Pasajera 1 - Pasajera

Alexandra Bracken

Fragmento

Prólogo

Prólogo

M ientras ascendían, apartándose cada vez más de los senderos sinuosos que conducían a los pueblos cercanos, el mundo se abrió ante él en su forma más pura: silencioso, ancestral, misterioso.

Letal.

Nicholas había pasado la mayor parte de su vida en el mar, o lo bastante cerca de él como para detectar el olor a pescado y salitre cuando se levantaba viento. Incluso en aquel momento, mientras se acercaban al monasterio, esperando que este apareciera entre las nubes y la densa niebla, se dio cuenta de que se daba la vuelta, buscando en vano, más allá de los altísimos picos del Himalaya, la brumosa línea donde se encuentran el cielo y el oleaje; algo familiar a lo que aferrarse antes de que su valor y la confianza que tenía en sí mismo desaparecieran.

La senda, una sucesión serpenteante de escaleras y barro, había avanzado, en un primer momento, entre pinos con los troncos cubiertos de musgo, y ahora abrazaba los precipicios verticales, cortados a cuchillo, sobre los que habían construido, por imposible que parezca, el monasterio de Taktsang Palphug. Por encima de los árboles ondeaban cuerdas con banderas de oraciones y aquella vista suavizó parte de la presión que sentía en el pecho. Le recordó, de inmediato, a la primera vez que el capitán Hall lo había llevado al puerto de Nueva York, donde las fragatas nuevas estaban festoneadas con banderas de diferentes estilos y colores.

Cambió de postura. Fue un movimiento con el que pretendía suavizar el dolor que le producían las correas de la mochila, que se le clavaban en los hombros. Un movimiento lento y cuidadoso, porque no quería despeñarse.

«Has trepado por las jarcias innumerables veces, ¿desde cuándo te asustan las alturas?».

Jarcias. Ansiaba volver a tocarlas, volver a sentir la espuma que traían el viento y el navío al cargar por el mar. Nicholas intentó erguirse de hombros y apagar la quemadura del resentimiento que amenazaba con prender en la boca del estómago. Ya debería haber vuelto. Debería estar con Hall, con Chase, pasando por encima de las crestas de las olas; y no allí, en un siglo extraño —¡el siglo XX, por el amor de Dios!—, con un atontado incompetente que le necesitaba para atarse los botones del abrigo nuevo, anudarse las botas, ponerse el pañuelo del cuello y aquel ridículo sombrero de fieltro de ala ancha y desmandada, a pesar de tener dos manos y, a todas luces, un cerebro dentro de aquella cabeza suya.

El saco de cuero que llevaba colgando del cuello le golpeó con fuerza en el costado cuando continuó ascendiendo hacia donde se encontraba Julian, que estaba con una pierna apoyada en una roca; su pose habitual cuando creía que había damas alrededor dispuestas a admirarlo. Nicholas no tenía ni idea de a quién estaría intentando impresionar; ¿a los pocos pájaros que habían oído mientras cruzaban el bosque húmedo? ¿Habría sido siempre así: histriónico, vanidoso y un completo desconsiderado? ¿Acaso Nicholas había estado tan ciego, por lo maravilloso que le parecía haber encontrado a un supuesto hermano —y, con él, una vida nueva llena de comodidades, riqueza y aventuras—, como para no haberse dado cuenta antes?

—Eh, muchacho, ven y echa una ojeada. Eso es el Nido del Tigre, ¿sabes? Maldita sea esta niebla...

En realidad, Nicholas ya lo sabía, sí. Para él, era importante leer tanto como le fuera posible acerca del sitio al que los había enviado el anciano porque, así, tendría más posibilidades de mantener con vida al cada vez más imprudente y tozudo Julian. Nicholas siempre partía de una escasez de conocimientos, de entrenamiento. Cuando se dio cuenta de que la familia nunca le proporcionaría una educación de verdad para sus viajes, había empezado a preguntarse si aquello era intencionado, para que su posición siguiera siendo precaria. La situación le había molestado tanto que se había gastado la mayor parte de sus exiguos ingresos en libros de historia.

—El gurú budista de Bután, Padmasambhava, según cuenta la leyenda, claro está, llegó volando hasta aquí a lomos de una tigresa —siguió diciendo Julian con una sonrisa que los había sacado de varios problemas y complicaciones; la sonrisa que, en su día, había servido para suavizar el corazón y el carácter de Nicholas, pues era ideal para pedir perdón—. Deberíamos entrar en alguna de sus cuevas de meditación cuando volvamos. Hasta tú podrías dedicarte un rato a pensar. Fíjate en esas vistas y dime que no echarás de menos viajar. ¿Cómo si no, con esa vida humilde que llevas, crees que habrías visto esto? ¡Vamos, jamás de los jamases!

En vez de soltarle un puñetazo en su petulante cara o clavarle la piqueta en la espalda, Nicholas volvió a cambiar la mochila de posición e intentó no pensar que, una vez más, lo estaban aplastando tanto el peso de Julian como el de las pertenencias de este.

—Parece que se avecina una tormenta —comentó Nicholas, orgulloso de lo firme que sonaba su voz a pesar de la agitación y las protestas que, una vez más, provocaba el resentimiento que crecía en su interior—. Deberíamos detener el ascenso y esperar a mañana.

Julian se quitó un bicho del hombro de su abrigo impoluto.

—No, tuve que dejar a aquella fierecilla en el bar clandestino de Manhattan y quiero estar de vuelta para un revolcón rápido antes de regresar con el anciano —comentó Julian entre suspiros—. Aunque, una vez más, con las manos vacías. Y volverá a enviarnos a otro sitio remoto, a buscar algo que, lo más probable, ni siquiera exista ya. Típico.

Nicholas se quedó mirando cómo su hermanastro hacía malabarismos con el bastón y empezó a preguntarse qué pensarían los monjes de ellos: el engreído príncipe pelirrojo con su equipo nuevo de montaña, husmeando por sus rincones sagrados en busca de un tesoro perdido; y el jovencito de piel oscura, el sirviente, a todas luces, siguiéndolo como una sombra cautiva.

«No es así como tendría que ser».

¿Por qué había aceptado? ¿Por qué había firmado el contrato? De hecho, ¿por qué había confiado siquiera en esta familia?

«No soy como tendría que ser».

—Alegra esa cara, viejo —le soltó Julian, y le pegó un suave puñetazo en el hombro—. No me dirás que todavía estás molesto por lo del contrato.

Cuando su hermanastro se dio la vuelta de nuevo, Nicholas lo miró airado a su espalda. No quería hablar de aquello, ni pensar en ello; en cómo Julian se había encogido de hombros y le había soltado: «Deberías haber leído los términos con más atención antes de firmar». Aunque aquella familia, de la que había sido esclavo, le había dado la libertad, al final, había vuelto a convertirse en un sirviente. El anciano, no obstante, había hablado de cosas magníficas: magia, viajes, más dinero del que era capaz de imaginar. En aquel momento, no le había parecido que cinco años de emociones fueran a ser ningún sacrificio.

Cuando se había dado cuenta de que no iba a ser más que el ayuda de cámara de un hermanastro que nunca, ni en mil años, iba a reconocer en público que lo era, Nicholas se había limitado a tragarse la bilis que le subía una y otra vez por la garganta y a acabar de atarle el pañuelo del cuello a su hermano según su estilo. Desde entonces, nunca había sido tan consciente del paso del tiempo. Cada segundo que desgranaba el reloj astillaba su resolución, y tenía miedo de descubrir lo que una furia desastrosa podría sacar de él cuando tuviera la guardia baja.

—Deberíamos dar la vuelta y acampar —comentó Nicholas al tiempo que evitaba la mirada evaluadora de su hermanastro—. Empezar de nuevo mañana.

Julian se mofó de la idea:

—¿Te asusta un poco de lluvia? No seas tan soso, Nick. Esta ascensión es facilísima.

No era la ascensión lo que le preocupaba. Apenas le llegaba oxígeno a los pulmones, y el dolor de cabeza no se debía tanto al incesante parloteo de Julian como a lo peligrosamente cerca que estaban ahora del cielo. Le daba la sensación de que las rodillas se le habían vuelto de arena y no sentía nada en las manos.

«Podría dejarlo aquí. Salir corriendo».

¿Adónde podría ir para que no lo encontrasen? Con Hall no, desde luego. Ni siquiera a su propia época. Ni siquiera podría ir a buscar a su madre.

Miró las nubes de color gris acero que se cernían sobre la cordillera, partidas limpiamente por los cuellos largos y serrados del Himalaya. Si estuviera en un barco, se valdría del océano y de la propia nave para calcular la intensidad de la inminente tempestad, y, a continuación, trazaría un plan para escapar de ella de forma segura. En esos momentos, sin embargo, no contaba ni con una cosa ni con la otra; tan solo con el leve cosquilleo que sintió en la nuca cuando oyó el estruendo de un trueno distante y el eco del mismo por entre las montañas deshabitadas.

—Espero que el anciano no se haya equivocado en esta ocasión —dijo Julian mientras reemprendía el camino por el sendero.

Desde donde se encontraba Nicholas, la senda parecía una cenefa interminable de escalones dispuesta sobre la rugosa y pedregosa cara del risco, subiendo y bajando, siguiendo la forma natural del paisaje.

—Estoy cansado de este jueguecito suyo —prosiguió Julian—. Ese maldito objeto se ha perdido. Ni siquiera él puede ganar siempre.

«Siempre gana. Ninguno de los dos me dejará libre», pensó Nicholas mientras apretaba los puños.

—Venga, Nick, vamos, que tenemos que terminar el viaje ¡y tengo tanta hambre que me comería un caballo! —lo animó Julian.

El primer goterón de lluvia le cayó en la cara, le rodó por la mejilla y se le cayó desde la barbilla. Fue un instante extraño; tembló. Se sintió atrapado y miró en derredor, en busca de algún refugio temporal, cosa que sabía que Julian exigiría, dado que no iba a arriesgarse a que se le mojaran las botas. Aparte de las choten —las estructuras bajas de color blanco debajo de las que se encontraban los cilindros de oración, ornamentados y pintados con colores brillantes—, había una serie de repisas debajo de las cuales los plañideros habían dejado relicarios cónicos llenos de cenizas.

—¡Allí! —Julian soltó un grito agudo y animado al tiempo que levantaba el puño en señal de victoria.

La niebla que rodeaba el monasterio apenas levantaba unos centímetros del suelo, como si la lluvia la empujara hacia abajo. Parecía la superficie neblinosa de un lago y maquillaba los cientos de metros de caída que tenía el precipicio desde aquella cornisa.

—¿¡Dónde está la cámara!? ¡Sácala!, ¿de acuerdo? De todos modos, ¡no hay nadie alrededor que pueda verla...!

El trueno que retumbó encima de ellos rebotó por las paredes de las montañas de tal manera que parecía un cañonazo. Nicholas se puso tenso y se encogió, como para escapar del aquel rugido ensordecedor. En cuanto este se hubo apagado, el cielo se abrió y empezó a llover a cántaros, con tanta fuerza que parecía una cortina a través de la que apenas se veía. Nicholas ahogó un grito de sorpresa cuando la lluvia se convirtió, como quien dice, en una lámina de agua —algo que solo había visto en el mar, en una ocasión, cuando su navío, por fuerza, había acabado atraído hacia un huracán—. Ríos de lluvia caían de la cornisa bajo la que se resguardaba y casi le arrastraban los pies.

«Julian...».

Nicholas se giró a toda prisa hacia el sendero justo cuando su hermanastro se daba la vuelta para gritarle algo y vio cómo el pie izquierdo de este desaparecía al pisar parte de un saliente embarrado que se desmoronaba por el peso.

Mientras corría hacia él para salvar la distancia que los separaba, un pensamiento se abrió camino con fuerza en su cabeza: «Así no».

—¡Nick! ¡Nick!

Julian había conseguido agarrarse a una parte de la cornisa resquebrajada, pero, mientras colgaba sobre el vacío, por encima de rocas y árboles, la mano enguantada con la que se sujetaba empezaba a resbalar. Nicholas gateó los últimos metros que los separaban y alargó la mano. El contenido de la mochila traqueteaba y se le clavaba en la espalda.

Julian estaba pálido de miedo. Movía la boca, implorándole: «¡Ayúdame! ¡Ayúdame!».

«¿Por qué?».

Aquella familia se lo había arrebatado todo. A su verdadera familia, su libertad, su confianza en sí mismo...

Una sensación fría y amarga de satisfacción lo embargó hasta lo más profundo de su ser al pensar en que por fin iba a poder vengarse.

«Porque es tu hermano».

Sacudió la cabeza al tiempo que notaba que la fuerza de la lluvia empezaba a arrastrarlo hacia la cornisa.

—¡Agárrate, Julian! ¡Sube la otra mano!

Por un instante, Julian, manchado de barro, puso cara de determinación y levantó el brazo que tenía libre. Intentaba agarrar la mano que le tendía su hermano. Acto seguido, dejó de agarrarse a lo que quedaba de la cornisa para poder estirar un poco más el otro brazo. Nicholas se lanzó hacia delante y consiguió cogerle los dedos...

No obstante, enseguida dejó de notar el peso de este, en cuanto la mano de su hermanastro se salió del guante y su oscura figura empezó a caer en silencio por entre la niebla, que era suave como una pluma y que se disipó lo suficiente como para que Nicholas viera, al fondo del barranco, un estallido de luz cuando Julian se estrelló contra el suelo resplandeciente.

A kilómetros, se oyó una explosión y un repiqueteo, y supo, de inmediato, que el pasadizo por el que habían entrado acababa de desmoronarse. Le rugía la sangre en los oídos, que le dolían por su propio grito mudo. No era necesario que mirara entre la niebla y la lluvia para saber que el mismísimo tiempo le había robado el cadáver de Julian y que lo había disuelto hasta convertirlo en un mero recuerdo.

Nueva York

Nueva York

En la actualidad

Uno

Uno

L o más fascinante era que, cada vez que los miraba, Etta seguía viendo algo nuevo en ellos; algo que no había visto hasta entonces.

Los cuadros llevaban años colgados en la sala de estar, en el mismo sitio, detrás del sofá, alineados como si fueran un rollo de película cinematográfica de los mejores momentos de la vida de su madre. De vez en cuando, a Etta se le encogía el estómago cuando los miraba. No era por envidia, ni por nostalgia, sino por un sentimiento superficial a medio camino entre ambos. Aunque había viajado por todo el mundo con Alice, tocando en el circuito internacional de concursos de violín, jamás había visto nada parecido a lo que se mostraba en aquellos cuadros. Nada como aquel en el que se veía una montaña con un sendero sinuoso y brillante que ascendía por entre los árboles, hacia las nubes, hacia su pico, oculto.

Fue en aquel momento, apoyada en el respaldo del sofá, cuando Etta se fijó en que Rose había pintado dos figuras subiendo por el sendero, medio escondidas por las líneas de banderas de colores que ondeaban sobre sus cabezas.

Echó un vistazo a los otros cuadros que había debajo. Uno de ellos era la vista que tenía desde el primer estudio en el que Rose había vivido en Nueva York, en la calle Sesenta y seis con la Tercera Avenida. El siguiente, los escalones de entrada del Museo Británico, llenos de turistas y palomas, donde se había dedicado a hacer retratos cuando volvió a Londres; a Etta siempre le había encantado este cuadro, porque su madre había pintado el momento en el que Alice la había visto por primera vez, y se había acercado a Rose para echarle la bronca por haberse saltado las clases. La oscura y exuberante selva que acariciaba con suavidad la piedra húmeda de la Terraza de los Elefantes, en Angkor Thom; con dieciocho años, Rose había conseguido suficiente dinero para volar a Camboya y, una vez allí, había persuadido con halagos al director de la excavación arqueológica que se estaba llevando a cabo en la ciudad en ruinas para que la contratara, a pesar de que careciera de cualificación alguna para aquel trabajo. El siguiente cuadro era del Jardín de Luxemburgo, rebosante de flores en verano, de cuando su madre había estudiado en la Sorbona. Y, debajo de ese, colocado más allá del sofá y apoyado contra la pared de la izquierda, había una pintura nueva: un desierto al anochecer, proyectado en un fulgurante rosa dorado y una especie de ciudad en ruinas en el centro.

Aquella era la historia de la vida de su madre. O, al menos, los retazos que había querido compartir. Etta se preguntaba cuál sería la historia del nuevo cuadro. Hacía muchos años que su madre no tenía tiempo para pintar para sí misma, y muchos más aún desde que usaba aquellos cuadros para empezar los cuentos que le contaba antes de que se fuera a dormir. Apenas recordaba cómo era su madre entonces, antes de que comenzaran los interminables viajes para dar charlas acerca de las últimas técnicas de restauración y los innumerables proyectos de conservación en el departamento de conservación del Metropolitano, limpiando y reparando las obras de los antiguos maestros.

Las llaves tintinearon en la puerta. Etta saltó del sofá y colocó bien los cojines.

Antes de entrar, su madre sacudió el paraguas una última vez en el pasillo. A pesar del chaparrón tempranero de otoño, tenía un aspecto casi impecable: el pelo rubio y ondulado recogido en una coleta; los tacones mojados, pero no estropeados; la gabardina abotonada hasta el cuello. Etta se atusó el pelo y deseó haberse puesto ya el vestido para la representación en vez de seguir con su pijama multicolor. Le encantaba el hecho de que su madre y ella se parecieran tanto —como dos piezas a juego—, porque no tener que ver a su padre devolviéndole la mirada desde el espejo hacía que aceptar la vida sin él fuera más sencillo. Sin embargo, ahora, Etta era consciente de que los parecidos eran solo superficiales.

—¿Qué tal te ha ido el día? —le preguntó a su madre mientras esta le echaba un vistazo al pijama, para a continuación mirarla fijamente con una ceja enarcada.

—¿No deberías estar vestida? —Su voz llevaba ese tono de desaprobación que hacía que a Etta se le encogiera el estómago—. Alice llegará de un momento a otro.

Mientras su madre colgaba la gabardina en el pequeño armario de la entrada de su pequeño apartamento, Etta fue corriendo a su dormitorio, donde se resbaló con una partitura que había sobre la alfombra y a punto estuvo de estrellarse de cabeza contra su viejo armario. Hacía semanas que había elegido el vestido de noche de color rojo rubí para aquel acontecimiento, pero, en aquel momento, dudó, porque quizá su madre pensaría que era muy informal, o de alguna manera demasiado cursi, por las cintas que llevaba en los hombros. Era una velada para recaudar fondos privados para el Museo Metropolitano de Arte y no quería que los jefes de su madre pensaran que no era una profesional de los pies a la cabeza.

Etta quería ver a su madre sonreír de nuevo cuando ella tocara.

Dejó el vestido rojo a un lado, sacó uno más serio —el negro recatado— y se sentó en el escritorio para empezar a maquillarse. Unos minutos después, su madre llamó a la puerta.

—¿Quieres que te ayude a peinarte? —le preguntó su madre mientras la miraba por el espejo que había colgado en la pared.

Etta era capaz de hacerse sola el recogido, pero asintió y le tendió un botecito con horquillas y su cepillo viejo. Se sentó recta mientras su madre empezaba a desenredarle el cabello y a alisarlo desde la altura de la coronilla.

—No hacía esto desde que eras una niña —comentó Rose en voz baja, mientras asía en la mano las ondas de pelo rubio claro.

Etta cerró los ojos e intentó recordar qué sentía cuando era pequeña, cuando se sentaba en el regazo de su madre después de que la bañara y cuando le cepillaba el pelo al tiempo que le contaba historias de los viajes que había hecho antes de que ella naciera.

No sabía cómo responder de forma que su madre no se encerrara en aquel silencio tenso y frío. Así que le preguntó:

—¿Vas a colgar el cuadro nuevo? Es muy bonito.

Su madre esbozó una de sus escasas pero tiernas sonrisas.

—Gracias, cariño. Quiero ponerlo donde está el cuadro del Jardín de Luxemburgo. Recuérdame que lo haga este fin de semana.

—¿Por qué? Ese me encanta.

—Las tonalidades encajarán mejor —respondió mientras cogía una de las horquillas y sujetaba el cabello recogido de su hija—. El paso de la oscuridad a la luz será más evidente. No lo olvides, ¿de acuerdo?

—No, no lo olvidaré. —Decidió probar suerte—. ¿De dónde es?

—Es un desierto de Siria... en el que hace muchísimos años que no había estado, pero resulta que hace unas semanas tuve un sueño y no he podido quitármelo de la cabeza desde entonces. —Recogió los últimos mechones de pelo y le puso un poco de laca—. Me recordó que hay algo que llevo años queriendo darte...

Metió la mano en el bolsillo de su ajada chaqueta de punto y sacó algo que le puso con delicadeza en la palma de la mano. Eran dos delicadísimos pendientes de oro.

Dos perlas brillantes rodaron con suavidad, juntas, y golpearon las pequeñas hojas de oro con forma de corazón a las que estaban unidas. Etta habría preferido que de los aros colgaran unas cuentas de color azul oscuro, aunque no fueran zafiros. El oro, trabajado con gran delicadeza, se curvaba hasta dar la sensación de que se trataba de una pequeña vid. Dada la calidad del trabajo —un tanto irregular— y la manera en que encajaba el diseño —no muy bien—, Etta sabía que aquella joya la habían labrado con grandes esfuerzos y hacía muchísimos años. Puede que cientos.

—He pensado que irían muy bien con el vestido del debut.

Su madre se apoyó en el escritorio mientras Etta admiraba los pendientes e intentaba determinar si le sorprendía más lo bonitos que eran o que a su madre, por primera vez, el recital no le preocupase solo por cómo iba a encajar en su agenda.

Aún faltaba algo más de un mes para su debut como solista, pero Etta y su profesora de violín, Alice, habían empezado a buscar tela y encaje en el Garment, un distrito con muchas tiendas de ropa, a los pocos días de enterarse de que iba a interpretar el concierto para violín de Mendelssohn en el Avery Fisher Hall, acompañada de la Filarmónica de Nueva York. Después de dibujar unos bocetos con sus ideas, Etta había hablado con una modista para que le diseñase el vestido. Un encaje dorado, tejido con un maravilloso diseño floral que le cubriría los hombros y que descendería artísticamente hasta el corpiño de raso azul intenso. Era el vestido perfecto para el perfecto debut del «secreto mejor guardado de la música clásica».

Etta estaba cansada de aquella etiqueta estúpida, que la perseguía hacía meses, desde que el Times publicó aquel artículo acerca de su victoria en el concurso internacional de música clásica más importante, el Tchaikovsky International Competition, celebrado en Moscú, y que no hacía sino recordarle aquello que no había hecho todavía: debutar.

Su debut como solista con una orquesta era algo que llevaba gestándose, por lo menos, tres años, pero Alice se había opuesto rotundamente a asumir compromisos en su nombre. Y dado que había sido una niña con un terrible miedo escénico, hasta el punto que había tenido que luchar con cada ápice de su ser para superarlo en los primeros concursos, se sentía muy agradecida. Pero, entonces, cuando a Etta se le pasó el terror a los escenarios y de repente ya había cumplido los quince años, los dieciséis después, y, ahora que iba camino de los dieciocho, empezaba a ver que chicos a los que había vencido justamente en concursos debutaban tanto en casa como en el extranjero y comenzaban a superarla en una carrera que ella llevaba años liderando. Empezó a obsesionarse con que sus ídolos habían debutado muchísimo antes que ella: Midori, a los once; Hilary Hahn, a los doce; Anne-Sophie Mutter, a los trece; Joshua Bell, a los catorce.

Alice había preparado la interpretación de aquella noche en el Metropolitano como un lanzamiento discreto para poner a prueba sus nervios, pero a ella le parecía más un bache en el camino hacia una montaña altísima, una montaña que quería pasarse ascendiendo toda la vida.

Su madre jamás había intentado convencerla para que no tocara, para que se centrase en otros estudios, sino que la había apoyado siempre, aunque de la manera tan reservada que la caracterizaba. Debería haberle parecido suficiente, pero Etta siempre había trabajado mucho más duro para conseguir las alabanzas de su madre, para captar su atención. Se esforzaba por obtenerlas y se había sentido frustrada una y otra vez en aquel intento.

«Nunca va a importarle, por mucho que te esfuerces por ser la mejor. De hecho, ¿sigues tocando por ti o porque tienes la esperanza de que algún día ella decida escucharte?». Pierce, su mejor amigo —más tarde reconvertido en novio—, se lo había soltado a gritos cuando ella había cortado con él porque necesitaba más tiempo para ensayar. Era una pregunta que, en los seis meses que habían pasado desde que Pierce se la había hecho, había ido cobrando fuerza, pasando de ser un mero susurro a una duda molesta que, en aquel momento, había llegado a preocupar a la propia Etta.

Admiró los pendientes de nuevo. ¿No era aquella, acaso, una prueba de que a su madre le importaba realmente? ¿De que, de hecho, apoyaba el sueño de su hija?

—¿Puedo llevarlos también hoy?

—Por supuesto. Ahora, son tuyos. Puedes llevarlos siempre que quieras.

—¿A quién se los has robado? —preguntó Etta en tono jocoso mientras se los ponía.

No sabía en qué momento de los cuarenta y cuatro años de su madre podría haberse permitido comprarlos. ¿Los habría heredado? ¿Serían un regalo?

Su madre se puso tensa y cuadró los hombros de tal manera que parecían los bordes del viejo pergamino que tenía en el escritorio. Esperó a que se riera, pero no lo hizo. Por el contrario, una mirada cortante dejaba claro el error que había cometido al hacer aquella broma estúpida. El silencio de la mujer se alargó hasta el punto de resultar doloroso.

—Mamá... —De pronto, tenía imperiosas ganas de llorar, pues era consciente de que había estropeado aquel momento íntimo—. Era una broma.

—Lo sé. —Levantó la barbilla—. Me trae recuerdos dolorosos... Hace muchos años que no vivo como en aquel entonces, pero las miradas que recibía de los demás... Quiero que tengas claro que jamás he robado. Daba igual lo mal que estuvieran las cosas o cuánto deseara algo. En una ocasión intentaron cargarme un robo y aún no he olvidado cómo me sentí. Estuve a punto de perder algo que era de tu bisabuelo.

Se percibía cierto enfado tras aquellas palabras, y a Etta le sorprendió que su primera reacción no fuera la de apartarse de ella. Su madre casi nunca hablaba de su familia, menos todavía del padre de Etta, del que, como quien dice, nunca había oído nada, por lo que la muchacha se encontró cogiendo el hilo y tirando de él con la esperanza de descubrir algo.

—¿Te refieres por parte de tu padre adoptivo, el que intentó robarte?

Su madre sonrió, pero sin ánimo de que el gesto albergara el menor sentido del humor.

—Buena suposición.

Su madre había perdido a sus padres en un horrible accidente de coche sucedido en Navidad. Su tutor, su abuelo, había muerto poco más de un año después. Y la familia que la había adoptado... El padre nunca le había puesto la mano encima, pero por las pocas historias que Etta había oído de él, el control que había ejercido sobre su madre había sido tan rígido y absoluto que ella había tenido que decidir si quedarse y asfixiarse o arriesgarse a escapar sola.

—¿Qué era —Etta sabía que estaba tentando a la suerte— lo que intentó robarte?

—Una antigua reliquia familiar. Lo cierto es que la guardé por una sola razón: sabía que, vendiéndola, podría comprar un billete a Londres y, así, alejarme de mi familia adoptiva. Sabía que tu bisabuelo me la había legado a mí para que tuviera alguna oportunidad de futuro. No me he arrepentido nunca de haberla vendido, porque me trajo aquí. Quiero que siempre tengas presente que, al final, lo importante son las decisiones que tomamos. Ni los deseos, ni las palabras ni las promesas.

Etta movió la cabeza a un lado y a otro, estudiando los pendientes en el espejo.

—Los pendientes los compré en un zoco, un mercado antiguo de Damasco cuando tenía, más o menos, tu edad. La vendedora se llamaba Samarah y me convenció para que los comprara cuando le expliqué que aquel era mi último viaje porque había decidido volver a la universidad. Durante mucho tiempo los consideré el final de mi camino, pero ahora creo que, en realidad, siempre han representado el inicio del tuyo. —Rose se inclinó y le dio un beso en la mejilla—. Esta noche vas a estar preciosa. Estoy muy orgullosa de ti.

Etta notó, de inmediato, el picor de las lágrimas y se preguntó si sería posible capturar aquel instante para siempre. De un plumazo, aquellas palabras acababan de llevarse todos los sentimientos de decepción de su vida y la felicidad acababa de inundar sus venas.

Oyeron que alguien llamaba a la puerta antes de que abriera con sus llaves y anunciara su llegada con un entusiasta «¡hola!».

Era Alice.

—Venga, poneos en marcha —le dijo su madre mientras le quitaba una pelusa del hombro—. Tardaré unos minutos en cambiarme, pero nos encontraremos allí.

Etta se puso de pie con la garganta todavía tensa. Habría abrazado a su madre de no ser porque Rose se apartó y juntó las manos detrás de la espalda.

—Nos vemos allí, ¿de acuerdo? —le preguntó.

—Salgo enseguida, te lo prometo.

Cuando entró con Alice en el auditorio, que aún estaba vacío, la excitación del momento la sorprendió a través de las primeras notas musicales, y sintió cómo su respiración se agitaba en el pecho para, a continuación, hundirse en su piel y hacer que hasta el tuétano le temblara.

Era capaz de admitirlo. Aquel violinista... Consultó el programa que había cogido previamente: Evan Parker. Sí. Lo había oído tocar en un par de concursos. Era capaz de admitir que era bastante decente. Puede que hasta un poco bueno.

«Pero... no tanto como yo».

Esbozó una sonrisa de satisfacción.

Y, desde luego, tampoco lo bastante bueno como para hacerle justicia a la Partita para violín solo, número 2, en re menor, la «Chacona» de Bach.

Las luces se atenuaron y barrieron el escenario a modo de explosiones coloridas mientras los técnicos de la cabina hacían ajustes de última hora para que todo encajara con el tono de la pieza. Evan estaba en el centro del escenario, con el pelo oscuro resplandeciente, y tocaba la «Chacona» como si tratara de enardecer con el violín, sin prestarle atención a nada ni a nadie. Etta conocía bien aquella sensación. Puede que, a lo largo de su vida, hubiera dudado de muchas cosas, pero, desde luego, jamás había dudado de su talento, de su pasión por el violín.

Los intérpretes no habían tenido ni voz ni voto a la hora de elegir la pieza que el comité de directores del museo les había asignado a cada uno de ellos, pero una parte de ella, aunque pequeña, sentía envidia por la que habían elegido para él. Muchos, incluida ella, consideraban aquella chacona una de las piezas para violín más complicadas; se trataba de una progresión repetida en decenas de variaciones complejas y mareantes. Tenía mucha potencia emocional y su estructura era casi perfecta. Por lo menos, así era cuando ella la tocaba. Debería haber sido quien la interpretara.

Su pieza, el «Largo» de la Sonata número 3, era la última de la serie para los violines. La pieza era dulce pero profunda, de ritmo meditativo. No era de las más complejas o exigentes de Bach, ni de las más coloridas, pero Alice le decía una y otra vez que no había que confiarse cuando se tocaba a Bach. Cada pieza requería que el ejecutante usara toda su habilidad técnica y se concentrase al máximo. La tocaría de forma impecable y, así, toda la atención volvería a quedar centrada en su debut.

No en su madre.

No en el hecho de que no tenía a nadie a quien enviar un mensaje o llamar después de la velada con la intención de ponerle al día.

No en el hecho de que una sola noche podía condicionar todo su futuro.

—Lo habrías hecho de maravilla con la «Chacona» —le comentó Alice mientras iban hacia el lateral del escenario, hacia los camerinos—, pero, esta noche, tienes que tocar el «Largo». Recuerda que esto no es un concurso.

Alice tenía esa forma de ser que hacía que pareciera que siempre estaba en casa, frente al hogar, envuelta en una manta y cantando nanas a unas criaturitas del bosque de expresión dulce. Tenía un pelo que, de acuerdo con las fotografías, había sido en su día rojo como el fuego y le había llegado hasta la mitad de la espalda; ahora lo llevaba recogido en una coleta y lo tenía blanco como la leche. Ahora bien, estar a punto de cumplir los noventa y tres años no había hecho que perdiera ni un ápice de su calidez ni de su ingenio. Aunque su cabeza era tan perspicaz como siempre y su sentido del humor era aún más socarrón, Etta tuvo cuidado al ayudarla a subir las escaleras, y fue igualmente cuidadosa para no agarrarla del brazo tan delgadito con demasiada fuerza, mientras uno de los coordinadores de la velada las acompañaba hacia la antesala del escenario.

—Ahora bien —empezó a susurrarle con una sonrisa—, que no se te olvide que eres mi alumna y que, por tanto, eres la mejor que hay aquí. Y, si te sientes predispuesta a demostrarlo, ¿quién soy yo para impedírtelo?

Etta no pudo evitarlo, se echó a reír y abrazó a su profesora. Agradeció muchísimo que la anciana le devolviera el abrazo multiplicado por diez. Cuando era más joven, nada más empezar el circuito de concursos, no podía salir al escenario sin que Alice la hubiera abrazado en tres ocasiones y le hubiera dado un beso en la cabeza para desearle suerte. Aquello hacía que se sintiera segura, como si llevase una manta cálida por los hombros y, en caso de necesitarlo, pudiera desaparecer envuelta en aquella sensación.

«Tengo a Alice».

Aunque no tuviera a nadie más, tenía a Alice, que había creído en ella aun en aquella temporada que tan mal había tocado. De las dos británicas que había en su vida, se sentía agradecida de que al menos una de ellas le mostrase amor y afecto incondicionales.

Alice retrocedió un poco y le acarició la mejilla.

—¿Va todo bien, querida? No te estarás echando atrás, ¿verdad? —le preguntó

—¡No! —Por Dios, no podía darle a Alice ninguna excusa para cancelar su debut—. Son los típicos nervios de siempre.

Alice entrecerró los ojos para mirar algo por encima de los hombros de Etta y la muchacha hizo ademán de girarse para ver de qué se trataba. No obstante, su profesora le tocó uno de los pendientes con el ceño fruncido.

—¿Te los ha dado tu madre?

Etta asintió.

—Sí. ¿Te gustan?

—Son... —Daba la impresión de que estuviera buscando la palabra. Bajó la mano—. Preciosos. Pero ni la mitad de preciosos que tú, patito.

Etta puso los ojos en blanco, pero se rio.

—Necesito hacer... Debería ir a hacer una llamada —comentó Alice despacio—. ¿Te importaría empezar a calentar por tu cuenta?

—En absoluto. ¿Va todo bien? —Etta estaba un poco alarmada.

Alice hizo un gesto con la mano como si no pasase nada y dijo:

—Todo bien. Si no vuelvo en unos minutos, asegúrate de que te conceden turno en el escenario. Eres la que más tiempo va a necesitar, porque tú no has estado en el ensayo general. En cuanto al Stradivarius, ¿cuál van a dejarte?

—El Antonius —respondió Etta muy contenta.

Era uno de los varios Stradivarius que tenía en su colección el Museo Metropolitano de Arte y el primero que le habían permitido tocar.

—Ay, el niño de oro. Te costará un poco conseguir que se comporte. Me da igual lo que diga tu madre acerca de preservarlos para el futuro. Mira que mantener instrumentos increíbles encerrados en cajas de cristal... Ya sabes que...

—... cuanto más tiempo tienes un violín en silencio, más le cuesta recuperar su verdadera voz. —Etta había oído la frase un centenar de veces.

Un Strad —un Stradivarius—, uno de los instrumentos de cuerda confeccionados por los Stradivari, una familia del norte de Italia que había vivido entre finales del siglo XVII y principios del XVIII. Los instrumentos eran legendarios por la potencia y belleza del sonido que producían. Sus dueños no los describían como meros instrumentos, sino como seres humanos: amigos temperamentales con un carácter que nunca se llegaba a conquistar por habilidoso que fuera quien los tocara.

Daba igual lo maravilloso que fuera su propio violín —un Vuillaume a imagen y semejanza del Stradivarius Mesías y que había heredado de Alice—, porque no era sino una copia. Cada vez que se le pasaba por la cabeza tocar el de verdad, tenía la impresión de que iban a empezar a salirle chispas de los dedos.

—Ahora vuelvo, patito —le dijo Alice al tiempo que se acercaba y le daba unas palmaditas cariñosas en el mentón.

Etta esperó a que la anciana hubiera acabado de bajar las escaleras para darse la vuelta y abrirse camino por la oscuridad con los ojos entrecerrados.

—¡Ah, aquí estás!

Etta se giró y vio a Gail, la organizadora del concierto, que, con aquel vestido largo y estrecho de color negro, avanzaba a toda prisa contoneándose por el escenario lo mejor que podía.

—Los demás están entre bastidores, en la antesala. ¿Necesitas alguna cosa? Estamos haciendo los calentamientos uno a uno, en orden, pero voy a presentarte a toda la gente. —Miró a su alrededor con gesto de desaprobación—. ¿No está tu profesora contigo? ¡Narices, con las ganas que tenía de conocerla!

Alice y su último marido, Oskar, ya fallecido, habían sido violinistas de renombre mundial y se habían retirado en la ciudad de Nueva York cuando Oskar se puso enfermo. El hombre murió apenas un año después de que Etta empezara a recibir clases de Alice, pero, a pesar de que ella solo tenía cinco años por aquel entonces, había sido capaz de formarse una impresión real de su calidez y sentido del humor. Aunque Alice llevaba años sin tocar de forma profesional y no había tenido fuerzas para hacerlo después de la muerte de su marido, había círculos en los que seguían idolatrándola gracias a su imponente debut en el Vaticano.

—Enseguida vuelve —le comentó Etta mientras iban camino de la antesala—. ¿Va a presentarme a todos? Siento no haber podido estar en el ensayo general.

—Evan tampoco ha podido asistir. No pasa nada, te situarás.

La puerta de la antesala estaba abierta y se oía una corriente de voces emocionadas que se extendió para recibirla. Los demás violinistas la estudiaron con curiosidad, sin reparo, mientras entraba.

«Se preguntan por qué estás aquí».

Su presencia acalló el vocerío y ella también los estudió mientras Gail iba de un lado para otro diciéndole quiénes eran unos y otros. Etta reconoció a dos de los tres hombres presentes. Eran mayores; de hecho, estaban cerca de la edad de la jubilación. Evan, claro está, seguía en el escenario. Los organizadores habían equilibrado a los participantes incluyendo a tres mujeres: una mayor, la propia Etta y otra muchacha que parecía de la edad de Etta. Gail se la presentó como Sophia, a secas, como si no importara cómo se apellidara.

La chica se había recogido el pelo, oscuro, casi negro, en una trenza pasada de moda. Llevaba una camisa blanca metida por dentro de una falda larga y oscura que le llegaba por los tobillos, pero el atuendo no era ni la mitad de adusto que la expresión que puso cuando la pilló estudiándola, intentando recordar si sus caminos se habían cruzado en algún certamen.

—Señor Frankwright, es su turno —dijo Gail mientras Evan entraba y empezaba a presentarse.

Uno de los hombres se puso de pie, le tendieron un fascinante Stradivarius, y salió.

Daba la sensación de que nadie estuviera de humor para hablar, cosa que a Etta no le importaba lo más mínimo. Se puso los auriculares y escuchó el «Largo» de cabo a rabo, con los ojos cerrados, concentrándose en cada nota. Tanto que, en un momento dado, se le cayó el bolsito del regazo y se salieron el brillo de labios, la polvera, el espejito y el dinero. Evan y los demás hombres la ayudaron a recogerlo todo al tiempo que se reían tímidamente.

—Perdón, perdón —musitaba ella.

Hasta que empezó a ordenarlo todo, no se dio cuenta de que en el interior del bolsito había un sobrecito de color crema.

«No puede ser».

No era posible. Hacía años que su madre no lo hacía. El corazón le dio un brinco alegre y la llenó con esa luz antigua y familiar de las estrellas mientras rasgaba el sobrecito y lo sacudía para sacar su contenido. Había dos hojas de papel: una de ellas, una carta inconexa que, a ojos de otra persona, parecía llena de comentarios vacíos acerca del clima, el museo, su apartamento; la segunda, más pequeña, tenía forma de corazón. Cuando se colocaba esta última sobre la primera, el mensaje cambiaba; el corazón hacía que las frases inconexas se convirtieran en una frase sencilla: «Te quiero y estoy muy orgullosa de quién eres y de lo que vas a conseguir».

Su madre solía dejarle notas así cada vez que tenía que viajar por trabajo y Etta se quedaba en casa de Alice; sencillos recordatorios de cariño que guardaba en la mochila de su hija o en la funda del violín. No obstante, cuanto más la miraba, más se desvanecía la explosión de felicidad. No se podía decir que su madre fuera una persona sentimental, así que no sabía qué pensar de la nota; teniendo en cuenta, además, lo de los pendientes. ¿Pretendía recuperar su relación después de haber sido ella quien la enfriara?

Etta consultó el móvil. Faltaba media hora para el concierto.

Ni mensajes. Ni llamadas perdidas.

No le sorprendía.

Pero es que... Alice tampoco estaba.

Se puso de pie, dejó el bolsito en la silla y salió de la sala para ir a buscarla. Justo antes de que su profesora se marchara, le había parecido que estaba confundida o, al menos, sorprendida. Era muy posible que alguien la estuviera reteniendo con alguna conversación o que no estuviera consiguiendo dar con la persona a la que había ido a llamar, pero Etta no podía cerrar la espita del pánico, aplacar la sensación de algo parecido al miedo bajándole por el cuello.

El auditorio estaba vacío, excepto por los acomodadores, a quienes uno de los coordinadores de la velada estaba explicándoles su cometido. Etta recorrió el pasillo tan rápido como pudo con los tacones, al tiempo que oía las últimas notas del violinista que estaba en escena. Pronto le tocaría subir.

Pero Alice no estaba en el vestíbulo, con el móvil pegado a la oreja. Y su madre tampoco. No estaban haciendo tiempo en la entrada del museo, ni en el Gran Salón, y, cuando miró en las escaleras, lo único que vio fueron palomas, charcos y turistas. Lo que solo le dejaba una posibilidad. Volvió a subir las escaleras, esta vez en dirección a la colección de pintores europeos, y se chocó con una pareja a la que casi tira al suelo.

—¡Oh, lo siento! —se disculpó mientras el hombre la agarraba para que no se cayera.

—¿A qué viene tanta prisa? ¿Estás...? —El hombre se quedó mirándola. Llevaba unas gafas con montura plateada y estaba boquiabierto.

Era mayor que Etta, de mediana edad, más o menos, a juzgar por los mechones canos en su mata de pelo negro azabache. Etta se quedó mirándolo y se dio cuenta de que acababa de llevarse por delante a uno de los mecenas del Metropolitano. Iba arregladísimo, con un esmoquin inmaculado en cuya solapa llevaba una rosa de color rojo oscuro.

—Lo siento, iba sin mirar. Lo siento mucho.

Él no podía dejar de observarla.

—Da igual —comentó la muchacha antes de apartarse para reemprender su búsqueda—. Espero que se encuentren bien. De verdad, lo siento mucho.

—¡Espera! ¿Cómo te llamas? —le gritó el hombre.

Pero Etta ya corría escaleras arriba, con los tacones repiqueteando contra el mármol. Recorrió las salas de exposiciones camino del ascensor y saludó a los guardias y conservadores a su paso. Se dirigía al ala de restauración. Cabía la posibilidad de que su madre hubiera tenido que pasar por su despacho o que se hubiera llevado a Alice allí para hablar en privado.

El ala estaba vacía, excepto por George, el guardia de seguridad, que la saludó con una inclinación de cabeza en cuanto la reconoció. Etta siguió por el pasillo.

—¡Tu madre está en el despacho! ¡Ha venido hace unos minutos con una señora mayor! ¡Iban muy apresuradas!

—¡Gracias!

—Pero ¿no tocas esta noche? ¡Buena suerte!

«Concierto, practicar, calentar...».

—¡... no me ha escuchado en años!

Había tanto enfado en la voz de Alice que, al principio, Etta no la reconoció. Era muy extraño que la levantase. Sonaba apagada porque la puerta del despacho estaba cerrada, pero seguía siendo lo bastante potente como para salir al pasillo y que la muchacha la oyera.

—Alice, no hagas esa llamada —dijo su madre con un tono de voz mucho más calmado.

Frente al despacho, creyó que iban a fallarle las piernas. Pegó la oreja a la puerta.

—Soy su madre y, aunque no lo creas, sé muy bien qué es lo mejor para ella. Es la hora. Le toca... y lo sabes. No puedes sacarla de este camino sin más... ¡Sin consecuencias!

—¡A la mierda las consecuencias! ¡Y a la mierda tú también por pensar más en ellas que en Etta! ¡No está preparada! ¡No tiene el entrenamiento adecuado y no hay garantías de que vaya a seguir el camino correcto!

«No está preparada». Las palabras de Alice le rasgaban los pensamientos. ¿Para qué no estaba preparada, para el debut?

—Te quiero con toda mi alma, lo sabes —comentó su madre—. Jamás podré agradecerte o reconocerte siquiera todo lo que has hecho por nosotras, pero deja de echarme la bronca. No lo entiendes y, desde luego, no conoces a Etta lo suficiente si la subestimas. Puede con ello.

Debido a que su corazón latía como el de un colibrí y que la adrenalina provocada por el desconcierto le corría desbocada por las venas, la muchacha tuvo que repetirse las palabras varias veces antes de darse cuenta de que su madre la estaba defendiendo y que era Alice la que estaba yendo contra ella.

«¡Va a cancelar el debut!».

—Y ¡está claro que tú no la quieres como yo si tan dispuesta estás a echarla a los lobos!

«¡Alice va a cancelar mi debut!».

Por el cual ella había dejado la universidad.

Por el cual ella había dejado a Pierce.

Por el cual ella ensayaba seis horas al día.

Abrió de golpe la puerta del despacho, lo que sorprendió lo suficiente a su madre y a su profesora como para que dejaran de discutir, cada una de ellas a un lado del escritorio.

—Etta... —empezó a decir su madre—, ¿no deberías estar abajo?

—Pues no lo sé —respondió mirando a Alice, con la voz aguda por el enfado—. ¿Debería estar abajo o debería volver a casa? ¿Tampoco voy a poder con lo de hoy?

Se le encogió el estómago cuando Alice adelantó la mano hacia ella y le hizo un gesto para que entrara, para que se lanzara a la reconfortante trampa que conformaban sus brazos. Como si fuera una niña y necesitara que la calmaran.

Había dureza en la mirada de su profesora, mirada con la que la evaluaba, y la muchacha se echó a temblar de miedo. Conocía aquella mirada. Sabía muy bien qué significaba.

—Patito, creo que deberíamos irnos a casa. —Se giró para mirar a la madre de Etta, que la miraba, a su vez, fijamente—. Rose, podemos acabar de hablar en casa. Juntas.

Etta sintió que el corazón le daba un vuelco, y otro después, y, de pronto, notó su pulso aceleradísimo en los oídos y cómo la sangre se le iba calentando.

—Lo he dejado todo por esto... ¡Todo! ¿Quieres que renuncie, sin más? ¿Quieres que lo cancele, que vuelva a posponerlo? —Intentaba que no se notase en sus palabras el dolor que sentía—. No crees que sea lo bastante buena, ¿verdad?

—No, patito, no es eso...

—¡No me llames así! —Dio un paso atrás—. ¿No te das cuenta de que ni siquiera me quedan amigos? Me dijiste que, si quería debutar, tenía que concentrarme. ¡Lo dejé todo! ¡No me queda nada!

La preocupación sustituyó al enfado en el gesto de su madre, que miró a Alice.

—Cariño, eso no es verdad...

Alice se acercó a ella, pero Etta no iba a permitir que la tocara. No quería siquiera mirarla, como para querer que le hicieran entrar en razón.

—Etta... Henrietta —probó Alice, pero la muchacha ya no escuchaba y tampoco le importaba ya lo que le dijeran.

—Voy a tocar —le dijo a la profesora—. Tanto esta noche como en mi debut. Me da igual lo que pienses o que no creas en mí... Yo sí que creo en mí y os puedo asegurar que no va a haber nada en este mundo, nada, que me vaya a impedir tocar.

Alice salió tras ella, pero Etta dio media vuelta y echó a correr como loca por el pasillo, con la cabeza alta y los hombros tiesos. Más tarde ya pensaría en las maneras en las que podría herir a la mujer que, como quien dice, la había criado, pero en aquel momento, lo único que quería era sentir en la cara la calidez de las luces del escenario. Liberar el fuego que crepitaba con fuerza en su interior. Poner en movimiento sus músculos, coger el arco, tocar el violín... hasta convertirse en cenizas y ascuas, y dejar atrás al resto del mundo para que se carbonizase.

Siempre había un instante, justo antes de apoyar el arco en las cuerdas, en el que sentía como si todo a su alrededor se hubiera cristalizado. Vivía para sentir dicho instante, por ese segundo en el que se concentraba de golpe y el mundo, y todo lo que hay en él, desaparecía. El peso del violín en el hombro, acostumbrándose a él. La calidez de las luces en el frontal del escenario, impidiéndole ver lo que había más allá.

Pero aquel no era uno de esos momentos.

Gail, nerviosa y asustadísima, la había parado en el pasillo y la había llevado de la mano a la parte trasera del escenario mientras los invitados empezaban a entrar en el auditorio.

—¡Ha dicho usted que tendría tiempo para calentar! —le comentó Etta a punto de tropezarse en las escaleras.

—¡Claro, hace veinte minutos! —le respondió la organizadora entre dientes—. ¿Estás preparada para salir al escenario? Vas a tener que calentar en la antesala.

Solo de pensarlo, le embargó el pánico, pero Etta asintió. Iba a ser profesional. Tenía que ser capaz de tomarse con calma los contratiempos y los cambios inesperados. ¿Qué más daba que nunca hubiera actuado en aquel escenario? Había tocado el «Largo» un centenar de veces. No necesitaba que Alice estuviera a su lado y que, después, le hiciera sus comentarios.

Michelle, la conservadora a cargo del Antonius, se encontró con ellas entre bambalinas. Etta se dio cuent

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