Viuda de hierro

Xiran Jay Zhao

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO

Los hundunes se aproximaban. Eran todo un escuadrón que hacía retumbar tierras indómitas a su paso y levantaba una oscura tormenta de polvo en la noche. Sus cuerpos robustos y sin rostro, hechos de metal espiritual, centelleaban bajo la media luna plateada y un cielo lleno de estrellas resplandecientes.

Un piloto menos experimentado habría tenido que lidiar con los nervios de enfrentarse con ellos en una batalla, pero esto no perturbaba a Guang Yang. A los pies de su atalaya situada a las afueras de la Gran Muralla, apremió a su crisálida, el Zorro de Nueve Colas, para que entrara en acción. Tenía la altura de un edificio de siete u ocho plantas, era áspera y de color verde. Sus garras metálicas hollaban la tierra y la hacían temblar.

Una crisálida no era una máquina de guerra normal. Guang Yang no la pilotaba con volantes ni palancas, como si fuera un transporte eléctrico o un aerodeslizador. No, él se transformaba en la crisálida. Mientras que su cuerpo mortal permanecía en estado de letargo en la cabina de mando, con los brazos alrededor de la piloto concubina que había llevado a la batalla aquella noche, su mente tenía el mando físico de todas las piezas del Zorro de Nueve Colas y la lanzaba en dirección a aquel escuadrón que se aproximaba en el horizonte. A ambos lados, pero a bastante distancia, las siluetas de otras crisálidas en activo también avanzaban rápidas.

Gracias a unas agujas de acupuntura del grosor de un cabello colocadas en el asiento del piloto, que se le clavaban en la columna vertebral, Guang Yang canalizaba su qi, su fuerza vital, para proporcionarle energía al Zorro. El qi era la esencia vital que sustentaba todas las cosas del mundo, hacía florecer las hojas, daba ímpetu a las llamas o hacía girar el planeta. No solo aprovechaba el suyo, sino que se conectaba al vínculo psíquico de la crisálida y extraía también el qi de su piloto concubina. La mente de ella no era lo bastante fuerte para oponer ningún tipo de resistencia a la extracción: quedaba perdida al fondo de la mente de Yang. Retazos de recuerdos de ella acudían en oleadas a la mente de Guang Yang, pero él se esforzaba en ignorarlos. Era mejor no saber demasiado de las concubinas. Lo único que le interesaba era la interacción de los qi de ambos, que multiplicaba su presión espiritual y le permitía dirigir una crisálida tan grande.

Los primeros en llegar con cuentagotas a la altura de Guang Yang fueron unos hundunes normales, como bichos metálicos de gran tamaño deseosos de infiltrarse dentro del Zorro y matarlo. Sus diferentes colores lucían opacos a la luz de las estrellas, pero algunos brillaban al disparar desde sus cuerpos ráfagas luminosas o rayos chispeantes de qi convertido en arma. Si Guang Yang se hubiera enfrentado a ellos como humano, los hundunes —tan grandes como casas— se habrían cernido sobre él y lo habrían fulminado en un instante; pero cuando pilotaba el Zorro, eran demasiado pequeños como para hacerle daño. Mientras los machacaba con las garras del Zorro, lo recorrieron oleadas de una extraña emoción: una mezcla desenfrenada pero estática de pena, terror y rabia. No sabía exactamente cómo se hacían las crisálidas a partir de las cáscaras de los hundunes —solo a los ingenieros del más alto nivel les estaba permitido saberlo—, pero incluso tras siglos de mejoras de su destreza los pilotos no habían conseguido superar ese obstáculo que provocaba que sintieran lo mismo que los hundunes cuando le perforaban el casco a uno de ellos.

Los pilotos no hablaban mucho de esto en público, pero resistirse a esas emociones que les distraían era una parte sorprendentemente exigente de las batallas. Guang Yang era uno de los pilotos vivos más fuertes sobre todo porque era capaz de desconectar muy bien de ellas. Mientras capeaba esta ofensiva mental, seguía zurrando a los hundunes. Las nueve colas del Zorro silbaban y chirriaban por detrás como si fueran nueve extremidades nuevas que apartaban a golpes a los hundunes más grandes con sonoros ruidos metálicos.

A Guang Yang no le daban ninguna lástima. Los hundunes eran invasores procedentes del cosmos que habían pulverizado al summum de la civilización humana hacía unos dos mil años y habían reducido la humanidad a tribus desperdigadas. Si no hubiera sido por el emperador Amarillo, un legendario líder tribal que había inventado las crisálidas y las había elaborado con la ayuda de los dioses, la civilización jamás se habría recuperado y ahora el planeta estaría en manos de los hundunes.

Los drones con cámara zumbaban alrededor del Zorro como si fueran moscas de ojos rojos. Algunos pertenecían al Ejército de Liberación de la Humanidad; otros eran de empresas privadas de comunicación que retransmitían la batalla para toda Huaxia. Guang Yang seguía muy atento; no podía permitirse un error que decepcionara a sus fans.

—¡Zorro de Nueve Colas, hay uno de tipo Príncipe en el escuadrón! —gritó un estratega militar por los altavoces de la cabina del piloto.

Guang Yang se puso en alerta de inmediato. Un hundun de tipo Príncipe era un adversario poco común, de la misma categoría de peso que el Zorro. Si lo sacaba de ahí con daños mínimos, podrían reconvertirlo en una nueva crisálida Príncipe o se les podría ofrecer a los dioses a cambio de regalos de gran importancia, como manuales de tecnología o de medicina innovadora. Y ese triunfo le daría un impulso gigantesco a su clasificación de batalla. Quizá por fin dejaría atrás a Li Shimin, ese asesino convicto que no merecía ser el mejor piloto de Huaxia.

Para tener un tiro limpio, Guang Yang tendría que cambiar la forma del Zorro por otra más compleja.

—¡Tian Xing, cúbreme! —avisó a su compañero más cercano a través de la boca del Zorro, a la vez que su qi retransmitía su voz por todo el campo de batalla—. ¡Voy a transformarme!

—¡Hecho, coronel! —gritó Tian Xing desde el Guerrero Sin Cabeza, una crisálida en la que unos ojos de un amarillo brillante ocupaban el lugar de los pezones, y una boca resplandeciente, el del estómago.

Se plantó con ruidosas pisadas delante del Zorro y golpeó al enjambre de hundunes con un hacha gigante de metal espiritual. Murieron convertidos en un rocío de luz.

Guang Yang, confiado, propulsó su qi a través del Zorro con la presión espiritual más contundente que podía generar. Unas grietas brillantes se abrieron en la áspera superficie verde.

Puede que las crisálidas estuvieran hechas de cáscaras de hundunes, pero eran muy superiores en todo. Los hundunes actuaban de una manera tan mecánica que no podían desbloquear el potencial del metal espiritual del que estaban hechos para convertirse en otra cosa que no fueran voluminosas masas informes.

Pero los humanos sí.

Guang Yang imaginó la forma elevada del Zorro y se transformó. Las patas del Zorro se hicieron más delgadas y largas, se le estrechó la cintura y las articulaciones superiores retrocedieron, lo que le confería una forma un poco más humanoide. Las nueve colas se le afilaron como lanzas y se abrieron en abanico como rayos de sol desde la base del lomo, de la misma forma en que los zorros de nueve colas las activan para intimidar a sus enemigos. Puso al Zorro en vertical. Gracias a que transmitía su qi a una mayor presión espiritual, tenía la precisión y el control suficientes para mantenerlo en equilibrio a dos patas. Así dejaba libres las garras delanteras para pelear con un arma.

Guang Yang pasó una garra por detrás del lomo, agarró con fuerza una de las colas en forma de lanza de la parte posterior del Zorro y se la arrancó. Cruzó a toda velocidad el escuadrón de hundunes de distintos tamaños hasta que detectó el de tipo Príncipe, luego descendió lentamente y dio un salto desde el suelo. La lanza dibujó un arco en la noche y arrojó un destello de luz de luna antes de perforar el cuerpo redondo del hundun, cuyas únicas aristas eran sus seis patas en forma de pequeños bichos. El metal espiritual se hizo añicos con un sonido espectacular, como si explotara un almacén entero de porcelana. Guang Yang luchó contra la oleada de rabia y terror del hundun mientras chisporroteaba y se difuminaba la luz de su núcleo repleto de qi.

Las otras crisálidas, que estaban repeliendo el mar de hundunes relucientes, lo aclamaron con júbilo. Los drones con cámara grabaron un primer plano del casco del Príncipe, y Guang Yang se imaginó los gritos de entusiasmo de la plebe al otro lado de sus pantallas por toda Huaxia. Borracho de euforia, se recostó en el interior del Zorro y extrajo la lanza del interior del hundun. Sin embargo, un miedo extraño persistió en su cabeza incluso tras interrumpir el contacto.

Provenía de su concubina y lo recorría como una ola.

Ese era el momento en el que siempre sabía que la mente de la concubina sería incapaz de regresar a su cuerpo. Ahora era él quien la controlaba por completo de manera subconsciente, incluso los latidos de su corazón. En cuanto él desconectara no quedaría nada que hiciera bombear el corazón de la concubina, y cruzaría al más allá. No había vuelta atrás.

Lo importante era que la familia de ella recibiría una buena compensación. Sabiendo eso, su alma descansaría en paz en las Fuentes Amarillas.

No recordaba su nombre. Tampoco lo intentó. Había tenido tantas pilotos concubina que llevar un recuento sería una distracción paralizante. Y no podía permitirse distracciones. Tenía que proteger al mundo.

Ella ya sabía dónde se metía. Había tomado la decisión de alistarse a sus órdenes.

Guang Yang se centró en aplastar y arrojar lanzas al resto del escuadrón para asegurar a sus fans que su patria continuaría siendo segura.

El noble sacrificio de la concubina no sería en vano.

cap-2

PRIMERA PARTE

EL CAMINO
DEL ZORRO

 

 

 

 

Existe un tipo de criatura en la montaña

con aspecto de un zorro de nueve colas,

su sonido es como el llanto de un niño.

Se deleita con la carne humana.

 

Clásico de las montañas y los mares

imagen

cap-3

CAPÍTULO UNO

LA MARIPOSA QUE ESPERO QUE NO SEA MI HERMANA MUERTA

Durante dieciocho años, mi uniceja ha evitado que me vendieran con el único propósito de sufrir una muerte dolorosa y terrorífica.

Hoy, por fin, la voy a jubilar tras años de impecable servicio.

Bueno, yo no. Yizhi es quien se encarga de las pinzas que mi hermana dejó tras su marcha. De rodillas sobre la esterilla de bambú que hemos extendido sobre la tierra húmeda del bosque, me levanta la barbilla mientras me arranca pelo tras pelo. Me arde la piel como si me la estuvieran quemando poco a poco. Los bucles de su melena, negra como la tinta y medio recogida en un moño, rozan su túnica clara de seda mientras tira. Yo llevo el pelo, mucho más enredado y reseco que el suyo, recogido en un moño desaliñado bajo un trapo harapiento. Aunque el trapo huele a grasa, cumple con su cometido de apartarme los mechones sueltos de la cara.

Intento parecer despreocupada, pero cometo el error de quedarme mirando las facciones amables y concentradas de Yizhi durante demasiado tiempo, con el deseo de grabarlas en la mente para tener algo a lo que aferrarme en los últimos días de mi vida. Se me hace un nudo en el estómago y noto una cálida presión en los ojos. Al intentar entornarlos para contener las lágrimas, solo consigo que se me resbalen por los costados de la nariz. En serio, nunca funciona.

Yizhi se percata, evidentemente. Se detiene por completo para averiguar qué ocurre, aunque no tiene motivos para pensar que pueda ser otra cosa salvo una reacción a este ataque que están sufriendo mis poros.

Aunque no tiene ni idea de que esta será la última vez que nos veamos.

—¿Todo bien, Zetian? —susurra, con la mano de depilar suspendida sobre un delicado remolino de humedad procedente de la cascada cercana a nuestro escondrijo.

El agua del riachuelo que fluye a toda velocidad junto a los árboles bajos tras los que estamos acurrucados ahoga el sonido de su voz y la oculta de cualquier persona que pudiera descubrirnos.

—Si sigues tomándote descansos, no. —Pongo los ojos enrojecidos en blanco—. Vamos. Hagámoslo del tirón.

—Vale, está bien. —Su ceño fruncido se convierte de repente en una sonrisa que me desarma. Me seca los ojos con las mangas de su sofisticada túnica de seda y se remanga hasta casi la altura de los codos. Son mangas de persona rica, tan largas y flojas que no resultan nada prácticas. Me burlo de ellas cada vez que viene a visitarme. Aunque, siendo justos, no es culpa suya que su padre no los deje salir de la propiedad (ni a él, ni a sus veintisiete hermanos) vestidos con algo que no sea lujoso.

La brillante luz del sol, visible por primera vez tras varios días de lluvia, baña con sus rayos nuestro mundo secreto de calor húmedo y hojas temblorosas. Retales de luz y sombras motean los pálidos antebrazos de Yizhi. El intenso olor verde de las plantas primaverales nos rodea por completo, tan intenso que casi se puede saborear. Las rodillas de Yizhi —hasta cuando se arrodilla lo hace de forma correcta y formal— se mantienen a una distancia minúscula pero insalvable de mis piernas, dobladas de cualquier manera. Su ropa de diseño contrasta enormemente con la aspereza envejecida de mi túnica y mis pantalones tejidos en casa. Hasta que lo conocí, no tenía ni idea de que la ropa pudiera ser tan blanca ni tan suave.

La velocidad de los tirones aumenta. Duele muchísimo, como si mi ceja fuera una criatura viviente a la que estuvieran dividiendo poco a poco en dos, así que, si se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas, no resultará extraño.

Ojalá no tuviera que involucrarlo en esto, pero sé que, llegados a cierto punto, me sería demasiado doloroso enfrentarme a mi propio reflejo y hacerlo yo misma. Solo vería a mi hermana mayor, Ruyi. Sin los pelos descuidados que han mantenido bajo mi valor de mercado, me pareceré muchísimo a ella.

Además, no creo que yo fuera capaz de diseñar dos cejas iguales a partir de ese ente que tengo. ¿Cómo voy a presentarme voluntaria para morir con las cejas desiguales?

Me distraigo del dolor abrasador deslizando los dedos sobre la tableta luminosa que tiene Yizhi en el regazo, leyendo los apuntes que ha tomado en clase tras su visita del mes pasado. Cada roce me parece más escandaloso que estar a solas con él en una montaña fronteriza, rodeados de vegetación y del calor de la primavera, respirando las mismas volutas de aire terroso y embriagador. Los ancianos de la aldea dicen que las chicas no debemos tocar estos aparatos divinos, porque los profanaríamos con, no sé, nuestra feminidad retorcida o algo así. Es solo gracias a los dioses del cielo que pudimos reconstruir la tecnología como la de esta tableta tras la era perdida en la que la humanidad se achantó ante la presencia de los hundunes. Sin embargo, a mí me da igual tener deudas con los ancianos o con los dioses. Si no me respetan por ser de la mitad «mala» de la población, yo tampoco pienso respetarlos.

La pantalla brilla con una luz lunar y se refleja en las ropas de Yizhi, sombreadas por las hojas, tentándome con el conocimiento que no debería poder aprender, conocimiento que está mucho más allá de mi mísera aldea de montaña. Artes. Ciencias. Hundunes. Crisálidas. Noto en los dedos la necesidad de acercarme la tableta, aunque sé que ni ella ni yo nos podemos mover: un cono de luz de neón se derrama sobre mi rostro directamente desde una muesca en el aparato, proyectando el ideal matemático para mis cejas. Yizhi y sus deslumbrantes artefactos de la ciudad nunca decepcionan. Esto se lo sacó de la manga apenas minutos después de que yo le mintiera al decirle que mi familia me había dado un «último aviso» en cuanto a la uniceja.

Me pregunto cuánto me odiará cuando descubra lo que en realidad me está ayudando a hacer.

Una gotita se resbala y cae desde una de las ramas situadas sobre nosotros. Pasa rozando su mejilla. Está tan absorto que no se da cuenta. Le seco el rastro de humedad de la cara con el nudillo.

Abre mucho los ojos a causa del sobresalto. Su piel bien cuidada, casi transparente, se ruboriza cual flor que se abre.

No puedo evitar sonreír. Tras girar la mano para tocarle la mejilla con la yema de los dedos, le guiño un ojo.

—Vaya, vaya, ¿es que mis cejas se han vuelto irresistibles?

Yizhi se echa a reír más alto de lo habitual, luego se tapa la boca de golpe con los dedos y mira a nuestro alrededor, aunque estamos bastante bien escondidos.

—Para —dice más bajito, mientras su risa se vuelve ligera como una pluma. Evita mi mirada—. Déjame trabajar.

El calor creciente e innegable que emanan sus mejillas me provoca un destello de culpa.

«Cuéntaselo», me suplica mi mente.

Pero me limito a mover la mano de la manera más casual de la que soy capaz y echar un vistazo a otra sección de sus apuntes de clase, un tema de estudios sociales sobre las estadísticas de la dinámica relativa a los ataques de los hundunes.

¿Por qué debería contárselo y poner en peligro mi misión? No sé qué piensa Yizhi de la relación que tenemos, pero yo nunca he cometido el error de tomármela demasiado en serio. Es el hijo del hombre más rico de Huaxia, y yo soy una chica cualquiera de la frontera, a la que conoció por casualidad mientras buscaba algo de paz y tranquilidad en el sitio más lejano al que podía ir en su aerocicleta. Si alguien nos pillara juntos, a él no lo meterían en una jaula para cerdos y lo ahogarían en nombre del honor de su familia; aunque no hayamos cruzado ningún límite que no deberíamos.

Desvío la atención hacia sus labios, me pierdo en sus delicadas curvas y me acuerdo de aquella vez que me maravillé en voz alta de lo suaves que parecían. Él reconoció que se debe a una rutina de cuatro pasos de exfoliación e hidratación, y me reí tanto que se me caían los lagrimones; sin embargo, luego le toqué los labios y pasé de reírme a quedarme absorta, con la mirada fija en sus ojos, demasiado cerca el uno del otro.

Y entonces me retiré inmediatamente y cambié de tema.

Una parte descarnada y tierna de mí sufre por lo que jamás podré tener con él, pero todavía no he descartado —y tampoco puedo hacerlo— que esto sea un juego para él. Que no soy la única campesina a la que visita en sus días libres. Que, en el momento en el que caiga en la tentación, se abrochará el cinto de seda de sus ropas perfectas y se reirá de mí en mi cara, se reirá de cómo algo que puede significar tan poco para él pueda ser un asunto de vida o muerte para mí. Y, aun así, todavía me hipnotizaría con sus suaves sonrisas y con sus palabras susurradas.

A lo mejor es mi cautela lo que ha convertido esto en algo tan emocionante, lo que ha hecho que aparezca a finales de cada mes durante los últimos tres años.

Jamás sabré sus verdaderas intenciones. No pasa nada. Siempre que no sucumba a mis emociones, no podré perder en ningún juego al que estemos jugando.

Sin embargo, y siendo realistas, mi familia no me ahogaría aunque la aldea entera nos descubriera ahora mismo. Por fin estoy haciendo lo que querían: adecentarme para que puedan venderme al ejército como una piloto concubina. Igual que hicieron con mi hermana.

Obviamente, no saben nada de mis planes, que van mucho más allá y son mucho más letales.

Mientras Yizhi pasa a encargarse de la parte inferior de mis cejas, detengo el dedo sobre la imagen de una batalla entre crisálidas y hundunes en sus apuntes de clase. La crisálida, el Tigre Blanco, está tan bien proporcionada y tiene un color tan vivo que parece imposible pensar que en su día fuera una cáscara redonda y anodina de hundun. Retratada en su Forma Heroica, su transformación superior, parece un guerrero tigre humanoide hecho de cristal suave y blanquecino. Sus piezas, que recuerdan una armadura, están bordeadas con líneas negras y verde brillante, con los colores borrosos por el movimiento mientras levanta un hacha-daga más grande que un árbol. Es una de las favoritas del ejército para las promociones y, de hecho, me siento cómoda mirándola. La pareja chico-chica conectada mentalmente a la crisálida es una Pareja Equilibrada. El riesgo de que la mente del chico consuma la de la chica y la mate una vez acabe la batalla es mínimo.

No como las pilotos en la mayoría de los casos.

Esa es la forma en la que me temía que muriera mi hermana mayor cuando mi familia la obligó a alistarse con un piloto de clase Príncipe, el segundo rango más poderoso. Pero nunca llegó a pisar el campo de batalla. El piloto la mató de la manera tradicional, de la manera física. El motivo no lo sé. A nuestra familia solo le dieron las cenizas. Llevan ochenta y un días destrozados… porque no llegaron a obtener la enorme indemnización por muerte en el campo de batalla con la que contaban.

Tiene su gracia. Se pasaron la vida cuidando a mi hermana mayor.

«¿Cuándo se va a casar Ruyi?».

«Si no se casa, ¿se alistará?».

«Vaya, ¿ha pasado Ruyi demasiado tiempo bajo el sol? Se está poniendo un poco morena».

Pero en cuanto corrió la noticia de su muerte, nadie volvió a hablar de ella. Ni siquiera me preguntaron qué hice con sus cenizas. Solo Yizhi y yo sabemos que se la llevó el riachuelo que hay junto a nosotros. Es un secreto entre él, yo y ella.

Levanto la vista hacia una crisálida de mariposa que cuelga de una rama justo detrás de Yizhi. A las crisálidas las llamaron así por las de verdad, así que, según el dicho, los pilotos se reencarnan en mariposas al morir. Si esa historia es cierta, espero que esta no sea mi hermana. Espero que se haya marchado lejos, muy lejos de aquí, a algún lugar donde no puedan alcanzarla los carcamales de la aldea, los cotillas indiscretos ni los pilotos cabrones.

Una mariposa recién nacida lleva un rato retorciéndose en la crisálida, separándose de la capa exterior. Ahora, por fin, ha rasgado la membrana. La cabeza de la mariposa aparece boca abajo y salen las antenas, contoneándose. A modo de gran final, se desembaraza de la crisálida y se abre como una flor.

Las mariposas son comunes en estos bosques, así que no es un espectáculo tan especial.

Sin embargo, cuando esta mariposa abre las alas, los dibujos no coinciden.

—¡Hala! —digo, irguiéndome.

—¿Qué pasa? —Yizhi echa un vistazo por encima del hombro.

—¡Esa mariposa tiene las alas distintas!

Yizhi también deja escapar un sonido de sorpresa, lo cual indica que no es un fenómeno típico del que yo no supiera nada por ser una campesina fronteriza. Me dice que ya ha terminado con mis cejas, y entonces levanta la tableta para sacar un vídeo ampliado de la mariposa.

Nuestra vista no nos ha engañado. Una de las alas es blanca con un punto negro, mientras que la otra es negra con un punto blanco, como el símbolo del yin y el yang. A estas mariposas se les puso el nombre que tienen precisamente por eso, pero nunca había visto una con un ala del yin y otra del yang.

—¿Cómo ha podido suceder? —digo embobada.

La sonrisa de Yizhi se hace más amplia.

—Ya sabes qué hacer cuando tienes preguntas.

—Buscarlo. Entendido. —Abro el motor de búsqueda de la tableta de Yizhi tal y como él me enseñó. No es difícil de usar, lo único que tengo que hacer es introducir las palabras clave de la pregunta, pero es irreal y sobrecogedor que, con solo teclear unas pocas veces, pueda acceder a todo el conocimiento que los académicos de las ciudades han reconstruido a partir de los crípticos manuales que los dioses dejan caer siempre que les ofrecemos suficientes tributos.

Entorno los ojos, concentrada, al empezar a leer el texto académico que me ofrece el resultado de la búsqueda. Es mucho más complicado de entender que los apuntes de clase de Yizhi, pero estoy decidida a averiguar lo que dicen por mi propia cuenta.

—Parece que tener las alas diferentes significa que una mariposa es… macho y hembra al mismo tiempo. —Relajo el gesto. Miro la frase, boquiabierta—. ¿Eso puede pasar?

—Ah, claro, el sexo biológico tiene un montón de variaciones en la naturaleza. —Yizhi gatea hasta ponerse a mi lado en la esterilla de bambú, recogiéndose las ropas para evitar que entren en contacto con la tierra gris del suelo—. Incluso hay criaturas que pueden cambiar de sexo dependiendo de lo que necesiten.

—Pero yo creía… —Parpadeo deprisa—. Creía que las hembras son hembras porque su qi primordial es yin, y que los machos son machos porque su qi primordial es yang.

El yin y el yang representan las fuerzas opuestas que dan forma y vida al universo. El yin es todo lo frío, oscuro, lento, pasivo y femenino. El yang es todo lo caliente, brillante, rápido, activo y masculino.

O eso me había dicho mi madre.

Yizhi se encoge de hombros.

—Las cosas nunca son tan rígidas, supongo. Siempre hay algo de yin en el yang, igual que siempre hay algo de yang en el yin. Está en el propio símbolo. Ahora que lo pienso, estoy bastante seguro de que hay casos de humanos que nacen como esta mariposa y no se puede determinar de qué sexo son.

Abro más los ojos.

—¿Dónde se sentarían esas personas si tuvieran que pilotar?

Todas las crisálidas tienen la misma disposición de asientos. Las chicas van en el asiento del yin, que está más bajo, mientras que los chicos van en el asiento del yang, que está colocado detrás del asiento del yin en una posición ligeramente más alta, y rodean a las chicas con los brazos.

Yizhi le da una palmadita a la esterilla de bambú. Frunce las finas cejas mientras reflexiona.

—¿En el asiento del género con el que estén más a gusto?

—¿Y eso qué quiere decir? ¿En qué punto el asiento sencillamente les deja de funcionar? —contraataco—. De todos modos, ¿qué tiene el género para que sea tan importante para el sistema? ¿Pilotar no es algo completamente mental? En ese caso, ¿por qué siempre tienen que sacrificarse las chicas por el poder?

—No… no lo sé.

Intento buscar una respuesta legítima a mi pregunta, pero me salta una ventana roja de advertencia.

AVISO: PERMISO INSUFICIENTE

RESULTADOS RESTRINGIDOS

—Ah, no puedes buscar nada relacionado con la creación de las crisálidas. No pueden permitir que haya gente creando unidades independientes. —Yizhi recupera la tableta.

Dejo que me la quite de las manos. Miro fijamente a la mariposa que tiene las alas del yin y el yang.

«Mujer». Esa etiqueta nunca me ha servido para nada que no fuera dictarme lo que puedo y lo que no puedo hacer. Nada de ir a ninguna parte sin permiso. Nada de enseñar mucha piel. Nada de hablar demasiado alto o de forma poco amable. Es más, nada de abrir la boca cuando los hombres hablan. Nada de vivir mi vida sin tener que estar pendiente a todas horas de si resulto o no agradable a la vista. Nada de tener un futuro aparte de parir hijo tras hijo para un marido, o morir en una crisálida para otorgarle a un chaval la capacidad de alcanzar la gloria.

Es como si un capullo mustio y demasiado estrecho me recubriera por completo. Si pudiera hacer lo que yo quisiera, sería como esa mariposa y haría que los mirones lo tuvieran difícil a la hora de atarme con una simple etiqueta.

—Yizhi, ¿tú crees que las chicas están naturalmente predispuestas a sacrificarse? —murmuro.

—Bueno, eso no puede ser cierto, porque tú eres una chica y jamás en la vida harías algo así.

—¡Oye! —Una risa rompe mi pesadumbre.

—¿Qué? ¿Es mentira, acaso? —dice mientras se clava las manos en las caderas y sacude las mangas.

—¡Vale, vale! No es mentira —digo, reprimiendo una sonrisa.

Entonces, la curva se desvanece de mis labios.

No viviría ni sufriría por nadie, pero sí sería capaz de morir por vengar a mi hermana.

Yizhi sonríe, ignorante.

—Aunque la verdad es que no hay nada de malo en apreciar tu propia vida. En luchar por lo que quieres. Me parece admirable.

—Guau —digo, resoplando sin mucho entusiasmo—. ¿Tan cautivadoras son mis cejas ahora?

Yizhi se ríe.

—No tengo el valor de mentirte, así que tengo que reconocerlo: estás mucho más guapa de la manera convencional. —Se le suaviza la sonrisa, y le brillan los ojos en aquella sombra moteada como estanques que reflejan la luz de las estrellas—. Aunque sigues siendo la Zetian que yo conozco. Creo que eres la chica más deslumbrante del mundo, tengas el aspecto que tengas.

Se me encoge el corazón y se me resquebraja.

No puedo hacerlo. No puedo irme sin decirle la verdad.

—Yizhi —digo con la voz tan densa como el humo.

—Lo siento, ¿te he…? Ay, no, ¿ha sonado muy raro? —Se le escapa una risita—. En una escala del uno a «hombre de mediana edad que te dice que sonriendo estás más guapa», ¿cómo de incómoda te has sentido?

—Yizhi. —Le cojo las manos como si eso pudiera prepararlo para lo que se avecina.

Guarda silencio, mirando de cerca nuestras manos entrelazadas, confuso.

Lo digo.

—Me voy a alistar como piloto concubina.

Se queda boquiabierto.

—¿Para quién?

Abro la boca, pero no puedo soltar el nombre de ese cabronazo.

—Para él.

Busca mi mirada.

—¿Para Guang Yang?

Asiento, ya sin rastro de calidez en el rostro.

—¡Zetian, mató a tu hermana!

—Por eso lo hago. —Aparto las manos de Yizhi y me saco del moño, envuelto por el trapo, una horquilla larga de madera—. Seré su concubina, hermosa y sensual. Y entonces… —tiro de la horquilla y aparece la punta afilada que tiene en el extremo— le rajaré el cuello cuando esté dormido.

cap-4

CAPÍTULO DOS

COMO EL AGUA QUE DESALOJAMOS POR LA PUERTA

Avanzo tambaleándome por los senderos montañosos con mi bastón de bambú, sola. Un entramado de sombras del bosque se arrastra sobre mí, seccionado por las cuchillas del ocaso de color escarlata. Si no llego a casa antes de que el sol se haya puesto más allá de los picos occidentales, mi familia pensará que he intentado huir de nuevo. El pueblo entero saldrá a escudriñar las montañas con linternas; los perros ladrarán. No pueden permitir que sus propias hijas crean que es posible escapar.

Las hojas húmedas se convierten en una masa crujiente bajo mis zapatos, diminutos y maltrechos, que Yizhi se ha ofrecido a reemplazar en innumerables ocasiones. Pero, por miedo a que mi familia pudiera descubrir su existencia, nunca he podido aceptar ninguno de sus regalos. Se me hace un nudo en la garganta cuando recuerdo su expresión de horror al enterarse de la misión que me he autoimpuesto, y la manera desgarrada en que ha dicho mi nombre después de que yo desapareciera en el bosque para abandonar nuestra conversación. No debería habérselo contado. Era imposible que no intentara detenerme.

Ahora, ese momento espantoso será el último que hayamos compartido.

No estoy segura de haber oído el zumbido de su aerocicleta por encima de las copas de los árboles, pero espero que se haya marchado de las montañas. No puede cambiar nada. No es mi dueño. Nadie lo es. Quizá los demás piensen que lo son, pero tanto da el número de veces que me regañen o me amenacen o me peguen; la verdad es que no pueden controlar lo que sucede dentro de mi cabeza, y creo que eso les provoca una frustración infinita.

La puesta de sol es una bruma sangrienta que se abre al final del sendero del bosque. Al liberarme de las sombras, aparecen ante mi vista las terrazas de arroz en las que crecí, laderas montañosas talladas de arriba abajo en forma de escalera que se eleva hacia el cielo. En cada piso, las zanjas en las que se recoge el agua de la lluvia para alimentar los plantones de arroz resplandecen con el reflejo del cielo abrasador. Mientras avanzo entre ellas, unas nubes febriles atraviesan a la deriva cada cuña de agua. Mi bastón chapotea sobre las plataformas de barro de color gris. De los grupos de casas enclavados en las terrazas se eleva el humo de lo que se está horneando para la cena. Las columnas se entrelazan con la niebla que, teñida de naranja por el ocaso, se arremolina alrededor de las cimas más elevadas.

Cuando tenía cinco años, durante un invierno tan frío que la piel se agrietaba y las terrazas se quedaron completamente congeladas, mi abuela me obligó a caminar descalza sobre el hielo. Después de que el frío se cristalizara en las profundidades de mi carne, poniéndola morada, echó a todos los hombres de la casa, me hizo sentar sobre el suelo de cemento escarchado y me metió los pies en una jofaina de madera que contenía sangre de cerdo hervida y un medicamento para que perdiera la sensibilidad. A continuación, dos de mis tías me sujetaron contra el suelo mientras mi abuela me partía por el medio todos los huesos de los arcos de los pies.

La fuerza del grito que brotó de mí sigue atravesando mis recuerdos como un fogonazo cuando menos lo espero, me deja siempre aturdida en medio de lo que esté haciendo.

Pero no sucede lo mismo con el dolor. El dolor no puede sorprenderme porque nunca se ha marchado. Con cada paso que doy me sube disparado por las piernas como un relámpago.

Con… cada… paso. No es que camine. No he vuelto a hacerlo desde aquel paseo ardiente sobre la terraza de arroz helada. Desde entonces, mis pies vendados son dos montículos hinchados y deformes que solo me permiten tambalearme. Ya se me han caído tres dedos a causa de unas infecciones que estuvieron a punto de quitarme también la vida y que han acabado con mi equilibrio para siempre. Los demás dedos se curvan hacia las plantas y se aferran al otro lado del pie, junto a los talones, como si intentaran introducir a presión ese lío de huesos y músculos dentro de mis piernas. Las plantas de mis pies son más pequeñas que las palmas de mis manos. Un par perfecto de pies de loto.

Eso incrementa muchísimo mi valor de mercado.

Mi familia me ha regañado hasta la saciedad por dejar que el vello de la cara me creciera sin control y por tener demasiada grasa alrededor de la cintura, pero los peores azotes e insultos a los que debo enfrentarme llegan cuando me rebelo ante la presión de los vendajes de los pies. El pelo del entrecejo se puede arrancar, el peso se puede solucionar pasando hambre, pero los pies de loto dejan de ser pies de loto cuando se les permite crecer. Y ningún hombre de familia respetable se casaría con una chica que no tenga los pies vendados.

—¡Sin ellos, seríamos iguales que los rongdi! —me gritó una vez mi abuela mientras yo chillaba y sollozaba por tener que llevar a cabo el ritual.

Se refería a las tribus que vagan por buena parte de las tierras indómitas y salvajes, y cuya estrategia para evitar a los hundunes consiste en empaquetarlo todo, cargarlo sobre el caballo y huir. Algunas se incorporaron a Huaxia cuando echamos a los hundunes de grandes zonas del territorio; otras, más alejadas, han estado colándose a través de la Gran Muralla en un goteo ligero pero persistente. Al vivir en la frontera tenemos a muchos rongdi por vecinos. Mi familia desde siempre me ha advertido que no sea como sus mujeres, que «van de aquí para allá sin moral, vergüenza ni decencia».

De pequeña solía creérmelo y me daba miedo convertirme en una de «esas mujeres». Pero, a medida que fui creciendo, me sentí más confundida al preguntarme qué tenían de malo.

Al pasar con mis andares de pato bajo un grupo de casas de una de las terrazas elevadas sobre la ladera, algunos de los hombres que trabajan en ella con el agua por las rodillas se yerguen de golpe y se me comen con los ojos. No se atreverán a venir tras de mí —aquí todo el mundo se conoce—, pero nunca fallan a la hora de dejar claros sus deseos.

Veréis, cuando las hijas de la frontera con un aspecto mínimamente decente se alistan como piloto concubina o son vendidas a algún hombre rico de la ciudad, los hombres de la frontera comienzan a tener serios problemas para encontrar esposas que les den hijos. El precio de las novias se ha puesto por las nubes, son decenas de miles de yuanes, es imposible que las familias de aquí se lo puedan permitir…, a menos que alisten a sus propias hijas o se las vendan a los hombres ricos de la ciudad.

Es un ciclo caótico que no tiene visos de acabarse a corto plazo. Nadie se queda en la frontera a menos que se vea obligado a ello. El único motivo por el que la mayoría de nosotros estamos aquí es que nuestro hogar ancestral y original, la provincia de Zhou, cayó ante los hundunes hace doscientos veintiún años.

Les dirijo a los hombres mi mirada más amenazadora. Las charcas de las terrazas resplandecen como cobre fundido bajo el ocaso: en mi fantasía el calor que crece en ellas es tan real que hierve vivos a los hombres.

Entonces se me rompe el bastón, y me tambaleo.

La gravedad. Es uno de los primeros conceptos científicos que aprendí de Yizhi. Me dirige hacia el sendero de barro y estoy a punto de caer en un arrozal. Me rasco la palma de la mano contra una abolladura afilada dentro del barro. La sustancia fría y densa me golpea la nariz y la mejilla.

Me impulso con los dos brazos. Me cae porquería gris del rostro sonrosado y me mancha la túnica. Me preparo para oír las risotadas.

No llegan.

En su lugar, los hombres cruzan las terrazas chapoteando, dan voces excitados, se reúnen alrededor de alguien que sostiene una tableta.

Un temblor provoca olas en la superficie de mi confusión.

Un temblor en el agua de la terraza, concretamente.

Se me traba la respiración. Unas vibraciones inconfundibles atraviesan el suelo, agitan el agua.

Al otro lado de la frontera está a punto de comenzar el combate entre un hundun y una crisálida.

Pego la oreja al suelo sin que me importe ensuciarme más ni que se moje el trapo con el que me he atado el pelo. La Gran Muralla se encuentra solo a unas pocas montañas de distancia. Los días claros podemos ver los picos polvorientos y sin vida, ya que las crisálidas allí estacionadas han absorbido todo su qi.

Los hombres deben de estar viendo una transmisión en directo y apostando sobre el número de puntos de batalla que conseguirá cada uno de los pilotos. Pero notar la fuerza física de las crisálidas a través del planeta resulta mucho más crudo y visceral.

Menudo poder.

Aunque tengo la garganta seca, la boca se me ha llenado de saliva. Cierro los ojos y me imagino tomando el control de una crisálida, elevándome sobre los edificios y golpeando la tierra con mis extremidades colosales o mis estallidos luminosos de qi. Podría aplastar a todos aquellos que alguna vez han intentado aplastarme a mí. Podría liberar a todas las chicas a las que les gustaría escapar.

Los vítores de alegría que lanzan los hombres resquebrajan mi ensoñación.

Sacudo la cabeza. Algunas motas de suciedad salen volando y me caen sobre las mangas. Me arrastro hasta ponerme de rodillas, cubierta de mugre, y me quedo mirando el bastón roto.

La verdad es que debería dejarme de delirios.

No sé si mi padre considerará que he llegado a casa antes de que comenzara mi toque de queda. Los últimos rayos de sol cubren nuestra fortaleza entre las montañas con un halo azul y fantasmal, dibujan su silueta y las transforman en sombras colosales con un parecido siniestro a los hundunes.

—¿Dónde has estado? —pregunta mi madre entre dientes a través de los barrotes de la ventana de la cocina, adosada a uno de los laterales de la casa.

Su voz es tan débil como el suspiro del vapor que brota del enorme wok de gachas que está revolviendo. Mi abuela está sentada en un taburete a su espalda, escamando un luoyu, un pez alado de las aguas de las terrazas. La luz procedente del hogar refulge en sus rostros curtidos, como si estuvieran atrapadas dentro de una mazmorra en llamas.

—Estaba en el bosque. —Le paso a mi madre un morral lleno de hierbas y raíces de almidón a través de la ventana. Ese es el motivo por el que paso tanto tiempo en el bosque, y por el que me encontré con Yizhi por primera vez.

—¿Qué te ha pasado? —Mi madre deja el morral sobre un estante de madera sin apartar la mirada de mi aspecto mugriento. Algunos cabellos de color gris se han soltado del trapo desleído que lleva anudado a la cabeza, y ondean bajo las oleadas visibles de calor.

—Me he caído. Se me ha roto el bastón. —Continúo avanzando de manera indecisa sobre la pasarela de piedra que resigue la hilera de casas. Piso con cuidado, intentando no desplomarme sobre el techo de tejas de nuestros vecinos del nivel inferior.

—Tienes suerte de que haya comenzado un combate. —Mi madre lanza una mirada hacia la entrada principal de la casa, en lo alto. Sus ojos cobran un brillo anaranjado por las llamas que chisporrotean en el hogar—. Ve, rápido. No dejes que tu padre te vea de esta manera.

—Ya.

—Y mañana restriega esa ropa hasta que quede limpia. No puedes tener ese aspecto cuando llegue el ejército.

Lo dice de una forma casual, pero me siento como si un cuchillo me atravesara el pecho. Es posible que no tenga la menor idea acerca de mis verdaderas intenciones, pero debe de estar al tanto de que, pase lo que pase, al alistarme estaré firmando mi sentencia de muerte.

Debe de recordar cómo acabaron las cosas con mi hermana mayor.

¿O no? A veces, a mi madre se le da tan bien fingir que no pasa nada que me asusta y me hace sospechar que soy yo la que tiene la cabeza llena de recuerdos falsos.

—Estoy segura de que me darán una ropa mejor. —Miro fijamente las barras de luz titilante que la ventana de la cocina proyecta hacia el exterior.

—Pero de todos modos tienes que estar presentable.

Dejo de avanzar y giro la cintura para mirarla directamente a los ojos.

Mis planes de asesinato vienen acompañados de una consecuencia enorme que he hecho todo lo posible por ignorar: matar a un Noble de Hierro, un piloto con una presión espiritual máxima de más de dos mil —cuando la media humana es de ochenta y cuatro—, implicaría a tres generaciones de mi familia. Mi madre; mi padre; mi hermano Dalang, de diecisiete años; mis abuelos; mis tías; mis tíos. Todos ellos serían ejecutados conmigo. Porque los pilotos como Guang Yang son demasiado importantes para el esfuerzo de guerra.

«Dame una sola razón para protegeros. —Miro embobada a mi madre—. Detenme».

Solo necesito una señal para saber que son merecedores de mi piedad. Una señal de que valoran mi vida tanto como se supone que yo debo valorar las suyas.

Puesto que ya no tiene sentido guardarme nada, suelto en voz alta mi pensamiento más ardiente.

—¿De verdad te preocupa más que tenga un aspecto presentable que me vaya a la guerra?

El fuego chisporrotea y restalla junto a mi madre. Me mira con los ojos entornados a través del humo y del vapor aromático. Entonces una sonrisa se abre en su rostro como una flor silvestre en medio de un páramo en llamas.

—Tus cejas…, me has hecho caso. Estás muy guapa.

Giro el cuello de golpe y continúo avanzando con dificultad, sin importarme que cada paso me haga sentir como si estuviera pisando un cable de alta tensión.

Es como si ni siquiera hubiera oído lo que le he dicho.

Los farolillos eléctricos parpadean por todo el pueblo e iluminan las ventanas como los ojos brillantes que tienen las crisálidas, pero no los hundunes. La brisa recorre las terrazas de arroz, hace que el olor almizcleño de los juncos se enrede en el aroma a asado de nuestras humildes cenas.

Por la puerta doble de la entrada principal de mi casa se derrama una luz de color trigueño. Los gritos metálicos del comentarista del combate perforan la noche que cae, brotan a todo volumen de la tableta que el Gobierno de Huaxia le ha concedido a mi familia (aunque, por supuesto, solo los hombres pueden usarla con libertad). Mi abuelo, mi padre y mi hermano la han apoyado sobre la mesa del comedor, ennegrecida por la grasa. Frente a la pantalla, sus ojos saltones reflejan los colores como destellos del choque entre los hundunes y las crisálidas.

Aprovecho la oportunidad para entrar en la casa y me dirijo apresuradamente hacia la habitación que me obligan a compartir con mis abuelos desde la segunda vez que intenté fugarme durante la noche, hace años.

—… ¡y aquí llega el Pájaro Bermellón!

Me detengo de golpe, estoy a punto de caer al suelo. Se me ha helado la sangre.

Oh, esa unidad no…

Incluso una familia tan obsesionada con las crisálidas como la mía, que suele vitorear a todas las unidades de nombre importante, se ha sumido en un silencio incómodo. Nadie quiere reconocer que el Pájaro Bermellón es la crisálida más poderosa que existe ahora mismo en Huaxia. Con más de cincuenta metros de altura en su forma estándar, es el único modelo de la clase Monarca que tenemos. Pero la pilota Shimin Li, el Demonio de Hierro, un preso del corredor de la muerte medio rongdi que asesinó a su propio padre y a sus dos hermanos cuando tenía solo dieciséis años. Ahora tiene diecinueve. Su ejecución se ha pospuesto de manera indefinida solo por su inusual nivel de presión espiritual, el más alto de los últimos dos siglos.

Aunque las pilotos concubina siempre corren el peligro de morir durante la batalla, solo a su lado la muerte se convierte en una certeza.

Nadie ha sobrevivido a una misión junto a él.

Una chica está a punto de morir.

—¡Eh!

Mi padre me sobresalta y hace que abandone mis pensamientos. Pego un bote y me sujeto a las paredes de madera.

Al apartar la silla, esta chirría sobre el suelo de cemento. Se pone en pie, las sombras le cruzan las arrugas de la frente.

—¿Por qué estás tan sucia?

Bajo el comienzo del trapo que me cubre el pelo se acumulan gotas de sudor helado.

—Me he caído en las terrazas.

Por una vez, no he dicho una mentira.

El choque entre metal espiritual y qi suena con estrépito en la transmisión en directo. Mi abuelo y mi hermano siguen pendientes de ella, como si no pasara nada malo. Mi padre los rodea y avanza despacio hacia mí. El rodete, patéticamente suelto a causa de la pérdida de cabello, le tiembla sobre la cabeza.

—Más te vale no haber estado tonteando con ningún chico.

—Pues claro que no —digo, retrocediendo, y golpeo con el hombro la puerta de la habitación de mis abuelos.

Es una mentira a medias. Solo he estado rompiéndole el corazón a uno.

Mi padre se acerca amenazadoramente. Su figura se cierne sobre mí y paso a verla doble.

—Más te vale pasar la prueba de la virginidad cuando…

La palabra es como una descarga que me lleva a olvidar que debo tenerle miedo.

—¡Por última vez, nunc

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