Desmadre

Fragmento

Desmadre

Primero las partes: una cabeza, dos brazos, dos piernas, inmaculados, suaves al tacto; la promesa tácita de un “recién nacido”.

Luego, bajo una luz tenue, comienza la magia. Cada capa es una piel que no existió, un latido inventado.

El creador se inclina y aplica en silencio las primeras pinceladas translúcidas, casi invisibles. Un tono subcutáneo, rojo casi violeta, una malla de venas que apenas advierte la mirada. Después la segunda, la tercera, la cuarta… ocho, diez o más para que la superficie responda a la luz como si respirara bajo la piel.

El pelo. Ese elemento tiene un rito distinto, especial, delicado, propio. Cada mechón se injerta y cada raíz parece una aguja que abre y cierra un pequeño túnel sobre el cuero cabelludo. Cabello humano de alta calidad o la fibra más sintética, cada hebra tan fina como mosquito de aire, se anudan una a una sobre el molde. Poco a poco, crece una cabellera sin edad y sin nombre, pero que pide ser acariciada.

¿Sabrá el creador que al posar los dedos sobre aquellas hebras casi invisibles —tan finas que casi desaparecen entre la luz— no se sienten como un detalle, sino como el primer aliento de algo vivo?

El torso se rellena con vellón, fibra, plomo, todo escondido en la tela para que pese como pesa un niño dormido a medianoche.

Después, entran en escena las uñas, las pestañas, los pliegues de la piel: cada gesto de color, cada sombra texturada convierte a la criatura en un rostro que no imita, sino que reluce su propio pulso, listo para que le impriman su historia.

Todos somos únicos y ellos también. Ninguno se parece a otro, no pertenecen al coral de los bebitos rápidos, creados en serie, sino al silencio riguroso de lo artesanal.

Recién a lo último se cierra la costura, se ajusta la mantita, se le sujeta el gorrito y se fija el chupete con un imán.

¿Quién lo esperará del otro lado? ¿Quién lo llamará por su nombre? ¿Qué nombre? Tal vez una madre sin hijo, o una hija sin madre, o alguien que solo busque compañía en el silencio.

Lo vestirán con bodies coloridos, lo sentarán en cochecitos que no irán a ninguna parte, lo dormirán en cunas que no crujen. No llorará nunca, pero habrá rutinas: cambiarle la ropa, humedecerle los labios, acomodar su cabeza en la almohada. Su piel siempre fría, su mirada fija, su corazón quieto. Y, sin embargo, cada caricia será un deseo de que despierte. Porque en algún rincón del mundo, alguien lo cuidará como si respirara.

La mano que lo carga siente peso y vacío al mismo tiempo. Una respiración mecánica podría instalarse, si el artesano lo desea, y así hasta el sello final de “frágil” donde el objeto ya no es objeto, ya no es solo silicona sino rito, magia, imaginación.

Ahí, en ese cuarto donde todo comienza y termina y vuelve a empezar, el renacido toma su lugar. No es cuerpo que llore ni llanto que responda. Pero su presencia se cuela: el silencio se reconoce en esos párpados cerrados, el peso que no tuvimos yace entre sus extremidades.

Y la pregunta, suave como el murmullo de pinceles, se dibuja en la penumbra: ¿y si algo sin vida pudiera dar vida?

Si el sol se apaga en un instante
la oscuridad es perpetua.

REHÉN

—No hay latido —dictamina el doctor Benson sin apartar la atención del monitor.

La sentencia desata un huracán. Entrecruzo mis manos y las adhiero a la panza: desafío el panorama con la fe.

Intento descifrar el mundo a través de sus lentes, mientras él, un perfecto desconocido con mi destino en su mirada, naufraga enmudecido en la imagen.

La densa espera en la que todo es posible detona mi paciencia.

—¡No es cierto!

Nadie me contradice.

Empujo el aparato y deslizo los dedos sobre la piel mojada: rastreo el pulso del bebé con mis propias manos.

Mi piel se eriza al no detectarlo, toda la escena conlleva ese claro tenor de tragedia, de despojo. Algo que quisiera negar o revertir, pero un ahogo me impide exponer la injusticia, como si una mano negra se cerrara sobre mi cuello. En este momento comprendo la metáfora de la opresión: cuando alguien dice que “se le vino el mundo abajo”. La realidad me aplasta, y solo queda seguir rezando.

Imploro un desperfecto temporal. Un rayo que active el ecógrafo y reduzca al médico a unas disculpas frenéticas. Pero no sucede. El deseo ahora es rehén del silencio.

Juan evita ser la desembocadura de mi desesperación, sabe que solo con una mirada provocaría el diluvio universal. Tensa la mandíbula, se abstiene de cualquier comentario, como una forma de conservarse. Tanto suspenso confirma que el silencio puede ser más destructivo que el peor de los estruendos.

Después de la noticia, el doctor desaparece.

—Esperen aquí —ordena y la inestabilidad se apodera de la atmósfera.

La sala es un cubículo angosto donde no caben más de tres personas. Las paredes tienen un amarillo pálido que absorbe la luz en vez de reflejarla. El suelo está salpicado de pequeñas grietas, parecen venas rotas bajo la superficie. Una sola ventana en lo alto deja entrar apenas un rayito de sol que se detiene a mitad de camino, incapaz de iluminarnos.

Aguardamos abrazados la llegada de alguien, no sabemos de quién, o quizás un llamado de rescate, un nuevo estudio con otro resultado. Un arcoíris que revierta el pronóstico.

Con Juan nos miramos cuando sentimos pasos cerca, como si alguien viniera a socorrernos, pero al final se arrepintiese.

Habrán pasado veinte minutos o veinte años hasta que una doctora de ambo azul y pelo revuelto se presenta y nos guía hacia su consultorio. En el camino se asegura de que soy Ana Crewell. Ella es Paula Silva, responsable de la guardia obstétrica y ginecológica del sanatorio Santa Teresita. La seguimos, creemos alejarnos de la catástrofe, hasta que se detiene en una sala, contempla la imagen y traduce: “Aborto espontáneo”. Explica que así se denomina la detención del embarazo. Mientras tipea, constata indicios:

—¿Pérdidas, dolor abdominal, calambres o mareos?

Niego reiteradas veces.

—¿¡Qué pasa!? —cuestiono, totalmente descolocada.

—Son jóvenes —desdramatiza con tono profesional—. La naturaleza es más compleja que la teoría.

Yo creía que estaba exenta de ese riesgo. Crecí convencida de que el cuerpo responde a la fe, que las buenas mujeres somos recompensadas con hijos sanos, que la devoción protege, como si existiera un pacto secreto entre el deseo y la biología. Me descoloca que la fatalidad no haya ido a buscar a otra, a una distraída, una incrédula, una mujer sin ganas.

Solo resta pensar que fue mi culpa, quizás algo imperceptible, u

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