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Todo por amor, pero no todo

Luis Novaresio

Fragmento

Todo por amor, pero no todo

1
Slave

C dijo es por acá. Uno bajó la ventanilla para mirar el cartel que indicaba el nombre de la calle. No había dudas.

—Hipólito Yrigoyen —atinó a decir en voz alta—. Es la calle donde está… —y se detuvo dándose cuenta de que, de seguir, debería contarle. Unos años atrás había venido a un cine porno que estaba a pocos metros.

—¿La calle de qué? —le preguntó C sin demasiado interés.

Uno no dijo nada. Sabía que C no volvería sobre el tema. Como hacía con la mayoría de las cosas que no le importaban. Uno sentía cierta envidia por ese mecanismo. El ejercicio explícito de ignorar todo lo que está fuera de su foco.

—Ahí veo que hay cola. —Uno estaba seguro de que era el lugar—. Esperemos un poco en el auto a que pare de llover.

Diluviaba. Por un momento, Uno pensó que la lluvia sería su aliada y que no irían a esa fiesta. Pero también quería ir.

—El sábado voy a Slave. Me gustaría que fuéramos juntos. Fiesta, música electrónica —le había dicho C.

Uno había googleado el evento y los pocos videos subidos por usuarios lucían tan mal grabados como seductores. Oscuridad, gente vestida de látex y con collares y cadenas, desnudez, música electrónica densa. Sus ganas, sin embargo, se golpeaban con su temor a pasarla mal. Verlo a C en su mundo, delante de él, lo asustaba. Verse excluido de aquel mundo.

Estacionaron en medio de dos containers que desbordaban de basura. Uno bajó su ventanilla y el hedor lo envolvió. Las casas del siglo pasado, la oscuridad y el olor montaban un cuadro de decadencia atractivo. La decadencia por elección puede ser atractiva. No cuando se impone.

Uno sintió que C estaba haciendo un esfuerzo. Lo estaba invitando a una parte de su mundo, por usar algo de su terminología. Mi mundo incluye el descontrol, la lujuria, el no explicar ni justificar lo que hago. Y a ese mundo no voy a renunciar. Ni siquiera por amor, le había dicho luego de una de las tantas discusiones. ¿C lo amaba? ¿Por qué dijo ni por amor?

Dejó de llover. O, al menos, caía menos agua. El ingreso a Slave era una mampara negra adosada a una especie de dintel de una vieja casa de calle Hipólito Yrigoyen. Dos personas de seguridad, una mujer y un hombre, enormes de físico por igual, controlaban los tickets. La mujer con una remera que decía “Prevención” empujó una puerta vaivén para franquearles el ingreso. Entonces Uno vio, escuchó y olió de qué iba esa noche en ese lugar de la ciudad.

Una humareda rítmica de colores lo golpeó directo en el centro del pecho. La música ensordecía con una percusión oscura y dominante. Las luces encandilaban con rojos y blancos brillantes. El humo de los cigarrillos y de la máquina que fabricaba el efecto a base de agua y glicerina empañaban la vista. C se dirigió decidido hacia la barra de tragos casi desentendiéndose de él.

Cuando Uno pudo aclarar sus sentidos, lo vio todo: quinientas, mil personas, nunca lo sabría, se movían como una especie de masa obediente e informe simulando bailar. Porque en realidad, nadie bailaba. Todos se prestaban a una especie de rito físico distinto de la danza. Y mejor, cómo no. Es la primera vez que veo música tan oscura, pensó Uno. Porque aquellos sonidos no se escuchaban. Esencialmente se veían. Tenían entidad física imperceptible por los oídos. Había que verlos.

Casi todos varones. Casi todos en cuero. Si alguien le pidiera a Uno que describiera lo primero que vio, diría eso. Torsos desnudos, infinidad de torsos desnudos. Lampiños, peludos, con pezones oscuros o más rosados, hombros y pectorales inflados, otros curvos por el paso del tiempo o la nula ejercitación, arneses de cuero, cadenas en forma de collares, piercings. Torsos.

C le puso una mano sobre el hombro para llamar la atención. Uno no lo escuchaba, embriagado.

—¿Qué tomás?

—Gin tonic.

—Si te vas a drogar, convendría sólo agua —le dijo C mientas le apoyaba una botella de plástico helada en su pecho.

Nunca le dije que me drogaría, pensó. Pero no lo dijo. Éxtasis: aumenta la sensación de placer y la confianza en sí mismo. Sus efectos alucinógenos incluyen sensación de paz, aceptación y empatía. Lo podía recordar de memoria del buscador de internet cuando C le dijo que experimentaba con el MDMA. Uno quería confiar en él mismo esa noche y estar en paz.

C se inclinó sobre la barra. Parecía que iba a saludar al bartender. Pero vio que C, en realidad, se agachaba para aspirar una línea de cocaína que había dispuesto sobre la madera.

—Necesito despertar —le dijo.

—¿Se puede? —le preguntó Uno.

Quería saber si se podía esnifar a la vista de todos. C estalló en una carcajada y lo abrazó.

—Precioso, todo se puede en la vida y mucho más en Slave. Nadie te mira porque a nadie le importa la mirada. Les importa que estés feliz.

C le hizo señas para ir hacia el centro del lugar.

—¿Vamos adentro? —le preguntó.

Adentro, como si ellos estuvieran afuera. Le bastó caminar unos metros para entender que sí estaba afuera. Presidiendo la fiesta había una especie de escenario pequeño en donde tocaba música un dj acompañado de una drag queen altísima. Flaca, huesuda, con una peluca inmensa verde de rulos, una malla color dorado de la que sobresalía un pene de látex enorme que se bamboleaba al ritmo de sus caderas. C ya se había sacado su remera y dejó ver su pecho perfecto. Uno pensó, bajo las luces de esa noche, que alguien había usado un hacha para tallar el hueco precioso entre sus dos pectorales. La hendidura perfecta que resaltaba su torso viril le resultaba irresistible. Debajo del escenario alcanzó a ver una especie de cueva en la que se percibían movimientos. Uno, hipnotizado por la imagen, caminó abriéndose paso entre cuerpos transpirados para entrar en esa zona.

La cueva simulaba una jaula. En la jaula, tres varones totalmente desnudos se movían en cuatro patas. Todos con collares de cuero, encadenados a la pared. Sus rostros estaban ocultos tras unas máscaras de látex que apenas dejaban libres sus ojos y bocas. En sus glúteos, tenían tatuados letras y números. “OBML1”, alcanzó a ver en uno.

—Owned by Master Lucius, número uno —le gritó al oído C—. Propiedad del organizador de la fiesta. —Señaló hacia un costado del escenario.

Uno lo vio: un hombre de unos cincuenta años, canoso, de un físico privilegiado, con botas de cuero hasta la rodilla, un suspensor también de cuero y un arnés sobre el pecho. Lucio exhibía a sus tres esclavos encerrados.

Cuando giró hacia C, él le introdujo por sorpresa algo en su boca y lo besó con una fuerza inusitada. Le faltó el aire. Al abrir la boca tragó sin decidirlo lo que C le había depositado con el beso. En los costados de su lengua sintió una descarga amarga profunda. Provocó saliva para desparramar esa acritud, pero no pudo. C le puso una botella de agua en la mano y le dijo:

—Tomá mucha agua toda la noche, precioso.

Uno lo miró y le preguntó qué era. C abrió sus brazos tensando sus bíceps, mostrando su porte musculoso, y le gritó mientras se alejaba:

—Es la felicidad, precioso.

Uno miró instintivamente su reloj. Había leído que el éxtasis comenzaba a hacer efecto a los veinte o treinta minutos. Depende de la frecuencia con la que se consume y de cada organismo, recordó. Tengo cuarenta y cinco años, se dijo, es la primera vez que consumo. No sintió miedo y se sorprendió. Ansiedad, sí. Ansiedad por saber, por experimentar. La ansiedad, que es más potente que el temor. El miedo es el estado de peligro frente a un hecho concreto y sabido. La ansiedad, angustia por lo desconocido. Recordó que lo había dicho Berta Orlás, hablando de psicoanálisis. Orlás, una profesora de filosofía que él admiraba mucho y seguía en sus publicaciones en medios. Eran las dos de la mañana. Su ansiedad volaba.

Uno decidió que bailaría. No sabía si podría sumarse a esa ola de hombres que lucían conocedores de un ritmo que él ignoraba. ¿Por qué no intentarlo? El lugar era un mundo de sentidos. Vio a hombres que se besaban apasionadamente con los que parecían ser sus parejas. Y enseguida, con la misma pasión, se abrazaban con otros que estaban al lado. Vio grupos de tres, de cuatro, que se besaban entre todos, acariciándose con descaro. Todos se mostraban con un deseo de tocarse como viviendo en un rito de mero placer, de sensualidad compartida.

Bailó, o hizo alguna cosa con su cuerpo, por un rato. ¿El tiempo le empezaba a resultar más liviano? ¿Las piernas flotaban distinto sobre esa pista? De repente, mientras cerraba los ojos y dejaba que el cuerpo buscara el ritmo, sintió que le acariciaban los hombros. Leve, sutil, placentero. C, evidentemente, había decidido acompañarlo en este viaje haciéndose presente desde atrás. Uno se entregó a esa caricia y se recostó sobre el cuerpo de C. No podía ser tan rápido el efecto de la droga, pensó. Pero juraría que experimentaba una chispa inicial de un placer distinto.

Entonces lo supo. Ese cuerpo que lo acariciaba desde atrás no era el de C. Mucho más alto, los abdominales que rozaban su espalda no eran tan firmes como los de C. Un aliento distinto se posó sobre su nuca. Uno tenía una extrema sensibilidad con el olfato. Es la compensación de los sentidos, le había dicho un oftalmólogo después de torturarlo tapando primero un ojo y después otro para que adivinara letras suspendidas en una pared lejana. Ese aliento que bailoteaba detrás le era desconocido. Más metálico, aroma de café recién servido. Abrió sus ojos y vio que C estaba frente a él. Instintivamente hizo el gesto de soltarse de ese abrazo desconocido para acercarse a su novio y él mismo lo frenó con la mirada. C lo abrazó por delante:

—Entregate al disfrute.

De repente, Uno supo que no quería resistirse. Percibió, como nunca antes, que su cuerpo deseaba dejarse llevar por aquello desconocido. Su mente le decía que no, que no debía, que si se dejaba llevar ya no podría, nunca más, pedirle a C que le explicara su propio dejarse llevar. Más dionisíacos. Menos apolíneos. ¿Qué hacían retumbándole las explicaciones que alguna vez escuchó de Orlás sobre perseguir el deseo y no el deber como quería Nietzsche? No deseaba resistirse a nada.

Entonces Uno se recostó sobre ese cuerpo desconocido que le exhalaba sus metálicas ganas de tocarlo. Ese cuerpo, porque no había ni rostro ni identidad sabidas, lo abrazó con fuerza. Las manos fueron desarmándolo, levantándole la remera hasta que Uno fue un torso más, desnudo. Ese otro, innominado pero imposible de no identificar en el pulso de sus ganas, ya lo acariciaba, como sensual modo de reconocerlo por primera vez en su pecho. La música ahora lo golpeaba directo.

Uno salió de su propia penumbra, abrió los ojos y vio que los otros cuerpos que lo rodeaban tenían formas distintas y más voluptuosas. Sin pensarlo, giró sobre sus talones y quedó enfrentado al otro desconocido que le sonrió y le acarició los bordes de la cara, tocó sus huesos y las orejas. Uno no pudo saber quién ni cómo era. Tampoco quería. Se trataba de un encuentro distinto, orgánico, más allá de la belleza. Sintió los labios y la lengua ajenos con un beso profundo que calentó sus sienes y la nuca. Y el beso duró todo el ritmo oscuro que no paraba de crecer.

Uno supo que besaba desde el puro deseo del encuentro de sus bocas sin más aditamento que las bocas y las lenguas. No había otro sentimiento que el del placer instantáneo. Disfrutó de ser en ese beso sin ser él ni quien fuera ese desconocido. Entonces escuchó que C le decía al oído. “Toma mucha agua, precioso”.

2
El premio de Ana

Se acomodó en su sillón y miró hacia el Río de la Plata. El paisaje le devolvió lo que siempre. Paz. Inmensidad. Sensación de poder. Desde el piso 27 del edificio de Puerto Madero, la dimensión del río era una precisa metáfora del poder. Desde aquí domino todo eso que parece inconmensurable, pensó Ana.

Hoy sí era buen día para ella. Después de esperarlo por meses, el directorio de la empresa de medicina prepaga le anunció su premio. Fue el mejor ejercicio de los últimos once años. Las ganancias fueron las más altas, Ana, le dijo el presidente y le estrechó la mano. Hágase la desentendida cuando se lo anuncien en la reunión de los jueves. Pero van a duplicar su bono anual y van a regalarle un cero kilómetro más dos pasajes a Roma, le confesó en tono cómplice. Usted hágase la sorprendida. Se lo quería contar yo en honor a la confianza que deposité en usted desde el primer día y que sé, le dijo el hombre acercándose a una distancia que sólo admitía el beso o el cachetazo, usted ha sabido apreciar en estos tres años.

Ana había ingresado como CEO de la empresa de medicina privada hacía tres años. Una mañana, recorriendo sin demasiada convicción el diario, se detuvo en un aviso clasificado que buscaba “Gerente general para Empresa líder en sector de salud”. Ella trabajaba entonces como manager de una de las agencias de seguridad más importantes del país, con un muy buen sueldo y sin perspectivas de sobresaltos. Sin embargo, sintió que el aviso del diario respondía a un llamado que ella misma había habilitado como trascendente.

Cada domingo a la mañana, cuando Ana leía los diarios, se imponía (¿como cábala?, ¿superstición?) leer, primero que nada, el horóscopo de la revista del diario de mayor tirada del país. Antes que los títulos de tipografía catástrofe, antes que cualquier otra cosa. Una costumbre que tenía de chica. Ella comenzó a amar la ceremonia de la lectura de los diarios, no por las noticias en sí, sino por ese hábito de leer para saber y, sobre todo, poder contar. Leer era, para Ana, el fenómeno de relatar lo que otros habían escrito. No sabía leer para ella sola. En ese fragor del acto de lectura, desde niña, no resistía la tentación de empezar por el horóscopo. ¿Por qué? Nunca lo supo. Y era quirúrgica en ese impulso: ni amores, ni viajes ni salud. Negocios. Se detenía en negocios.

Aquel domingo leyó. “No deje pasar las propuestas nuevas que puedan llegarle por casualidad”. ¿No era acaso eso el llamado de la empresa del sector de salud? Envió su currículum más por respeto a su manía que por convicción. Antes, pulió su hoja de vida. “Nada que no entre en una hoja A4 es interesante”, decía su profesor más querido en la Facultad. Doctora en Ciencias Económicas de la UBA. MBA de la Universidad de Nueva York. Tres idiomas. Casada. Sin hijos. Dos empleos con facultades de dirección y notas de ponderación de sus superiores. Con eso alcanzaría. Agregó algunos pergaminos más y lo envió.

La última entrevista fue con tres miembros del directorio. El que llevaba la voz cantante era el mismo que tres años después le anunciaría el premio por su gestión. Este no me quiere. Este no me la va a hacer fácil. Me tengo que ganar a los otros dos, pensó Ana en aquel momento. Mirado en retrospectiva, ¿se había equivocado otra vez? ¿Había sido víctima de su propia manía persecutoria de creer que no era querida? ¿El mismo que hoy jugaba ese papel de cómplice contándole de su premio era el que a primera vista no la quería? Bájese de Castel Sant’Angelo, le hubiera dicho su analista.

El padre de Ana ama la ópera. Como buen hijo de italianos, recibió de sus padres, los abuelos de ella, el legado del melodrama. Verdi es pueblo. Puccini, la burguesía, dice siempre el padre cuando le discuten de estilos. Tosca, su ópera preferida. La heroína, una cantante que quiere escapar y salvar a su amado que desafía al régimen autoritario de la Roma de entonces, sufre la estafa del temible Scarpia, el poder mismo, y, ante la tragedia, se sube a lo alto del Castel Sant’Angelo que mira el río Tevere y se suicida lanzándose a sus aguas. Usted es siempre Tosca, Ana, escuchó más de una vez en las sesiones, ante una mirada esquiva del otro, se sube a Castel Sant’Angelo. No hace falta, le explicó. Quizá fuera cierto. Otra vez. El hombre que no la quería la eligió, la respaldó en sus tres años de trabajo y hoy la premiaba. El mismo que la invitaba a tomarse el día después del anuncio, que disfrutara de ese jueves con su marido o sus amigas.

Ana dejó el edificio de Puerto Madero antes de las 15. Su curso de filosofía comenzaría a las 19. Tenía tiempo. Mensajeó a su marido: ¿Estás? Tengo algo bueno para contarte. Apenas dos minutos después de enviarlo, apagó su teléfono. Nunca me llegó tu respuesta, sería la sencilla y eficaz manera de excusarse para los que usan celulares en una ciudad incomunicada con la fastidiosa falta de señal. Se subió a un taxi. Le indicó Hipólito Yrigoyen y Carlos Pellegrini. Pensó, mientras le pedía aire acondicionado al taxista que fingió no escucharla, que podría llegar de sorpresa a la oficina de su marido y proponerle un brindis temprano. O invitarlo a una cena después de su curso. O llamar a Inés, su mejor amiga, y decirle de ir a comprar ropa al Patio Bullrich. Pero era jueves y sintió el día a la altura del estómago. Jueves. Volvió a sentir como una puntada a la misma altura.

Se bajó en la esquina. Pensó que las gafas oscuras no la ocultarían del todo. Estaba vestida con un traje sastre negro de Gucci y zapatos también italianos de taco alto. Todos la mirarían así vestida. Un metro setenta y cuatro, pelo negro lacio y brilloso, bella y consciente de serlo. Se detuvo en la vereda. Tuvo un último instante de respirar profundo, como quien cree que el oxígeno nuevo en los pulmones aventa los deseos antiguos. Duró poco la acción de ventilar y reflexionar, y caminó. Bajó, a mitad cuadra, las escaleras sucias. Como siempre. Puso un par de billetes, recibió la entrada y no esperó el vuelto. Como siempre. Sospechó que el boletero guarecido en una mugrienta cabina con vidrios espejados se reía de ella con lascivia y algo de sorpresa. Como siempre. Y caminó.

Entró otra vez al mismo cine porno de Hipólito Yrigoyen corriendo una cortina de tela de mosquitero en la que estaba pegado el habitual cartel: “Jueves de swingers y mujeres solas. Hombres no”. Caminó decidida, como quien se sabe poseído por un deseo certero, imposible de ser impedido ni por la oscuridad de ese antro que olía a rancio, como siempre. Se paró en final de la sala. Dos mujeres descoloridas en una pantalla sucia se lamían sus sexos con fingida pasión. Debajo del bello traje sastre italiano, Ana llevaba una diminuta braga y un corpiño comprados en el free shop del aeropuerto de Madrid. Se los sacó con destreza. Dejó abierto el saco, la blusa y libre su pollera. Por detrás se le acercó un hombre que respiraba con ruido de fumador y le acarició un pecho. Ella se quitó el saco y evitó mirarlo. Anónima y más desnuda. Luego se quitó la blusa. Dos manos, quizá del mismo hombre, le apretaron los pezones. Otra mano le trepó la entrepierna. Sintió una electricidad indescriptible. Como siempre. Como cada jueves. Apenas pudo pensar que le quedaban un par de horas antes del curso de filosofía. Y dejó que ellos, o ellas, hicieran.

3
Infelices

—No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho con nosotros.

La profesora Berta Orlás hizo un largo silencio y repitió:

—No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho con nosotros.

Las doscientas cincuenta personas que poblaban por primera vez el auditorio del Club Jordania en pleno Palermo parecían haber detenido su respiración, como en un acto sagrado de respeto a esa mujer que acababa de ingresar al escenario.

—Esta frase, que escucharán cientos de veces a lo largo de este curso, pertenece a Jean Paul Sartre, escrita en el prólogo de Los condenados de la tierra, un libro que el revolucionario africano Frantz Fanon escribió en los sesenta para explicar la colonización de Argelia y fundar la idea de los países del tercer mundo. Ya les hablaré más adelante de eso. Pero allí, como en pocos lugares de los textos que visitaremos, se encuentra lo que creo es la mejor aproximación al sentido de la filosofía. Y, claro, cómo no, de este curso. Usaremos el pretexto de los autores para dudar, deconstruir, poner en pie de guerra todas y cada una de las ideas que nos han acompañado hasta aquí.

El silencio de la audiencia se podía tocar. Las miradas encendidas frente a esta mujer de casi setenta, con una energía que le quitaba años. Ese primer jueves de marzo era el comienzo del ciclo de charlas de una de las profesoras de filosofía más conocidas de Buenos Aires. Dos mil personas se habían matriculado en dos días después de haber leído un modesto aviso en un diario de la izquierda local. Sería un año de clases semanales para repasar el pensamiento y la filosofía, dictado para el público en general a partir de los dieciséis años, única restricción. Cuando supo de la cantidad de aspirantes que había convocado, solo quedarían quinientos repartidos en dos días de doscientos cincuenta asistentes. Los elegidos fueron seleccionados por sorteo.

Su fama de divulgadora de la madre de las ciencias se había hecho potente cuando dijo públicamente, un par de años atrás, que en los claustros de la facultad no tenía demasiado más que aprender. En el subte hay más deseo de pregunta que en las aulas, le dijo Orlás a un periodista, en una entrevista nocturna televisiva, en la que fascinó a la audiencia hablando de los Cínicos y los Sofistas. A partir de allí, todos los programas masivos de televisión y radio la invitaron para hablar, con esa lógica irracional de los que producen los contenidos de medios: “Si está en el aire del otro programa, es bueno, traelo, no importa lo que dice, mientras mida en el rating”. Orlás habló. Sedujo. Se hizo un lugar entre los notorios.

Por eso, nadie se movió de sus asientos cuando los desafió:

—Nadie aquí sentado hoy a la tarde en este auditorio está feliz de ser quien es. Nadie. ¿Usted está feliz de ser quién es, señorita?

La pregunta estaba dirigida a Ana, sentada en punta de la tercera fila de butacas. El resto se movió para encontrar a la destinataria. Ana apenas pudo acomodar su reloj; le molestó el modo en el que había sido increpada y no podía disimularlo.

—No lo está. No sé su nombre, no sé qué hace, pero sé fehacientemente que no es feliz. Si no, no estaría acá —dijo la profesora—. Como no lo está el señor de saco oscuro que se ubicó estratégicamente allí lejos, al final de la sala, esperando que la distancia con esta profesora le permita resolver más rápido su deseo casi irrefrenable de irse. Te dije, le va a decir a su esposa… Asumo que la señora rubia a su lado es su esposa, ¿verdad?

—Mi novia —respondió Gerardo con una fuerza inusitada que sacudió al auditorio.

—Disculpe. Su novia. Estoy segura de que su novia —resaltó con ironía Orlás— fue la que lo arrastró hasta aquí con la cantinela de que vamos a un curso que me recomendaron con la excéntrica profesora de filosofía, que te abre la cabeza, yo la vi en la tele y me fascinó

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