Susie Page y las herederas

Mariano Margarit

Fragmento

Susie Page y las herederas
La mochila

Susie Page volvía del colegio. Caminaba por la Calle 32 arrastrando una indiferencia tan larga como su silencio. Aquel suburbio calmo, repleto de techos rojos y jardines floridos, que hubiera enamorado a cualquier niña de doce años, no era para Susie más que una estúpida postal colorida que le escupía en el rostro una felicidad olvidada.

Hacía cuatro meses que se habían mudado con su abuela Bety a Villa Calma, luego de dejar atrás Puerto Madison, que a su vez dejó atrás Colinas Rojas, que a su vez dejó atrás Silver Lake, que a su vez dejó atrás…

Después del accidente, del fatal incendio en que murió su madre Marie Anne, Susie quedó al cuidado de su abuela Bety. La primera mudanza ocurrió la semana siguiente al incendio. Susie, aunque entonces tenía solo seis años, alcanzó a comprender que su abuela no podía seguir viviendo en una casa que olía a humo y dolor. En la mudanza posterior, intuyó que se debía a que el pueblo era algo pequeño y tosco. Las siguientes escaparon por completo a su entendimiento, y Susie se resignó a aceptar en silencio cada vez que la abuela la despertaba con las mismas inexplicables y odiosas palabras:

—Susie, querida, lo siento mucho, pero debemos mudarnos.

Había gastado los últimos seis años yendo de país en país, de ciudad en ciudad, de colegio en colegio, conociendo y olvidando lugares y personas, esquivando en cada nuevo sitio la posibilidad de una amistad.

En verdad, ni siquiera sabía qué significaba esa palabra.

Susie era baja, de contextura menuda. Unos distraídos rizos marrones enmarcaban su cara redonda y acariciaban sus hombros. Sus ojos eran grandes pero su color café no brillaba como en otros tiempos.

Si alguien la hubiera visto esa tarde, caminando por la Calle 32, habría encontrado una muchacha cabizbaja, de mirada apagada y hombros vencidos por la tristeza. Aquella Susie Page era una imagen crecida y opaca de la que alguna vez fue. Un cuadro mal pintado por la distancia, la soledad y un dolor que se negaba a callar.

Si bien los recuerdos se volvían cada día más grises, Susie aún se aferraba a los colores de su casa natal. Algunas noches, antes de irse a dormir, Susie cerraba los ojos y se esforzaba por recordar, hasta el punto de que el recuerdo, la imaginación y el deseo se confundían. Sin embargo, en sus párpados, despertaba en aquella hermosa cabaña perdida en el bosque, rodeada de la naturaleza y de su melodía. Y en ocasiones, algún pájaro cómplice, sabiendo que Susie soñaba, volaba a su ventana llevándole aquel canto lejano, y el viento silbaba en los faros de Villa Calma para simularle los pinos.

Susie recordaba, y el fuego del hogar dibujaba unas sombras movedizas. Allí estaba su madre, Marie Anne, recostada en el sofá, cubierta con una manta, leyendo uno de sus gruesos libros. Era una mujer alta, de pelo rubio y ondulado. Tenía unas manos nacidas para la caricia y una sonrisa cálida. Y sus ojos color miel hacían de cada mirada un refugio. Susie siempre la recordaba leyendo, al pie del hogar.

—Ven, escucha este pasaje —decía Marie Anne, y Susie corría a sentarse a su lado. Allí su madre la envolvía en palabras leídas con tanta pasión que la arrastraba a cualquier mundo, a cualquier tiempo.

Entonces, la puerta se abría de golpe y entraba su padre Gabriel, con una sonrisa que desconocía el miedo. Llevaba una caña de pescar y un balde con la cena que le regalaba un arroyo vecino. Gabriel era alto, de pelo negro y barba tupida. Y jamás prestaba atención a los gritos de la abuela Bety, que rogaban que se sacara las botas embarradas antes de entrar. Gabriel prefería el barro y el abrazo. Adoraba correr a abrazar a Susie y a besar a Marie Anne, y nada lo hacía más feliz que encontrarlas a las dos en el sofá, porque podía amarlas al mismo tiempo.

La abuela Bety tenía en aquel tiempo unos setenta años. Era de baja estatura, algo regordeta en las caderas, y llevaba una orgullosa cabellera plateada:

—Cada cana es un recuerdo —decía.

Cuando reía, dos hermosos hoyuelos florecían en sus mejillas. Susie los había heredado de ella. Bety preparaba unas cenas exquisitas, que todos saboreaban alrededor de una mesa redonda, donde el pan y las historias se guiñaban un ojo.

Luego de la cena, su padre iba al taller detrás del garaje, a trabajar vaya a saber en qué nuevo invento. Su madre, sin pausa ni apuro, volvía al sofá, en compañía de sus libros eternos. Y Susie, simplemente, la observaba en silencio y se enamoraba del brillo de esa mirada que se fundía en las letras.

Susie nunca descubrió si había heredado el amor por la lectura de su madre o de las increíbles historias que su abuela Bety le contaba mientras la arropaba para dormir. Tenía una forma tan maravillosa de relatarlas que parecían reales.

—¿Te he contado la historia de las plantas que bailan? —le preguntaba mientras acomodaba las frazadas.

—¡No! —gritaba Susie, apoyando su cabeza en la almohada.

—¿Y el cuento de las abejas que zumban notas musicales?

—¡No! ¡No! —y la ansiedad espantaba al sueño.

—¿Y la taza de té con leche que nunca se acaba, que siempre está llena? ¿Esa la sabes?

—¡No, nunca la escuché, cuéntamela, por favor!

En verdad, Susie había escuchado todas esas historias cientos de veces, pero Bety hacía bailar las palabras de un modo tan hermoso, tan real, que nunca se cansaba de oírlas. Y aunque jamás se animó a confesarlo, Susie estaba segura de haber escuchado a unas abejas en el bosque silbando un feliz cumpleaños cuando cumplió los cinco.

Pero toda esa fantasía quedó atada en el pasado junto con sus recuerdos felices. Aquella magia se perdió en la primera mudanza. Y luego ni Susie ni Bety supieron dónde buscarla. Todo se lo había devorado el fuego, la tragedia. Aquella felicidad se volvió humo, y el humo, olvido. Su abuela, ahogada por ese mismo dolor, jamás le volvió a contar una sola historia. Y aunque Susie, seis años después, aún se acostaba con la ilusión de alguna fantasía, Bety se limitaba a besarla en la frente con ternura y silencio.

Todo cambió después del accidente.

Susie, aquella tarde, caminaba a su casa por un barrio hermoso, pero completamente ajeno. Y mirarlo con cierto desprecio le permitía distraerse de esos recuerdos amargos que le hacían doler una parte del pecho que desconocía. Para Susie, todas las casas eran iguales, todos los jardines duplicaban flores. Todo estaba perfectamente conjugado y era idénticamente insulso. Para Susie, Villa Calma sabía a cena sin postre.

Lo único que atraía su mirada, y hasta podría decirse que le robaba alguna sonrisa, eran esos hermosos faroles antiguos que poblaban las veredas. Era imposible que no le gustaran. Parecían sacados de una película. Había cincuenta y cuatro faroles a lo largo del camino desde el colegio hasta su casa. Los tenía contados. Esa tarde iba por el treinta y dos cuando sobre uno de ellos observó una pequeña y graciosa ardilla. Nunca había visto un animal de esa especie en Villa Calma. De pronto, el roedor le devolvió la mirada. Susie le sonrió, y la ardilla, como toda ardilla, no hizo nada. Se limitó a moverse como lo hacen esos pequeños animales, con rapidez, de un lado al otro, como si estuvieran ansiosos por abrir un regalo. El farol estaba encendido, desafiando al sol que brillaba en lo alto. Quizás la luz había despertado la curiosidad de la simpática ardilla, que parecía haber trepado sin ninguna dificultad. Susie miró hacia atrás. El resto de los faroles, obviamente, estaban apagados. Seguro se debía a una falla técnica.

Como sacudida por el viento, Susie volvió la vista al frente. Recordó el peso que cargaba en su mochila, y la sonrisa se fugó en un respiro. Apuró el paso.

Ese movimiento brusco arrastró al roedor, que saltó y corrió tras ella. Cuando sus pequeñas patas tocaron el suelo, el farol recobró su cordura y se apagó.

La abuela Bety la estaba esperando en casa. Había preparado una gran merienda para dos: para Susie y para la tristeza que entraría detrás de ella. Bety se desvivía por animarla cada vez que se mudaban a un pueblo nuevo, pero no siempre lo lograba. Y no podía evitar sentirse culpable por cortarle las raíces en cada nueva estación.

Ese mismo año, y pese a la constante negativa de Susie, la abuela insistió en hacerle una fiesta de cumpleaños, suponiendo que sería una linda excusa para hacer amistades con sus nuevos compañeros del colegio. Horneó sus exquisitas galletas de manteca durante tres días. Cuando llegó la fecha, había preparado suficiente comida no solo para el curso de Susie, sino para todos los alumnos y profesores del colegio. Adornó la casa con guirnaldas e infló tantos globos que en varias ocasiones el mareo la empujó al sofá. Susie se limitó a colgarlos con desgano donde la abuela le indicaba.

—¡Vamos, Susie, será una fiesta hermosa! —alentó Bety.

—No quiero una fiesta. ¡Quiero un perro! —respondió Susie mientras un globo se despegaba de la chimenea.

Susie no siempre había odiado los festejos. Por el contrario, cuando vivía en la cabaña del bosque, ninguna fecha era más esperada que las navidades y los cumpleaños. Su madre y su padre siempre le armaban juegos donde cada victoria conquistaba un regalo. Adivinanzas, búsqueda del tesoro, acertijos. Una vez tuvo que escalar un pino de tres metros para que una pista en un papel doblado le señalara la orilla del arroyo. La ansiedad le ganó al frío y Susie olvidó ponerse las botas de goma. Los pies se le helaron en cuanto halló la pista siguiente debajo de una roca. La abuela Bety puso el grito en el cielo, pero Gabriel y Marie Anne rieron por horas de aquel atropello. Susie disfrutaba más de aquellos juegos que de los regalos mismos. No recordaba días más felices.

Sin embargo, la primera navidad después del fatal incendio, su padre Gabriel llegó a esa nueva casa extraña con una bolsa arrugada, y le regaló una muñeca envuelta en un papel opaco. Apenas inventó una adivinanza antes de dárselo. Para su cumpleaños, la llevó al pueblo a comprar algo de ropa mientras él la esperaba en un bar. La navidad siguiente se volvió un lunes cualquiera con olor a cerveza. Hasta el abandono final.

Gabriel se fue con sus regalos y jamás volvió. Susie preguntó y Bety no supo responder. Y esa se volvió la adivinanza más terrible. Pero no hubo pistas sobre los pinos ni bajo las rocas. Solo mudanzas cada vez más intensas y de a dos.

La tarde del cumpleaños de Susie, Bety miró el reloj preocupada. Habían pasado ya diez minutos de la hora citada y nadie se había hecho presente. Susie se asomó a la ventana.

—¿A qué hora has invitado a tus compañeros? —preguntó Bety con un hilo de voz. Susie no respondió.

Las galletas comenzaron a enfriarse, y la aguja del reloj dio media vuelta a su ronda. Susie abandonó la ventana y caminó a la mesa. Tomó dos galletas y un vaso de jugo. Subió corriendo las escaleras, entró a su cuarto y cerró la puerta. Se arrojó en la cama y se puso a leer una novela que había empezado dos días atrás y que estaba a punto de terminar. Esa rapidez en la lectura también la había heredado de su madre.

Diez minutos más tarde, el sonido de su abuela levantando los platos confirmaba el fracaso. Nada más mudo que el silencio de una fiesta que no fue.

Sus ojos húmedos interrumpieron la lectura.

Susie y el peso de su mochila doblaron en la Calle 20 con el mismo paso apurado. Su casa estaba a doscientos metros, y había que esforzarse para no confundirla con la que se ubicaba a su izquierda. O a su derecha. O enfrente. Apenas el color las distinguía a una de otra. Todas las viviendas del barrio tenían un idéntico pórtico de madera en la entrada y un amplio jardín delantero. La casa de Susie, sin embargo, se diferenciaba por un roble gigante que crecía en medio del parque. Aquel árbol era el habitante más antiguo de Villa Calma, y tenía tantas anécdotas para contar como secretos callaba. Y era tan inmenso que nadie sabía si el árbol pertenecía a la casa o la casa al árbol.

Susie no hablaba con sus vecinos. La mayoría eran completos desconocidos, y había aprendido a no encariñarse con ninguno. Las pocas veces que lo había hecho, un camión de mudanzas la despertaba, y adiós. Sin embargo, cuando llegó a Villa Calma no pudo evitar sentir cierta simpatía por la vecina de enfrente. La señora Bellini era una mujer de unos cincuenta años, pero tenía la figura de una joven de veinte, que defendía a capa y espada sobre un escalador instalado en el living de su casa. Era alta y se vestía con ropas extravagantes, coloridas y ajustadas. Sin embargo, había algo en su risa torpe, su pelo abultado, sus largas uñas postizas y su mirada curiosa que la hacía querible. Era la única persona de todo el barrio a la que Susie devolvía una sonrisa. Le hacía gracia verla arreglar las flores de su jardín en sus zapatos de tacón.

—¡Hola, Susie! —saludó Bellini mientras regaba.

Susie apenas le devolvió una mirada de reojo. Bellini frunció el ceño. Si bien la niña no le parecía un canto a la vida, nunca la había tratado con tanta antipatía.

—¿Te encuentras bien? —preguntó cuando pasaba frente a ella.

Susie la ignoró, pero respondieron la mochila y su carga, que no se medía en kilos sino en letras. Bellini alcanzó a leer la causa del silencio: mal pintada, con trazos fuertes que acusaban apuro o ira, se podía leer la palabra «idiota».

La mujer buscó algún consuelo y se perdió en sus dudas. Y cuando por fin concibió algo inteligente, se distrajo con una pequeña ardilla que subía a toda velocidad al farol ubicado frente a la casa de Susie. Creyó ver la bombilla encendiéndose en cuanto el animal se posó sobre el farol. De inmediato, dedujo se trataba de otro de los tantos desperfectos que el alcalde Paterson no pensaba resolver.

«¡Con lo que pago de impuestos!», se quejó.

Susie alcanzó el sendero de piedras blancas que partía en dos el jardín delantero. Corrió los últimos metros. El barrio era tan tranquilo y seguro que nadie trababa las puertas. No obstante, Susie tardó en sacar las llaves de su bolsillo y abrir la única puerta desconfiada de todo Villa Calma.

—¡Hola, corazón! —gritó la abuela desde la cocina, al final de la enorme sala. Las galletas recién salidas del horno perfumaban la casa con olor a primavera—. ¿Cómo te ha ido en el colegio?

—Como siempre —respondió Susie, y corrió directo a las escaleras. La abuela arqueó sus cejas.

—¡Preparé unas galletas para la merienda!

—Gracias, ahora no quiero. —Susie ya estaba en la planta alta.

Bety apoyó la bandeja en la mesa, se sacó los guantes, y la puerta de la habitación clausuró el saludo de un golpe. Susie jamás se quejaba de nada; sin embargo, Bety no precisaba de relatos ni testigos para intuir el acoso escolar. Todo estaba dicho en esa forma de subir la escalera. El golpe de la puerta solo era el signo de admiración que faltaba a su denuncia.

«Tengo que llamar al director Spencer», pensó Bety. Tras una pausa, se corrigió: «Al inútil del director Spencer».

La abuela había puesto más dedicación en escoger el colegio de Susie que en la ciudad misma. Habló con vecinos, leyó varios periódicos, buscó recomendaciones, y todos los dedos señalaron hacia un mismo lugar: la Schola Fortiorum et Sapientiorum.

—¡Bienvenida a la escuela de los más fuertes y más sabios! —la había recibido Spencer.

Bety descubriría pronto que a semejante declamación le sobraba un adjetivo.

Su imponente frente de ladrillos rojos y sus ventanas altas de vidrios repartidos confirmaban su categoría y antigüedad. Tenía solo dos plantas, pero su altura era tan exagerada que valía por muchas más. En el frente, una escalinata ancha y gastada por pisadas de años conducía a un arco de mármol sostenido por columnas. Su soberbia puerta se abría por las mañanas para recibir al futuro y se cerraba por las tardes para no dejar escapar al pasado. Cruzarla exigía silencio. Dentro, los pasillos eran anchos, fríos, de techo abovedado, y se respiraba un sutil olor a madera que exhalaban los oscuros paneles de roble que cubrían las paredes. Las aulas eran grandes, luminosas, y sus pupitres tenían una dignidad añeja.

Cuando Bety caminó por primera vez aquel edificio que desbordaba años y solemnidad, no supo distinguir si se encontraba en un colegio o en un castillo antiguo. Y quizás fue esa misma confusión la que empujó la elección. Pero no tardaría en descubrir que, si la Schola tenía algo de castillo, su director apenas alcazaba el rango de bufón.

Pocos días después del fallido cumpleaños, Bety solicitó una entrevista con Spencer.

—No ha venido nadie, señor —señaló, sentada en un despacho que olía a cuero—. Me parece que usted podría conversar con sus compañeros…

—Veré qué puedo hacer, señora —interrumpió el hombre sin despegar la vista del papeleo que tenía en su escritorio—. Igualmente, aquí estamos para educar y enseñar. No somos organizadores de fiestas infantiles.

«Este hombre es un inútil», pensó Bety en ese preciso momento.

Ahora lo confirmaba escalón tras escalón en la carrera de su nieta a la habitación.

Susie descargó en la puerta una furia que llevaba otro rostro. Respiró profundo, se descolgó la mochila y arrojó todos sus útiles sobre la cama. Lápices, carpetas y libros se desparramaron sobre las sábanas como hojas en otoño. La palabra mal pintada no cayó.

«Idiota».

Sus manos estrujaron la mochila, sus labios oprimieron el llanto. Todo terminó hecho un bollo en el cesto de papeles. La mochila, el insulto y el dolor.

«¿Será cierto?», pensó, y aquellas palabras hicieron nido en su alma.

Se echó sobre la cama. Los recuerdos de esa mañana emergieron al instante.

—¡Tienes una hermosa mochila! —dijo Linda con una sonrisa hipócrita.

Linda Paterson era injustamente la chica más linda del curso. Era rubia y tenía unos ojos esmeralda capaces de hipnotizar a cualquiera. Parecía una muñeca de porcelana, si es que en verdad no lo era. Su nombre, indudablemente, le hacía honor a su figura. Pero la belleza que sobraba en la piel escaseaba en el alma.

Linda era la hija del alcalde de Villa Calma, y ella misma se sentía la alcaldesa del colegio. O peor aún, la reina. Su padre jamás le había negado un capricho.

—Recuerda, hija: nadie hay mejor que tú —la despedía cada mañana en la puerta de su mansión, cuando partía al colegio—. Nadie mejor que un Paterson.

Y Linda se lo había creído.

—¿Me dejas ver tu mochila? —insistió aquella mañana.

Si había una persona a quien Susie jamás hubiera querido entregarle sus cosas era precisamente a Linda Paterson. Y no por prejuicio, sino por experiencia. Linda orquestaba y dirigía todas las humillaciones que padecía. Ordenaba desde su trono, y todos obedecían.

—Es nueva, me la regaló mi abuela —titubeó Susie.

—Por eso mismo. Nunca vi una así —respondió Linda con una astucia calculada.

Las excusas de Susie se perdieron en el par de esmeraldas frías que la miraban desafiante. Dejó caer sus hombros y entregó su mochila. Linda la miró con admiración, y por primera vez Susie abrazó cierto optimismo.

—¡Es hermosa! —La sonrisa de Linda fue tan falsa que Susie no llegó a descifrarla—. ¿No es cierto, chicas? —La mueca se replicó en otros rostros—. ¡Mírenla!

La presa pasó al pupitre de atrás, y otra compañera fingió la misma admiración. Los brazos de Susie se estiraron en un reclamo mudo, pero el regalo de su abuela ya había pasado a otras manos falsas y disimuladas. Y a otras. Y a otras…

—¿Dónde la has comprado? —preguntó Linda para distraerla—. Estaba de oferta seguramente, ¿no? ¿La has conseguido en la parroquia del pueblo? Allí solemos dejar nuestras donaciones para los pobres. —Frunció su nariz al pronunciar esa última palabra—. ¡Quizás allí puedas conseguir algo de ropa también!

Cuando Susie alzó la vista, la mochila se había perdido en la marea de manos y risas.

—¡Buenos días! ¡Todos a sus asientos! —saludó un profesor, entrando al aula a paso firme.

Todos se sentaron rápidamente en sus lugares. Susie tardó en ocupar el suyo, buscando lo invisible. Llegó a su asiento sin nada y con pena.

—¡Mi nombre es Lambert y soy el nuevo profesor de Literatura! —continuó el sujeto—. ¡Seré quien les enseñe el bellísimo arte de las letras! El docente anterior se ha tomado una licencia.

Lambert tenía unos cuarenta años. Era alto, flaco y desgarbado, y su pelo competía con su barba por ver cuál lucía más revuelto. Tenía una nariz ancha, y sus anteojos redondos y grandes reflejaban unos ojos igual de grandes y redondos. La mirada y el cristal compartían la transparencia. No hacía falta que Lambert sonriera para revelar su entusiasmo. Su sonrisa brillaba siempre en sus ojos.

Pero si hubo algo del profesor que atrajo todas las miradas no fue su alegría ni sus modos, sino su horrible corbata. Era tan ridículamente ancha que sus rayas coloridas se agotaban de viajar de un extremo a otro. Desentonaba por completo con su traje marrón aunque, a decir verdad, no existía vestimenta que no se avergonzara al lado de semejante corbata. A pesar de ello, Lambert la llevaba bien ceñida al cuello con orgullo.

Para Susie aquellos colores, de pronto, fueron los únicos que merecieron su atención. Encontraba cierta honestidad en esa forma de vestir.

Lambert era el tipo de sujeto que todos desearían tener como tío. O como profesor de Literatura. Y estaba allí precisamente para eso, para derramar su amor por las letras.

Un par de risas escondidas y movimientos sutiles en el fondo del aula alertaron a Lambert. Advirtió que Susie era la única que no tenía nada sobre su pupitre y se figuró un olvido. El profesor ya había decidido prestarle sus propios útiles cuando Susie sintió un dedo en su hombro y se dio vuelta.

—¡Aquí están tus cosas! —sonrió Linda.

Susie tomó su mochila como si se tratara de un rescate. Fue a sacar su carpeta cuando el insulto mal pintado ardió en sus ojos. Lo cubrió con sus manos, y ahora el insulto le quemaba en la piel. Miró alrededor y encontró risas e indiferencia. Solo algunos rostros callaban, demasiado humanos para festejar el acoso, demasiado cobardes para inventar un auxilio. Quizás estos últimos fueron los que más le dolieron. Rostros que con su silencio lustraban el trono de la reina Paterson.

Por fin miró a Lambert, que se rascaba la cabeza sin alcanzar a comprender qué estaba sucediendo. Susie reaccionó rápidamente. Primero dio vuelta su mochila. Luego la escondió debajo de la silla para que el profesor no la viera. Para que nadie la viera. Para no verla ella misma.

Apenas la había usado un día.

Susie Page y las herederas
El Cofre

La abuela llegó a la puerta de la habitación de Susie.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó mientras apoyaba su oreja en la puerta.

—Sí —mintió Susie.

Bety no escuchó gritos ni llantos. Solo un silencio asfixiante.

De todas las veces que Susie había subido la escalera perseguida por su ira y su tristeza, en ninguna encontró sitio para expresar su rabia. La última vez que una lágrima rodó por su mejilla fue luego del fatal accidente en que perdió a su madre. Aquella vez Susie lloró una noche entera, sin más pausa que para respirar. La abuela temió que su nieta se volviera agua y se perdiera entre sus brazos, como su hija se había vuelto fuego y se había perdido entre el humo. Pero aquella fue la última vez que el dolor le arrancó a Susie un llanto. Con la muerte de su madre se secaron sus ojos.

—¿Te han dado mucha tarea? —Bety intentó una conversación.

Susie se incorporó en la cama con fastidio. Si bien comprendía las intenciones de su abuela, en ese momento prefería la compañía muda de sus libros.

—No —respondió—. Tengo que escribir un texto, nada más… ¿No estabas haciendo galletas?

—¿Qué texto?

—Una historia… Inventar un personaje —divagó Susie, y entre cada frase resoplaba su molestia.

—¡Ah! ¡Pero qué interesante! —La abuela y su oreja no se despegaban de la puerta—. ¿Y qué tipo de historia tienes que escribir?

Susie se puso de pie y, entendiendo que la abuela no se iba a rendir tan fácilmente, apuró la explicación. En cada palabra se acercaba a la puerta, esperando que su voz empujara a la abuela otra vez a la cocina.

—Hoy llegó un nuevo profesor de Literatura. Nos enseñó la estructura de los cuentos y nos pidió que inventemos un personaje. Después tenemos que escribir una historia que lo incluya. Y hay que llevarlo escrito para mañana. Va con nota. —Solo la madera separaba la boca y la oreja—. ¡¿Contenta?!

La abuela se alejó de la puerta, y Susie registró la desubicación de sus modos.

—Es… un profesor… muy bueno —agregó Susie con tono amable, mientras sus ojos arrugados rogaban que la abuela olvidara el destrato.

Bety meneó la cabeza y no quiso sumar penas.

—Me alegro, querida —dijo, acercándose nuevamente a la puerta—. Parece una tarea divertida…

—Lo es.

—¡Si precisas ayuda, me avisas!

—¡Gracias, abuela!

Ambas se alejaron, volviendo sobre sus pasos. Susie hacia la cama y el libro. Bety hacia las galletas y las dudas. Pero una de esas dudas se le enredó en los pies y la detuvo en el medio del pasillo.

—¿Y cómo se llama este profesor nuevo?

Susie resopló, pero la puerta guardó el secreto.

—¡¡No recuerdo bien!! Lasder, Lember, Laster…

—¡¿Lambert?!

Susie frunció el ceño. Estuvo a un paso de abrir la puerta.

—¿Lo conoces?

—No, no… —titubeó Bety—. El nombre me llamó la atención, nada más. —Aclaró la voz y escapó al asunto—. Cuando tengas un segundo podrías darme una mano en la cocina.

—Bueno —fingió Susie una voluntad que no tenía.

—Sobró algo de masa —continuó la abuela, olvidando el desgano que había percibido—. Puedes ayudarme a cortar unas galletas. —Bety caminó hacia la escalera, secándose la frente. —¿Puedes subir al altillo y bajarme los moldes de corte de metal? ¡No los he usado desde la mudanza!

Susie no respondió, y la abuela tomó el silencio como una afirmación.

«¿Lambert?», se preguntó al tomarse de la baranda. «¡Debe ser casualidad! ¡Es un nombre tremendamente común!».

A mitad de camino se convenció de su propia mentira.

Susie aguardó que el primer escalón rechinara en la planta baja. Era una complicidad entre ella y la casa. La madera floja hacía de vigía y le avisaba cuando su abuela subía o bajaba.

Susie abrió la puerta lentamente, se asomó y confirmó que estaba sola. Caminó hacia el fondo del pasillo, confiándole la espalda al escalón, y llegó a una vieja escalera de madera que subía al altillo en forma casi vertical. La entrada oscura lucía como una boca de lobo, y toda esa habitación alta, cerrada y silenciosa le parecía más un calabozo que un espacio de guardado de cosas en desuso. Nada odiaba más de toda la casa que aquel ático, pero sabía que a su abuela le resultaba casi imposible subir. Y no había una sola semana en que Bety no precisara algo que, según ella, la empresa de mudanzas había subido equivocadamente.

—¡Y eso que rotulé todas las cajas! —gruñía cada vez que una olla, una bandeja o un juego de té faltaban en su alacena.

Entonces le pedía a Susie que fuera a buscarlas. Y ella detestaba ese lugar. Como todo altillo, era caluroso, oscuro y polvoriento. Y, sin lugar a dudas, infestado de arañas.

Aunque jamás había visto una sola, Susie sabía perfectamente que esos horrorosos bichos elegían lugares calurosos, oscuros, polvorientos. Y de nada sirvieron las infinitas veces que la abuela juró y perjuró que la casa había sido fumigada antes de la mudanza. Para Susie aquel sitio estaba apestado de arañas que aguardaban un momento de distracción para atacarla en jauría. Y sabía perfectamente que el suelo del altillo no rechinaría para alertarla como su escalón cómplice. Sabía que los altillos y las arañas no se delataban entre sí.

Subió lentamente, no por precaución, sino para retrasar la entrada. Asomó su cabeza en la abertura centímetro a centímetro. Barrió el piso con sus ojos y encontró lo de siempre: polvo y sombras. Entró. El espacio era grande y cabía perfectamente de pie. El techo desnudaba su esqueleto de vigas que caían en diagonal, y donde en un lado obligaba a inclinarse para no chocar la cabeza, en otro crecía y se perdía en la oscuridad. Susie esquivó algunos objetos envueltos en sábanas cubiertas de polvo y tiempo. Aquí y allí había fantasmas inmóviles que elegía ignorar. Espectros de sillas, ánimas de cajoneras, siluetas de lámparas. Sin embargo, Susie no temía la compañía de esos espíritus vestidos de tela roída y pausa, porque estaba convencida de que aquellos fantasmas formarían a su lado cuando el enjambre de arañas decidiera atacarla.

Se paró en el centro y miró alrededor. No fue preciso encender la bombilla que se había ahorcado de un tirante. Un suave y cálido rayo luz se derramaba por una ventana circular, dibujando una columna blanquecina en el aire, donde infinitas partículas de polvo danzaban en una constelación.

Todas las paredes estaban repletas de cajas.

«Jarras».

«Ropa de nieve».

«Libros viejos».

«Herramientas».

Cada una estaba rotulada con la prolija letra de la abuela Bety, que embellecía su trazo incluso en aquellas cosas que no merecían ni siquiera una caja.

«Bolsas viejas».

«Paraguas».

Los pies de Susie siguieron su mirada. Una caja los detuvo a ambos.

«Recuerdos».

Era algo más grande que las anteriores, y el rótulo arrugado y amarillo señalaba que había sido cerrada hacía mucho tiempo. Los ojos opacos de Susie confirmaron que por mucho más permanecería igual.

—¡Moldes! —dijo para sí, sacudiendo la cabeza y la nostalgia.

Buscó en todas direcciones hasta que, en el fondo del altillo, iluminada por el haz de luz, encima de una montaña de otras cajas, descubrió el rótulo «Moldes de metal». Apuró el paso antes de que sus imaginarias arañas salieran de sus guaridas. Se estiró para alcanzarla, pero apenas llegaba a rozarla con sus dedos, y la caja la observaba indiferente, como un gato sobre un muro. Intentó ganar altura, apoyándose en una de las cajas inferiores, pero su pie se hundió en el cartón y lo sacó junto con un ruido a vidrios rotos.

«Floreros».

—¡Ups!

Comenzó a fastidiarse y a reprocharles a sus fantasmas de sábanas roídas, que no parecían dispuestos a colaborar. Decidida a no dejarse vencer dos veces en un mismo día, volvió a estirar sus brazos, apretando sus labios, como si la sola bronca la pudiera hacer crecer. Se paró en puntas de pie, alcanzó el borde, tiró hacia adelante…

—¡¡Nooo!!

El estruendo metálico de los moldes ocultó el ruido de su cabeza contra el piso. La caída levantó una nube de polvo que inundó de estrellas la columna de luz.

—¿¡Susie, estás bien!? —gritó Bety desde la planta baja.

—¡¡Síííí!!

Por primera vez Susie compartió el odio de su abuela por la empresa de mudanza.

Se puso de pie, sacudió su ropa y miró alrededor. Los moldes se habían escapado de su prisión rotulada y se desparramaban por todo el altillo. Tomó la caja, la enderezó y comenzó a juntarlos uno por uno. No tardó mucho en llenarla. Creía que estaban todos, cuando un brillo escondido encandiló su ojo derecho. Detrás de una estantería de aluminio a medio ocupar, envuelto en las sombras, un molde rebelde con forma de trébol lanzaba un rayo de luz como una flecha.

—¡Ufa!

Susie apoyó la caja en el suelo y se acercó al mueble. Se arrodilló y estiró su brazo entre el estante y el piso. Sus dedos veían el molde tan cerca como inalcanzable. Pensó abandonarlo allí, pero sabía que su abuela no tardaría en notar la ausencia. Estiró su brazo nuevamente, hundió el hombro, y la estantería casi besó su mejilla. Su mano se internó en la oscuridad, pero Susie se imaginó que una araña gigante estaba a punto de comerle media palma y la sacó en un arrebato, como si la hubiera puesto en agua hirviendo. Se puso de pie, transpirada y sin ánimo de renunciar. La estantería metálica no parecía pesada. Sacó una caja que decía «Manteles». Luego otra sin rotular y, así, una a una, desnudó los estantes. Como lo había supuesto, pudo mover el mueble sin mucho esfuerzo. Hizo el espacio suficiente para poder entrar cómodamente. Se metió en el hueco y llegó al molde, que ya no tuvo escape.

—¡Ven aquí, maldito escurridizo! —dijo con una expresión vencedora.

Fue entonces cuando un fantasma que jamás había visto, cuadrado y grande, transformó su sonrisa en una incógnita. No vestía telas blancas y roídas como el resto de los habitantes del altillo. Este espectro cubría su forma con una pesada tela negra de terciopelo, como si quisiera camuflarse en las sombras, pero con una soberbia dignidad. Susie recorrió sus bordes con la mano, demorada por la intriga. El instante se volvió misterio. Respiró profundamente, tomó la tela y tiró con fuerza. El polvo voló a su rostro, y esa fue la última defensa que encontró aquel antiguo baúl para no ser descubierto. Pero el polvo cayó al suelo al mismo tiempo que la curiosidad de Susie chocaba contra las vigas del techo.

«¿Qué esto?», pensó.

Jamás había visto algo similar. Era un baúl enorme, de madera antigua y pesados herrajes oxidados por el tiempo y los secretos. Susie no recordaba haberlo visto en ninguna de sus casas, como tampoco subiendo o bajando de los camiones de mudanza. Y estaba segura de que su abuela jamás le había hablado acerca de ningún baúl. Ni siquiera en sus historias infantiles ya olvidadas. Medía casi dos metros de ancho y la curva de su tapa crecía casi hasta los ojos de Susie. En el frente colgaba un enorme candado.

«La llave debe ser gigante», pensó mientras imaginaba dónde podría estar escondida. Buscarla en las cajas que la rodeaban le llevaría horas. Y su intriga carecía de paciencia.

Miró hacia la entrada del altillo. Sabía que la abuela no subiría. Sintió la adrenalina de los delincuentes. Llevó sus manos al candado y, como sospechó, pesaba muchísimo. Tiró con fuerza y nada ocurrió. Repitió el intento, pero el candado volvió a ignorarla. Dedujo que preguntarle a su abuela conduciría la conversación al molde rebelde, y a la caída, y al pie en el cartón hundido, y a los vidrios rotos…

Decidió volver al día siguiente. Bastaba decir que iba a su cuarto a leer para ganar el tiempo suficiente para hallar la llave escondida. Le arrojó al candado una mirada fría.

—Esto no termina aquí… —susurró, y lo soltó.

Un extraño ruido metálico salió del interior del cerrojo, como si crujieran cientos de engranajes oxidados, como si el tiempo se moliera en mil pedazos. Luego sobrevino un segundo de silencio… y el candando se abrió.

Susie contuvo el aliento.

«¡Espero no haberlo roto!», pensó.

La ansiedad la llevó adelante. Apoyó con apuro sus manos sobre la tapa y la levantó con esfuerzo. El rayo de luz entró en el baúl descubriendo un mundo mágico.

En algún rincón del mundo, en algún bosque perdido, una brisa olvidada susurró entre los árboles.

Susie se asomó y un escalofrió recorrió su espalda. Había cientos de fotos de su madre. Las había de todas las edades, de niña, de joven, tal cual Susie la recordaba. Había también fotos del casamiento con su padre Gabriel y en algunas Marie Anne sostenía un bebé en el que Susie no tardó en reconocerse. Jamás las había visto. Toda su historia se le reveló bajo esa luz dorada, envuelta en esa constelación de polvo y quietud. Quiso tomar una de las fotos, pero un nudo se le atoró en la garganta y demoró la mano. Para evadir el dolor, desvió la mirada a los cientos de papeles escritos y desparramados en el interior. En medio de ese desorden pudo reconocer la letra de inmediato. La costumbre de dibujar los puntos en las letras i con forma de corazón era algo que había copiado de su abuela. Delante de sus ojos había incontables hojas escritas en infinitos distintos colores. Tomó una al azar y un recuerdo le entibió el alma y le robó una sonrisa. Allí estaba el cuento de la taza de té que estaba siempre llena. Lo leyó nuevamente y fue como volver a oírlo en la voz de Bety. Era una de sus historias preferidas. Supuso que su abuela inventaba esas historias y luego las guardaba en aquel baúl para no olvidarlas. Un hermoso abrazo de la infancia la rodeó en ese polvoriento altillo. Fue lo más maravilloso que sintió en los últimos años.

—¡Susie! ¿Encontraste los moldes? —gritó la abuela desde la cocina.

—¡Sí!

Reaccionó con rapidez. Segura de que la abuela no notaría su ausencia, se guardó la hoja en su bolsillo. Tomó la tapa para cerrar el baúl... y allí lo vio.

Un objeto extraño se escondía entre las fotos y los papeles. Nunca había visto algo similar.

—¿Y esto? —se preguntó, inclinándose para alcanzarlo.

Y las hojas se hicieron a un lado, descubriendo un cofre pequeño de madera oscura. Susie lo tomó y, embriagada por la fascinación, lo observó con detenimiento. En todas sus caras tenía distintas figuras talladas. Flores, árboles, líneas con curvas laberínticas, seres extraños. Todo un universo fantástico tan variado como armónico. Dos dragones en una misma pose adornaban cada lado, o lo protegían, y una oración en una lengua desconocida rodeaba toda la base con un rezo misterioso. El cofre no era pesado, pero sí muy macizo. Susie lo puso bajo el rayo de luz, y todos los relieves se hicieron tan profundos como su propio asombro. Al frente había un escudo heráldico, similar al de las monarquías, que lucía el rostro de un tercer dragón, de mirada grave e intimidante, cercado por otra inscripción hecha en las mismas letras secretas.

Susie miró el dragón, y el Cofre miró a Susie.

Un silencio espeso invadió el altillo. Susie escuchó los latidos de un corazón y no supo si eran los suyos. Dudó unos segundos y, tímidamente, llevó su dedo al escudo. No hizo falta presionar.

Un soplo de aire comprimido brotó de la boca de los dragones. Una tapa que nunca se había insinuado empezó a moverse. El Cofre, lentamente, revelaba su secreto.

La abuela Bety corrió a la ventana de la sala, alertada por el viento huracanado que, salido de la nada, abofeteaba el viejo roble del jardín delantero. Observó el cielo. Estaba celeste y despejado. El vendaval duró apenas unos segundos, pero torció las copas de los árboles, levantó una nube de polvo, y despeinó por completo a Bellini, que corrió desesperada a su casa, rogando que nadie la haya visto en ese estado. Sin embargo, Bety alcanzó a ver ese escape de tacos y vergüenza, pero su sonrisa no nació en su vecina, sino en una ardilla que se aferraba con sus pequeñas garras al farol, resistiendo al viento. Su cola ancha y peluda tapaba por completo la bombilla encendida. Bety meneó la cabeza, riéndose del torpe animal.

Susie apoyó el Cofre en el borde del baúl con mucho cuidado. Dentro, encastrada en una perfecta moldura de madera, sujetada por dos anillos, una pluma antigua brillaba bajo la luz cálida que cortaba el aire del altillo.

—¿Una Pluma? —dijo Susie, y aquella palabra se volvió un nombre.

Algunos libros de historia le habían mostrado plumas similares, y conocía algunas casas de dibujo que las vendían. Pero al verla, Susie supo de inmediato que esa Pluma no pertenecía a lo cotidiano. Por algo se escondía en un Cofre tallado, dentro de un baúl pesado, detrás de un candado oxidado, bajo una manta de terciopelo, y en un altillo polvoriento. Todas cáscaras de un mismo y único secreto.

La Pluma medía unos treinta centímetros y tenía un tallo plateado rodeado de infinitos y resplandecientes cabellos blancos. Si alguna vez había pertenecido a algún ave, alguna estrella debió haberle prestado su fulgor. Parecía hecha de polvo de hadas y rayos de sol, y su brillo no respondía al reflejo de la luz que entraba por la ventana. Susie jamás había visto una Pluma tan maravillosa, tan mágica…

—¡Cariño! ¿¡Estás bien!? —dijo la abuela, y el primer escalón activó su alarma.

—¡Sí! —respondió Susie, temiendo ser descubierta.

Y al tiempo que sus ojos corrieron de la Pluma a la entrada del altillo, el sonido del aire cortante cerró la tapa del Cofre, sin que Susie tocara absolutamente nada.

—¡Ya bajo! ¡Se me ha caído todo! —se excusó. Dudó unos segundos solo para demorar una decisión ya tomada. —¡Ya bajo! —repitió, y escondió el Cofre debajo de su remera.

—Tranquila, no hay apuro —dijo Bety—. ¡Mientras no se hayan roto los floreros no hay de qué preocuparse! —bromeó.

Pero para Susie aquello no valió ni una risa. Nada de eso importaba en lo más mínimo.

Cerró el baúl rápidamente, y el candado se atrancó solo, arrojando el mismo sonido metálico y el mismo enigma. Susie retrocedió, algo asustada, pero la estantería le cerró el paso. Salió del hueco y agarró la caja de los moldes. Observó el desorden que había sembrado en el altillo, pero descartó que la abuela subiera y postergó el asunto. Corrió a la salida. Bajó con mucho cuidado, sosteniendo entre sus codos, debajo de la ropa, aquel Cofre misterioso. Caminó por el pasillo haciendo equilibrio con la caja y se asomó a la escalera. La abuela la esperaba con un pie en el primer escalón.

—¿Y?

—¡Ya bajo! —Apoyó la caja en el piso, y giró rápidamente hacia su habitación.

La altura y los anteojos de Bety se encargaron de encubrir el bulto bajo sus ropas.

Entró como un rayo en busca de un escondite.

—¡Vamos, Susie! —apuró la abuela.

Se acercó a la cama, levantó la almohada y, metiendo la mano por debajo de su ropa, sacó el Cofre. Se detuvo un segundo y volvió a admirarlo. Los dragones, las flores, las letras extrañas… Todo aquello parecía hablarle.

—¡Susie!

—¡Voy!

Escondió su secreto bajo la almohada y volvió sobre sus pasos. Bajó la escalera con la caja de moldes, fingiendo una sonrisa que mostraba todos sus dientes.

Al rato estaba ayudando a su abuela. Nunca, en todos los años que cocinaron juntas, Susie prestó menos atención a las palabras de Bety que aquella tarde. La conversación caía al suelo con la misma liviandad e igual desinterés que las migas de masa.

Susie solo tenía una cosa en mente: terminar y correr a su cuarto. Y develar el misterio del Cofre y la Pluma.

Susie Page y las herederas
La Pluma

La merienda llevaba más de una hora y Susie no había tocado una sola galleta ni tomado una sola gota de su té con leche.

—¿Estás preocupada por la tarea? —preguntó la abuela Bety en un último esfuerzo por rescatar una conversación.

—¡Sí! —respondió Susie, encontrando una excusa para el escape—. ¿Puedo ir a hacerla ahora?

—Como quieras… —respondió Bety, meneando la cabeza. Intuía que su nieta escondía algo. Sin embargo, la confianza silenció las preguntas. Además, verla tan entusiasmada ya era un consuelo—. Termina rápido tu té y ve a tu cuarto.

Susie no tenía hambre en lo más mínimo, pero igualmente, para hacerle caso a su abuela, vació su taza de un sorbo, tomó dos galletas y corrió a la escalera. Saltó los escalones de dos en dos y se encerró en su habitación. Bety levantó los platos, enjuagó la taza y guardó todo en la alacena junto con sus quejas.

Susie caminó lentamente hacia la cama, contenida, nerviosa. Levantó la almohada con precaución. El Cofre antiguo la esperaba. Se sentó en el colchón, sonriendo, y lo puso en su falda.

«¿Por qué la abuela Bety te habrá escondido?», se preguntó.

Buscó nuevamente el escudo con el dragón y repitió los movimientos. Acercó su dedo lentamente, milímetro a milímetro, retenida por el temor ante lo excepcional. Apenas su piel rozó el centro del escudo,

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