Antigua vida mía

Marcela Serrano

Fragmento

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Hoy cayó el muro de Berlín.

Todo ha comenzado este 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro. ¿Cómo sospechar cuánto más se derrumba con él?

Fue lo que dijo Violeta Dasinski ese día.

Debí ser testigo, si hubiese estado más atenta.

Su mirada en la fotografía ofrece un desamparo que no he advertido hasta ahora. Como si su conciencia se disolviese en sus ojos.

La fecha del inicio público de la vida de Violeta Dasinski fue el día que apareció su nombre en la primera página de los diarios, el 15 de noviembre de 1991.

Fui despertada, de golpe llegaron el fin de los sueños y el comienzo de la memoria. Bruscamente volví atrás retomando el recuerdo previo al largo paseo del inconsciente. Andrés me traía el desayuno y, en la bandeja, el diario de la mañana. Entonces la vi.

Escruté ese rostro en la fotografía. Pero es otra la Violeta que me persigue: la escarcha fucsia sobre su máscara de arlequín –¿payaso o Pierrot?– y las manos del maquillador transformándola en la tristeza veneciana, confetti dorado y rojo sobre su cuello.

Yo tenía una tarea.

Tomé las llaves del auto y partí.

–Va a estar toda la prensa, Josefa. ¡No lo hagas! –Andrés no disimulaba su preocupación.

–No tengo alternativa.

–Entonces voy yo.

–No, este es un asunto mío con Violeta.

A medida que avanzaba hacia el barrio de Ñuñoa, un escalofrío se iba deslizando por mi cuerpo. Al enfilar por la calle Gerona para estacionar frente a la casa de Violeta, vi a dos policías resguardando la puerta de entrada. Efectivamente, toda la prensa estaba allí, al acecho. Reconocerme pareció darles nuevos bríos, y como una avalancha se lanzaron sobre mí. Los dos policías salieron en mi defensa. Uno me tomó del brazo.

–¡Pero si es usted! ¿Y qué viene a hacer aquí?

–Quiero entrar, tengo que hablar con su hija.

–La casa está vacía. A la niña se la llevaron.

–Por favor, déjeme entrar. Soy amiga de la familia. Necesito sacar algo –el carabinero me miró perplejo–. Son cosas mías, las dejé aquí hace unos días y no quiero que vayan a parar a manos ajenas… –mientras yo bajaba el tono, la perplejidad crecía en su mirada–. Sea bueno…

No me cupo duda de que su deseo era franquearme la entrada, pero le complicaba hacerlo. Miró a su compañero. Este mantenía a raya a los periodistas, que no se daban por vencidos y trataban –a gritos– de hacerme preguntas.

–Venga usted conmigo –le propuse–, así podrá comprobar que no tengo malas intenciones.

–No es eso, señora. Vamos, por ser usted la acompaño.

Avancé, sintiendo los pasos del carabinero a mis espaldas e intuyendo su curiosidad: casi podría haberla tocado. Ya en el interior de ese largo y oscuro corredor ñuñoíno –todas las persianas cerradas–, me dirigí sin titubear al fondo, a la galería. El sol de la mañana entraba sin pedir permiso por los miles de pequeños vidrios del ventanal. Detrás de ellos, el nostálgico patio solo. Me sobresalté, como si Violeta estuviera esperándome sentada en el floreado sillón de lino. En el aire, algo de sus inciensos, de sus velas perfumadas. Es que Violeta y esa galería eran la misma cosa, una le traspasaba su sentido a la otra, asimilándose, fundiéndose. Pero, por cierto, ella no estaba.

En el costado derecho, apoyado contra el grueso muro verde, reposaba el baúl. La caja rectangular, de mimbre barnizado entre castaño y amarillo, hacía frente a los mil vidrios y me aguardaba. «Mi abuela Carlota lo salvó del terremoto de Chillán», me había contado muchas veces Violeta, como si yo no lo supiera. Lo abrí con prisa –nunca funcionó su llave– y hurgué en aquel orden desordenado: libros, libretas, blocs, impresos, dibujos. Mi mente trabajaba: dónde están, no puedo registrarlo todo, se supone que son míos, que debo saber… Los vi, eran varios cuadernos desiguales, atados con un simple cordón. Y sobre ellos, un gran cuaderno empastado en cuero marrón. Si no se lo hubiese regalado yo misma, difícilmente habría podido reconocerlo. Lo tomé resuelta y el carabinero pareció aliviado.

–¿Eso es todo?

Vacilé. ¿Y los otros, los que estaban amarrados? Un solo cuaderno en mis manos parecía inofensivo, creíble, un objeto que yo misma hubiese olvidado. Pero ¿todos los demás? No tenía corazón para dejarlos allí. Se lo debo a Violeta, me dictó la culpa, envalentonándome. Los tomé.

–Esto es todo –lo miré, asertiva, mientras trataba de amoldar todo aquel bulto dentro de mi bolso.

–Señora… –titubeaba el pobre, su mirada oscura yendo del bolso a mis ojos, de mis ojos al bolso. Entonces hice algo impropio de mi carácter: le ofrecí un autógrafo. Aquella mirada oscilante se iluminó.

Avancé hasta el escritorio de Violeta. Por principio, ella siempre tenía papel fresco a la mano. Al lado de la resma descansaba un libro abierto en la página 90. Luego de preguntarle al policía por su nombre de pila, le dediqué un largo y cariñoso saludo.

Mi salida fue triunfal. (Pobre Andrés, ¿cómo explicarle que él no lo habría conseguido?) Tan concentrada había estado en mi tarea, que había olvidado a la prensa. Me dio una rabia tremenda cuando, al cruzar el portón, sentí el calor de los focos en la cara: la televisión había llegado. Le pedí sin vacilar al carabinero, con su autógrafo en el bolsillo, que me escoltara hasta el auto: yo no tenía nada que declarar.

A las tres cuadras, mi aparente prestancia se derrumbó. Es que al acercarme al escritorio de Violeta había leído la página 90 de ese libro abierto. No pude dejar de hacerlo. Supongo que fue lo último que Violeta leyó. Aquellos dos párrafos, subrayados con línea insegura y en tinta café, me sobrecogieron.

La página era «Poem of Women», de Adrienne Rich. Ay, Violeta, no fue mi deseo afanarme en el desencuentro. No, créeme que no elegí ser esa testigo desatenta de lo que te estaba pasando.

Puedo reproducir lo subrayado, me lo sé de memoria:

And all the limbs of a woman plead for the ache of birth.
And women come down to lie like sick sheep
by the wells –to heal their bodies,
their faces blackened with year-long thirst for a child’s cry
(…)

and pregnant women approach the white tables of
the hospital with quiet steps
and smile at the unborn child
and perhaps at death[1].

Violeta, dime que tu sonrisa fue para el niño no-nacido, pero no me lo digas si fue para la muerte.

Es que durante el sueño había vuelto a mí una imagen olvidada. Esta imagen estableció, en ese difícil momento del despertar, una relación entre el presente y la víspera. Andrés apareció con el diario. Comencé a adaptarme a esta nueva realidad cuando sentí la puntada en la sien, no antes.

Una imagen de la infancia.

Violeta llegando a mi casa con una caja de cartón en las manos. Era bastante grande y el leve temblor de su cuerpo delataba el esfuerzo que había hecho para sostenerla, cuidadosamente, durante el recorrido en micro de su casa a la mía.

–¿Me la puedes guardar? –sus ojos de niña, interrogantes y recelosos a la vez.

Con el mismo resquemor con que se entrega un botín en custodia, estiró sus manos depositando la caja en las mías.

–¿Cuál es el lugar más tuyo de toda tu casa, donde no llegue nadie más que tú?

Tan serias sonaban sus palabras, que hice un esfuerzo para responder a su altura.

–Mi cama.

–Ya. Vamos.

Subimos silenciosas hasta mi habitación. Me quitó la caja y ella misma la metió debajo de la cama.

–Listo.

Se disponía a partir cuando le pedí una explicación.

–Mañana es la famosa mudanza y sé que nadie va a respetar mis cosas. Los grandes creen que son cachivaches. Por eso quiero que tú guardes todos mis tesoros hasta que pase el peligro, cuando hayan arreglado la casa nueva. Así, nadie puede botarlos.

Al irse, me clavó la mirada.

–Me los vas a cuidar, ¿verdad, Josefa?

Al día siguiente me abordó en el primer recreo.

–¿Dormiste sobre mis papeles? ¿Nadie los ha tocado?

–¿Son papeles? –pregunté asombrada. No me había prohibido abrir la caja, pero fue como si lo hiciera, y a pesar de mi curiosidad no me atreví–. ¿No dijiste que eran tesoros?

Me miró entre arrogante y sorprendida.

–Sí, son tesoros.

Transcurrida una semana, le recordé la caja.

–No, no me la devuelvas ahora. Yo te aviso cuándo.

Pasado el tiempo que consideró prudente, fue a recogerla. La acompañé al paradero del bus. Iba muy concentrada. Cuando nos despedimos, me dijo:

–Este es un acto de confianza muy grande. Serás mi amiga toda la vida.

Violeta siempre escribió. ¿Diarios? Ella no los llamaría así. Apuntes. «Para ordenarme la cabeza», decía. Era fácil contentarla. De cada viaje yo le traía algún cuaderno bonito. Notebooks, but not golden. Recuerdo uno con la fotografía de Virginia Woolf en la portada. Otro en cuyo cartón reluciente se reproducía el Senecio, de Paul Klee. Y los que se forraban con telas de colores, esos eran sus favoritos. Sus páginas vírgenes, suaves, incitadoras, como el cuerpo de una joven para un hombre maduro, decía Violeta al pasar sus manos por ellas.

Los pistachos y los cuadernos: fácil Violeta para regalar. No me exigía concentración.

Los acumulaba. Su letra era muy grande, bonita, desordenada y generosa. Los consumía rápido, más aún si llegaban a sus manos en algún momento de crisis. Me atrevería a afirmar que durante su matrimonio con Eduardo llenó más cuadernos que en el resto de su vida.

Logré salvarlos. No resistí la idea de ver su intimidad en manos de la prensa o la policía, cuál de ambas más despiadada. Es que fue tan casual ese día, hace un par de meses… Estábamos en la galería –nunca se estaba en otro lugar con Violeta, dentro de su casa– y ella interrumpió la conversación al mirar hacia el baúl de mimbre, como si recordara algo que temía olvidar pronto:

–Sabes, ya no retengo nada. No sé qué le pasa a mi pobre cabeza, el día que estalle encontrarán adentro miles de cuadraditos con anotaciones de todo lo que no debía olvidar, las mil estupideces diarias. Para eso solamente parece estar la cabeza, o al menos la mía… y detrás de los cuadraditos aparecerá un polvo negro que será la medida del esfuerzo que he hecho por acordarme de cada una de esas cosas. Y créeme que habrá más polvo que cuadrados…

–¿Y qué es lo que no tienes que olvidar de ese baúl?

–Ah, sí. Eso… si me pasa algo, Josefa, imagínate que me muero sin aviso, un ataque en plena calle, cualquier cosa: mis diarios están en el baúl. Por favor, haz algo con ellos, protégelos.

Me reí.

–¿Para qué los escribes, entonces?

–Porque no puedo dejar de hacerlo, es mi único orden posible. ¿Me lo prometes?

–Sí, te lo prometo.

–Ya, despachado: una variable menos. Tantas veces me he dicho: tengo que pedirle a Josefa… Luego te veo y se me olvida. ¿En qué estábamos? Ah, en la Pamela. Sigue contándome.

No necesité mirar los diarios a la mañana siguiente: las llamadas telefónicas de innumerables periodistas me lo hicieron suponer. Era mi fotografía esta vez, entrando en la casa de Violeta, y la prensa haciendo conjeturas sobre nuestra relación.

¿Qué hacía yo ahí? Esa era la gran pregunta.

Nada que responder. No acepté que me pasaran ni un solo llamado. Si en tiempos normales no los tolero, mucho menos ese día. Me encerré en el estudio. Ni a los niños les abrí la puerta.

Le pedí a Andrés que llegara temprano y se hiciera cargo… La casa entera vibra, convulsionada. Estamos todos igualmente inquietos. Hago esfuerzos por disimular. Tengo que acomodar un lugar para Jacinta entre nosotros. Me sorprende cómo se repite la historia: mi mamá trajo a Violeta a nuestra casa cuando éramos niñas. Bueno, las circunstancias eran distintas, aunque no debo suponer que el abandono en que se debate ahora Jacinta sea mayor que el de Violeta en esa época.

Tarde o temprano tendré que declarar.

¿De qué hablaré? ¿De la infancia? ¿Del colegio? ¿De los anteojos celestes con marco de carey, alargados en sus puntas? No, no basta. Voy a tener que hablar sobre la fiesta de disfraces, sobre el atraso de Violeta esa noche, cuando mi maquillador la convirtió en ese precioso payaso de cara fucsia. Y sobre el gin. También sobre su temor: Josefa, avísale tú, me atrasé tanto, Eduardo se va a enojar.

Pero no basta. La única defensa posible sería hablar sobre el último bosque, el lugar aquel para guarecerse, el sueño de Violeta. Y sobre la casa del molino. Sí, es lo único de lo que debo hablar.

Contar la historia de una mujer.

Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquel, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre.

Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopía.

Violeta.

Esta quisiera ser la historia de Violeta, si la mía no se entretejiera tanto con la de ella. Pero nuestras biografías no me permiten la distancia necesaria. Tampoco algunas marcas comunes, como el sentido de la pérdida, el de la exclusión y cierto desprecio por lo opaco.

Probablemente, ella definiría su vida como una historia de pasión. Sin embargo, si extiendo la mirada, creo que no, no es solo la pasión. La historia de Violeta es una historia de añoranza.

2

2

A pesar de nuestras diferencias, Violeta y yo teníamos cosas en común. Por ejemplo, la honestidad y el amor por las blusas de seda. Y el brillo. Siempre nos importó el brillo. No el usual ni el obvio. Requeríamos una cierta luz sobre nosotras. Una luz que nos salvara de lo inmediato, que nos alejara de la vulgaridad. Detestábamos lo ordinario. Por ello, compartíamos el deseo de soledad. La soledad física. A medida que pasaban los años la valorábamos más, como si su carencia impidiera todo florecimiento. Sin ella, Violeta y yo nos marchitábamos. Nos reconocíamos como mujeres de nuestro tiempo y no éramos tan ilusas como para no comprender que nuestro tiempo se confabulaba contra este inocente deseo. Fue buscando esta soledad, entonces, que Violeta dio con ese lugar: la casa del molino.

Lugar innombrado, secreto. Lugar del viento perenne, del abandono, desconectado de todos los otros lugares que lo circundan. Cerrado, autosuficiente, donde la totalidad de los elementos del paisaje no depende de otros: un pequeño universo reservado para nosotras. Y fue Violeta quien hizo la analogía entre la casa del molino y el paraíso.

¿Dónde, sino en el sur de Chile, se puede encontrar ese lugar?

Fue hace diez años, cuando Violeta volvió a este país. Su larga ausencia la indujo a retomar de inmediato el camino del sur. Esa vez levantaba carpa cerca de Puerto Octay, a orillas del lago Llanquihue, para dirigirse a Ensenada. Habiendo dejado atrás el pueblo de Cascadas, bordeando un camino rústico, elevado y panorámico que serpentea junto al lago, Violeta captó de pronto la totalidad del paisaje y recibió el primer impacto de su majestad. Era un día claro y ante sus ojos se presentó el volcán Osorno: el emperador de los volcanes, como lo bautizó ella. A ambos lados divisó, nítidos, el Puntiagudo y el Tronador. Sus cumbres cubiertas de nieve contrastaron armoniosamente con el azul intenso de las aguas del lago y los variados verdes de la vegetación. (Más tarde iba a aprender que en los días de lluvia, en cambio, las aguas y el cielo se aproximan a los diversos matices del gris, y hasta las plantas y los árboles se hacen borrosos, con un color indefinible que se asocia a esa rara combinación: fuerza y serenidad.) Continuó el serpenteo, cada vez más subyugada por el panorama del lago. En un momento observó que el camino se bifurcaba y que todos los automovilistas seguían el trazado principal de manera natural. Lo importante es que Violeta percibió un desvío y quiso seguirlo. El amigo que la acompañaba reclamó que no era esa la dirección. Violeta insistió y descendió por una huella abrupta, con curvas suficientes como para no ver lo que había abajo, y con obstáculos y baches como para desalentar al más entusiasta. Pero desalentar a Violeta es casi imposible. El camino volvió a hacerse recto y sus ojos se encontraron con una bahía, de no más de un kilómetro de largo, atravesada de extremo a extremo por un sendero a cuya izquierda había campo puro; a su derecha, el lago. La mirada de Violeta quedó fija en ese campo, flanqueado por cerros y montículos verdes, donde reconoció el bosque nativo y los arbustos de la zona. Se entrecruzaban pequeños grupos de animales domésticos –gansos y patos entre los más pobres; cabritos, corderos y vacas, los más ricos– que por sí mismos animaban este escenario. Luego volvió su cabeza hacia el otro lado de la huella: densas hileras de pinos formaban una cortina que protegía la extensa playa.

Se bajó del auto. Corrió hacia la arena y se hincó en ella. La geografía abrigaba esta bahía cerrada y apacible con sus dos puntillas, que penetraban en el lago creando un vasto espacio de agua quieta. Es un lugar propio, pensó Violeta, hechizada, y es la bahía la que da la sensación de espacio propio. Contempló el silencio. Se dijo por fin que este era un pequeño mundo, separado del resto del mundo grande. Las colinas que lo rodeaban, con sus árboles altos y añosos, afianzaban la sensación de una comarca en miniatura.

Divisó a través de los pinos los restos de un molino. Y a su lado, una casa. La típica casa del sur, con tejuelas de alerce, dos pisos, madera gris que alguna vez fue color caramelo oscuro. Parecía abandonada a su suerte. En la reja había una tabla de pino, cepillada y angosta, con un letrero: Casa del Molino. Avanzó hacia la amplia entrada, con sus clásicos escalones y su descanso de tablas sujeto por cuatro vigas, y encontró la puerta. Pero eran dos puertas, no una. Golpeó en ambas a la vez, intuyendo el silencio que efectivamente le respondió.

Bajó los escalones y se internó por una senda angosta, cerrada por grandes castaños, y se topó a boca de jarro con una segunda casa, una cabaña. Cuando se acercó a tocarla, como si fuera la de un leñador en los cuentos de la infancia, reparó en otro pequeño cartel de madera: Casa del Castaño. ¿Por qué estaban nombradas? ¿Para quién?

Encontrar al señor Richter media hora más tarde fue fácil. Fue el entusiasmo de Violeta lo que la llevó hasta él.

«Cuando se cerró el molino, puse en arriendo sus casas. Mi abuelo dividió la suya hace muchos años, para vivir ahí él y la familia del molinero. También construyó bajo los castaños una choza para almacenar el trigo; yo la convertí en esa cabaña. En ella veranea mi hija casada, no cabe aquí con los nietos. Y si usted camina un poco más lejos, unos pasos más allá de la Casa del Castaño, verá la mediagua de unos campesinos. Ahí viven Aguayito y la María. Tienen un huerto, abastecen de verduras a los arrendatarios, hacen el pan, ordeñan las vacas, ahúman el salmón. Y tienen un hijo, un cabro muy habiloso que lo resuelve todo: corta la leña, arregla los enchufes, acarrea los balones de gas al pueblo, todo lo que necesiten los de la casa grande.»

Esto fue en noviembre de aquel año, y Violeta abandonó el lugar tras dejar ambas casas arrendadas para el primero de febrero.

«Nunca le contarás a nadie que estuviste aquí», le dijo a su acompañante, único testigo.

–Más pareces una hija del rigor que una veraneante –fue el comentario de Eduardo cuando llegó por primera vez a nuestro santuario–. Solo Violeta podía elegir como balneario lo que parece la más furiosa costa irlandesa –agregó, mirándome a mí.

–La hija de Ryan… –acoté.

–Nadie les va a disputar este lugar, no necesitan mantenerlo secreto –nos envolvió a ambas con sus brazos–. Nadie en su sano juicio querría vivir en medio del viento.

Violeta, sorprendida, meditó unos instantes y luego rió.

–¡Qué raro! Nunca me había dado cuenta de que aquí el viento es permanente. Lo he incorporado como parte del lugar y no se me había ocurrido que existieran lugares sin viento.

–Tranquilízate, es por eso que los ricachones nunca llegarán aquí: este viento impide cualquier deporte acuático. No tienes para qué esconder tanto el lugar, Violeta –insistió Eduardo.

Esa primera noche, a la hora de comida y todavía asombrado con la casa del molino, Eduardo dijo con cierta ironía:

–En Violeta, hasta el estilo de veranear se convierte en un gesto comprometido.

–Bueno, si vivieras en Sudáfrica el mero acto de respirar sería un «gesto comprometido» –contestó ella con rapidez.

Andrés, que le celebraba casi todo, salió en su defensa:

–A la mirada comprometida de Violeta yo la llamaría, para ser exactos, responsabilidad.

–Mmm –lo miré con mi habitual escepticismo–. Me pregunto si a Violeta no le resulta agotador ser siempre responsable.

–¿Cómo? –preguntó Eduardo.

–No sé, esto de la responsabilidad permanente…

–Es cuestión de tener algún tipo de disciplina frente al mundo –terció Violeta, manteniendo su buen humor–. Creo que a eso se refiere Andrés.

–No, yo creo que se refiere a tus famosas causas –lo dije en forma ligera, sin gravedad–. Tantas causas… ¡qué cansancio!

–Ya, qué lata. ¿Podríamos cambiar de tema? A Eduardo no le cuesta mucho reírse de mí; no le den más razones ustedes. Después de todo, se supone que son cómplices míos, ¿no?

Esa noche Andrés dejó un momento su libro y se dirigió a mí, serio.

–Violeta no es un alma sencilla, ¿verdad, Jose?

–No, claro que no… ¿Por qué lo dices?

–No sé… Presiento que se debate buscándole una respuesta satisfactoria a algo que es tan simple: vivir.

Era cierto. La pesadilla de Violeta, su sueño espantoso, era que el silencio vacío fuera la respuesta a sus propias preguntas –esas que se formulan sin formularse– sobre la forma más justa de estar sobre esta tierra.

Al aproximarse febrero, cada año, comenzábamos nuestro ritual. A medida que se acercaba el día primero, sonaban los teléfonos. Y esa noche, la víspera de la partida, al cargar los autos, llegábamos a hablar hasta diez veces de una casa a otra.

Nos habíamos puesto de acuerdo previamente sobre los libros. Andrés y yo, por razones obvias, nos sometíamos dócilmente al criterio de Violeta, y debo reconocer que era lo único en que nos sometíamos a ella. Yo era la encargada de los videos, que mi hijo Borja había ya grabado durante el invierno. Los primeros años llevábamos películas antiguas, mucho clásico, mucho blanco y negro. Cuando el mercado de videos estuvo casi tan al día como el del cine, veíamos en el verano las películas que nos saltábamos en el invierno. Yo ya no iba al cine; odiaba que me reconocieran y temía al inevitable compañero de asiento, abriendo sus caramelos con ese ruido del celofán en el silencio de la sala, arruinándome todo goce posible. Y cuando luego empezaban a mascar o les daba por los chicles, sencillamente me cambiaba de asiento. (Nunca olvidaré mi primera ida al cine en Nueva York, cuando en la cola vi a esos gringos con sus enormes vasos de papel encerado repletos de popcorn. Corté por lo sano: abandoné la cola y nunca más pisé una sala. No soñé que semejante costumbre llegaría más tarde a mi país.)

«¿Llevas este año la wafflera? Ya. ¿Y la parrilla? Es que a mí no me cabe la plancha para la carne, no me cabe absolutamente nada más.»

«La cafetera suiza, ¿la echaste? Yo llevo la Bialetti.»

«¿Y la guitarra?»

«Ay, Violeta, no jodas. Voy a descansar.»

«Entonces, Jacinta lleva la suya. No te hagas la ilusión de no cantar en todo el verano.»

A medida que pasaban los años, nos fuimos sofisticando.

«¿Celular? ¡No seas siútica, Josefa! ¿Para qué lo necesitamos? La idea es que el resto del mundo no exista.»

Tenía razón Violeta: de eso se trataba. Si no fuera por los postes de la electricidad, no habríamos sabido en qué siglo estábamos. Hasta la ausencia de un almacén nos ayudaba a construir este refugio contra todos los rasgos distintivos de nuestra civilización. Hace poco leí una encuesta; el dos por ciento de la población no sabe quién es el Presidente de la República. Pensé en los campesinos del Llanquihue: no me cupo duda de que Aguayito formaba parte de ese porcentaje.

El tiempo era la pieza clave en la casa del molino.

Nos sacaba de la contingencia. Nos convertía en una especie de vagabundos sin ancla, ni ropaje, ni deberes. Nos daba la oportunidad, una vez al año, de contemplar nuestras vidas con distancia, y esto nos hacía pensar que nuestras raíces eran duraderas. Rara calidad del tiempo. El único espacio en la tierra donde yo no me ocupaba de él, hasta el punto de no poder asegurar si habían transcurrido quince o cinco días, si era martes o domingo, si recién había llegado o si ya debía partir.

Lo atemporal nos rejuvenecía y a mí me suavizaba. (Conocí esa sensación cuando pasó lo de Roberto. Solo que entonces el tiempo desapareció en el horror, quedó suspendido. Ahora, en cambio, estábamos sobre él; no nos dominaba ni sometía.)

En la Casa del Molino cocinábamos nosotros, lo que raramente hacíamos durante el año. Cantábamos, algo a lo cual yo me negaba en mi vida diaria. Conversábamos… en circunstancias de que yo ya casi no conversaba con nadie, salvo algunas noches con Andrés.

Todos los gestos cotidianos perdían su cualidad rutinaria y se convertían en sorpresas.

Nos instalábamos en mi cocina grande y mientras hablábamos de nuestros trabajos, maridos, hijos, o comentábamos el libro que ya había terminado de leer la otra, surgían de nuestras manos las compotas de ciruela, las mermeladas de frambuesa, los waffles en las tardes frías. Violeta trasladaba su hamaca y la tendía entre los dos castaños del potrero de atrás. El viento no la descorazonaba.

Necesitábamos un lugar de campo y de agua. No nos bastaba el campo. El agua, como siempre, nos daba una salida. Para los pies, para el pensamiento.

Violeta se quedó con la casa del molinero y yo con la del abuelo Richter. Era una división proporcional al tamaño de nuestras familias. Subíamos por la misma escalera a nuestras dos puertas, que nunca se cerraron. Los niños entraban indistintamente a una u otra. Una miraba al volcán, la de Violeta. La mía, al lago. Violeta, que tenía una verdadera pasión por las casas, se paraba entre ambas a contemplar con amor esas tablas grises. A pesar de todo lo que ha viajado en su vida y aun sabiendo que iba de paso, siempre quiso tener una casa en el país que visitaba, o en cada ciudad o pueblo que le robaba el corazón. Mantenía la fantasía de echar raíces donde estuviera, de diseñar su propia casa en cada parada. «Si algún día logramos convencer a Richter para que nos venda este lugar», me decía, «nos haremos dos casas… Las tengo totalmente diseñadas en mi cabeza. No solamente la mía, la tuya también. Verás las preciosuras que serán, enteras de alerce. Las dos tendrán vista al volcán y al lago. Las haremos sin coñetería, Josefa, ¡prepárate!» Y es que ella de verdad habitaba los lugares, se apropiaba de ellos y los inundaba de sí misma. Rara cualidad esa. La he encontrado poco en la vida.

La comunidad acústica era total, por lo que no se podía compartir una casa así entre desconocidos. Era divertida la división; a mí me tocó la gran cocina, a Violeta el gran baño. La casa de ella tenía dos dormitorios. El suyo, casi monacal, era pequeño, con una cama matrimonial y una silla, nada más. El otro era enorme, de techos muy altos, con muchos camarotes; Jacinta se apoderaba de él, procurando llenarlo con sus amigas. Violeta era mucho más permisiva que yo al respecto. Yo me agotaba con la casa repleta de gente y limitaba el número de amigos que podían invitar mis hijos. Ella no. «Mira, Josefa», solía decir, «nada me importa más que los recuerdos que Jacinta tenga de sus vacaciones: le darán consistencia cuando sea grande, lo sé. No quiero que le pase lo mismo que a mí».

Mi casa tenía cuatro dormitorios, dos baños chicos, modernos, provistos solo de una ducha. El baño de Violeta y su enorme tina eran la envidia de todos los míos.

Violeta se levantaba siempre a medianoche, o de madrugada, y se dirigía al lugar más tibio de la Casa del Molino: el baño era su espacio favorito. El gran termo de agua caliente, las muchas cañerías al aire –como si su antigüedad o precariedad hubiese tenido la intención más vanguardista– y el calor que despedían esos tubos parecían llamarla: era un calor que Violeta no sabía bien de dónde venía ni hacia dónde iba. Su cuerpo avanzaba casi con independencia de su voluntad: como un fantasma, se deslizaba incorpórea, apenas un movimiento, apenas la tibieza del roce de esos cálidos cilindros.

Violeta y yo cantábamos. Eran los momentos predilectos de Andrés, cuando armábamos de noche la fogata y yo veía asomarse, a través de las lenguas anaranjadas, sutilmente, su amor. «Me enamoré de tu voz antes que de ti», me decía.

«No importa», lo disculpaba yo, «mi voz y yo somos la misma cosa».

Hubo tiempos largos en que Violeta cantó conmigo. Aferrada a cualquier forma de arte «para respirar la vida», la música no podía estar ausente de ella. En distintos escenarios –el colegio, la universidad, el campo, las fiestas–, siempre la misma escena: Violeta me hacía la segunda voz. La suya era alta, frágil y dulce, una soprano si hubiese sido profesional. Yo era la que daba la partida con mi registro fuerte y sonoro de contralto:

La pericona se ha muerto, no pudo ver a la meica…

Ella entraría en el momento exacto:

La pericona se ha muerto, no pudo ver a la meica…

Y ambas voces se unían:

… le faltaron cuatro reales, por eso se cayó muerta…

En ese punto nos mirábamos; nos cambiaba el espíritu y continuábamos con alegre intensidad.

Asómate a la rinconá…

Discutimos siempre sobre las canciones de Violeta Parra, nuestra favorita. Acordamos que las dos mejores eran Gracias a la vida y el Maldigo. Ella insistía en que esta última era, lejos, la mejor de todas, mientras yo no cejaba con Gracias a la vida.

–Es el desgarro, Josefa. ¡El Maldigo es la esencia del desgarro!

Solo en la Casa del Molino volvía Violeta a acompañarme en el canto. Cantábamos la una junto a la otra, la otra junto a la una. Cantábamos a la pena, al amor, a la esperanza, al futuro. Cantábamos amorosamente. Yo seguí cantando, Violeta se quedó con la pena y la esperanza… esta última, en Violeta, a toda prueba. Para mí, vislumbrar tal esperanza significaba ineludiblemente quedarse con la pena.

Sí, Violeta cantaba a la vida. Le cantó hasta que la maldijo. Siempre anhelando que abrir los ojos a la mañana, cada mañana, valiera la pena, incólume su ilusión de que la suerte cambiaría para los hombres, confiando en que los adoloridos no necesitarían esperar el fin del mundo.

3

3

Estoy condenada por las catástrofes de mi tierra.

Corral. La culpa la tuvieron el muro de Berlín y el maremoto de Corral, dice Violeta en su diario, que por fin he tenido la valentía de abrir.

Aquel día de mayo de 1960.

Entonces yo era una niña, pero no Eduardo. Él cumplió en esa fecha los veinte años. Y me contó muchas veces el cuento: el mar se retiró para adentro, para adentro, muchos kilómetros. La gente, sorprendida, maravillada, corrió hacia este nuevo suelo de arena húmeda que nunca había visto. Hundían sus talones y sacaban mariscos, contemplando embelesados esos tesoros secretos al descubierto. De súbito se oyó un estrépito que se acercaba desde el horizonte. Era un rumor gigantesco, como si, furioso, el mar rugiera. Un sonido extraño nunca antes escuchado y que, probablemente, nadie volvería a oír. Eduardo miró hacia arriba y pensó: algo muy malo va a pasar. El cielo cambiaba sus colores, todo se ennegreció. A lo lejos, muy a lo lejos, avanzaba hacia la costa una enorme ola, treinta metros de altura, negra, y el cielo dale con cambiar de color: con el rugido venía el rojo, luego el azul, incluso verde se puso el cielo. Eduardo echó a correr como un loco cerro arriba. Lo enceguecía la luminosidad del cielo, esos colores que se trucaban. Tomó su bufanda, se la puso sobre los ojos y por una pequeña abertura miraba el cerro por el cual corría y corría, desaforadamente, subiéndolo. Apenas llegó a la cima, habiendo puesto la tierra pedregosa de por medio, volvió la cabeza y tuvo tiempo de ver la ola gigante abatiéndose sobre la costa de Corral. El agua lo cubrió todo. Todo. Se tragó, voraz, absolutamente todo lo que encontró en su camino.

Eduardo miró. Con sus ojos había visto cómo el mar se completaba con lo que él había tenido. Se quedó completamente solo. Su casa y la casa de sus padres habían desaparecido. Su familia, esposa, hija, padre y madre, cada uno de los miembros de su familia enredado entre las aguas, sumergido entre las aguas, muerto entre las aguas.

Eduardo había creído hasta entonces que los huérfanos solo existían en los cuentos.

La historia de Corral aparece en el cuaderno grande, el de las cubiertas de cuero marrón. No debo abrirlo en cualquier página. Meticulosamente examino las fechas: nada al azar. Si me faltó atención para escucharla entonces, no puedo fallar ahora.

9 de noviembre de 1989

Presiento el día de hoy como uno importante.

Dos cosas han ocurrido.

Cayó el muro de Berlín.

Di vueltas por la casa, desconcertada. No sabía bien qué quería hacer. Hasta que fui a la librería, necesitaba ver a mi papá, escuchar su opinión. Siempre he mantenido el gusto por hurgar en los estantes a esa última hora de la tarde, ver qué nuevo texto ha llegado. Pero hoy no me preocupaban los libros. Sentía un raro desasosiego.

Mi padre conversaba con un hombre detrás del mesón, un señor de mediana edad, también mediana su estatura, de pelo oscuro y barba, vestido en forma muy casual (sin corbata, chaqueta informal, pantalones anchos). Me llamó para presentármelo y, al mirarlo de frente, lo reconocí.

–No sabía que estuviera en Chile –le dije.

– Tampoco yo –me respondió.

Me reí y sentí ganas de que se quedara. En ese momento, Carmencita llamó a papá; lidiaba con un cliente difícil.

–Perdónenme, ya vuelvo –muy educado, papá nos dejó solos. Lo miré.

–Cayó el muro de Berlín –no sabía qué otra cosa decir.

Me contestó que había escuchado las noticias.

–¿ Y qué opina? –pregunté.

Él: Nada en especial. Bien por la libertad. ¿Y tú?

Yo: Sí, bien por la libertad. Pero… no sé, me tiene desconcertada, como si todo perdiera su rumbo.

Él: ¿Qué importa que se pierdan los rumbos, si no existen las causas superiores? Tú eres muy joven… pero a mi edad ya se sabe que lo único que existe es la demencia de los fanáticos o el vacío interior que los transforma en tales.

Ay, si se va de tesis no lo soportaría, pensé. Por lo tanto, no le respondí. No era el momento de explicarle a un desconocido algo tan confuso para mí misma. Nos quedamos callados y automáticamente nos pusimos a mirar libros que en realidad no veíamos.

Eduardo: ¿Eres una buena lectora?

Yo: Sí, bastante. ¿Tiene alguna sugerencia?

Eduardo: ¿Por qué me tratas de usted?

Yo: Por puro respeto, supongo.

Eduardo: O la otra es que sea por viejo… Si me tuteas, te voy a recomendar un libro magnífico.

Yo: De acuerdo. ¿Cuál sería?

Eduardo: ¿Conoces a Agota Kristoff

Yo: No, ni de nombre.

Eduardo: Mira, tu padre tiene aquí su novela El gran cuaderno. Es una escritora húngara, aunque escribe directamente en francés. No es muy conocida. Llévatelo, no lo vas a encontrar fácilmente en otra parte. Claro que, una vez leído, exijo un comentario.

No vacilé: nada me causa tanto placer como saber que tengo entre mis manos un buen libro. Y más aún si me lo recomienda él, que no es un escritor de moda: él es serio.

– Ven –le dije–, te invito a un café en señal de agradecimiento.

Caminamos por Providencia –ya no el centro, como en mi infancia–y no tuvimos que avanzar mucho para instalarnos apropiadamente.

Prefiero dejar hasta aquí el relato, insisto en que lo de Berlín me tenía confusa, no era un día normal. Mi intención era conversar y, ojalá, hacerme un poco amiga de este hombre a quien sentía conocer por sus libros. Quizás hasta podríamos haber conversado del maremoto de Corral, de su viudez y su inusitada historia. De hecho, durante un mágico momento, lo hicimos. Le hablé de mis autores favoritos y escuché sus comentarios casi con devoción. Un punto a su favor: reparó inmediatamente en mi anillo.

–Esa es la piedra cruz –dijo.

–Lo sé.

–Es del sur, del río Laraquete, cerca de mi tierra.

– También lo sé.

–Me sorprende que lo uses. No se lo he visto nunca a otra persona.

Pero prefirió irse por lo fácil: me convidó a un hotel, a la media hora de haberlo conocido. ¡Qué poco sutil!

Por si acaso, le dije que no.

Noviembre, no sé qué día

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