El cartel de neones
—¿Y cómo supiste que querías ser depiladora?
Pam se concentra. La cera hirviendo me cae líquida en el muslo. Pronostico una quemadura de segundo grado.
—Pues me hice diseñadora estética —remarca la palabra «diseñadora»— porque, de todas las primas, era la que mejor peinaba a la tía Paquita. —Sopla—. ¿Aún quema?
—Mucho, Pam, quema mucho… Además, mañana tengo una cita importantísima y el aspecto de mi muslo será crucial…
(En realidad, no sé si tengo cita, hace dos días que espero su mensaje y no llega).
—Bueeeeeeno, mujer, no te quejes tanto, que es una quemadura de nada; ya te rebajaré un euro.
—Algún día deberías hacérmelo gratis, en homenaje a toda la epidermis que me he dejado sobre esta camilla.
—Ay, nena, «epidermis», qué técnica te pones. ¿Te depilo los brazos?
—Ya te he dicho mil veces que no, Pam. ¿No te basta con el resto del cuerpo? Total, tampoco es para tanto.
—¿Que no es para tanto? Eso lo dirás tú, porque esta pelambrera no es aceptable ni en el Pakistán rural.
—Entonces ¿supiste cuál era tu vocación porque peinabas bien a la tía Asunción?
—A la tía Paquita.
—Paquita. ¿Y ya está?
—Ay, Rita, qué pesada. Sí, de pequeña me gustaba peinar a las muñecas, a mis hermanas y a la tía Paquita.
—Ajá…
—Y ya de mayor, no sé cómo, lo vi claro. Un día me di cuenta de que mi vocación siempre había sido esa. Apareció como un cartel de neones. El diseño estético me había gustado desde que le hidrataba el pelo a la Barbie nadadora y le hacía trasplantes capilares a Ken.
—¿Ken es calvo? Le recordaba una buena mata.
—En mi casa era calvo, no hagas más preguntas. Oye, ¿por qué quieres saberlo? ¿No estabas acabando la carrera?
—Mira, ¿ves el papel donde has dejado el trozo de cera con los pelos de mis ingles?
—Sí.
—Pues es el resguardo que necesito para ir a buscar la nota de Inglés, la última. Si apruebo, seré una mujer licenciada.
—Oh mai got! ¡Licenciada! ¡Abogada!
—Psicóloga.
—¡Coño! ¡Una loquera! No me analices, ¿eh? Las uñas las he tenido siempre así, ¿eh? Bueno, en realidad no, mi madre…
—Pam, relájate, que esto no va así. Además, no tengo intención de ejercer. He estudiado Psicología por tener una carrera, porque no sabía qué hacer con mi vida… y ya.
—¿Y?
—Y que después de la carrera sigo sin saberlo.
—¿Y entonces?
—Entonces nada, ninguna vocación. Tendré que ir a buscar ese cartel de neones del que hablas.
Pam da el último tirón mortal y se lleva tres capas de piel; se me salta una lágrima, pero ella ni se inmuta.
—Por cierto, Pam, ¿tú no te llamabas Dolors?
Salgo a la calle gestionando el roce seco de los pantalones con la piel. Qué dolor. El sol de junio se esconde tras una nube esponjosa y avanzo por la plaza principal de la Universidad Autónoma dejándome llevar por la euforia propia de la última semana del curso. Gritos y risas y orlas bajo el brazo. Miro al cielo, cierro los ojos y me permito el lujo que todavía no me he ganado: sentir el verano.
Me observo en la pared de cristal de la hemeroteca y pienso que el reflejo no está nada mal. Mi cuerpo fibrado y sin curvas, la melena morena, lisa y alocada, los cuádriceps chamuscados bajo los vaqueros. Me quedan quince días sin pelos.
Miro el móvil: ningún mensaje.
Dejo atrás la plaza y me encamino hacia la Vila Universitaria. Hace rato que me esperan y sospecho que hoy seremos unos cuantos. Me detengo en la puerta principal de la Escuela de Idiomas y cojo aire. Entro con decisión; el repiqueteo de las chanclas resuena con fuerza por el pasillo. Ni rastro de los acentos extranjeros, ni de las cabelleras pelirrojas, ni de los aromas exóticos de los estudiantes durante el curso. Soy el último mohicano.
Seguro que he aprobado. Por primera vez repasé todos los deberes. Rellené los espacios en blanco de las frases. Busqué sinónimos de calidad y me puse la cinta de cuando una tal Stephanie iba a un restaurante a comer fish and chips. Imposible suspender.
Apoyo la mano en el pomo de la puerta y, cuando me dispongo a entrar, se me dispara el móvil. La canción «Mi carro me lo robaron» me reclama con un extra de volumen. Luego la llamo.
Lo apago; estoy demasiado nerviosa para hablar con nadie. Me espera el verano. La licenciatura. El futuro. La vida.
Vuelvo a respirar hondo y llamo a la puerta con una sonrisa forzada. Todo ayuda.
—Adelante. —Una voz seca que no levanta la mirada del papel me invita a entrar. La calidez británica.
—Buenos días, Suuus…
—Ah, Rita —me ve, decepción absoluta—, eres tú.
¡Oh, Susan! «Suuusan», como nos obliga a llamarla. Podría ser la representante de la comunidad guiri en Cataluña: venida de un pueblo amurallado cerca de Newcastle, tiene más de sesenta años, es delgada y blanca, y amortiza el escaso cabello que tiene alisándoselo con el secador cada mañana. Pero eso no quiere decir que se duche cada mañana. Tiene los dientes desordenados y teñidos del amarillo hippy de los que vivieron en el Londres de los setenta. Puede que folle mucho con su marido, pero no se le nota. De joven debía estar bastante buena; me la imagino fuerte y esbelta, con uno de esos cuerpos llenos de promesas. Por eso cree que no debería estar aquí, como profesora de esta universidad pública del sur de Europa, más cerca de África que de Yorkshire. La pobre Susan incluso habría aceptado casarse con un rico descamisado de la época dorada de Gil y Gil, que ahora le permitiría flotar sobre las aguas de Marbella en un barco que quizá llevase el nombre de otra mujer, pero que ya le serviría. Lo que fuese con tal de no estar ahora mismo delante de esta chica, cuarenta años más joven que ella, que pasa olímpicamente de todo.
—He venido a traerte el comprobante para recoger la nota… —La cera se ha quedado pegada encima del número de expediente. Intento arrancarla.
—Dámelo, da igual…
—Un segundo, es que… —No puedo entregárselo con pelos, ¡joder, Pam!
—Rita.
—Ya casi está…
—Rita.
—Un segundo.
—Rita, has suspendido.
—¿Có… cómo?
—Has suspendido.
Mierda.
—Pero… No puede ser… Sé pedir fish and chips y…
—A ver: ¿cómo puedes saber que «torpe» se dice «clumsy» y no conjugar una simple frase en futuro? —Pues porque Big Muzzy, el mejor profesor de Inglés que he tenido, era un desastre y no lo ocultaba—. Rita, ¡el futuro es de tercero de básica!
—Pero, sí… Sí que sé conjugar el futuro perfectamente… —Siempre tengo problemas con el futuro, aunque he aprendido a conjugarlo en inglés.
—Mira —Susan coloca el torso esmirriado encima de la mesa—, si eres capaz de traducir ahora mismo la frase «Hoy podría acabar la carrera», te apruebo.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Un segundo, un segundo, déjame pensar…
—Ahora.
—Tudei… —Cinco palabras y acabo la carrera. ¡Big Muzzy, ven a mí!—. Tudei, ai… will… —¡Muzzy!—. Ai will can… finish… de digrí.
—Nos vemos el año que viene.
—¡Pero si lo he hecho bien! ¡Pregúntame cómo pedir fish and chips!
—Goodbye, Rita.
He cerrado la puerta a mi espalda al tiempo que arrugaba el examen con la mano, y me he dejado la dignidad y un verano de ensueño sobre el escritorio gris e insulso de Suuusan. He avanzado por el pasillo arrastrando las chanclas, pensando en cómo decirles a mis padres que no he acabado la carrera porque no sé hablar un idioma que llevo aprendiendo desde los ocho años. Fuck.
Abandono el caminito de tierra de la Escuela de Idiomas y me fijo en las rosas rojas que trepan por las paredes de cemento caliente de la Vila, al otro lado de la calle. Saco el móvil, que me reclama desde hace rato, y escucho el mensaje que me ha dejado la yaya cuando Manolo Escobar ha dejado de cantar.
Dice que le lleve bacalao de la Boqueria, el de Carme, que mañana vienen sus amigas al restaurante y quiere prepararles esqueixada de la buena. También me cuenta que no quiere ir con el Imserso a ver las granjas de percebes de Galicia porque le importan una mierda los percebes, pero sobre todo porque al Imserso solo van los viejos. Tiene ochenta y cuatro años. Se queja porque, con el frío que hace en Alp, los geranios no habrán crecido para San Pedro, y trece minutos y veintiocho segundos de tonterías imprescindibles. Y, bueno, que tardo demasiado en ir a verlos.
Sin darme cuenta, se me cae de la mano el examen que me ha arruinado el día. Me agacho a recogerlo y lo tiro a la papelera.
Un sol amable me calienta la cara e ilumina la explanada de verdes y marrones que colorean el jardín de la Vila Universitaria de la Autónoma de Barcelona. Junto al primer arbusto veo a Virus, un chico de veintipocos que está «a punto de acabar Geografía» desde que llegué y que canta una de sus canciones delante de cuatro estudiantes de primero que han venido a ver el campus. Virus y recién llegadas corean el estribillo con entusiasmo, sintiéndose parte del cliché soñado en el que el universitario greñudo canta una canción que escribió sin camiseta y con los dedos llenos de tinta, y que ahora toca con su guitarra llena de pegatinas antisistema.
Unos padres con matrícula de Lleida aparcan un Renault 21 y salen del coche con cierta pereza, como si fuesen a la boda de un primo lejano. El padre se abrocha el botón de los pantalones y observa a Virus con cara de asco, con la repugnancia propia de los progenitores que están a punto de abandonar a sus hijas vírgenes y perfectas en lo que les parece más la mansión Playboy que una universidad de cierto renombre.
Virus ha ampliado el cuórum. Ahora exagera el estribillo como si cantase AC/DC, pero la canción dice algo así como «Me gustas más que los macarrones de la yaya. Yeah, yeaaah…».
La madre de la estudiante de Lleida sonríe con una alegría nostálgica, viviendo el inicio de un sueño que le habría gustado protagonizar muchos años antes, cuando aún pensaba en primera persona. Detrás del coche, entre maletas y dos sacos de naranjas, sale la hija: una cría de dieciocho años que observa el paisaje como si acabase de llegar a la Luna, o más lejos aún, y con la boca abierta se le transparentan la ilusión y el terror.
Es la una y media. El sol aprieta y el olor de los táperes que se abren simultáneamente en los cientos de cocinas que me rodean me recuerda que llego tarde. Por favor, qué pereza me da contarles a mis amigos que he suspendido Inglés y que bla, bla, bla. Y qué hambre tengo.
Pero, de pronto, sin avisar, el mundo se detiene.
Se me reseca la garganta. El breve timbre a dos tiempos del móvil ha provocado una onda expansiva de esperanza. He notado la vibración combinada con el sonido que puede abrirme las puertas de los cielos: «Pip-pip, pip-pip».
Me llevo la mano al bolsillo como si tuviese que desactivar un paquete bomba y advierto que la escena que me rodea entra en cámara lenta.
Las bocas de las fans de Virus cantan lentas sin voz. La familia de Lleida se queda petrificada en cuanto al padre, con cara de bulldog, se le resbala uno de los sacos y las naranjas salen rodando por el asfalto. Tengo las manos frías y ya no noto el calor del sol.
Cierro los ojos y cojo el Nokia:
1 mensaje recibido
Que sea él, por favor, que sea él.
GONÇAL:
Morena! Qué te cuentas? Llego mañana por la noche. Te espero a las 9 en mi casa. Tengo una sorpresa
Buum.
Mi garganta vuelve a la vida y emite una especie de grito sin vocales que podría encasillarse en la familia de los delfines. En cuestión de segundos, el rectángulo de verdes y marrones de la Vila se ha transformado en un jardín de las maravillas, como si una sombra de frío se alejase e hiciese crecer una flora salvaje a su paso. Estoy tan contenta que veo a Virus con unos calzoncillos de musgo.
Releo el mensaje seis, siete, treinta y ocho veces. Diseño la noche de mañana con un collage de imágenes de las noches que hemos pasado juntos: aquel prado nevado, su cama en una cueva, la sierra del Cadí desde El Querforadat… hasta que un grito de histeria me arranca del sueño.
—¡Ritaaaaaa! —Astrid salta con los brazos extendidos, como si con su grito de loca no hubiese despertado ya a todos los habitantes de Marrakech.
Treinta y cuatro horas para verle. Avanzo hasta ellos, miro al cielo y sonrío.
—Rita, se te está cayendo la baba. —Demura me mira por encima de las gafas de sol con un poco de asco.
—Cállate, anda, tonto.
—Rita, tienes una gota de saliva en la barbilla. Te brilla con el sol. Es un hecho. —Se enciende el porro.
Es cierto, pero por suerte el resto del grupo no la ve, la gota, porque están demasiado ocupados disfrutando de la felicidad ineludible de haber acabado la carrera, de saber dónde trabajarán el año que viene, de tener el plan vital del que yo carezco, de llegar exultantes a sus respectivas casas, donde sus familias cocinarán paella y sacarán cava del bueno para celebrar el fin de una era.
—Bono, bono, señora contenta, ¿por fin has aprobado Inglés? —pregunta Nofre con su sexy acento mallorquín.
Vamos allá.
—No… —Y, cuando estoy a punto de continuar, las miradas licenciadas de mis amigos me machacan.
—¡¡¡Tía!!! —grita Astrid.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Demura—. ¿Has suspendido… suspendido? Pero si era el nivel 1, Rita, era imprescindible para…
—Sí, ya lo sé… Da igual, en el fondo tampoco me sorprende, ya pensaré en ello —contesto feliz, porque lo único que me importa ahora es una cuenta atrás.
—Pero ¿y te quedas tan tranquila? —Astrid aún no sale de su asombro.
—¿Y qué quieres que haga? No te preocupes, un día aprenderé inglés y volveré a ver a Susan y hablaré con ella durante horas sobre los pueblos de Yorkshire y la Marbella de Gil y Gil.
—La virgen, Rita, cómo puedes bromear en un momento así…
Quizá tenga razón. Con la carrera acabada habría tenido un plan, el que fuera, un cartel de neones provisional, pero ahora, de golpe, no hay nada. Vacío existencial en toda regla. Bueno, sí, tengo mañana y toda la eternidad con Gonçal.
—Pues entonces creo que ha llegado el momento de que abra el souvenir de final de curso —prosigue Nofre con un orgullo poco visto en la mirada modesta a la que nos tiene acostumbrados—. Yo, Onofre Torres Mulet, natural de Son Macià…, nieto, bisnieto, tataranieto y sangre del primer homínido que pisó la isla más esplendorosa del mar Mediterráneo —saca una caja octogonal envuelta en papel de aluminio y la sostiene, cual ofrenda al cielo—, os hago entrega de la ensaimada verde, preparada con maría que he visto nacer y que hoy, 29 de junio de 2007, ha sacrificado sus frondosos frutos para convertirse en el Hulk de las ensaimadas, el eslabón perdido de la pastelería moderna.
De un tirón, arranca el papel de aluminio y muestra su obra mientras traza una media circunferencia con el brazo, como un torero. Las caras de los presentes se iluminan.
—Pero, pero, pero… ¡Eso son tres kilos de plantas de maría en forma de ensaimada! —grito.
—Tú ríete, ya me lo contarás cuando la pruebes. —Habla como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Nofre saca la navaja y corta la pasta verde en porciones demasiado generosas.
Treinta y tres horas para verlo.
Wa yeah!
Me he despertado sentada en la butaca del comedor con la cabeza colgando del reposabrazos.
En la mesa había dos paquetes de pan Bimbo, puré de patatas y una caja vacía de donetes Nevados. Nosotras nunca compramos donetes Nevados. Aquí vino alguien.
—¿Has resucitado? —pregunta Astrid mientras se enciende un porro desde la barra de la cocina.
De repente me viene una secuencia de flashes: Los Simpson. La bandera americana. Mary Poppins. Tres niños que destrozan un oso panda de peluche que tenía de muy pequeña y del que no había vuelto a acordarme.
—Joder… no tengo saliva. Tía, que me han disecado. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hora es? ¿Y quién trajo esos donetes Nevados?
—Llevas unas diez horas y media durmiendo en esa butaca.
—¿Qué?
Astrid se echa a reír, se atraganta con el humo del porro.
—Tía, no me extraña que no tengas saliva, te tragaste una caja de polvorones.
—¿Polvorones? ¿Teníamos polvorones?
—Sí, estaban caducados y debieron traerlos para alguna fiesta; después, claro, se te empezaron a acartonar los labios y decidiste comer paté para que pasase mejor.
—¿Paté?
—Paté, Rita, paté. Y como con el paté no bajaban, te tragaste medio brik de Don Simón.
—No puede ser. Te lo estás inventando.
—¡Ja! Tía, qué viaje. Puto Nofre. ¡Qué maría! Me he despertado a las seis de la mañana porque te estaban llamando. Tenías cuarenta perdidas. De tu madre, las Saras, Nu y Anne, que ya ha salido para Lleida.
—¿Y Gonçal?
—No, Gonçal no. —Astrid da una calada al porro—. Yo estaba fatal, pero tú… Te he preparado café con leche y le he puesto dos cucharadas de sal, para ver si reaccionabas.
—Puta.
—Pero nada. Hablamos mucho rato, ¿te acuerdas? —Astrid me acerca un ibuprofeno—. De mi viaje a América, de si ibas a hacer el Camino de Santiago…
—¿Yo? ¿Hacer el Camino de Santiago?
—Eso decías. Después no tengo ni idea de cómo llegamos a las butacas. Ni de cómo han llegado hasta aquí estos donetes Nevados.
El sol de esta extraña mañana flota en un océano de cielo azul. Los rayos se cuelan por la suciedad de los ventanales del comedor y llegan hasta el pelo color ceniza de Astrid en una especie de poema visual. Astrid, cuya belleza innata le permite aguantar digna incluso con una resaca como esta, se echa, perezosa, en el colchón que tenemos en el suelo del comedor, al que no le quedan más que unas horas para volver al borde de la piscina donde lo encontramos, hace ahora cuatro años, el primer día de universidad.
Son las últimas horas que pasamos aquí, juntas, solas. La melancolía ya ha empezado a roer, pero la escondemos bien. Yo mejor que ella. Nos abrazamos y repasamos los momentos antológicos con un nudo en la garganta.
Pero Astrid aguanta poco y llora. Llora por el vértigo de abandonar la universidad. Llora por la vorágine de la edad adulta, por la flacidez de la piel y por la ropa que, según ella, ya no podremos ponernos. La consuelo y me río. Me cuesta llorar. Me cuesta por la pereza que me dan las despedidas, porque tengo la piel estupenda y porque no tengo ninguna intención de cambiar de vestuario… Pero sobre todo no lloro porque tengo la mejor cita de la historia.
Una vez he pasado el túnel del Cadí, la última frontera antes de llegar a la Cerdaña, al coger la curva hacia Urtx, canto. No puedo evitarlo. Volver a casa y que «casa» sea la Cerdaña supongo que hace cantar a cualquiera. Pero hoy canto sobre todo para domar mis palabras, porque pienso en él y me tiembla la voz, me tiemblan las rodillas y me tiembla la vida en general.
En el alargamiento de la última a de «Cerdañaaa», agravado por la densidad cerebral de la resaca de hierba mallorquina, me invade un ligero estado de hiperventilación que me hace ver chiribitas. Paro. Sí, mejor que pare. Aparco la furgoneta en el rellano de la curva. El vehículo huele ligeramente a bacalao, y eso que Carme lo ha envuelto con cuidado; ¡qué espectáculo, hoy, la Boqueria!
Empieza a ponerse el sol y el cielo brilla en un degradado de rosas. En el centro de la imagen, conectando cielo y tierra, la neblina se funde en gotas que iluminan el valle.
Las montañas, guarnecidas de miles de pinos, enmarcan la escena en forma de corona; una capa verde y densa que comienza a deshacerse, falda abajo, hasta convertirse en pueblos de piedra, teja negra y campanarios puntiagudos.
Justo por debajo de mí se encuentran los prados de los Flotats, los Moxó y los Oliu. Cada uno se cose con el siguiente en una hilera de chopos y caminitos de tierra; olas aterciopeladas que cambian de color cuando se levanta viento.
Desde aquí arriba, las vacas son juguetes en miniatura. Pastan en el margen de la recta donde siempre hacía el esprint final después de correr quince kilómetros como entrenamiento para la temporada de esquí.
Llegaba hasta el prado donde está el largo muro de piedras que me recuerda a aquel en el que Morgan Freeman encuentra la caja que le había escondido Tim Robbins en Cadena perpetua: «Ya que has llegado hasta aquí, quizá estarías dispuesto a viajar un poco más lejos». El camino de Fontanals a Sanavastre es un sueño.
Poco a poco, la luz tenue de la tarde comienza a teñirlo todo de rosa. Me levanto para irme y veo que, al final del paisaje, como una cremallera que se cierra a cámara lenta, el tren de Barcelona avanza paralelo a la recta de Queixans y desaparece en la falda de Puigcerdà. Este fin de semana están todos —es como si pudiese oír los gritos de mis amigos, Riqui y Riesgo, fumando entre los vagones— y tengo unas ganas de fiesta que me muero.
Desde aquí solo hay silencio y tranquilidad, justo lo contrario de lo que pasará cuando llegue a Puigcerdà. Pero aún me falta mucho para eso. Tomo aire y me armo de valor para retomar el camino.
La casa de Gonçal está al final de un caminito sin asfaltar por el que nunca pasa nadie. El punto de referencia para coger su desvío son los restos de una casa de piedra en la que los campesinos guardaban los aperos, pero que ahora es solo eso, el eco de una época pasada, cuando la Cerdaña era más tierra que asfalto. Pero, incluso cuando llegas al final del caminito, la casa aún podría confundirse con las ruinas de una iglesia antigua en la que ha crecido un cerezo gigante.
Me arreglo el vestido blanco y vierto la muestra de perfume Coco Mademoiselle que venía con la Vogue, la mayoría en el cuello y el escote, y me seco el resto en las braguitas.
Inspiro, espiro. Inspiro, espiro. El aire se llena de tomillo y del fresco inconfundible de las tardes de verano en la montaña. Levanto la mano y cojo un puñado de cerezas. Me las como a conciencia, como si protagonizase el comienzo de una película porno —espero que así sea—, lo que me hace caminar contorneando las caderas de forma dramática.
Avanzo por debajo de las ramas y llego al final del pequeño muro de piedra que se oculta bajo el cerezo. Me detengo una vez más. Vuelvo a respirar y entro en el patio; veo la sombra temblorosa de mi figura.
Llamo a la puerta.
—¿Hola? ¿Gonçal? Gon…
La puerta se abre sola. Encima de la mesa del comedor hay una nota con una margarita recién cogida.
Ya he acabado la casita del árbol, te espero allí
Que me proponga ir al árbol significa que ha decidido sacar la artillería. Que parece que no haya suficiente con que quedemos en una preciosa casa de piedra de cuando el mundo era de los hombres de las cavernas. Que no es bastante magnífico que desde el salón el único sonido sea el del agua que baja por el riachuelo que atraviesa la parcela. (¡Joder, que los hippies podrían grabar aquí cintas para masajes!). Encima el cabrón decide arreglar la casa del árbol, esperarme allí y decírmelo con una nota escrita a mano y una margarita recién cogida. Estoy segura de que ha comprado quesos de Ger. Es todo un profesional.
En realidad me indigno porque sé que cuando parece imposible mejorarlo, cuando parece que no puede enamorarme más, descubro que no era verdad. Que aún quedaba un último baluarte que conquistar: la magia.
Inicio el trayecto y me resulta inevitable recordar el primer día que dimos juntos el paseo más romántico de la historia de los paseos.
Recuerdo los besos. El agua salvaje de la poza. La brisa nos mecía el cabello en el punto justo, como los ventiladores que mueven la melena de las modelos en una sesión de fotos. Los pajaritos daban volteretas sobre nuestras cabezas y parecían reír y que también tuviesen melenas movidas por la brisa de forma calculada.
Cantamos juntos la canción «Wa yeah!», de Antònia Font —«Jo cant sa Lluna i s’estrella, sa jungla i es bosc animat…»— mientras la vida avanzaba en otra parte y el mundo solo existía donde estábamos él y yo. La verdad es que podría haber llovido mierda y habría seguido pareciéndome el paseo más romántico de la historia.
Recuerdo que cuando llegamos al árbol se le iluminó la cara. «¡Es una de las únicas tres secuoyas de la Cerdaña y será para mí! ¡Aquí nunca viene nadie, Rita!», dijo. En realidad, en la Cerdaña hay más secuoyas y ese árbol no lo es, pero ¿a quién coño le importa?
«Reformaré la casa y abriré una ventana en el techo y veremos las estrellas». Y, aunque yo sabía que no podía permitírmelo, lo creí.
Aquel día, en el árbol no había más que cuatro tablones mal puestos entre las ramas y unas maderas clavadas en el tronco que hacían las veces de escaleras. Los clavos que sobresalían los recuerdo a la perfección, porque cuando me empotró para levantarme la falda sentí que se me clavaba uno sutil en las lumbares. Pero decidí no decir nada y dejar que su mano siguiese abriéndose camino entre los muslos. Recuerdo que solo me detuve un segundo, cuando pronunció el nombre de aquella camarera del Raval, y me di cuenta de que se me clavaba otro clavo invisible, mucho más doloroso. Pero incluso entonces seguí callada.
Hoy avanzo por el mismo caminito de retamas y siento el terror y la felicidad cabalgándome sobre los hombros al saber que la colisión es inminente.
De pronto, llego al punto en el que la senda queda interrumpida por la poza. El salto es más impresionante de lo que recordaba y el agua no se concentra con textura de terciopelo hasta muchos metros más abajo. Pero, si quiero seguir adelante, debo cruzarla sí o sí. Aunque, antes de encaramarme, vuelvo a respirar. Inspiro, espiro. Siento la soledad. El preludio, el silencio, el dramático ruido de la cascada, el agua blanca que arrastra recuerdos fundidos del invierno.
Afianzo el pie en una de las piedras más grandes y continúo. Uno, dos, tres pasos más hacia arriba. Escalo hasta la última roca y, con las manos mojadas y libres, asciendo a la cima. Avanzo por un camino borrado y llego al truco final del escondite: el camino parece desaparecer detrás de las zarzas, pero si llegas al otro lado de las ramas, con un par de rasguños a modo de peaje, la luz cae sobre un rellano y se abre para presentar el gran final.
La casita del árbol.
Un azul marino suave se ha apoderado del cielo. Un pantone elegante que contrasta con la madera recién pintada y con las velas que iluminan los marcos de las ventanas. Putas velas. Qué foto. La rabia intenta abrirse espacio entre un torrente de amor, pero no lo consigue. Es demasiado tarde. La silueta de Gonçal se detiene ante la puerta.
El piar de los pájaros se funde con las notas de una canción que empieza. El golpeteo suave de una baqueta inconfundible. La melodía que da paso a una guitarra y marca el ritmo de esta bonita noche de verano. Ahora sí: ha llegado el verano.
Una cuerda sale disparada desde el interior la casita y cae junto a los peldaños a una distancia calculada del suelo, solo apta para atrevidas. La cojo por el cabo con ambas manos, decidida a escalarla, y la recorro con la mirada hasta encontrarme con él.
Las primeras palabras de la canción, entonadas por una voz mallorquina, trepan por las ramas: «Jo cant sa Lluna i s’estrella, sa jungla i es bosc animat…».
Al otro extremo de la cuerda, Gonçal sonríe y noto que empieza a devorarme; está quieto y espera el momento justo para cantarme las palabras que se me graban a fuego, para siempre, en la memoria: «Qué sexy, qué dulce y qué fría, wa yeah…!».
Tomates maduros
Hay días que harían vomitar a un unicornio. Este es uno de ellos.
Conduzco hacia Alp con una sonrisa gloriosa y cierro los ojos cada pocos segundos para revivir la noche anterior. Me huelo los labios. Sostengo un mechón de pelo húmedo entre la boca y la nariz, y recuerdo el olor del champú con el que me lo ha lavado esta mañana.
A la tercera llamada de mi madre he tenido que irme porque me esperaban para comer y ya no podía alargar más la excusa. Le he dicho que había caravana en la cuesta del túnel de Cadí, pero las dos sabemos que es martes y que eso es mentira.
Paso por delante del banco del pueblo y no veo a nadie allí sentado. Ni a Lina. No hay nadie en la calle. Aparco el coche fuera del patio. Me retoco el maquillaje que me cubre el chupetón del cuello y me suelto el pelo.
Las campanas de la iglesia dan la una y media. La voz de la presentadora del telediario sale del comedor de Magdalena, que está sola y le discute a la desconocida de la tele.
Entro en el patio de casa y miro por las ventanas: apenas hay gente en el restaurante. Mejor, porque llego media hora tarde.
Decido acceder a la cocina por la puerta de atrás y veo que en la tele está La 1. Anne Igartiburu anuncia grandes titulares en Corazón, corazón.
La veo de espaldas, hablando en voz alta mientras lava tomates. Lleva la bata habitual; está tan gastada que no sabría decir cuáles eran los colores originales, pero ahora es gris claro y se entrevén unos cuadraditos rosas y muchos años de historia. En las zapatillas lleva restos de tierra del huerto.
—¡Yaya! —Grito mucho y hago que un tomate salga disparado.
—¡Coññño! —contesta ella, alargando la eñe a conciencia—. Hija mía, ¡qué susto me has dao, por favooor! —Se vuelve hacia mí con los ojos cerrados, la mano en el corazón y el culo en la encimera.
Cuando se recupera y me dispongo a darle el bacalao, abre unos ojos como platos y se detiene con un grito más fuerte que de costumbre, que es mucho decir:
—¡Aiuuuuuuh! —La mano en el pecho, la espalda arqueada—. Madre del amor hermoso, pero ¡qué cara que me traes, mi niña! ¡Tú estás enamorá hasta las trancas!
Me quedo inmóvil y pienso que no sé si me ha impresionado más el grito o la velocidad a la que me ha leído. Me atuso el pelo y me vuelvo para mirarme y asegurarme de que no se me escapa nada.
—No hace farta que te mires en el mirái, que eso lo veo yo en los ojos, que son el reflejo del alma. Y tú tienes el alma atrapaíta perdía, mi niña…
La abrazo. Huele a lejía y a huerto.
—Pero ¿qué ha pasado? ¿Qué son esos gritos? —Mi madre llega acelerada.
—Rita me ha dao un susto que casi me meo encima.
—Así que había caravana, ¿eh? —pregunta mi padre, que me da un abrazo que me hace crujir y se sienta a ver las noticias.
—Sí, en la cuesta del túnel…
—Hombre, tú dirás, un martes de junio a mediodía, en la Cerdaña, ya se sabe, se forman unas colas… —continúa, irónico.
Ahora me abraza mi madre.
—Hummm, ¿colonia nueva?
—Champú —respondo.
—Champú.
Hace como si no se hubiese dado cuenta de que llevo el pelo mojado. Me da un beso y me dice que ya era hora de que viniese. Afirma que tengo muy buena cara. Sonrío y me alegro de estar en casa. Sobre todo porque nadie se acuerda de que ayer me dieron la nota de Inglés que determinaba mi futuro inmediato y, por consiguiente, también a largo plazo. Mejor, que tengo mucha hambre.
Para comer hay crema de calabacín, una tabla de embutidos para parar un tren y sobrasada casera. Hacía un mes que no subía; me parece una eternidad.
Cojo los tomates y vuelvo a recordar la imagen de Gonçal anoche, cuando los cortaba con la camisa mal abrochada después de hacer el amor por primera vez y yo le escuchaba pensando si sería posible, en realidad, detener el tiempo.
—Rita. ¡¡Rita!! —Me miran las caras de toda la familia—. ¡Rita! —grita una vez más mi hermano desde la puerta de la cocina—. Tía, estás muy en la parra, ¿no?
—¡Albert! —Mi hermano me levanta como si pesase cuatro kilos. Cuando me deja en el suelo, me ve el chupetón.
—Ya era hora de que vinieras, ¿no?
—¡Venga, vamos! ¡Todos a la mesa! —grita la yaya mientras saca la espalda de cordero del horno.
Pienso en cuando crucé la puerta de la casita de un salto desde el último escalón de madera. Cuando ya no dijimos nada más. Cuando empezamos a desnudarnos, muy despacio. Sus manos trazándome los muslos por debajo del vestido blanco, la canción al oído, sus labios en mis pechos. El olor de su aliento. Las sábanas limpias y los quesos encima de un trapo, en el suelo. Una botella de Camins del Priorat.
Cuento los minutos que faltan hasta que vayamos juntos a Girona. Noto un fuerte cosquilleo en el estómago.
—Por cierto, ¿el viernes me necesitáis en el restaurante? —pregunto—. Me gustaría ir a Girona.
—¿A Girona? —dice mi madre.
—Sí, he quedado con Astrid y los de la uni. También vendrán Santi y su amigo —calculo la magnitud de la sonrisa antes de pronunciar su nombre—, Gonçal.
—Gonçal, ¿el de Cal Fuster de Das?
—Sí. —Arrugo la nariz mientras reprimo el sueño de que un día todos formaremos una gran familia, la mañana de Navidad nos reuniremos en este comedor y nos sentaremos a la mesa para meter la carne picada en los galets.
—El viernes no hace falta que nos ayudes —dice mi padre, que no aparta los ojos de la tele y celebra el gol de ayer de Ronaldinho—. Esta semana la tenemos tranquila. Ve y pásatelo bien. ¿Qué opinas de la malvasía? Buena, ¿no?
—Efectivamente —continúa Albert en ese tono adulto que le sale con los comentarios enológicos—. Se notan los seis años de barrica.
El vino tiene aromas de almendra y piel de naranja. El alcohol se nota, pero no despunta. Y me viene a la mente el sabor del otoño y las manos de la yaya, huesudas y arrugadas, cuando preparan panellets y pasan las tardes recordando historias de contrabando.
—¡Buenísimo! —exclamo, salvaje, presionándome el vestido por encima de la tripa, a punto de reventar.
—Siempre da gusto verte comer, hija. —La yaya me da un beso lleno de orgullo.
—Has suspendido Inglés, ¿verdad? —Albert y yo hemos salido a dar unos toques al balón.
—Sí, Albert, sí… —Caliento la pierna izquierda con toques bajos—. Pero no les comentes nada a papá ni a mamá, que están un poco preocupados porque junio ha sido flojo en el restaurante.
—Junio no ha sido flojo. Dicen lo mismo cada año y después de repente llegan todos los pixapins —así es como llamamos a los urbanitas, «meapinos»— y no damos abasto. Pero, Rita —veinte toques—, ¿cómo puede ser?
—¿El qué?
—¡Que hayas suspendido! ¡Que no te hayas sacado la carrera! ¡Que no sepas conjugar el futuro simple, joder!
—Ya lo sabes, el Inglés y yo somos incompatibles.
—Anda ya, pero si has aprobado las asignaturas más chungas de la carrera y hace nada sacaste un excelente en escritura, ¿no?
—Cierto. —Cuarenta toques.
—¿Ves?
—Era una optativa, y tuve suerte. Me vino una buena historia. Pero eso ahora da igual, la cuestión es que no tengo carrera. —Chuto el balón y lo recupero con un control sorprendente.
—Y ¿qué vas a hacer? ¿Cuándo la acabarás?
—Ay, pues no lo sé. He estudiado Psicología como podría haber hecho taxidermia o gaita. Me la habría sacado con la misma desgana. —Sesenta y cinco toques—. La cuestión es tener una carrera, ¿no?
—También podrías empezar algún curso de algo que te guste mucho, que te apetezca, y a partir de ahí…
—Sí, claro, como si saber qué me gusta fuese tan fácil.
—¿Y qué harás el año que viene?
—¡Qué pesado, Albert! ¡No lo sé! No me estreses. ¡No tengo ni idea! ¿Es que hay que tener toda la vida calculada a los veintitrés años o qué?
—Sí, perdona. —Albert se permite una filigrana con el balón que pone en riesgo el contador, pero, como era de esperar, la acaba dominando. Me lo devuelve. Ochenta.
—De momento lo único que sé es que este viernes me voy a Girona con Gonçal y que dentro de dos fines de semana es la fiesta mayor de Puigcerdà.
—Ajá…
—La vida puede ser maravillosa aunque no tengas ni puta idea de hacia dónde irá después de la fiesta mayor del pueblo, ¿sabes?
—Si tú lo dices…
—¡Noventa y nueve! ¡Cien!
El amanecer
No puedo dormir. Hace seis noches que no pego ojo. Solo pienso en él y en su espalda y en su boca y en los quesos y en el «Wa yeah...!». Hoy, por fin, nos vamos a Girona.
Después de dar unas ochenta vueltas en la cama, al final me he rendido minutos después de las seis. He bajado a la cocina y me he enfrentado al silencio único de la mañana, cuando hay más dosis de esperanza general, cuando los olores están en reposo y existe un orden inmóvil, con todo a punto de estrenarse.
Aún chirría algún grillo, pero salvo por eso siento que con el roce esponjoso del cajón del pan fabrico los primeros sonidos de este viernes. Pongo la leche a calentar y voy al huerto a buscar tomates.
Canta un gallo y Antònia empieza a ordeñar a la primera vaca. Me quedo un buen rato sentada entre las tomateras, imaginando cómo será el día. Gonçal y yo por las calles de Girona, Gonçal y yo tomándonos un helado, Gonçal y yo yendo a…
—¡¡¡Tooo la leche desparramááá!!! —La voz sale por la ventana como una onda expansiva.
Corro hacia la cocina.
—¡Yaya! ¡Shhh! ¡No grites, joder! ¡Que vas a despertar a todo el pueblo!
—Niña, es que siempre haces lo mismo con la leche… ¿Qué haces despierta tan temprano? ¿Te encuentras mal o argo? —Me acerca un zumo de naranja que acaba de prepararme.
—No podía dormir…
—Claro, si es que se te ve de aquí a la China, niña. Es por er Punsá ese… —afirma convencida, escurriendo la bayeta llena de leche.
Se me sale medio zumo de naranja por la nariz.
—Niña, que te me vas a ahogá.
—Yaya, se llama Gonçal, no Punsá.
—Gunsá, Punsá, qué más da. Mientras no sea un hijo de la grandísima…
—Yaya, ¡qué dices! Si ni lo conoces…
—Créeme, no me hace ninguna farta.
—Pásame el aceite, anda.
La casa ya está en marcha. Antoni Bassas da las noticias matutinas por la radio. La yaya se ha puesto una especie de rejilla en la cabeza y ahora vierte el café en una taza enorme mientras tararea una de sus canciones favoritas de Radio Teletaxi. «Cómo le gusta la zanahoria al conejo de mi novia…».
Unto el pan en el aceite que queda en el plato como si me fuese la vida en ello y me corto otro trozo de longaniza. Y, cuando estoy a punto de preguntarle a la yaya qué cojones es esa rejilla, se vuelve con la bandeja en las manos y un cóctel gastronómico que sobrepasa las calorías que necesita cualquier jugador de la NBA: un par de huevos fritos, una chistorra resplandeciente, una morcilla de cebolla a punto de reventar, dos rebanadas de pan empapadas en aceite y una taza de café con leche.
—Pero… pero ¿eso no era solo para tu cumpleaños?
—¡Ja! ¿Tú cómo te crees que me conservo así de bien? ¿Comiendo lechuga? —Se ajusta la rejilla de la cabeza—. Tengo ochenta y cuatro años y el colesterol de un niño de doce que va pa cura. —Moja la morcilla en el huevo y sigue—: ¿Y cómo te crees que tengo la piel sin una arruga, eh? ¡Que la Nivea no da pa tanto, hija!
En realidad, tiene la cara más arrugada que un leñador centenario vasco.
—El secreto es una chistorra cada mañana. —Cojo un trozo de su plato—. Y el aceite de Jaén, niña, er der primo de las Casillas de Martos.
—Tomo nota, yaya, que yo, para llegar a tu edad como tú estás, como lo que haga falta.
Subo corriendo a vestirme, que se me está haciendo tarde. Como caso excepcional, anoche dejé la ropa preparada encima del escritorio: vaqueros rotos, jersey negro con el cuello blanco y unos zapatos de charol negro. Conjunto arriesgado pero elegante. Girona sabrá entender mi estilo.
—¡Me voy! —grito fuerte para que me oigan todos—. ¡Vuelvo esta noche!
Estoy a punto de cerrar la puerta cuando mi hermano entra en la cocina con un bañador en las manos, muy enfadado:
—¡Yaya! ¡Me has vuelto a arrancar el forro del bañador! ¡Este era nuevo, joder! —Entonces se da cuenta de que la funda que busca la lleva la yaya en la cabeza y se le va la mala leche de golpe.
Lanzo un beso al aire —«¡Adiós!»— y salgo al patio.
La furgoneta de Santi espera en la puerta.
El restaurante más romántico del mundo
Siempre he ido a Girona de noche, a las Barracas, y no me he movido de la explanada de tierra en la que era obligatorio llevar una birra en una mano y un porro en la otra. Una vez, con Koeman, vimos un mono en el hombro de alguien, nos miramos y seguimos como si nada. Así que podríamos decir que hoy visito la ciudad por primera vez.
Para los que hemos crecido entre trapos y cazuelas, para aquellos cuyos padres han calculado nuestra altura por las posibilidades que teníamos de servir mesas, ir a comer al restaurante de los padres Roca es como ir a un concierto de los Beatles.
Miro por la ventana desde fuera y veo a la madre Roca de refilón. Qué fuerte. Paul McCartney. Leo el menú y dudo entre el bacalao con sanfaina, las manitas de cerdo o el fricandó. Todavía tengo tiempo. Qué indecisión.
Astrid ya ha llegado, pero disimula. Está guapísima.
—Ya podemos entrar. He reservado mesa para cuatro… —anuncia ella, muerta de vergüenza y entusiasmo.
—Id entrando, que tengo que hacer una llamada —dice Gonçal al tiempo que se aleja con el teléfono al oído.
—Gonçal está raro, me da pánico que ahora mismo esté hablando con otra tía —le digo a Astrid desanimada mientras entramos en el restaurante.
—Qué va, no exageres, tendrá hambre —responde ella por decir algo, siguiendo a Santi como un perrito—. Ahora no te vayas a poner paranoica. ¡Si ha sido él quien te ha invitado a venir aquí y follasteis hace nada!
Las mesas se llenan de clientes puntuales y de los trabajadores del restaurante de sus hijos, que vienen a comer aquí todos los días, antes de la batalla diaria para seguir defendiendo las dos estrellas Michelin; pienso que me encantaría ir con Gonçal y probar la cigala con artemisa.
Finalmente me he decantado por el fricandó. Y al tercer bocado, me lo he tirado por encima. Todo el regazo lleno. Después de que todos se riesen de mí un rato un pelín demasiado largo, Gonçal nos ha propuesto ir a tomar el café a otro sitio.
Nos hemos perdido por callejuelas de flores y piedras, y hemos visto hiedras que trepaban por columnas en patios abandonados. Hemos caminado por el casco antiguo, que es tan bonito, mientras Astrid y Santi se revolcaban por los rincones. Gonçal sonreía, lejano, y si no fuese porque lo conozco diría que le daban vergüenza ajena. Entonces he recordado nuestra última noche juntos y he pensado que parecíamos idiotas, que no hacía más de una semana de aquel día. He decidido acercarme a él. Con el corazón palpitándome en la garganta, me he colocado a menos de un metro, pero en el último segundo ha visto algo y me ha hecho una cobra. Una puta cobra histórica.
—¡Mírala!—ha gritado y ha avanzado por la calle contigua para volver con una chica—. Rita, te presento a Sònia, es una amiga de la infancia, de toda la vida.
«Amiga», «infancia», «de toda la vida». Fantástico. Espléndido. Qué alborozo. ¡Elevemos los corazones, gloria, aleluya!
—Hola, encantada… —he mentido, automáticamente, impregnándome de su colonia de pachuli. Le he dado un repaso y le he mirado el culo y las manos y los dientes.
Sònia es una de esas chicas roqueras cliché de los anuncios de Levi’s: vaqueros, camiseta blanca y chaqueta de piel. Tiene el pelo rubio y tan afro que sobresale un palmo por encima de la cabeza de Gonçal; lleva los ojos pintados de un negro profundo que resalta su oscuridad. Esta chica es tan cool que de pronto me siento como si llevara el vestido de los domingos de Antònia.
—Por cierto —he añadido, señalándome el regazo, graciosa, para romper mi propio hielo—, esta mancha no es de un fricandó cualquiera, ¡es fricandó de Can Roca!
—Muy bien, encantada —ha respondido, amable, con acento gerundense. No sabría decir si ha sabido apreciar la broma.
Enseguida han llegado Santi y Astrid; van despeinados y llevan los labios hinchados. Y después de las presentaciones pertinentes hemos doblado la esquina y a pocos metros ha aparecido la plaza de la Catedral. Nos hemos sentado en la terraza del Arc, justo al final de una escalinata larguísima que empieza en las puertas de la basílica. Las campanadas anunciaban la tarde y el sol teñía las fachadas de naranja.
Son casi las seis y Sònia y Gonçal hace un buen rato que rememoran anécdotas que, debo reconocerlo, son bastante divertidas. Pero estoy muy muy contenta porque Sònia ha comentado no sé qué de su pareja. Tiene pareja. Qué maravilla de día.
La tarde avanza entre gin-tonics hasta que anochece y por fin abandonamos los recuerdos infantiles de Els Pastorets con mallas marcando paquete y hablamos de política y teorías conspiratorias. Y cuando ya pensaba que volvíamos a la Cerdaña, de repente parece que a todos les han entrado unas ganas terribles de cenar.
Cuando he llegado al rellano por el que se accede a Le Bistrot, he pensado que había visto ese rincón en una postal. Este arco, esta escalera. Toda la escena es un viaje en el tiempo, una película.
La puerta de entrada al restaurante es de madera antigua y se abre por debajo de una hiedra larguísima que cuelga desde el tejado, cuatro plantas más arriba. Gonçal abre dedicándonos una reverencia graciosa, que empieza por Sònia y culmina conmigo. Y yo me sonrojo. Idiota.
Me detengo en la entrada y hablo con el camarero, un integrante de la comparsa de los Showboys del Carnaval de Palamós. Me explica que este año se disfrazarán de Las Tres Mellizas y no sé qué más. Pero tarda poco en darse cuenta de que no puede importarme menos de qué se disfrazarán los Showboys, así que me acompaña a nuestra mesa. Me toca ocupar la cabecera, al lado de Gonçal.
Santi y Astrid siguen en su mundo, y Gonçal y Sònia, cinco horas más tarde, siguen riéndose de los putos leotardos de Els Pastorets.
—Yo tomaré timbal de escalivada —pido—. Y un gin-tonic, por favor.
—¿El gin-tonic lo quieres ahora o luego?
—Ahora. Ahora mismo.
Lanzo una mirada a Astrid y me levanto en dirección al lavabo. Cuando llega, me enjabono las manos por tercera vez.
—Tía, ¿son imaginaciones mías o… se molan?
—¿Cómo? —Astrid reacciona como si acabase de salir de la cama después de pasarse tres semanas seguidas follando.
—Pero ¿no ves cómo lo mira la pava? ¡Y él no hace nada! Joder, ¡que follamos hace una semana!
—¿Eh? Pero ¿qué dices? Si ella tiene pareja, ya lo ha dicho. Tía, hacía mil años que no se veían, son amigos de toda la vida…
—Quizá tienes razón… es que me gusta mucho… —contesto para mí misma, porque Astrid ya está volviendo a la mesa.
De vuelta en mi silla, observo la sala con las manos entrelazadas bajo la barbilla y espero mi timbal de escalivada. Disfruto del cosquilleo en las mejillas del segundo gin-tonic del día. Veo los platos de los vecinos y pienso que quizá debería haber pedido canelones. Sigo la bandeja del camarero, llena de croquetas, y espero que venga hacia nosotros, pero desaparece en la sala de al lado. Me centro de nuevo en mi mesa, con cierta desgana, hasta que mis ojos se fijan en un punto cercano.
De pronto, el tiempo adquiere una n
