Los nombres

Florence Knapp

Fragmento

Octubre de 1987

Octubre de 1987

La madre de Cora siempre decía que el viento excitaba a los niños, que incluso los más tranquilos parecían alterados después de jugar. Cora siente ahora ese mismo desasosiego. Las ráfagas embisten los abetos que hay detrás de la casa, se cuelan por el pasillo lateral y acaban estallando contra la verja de fuera mientras las preocupaciones también la sacuden y la agitan por dentro. Porque al día siguiente —si amanece, si amaina la tormenta—, Cora irá al registro civil para inscribir el nombre de su hijo. O mejor dicho, y ésta es su verdadera inquietud, para formalizar en quién se convertirá.

Nunca le ha gustado cómo suena el nombre de Gordon. Empieza con un crujido, como la pasta de caramelo cuando se enfría en el cazo, y termina con un ruido sordo, que recuerda a una bolsa de deporte chocando contra el suelo. Gordon. Pero lo que más la angustia es verter la bondad de su hijo en ese molde y confiar en que el niño sea lo bastante fuerte para encontrar su propia forma dentro de él. El nombre de Gordon se ha transmitido de generación en generación entre los hombres de la familia de su marido y parece imposible que pueda ser de otra manera. Sin embargo, Cora no puede evitar preguntarse hasta qué punto un nombre condiciona el curso de una vida. Amelia Earhart. Los hermanos Lumière. La semana pasada, en la mesilla de noche de su marido, vio un libro titulado Neurología clínica, de Lord Walter Russell Brain.

Brain, cerebro... ¿No te choca?

—Es pura casualidad —dijo él—. No te imaginas la cantidad de urólogos que se apellidan Cox, como cocks, o Ball, pelotas. De hecho, entre los ortopedistas es bastante común el de Legg, como leg, pierna.

«¿No ves el riesgo que corremos?», le habría gustado gritarle. «¿No ves que si lo llamamos Gordon nuestro hijo puede acabar siendo como tú?» Pero no lo hizo. Al fin y al cabo, ésa debía ser su intención.

Toca la mejilla cálida de su hijo, como si su piel pudiera transmitirle algún mensaje crucial. Sobre lo que quiere, sobre quién podría llegar a ser. Antes de que pueda descifrarlo se oye un golpe en la parte posterior de la casa. Es un ruido agudo y perturbador. Estrecha al niño con fuerza entre sus brazos. El reflector de seguridad se enciende e ilumina las siluetas ondulantes de los abetos, enormes y amenazadores, que primero retroceden y luego se alargan de nuevo. Oye a Gordon salir de la habitación contigua y bajar a toda velocidad las escaleras. Lo imagina en pijama por la sala de estar a oscuras, caminando hacia la puerta del patio, y después de pie bajo el foco, entornando los ojos sin sus lentes de contacto para comprobar si hay algún desperfecto. Lo imagina empequeñecido ante aquellos árboles inquietantes, ante la inmensidad de la tormenta.

Al cabo de unos minutos, Gordon abre la puerta del cuarto de los niños y entra una corriente de aire frío. Se le habrá pegado a la ropa y seguido escaleras arriba, piensa Cora.

—Sólo ha sido el aspersor —le dice él—. Vuelve a la cama.

—Ahora voy.

Pero no quiere dejar solo al bebé, que sigue durmiendo con la cabeza apoyada en su brazo mientras los ruidos de la tormenta marcan los minutos de la noche que dan paso al día.

Gordon está hablando por teléfono con un colega de la consulta. Cora los oye comentar que no hubo ningún aviso en el parte meteorológico de ayer por la noche y que posiblemente se cancelen citas y haya bajas entre el personal. Ella prepara el desayuno mientras atiende al bebé y ayuda a Maia a sintonizar una emisora de radio local para averiguar qué escuelas permanecerán cerradas a causa de la tormenta. Cuando nombran la de Maia, la niña reacciona con una sonrisita de alegría y un silencioso pulgar hacia arriba que deja caer cuando Gordon entra en la cocina.

—Mis padres vendrán el domingo —anuncia cogiendo una tostada antes de marcharse—. Acuérdate de ir hoy al registro. —Dos afirmaciones seguidas, pronunciadas como si una justificara la otra—. Y no cruces por el parque.

Para evitar a los exhibicionistas, los asesinos y, en un día así, los árboles que todavía podrían caer por la tormenta.

Todas las casas de su calle tienen ampulosas columnas de estuco, ventanas ciegas y jardines con setos cuidadosamente podados. Cuando Cora y sus hijos están fuera, apenas ven rastro de la tormenta a su alrededor. Sin embargo, una vez pasado el callejón, el paisaje cobra visos de irrealidad, como cuando sales parpadeando de una sala de cine a plena luz del día. Los árboles se inclinan en ángulos extraños. En las verjas se han abierto huecos que invitan a entrar en los jardines traseros. Sobre la acera ha caído un tendedero giratorio. Varias casas más adelante aparece una camisa con las pinzas prendidas aún en los hombros enganchada a un seto de aligustres. La mirada de Maia va de un lado a otro, como si la ciudad se hubiera convertido en uno de esos pasatiempos de buscar las diferencias.

Bordean el parque esquivando las ramas caídas con el cochecito. Se detienen a observar una enorme raíz de roble llena de larvas y terrones de barro. Maia se mete en el hueco que ha quedado debajo.

—Ten cuidado de no ensuciarte el abrigo.

Es lo que hubiera dicho Gordon. Porque ella en realidad la habría animado a respirar el intenso olor almizclado de la tierra y a imaginarse como un cachorro de zorro acurrucado con el morro sobre la cola. Tiene nueve años y pronto se sentirá demasiado mayor para hacer estas cosas.

Maia sale y se sacude el abrigo. En el paso de cebra, junto al globo de color ámbar de una baliza decapitada en la cuneta, esperan a que se detengan los coches.

—¿Por qué yo no me llamo como tú si él se va a llamar como papá? —pregunta la niña mirando al cochecito.

Cora da las gracias a un conductor con un ademán.

—Tú sí que te llamas como yo —le dice mientras cruzan—. Nadie lo sabe, pero Maia significa «madre». Te lo enseñaré en el libro de nombres de bebé cuando lleguemos a casa.

—¿De verdad? —Cora se sorprende de lo contenta que se pone Maia—. Entonces, ¿por qué no buscamos para él un nombre que signifique «padre»?

Cora mira a su hijo. Su carita redonda asoma por encima del enorme mono. Deja de empujar y se inclina hacia el aire perfumado con talco que lo envuelve. Los ojos del bebé brillan de emoción al encontrarse con los de su madre y sus piernas se mueven frenéticas para celebrarlo. Él no tiene nada de Gordon. Cora le dice «Te quiero» con la mirada y vuelve a erguirse.

—La verdad es que busqué nombres que significaran «padre» y el que me gustó fue Julian, que es «padre del cielo».

Para Cora, eso equivalía a estar por encima de un buen número de atribulados padres terrenales, y en su día incluso llegó a pensar que quizá Gordon aceptaría ese nombre. Si significaba «padre», y por tanto seguía siendo un homenaje, a lo mejor a él le parecía igual de válido. Pero una tarde Gordon llegó temprano a casa, vio el libro de nombres boca abajo en el sofá y echó un vistazo a las páginas por las que estaba abierto. «Sólo busca nombres de niña, Cora. Recuerda que si es niño se llamará Gordon», le dijo. Cuando cerró el libro y lo devolvió a la estantería, no había nada más que hablar.

—Julian me gusta —le dice Maia.

—A mí también. ¿Cómo lo llamarías tú, si pudieras escoger?

—Bueno… —Por la forma en que alarga la palabra, Cora se da cuenta de que ya lo ha pensado—. No es un nombre muy normal, pero me gusta Bear, oso.

—¿Bear? —repite Cora sonriendo.

—Sí. Suena muy mono, tierno y mimoso. —Maia abre y cierra los dedos como si estrujara algo delicado en las manos—. Pero también valiente y fuerte.

Cora mira al bebé y se lo imagina con todas esas cualidades. Le gustaría que fuera así.

Cerca de la ciudad, ya han empezado las tareas de limpieza. Dos hombres con motosierra talan los tilos dañados. Los cortan en trozos fáciles de transportar y dejan tocones en los alcorques de la acera.

Maia saluda tímidamente con la mano a una niña rubia cuyo «hola» se pierde en el estruendo de la maquinaria.

—Es Jasmine, de ballet —le susurra a su madre una vez que han pasado.

—Ah, sí, la que tiene una hermana mayor en el...

—Sadler Swells. Una pregunta —la interrumpe Maia, que después de tomar aire como si estuviera a punto de decir algo prohibido retoma la conversación antes de que Cora pueda corregirla—. ¿Por qué es tan importante cómo se llame? Para papá, quiero decir.

A Cora le gustaría responderle que eso pasa porque a veces los mayores se sienten pequeños por dentro. Porque algunos hombres —como el padre de Gordon— son tan prepotentes que creen que sus hijos, y los hijos de sus hijos, necesitan llevar su nombre para prosperar en esta vida. Y también porque a veces prefieren complacer a las genera­ciones anteriores en lugar de ayudar a las futuras. A Cora le parece algo tribal, como golpearse el pecho. Pero no le dice nada de todo eso a Maia. Su hija ya se da cuenta de bastantes cosas por sí misma. A la mañana siguiente de una bronca, por ejemplo, aunque Cora la haya soportado en silencio, Maia la busca en el fregadero de la cocina, le rodea la cintura con sus bracitos y, con la mejilla contra su espalda, le dice «Mi mamá bonita». En momentos así Cora percibe su compasión, la tristeza compartida. Un día incluso notó que tenía la espalda húmeda donde Maia había apoyado la cara.

—Para algunas personas la tradición es importante.

—Pero a veces también lo es tener tu propio nombre. Tal vez hasta a papá le habría gustado.

Cora retira una mano del cochecito para rodear con el brazo el hombro de Maia.

—Qué lista que es mi niña.

Se pregunta de nuevo si hace bien cediendo. En parte o en todo. Si es incluso bueno para el propio Gordon continuar con esta tradición. Tal vez el hecho de aceptar vivir a la sombra de su padre y de su abuelo no hace más que perpetuar la semejanza y hacerla aún más pesada. Tal vez llamar a su hijo de otra manera sería una liberación. Si no al principio, al menos a la larga.

Y ella, ¿acaso no le está enseñando a Maia que mantener la paz es más importante que hacer lo correcto? Cora se pregunta qué pensará su hija de que su madre haya aceptado ponerle a su hermano ese nombre que lo vincula a todas esas generaciones de hombres dominantes. Y se da cuenta de que, si bien el nombre de Maia fue concebido originalmente como un vínculo tácito entre ellas, haber revelado su significado puede convertirlo también en una carga. Tal vez sin querer le ha transmitido el mensaje de que sus vidas están destinadas a seguir el mismo camino, cuando la verdadera esperanza radica en que los hijos sigan el suyo propio.

1987

Bear

Cora observa cómo se desliza por la página la punta del bolígrafo de la encargada del registro mientras las letras aparecen como por arte de magia. Bear Atkin. Bear. Son sólo cuatro letras, B-E-A-R, simples consonantes y vocales, pero llenas de significado. Le invade una oleada de... ¿de qué? De alegría. Se siente inmensamente feliz. Mira a Maia, de pie junto a su silla, y se regocija ante su cara de sorpresa.

La funcionaria le comenta que nunca había inscrito a un Bear en veintidós años de trabajo. Una vez entregado el certificado se inclina por encima del escritorio y mira dentro del cochecito.

—Pero es perfecto para ti, ¿verdad? —Y luego le dice a Maia—: Creo que eres una hermana mayor muy responsable. Cuidarás de tu osito, ¿verdad?

Cora la besa en la frente y se guarda el sobre en el bolso. Maia empuja el cochecito por la oficina. Cuando salen a la calle, la niña parece desconcertada.

—Le has puesto el nombre que te he dicho… Pensaba que no lo harías.

Cora se siente en una nube. Mira su reflejo en el escaparate de una tienda y le sorprende ver que no anda a dos palmos del suelo. Maia camina unos pasos por delante. Habla sola y a cada rato se inclina sobre el cochecito para hacerle carantoñas a su hermano. Está eufórica. No cabe duda de que su hija está viviendo algo extraordinario: quizá sea la primera vez que se le ha dado voz y ha podido expresarse fuera de la sombra del matrimonio de sus padres.

Ya están casi en lo alto de la colina cuando Cora empieza a cobrar conciencia de sus actos. Si Gordon descubre que el nombre lo ha elegido Maia y… Parpadea angustiada e intenta sacarse esa idea de la cabeza. Él nunca le ha hecho daño a su hija. Pero quizá se deba a que todavía es pequeña y se porta bien y a que ella hace todo lo que está en sus manos para protegerla. Nunca deja que esté presente cuando las cosas se ponen feas; la envía a la bañera o a hacer algún recado.

Bajo las capas de ropa otoñal, Cora ha empezado a transpirar por todos los poros de su piel. La compresa posparto parece un pesado amasijo entre sus piernas. Se nota la frente perlada de sudor frío y la nuca mojada. Siente escalofríos. Es como si todos los fluidos de su cuerpo quisieran liberarse. Salir corriendo.

Pero ¿qué ha hecho? ¿Cómo ha podido ser tan estúpida? Y encima le ha puesto Bear. ¿Cómo va a justificarse sin contarle que el nombre lo ha escogido una niña de nueve años? Gordon creerá que menosprecia la tradición familiar y la aprobación de su padre, que sólo lo ha hecho para humillarlo, y que por eso ni siquiera se ha molestado en traicionarlo con un nombre normal, como Julian.

Se plantea repetirle las palabras de Maia. Le dirá que un niño llamado Bear será tierno y mimoso, pero también valiente y fuerte. Sin embargo, sabe que no le impresionará con esas virtudes; en realidad sólo conseguirá enfurecerlo aún más. ¿Y cómo le dará la noticia? ¿De qué forma podría suavizarla? Esperará a que esté de buen humor, le preparará su cena favorita... Pero Cora sabe que nada de eso servirá. La benevolencia que ha mostrado con ella durante el embarazo y las primeras semanas de posparto, en que la ha tratado con la misma consideración profesional que a las madres primerizas de su consulta, desaparecerá de golpe. ¿Cómo se le ha podido pasar por la cabeza hacer algo así? No le queda otro remedio que cambiarlo. Tiene que volver al registro y disculparse. Seguro que no es demasiado tarde, ¡si aún no se habrá secado ni la tinta! Seguro que aquella mujer lo comprenderá. Le explicará que estaba ofuscada; que no ha pegado ojo en toda la noche y que hace semanas que no duerme del tirón. No son circunstancias normales.

Pero, al llegar al paso de cebra, Maia se vuelve y la mira con una expresión de radiante felicidad. Cora no la ve así casi nunca. La tensión que habitualmente cincela su rostro ha desaparecido.

—Mami —Y ese diminutivo... Hace años que la llama sólo «mamá»—. Gracias, mami. Es lo más increíble que me ha pasado en la vida.

Cora mira el reloj mientras bordean de nuevo el parque. Faltan cinco horas para que Gordon vuelva del trabajo. Parece una eternidad y al mismo tiempo no es nada. Tendrá que trazar un plan. Acaba de recordar que Maia tiene natación por la tarde, pero se pregunta si estará abierto el polideportivo. Desde que ha nacido el bebé, Mehri se ha encargado de acompañarla a la piscina. Quizá puede pedirle que vaya una semana más, y a lo mejor luego se la lleva a merendar a su casa. Sus hijas no se conocen mucho, pero viven cerca y son de la misma edad. No le parecerá un abuso, ¿verdad? Si Mehri se la queda hasta las siete, tendría media hora entre que Gordon llega de la consulta y Maia vuelve a casa.

Al entrar en casa, Cora deja al bebé dormido en el pasillo, le prepara algo de comer a Maia y luego hace la llamada. La piscina está cerrada, pero Mehri le propone llevársela a merendar con Fern igualmente, así que Cora ni siquiera tiene que pedírselo. Esto le infunde confianza, como si encajar esta pequeña pieza del rompecabezas fuera una señal de que las cosas podrían salir bien. Entra en el cuarto de baño y deja la ropa mojada en el cesto. Se cambia de sujetador y saca una camiseta limpia del cajón mientras le da vueltas a qué hacer con Bear. Se sorprende al darse cuenta de que le ha salido Bear de forma natural, sin pensarlo, como si siempre hubiera tenido que llamarse así. Como si su hijo se hubiera metido en el papel que habían escrito para él y ahora sólo necesitara que ella le diera la noticia a Gordon para salir a escena. Pensar eso la motiva.

Se pregunta cómo proteger al bebé. Si pospone la próxima toma de leche y le da de mamar a las seis, podrá dejarlo profundamente dormido en el moisés y no tendrá que preocuparse por que se despierte.

¿Y luego qué? Saca las cajas de zapatos del armario y las amontona junto a la cómoda. En cuanto ve que hay espacio suficiente, quita el polvo con la mano y coloca dentro el moisés para comprobar si cabe. Sabe que esto es una locura. Él no le haría daño a su hijo. Pero, por culpa de su impetuosidad, Bear se ha convertido en una afrenta personal para Gordon y su familia. Casi puede oírlo: «¿Mi hijo? ¿Bear? ¿Estás mal de la cabeza?» No, hay que protegerlo, piensa mientras coloca las cajas alrededor del moisés.

Desliza un dedo por la rendija que queda entre las puertas cerradas, pero no está segura de cuánto aire puede entrar, así que las abre y se encierra en el armario con los pies dentro del moisés. Por la rendija de luz vertical, vislumbra un trozo de dormitorio. Se queda allí, en la oscuridad, observando esa parcela de su vida desde un nuevo ángulo. La cama que comparte con Gordon y el edredón de flores, que fue el regalo de boda de sus suegros. Las dos mesitas de noche. Un solo reloj, en la de él. Una lámpara, un bloc de notas y un montón de libros, también en la de él. Cora se da cuenta de que en ese espacio no hay nada suyo, ningún rastro físico que delate su presencia. En esa habitación vacía y silenciosa apenas se intuye su existencia.

Bear ha empezado a revolverse en el cochecito, pero antes de abrir las puertas del armario, Cora oye cómo Maia se le acerca y le susurra que no llore. Imagina a su hija de­sabrochándole el mono y moviendo cuidadosamente su cálido cuerpecito, y cuando deja de oírlos deduce que lo ha llevado a la sala de estar. Cora se queda un rato más dentro del armario, con la sensación de haber pulsado el botón de pausa de su vida por unos segundos.

A las seis y media, Cora oye la llave de Gordon en la cerradura. Le entran náuseas. Cuando llega al vestíbulo, él la saluda con un beso en la mejilla y le da la americana. Antes de colgarla, Cora acaricia la tela, como si deseara que todo fuese más despacio y así poder disfrutar de las cosas tangibles y de los momentos en que puede pensar en cosas concretas.

Lo sigue hasta la cocina e, incapaz de contener la tensión acumulada a lo largo del día, se oye decir:

—Gordon, he hecho algo.

Él se vuelve y se apoya en la encimera mirándola fijamente. Ella sabe que no le hará preguntas y que tampoco le dará pie a soltarlo. Él se afloja la corbata sin dejar de mirarla. Y cuando por fin habla, Cora se oye como él debe de oírla: patética, débil.

—He ido al registro civil como me pediste y, verás, espero que no te importe, pero le he puesto otro nombre. Ya sabes que nunca me ha gustado Gordon y yo... yo...

Se detiene porque él la está observando sin pestañear. Se siente como si tuviera un ataque de vértigo subida a una escalera y quisiera saltar y acabar de una vez. Hace un gran esfuerzo para no arrodillarse a sus pies y dejar que la patee: casi preferiría someterse de buenas a primeras y no intentar evitar lo ineludible, porque sólo está postergando lo que sabe que va a suceder. Luego piensa en Bear, en el armario del dormitorio, y en Maia, merendando en la cocina de Mehri, y se endereza.

—Lo he llamado Bear.

Él sonríe, frunce el ceño y coge un vaso meneando la cabeza. Cora se da cuenta de que no la cree.

—Es la verdad.

Y le muestra el sobre que ha escondido entre dos libros de cocina.

Él se vuelve con una mano en la jarra de agua y examina el certificado. Lo mira durante tanto rato que a ella empieza a temblarle la mano con que lo sostiene. El crujido del papel llena los segundos. Él levanta la vista y, sin dejar de mirarla, tira la jarra contra las baldosas de la cocina. Ella se nota los calcetines mojados y piensa que debería haberse puesto los zapatos.

Él le agarra un mechón de la coronilla y le estira la cabeza hasta tener su cara a escasos centímetros de la suya. Por un momento ella se siente confundida, cree que está a punto de besarla, pero él le golpea la cabeza contra la nevera.

Aunque se había prometido no gritar, el golpe la coge por sorpresa y suelta un alarido, pero cierra rápidamente la boca para no despertar a Bear. No debe recordarle a Gordon su existencia.

—Eres mi mujer —sisea— y sólo te he pedido que hagas una cosa. —Vuelve a golpearle la cabeza contra la nevera—. Una. —Golpe—. Maldita. —Golpe—. Cosa. Y no has sido capaz de hacerla.

Cora intuye que él no ha hecho más que empezar y que aún faltan unos cuantos golpes hasta que se le insensibilice la cabeza y deje de sentir el cráneo, la piel y el flujo de sus pensamientos. Así que se olvida de la premisa de no molestar a Bear y hace algo que nunca ha hecho antes: grita pidiendo socorro. Grita sin parar porque sabe que la ventana y la puerta de la despensa están entreabiertas y alguien acabará oyéndola desde el callejón. Cuando él le tapa la boca, ella le muerde con fuerza el velludo dorso de la mano. Gordon retrocede sorprendido. Pero Cora sabe que sólo es un instante de alivio porque él utilizará los pocos palmos que los separan para tomar impulso y abalanzarse sobre ella.

Cora sale corriendo y nota cómo se le sueltan los pulcros puntos de la comadrona. Pero no siente dolor sino una descarga de adrenalina. Él la persigue hasta la sala de estar y vuelve a agarrarla del pelo, pero ella logra zafarse sintiendo una tremenda punzada de calor en el cuero cabelludo.

Él la embiste y la tira al suelo. Cora no ha oído el ruido de cristales ni la puerta de entrada al abrirse, pero se da cuenta de que hay alguien más en la habitación. Es el hombre que vive dos casas más abajo. Se mudó hace sólo unos meses, y a veces se cruzan por las tardes cuando ella sale a encontrarse con Maia a medio camino del colegio y él vuelve de pasear a su perro en el parque. Ese hombre la sonrió al ver que estaba embarazada y un día le dijo algo sobre que hacía buen tiempo para los patos al ver a una bandada chapoteando a su lado. Ese hombre aparta a Gordon y, por unos segundos, parece que todo va a quedar en eso y que lo que ocurra a continuación será una desescalada. Luego, mientras el perro que lo acompaña le ladra en los tobillos, con la correa enganchada en las patas de la mesa de centro, Gordon grita:

—¿Qué demonios haces en mi casa?

El hombre levanta las manos como diciendo «No quiero problemas, no quiero pelear», pero Gordon lo empuja con tanta fuerza que Cora sólo alcanza a ver cómo cae hacia atrás y rompe el vidrio de las puertas del patio.

Más tarde, y no necesariamente por este orden, un agente de policía —joven, puede que no tenga ni veintidós años— marcará el número de Mehri, escrito junto al teléfono, y le pedirá que Maia pase la noche allí. Luego subirá las escaleras, sacará a Bear del armario y a Cora le maravillará lo bien que mece al bebé, dándole palmaditas en la espalda hasta que el llanto se transforma en unos suspiros estremecidos. Pero ella no le hará preguntas porque su cerebro se habrá quedado sin palabras; el canal entre voz y pensamiento se habrá roto temporalmente. Se tapará con la mano la oreja derecha para silenciar el pitido que oye dentro de la cabeza sin comprender si todo aquello guarda relación con la escena que ha tenido lugar en la cocina hace apenas cuarenta y cinco minutos. Cuando se aleje la ambulancia y las luces azules se escabullan de las paredes de la sala de estar, se dará cuenta de lo sucedido. Verá cómo un policía entrado en años esposa a Gordon con las manos a la espalda y, aunque no pueda oír lo que dice, adivinará que ese agente es paciente de su marido, y que evidentemente se siente muy incómodo desempeñando ese papel, que lo aleja del hombre que tal vez certificó la defunción de su propia madre, que diagnosticó la depresión de su mujer, que palpó su próstata agrandada y le dijo «No se preocupe, lo he visto antes». Porque Gordon es un médico muy querido por sus pacientes. Es un buen profesional, al margen de lo que su padre, que es cirujano, piense de los médicos de cabecera. Cora asiente y señala el respaldo de la silla mientras el policía joven recoge sus cosas y comprueba que sus llaves están en la parte delantera de su bolso. El agente sale un momento de la habitación cuando oye a un segundo grupo de paramédicos que entra por el pasillo. Todos le sonríen, la tratan con delicadeza y amabilidad, y Cora siente que es precisamente esto lo que puede derrumbarla. Observa los labios de la médica; no puede descifrar sus palabras pero aprecia su calidez y cómo la mira a los ojos, ignorando la expresión ansiosa de su colega más joven. Todas estas personas, muchas de ellas jóvenes, se han visto involucradas en el horror de esta noche, en esta tragedia que ha ido gestándose año tras año, mes tras mes, semana tras semana, día tras día, hora tras hora, hasta llegar a este momento.

Julian

Cora no está segura de por qué lo ha hecho en realidad, pero sabe que se ha sentido bien al pronunciar el nombre. Y ahora, con el bebé en su cochecito —Julian, padre del cielo, etéreo, trascendente—, se siente más arraigada de lo que ha estado en años. Como si sujetara los dos hilos de las dos cometas de la vida de sus hijos con los pies bien plantados en el suelo.

Ahora sus pasos transmiten más seguridad, y es consciente de cómo se le extienden y contraen los músculos. Tiene la sensación de que algo ha despertado en su interior. Tuerce para acortar por el parque sin pensarlo, y sólo se da cuenta de lo que está haciendo cuando Maia se detiene con un pie suspendido en el aire, como si su madre le pidiera que se adentrara en otro mundo.

—Pero papá dijo que...

—No pasa nada —responde Cora—. Seguiremos por el sendero principal, casi no hay árboles grandes a los lados y el paisaje es más bonito.

La cara de la niña delata su sorpresa, pero baja el pie y echa a andar dispuesta a explorar tranquilamente el territorio.

Cora nunca ha querido coartar la libertad de movimiento de Maia. Recuerda lo vivo que estaba su cuerpo años atrás, cuando hacía ballet, lo alerta que estaba en sintonía con la música, y cómo era capaz de intuir cualquier emoción —un atrevimiento, una vacilación— sólo por la forma en que la sujetaba su pareja. Ahora experimenta ese tipo de sensibilidad extrema; es consciente de la energía cinética de todo cuanto la rodea. Nota el traqueteo de las ruedas del cochecito sobre el suelo barrido por el viento del parque. El olor del aire húmedo que penetra en las rocas de arenisca. La reacción de sus pupilas cuando el blanco pabellón de críquet resplandece a la luz de octubre. El rumor de los pasos de Maia, que camina aplastando las ramitas del sendero. «Siente el suelo», le habían gritado todas las profesoras desde que tenía cinco años mientras sus palabras se fundían con las notas de piano y rebotaban en las paredes del salón parroquial, el centro cívico o el estudio de turno. Y ahora, tantos años después, vuelve a sentirlo. Lo siente todo. Reconoce su agarre, su apoyo, y sabe que este suelo —esta tierra— la sostiene, que incluso se eleva imperceptiblemente bajo sus pies, y que si cae la recogerá, porque ha hecho lo que tenía que hacer.

Cora está acostumbrada a sufrir sus estallidos de furia cuando se deja una luz encendida o ha estado demasiado amable con un dependiente. Vive intentando no despertar la ira de Gordon, pero a veces se olvida de lustrar unos zapatos o lavar una camisa a tiempo y el fuego prende a su alrededor. Ella corre de un lado a otro intentando apagar las chispas, pero siempre hay algo que se le escapa o en lo que no ha pensado. Sin embargo, hoy es diferente. Puede elegir cómo confesarlo, en qué condiciones. Y no tiene miedo. Es posible que él se enfurezca, pero esta vez no será en vano. Ella habrá conseguido su propósito: que su hijo tenga su propio nombre.

Cuando se pone a la altura de Maia, se la encuentra tarareando una melodía grave y disonante. Cora aparta una mano del cochecito y le coge la mano enguantada.

—No tienes por qué preocuparte. Puede que se enfade un poco, pero se le pasará.

—Pero dices que lo has hecho por algo que he dicho antes de entrar. Así que es culpa mía.

—No, sólo he dicho que has sido mi inspiración. No es lo mismo. Van Gogh puede inspirarme para pintar un cuadro, pero eso no significa que sea cul

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