Introducción
Este ensayo se enfoca en la “y” del título, esa conjunción copulativa que une materiales fuera de control como la literatura “y” la astrología. Es acerca de todo lo conjunto, de las continuidades adentroafuera; la “y” como enlace, puente, diálogo y cópula1 de sujetos disímiles. Incluso trata la “y” como un agente de transición hasta su caída en desuso al “compostar las palabras”, como proceden Donna Haraway2 o Xul Solar al acuñar neologismos —a inicios del 1900— como “androdendro” o “man tree”: “hombre fundido en árbol”, que era parte de su gramática multiespecista. La “y” es un signo lingüístico capaz de establecer vínculos, pero, como metáfora para hablar de eso del medio, ni lo uno ni lo otro, no alcanza. La astrología misma es una serie de metáforas que hemos ido haciendo para traducir la relación íntima entre las estrellas y lo que ocurre en la tierra, y se ubica justo en la intersección entre la persona y el cosmos, por fuera del horizonte cultural hegemónico. Este ensayo se opone al vaciamiento del cosmos como vestigio de la visión antropocéntrica que crea un mundo de separatividad, cosificación y dominación. Contradice la existencia de un sujeto aislado, incluso la existencia de sujetos y objetos, y abona una realidad en la que la Naturaleza misma es “sujeto de derechos”, una visión del mundo sostenida en un diálogo primordial e inteligente de sujetos con sujetos3. Quiere acercar una visión poética, no totalizante, de la carta natal como un código natal4 que se despliega en un sistema biosférico5: una esfera donde todo lo vivo sucede; pero pone el foco en las indiscutibles interacciones, ya que son ellas, y no las cosas, la potencia misma de todo sistema. El arte, la literatura son también signos de representación que entrañan complejas interrelaciones internas y externas. Son un derecho estético de sentir, pensar filosóficamente, tener visiones animistas para vivificar lo inerte, ser transindividual, enloquecer de amor y tener una efusión cósmica. Sin que todas estas posiciones transversales sean colonizadas e institucionalizadas. Solo esperemos que la imaginación no se haya quebrado en la infoesfera6 para que sea posible asimilar esta y otras metáforas como superíconos de una conciencia colectiva en expansión.
Este libro ensaya una visión cosmogónica de las relaciones y cómo esas visiones del mundo crean mundos7. Intenta reponer la visión celeste sofocada por el brillo artificial del cielo nocturno8 de la civilización global. La Vía Láctea y las constelaciones fueron empujadas al fondo oscuro detrás del artificio de las noches iluminadas y la vista corta se inclina ahora sobre las pantallas; no hay nada para ver en el cielo una vez oculta la galaxia. En cada crepúsculo, el automático lumínico global se enciende y sofoca las raíces celestes de los pensamientos.
Dialogábamos con el cielo y en cierto momento necesitamos organizarlo. El Zodíaco se diseñó desde el corazón del mito, para una práctica esotérica a la vez que de racionalidad matemática. Esas mentes tempranas de la humanidad no dividían lo externo de lo interno, el cielo de la tierra. Las constelaciones, que trazan un movimiento circular (elipse)9, son animales antropomórficos proyectados en la noche que atravesaron sin resistencia la línea ilusoria del horizonte y englobaron los reinos, incluso el de las herramientas que luego fueron el reino de las máquinas y la cibernética; las personas —como activos signadores— sostuvieron las estrellas por un momento entre sus manos para soltarlas de nuevo al cielo. De esos sabios matemáticos-astrólogos de la Mesopotamia, filósofos de la naturaleza, que incluían esa visión cosmogónica obtuvimos la tradición astrológica, es cierto que hubo un tráfico constante de textos y conocimientos entre Oriente y Occidente. La primera carta natal que se conoce data del 400 a. C., ¿y la última? Resistió el determinismo, resistió la psicología del yo, y fue naciendo a una reflexión filosófica. Los dioses del Zodíaco articularon lo natural, lo racional y lo espiritual como representación de un proceso de pensamiento. Pero la separatividad aristotélica de las esferas celestes y las ciencias como dioses inmunes al mundo sublunar atávico, telúrico y emocional de la experiencia humana crearon una trampa bipartita. “La Gran División Interior creó la Gran División Exterior”10 y de esto debemos dar cuenta. Ese desfase crónico le dio carácter de verdad última a la línea divisoria y mortal. El binarismo siempre es daño: cielo/tierra, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, yo/lo Otro. Se extendió como una calamidad demencial y la autonarración de prevalencia, sea al interior/exterior de una persona o de quienes se ubiquen a un lado u otro de la línea (muros, alambrados y fronteras), trajo la lógica de explotar y exterminar, implantando en el adentroafuera el dolor por las diferencias. En La guerra de los mundos, H. G. Wells cuenta que mientras el protagonista le describe a la mujer los signos del Zodíaco y señala Marte, llegan a la Tierra unos seres extraños y se activa el “sueño de exterminar todo lo salvaje”, el sueño del relato civilizatorio.
En este libro confluyen el filósofo italiano Giorgio Agamben, cuando señala que haber puesto en relación los “cielos” de la inteligencia pura con la “tierra” de la experiencia es el gran descubrimiento de la astrología, y Aby Warburg11, que piensa la experiencia humana como una vibración pendular que no deja de recorrer, a diferentes velocidades, los distintos polos. También suma al repertorio de parentescos raros12 a Isabelle Stengers13 con la cosmopolítica, que integra la naturaleza y lo no humano al análisis de las relaciones, por lo tanto, a la política, en “un cosmos, un mundo común”, para seguir los hilos de lo que está tejido junto, incluso la vibrante vida celeste. A cambio, el monocultivo de una identidad modélica y central tiene como destino sofocar la diversidad y las interrelaciones de todo sistema; como un narrador que atrapa las piezas, cualquier pieza, para que encastren en su trama única a riesgo de repetir siempre el mismo relato sofocando la creatividad.
El ensayo propone una práctica de traducción de un sistema en particular, representado por la carta natal para llevar la identidad encapsulada hacia su potencial a través de un estallido “monádico”14 que permita una libre circulación de la vida y un pasaje del yo a lo común. En la humanidad, este estallido aún no se produce y los dioses tecnocráticos hacen minería de datos para extraer y liberar a la atmósfera “el odio que es una perturbación del diálogo”15. Con la mitad de la fuerza ejercida para separar-se, o solo con dar off al motor de la desunión como a un simple interruptor de luz —interruptor del ritmo noche día con su continuidad lumínica—, se desvanece esa construcción narrativa. Sucede la aparición de todo lo viviente, del cielo oscuro lleno de estrellas desvanecidas en las redes artificiales, al estilo de Felisberto Hernández16: “No creo que deba escribir lo que sé, sino de lo otro”. En estas páginas se sostiene la observación de cómo la mente sensible artística es capaz de cartografiar una visión cosmogónica e inaugurar un pasaje a lo extraño, que sin embargo ya estaba allí. Cuando el yo subjetivo se expande, puede ser magnetizado por lo que llamamos amistad, amor, colectivos, comunidades, sin olvidar las relaciones con los otros reinos. Las fronteras de la autonarración se levantan, no solo ante lo distinto sino ante lo que “nos sucede” y denominamos destino.
Los gestos de este ensayo postulan la vida textual y artística como una parte de las expresiones que se despliegan en intervenciones que ocurren en la vida misma, tanto como la “vida” no es otra cosa que la continuación de la obra y ocurre en la misma existencia. Pero una vez recopilados textos, entrevistas, libros y cuadros, lo que activa esta lectura son las relaciones. Son los vínculos los que producen una vida y obra expandida. Además, este libro ensaya una práctica para el arte, la literatura y la astrología —abreva en la ciencia ficción que es la hermana anárquica de la filosofía—, de cómo tender un puente sensible para habitar un nivel dimensional más complejo. Narradores y traductores del lenguaje astrológico desarman los límites donde está confinado el “yo” y lo magnetizan a un universo relacional distinto en el que personajes humanos o no humanos, botánicos y animales, también alteridades, dioses y arquetipos de tiempos pasados y futuros crean evocaciones estéticas. Una acción al estilo del “belartes” de Macedonio17, donde el “desvanecimiento del yo” (también del yo autoral) encienda una empatía hacia ese universo rizomático y no vuelva a ensimismarse en una única burbuja-pantalla de pensamientos. Tal vez la existencia esté, lejos de toda división, entre lo real y lo extraño, representada en la “metáfora” que es la unidad metafísica del belartes macedoniano.
Este género literario conectivo no puede sustraerse del contexto movilizado por inconmensurables sucesos políticos, sociales y ecológicos entre los que se cuentan la pandemia, la guerra por los recursos energéticos y el espectacular aumento de la temperatura global y de los incendios. La humanidad lucha por prevalecer sin cambiar nada y agota aún más el sistema biosférico que habitamos. A partir de 2019/2020, Plutón y Saturno, dos dioses potentes, se juntaron en el cielo desde enero de 2020 en la constelación de Capricornio, en un gran evento astronómico llamado conjunción. Esos dos planetas resultaron un espejo celeste que muestra el estado de nuestro rostro terreno: una sociedad desigual en un mundo roto. La burocracia claustrofóbica, el confinamiento y la muerte, la humanidad y la naturaleza esclavizadas, el ecocidio sujeto al capitalismo fósil, además de las convulsiones sociales y las experiencias de límite, podrían sacudir lo conocido para una experiencia socioambiental renovada, pero el rezo íntimo e institucional de “no cambiar nada” signa la cristalización de Saturno como refuerzo de lo establecido, y la potencia de Plutón como fuerza arrasadora de toda construcción humana. Aparecen como dos arquetipos inmóviles: el orden (Saturno) versus el caos (Plutón)18, que ratifican la separación con la naturaleza (el caos), apresurando el colapso, signado por el impulso ciego o deliberado de cavar hacia el centro de la Tierra, con más tecnología y más dinero para sacar a la superficie materia de las memorias fósiles con la grave consecuencia de despertar el fuego de la extinción19. Cada vez más cerca del magma profundo donde se escucha el aullido de voces humanas. También volvieron con inusitada violencia las versiones contrapuestas de la ciencia y las elucubraciones extrañas. La xenofobia y el retroceso de derechos es una cruenta respuesta a la pérdida del control. Pero esa conjunción planetaria además adhiere un sentido a la transición caótica a la que debemos tomarle el ritmo. Eventualmente abre una vía que exige la combinación de las esferas, de manera gradual o explosiva. ¿Podremos integrar el cielo del conocimiento con la sensibilidad telúrica? Como una forma particular de inteligencia, lejos de la polarización occidental que es en definitiva un fracaso vincular. Las identificaciones personalistas nos impiden acceder a una dimensión universal de los sucesos: qué mundo está en juego, cómo se narra a sí mismo, y cómo se pueden relacionar las multiversiones. En este mundo al límite del caos la astrología, la literatura y el arte son portales entre lo real y lo mistérico. Y vuelven a hablarnos.
DE CARTAS, MAPAS Y CÓDIGOS NATALES
Somos cielos territorializados. La astrología ilumina el cielo del momento en que nacemos y, en sus cálculos, aplica las coordenadas geográficas del lugar donde respiramos por primera vez en este planeta de tierra, agua, fuego y aire, que nos recuerda que somos parte del ritmo del universo. Pero dibujar esos mapas del cielo en la tierra como cartógrafos que ubican arquetipos en ciertos grados y angulaciones para luego recorrerlos, esas prácticas de los antiguos cosmógrafos, resulta en mapas fijos de una sola dimensión. Ahora podemos desplegar códigos biológicos y de información. Esos códigos son mapas dinámicos con transformaciones continuas que se irán desplegando. Cada código natal (la carta natal) se conforma de elementos comunes a la humanidad, a la vez que es único y se representa de forma circular en un sistema bioesférico, porque expresa sus relaciones sistémicas. Es el cielo en la tierra que aparece reflejado en una organización particular pero no excluyente; en un sistema abierto, interconectado con otros.
LOS CÓDIGOS HABLAN
La astrología suele tener una lectura tradicional desde el centro del sistema Sol-Luna-ascendente, un código natal que permite una descripción básica en su interpretación. Sin embargo, cuando la voz vibrante del resto de la información biosférica sígnica también habla, opera contra el consenso del “yo” como identificación y del Antropoceno. Da voz a lo externalizado, al margen, a la sombra de lo erigido como luz y activa el potencial de esa misma información. Más allá del “texto autobiográfico” generado por la identificación y los mecanismos de la cultura, aparece el no-texto, signado como el reino de los elementos que enloquecen y son asustantes cuando se manifiestan tanto en la selva interior como en la naturaleza selvática exterior. Es entonces cuando el código natal florece.
LA HUELLA LUNAR
Existe una huella de quienes nos precedieron que también influye en la carta natal, tanto como las lecturas que nos anteceden se cuelan en nuestro texto semilla como textos externos que producen cambios. Las configuraciones astronómicas y la experiencia humana fundan mitos engarzados en los signos astrológicos, esos arquetipos y patrones continúan operando sobre lo real, no como decreto cósmico sino como faros de potencialidad. Aunque ahora hemos creado nuevos dioses tecnocráticos o capitalistas más indiferentes a dialogar. Al interior de la carta natal, el “yo soy”, como texto propio, suele quedar subsumido por la memoria de la infancia —como un dictado escolar—, representado por el símbolo de la Luna. Ese satélite tan cercano, tanto a la Tierra como a la poética, simboliza la función de crianza pero también el mecanismo de la eterna repetición. Es siempre el mismo texto, un refugio emocional al cual volver, sea este doloroso o amoroso, pero al menos reconocible. Si no descubrimos el talento oculto en la Luna como función —a diferencia de la identificación enraizada en solo un puñado de significados—, esos movimientos recursivos impedirán tanto el despliegue del código natal como la interacción creativa con la Tierra y sus habitantes.
UN DIÁLOGO ENTRE DOS LENGUAJES
Todo lenguaje es una biosfera semiótica, un sistema de signos unidos a significados que florecen al comunicarnos. Cuando la cultura se autodescribe intenta modelizar un lenguaje secuencial que separa y civiliza, y olvida, pero precisa la capacidad de evocar para adherir un sentido a esos signos. La inteligencia colectiva no es solo la memoria, puede producir nueva información muchas veces a través de textos inestables como la literatura. La gramática astrológica conforma un lenguaje simbólico, símbolos condensadores que atraviesan el tiempo renovando su sentido. Es un sistema de pensamiento regenerativo, que activa el texto de la carta/código y se integra con otros. El lenguaje astrológico es un “lenguaje de conexiones”, como señala Eugenio Carutti. El alfabeto simbólico de la astrología tiene una estructura vincular, está definido por las relaciones conectivas y operantes multidimensionales. Une opuestos complementarios, y atraviesa la lógica del adentroafuera, dando continuidad entre la persona interior y el mundo exterior. Revela un mundo animado lleno de signos a los que se adhieren sentidos.
LEER SÍMBOLOS, CREAR MUNDOS
La lectura de la carta natal alcanza el carácter de signatura, que, en términos de Paracelso, es “la ciencia a través de la cual todo lo que está oculto es descubierto y sin este arte no puede hacerse nada profundo”. La signatura es más que la relación entre el signo y el signador, quien le adhiere un sentido —por ejemplo, los antiguos signan a Venus como representación del arte—. La signatura como práctica une lo celeste y lo humano, insiste en esta relación, pero también la inserta en una nueva red de relaciones de interpretación multidimensionales, así Venus será, además, un signo que oculta potencialidades. Es la diosa botánica, es también Afrodita, la diosa sexualizada desterrada del panteón hegemónico, pero Venus es sobre todo el amor inseparable de todo sistema de relaciones de representación. Venus —como todos los planetas— se encuentra entrelazado al interior de la carta natal en aspectos con otros planetas, regencias, ubicación en casas, elementos, y la signatura denota que puede ser “animado” en su interpretación como operadores para comprender las relaciones de las relaciones, sistemas dentro de sistemas. Es el viraje interpretativo hacia lo que enlaza, hacia la “y”, ya que no hay un sujeto aislado con un destino individual, y solo podremos devenir-con20.
Tal como una frase conduce a un significado arbitrario, también los signos astrológicos son sensibles a su interpretación. El lenguaje simbólico de la astrología dialoga con la metáfora, con la lengua poética al interpretarla, y la literatura se sirve del mundo simbólico en su creación. Los dioses planetarios son arquetipos que siguen respirando en las narraciones. Trazan viajes heroicos y pulsan con sus figuras animalistas siguiendo antiguos patrones al moverse en la trama. Autores como Borges o Pizarnik perciben esos arquetipos y los acercan en la lectura. Así, la carta natal procesa y genera información y comparte el sentido dimensional de un texto literario, que es además una compleja maraña de relaciones internas y externas. Es en este sentido que el lenguaje astrológico y la literatura pueden operar como la signatura al sacar el foco de los signos unívocos y modelizantes, y ser traductores activos de símbolos para una comprensión que une y profundiza lazos incluso atemporales. Un principio de conexión para una acción cocreativa con las fuerzas universales.
LUCES Y SOMBRAS DEL RELATO QUE NOS CONTAMOS
Toda biosfera, donde “lo vivo” se desarrolla —incluso el lenguaje—, tiene un sistema particular de equilibrio, pero una parte del todo (la ilusión autopoiética, el relato de “yo soy así”) busca controlar el resto. Tal como el brillo tecnológico quiere desplazar la noche y ese umbral lumínico dar la ilusión de posponer incluso la muerte, quebrando la inscripción biológica21 del ritmo celeste; si nuestra realidad psíquica y atmosférica se limita “a la luz”, será un solo punto de vista artificial el que prevalece. Si cada vez es el día, ¿dónde se guarda la noche?
En una narración autobiográfica u otra ficcional clásica, cuando un protagonista toma la voz, la trama y los personajes se ordenan a su servicio de acuerdo con ese imaginario, con solo un manojo de receptores sensoriales emocionales y culturales. El cuento que nos contamos se titula “yo soy así” y activa el principio de exclusión. Aunque todo movimiento social también precisa de un relato, narrativas que podrían ser arbóreas y polifónicas resultan limitadas a una estructura fija y la regeneración propia del sistema de nuevos sentidos parece detenerse. Pero somos ecosistemas vinculares y es cuando la noche se hace presente que la llamamos “destino”.
El despliegue vibrante y poético de la carta natal y de la literatura puede brindar en su lectura pistas para desarticular el relato parcial, desarmar esa frontera semiótica y producir nueva información. Ese descentramiento se percibe desestabilizante y enrarecido, zonas opacadas del código natal son percibidos en la mente sensible del artista cuando se activan al acoplarse con otros códigos para el reequilibrio del sistema. Esas conexiones que se despiertan, hermosas o terribles, son a veces explosivas y producen un texto extraño. “Hablo con la voz que está detrás de la voz”, dice Pizarnik. En Borges, la tensión del narrador consciente oscila entre lo personal y omnisciente, como en el cuento “El otro”, difumina fronteras del sí mismo al sostener la paradoja que es la transgresión del límite sagrado con el autor, Borges y Borges dialogan, se vinculan rompiendo también la temporalidad.
SINASTRÍA
La palabra sinastría está compuesta por “más” y ástron, que significa ‘estrella’, por lo que esta antigua técnica de comparación de cartas natales entre dos o más personas puede entenderse como “juntar estrellas”. Cada “estrella activa” interactúa en un campo magnético, transfiriendo y recibiendo energía, como una metáfora de simpoiesis22 en un “campo estelar-vincular”. Habrá “aspectos” en los vínculos, trazados en el código natal por distancias angulares, que generan mayor tensión o fluidez. Un dinamismo entre luminarias en un campo magnético en el cual ya estamos inmersos. Si bien mi análisis no se sujeta a esta técnica, sí se nutre de ella.
Es interesante que el prefijo “sin” de sinastría, que es equivalente a “sim”, nos abra al campo actual de la sim-poiesis: creación conjunta, colaborativa. Donna Haraway utiliza el prefijo “sim” en el libro Seguir con el problema. En el relato final, “Las historias de Camille”, los “sims” son personas simbiontes que recibieron paquetes de genes animales en extinción. Estas aproximaciones literarias-biológicas tienen su origen en la “sim-biogénesis”, teoría de Lynn Margulis acerca del origen de la vida a partir de la “simbiosis” de distintos linajes, y no la lucha de garras y dientes de la saga evolucionista del darwinismo social. Por el contrario, nuestra historia de la creación, según Margulis, es una historia de bioamor, en cooperación y como parte de la biosfera. Piotr Kropotkin, el pensador anarcocomunista y naturalista, publicó un libro en 1902 donde concluye que existe un reconocimiento semiinconsciente de la fuerza de la “dependencia estrecha” en la evolución. Se tituló El apoyo mutuo. Es el autor a quien Ursula K. Le Guin retoma en su novela anarquista Los desposeídos. El devenir es “con” o no habrá devenir, dirá Haraway, a veces en combinaciones que resultan inesperadas para ese “yo” recortado.
TURBULENCIAS
Percibimos la turbulencia de la cultura homogénea, pero como nada se autoproduce en el sentido individual, más bien ese devenir podrá leerse en lo vincular. Al seguir los hilos del código natal desplegado en la biosfera, veremos un sistema dinámico, una representación activa donde nada ni nadie queda afuera. La astrología no demanda creer en ella o no; no opera como un decreto cósmico. Es más bien una perspectiva de un sistema con toda su complejidad, una óptica dinámica que revela el bosque completo de una vida en el dianoche. En el Zodíaco polifónico puede leerse el descentramiento en favor de una mayor belleza e inteligencia compartida. Tal vez, la renovada atracción por lo fantástico y la ciencia ficción, la ecoficción y la ficción climática (cli-fi) y la emergencia de la poesía radiquen justamente en el estallido de las esferas: el pasaje a la atmósfera de lo inadmisible que, sin embargo, ya estaba presente, y que la astrología puede signar. Cuando se iluminan energías opacadas de la carta natal, la autonarración se excita y pierde el equilibrio para dar espacio a la creación conjunta. De tanto en tanto, también en la literatura ocurre la ampliación de la frontera semiótica al entrar en contacto con un texto ajeno, a veces en una interacción imprevisible provocando caos y fluctuaciones creativas. Cuando el no-texto se vuelve texto, la vida se pone curiosa.
Este ensayo se desubica de los conocimientos formalizados e invita a dialogar con lo desconocido; ya que la astrología no hace profecías, pero sí vuelve legibles las potencialidades. Sus significados y funciones están llenas de sentido como una representación simbólica de una cosmogonía que no supone fronteras. Leer la interconectividad de la vida de un o una artista con el entorno y la obra, desde sus identificaciones dominantes, es un procedimiento que hace la astrología. Ese procedimiento se expande cuando los códigos natales se entrelazan. Después de todo, el mundo es de relaciones, más que de personas.
EL LIBRO
“Signos
uniendo fisuras
figuras sin definir”.
GUSTAVO CERATI
Este libro experimenta con materias fuera de control. Pero ¿qué hay al interior mismo del ensayo? Como sugiere Roland Barthes, existe el peligro de escribirse, porque las obsesiones van quedando a la vista. Virginia Woolf escribe acerca de la enfermedad y se delata en la hipótesis de un estado estupefaciente al enfermarse, como una droga legal; y este escribir supuso exponer un estado alucinado de la infancia. Vio la niña —una subjetividad encarnada— “hilos de colores” que unían entre sí a las cuatro generaciones que habitaban la misma casa. Desde cada persona de la familia surgían esos entramados deslumbrantes. Esa era su “enfermedad”, pero también su “estupefaciente”. Reprodujo adictivamente su visión con los restos de lanas de colores del tejido de la abuela al atar hilos en las bisagras y picaportes hasta crear el entramado que la calmaba. Más adelante quiso reponer ese mirar alucinado de interconexiones en performances adultas, grupales; en inmensas manifestaciones callejeras colectivas, escritos colaborativos y experiencias psicodélicas para conseguir más de “eso” que enlaza. Hasta que debió admitir que la visión de lo del medio está ahí, permanece impreso en sus retinas. Es su obsesión y su utopía. Surgió en la primera infancia e inundó su lenguaje. Pero un ensayo nunca se completa, tampoco las utopías.
En estas páginas se mezclan conocimientos académicos con saberes intuitivos, desclasados. Retrospectivos y futuros. El tema es doble, pero signa como sujeto a la “y”, y se torna triple al ser conectivo de repertorios dispares y libres. El tejido que ve la niña, la joven, la adulta no da con ninguna talla, porque no hay alto ni bajo, ni tampoco centralidad. Ensaya una reflexión inestable del estado cósmico de nacimiento y de la dinámica de las relaciones.
El glosario que se encuentra al final del libro es astrológico, sistémico y ecológico. Permite realizar el balance de elementos, entender el significado de “las casas” y encontrar “palabras clave” acerca de planetas y signos.
1 “Cópula” insinúa vínculo o unión, y su significado es conexión o lazo que une dos cosas distintas. Una cópula describe la estructura de dependencia entre las variables. Hay cópulas mate
