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Andrea Ferrari

Fragmento

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Foto 1
1991 (nacimiento)

Ya sabe que no va a poder conciliar el sueño. De todas formas, Renata cierra los ojos y durante unos minutos lo intenta. La puerta mal cerrada deja entrar el ruido hospitalario: pasos, murmullos, carros que chirrían, un quejido lejano. Aunque el peor ruido es el de su cabeza.

A un lado de la cama está el moisés donde, después de un llanto que se le hizo eterno, finalmente se durmió Vera. Se incorpora y la mira otra vez. La suave línea de los labios, el pelo oscuro, los diminutos puños cerrados. Confirma que la respiración es constante y vuelve a acostarse.

Se siente rara, menos feliz de lo que había imaginado. Quizás sea el cansancio y los analgésicos. O algo más, una inquietud vaga que no consigue definir. Por un momento tiene la tentación de sacar a Vera del moisés y volver a apoyarla contra su pecho, tocarle la piel delicada, hundirse en el olor a recién nacida. Sería estúpido, por supuesto. Su cuerpo necesita desesperadamente cada minuto posible de descanso, pero la cabeza no le da respiro. El día es como una película que se reinicia en su cerebro una y otra vez. Desde la mañana. La sensación de incomodidad que la asaltó, las molestias en la espalda, esa fatiga. Y de pronto el sacudón, unas contracciones que aumentaron de frecuencia demasiado rápido y doblaron su cuerpo en dos mientras pensaba, con la absurda sensación de haber sido estafada, que eso no debía ser así, que el médico había dicho gradual y lento, mierda, que venían muy seguidas, mierda, mierda, mierda, que estaba saliendo todo mal.

Isabel tardó solo quince minutos después del llamado, pero fueron minutos interminables, con las peores pesadillas bailando en su cerebro: no llegaría a la puerta, iba a parir en el suelo de su casa, en medio de un charco de sangre, despatarrada y sola. Por un momento, en la cresta de una contracción, hasta pensó en Daniel, en cómo sería tenerlo ahí, sosteniéndole la espalda, susurrando palabras de aliento en su oído. Pero cuando la ola de dolor se replegó volvió a aferrarse a la decisión que la había sostenido todos esos meses, no hay vuelta atrás, querida, no tiene sentido fantasear boludeces, movete de una puta vez.

Aprovechó los segundos que duró la calma para buscar el bolso, bajar a la calle y lanzarse al auto en el instante en que frenó, bañada en transpiración y en unas lágrimas que, juró, eran de alivio, porque ya no estaba sola, iba a llegar. Pero no habían hecho ni diez cuadras en el tráfico lento cuando sintió brotar el líquido entre sus piernas y pensó con horror que se había hecho pis. No, no, su hermana tocó bocina, rompiste bolsa, no te preocupes, y ella solo podía pensar en que le estaba arruinando el tapizado. Después la llegada a la clínica, la camilla, el traslado corriendo a la sala de partos, las caras de alarma hasta que apareció el médico y le apretó la mano, todo va bien, dilatación completa, ya estamos ahí.

Fue rápido, tres pujos y afuera. Y al final lo mejor, cuando pusieron a la beba en su pecho, abrió grandes los ojos y la miró (¿la miró o se lo estaba inventando?). En todo caso ella los miró. Eran verdes los ojos de su hija, enormes y verdes.

Vuelve a incorporarse y la observa un largo rato, hasta que pierde noción del momento en que empieza a soñar. De ese sueño luego solo va a recordar una sábana floreada y un llanto inquietante.

Se despierta cuando oye el quejido y mira el reloj: pasó casi una hora. Isabel está junto al moisés, moviéndolo suavemente. Se vuelve y le sonríe.

—Seguí durmiendo, yo me ocupo.

Cuando el llanto se intensifica, su hermana saca a Vera del moisés. La acomoda delicadamente entre sus brazos y la mece, con una naturalidad envidiable. Quizás tendría que decirle que se la pase, piensa Renata, pero está cansada, tan cansada.

—Qué bien que lo hacés.

—Aprendí en la época en que me tocaron las prácticas en Neonatología, ¿te acordás? Al final de la carrera.

—¿Hiciste los llamados?

—Hice varios. Alfredo va a llegar en una hora. Dijo que viene con Sara, ¿está bien? Igual no se van a quedar mucho.

—Sí, está bien.

—También hablé con Emilia. Estaba como loca, quería venirse ya mismo, le pedí que te dejara descansar un poco. Ella se ofreció para avisarles a tus otras amigas.

Renata sonríe.

—Seguro caen en malón. ¿Y llamaste a los viejos?

—Sí. —Su hermana camina para aquietar a la beba y sus ojos la rehúyen—. Hablé con mamá.

—¿Qué dijo?

—Preguntó si necesitabas plata.

—¿Eso fue todo?

—Comentó que está muy resfriada.

La enfermera dice que todo es normal, el dolor en los pezones, la leche que no termina de fluir, la inquietud. Igual, Renata no puede sacarse de encima la impresión de que algo no anda bien. La beba es preciosa, pero minúscula: toda la ropa que le compró le queda grande. Y aunque también le dijeron que el peso es aceptable, que está dentro de parámetros normales, no se convence. Hay, en el fondo de su cuerpo, un presagio oscuro que no logra dominar.

—¿Pasa algo, Renata? Te veo rara.

—No, no, estoy agotada, nada más. ¿Qué me decías?

—Que sé que es un tema del que no te gusta hablar, pero tengo que preguntar. ¿No sería el momento de ubicar a Daniel y avisarle?

Sacude la cabeza.

—Si ni sé dónde está. Supongo que en Misiones, pero no tengo teléfono ni dirección, nada. Además… por ahora, mejor no. Y por favor no lo comentes. Prefiero que nadie sepa.

—Ya lo sé, Ren, pero pensá en ella. Algún día…

—Algún día veremos.

Vera abre los ojos y emite un suave quejido. Tiene unos ojos tan lindos.

—¿Nos sacás una foto? La cámara está en el bolsillo exterior del bolso. Le puse un rollo nuevo.

Acomoda a su hija para que mire hacia el frente mientras le habla.

—Mirá todo bien, Vera, este es el mundo en el que vas a vivir. Estamos en Argentina, hay un presidente con apellido capicúa que trae mala suerte decir y se supone que la economía va hacia el desastre, pero no tenés que preocuparte por eso ahora. La que nos apunta con la cámara es tu tía Isabel, que te va a mimar mucho. Y yo soy tu mamá. Vamos a ser muy felices juntas.

Isabel se ríe y saca la que será la primera foto del álbum de su sobrina. Cuando a los doce años Vera la mire, dirá que al nacer era colorada y tenía cara de cerdito, provocando la indignación de Renata, que toda la vida repetirá que era la beba más perfecta del mundo. Sobre su madre, Vera va a pensar (aunque no va a decirlo) que se ve extraña, con una expresión que no le reconoce, casi como si fuera otra persona.

Con la cámara en mano, Isabel se mueve por la habitación, buscando mejor luz.

—¿Otra? —pregunta cuando encuentra el lugar preciso.

Renata asiente y se esfuerza por mantener la sonrisa. Está contenta, todo salió bien, pero siente ganas de llorar. Las hormonas, piensa, son las hormonas.

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Foto 2
1994 (tres años)

—¡Mami!

Renata no oye el grito. Está en el balcón, los brazos apoyados sobre la baranda, disfrutando del sol y del primer cigarrillo del día, hábito que retomó hace poco y le da tanto placer como culpa. El grito se repite. Mami, mami, mami.

Cuando finalmente se asoma a la habitación y la ve sentada, sonriendo y con el perro de peluche en brazos, siente un ramalazo de alivio: ya está. Parecía que no se acababa nunca, pero terminó. Igual, lo primero que hace es tocarle la frente. No hay rastros de fiebre.

Acaba de pasar una semana desesperante, en que la gripe de Vera complicó hasta lo imposible la tortuosa organización doméstica. Renata tuvo que faltar tres días al trabajo, rogarle a la vecina del quinto que estirara los horarios en que cuida a Vera y luchar contra el irracional nivel de angustia que le provoca ver a su hija enferma. Pero hoy, este sábado de cielo azul, la crisis ya pasó. Quizás, se le ocurre de pronto (y se le enciende un momentáneo chispazo de excitación), hasta podría dejar a Vera con Isabel y aceptar la invitación a cenar de Juan, el tipo que conoció hace poco en lo de una amiga y le pareció interesante. Muy interesante. Aunque hace tanto que no sale con un hombre (el atractivo del plan empieza a retroceder rápidamente), que la sola idea la inquieta. Sentada en la cama de Vera se toca la cintura, donde sobresalen los rollitos que no pudo bajar desde el embarazo y piensa en lo poco sexy que se siente en el último tiempo, en la ropa interior que adoptó, esos corpiños básicos y bombachas altas, tan cómodas y tan de vieja, en lo mucho que lleva sin ponerse un jean ajustado y unas botas de taco, en que debería, ay, qué pereza, ir a depilarse.

—Quiero la leche.

Cuando vuelve la atención a su hija ve el moco que le asoma de la nariz y se apura a buscar un pañuelo de papel. Decide que no va a decidir nada de momento.

Calesita, calesita, calesita. El grito de Vera taladra los tímpanos de Renata todo el camino hacia el parque. Negocian dos vueltas. La música es insoportable: un tintineo de campanitas que le provoca una leve náusea. Después siguen las hamacas y una tirada por el tobogán, que todavía les da —a las dos— un poco de miedo. Para el final queda el arenero, donde Vera se sienta sola. En la bolsa que lleva hay un balde rojo, una pala amarilla y moldes de diferentes formas. Arrodillada en la arena, abre la bolsa, deja caer el contenido y empieza a llenar uno de los moldes. Cuando levanta la cabeza ve a otra nena que, parada a cierta distancia en el arenero, la mira. Tiene una expresión muy seria, casi hostil. ¿Qué es lo que hace que Vera le hable? En el futuro intentará recuperar ese momento, vagamente relatado por su madre, pero el recuerdo habrá desaparecido de su cabeza.

—Tomá —dice ahora extendiendo uno de los moldes—. Hacé una estrella.

Su voz es finita y aguda, pero firme. Desde los dos años, cuando se largó a hablar con un estilo intenso e irrefrenable, la fluidez y el vocabulario de Vera sorprenden. Quizás es por el contraste con su cuerpo pequeño, que la hace parecer menor de lo que es.

La otra nena no reacciona enseguida. Se ve algo desconcertada y durante un momento da la impresión de que no va a moverse. Pero Vera sigue con el molde en la mano y finalmente la nena da unos pasos y lo agarra. Sin decir nada, se sienta y lentamente lo llena de arena. Luego lo vuelca con extremo cuidado. Cuando lo levanta, las dos miran la perfecta estrella de arena que quedó formada y sonríen.

También Renata sonríe desde el banco donde está sentada. A su lado hay una mujer que acaba de levantar la vista del diario que estaba leyendo para observarlas.

—Parece que se hicieron amigas —dice Renata.

—Sí —en la voz se oye la sorpresa—, qué bueno. Cecilia es muy tímida, le cuesta m

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