1
Aquí
No hay grandes autopistas en el rincón del noroeste de Connecticut en el que se encuentra Litchfield County. Los viajeros que vienen de las zonas residenciales más pobladas de Nueva York (Westchester, Long Island, Danbury o Greenwich) encuentran frustrante el complejo tejido de carreteras comarcales, autovías de peaje y autopistas interestatales que se van dividiendo una y otra vez y se ramifican como los capilares de una arteria. Con independencia de cuál sea el punto de inicio, para llegar hasta Atwater hay que abrirse camino por la red de carreteras rurales de dos carriles de Litchfield, flanqueadas en la mayoría de los casos por terrenos agrícolas y bosques caducifolios de espesura media, y en las que solo se ven unas pocas señales que indican la necesidad de reducir la velocidad en tramos de curvas especialmente traicioneras. En ese rincón de Nueva Inglaterra, esas son las carreteras que te piden bajar las ventanillas y poner la música a todo volumen (como pasa con la Pacific Coastal Highway en ciertas partes del sur de California o con las cintas de asfalto que cruzan los campos de petróleo a las afueras de Odessa). Y también las mismas que llevan a los adolescentes a estampar sus coches contra los postes de teléfonos.
La vándala (si «vandalismo» es la palabra adecuada para calificar sus acciones) por supuesto que sabía todo esto cuando sopesó sus opciones (no había unanimidad sobre si se trataba de un acto de vandalismo o no, pero sí existía prácticamente a la hora de establecer que quien lo había hecho tenía que ser de sexo femenino). Estaba claro que sabía que las familias que llevaban a sus hijas al internado tenían que recorrer zigzagueando esas carreteras rurales, como hormigas de vuelta al hormiguero. Seguro que también había comprobado que las vallas publicitarias más cercanas estaban en los cruces y los pasos elevados de la autopista, cerca de Waterbury y Hartford; asimismo habría hecho una estimación del número de alumnas que utilizaban esa carretera y había decidido que no eran suficientes. Cuando encargó su pedido de cien carteles de cuarenta y cinco por setenta centímetros y cien soportes a Vistaprint (la información publicitaria estaba impresa en la parte de atrás de todos los carteles), lo hizo tras comprender que la mejor opción para colocarlos era dispersarlos, diseminarlos por todo el condado como si fueran trozos de metralla. Seguramente había consultado las leyes y las ordenanzas locales de Connecticut en lo que respecta a los carteles de carretera y a la propiedad pública y había determinado que su plan «seguramente no era ilegal», al menos no del todo, pero que sería mejor colocar los carteles al abrigo de la oscuridad de la noche y lo más cerca posible del día de inicio del curso.
Y de esa forma, cuando los residentes de Kent, Goshen y Roxbury se despertaron una mañana de finales de agosto, el mismo día que se iba a iniciar el curso académico en el internado que estaba en el corazón de su comunidad rural y residencial, y salieron a las pequeñas calles principales y los cruces donde estaban las tiendas y las gasolineras, se encontraron todas sus carreteras salpicadas de pequeños rectángulos negros, chatos y alargados, colocados a unos diez metros de la calzada. Tuvieron que pasar dos o tres veces por delante de alguno para que las uves y las eles ocuparan su lugar y se ordenaran en sus cerebros, aún algo adormilados, y entonces se fueran uniendo las palabras y empezaran a cobrar sentido. Necesitaron aún más tiempo para identificar el objetivo de esa campaña en un año sin elecciones; por todo ello, las palabras de los carteles, plantados como semillas en un radio de veinticinco kilómetros alrededor del colegio Atwater, fueron calando de una forma algo confusa en la comunidad que lo rodeaba. AQUÍ TRABAJA UN VIOLADOR, eso era lo que decían, y el mensaje estaba junto a una foto de color sepia de la aguja del tejado de un colegio encuadrada en un marco negro como el de las fotos antiguas.
Pero solo estuvieron por allí un día o dos, pues desaparecieron tan rápido como habían surgido. Los que quedaron, que aumentaban en número cuanto más lejos del campus estaban, se marchitaron como los globos que adornan un buzón el día de una fiesta de cumpleaños, deslucidos y desperdigados. Todo el mundo supuso que alguien del colegio salió a quitarlos. O tal vez fueron los vecinos, para quienes la vulgaridad de esos carteles había sido demasiado: ¿Quién estaba dispuesto a ver ese mensaje todos los días? ¿Quién quería pensar en ese tipo de violencia? Por ello, pocos tuvieron la oportunidad de visitar la URL que aparecía en la parte inferior de todos los carteles y que les habría dirigido a una petición para que se ampliara el estatuto de limitaciones sobre violaciones y agresión sexual de Connecticut. Y esa clase de activismo podría haberles resultado sorprendentemente razonable, teniendo en cuenta lo impactante del mensaje y el amarillismo de esos carteles. Con el tiempo, la gente de la zona, para la que Atwater era una especie de torre de marfil, decidió que las palabras de los carteles de la carretera no estaban dirigidas en realidad a ellos y la reivindicación de la búsqueda de justicia se fue desvaneciendo hasta quedar en sus mentes como una especie de broma desagradable y mal enfocada. Estaban acostumbrados a ese tipo de cosas, a los comentarios entre susurros sobre los escándalos que acompañaban a los más privilegiados. Pero nada de eso había sido nunca asunto suyo.
2
Orientación
Lauren Triplett había vomitado en muchos lugares públicos diferentes: en las bandas de un campo de fútbol, en el aparcamiento de un Dunkin’ Donuts, en un parque de atracciones Six Flags, en Disney World, y una vez incluso junto a una pista negra de esquí de una de las montañas de Adirondack, donde el vómito rosa anaranjado fundió la nieve polvo nada más tocarla. Y ahora también lo había hecho en la cuneta de una carretera de la Connecticut rural.
Su madre no se ha molestado en salir del coche. Susan Triplett tiene un estómago espectacularmente delicado y, aunque lo lógico sería que eso la hiciera más comprensiva con la propensión al mareo de su hija, no es así.
Es el padre de Lauren quien espera a unos pocos metros, con los brazos en jarras:
—Lo siento, hija.
Lauren escupe, con las manos todavía apoyadas en las rodillas, y se mira las pantorrillas buscando restos de vómito. Va a tener que buscar un sitio para lavarse los dientes. ¿Lleva enjuague bucal? Eso sería más fácil.
—No es culpa tuya —responde, sin mirar a su padre a los ojos, mientras se incorpora poco a poco, enderezando las vértebras una por una—. ¿Cuánto queda?
—Poco. Quince minutos.
Lauren asiente con la cabeza. Un SUV grande pasa junto a ellos a toda velocidad, haciendo temblar el Forester de los Triplett y levantando todas las hojas caídas que hay en la curva.
—Espero que en ese coche no vaya una de mis compañeras de clase.
Su padre se encoge de hombros.
—No es posible que te hayan visto bien.
Lauren pone los ojos en blanco.
—No me consuela.
Cuando vuelven a subir al coche, la madre de Lauren alarga una mano en dirección al asiento de atrás para pasarle a su hija una latita de caramelos de menta.
—¿Habéis visto eso? —pregunta, señalando el parabrisas con la barbilla.
—¿El qué? —contesta el padre de Lauren mientras arranca el coche y mira por el espejo retrovisor.
—Eso de ahí —insiste su madre, señalando esta vez con la latita de caramelos un cartelito que hay unos veinte metros más adelante, junto a la carretera.
Su padre suspira y sacude la cabeza.
—¿De qué irá todo esto?
—Espero que no tenga nada que ver con tu colegio —comenta Susan.
El caramelo de menta le abre las fosas nasales a Lauren y ella contiene un estornudo.
—Mamá... —la reprende Lauren.
—Solo digo que puede ser. En todos estos sitios están saliendo últimamente casos así.
—Sue...
—¿Qué?
Su padre pone el intermitente y vuelve a la carretera. Los tres permanecen en silencio cuando pasan junto al cartel, e intentan recordar y determinar mentalmente si encuentran alguna correspondencia con el colegio. La torre de la foto es del todo anodina, como si el creador del cartel hubiera buscado una imagen estándar de la aguja de un tejado y hubiera seleccionado esa al azar entre todas las que el algoritmo le había puesto delante. Lauren piensa que tal vez haya algún otro internado por allí cerca. Recuerda, de cuando hizo su búsqueda, que había como una docena, o incluso más, en la parte occidental de Connecticut, todos con nombres polisílabos y un legado de familias con dinero desde hacía generaciones: Westminster, Canterbury, Loomis Chaffee. Pero cuando su coche pasa justo al lado del cartel y Lauren gira el cuello para mirar por la ventanilla hasta que su nariz choca accidentalmente con el cristal, siente que se le cae el alma a los pies por la decepción, por la falsa esperanza que no ha llegado siquiera a surgir. Cuando decidió pedir plaza en Atwater, tuvo durante un tiempo el escritorio de su casa cubierto por el material publicitario y los formularios de admisión del colegio, papeles y folletos de papel grueso y libretos de fotografías enmarcadas en azul marino y blanco. Y en casi todos esos papeles se veía presidiéndolo todo, como la torre de vigilancia de una fortaleza, la imagen, tomada desde abajo con un ángulo muy pronunciado, de la aguja de un tejado. Después de que la aceptaran, ella guardó las fotos y los folletos formando un montón en equilibrio precario, como un recordatorio al que no hay que prestarle mucha atención. Pero los estuvo viendo por el rabillo del ojo todos los días, por las mañanas y por las noches, durante meses.
Y por eso reconocería esa torre del reloj incluso con los ojos cerrados.
La verdad es que todo aquello era, en realidad, idea de Grace. La madre, la abuela y la bisabuela de Grace (y probablemente también su tatarabuela y todas las generaciones anteriores de mujeres de su familia, hasta llegar a la época en que a las mujeres ni siquiera se les permitía ir al colegio) habían ido al mismo internado femenino de Massachusetts. Por eso estaba más allá de cualquier duda que, cuando Grace tuviera catorce años, pediría plaza allí también. Grace era la mejor amiga de Lauren, pero ella (que sabía que cambiaría su colegio de primaria del norte del estado de Nueva York, con aspecto de centro penitenciario, por los edificios de techos altísimos del histórico internado) siempre había tratado su amistad como algo temporal, como si Lauren fuera solo una pobre sustituta que formaría parte de la vida de Grace hasta que ella conociese a sus amigas de verdad, esas que conservaría durante toda la vida. La madre de Grace iba a Napa todos los años con sus compañeras del internado; la abuela de Grace, que ya tenía casi noventa años, nunca se perdía el fin de semana de reunión de antiguas alumnas.
Aquello era todo un mundo del que Lauren no sabía absolutamente nada. Sus padres habían ido a institutos y a universidades públicas, pero respetables. No es que ellos fueran pobres y Grace rica: en su ciudad, de modesto tamaño, ambas vivían en el mismo barrio, sus madres iban al mismo gimnasio y la mayor diferencia que Lauren veía era que en verano la familia de Grace iba a Nantucket a pasar las vacaciones y la de Lauren a Cape Cod. Pero la familia de Grace tenía algo que el padre de Lauren llamaba «pedigrí» y que convertía en totalmente diferentes sus vidas de barrio residencial, que eran idénticas en todo lo demás.
Desde el inicio del último curso de primaria, Grace solo hablaba del internado. Cuando se le atascó la taquilla, puso los ojos en blanco y dijo que «el año que viene» no tendría que perder el tiempo con cosas tan tontas como las «taquillas». Cuando se aburría en las horas de estudio decía que «el año que viene» tendría «horas libres». A la hora de la comida apartaba la lechuga iceberg a un lado del hueco de la bandeja, suspiraba, soñadora, y decía que «el año que viene» la comida iba a ser estupenda.
Y por eso un día, durante la hora de estudio, a Lauren se le ocurrió buscar en Google «mejores internados» (y la búsqueda predictiva añadió «de Estados Unidos») y empezó a desplazarse por la pantalla de resultados. El internado de Grace estaba en todas las listas de los cincuenta mejores y en el número veintisiete de una clasificación de los más «elitistas», aunque no sabía muy bien qué significaba eso. Todos eran sitios preciosos. La mayoría estaba en Nueva Inglaterra, aunque había uno en Santa Bárbara en el que todas las alumnas tenían un caballo como mascota. Literalmente. Lo llamaban el Programa Ecuestre, con mayúscula las dos palabras, y, según la web, era una experiencia de integración esencial para las alumnas de primer curso. Pero en su mayoría los internados no parecían centros turísticos de alto copete, sino más bien universidades en miniatura: eran pequeños campus situados en valles con árboles o a los pies de unas colinas con suaves laderas y tenían cuadrículas de edificios góticos o coloniales que encajaban perfectamente en el entorno. En algunos los alumnos tenían que llevar uniforme (faldas escocesas y chalecos de lana para las chicas y blazers para los chicos), pero en otros vestían como los compañeros de clase de Lauren en sus mejores días: tejanos, sudaderas y botas militares con cordones.
—¿Lauren?
La chica que Lauren tiene delante es muy alta y se inclina un poco hacia ella cuando dice su nombre. También es increíblemente guapa, tan absurdamente perfecta que Lauren se queda un momento sin habla. Tiene la piel inmaculada y no se le ve ni un poro. En los ojos con forma de almendra se distinguen motitas doradas. Lleva el pelo con unas ondas similares a las que quedan en los mechones que se escapan de una trenza suelta, con la raya perfecta y apartado sobre un hombro. Lauren esperaba que las chicas de Atwater fueran guapas, pero dentro del estándar de las chicas ricas de Estados Unidos: altas y blancas, con el típico bronceado de los Hamptons y el pelo reluciente. Pero esa chica, la que ha dicho el nombre de Lauren con tono de pregunta, es guapa como una estrella de cine.
—Me llamo Olivia Anderson —continúa la chica, tendiéndole la mano que hay al extremo de un brazo largo y grácil—. Y voy a ser tu supervisora.
—Eh... hola —saluda Lauren, colgándose al hombro su bolsa de viaje para poder estrecharle la mano a Olivia. Su palma es suave y con la piel seca pero sedosa, como el talco de bebé.
—¿Supervisora? ¿Qué es eso? —Susan deja de buscar algo en el maletero del coche y se acerca a su hija—. Hola —añade, tendiéndole la mano también—. Soy la madre de Lauren.
—Hola, madre de Lauren —contesta Olivia y sonríe como una vieja amiga: una gran sonrisa, generosa, cómplice—. Todas las plantas de las residencias tienen un equipo de organización —explica Olivia—, formado por una adulta, la tutora, y dos chicas de último año: una supervisora y una instructora.
—Creía que esta era la... residencia de las alumnas recién llegadas —comenta la madre de Lauren, intentando hablar con arrojo el mismo lenguaje que Olivia. Han aparecido unas arrugas gemelas entre sus ojos que forman pliegues en la piel por detrás del puente de las gafas de sol.
—Lo es —confirma Olivia—. Aquí todas las residentes son de primer curso, a excepción del equipo de organización. —Hace una pausa y se fija en el ceño fruncido de Susan—. ¿Puedo contar un secreto? —pregunta, inclinándose un poco más.
Lauren no sabe si la pregunta está dirigida a su madre o a ella. En el segundo que tarda en pensarlo, la que responde es Susan, que también se inclina un poco hacia la chica.
—¿Cuál?
—Decimos que queremos formar parte de los equipos de organización porque deseamos fomentar el «espíritu de comunidad» —dice Olivia, en voz muy baja y sin dejar de sonreír—, pero la verdad es que buscamos vivir más cerca del comedor.
Al oír esto, la madre de Lauren echa la cabeza hacia atrás, suelta una carcajada, estira un brazo y le pone la mano en el hombro a Olivia. Pero durante el breve momento en que la cabeza de Susan va hacia atrás y sus ojos, cubiertos por las gafas de sol, miran hacia las nubes, Olivia le hace un guiño breve a Lauren.
—Pero volvamos a lo nuestro: la instructora es una alumna de tercer curso que imparte seminarios de salud y bienestar de forma bimestral durante la reunión de planta. La de nuestra planta es Tate McKenzie. —Olivia mira por encima del hombro de Lauren para revisar el aparcamiento—. Te la presentaré en cuanto la vea. La tutora de la planta forma parte del personal o del profesorado y vive en el apartamento asignado en cada planta. Es la adulta que se ocupa de cosas como los permisos de salida, la asignación de tareas y pasar lista por la noche.
—¿Y quién es la tutora?
—La nuestra es la señora Daniels. Es la profesora de Historia. —Olivia mira directamente a Lauren—. Es simpática, te caerá bien. Y por último está tu supervisora, que soy yo. Puedes acudir a mí para preguntarme cualquier cosa: instrucciones para llegar a tu clase, más información sobre tus profesores, dónde encontrar la mejor comida coreana en un radio de ciento cincuenta kilómetros a la redonda... lo que sea. Vale. —Hace una pausa, como si tuviera que recuperar el aliento—. ¿Te enseño tu habitación?
Es evidente que Susan Triplett ha quedado completamente encandilada por Olivia. La da la sensación de que ya son confidentes, viejas amigas. Por eso baja la voz y pregunta:
—Oye, ¿sabes algo de lo que dicen esos carteles de la carretera? Esos que hablan... —Baja la voz aún más, hasta que no es más que un susurro—. Del violador.
Lauren se queda perpleja un momento. Se le abren tanto los ojos que siente como si los párpados se le quedaran atascados en los extremos de las órbitas oculares.
—Mamá... —regaña entre dientes.
—Ah, esos —contesta Olivia, estirando los labios para formar una sonrisa tensa y un poco desconcertada—. Resultan preocupantes, ¿verdad?
Susan asiente con un gesto enérgico.
—No sé mucho sobre el tema, sinceramente. No los he visto todavía. Han aparecido esta mañana, creo, y nosotras, las supervisoras, llegamos al colegio hace un par de días.
—Ya veo... Pero ¿has oído algo sobre ellos?
Olivia mira un segundo a Lauren y ella se imagina que esos ojos le están diciendo: «Tu madre se las trae, ¿eh? Ya entiendo por qué has querido venir aquí».
—Mamá —interviene Lauren—. Déjalo ya.
—Oh, no, no te preocupes. —Olivia le dedica a la madre de Lauren su sonrisa más abierta y generosa—. La administración nos ha hablado del tema esta mañana porque creían que tal vez alguien nos preguntaría por ello. Todavía están haciendo averiguaciones, pero tienen previsto enviar una carta a los padres en cuanto dispongan de toda la información.
—Entonces sí que se refieren a Atwater —concluye Susan y la cara de Olivia se contrae un segundo, confusa.
—Bueno... sí. Eso parece, al menos por la fotografía.
En la mente de Lauren aparece una imagen de su escritorio, con la brillante foto reflejando la luz de la lámpara, que ocultaba parcialmente la imagen.
—Pero no sé nada más del tema, aparte de lo que os he dicho —explica Olivia.
Susan Triplett parece contrariada, aunque Olivia sigue sonriéndoles de oreja a oreja a ambas. Cuando ve que la madre de Lauren no insiste con el tema, los hombros de la chica se relajan visiblemente y su gran sonrisa se transforma en una más amistosa. Coge una bolsa del maletero y empieza a hablar sin parar de una serie de expectativas sobre la vida en la residencia (utiliza justo esa palabra, «expectativas»; Lauren tardará en aprender que «expectativa» en Atwater quiere decir «regla»). Las horas de estudio son de siete a nueve. Hay que guardar silencio a partir de las nueve y media, aunque algunas de las chicas se van a dormir antes de esa hora y hay que respetar su descanso. Se pasa lista a las diez los días laborables y a las once los fines de semana. Las luces se apagan a las diez y media entre semana («es un asco, lo sé», comenta Olivia comprensiva) y a las once y media los fines de semana. No se debe vaciar la papelera personal en la de las salas comunes; hay que sacarla a los contenedores de fuera. No se pueden dejar platos sucios en el fregadero de la sala común. Las tareas normalmente se hacen el domingo por la tarde, después de las horas de estudio, y las asigna la señora Daniels.
Aunque los detalles de los que habla son muy impersonales, el tono de Olivia da la impresión de que conociera a Lauren y a su familia desde hace años. Parece escuchar con todo su ser. Cuando no está señalando lugares importantes, sujetando puertas o indicando direcciones, mira a Lauren directamente a los ojos. Ella ya se imagina las conversaciones que tendrán por la noche, bajo la suave luz de las lámparas de sus mesas.
Al pensarlo ahora, Lauren reconoce que, en su escala de prioridades, lo de ir a Atwater le daba un poco igual. Su mejor amiga se iba y Lauren pensó que tal vez ella podría hacer lo mismo. Cuando le habló a su padre por primera vez de lo del internado, él se echó a reír. Pero al darse cuenta de que ella iba en serio, sin dejar de reír, añadió un «ni de coña», para que quedara más claro. Y ese «ni de coña» fue su mayor error: debería haber sabido que su hija había heredado su cabezonería y que negarse a tener siquiera una conversación sobre el tema iba a hacer que una idea fugaz se convirtiera al instante en un Objetivo, con una gran «O» mayúscula. Solicitó plaza en seis internados (no una cantidad que indicaba indecisión como tres, ni tampoco una locura como diez). Cuatro eran internados exclusivamente femeninos. La aceptaron en todos y Atwater fue el que le ofreció la beca más cuantiosa («aunque no es gran cosa», apuntó su padre). Fue su madre la que imprimió de forma muy diligente la lista de cosas que debía llevar y la que fue a los grandes almacenes casi todos los días durante los últimos coletazos del verano para comprar extras de todo (cuatro toallas en vez de dos, seis esponjas en vez de cuatro, ropa interior y calcetines para diez días, packs dobles de pasta de dientes y desodorante y una muy humillante caja de cien tampones). Comprar cosas era la forma que tenía su madre de expresar su amor, aunque eso no implicaba que se llevara a Lauren al centro comercial con ella, ni que fueran juntas a Nueva York para pasar un día de compras, como hacían Grace y su madre, sino que una lista de cosas que suponían tener que gastar dinero era el lenguaje que Susan Triplett utilizaba para transmitir cariño.
Lo guardó todo en la habitación de invitados, donde se acumulaban las bolsas de los grandes almacenes como si fuera Navidad (Lauren y su hermano Max tenían prohibido entrar en la habitación de invitados durante esta época del año). A medida que iban quedando cada vez menos días para ir al colegio (cuatro, después tres y al final solo dos), Susan fue sacando lo que había en las bolsas y organizándolo todo en dos grandes cajas de almacenamiento de plástico con tapa porque, según dijo, eran más fáciles de guardar allí. Lo dijo de rodillas en la habitación de invitados y mientras estiraba una toalla para después doblarla verticalmente en tres partes y al final enrollarla bien apretada, como un saco de dormir.
—¡Bryce! Esta debe de ser tu compañera de cuarto. —La mujer que está en el umbral de la nueva habitación de Lauren es delgada, con unos tobillos finísimos y una piel tersa y radiante. No sabe por qué, pero las pocas arrugas que tiene le parecen a Lauren simplemente perfectas: son solo unos delicados plieguecitos en las comisuras de los ojos y unas líneas curvas apenas visibles a ambos lados de la boca, como unos paréntesis—. Ven a saludar, anda.
—Mamá —dice la chica que aparece detrás de su madre—, no tengo cinco años. Sé cómo saludar a la gente. —Y se coloca al lado de la mujer, apoya la cadera en el marco de la puerta y le tiende a Lauren una mano con una manicura perfecta con la misma seguridad que ha mostrado Olivia en el aparcamiento—. Hola, me llamo Bryce —se presenta.
Muy diferente a Olivia, Bryce sí que es la típica estadounidense guapa y rica. Tiene el pelo castaño liso, una estructura ósea perfecta y unas cuantas pecas muy redondas en la nariz. Aunque muchas de las amigas que tenía Lauren en primaria estaban escuálidas, Bryce es delgada por constitución y esbelta como una adulta.
—Tú tienes que ser Lauren —continúa diciendo Bryce—. Olivia me ha dicho cómo te llamabas cuando nos ha enseñado la habitación. ¿De dónde vienes?
—De Albany —contesta Lauren y, cuando ve que Bryce arruga su naricilla por la confusión, aclara—: Al norte del estado de Nueva York.
Entonces Bryce asiente con la cabeza.
—Oh, genial. Yo soy de Danbury, pero mi padre vive en Chappaqua. Eso también está al norte de Nueva York, ¿no?
—Si eres de Manhattan, sí —exclama Susan desde el pasillo—. Encantada de conoceros. Yo soy Susan, la madre de Lauren.
—Yo me llamo Lillian Engel —responde la madre de Bryce.
Ambas mujeres se estrechan la mano y Lauren siente vergüenza por la mera existencia de su madre. No se la puede imaginar con tejanos tobilleros ceñidos y sandalias minimalistas como a Lillian, a quien se le ve un aire sofisticado que su madre no ha tenido nunca.
—¿Os parece bien que Bryce se quede con este lado del cuarto? —pregunta, señalando a su derecha—. Seguro que no le importa cambiarse al lado de la ventana, si queréis —añade.
La habitación es larga, estrecha y paralela al pasillo, con una cama colocada contra la pared que da al pasadizo y la otra contra el muro exterior, bajo el alféizar de la ventana. Aunque técnicamente están en la primera planta, Lathrop está en una colina y las habitaciones de la parte de atrás del edificio quedan un piso más arriba con respecto al suelo que las de delante, así que, a pesar de estar abajo, Lauren y Bryce tienen vistas.
—Oh, no hace falta. Está bien así —responde Lauren.
—La cama de Lauren en casa también está debajo de una ventana, ¿verdad, cariño? —añade la madre de Lauren.
—Estupendo —contesta la señora Engel con las manos juntas, como si estuviera rezando.
Lauren no ayuda mucho en el proceso de instalarse. Su padre trae las cosas desde donde tienen aparcado el coche y su madre se dedica a desembalar: cubre los cajones de la cómoda con un papel con estampado de flores, encuentra el enchufe que hay detrás de la mesa y organiza los zapatos en hileras perfectas en el suelo del armario. Lillian Engel no se arrodilla para colocar la ropa interior de su hija en el cajón forrado de papel con flores. A Lauren le da vergüenza ver a su madre hacerlo, así que le mete prisa para que acabe de sacar las cosas cuanto antes.
Las normas son las normas: los padres tienen que irse a las cuatro y media de la tarde el día de la llegada, así que a las cuatro y cuarto Lauren está en el aparcamiento junto a su madre y su padre con una confusa sensación de anticlímax. Se dan un abrazo y se recuerdan mutuamente que volverá a casa en unas pocas semanas, en el puente de otoño. La madre de Lauren la rodea con sus brazos durante unos segundos más de lo necesario y se apodera de ella la cínica sospecha de que esa despedida es de cara a la galería. Como no quiere montar una escena, Lauren saca su teléfono del bolsillo y se pone a escribir mensajes mientras el coche va saliendo del aparcamiento.
Acabo de despedirme de Sue y Brett. ¿Qué tal tú?
Lauren espera en el aparcamiento hasta que el coche de sus padres deja de verse, tras desaparecer cuesta abajo por la colina por la que han subido unas horas antes. Como Grace no le responde, no le queda otra opción: vuelve a guardarse el teléfono en el bolsillo de atrás y se dirige de vuelta a la residencia.
Esa noche tienen su primera reunión de planta. Olivia, la instructora Tate McKenzie y la señora Daniels repasan las expectativas de la residencia y las animan para que vayan rompiendo un poco el hielo. Empiezan compartiendo «rosas y espinas»: una cosa que ha ido bien desde que llegaron («una rosa») y algo que no ha ido o no va tan bien. Harán lo mismo todas las noches durante los próximos tres días. La mayoría de las espinas hablan de perderse y la mayoría de las rosas destacan no haberse perdido. Lauren intenta recordar los nombres de sus compañeras: Natalie Howard es guapa, como Bryce, y va todos los días de la semana con ropa deportiva perfectamente combinada; su compañera de cuarto es Brianna Heller, pero como es de Texas, en menos de un mes todo el mundo la acabará llamando «Tex». Macy Grant y Jade Wright comparten la habitación que está enfrente de la de Bryce y Lauren, al otro lado del pasillo, y Lauren piensa que le van a caer bien, basándose en que ellas tampoco hablan mucho en las reuniones.
Al final de la reunión, la señora Daniels inspira hondo y baja el tono para adoptar otro que Lauren reconoce como más profesoral: empático pero firme, educativo y autoritario a la vez. En opinión de Lauren, también es guapa, con la piel clara y el pelo de color rubio miel. Podría pasar por universitaria, con esa sudadera gastada de cuello redondo de la Universidad de Williams.
—Quiero que tengáis algo de tiempo para acabar de colocar vuestras cosas antes de que llegue la hora de apagar las luces —empieza—, pero necesito deciros algo más antes de terminar la reunión. —Mira hacia la sala y se inclina desde el borde del sofá que comparte con Olivia y Tate, que a su vez se echan hacia atrás y fijan la mirada en el suelo, a sus pies—. Es un tema complicado y quiero decir de antemano que siento verme obligada a tener esta conversación con vosotras durante vuestra primera noche en un nuevo colegio. Espero que no reduzca el entusiasmo que sentís por estar aquí, porque os prometo que este es un lugar especial que os va a encantar. —Sonríe. Tiene unos dientes blancos perfectos y al hacerlo se le forman unos diminutos hoyuelos—. Esta mañana, cuando veníais hacia aquí, algunas seguramente habréis visto los carteles de la carretera. Parecen los que se colocan en tiempo de elecciones, pero tienen otro mensaje. ¿Cierto?
Se produce un momento de silencio hasta que alguien se atreve a responder.
—Sí —contesta demasiado alto Tessa DeGroff, por el silencio que se ha adueñado del grupo.
Tessa es de Washington D. C., hija de unos abogados lobistas.
—¿Alguien más los ha visto? ¿O solo Tessa?
Lauren se pregunta si la señora Daniels se sabrá también su nombre. A su alrededor otras compañeras van asintiendo, una tras otra, con leves movimientos de la barbilla y encogimientos de hombros.
—Bien. Voy a contaros todo lo que sé sobre los carteles, pero también quiero que seáis conscientes de que no es mucho. Los colocaron anoche y la administración no ha tenido tiempo de averiguar gran cosa sobre ellos. Lo que sí puedo deciros es que muy probablemente los haya colocado una antigua alumna, no una actual, ni un miembro del personal.
—¿Y es una antigua alumna reciente? —pregunta Tessa.
—No una que se haya graduado hace poco, no —responde la señora Daniels—. Pero hace tiempo una antigua alumna acusó de agresión sexual a un miembro del profesorado con el que se relacionó cuando estudiaba aquí. Y es evidente que no está contenta con la forma en que el colegio respondió a esa acusación. —La señora Daniels hace una pausa y Lauren observa que parece que se muerde la parte interna del labio inferior, porque se curva hacia dentro muy levemente.
—Y... ¿el profesor sigue trabajando aquí?
La señora Daniels tarda un momento en responder.
—La persona en cuestión tiene un largo historial de servicio y dedicación al colegio y a sus estudiantes. No tenemos razones para creer que esa antigua alumna dijera la verdad sobre ese tema.
—¿Y cuándo se graduó esa antigua alumna? —pregunta Daphne Martin, la compañera de cuarto de Tessa, que es de Londres, y como era de esperar, tiene un acento que hace que todo el mundo la adore.
—Me temo que no puedo responderte a esa pregunta. No podemos daros ningún detalle que pueda servir para identificar a la antigua alumna ni al profesor. Sé que os resultará frustrante y confuso, y lo siento. No me gusta la idea de que empecemos nuestra relación de una forma que no sea totalmente transparente.
Al lado de la señora Daniels, Tate se arranca las cutículas, con el dedo corazón apoyado en la curva de su pulgar.
—¿Y qué va a hacer el colegio?
—Por ahora la administración está intentando hablar con la antigua alumna para aclarar cuáles son sus motivaciones y lo que pretende conseguir. Cuando tengan más información, comunicarán a toda la comunidad lo que han averiguado y los pasos a seguir.
Hay un momento de silencio y la señora Daniels vuelve a examinar la sala con los ojos muy abiertos y sin parpadear ni una sola vez.
—¿Fue una violación? —quiere saber Tessa, que tiene los ojos pequeños y muy profundos.
—Me temo que tampoco puedo responder a esa pregunta. Lo siento mucho.
—¿Qué es lo que nos puede decir entonces? —insiste Tessa, con la voz aguda y tensa.
Bryce, que está al lado de Lauren, se inclina hacia delante con los labios fruncidos, evidentemente intrigada.
—¿Puedo decir algo?
Lauren se da cuenta de por qué le resulta tan familiar la voz de Olivia Anderson: suena como la de una política o una presentadora de televisión, firme y con un ritmo muy medido.
—Claro —responde la señora Daniels, sin apartar los ojos de Tessa.
—Este colegio es mi hogar. Hace tres años yo estaba sentada en esta misma sala común, escuchando a mi supervisora, Delaney Mathis, contarnos todo lo que íbamos a encontrar. Y no se refería solo a las clases y los deportes, sino también a esas tradiciones que a mí me sonaban tan exóticas al principio —Olivia mueve las manos al hablar y cuando dice «exótico» alarga la primera o—, como el ritual de los anillos, el festival de otoño, la velada navideña o el día de los fundadores. —Se detiene y en su boca se forma una sonrisa casi nostálgica—. Recuerdo que la única que me resultó familiar fue el baile de fin de curso. Tuve la impresión de que acababa de aterrizar en un mundo de fantasía, ¿sabéis? Me pareció que tenía que aprender todo un nuevo lenguaje para sobrevivir aquí.
Lauren ya ha empezado a entender el código que usan en Atwater: Trask es el edificio de Arte; Avery, la biblioteca; la mayoría del profesorado vive en el alojamiento habilitado para ello dentro del campus, que denominan Profesoralandia. Las novatas viven en Lathrop y las de cuarto en Whitney.
—Lo que quieres decir es que Atwater es mágico —añade Tate.
—Bueno, se supone que ahora soy una estudiante guay de último año que está de vuelta de todo y no quiero destrozar mi reputación, pero...
—Oh, no te preocupes, nadie piensa que seas guay —bromea Tate con un guiño.
Olivia extiende la mano hasta el otro lado del sofá y le da un empujoncito en el hombro a la instructora. Tate finge que el golpe es peor de lo que ha sido en realidad y se deja caer sobre el brazo del sofá que tiene al otro costado. A su alrededor, las compañeras de clase de Lauren ríen un poco, nerviosas, razonablemente seguras de que ellas también están incluidas en la broma, que solo funciona porque Olivia es obvia e inalcanzablemente guay.
—Pero sí —continúa Olivia—, lo que quiero decir es que siento que vuestra primera noche aquí no haya sido como cuando Harry entra en el andén nueve y tres cuartos, porque eso es lo que os merecéis.
Sentada entre las dos estudiantes de último año, la señora Daniels descruza las piernas y apoya los pies descalzos, cubiertos solo con unos calcetines, en la alfombra.
—Sé que esto puede ser difícil de procesar y quiero que sepáis que estas dos —extiende los brazos a ambos lados del sofá y señala vagamente a las dos chicas que la flanquean— están aquí justo por esto. —La señora Daniels hace una pausa.
—Bueno, no exactamente por «esto» —aclara Tate—. Más bien para este tipo de procesamiento socioemocional.
Lauren se pregunta dónde podía aprender alguien una expresión como esa («procesamiento socioemocional») y al instante lo comprende: aquí. En Atwater.
—Sí, eso es lo que quería decir. Si algo de lo que acaba de ocurrir ha despertado cosas en cualquiera de vosotras, quiero que sepáis que mi puerta está siempre abierta —asegura la señora Daniels.
—Y también la mía —añade Tate.
—Y la mía. Aunque ahora mismo no, porque me voy a dormir.
Toda la sala suelta una carcajada.
—Lo digo en serio —insiste Olivia, y esta vez se ríe incluso Lauren.
Esa noche, Lauren permanece un rato despierta en la cama, con el cuerpo alerta por culpa de los ruidos de su nuevo hogar. El cordón de la persiana se mueve por la brisa de finales del verano y las lamas de plástico repiquetean suavemente entre ellas con un ritmo demasiado irregular para poder ignorarlo como si no fuera nada más que ruido blanco; se oye movimiento por los pasillos y se ven sombras impersonales cruzando la luz que se cuela bajo la puerta. Intenta imaginarse ese lugar como uno donde alguien puede violar a una chica, aplastándola contra la cama y poniéndole una mano para cubrirle la boca y amortiguar los gritos. Al rato sus oídos detectan el chirrido de las cigarras, que suenan como las carracas baratas de las jugueterías o como las maracas más diminutas del mundo; es la misma sinfonía nocturna que oye en el norte del estado de Nueva York y con ella de fondo consigue dormirse.
Los tres días que preceden al comienzo de las clases se denominan «semana de bienvenida». Es una mezcla de orientación, actividades para relacionarse y también, para las alumnas que practican algún deporte de otoño, el momento de comenzar el entrenamiento de pretemporada. Lauren hace su examen de evaluación de francés y consigue una nota perfecta, adecuada. Entra en el equipo de hockey sobre hierba, pero el de Atwater es obviamente mucho peor que el del colegio público de su localidad, así que no logra sentirse muy triunfante. Ya lo sabía cuando solicitó la plaza allí (que el punto fuerte de Atwater no son los deportes; los mejores en eso son los colegios mixtos de New Hampshire y Maine, que siempre buscan alumnos ya graduados para sus equipos de fútbol, hockey y baloncesto) pero, aun así, la falta de talento que ve durante las pruebas le resulta alarmante. «Es un tópico, ¿no? Eso de que las escuelas femeninas no son buenas en los deportes», piensa mientras ve a Chloe Eaton pifiarla en un tiro libre. Pero esa idea es demasiado compleja para analizarla en medio de todo lo demás que está pasando, así que la aparta del resto de sinapsis de su cerebro.
La tarde del segundo día practican un juego con unos pollos de goma. En el exterior, en el estadio, se organizan en círculos según la planta en la que viven. Las supervisoras distribuyen unos pufs blandos entre ellas y comienzan con dos en cada círculo; y las chicas de cada planta se van pasando los pufs siguiendo las reglas que marca Olivia: no se puede entregar a ninguna de las personas que tienes al lado, ni tampoco a la misma que te lo acaba de pasar. Y antes de soltarlo tienes que decir el nombre de la persona a la que se lo vas a dar. Cuando los toca, Lauren nota los pufs húmedos y llenos de polvo. Son la primera cosa sucia que ha tocado en Atwater. Olivia les da un par de minutos para que le cojan el tranquillo y Lauren se fija en que se lo van pasando siguiendo más o menos un patrón (ella lo recibe de Jade Wright, al otro lado del círculo y a su izquierda, y se lo pasa a Daphne Martin, que está a su derecha) hasta que Olivia le tira sin previo aviso un pollo de goma a Natalie Howard, que, sorprendida, deja que el muñeco se estrelle contra su pecho y caiga al suelo. Macy Grant, que había cogido la costumbre de lanzarle el puf a Natalie, intenta frenar el pase cuando ya tenía el movimiento a medias, y eso provoca que el puf dibuje un arco demasiado corto y caiga en medio del círculo.
—¡Ay! —dice, avergonzada.
—¡Regla nueva! —explica Olivia—. Cuando yo os tire un pollo de goma, tenéis que cogerlo y devolvérmelo a mí, que estaré fuera del círculo. Y voy a añadir más pufs.
Se miran entre ellas, entornando los ojos por culpa de los rayos oblicuos del sol de la tarde, todas un poco nerviosas y ninguna queriendo ser la siguiente Natalie (ni la siguiente Macy tampoco, la ve
