si se veía en la necesidad —explicó mientras colocaba la cucharilla en el plato de la taza de café—, aunque no quisiera, de hacerlo en mitad de la noche, sabía que si tuviera que hacerlo, me llamaría y yo cogería el teléfono. Me dijo que había descubierto que mi presencia era su mayor tranquilidad y gracias a eso podía volver a dormirse.
—Por supuesto que puedes llamarme en cualquier momento.
Y William me miró con impaciencia.
—Ya lo sé. Eso es lo que quería decir —señaló.
Otro terror: este tenía que ver con Alemania y con su padre, que murió cuando William tenía catorce años. A su padre lo trajeron de Alemania como prisionero de guerra —de la Segunda Guerra Mundial— y lo mandaron a trabajar a los campos de patatas de Maine, donde conoció a la madre de William, casada con el dueño de las tierras. Este podría haber sido el peor terror de William, porque su padre combatió en el bando de los nazis, y William se acordaba de esto en plena noche y le daba pavor: veía con claridad los campos de concentración —los visitamos en un viaje a Alemania— y las cámaras donde gaseaban a la gente, y tenía que levantarse, ir al cuarto de estar, encender la luz, sentarse en el sofá y mirar el río por la ventana, y cuando lo asaltaban estos terrores no le servía de nada pensar en mí ni en ninguna otra cosa. No eran tan frecuentes como los de la presencia de su madre, pero lo pasaba fatal cuando le asaltaban.
Otro más: este tenía que ver con la muerte. Tenía que ver con la sensación de irse; casi llegaba a sentir que dejaba este mundo y, como
