Instrucciones para salvar un corazón

Fernanda Pérez

Fragmento

Instrucción 1. Y cuando todo parece desmoronarse, hay que encontrar algo a lo que aferrarse y resistir. Algunos le llaman esperanza

Instrucción 1
Y cuando todo parece desmoronarse, hay que encontrar algo a lo que aferrarse y resistir. Algunos le llaman esperanza

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa.

Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces.

Liliana Bodoc

Karen

“Arriba, chicas”, la voz de la Corvachi la sobresalta. 8 de la mañana. ¿Qué necesidad de levantarlas a esa hora? En especial a ella que ni siquiera va al cole a la mañana (bah… por el momento ni siquiera va al cole, y punto). No quiere abrir los ojos, se resiste. Con lo lindo que estaba soñando. “Si no nos pasan cosas lindas en la vida real, al menos podemos soñarlas”, le había dicho Celina días atrás. Pero hasta el sueño le quedaba a medias.

En cuanto abre los ojos mira hacia la cuna. Mile duerme. “Qué suerte, espero que no se despierte hasta las 9”. Como no se trata solo de suerte, procura ser silenciosa. Sale de la cama en puntas de pie. Igual, aunque se esfuerce, si hay algo imposible en ese sitio es el silencio. El resto de las chicas también se está levantando. Un bebé lloriquea. Otras dos se ponen a hablar en voz alta. En la cocina el ruido de pavas y mamaderas empieza su batifondo habitual.

Karen se toma su tiempo para arreglarse. Le gusta que su cabello —ahora teñido de un caoba intenso— brille. Le gusta también verse limpia y oler rico. Se pone su base clara, se pinta los ojos, se calza una musculosa ajustada, un jean más ajustado aún y se dispone a desayunar sin la Mile aferrada como abrojo a sus piernas. Esa niña es como un chicle gomoso que se pega en todos lados.

“Hoy tenés turno con la psicóloga a las 12… Ah, y tenés que limpiar el baño… Y no te olvides de ordenar la ropa que anoche dejaste el cuarto hecho un desastre. Acá no vivís sola, tenés que colaborar”, le recuerda la Corvachi, quien se caracteriza por oscilar entre el trato afectuoso y el imperativo. Hoy anda con el imperativo. Tiene ganas de decirle que no va a limpiar el baño, que lo haga otra, que ella ya lo hizo el lunes. Pero se calla. Está sola en el comedor y no va a desperdiciar ese pequeño momento de soledad para pelear con la Corvachi.

Igual la soledad no dura mucho. A los pocos minutos llega Celina con Alex en brazos. Detrás de ella una chica nueva que entró el día anterior y que se la pasa llorando (no lo recuerda bien, pero cree que se llama Rosa). Maylén trae a rastras a Blondi, y a los pocos minutos María con su panza de cinco meses y Laura con la suya de siete se sientan alrededor de la mesa con el mate cocido y unos panes con mermelada. La nueva pregunta: “¿Qué hacen en todo el día?”. Las otras, medio en joda y medio en serio, responden “nada”. Pero Karen toma la palabra, sabe lo que es esa ansiedad de no saber qué esperar cuando se llega a un lugar como ese: “Mirá, capaz que al principio no te dejan salir mucho, pero después te van a ayudar para que vayas al cole, o a hacer alguna actividad… A veces las mismas educadoras organizan salidas. Parece horrible al comienzo, pero no es tan malo”. Intenta tranquilizarla, sobre todo porque se da cuenta de que tiene nuevamente los ojos llorosos.

Las demás retoman el parloteo, hablan tonteras de adolescentes. Karen busca la manera de abstraerse mirando el celular. Cuando Maylén empieza a discutir con Laura, se levanta. No tiene ganas de escucharlas pelear por una remera que desapareció. Se lleva su taza a la pieza y se dispone a aprovechar el poco tiempo de soledad que le queda. Así como algunos se dedican a buscar tesoros, otros amores, otras aventuras… ella es una buscadora de soledad.

“Ordená el cuarto y después ponete con el baño”, le recuerda la Corvachi al pasar por la puerta. “¡Ya lo hago!”, responde de mal modo. “No me faltes el respeto”, retruca la otra mientras avanza rumbo a la sala en la que organiza la enfermería. “Vieja de mierda, culeada”, replica Karen por lo bajo, no porque no tenga ganas de gritarlo fuerte sino porque cuando dijo lo de “¡Ya lo hago!” Mile empezó a moverse en la cuna. Y ella no quiere que se despierte aún.

Saca su cuaderno, busca un pequeño calendario que hizo el martes y marca una cruz. Quedan ocho meses… Eso la tiene asustada.

Pensar que otras chicas estarían llenas de planes. Cumplir 18… Tiempo de terminar el secundario, de ser mayor de edad, de emanciparse, de hacer un viaje, de estudiar algo que les gusta… Cosas que les pasan a otras chicas, no a ella. A esas otras chicas que no tuvieron que lidiar con una madre que daba miedo, que pasaba de la depresión a los golpes y a los gritos sin previo aviso. Una madre que por días enteros no les daba ni de comer. Una madre que una mañana se tomó unas pastillas de más y los dejó solos… No le gusta pensar en eso. No encuentra las palabras para describir lo que le genera ese recuerdo, es algo oscuro y punzante que se le queda en el corazón y no se le va por días.

Prefiere pensar en su papá, el mismo que desapareció cuando tenía 8 años. No es que antes estuviera muy presente. Entraba y salía de sus vidas de manera intermitente. Pero desde los 8 no volvió a verlo. Recién regresó cuando a los 13 quedó huérfana con sus hermanos, Brian, de 8 y Uriel, de 7 años.

Su papá, Julio, no era un mal tipo, pero ya tenía otra familia, una nueva pareja y dos hijastros un poco más chicos que Brian y Uriel. Ella nunca se llevó bien con esa yegua de Adriana. Y él, tironeado entre ambas, siempre terminó claudicando ante los reclamos de su mujer.

Por eso poco antes de cumplir los 15 se fue a vivir con Fredy. Compartían una piecita en el fondo de la casa de los viejos de él, y a los seis meses se enteraron de que iban a ser papás. Poco duró el romance. Poco el tiempo de la paz. Lo demás era parecido a la historia del resto de las chicas… Consumos que se fueron de las manos (porro, nevado, alcohol y alguna que otra pastilla); manos que se volvieron trompadas, trompadas que terminaron en llantos y rabia contenida. Un círculo que se repitió unas cuantas veces, hasta que en uno de los arranques de Fredy Milena fue a parar al suelo. La vio llorando, desparramada en el piso con solo cuatro meses… Allí fue cuando Karen decidió salir de ese laberinto. Lo hizo con el coraje de los que se marchan sin saber a dónde pero con la certeza de que no van a volver atrás. Por aquel entonces no le quedó otra que regresar a la casa paterna, pero todo resultó un desastre. Los conflictos fueron creciendo hasta que Adriana y Karen se agarraron a los golpes, con un nivel de violencia tal que tuvo que intervenir la policía. La decisión fue que pasara un tiempo en la residencia mientras los profesionales trabajaban en la revinculación. Pero el tiempo se transformó en casi dos años con salidas intermitentes a lo de su padre. En cada salida Julio se esmeraba porque ella y Mile estuvieran cómodas, pero Karen sentía que ahí siempre estaba de sobra.

Mira el calendario y le vuelve la preocupación. Los 18 son un problema. Se supone que va a ser mayor de edad pero no tiene estudios, trabajo, ni plata. Solo una hija pequeña, un rostro dulce y unos ojos que aún esperan cosas buenas.

Observa la pieza y le agarra un poco de nostalgia. No es que quiera quedarse eternamente allí, pero eso de tener que irse porque cumple 18… es una cagada.

Piensa en la propuesta de Lucho. “Venite a vivir conmigo”, le dijo el viernes pasado después de la clase de bailes latinos. Esa misma noche la besó, hicieron el amor en su departamento y se pusieron de novios. Ya se habían acostado dos o tres veces antes, pero sin compromisos. Ahora él le salía con eso de vivir juntos. Lucho era bueno, incluso quería a Mile. Pero de ahí a irse con él… Le parecía un montón.

“El baño, Karen, el baño”, le recuerda la Corvachi. Karen está a punto de mandarla a la mierda pero el llanto de su hija la obliga a cambiar su foco de atención. En cuanto la ve, la niña deja de llorar, sonríe con esa boca en la que han empezado a asomar dientitos. “Buen día, mi gordita”, la saluda con ternura.

Ella, la que nunca recibió el amor de su madre, ahora puede darle amor a su hija. Se puede construir de la nada. Lo sabe. Un nuevo día ha comenzado. Quedan ocho meses. Ocho oportunidades para desafiar a ese puto destino que no eligió.

Greta (la Corvachi)

Mientras toma el primer café de la mañana, piensa en su jubilación. Casi cuatro años le faltan… Una eternidad. Por momentos le gustaría jubilarse ya. Pero luego siente cierta pavura: ¿qué sería de su vida sin esa cotidianeidad del trabajo?

Cuando la llamaron para el puesto en la residencia de niñas y niños sin cuidados parentales se sintió feliz. Había estudiado Enfermería y realizado algunas capacitaciones sobre cuidado de infancias. Estaba convencida de que todavía se podía cambiar el mundo. Y la verdad es que en los primeros tiempos vivía con esa esperanza a flor de piel. Por aquel entonces tenía 33 años, fue cuando nació Francisco. Fue cuando con Roberto, su esposo, hicieron la casa de sus sueños. Cinco años después llegó Daniela, la segunda hija. Todo parecía tan perfecto… Pero en un momento las cosas empezaron a desmoronarse. No recuerda con exactitud cuándo ni cómo. Tampoco recuerda si comenzaron primero en su hogar o en el trabajo. Tal vez se dieron de manera paralela.

Cuando rondaba los 50, las residencias ya eran un pequeño infierno: todas las redes familiares y de contención estaban rotas. Las drogas, la pobreza, la deserción escolar, la falta de proyectos de vida y la violencia hacían estragos. La burocracia olvidaba a los pibes y las pibas en esos lugares donde tenían cubiertas ciertas necesidades, pero en los que la ausencia de un hogar se hacía sentir. Tampoco el suyo ya era un hogar. Francisco había empezado con consumos problemáticos. Primero fue la marihuana, y él aducía lo que la mayoría: “Es un producto natural, mamá. Dejate de joder”. Sin embargo la frecuencia afectó su salud mental y sus hábitos. Desmotivación, dificultades para descansar, bajones emocionales y algunos brotes que se acentuaron con la mezcla de alcohol y algunas incursiones en la cocaína. Sus arranques de ira, eso de pasar madrugadas enteras despierto para luego dormir todo el día, como también sus rebeldías y las escapadas nocturnas se transformaron en un drama cotidiano. Roberto intentaba poner límites, Daniela —con sus 12 años— se escondía en su cuarto o se refugiaba en la casa de la abuela paterna, y ella buscaba mil maneras de ayudar a ese hijo. Un hijo que dolía. Lo amaba, pero a veces deseaba que desapareciera de la faz del planeta (no para siempre, solo por unas horas para no sentir ese nudo en el estómago, esas ganas de llorar, esa impotencia, esa falta de descanso agotadora y esa decepción constante).

Sus últimos años fueron cuesta abajo: Roberto se marchó de casa y se llevó a Daniela. Su sentencia fue clara: “O nos salvamos los tres, o nos hundimos los cuatro”. Ella eligió quedarse. Amaba a Roberto, amaba a Daniela, pero sabía que sobrevivirían. En cambio estaba segura de que Francisco no. Si ella se iba, si lo abandonaba, se hundiría para siempre. Y no estaba preparada para verlo destruido o muerto.

Hace dos años de la separación. Roberto sigue siendo su sostén, su mejor amigo, un hombre al que no deja de amar. Pero a veces el amor no basta para sobrevivir a la catástrofe. Con Daniela la relación es un poco más difícil. Greta intuye que se siente traicionada. Están en contacto, pero en todo hay un dejo de recriminación. Igual le gusta la joven en la que se está transformando: fuerte, concentrada en sus proyectos… Roberto acertó. Dejó el barco en el momento indicado, antes de que se fuera a pique. Ella en cambio se quedó, y por eso tal vez siente que el agua le llega al cuello, que no tiene las fuerzas para alcanzar la orilla. Se ahoga.

Dos años así… No entiende cómo no se ha enfermado aún. Y encima ese trabajo, esa residencia de chicas que viven al borde de todas las emociones extremas. Se les pasa la vida en relaciones de mierda, abusos, consumos, peleas, causas judiciales, psicólogas que no aciertan y otros tantos problemas de salud que no solucionan y tal vez no solucionen nunca. A veces cree que ninguna va a salir adelante. La directora de la residencia suele decir “Acá se salva una de cien”. Una cifra estremecedora, pero no por eso desacertada.

Lo que sí le gusta de su trabajo son los bebés y los niños. Allí todavía se preserva la ternura, la inocencia. Ella los cuida cuando sus madres se van a turnos médicos, a la terapia, al cole o a algún curso. Ella les sonríe, los abraza y está pendiente de sus medicaciones, de sus vacunas, de su bienestar. Reprende a las chicas cuando los maltratan o les levantan la mano. Les dice que son chiquitos, que deben ser cuidadosas. Y de pronto ve en sus miradas la marca de esas violencias que han sido naturalizadas. Violencia en el entorno biológico, violencia en la calle, violencia en sus vínculos, violencia judicial, violencia policial, violencia incluso en algunas residencias. Por suerte en la Casa Madres la directora es una buena mujer, comprometida y afectuosa. Allí el objetivo es ayudarlas y enseñarles a ser mamás. Pero algunas son unas niñas. ¿Puede una niña-madre maternar?

Mira el reloj. Celina tiene que darle el antibiótico a Alex y Karen debe encargarse de los baños. Escucha una pelea en el comedor. Está por intervenir cuando le suena el celular. No hace falta que vea el nombre. Sabe quién es. Cada vez que suena sabe quién es. “¿Qué pasa ahora, Fran?”.

Sofía

Si hay algo de lo que Sofía se vanagloriaba era de su independencia. Por eso le molesta tanto encontrarse a sus 38 años viviendo en casa de sus padres y con proyectos laborales un tanto inestables. Había empezado a trabajar apenas terminado el secundario. Con tan solo 18 fue recepcionista de unos consultorios médicos de una amiga de su mamá. Un empleo part time que le permitió hacer su carrera de Abogacía. Ocho años después dejaba el país para instalarse en Barcelona.

Esos primeros tiempos de desarraigo no fueron sencillos. Sin embargo, poco a poco fue encontrando su lugar: amigos, un departamento que podía alquilar para ella sola y, más tarde, una pareja. Conoció a Samuel en un seminario sobre proyectos de reinserción para adolescentes en conflicto con la ley penal. Él también era argentino y encabezaba una fundación internacional que se especializaba en el tema. Hablaba tan bien, tenía ideas tan claras, tenían tanto en común… El flechazo fue inmediato.

Estuvieron juntos diez años. Algunos momentos fueron maravillosos, pero los últimos se volvieron espinosos. Al final “se les rompió el amor, de tanto usarlo o de no usarlo”, como diría Rocío Jurado (aunque ella prefería la nueva versión de Rosalía).

Aunque le cueste admitirlo, Sofía sabe que el desgaste empezó cuando decidieron buscar un hijo que nunca llegó.

Fueron casi tres años de estudios y tratamientos: que los análisis, que las hormonas, que el espermograma, que la histerosalpingografía, que las ecos, que las inyecciones, que los tratamientos de baja complejidad, que tomar la decisión de hacer los de alta complejidad, que coger automatizadamente en determinado día y horario… Luego la espera, los ruegos, y la decepción de la menstruación. En esos días sangraba por dentro y por fuera, el desánimo la dejaba de cama. Después la rueda se ponía a girar nuevamente. Pero, a decir verdad, la rueda se iba gastando. Los tratamientos y el dinero se agotaban, y la relación también.

Un día Samuel decretó: “Basta, admitamos que no vamos a tener hijos y listo”. Sofía propuso entonces algo que le venía rondando: “Adoptemos”. Pero Samuel no quería y se mostró inflexible. Entonces surgieron nuevas discusiones, nuevas peleas, una especie de drama que daba vueltas en círculos sin salida. Ambos estaban extenuados, y fue él quien tiró la primera piedra. “Esto así no va”. Más que piedra fue una sentencia. Del “no va” al “esto se termina” no pasaron más que un par de semanas.

Se separaron de común acuerdo. Dividieron algunos de los bienes que tenían y fue Sofía quien tuvo que buscar dónde vivir. El departamento era de Samuel. Encima le tocó un contexto de crisis, escasez de trabajo y alquileres por las nubes. Ya Barcelona no le resultaba tan amigable.

Pero, como bien dicen, las rachas no llegan solas. Ni las buenas, ni las malas. Y Sofía andaba de malas. Fue cuando su padre le avisó que su madre había sido internada de urgencia por un problema cardíaco. Esa semana de llamadas interminables, esperando diagnósticos y resultados, y recibiendo extensos mensajes de sus padres a cualquier hora del día y de la noche, la agotó. Luego, cuando supo con certeza que su madre, Clara, no requeriría intervención, se sintió un poco más serena. Pero era difícil acompañar sus demandas con un océano de por medio; se habían vuelto temerosos y demandantes.

Tal vez por esa razón y por miedo a que le pasara algo a Clara y ella no llegara a tiempo, Sofía tomó una decisión: regresar a la Argentina. En pocas semanas vendió todo, logró acordar con sus jefes mantener el seguimiento de algunos proyectos de manera online (algo que pospandemia se había flexibilizado bastante) y, sin mucho preámbulo, emprendió el retorno.

Volver a la casa paterna se sintió fatal. Era su casa, sí, pero ya no la consideraba propia. Ellos habían mantenido cada rincón (incluyendo su cuarto) tal como hacía veinte años. Esas cortinas, ese cubrecama, esos alhajeros y esos muebles de algarrobo pesadísimos y oscuros… Tan distinto a su departamento (o más bien al de Samuel) tan moderno, luminoso y minimalista.

Se sentía asfixiada y empezaba a arrepentirse de haber regresado. A su vez le pesaba la culpa, por lo que hacía un esfuerzo extra para mostrarse contenta frente a ellos. Clara y Víctor se afanaban por darle todos los gustos. Mientras más hacían por ella, más ahogada se sentía Sofía.

Aunque económicamente podía mantenerse con ese empleo remoto, pasadas las primeras semanas se dio cuenta de que necesitaba hacer algo que la alejara unas cuantas horas del entorno doméstico.

Ni siquiera tenía cerca a su hermano para repartir las atenciones paternas. Lorenzo era un trotamundos y hacía casi una década que andaba recorriendo el planeta. Ahora estaba por México.

Decidida, llamó una tarde a Anush, su mejor amiga de la facultad. Algo ya le había adelantado en una charla previa, pero ahora su pedido fue concreto: “Necesito encontrar un laburo que me permita estar unas horas fuera de casa”. Ella le dijo que se quedara tranquila, que algo iba a conseguir. Y así fue. Una semana más tarde, la sorprendió al teléfono: “Tengo un trabajo para vos. Creo que te va a gustar, y además tenés el perfil para este proyecto. Venite mañana a las 10 a la oficina, vamos a tener una reunión vos, mi jefe y yo”.

“Pero ¿de qué se trata?”, preguntó Sofía. “Mañana te explicamos bien, y quedate tranquila, te va a encantar”.

Instrucción 2
Todos tenemos el don de llevar un poco de luz a los demás, solo basta con una mirada sincera, una palabra cariñosa y un abrazo de esos que te sanan el alma

Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana.

Y dijo que somos un mar de fueguitos.

Eduardo Galeano

Sofía

Anush es luminosa.

De las que saben sonreír, abrazar, contener. De las que se alegran genuinamente con los logros ajenos, de las que escuchan sin juzgar. Siempre tiene a mano un buen consejo, una broma que te hace reír, una idea creativa. Su vida no fue ni es perfecta, más bien común y con algunos sucesos difíciles que ella supo sortear con entereza.

Sofía descubrió eso cuando la vio en el cursillo de la facultad, y por esa razón la eligió como amiga. Por esos años compartieron tantas cosas: tardes de estudio y mates, noches de parciales y finales, boliches, borracheras, llantos, risas, y diálogos eternos sobre las frustraciones, los sueños y esos altibajos existenciales que suelen atravesar a los veinteañeros… Anush encendía todo lo que tocaba. Sin embargo, Sofía, que no era demasiado luminosa pero sí intuitiva, podía ver en ella esa pequeña grieta donde resguardaba su dolor. Venía de una familia marcada por la tragedia: una madre depresiva, un padre que hizo lo que pudo y un hermano que falleció en un accidente cuando solo tenía 11 años. Así y todo, Anush siempre encontraba razones para sonreír.

Cuando el amor llegó a su vida y luego su hija Charo, Sofía sintió que al fin ella tenía todo lo que deseaba y merecía. Por eso le cayó como una bomba cuando cuatro años atrás, en una videollamada, Anush le confesó entre lágrimas que Benjamín, su compañero, la había dejado por otra y se había ido a vivir al sur. “Te juro que no vi las señales, me tomó de sorpresa, todavía no me cae la ficha”. A partir de ese momento Benjamín cortó todo vínculo con Anush y con Charo, que por aquel entonces tenía apenas 2 años.

Todo tan inesperado e inexplicable. El duelo duró un tiempo racional y, finalizada esa etapa, Anush resumió lo sucedido diciendo: “Se encachiló con otra, sobre eso no puedo hacer nada. Pero abandonar a su hija… Algún día va a ser un viejo choto y se va a arrepentir”.

Por ese tiempo Sofía vivía en España, le hubiera gustado estar más cerca para contenerla. Pero nunca faltaron las llamadas, las videollamadas y algún que otro cruce en un viaje. Sofía sabía que, aunque Anush se esforzara, esa ruptura la había decepcionado. Y a veces la decepción era más agobiante que el enojo. Pero ni siquiera eso le borraba su brillo natural.

En cuanto la ve salir de la oficina descubre a la Anush de siempre. Decidida y amorosa. Aunque jamás le gustó la palabra “liderazgo” (le suena a tiranía y a manipulación), en Anush hay mucho del líder positivo. Es fácil descubrirlo. A medida que avanza por el pasillo saluda a quienes va encontrando a su paso. “Hola, Marita, ¿cómo anda esa muela?”, le consulta a la chica de la limpieza, que no tarda en responderle. Luego repara en una mamá con dos niños pequeños. “¿Qué hacés acá, Rosario?”. La mujer la detiene. Al parecer le cuenta algo, Anush escucha con atención y le pide a una de las chicas de la oficina siguiente que la atiendan, besa y sonríe a los nenes y sigue su trayecto. Después se acerca a dos compañeras que están cuchicheando y, por último, antes de llegar a Sofía, le consulta al guardia: “¿Y, Mateo? ¿Cómo estuvo el cumple de tu mamá?”. “Hermoso, Anush, hermoso”, responde ese hombre que ha dejado atrás su rostro adusto para sonreírle a esta amiga maravillosa que Sofía ha heredado y que sigue eligiendo pese a los años y la distancia.

Al reencontrarse se abrazan. Se quedan un rato así. El océano que las separó se diluye. Hay tanto en ese gesto que Sofía tiene ganas de quedarse un rato más allí, sintiendo esa dosis de oxitocina que tanto necesita. Ella también lleva su grieta, una congoja que casi no ha podido compartir con nadie.

“¡Qué linda estás, Sofi!”, le dice en cuanto se separan. Sofía toma conciencia de que al lado de su amiga parece bastante más joven. Aunque Anush le lleva dos años, ya tiene unas cuantas canas que ha decidido no ocultar bajo la tintura. Su piel lleva impresas unas arrugas de expresión, inevitables en alguien tan gestual como ella. Obviamente está maquillada, huele rico y porta miles de anillos, pulseras, un par de aros gigantes y una seguidilla de otros minúsculos que recorren sus orejas de punta a punta… Ambas se reconocen: Sofía con su estilo casual y elegante; Anush con su look hippie y encantador.

“¡¡¡Qué lindo que volviste!!! Anduve a mil, por eso no pude ir a verte. Pero llegaste en el momento justo. Vamos a mi oficina y te cuento del proyecto… Estoy feliz, esto que te voy a ofrecer es ideal para vos. Mi jefe viene un poco retrasado, pero te voy poniendo al tanto”.

Su oficina es un lugar lleno de dibujos de niños, de chucherías que al parecer le van regalando. Hay un sahumerio a punto de extinguirse, el infaltable mate, una bolsa de tutucas y algunas fotos de Charo.

—Bueno, el tema es así —empieza Anush después de cambiar la yerba y dar inicio a la ronda de mates sin siquiera consultarle a Sofía si quiere (sabe que va a querer)—. Desde la dirección armamos un programa de acompañamiento para las chicas y los chicos que están en residencias y sin cuidados parentales próximos a cumplir los 18. Ya había algo de la Nación, un dinero que les daban durante un año con una serie de condiciones, pero ahora está todo medio frenado así que desde la provincia decidieron impulsar este proyecto que se llama Salir al Mundo. No se trata solo de darles una asignación económica sino un apoyo más integral. Para eso se creó un programa formal, con presupuesto y equipo asignado.

—Entiendo… Supongo que el dinero no soluciona el problema de estos chicos…

—No, eso es solo una ayuda. Necesitan tutores, un contacto previo para diseñar y trabajar en su proyecto de vida, lograr una verdadera inserción social y laboral… En fin, es complicado y no hay tantos recursos económicos ni humanos. Viste que al final estos temas no marcan agenda.

—En todos los países pasa más o menos lo mismo… Y bueno, ¿en qué creés que puedo ayudarte?

—Necesitamos una coordinadora para el equipo de tutores.

—¿Me estás ofreciendo la coordinación?

—Sí, sé que tenés experiencia con las ONG para las que trabajaste y trabajás, y quizás hasta nos puedas ayudar a generar alguna vinculación a nivel internacional…

—¿Te parece que tengo el perfil para esto?

—Mirá, me asignaron la búsqueda de la coordinadora y me parece que tus conocimientos de derecho vinculado a infancias y adolescencias más tu trayectoria pueden andar bien… Igual el cargo de “coordinadora” suena más rimbombante de lo que es, al menos en materia de sueldo. Hay dos momentos en la semana en los que tenés que venir sí o sí a las oficinas. Los lunes para la jornada de planificación y seguimiento, los viernes para evaluación de procesos y casos. Y por lo menos dos miércoles al mes para ver el funcionamiento de los talleres con los jóvenes. El resto lo podés resolver desde tu casa. ¿Cómo lo ves? —consultó Anush, sin ocultar su ansiedad ante la respuesta de su amiga.

—Me gusta la idea, me resulta desafiante… —Sofía no terminaba de asimilar la información. El proyecto la entusiasmaba, pero también era consciente de lo extenuante que podían ser ese tipo de tareas a las que solían denominar full live.

—Tu sueldo va a estar lejos de lo que cobrás ahora en euros. Y los tutores son todos becarios o monotributistas. O sea…, siempre algún quilombito en torno a eso vamos a tener.

—Veo que pasa el tiempo y las cosas no cambian demasiado.

—No. Te lo aclaro porque quiero que sepas dónde te estás metiendo y cuáles son las condiciones. No tenés mucho tiempo para pensarlo porque estamos medio urgidos.

—Acepto —expresó Sofía sin dudar. Necesitaba pasar unas horas fuera de c

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