Aguila De Plata, El (La Legión Olvidada 2)

Ben Kane

Fragmento

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Contenido

Mapa

1. El Mitreo

2. Scaevola

3. Vahram

4. Fabiola y Secundus

5. Descubrimiento

6. Reina el caos

7. Emboscada

8. Desesperación

9. Augurios

10. Derrota

11. El dios guerrero

12. Pacorus

13. Traición

14. Un nuevo aliado

15. Una nueva amenaza

16. El camino a la Galia

17. La batalla final

18. El general de Pompeya

19. Alesia

20. Barbaricum

21. El reencuentro

22. Noticias

23. El Rubicón

24. El mar de Eritrea

25. Farsalia

26. El bestiarius

27. Alejandría

Nota del autor

Glosario

Notas

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1

El Mitreo

Este de Margiana, invierno de 53-52 a.C.

Los partos se detuvieron por fin a unos dos kilómetros del fuerte. Cuando cesó el crujido continuo de las botas y las sandalias sobre el terreno helado, un silencio sobrecogedor se apoderó del lugar. Las toses amortiguadas y el tintineo de las cotas de malla se desvanecieron, absorbidos por el aire gélido. Aún no había oscurecido por completo, lo cual permitió a Romulus hacerse una idea de su destino: la pared anodina de un despeñadero de erosionadas rocas parduscas que conformaban el margen de una cordillera baja. Al escudriñar la oscuridad que iba cerniéndose sobre el lugar, el soldado joven y robusto intentaba discernir el motivo que había conducido a los guerreros hasta allí. No había edificios ni estructuras a la vista, y el sendero serpenteante que habían seguido parecía desembocar al pie del despeñadero. Enarcó una ceja y se volvió hacia Brennus, su amigo, que era como un padre para él.

—Por Júpiter, ¿qué estamos haciendo aquí?

—Tarquinius sabe algo —masculló Brennus, encogiendo sus enormes hombros bajo la gruesa capa militar—. Para variar.

—¡Pero no nos lo quiere decir! —Romulus ahuecó las manos y se sopló en ellas para intentar evitar que los dedos y la cara se le entumecieran por completo. La nariz aguileña ya ni la sentía.

—Todo se acaba descubriendo —repuso el galo con trenzas, riendo por lo bajo.

Romulus dejó de protestar. Su ansia no agilizaría el proceso. Paciencia, pensó.

Ambos hombres vestían jubones a ras de piel. Y encima de éstos, llevaban las habituales cotas de malla. Pese a protegerlos bien de las hojas de las espadas, los gruesos anillos de hierro les absorbían el calor corporal. Las capas y bufandas de lana y el forro de fieltro de los cascos de bronce con penacho ayudaban un poco, pero los pantalones rojizos hasta la pantorrilla y las cáligas de gruesos tachones dejaban al descubierto demasiada piel como para sentirse a gusto.

—Ve a preguntarle —instó Brennus con una sonrisa—. Antes de que se nos caigan los huevos.

Romulus sonrió.

Ambos habían pedido una explicación al arúspice etrusco cuando éste había aparecido hacía un rato en el cuarto del barracón, donde el ambiente estaba muy cargado. Como de costumbre, Tarquinius no soltó prenda, pero había musitado algo sobre una petición especial de Pacorus, su comandante. Y la posibilidad de ver si había manera de salir de Margiana. Como no querían dejar marchar solo a su amigo, también ellos decidieron aprovechar la oportunidad de obtener más información.

Los últimos meses habían supuesto un agradable descanso tras las luchas sin tregua de los dos años anteriores. Sin embargo, poco a poco, la vida en el fuerte romano se fue convirtiendo en una rutina entumecedora. El entrenamiento físico iba seguido de las guardias, mientras que la reparación de los pertrechos sustituía a las prácticas de desfile. Las rondas ocasionales tampoco ofrecían demasiada diversión. Ni siquiera las tribus que saqueaban Margiana se mantenían activas durante la temporada invernal. Así pues, el ofrecimiento de Tarquinius parecía un regalo de los dioses.

No obstante, lo que motivaba a Romulus aquella noche era algo más que la mera búsqueda de emociones. Estaba desesperado por oír ni que fuera la menor mención de Roma. Su ciudad natal estaba en el otro extremo del mundo, separada por miles de kilómetros de paisaje inhóspito y pueblos hostiles. ¿Existiría la posibilidad de regresar a ella algún día? Como casi todos sus compañeros, Romulus soñaba día y noche con esa posibilidad. Allá en los confines del mundo, no había ninguna otra cosa a la que aferrarse, y aquella misteriosa excursión quizás arrojara un rayo de esperanza.

—Esperaré —contestó al final—. Después de todo, nos ofrecimos voluntarios para venir. —Dio un zapatazo de resignación con cada pie. El escudo oval alargado, o scutum, que llevaba colgado de una cinta de cuero, se le balanceó en el hombro con el movimiento—. Y ya has visto de qué humor está Pacorus. Probablemente me cortaría los huevos por preguntar. Prefiero que se me hielen.

Brennus soltó una risotada atronadora.

Pacorus, bajito y moreno, iba en cabeza; vestía un jubón muy ornamentado, pantalones y botines, además de una gorra parta cónica y una larga capa de piel de oso para abrigarse. Bajo la piel, le ceñía la cintura un delicado cinturón de oro del que colgaban dos puñales curvos y una espada con la empuñadura llena de incrustaciones. Pacorus, un hombre valiente pero despiadado, lideraba la Legión Olvidada, los vestigios de un numerosísimo ejército romano que el general parto Surena había derrotado el verano anterior. Junto con Tarquinius, ahora los amigos no eran más que tres de sus soldados rasos.

Romulus volvía a ser prisionero.

Pensó en lo irónico que resultaba pasarse la vida cambiando de amo. El primero había sido Gemellus, el cruel comerciante propietario de toda su familia: Velvinna, la madre, Fabiola, su hermana melliza y él. En época de vacas flacas, Gemellus había vendido a Romulus con trece años a Memor, el lanista del Ludus Magnus, la escuela de gladiadores más importante de Roma. Aunque no era tan gratuitamente cruel como Gemellus, el único interés de Memor estribaba en preparar a esclavos y criminales para luchar y morir en la arena. La vida de los hombres no significaba nada para él. Al recordarlo, Romulus escupió. Para sobrevivir en el ludus, se había visto obligado a acabar con la vida de un hombre. En más de una ocasión. «Mata o te matarán», resonaba en sus oídos el mantra de Brennus.

Romulus comprobó que el gladius corto y de doble filo estuviera suelto en su vaina, y el puñal con mango de hueso que llevaba al otro lado del cinturón, listo para usar. Estos gestos se habían convertido en instintivos para él. La sonrisa le arrugó las facciones cuando advirtió que Brennus hacía lo mismo. Al igual que todos los soldados romanos, también llevaban dos jabalinas con punta de hierro, o pila. Sus compañeros, una veintena de los mejores guerreros de Pacorus, contrastaban claramente con ellos. Vestidos con versiones más sencillas del atuendo de su superior, y con capas de lana abiertas por los lados en vez de pieles gruesas, iban armados con un cuchillo largo; de la cadera derecha, les colgaba una fina vaina lo suficientemente grande para albergar el arco compuesto recurvado y una reserva de flechas. Los partos, diestros en el manejo de muchas armas, eran ante todo un pueblo de arqueros sumamente hábiles. Romulus se consideraba afortunado por no haber tenido que enfrentarse a ninguno de ellos en la arena. Cualquier parto podía lanzar media docena de astas en el tiempo que un hombre tarda en dar cien pasos corriendo; y con puntería para matar.

Por suerte, en el ludus también había conocido a Brennus. Romulus le dedicó una mirada de agradecimiento. Sin la amistad del galo, enseguida habría sido víctima de aquel entorno tan salvaje. No obstante, a lo largo de casi dos años sólo había sufrido una herida realmente grave. Luego, una noche, una reyerta callejera se les había ido de las manos y los amigos habían tenido que huir de Roma juntos. Se alistaron en el ejército como mercenarios y el general Craso se convirtió en su nuevo amo. El político, millonario y miembro del triunvirato que gobernaba Roma, buscaba desesperadamente el reconocimiento militar del que gozaban sus otros dos colegas, Julio César y Pompeyo Magno. «Menudo imbécil arrogante —pensó Romulus—. Si se pareciera más a César, ya estaríamos todos en casa.» En vez de cosechar fama y gloria, Craso había conducido a treinta y cinco mil hombres a una derrota sangrienta e ignominiosa en Carrhae. Los partos, cuya brutalidad superaba incluso la de Memor, habían hecho prisioneros a los supervivientes: aproximadamente, un tercio del ejército. Puestos a elegir entre que les vertieran oro fundido por la garganta, ser crucificados o servir en una fuerza fronteriza del límite oriental indefinido de Partia, Romulus y sus compañeros se habían decantado por esta última opción.

Romulus exhaló un suspiro, pues ya no estaba tan convencido de que su decisión hubiera sido la correcta. Daba la impresión de que iban a pasar el resto de sus días luchando contra los enemigos históricos de sus captores: tribus nómadas asalvajadas de Sogdia, Bactria y Escitia.

Estaba ahí para averiguar si ese desventurado destino podía evitarse.

Tarquinius escudriñó la ladera de roca con sus ojos oscuros.

Ni rastro de nada.

El aspecto de Tarquinius difería del de los demás: tenía unos rizos rubios sujetos por una cinta que le despejaba el rostro delgado, de pómulos marcados, y llevaba un pendiente de oro en la oreja derecha. El etrusco vestía una pechera de piel cubierta de diminutos aros de bronce entrelazados y una falda corta de centurión con el ribete de cuero. De la espalda le colgaba un morral pequeño y gastado; del hombro derecho, un hacha de guerra de doble filo sujeta con una correa. A diferencia de sus compañeros, el arúspice prescindía de la capa: quería estar completamente alerta.

—¿Y bien? —preguntó Pacorus—. ¿Ves la entrada?

Tarquinius frunció ligeramente el ceño, pero no respondió. Los muchos años de formación al lado de Olenus, su mentor, le habían enseñado a hacer gala de una paciencia infinita que, a ojos de los demás, rayaba en la petulancia.

El comandante desvió los ojos ligeramente hacia la derecha.

Tarquinius miró hacia el otro lado a propósito. «Mitra —pensó—. El Grande. Enséñame tu templo.»

Pacorus ya no podía contenerse.

—No está ni a treinta pasos de distancia —se mofó.

Varios guerreros rieron burlonamente.

Con toda tranquilidad, Tarquinius se tomó la molestia de dirigir la vista hacia donde el comandante había mirado hacía un momento. Observó el despeñadero fijamente durante un buen rato, pero no veía nada.

—Eres un charlatán. Siempre lo he sabido —gruñó Pacorus—. Ascenderte a centurión fue un error garrafal.

Era como si el parto hubiera olvidado que él, Tarquinius, había proporcionado su arma secreta a la Legión Olvidada, pensó el arúspice con amargura. Un rubí que Olenus le había regalado hacía años les había permitido comprar la seda que incluso ahora cubría los scuta de más de cinco mil hombres, lo cual les permitía soportar las flechas de arcos recurvados que antes podían con todo. Había sido idea suya que forjaran miles de lanzas largas, armas capaces de mantener a raya a cualquier caballería. Gracias a él habían aniquilado a la inmensa banda de guerreros sogdianos que arrasaban pueblos a su paso por Margiana. Además, sus conocimientos médicos habían salvado la vida de numerosos soldados heridos. Su ascenso a centurión era un reconocimiento tácito de todo aquello, y de la estima que le tenía la tropa. No obstante, no se atrevió a replicar.

Pacorus era el dueño de sus vidas. Hasta el momento, lo que había protegido a Tarquinius, y en cierto modo a sus amigos, de la tortura o la muerte había sido el temor del comandante a su capacidad profética. Y, por primera vez en su vida, el etrusco parecía haberla perdido.

El temor, una emoción nueva para Tarquinius, se había convertido en su compañero diario.

Durante meses había puesto en práctica su ingenio, pero sin ver nada realmente significativo. Tarquinius observaba cada nube, cada ráfaga de viento y cada pájaro y animal que veía. Nada. Los sacrificios de gallinas y corderos, que solían ser un método excelente de adivinación, habían resultado inútiles una y otra vez. Sus hígados púrpura, la mayor fuente de información de todos los arúspices, no le proporcionaban ninguna pista. Tarquinius no lo entendía. «Hace casi veinte años que soy arúspice —pensaba con amargura—. Nunca he sufrido tamaña sequía de visiones. Los dioses deben de estar realmente furiosos conmigo.» Le vino a la cabeza Caronte, el demonio etrusco del Hades, que surgía del interior de la tierra para engullirlos a todos. Pelirrojo y de piel azulada, caminaba a la sombra de Pacorus, con la boca repleta de dientes babosos dispuestos a despedazar a Tarquinius cuando la paciencia del comandante llegara a su fin. Para lo cual no faltaba mucho. No hacía falta ser arúspice para interpretar el lenguaje corporal de Pacorus, caviló Tarquinius cansinamente. Era como un fragmento de cuerda tan tensa que podía romperse en cualquier momento.

—Por lo más sagrado —espetó Pacorus—, os lo voy a enseñar. —Le arrebató la antorcha a un guarda y encabezó la marcha. Los demás lo siguieron. Se detuvo a tan sólo veinte pasos—. ¡Mirad! —ordenó, señalando al frente con la llama.

Tarquinius abrió los ojos como platos. Justo delante había una zona bien cuidada de adoquines prácticamente iguales. En el centro del suelo había una gran abertura hecha a mano. Habían dispuesto unas pesadas losas de piedra de manera que formaran un orificio cuadrado. Las superficies erosionadas estaban repletas de inscripciones y grabados. Tarquinius se acercó para mirar y reconoció la silueta de un cuervo, un toro agachado y una corona ornamentada de siete rayos. ¿Acaso aquella silueta era la de un gorro frigio? Se parecía a los gorros de pico romo que llevaban los arúspices desde el albor de los tiempos, pensó con una punzada de emoción. Aquel pequeño detalle resultaba intrigante, porque se trataba de un posible vínculo con los orígenes inciertos del pueblo de Tarquinius.

Antes de colonizar el centro de Italia muchos siglos atrás, los etruscos habían viajado desde el este. En Asia Menor existían vestigios de su civilización; pero, según la leyenda, provenían de mucho más lejos. Al igual que Mitra. Había pocas cosas capaces de emocionar a Tarquinius y ésta era una de ellas. Había dedicado varios años de su vida a buscar pruebas del pasado etrusco, aunque con poco éxito. Quizás ahora, aquí en el este, la impenetrable niebla de los tiempos empezara a disiparse. Olenus había acertado, como siempre. El anciano había predicho que quizá descubriera más viajando a Partia y más allá.

—Normalmente, en un Mitreo sólo entran los creyentes —anunció Pacorus—. Entrar sin cumplir ese requisito se castiga con la muerte.

Tarquinius hizo una mueca y el placer que sentía fue desapareciendo. Sobrevivir era más importante que obtener información sobre el mitraísmo.

—Se te permite entrar con el fin de predecir mi futuro y el de la Legión Olvidada —anunció Pacorus—. Si tus palabras resultan poco convincentes, morirás.

Tarquinius lo observó fijamente controlando sus emociones. La cosa no acababa allí.

—Pero antes —musitó Pacorus desviando la mirada hacia Romulus y Brennus—, tus amigos serán asesinados lenta y dolorosamente. Delante de ti.

Enfurecido, Tarquinius fulminó a Pacorus con la mirada. Y, al cabo de unos instantes, el parto retiró la vista. «Sigo teniendo cierto poder», pensó el arúspice. Sin embargo, esa constatación fue como ceniza en su boca seca. Allí era Pacorus quien tenía la sartén por el mango, no él. Si los dioses no le concedían una visión significativa en el Mitreo, acabarían todos muertos. ¿Por qué había insistido en que sus amigos lo acompañaran aquella noche? No había sido más que un ligero presentimiento. Tarquinius no sufría por su persona, pero el corazón se le inundaba de culpabilidad al pensar que el grandullón y valiente Brennus, y Romulus, el joven al que había llegado a querer como a un hijo, tuvieran que pagar por sus fracasos. Se habían conocido poco después de alistarse en el ejército de Craso, donde habían trabado una fuerte amistad. Gracias a la precisión de sus adivinaciones, los otros dos habían llegado a confiar en Tarquinius con los ojos cerrados. Después de Carrhae, ante la posibilidad de huir al amparo de la oscuridad, habían seguido su consejo y se habían quedado, con lo que habían unido ciegamente su destino a él. Los dos se dejaban asesorar por él. «Esto no puede acabar ni así ni ahora —pensó Tarquinius con vehemencia—. ¡No puede ser!»

—Que así sea —proclamó con su mejor tono profético—. Mitra me enviará una señal.

Romulus y Brennus giraron rápidamente la cabeza y Tarquinius vio la esperanza reflejada en sus rostros. Sobre todo, en el de Romulus.

Consolado por tal actitud, aguardó.

Pacorus enseñó la dentadura con actitud expectante.

—¡Sígueme! —indicó.

Colocó el pie en el primer escalón y Tarquinius lo siguió sin demora.

El guardaespaldas personal de Pacorus, un guerrero mastodóntico, fue el único que los siguió, con un puñal preparado en la mano derecha.

El grupo de guardas se dispersó, y plantaron las antorchas en los huecos colocados estratégicamente entre las losas. El círculo de ceniza dejado por una hoguera ponía de manifiesto que ellos, u otros, habían estado allí con anterioridad. A Romulus seguía asombrándole el modo en que Pacorus y Tarquinius habían desaparecido. Se había fijado en las losas grandes con forma, pero no había visto que se trataba de una entrada. Ahora que el lugar estaba relativamente bien iluminado, Romulus apreció los dibujos grabados a ambos lados del orificio. Se emocionó cuando empezó a comprenderlo todo: era un templo dedicado a Mitra.

Además, Tarquinius parecía estar convencido de que el interior le revelaría algo.

Ansioso por saber más, Romulus hizo ademán de seguir al arúspice, pero media docena de partos le bloquearon el paso.

—¡Ahí no baja nadie más! —gruñó uno—. El Mitreo es un terreno sagrado. La escoria como tú no es bien recibida.

—Todos los hombres son iguales a ojos de Mitra —contraatacó Romulus al recordar lo que Tarquinius le había contado—. Y yo soy un soldado.

El parto parecía desconcertado.

—El comandante decide quién puede entrar —acabó diciendo—. Y a vosotros dos no os ha mencionado.

—¿Entonces nos limitamos a esperar? —preguntó Romulus, cada vez más enfurecido.

—Así es —repuso el guerrero, dando un paso adelante. Unos cuantos más hicieron lo mismo, llevándose las manos a las aljabas—. Nos quedamos todos aquí hasta que Pacorus quiera, ¿entendido?

Intercambiaron miradas desafiantes. Aunque los partos y los legionarios habían luchado juntos varias veces, captores y cautivos no se tenían demasiado aprecio. Los romanos nunca lo tendrían. Romulus compartía ese sentimiento. Aquellos hombres habían ayudado a matar a sus camaradas en Carrhae.

Notó el brazo de Brennus en el suyo.

—Déjalo —dijo el galo con serenidad—. No es el momento.

La intervención de Brennus era una reacción meramente instintiva. A lo largo de los cuatro últimos años, Romulus se había convertido en una especie de hijo para él. Desde que el destino los uniera, al galo le parecía que su torturada vida era mucho más fácil. Romulus le ofrecía un motivo para no morir. Y ahora, gracias al entrenamiento implacable y repetitivo de Brennus, el joven de diecisiete años se había transformado en un luchador consumado. Los esfuerzos de Tarquinius también lograron que Romulus no fuera un inculto, y que incluso hubiera aprendido a leer y escribir. Muy de vez en cuando, cuando lo provocaban sobremanera, Romulus perdía los estribos. «Yo también era así», pensaba Brennus.

Romulus respiró hondo y se marchó airadamente mientras el parto sonreía complacido a sus compañeros. Odiaba tener que retirarse. Sobre todo, cuando se le presentaba la ocasión de presenciar algo tan importante. Pero, como de costumbre, lo más prudente era marcharse.

—¿Por qué Tarquinius se ha molestado en hacer que lo acompañáramos?

—¡Retrocede!

—¿De quién? ¿De esos perros miserables? —Romulus señaló a los partos, incrédulo—. Son veinte. Y llevan arcos.

—Lo tenemos mal, cierto. —El galo se encogió de hombros—. Será que no tiene nadie más a quien pedírselo.

—Es por algo más —espetó Romulus—. Tarquinius debe de tener algún otro motivo. Nos necesita aquí.

Brennus giró la greñuda cabeza rubia a uno y otro lado y contempló el paisaje baldío. Se estaba desvaneciendo en la oscuridad de otra noche amarga.

—No sé por qué —concluyó—. Este sitio está dejado de la mano de los dioses. Aquí no hay más que tierra y rocas.

Romulus estaba a punto de darle la razón, cuando dos puntos de luz que reflejaban el resplandor de las antorchas le llamaron la atención. Se quedó inmóvil y entrecerró los ojos para ver en la oscuridad. Un chacal los observaba desde el límite de lo observable. No se movía, y sólo el brillo de sus ojos revelaba que no se trataba de una estatua.

—No estamos solos —musitó encantado—. ¡Ahí! ¡Mira!

Brennus sonrió orgulloso ante las dotes observadoras de su amigo. Él, que era un cazador experto, no había advertido al pequeño depredador. Estas situaciones se repetían cada vez más. Ahora Romulus era capaz de seguir a los animales por las rocas peladas, pues poseía una asombrosa habilidad para advertir el menor detalle: una ramita fuera de lugar, una brizna de hierba doblada, el cambio de profundidad de unas huellas cuando la presa estaba herida. Existían pocos hombres con semejante capacidad.

Brac había sido uno de ellos.

Las emociones del pasado brotaron en el interior de Brennus: el dolor por el hecho de que su joven primo no tuviera la oportunidad de estar allí con él. Al igual que la esposa, el bebé de Brennus y toda la tribu de alóbroges, Brac había muerto, masacrado por los romanos ocho años atrás. Exactamente a la edad que Romulus tenía ahora. Intentó aflojar las garras afiladas que le aprisionaban el corazón moviendo sin parar sus enormes hombros y repitiendo en silencio las palabras de Ultan, el druida alóbroge. La profecía secreta que Tarquinius parecía conocer de alguna manera.

«Un viaje más allá de donde un alóbroge ha llegado nunca. O llegará jamás.»

Y en la frontera oriental de Margiana, unos cuatro meses de marcha al este de Carrhae y a más de cuatro mil kilómetros de la Galia, Brennus había cumplido la profecía. Quedaba por ver cómo y cuándo terminaría su viaje. Romulus señalaba con impaciencia el chacal y volvió a centrar la atención en éste.

—¡Por Belenus! —susurró Brennus—. Se comporta como un perro, ¿lo ves?

Resultaba curioso que el animal estuviera sentado sobre las patas traseras, como un perro que observa a su amo.

—Esto es obra de los dioses —musitó Romulus. Se preguntó cómo lo interpretaría Tarquinius—. Por fuerza.

—Puede que tengas razón —convino Brennus, incómodo—. Sin embargo, los chacales son animales carroñeros; se alimentan de la carne muerta que encuentran a su paso.

Intercambiaron una mirada.

—Esta noche habrá muertos. —Brennus se estremeció—. Lo presiento.

—Tal vez —repuso Romulus con aire pensativo—. Pero creo que el chacal es una buena señal.

—¿En qué sentido?

—No lo sé.

En silencio, Romulus intentó hacer encajar los retazos de información que Tarquinius dejaba caer de vez en cuando. Se centró en la respiración, en el chacal y en el aire que lo envolvía, buscando algo más de lo que sus ojos azules veían. Pasó toda una eternidad sin moverse, mientras el aliento que exhalaba formaba una nube densa y gris a su alrededor.

Brennus lo dejó en paz.

Los partos, enfrascados en el encendido de una hoguera, no les prestaban atención alguna.

Al final Romulus se volvió. Su rostro reflejaba una gran decepción.

Brennus miró al chacal, que seguía inmóvil.

—¿No has visto nada?

Romulus negó con la cabeza, entristecido:

—Está aquí para vigilarnos, pero no sé por qué. Seguro que Tarquinius lo sabría.

—No te preocupes —dijo el galo dándole una palmada en el hombro—. Ahora somos cuatro contra veinte.

Romulus no pudo evitar reírle el comentario.

Donde ellos estaban hacía mucho más frío, pero los dos sentían más afinidad con el chacal que con los hombres de Pacorus. En vez de acercarse al calor de la hoguera, se acurrucaron junto a una gran roca redondeada.

Resultó ser que esa decisión fue la que probablemente les salvó la vida.

Tarquinius notó que se le aceleraba el pulso al bajar por los toscos escalones de tierra, fáciles de ver gracias a la antorcha de Pacorus. La estrecha escalera estaba excavada en la tierra, con vigas de madera que sostenían los laterales. Ni el comandante ni el guarda hablaron, lo cual Tarquinius agradeció. Él aprovechó ese momento para rezar a Tinia, el dios etrusco todopoderoso; y a Mitra, a quien nunca antes había dedicado una oración. El mitraísmo, misterioso y desconocido, había fascinado a Tarquinius desde que oyera hablar de él por primera vez, en Roma. La religión había llegado hasta allí hacía sólo una década, a través de los legionarios que habían luchado en Asia Menor. Los seguidores de Mitra, sumamente reservados, juraban respetar los valores de la verdad, el honor y el coraje. Debían soportar durísimos rituales para pasar de un nivel de devoción a otro. Aquello era todo lo que el arúspice sabía.

Por supuesto, no era de extrañar que en Margiana hubiera indicios de la deidad guerrera. En aquella zona se le rendía el más férreo culto, quizás incluso fuera donde todo había comenzado. No obstante, el descubrimiento podía haberse realizado en circunstancias más propicias. Tarquinius sonrió sardónicamente. Él y sus amigos se encontraban bajo la amenaza de una muerte inmediata. Así que había llegado el momento de la osadía. Con un poco de suerte, el dios no se enojaría ante la petición de un no iniciado que entraba en un Mitreo de forma tan poco ortodoxa. «Al fin y al cabo, no soy sólo arúspice —pensó con orgullo—, sino también guerrero.»

—Gran Mitra, acudo a venerarte con el corazón humilde. Suplico una señal que me demuestre tu favor. Algo para aplacar a tu siervo, Pacorus. —Vaciló unos instantes antes de ir a por todas—: También necesito que me orientes para encontrar un camino de regreso a Roma.

Tarquinius envió su plegaria hacia lo alto con todas sus fuerzas.

El silencio que obtuvo como respuesta le resultó ensordecedor.

Intentó no sentirse decepcionado... en vano.

Llegaron al fondo después de bajar ochenta y cuatro escalones.

Una ráfaga de aire ascendió por el túnel. Era una mezcla de sudor masculino, incienso y madera quemada. Tarquinius contrajo las narinas y se le puso la piel de gallina en los brazos. Allí el poder resultaba palpable. Si el dios estaba de buenas, quizá sus dotes adivinatorias tuvieran la ocasión de reavivarse.

Pacorus, que estaba medio girado, se percató de su reacción y sonrió.

—Mitra es poderoso —aseveró—. Y si mientes lo sabré.

Tarquinius lo miró de hito en hito.

—No os preocupéis —dijo con voz queda.

Pacorus se contuvo de decir algo más. Al principio, se había quedado asombrado ante la capacidad de Tarquinius para adivinar el futuro y dar con la solución a problemas abrumadores como si tal cosa. Aunque no estaba dispuesto a reconocerlo abiertamente, los éxitos iniciales de la Legión Olvidada al expulsar a las tribus que los acosaban se habían debido casi exclusivamente a los dones del arúspice. Pero, desde hacía varios meses, las predicciones precisas de Tarquinius se habían agotado y habían sido sustituidas por comentarios vagos y generalizaciones. En un primer momento, a Pacorus no le había importado, pero pronto había cambiado de actitud. Necesitaba las profecías, porque su posición como comandante de la frontera oriental de Partia era un arma de doble filo. Si bien suponía un ascenso muy considerable con respecto a su rango anterior, también implicaba grandes expectativas. Pacorus confiaba en la ayuda divina para su mera supervivencia.

Durante un tiempo habían sufrido frecuentes ataques por parte de guerreros de tierras vecinas. El motivo era sencillo. Anticipándose a la invasión de Craso, todas las guarniciones locales se habían vaciado más de doce meses antes. El rey Orodes, el gobernante parto, había desviado a todos los hombres disponibles hacia el oeste, por lo que la región fronteriza se había quedado con pocas defensas. Las tribus nómadas habían aprovechado rápidamente la oportunidad de destruir y saquear todos los asentamientos a los que resultaba fácil acceder desde la frontera. Cada vez más envalentonados por los éxitos cosechados, pronto pugnaron por destruir Margiana.

La misión que Orodes había encomendado a Pacorus era sencilla: aplastar toda oposición y restablecer la paz. Rápido. Y eso hizo. Pero su rutilante éxito ponía en peligro su cargo: el rey recelaba de oficiales demasiado eficientes. Ni siquiera el general Surena, el líder que había logrado la asombrosa victoria de Carrhae, se había salvado de su desconfianza. Inquieto ante la súbita popularidad de Surena, Orodes había ordenado su ejecución poco después de la batalla. Tales noticias mantenían a oficiales como Pacorus en una constante incertidumbre: ávidos por satisfacer, inseguros sobre cómo actuar y desesperados por obtener ayuda de gente como Tarquinius.

«El miedo es la última ventaja mental que tengo sobre Pacorus», pensaba el arúspice. Incluso eso había menguado. El hastío lo embargaba. Si el dios no le revelaba nada, tendría que inventarse algo lo suficientemente creíble para disuadir al despiadado parto de matarlos a todos. Sin embargo, tras meses de infundir falsas esperanzas en Pacorus, Tarquinius dudó que su imaginación diera para más.

Recorrieron en silencio un pasillo construido igual que la escalera. Al final desembocaba en una cámara larga y estrecha.

Pacorus se movía a derecha e izquierda para encender lámparas de aceite situadas en pequeños huecos.

Cuando la estancia se inundó de luz, Tarquinius advirtió las pinturas de los muros, los asientos bajos a cada lado y los pesados postes de madera que sostenían el techo bajo. Sin embargo, no pudo evitar que los ojos se le fueran hacia el fondo del Mitreo, donde había un trío de altares bajo la espectacular imagen colorida de una figura envuelta en una capa y un gorro frigio que, agachada sobre un toro rendido a sus pies, clavaba al astado un puñal en lo más hondo del pecho. Mitra. Las estrellas de la capa verde oscuro que llevaba puesta resplandecían; a cada lado, una figura misteriosa portaba una antorcha encendida mientras presenciaba la escena.

—La tauroctonia —susurró Pacorus inclinando la cabeza en un gesto reverencial—. Mitra engendró el mundo matando al toro sagrado.

Notó que, detrás, el guarda hacía una reverencia. Él lo imitó.

Pacorus los condujo lentamente al altar. Se inclinó de cintura para arriba mientras murmuraba una breve oración.

—El dios está presente —dijo, haciéndose a un lado—. Esperemos que te revele algo.

Tarquinius cerró los ojos e hizo acopio de fuerzas. Le sudaban las palmas de las manos, lo cual era poco habitual en él. En ninguna otra ocasión había necesitado más ayuda. Había realizado predicciones trascendentales con anterioridad, muchas veces, pero no bajo la amenaza de una ejecución inmediata. Y allí no había viento ni nubes ni bandadas de pájaros que observar, ni siquiera un animal que sacrificar. «Estoy solo —pensó el arúspice. Se arrodilló de forma instintiva—. ¡Gran Mitra, ayúdame!»

Alzó la mirada hacia la representación de la figura piadosa que tenía encima. Los ojos bajo la capucha tenían una expresión cómplice. «¿Qué me ofreces a cambio? —parecían decir. Aparte de a sí mismo, Tarquinius no tenía nada más que ofrecer—. Seré tu siervo fiel.»

Esperó un buen rato.

Nada.

—¿Y bien? —preguntó Pacorus con dureza. Su voz resonó en tan reducido espacio.

La desolación embargó a Tarquinius. Tenía la mente completamente en blanco.

Enfurecido, Pacorus dijo unas cuantas palabras a su guarda, que se le acercó.

«Se acabó —pensó Tarquinius enfadado—. Olenus se equivocó al pensar que regresaría de Margiana. Voy a morir solo, en un Mitreo. A Romulus y a Brennus también los matarán. He desperdiciado toda mi vida.»

Y entonces, surgida de la nada, una imagen le ardió en la retina.

Casi cien hombres armados acechaban a una veintena de guerreros partos que estaban sentados alrededor de una hoguera. A Tarquinius se le puso la carne de gallina. Los partos, que charlaban entre ellos, no se habían dado cuenta.

—¡Peligro! —espetó, dando un respingo—. Se acerca un gran peligro.

El guarda se quedó quieto, pero aún con el puñal preparado.

—¿De dónde? —preguntó Pacorus—. ¿Sogdia? ¿Bactria?

—¡No lo entendéis! —exclamó el arúspice—. ¡Aquí! ¡Ahora!

Pacorus arqueó las cejas en señal de descrédito.

—Debemos advertir a los demás —instó Tarquinius—. Regresar al fuerte, antes de que sea demasiado tarde.

—Es de noche y estamos en pleno invierno —se burló Pacorus—. Tenemos a veinte de los mejores hombres de Partia vigilando en el exterior. Igual que tus amigos. Y hay nueve mil de mis soldados a menos de dos kilómetros de distancia. ¿Qué peligro podría haber?

El guarda le dedicó una mirada lasciva.

—Están a punto de sufrir un ataque —se limitó a responder Tarquinius—. Pronto.

—¿Qué? ¿Así es como disimulas tu incompetencia? —gritó Pacorus, sulfurándose—. ¡Eres un maldito mentiroso!

En vez de negar la acusación, Tarquinius cerró los ojos y evocó la imagen que acababa de ver. Consiguió no caer presa del pánico. «Necesito más, gran Mitra.»

—¡Acaba con él! —ordenó Pacorus.

Tarquinius notó la proximidad del puñal, pero permaneció inmóvil. Aquélla era la última prueba de su capacidad adivinatoria. No podía hacer nada más, ni pedir nada más al dios. El aire fresco le rozó el cuello cuando el guarda alzó el brazo. Pensó en sus amigos inocentes que estaban arriba. «¡Perdonadme!»

Por el túnel les llegó el sonido inconfundible de un hombre que gritaba alarmado.

La conmoción se reflejó en el rostro de Pacorus, pero enseguida recobró la compostura.

—¡Perro traicionero! Has dicho a tus amigos que gritaran al cabo de un rato, ¿no?

Tarquinius negó con la cabeza en silencio.

Se produjo una pausa antes de que el ambiente se llenara de unos gritos aterradores. Mucho más ruido del que dos hombres eran capaces de hacer.

Pacorus palideció. Vaciló unos instantes, se giró y salió corriendo de la cámara, seguido de cerca por el guarda.

Tarquinius hizo ademán de seguirles, pero entonces sintió una oleada de poder.

La revelación del dios no había terminado.

Sin embargo, sus amigos corrían peligro de muerte.

El sentimiento de culpa se mezclaba con la ira y el deseo de saber más. Volvió a arrodillarse. Tenía tiempo.

Algo de tiempo.

Pasó una larga media hora. La temperatura, que durante todo el día había rondado los cero grados, cayó en picado. Los guerreros echaron mano de una pila de leña dejada allí expresamente y fueron alimentando el fuego en llamas hasta hacer que alcanzara la altura de un hombre. Si bien unos pocos guerreros montaban guardia en un perímetro de aproximadamente unos treinta pasos, los demás charlaban entre ellos acurrucados alrededor de la hoguera. Pocos se dignaban siquiera mirar a Romulus y Brennus, los intrusos.

Los dos amigos iban de un lado para otro intentando mantener a toda costa el calor corporal. Era inútil. No obstante, seguían sin tener ganas de juntarse con los partos, cuya actitud hacia ellos era, cuando menos, despectiva. Brennus se sumió en una profunda ensoñación sobre su futuro mientras Romulus observaba al chacal, esperando comprender los motivos de su permanencia allí. Pero sus esfuerzos fueron en vano. Al final el animal se incorporó, se sacudió con tranquilidad y se marchó trotando hacia el sur. Lo perdió de vista al instante.

Más tarde, Romulus recordaría aquel momento sobrecogido.

—¡Por todos los dioses! —musitó Brennus mientras le castañeteaban los dientes—. Ojalá Tarquinius acabe pronto. De lo contrario, tendremos que juntarnos con esos cabrones al lado del fuego.

—No tardará mucho —contestó Romulus, confiado—. A Pacorus se le ha acabado la paciencia con él.

Todos los hombres de la Legión Olvidada sabían que, cuando su comandante perdía los estribos, ejecutaba a algún hombre.

—El muy cabrón parece nervioso últimamente —convino Brennus, contando a los partos por enésima vez. Decidió que eran demasiados—. Probablemente ordene que después nos maten a todos. Lástima que el chacal no se quedara para ayudar, ¿eh?

Romulus estaba a punto de responder cuando se fijó en los dos centinelas más alejados. Detrás de ellos habían aparecido dos siluetas fantasmales armadas con largos cuchillos. Los observó con incredulidad durante una fracción de segundo antes de abrir la boca para proferir una advertencia. Pero era demasiado tarde. Los partos cayeron hacia atrás y desaparecieron mientras un chorro silencioso de sangre les brotaba del cuello cortado.

Ninguno de sus compañeros se dio cuenta.

—¡A las armas! —rugió Romulus—. ¡Nos están atacando desde el este!

Alarmados, los demás guerreros se pusieron de pie, sujetaron las armas y miraron hacia la profunda oscuridad.

De allí surgían unos gritos espantosos que llenaban el ambiente gélido.

Brennus enseguida se colocó junto a Romulus.

—¡Espera! —advirtió—. No te muevas todavía.

—El fuego los hace más visibles —dijo Romulus, cuando se percató del motivo de la advertencia.

—¡Imbéciles! —musitó Brennus.

Las primeras flechas descendieron mientras observaban. Provenían de más allá del resplandor de la hoguera y caían formando una lluvia compacta y mortífera. Era una emboscada planificada a la perfección y, en cierto sentido, hermosa de ver. Más de la mitad de los partos murieron en el acto bajo la lluvia de flechas, y alguno que otro resultó herido. El resto agarró con frenesí los arcos y lanzó a ciegas asta tras asta a modo de respuesta.

Romulus alzó el scutum recubierto de seda y se dispuso a correr hacia allí pero, de nuevo, la manaza de Brennus se lo impidió.

—¡Tarquinius! —protestó.

—Por ahora, está a salvo bajo tierra.

Romulus se relajó ligeramente.

—Ahora volverán a la carga —dijo el galo mientras los gritos de terror subían de volumen— y, cuando lo hagan, les daremos una pequeña sorpresa.

La suposición de Brennus era acertada. Lo que no había previsto era el número de atacantes.

Se produjo otra descarga de flechas y entonces el enemigo se acercó corriendo. Docenas de hombres. Con arcos como los de los partos colgados del hombro, blandiendo espadas, puñales y hachas cortas de aspecto sanguinario. Teniendo en cuenta su vestimenta, con sombreros de fieltro, cotas de malla escamadas y botas de caña alta, aquellos hombres de tez morena sólo podían tener una nacionalidad: escita. Romulus y Brennus ya se las habían visto con esos nómadas fieros en escaramuzas a pie de frontera. Aunque su imperio ya no estaba en apogeo, los escitas seguían siendo enemigos implacables. Y las puntas en forma de gancho de sus flechas estaban revestidas con un veneno mortífero llamado scythicon. Cualquiera que se hiciera ni que fuera un rasguño con ellas moría sumido en un dolor agónico.

Brennus maldijo en voz baja y a Romulus se le encogió el estómago.

Tarquinius seguía en el Mitreo y no podían abandonarlo a su suerte. Por otra parte, si intentaban rescatar al arúspice, todos ellos sufrirían una muerte segura. Entonces había por lo menos cincuenta escitas a la vista e iban apareciendo más. A Romulus lo invadió una sensación de amargura al darse cuenta de lo azarosa que era la vida. En esos momentos, la idea de regresar a Roma le parecía risible.

—Seguro que han oído el alboroto —susurró Brennus—. Pacorus no es ningún cobarde. Saldrá a la carga de un momento a otro. Y sólo hay una manera de salvarles la vida.

—Entra, rápido y en silencio —dijo Romulus.

Brennus asintió, satisfecho:

—Ataca a todo escita que esté en la entrada del templo. Coge a Tarquinius y a los demás. Y echa a correr.

Romulus encabezó la marcha teniendo esas indicaciones muy presentes.

Corrieron con tanto ahínco que los músculos les dolían del esfuerzo. Por suerte, enseguida les subió la adrenalina, y eso les hizo ganar velocidad. Jabalina en mano, ambos echaron el brazo derecho hacia atrás para preparar el lanzamiento llegado el momento. Absortos en los partos que seguían vivos, los escitas ni siquiera miraban hacia fuera. Habían rodeado a sus enemigos y los estaban cercando.

«Con una centuria detrás —pensó un Romulus nostálgico—, los machacaríamos.» Sin embargo, ahora debían confiar en que Tarquinius saliera en el instante adecuado y pudieran huir al amparo de la noche. Era una tímida esperanza.

Como si de dos espectros vengadores se tratara, se acercaron a la entrada desprotegida del Mitreo.

Seguían sin ser vistos.

Los gritos de terror llenaron el ambiente cuando los últimos partos se dieron cuenta de que su suerte estaba echada.

A escasos pasos del orificio, Romulus empezó a pensar que lo conseguirían. Entonces un escita más bien delgado que estaba tendido boca abajo junto a un parto se incorporó y limpió la espada en la ropa del cadáver. Abrió y cerró la boca en cuanto los vio. Soltó una orden y salió disparado hacia delante. Lo siguieron ocho hombres, algunos de los cuales desenvainaron el arma y descolgaron el arco.

—¡Ve a buscar a Tarquinius! —gritó Romulus cuando se detuvieron en la abertura de un patinazo—. ¡Yo los contendré!

Como tenía una fe ciega en su amigo, Brennus soltó su pila a los pies de Romulus. Agarró rápidamente una antorcha del suelo y bajó las escaleras con estrépito.

—¡No tardaré! —gritó.

—Si tardas, soy hombre muerto. —Con gran resolución, Romulus cerró un ojo y apuntó. Con la facilidad que le otorgaba la experiencia, lanzó su primer pilum describiendo un arco bajo y curvo. El arma alcanzó al escita que iba en cabeza a unos veinte pasos de distancia, le atravesó la cota de escamas y se le clavó en el pecho, haciendo que se desplomara como una mula noqueada.

Pero sus compañeros no se amilanaron.

La segunda jabalina de Romulus se clavó en el vientre de un fornido escita al que dejó fuera de combate. Falló el tercer lanzamiento, pero con el cuarto le atravesó el cuello a un guerrero de larga barba negra. Entonces le demostraron un poco más de respeto: tres de los escitas aminoraron la marcha y tensaron las astas en el arco. Los otros cuatro redoblaron la velocidad.

«Siete hijos de puta —pensó Romulus, mientras el corazón le palpitaba con una combinación de locura y temor—. Encima, con flechas envenenadas. Malas noticias. ¿Qué hago?» De repente, se acordó de Cotta, su entrenador del ludus. «Si todo falla, enfréntate a un enemigo confiado. El factor sorpresa no tiene precio.» No se le ocurría nada más, y seguía sin haber ni rastro de Brennus o Tarquinius.

Romulus gritó a voz en cuello y embistió.

Los escitas sonrieron ante su temeridad. Otro loco al que matar.

Cuando alcanzó al primero, Romulus empleó el método del izquierdazo seguido de un derechazo con el tachón del escudo de metal, seguido de una estocada con el gladius. Funcionó. Mientras se apartaba con un giro del enemigo que caía, oyó que una flecha le alcanzaba el scutum. Y luego otra. Afortunadamente, la seda cumplió su cometido y ninguna de las dos lo atravesó. Otra le pasó silbando al lado de la oreja. Como sabía que disponía de unos instantes antes de que lanzaran más, Romulus atisbó por encima del borde de hierro. Tenía dos escitas prácticamente encima. El último estaba a escasos pasos de distancia, mientras que el trío de arqueros colocaba la segunda asta.

A Romulus se le secó la boca por completo.

Entonces un grito de guerra conocido inundó el ambiente.

Los escitas titubearon; Romulus se atrevió a mirar por encima de su hombro. Brennus había irrumpido en escena como un gran oso y se había propulsado media docena de pasos más allá.

A continuación apareció Pacorus, gritando de rabia. El enorme guarda le seguía de cerca, blandiendo el puñal por encima de su cabeza.

No había ni rastro de Tarquinius.

Romulus no tenía tiempo de pararse a pensar. Giró en redondo y a duras penas consiguió esquivar un fuerte puñetazo de un escita. Intentó apuñalarlo, pero falló. Entonces, el compañero a punto estuvo de partirle la empuñadura de la espada con un fuerte golpe descendente. Falló por bien poco. Salieron chispas cuando la hoja de hierro golpeó las losas y Romulus se movió con rapidez. El segundo escita se había estirado en exceso con tan osado golpe y había dejado el cuello al descubierto. Romulus se inclinó hacia delante y le clavó el gladius en la zona desprotegida, entre el sombrero de fieltro y la cota de malla. Le atravesó piel y músculo hasta penetrar en la cavidad torácica, así que le cortó la mayoría de las arterias principales. El escita yacía cadáver incluso antes de que Romulus intentara retirar la hoja. Conmocionado, a su compañero todavía le quedó aplomo suficiente para bajar el hombro derecho y embestir a Romulus por el costado izquierdo.

De repente se quedó sin aire en los pulmones y Romulus cayó mal en el terreno helado. Sin saber muy bien cómo, seguía con el gladius en la mano. Lo alzó a la desesperada y notó que rozaba la clavícula de su enemigo, demasiado lento. No había nada que hacer.

Con los labios entreabiertos de satisfacción, el escita dio un salto para situarse sobre Romulus. Alzó el brazo derecho, dispuesto a propinarle el golpe de gracia.

Por curioso que parezca, Romulus no dejaba de pensar en Tarquinius. ¿Dónde estaba? ¿Habría visto algo?

El escita profirió un agudo lamento de dolor. Sorprendido, Romulus alzó la vista. De la cuenca del ojo izquierdo de su enemigo sobresalía un puñal que reconoció al instante. Le entraron ganas de dar saltos de alegría: pertenecía a Brennus. El galo le había salvado la vida.

Con un fuerte puntapié, Romulus hizo que el escita se tambaleara hacia atrás. Estiró el cuello en busca de los demás. Brennus y Pacorus estaban al lado, luchando codo con codo. Por desgracia, al guarda ya lo habían abatido y le sobresalían dos flechas del vientre.

Pero ahora les quedaba alguna posibilidad.

Romulus recuperó el scutum con cuidado, se incorporó y se protegió de las astas enemigas.

Una chocó contra él inmediatamente, pero consiguió hacerse cargo de la situación.

El trío de arqueros seguía en pie.

Y al menos una veintena de escitas corrían a entrar en liza.

Rodeado por una lluvia de flechas, Romulus consiguió retirarse ileso al lado de Brennus.

—¡Dame tu escudo! —le ordenó Pacorus de inmediato.

Romulus miró de hito en hito a su comandante. «¿Mi vida o la suya? —se planteó—. ¿Morir ahora o más tarde?»

—Sí, señor —dijo lentamente, sin moverse—. Por supuesto.

—¡Ya! —gritó Pacorus.

Los arqueros se echaron atrás al unísono y volvieron a lanzar. Las tres flechas salieron disparadas hacia delante, en busca de carne humana. Alcanzaron a Pacorus en el pecho, el brazo y la pierna izquierda.

El comandante cayó aullando de dolor.

—¡Maldito seas! —exclamó—. Soy hombre muerto.

Más y más astas silbaron en el aire.

—¿Dónde está Tarquinius? —gritó Romulus.

—Sigue en el Mitreo. Parecía que estaba rezando. —Brennus hizo una mueca—. ¿Quieres que salgamos por pies?

Romulus negó enérgicamente con la cabeza:

—¡Ni hablar!

—Yo tampoco.

Se volvieron al unísono para enfrentarse a los escitas.

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2

Scaevola

Cerca de Pompeya, invierno de 53-52 a.C.

—¿Señora?

Fabiola abrió los ojos sobresaltada. Detrás de ella había una mujer de mediana edad y facciones agradables vestida con un sencillo blusón y unas sandalias de cuero planas. Sonrió. Docilosa era la única amiga verdadera de Fabiola, además de su aliada, alguien en quien podía confiar plenamente.

—Ya te he dicho que no me llames así.

Docilosa frunció los labios. Había sido esclava doméstica y había recibido la manumisión al mismo tiempo que su nueva señora. Pero costaba deshacerse de las costumbres de toda una vida.

—Sí, Fabiola —dijo con cautela.

—¿Qué ocurre? —preguntó Fabiola, levantándose. Poseía una belleza espectacular: era esbelta, de pelo negro, y llevaba un camisón de seda y lino sencillo pero caro. Las joyas bien elaboradas de oro y plata le tintineaban en el cuello y los brazos—. ¿Docilosa?

Se produjo un silencio.

—Han llegado noticias del norte —anunció Docilosa—. De Brutus.

La alegría inicial fue reemplazada por el terror. Aquello era lo que Fabiola deseaba: noticias de su amado. Dos veces al día sin falta, rezaba en el altar de un rincón del patio principal de la villa. Ahora que Júpiter había respondido a sus plegarias, ¿serían buenas noticias? Fabiola escudriñó el rostro de Docilosa para ver si intuía algo.

Decimus Brutus estaba aislado en Ravenna con César, su general, que planificaba el regreso a Roma. Estratégicamente situada entre la capital y la frontera con la Galia Transalpina, Ravenna era el refugio invernal preferido de César. Allí, rodeado de sus ejércitos, podía controlar la situación política, lo cual estaba permitido al norte del río Rubicón. Pero que un general lo cruzara sin renunciar a su mando militar, es decir, entrando en Italia armado, se consideraba un acto de alta traición. Así pues, todos los inviernos César observaba y esperaba. El Senado, descontento, poco podía hacer al respecto, mientras que Pompeyo, el único hombre con la fuerza militar suficiente para plantar cara a César, no se pronunciaba. La situación cambiaba a diario, pero una cosa era segura: había problemas a la vista.

Por consiguiente, a Fabiola le sorprendieron las noticias de Docilosa.

—Ha estallado la rebelión en la Galia Transalpina —reveló—. Hay luchas encarnizadas en muchas zonas. Según parece, están masacrando a los colonos y comerciantes romanos de las ciudades conquistadas.

Fabiola exhaló lentamente intentando domeñar el pánico ante la nueva amenaza que se cernía sobre Brutus. «Recuerda lo que has superado —pensó—. Has vivido situaciones mucho peores que ésta.» Gemellus, su cruel amo anterior, había vendido a Fabiola virgen con trece años de edad a un prostíbulo caro. Para colmo del horror, también había vendido a su hermano Romulus a una escuela de gladiadores. Se le partía el corazón sólo de pensarlo. Había pasado cuatro años en el Lupanar obligada a prostituirse. «Entonces no perdí la esperanza. —Fabiola miró la estatua del altar con veneración—. Y Júpiter me libró de la vida que despreciaba.» La salvación había llegado en forma de Brutus, uno de los amantes más entregados de Fabiola, que la compró a Jovina, la madama del burdel, a cambio de una gran cantidad de dinero. «Lo imposible siempre es posible», caviló Fabiola, y se sintió más tranquila. Seguro que Brutus estaba a salvo.

—Creía que César había conquistado toda la Galia... —comentó.

—Eso dicen —musitó Docilosa.

—Aun así, no ha habido más que conflictos —replicó Fabiola. Ayudado por Brutus, el general más osado de Roma no había dejado de sofocar problemas desde que su sangrienta campaña se había dado supuestamente por concluida—. ¿Qué ocurre ahora?

—El jefe Vercingétorix ha exigido, y conseguido, el reclutamiento de las tribus —explicó Docilosa—. Decenas de miles de hombres acuden en tropel a luchar bajo su estandarte.

Fabiola frunció el ceño. No era la noticia que quería escuchar. Teniendo en cuenta que la mayoría de sus fuerzas estaban destacadas en los cuarteles de invierno justo en el interior de la Galia Transalpina, César podía enfrentarse a verdaderos problemas. Los galos eran guerreros fieros que se habían resistido con fuerza a la conquista romana, y que habían perdido debido a la extraordinaria capacidad de César como estratega y a la disciplina férrea de las legiones. Si las tribus de verdad se unían, un alzamiento podía tener consecuencias catastróficas.

—Y lo que es peor —continuó Docilosa—. Ha caído mucha nieve en las montañas de la frontera.

Fabiola apretó los labios. En su último mensaje, Brutus le decía que pronto iría a visitarla. Ahora no sería posible.

Y, si César no contactaba a tiempo con sus tropas para sofocar la rebelión antes de la primavera, el problema se extendería por todas partes. Vercingétorix había elegido cuidadosamente el momento, pensó Fabiola enfadada. Si la revuelta tenía éxito, todos los planes que ella había urdido a conciencia se irían al garete. No cabía la menor duda de que miles de hombres perderían la vida en la lucha subsiguiente, pero tenía que pasar por alto tan elevado coste. Independientemente de lo que ella deseara, esos hombres morirían de todos modos. Si César obtenía una victoria rápida, el derramamiento de sangre sería menor. Fabiola lo deseaba ardientemente porque así Brutus, su ferviente seguidor, se cubriría de gloria. Pero no se trataba sólo de eso. Fabiola tenía un solo objetivo en mente: si César triunfaba, ella también recogería sus frutos.

Sintió una punzada de culpabilidad al darse cuenta de que su primera preocupación no había sido la seguridad de Brutus. Como soldado profesional, y sumamente valeroso, quizá resultara herido o incluso asesinado en las próximas luchas. Eso sería duro de sobrellevar, pensó, y ofreció otra plegaria. Aunque nunca se había permitido amar a nadie, Fabiola apreciaba a Brutus de todo corazón. Siempre se había mostrado cariñoso y amable con ella, incluso cuando la desvirgó. Sonrió. No se había equivocado cuando decidió desplegar todos sus encantos para seducirlo.

Anteriormente había tenido muchos clientes parecidos, todos ellos nobles poderosos cuyo mecenazgo podría haberle garantizado el ascenso en el escalafón social de Roma. Sin perder de vista ese objetivo, Fabiola se las había ingeniado para desmarcarse de lo degradante que era su trabajo. Igual que ellos se servían del cuerpo de Fabiola, ella los aceptaba por lo que pudieran darle: oro, información o, lo mejor de todo, influencia. Brutus se había diferenciado del resto de los clientes desde el principio, lo cual hacía que el sexo con él fuera más fácil. Lo que acabó inclinando la balanza a su favor fue el estrecho vínculo con César, un político que había suscitado el interés de Fabiola cuando escuchaba a hurtadillas las conversaciones que mantenían los nobles mientras se relajaban en las termas del burdel. Los secretos de alcoba que sonsacaba a sus clientes satisfechos también habían apuntado hacia la idoneidad de César. Quizás había sido Júpiter quien la había llevado a convertirse en amante de Brutus, pensó Fabiola. Durante un banquete al que asistió con él, vio una estatua de César que le recordó muchísimo a Romulus. Desde aquel momento, la sospecha la corroía.

Las palabras de Docilosa la devolvieron a la realidad:

—Los optimates celebraron un banquete cuando la noticia de la rebelión de Vercingétorix llegó a Roma. Pompeyo Magno fue el invitado de honor.

—Por todos los dioses —masculló Fabiola—. ¿Algo más?

César tenía enemigos en todas partes y, sobre todo, en la capital. El triunvirato que gobernaba la República había quedado reducido a una sola persona tras la muerte de Craso y, desde entonces, daba la impresión de que Pompeyo no sabía cómo actuar ante los imparables éxitos militares de César, el gran beneficiado con esta situación. Pero ahora los optimates, el grupo de políticos que se oponía a él, cortejaban abiertamente a Pompeyo, su único rival. César seguía teniendo posibilidades de ser el próximo gobernante de Roma, siempre y cuando la revuelta de Vercingétorix fracasara y él mantuviera suficientes apoyos en el Senado. De repente, Fabiola se sintió muy vulnerable. En el Lupanar había sido un pez gordo en un estanque pequeño. Fuera, en el mundo real, no era nadie. Si César fracasaba, Brutus también. Y, sin su apoyo, ¿qué posibilidades tenía ella de triunfar en la vida? A no ser, claro está, que se prostituyera con algún otro hombre. A Fabiola se le revolvió el estómago sólo de pensarlo. Los años pasados en el Lupanar le bastaban para toda una vida.

Aquella situación exigía medidas drásticas.

—Tengo que ir al templo del Capitolio —declaró Fabiola—. A realizar una ofrenda y rezar para que César aplaste pronto la rebelión.

Docilosa disimuló su sorpresa:

—El viaje hasta Roma durará por lo menos una semana. O más, si hay mala mar.

Fabiola tenía una expresión serena.

—En ese caso, viajaremos por tierra —resolvió.

Entonces la mujer mayor sí que mostró su asombro:

—¡Acabaremos siendo violadas y asesinadas! ¡El campo está lleno de bandidos!

—No más que las calles de Roma —repuso Fabiola ásperamente—. Además, podemos llevarnos a los tres guardaespaldas que Brutus dejó aquí. Serán suficiente protección.

No tan buena como Benignus o Vettius, pensó al recordar con cariño a los imponentes porteros del Lupanar. Pese a la devoción que éstos sentían por Fabiola, Jovina los consideraba demasiado valiosos para venderlos también a ellos. Cuando regresara a la capital, volvería a plantearse esa posibilidad. Aquel par de hombres duros le resultarían muy útiles.

—¿Qué dirá Brutus cuando se entere?

—Lo comprenderá —respondió Fabiola con alegría—. Lo hago por él.

Docilosa suspiró. No iba a ganar aquella discusión. Y, dadas las escasas diversiones de Pompeya, aparte de las termas o el mercado cubierto, la vida se había vuelto muy prosaica en la villa, que estaba prácticamente vacía. Como siempre, Roma ofrecería un poco de diversión.

—¿Cuándo nos marchamos?

—Mañana. Informa al puerto para que el capitán prepare el Ajax. Por la mañana sabrá si el tiempo es lo bastante propicio para navegar.

Al llegar al norte, Brutus había devuelto inmediatamente su preciada galera liburnia para que estuviera a disposición de su amada. Propulsada por cien esclavos que trabajaban en una única fila de remos, la galera corta y de armazón bajo era el tipo de navío más rápido que construían los romanos. El Ajax había estado anclado en el muelle de Pompeya y Fabiola no había previsto necesitar de sus servicios hasta la primavera siguiente. Ahora la situación había cambiado.

Docilosa hizo una inclinación de cabeza y se retiró. Dejó a su señora cavilando.

La visita al templo también brindaría otra oportunidad a Fabiola de preguntar a Júpiter quién había violado a su madre. Velvinna sólo lo había mencionado de pasada; pero, por motivos obvios, no lo había olvidado. Descubrir la identidad de su padre era la fuerza motriz de su vida. Y en cuanto la descubriera, no dudaría en vengarse.

A toda costa.

El hecho de tener que ocuparse del degradado latifundio tras la marcha de Brutus había intimidado profundamente a Fabiola. Pero aquello también le proporcionaba cierta satisfacción. Ser la señora de la enorme finca que rodeaba a la villa era una prueba tangible de su venganza sobre Gemellus, su primer amo. Por tanto, se había entregado en cuerpo y alma a la labor desde un buen principio. La primera vez que visitó la casa le quedó claro que, al igual que en su residencia de Roma, Gemellus tenía un gusto ordinario y chillón. Le había producido un inmenso placer hacer redecorar todos y cada uno de los dormitorios, salones y despachos opulentos. Las numerosas estatuas de Príapo que tenía el comerciante habían quedado reducidas a pedazos; sus enormes miembros erectos eran un recordatorio demasiado poderoso del sufrimiento que Fabiola había visto a Gemellus infligir a su madre. La gruesa capa de polvo que cubría los mosaicos del suelo fue retirada; las fuentes se desatascaron y se eliminaron las hojas secas. Incluso había cambiado las plantas descuidadas de los patios. Lo mejor de todo era que las paredes de la zona de baños climatizada se habían vuelto a pintar con imágenes brillantes de dioses, criaturas marinas mitológicas y peces. Uno de los recuerdos más impactantes de su primer día en el Lupanar era el del momento en que vio aquellas imágenes en las termas. Había decidido que algún día ella disfrutaría del mismo entorno exuberante. Ahora, su deseo se hacía realidad.

De todos modos, le costaba no sentirse culpable, pensó más tarde ese mismo día. Mientras que a ella no le faltaba de nada, cabía la posibilidad de que Romulus estuviera muerto. Las lágrimas se le agolpaban en el rabillo del ojo. En el prostíbulo, no había dejado piedra sin mover para encontrarlo; por increíble que parezca, después de más de un año, había averiguado que su hermano mellizo seguía vivo. En la brutalidad de la arena donde luchaban los gladiadores, Júpiter lo había protegido. La otra revelación de que Romulus se había alistado en las legiones de Craso no desanimaba a Fabiola, pero entonces ocurrió una catástrofe. Hacía unos meses que la terrible noticia de Carrhae había llegado a Roma. Fabiola había perdido toda esperanza de un plumazo: sobrevivir a un horror para acabar en un ejército condenado al fracaso le parecía una crueldad sin parangón. Ansioso por ayudar, Brutus había hecho todo lo posible por ave-riguar más, pero todas las noticias eran malas. La derrota era una de las peores que había sufrido la República, con gran cantidad de bajas. Seguramente Romulus no se contaba entre los hombres de la legión que habían sobrevivido y huido con el legado Casio Longino. Habían repartido en vano mucho dinero entre los veteranos de la Octava. Fabiola suspiró. Probablemente los huesos de su hermano mellizo, descoloridos por el sol, siguieran desperdigados en la arena donde éste había caído. O eso o había logrado huir hasta los confines de la tierra, a un lugar llamado Margiana dejado de la mano de los dioses, el lugar adonde los partos habían enviado a sus diez mil prisioneros.

Y nunca nadie había regresado de allí.

Las lágrimas surcaron las mejillas de Fabiola, que raras veces lloraba. Mientras existiera la posibilidad, por ínfima que fuera, de volver a ver a Romulus, no se desesperaría por completo; sin embargo, ahora la tozudez empezaba a ganar terreno a la esperanza. «Júpiter Optimus Maximus, escúchame —pensó entristecida—. Haz que mi hermano siga con vida, como sea.» Decidida a no perder el control de sus emociones, Fabiola se secó los ojos y fue a buscar a Corbulo, el anciano vílico, o capataz, del latifundio. Como de costumbre, se lo encontró muy ajetreado supervisando a los trabajadores. Fabiola, que nunca había vivido en el campo, sabía muy poco de aquello y de la agricultura, por lo que pasaba la mayoría de los días en compañía de Corbulo. Las noticias procedentes de la Galia no iban a hacerle cambiar de costumbre. Ahora ella era la responsable del latifundio.

Gracias a Corbulo, Fabiola se había enterado de que los días en que los agricultores trabajaban sus propios campos estaban llegando rápidamente a su fin, ya que el grano barato procedente de Sicilia y Egipto los dejaba sin negocio. Durante más de una generación, la agricultura había estado reservada a quienes eran lo bastante ricos para comprar tierras y trabajarlas con esclavos. Por suerte para esa gente, las inclinaciones belicistas de la República habían suministrado un flujo interminable de almas desventuradas procedentes de todos los rincones del mundo que les generaban riqueza. La finca de Fabiola, antes propiedad de Gemellus, no era diferente del resto.

Fabiola, que recientemente había sido manumitida, odiaba la esclavitud. Al principio, ser la señora de varios cientos de personas —hombres, mujeres y niños— la angustiaba. Sin embargo, en la práctica poco podía hacer. Liberar a griegos, libios, galos y númidas supondría la ruina para su nueva propiedad. Así pues, decidió consolidar su posición como amante de Brutus, cultivar la amistad de los nobles en la medida de lo posible e intentar descubrir la identidad de su padre. Quizás en el futuro, con la ayuda de Romulus, pudiera hacer algo más. Fabiola recordaba que su hermano idolatraba a Espartaco, el gladiador tracio cuya rebelión de esclavos había hecho temblar los cimientos de Roma hacía tan sólo una generación.

Esa idea hizo sonreír a Fabiola cuando llegó al gran patio situado detrás de la villa. Allí, las barracas húmedas y deprimentes de los esclavos destacaban en marcado contraste con las sólidas construcciones de las zonas de almacenamiento. Y decidió que algo habría que hacer para remediar la situación en la que aquella gente se encontraba. También había cuadras, un molino de dos plantas y numerosos cobertizos de piedra, construidos sobre pilotes de ladrillo para permitir la circulación constante de aire por debajo e impedir el acceso a los roedores. Unos estaban llenos hasta el techo de grano y avena, mientras que otros eran el vivo ejemplo de la rica variedad de productos de la finca. Los tarros de aceite de oliva sellados con resina estaban apilados de manera ordenada. Había tarrinas de garum, una pasta de pescado muy solicitada que gozaba de gran aceptación, junto a toneles de mújol en salazón y recipientes de barro llenos de aceitunas. Manzanas, membrillos y peras preparados para ser consumidos durante el invierno se almacenaban en hileras sobre lechos de paja. Las terrosas cabezas de ajo estaban dispuestas en pequeñas pirámides. Los jamones curados colgaban de las vigas al lado de manojos de zanahorias, achicoria y hierbas aromáticas: salvia, hinojo, menta y tomillo.

El vino, uno de los mejores productos, se preparaba y almacenaba en la bodega de otro edificio. Primero fermentaba en las dolia, unas jarras enormes recubiertas de brea que se enterraban parcialmente en el suelo, el jugo de las uvas aplastadas se conservaba allí sellado y luego se dejaba envejecer. Sólo las mejores cosechas se decantaban en ánforas y se trasladaban al edificio principal, donde se colocaban en un depósito especial en el trozo de tejado que quedaba libre por encima de una de las chimeneas.

A Fabiola le encantaba visitar cada uno de los almacenes, porque todavía le asombraba que toda aquella comida le perteneciera. De niña, el hambre había gobernado su día a día. Y ahora tenía alimento suficiente para toda una vida. Era consciente de lo irónico de la situación, por eso se aseguraba de que la dieta de los esclavos fuera adecuada. La mayoría de los terratenientes apenas daban a los esclavos comida para subsistir, y mucho menos para sobrevivir más allá de la mediana edad. Si bien es cierto que Fabiola no pensaba liberarlos, estaba decidida a ser una señora humana. El empleo de la fuerza quizá fuera necesario en alguna ocasión para garantizar la obediencia, pero no a menudo.

Ya casi habían terminado las labores más importantes del año: sembrar, ocuparse de las tierras y cosechar. Aquel día, sin embargo, el patio era un enjambre de actividad. Corbulo iba de un lado a otro con paso resuelto dando órdenes a gritos. Fabiola vio a hombres que reforjaban arados rotos y arreglaban arreos de cuero gastados para los bueyes. A su lado, mujeres y niños vaciaban carretas de hortalizas que maduraban más tarde: cebollas, remolachas y la famosa col de Pompeya. Otros trabajaban en grupo la lana de las ovejas esquiladas durante el verano; ahora la cardaban y lavaban, para después hilarla.

Corbulo hizo una reverencia al verla:

—Señora.

Fabiola inclinó la cabeza de forma solemne, procurando adoptar la actitud de mando a la que tan poco a

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