Una casa sola

Selva Almada

Fragmento

Una casa sola

Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín. La Miní apareció entre los pastos; tan blanca y con las costillas marcadas, la galga, que si no fuera la pura luz del día, diría que no era un perro si no el ánima de un perro. Arrastraba un lagarto overo y el olor a sangre atrajo a sus cachorros. Pero la capitana rancha sola: les tiró unos tarascones y comió triturando cuero, huesos, carne, hasta hartarse. Después se echó a la sombra del tala y dejó que los hijos se prendieran a las tetas.

Las gallinas, hipnotizadas por el color brillante del triperío, abrieron los picos mostrando las lenguas pálidas, y se llevaron un poco cada una.

¡Jedientas son!

Un chaperío herrumbrado es todo lo que queda de un galpón que ha sucumbido a las tormentas ¿Cuánto hace? ¡Quién sabe! Más acá el tanque australiano con su borra de agua podrida, cinco dedos de hombre de altura, burbujeante de larvas de mosquito.

Verano así de seco no he visto antes. Y eso que esta vieja casa si no lo ha visto todo, ha visto suficiente. Pero nunca una seca como esta, que se mete en las junturas de adobe de los ladrillos y crepita abriendo minúsculas fisuras.

Hubo un molino y unos silos panzones. La luz del mediodía rebotando contra esas moles metálicas dolía la vista. Ya no hay. De lo poco que pudo llevarse el patrón cuando todavía podía entrar, la pata ancha, diciendo esto es mío.

El tala se espulga las hojas muertas, con disimulo. Me hago la que no lo veo. Vanidoso: pierde el pelo pero no las mañas. Lo conozco desde chiquito. Vino semilla en los intestinos de un pirincho. Esperó posada en la superficie, abrigada por la mierda del pájaro, hasta la primera lluvia gorda de ese año. La que abrió el surco y volvió a taparlo. En primavera reapareció hecha brote. Lo pastoreé día tras día, un tallo que iba ganando altura, echando cuerpo. Entonces yo tampoco era una casa. Más bien un refugio, un reparo. Cuatro paredes de adobe y un techo de ramas. Una abertura grande, sin puerta, por donde entraban hombres, hombre y caballo, becerros perdidos. Levantada en un pequeño claro robado al monte.

El tala y yo somos hermanos de leche. Aunque hace años me pasó en altura. Pequeña bajo su sombra. Que también es mía. Las raíces del tala se estiraron, se propagaron como una electricidad, tocando mis cimientos. Estamos comunicados de esa manera íntima y subterránea; el tala y yo, un pedazo de monte.

La Miní duerme el cansancio feroz de las madres cuando amamantan. Los cachorros andan a los tumbos, las barrigas tirantes de leche, los hocicos abriéndose al mundo. Le digo Miní porque me recuerda a la otra, una que hubo en tiempos de los Lucero, la última familia que vivió aquí. Ellos nunca se ausentaban más de dos o tres días: viajes cortos al pueblo para comprar mercadería, ropa; o de los parientes para un cumpleaños, un velorio. Pero la última vez no regresaron. Aún no vuelven.

Cinco habrán sido los perros en esa época: Sultana la más vieja, la que comandaba el lote, y Miní la más nuevita. En el medio los otros a los que los gurisitos les cambiaban de nombre a cada rato. Apenas aquellos perros vieron que la familia no volvía, se ganaron dentro. Se treparon a las camas, embarrando las sábanas que la Lorena tenía siempre impecables. Escarbaron hasta abrir las puertas del aparador donde ellos guardaban la provista y comieron todo lo que pudieron romper con los dientes. Un poco por atrevidos y un poco por necesidad. Cuando no hubo más nada en la despensa, cazaron algunos bichos chicos: aperiás, alguna liebre vieja, mismo lagartos, como hace ahora la Miní. Nunca una gallina. Estaban bien enseñados.

La Sultana fue todos los días a la tranquera y se sentó a esperarlos. A la noche aullaban reclamándolos. No sé cuántos días, hasta que una tarde la perra vieja al frente, el resto siguiéndola emprendieron la retirada. La Miní la última de la fila, dudando. Deteniéndose a cada rato y mirándome, no sé si esperando que los siguiera también, que me fuera yo con ellos, o disculpándose por irse. Al final agachó la cabeza y se les unió al trote. Uno de los machos cavó un poco debajo de la tranquera cerrada y de a uno fueron pasando al otro lado.

Hace unos meses, apareció esta Miní perseguida por una pelotera de perros y primero la confundí con aquella. Mismo tamaño, mismo porte, misma edad… pero claro, la Miní de los Lucero, en caso de que aún viva, ya será una perra vieja.

Esta perra estaba sucia, revolcada y babeada por los machos que venían atrás suyo, alzada hasta las orejas. La pobre no entendía nada: habría despertado una mañana sangrando, habría lambido sin encontrar la herida. Desorientada, queriendo escapar y quedarse, enfrentarlos y rendirse. La pelea final de los candidatos sucedió acá mismo. Se trenzaron y todo fue una confusión de pelajes, hocicos abiertos, dientes hincándose, cuero desgarrado. El vencedor fue un mestizo de pelo gris y pecho amplio. Los belfos le temblaban y tenía la mirada turbia. Se acercó y la olfateó un poco a la perra, gimió, la rodeó. Se trepó a su grupa y ella se acomodó para sostenerlo, para dejarlo entrar. Después el perro desmontó y se quedaron pegados un rato, uno para cada lado. Ella, la que yo bauticé Miní, mirándome con los ojos ámbar, como dos gotas de panal.

Ahora sueña. Las patas de atrás y las patas de adelante tiemblan. Soñará que corre. Tal vez escapando de algo o al encuentro de alguien. Aquí se aquerenció enseguida. Empujó la puerta con el hocico, entró, husmeó, recorrió las piezas que ya llevan años vacías. Nomás quedan los esqueletos desvencijados de las camas. La pila de cueros que le habían traído a Lucero para curtir y sacar tiento, le llamó la atención. Rascó, acomodó, giró varias veces encima y se acostó. Los primeros días, las gallinas la veían y armaban espamento, pero de escorchonas y alborotadas que son. Arriba de los mismos cueros, tiempo más tarde, parió a los hijos y la madrugada se llenó de olor a sangre y a calostro.

No puedo darme cuenta del día en que Lucero, la Lorena y los gurises se fueron. Porque cada tanto se iban a hacer sus cosas, decía, compras, hospital, jineteada. Lucero hace mucho no doma, desde que lo tiró un potro y se jodió la pierna, medio rengo quedó. Pero más herido en su sentimiento. Era un gran domador. Acá había varias fotos hechas cuadritos. Lucero con la vincha roja que usaba agarrándole ese pelo negro, pluma de tordo, que tenía. Levitando sobre el lomo del potro, una mano sujetando bien fuerte la clina, en la otra flameando el rebenque, las espuelas brillando contra el flanco del caballo. Las luces de los reflectores formaban un aura a la vuelta de él, parecía un santo. De verlo así en las fotos, se entendía que la Lorena se enamorara y se viniera a vivir con él, una gurisa de trece o catorce y Lucero un hombre grande, de más de cuarenta.

No era llamativo que se fueran todos, lo inusual fue que no volvieran ni ese día, ni al otro, ni nunca hasta el día de hoy. Aquellos perros que tenían se dieron por vencidos rápido. A mí me dio rabia, al final no eran tan fieles como siempre se dice de los perros. Pero después me dio amargura, no que se fueran propiamente, sino que perdieran tan pronto las esperanzas de ver regresar a la familia.

Partido los perros, a pesar de los desmanes que habían hecho acá adentro, rompiendo cosas buscando comida, dejando las camas sucias y revueltas, igual me sentía entera. El olor de los Lucero seguía entre estas paredes, los juguetes de los hijos desparramados en la galería, ropa tendida en el alambre, las botas de él, sucias de barro, atrás de mi puerta. Tantos años después no queda casi nada. Jiedo a madriguera, los mosaicos del piso en partes levantados, rotos por los hormigueros, yuyos brotando de las paredes, y esta lluvia de aserrín desprendiéndose de las vigas mientras las ararás cavan sus túneles, convirtiendo la madera en viejos huesos porosos.

¡Si serán podridas!

Aunque da tanto gusto en los veranos ver salir volando a las hembras jovencitas perseguidas por los zánganos, la danza nupcial, las cabriolas de la cópula y después cómo pierden las alas, unas novias arrancándose los velos, para volver a los túneles, servidas y solas. Ellos ya no tienen permitido entrar y mueren a la intemperie. Las oigo desovar en los huequitos de la madera y luego, dos o tres meses, el latido de las larvas se me presenta como una migraña, una ligera alucinación.

No sé si reconocería a los Lucero si volvieran a pasar por mi puerta. El gurí mayor ya debe ser un pedazo de muchacho, las nenas dos señoritas y el que era bebé debe estar terminando la escuela.

Tampoco sé si ellos serían capaces de reconocerme, así tapada por las enredaderas.

Pero quiero empezar contando de los tiempos de antes. Muchísimo antes de los Lucero, una parva de años antes, añares ha. Yo todavía no era una casa, ni un reparo, ni un refugio, ni cuatro paredes de adobe y un techo de ramas, pero ya era, si se entiende, parte de esta misma tierra sobre la que el espinal se extendía leguas y leguas, mucho más allá de lo que alcanzaba la vista de cualquier hombre.

Hasta este monte había llegado el eco de la muerte del general. El tirano. El caudillo en decadencia. Su Excelencia. El gobernador. Tomaba mate como cada tarde, declinando el día, en el corredor de su casa. Que con falsa modestia había llamado Posta San José, pero que la gente le decía palacio. Mate

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