Cuentos completos

Alberto Laiseca

Fragmento

Cuentos completos

TODOS LOS NOMBRES DE LA OSCURIDAD

Leonardo Oyola

“¿Qué tenía en la cabeza cuando escribí eso? Mmm… A un hombre. Que intenta llegar a su amante. El carruaje en el que viaja se ha roto. Llueve. Las ruedas están atascadas en el barro. Ella no va a poder esperarlo mucho tiempo más: este… es el sonido de su agitación”, confiesa Beethoven que en la Sonata a Kreutzer escuchamos un corazón desesperado. Anton Schindler, rendido ante la música y la explicación de Beethoven, se vuelve un incondicional.

Algo así nos pasó con el Maestro Alberto Laiseca a varias personas que supimos forjarnos en sus talleres, laburar nuestros textos con él y acompañarlo, como se pudo y cuando él lo permitió. Todas y todos, las y los discípulos del Conde, tuvimos nuestras respectivas sonatas.

Aún no se habían empezado a emitir los viernes a la medianoche en I-Sat sus Cuentos de terror. Pero él ya los andaba narrando en vivo a la gorra donde fuera que pudiera hacerlo. Y acá una aclaración importantísima: Laiseca no leía en vivo. Narraba. Interpretaba. Adaptaba otras obras adueñándose de ellas con una subjetividad y un entusiasmo propios de un chico al que le contaron algo y necesita urgente compartirlo; que llegue el nuevo día para ir a la escuela y trasmitirles esa historia y esa emoción a sus compañeritos. Estábamos saliendo apenas del diciembre de 2001 cuando lo vi por primera vez, en una librería, narrar uno de los relatos de la película Los sueños de Akira Kurosawa, el del túnel. Una peli que me sabía de memoria. Pero que en su voz volvió a ser nueva para mí. Laiseca sacaba un sonido gutural para emular los bramidos del fantasmal perro akita, acompañaba sus palabras con un lenguaje corporal marcial en momentos puntuales, además de sus gestos grandilocuentes, pausas y silencios, y sonrisas, antes que cómplices más bien pillas: propias de quien sabe cómo va a terminar la cosa. Lai hacía poesía al describir que “la noche era negra como una gota de tinta”, mezclando entre estas imágenes exquisitas expresiones coloquiales como “los soldados no le daban bola”. Y no hacía ruido, no desentonaba ni ahí, todo lo contrario: ese texto ajeno, esa historia de otra parte del mundo, primero la hacía suya y después nuestra. Ese era uno de los grandes dones del maestro Laiseca: su oratoria.

Empezamos taller en su casa para la misma época que él arrancó con las grabaciones de los Cuentos de terror. Afuera, en el patio minúsculo del edificio, apenas se asomaban a la puerta sumamente obedientes sus dos perros —akitas, como los del relato de Kurosawa—, Kendo y Kazú. Sus gatas, Greta y Chop, andaban tiradas por donde podían. Sobre su mesa/escritorio, tapada de libros, manuscritos, las pruebas de galera de Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati y boletas —muchas boletas—, estaban las fotocopias con los relatos que iba a interpretar, desbordadas de anotaciones al margen. En el ciclo, como en sus lecturas y en su vida, convivían autores clásicos con ilustres desconocidos; esos nombres que los fans de la literatura de género reconocemos y festejamos, esas historias que si no fuera por personas como el Maestro Laiseca pasarían desapercibidas.

Mi Sonata a Kreutzer con Lai fue cuando lo vi preparando “Ébano absoluto”, de Felice Picano. La historia de un pintor que había encontrado la felicidad en la familia que había formado y en su obra, que desbordaba luz; y que cuando la tragedia le arrebató a su mujer y a su hijo se sumió en la oscuridad, se perdió buscando la negrura que le había pintado a él el alma, ese ébano absoluto del título. En lo personal, así como nadie en el mundo pronuncia la palabra amor —ese love— como la cantaba Freddie Mercury, nunca escuché a nadie hablar de la oscuridad, llamarla por sus varios nombres, como lo hacía Laiseca. Cuando se emitió el capítulo, le rogué que me pasara el cuento y me lo fotocopió. Estaba bueno, sí. Pero lo que había hecho Alberto al narrarlo era infinitamente superior. Porque le estaba dando algo suyo. No podía saber lo que es perder a una mujer y un hijo, intuir y huir de un dolor así. Pero el Maestro sabía lo que era ir a la oscuridad de uno mismo. Iba y venía. Después se adentró cada vez más en ella. Y hubo poco espacio para el color. Lo fue ganando su ébano absoluto.

Digo que mi Sonata a Kreutzer con él fue ese momento con el diario del lunes, ahora que Lai ya no está más físicamente, aunque nos siga acompañando, digo que mi Sonata a Kreutzer con Laiseca es ese instante porque ahí él corporizó una de sus enseñanzas que elijo abanderar: la de leer más de otras y de otros antes que escribir lo propio. Y difundirlo. Porque no es ninguna revelación que somos, mostramos quienes somos, en nuestras lecturas, en nuestras elecciones, en nuestros gustos.

Laiseca podía dar clases sobre Drácula, desde la novela de Bram Stoker a un telefilm con Jack Palance, pasando por los dibujitos del Conde Pátula. Era versado tanto en Apocalypse now como en Coraje, el perro cobarde.

Los Piojos le dedicaron su amor y reconocimiento en “El balneario de los doctores crotos”, canción del álbum Azul, homónima de su relato de Matando enanos a garrotazos, que nosotros tanto le celebrábamos y que él agradecía, pero siempre manifestaba que lo que más le hubiera gustado es que le hicieran una canción Los Auténticos Decadentes; que, por otra parte, habían hecho, según su parecer, la canción definitiva para el inicio de la vida de un artista, “La guitarra”, y que esos muchachos eran tan nobles que en el mismo tema le daban voz también al enemigo, ni más ni menos que a ese padre que venía a sentenciar: “Vos / mejor que te afeités / mejor que madurés / mejor que laburés / ya me cansé de ser tu fuente de dinero / voy a ponerte esa guitarra de sombrero…”.

Tuvimos la suerte de conocer a ese Alberto con algo de niño y con mucha luz durante un tiempo importante en el que pudo resolver medianamente lo económico gracias al trabajo con Mariano Cohn y Gastón Duprat en los Cuentos de terror, a las presentaciones de películas en el canal Retro y a su paso como consejero sentimental por la última etapa del Cupido de Much Music. También, obvio, con las películas en las que participó: robando protagónico en El artista y narrando/interviniendo en la trama de Querida: voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Sí, eso. Y cada vez que salía a contar. Sí, sí. Por más que puteara. Por más que lo afligiera. Llegaba ese momento y Laiseca se iluminaba.

Cuando se le cortó esa fuente de ingresos, Selva Almada y Alejandra Zina le armaron una serie de presentaciones itinerantes en vivo hasta que se decidió a tirar el ancla en un centro cultural de Balvanera, el ZAS, el Zaguán al Sur.

Las discípulas de Lai lo conocían mucho y, para que saliera a escena más suelto, nos pidieron a otras alumnas y alumnos que lo presentáramos para abrir el espectáculo. Era un momento bien personal porque podíamos mostrar brevemente algo de lo que iba apareciendo en nuestra literatura para adentrarnos en la obra de él. La felicidad y lo que se reía el Maestro, lo suelto que entraba y lo que agradecía. Lo que era un abrazo de Laiseca. Los que los hemos recibido los llevamos tatuados. Sí, Alberto entraba después hecho un fuego. Y la rompía. Podía meter miedo y hacer cagar de la risa. Hacernos suplicar: “Por favor, pare que me duele la panza de tanto reírme”. El viejo lo notaba e iba por más, implacable. Las pocas veces que él mismo se tentaba era sumar carcajadas y más carcajadas. Y sus libros ahí, en la mesita donde cobraban la entrada Alejandra y Selva, donde el público hacía vaquitas para comprarlos o se privaba de unas cervezas más para seguir el domingo a la noche y arrancar el lunes por la madrugada leyéndolo. El antidomingazo. Los antidomingazos. Antes del ébano absoluto.

Alberto Laiseca: la oratoria, la lectura… y el chamullo.

El chamullo porque era escritor full time. Chamullaba todo el tiempo. Menos con lo legal. Con eso no jodía. Con eso y con el oficio. Con las responsabilidades. Aunque él mismo después se pateara en contra. Mariano Cohn y Gastón Duprat le encargaron un guion para un largometraje. Lo único que le pidieron fue que hiciera un relato que transcurriera en nuestro país y en la actualidad. “Contá con eso, papito”, palabras más, palabras menos del Maestro. Meses después lo que presentó fue el relato “El castillo de las secuestraditas”. Que transcurre en Transilvania. En el siglo XIX. Cohn y Duprat igual intentaron llevarlo a la pantalla.

No es que Alberto Laiseca fuera ingobernable. Bueno, sí. Un poco lo era. Un poco bastante. Pero más ingobernable era su escritura. Esa también fue otra de sus enseñanzas.

Sebastián Pandolfelli guarda un audio de tantos en el que el Maestro le deja un mensaje en el contestador: “¡Seba! Te habla Lai. Esteee… recibí un… una… para el consultorio sentimental, una cosa que no tengo ni idea pero vos seguro debés saber. Una mexicana que me hace esta pregunta: ‘Lai, mi esposo insiste en convertirnos en swingers —Laiseca le deletrea a Seba: S-W-I-N-G-E-R-S, ¡swingers!—, pero yo no me lo puedo permitir. El fin es inminente. ¿O me queda algo por hacer?’. ¡Yo no sé qué carajos es swinger! ¿Me podés llamar, papi? Un abrazo, chau”. Este hombre, el Maestro Laiseca, en teoría estaba como experto consultor sentimental. No usaba computadoras, mucho menos sabía lo que era navegar en internet. Un oyente alguna vez le dijo que había entrado al mail de su novia y descubierto que ella se carteaba con otra persona. “¿Qué hago?”, le preguntó a Laiseca y el Maestro mirando a cámara le respondió que se jodiera por boludo. Otro le contó que en la cama ya no pasaba nada con su compañera. Que no sabía cómo volver a encender la chispa. Laiseca le explicó que tenía que levantarse de madrugada cuando ella estuviera durmiendo profundamente. Ir a la heladera, abrir el congelador y meter las manos hasta que sintiera que las iba a perder. Que en ese estado de cristalización volviera a la cama, cuchareara a su amor y le agarrara a la vez ambas tetas. Que todo iba a estar bien. Este hombre, nuestro Maestro, ¿llamaba a uno de sus discípulos más queridos porque en verdad no tenía la más puta idea de qué carajo eran los swingers o lo hacía para ponerse a hablar con alguien que le traía luz, alguien que no era ébano absoluto? Cualquiera sea la respuesta, nació de un típico chamullo laisequeano.

Como la joda que me hizo —o no, no era joda— cuando me tatué en color rojo el ideograma chino que él había realizado de puño y letra para la edición de bolsillo de La mujer en la muralla. Algo que en teoría significa en chino La mujer en la muralla. Estábamos tomando unas cervezas en su casa. Hacía mucho calor. Yo estaba de short y ojotas, las piernas cruzadas. Cuando vuelve de la cocina, me ve el tobillo y me dice que estaba sangrando. Le expliqué que era un tatuaje. Lo miró con atención y se horrorizó. “¿Por qué se hizo eso, Leíto?”. “Porque quiero dedicarme solo a escribir. Y ser como la mujer en la muralla de la novela: ir siempre para el frente, con el paso militar del amor”. Lai se conmovió hasta las lágrimas y me confesó lo que menos esperaba: “Ese ideograma lo saqué de un folleto de delivery de comida china”. “Lai, la concha del pato, ¿usted me está diciendo que ahí dice chop suey con pollo?”. “Nooo… ¡Lo estoy jodiendo, Leíto! Si yo sé escribir y hablar en mandarín”. Y ahí se puso a hacer sonidos guturales como si fuera una mala copia del doblaje del sirviente chino de los Cartwright en Bonanza.

Decía que nunca había bailado. Y hace un par de años apareció una foto de él en Cuba moviéndola como un campeón junto a una señorita que, se ve, lo motivaba. La actitud que tiene Alberto, la concentración en esa compañera de danza y en el paso que está ejecutando: ojalá lo hubiera contado, ojalá lo hubiera escrito.

El Rusi Millán Pastori, el director del documental Lai, nos dijo cuando a Laiseca le tocó perder, ese jueves 22 de diciembre de 2016, que él había sido tan buen maestro con nosotras y nosotros que hasta nos había mostrado cómo no teníamos que terminar: más allá de las propias, todas las formas de la escritura y la oscuridad.

Laiseca nos daba consignas para escribir. El puntapié inicial para arrancar un relato. Decía que su labor era estimular nuestra imaginación y que después estaba en cada quien qué sacar de lo que él nos proponía. Que lo sorprendiéramos. Tenía un cuaderno y también una carpeta oficio donde las había enumerado. Conforme iban pasando los años sabía preguntarnos: “¿Esta ya se la di?”. Casi como si fuera una contraseña entre las discípulas y los discípulos siempre aparece la pregunta de camaradería: “¿Vos con cuál arrancaste? ¿Cuál fue la primera que te dio?”. En la mayoría de sus relatos estaban esas consignas. Al irnos adentrando en su obra, era un hallazgo y una felicidad enorme encontrarlas ahí. A mí me había dado la de “La cueva secreta”: cavar un pozo, hacer un túnel para llegar a ese refugio anti-padre, según su propia definición. La ilustración de este ejercicio está en El gusano máximo de la vida misma, y en lo que escribió Lai en Camilo Aldao. Se me ocurre pensar que esas consignas, esas ideas, formaban parte de sus variados listados; que incluso él las había enumerado antes de escribir sus textos: sobre las cosas que tenía ganas de hacer, sobre sus delirios y caprichos; todo lo que van a encontrar en este libro.

Uno de mis cuentos favoritos de Lai es “De mi bastón salen jingles”, porque en ese cambalache de tecnología ciruja, secuelas de rechazos editoriales, personajes delirantes y títulos magníficamente pomposos como solo a él le quedaban tan bien —Ruido de megatones en la terraza— creo que se encuentra no solo un compendio de lo mejor del inabarcable universo Laiseca sino también dónde plantó bandera: en no abandonar la escritura. Lo leí por primera vez en el libro Gracias Chanchúbelo. En la revista literaria Banana apareció una versión inicial de este relato. La diferencia significativa entre una y otra está en el desenlace y en el juego con un tipo de música: en la revista era la beat; en Gracias Chanchúbelo, la heavy. Pude preguntárselo. “Hay que modernizarse, Leíto. Hay que modernizarse”. Lo hacía en sus textos. Y no en su vida. Vivió para sus ficciones. Y para compartir las que lo marcaban. Cantó. Contó. Se rio. A veces. Y a unas cuantas y unos cuantos nos dio una vida que él no pudo tener. Como el Coquito protagonista de “De mi bastón salen jingles”, después de romper el bastón y abrazarse a una guitarra que bien podría ser la que muchos años después nos cantaron Los Auténticos Decadentes. ¿Qué música estaría tocando hoy Laiseca? ¿Estará por fin en paz? ¿En qué andará, Maestro?

Cuentos completos

QUE DURE LO QUE TENGA QUE DURAR
NOTAS A ESTA EDICIÓN

Sebastián Pandolfelli

Editar a Laiseca es viajar entre un caos de papeles, un universo de manuscritos manchados, con una letra imprenta mayúscula cargada de expresividad. Hay que ir tanteando, descifrando palabras entre tachaduras, rayones, llamadas, flechas y comentarios en los márgenes. Dejar que cada tanto alguna anotación empiece a hablar como una máquina parlante. Meterse en el astral, volver a los años del taller y tener a Lai enfrente, soltando las volutas de humo denso y gris de los Imparciales, leyendo con su voz grave los cuentos que componen este libro.

Lai no era muy amigo de los consejos (sobre todo de recibirlos), pero solía tirar algunas máximas: “Para poder escribir hay que leer más, escribir más y vivir más”, decía. Y la otra: “El texto tiene que durar lo que tiene que durar”, no importa si es largo o corto, mientras tenga la duración justa, la extensión que la historia pide. No es extraño que una sentencia semejante venga del autor de la novela más extensa de la literatura argentina.

Cuando se presentó la primera edición de estos cuentos, en julio de 2011, ante un auditorio repleto dijo: “Un autor siempre está escribiendo la misma obra, pueden variar los personajes, los ambientes, pero siempre se escribe sobre lo mismo”. En Laiseca eso es una marca. Todos sus libros tienen conexiones entre sí, personajes que se repiten, como el Monitor de la Tecnocracia o el Maestro Lai Chu, entre otros, así como hay situaciones que lo obsesionaban y se reflejan en varios de estos cuentos. Todas sus obras giran en la órbita de su opus magnum, Los sorias.

En una entrevista para la agencia Télam, en noviembre de 2011, le preguntaron sobre el proceso de escribir un cuento o una novela y cuáles eran las diferencias, a lo que respondió: “La famosa pregunta de cuál es la diferencia entre novela y cuento, a la cual he respondido en muchas oportunidades: no sé. Sé que algo mío puede estar bien escrito, pero no sé por qué. Hay muchas teorías del cuento, pero no creo que funcione ninguna sin estimular la imaginación”.

Esta edición de Cuentos completos está basada en la que hizo Gastón Gallo para Simurg en 2011, que compiló los títulos Matando enanos a garrotazos (Editorial de Belgrano, 1982; reeditado por Gárgola en 2004), Gracias Chanchúbelo (Simurg, 2000) y En sueños he llorado (Fundación Ayuntamiento de Cádiz, 2001; La Página, 2001). Los cuentos que en aquella oportunidad figuraban como “inéditos” hasta esa fecha ahora se encuentran en la sección “Cuentos reunidos”, porque desde la muerte de Laiseca en 2016 fueron apareciendo nuevos inéditos que agregamos al final de este volumen con el título “Cuentos inéditos”.

Varios de estos textos se habían perdido en el desorden de su pequeño departamento del barrio de Flores. Los encontramos desperdigados, algunos en cajones, algunos en bolsas de supermercado junto a revistas viejas y fotocopias, y otros entre la gigantesca pila de papeles de su escritorio, que amenazaba todo el tiempo con caerse. Algunos están firmados y datados. Se pueden deducir las fechas aproximadas de los que no la tienen, haciendo arqueología entre sus grafismos. La letra de Laiseca fue variando. En 2003 era una mayúscula imprenta más chica, respetaba los renglones, y hasta las tachaduras eran un poco más prolijas. Ya en 2006 empezó a escribir con letra cada vez más grande y en diagonal hacia los márgenes y desde 2008 a veces un solo párrafo podía ocupar una hoja A4.

Sobre los textos de la edición anterior cabe detallar las publicaciones originales: “De mi bastón salen jingles”, en la revista Banana en octubre de 1982; “Indudablemente, horriblemente, ferozmente”, en la revista Fin de Siglo Nº 15 en septiembre de 1988; “Los santos” y “Jack el Olvidador”, en la antología Sacamos a pasear al monstruo, Ediciones Letra Buena, 1991; “La leyenda del ario errante”, en el suplemento “Verano 12” de Página/12, el 20 de febrero de 1998; “La ejecución de María Antonieta”, en la revista Tres Puntos, el 20 de enero de 1999; “Mi mujer”, fechado el 29 de octubre de 1971, en el suplemento cultural del diario La Opinión, el 19 de agosto de 1973; “Cuentos de la negra Tomasa”, en la antología Cuentos de terror, Interzona, 2003; “Las tetas y el péndulo”, en la antología Mano a mano (Cuentos sobre tango), Norma, 2004; “Mi prima Histeriqueta”, en el volumen Vagón fumador. Antología de relatos sobre el tabaco, Eterna Cadencia, 2008.

Acerca de los textos nuevos, vale puntualizar algunas cuestiones.

Sobre “Famosos dictadores latinoamericanos”, Laiseca contó en una entrevista de Flavia Costa de 1999 en Clarín que una vez “muerto de frío y de hambre, en una pensión roñosa” para pasar el mal momento se puso a leer unas revistas de efemérides viejas que traían historias de tiranos. Entonces se le fue “el frío, el hambre, todo” y empezó “a escribir historias graciosísimas de dictadores inventados”. Probablemente esa anécdota sea el origen de este texto, que es un fragmento de El pequeño gigante muy delirante, sin ilustraciones —un libro inédito de misceláneas— y que con sutiles cambios fue publicado luego como cuento con el título “Feísmo” bajo el seudónimo Dionisios Iseka en el diario La Opinión el 3 de marzo de 1974. Ese mismo año formó parte de la antología El humor más negro que hay (Rodolfo Alonso editor). Por esta razón figura en la sección “Cuentos reunidos”.

“Qué viví en París” es una crónica sobre su corta estadía en esa ciudad durante junio de 1991 que le pidieron al terminar la residencia de escritura en la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs de Saint-Nazaire junto a César Aira, Alan Pauls y Juan José Saer, entre otros.

“La violadita” no tiene fecha ni firma, pero, según la letra, la temática explícita y el tono de lo que relata, posiblemente sea de 2005, época en que nos leía fragmentos de Sí, soy mala poeta pero… (Gárgola, 2006), mientras la estaba escribiendo.

El manuscrito de “El enrollamiento de las banderas conchas” denota que lo escribió en dos etapas distintas. Al principio tiene anotaciones de temas para desarrollar y tachaduras. Dejamos la expresión “la caparazón” tal como en el original ya que, aunque es incorrecta, tiene mayor fuerza. El largo diálogo delirante entre los maestros chinos recuerda al de los crotos del cuento final de Matando enanos a garrotazos.

En “Felisa mi puta” se ve debajo de unas tachaduras que arrancaba con la protagonista llamada Marian, y a la mitad del texto decidió ponerle Felisa. Tiene fecha de marzo de 2006.

“La última víctima de Jack el Destripador” está narrado desde la voz de Jack y es un texto complementario al cuento “El verdadero amor es siempre inmortal”, perteneciente a la Trilogía misógina, que integra este volumen.

“Querida: voy a comprar cigarrillos y vuelvo” merece un aparte. A la versión original —incluida por primera vez en la edición de Cuentos completos de Simurg— se le suman en esta ocasión dos nuevas: la primera es de 2010, del momento en que Lai estaba colaborando con el guion de la película. La segunda, de la misma época, apareció cuando teníamos el libro casi terminado. Entre tantos mails con archivos escaneados, de repente al abrir un documento ¡no era el que ya teníamos, era un texto totalmente diferente! No podría explicar muy bien cómo pasó, pero creo que alguien desde el astral se estaba divirtiendo.

“La masoquista triunfante” data de 2013. Fue un texto a pedido para el Buenos Aires Herald. Ese asunto lo tuvo contento porque esperaba una traducción y publicar en inglés. Al final esa publicación quedó en la nada.

“El ataque de las zombis desnudas” lo escribió en 2014. El texto tiene otro párrafo inicial en los espacios entre los primeros renglones. Dice así: “En verdad se llamaba Anselmo Cuitiño, pero se hacía llamar Dr. Necrófilus. Su ayudante: Estupidióticus, porque era bastante boludo”. Después optó por llamar al asistente Trilobites en el resto del cuento y se entiende que el inicio es el que decidimos dejar.

“Cómo ganar retrospectivamente la guerra de Vietnam” era “Ganando retrospectivamente…”, en gerundio. Es probable que haya cambiado de idea al recordar la anécdota (que él mismo contaba) de que no le dieron cierto premio a Matando enanos a garrotazos porque “tenía un gerundio en el título”. Además de tachaduras, rayones y frases cambiadas de lugar tres o cuatro veces, este cuento tiene algo particular: lo escribió en febrero de 2006 pero está ambientado en 2016. El protagonista viaja en el tiempo. En un momento dice: “Debemos aclarar que el profesor (quien tenía ya setenta y cinco años en 2016) era un gran coleccionista de libros infantiles. A la crema de su inspiración la sacaba de aquí”. (Otra muestra de cómo se funden su literatura y su vida. De hecho, atesoraba varios libritos amarillos de una vieja colección de su infancia. Aún hoy en el blog albertolaiseca.blogspot.com se lee: “Laiseca busca: El ratón Mickey y el niño prodigio de la colección Pequeños Grandes Libros, ed. Abril. Por favor, si alguien sabe su paradero, escribir a la cuenta de gmail. Gracias”). Al final de este cuento el protagonista (alter ego de Laiseca) en 2016 está demasiado viejo, cansado y sin ganas de inventar máquinas del tiempo, ni más nada. Sin embargo, en ese momento Lai viajaba constantemente al pasado mientras escribía Camilo Aldao, su última obra, memorias de juventud y tratado filosófico. Murió en diciembre de 2016 a los setenta y cinco años.

Los llamados a pie de página están tal como los puso Laiseca. Decidimos ser fieles a los originales.

Entre los materiales que encontramos había algunos textos que estaban inconclusos, en un estado muy primario o con poco desarrollo. Preferimos no incluirlos porque no cumplen con las características de un cuento terminado.

Siempre es posible que entre la montaña de papeles desordenados aparezca un nuevo relato, algún cuento que desconocíamos, o quizá sea el propio Lai quien los envíe desde el astral. Ahora esta edición de sus Cuentos completos es otra batalla ganada al Anti-ser.

Cuentos completos

MATANDO ENANOS A GARROTAZOS
(1982)

Cuentos completos

NOTA

No me propongo eliminar a garrotazos al simpático enano de Velázquez; tanto menos por el hecho de que siempre simpaticé con los bufones de las cortes. Por otro lado, nada puede ser más peligroso que ganarse la animadversión de uno de esos chuscos, que te destripan entre dos cuchufletas. Soy prudente desde que leí “Hop-Frog”, el cuento de Poe. Resultaría muy desagradable que el furioso pequeñín de la historia decidiera vengarse y me quemara como a un orangután.

No es cosa de risa cuando nos declara la guerra toda una división de enanos de jardín. Al principio, al ver las diminutas máquinas de asalto y los pequeños arietes, la víctima sonríe. Pero a medida que pasan las horas, aumentan los incendios y el enemigo mantiene su ataque con fanática decisión, Gulliver empalidece. Los gurruminos habían resultado más malos que los hititas.

Prefiero dejar que cada uno encuentre aquí a sus propios enanos teológicos, emparentados con los de la metafísica contrahecha. Así, pues, lectores, tomad un hierro (un garrote de fresno, un trinchante o cualquier otra cosa), y penetrad alegremente en las selvas de estos trece cuentos. ¡Buena caza!

Cuentos completos

A la vera de un camino dos enanos castigaban una flor mientras le decían:

—Aunque tengas buen olor ¡no nos gustan las florcitas!

GALLARDO DRAGO

(Extraído de la cita perteneciente al libro A bailar esta ranchera, de Horacio Romeu)

Cuentos completos

GRAN CAÍDA DE LA INDECOROSA VIEJA

En el año doscientos de la Égira, ya existían los ómnibus en aquel remoto reino de las profundidades de Arabia. ¡Yah, Allah!: ayúdame para que por lo menos, por respeto al Diván, con su nube de emires, califas, sultanes, cadíes, imanes, derviches, calendas y creyentes, yo diga la verdad siquiera esta vez. Sea yo veraz, aunque Dios mienta.

Existían los ómnibus, repito, solo que al no haber electricidad, ni estar solucionado el problema tecnológico de los motores a explosión, arreglaban las cosas con un motor más voluminoso. Consistía este en una cámara grande como una habitación, donde quince esclavos hacían girar una enorme rueda conectada a un engranaje, que a su vez movía las pantaneras del ómnibus.

Cuatro capataces munidos de látigos mojados y espolvoreados con sal se encargaban de estimular los bríos de los terrestres galeotes. El vehículo se movía lentamente, claro está, pero en forma segura.

Cada tanto había estaciones de servicio donde los galeotes, transformados en pulpa o tocino salado, eran echados a la Gehena de azufre y llamas que arde eternamente, situada por lo general detrás de la estación de servicio. Los muertos eran en el acto reemplazados por tropas frescas, como dicen los militares.

El cadí subió al automotor y sacó boleto de quince dracmas. Como a esa hora el transporte iba casi vacío, pudo sentarse confortablemente en un asiento del fondo y a la izquierda. Siempre que podía se instalaba atrás; en esta forma si un enemigo le hacía un signo mágico con los dedos, podía detectarlo con facilidad y tomar las contramedidas necesarias.

Mientras el artefacto autopropulsado se ponía en marcha, comenzó a recordar las más absurdas cosas. En ello estaba el cadí, trinando alegremente sus fantásticos pensamientos, sin prestar atención al traqueteo del ómnibus ni a los latigazos que se escuchaban desde el motor, cuando de pronto una vieja repulsiva que se había puesto a su lado comenzó a toser para llamarle la atención —vanamente, por supuesto—; viendo que no le cedían el asiento —el ómnibus se había llenado en la parada anterior—, procedió a la puesta en marcha de un operativo de más vastos alcances: algo así como la pacificación de las Galias por Julio César, o Federico el Grande invadiendo la Sajonia. Me refiero a que le incrustó en el ojo derecho un ángulo de la cartera. Desagradablemente arrancado de sus ensueños, el cadí sonrió, levantó la cabeza para mirarla, y le dijo con dulzura:

—¡Yah, Allah! ¿Cómo te has atrevido a incrustarme tu cartera en el ojo, falsa e inmunda salchicha de plástico; abominable creación del Malo; a quien el Profeta —¡con él sean la Gloria y la Salsa para ensalsarlo!— confunda?

Dichas estas palabras, hizo detener el vehículo y llamó a la Guardia del Alfanje, la cual se llevó a la repelente vieja arrastrándola de las patas, por lo que su pollera aleteaba alegremente, entremezclándose con el polvo y levantándolo a cucharadas.

Una vez instalado en su despacho, el cadí pasó a administrar una rápida justicia, dejando a la repugnante vieja para postre, que habría de merendar al siguiente día. Así, mientras ingería un refrigerio, condenó a un 10% de inocentes, liberó y “sin que el juicio afecte a su buen nombre y honor” a un 20% de culpables, y el 70% restante fue sancionado más o menos como lo merecía. Todo rapidísimo y en quince minutos.

Unas veintiocho personas, entre hombres y mujeres, fueron a parar ese día al suplicio de las soldaduras; consistía en trazar sobre la piel de los condenados, con barritas de estaño y autógena, toda clase de líneas y dibujos maravillosos que parecían oropéndolas anadeando sus culos por entre elipses de plata, y que se iban entrecruzando alrededor del cuerpo como un cañamazo, terminando por formar una sola pieza sobre la carne carbonizada. No dibujaban figuras humanas porque lo prohíbe expresamente el Profeta (¡con Él sean la plegaria y la paz!).

Se utilizaba oro si era domingo; puesto que este es el metal que corresponde astrológicamente a ese día de la semana. Plomo si era sábado, etc.; y así también: hierro, estaño, plata, cobre y mercurio. El último metal mencionado no producía ningún daño por sí mismo, como es natural, pero las quemaduras del mercurio hirviendo gracias a la autógena eran más que suficientes.

Y dijo el cadí: “¡Yah, Allah! Agradezco a la Providencia que no haya un octavo planeta cuyo representante sea el platino, por ejemplo, que es carísimo”.

Los discípulos del cadí hacía rato que observaban a la asquerosa vieja carterista, haciéndoseles agua la boca.

A los fines de endosarle un espejismo o falso castigo, cosa que tuviese una pálida idea de la verdadera reprimenda que le habría de dar el cadí cuando se levantara por la mañana y diese alimento a los perros sagrados, arrancaron a la desabrida e intratable vieja las pocas muelas y dientes que le quedaban, para emparejarle las encías; en esa forma la vieja execrable y arisca podría articular mejor las palabras, e iniciar con eficiencia su defensa oral ante el cadí.

Compadecidos por lo demás ante su boca huérfana de piezas dentales, se decidieron por pura filantropía a ponerle una dentadura allí mismo sin falta. Así, comenzaron por atarla con alambres de púa a un poste, y luego, sin prestar la menor atención a los rugidos triunfantes de la maliciosa y detestable vieja, procedieron a meterle en cada encía —donde antes hubo dientes o muelas— un clavo a martillazos. Dichos trebejos estaban calentados al rojo; pero no para hacer sufrir a aquella aviesa pécora, vieja malévola e insolente, sino por su propio bien; ya que en esa forma las heridas cicatrizaban de inmediato. La desalmada proterva, condenable y ruin vieja, vino a quedar de esta guisa con una dentadura nueva, como de plata.

Seguramente alguien se preguntará cómo es posible dar martillazos en el fondo de una encía. Es que estos Emires de los Dientes habían inventado un minimartillo telescópico, encargado de producir en el interior de las fauces viejeriles los indispensables microclimas de violencia.

Luego que a la pésima e indeseable vieja le hubo sido puesta la nueva dentadura, los Dispensadores de Dones quedaron cavilantes acerca de los méritos de la obra odontológica. En ese momento la dentadura parecía de plata puesto que los clavos eran nuevos; pero ¿qué sería de aquel argentino brillo una vez oxidados?

De manera que se los arrancaron a todos, uno por uno, y luego de haberlos sometidos a un baño de acrílico se los volvieron a meter en los mismos agujeros. Como los clavos habían sufrido un proceso de engorde a causa del plástico, no bailaban sino que entraron lo más bien.

Toda esta última parte de la operación, o sea la sacada y puesta, fue acompañada por la música de la descarriada, injusta y perniciosa vieja, quien lanzaba alaridos tan magníficos que los operadores llegaron a la conclusión de que ella estaba gozando intensamente. Para tal estimación se basaron en el cuarto principio de la termodinámica, o ley del segundo orgón, de Reich. En efecto, la anatematizada y perversa vieja obligaba a tal pensamiento con sus arqueos de espalda y, sobre todo, mediante los golpes que daba con sus pies: primero zapateaba con una pierna, después con la otra, luego otra vez con la primera, etc. De lo más erótico y análogo a un violento orgasmo. Corajuda, la rabiosa vieja, dentro de su placer. Irascible, la malsufrida geronta. Soberbia, la prepotente anciana. Arrebatada y torva, gozando sola y sin invitar a nadie, aquella tenebrosa furia. Sus berridos en cambio, soberanos y nítidos, no tenían nada de lóbregos ni desdibujados ni confusos; antes bien, los mencionados alaridos parecían ovaciones; o sea: el aplauso unánime del público cuando premia la labor de un artista. Aquellos rugidos sexuales eran luminosos, nítidos, diáfanos, paladinos, inequívocos y terminantes. Sus gritos deliciosos y reconfortantes hablaban de apetencias eróticas, de públicas demandas de lecciones prácticas.

Después de todo se las había arreglado para sacar provecho, la nauseabunda y malintencionada vieja. Más odiosa que nunca, la infame y fétida.

Así pues y por todo lo anteriormente referido, esos derviches, aquellos santones de la dentición, llegaron al convencimiento íntimo de que esta endiablada estaba de lo más alegre y gozosa, y que sus alaridos eran pura simulación, propia de un pudor koránico. Libres ya de remordimientos y con la conciencia tranquila, alguien propuso volvérselos a sacar y ponerle clavos de cuatro caras como los que se les colocan a los zombis, para impedir la rotación y asegurarlos a las mandíbulas.

Pero los demás se opusieron alegando razones humanitarias. En efecto: de proceder en esa forma, la maldita y podrida vieja sufriría innecesarias torturas. Lo mejor era asegurar los clavos ya puestos con un puenteo de estaño. Dicho y hecho: el Sultán de los Odontólogos en persona procedió a fundirle, arriba de las encías, una barra entera con ayuda de un pequeño soplete de llama corta y fina. Media barra en la mandíbula superior y el resto en la inferior. Comenzó por la de arriba, ya que era la más difícil, y porque a la malandrina, maligna y vomitada vieja había que ponerla cabeza abajo para trabajar mejor. Este Califa de los Dientes siempre hacía los trabajos más difíciles primero, para después tener derecho a descansar. Era un tenaz. Uno de esos hombres que no se dejan subordinar por los reveses de la vida. De los que dan la cara al Destino y lo enfrentan virilmente. Pero cometió un error, al no advertir lo obvio: el puenteo de estaño, a la fuerza, habría de quemar el acrílico. Todo el primer trabajo, en vano. Sin querer le habían otorgado el derecho a burlarse a la aprovechada vieja; atrincherada dentro de su mente en ruinas, ahora podría diagnosticar fracaso, la malvada grotesca y babosa.

El Profeta de los Odontólogos se puso rubí de vergüenza.

Cuando el cadí se levantó —y luego de sus abluciones matinales, que realizó como buen musulmán— dirigiose hasta donde se encontraba la terca, testaruda y contumaz arpía.

Sus discípulos le confesaron de rodillas que habían fracasado en su intento por poner en vereda a la incorregible, reincidente, recalcitrante y obstinada geronta. No dudaron, ni por un segundo, que el Maestro tendría más suerte.

Pasaron luego a informarle de la irreligiosidad de la impenitente vieja: atada con alambre de púa y cabeza abajo como estaba, bien podría haber dado gracias a Allah de que continuara soportándola un rato más en la Tierra, en vez de llevarla en el acto y sin más dilaciones a la quinta torca del infierno a donde seguramente iría. Pero no había rezado ni nada, aquella descreída relapsa.

También procuraron llevarla a la reflexión mediante un monólogo contrapuntístico de pinchos; así estaría preparada para pelear por su salvación mediante gentiles maneras, abdicando de su deplorable actitud; pero ni con esas. Llegaron a la conclusión de que la despreciable e imposible vieja se hacía la loca para pasarlo bien.

El cadí ordenó que la sacaran del poste.

Cuando la llevaron a su presencia fue preciso sostenerla, pues se negaba a estar parada la muy cómoda; holgando en brazos de los otros y siempre tomando ventajas la perfecta inútil. El cadí tuvo la condescendencia de preguntarle cómo se llamaba. Sin prestarle atención, la altamente maléfica comenzó a cuchichear con el Enemigo de la humanidad, su Dueño y Señor. Al menos, eso dedujeron todos ante los extraños e indescifrables suspiros, graznidos, ruidos y otras. Chismorreaba con sus gorgoteos, sin duda para mantenerlo informado de las últimas novedades en la Tierra. Firme hasta el fin en sus herejías y blasfemias, aquella, poco temerosa del Cielo, cerda. Testaruda, en su desviación contumaz. Pecadora, la obstinada sectaria. Inexpugnable, en su atrevida desfachatez. Inconquistable, en su audaz desvergüenza de vieja puta. Invencible, en su temeridad petulante y díscola.

Para dar lástima —sin sospechar que el magistrado ya había sido advertido—, la ridícula y zalamera vieja escupió sangre e hizo otras mil gitanerías delante del cadí a los fines de seducirlo. Ingobernable, la cerril e insolente vieja. Deseaba robar el tiempo de los otros mediante engaños, la falaz y codiciosa anciana. El cadí comprendió finalmente que aquella atroz pésima, con sus gemidos, balbuceos, sangre y continuos desplomes, no se proponía otra cosa que una maniobra parlamentaria de obstrucción.

En eso estaban cuando ella lanzó por la boca una especie de palabras; pero todo muy amanerado. ¿Qué habría querido decir con algo tan impreciso y equívoco, la ambigua vieja? Desconfiaron de la cínica, procaz e impúdica. Triste experiencia tenían con la descarada anciana. Desvergonzada, la geronta.

Por orden del cadí le fueron pasados rodillos ardientes por culo y espalda, como quien pinta. Era cosa de ver cómo saltaba la vieja mentirosa, para llamar la atención. Se le dijo que con pataletas e histerias no iba a conmoverlos.

¿Por qué no hablaba en su descargo, si se había cometido un error con ella? El cadí era un hombre clemente, sensible y proclive a la piedad. No se habría negado en modo alguno a escucharla.

Bien sabía la indignante, astuta y escurridiza vieja que ningún argumento que esgrimiese podría haber justificado su malévolo acto carteril anti ojo. Se negaba a explayarse; rehusaba hablar, la silente vieja.

Era capaz de morirse, exclusivamente para molestar y escapar a su castigo que, por otra parte, aún no había sido determinado.

Entonces comenzaron a observarse signos de abdicación, por parte de la desfachatada vieja. Parecía desolada, como a punto de entregarse, abrirse a ellos. El cadí, como es natural, jamás quiso castigarla, sino sacar de su descarrío, desviación y error a la renunciante decrépita.

Se veía meditabunda y deprimida, la desalentada geronta. Parecía que iba a hablar, apelando a la clemencia siempre infinita de los magistrados.

Pero, por la expresión de astucia que observaron en un recoveco del cachete que aún poseía, comprendieron que había conseguido engañarlos otra vez y con una nueva insolencia.

Entonces decidieron que, por lo menos, le transformarían las tibias en flautas. Descarnadas que estas —las extremidades— fueron, a la caminante vieja le cortaron las piernas a la altura de las rodillas, porque todo lo situado desde ese paralelo hacia abajo molestaba para la construcción de las mencionadas flautas. Luego se procedió a vaciarle el interior de las referidas tibias con baquetas como las que se usan para limpiar los fusiles, y practicaron siete perforaciones sucesivas en cada una para lograr las citadas máquinas de música. Dos flautistas procedieron entonces a tocar sobre la instrumentada vieja.

Ante los gorgoteos con metrónomo y diapasón de la musical vetusta —por alguna ignota razón se asemejaban mucho a los de un agonizante, pero no era eso en absoluto—, todos supusieron que ella pensaba emitir algo en su descargo y se acercaron para escucharla, provistos de cuadernillos y lápices de puntas filosas. El cadí, incluso, inclinó algo su regia cabeza hacia la dicharachera anciana.

Escupió un poco más de sangre. Otro gorgoteo, gemidos, y más sangre hasta completar un cuarto de pinta. Nadie le reprochó esta nueva hazaña; todos lo tomaron como algo muy natural; equivalía a la afinación de los instrumentos por parte de una orquesta. Ahora vendría el concierto. Se le dio tiempo; esperose pacientemente. En vano. Estupefactos comprobaron que no tenía la menor intención de explayarse, la necia, torpe y estólida y portentosa vieja.

El egregio, sublime y altísimo cadí tomó aquel silencio como una rareza excéntrica. Extravagante, la abultada vieja.

Tomó entonces la resolución de sacarle un poco más de carne; hacer marchar al destierro a otra parte de sus bienes corporales.

Aquí se acabaría toda la farsa. Terminarían para siempre las patrañas, jugarretas y triquiñuelas de la tramposa vieja.

El verdugo oficial la tomó para sí e hizo travesuras, efectuando —como buen matemático que era— algunas permutaciones y reemplazos de ovarios y orejas; hasta que el cadí, fastidiado, le dijo que cesase de importunar a la disgustada vieja.

La aparatosa y alharaquienta anciana estaba muy llamativa con toda la carne levantada. Rumbosa, habiéndose hecho pis y caca encima aquella cochina.

Deshonesta al mostrar sus huesos para erotizarlos y que así se olvidaran del castigo. La muy obscena vieja. Grosera y liviana, la descortés provecta.

Ya que la cartera que introdujo al cadí en un ojo fue a causa del asiento, entonces le fabricaron un trono de hierro calentado al rojo, para que desde allí pudiera responder a la acusación. Medio reculaba desconfiada, la recelosa y suspicaz vieja.

Cuando la sentaron en el trono, ¡Yah, Allah!: recordó a la buena y briosa vieja de un principio. Chocha, la encanecida matriarca. Se retorció lujuriosa la impúdica, como no queriendo perderse ni una poca de aquella pagana, druídica fiesta. Relajada, la sádica e inmoral licenciosa. Burlona la incontinente, lúbrica y obscena sicalíptica. Una tarquinada, la indecorosa disolución de la Luzbel vieja.

Y después se quedó muy quieta. Quietísima.

El cadí sospechó algo tremendo. Ordenó a sus discípulos que le tomaran el pulso, temiendo lo peor.

Hizo sátira de ellos con su senectud inexpugnable y triunfante, la madura pimpolla. Sarcástica, esta venenosa anciana. Irónica, esa cáustica y mordaz vieja. Punzante, aquella insurrecta sardónica. Rebelde y todavía amotinada, la facciosa. Mediante sus estratagemas sigilosas, la tortuosa vieja se les había ido transformando en alegoría. Una rareza, la sin par bribona. Persistente, esa malévola decrépita. Se moría, y con ello escaparía al castigo. Se sentían culpables; se reprochaban el haber fallado por perezosa irresponsabilidad. No habían sabido tocarle la tecla del dolor, a causa de una mezquina neurastenia, dejadez u olvido. Se moría antes de tiempo a causa de un descuido indolente y apático, por la inveterada desidia y la deliberada incuria. Se moría sin haber sido torturada, ni sancionada, y ni siquiera reconvenida. Se moría.

Y se murió nomás, la desobediente vieja.

Cuando la pira celestial incineró su último muerto —no bien cesó de funcionar ese antiguo horno crematorio, perseguido de cerca por las vengadoras sombras—, el cadí fue a la mezquita. Oró la noche entera para que el Profeta le perdonara su fracaso. Allah es Enorme.

Cuentos completos

EL BALNEARIO DE CROTOS

Sus doctas Haraposidades, los señores Moyaresmio Iseka y Crk Iseka, reposaban esa mañana sobre la arena de la playa de la bahía de Gazofilago; este lugar estaba situado en el oeste de la Tecnocracia, junto al Océano Tracio, mucho más abajo con respecto al paralelo que pasaba por Monitoria, capital del país.

La tal bahía era prácticamente el último vergel antes del gran desierto del occidente, cercano a la frontera califal, conocido como El Bronce de Satanás.

Como nadie iba a la mencionada playa paradisíaca puesto que los magnates no la habían descubierto a tiempo, se fue convirtiendo poco a poco en una gran atracción turística para crotos. Linyeras y mendigos de toda la Tecnocracia pasaban allí sus vacaciones, e instalaban carpas de arpillera.

Cuando los potentados y jerarcas se percataron del lugar que habían perdido, ya era tarde. ¿Quién se atrevería —y con qué medios— a expulsar a los rotitos, que eran centenares y estaban protegidos nada menos que por el temido Benefactor (así llamaban también al Monitor o Jefe de Estado), a quien le habían caído en gracia?

Los crotos por su parte, chochísimos con la situación, viajaban de un punto al otro del enorme país haciendo lo que les daba la gana todo el año, y pasando uno o dos meses del verano en la bahía de Gazofilago.

Llegaban a la playa ataviados con sus plumajes más costosos, y centelleantes de mugre.

Los señores Moyaresmio y Crk se encontraban confortablemente instalados bajo una sombrilla tan descolorida que parecía haber sido sacada del fondo del mar. Vestían bermudas hechas con restos de cortinas, las cuales tenían cosidas flores recortadas de las revistas de moda, y calzaban hawaianas de cartón atadas con piolines.

La mañana era hermosísima; no hacía demasiado calor y el agua quedaba a pocos metros de ellos, clara y pura.

Dijo el señor Moyaresmio, mientras tomaba un largo trago de vino blanco helado:

—No hay nada como la vida natural.

Mientras bebían, estos dos déspotas ilustrados de la pobreza escuchaban gracias a un fonógrafo antediluviano con manijita para darle cuerda, adaptado a 33 1/3 r.p.m. y cambiador automático: “Cuentos de Baviera”, “Marcha de la cerveza”, “Wenn der Toni mit der Vroni, Polca de Stachus”, con Rudi Knabl en cítara, “Luisa la tiradora” y “En Munich hay una cervecería”, con Otto Ebner y su Orquesta de Vientos.1

Cerca de allí había un trencito de puestos para la venta de chorizos y panchos, edificado con maderas importadas de las cabañas hindúes, las cuales crecen como plantas a orillas del Ganges y que venían con gusanos y todo; tan podridas las tablas que podía hundirse el dedo en ellas.

Circulaban por la playa numerosos rickshaw para crotos acaudalados, que pagaban al tirador de varas con azúcar blanco y fósforos.

No faltaban los bañeros con camisetas de football agujereadas, que tenían delante y atrás sendos carteles de papel sostenidos por medio de alfileres:

GUARDAVIDAS

Los bañeros no sabían nadar, por supuesto; pero tampoco era necesario ya que los turistas eran alérgicos al agua, por razones obvias; para ser considerado un imprudente, bastaba colocarse tan cerca del mar que su espuma llegase a salpicarle los pies. Quienes montaban vigilancia se encargaban de llamar inmediatamente al orden a cualquier posible excéntrico. La tierra no se quita con agua sino con baños de arena, como todo el mundo sabe.

Mujeres despóticas en la abundancia de sus fofas carnes, y que por la edad bien pudieran haber sido camareras de María Estuardo, reina de Escocia, se paseaban de lo más orondas luciendo tangas apretadísimas, hechas con telas de amianto, robadas de los rincones destinados a guardar extinguidores, granadas, matafuegos, y otras. Es que los trajes de baño, hechos con amianto puro, estaban haciendo furor ese año.

Había también, sin embargo, chicas bastante jóvenes, desgreñadas con elegancia, de un color parduzco —no se sabía si por el sol, la raza o la tierra—, que anadeaban sensuales. Lamento decir que no todas eran honradas; las seducían especialmente los linyeras gordos, de anteojos ahumados, tomadores de mate con azúcar y que jamás descendían a prender un cigarro con un tizón sacado del fuego, sino que exclusivamente usaban fósforos. Con un derroche que las dejaba pasmadas, veían cómo estos ricachos encendían un cigarrillo armado y luego, con displicencia y los ojos entornados, tiraban el ya inútil palito de cabeza quemada. Estos gordos, podridos de tabaco y azúcar blanco, insisto, nunca fumaban un armado hasta superquemarse los dedos. Les pegaban 13 o 14 pitadas y después los tiraban.

Horas más tarde, a través de un crepúsculo de aguas rojizas, y luego de comer morcillas y chorizos exquisitos, y quesos picantes asados en parrillitas improvisadas con alambres, regadas generosamente estas viandas con un par de tintillos cosecha 20 de octubre de 19832, sus Rotosidades Ilustrísimas, previo acomodarse los plúmbeos andrajos, se tiraron de panza sobre el pasto, muy cerca de la arena, fumando con una suerte de magisterio tan solo superado por emires califables.

Dijo el señor Moyaresmio, mientras lanzaba un largo suspiro:

—Estas fiestas al aire libre me recuerdan los grimorios que cada tanto efectúan los magos.

Crk, algo somnoliento:

—¿Qué es un grimorio?

—Es una suerte de cena mágica, ritual. Una gran festichola a full que se mandan los esoteristas. Hay manjares delicados, vinos exquisitos, sexo, etc. A veces comen cosas asquerosas, pero las devoran con gran placer y piden más.

”Grimorio clásico, que conozca, solo el que otro croto me contó cuando yo era chico. Es una historia complicada y larga, en la cual el grimorio es solo uno de los incidentes de ella; de modo que no sé si…

Y el señor Moyaresmio se encogió de hombros, dejando su espalda expuesta al libre juego de las tensiones de sus mugres.

El señor Crk:

—Adelante, Ilustre. Cuando usted empezó a hablar, me preparé para distraer un tiempo de mis tremendas y abrumadoras ocupaciones de animal mágico; ¿así nos llama el Monitor, verdad?

—Si usted es un bicho de esos, hágame aparecer una danzarina turca.

—Pero cómo no —respondió en el acto el señor Crk, y arrojó al aire un gran puñado de arena al tiempo que decía—: In nomine Grómine

Por supuesto, no pasó nada. Además, en un brusco cambio de viento, la arena cayó sobre el señor Moyaresmio haciéndolo lagrimear.

Un inculto cualquiera habría proferido un exabrupto. No el señor Moyaresmio, que era un aristócrata bonapartista. Se limitó a decir, al tiempo que se limpiaba los ojos con un pañuelo pardo:

—Tengo la impresión, señor Crk, de que su magia ha fallado. Una equivocación al exorcizar, tal vez. Lejos de materializar lo pedido, usted produjo una variación vectorial en el dulce zéfiro. Si mi juicio es erróneo, le ruego que no vacile en refutarme.

—Tiene usted toda la razón. En realidad, a esta profesión de animal mágico la ejerzo desde hace solo cuarenta años. Soy inexperto aún.

El otro, muy amablemente:

—Comprendo. Es toda una incomodidad.

—La sobrellevo. Pero usted se disponía a decirme…

Entonces, el señor Moyaresmio Iseka comenzó la narración de “Gran caída de la indecorosa vieja”. Un rato después, esta larguísima historia fue cortada abruptamente por el señor Crk Iseka. Este dijo con un suspiro:

—Ilustre… por favor. Creo que ya está bien. Usted cuando se da manija no la para más.

Moyaresmio Iseka:

—Es una verdadera pena que me haya interrumpido. El sultán no cortó la cabeza de Sheherezada, después de todo.

—Es cierto. Pero la pasó para el otro día.

—Bueno, está bien —admitió el señor Moyaresmio—. De cualquier manera ya conté bastantes cosas del cadí. Lo suficiente como para que usted se haga una idea.

—O varias.

—No obstante es una lástima. Los perros sagrados aparecen por fin y se comen —en el famoso grimorio— a la despreciable, arrogante, roñosa y metida vieja. ¿Qué caviar podría compararse a la carne de sulfuroso chichi, palabra esta última que en mi léxico significa mala persona? Solo una alegoría puede tragarse a otra.

Viendo que su amigo se mantenía inconmovible y no decía nada, el señor Moyaresmio prosiguió luego de un tenebroso suspiro:

—Bueno, bueno, está bien. Usted se lo pierde. Se revelan secretos insospechados del grimorio, en ocasión del juicio, castigo y exequias del doble astral de la vieja reblandecida —al fin enganchada en la buena—, que… Pero en fin, dejemos eso. De cualquier manera —y le advierto, en esto me mantendré intransigente—, a lo máximo que me avengo es a esperar hasta mañana, luego del desayuno, para contarle la sorprendente y maravillosa historia Nº 948, titulada “La momia del clavicordio”.

Tranquilizado al saber que le endilgarían el tiesto solo después de un sueño reparador, el señor Crk Iseka resignose.

Algunas masas de nubes flotaban sobre el mar. Pocas, pero densas y de color blanco; grises hacia su interior. En el lado opuesto, desde el centro de la tierra tecnócrata, amanecía. El Sol intentaba salir detrás de un lejano árbol cónico; rodeado este de nubes, rosadas con franjas azules, tenía la apariencia de un postre.

Pasó una hora. El árbol ya era un helado encristalado en azul gélido y rayas espectrales de limón.

El señor Moyaresmio se despertó. Miró el cielo y el horizonte con aprecio. Encendió un fuego con varias leñitas que juntó y puso a calentar agua para tomar unos mates.

—Señor Crk… señor Crk…

—Mh.

—¿Un mate, quizá? ¿Una rosquilla con mucho azúcar, tal vez? —Y paralelamente a la infusión ofrecida, extendía con la otra mano una bolsita inmunda, de papel, pero de contenido luminoso.

El señor Crk, tomando el mate y una rosquilla:

—Decirle que no sería una descortesía que usted no se merece, señor Moyaresmio.

El aludido volvió a mirar el cielo, por segunda vez en el día:

—¿Nunca se le ocurrió, señor Crk, que ciertos amaneceres parecen crepúsculos y algunos crepúsculos son idénticos a amaneceres?

Zumbón:

—Ilustre… no se ofenda, por favor, pero… esa frase no fue original ni siquiera cuando alguien la dijo por primera vez. Se parece muchísimo a aquello de: “Ya se hunde el Sol en el ocaso”; “Las nubes arremolinadas como una turbulencia de mortajas que tratasen de ¡byyychck!”; “Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se etcétera”. Y otras.

—¿De manera que no le parezco original?

—Para nada, Ilustre. Ahora: si usted obviase las secuencias fatigosas y pasara a la narración que ayer me prometió…

Pero el señor Moyaresmio estaba en otra. Incluso se olvidó de continuar cebando mate, y dijo distraído:

—Ya va, ya va.

Encendió un cigarrillo egipcio, lo sostuvo descuidada y decadentemente en la mano izquierda, y con un palito dibujó un diminuto fusil sobre la arena. Luego levantó su vista de lince y observó un gorrión evolucionando en la selva de su árbol. Pensó que con el fusil que acababa de fabricar, ese hermoso ejemplar de passer domesticus podría ir a cazar cascarudos. Los coleópteros evolucionando como rinocerontes de otra dimensión, ante rifles para caza mayor. Balas rebotando en los élitros. Disparos de bazooka, pegando inofensivamente sobre los blindajes del tanque Stalin III, en Corea: “Otro ataque como el de la semana pasada y terminarán por echarnos al mar, mi sargento”. “Tómeselo con calma, Benson. Ya vendrá MacArthur a rescatarnos”.

—¿Y?, ¿el cuento que iba a contarme? —inquirió el señor Crk Iseka, sacando al señor Moyaresmio de sus ensueños.

—Decididamente, mi querido amigo, carece usted de todo sentido de la oportunidad. Me encontraba sumergido en un delirio delicioso; quién sabe en qué magnífico sistema de las artes o arquitecturas mentales pudo haber terminado.

—Lo siento.

—Oh, carece de toda importancia —el señor Moyaresmio dio vuelta su cuerpo y quedó boca arriba; parecía un faraón de arcilla secada al sol. Imponente, soberano y majestuoso luciendo su guayabera portorrimericana de harpillera, y sus soquetes cortos, hechos con seda importada de las Islas Vírgenes, sostenidos mediante cables telefónicos.

Comenzó a narrar, mientras miraba el cielo por tercera vez en el día:3 —Debo advertirle: lo que voy a referir es un cuento solo en parte. Con la clarividencia que a usted lo caracteriza, no dudo que será capaz de vislumbrar la verdad a través del dislocamiento de las exageraciones.

”Había una vez una raza en silla de ruedas mentales. Eran los epilépticos del humor: unos solemnes de mierda, en otras palabras, ya que carecían de toda flexibilidad para el mínimo cambio de unidades, que les permitiera adaptarse a lo nuevo y gozarlo. Eran como grandes masas de excrementos4 en flotación. Al morir caían a tierra haciendo plop. Porque le digo, la frigidez en cualquiera de sus aspectos: sexual o mental, es una enfermedad mágica; como la epilepsia.

”Esta no era una raza continua —tal como son los judíos, armenios, baskos o gitanos—, sino discontinua; nacidos sus miembros como por mutación de entre todas las razas. Habían logrado formar una nación, no obstante, y en ella mandaban.

”Las características eran de lo más interesantes. Había quienes, por ejemplo, quedaban podridos instantáneamente en medio de una conversación, o a través del giro de una frase. ¡Lo que puede lograr una palabra incorrectamente usada, o la energía discordante de una falla en la sintaxis! Los individuos de esta raza chichi, cuando les ocurría el suceso mencionado con anterioridad, seguían viviendo, durmiendo, comiendo y copulando, podridos por completo, con gusanos y mal olor. Hasta que se les iban cayendo los pedazos de carne: primero los músculos, luego las piezas anatómicas que constituyen los órganos internos. Algunos muy tenaces resistían hasta último momento y, aquí entonces sí, caían desmoronados; la pilita era arrastrada a un rincón cualquiera hasta que alguien se la llevaba.

”Dejaban muy temprano en la vida de practicar el amor físico, ya que los órganos sexuales eran los primeros en sufrir el aniquilamiento. Cuando se declaraba la putrefacción —cosa que siempre los tomaba por sorpresa—, iban a encamarse con lo primero que viniese así tuviera sífilis o lepra, tratando de compensar en unas horas lo que no habían hecho en toda la vida. Ya castrados se dedicaban al adoctrinamiento de la juventud —también bastante podrida por otra parte—, acerca de las bondades del ascetismo.

Crk:

—Me parece, Ilustre, que usted está hablando de los sorias.5

—Goza con interrumpirme.

—¿Cómo?

—Que goza con interrumpirme, digo.

—Pero está refiriéndose a ellos, ¿cierto?

—Puede ser.

Levemente zumbón:

—Usted tiene una gran autoridad para hablar de cosas sorias. Tengo entendido que antes de llamarse Iseka, su apellido era Soria, ¿no?

Algo molesto:

—Usted no pierde oportunidad de recordarme mi origen.

Crk aumentó el zumbido, pues era consciente de hasta dónde podía ir con el otro:

—Y, dicen que aunque el soria se vista de seda, soria queda.

Si el señor Moyaresmio estaba herido, no lo demostró:

—Repetiré lo dicho por un periodista de Camilo Aldao, cierto pueblo donde estuve una vez: “Tengo una triste solvencia” para hablar de todo lo referido a Soria. Como que yo fui un soria.

Crk, haciendo vibrar el zumbido mediante el clave continuo:

—¿Y usted está seguro de que el Monitor lo puso en la lista de exceptuados, etc.? ¿Tiene el perdón metafísico a mano, por favor? ¿O se le extravió?

Moyaresmio evitó contestar en forma directa. Procedió exactamente igual que si no lo hubiese oído:

—Da la casualidad de que si fuimos sorias alguna vez y dejamos de serlo, ya no volveremos. Sabemos muy bien por qué nos alejamos del chichi. Por el contrario, los de apellido Iseka son quienes corren grave peligro de soriatizarse.

Riendo:

—Bueno, bueno. No lo tome a mal.

—No lo tomo a mal. Le digo, eso es todo.

—Siga contando la historia, se lo ruego.

—Volviendo a las características de aquellas mierdas flotantes de las cuales hablaba: el objetivo primordial en la existencia de esas derivadas parciales del Anti-ser era reventar a sus antípodas. Cada uno en este país sabía que en algún sitio, allí o en otra parte, había un ser humano al que necesitaban —y podían— joder de alguna ingeniosa manera o forma. Cuando por fin esto era logrado, perdido ya el norte de sus existencias, caían en una apatía total que aceleraba el proceso de la destrucción orgánica. Era como si el Anti-ser en persona hubiese empezado a derivar de sí, según incontables ejes de coordenadas, a esos engendros.

”Claro está, como eran muy pocos los enemigos verdaderos de estos bofes pestilenciales, a veces debían unirse miles de chichis antes de encontrar una sola antípoda común.

Pero, el señor Crk Iseka, quizá debido al calor o por otra causa, había dejado de escuchar. Deliró para sus adentros: “Un perro sagitariano me saltó a la garganta. Veloz como un rayo le pegué un golpe de aries con el canto de la mano, y cayó muerto en el acuario. Jodete. Jodete per saecula. Una araña de libra —su forma imitaba la balanza, con oscilaciones de platillos alrededor del eje—, con caireles de leo, solares y refulgentes, que había robado para ponérselos en las orejas, avanzaba hacia mí. Me dispuse a defenderme con la púa del escorpión, cuando mi compañero gritó: ‘¡Métale!, ¡métale un piscis eléctrico en el culo, señor Crk!’.”.

El señor Moyaresmio Iseka, percatándose en el acto de que ya no lo atendían, se puso furioso:

—¡Ya ha dejado de escuchar!, ¡seguro que está pensando en otra cosa! —se fue calmando poco a poco—. No sé verdaderamente para qué me pide que le cuente historias maravillosas —pausa—. Y ojo: que los cochináceos de mi narración empezaban siempre así sus putrefacciones: siendo distraídos y desatentos. Así que: ¡cuidado! —agregó con sorna.

El señor Crk Iseka, lila fluorescente de vergüenza, prometió enmendarse y pidió a su amigo que, aunque fuera por esa vez, lo perdonase. Pero luego intentó maniobrar, dentro de un inculto color fucsia:

—Lo único es que creo convendría que me contara de una vez la sorprendente e inigualada historia de la momia del clavicordio, pues con tantos vericuetos me pierdo.

Moyaresmio:

—No busque excusas. Por lo demás, si no le describo la idiosincrasia de ese pueblo, no entenderá lo que sucedió con la momia.

”En ese país era notable cómo los chichis, sin querer, a veces realizaban actos de justicia pese a lo absurdo del sistema. Era como si el Ser intentara capitalizar a su favor la desgracia. Ellos se movían mediante comodines y frases hechas, así estas se transformaban al fin en alegorías devoradoras que destripaban a sus mismos inventores.

”El inconveniente de las alegorías es que tienden a integrarse entre miembros de una misma especie. Si la sumatoria tiene suficientes sumandos, se transforma en el Arma Final que destruye toda civilización. La única forma de terminar con tal estado de cosas sería oponer, a este tumor de baba diabólica, otra alegoría más fuerte y de signo contrario. Pero ello no es posible en un planeta donde reina el Anti-ser, quien mata en su cuna a toda alegoría que se le oponga.

El señor Moyaresmio hizo una pausa para comerse medio salamín. Disponíase a contar otras anécdotas referidas al pueblo de los bofes putrefactibles, cuando observó que su amigo empezaba a fijarse en la posición del Sol para consultar la hora, como quien levanta su muñeca para mirar un reloj pulsera gigantesco. Se apresuró entonces a decir:

—Pero ya es hora de que cuente la maravillosa e increíble historia Nº 948, titulada “La momia del clavicordio”.

Crk:

—¡Por fin!

1 Todas las canciones, con los intérpretes mencionados, fueron extraídas del long play: Punto de reunión Munich, B. L. E., Telefunken.

2 Como el día mencionado empezó la primera guerra atómica, las botellas envasadas en esa fecha eran muy buscadas ya que tenían todo el bouquet de las primeras radiaciones.

3 Pese a todo, no debe confundirse al señor Moyaresmio con un espiritualista. Miraba solo el cielo terrenal, con sus crepúsculos y amaneceres. Los límites son la más elevada pasión del hombre; esto hacía que Moyaresmio fuese una persona normal, lo cual también es un límite.

4 Definición de la palabra excremento, según la Enciclopedia Sopena, tomo 1, pág. 1080, 5. edición, Barcelona, 1933: “… en general, cualquier materia asquerosa que despiden los cuerpos por alguna vía natural”.

5 Los sorias eran los habitantes de Soria, nación esta contra la cual la Tecnocracia estaba en guerra desde hacía cinco largos años. Las cosmovisiones de ambos países eran opuestas. En Soria todos tenían el mismo apellido: Soria —tan solo variaban los nombres de pila. De la misma forma, la totalidad de los habitantes de la Tecnocracia se apellidaban Iseka.

Cuentos completos

LA MOMIA DEL CLAVICORDIO

Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán eran egiptólogos y pertenecían a la raza discontinua de los bofes putrefactibles. Se encontraban haciendo excavaciones en el Valle de los Reyes de la Música, y también en Gizeh. Su objetivo era encontrar la tumba de Tutanchaikowsky. Sabían que ella, al igual que casi todos los grandes y pequeños monumentos funerarios, había sido desvalijada por los saqueadores de tumbas; muchas de estas una escasa hora después de haberles puesto sus sellos los sacerdotes.

La leyenda hablaba de que si bien la tumba de Tutanchaikowsky había sido violada, volcados los objetos sagrados, robadas sus copas de oro y plata —y lo que era más sacrílego e inútil: quemada la momia por orden de los Reyes Pastores—, igual ella contenía un tesoro arqueológico de incalculable valor, que las sucesivas generaciones de ladrones no habían tocado por considerar despreciable: el clavicordio de Wolfgang Amadeus Mozart.

Como ya dije, prácticamente no había tumba que no hubiese sido visitada por esa gente excelente: la de Mendelssohn, Richard Strauss, Schumann. A este último compositor le habían sido cortadas las manos con una pistola de ultrasonido que lanzaba un la obsesivo, pues los hechiceros se las habían comprado a los saqueadores para preparar con ellas filtros mágicos.

Ni siquiera Ricardo Wagner pudo escapar a la depredación, pese a que se hizo construir una Gran Pirámide de dos kilómetros de altura, haciendo trabajar a latigazos a sus nibelungos y a los gigantes Fáfner y Fásolt durante veintisiete años: casi todo el largo reinado de este autócrata. Los esforzados ladrones, con una industria digna de mejor causa, se las habían ingeniado para practicar un túnel en la piedra hasta la Cámara del Rey. Pusieron sus manos sobre la Barca Solar Fantasma que el faraón Wagner utilizaba para viajar al País del Poniente; arrastraron y golpearon su momia por las galerías y también a la de Cósima, sacándolas al desierto. Allí, bajo la luz de la Luna y sobre la misma Barca Fantasma, quemaron aquellos combustibles sólidos.

Nietzsche, muy a su pesar, había sido emparedado junto con Wagner, como castigo por haber escrito Ecce Homo. Le dieron la misión de custodiar al compositor y defenderlo a través del largo camino. Para salvarse de la pena había iniciado una maniobra parlamentaria de obstrucción, pero fue inútil. Antes de que pusieran la última hilera de ladrillos, tapiando por completo el nicho donde se encontraba envuelto en vendas como Christopher Lee, los sacerdotes le entregaron Así hablaba Zarathustra.

La momia de Nietzsche protegió durante largo tiempo la tumba. Primero liquidó a una banda de mil ochocientos setenta saqueadores; cuarenta y cuatro años más tarde hizo cagar a otros catorce; pero, cuando veinticinco años después entraron en la tumba otros treinta y nueve, lo superaron y reventó apretado como sapo en la leñera. Se habían agotado sus potenciales, y además el horóscopo no era favorable a la momia aquel día. Buen susto se llevaron, no obstante, los que debieron enfrentarla.

Los ladrones de tumbas robaron absolutamente todo —una vez triunfantes—, y quemaron el resto. Solo quedó el monumento y el gran sarcófago de piedra en la Cámara del Rey.

En lo de Tutanchaikowsky el suceso fue algo diferente, como ya adelanté, puesto que los violadores al menos dejaron el clavicordio.

Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán dieron orden a los obreros para que despejasen por completo de arena la entrada. Galíndez Faisán en persona rompió los sellos de los sacerdotes; estaban intactos puesto que los saqueadores habían entrado por otro lado.

Ya en el interior pudieron observar los estragos del pillaje: las mesas rotas, partidas las estatuas, el sarcófago de piedra rajado a martillazos y la parte del techo situada arriba suyo, ennegrecida por el humo que despidió la momia al quemarse.

Al fondo de un oscuro corredor, parcialmente obstruido por escombros de esfinges, se encontraba el clavicordio cuaj

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos