Lecciones del Último Sabio
Sobre el origen de los vampiros

Como todas las cosas peligrosas, él vino del abismo.
El abismo se extiende entre dos montañas entrecruzadas que se confunden con un cúmulo inmóvil de nubes oscuras. Sin embargo, los nativos de esas montañas son conscientes de dos verdades.
La primera, que nada de lo que cae al abismo regresa jamás. Ni un mínimo resto de hueso se puede hallar en el fondo de los precipicios. Los cuerpos humanos se esfuman como si un pliegue del universo se los hubiera tragado, y nadie vuelve a verlos nunca.
La segunda, que en una noche de eclipse lunar surgió un hombre del abismo con la piel oscura como las tinieblas y el cabello del blanco ardiente de las estrellas. Llevaba la muerte pegada a la planta de los pies y allá donde pisaba se marchitaba hasta la última brizna de hierba, e incluso la misma tierra se corrompía.
Antes de que apareciera aquel hombre, el depredador más temido por las gentes de las montañas era el león, pero incluso esa bestia salvaje sangraba cuando algo la hería; no ese ser. No había arma, flecha ni lanza capaz de perforar su piel de hierro. Los nativos intentaron huir, pero la tierra negruzca les rodeaba las piernas dejándolos inmóviles e indefensos mientras el engendro abría la horrible boca y sacaba los colmillos para absorberles la sangre entre los chillidos de los pobres infelices.
Le llamaron Varos el León Nocturno.
El Primer Vampiro.
Tras años de sangre y muerte, el abismo ofreció otra alma al exterior. Aquel hombre portaba una máscara resplandeciente y un anillo rojo, armas de plata prendidas al cuerpo. Las plantas de sus pies resplandecían como soles y allá donde posaba los pies la tierra sanaba; la podredumbre se transformaba al instante en exuberante verdor.
Los nativos se postraron de rodillas y lloraron. Por fin había llegado su salvación.
Le llamaron Yonas el Pájaro del Sol.
El Primer Sabio.
* De acuerdo con el mito descrito en Ye Abyssi Tarik, páginas 3-6.
1

KIDAN
La muerte aguardaba en la casa de Kidan Adane y esa noche se arrepentiría de haberla visitado.
Encerrada en uno de los talleres privados de carpintería y metalurgia de la Facultad de Arte, Kidan concluyó la relectura de Armas de la oscuridad y cogió la herramienta que le permitiría matar vampiros: un cuerno de impala.
Esa noche, Samson Sagad moriría.
Y Kidan usaría por fin el fuego del infierno para liberar a su hermana de su yugo.
Solo de pensar en June le temblaron los dedos. Dibujó con ellos el cuadrado de siempre en la superficie de su escritorio. Kidan sacudió la cabeza, se ajustó las gafas de protección y se concentró.
Primero Samson tenía que morir.
Los dedos de Kidan olían a ceniza de cigarrillo, pero ni el fantasma de Mama Anoet podía alcanzarla en ese lugar. Cada día, durante cuatro horas, Kidan iba a la sala de la cuarta planta con vistas al cementerio de Ahnd y se encerraba allí para raspar un cuerno de impala contra la piedra de afilar y arrancarle virutas curvadas. Era un trabajo pesado, pero el proceso de deconstruir un objeto, aunque fuera uno como ese, le proporcionaba paz mental. En ocasiones se imaginaba que usaba las manos desnudas para hacer trizas un objeto. Estuvo a punto de suceder unos días atrás, cuando June había aparecido en su puerta con el puto Samson. El pomo de metal se había hundido bajo el puño de Kidan. Llevaba desde entonces buscando ese hilo de poder, concentrándose para romper objetos mediante el mero contacto. Pero, por lo que parecía, solo la rabia hacia June era capaz de despertar en ella esa destreza.
Ahuecó la palma de la mano junto al borde de la mesa, recogió las virutas empujándolas con la otra y las depositó en un pequeño recipiente negro. Echó mano de un soplete y de unos gruesos guantes negros y se detuvo un momento para echar un vistazo al escritorio vacío que tenía delante.
Un recuerdo acudió a su mente: Susenyos, inclinado sobre las reliquias que ella había destrozado, explicándole cómo rearmar los objetos rotos con el ceño fruncido entre sus cejas rectas.
Habían hablado por última vez cuatro días atrás, al principio de las vacaciones de invierno, el día que June se había presentado en su casa. Ahora eran aliados y habían acordado cooperar para dominar la casa juntos. Así pues, ¿por qué se había marchado de repente?
Le dijo que esperara a que volviera y nada más.
La mano de Kidan se desplazó instintivamente al cuello al recordar su ardiente mordisco en los Baños de Arowa; el sólido contorno de su cuerpo bajo la camisa empapada, tan cerca del suyo. Sacudió la cabeza para ahuyentar las imágenes. Sin embargo, cuanto más tiempo tardaba él en regresar, más se obsesionaba con las antiguas conversaciones y las ardientes caricias, que colocaba bajo la lente de un microscopio para tratar de entender qué había entre los dos.
Él le dijo que no la culpaba por haber perdido la inmortalidad en la Casa Adane, pero tampoco había vuelto a tocarla desde entonces.
En sus momentos más sombríos, Kidan pensaba que no volvería a verlo. Susenyos huía de algo, de un peligro del que no quería hablarle. El asunto había inquietado a los padres de Kidan lo suficiente como para aplicarle una ley punitiva que le impedía abandonar Uxlay. Pero ni siquiera el miedo a la ley de la Casa Adane conseguía que Susenyos permaneciera allí para siempre.
Ahora él era humano.
En todas las habitaciones de la Casa Adane. Ya no tenía nada que perder.
La mano de Kidan tembló ligeramente cuando la llama azul del soplete brotó como una pequeña lanza y le iluminó el rostro.
«Espérame antes de hacer nada», le había dicho Susenyos.
La paciencia no era el fuerte de Kidan.
Acercó el fuego al fondo del recipiente y observó cómo las virutas se retorcían tratando de escapar del calor antes de convertirse en cenizas.
Perlas de sudor le brotaban de la frente mientras ejecutaba los pasos mecánicamente: raspar, quemar y recoger la ceniza, y dejaba que sus pensamientos se desvanecieran. Necesitaba una gran cantidad de cenizas de impala. Una bolsa entera, como poco.
Y ya la tenía.
Ahora venía la parte complicada.
Kidan estiró la boca de un globo negro e introdujo la ceniza con ayuda de un embudo. Después de atar el globo lo levantó con una sonrisa. Ya tenía siete globos rellenos de ceniza de cuerno de impala.
Después de limpiar el escritorio con desinfectante, Kidan abandonó el taller con la cuerda que unía los globos sujeta en la mano.
El campus de Uxlay era una ciudad fantasma. La mayoría de los alumnos estaban de vacaciones en África, visitando a parientes lejanos. Pero Slen y Yusef se habían quedado y esperaban su llamada.
Volvió a mirar la hora. Como antiguos vampiros renegados, Samson, Arin y Warde tenían tres horas al día de iniciación obligatoria. Kidan habría llorado de agradecimiento ante el profesor Andreyas por haberle concedido semejante libertad.
Al sur de las Torres Arat, la Casa Adane parecía un ser deteriorado y agotado. Kidan no sentía el impulso de incendiarla como la casa donde había pasado su infancia. Sin duda albergaba más maldad que la casita de Mama Anoet y la atormentaba con visiones de pesadilla. Sin embargo, algunos días, muy de vez en cuando, el sol ocultaba los antiguos paneles de madera y la casa adquiría un aire intemporal. Llevaba varias generaciones en Uxlay. Era el único legado tangible de sus antepasados que conocía y le parecía adecuado que la sobreviviese.
Además, Kidan esperaba que, si la trataba con cortesía, la casa le dejara dominarla.
Etete abrió la puerta principal con una sonrisa. Debía de haber estado amasando pan, porque tenía manchas de harina en los codos oscuros y el pelo afro peinado en una breve corona en torno a la cabeza. Al instante Kidan notó que cedía la tensión de sus hombros. El fuerte aroma del pan recién hecho le dio la bienvenida.
Kidan tragó saliva con dificultad y notó que se le encogía el estómago. Echó un vistazo a la estrecha escalera que llevaba arriba.
—¿Está aquí?
Al parecer, Etete dedujo de inmediato que Kidan hablaba de June.
—No, está con la decana.
Kidan suspiró aliviada y el nudo de angustia en su barriga se aflojó. Justo después de que June apareciera, la decana Faris la había llamado a su despacho, sin duda para que le explicase dónde demonios había estado y qué intenciones tenía. Kidan también quería saberlo, pero antes de pensar en June tenía que ocuparse de Samson. A su hermana le convenía que Kidan hubiera descargado algo de rabia antes de que hablaran.
Se deshizo de esos pensamientos y rodeó el pomo con los dedos intentando mellarlo como la otra vez.
«Venga, con un poquito de fuerza».
El pomo no se hundió. Ni siquiera se movió.
Apretó los dientes y lo probó unas cuantas veces más antes de darse por vencida. Tanto mostrarse amable con la casa para nada. Volvería a intentarlo más tarde. Ahora tenía trabajo que hacer.
Cruzó el pasillo y arrastró una silla al centro de la sala. Había cinta adhesiva en el cajón del escritorio de Susenyos y Kidan cortó un trozo con los dientes antes de encaramarse a la silla. Pegó los globos al techo con cuidado de que estuvieran todos a la misma distancia.
Los suaves movimientos de Etete la interrumpieron.
—Deberías esperar al dranaico Susenyos.
—Puede que no vuelva —dijo Kidan reanudando su trabajo.
La mirada preocupada de Etete le quemaba como fuego. La casa destelló con el latido azul de su propia tristeza. No le hizo caso.
Ahora solo tenía que esperar el regreso de Samson. Al pensar en él el fuego acarició los pies de Kidan, magnificado en el salón por su rabia recién descubierta. Era evidente que ese era el poder que tenía que aprender a usar.
—Ha llegado esto para ti —le dijo Etete. La cocinera llevaba un sobre negro en las manos.
Kidan bajó de la silla y lo cogió despacio. A Susenyos le encantaban las cartas y por un instante se le aceleró el corazón al pensar que se la pudiera haber enviado él. Todavía llevaba consigo la carta que le había escrito Susenyos. Pero este sobre lucía impresos unos símbolos que Kidan no conocía: una flor blanca de cinco pétalos, una pantera que mostraba los colmillos, una majestuosa águila, un órix solitario y una gema azul. Decoraban la parte inferior de una torre alta y espeluznante. Un dolor sordo le recorrió el cuerpo. Kidan comprendió, alarmada, que estaba esperando a Susenyos. Debería alegrarse de no tener que soportar su arrogancia y sus exigencias. Y no es que no lo hiciera. Se sentía aliviada incluso. Resoplando un suspiro irritado, rasgó el sobre.
Felicidades por haberse graduado en Dranacti. Estamos encantados con sus progresos.
Una vez más, la invitamos cordialmente a la Torre Arcana para dar comienzo a su cortejo. Ya se incline hacia el Abismo, se decante por la majestuosa Águila, prefiera a la Pantera antes que al poderoso Órix o simplemente se maraville ante la Piedra Azul, la torre le abre sus puertas.
El cortejo empieza el día siete de cada mes.
Esperamos su respuesta.
Con afecto,
Las Sociedades Arcanas
Kidan frunció el ceño mientras miraba la carta por un lado y por el otro, tratando de desentrañarla.
—¿Qué es esto?
—Te invitan a contraer matrimonio —respondió Etete—. Quieren que vayas a buscar marido. Una antigua tradición de Uxlay.
«Matrimonio…». Kidan abrió los ojos de par en par. Solo tenía diecinueve años y casarse era lo último que le pasaba por la cabeza.
Debía de ser una especie de broma.
Etete soltó una risita y le sonrió a Kidan como lo haría una abuela, con una expresión cariñosa y paciente. Kidan desvió la mirada y carraspeó para aclararse la garganta. No le gustaban las cosas que le recordaban a la familia que nunca tuvo. Y eso exactamente era lo que había logrado el sobre. La idea del matrimonio otorgaba al recuerdo de sus padres una claridad insoportable: las manos entrelazadas, la promesa de amar a Kidan y a June hasta el fin de los tiempos.
Todo eso para acabar muriendo antes de que sus hijas cumplieran seis años. Tal vez fuera un pensamiento irracional, pero, si sus padres de verdad hubieran amado a Kidan y a June, algo tan simple como la muerte no los habría mantenido alejados. A Kidan eso no la habría detenido.
Inspirando profundamente, empujó los recuerdos de sus padres a un rincón sombrío de su mente antes de que la casa pudiera captarlos. No tenía sentido revivir esa parte de su vida.
—Dice «una vez más». —Kidan frunció el ceño—. Pero solo he recibido esta carta.
Etete observó de reojo las escaleras que llevaban a la primera planta. Cuando miró a Kidan, exhibía una sonrisa furtiva.
—El dranaico Susenyos descartó la primera.
Kidan se había esperado cualquier explicación: que la carta se hubiera perdido por el camino; que Etete se hubiera olvidado de dársela… Que Susenyos la hubiera ocultado no se le había pasado por la cabeza.
—Ah, ¿sí? —preguntó en tono indiferente, tratando de disimular la sorpresa—. ¿Cuándo?
—Creo que fue la noche que le arrancaste los colmillos.
Esta vez Etete acompañó sus palabras con un gesto elocuente. Kidan desvió la mirada y luchó contra el impulso de disculparse.
—Me pregunto por qué no me la dio —dijo Kidan mientras acariciaba la carta con una pequeña sonrisa.
Etete la estudió con expresión burlona. Kidan enderezó la espalda de inmediato y carraspeó.
—No digo que me importe. Soy demasiado joven para pensar en el matrimonio, la verdad.
—No te angusties. Tu madre se sintió igual que tú antes de conocer a Aman.
Kidan se quedó pensando. Le habían dicho que los actis como ella solo contraían matrimonio con individuos de las Sociedades Arcanas: un grupo de humanos normales del mundo exterior. Pero dudaba que nadie dispuesto a formar parte de una sociedad compuesta por vampiros y humanos fuera normal. Sin embargo, esa debía de ser la procedencia de su padre, Aman.
A Kidan le interesó el tema a su pesar.
—¿Sabes algo de esas sociedades?
—¿Si sé algo de ellas? —La risa de Etete surcó de arruguitas su rostro ajado—. Procedo de ellas.
—¿Qué? ¿En serio?
—¿Has visto a alguien beberse mi sangre? —Arqueó las cejas grises—. Yo no soy acti. Me casé con un miembro de esta universidad.
Kidan negó con la cabeza, perpleja de que hubiera tardado tanto en darse cuenta. Pero el semestre anterior había estado tan pendiente de encontrar a June que no había prestado atención a nada más. No se lo podía permitir.
—Fui miembro de la Orden del Águila —dijo Etete con voz gutural mientras seguía con los ojos el símbolo del Águila bajo la torre—. Y el Águila siempre contrae matrimonio con las Casas Ajtaf, Makary o Delarus. Después de que me divorciara, tu abuela encontró un resquicio legal que me permitió quedarme. Me contrataron como cocinera, y aquí sigo desde entonces.
La abuela de Kidan era una entidad lejana, igual que su madre. Había muerto antes de que Kidan pudiera memorizar su amor. Los pensamientos sobre su familia desbordaron el rincón de su mente en el que estaban confinados y se derramaron. Fue como tener un fluido negro en el cerebro, una oleada de agua oscura, densa por la pérdida, con los ecos de una Kidan que sonreía a menudo porque las personas que más amaba la querían lo suficiente como para permanecer en su vida.
«Concéntrate en el presente —se ordenó—. En los que siguen vivos».
Pensar en los muertos no era muy distinto a permanecer quieto mientras alguien te machacaba a golpes. Kidan prefería estar en movimiento, pertrechada con un arma. Estrujó la carta entre los dedos.
—Deberías irte antes de que vuelva Samson —le dijo Kidan a Etete, y añadió sin poder evitarlo—: Por favor.
La mujer suspiró y Kidan se encorvó una pizca al oírla. Detestaba decepcionarla. Pero Etete limpió la cocina, se cambió el turbante y se marchó.
Kidan estuvo a punto de llamarla cuando comprendió que se había quedado sola en la casa. La alfombra se ablandó como barro que cubriera sus tobillos en el instante en que se acomodó en el frío sofá. No había fuego en la chimenea. Susenyos se encargaba de encenderla y ella no se había molestado en aprender a hacerlo. Tenía un bolsillo lleno de chinchetas y en el otro llevaba una pistola.
Reinaba una calma sorprendente.
Suficiente como para que se aventurara a exhalar con suavidad.
Fue un error.
El oscuro mobiliario y los suntuosos almohadones se desvanecieron y tres visiones cobraron vida, cada una semejante a una daga afilada clavada en su pecho.
El cadáver de GK.
El último vídeo de June.
La ausencia de Susenyos.
Kidan se fue hundiendo en el sofá cada vez más hasta que tuvo la sensación de que el asiento no tenía fondo. Si nadie la sacaba de allí, moriría asfixiada.
Su dolor debería estar recluido en el observatorio. No debería sorprenderla allí. Intentó moverse, pero su cuerpo estaba compuesto de agua. Lo único pesado era su mente. Era por Sunsenyos. Desde que se marchó, la casa se había tornado errática y las sensaciones se derramaban unas sobre otras, jugando con su sentido de la realidad.
«¿Dónde te has metido?».
Justo cuando sus huesos empezaban a disolverse, unos pasos repentinos resonaron en el porche. Un estremecimiento recorrió la casa. Una advertencia.
Las visiones se dispersaron como una nube de insectos.
Los pies de Kidan encontraron el suelo, sólido y ardiente.
Respiró varias veces con rapidez y se dobló sobre sí misma. Ese salón siempre alimentaba su rabia, que había vuelto y se enroscaba como la cola de un dragón alrededor de sus piernas.
Kidan se irguió despacio y aferró la pistola con un puño tembloroso.
Samson había llegado.
2

KIDAN
Kidan acarició el brazo del sofá para tranquilizarse a sí misma y a la casa.
La tarima crujió angustiada bajo las pisadas de Samson, que martilleaban como una lluvia intensa según se encaminaba al estudio que hacía las veces de sala de estar. Su rostro se empapó de resentimiento cuando posó los ojos negros en Kidan. Una vieja alfombra y una mesa de cristal ovalada se interponían entre los dos: los tesoros favoritos de Susenyos, que estaban a punto de convertirse en daños colaterales, una vez más. La alfombra, tejida con lana Saui, se mancharía de sangre y la hermosa mesa que él tanto apreciaba por las trazas de cristal del mar rojo que brillaban bajo la superficie se haría añicos.
Kidan estuvo a punto de sacudir la cabeza. Pensar en los tesoros de Susenyos en lugar de emprenderla contra ellos con un hacha era nuevo y peligroso, una señal de algo que no quería examinar de cerca.
Samson avanzó y sus botas dejaron un rastro de barro en la alfombra. Un músculo se crispó en la mandíbula de Kidan. El vampiro nefrasi habría podido pasar por el hermano de Susenyos, aunque no estaban biológicamente emparentados. Compartían el mismo tono de piel: un marrón oscuro que era antinatural de tan terso, casi reflectante bajo la luz directa del sol, y la nariz recta. Pero ahí terminaban las similitudes. Samson llevaba el pelo cortado al rape, una elección que dejaba a la vista la larga cicatriz que partía de su oreja y se perdía en su hombro. Como si alguien hubiera intentado partirle la cabeza con un hacha y hubiera fallado.
Por desgracia.
Sus ojos desalmados ojearon la triste decoración del techo con desagrado. Los globos se apiñaban bajo el círculo de velas de la lámpara de araña y proyectaban largas sombras en el techo, que recordaban a siete hombres embozados en una capa, reunidos en torno a una hoguera.
—¿Qué es eso? —ladró Samson.
—Es el cumpleaños de mi amiga —respondió Kidan con absoluta naturalidad, algo que sabía que le fastidiaba, así que se regodeaba en ello—. ¿Quieres un trozo de pas…?
—Quítalos —ordenó él—. Y tráeme mi sangre.
Kidan inspiró profundamente y aferró con más fuerza la pistola de su bolsillo. «Su» sangre. La sangre que corría por las venas de ella. Como si su cuerpo ya no le perteneciera. Esa parte del acuerdo era la más humillante.
Samson extendió su mano metálica; otra cosa que le diferenciaba de Susenyos. Llevaba todo el antebrazo izquierdo cubierto de metal. Kidan se puso en pie con gran esfuerzo y sirvió un vaso de su propia sangre. Se quedó inmóvil con la intención de que él se acercara hasta situarse justo debajo de los globos.
Samson cruzó la alfombra y tomó el vaso. Se la bebió como si estuviera muerto de sed. Se enjugó los labios, ahora rosados, y su piel se encendió como si hubiera tomado el sol. Sus despreciables ojos se tiñeron de rojo mientras él volvía a respirar con una satisfacción nauseabunda.
Una oleada de odio incontenible se apoderó de Kidan, que estuvo a punto de dispararle en ese mismo instante.
La primera vez que él le había pedido su sangre, ella se negó.
Los ojos líquidos de Samson se habían iluminado como los de un lobo hambriento antes de rodearle la garganta con la mano y estrujarle la tráquea. El guante de metal estaba tan gélido que Kidan había notado el frío en la planta de los pies. Luego le hizo un corte en el cuello con su garra y vertió la sangre en un vaso, como si Kidan fuera un pellejo de vino, antes de empujarla a un lado.
No bebía directamente de su cuerpo. No la dejaba acercarse a su mente corrupta, algo que ella interpretaba como un pequeño gesto de misericordia.
Así que Kidan acudía a las donaciones de sangre del Hospital Rojit, como una graduada más, se la hacía extraer y luego la traía a esta casa.
—Tu única tarea, heredera, es conseguirme la máscara y decirme cuál es la ley de la casa —le dijo él a la vez que se limpiaba el líquido rojo de los labios.
Los ojos de Kidan se posaron en el vaso vacío. Esta era la pesadilla que un día temió que estuviera sufriendo June.
«Nadie ha bebido de mi sangre».
Esas habían sido las palabras de su hermana. June no había matado, no era ninguna asesina, y no era posible alimentarse de los actis que no mataban. Lo mismo pasaba cuando las acosaban en la infancia: June cerraba los ojos y se acurrucaba en un rincón hasta que ella se ocupaba del asunto.
Kidan habló sin mirar a Samson.
—Te lo he dicho mil veces: leer una ley requiere tiempo; dominar una casa requiere tiempo. Las clases empiezan el jueves. Hasta entonces, tendrás que ser paciente.
Samson sacó los colmillos al percibir su tono y ella dio un respingo. Recordó sin desearlo la fuerza de esos brazos, cómo le había estampado la cabeza contra el banco de aquel salón de actos abandonado, y se estremeció. Él había estado dispuesto a hacerle algo mucho peor, y lo habría hecho de no ser por Susenyos, quien le había dado la pista que le salvó la vida.
Samson no tenía piedad y su rabia siempre burbujeaba justo debajo de la superficie.
Igual que la de ella.
Situándose debajo de los globos, Kidan hundió las dos manos en los bolsillos.
—Quiero que te marches.
Como un lobo que huele la carne, Samson se acercó lentamente.
—¿Te atreves a darme órdenes?
—Estoy esperando invitados. —Echó un vistazo a los globos mientras hablaba en tono indiferente—. No quiero que vean quién se bebe mi sangre. Es un tanto embarazoso.
El rostro de Samson se desencajó según se intensificaba su ira, como ella sabía que pasaría. Alargó sus garras rematadas por unas monstruosas uñas negras. Podía degollarla de un solo zarpazo, de un solo corte. El corazón de Kidan percutía como un tambor. Por la fuerza de la costumbre, sintió el deseo de acariciarse la muñeca con la mano, extraer poder de su pulsera de mariposa. La pastilla azul la ayudaba a ser invencible, a no tenerle miedo a la muerte.
Sin ella, era demasiado humana y tenía que pensar en cosas tan inoportunas como la supervivencia.
Samson saltó al techo, todo potencia y músculo, y rasgó los globos.
Sonaron tres explosiones, un sonido brutal que desató en ella una emoción de la que no se creía capaz; una emoción que la incitaba a correr. En el interior del bolsillo, Kidan dibujó las cuatro esquinas de un cuadrado, su símbolo para el miedo. Su cuerpo la había traicionado. La desagradable conciencia del peligro que estaba corriendo la había paralizado; a diferencia de antes, Kidan ahora tenía cosas que perder, cosas por las que vivir.
No podía morir aquí. La ceniza de los globos cayó flotando sobre sus caras. Si Kidan fallaba, moriría.
Corre. Corre.
«No, dibuja un triángulo. Ahora».
Lo hizo con gran esfuerzo, a fuerza de pura rabia. Y fue como un soplo de aire fresco.
La ceniza caía con lentitud, una lluvia casi hermosa, dándole tiempo a recuperarse. La expresión de Samson mudó de un asco furioso a puro desconcierto cuando las partículas negras se le metieron en los ojos. En la nariz. En la boca.
—¿Qué…?
Se atragantó y se frotó los ojos con los puños. Retrocedió un paso mientras intentaba aclararse la garganta.
—¿Qué demonios has…?
«Venga —se gritó Kidan internamente—. Mátalo».
Funcionó. Lanzó a toda prisa un puñado de chinchetas y los globos que quedaban se destruyeron con gran estrépito. El aire, ahora negro y denso, envenenaba al monstruo. A Kidan le escocían y le lloraban los ojos, pero no tenía tiempo para lágrimas. A veces temía que, si empezaba a llorar, ya no podría parar. En vez de eso tosió dos veces y se tragó buena parte de la ceniza de impala que tenía en la boca, que viajó por su garganta hasta su estómago. Tal vez eso la protegiera, la tornara ponzoñosa.
Sacó la pistola. Bien, ahora no temblaba, y esperó a que Samson abriera un ojo ensangrentado.
—Estaba deseando hacer esto —dijo Kidan, y le disparó al estómago. Notó una sacudida en el hombro, pero estaba preparada. Una satisfacción primaria le recorrió las venas.
No había espacio para el miedo.
—¡Por todos los infiernos! —gritó él y se desplomó hacia atrás mientras intentaba apartarse.
Era a él al que Kidan había estado buscando. No a Sunsenyos. Esa era la sombra que había rondado los jardines de su antigua casa y le había arruinado la vida.
—Acabaré con tu puta vida. —Ella apenas reconoció el veneno de su propia voz.
Samson la maldijo en amárico, una maldición dura, rápida y cortante.
—¡Tu amigo morirá!
GK.
Como por arte de magia, la casa repiqueteó igual que la cadena de falanges. Kidan atisbó los ojos cálidos y suaves que siempre la advertían de la presencia de la muerte.
Su burbuja de rabia amenazaba con estallar y los dedos empezaron a temblarle en la pistola. Tuvo la sensación de salir flotando de su cuerpo y mirarse con asco, como lo haría GK.
«Asesina», le diría horrorizada. La mano de la muerte que destruiría todo lo bueno y bondadoso. Pero la destrucción nunca había sido la intención de Kidan. Ella quería proteger. Mama Anoet tuvo que morir para que June estuviera a salvo. GK tuvo que convertirse en vampiro para poder vivir. GK lo entendería. Volvería a ver el bien en ella. Lo único que tenía que hacer era ganarse su confianza de nuevo. Devolverle la humanidad.
«¿Y si nunca te perdona? —le susurró el lado más cruel de la casa, desbaratándole el pulso—. ¿Entonces qué?».
Los ojos de Samson destellaron triunfantes como si pudiera oír los salvajes latidos de su corazón.
«Concéntrate».
—Encontraré a GK —musitó Kidan. Lo deseó—. Después de enviarte al infierno y alejarte de June.
Él trató de reír, pero solo emitió un gruñido.
—June me escogió a mí.
Kidan vaciló un instante al escuchar esas palabras. La figura de Samson se desdibujó y volvió a dibujarse. Él se abalanzó sobre ella antes de que Kidan pudiera orientarse. Samson le pateó las piernas haciendo que se estrellara de lado contra el suelo. Notó un dolor agudo en la sien. Kidan hizo esfuerzos por incorporarse. El brazo metálico de Samson se hundió en su hombro arrancándole un grito. Ella se retorció para apartarse y volvió a dispararle en la zona del hombro, y él lanzó un rugido. Kidan se sentó sobre su cuerpo a horcajadas, inundada de adrenalina, y le pegó la pistola al pecho.
—Es mi hermana. —Su visión se emborronó, la voz le temblaba de rabia—. Me la quitaste.
Nada le impediría matarlo. Arrastró el arma hacia el lado izquierdo de su pecho, justo donde debería estar su corazón. Empezó a presionar el gatillo. Por un segundo, los ojos de Samson reflejaron miedo, que titiló un instante sin que él pudiera evitarlo, igual que los de Kidan antes. Como si él también tuviera algo por lo que vivir.Eso solo podía significar una cosa: amaba a alguien o alguien le amaba.
Kidan se acercó aún más, tratando de escudriñar la negrura absoluta de su mirada. ¿Qué alma tenía la desgracia de haber despertado su atención? Quizá debería torturarlo, arrebatarle a quienquiera que amase, como le había hecho él.
La expresión temerosa se esfumó con rapidez excesiva, impidiéndole ver nada más. Kidan frunció el ceño al verlo esbozar una sonrisa frágil.
—Justo a tiempo, wendem.
Kidan levantó la cabeza de golpe cuando una figura alta apareció en la entrada. No había oído que se abría la puerta. Para haber perdido su sigilo inmortal, su compañero vampiro seguía moviéndose en absoluto silencio. Le miró con la boca abierta. Le resultaba raro verlo finalmente en la casa. El corazón le latía cada vez más desbocado.
Había vuelto.
—Pajarillo —dijo Susenyos observando su rostro ceniciento y sus trenzas sueltas. Algo muy próximo a una sonrisa asomó a su tono de voz—. Estoy casi celoso. Antes me usabas a mí de diana.
3

KIDAN
Susenyos Sagad se erguía en silencio ante Kidan. La luz que entraba por el enorme ventanal le iluminaba un lado de la cara. Ella se había quedado sin aliento ante la súbita aparición.
Susenyos le echó un breve vistazo a Samson antes de volver a mirarla, y la casa cobró vida, alimentada por la unión de sus mentes. El fuego envolvía a Kidan como una segunda piel, que la arropaba en lugar de chamuscarla. Elevó una comisura de los labios al sentir una oleada de puro alivio.
La luz se reflejaba en los ojos oscuros de Susenyos, que le respondió con una pequeña sonrisa. Resultaba aterrador sin ella, embozado en la belleza robada de un eclipse. Pero en contadas ocasiones, como esa, irradiaba calidez. Kidan sentía una pizca de orgullo al saberse capaz de sacar a relucir una faceta distinta de Susenyos.
Sin ese odio tan activo hacia él…, hacia sí misma, Kidan no sabía qué quedaba entre los dos. Pero era una fuerza con vida propia, una bola concentrada de energía magnética que amenazaba con estallar cada vez que se acercaban el uno al otro. Otras veces, sin embargo, la energía era más suave, una mano extendida al borde de un precipicio que la alejaba del abismo, como ahora.
El ser que tenía entre las piernas intentó moverse y rompió su ensoñamiento.
Kidan volvió a mirar abajo y le arrancó un aullido a Samson cuando le hundió la bala en el hombro.
El sufrimiento maligno de su rostro era fascinante. Como si ese dolor físico pudiera llegar a equiparar todo lo que le había hecho a ella. Kidan estaba dividida entre alargar la tortura o matarlo de una vez.
Le clavó la pistola en la herida y la sensación no fue muy distinta a la de pinchar una fruta demasiado madura. Él lanzó un grito desesperado y su sangre empapó los dedos de Kidan, salada y metálica. La intensa mirada de Susenyos la estaba despistando. Notaba cómo se demoraba en distintas partes de su cuerpo según descendía a sus muslos abiertos. Un rubor le ascendió por el cuello.
—¿Te vas a quedar ahí plantado? —Kidan levantó la vista un momento.
—No se me ocurriría interrumpir a un genio en plena faena. —Susenyos hablaba en murmullos y en su voz acechaba algo oscuro que ella no supo identificar—. Enséñame cómo pones fin a una vida, yené Roana.
En otro tiempo esas palabras le habrían horrorizado, pero ahora solamente la inundaron de una energía deliciosa.
—Si me matas —gruñó Samson a través de sus resuellos—, las espadas se perderán.
El intento arrancó una sonrisa a Kidan.
—Eso nos da igual.
Por Kidan, como si las reliquias del Sabio caían en un agujero negro; le traía sin cuidado.
Pero Susenyos avanzó un paso.
—Tres personas deben conocer la ubicación de una reliquia, por si ocurriera algo. Es la costumbre nefrasi.
—Esa era tu costumbre —escupió Samson, y un reguero de sangre oscura le resbaló por la comisura de los labios—. Si me matáis ahora, nunca encontraréis las espadas.
Se rumoreaba que tres reliquias, la del Sol, la del Agua y la de la Muerte, liberaban a los vampiros de todas las restricciones.
Un trueno atravesó las facciones de Susenyos. Las paredes paneladas que tenía cerca ya no ardían con un fuego violento, sino que se ondulaban finas como cortinas. Trazas de preocupación habían penetrado en su mente. Esas reliquias tenían poder sobre él. Siempre serían su máxima prioridad. A Kidan se le secó la garganta.
—No le escuches —le pidió Kidan respirando con rapidez.
—Perderías… otro siglo… buscándolas. —A Samson le costaba formular las palabras, en parte por la debilidad y en parte por la furia—. Y si Lusidio las descubre antes que tú, ¿entonces qué?
A Kidan no le interesaban nada esas chorradas.
—Cállate ya.
Sin embargo, Susenyos se había quedado paralizado al oír el nombre. Volutas negras de algo que solo podía ser terror le envolvían los pies, una manifestación de emoción que solo ellos podían ver. Extinguieron el fuego de Kidan y se precipitaron hacia ella como anguilas. Enroscadas a sus tobillos, quemaban como hormigas rojas. El pánico se apoderó de ella. Estaba esperando a que Susenyos hablara, a que le diera instrucciones como hacía antes, cuando la casa magnificaba en exceso sus emociones. Pero él estaba paralizado. Casi ni la veía. Kidan le había visto torturado por las visiones de su pasado en el observatorio, pero esto era más aterrador, porque no oponía resistencia.
Él siempre oponía resistencia.
—Yos —le llamó Kidan con la esperanza de hacerle reaccionar.
Él no respondió.
Kidan aferró la pistola con más fuerza e invocó su propia rabia dibujando un triángulo en Samson. Un manto de fuego descendió del techo. Ella lo acogió y dejó que le llenara los pulmones; que extinguiera los dedos de oscuridad que se alargaban hacia ella.
Susenyos resopló y miró sorprendido los debilitados tentáculos negros.
Samson forcejeó para liberar los hombros, que seguían inmovilizados contra el suelo.
Ahora o nunca.
—Nos vemos en el infierno —dijo Kidan.
Apretó el gatillo al mismo tiempo que una fuerza la embestía por el costado. Sus dos brazos se desviaron dolorosamente. La bala impactó contra la pata de una silla haciéndola estallar. El arma salió volando de su mano y patinó por el suelo girando sobre sí misma antes de detenerse. Ella intentó recuperar la pistola, pero una figura la empujó hacia atrás y la sujetó contra el suelo.
Susenyos se cernía sobre ella con expresión severa.
—¿Qué cojones estás haciendo? —le gritó Kidan mientras las llamas los envolvían como un tornado.
La expresión de Susenyos era sombría y lanzó una mirada de odio hacia la forma tendida de Samson, todavía vivo.
—Él tiene razón. Antes necesito la reliquia.
«No podía hablar en serio».
Kidan se retorció debajo de Susenyos mientras lo maldecía con tanta potencia que por poco le estallan los pulmones.
—Tenemos que acabar con él ahora. ¡Es nuestra oportunidad! Te lo juro por Dios, Yos, te mataré si le sueltas. ¡Matará a GK!
Susenyos le devolvió una mirada resignada pero resuelta. El forcejeo de Kidan perdió intensidad a medida que una cruel decepción se apoderaba de ella. Por fin habían llegado a un acuerdo: trabajar y matar juntos. No podía abandonarla ahora.
—No me hagas esto —le susurró Kidan, odiando la forma en que se le había suavizado el tono.
Él bajó la mirada, pero su voz no delató la menor emoción.
—Nunca habíamos estado tan cerca de reunir todas las reliquias.
Ella empezó a gritarle, pero Susenyos la retuvo en el sitio. Al cabo de un rato, despacio, la soltó. Desconcertada por esa súbita rendición, Kidan se quedó quieta un momento antes de gatear hacia la pistola.
Pero fue otro quien la recogió.
Un hombre enorme, el doble de alto que Kidan, se inclinaba sobre el arma. Sus brazos parecían troncos de árbol y su rostro inspiraba terror. Le llamaban Warde y era uno de los acólitos de Samson.
Kidan se puso en pie a toda prisa.
Detrás de él, entrando con aire tímido, estaba June.
La visión de Kidan se tornó pulsante.
Los ojos redondeados de su hermana buscaron los suyos. Era increíble el poder que tenían sobre ella, cómo le estrujaban el corazón.
El salón volvió a transformarse e imitó el azul profundo que se ve en el fondo del mar. Le provocó una sensación de pérdida tan honda que Kidan no pudo demorarse en ella mucho rato. Cerró los ojos con fuerza y pensó en otra cosa, en algo que no le provocara tanto dolor.
Pero la casa magnificaba cualquier emoción que invadiese su mente. Y Kidan se sentía sola y asustada. Quería recuperar a su hermana. Abrió los ojos. Tenía que ser valiente.
«Vuelve conmigo», le suplicó en silencio.
Su hermana torció el gesto mientras observaba la escena. Samson hizo esfuerzos por levantarse y clavó las garras en el sofá de cuero buscando el equilibrio. Rasgó el tejido y cayó hacia atrás aferrándose la herida. La preocupación inundó el rostro de June, que miró a Kidan un instante.
Ella contuvo el aliento y levantó la mano una pizca.
«Por favor, ven conmigo».
June se acercó a Kidan. Estaba cada vez más cerca hasta que casi se tocaron…, y entonces pasó de largo.
Los hombros de ambas se rozaron, con suavidad y brutalidad, como una hoja que roza un tren a toda velocidad.
Kidan emitió un sonido entrecortado y le temblaron las rodillas.
Su hermana se inclinó para sostener la figura tambaleante de Samson.
—¿Cómo estás?
Kidan hizo una mueca de dolor al percibir la dulzura de su voz. Cuánto la echaba de menos. Su primer pensamiento, incluso ahora, fue que su hermana estaba viva.
Estaba sana y salva.
—Me recuperaré —gruñó Samson al mismo tiempo que se extraía una de las balas.
Igual que cuando June apareció por primera vez, con las largas trenzas rizadas y el rostro resplandeciente, el sabor ácido de la traición inundó la boca de Kidan. Después de pasar más de un año buscando a June y de matar a Mama Anoet, allí estaba su hermana, de pie junto al vampiro que quería sembrar el caos en el mundo. Kidan no reconocía esa versión retorcida de June, tan fría y calculadora con su propia hermana. No creía que perdonara jamás a June por marcharse. Y cuando su hermana supiera que Kidan había asesinado a su madre adoptiva, tampoco ella la perdonaría.
Había tantas cosas que quería gritarle a June, preguntarle por qué, por qué, por qué.
Y ya no podía esperar más.
Con ayuda de June, Samson se incorporó gruñendo de dolor. Todavía tenía una bala en las tripas.
—Warde.
Samson suspiró con fuerza.
El gigante pasó junto a Kidan y notó su sombra en la cara. Una gruesa cadena de huesos repiqueteó en torno a su cuello. El sonido llamó la atención de Kidan, que se volvió a mirar cómo el silencioso vampiro levantaba a Samson sin esfuerzo.
¿Era un Mot Zebeya como GK? Solo ellos llevaban cadenas de huesos.
June siguió a Samson escaleras arriba sin dirigirle ni una mirada a Kidan. A ella le ardió el pecho y dobló los dedos con rabia. Cuando se dio la vuelta, Susenyos la estaba mirando.
Hilos dorados bailaban detrás de sus hombros y tejieron letras de una belleza inquietante.
«Si Susenyos Sagad pone en peligro la Casa Adane, la casa a su vez le quitará algo que para él tenga el mismo valor».
La mirada de él se posó un instante en la inscripción, pero su rostro permaneció sorprendentemente impasible. Como potenciales amos de la casa, solo ellos dos podían leerla.
Al menos de momento. Kidan se preguntó cuánto tardaría June en ser capaz de leer esas frases también.
Puede que Susenyos estuviera pensando lo mismo.
Kidan habría pensado que él estaba perfectamente si no hubiera oído el lento y aterrador tañido de los tambores de guerra que latía en las paredes. Él era humano en esa casa, tan vulnerable a la muerte como ella.
Y Kidan estaba furiosa con él.
—¿Quién es Lusidio?
Por culpa de ese nombre la había traicionado.
La casa se estremeció ante su pregunta.
Grietas visibles semejantes a enredaderas negras se extendieron por suelos y paredes. Kidan trastabilló hacia atrás con los ojos muy abiertos.
Esa emoción… nunca la había percibido en él. Rabia sí. Pero nada tan frío, como miedo cristalizado.
La mandíbula de Susenyos se tensó al ver el estado de la casa. Se quedó mirando la puerta.
—Ya te lo diré —respondió en tono brusco.
Se encaminó a la puerta principal a toda prisa, casi corriendo las últimas zancadas. Kidan se quedó en el sitio un instante antes de cruzar la sala. Se acercó a la ventana que había junto al perchero de la entrada, apartó las cortinas y lo vio apoyado contra la cancela exterior. Sus hombros subían y bajaban a toda velocidad.
La casa le afectaba a él con más fuerza. Ella sabía bien lo que era sentirse abrumada, pero eso era diferente. En ocasiones la mente calculadora de Susenyos no parecía del todo centrada en Samson, sino también en Kidan. Como si ella fuera un problema con el que no contaba y estuviera discurriendo cómo resolverlo cuanto antes.
4

KIDAN
Kidan se paseó por la sala, envuelta en penachos de llamas rojas, mientras esperaba que June volviera a bajar. Cuanto más pensaba que su hermana estaba arriba, más intenso era el ardor de su piel. Incluso cuando Warde se marchó por fin, taconeando al pasar por su lado, June seguía encerrada con Samson.
Fue la gota que colmó el vaso.
«A la mierda».
Kidan subió a toda prisa al viejo dormitorio de Susenyos. Oía el rugido de la sangre en los oídos. Abrió la puerta de golpe. Samson estaba tumbado en la cama, sin camisa, con los repulsivos agujeros de las balas a la vista, la piel destrozada. Tenía la mano izquierda entre las manos de June, libre del guante de metal y cubierta de lo que parecían hojas. Antes de ver a Kidan, su hermana exhibía una suave sonrisa, como una enfermera de guerra que atendiese a un soldado herido. Fue solo un instante, pero había alegría sincera en los ojos de June mientras atendía a ese monstruo.
Kidan rara vez enfermaba, pero, cuando lo hacía, era June la que le preparaba sopa. Agria, herbal y un horror para las papilas gustativas, pero siempre funcionaba. June pegaba el dorso de los dedos a la frente de Kidan y decía: «Odio que estés enferma».
Se le hizo un nudo en la garganta, pero se lo tragó.
Kidan se acercó a la cama como un vendaval y tiró del brazo de June para obligarla a levantarse, haciendo caso omiso de su chillido agudo.
—¡Kidan! —protestó June cuando por fin encontró la voz—. ¡Suéltame!
Ella se limitó a clavarle los dedos con más fuerza. No lo suficiente como para hacerle daño. June gimió. El sonido remplazó el olor de cigarrillos baratos y el aire impregnado de alquitrán. Mama Anoet solía aferrarles los brazos así. Les clavaba los dedos encallecidos en el hueso cada vez que empleaban demasiada agua para lavarse el pelo y las sacaba de la ducha a rastras. June temblaba y gimoteaba con los ojos muy abiertos.
Y ahora miraba a Kidan con el mismo miedo tembloroso.
A Kidan se le secó la lengua y la necesidad de disculparse la inundó como una ola.
«Perdona, June. No quería hacerte daño. Yo no soy como ella. Solo quiero hablar…».
Samson se incorporó a duras penas presionándose con la mano la barriga herida. Una sombra en la noche. El monstruo al que June había escogido por encima de ella.
Todo vestigio de culpa se evaporó.
—No la toques, heredera —gruñó, pero su voz sonaba forzada, débil.
A Kidan se le heló la sangre en las venas. Sin pronunciar una palabra, arrastró a June a su dormitorio, la obligó a entrar y, cerrando la puerta, respiró pesadamente contra la hoja.
Una rabia peligrosa se reflejaba en su cara, en sus mismas venas. Cuando se dio la vuelta, June la miraba sorprendida, sujetándose el brazo. Durante un instante le recordó a Ramyn Ajtaf, frágil y condenada a morir. Necesitada de la protección de Kidan. Sacudió la cabeza para despejarse mientras deseaba ser capaz de ver las cosas tal como eran por una vez. Mal por mal. Bien por bien.
Kidan no era Mama Anoet. June no era Ramyn Ajtaf.
Y ella estaba dispuesta a descubrir quién era su hermana en realidad.
—Habla. Ahora.
5

KIDAN
Kidan y June Adane, las únicas herederas supervivientes de su casa, se miraron tanto rato que la habitación mudó en agua.
Los pulmones de Kidan se anegaron; deseó que el tiempo se acelerara. Necesitaba que su hermana hablara y la arrastrara a la orilla. Kidan casi lo veía. Cómo sobrevivirían a esto.
No hacía falta gran cosa. Una simple disculpa. Un largo abrazo.
Se habían peleado otras veces. La cosa nunca había llegado tan lejos como ahora, pero lo resolverían, si querían. Kidan prefería tratar de perdonar a su hermana que soportar su odio.
June solo tenía que disculparse. Reconocer que había cometido un error. Decirle a Kidan que todavía la quería.
Sería tan fácil volver a lo de antes… Solo necesitaba una explicación articulada.
En vez de eso, las primeras palabras de June fueron:
—¿Tienes la máscara?
Lo dijo con suavidad, con la habitual timidez de su hermana, pero la frase fue más afilada que un cuchillo y cortó el último lazo que las unía.
Un alambre de púas oprimió el corazón de Kidan; el dolor se derramaba por su pecho con cada respiración.
Una reliquia.
Ese era el motivo de tanta conspiración y traición entre Susenyos y Samson, y ahora entre Kidan y June. La búsqueda de las reliquias del Último Sabio: una máscara, un anillo y las espadas. Una vez que las tuvieran localizadas, los vínculos con los vampiros se romperían. Por fin serían libres de beber sangre de cualquier humano, tendrían acceso a sus capacidades reprimidas y podrían reproducirse sin morir.
Samson Sagad estaba en posesión de la reliquia del agua: la doble espada. La Casa Adane albergaba la reliquia del sol: una máscara. La reliquia de la muerte, la sortija de rubí, seguía perdida en el tiempo.
Y allí estaban ellas, enfrentadas como niñas que se pelean por un juguete. Kidan sintió ganas de gritar.
La rabia se derramó por su voz.
—¿Me abandonaste por una reliquia?
La figura menuda de June se empequeñeció aún más.
—Samson la necesita.
Kidan casi lo vio todo negro, le temblaron las narinas.
—Entonces ¿ya está? ¿Estáis juntos?
Notó una pequeña sensación de placer al ver a su hermana encogerse avergonzada.
—No estoy con él en ese sentido. —Un ramalazo de ira, nada habitual en ella, asomó a su voz—. Le estoy ayudando.
—¡Me abandonaste! —rugió Kidan, y las paredes de la habitación se incendiaron con una energía que surgía de la médula de sus huesos. Todo lo que Kidan había reprimido brotó en aquel poderoso rugido.
June no era consciente de lo cerca que estaba Kidan de estrangularla.
—¿Te puedes hacer una idea de lo mal que lo pasé mientras te buscaba? No podía respirar, no podía dormir. Pensaba que te estaban torturando, que se estaban alimentando de ti y… y… sabe Dios qué más. —La voz de Kidan se rompió en pedazos—. ¿Cómo pudiste marcharte?
June arrugó la cara como si le doliera oír eso. Nunca se le había dado bien gestionar el dolor de los demás e incluso se le saltaban las lágrimas con las canciones sobre un amor perdido. Bien, eso era lo que Kidan quería. Que su hermana entendiera el calvario que había vivido. Porque, madre mía, ¿cómo podía no saber lo que sus actos habían supuesto para Kidan? Tiempo atrás les bastaba una mirada para entenderse, pero ahora un velo flotaba entre las dos.
Kidan aferró las delicadas manos de su hermana y miró en las profundidades de esos ojos color miel que tan bien conocía. Estaba desesperada por salvar la brecha que las separaba.
—Las cosas que dijiste en ese vídeo… no son verdad. Tú no me dejarías si no tuvieras una buena razón.
Vetas azules surcaron las paredes, la tristeza de sus recuerdos, que agrietaba la rabia como si fuera cristal.
—Ya te dije cuál era la razón —respondió June con una voz suave como pétalos, los ojos clavados en sus manos unidas—. Necesitaba sentirme a salvo y los nefrasis me ayudaron. Ahora yo tengo que ayudarlos a ellos.
Un viento frío como el zafiro revoloteó en derredor y Kidan se sintió vacía. De nuevo esas palabras envenenadas.
—A salvo —repitió en tono monocorde—. ¿Te marchaste porque no te sentías segura conmigo?
Le respondieron el silencio de June, el ceño fruncido y su reticencia a mirar a Kidan a los ojos.
—¿Fue porque no te creí cuando me dijiste que alguien te estaba siguiendo?
Kidan había borrado aquel vídeo en particular, pero algunas noches la casa lo reproducía con absoluta claridad para recordarle su error. Y ahora la atormentaba.
June no respondió. Sus ojos miraban a todas partes excepto a Kidan.
—Intenté arreglarlo, June. Te busqué.
—No quería que me buscaras —respondió ella por fin.
No, todo eso no tenía ningún sentido. June era indulgente. June era amable. No se marcharía si no tuviera un motivo.
—Dime qué hice mal —le suplicó Kidan, aunque sabía que debería callarse—. Dime qué puedo hacer para solucionarlo. Para que volvamos a estar como antes. Haré lo que sea.
La desesperación que delataba su voz era verdaderamente patética. Pero se trataba de su hermana. La única alma en este mundo, además de ella, que había llorado la muerte de sus padres y que había sobrevivido a la educación de Mama Anoet.
Tenía que intentarlo. Luchar, al menos una vez.
June rompió el contacto, como si le hubiera leído el pensamiento. Retrocedió. El dolor se agolpó en la garganta de Kidan. El gesto hablaba con más claridad que mil palabras. La pulsera que ella le había hecho —una mariposa y un dije de tres puntas— todavía brillaba en la muñeca de June. Kidan lamentó que la llevara puesta. Le recordaba a sus momentos de mayor intimidad. A las historias de los Tres Vínculos que le contaba a su hermana en susurros noche tras noche, para ahuyentar las pesadillas de June, como quien canta una nana.
Primer vínculo: los vampiros solo podían alimentarse de las ochenta familias acti.
Segundo vínculo: los vampiros habían perdido su fuerza y sus poderes.
Tercer vínculo: los vampiros solo podían convertirte si renunciaban a su propia vida.
«Estamos a salvo, June. Estamos totalmente a salvo. El Último Sabio se aseguró de ello. Vuelve a la cama».
Era evidente que no había bastado.
Tras un largo silencio, June levantó la barbilla. Sus ojos estaban llenos de una resolución implacable.
—¿Tienes la máscara?
Kidan notó que se partía en pedazos. Un objeto. Los últimos diecinueve años que habían pasado juntas, yendo a clase, escondiéndose de Mama Anoet, celebrando sus cumpleaños antes de tiempo, reducidos a polvo por un puto trasto. No tenía sentido. No era posible.
—¿Eso es lo que quieres? —susurró Kidan—. ¿Con la máscara te darás por satisfecha?
June titubeó mientras se revolvía en el sitio.
—Sí.
Kidan tragó pura bilis y le preguntó con voz chillona:
—¿Y cuando la tengas qué?
Una leve vacilación. A continuación:
—Nos marcharemos.
Kidan cerró los puños. Le escocían los ojos por las lágrimas reprimidas. La crueldad de June la había dejado sin aliento. Se lo había esperado y, sin embargo, el dolor era nuevo en cada ocasión.
—¿Volverás a marcharte?
«Deja de suplicar —le susurró una parte de sí misma—. Eres penosa».
Cuando June volvió a hablar, lo hizo en un tono resignado, derrotado. Como si el vínculo entre las dos se hubiera roto irremediablemente.
—Tú tienes tu vida, Kidan. Y yo tengo la mía.
June avanzó hacia la puerta y el corazón de Kidan empezó a latir a un galope aterrado. Aferró la mano de su hermana con rabia.
—Si eso es lo único que quieres, no lo vas a tener. —La voz de Kidan quedó reducida a puro rencor—. Me aseguraré de que nunca la consigas. Te lo juro por lo que más quieras.
Su hermana se quedó helada. Kidan esperaba que eso la hiciera reaccionar. Que el miedo la obligara a disculparse. A volver.
Pero los delicados rasgos de June no reflejaron miedo. Y sus palabras aún menos.
—Pues entonces la encontraré yo misma.
Kidan parpadeó estupefacta antes de susurrar con rabia:
—Yo soy la heredera. Para que tú heredaras la casa y consiguieras la máscara, yo tendría que morir.
Sonoros tambores reverberaron durante cada segundo que su hermana permaneció callada. Era tan brutal lo que implicaba ese silencio que Kidan la soltó. June, que aborrecía la muerte, que lloraba solo de pensar en un insecto aplastado, ni siquiera pestañeó ante la mención de la muerte de su hermana.
¿Cómo era posible que no dijera nada?
June se dio media vuelta, anegando la habitación en olas de una corriente implacable.
—La decana me preguntó si sabía cuál era la ley de la Casa Adane. Tú la conoces, ¿verdad?
Kidan no respondió.
—Ya. Eso también tendré que averiguarlo por mí misma.
Tras eso, June se marchó.
Kidan trastabilló hacia la cama y se desplomó en ella. Echó mano del teléfono para buscar los vídeos que June había grabado cuando tenía catorce años.
«Hola, chicos. Ha ocurrido otro incidente que ha sido un tanto embarazoso. Estábamos en una fiesta y como que me he desmayado. Pero Kidan estaba allí. Siempre cuida de mí».
La respiración de Kidan se entrecortó mientras trataba de identificar alguna emoción oculta, de precisar el momento en el que su hermana había decidido que no merecía la pena seguir a su lado.
No estaba en sus vídeos. Esa distancia fría e insalvable no existía en aquel entonces. June la quería. Kidan lo oía en sus recuerdos. Lo único que superaba al amor que June sentía por Kidan era el miedo que le inspiraban sus pesadillas recurrentes. Sin embargo, parecía más retraída en cada vídeo, sus ojos más vacíos. Y luego estaba aquella grabación en la que Kidan obligaba a June a tomar la medicación porque no se creía que alguien la estuviera siguiendo.
Debió de ser entonces. Ese fue el instante en que decidió que no podía más.
Porque Kidan ya no podía ayudarla. Ni siquiera ella tenía el poder de irrumpir en la conciencia de alguien y librarla de sus demonios.
La única vez que Kidan falló a June, ella la abandonó.
Un puño de hierro le estrujó el corazón. Intentó ahuyentar el pánico, ordenar a la habitación que se transformara, pero no lo hizo. Una vez que la ansiedad y el terror se instalaban, tenía que abandonar la estancia en la que estuviera para poder volver a respirar. Pero la puerta estaba muy lejos y ella jadeaba demasiado. Le temblaron las rodillas cuando se obligó a incorporarse y doblarse sobre sí misma, arrastrando las trenzas por el suelo.
Respira. Una voz que no era la suya tintineó en su mente. Kidan se sobresaltó. Levántate y camina.
Se aferró al edredón y se puso en pie sobre unas piernas temblorosas. Haciendo muecas de dolor con cada paso, avanzó.
El pasillo, ahora un suelo forestal, estaba limpio de ese ambiente oprimente. Esa voz extrañamente familiar desapareció tan pronto como estuvo a salvo.
Estaba harta de que todo el mundo la abandonara. La familia siempre debería quedarse. Su compañero tendría que prometerle que se quedaría.
Kidan apretó los dientes y se enjugó el escozor de las lágrimas que amenazaban derramarse. La lealtad había desaparecido y solo importaba lo que ella ofrecía a los demás. Ahora entendía que solo tenía una manera de asegurarse de que no prescindieran de ella.
«Vincúlatelos. —Esta vez fue su propia voz, rebosante de una malicia que le estremeció el alma—. Haz que te necesiten. Siempre».
Susenyos le había dicho que su verdadero poder era la capacidad de dictar cualquier ley en su propia casa, y ahora entendía el aliciente de esa capacidad.
Kidan dominaría la casa. Decretaría sus propias leyes. Rascó con los dedos sus formas en el suelo: triángulo, cuadrado.
Tres leyes. Solo necesitaba tres leyes.
1. Que Samson se arranque su corazón de mierda.
2. Que GK vuelva a ser humano.
Esa era una esperanza secreta a la que se aferraba. Y cada vez que soñaba con ello, una energía nerviosa la recorría. La casa había tornado humano a Susenyos, así que ¿por qué no también a GK? Si le ofreciera eso, GK la perdonaría. Entendería por qué le había obligado a transformarse en vampiro: para salvarle la vida, no porque ella fuera la mano de la muerte.
La pared que tenía delante se convirtió en los ojos traicionados y aterrados de GK cuando ella le había encerrado en la cripta de Uxlay. Sacudió la cabeza, decidida a seguir adelante con su plan. Sí, tenía que dominar la casa antes de traer de vuelta a GK. Volvería a ser un vampiro cada vez que saliera de la casa, pero al menos parte del tiempo recuperaría su antiguo yo. Tendría tiempo de acostumbrarse a su vampirismo. Y si quería quedarse dentro todo el tiempo, encontrarían la manera de hacerlo.
A Kidan no le importaría vivir en esa casa con todos sus amigos. De hecho, sería muy reconfortante. Llenar el silencio con la risa contagiosa de Yusef o con el violín de Slen por las noches.
Y también promulgaría su última ley. La que le hacía dar saltitos de impaciencia, la que hacía que se muriese por visitar al profesor Andreyas ahora mismo y suplicarle que le enseñara los putos secretos para dominar una casa, porque no podía esperar.
3. Que June experimente el dolor que yo he sufrido.
6

KIDAN
Kidan se despertó en el pasillo.
Había vuelto a soñar con GK, todo el tiempo escuchando el repiqueteo de su cadena de huesos. Soñaba con él a menudo últimamente. GK intentaba hablar, pero ella nunca entendía lo que decía.
Solo captaba sus ojos fríos, empapados de traición. Las pupilas castaño claro ensombrecidas a un caoba dorado. Las garras que surgían de sus dedos. No se demoró demasiado en ello; los recuerdos de su cuerpo ensangrentado y de su transformación le provocaban náuseas.
Los quejidos de angustia que escapaban de June mientras dormía resonaron a lo largo de la noche, un sonido que Kidan había escuchado toda la vida. Por eso se había cambiado de ropa y había vuelto al pasillo. Para quedarse cerca, por si acaso. Las pesadillas de June no habían cesado; seguían los mismos terrores que le atenazaban el cuerpo y hacían que se retorciera hasta que Kidan la despertaba cada noche… Era como si nada hubiera cambiado. Solo que esta vez Kidan no entró en su cuarto. En vez de eso, apretó los dientes y leyó un libro bajo la luz de la bombilla hasta que June se tranquilizó y Kidan pudo volver a dormir.
No paraba de preguntarse cómo demonios habían acabado así. Aunque lo había vivido, Kidan no se lo podía creer. June quería apoderarse de la casa. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que la Dranacti la animara a quitarle la vida a Kidan?
Kidan se desperezó con un bostezo. Reinaba el silencio. Pálidos rayos de sol bailaban en la alfombra y calentaban su figura acurrucada. Fue entonces cuando cayó en la cuenta. Alguien la había tapado con una manta.
Frunció el ceño preguntándose quién habría sido y buscó el gastado libro que había estado leyendo obsesivamente.
Mitos tradicionales de Abyssi.
Kidan repasó con el dedo la marca de GK alrededor del nombre «nefari», una manera singular de referirse al nefrasi. Él la había ayudado a descubrir el secreto de Susenyos en ese libro, y había más enigmas enterrados entre las gastadas páginas. Buscó la sección titulada «Los Tres Vínculos y las Tres Reliquias». Tenía que averiguar cómo, exactamente, se podían romper los vínculos; por qué diablos June y Samson estaban tan desesperados por conseguir la máscara.
Pero los capítulos apenas desarrollaban el tema antes de pasar al mito siguiente. Había un breve borde en zigzag entre las páginas, como si hubieran arrancado unas cuantas. Pero las páginas no estaban numeradas, así que no podía estar segura.
Según Slen, en otro tiempo hubo muchos ejemplares de esa obra. Un día empezaron a desaparecer. La Casa Adane poseía el último original. Mitos tradicionales de Abyssi era la versión simplificada de Ye Abyssi Tarik. Y la leyenda contaba que Abyssi, un lugar misterioso ubicado entre dos montañas superpuestas, había dado a luz al primer Sabio y al primer vampiro. Sin embargo, nadie conocía la leyenda completa, pues cada página estaba escrita en una lengua africana distinta.
Kidan deslizó el dedo por el borde dentado del interior del libro, casi liso si no sabías que estaba ahí. Susenyos había dudado antes de darle el libro. Ella atribuyó sus dudas a que revelaba el origen del nefrasi. Pero, por lo visto, había algo más que no quería que Kidan supiera.
Tanto como para arrancarlo antes de darle el volumen.
Con un gesto automático, Kidan se palpó la muñeca con los dedos. Pero la pulsera de la mariposa y la pastilla azul que contenía ya no estaban allí. Susenyos la había obligado a entregársela. Algunos días Kidan volvía a sentir deseos de morir. Se trataba de un pensamiento pasajero, como el color del cielo o su cita favorita de Los amantes locos, pero la casa lo captaba y lo amplificaba. Cuando eso sucedía, Kidan se sacaba del bolsillo una hoja de papel doblada, como ahora.
Observó la perfecta caligrafía inclinada, el cuidado y el cariño que rezumaba cada frase.
Las primeras líneas siempre le encogían el corazón.
Queridísima Kidan:
Hay muchos males grotescos en este mundo. Créeme, yo los he conocido todos. Sin embargo, el más temible de todos es el de la mente.
Ese era el secreto que más la avergonzaba. Leía la carta cada vez que necesitaba el recordatorio, en los momentos en que el mundo la oprimía por todos los frentes.
Él quería que viviera.
«Para que le consigas la reliquia», le susurró una voz cruel.
Dobló la carta y se apretó los puños contra los ojos. No, eso no era verdad. ¿O sí?
—Todavía llorando tus penas en los pasillos, por lo que veo —dijo una voz grave y sonora, rompiendo el silencio de la mañana.
Kidan dio un respingo y el corazón se le subió a la garganta. Susenyos subió la escalera y se recostó contra la barandilla con los ojos brillantes.
—Pensaba que ya lo habías superado.
Ella se tensó y volvió la vista hacia el antiguo dormitorio de Susenyos, ahora el de Samson. Esperaba que saliera en cualquier momento.
Él siguió la trayectoria de su mirada.
—No está ahí. Ha dormido en mi habitación, cómo no. Qué predecible.
Kidan todavía tenía la carta en la mano y la escondió a toda prisa debajo de la manta.
—Ahora podemos hablar —dijo él—. Tu hermana también se ha marchado.
Más relajada, Kidan observó a Susenyos. Parecía el mismo de siempre: alto, esbelto, la piel de un tono marrón frustrantemente claro y las mandíbulas enmarcadas por las trenzas twist. Los ojos de color carbón. Todavía parecía un rey perdido, un rostro regio destinado a ser inmortalizado en un lienzo. Un tipo de belleza injusto que guardaba demasiados secretos.
El fuego se alargó desde los pies de Kidan y acarició la parte inferior de los zapatos de Susenyos, que esbozó un amago de sonrisa.
—¿Por qué ardes, pajarillo?
—Por tu culpa he perdido la pistola —dijo ella, maldiciendo a la casa por delatarla de ese modo.
—Te conseguiré una nueva —replicó él en tono desdeñoso y luego sonrió—. ¿Y qué? ¿Cuándo vamos a matarla?
—¿A quién?
Kidan se quedó atónita.
—A la traidora de tu hermana. ¿Quieres hacer los honores o los hago yo?
Le miró boquiabierta hasta que notó un tic nervioso en la cara.
—No la vamos a matar.
Él enarcó las cejas con una expresión casi burlona.
—¿Amenaza tu posición de heredera, te abandona sin motivo y se supone que no tenemos que hacer nada al respecto?
Kidan abrió la boca y la cerró mientras una ola de dolor le recorría el pecho. Con Susenyos era fácil ser sincera, aunque fuera peligroso.
—La odio —reconoció por fin.
La sonrisa de él se ensanchó. Normalmente, Kidan lo encontraba guapo. Ahora tenía ganas de atizarle un puñetazo.
—Pero no voy a matar a mi hermana.
El suspiro que soltó Susenyos le puso los pelos de punta.
—Me impediste matar a Samson. Él es nuestro enemigo.
Susenyos entornó los ojos al percibir el tono de Kidan.
—Solo le salvé la vida porque necesitamos las espadas. ¿Qué valor aporta la vida de tu hermana?
Kidan negó con la cabeza, incapaz de entender a qué venía tanta violencia.
Valor.
Ya puestos, ¿qué valor aportaba la vida de Kidan? ¿Por eso él la mantenía con vida? Y si dejaba de ser valiosa, ¿qué haría con ella?
Él escudriñó los ojos oscuros de Kidan.
—¿A qué viene esa expresión? No me estarás juzgando otra vez, ¿eh, yené Roana?
—No quieres matar a June por lo que me ha hecho a mí —formuló ella con cuidado—. Te preocupa que lea la ley de la casa. Que averigüe que habla de ti.
Él le devolvió la mirada con la misma dosis de ferocidad.
—Puedo tener más de una razón para matar a alguien, pajarillo. Tuve cinco en su día para matarte a ti.
Kidan estuvo a punto de sonreír, pero no dejó que la despistara.
—Si June lee la ley, se lo contará a Samson, ¿verdad? No me digas que eso no se te ha pasado por la cabeza.
Ahora no hubo la menor traza de sonrisa. Un estremecimiento recorrió la columna de Kidan ante la súbita frialdad que se había apoderado del rostro de Susenyos.
—No lo permitiré.
—No vas a tocar a June —dijo Kidan despacio. Se levantó echando la manta a un lado—. Yo me ocuparé de ella. Dominaré la casa y me vengaré.
En lugar de expresar la ira que Kidan esperaba, la mirada de Susenyos viajó por sus piernas desnudas, lenta y cuidadosa, como si no estuviera acostumbrado a verla así. Había olvidado que seguía vestida con un pantalón corto y una camiseta holgada. Se ruborizó mientras volutas de una leve neblina inundaban el pasillo. Los aromas, fuertes y conocidos, de los Baños de Arowa les envolvían los hombros.
¿Era el deseo de Kidan o el de Susenyos?
Esperó a que él hiciera su típico comentario sarcástico, uno que le provocara ganas de acariciarle o de atizarle, pero no lo hizo. Se limitó a seguir regodeándose en su imagen, con calma, como si ella fuera una obra de arte.
Sentirse observada con tanta atención la hizo ruborizarse. Como si él supiera que había mucho más en su interior que explorar y disfrutar. Cosas horribles, malvadas. Pero también sueños más dulces. Cosas que jamás le diría a nadie, salvo quizá a él. Verse a través de sus ojos titilantes la tornaba imprudente.
La neblina se espesó y la boca de Kidan se hizo agua.
Susenyos se inclinó y ella se quedó inmóvil, consciente de cada uno de los movimientos de él. Le quitó el libro de los mitos de Abyssi y los dedos de Susenyos le rozaron la pantorrilla al ascender. Lo hizo con tanta suavidad que ella no lo habría notado de no haber estado tan atenta. Kidan tomó aire y contuvo la respiración. No sabía si él lo había hecho adrede. Se quedaron allí, sin hablar, un buen rato hasta que la necesidad de acercarse fue casi dolorosa.
«Concéntrate en el libro».
Carraspeó para aclararse la garganta y habló:
—Faltan algunas de las páginas. Sobre las tres reliquias y los tres vínculos.
Kidan estudió el rostro relajado de él buscando trazas de verdad.
—Hay suficientes mitos sobre las reliquias como para volverte loca, si se lo permites.
Sonaba sensato, pero había cautela tanto en sus palabras como en la precaución de su postura, erguido ante ella.
No debía de separarlos más de un paso de distancia, suficiente para abrazarse, pero el libro y su conocimiento perdido eran un frío recordatorio de los obstáculos que tenían que salvar.
La mirada de Kidan descendió al agrietado lomo de cuero.
—«Que te haya mentido, Kidan, no es mínimamente comparable a los horrores que he cometido». Eso me dijiste una vez. Que siempre protegerías el conocimiento que tienes sobre las reliquias, pasara lo que pasara.
Él nunca lo había negado, algo que, por extraño que pareciera, ella le agradecía. Como dos estafadores, podían ser sinceros acerca de sus secretos.
—El conocimiento no siempre es poder. También es una cárcel —dijo él—. Los estudiantes de Dranacti entran cada semestre en la Torre de Filosofía libres y despreocupados, hasta que descubren la realidad de lo que deben hacer. Ya nunca podrán dejar de saberlo, y tú tampoco. Eso también es una maldición.
Sin el vampirismo, el intenso brillo de la piel de Susenyos se atenuaba y era más fácil regodearse en su visión. La casa le cambiaba, le borraba la despreocupación inmoral y le otorgaba un aire melancólico.
—No recuerdo quién era antes de adquirir conocimiento sobre las reliquias —prosiguió él en tono quedo, con un deseo ardiente en las pupilas negras—. Sueño con ellas, las idolatro y he malgastado incontables años en su búsqueda. Eso es lo que hace el conocimiento. No te acerca a nada, te separa. Te sume en la soledad.
Kidan quiso borrarle esa expresión grave.
—Pero, si lo compartes conmigo, podré hacerte compañía. ¿No fue eso lo que juramos hacer?
Kidan recordaba la ceremonia de compromiso con absoluta claridad. Sus propias palabras antes de que él le enterrase los colmillos en la garganta.
«Me comprometo a tratarlos como iguales y a no pedirles más de lo que pediría a los de mi propia sangre».
Como Susenyos no dijo nada, Kidan se arriesgó a avanzar un paso. Ahora estaba tan cerca que habría podido contarle las pestañas. Él la observó con suma atención, pero no se apartó.
La niebla que los envolvía se espesó, y, en ella, una realidad fatal que Kidan no podía seguir negando cobró vida: la casa había sido insoportable sin él. Fría como una cáscara, triste como su viejo apartamento. Sin el sonido de su escritura inclinada o el sencillo placer de levantar la vista y encontrarle junto a la chimenea de la sala, concentrado en un libro o en una reliquia, parecía privada de la luz del sol. Era algo que solo pudo descubrir en su ausencia: que su presencia la reconfortaba hasta extremos enojosos.
El abandono fue su primer idioma y a través de este medía su conexión con los demás. Por eso la ausencia de June y GK le había dejado un vacío tan grande. Y Kidan había rogado no sentir nada cuando Susenyos se marchara; no con tanta rapidez, no por él. Pero hubo un destello, el sabor de algo adictivo. No era tan complicado como el amor ni tan sencillo como una atracción, sino una perturbadora necesidad de tenerle cerca.
No sabía cómo llamarlo.
Kidan solo descubriría el alcance de ese sentimiento si él la dejaba. Y se negaba a que sus sentimientos estallaran en el mismo instante en que la abandonara.
Así que tenía que quedarse.
En esa casa.
Con ella.
Kidan observó la curva de sus labios gruesos, suaves y engañosos. Nadie podía imaginar que debajo escondía unos caninos tan monstruosos. Pero su propia piel recordaba las afiladas puntas de sus colmillos, como un par de espinas venenosas: rápidos, dolorosos y luego embriagadores. Se preguntó qué sensación produciría notar esos labios contra los suyos; si su boca era capaz de la suavidad y el cuidado con que los dedos habían acariciado su áspero cabello.
«No dejes que te bese. Será la última cosa que hagas».
Se le calentó la nuca y se le contrajeron los músculos en la parte baja del vientre. Tal vez por eso él la había detenido el Día de Cossia, por miedo a cortarle la lengua en pedazos. Pero cada vez le costaba más no pedirle que lo hiciera de todos modos.
Que le demostrase que aún la quería, cuando nadie más lo hacía.
Y en ese pasillo, en ese instante, él era humano. El beso no dolería.
Kidan alargó la mano para acariciarle la mejilla, sin poder evitarlo. Él se quedó petrificado como granito. Envalentonada, le deslizó los dedos por la mandíbula. Quería ver la sonrisa triunfante de Susenyos ante
