CAPÍTULO 2

Celaena Sardothien avanzaba a grandes pasos por los pasillos del castillo de cristal de Rifthold. Un pesado bulto, que se balanceaba con su caminar y que le golpeaba las rodillas , pendía de su mano. Si bien la capucha de la capa le ocultaba casi por completo el rostro, los guardias no la detuviero cuando se dirigió a la sala del consejo del rey. Sabían perfectamente quién era. Y para quién trabajaba. Como campeona del rey, los superaba en rango. En realidad, muy pocos habitantes del castillo presumían un rango superior al de ella. Y eran aún menos los que no le temían.
Con su capa se acercó a las puertas de cristal. Los guardias, parados a ambos lados de la entrada, se irguieron cuando Celaena los saludó con un gesto justo antes de cruzar el umbral de la cámara real. Sus botas apenas resonaban contra el rojizo mármol.
En el centro de la cámara, sentado en su trono de cristal, el rey de Adarlan la esperaba. En cuanto la vio llegar, el soberano clavó la mirada en el saco que colgaba de su mano. Igual que había hecho en las tres ocasiones anteriores, Celaena posó una rodilla en el suelo y agachó la cabeza.
Plantado junto al trono, Dorian Havilliard también la esperaba. Celaena notó sus ojos color zafiro fijos en ella. Al pie del estrado, siempre a un paso de la familia real, se encontraba Chaol Westfall, capitán de la guardia. La asesina alzó la vista hacia él desde las sombras de la capucha y reparó en los angulosos contornos de su rostro. Viendo su impasible semblante, nadie habría adivinado que conocía a Celaena. No obstante, así debía ser. Formaba parte del juego que llevaban realizando desde hacía varios meses. Tal vez Chaol fuera su amigo, o incluso alguien en quien podría llegar a confiar, pero seguía siendo capitán. Por encima de todo, el hombre era leal a la familia real. El rey se dirigió a ella.
—Levántate.
Con la barbilla en alto, la asesina se incorporó y se retiró la capucha.
El monarca agitó la mano y la sortija de obsidiana que lucía en el dedo capturó la luz de la tarde.
—¿Misión cumplida?
Con una mano enguantada, Celaena hurgó en el saco y arrojó la cabeza a los pies del rey. Nadie pronunció palabra alguna cuando la carne dura y putrefacta rebotó en el mármol con un golpe sordo. La cabeza rodó hasta la tarima. Cuando se detuvo, los lechosos ojos se clavaron en la recargada araña de cristal que colgaba del techo.
Dorian se irguió y desvió la mirada. Chaol no apartaba los ojos de Celaena.
—Opuso resistencia —declaró ella.
El rey se echó al frente para examinar de cerca el maltrecho rostro y los cortes irregulares del cuello.
—Apenas lo reconozco.
Aunque estaba nerviosa, Celaena se las arregló para esbozar una sonrisa cruel.
—Me temo que las cabezas humanas no son mercancía fácil de transportar —Hurgando de nuevo en la bolsa, sacó una mano—. Esta es su sortija.
Intentó no prestar atención a la carne pútrida del miembro, ni tampoco al hedor que emanaba, cada día peor. Le tendió la mano muerta a Chaol, quien, ensimismadamente, la tomó para entregársela al rey. El soberano hizo una mueca, pero extrajo de todos modos el anillo del rígido dedo. Tiró la mano a los pies de Celaena y procedió a examinar la joya.
Dorian parecía horrorizado. Durante los duelos, nunca había dado muestras de que le afectara el trabajo de Celaena. ¿Qué esperaba? ¿Acaso no sabía cuál era la finalidad de la campeona del rey? Por otra parte, cualquiera se sentiría asqueado ante una mano y una cabeza cercenadas, incluso aquellos que llevaban toda una década viviendo a la sombra de Adarlan. Y Dorian, que jamás había luchado cuerpo a cuerpo, que nunca había visto filas y filas de presos avanzar cabizbajos hacia el tajo del carnicero con los pies encadenados… Bueno, quizá lo raro era que no hubiera vomitado todavía.
—¿Y qué me dices de su esposa? —quiso saber el rey, que observaba el anillo al derecho y al revés.
—Encadenada al resto de su esposo en el fondo del mar —replicó Celaena con una siniestra sonrisa.
Extrajo una segunda mano del saco, más pálida y esbelta. Aún llevaba la alianza de oro en el dedo, con la fecha de la boda grabada en su interior. Celaena le ofreció el segundo miembro al rey, pero este lo rehusó con un movimiento de cabeza. Ella devolvió la mano al grueso costal de lona. Evitó mirar tanto a Dorian como a Chaol.
—Muy bien —musitó el rey. Celaena esperó mientras el soberano pasaba la vista de la asesina al saco, y de este a la cabeza. Después de un instante, que se le hizo eterno, el monarca prosiguió—. Se está fraguando una rebelión aquí en Rifthold, alentada por un puñado de individuos que harán lo que haga falta con tal de destronarme… y que pretenden interferir en mis planes. Tu próxima misión consiste en sofocar la revuelta y ejecutarlos antes de que se conviertan en una verdadera amenaza para mi imperio.
Celaena apretaba el saco con tanta fuerza que le dolían los dedos. Chaol y Dorian miraban fijamente al rey, como si jamás hubieran oído hablar de una revuelta.
Antes de su partida a Endovier, Celaena había oído rumores sobre la existencia de fuerzas rebeldes. De hecho, había conocido a varios rebeldes en las minas de sal, presos como ella. Pero de eso a que se estuviera tramando una revolución en el corazón de la capital… ¿Qué pretendía el rey? ¿Que liquidara a los presos uno a uno? Además, ¿de qué planes hablaba? ¿Qué sabían los rebeldes de los planes del soberano? Se guardó las preguntas muy dentro de sí, para que nadie pudiera leerlas en su cara.
El rey tamborileó los dedos en el brazo del trono. Con la otra mano jugaba con el anillo de Nirall.
—Hay muchos nombres en mi lista de sospechosos, pero te los iré diciendo uno a uno; el castillo está lleno de espías.
Chaol se irritó al oírlo, pero el rey hizo un gesto en su dirección y el capitán se acercó a Celaena con un pergamino. Con expresión inescrutable, se lo tendió.
Celaena reprimió el impulso de mirar a Chaol a los ojos. Él, en cambio, le rozó ligeramente los dedos al entregarle la hoja. Imperturbable, la asesina tomó el documento. Llevaba escrito un solo nombre: “Archer Finn”.
Tuvo que recurrir a todo su autocontrol y sentido de supervivencia para disimular la sorpresa. Conocía a Archer… Lo conocía desde los trece años. En aquellos años, él había acudido a la guarida de los asesinos a recibir entrenamiento. Archer era varios años mayor que ella. Ya entonces era un cortesano muy solicitado, tanto que era necesario un entrenamiento especial para aprender a protegerse de las clientas celosas… y de sus maridos.
Jamás le molestó que Celaena lo persiguiera. En realidad, coqueteaba con ella y la hacía reír como una niña. Por supuesto, llevaban muchos años sin verse —desde que ella partió a Endovier—, pero Celaena no lo creía capaz de algo así. Era un tipo guapo, amable y alegre, no un traidor a la corona tan peligroso como para borrarlo del mapa.
Qué absurdo. Quienquiera que le estuviera proporcionando información al rey era un completo idiota.
—¿Solo a él o a sus clientes también? —le espetó al soberano.
El monarca sonrió desganadamente.
—¿Conoces a Archer? No me sorprende.
La estaba poniendo a prueba.
Haciendo esfuerzos por tranquilizarse, por respirar, Celaena mantuvo la vista al frente.
—Lo conocía. Posee unas defensas extraordinarias. Me tomará un tiempo traspasarlas.
Celaena había formulado las frases con extrema cautela. En realidad, necesitaba tiempo para averiguar cómo se había metido Archer en aquel lío. Y también para descubrir si el rey decía la verdad. Si realmente Archer era un traidor y un rebelde… bueno, ya lo decidiría más tarde.
—Te concedo un mes —declaró el soberano—. Y si para entonces no está bajo tierra, quizá reconsidere tu puesto, jovencita.
Ella asintió, sumisa, complaciente, gentil.
—Gracias, su Majestad.
—Cuando hayas liquidado a Archer, te daré el siguiente nombre de la lista.
Celaena siempre había procurado no inmiscuirse en la política del reino, evitando principalmente asuntos relacionados con las fuerzas rebeldes, y de repente se encontraba metida hasta el cuello. Perfecto.
—Sé rápida —le aconsejó el rey—. Y, discreta. Tu recompensa por la muerte de Nirall te aguarda en tus aposentos.
Asintiendo de nuevo, la asesina se guardó el pergamino en el bolsillo.
El soberano la observaba atentamente. Celaena desvió la vista, pero se forzó a levantar la comisura de los labios y a fingir que le brillaban los ojos, como si estuviera impaciente por empezar la caza. Por fin, el rey alzó la mirada al techo.
—Recoge esa cabeza y márchate.
El soberano se guardó la sortija de Nirall en el bolsillo y Celaena notó un reflujo de bilis en la garganta. La consideraba un trofeo.
La campeona del rey agarró la cabeza por sus oscuros cabellos, recogió la mano cortada y metió ambos despojos al saco. Echando un rápido vistazo a Dorian, que la miraba pálido como un muerto, dio media vuelta y se marchó.

Dorian Havilliard guardaba silencio. A su alrededor, los criados devolvían la enorme mesa de roble y las ornamentadas butacas al centro de la cámara. El consejo se reuniría en tres minutos. Apenas oyó a Chaol cuando este pidió permiso para ausentarse, argumentando que debía pedirle informes a Celaena. El rey lo concedió con un gruñido.
Celaena había matado a un hombre y a su esposa. Su propio padre lo había ordenado. Dorian a duras penas podía mirarlos a la cara. Pensaba que había convencido a su padre de que reconsiderara sus brutales prácticas tras la matanza de rebeldes que él mismo había ordenado en Eyllwe, antes de Yulemas, pero al parecer nada había cambiado. Y Celaena…
En cuanto los criados hubieron dispuesto la mesa, Dorian ocupó su sitio de costumbre, a la derecha de su padre. Los consejeros empezaron a entrar y con ellos el duque Perrington, que se dirigió directamente al rey y le murmuró algo en voz demasiado baja para que Dorian distinguiera las palabras.
El príncipe no se molestó en saludar a nadie. Se quedó allí, mirando la jarra de cristal que descansaba sobre la mesa. Hacía unos instantes, ni siquiera había reconocido a Celaena.
En realidad, desde que la habían nombrado campeona del rey, hacía dos meses, actuaba de forma extraña. Las joyas y los vestidos habían desaparecido, remplazados por ajustados pantalones y sobrias túnicas. Se recogía el cabello en una larga trenza que se perdía en los pliegues de su capa negra, esa horrible prenda que siempre llevaba puesta. Parecía un hermoso espectro, un fantasma que miraba a Dorian como si no lo conociera.
El príncipe volvió la vista hacia la puerta que Celaena acababa de cruzar. Una persona capaz de asesinar a sangre fría sin pestañear no tendría reparos en fingir que se sentía atraída por el heredero de la corona para así convertirlo en su aliado, ni en conseguir que la amase tanto como para enfrentarse a su padre por ella con el fin de asegurarle el título de campeona.
Dorian no quería seguir en esa situación. Le haría una visita; al día siguiente, tal vez. Solo para comprobar si existía alguna posibilidad de que estuviera equivocado.
Sin poder evitarlo, se preguntó si alguna vez habría significado algo para Celaena.

Tan rápida como sigilosa, Celaena recorrió los pasadizos y las escaleras que conducían al alcantarillado del castillo. Era el mismo canal que fluía más allá de su túnel secreto, aunque el hedor empeoraba mucho en aquella zona, por los desperdicios que los criados vertían casi cada hora.
Los pasos de la asesina y luego otros más —los de Chaol— resonaron en el largo pasaje subterráneo. Celaena, sin embargo, esperó llegar al borde del agua para dirigirle la palabra. Una vez allí, echó un vistazo a los arcos de crucería que se levantaban a ambos lados del río. No vio a nadie.
—Y bien —dijo sin darse la vuelta—, ¿vas a saludarme o te vas a limitar a seguirme a todas partes?
Se volvió a mirarlo. Aún cargaba el saco.
—¿Y tú, te vas a seguir comportando como la campeona del rey o piensas volver a actuar como Celaena?
La luz de la antorcha arrancó un destello a los ojos color bronce de Chaol.
Por supuesto, Chaol había reparado en la diferencia: se daba cuenta de todo, y Celaena no estaba segura de si debía alegrarse por ello, sobre todo porque notaba cierta burla en sus palabras.
Como la asesina no respondía, el capitán siguió preguntando:
—¿Qué tal Bellhaven?
—Como siempre.
Celaena sabía muy bien a qué se refería Chaol, quería saber qué había pasado en el transcurso de la misión.
—¿Opuso resistencia? —el capitán señaló el saco con la barbilla.
Ella se encogió de hombros y volvió a mirar el agua.
—Nada que no pudiera solucionar.
Celaena tiró el costal al río. En silencio, se quedaron mirando el bulto, que flotó y luego se hundió lentamente.
Chaol carraspeó. La joven sabía cuánto odiaba el capitán aquel tipo de cosas. Cuando Celaena se disponía a partir a su primera misión —a una finca en la costa de Meah—, Chaol había pasado tanto tiempo caminando de un lado a otro que la asesina se preguntó si le pediría que no fuera. Y cuando Celaena volvió, cargada con una cabeza y envuelta en rumores sobre el asesinato de sir Carlin, tardó una semana en poder mirarla a los ojos. Pero bueno, ¿qué esperaba?
—¿Cuándo empezarás tu próxima misión? —preguntó Chaol.
—Mañana. O pasado. Necesito descansar —añadió ella rápidamente al ver que el capitán ponía mala cara—. Además, solo tardaré un par de días en averiguar con qué defensas cuenta Archer. Entonces pensaré en un plan de acción. Con suerte ni siquiera agotaré el mes que me ha concedido el rey.
Y con mucha suerte averiguaría cómo había ido a parar el cortesano a la lista del rey, y a qué planes, exactamente, se refería. Luego ya pensaría qué hacer con Archer.
Sin apartar la vista de las pútridas aguas, cuya corriente arrastraba ya el fardo hacia el río Avery, Chaol se acercó a Celaena.
—Me gustaría que me hicieras un informe detallado.
Ella levantó una ceja.
—¿No me vas a llevar antes a cenar?
El capitán la miró, molesto. Celaena hizo un puchero.
—No bromeo. Quiero conocer los detalles de lo sucedido en la mansión de Nirall.
Ella sonrió y lo empujó a un lado. Luego, secándose los guantes en los pantalones, se dirigió hacia las escaleras.
Chaol la agarró por el brazo.
—Si Nirall se defendió, alguien pudo oír algo…
—No hizo ruido —replicó Celaena. Se zafó de la mano y comenzó a avanzar rápidamente. El paseo hasta sus aposentos, por breve que fuera, le parecía una caminata—. No necesitas ningún informe, Chaol.
Aferrándole el hombro con fuerza, el capitán volvió a retenerla en el oscuro descanso.
—Cada vez que te vas —dijo Chaol, cuya expresión parecía aún más sombría a la luz de la antorcha— temo que te vaya a pasar algo. Ayer oí el rumor de que habían capturado al responsable de la muerte de Nirall —acercó su rostro al de Celaena y su voz se enronqueció—. Hasta que te vi llegar, pensaba que se referían a ti. Estaba a punto de partir a rescatarte.
Eso explicaba por qué, a su llegada, Celaena había visto al caballo de Chaol ensillado en los establos. Suspiró y adoptó una expresión más amable.
—Hombre de poca fe. Al fin y al cabo, soy la campeona del rey.
Súbitamente, Chaol la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Ella respondió al instante. Agarró al capitán por los hombros y aspiró su aroma. Chaol no había vuelto a abrazarla desde que supo que Celaena se había proclamado ganadora oficial del torneo, aunque el recuerdo de aquel contacto invadía muy a menudo sus pensamientos. Ahora que por fin estaba entre sus brazos, el deseo de que aquel abrazo se prolongara hasta el infinito rugía en su interior.
Chaol le frotó la nuca con la nariz.
—Dioses, hueles a rayos —murmuró.
Con una expresión incendiaria, Celaena se quejó y le dio un empujón.
—Andar por ahí con restos humanos putrefactos no te ayuda a oler a rosas precisamente. Y quizá si me hubieran dejado bañarme en lugar de requerir inmediatamente mi presencia ante el rey, hubiera podido… —Celaena se detuvo al reparar en la maliciosa sonrisa del capitán. Le dio una palmada en el hombro—. Idiota —Lo agarró del brazo y lo arrastró hacia las escaleras—. Vamos, acompáñame a mis aposentos. Allí podrás escuchar mi informe como un perfecto caballero.
Chaol resopló y le dio un codazo, pero no la soltó.

Cuando la entusiasmanda Ligera se calmó lo suficiente como para que Celaena pudiera hablar sin tener que apartarla, Chaol le sacó hasta el último detalle. Luego, tras prometerle que la llevaría a cenar en cuanto hubiera descansado, se marchó. Haciendo muchos movimientos, Philippa la bañó. No dejaba de comentar, horrorizada, el estado del cabello y las uñas de su ama. Concluido el aseo, Celaena se tendió en la cama.
Ligera saltó al lecho y se acurrucó a su lado. La joven miraba el techo acariciando el pelaje dorado y sedoso del animal. Poco a poco, sus músculos entumecidos empezaron a relajarse.
El rey se había tragado la historia.
Y Chaol no había dudado ni por un instante del relato cuando le había detallado los pormenores de la misión. Celaena no sabía si sentirse satisfecha, decepcionada o directamente culpable. De cualquier manera, había dicho todas aquellas mentiras sin pestañear. Según su versión, Nirall había despertado justo antes de ser asesinado y Celaena había tenido que degollar a su esposa para que no gritara. La lucha había resultado algo más compleja de lo que le habría gustado. Aunque también había añadido detalles auténticos: la ventana del descanso, la criada con la vela… Las mejores mentiras incluían siempre algún detalle auténtico.
Celaena tocó el amuleto que descansaba sobre su pecho: el Ojo de Elena. No había vuelto a ver a la reina desde aquella última reunión en el sepulcro. Suponía que ahora que había conseguido el título de campeona del rey, el fantasma de Elena la dejaría en paz. No obstante, a lo largo de los meses transcurridos desde que la reina le entregó el amuleto de protección, Celaena lo había terminado apreciando. El metal irradiaba calor, como si tuviera vida propia.
Lo apretó con fuerza. Si el rey llegara a enterarse de lo que había hecho en realidad... De lo que llevaba haciendo durante los dos últimos meses…
Se había dirigido a su primera misión con la firme intención de ejecutar a su objetivo cuanto antes. Se había mentalizado, se había dicho que sir Carlin solo era un extraño y que la vida de aquel hombre no significaba nada para ella. Sin embargo, al llegar a la finca y descubrir lo amable que era con sus criados, al verlo tocar la lira con el juglar al que había acogido en su salón, al comprender a quién estaba favoreciendo y a quién perjudicando… no pudo hacerlo. Trató de obligarse y de sobornarse para cometer el crimen, pero no pudo.
No obstante, debía fingir un asesinato… y conseguir un cuerpo.
Le había planteado a Lord Nirall el mismo ultimátum que a sir Carlin: morir allí mismo o simular su propia muerte y huir. Escapar muy lejos y no volver a emplear su apellido jamás. De momento, de los cuatro hombres que le habían ordenado asesinar, todos habían optado por fugarse.
No le había costado mucho convencerlos de que le entregaran sus sortijas u otros objetos personales, y menos aún conseguir sus ropas de cama para fingir que las había hecho jirones en el transcurso de una lucha a muerte. Los cuerpos tampoco habían sido un problema.
Nunca faltaban cadáveres nuevos en los sanatorios. Siempre encontraba alguno cuyos rasgos recordaran a los del objetivo, sobre todo porque la habían enviado a lugares lo bastante alejados como para que la carne tuviera tiempo de pudrirse.
Celaena no sabía a quién pertenecía la supuesta cabeza de Lord Nirall, solo, que ambos tenían el mismo color de pelo. Y con unos cuantos cortes en la cara para que se descompusiera más rápidamente, había funcionado el engaño. La mano pertenecía al mismo cadáver. En cuanto a la mano femenina, procedía de una muchacha muy joven, muerta de una enfermedad que diez años atrás cualquier sanador habría podido curar fácilmente. Por desgracia, extinguida la magia y colgados o quemados aquellos curanderos, la gente moría en grandes cantidades. Sucumbían a enfermedades estúpidas, muy fáciles de remediar.
Celaena se dio media vuelta en la cama y enterró su cara en el suave pelaje de Ligera.
Archer. ¿Cómo se las ingeniaría para simular su muerte? Todo el mundo lo conocía. Celaena no creía que el cortesano trabajara para aquel movimiento clandestino, fuera cual fuera. Pero si su nombre estaba incluido en la lista del rey, entonces existía la posibilidad de que, en los años transcurridos desde que se vieran por última vez, hubiera utilizado su talento para prosperar.
Pero, ¿qué información podían tener los rebeldes que supusiera una auténtica amenaza para el rey? El soberano había esclavizado a todo el continente, ¿qué más podía hacer?
Había otros continentes, por supuesto. Continentes que albergaban reinos prósperos, como Wendlyn, aquellas tierras del otro lado del mar. Por ahora habían rechazado todos los ataques navales. Celaena apenas había oído hablar de aquella guerra desde su partida a Endovier.
Además, ¿qué le interesaba a un grupo rebelde un reino situado en otro continente cuando el suyo tenía problemas tan graves? No, seguro que los planes del rey se relacionaban con su propio reino, con su propio continente.
Celaena no quería saber nada de aquello. No le importaba lo que tramara el rey para el futuro del imperio. La asesina emplearía el mes que tenía a su disposición en discurrir qué hacer con Archer y en fingir que nunca jamás había oído aquella horrible palabra: “planes”.
Reprimió un escalofrío. Estaba jugando con fuego. Y debido a que su siguiente objetivo era una persona de Rifthold, puesto que debía ejecutar a Archer… tendría que perfeccionar el juego. Porque si el rey llegaba a averiguar la verdad, si descubría lo que estaba haciendo… estaba perdida.
CAPÍTULO 3

Celaena corría por las tinieblas del pasadizo secreto casi sin aliento. Mirando por encima del hombro, vio que Caín le sonreía. Sus ojos brillaban como brasas en la oscuridad.
Por más que corría, no conseguía dejarlo atrás. Caín la seguía como una fiera al acecho, dejando tras de sí una estela de marcas de color verde muy brillante. Los extraños símbolos iluminaban las antiguas piedras de las paredes. Y detrás de Caín, rascando la tierra con sus largas pezuñas, el Ridderak avanzaba pesadamente.
Celaena tropezó, pero no perdió el equilibrio. Tenía la sensación de caminar por un terreno enlodado. No podía escapar. La atraparían antes o después. Y cuando el Ridderak la atrapara… No se atrevía a mirar aquellos enormes dientes que se asomaban de la boca ni los ojos insondables, encendidos por el deseo de devorarla bocado a bocado.
Caín soltó una risita y el sonido chirrió contra los muros de piedra. Estaba cerca, tan cerca que ya le arañaba el cuello con los dedos. Susurró su nombre, su verdadero nombre, y ella gritó mientras Caín…

Celaena despertó sobresaltada, aferrando con fuerza el Ojo de Elena. Escudriñó el dormitorio en busca de sombras particularmente densas, de marcas del Wyrd, de alguna señal que indicara que la puerta oculta tras el tapiz se hubiera abierto recientemente. Solo vio las chispas del fuego moribundo.
Se incorporó sobre las almohadas. Había tenido una pesadilla. Caín y el Ridderak se habían esfumado y Elena no volvería a molestarla. Todo había terminado.
Ligera, que dormía arropada bajo el montón de mantas, apoyó la cabeza en la barriga de Celaena. Ella, acurrucada contra la pequeña perra, la rodeó con los brazos y cerró los ojos.
Todo había terminado.

La bruma helada del amanecer empañaba el horizonte del parque cuando Celaena arrojó un palo a lo lejos. Ligera echó a correr sobre la pálida hierba como un rayo dorado, tan deprisa que su dueña lanzó un silbido de admiración. A su lado, Nehemia, que también miraba al animal, también chasqueó la lengua sorprendida. Como la princesa estaba tan ocupada ganándose la confianza de la reina Georgina y reuniendo información para Eyllwe, solían encontrarse al amanecer. ¿Sería consciente el rey de que la princesa era uno de los espías a los que se había referido? Imposible, pues de ser así jamás habría nombrado campeona a Celaena; la amistad entre las dos muchachas era de dominio público.
—¿Por qué Archer Finn? —musitó Nehemia en lengua eyllwe.
Celaena le había dicho un poco sobre la misión que le habían encomendado.
Ligera atrapó el palo y trotó hacia ellas agitando su larga cola. Aunque seguía siendo un cachorro, su porte llamaba la atención. Dorian nunca le había revelado a Celaena de qué raza era el padre. A juzgar por el tamaño del perro, debía de ser un perro lobo. O sencillamente un lobo.
Celaena se encogió de hombros en respuesta a las preguntas de Nehemia. Se metió las manos en los bolsillos forrados de la capa.
—El rey piensa… afirma que Archer forma parte de un movimiento clandestino que se está fraguando aquí en Rifthold. Un grupo que planea destronarlo.
—Nadie sería tan necio. Los rebeldes se esconden en las montañas, en los bosques y en lugares donde los ciudadanos puedan ocultarlos y ayudarlos, no aquí. Rifthold es una trampa mortal.
Encogiéndose de hombros, Celaena volvió la vista hacia Ligera, que regresaba corriendo para seguir jugando.
—Aparentemente no. Y por lo que parece, el rey tiene una lista de personas a las que considera piezas clave de la rebelión.
—¿Y tú tendrás que… matarlos a todos?
La tez cetrina de Nehemia palideció ligeramente.
—Uno a uno —repuso la asesina a la vez que lanzaba la ramilla lo más lejos posible. Ligera salió disparada. La hierba seca y los restos de la última nevada crujieron bajo sus enormes patas—. Pero no quiere revelarme aún todos los nombres. Me parece una medida muy drástica, la verdad. Pero, por lo que parece, teme que los rebeldes interfieran en sus planes.
—¿Qué planes? —le espetó Nehemia.
Celaena frunció el ceño.
—Me imaginaba que tú lo sabrías.
— Yo no sé nada —se produjo un silencio tenso.
—Si te enteras de algo… —sugirió Nehemia.
—Veré qué puedo hacer —mintió la asesina.
Ni siquiera estaba segura de querer saber qué tramaba el rey. Y desde luego no pensaba compartir esa información con nadie. Era posible que fuera una actitud egoísta o mezquina, pero Celaena no olvidaba la advertencia que le hizo el rey el día que la nombró campeona: si intentaba engañarlo, si se le ocurría traicionarlo, mataría a Chaol. Y luego a Nehemia y a toda la familia de la princesa.
Todo lo que estaba haciendo —cada muerte que fingía, cada mentira que salía de sus labios— los ponía en peligro.
Nehemia movió la cabeza de lado a lado, pero no dijo nada. Siempre que la princesa, Chaol, o incluso Dorian la miraban así, Celaena quería morirse. Sin embargo, no tenía más remedio que engañarlos también a ellos, por su propia seguridad.
La princesa se frotó las manos y se quedó mirando al horizonte. Celaena conocía bien aquel gesto.
—Si temes por mí…
—No es eso —contestó Nehemia—. Sabes cuidarte.
—¿Y entonces qué es?
A Celaena se le hizo un nudo en el estómago. Si Nehemia seguía hablando de rebeldes, no sabía si podría soportarlo. Sí, quería librarse del rey —tanto del título de campeona como de su tiranía—, pero prefería mantenerse al margen de los complots que crecían en Rifthold y de las absurdas esperanzas que los rebeldes aún pudieran albergar. Era una locura enfrentarse al rey. Los destruiría a todos.
Pese a ello, Nehemia respondió:
—En el campo de trabajo de Calaculla, el número de prisioneros aumenta cada instante. Cada día llegan nuevos rebeldes de Eyllwe. Casi todos consideran un milagro el hecho de seguir vivos. Después de que los soldados masacraran a aquellos quinientos rebeldes… Mi gente tiene miedo —Ligera regresó otra vez, y en esta ocasión fue Nehemia la que recogió el palo para lanzarlo a la grisácea luz del alba—. Y las condiciones en Calaculla…
Guardó silencio, seguramente al evocar las tres cicatrices que surcaban la espalda de Celaena. Un recordatorio permanente de la crueldad que se vivía en las minas de sal de Endovier, y de que, si bien la asesina estaba libre, miles de personas seguían allí, trabajando en condiciones infrahumanas y muriendo a puñados. Se rumoreaba que Calaculla, el campo hermano de Endovier, era aún peor.
—El rey no quiere recibirme —comentó Nehemia, jugueteando con una de sus finas trenzas—. Le he pedido tres veces que negociemos las condiciones de Calaculla, pero siempre alega que no tiene tiempo. Por lo que parece, está muy ocupado redactando su lista de condenados a muerte.
Celaena se sonrojó ante la franqueza de la princesa. Cuando Ligera regresó con su palo, Nehemia lo recogió, pero no lo lanzó.
—Debo hacer algo, Elentiya —dijo Nehemia, empleando el nombre con que había bautizado a su amiga la noche que Celaena reconoció su condición de asesina—. Debo encontrar una manera de ayudar a mi gente. ¿Cuándo se considera que se ha terminado de reunir información? ¿En qué momento es oportuno pasar a la acción?
Celaena tragó saliva. Aquella frase, “pasar a la acción”, la asustaba más de lo que quería reconocer. La aterrorizaba aún más, si era posible, que la palabra “planes”. Ligera se sentó a sus pies sin dejar de agitar la cola, lista para salir corriendo.
Al comprobar que Celaena no respondía, que no prometía nada, como solía hacer siempre que la princesa abordaba esos temas, Nehemia tiró el palo al suelo y se alejó enfadada hacia el castillo.
Celaena aguardó hasta que la figura de Nehemia se perdió a lo lejos. Solo entonces volvió a respirar con normalidad. Al cabo de unos minutos tenía que reunirse con Chaol para su carrera matutina, pero después… después se marcharía a Rifthold. Archer podía esperar hasta la tarde.
Al fin y al cabo, el rey le había concedido un mes, y aunque planeaba hacerle unas cuantas preguntas a Archer, se moría de ganas de salir un rato del castillo. Tenía dinero sucio que gastar.
CAPÍTULO 4

Chaol Westfall corría por el parque del castillo al mismo ritmo que Celaena. El aire gélido de la mañana le perforaba los pulmones como fragmentos de cristal. Podía ver su propio aliento, nubes de vaho que flotaban ante sí. Se habían abrigado lo más posible sin añadir demasiado peso —con jubones y guantes, básicamente—, pero, a pesar del sudor que le empapaba el cuerpo, Chaol estaba helado.
Sabía que Celaena también se moría de frío. La punta de su nariz estaba roja, tenía las mejillas encendidas y las orejas heladas. Al sentirse observada, Celaena le dirigió una sonrisa. Los ojos de la joven, de un color turquesa abrumador, brillaban radiantes.
—¿Cansado? —se burló Celaena—. Ya sabía que si te dejaba solo no entrenarías ni un día.
Chaol se rio entre dientes.
—Eres tú la que lleva varios días sin entrenar. Es la segunda vez que me veo obligado a reducir el paso para no dejarte atrás.
Vaya mentira. Celaena le llevaba el paso con facilidad, grácil como un ciervo que brincaba por el bosque. En ocasiones, Chaol tenía que hacer esfuerzos para no mirarla embobado, para no admirar sus movimientos.
—De eso nada —replicó Celaena, y aceleró.
Chaol aumentó el ritmo a su vez para no quedarse atrás. Los criados habían despejado un camino entre la nieve que cubría los terrenos del castillo, pero la tierra seguía helada y resbaladiza.
Chaol se había dado cuenta de que cada vez le molestaba más separarse de Celaena. Odiaba verla partir a cumplir sus malditas misiones y perder el contacto con ella durante varios días o semanas enteras. No sabía cómo o cuándo había sucedido, pero en algún momento empezó a preocuparle la posibilidad de que la asesina no volviera. Y después de todo lo que habían vivido juntos…
El capitán había matado a Caín en el transcurso del duelo. Lo había asesinado para salvar a Celaena. Una parte de sí mismo se alegraba de ello y volvería a hacerlo con los ojos cerrados. Sin embargo, la otra parte aún despertaba en mitad de la noche bañada en un sudor helado tan pegajoso como la sangre de Caín.
Celaena le echó un rápido vistazo.
—¿Qué sucede?
Chaol ahogó el sentimiento de culpa.
—No apartes los ojos del camino o resbalarás.
Por una vez, Celaena obedeció.
—¿No quieres hablar de ello?
Sí. No. Si alguien podía entender el sentimiento de culpa y la rabia que albergaba en su interior cuando pensaba en Caín, era ella.
—¿Piensas muy a menudo —preguntó Chaol entre jadeo y jadeo— en las personas que has asesinado?
Celaena lo miró de reojo y redujo el paso. A Chaol no le gustaba parar y quiso seguir corriendo, pero ella lo agarró por el codo y lo obligó a detenerse. Parecía molesta.
—Si vas a juzgarme antes del desayuno, te advierto que no es buena idea.
—No —resolló él—. No… No pretendía… —intentó respirar con normalidad—. No te estaba juzgando.
Si pudiera recuperar el maldito aliento, se explicaría.
Celaena lo miraba con una expresión tan gélida como el parque que la rodeaba, pero de repente ladeó la cabeza.
—¿Estás pensando en Caín?
La mandíbula del capitán se crispó con la sola mención del nombre, pero consiguió asentir pese a todo.
El hielo se derritió en los ojos de Celaena. Chaol odiaba su compasión, su empatía.
Él era capitán de la guardia, matar a alguien en un momento dado, formaba parte de sus responsabilidades. Había presenciado y realizado cosas terribles en nombre del rey, había participado en combates, herido a muchos hombres en batalla. De modo que no le correspondía guardar esos sentimientos y, por encima de todo, no debería compartirlos con ella. Había un límite en alguna parte que separaba al capitán de la guardia de la asesina del rey, pero Chaol era consciente de que últimamente lo estaba traspasando.
—Jamás olvidaré a las personas que he asesinado —declaró Celaena—. Ni siquiera a aquellas que maté en defensa propia. Sigo viendo sus rostros, sigo recordando el golpe de gracia que les arrebató la vida —miró los árboles pelados—. De vez en cuando tengo la sensación de que fue otra quien lo hizo. Y en casi todos los casos me alegro de haber ejecutado a esos individuos. Pero da igual el motivo, porque siempre, todas y cada una de las veces, las muertes te arrebatan una parte de ti misma. Así que no creo que las olvide nunca.
Celaena lo miró a los ojos y él asintió.
—Pero, Chaol —siguió diciendo ella a la vez que aumentaba la presión en su brazo; hasta ese momento, el capitán no había sido consciente del contacto—, matar a Caín no fue un asesinato a sangre fría —Chaol intentó apartarse de ella, pero Celaena no lo dejó—. Lo que hiciste no fue en absoluto deshonroso, y no lo digo solo porque me salvaste la vida —guardó un largo silencio—. Nunca olvidaré que mataste a Caín —concluyó, y cuando los ojos de ambos se encontraron, el corazón de Chaol latió desbocado—. Jamás olvidaré que me salvaste.
La necesidad de rendirse al consuelo de Celaena le resultaba insoportable. Chaol se obligó a retroceder, a alejarse del contacto de su mano. Finalmente, forzó un asentimiento.
Una barrera los separaba. El rey no concedía mayor importancia al hecho de que fueran amigos, pero cruzar esa frontera sería letal para ambos. Si lo hacían, el rey se cuestionaría la lealtad de su capitán, la posición de Chaol, todo.
Y si alguna vez tenía que elegir entre el rey y Celaena… Rogaba al Wyrd para no encontrarse nunca en esa posición. Lo más sensato era abstenerse de cruzar la frontera. Y también lo más honorable, puesto que Dorian… Había visto cómo la miraba el príncipe, aun ahora. No podía traicionar a su amigo.
—Bien —repuso Chaol con fingida alegría—. Supongo que siempre es bueno que la asesina de Adarlan te deba la vida.
Celaena le hizo una reverencia.
—A su servicio.
Chaol esbozó otra sonrisa, esta vez genuina.
—Venga, capitán —dijo Celaena, reanudando la marcha a un trote ligero—. Tengo hambre y no quiero en lo más mínimo que se me congele el trasero aquí fuera.
Él soltó una carcajada y ambos siguieron corriendo por el parque.

Concluido el entrenamiento, a Celaena le flaqueaban las piernas y le ardían tanto los pulmones, como consecuencia del frío y el esfuerzo, que temió que le estallaran. Cambiaron el trote por un paso rápido para dirigirse al cálido interior del palacio y al soberbio desayuno que Celaena pensaba devorarse antes de ir de compras.
Recorrieron los jardines del castillo por los recodos del camino de grava que se abría entre los enormes setos. Celaena se cruzó de brazos y se protegió las manos bajo las axilas. Aun con guantes, tenía los dedos entumecidos y le dolían las orejas. Quizá debería protegerse la cabeza con un pañuelo, por más que Chaol se burlara al verla.
Miró de reojo a su compañero, que se había quitado de encima unas cuantas prendas. La camisa empapada de sudor se le pegaba al cuerpo. Rodearon un seto y Celaena puso los ojos en blanco cuando vio lo que les aguardaba más adelante.
Cada mañana, más y más jóvenes damas buscaban excusas para pasear por los jardines justo después del alba. Al principio eran solo unas cuantas las que interrumpían el paseo para echar un vistazo al sudoroso Chaol. Celaena casi creía ver los ojos desorbitados y la baba que les caía por la barbilla.
Al día siguiente, habían regresado las mismas damas, ataviadas con vestidos aún más bonitos. Y al otro, aparecieron más jovencitas. Y luego muchas más. En aquellos momentos, patrullas de muchachas que aguardaban el paso de Chaol interceptaban cualquier ruta directa al edificio del castillo.
—Oh, por favor —suspiró Celaena cuando dos mujeres levantaron la vista para obsequiar al capitán con una caída de ojos. Sin duda se habían despertado al alba para embellecerse.
—¿Qué pasa? —preguntó Chaol, enarcando las cejas.
¿De verdad no advertía el revuelo que provocaba? ¿O estaba disimulando?
—Los jardines están muy concurridos para ser una mañana de invierno —repuso ella con cautela.
Chaol se encogió de hombros.
—Hay gente que no soporta pasar mucho tiempo encerrada en casa.
O sencillamente no se quieren perder el espectáculo.
Celaena se limitó a asentir.
—Sí.
Y cerró la boca. ¿Por qué decir en voz alta algo tan evidente? Además, algunas de aquellas damas eran guapísimas.
—¿Tienes pensado ir hoy a Rifthold para espiar a Archer? —le preguntó Chaol en voz baja cuando por fin dejaron atrás a las coquetas jovencitas.
Celaena asintió.
—Quiero averiguar sus horarios, así que seguramente lo seguiré.
—¿Y si te acompaño?
—No necesito ayuda.
Seguro que la consideraba una engreída por contestar así, pero… cuando llegara el momento de salvar a Archer, todo se complicaría muchísimo si Chaol se implicaba. Eso si conseguía arrancarle la verdad al cortesano y descubrir de qué planes hablaba el rey.
—Ya sé que no necesitas ayuda. Solo pensaba que a lo mejor querrías…
Sin terminar la frase, Chaol negó con la cabeza, como si se reprendiera a sí mismo. A Celaena le habría gustado saber qué iba a decir, pero prefirió no ahondar en el tema.
Rodearon otro seto y vieron las puertas del castillo. Estaban justo allí, tan cerca que Celaena estuvo a punto de gemir solo de imaginar el calor del interior, pero entonces…
—Chaol.
La voz de Dorian cortó el aire helado de la mañana.
En aquel momento Celaena lanzó un verdadero gemido, casi inaudible. Chaol la miró con perplejidad antes de voltear para saludar a Dorian, que avanzaba rápidamente hacia ellos seguido de un joven rubio. La asesina no conocía a aquel chico, que exquisitamente y debía de tener la misma edad que Dorian. La expresión de Chaol se endureció.
El joven no tenía un aspecto amenazador, aunque Celaena sabía perfectamente que, en una corte como aquella, no debía subestimar a nadie. El chico no llevaba más arma que una daga en el cinturón y, pese al frío matutino, su pálido semblante reflejaba alegría.
Celaena advirtió que Dorian la observaba con expresión burlona. Sintió deseos de abofetearlo. El príncipe se volvió a mirar a Chaol y soltó una risita.
—Y yo que pensaba que todas esas damas se habían levantado temprano por Roland y por mí. Cuando todas caigan en cama con fiebre, les diré a sus padres que tú tienes la culpa.
Chaol se ruborizó ligeramente. Así que no estaba tan despistado como había hecho creer a Celaena.
—Lord Roland —saludó el capitán con frialdad, haciéndole una reverencia al amigo de Dorian.
El chico rubio se inclinó a su vez.
—Capitán Westfall.
Tenía una voz agradable, pero algo en su forma de hablar despertó recelo en Celaena. No era burla ni arrogancia, ni ira… No supo definirlo.
—Permíteme presentarte a mi primo —dijo Dorian, dándole a Roland una palmada en la espalda—. Lord Roland Havilliard de Meah, —tendió una mano hacia Celaena—. Roland, ella es Lillian. Trabaja para mi padre.
Seguían empleando aquel nombre cuando la asesina tenía que relacionarse con gente de la corte, aunque muchos sospechaban que su presencia en el palacio no se debía a cuestiones administrativas ni políticas.
—Un placer —dijo Roland, doblando la cintura—. ¿Hace poco que ha llegado a la corte? No recuerdo haberla visto por aquí en mi última visita.
El mero tono de voz delataba un largo historial de amoríos.
—Llegué en otoño —repuso Celaena rápidamente.
Roland la obsequió con una sonrisa de cortesano.
—¿Y para qué la contrató mi tío?
Dorian se movió, incómodo, y Chaol se vio molesto, pero Celaena le devolvió a Roland la sonrisa mientras decía:
—Entierro a los adversarios del rey donde nadie pueda encontrarlos.
Para sorpresa de la joven, Roland soltó una risita. Celaena evitó mirar a Chaol, consciente de que más tarde la reprendería.
—He oído hablar de la campeona del rey, pero no imaginaba que fuese alguien tan… adorable.
—¿Y qué lo trae al castillo, Roland? —preguntó el capitán.
Cuando Chaol la miraba a ella con aquella cara, Celaena procuraba marcharse rápidamente.
El primo de Dorian volvió a sonreír. Sonreía demasiado y con excesiva afectación.
—Su majestad me ha ofrecido un puesto en el consejo —Chaol miró brevemente a Dorian, que se lo confirmó con un gesto de indiferencia—. Llegué ayer por la noche y empezaré hoy mismo.
Chaol sonrió a su vez… si se le puede llamar así. Más bien, enseñó los dientes. Sí, si el capitán la estuviera mirando así, Celaena saldría huyendo.
Reparando en el gesto de su amigo, Dorian resopló de risa. Pero, antes de que pudiera hacer ningún comentario, Roland se volvió hacia Celaena para observarla con más detenimiento y quizá con demasiada intensidad.
—Tal vez tengamos la oportunidad de trabajar juntos, Lillian. Su posición en el palacio me tiene intrigado.
A Celaena no le habría importando trabajar con él, pero no en los términos que Roland insinuaba: los términos de la asesina incluirían una daga, una pala y una tumba anónima.
Como si pudiera leerle el pensamiento, Chaol le posó la mano en la espalda.
—Llegamos tarde al desayuno —dijo, despidiéndose de Dorian y de su primo con una inclinación de cabeza—. Felicidades por su nombramiento.
Hablaba como si acabara de beber leche agria.
Mientras acompañaba a Chaol al interior del castillo, Celaena se dio cuenta de que necesitaba desesperadamente un baño. Aquella necesidad tan repentina no tenía nada que ver con sus ropas sudorosas, sino con la sonrisa relamida y la mirada turbia de Roland Havilliard.

Dorian se quedó mirando a Chaol y a Celaena hasta que desaparecieron detrás de un arbusto. La mano del capitán seguía en la espalda de Celaena, y ella no hizo nada por apartarla.
—Una elección sorprendente de tu padre, aun teniendo en cuenta el resultado del torneo —musitó Roland a su espalda.
Dorian contuvo su irritación antes de responder. Nunca le había caído demasiado bien su primo, al que veía un mínimo de dos veces al año cuando eran niños.
Chaol, por su parte, detestaba abiertamente a Roland, y cada vez que mencionaba su nombre lo acompañaba de calificativos como “infame conspirador” o “mocoso malcriado”. Al menos, esas palabras le había gritado tres años atrás, después de golpearle la cara con tanta fuerza que lo dejó inconsciente.
Ahora bien, Roland se lo merecía. Se lo merecía hasta tal punto que el incidente ni siquiera empañó la intachable reputación de Chaol, ni tampoco impidió que, al cabo de un tiempo, lo nombraran capitán de la guardia. Si acaso, había aumentado su prestigio entre los guardias y nobles de categoría inferior.
Si Dorian reunía valor, le preguntaría a su padre por qué le había pedido a Roland que se uniera al consejo. Meah era una ciudad costera de Adarlan, pequeña y modesta, sin ninguna relevancia política. Ni siquiera poseía un ejército propiamente dicho, al margen de los centinelas de la ciudad. Roland era hijo de un primo del rey; tal vez el soberano hubiera considerado que a la sala del consejo le hacía falta más sangre Havilliard. Sin embargo, Roland no había demostrado aptitud alguna para el cargo y siempre había manifestado mucho más interés en las faldas que en la política.
—¿De dónde procede la campeona de tu padre? —preguntó Roland, trayendo a Dorian de vuelta al presente.
El príncipe echó a andar hacia el castillo y escogió una entrada distinta a la que habían utilizado Chaol y Celaena. No había olvidado la escena que había visto hacía dos meses: después del duelo, los había encontrado abrazados en los aposentos de la asesina.
—Le corresponde a Lillian contar su historia —mintió Dorian. No quería en lo más mínimo hablarle a su primo de la competencia. Ya le fastidiaba bastante que su padre le hubiera pedido que llevará a Roland a dar un paseo. Lo más divertido de la mañana había sido la cara de Celaena según barajaba métodos para acabar con el joven señor.
—¿Está al servicio exclusivo de tu padre u otros miembros del consejo pueden contratarla también?
—¿Llevas aquí menos de un día y ya estás pensando en liquidar a alguien, primo?
—Somos Havilliard, primo. Nos cuesta poco hacer enemigos.
Dorian frunció el ceño. Aunque debía reconocer que Roland no estaba equivocado.
—Trabaja en exclusiva para mi padre. Pero si te sientes amenazado, le puedo pedir al capitán Westfall que…
—Claro que no. Solo lo preguntaba por curiosidad.
Roland era insoportable, demasiado consciente del efecto que su aspecto y su apellido causaba en las damas, pero inofensivo por lo demás. ¿O no?
Dorian no conocía la respuesta a esa pregunta… y no estaba seguro de querer saberla.

El sueldo estipulado para una campeona del rey era considerable, y Celaena se gastaba hasta el último centavo. Zapatos, sombreros, túnicas, vestidos, joyas, armas, adornos para el pelo y libros. Montones de libros. Tantos que Philippa había tenido que llevar otro librero a su habitación.
Por la tarde, Celaena regresó a sus aposentos cargada con sombrereras, bolsas de colores rebosantes de perfumes y golosinas, y varios libros envueltos en papel marrón que estaba deseando leer. Cuando vio a Dorian Havilliard sentado en su antecámara, estuvo a punto de dejarlo caer todo.
—Dioses del cielo —exclamó el príncipe al verla llegar con todas aquellas compras.
Dorian no había visto ni la mitad de lo que había comprado. Aquello solo era lo que ella había podido llevar consigo. Había encargado más cosas, que le serían enviadas al castillo.
—Bueno —comentó él mientras Celaena depositaba en la mesa aquel montón de cintas y papel de seda—, por lo menos hoy no te has puesto esa horrible túnica negra.
Irguiendo la espalda, Celaena lo miró colérica por encima del hombro. Aquel día llevaba un vestido en tonos lila y marfil, demasiado alegre quizá para el final del invierno, pero elegido con el ánimo de anticipar la primavera. Además, era un atuendo elegante que le garantizaba un servicio impecable en las tiendas. Para su sorpresa, muchos de los vendedores la recordaban de hacía años… y se habían tragado el cuento de que había estado de viaje por el continente sur.
—¿Y a qué debo este placer? —Celaena se desabrochó el manto de pieles blancas (otro de los caprichos que se había concedido) y lo dejó caer en una de las sillas que rodeaban la mesa de la antecámara—. Pensaba que ya nos habíamos visto esta mañana en el jardín.
Dorian siguió sentado, exhibiendo aquella sonrisa infantil que ella conocía tan bien.
—¿Acaso los amigos no pueden verse más de una vez al día?
Celaena lo miró de arriba abajo. Dudaba mucho que pudiera ser amiga de Dorian. No mientras sus ojos azules se iluminaran de ese modo cada vez que la miraban. Ni tampoco mientras fuera el hijo del hombre que podía aplastarla con solo pestañear. Sin embargo, a lo largo de los dos meses transcurridos desde que su pequeño romance (o lo que fuera) había terminado, a menudo se sorprendía a sí misma pensando en él. No en los besos y el coqueteo, sino en él.
—¿Qué quieres, Dorian?
El príncipe
