Créditos
Título original: Draco. L’ombra de l’imperatore
Traducción: Juan Carlos Gentile Vitale
1.ª edición: noviembre 2015
© Massimiliano Colombo y Edizione Piemme, 2012
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-204-2
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Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
La dinastía constantiniana
I. Mediolanum
II. Claudio Silvano
III. El césar de la Galia
IV. Draco, la sombra del césar
V. El paso de los Alpes
VI. El sabor de la batalla
VII. La colonia de Agripina
VIII. Las murallas dee Senones
IX. El asedio
X. El patíbulo
XI. El puente sobre el Rin
XII. Argentoratum
XIII. Conspiración
XIV. Tabula Cerata
XV. Vientos de guerra
XVI. Constantinopla
XVII. Antioquía
XVIII. La campaña sasánida
XIX. Frigia
XX. Eternidad
Personajes en orden de relevancia
Agradecimientos
Notas
Dedicatoria
A L’aura,1 encontrada en Roma hace dos mil años,
que ha afrontado conmigo este largo viaje en el tiempo
hasta las orillas del impetuoso Tigris.
La dinastía constantiniana

I. Mediolanum
I
Mediolanum
Agosto del 355 d. C.
El viento cálido del verano empujó al cernícalo sobre la soleada llanura, hacia los campos cultivados en los márgenes de la gran ciudad. Bajo la mirada del depredador corrían relucientes cursos de agua, escudo líquido que abrazaba los sólidos muros erigidos para defender a la población.
Torreones semejantes a mudos centinelas interrumpían la muralla de la ciudad a lo largo de las vías que corrían en todas direcciones. Desde allí era fácil alcanzar Aquileia y luego proseguir hacia Constantinopla, o bien ir en dirección oeste y luego al norte, hacia Vienne o la Galia, hasta Lutecia. Desde allí se podía tener el control de las vías hacia el Rin y el alto curso del Danubio; desde allí el emperador y su corte guiaban la lucha por el dominio del imperio.
Quien quisiera reinar sobre Roma debía hacerlo desde la antigua capital de los insubrios, la ciudad llamada Mediolanum.
En el último siglo, Mediolanum había prosperado, y se había expandido dentro de los antiguos muros y fuera de ellos. Rica y poderosa, acuñaba moneda en su propia ceca y albergaba villas señoriales, jardines, galerías, estatuas, termas y teatros. Por sí solo, el imponente complejo del palacio imperial ocupaba todo un barrio en la parte occidental de la ciudad. El conjunto de suntuosos edificios residenciales y administrativos, erigidos en el curso de los años, alojaba la estructura administrativa del imperio. Entre jardines exóticos cuajados como joyas en majestuosas columnatas, se asomaban muchos de los palacios de la corte, según el modelo oriental, directamente sobre el inmenso escenario personal del divino augusto, el circo ecuestre, construido junto a los muros.
Desde una de las torres de la línea de partida de las carreras de carros elevó el vuelo una bandada de palomas. El movimiento no escapó a la vista aguda del cernícalo, pero el depredador permaneció inmóvil, con las alas desplegadas, contemplando la arena que se extendía debajo de él. Atraído por un resplandor en el torbellino de colores que rodeaba el recorrido del certamen, el cernícalo giró y bajó en picado. En aquel momento se elevó el estruendo de la multitud y la rapaz, espantada, volvió a abrir las alas y voló hacia la campiña.
Un hombre de entre el público del estadio señaló un punto en el cielo.
—Un halcón se ha dirigido derecho al carro de los Azules.
—¿Dónde, Victor?
—Allá abajo, pero ya ha volado.
Los alaridos en torno a ellos reclamaron la atención de los dos hombres en la arena. Al sonar las trompetas y tras ser agitada la tela blanca, los carros habían dejado las carceres, las puertas de salida. Después de haber recorrido a toda velocidad la primera parte del anillo, con trayectorias forzadas para no chocarse, habían cogido la recta que llevaba al primer paso por la meta, silbando como flechas bajo las gradas y la tribuna de los jueces. El auriga de los Verdes se había puesto de inmediato en cabeza y alcanzó la curva de la mitad delante de todos los demás, pero en su ímpetu la tomó con una trayectoria demasiado cerrada. La rueda izquierda del carro chocó contra el murete interno del circuito. El carro dio un violento salto, luego volcó y arrolló al conductor, que, como todos los demás, tenía las bridas atadas a la cintura. El público se puso en pie de un salto con una exclamación cuando los cuatro caballos del segundo tiro, el de los Rojos, apenas salidos de la curva a toda velocidad, se precipitaron sobre el imprevisto obstáculo. Los demás competidores abrieron la trayectoria tratando de evitar el peligroso embrollo mientras los caballos de los Verdes se replegaban tras su desatinada carrera, arrastrando la cuadriga volcada reducida ya a una carcasa.
Los carros desfilaron más allá de la meta y superaron el obelisco en el centro del murete para alcanzar la curva sucesiva. Al auriga de los Verdes los caballos lo arrastraron un buen trecho, hasta que consiguió cortar las bridas con el puñal. Tambaleándose había alcanzado a los sirvientes, que lo hicieron salir de la pista antes de que los carros pasaran por segunda vez.
—Victor, ¿ves al auriga de los Blancos? Dos vueltas más y estará en cabeza.
—Filopatros, los caballos exteriores de tu Victorio no están coordinados. ¡Verás qué bonita voltereta le harán dar! Yo digo que dentro de dos vueltas será Polidoxo, de los Azules, el primero en pasar por aquí abajo.
Otro alarido de la multitud; en el segundo paso por la meta se habían tocado dos carros. Los Azules y los Blancos no se caían simpáticos y los dos rivales estaban arriesgándolo todo para alcanzar al tiro que iba en cabeza.
—Polidoxo es un pendenciero, Victor.
—¡Dale un latigazo, Polidoxo!
Victor se había puesto en pie.
—¡Que corra sangre!
Los ocho caballos recorrieron la recta al límite de la extenuación, con las ruedas de los dos carros chocando. En las gradas los partidarios de los Azules despotricaban contra el auriga de los Blancos. Polidoxo llegó a la curva por la parte interior de la pista y aprovechó la ocasión para dar un golpe de cola a su directo adversario, tratando de descarrilarlo, pero Victorio lo intuyó y, en el último momento, contuvo los caballos. El Azul entró en la curva a demasiada velocidad y el carro se le fue hacia la derecha. El auriga intentó enderezarlo, pero la sacudida hizo que perdiera el control. El vehículo volcó entre los gritos de triunfo de los partidarios de Victorio. Filopatros alzó los puños al cielo con un alarido de alegría y Victor vio que una nube de polvo engullía al auriga de los Azules. Se colocó el pelo rubio y se secó el sudor de la frente; luego se sentó en la gradería de mármol mientras todos alrededor de él ensalzaban al nuevo campeón. Desde aquel momento pareció perder interés por la competición y su mirada se tornó ausente, como alejada de la multitud excitada.
Instantes después, Victor concentró su atención en Filopatros, que había estado todo el rato desgañitándose. Lo conocía desde hacía solo un par de días, pero tenían muchas cosas en común, aunque eran hijos de mundos distintos. Filopatros era de Antioquía, un griego de la cabeza a los pies, aunque los rasgos marcados, la tez aceitunada y el pelo negro azabache lo hacían parecer sasánida. No era imponente, pero el físico sinuoso y el encanto oriental le daban un halo de misterio.
—Bien, era la última carrera de la jornada; ahora, vamos a cobrar —dijo el griego, contento.
—Yo no tengo nada que cobrar —refunfuñó Victor.
—Has querido apostarlo todo a Polidoxo, pero se sabía que el viejo está acabado.
—Más de dos mil carreras ganadas, ¡y tenía que volcar justo hoy!
—Eso sucede. El campeón envejece y llega uno más joven que se lo come.
Fueron a cobrar el dinero de la apuesta y luego se encaminaron, entre la multitud, a la salida, el vomitorium, que conducía el flujo de espectadores hacia el exterior, a los amplios espacios enfrente del complejo imperial. Una vez fuera, vieron que iba a su encuentro un astrólogo, de esos que predecían el futuro por pocas monedas. Victor lo apartó y le hizo señas a Filopatros de que lo siguiera. Bordearon los barrios de la corte, vigilados por un cordón invisible de guardias armados.
Victor sabía cómo moverse por Mediolanum. Venía, como Filopatros, de lejos, pero del Norte. De origen franco, rubio, de ojos verdes y alto de estatura, era un gentilis, o mejor, el hijo de un gentilis, uno de aquellos emigrantes que Roma había sabido transformar en colonos dedicados a la agricultura, listos, si era necesario, para convertirse en soldados. El nombre latino que había asumido indicaba el deseo del padre de integrar a su hijo en aquel universo llamado Roma. Muchos bárbaros habían hecho la misma elección, pero el nombre Victor tenía también un sentido religioso: la victoria del bien sobre el mal, un sentido que, de seguro, importaba más al padre que al hijo.
Abriéndose paso, cogieron una vía que llevaba al Foro, entre el humo de la carne asada sobre tejas calientes de los vendedores ambulantes y los puestos que despachaban hogazas y pan especiado para todos los gustos. Aflojaron el paso para disfrutar de la sombra y curiosear entre la mercancía de las tiendas que se asomaban a la calle, hasta que de detrás de una columna de los soportales apareció una matrona con el rostro embadurnado de maquillaje y cogió al griego por el brazo. Filopatros la miró, sorprendido y complacido a la vez, pero Victor sacudió la cabeza.
—¿Tienes prisa, amigo?
—Hazme caso, griego. Vamos a las termas, nos refrescamos bien y por la tarde nos damos una vuelta por el puerto. Las mujeres, allí, son mucho mejores.
El griego se soltó y la mujer los maldijo con un vozarrón que resonó en los soportales.
Aún se reían cuando la gran plaza del Foro se abrió ante los ojos de Filopatros. Había oído hablar de ella, pero no se la imaginaba tan grande y se detuvo, asombrado, a mirar alrededor. Era el centro de la ciudad, donde confluían todas las calles principales. La enorme explanada rectangular estaba pavimentada con lastras de piedra clara y por los dos lados largos corrían columnatas adornadas con estatuas honorarias.
—¿Qué es aquello? —El griego señaló el majestuoso edificio al otro lado de la plaza.
—Es la curia —respondió Victor—, donde se reúne el Senado municipal. A su izquierda, en la esquina, está el macellum, el mercado, y a la derecha, la opulens moneta, la ceca, que el divino augusto reabrió hace dos años. —Filopatros recorrió las columnatas con la mirada—. Sobre el lado opuesto está el capitolium... —El griego observó aquel edificio, que a diferencia de los otros estaba en ruinas—. Está dedicado a Júpiter, Juno y Minerva. Parece que quieren demolerlo dentro de poco. No se puede entrar, pero si quieres verlo de cerca...
—Diría que no —dijo Filopatros.
Victor sonrió.
—¿Eres cristiano?
—Soy arriano, ¿por qué?
—A lo largo de la calle que va a las termas hay dos basílicas. Si quieres podemos detenernos.
—¿También tú eres arriano?
—Claro —respondió Victor.
Solo dos días y ya una mentira.
Victor no era arriano y tampoco era trinitario, un adepto del credo niceno. No le importaban las disputas teológicas ni le interesaba saber si Jesús estaba hecho de la misma sustancia que su Padre o si Dios era único, eterno e indivisible, como juraban los seguidores de Arrio. Indiferente al Padre y al Hijo, tampoco seguía a los antiguos dioses, se llamaran Júpiter, Juno o Minerva.
Victor solo creía en aquello que veía, pero se lo guardaba para sí. En aquellos tiempos decir que no se tenía fe era demasiado peligroso, más que creer en los antiguos dioses; y Victor debía su buena suerte a la capacidad de adaptarse a la situación.
Victor era un referendarius, un espía bien entrenado y listo para ejecutar las misiones más sucias. No era un agens in rebus o un notarius que se enriquecía vendiendo informaciones más o menos verdaderas a los poderosos de la corte. Su misión era infiltrarse y descubrir secretos allí donde los demás agens in rebus no llegaban. Podían llamarlo para realizar incursiones clandestinas en los territorios de los alamanes, para vigilar a un enemigo del emperador y, en algunos casos, para eliminarlo con una rápida cuchillada en la oscuridad.
Llevaba una vida solitaria y peligrosa, en la que a veces ya ni siquiera sabía quién era. Victor recibía una orden y la ejecutaba, sin preguntarse el motivo.
La orden que estaba ejecutando en aquel momento preveía el encuentro con Filopatros en Mediolanum, de donde habrían partido juntos para un destino aún ignoto.
Hicieron un alto en la basilica vetus, a lo largo de uno de los canales que atravesaban la ciudad. Entraron por la gran puerta central y recorrieron la nave principal, seguidos por el eco de sus pasos. A diferencia de los cultos antiguos, reservados a los sacerdotes oficiantes, la nueva religión, el cristianismo, necesitaba edificios amplios y cubiertos para la celebración de la eucaristía, en la que podía —o mejor, debía— participar todo el pueblo. Constantino el Grande, padre del emperador gobernante en aquel momento, Constancio II, había favorecido la construcción de las nuevas basílicas según el modelo de las civiles, que albergaban actividad tanto comercial como política. En pocos años, la estructura arquitectónica con la nave central, alta y amplia, y las laterales, más bajas y estrechas, había arraigado en todo el imperio. La difusión de los nuevos templos religiosos iba al mismo paso que el abandono de los viejos, dejados en el olvido y la incuria junto con los antiguos dioses, con gran placer de los seguidores del nuevo culto.
Victor y Filopatros se arrodillaron bajo la luz que descendía de las ventanas situadas en la parte superior de la nave y comenzaron a susurrar plegarias. Una letanía que Victor desgranaba de memoria y entre dientes, pensando en los encuentros que le esperaban después de las termas. ¿Velia o Milania? No, mejor Teodora, siempre que no hubiera llegado alguna muchacha nueva... Sonrió. Los lujos de una gran ciudad eran fundamentales, aunque fuera pocos días al año. Se percató de que también Filopatros estaba ansioso y no se entretuvo más.
Al salir de la iglesia, retomaron el camino hacia los penachos de humo blanco que ascendían desde las termas de Hércules. Cortando por las callejas entre talleres de alfareros, zapateros y fabricantes de telas, llegaron a la entrada monumental del edificio, con la cúpula del frigidarium, que descollaba sobre el tímpano de la columnata.
Había muchas idas y venidas, pero más tranquilas que las del gentío del circo. Filopatros y Victor se pusieron a la cola para pagar el acceso, haciendo guiños a algunas muchachas que salían de las termas con el pelo aún húmedo. Cuando entraron, el griego se quedó boquiabierto.
El rectángulo delimitado por una columnata era un gimnasio al aire libre donde se entrenaban varios hombres. Incitados por una pequeña multitud, dos luchadores se batían, abrazados. Un grupo de chiquillos perseguía una pelota y algunos hombres de aspecto marcial levantaban pesos para tonificar la musculatura. A las mujeres se les reservaban espacios separados porque la moral de la nueva religión no permitía la promiscuidad ni siquiera entre las aguas termales.
—Ven —dijo Victor—, los vestuarios están por aquí.
Los dos entraron en una de las exedras que se asomaban al pórtico, se desvistieron y les dejaron las ropas a los sirvientes. Luego se sumergieron en la amplia natatio, la piscina exterior junto al calidarium. Por lo general, la sala de los baños calientes era la primera meta del recorrido termal: aquel día, sin embargo, estaba casi desierta.
El sol comenzaba a caer, pero el calor aún hacía que la atmósfera fuera sofocante. Seguido por Filopatros, Victor se desplazó a la gran sala del frigidarium, la de los baños fríos. Apoyados en el borde de la piscina disfrutaron del frescor y del espectáculo de la gran cúpula por encima de su cabeza. El sol del atardecer jugaba con el agua, reflejándose en los mosaicos y en los bustos de mármol que representaban las estaciones. Victor fijó sus ojos verdes en la estatua de Heracles, representado apoyado en una clava. De pronto se sintió observado y percibió la mirada de Filopatros. El griego estudiaba las cicatrices del franco, en el pecho y, sobre todo, en el hombro derecho, una amplia franja de piel cauterizada.
—¿Un alamán?
—Sí, o quizá dos.
El franco sonrió, complacido. Filopatros lo imitó.
—Lo ideal para eliminar un tatuaje; esos con que se marcan los soldados, ¿sabes a qué me refiero?
Victor se miró el hombro.
—Es cierto. Nunca lo había pensado.
Era verdad lo que había dicho Filopatros, pero ¿cómo podía saberlo?
—Y entonces, griego, ¿de dónde has caído?
—De Antioquía. Pasé algunos años en una guarnición, luego me asignaron a la escolta de un obispo de Alejandría llamado Jorge de Capadocia. Es un personaje importante, ¿lo conoces?
—No.
—Según parece he cumplido bien mi deber, porque hace diez días recibí la orden de venir aquí lo antes posible. Una misión importante de la que por ahora no sé nada.
Victor escrutó al griego, reflexionando. Mentía. ¿Por qué hacer que acudiese un soldado desde Grecia para una misión en los alrededores de Mediolanum? Mentiroso Filopatros, pensó el franco. Era probable que su verdadero trabajo fuese, más o menos, similar al de Victor. Un experto agens in rebus, quizás un sicario; tal vez estuviera allí para controlar a Victor. O para eliminarlo...
—¿Y tú, franco?
—Estoy en la escolta personal del magister equitum Ursicino.
—¿Sabes adónde nos mandan?
—No. Solo sé que debemos partir mañana.
Filopatros miró alrededor mientras se echaba un poco de agua fría por encima.
—¿Mañana mismo? —preguntó—. Bueno, al menos tenemos toda la noche por delante.
Frescos y descansados, dejaron atrás las termas para volver hacia la parte occidental de la ciudad. Volvieron por un itinerario distinto del de la ida, bordeando la muralla en dirección a la puerta meridional, aquella que conducía a Placentia y luego abajo hasta Roma. En aquella zona, Mediolanum había superado sus propios muros y el decumano máximo se extendía más allá de la población en un paseo flanqueado por tiendas, en torno a las que había surgido un nuevo barrio. Allí el canal que rodeaba los muros era más ancho y sobre la orilla se habían construido embarcaderos para mover las mercancías que viajaban por el río entre Mediolanum y los puertos del Adriático, tanto de ida como de vuelta. La ciudad tenía la suerte de ser un nudo de comunicación de toda la región, por tierra y por el río. Mediolanum era una ciudad de agua.
Allende los muros, en la vecindad asomada al puerto, lejos de los fastos del palacio imperial, las residencias episcopales y las prohibiciones religiosas, florecían actividades más o menos lícitas, que hacían del barrio una sentina de vicio y de peligro. Victor y Filopatros cogieron uno de los callejones laterales del decumano y se los tragó una oscuridad solo a ratos rasgada por las manchas de luz de las lámparas de aceite colgadas de las puertas. Era la zona de los burdeles y las timbas, lo ideal para dos soldados con los bolsillos llenos.
Vagaron un poco; luego Victor entró en una taberna. El posadero, un hombretón calvo de barba hirsuta, los saludó. Se sentaron y pidieron de beber mientras pasaban revista a los parroquianos. En torno a una mesa donde se jugaba a los dados se había reunido un corrillo de caras patibularias.
—¿Está Velia? —le preguntó Victor al posadero.
El hombre posó la garrafa de vino aguado y se rio burlón.
—De momento está ocupada... No sé para cuánto tendrá.
Filopatros notó una sombra de disgusto en el rostro de Victor y le preguntó:
—¿Quién es esa Velia?
—Una sabina ardiente, amigo mío.
El griego soltó una carcajada; luego su mirada cayó sobre una muchacha jovencísima, pálida y rubia. Victor la presentó como Milania, hermana menor de Velia. Eran las hijas del posadero, a las que el padre prostituía con los parroquianos.
A la mañana siguiente, las nubes cubrían Mediolanum. El ruido metálico de los cascos sobre el empedrado de la plaza retumbó en la cabeza de Victor, que trataba de recordar cómo había terminado la noche. Pasó los dedos bajo el yelmo, rozando un chichón doloroso que tenía en la nuca. El efecto de la borrachera se estaba pasando y sentía dolores por todo el cuerpo. Entonces... ¡Ah, sí! Milania en brazos de Filopatros, habían bebido y comido, luego el griego había subido con la muchacha y él se había quedado solo, bebiendo, hasta que había llegado ella, Velia. La muchacha le alteraba la sangre. A pesar de todo el vino que tenía en el cuerpo, Victor la había cogido en brazos para llevarla a la pequeña habitación donde la había besado, amado y poseído... hasta la última moneda. Al final se había derrumbado de repente, como un árbol bajo el hacha del leñador.
Luego... Un vago recuerdo de brazos poderosos que lo arrastraban fuera de la cama y de la habitación, imprecaciones de desprecio y el agua fría en la cara. Se había despertado sobresaltado y le había pegado un puñetazo al posadero, luego...
Victor se volvió para mirar a Filopatros, que cabalgaba a su lado. Un morado bajo el ojo y un labio partido. A pesar del dolor de cabeza, sonrió: se acordó de que el griego había acudido a ayudarlo con un ánfora llena de aceite que había partido en la cabeza del posadero. Luego se habían acercado los bribones que jugaban a los dados. Eran demasiados y los habían echado de la taberna, pero sin abrirles la panza a cuchilladas. En resumen, todo había ido bien. De vez en cuando hacía falta una buena pelea.
El cortejo estaba dejando atrás Mediolanum, tras atravesar la puerta occidental. El pataleo de los cascos atronaba aún en la cabeza del franco, pero por lo menos ya resonaba entre los muros de las casas. Una vez superados los altares funerarios en el exterior de la ciudad, los jinetes aceleraron la marcha.
—Cuidado con lo que haces, Victor. No te pierdo de vista.
El aludido se volvió y vio cabalgar a su izquierda a Amiano Marcelino, el protector del general Ursicino: túnica blanca adornada con motivos mitológicos en oro, coraza de escamas y yelmo embellecido con gemas de colores que valían como dos caballos.
—A tus órdenes, señor.
—Si por mí fuera, esta mañana te habría dado patadas en el culo, pero por algún motivo que desconozco el magister te protege y te ha querido a toda costa en su guardia, a pesar de que estabas borracho.
—El magister es un santo, protector.
—Haz que no tenga que arrepentirse —dijo Amiano con una mirada cortante. A continuación señaló con la cabeza a Filopatros y siguió—: En cuanto a ti, graeculo, que sepas que has elegido un pésimo compañero de viaje; por tanto, compórtate como es debido. No me interesa quién eres ni de dónde vienes. Has sido asignado a mí, así que obedéceme o te arranco la cabeza a mordiscos. ¿He sido claro?
Filopatros asintió en silencio. Amiano remontó la columna y se acercó al general.
—¿Graeculo?
—Sí —dijo Victor—, quiere decir griego, pero en el sentido de «bastardo griego» o...
—Sé qué quiere decir. ¿Qué tiene contra los griegos?
—Todo —respondió el franco, examinándolo—, es de Antioquía, como tú...
La cabeza de la columna aumentó la marcha y los jinetes se pusieron en fila al trote rápido. Victor observó que Amiano cabalgaba al lado de Ursicino y se tranquilizó. Podía decir adiós a Velia; después de lo que había sucedido habría sido difícil verla otra vez. Y en cuanto a volver a Mediolanum, en fin...
Por el momento lo único que tenía seguro era un largo viaje hasta el destino final: la colonia Agripina. Se preguntó cuántos, entre el séquito del general, sabían que estaban yendo a desafiar a la muerte y también cuántos de ellos, sin que lo supieran los otros, tenían su mismo encargo.
Montando a la cabeza de su guardia, seguido por una decena de tribunos, Ursicino parecía protegido como una gema preciosa, pero en realidad era el peón sacrificable del grupo. Ya era un milagro que aún estuviera vivo. El general había estado a un paso del patíbulo, pocos meses antes, por sospecha de traición.
El año anterior, Ursicino había prestado servicio ante el viceemperador para el Imperio de Oriente, Constancio Galo, primo y, a la vez, cuñado del emperador. El reinado de Galo se caracterizaba por la crueldad y las persecuciones que habían enviado a la muerte a numerosos inocentes, acusados de conspiración y prácticas mágicas: se decía que el soberano merodeaba por Antioquía de noche, de incógnito y con escolta, le pedía a la gente que opinara sobre su manera de gobernar y luego los molía a palos. Temiendo que Galo pudiera amenazar su autoridad, el emperador lo había alejado de las tropas y había ordenado su arresto. A Ursicino lo habían acusado de fomentar una revuelta contra Galo, con el fin de poner en su puesto a su hijo una vez que el viceemperador hubiera sido destituido. Así que el emperador lo llamó a Mediolanum y lo condenó a muerte, pero la ejecución de la sentencia se aplazó. Entre tanto, el 9 de diciembre del 354 cayó la cabeza de Galo.
Y cuando Constancio II, el divino augusto, decidía el destino de Ursicino en Mediolanum, el viento de la traición empezó a soplar en Germania. Claudio Silvano, valiente general al mando del ejército en la Galia, fue acusado de querer usurpar el trono. Algunas cartas comprometedoras con su firma habían llegado al más alto funcionario de la corte: el eunuco Eusebio, el praepositus sacri cubiculi, el responsable del sagrado dormitorio del emperador. Eusebio decidía quién subía y quién bajaba en los favores del emperador, y otorgaba o denegaba las audiencias; al convertirse en el intermediario entre el emperador y el mundo, poseía un enorme poder.
Procesado en rebeldía en Mediolanum, Claudio Silvano había sido absuelto porque las acusaciones se habían revelado falsas. Pero en Germania y para evitar una muerte que creía segura, el general ya se había proclamado emperador. Era el 11 de agosto del año 355.
La tremenda noticia se había mantenido en secreto. El divino augusto Constancio había decidido con sus funcionarios que con el pretexto de una pacificación atraerían a Silvano a Mediolanum. A tal fin escribieron una carta amistosa de convocatoria y para hacerla plausible eligieron como portador a un hombre que inspiraría en Silvano la máxima confianza. Sacaron de las mazmorras a Ursicino, general en abierta oposición con los altos funcionarios del divino augusto y testigo vivo de la clemencia del emperador.
Si el plan llegaba a buen fin, Ursicino se ganaría el puesto de Silvano. Pero era posible que el espejismo de un nuevo encargo no bastara y que Ursicino reconociera la autoridad de Silvano, convirtiéndose así en un peligroso adversario para Constancio. Ahí entraba en escena Victor. El verdadero papel del franco, en medio de aquel grupo de jinetes dispuestos a defender al magister equitum Ursicino, era cortarle el cuello al primer atisbo de traición.
Victor se acomodó la almilla y se apretó el barboquejo.
Matar a un hombre por órdenes superiores, incluso un alto funcionario, no era demasiado complicado; lo difícil era salir vivo una vez cumplida la misión.
Victor se volvió otra vez hacia Filopatros. ¿Quién era? ¿Por qué lo habían reclutado sin decirle nada? El griego era el único de la escolta al que Victor no conocía. No había podido estudiarlo suficientemente. De todos los demás había aprendido rápidamente a reconocer la voz, el modo de caminar y de cabalgar. Se había hecho amigo de ellos, dispuesto, si era necesario, a matarlos uno a uno, protector incluido. No había que perder de vista a Amiano Marcelino; era un combatiente hábil y tenía olfato. Victor había interpretado el papel de gandul, precisamente para no suscitar las sospechas del protector, pero la táctica aún no había tenido éxito. Amiano lo vigilaba como un sabueso.
A la caída del sol, después de una larguísima jornada y solo dos breves pausas, el grupo se detuvo en una mansio con alojamientos y cuadras. Por fin pudieron estirar las piernas, comer y reposar. Amiano ordenó a Victor y Filopatros que se ocuparan de su caballo y del general. Los quería más cansados que a los demás y los quería lejos de Ursicino.
II. Claudio Silvano
II
Claudio Silvano
Finales de agosto del 355 d. C.
A la salida del sol, el general Ursicino reunió a sus soldados.
—Nuestro viaje a marchas forzadas está a punto de terminar —dijo—. Un par de días más y llegaremos a la colonia Agripina, donde entregaremos un mensaje del divino augusto al magister militum Claudio Silvano.
Magister militum. Ursicino había nombrado a Silvano con el mismo grado que le había asignado Constancio, reconociéndolo así como comandante en jefe del ejército de la Galia.
—Sé lo que estáis pensando. ¿Por qué tantos hombres para un mensaje? ¿No bastaba con un mensajero normal? —Los observó, como desafiándolos a pedir más información. Nadie abrió la boca—. El divino augusto ordena a Claudio Silvano que regrese de inmediato a Mediolanum por asuntos de la máxima importancia para la seguridad del Imperio. Durante su ausencia, yo lo sustituiré al mando del ejército, hasta nueva orden. —El general se aclaró la voz antes de continuar—. El motivo por el que hemos debido cabalgar día y noche para llegar lo antes posible a la colonia Agripina es que la semana pasada el general Claudio Silvano se proclamó a sí mismo emperador.
En aquel momento los hombres de la escolta se dieron cuenta de que quizá no se preveía que hubiera retorno de aquel viaje que habían emprendido. Amiano Marcelino, inmóvil como un busto de granito, no dejaba de observar a Victor y Filopatros para espiar hasta su más mínima reacción.
—Debíamos llegar a Germania antes de que la noticia fuera divulgada. El emperador quiere convencer al magister militum Silvano de que dé un paso atrás y se presente ante él, para evitar derramamientos de sangre. El motivo por el que he sido elegido como mensajero es que el comandante del ejército de la Galia sabe que puede fiarse de mí. —El general hizo una pausa—. Pero no respetaría vuestra experiencia de soldados si negara que estamos al borde de una guerra civil. Un incendio del que podríamos ser la primera chispa.
La mirada de Amiano se deslizó sobre los hombres de la escolta.
—Confío en vosotros. Ahora que sois conscientes de la importancia de esta misión, os recuerdo que habéis jurado fidelidad a Flavio Julio Constancio, vuestro verdadero y único emperador, y os pido que repitáis conmigo esas palabras.
El protector hizo que los hombres recitaran la fórmula del juramento, pero tener que recordar a los soldados por quién estaban combatiendo no era buena señal. ¿Cuántos estaban dispuestos a pasarse al enemigo si la situación tomaba un mal cariz?
Bajo el cielo plomizo de una húmeda mañana de finales de agosto, la columna reanudó la marcha. Silenciosos y sombríos, los hombres prosiguieron, bordeando el Rin. Trataron de mantenerse a distancia de las fortificaciones y de las torres de vigilancia diseminadas a lo largo del río, pero al día siguiente Victor percibió las nubes de humo que se alzaban, a lo lejos, desde un burgus que habían dejado atrás. No dijo nada y continuó cabalgando, pero estaba claro que los habían detectado.
Al día siguiente, hacia el mediodía, vislumbraron el polvo de muchos caballos al galope. Poco después, apareció el resplandor metálico de las corazas. El nutrido destacamento de caballería se dirigía directamente hacia ellos.
A simple vista, era toda una turma de bátavos. Que no estaban allí por casualidad quedó confirmado cuando los jinetes se dispusieron en abanico sobre la cima de una colina mientras un pequeño pelotón proseguía hacia los hombres de Ursicino. Uno de ellos sostenía sobre un asta la enseña de su vexillatio: una cabeza de dragón que emitía un silbido inquietante, a causa del aire que pasaba por las fauces abiertas. Al lado del draconarius iba un oficial de capa negra, el mismo color del semental que montaba.
El oficial se detuvo a pocos pasos de la columna y dirigió al general el saludo militar. Era un hombre robusto, con las mangas de la túnica remangadas sobre los poderosos antebrazos. Una cicatriz le surcaba la parte derecha del rostro, cubierta a medias por una densa barba rubia. Bajo el yelmo, los ojos claros eran saetas de hielo. Un oficial de caballería de la frontera germana, al que solo las enseñas romanas distinguían de un jefe de tribu de la otra orilla del Rin.
—Soy el magister equitum Ursicino, al servicio del divino augusto Flavio Julio Constancio. Soy portador de un mensaje para el magister militum Claudio Silvano.
—Tribuno Flavio Nevita —respondió el oficial de la capa negra—, al servicio del augusto emperador Claudio Silvano. Tengo la orden de escoltaros hasta él.
Por el familiar acento, Victor dedujo que era de origen franco.
Después de un primer momento de fría incomodidad, el tribuno les dio la bienvenida, pero inmediatamente después ordenó a sus hombres que formaran la columna. En un instante, Ursicino y los suyos se encontraron con los bátavos delante, en los lados y a la espalda. Mejor no subestimar al tribuno Nevita, que parecía tener el control absoluto de sus soldados.
Victor y Filopatros observaron a los jinetes, tratando de entender si de verdad estaban conduciéndolos donde Claudio Silvano o si, en cambio, se disponían a encerrarlos por la fuerza en las mazmorras del palacio de la colonia Agripina. El franco notó que Ursicino hablaba en voz baja con Amiano, que de vez en cuando se volvía para dar órdenes a los demás.
A la caída del sol el grupo alcanzó Castra Herculia, un campamento fortificado sobre el Rin en el que estaba instalado un destacamento de brachiati. Amiano Marcelino ordenó a los hombres que consumieran las raciones traídas de Mediolanum y evitar la comida de la mesa d
