Contenido
Aclaración previa sobre las expresiones y citas
Prefacio: La amenaza almohade
DRAMATIS PERSONAE
Arbol genealógico
PRIMERA PARTE
1. El mensajero de Dios
2. Los apátridas
3. Los esponsales de Urraca
4. El guerrero imperfecto
5. Las princesas de al-Ándalus
6. Sueños de grandeza
7. De vuelta al hogar
8. Los muros del imperio
9. Cristo contra Cristo
10. Amigos y enemigos
11. Asedio a Cuenca
12. El foso
13. Jaque al rey
14. Justicia en Marrakech
15. Discordia en el Infantazgo
16. Torbellino de mareas
17. El califa temeroso
18. De obsesiones y mujeres
19. La desdichada Estefanía
20. La esclava Zahr
21. Los desvelos de la reina Leonor
22. La viuda alegre
23. El camino de la paz
24. La senda de la victoria
25. Las águilas no cazan moscas
26. La posada valenciana
27. Todos son infieles
28. Fracaso en Setefilla
29. Juicio de Dios
30. La llamada de al-Ándalus
31. Sangre goda
32. El poder de Urraca
33. La partida
34. La marca de la castidad
35. Un alminar para Sevilla
36. Las ballestas de Santarem
SEGUNDA PARTE
37. Miramamolín
38. Los ojos del príncipe de León
39. De fe, de amor y de lealtad
40. El trigo y la cizaña
41. Los arqueros de Oriente
42. El corazón roto
43. Acuerdos de cama
44. Umra
45. Las nieblas del Yarid
46. Abandonados por Dios
47. El mal menor
48. La ira de al-Mansur
49. Jura en Carrión
50. Penitencia
51. La reina obstinada
52. El heredero de Castilla
53. La vergüenza del califa
54. La virgen rota
55. Milites Christi
56. Querellas familiares
57. Silves
58. La discordia en la sangre
59. Tordehumos
60. El desafío
61. La peña de los enamorados
62. La batalla o la guerra
63. Alarcos
Nota histórica. Lo que fue y lo que no fue
Apéndice
Glosario
Bibliografía
Meditare, cogita quæ esse in eo cive ac viro debent, qui sit rempublicam afflictam et oppressam miseris temporibus ac perditis moribus in veterem dignitatem, ac libertatem vincaturus.
(Medita, piensa en todo aquello que ha de haber en un valeroso varón y ciudadano que ha de restituir en su antigua libertad y dignidad a la república, afligida y derribada por la miseria de los tiempos y por las costumbres viciosas de los hombres.)
CICERÓN,
Epístolas familiares. II, V
Cicerón debió de revolverse en su tumba cuando vio en qué acababa su república romana. Y, seguramente, a lo largo de los siglos, el viejo filósofo tuvo cientos de razones para arañar con sus descarnados dedos la tierra que lo cubría. Su alma, no me cabe duda, se agitaba de justa ira cada vez que una sociedad vendía su libertad y ensuciaba su dignidad. La verdad es que no lo hemos dejado descansar en paz. Una y otra vez, desde Roma a la actualidad y pasando por nuestra Edad Media, hemos importunado a Cicerón con una tormenta inacabable de miserias y vicios. Vaya por él esta novela. Porque somos lo que somos gracias a él y a otros que después vinieron. Gracias a los que cargaron hacia las filas enemigas a pesar de todas las flechas, las lanzas, los tambores y los alaridos. Gracias a quienes, a lo largo del tiempo, se mantuvieron fieles a su honestidad. Gracias a los que no ceden a la corrupción por muy mal modelo que tengan en quienes nos lideran. Gracias a los que aún creen en la ley y en la justicia, y llenan con su honradez lo que jamás podrán colmar todas las lamentaciones vacías, indignadas e hipócritas. Gracias a quienes se niegan a abandonar la nave cuando amenaza naufragio. Gracias, sobre todo, a las dos romanas habitantes de mi particular república digna y libre: Ana y Yaiza. Gracias a mis compañeros de inquietudes literarias y a todos los que, como ellos y junto a ellos, me apartan de la miseria de los tiempos. Una vez más gracias a los archivos y bibliotecas valencianos, con un especial recuerdo para la Biblioteca Pública de Moncada. Gracias a Ian Khachan por su tiempo, su trabajo y sus ideas. Gracias a Teo Palacios por su labor en la revisión y la adición de buenos detalles. Y gracias, por último, a Santiago Posteguillo, porque no es su obligación y aun así siempre está ahí.
Aclaración previa sobre las expresiones y citas
A lo largo de la escritura de esta novela me he topado con el problema de la transcripción arabista. Hay métodos académicos para solventarlo, pero están diseñados para especialistas o artículos científicos más que para autores y lectores de novela histórica. A este problema se une otro: el de los nombres propios árabes, con todos sus componentes, o el de los topónimos y sus gentilicios, a veces fácilmente reconocibles para el profano, a veces no tanto. He intentado hallar una solución que no rompa con la necesidad de una pronunciación al menos próxima a la real, pero que al mismo tiempo sea fácilmente digerible y contribuya a ambientar históricamente la novela. Así pues, transcribo para buscar el punto medio entre lo atractivo y lo comprensible, simplifico los nombres para no confundir al lector, traduzco cuando lo considero más práctico y me dejo llevar por el encanto árabe cuando este es irresistible. En todo caso me he dejado guiar por el instinto y por el sentido común, con el objetivo de que primen siempre la ambientación histórica y la agilidad narrativa. Espero que los académicos en cuyas manos caiga esta obra y se dignen leerla no sean severos con semejante licencia.
En cualquier caso, y tanto para aligerar este problema y el de otros términos poco usuales, se incluye un glosario al final. En él se recogen esas expresiones árabes libremente adaptadas, y también tecnicismos y expresiones medievales referentes a la guerra, la política, la toponimia, la sociedad...
Por otro lado, y aparte de los encabezamientos, he tomado prestadas diversas citas y les he dado vida dentro de la trama, en ocasiones sometiéndolas a ligerísimas modificaciones. Se trata de fragmentos de los libros sagrados, de poemas andalusíes, de trovas y de otras obras medievales. Antes del glosario se halla una lista con referencias a dichas citas, a sus autores o procedencias y a los capítulos de esta novela en los que están integradas.
Prefacio: La amenaza almohade
Disponte a desembarcar en el pasado. En un momento en el que la vida y la libertad se ganan o se pierden por fe y por lealtad. En el que cada hombre y mujer es consciente de su fragilidad y encomienda su destino, en este mundo o en el otro, a Dios.
Pero no es solo el temor de Dios lo que escribe las líneas de la historia. Los reyes y califas se acogen a la protección divina y se erigen en su brazo armado. Mandan a miles a la muerte, arrasan ciudades, devastan campos, conquistan, pactan, se traicionan y luchan por la lealtad de otros reyes, príncipes, condes, señores y caballeros.
El siglo XII se agota. Llegamos a su último cuarto y la península Ibérica se sostiene en precario equilibrio. El imperio almohade es una bestia gigante que domina el Magreb, el Sus e Ifriqiyya, y ahora, con la derrota del rey Lobo, se ha impuesto en la mitad musulmana que llaman al-Ándalus. Al norte, los reinos cristianos no han podido o no han querido evitar que los almohades se plantaran a sus puertas. Aparte de la enconada resistencia hasta la muerte del rey Lobo, solo Portugal se opuso tímidamente a las huestes africanas. Castilla las ignoró y se desangró en una larga guerra civil, protagonizada por la rivalidad de las familias Lara y Castro, hasta que el joven rey, Alfonso, llegó a la mayoría de edad y puso orden en sus tierras. Otro Alfonso, el rey de Aragón y conde de Barcelona, se limitó a aguardar a que el rey Lobo agotara sus fuerzas para lanzarse como un carroñero sobre sus restos. Navarra, débil reino entre Castilla y Aragón, usó de pactos para sobrevivir, y su astuto rey, Sancho, se atrevió a invadir tierras castellanas aprovechando la guerra civil. Fernando de León llegó más lejos, pues incluso se alió con los almohades para perjudicar a Castilla y favorecer sus propios intereses.
Como ves, no es el mejor panorama para los cristianos, dignos antepasados de los españoles de todo tiempo: sus reyes están divididos, enfrentados. Empeñados en dar primacía a la rivalidad entre hermanos en lugar de formar un frente común. Y así, emplean sus fuerzas en desafiarse por ganancias que suelen resultar efímeras.
Al sur, en al-Ándalus, la situación es muy diferente. Yusuf, el segundo califa almohade, dirige un imperio que supera en extensión a todos los reinos cristianos juntos y su poderío militar parece no tener fin. Solo su incapacidad como líder guerrero permite que Castilla, León, Portugal, Navarra y Aragón existan todavía, aunque ya ha conseguido sembrar el miedo en el corazón de los católicos. Yusuf basa su liderazgo en los fuertes lazos tribales que unen a sus súbditos y en la creencia ciega y sin límites en el Tawhid, la doctrina almohade que no admite fisuras y que exige la conversión o el exterminio de todos los infieles. Es un credo duro y eso motiva descontentos. Hay continuos conatos de rebelión entre las tribus sojuzgadas en las lejanas tierras africanas, y tampoco entre los andalusíes se acepta con alegría el Tawhid. Todavía perdura en sus paladares el sabor del vino, sus yemas retienen el tacto de la piel femenina, en los salones casi resuenan el punteo de las cítaras y el canto de las esclavas. Tal vez confían en que, como siempre ocurrió a todo invasor africano, los placeres de al-Ándalus acaben por ablandar los corazones de piedra de los almohades, cincelados en las montañas del Atlas y recubiertos de su costra supersticiosa.
O tal vez eso no ocurra nunca. Tal vez el califa almohade consiga abrevar sus caballos en la pila bautismal de la catedral de Santiago, o pueda arrasar hasta los cimientos Burgos, Oporto y Pamplona, y embarcarse desde Barcelona para lanzar a sus inacabables huestes hacia las mismas puertas de Roma. Pero para lograrlo, Yusuf tendrá que forzar las fronteras del enemigo que a priori se presenta como más correoso: Castilla.
Dicen que antes de la división de los cristianos, en el año del Señor de 1157, el viejo emperador Alfonso miró a los ojos de la muerte en las sendas de La Fresneda e hizo un vaticinio. Afirmó que solo la unión llevaría al triunfo. Y, según quienes lo presenciaron, anunció que todo acabaría en aquel mismo lugar, en las faldas de Sierra Morena, tierra de frontera entre Cristo y Mahoma. Eso fue hace tiempo, cuando el rey Lobo protegía con su escudo los reinos cristianos y hería con su espada a los invasores almohades. Él mismo reclamó una y otra vez que esa unión se llevara a cabo, aunque jamás vio cumplido el augurio del viejo emperador.
¿Unión entre los cristianos para enfrentarse a los africanos? ¿De verdad alguien puede creer en que eso suceda? Ahora, realmente parece más fácil que el califa abreve a sus caballos en el templo del apóstol Santiago.
DRAMATIS PERSONAE
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Yusuf. Segundo califa almohade, hijo del primero, Abd al-Mumín. |
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Abú Hafs. Hermanastro del califa Yusuf. Visir omnipotente del imperio almohade. |
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Yaqub. Hijo primogénito de Yusuf, previsible heredero del imperio. |
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Abú Yahyá. Jeque de la cabila hintata, hijo de Umar Intí, uno de los héroes del imperio almohade. |
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Ibn Rushd. Jurista y médico cordobés, consejero del califa Yusuf. |
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Ibn Sanadid. Guerrero andalusí experto en la lucha fronteriza. |
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Zobeyda. Dama andalusí viuda del rey Lobo, conocida como la Loba de al-Ándalus. |
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Zayda. Hija mayor de Zobeyda y el rey Lobo; prometida con el califa Yusuf. |
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Safiyya. Hija menor de Zobeyda y el rey Lobo; prometida con Yaqub, el heredero del califato almohade. |
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Fernando de León (Fernando II). Rey de León. Hijo menor de Alfonso VII el Emperador. |
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Príncipe Alfonso. Hijo mayor de Fernando II de León, nacido de un matrimonio anulado por la Iglesia. Previsible sucesor de su trono. |
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Fernando de Castro, el Renegado. Cabeza de la poderosa casa de Castro, exiliado de Castilla tras la guerra civil. Amigo y consejero de Fernando II de León. |
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Estefanía. Esposa de Fernando de Castro. Hija bastarda de Alfonso VII el Emperador y, por lo tanto, infanta, hermana del rey de León y tía del rey de Castilla. |
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Pedro de Castro. Hijo de Fernando de Castro y la infanta Estefanía. |
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Alfonso de Castilla (Alfonso VIII). Rey de Castilla. Nieto de Alfonso VII el Emperador y, por lo tanto, sobrino del rey de León. |
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Leonor Plantagenet. Esposa del rey Alfonso VIII de Castilla, hija del rey de Inglaterra y de Leonor de Aquitania. |
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Nuño de Lara. Cabeza de la poderosa casa de Lara y enemigo jurado de la casa de Castro. Conde y principal consejero del rey Alfonso VIII de Castilla. |
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Aldonza. Condesa, viuda del cabeza de la casa de Haro. |
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Diego López de Haro. Señor de Vizcaya, primer hijo de la condesa Aldonza. |
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Urraca López de Haro. Segunda hija de la condesa Aldonza. |
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Gome Garcés de Aza. Noble castellano, cabeza de la casa de Aza. |
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Ordoño Garcés de Aza. Hermano del anterior. |
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PRIMERA PARTE
(1174-1184)
Defuncto Lupo Rege, Imperatorem Africanorum Saracenorum venisse in Hispaniam cum valido exercitu, & occupatis Murciâ ac Valentiâ intrasse terram Alfonsi Castellae Regis, multisque urbibus captis Christianos omnes occidisse, praeter paucos, quios in perpetuam redegit seruitutem.
(Una vez muerto el rey Lobo, el emperador de los sarracenos africanos pasó a Hispania con un fuerte ejército, y ocupó Murcia y Valencia, y entró en tierra del rey Alfonso de Castilla, y tomó muchas ciudades y mató a casi todos los cristianos, salvo unos pocos que se vieron reducidos a esclavitud perpetua [trad. libre del autor].)
PHILIPPE LABBE,
Chronologiae Historicae: pars secunda

1
El mensajero de Dios
Verano de 1174. Sevilla
El joven Yaqub levantó la piedra y la sopesó. Ni muy grande ni muy pequeña, tal como le había aconsejado su tío Abú Hafs. Debía caber bien entre los dedos y volar ligera. Tomó aire e intentó aplacar el temblor que dominaba su mano. No podía mostrar miedo, y mucho menos repugnancia. Se obligó a mirar a los condenados.
Allí estaban, de espaldas a la cerca de madera que habían levantado para la ocasión. Hombro con hombro, musitando en silencio sus últimas plegarias. Ambos lloraban. Yaqub se volvió a su derecha y vio el gesto firme de su tío, que ahora alzaba los brazos para acallar los insultos del gentío.
—¡Estos dos hombres han sido condenados, fieles sevillanos! ¡Ambos han sido hallados culpables del nefando vicio de la fornicación!
Una nueva oleada de gritos se levantó. Invertidos, los llamaban. Sodomitas. Yaqub observó a los reos. Parecían no oír nada que no fueran sus propias plegarias. Ni siquiera trataban de huir, aunque no estaban atados. Claro que tampoco habrían llegado muy lejos.
—¿Dónde está el príncipe de los creyentes?
La pregunta había surgido de la muchedumbre. Abú Hafs, visir omnipotente del imperio almohade y hermano del califa, apretó los labios. Exigió silencio con un nuevo ademán.
—¡Nuestro señor no ha podido asistir, como es su obligación..., pues otros asuntos lo mantienen ocupado! ¡Pero heme aquí yo, su gran visir. Y sobre todo —señaló al joven Yaqub—, he aquí a su primogénito! ¡Y por encima del propio príncipe de los creyentes, he aquí la voluntad de Dios, el Único —el índice de Abú Hafs apuntó al cielo—, que nos ordena cortar de raíz el germen de la maldad! ¡Esos dos hombres fueron sorprendidos pecando contra natura, y los testigos son dignos de crédito! ¡Cumplamos ya la voluntad de quien ordena lo permitido y censura lo prohibido!
El visir omnipotente volvió la cabeza hacia su sobrino y asintió. Yaqub tragó saliva. Como representante del califa, a él le correspondía lanzar la primera piedra. Su tío le había aleccionado. Le había dicho que no podía vacilar. Que todos los ojos estarían puestos sobre él. Su brazo se estiró hacia atrás y el gentío aguantó la respiración. El nudo creció en la garganta de Yaqub. «Son pecadores —se dijo—. Sodomitas. Merecen morir.»
No pudo evitarlo. Imaginó a los dos condenados juntos, a escondidas, antes de ser sorprendidos en pleno fornicio. Desnudos, apretados, sudorosos. Tal vez felices. Se suponía que eso debía repugnarle, pero no ocurría así. El sentimiento de confusión superó al de culpa.
—Hazlo ya —susurró el visir omnipotente.
Yaqub cerró los ojos y su brazo se agitó como un látigo. No quiso ver si acertaba. Le dio igual a pesar de todo. La piedra voló y chocó frente a él. Al momento, decenas de ropajes crujieron conforme sus dueños imitaban al primogénito del califa almohade. El gran cadí, los testigos del juicio, su tío Abú Hafs y un amplio conjunto de almohades y andalusíes que se habían ofrecido para participar en la ejecución. El aire se llenó de silbidos, de impactos, de gemidos sordos. El joven se atrevió a mirar.
Los reos se retorcían al recibir los impactos. Uno de ellos, incapaz de aguantar más, intentó correr. Demasiado tarde. Los tiradores lo escogieron como blanco y lo acribillaron. Un canto le hizo crujir la rodilla y otro le acertó en la sien. El desgraciado se vio lanzado contra la cerca. Rebotó y cayó al suelo, donde la lluvia mortal continuó inmisericorde. Se cubrió inútilmente con las manos, las piedras le aplastaron los dedos. Su jubón se enrojeció lentamente y dejó de sacudirse. La agonía terminó para él.
El otro condenado corrió peor suerte. Tras presenciar el tormento de su amado, entrelazó los dedos hacia la muchedumbre. Fue capaz de permanecer en pie mientras era lapidado. Recibió golpes en el pecho, en las piernas, en los brazos. Se dobló sobre sí mismo cuando sus costillas se hundieron, pero aún pudo enderezarse antes de que un certero impacto le reventara un globo ocular. Se venció de rodillas mientras boqueaba, impedido para respirar porque su esternón se había vencido contra las entrañas. Estiró la mano hacia su enamorado, con el que había llegado mucho más lejos de lo que jamás imaginara.
Yaqub había vuelto a cerrar los ojos. Quiso disimular la angustia, pero no podía. El martilleo de piedras se hundía en su cabeza. Croc-croc-croc... Apretó los párpados, como si así pudiera alejarse de aquel lugar. Pero la voz de su tío no le dejaba marchar.
—Es la voluntad de Dios. No muestres debilidad.
Obedeció. La tormenta asesina amainaba. Croc... Croc... Croc... Los dos reos yacían ensangrentados. Uno de ellos se convulsionó antes de expirar. El silencio se extendió sobre la explanada y el rumor del Guadalquivir volvió a llenar la tarde. El cielo enrojecía al otro lado del río, más allá de Triana. Y la tierra también se teñía de rojo. Ya estaba.
La chusma se disolvió mientras algunos esclavos del Majzén se disponían a retirar los cuerpos, desmontar el cercado de madera, limpiar la sangre y amontonar las piedras para usarlas en otra ocasión. Yaqub sintió la mano de su tío Abú Hafs en el hombro. Una garra de dedos nervudos que se cerraba y lo mantenía en aquel lugar de muerte, ante los ajusticiados.
—El fornicio es uno de los peores atentados a Dios, sobrino. Y la sodomía es aún peor. Va contra natura. Estos andalusíes son débiles, y por eso muchos de ellos son invertidos. Además de borrachos y cobardes, claro.
Yaqub asintió. Sabía que era cierto, y por eso le preocupaba que aquel nudo que le atenazaba la garganta fuera remordimiento. No cabía remordimiento cuando se actuaba conforme a la ley de Dios.
—Lo sé, tío Abú Hafs. Lo sé.
Pero no podía alejar aquel sonido siniestro de su cabeza. Croc. Croc. Croc. Esquirlas de hueso, salpicones de sangre, hilachos de piel.
—Te acostumbrarás, Yaqub. —El visir omnipotente aflojó la presión sobre su hombro—. Heredarás el imperio y, con él, la responsabilidad. El poder sobre la vida y la muerte que Dios concede a sus elegidos. Porque eres su elegido, no lo dudes.
«Pero ¿cómo no dudarlo?», se dijo Yaqub. El elegido para guiar los ejércitos de Dios no podía vacilar, como a él le ocurría ahora. Suspiró.
—Estoy cansado, tío Abú Hafs.
—Ya. Retírate entonces. Pero hazlo con la cabeza alta para que los andalusíes vean que tu voluntad es férrea. Un día habrás de imponerte sobre ellos, recuérdalo. Y no te acuestes sin rezar.
El joven amagó una sonrisa, dio media vuelta y se alejó hacia el complejo palatino de Sevilla. El primer muecín arrancó su canto desde un minarete cercano, pero Yaqub no lo escuchó. Un ritmo machacón le atormentaba en un rincón de su mente. Croc. Croc. Croc.
El temblor despertó al joven Yaqub.
No era muy fuerte al principio, pero crecía. Y junto con él llegaba el sonido regular. Opaco. Repetitivo.
«Otra vez las piedras no.»
Le había costado dormirse. El eco de las pedradas se había instalado en su cabeza y no la abandonó hasta bien entrada la noche. Croc. Croc. Croc. Sodomía. Croc. Fornicio. Croc. Pecado. Croc. Pero..., un momento. No, eso no eran pedradas. Era otra cosa... ¿Un galope? Sí. Era un caballo; y se acercaba.
Yaqub se incorporó y, al abrir los ojos hacia el origen de la galopada, la intensidad de la luz le cegó. Ladeó la cabeza para huir de la herida luminosa. Restregó sus párpados con las palmas de las manos y, muy despacio, volvió a mirar, pero esta vez en otra dirección. Se encontraba en un páramo yermo, plano como la superficie del mar en un día de calma. Aquello no era Sevilla. No era nada que él conociera. La tierra parda y agrietada se extendía hasta perderse de vista en el horizonte. Sin árboles. Ni un solo arbusto, ni una mísera brizna de hierba, aunque fuera reseca. De repente, Yaqub cobró conciencia de la sed angustiosa que le consumía.
Dejó que sus ojos se acostumbraran a la luz y volvió la cabeza.
A su diestra, los cascos del caballo seguían aproximándose, pero el sol brillaba desde allí y lo único que acertaba a adivinar era una figura, apenas una sombra, que parecía irreal. Se apoyó en el suelo y su piel le transmitió el calor. Tras alzarse intentó defenderse del sol con las manos, pero no fue capaz de enfocar su mirada en la figura que se acercaba. Al principio creyó que aquel caballo, simplemente, tenía el sol a su espalda. Pero no era así.
—No puede ser.
La luz cegadora no venía del sol: salía directa de aquella aparición. El galope disminuyó su ritmo hasta que el caballo quedó muy cerca. Lo suficiente para que Yaqub pudiera vislumbrar al jinete. Alargó la diestra al frente mientras se cubría la vista con la zurda.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres?
—Soy Gabriel, y ahora puedes mirar.
Movió la mano con cuidado. Lentamente. Ante los ojos entornados de Yaqub se dibujó, esta vez con líneas nítidas, la figura de un caballo blanco. El más bello que jamás se hubiera visto. A pesar de que ni una pizca de viento recorría aquel paraje, las crines del animal se agitaban mientras sus pezuñas pateaban el suelo con elegancia. Su piel inmaculada no estaba ceñida por bridas ni había silla sobre su lomo. La mirada de Yaqub subió hacia el jinete, cuyas vestiduras eran también níveas. Se trataba de un ser de apostura inhumana. Sus cabellos eran blancos, al igual que su barba, aunque aquel extraño hombre de tez pálida no revelaba edad alguna. La melena se agitaba con el mismo viento inexistente que mecía las crines del caballo. Sonreía, y su diestra aferraba un astil del que pendía una enorme bandera verde. La tela no crujía al flamear y parecía que su tamaño aumentaba a cada golpe de brisa.
—Estoy soñando.
—Sí. —El jinete mantuvo su sonrisa—. Y se acerca el momento del despertar. Demasiado has dormido ya, Yaqub.
—¿Eres un ángel de Dios?
—Soy su mensajero. El portador de su palabra.
Yaqub se olvidó de la sed, la modorra acabó por desaparecer. Supo que el jinete blanco decía la verdad. Cayó de rodillas y pegó su frente al suelo.
—Soy el siervo de Dios. He sido débil, lo sé. Pero no pude evitarlo. ¿Me vas a castigar?
El caballo se adelantó un par de pasos. Sus cascos resonaron contra la tierra baldía de aquella interminable llanura. El animal acercó la cabeza a Yaqub, los belfos rozaron apenas su cabello.
—Tu tiempo se aproxima. Pero no para recibir castigo, sino para infligirlo. —Ahora que los ojos de Yaqub no estaban ahítos de belleza visible, sus oídos se extasiaron con la voz del ángel—. Dentro de muy poco, tu mano aferrará la espada de Dios.
—¿Yo? —Yaqub levantó la mirada. El verde de la bandera se alargaba tras el jinete blanco y parecía flotar sin fin hacia la distancia—. No soy digno. He dudado...
—Eres digno. Dios ha hecho su elección y no hay posibilidad de error. Tu actitud te respalda, joven paladín: aquí estás, confesando tus dudas; postrado ante un poder que te excede. No hay sombra de soberbia en ti a pesar de que un día dirigirás el ejército de Dios.
»Conoces tu deber. Tu misión en el mundo. La ley del Único ha de llegar a cada rincón. A tu disposición pone Dios sus escuadrones para que sean portadores de su palabra. Mantente limpio de intención y renueva tu fe cada día. Así no volverás a dudar. Adiestra tu carne y purifica tu alma en pos de la tarea que Dios te encomienda. No temas, pues yo, su mensajero, estaré siempre a tu lado.
—Pero... ¿cómo lo haré? ¿Cómo sabré...?
—Ve ahora, Yaqub. —El jinete blanco alargó el astil hacia el joven. La bandera verde, inmensa, cubría ya casi todo el cielo y alargaba su sombra sobre la tierra—. Hora es de que despiertes. Tu deber es la victoria. No te está permitido fallar.
La sensación era de beatitud. De máxima comunión con lo sagrado. Un aura de paz rodeaba a Yaqub cuando despertó, esta vez sí, a la realidad.
La luz que se filtraba por las celosías no era cegadora. Se trataba de la claridad del alba sevillana. Y la voz que ahora percibían sus oídos no procedía de un arcángel de Dios, sino del muecín que llamaba a la plegaria matutina. Yaqub se levantó y repitió los gestos, ya inconscientes, que le llevarían a postrarse sobre la almozala para orar. Y, sin embargo, su conexión con Dios había sido —todavía era— más intensa que la que pudiera proporcionar el rezo ritual.
El Único le había hablado. A través de su mensajero, sí. En su mente se reprodujeron, una por una, las palabras de Gabriel. El martillo de la lapidación se había esfumado, y el remordimiento también. El eco de la voz angelical aún rebotaba en su interior cuando terminó la plegaria, abandonó su aposento y recorrió los pasillos del enorme recinto palatino. Sus ojos, todavía extasiados con la hermosura del ángel de Dios, ignoraron a los funcionarios califales, a los obreros que trabajaban en los palacios y a los guardias negros con los que se cruzaba bajo las arquerías o en los corredores flanqueados por arriates.
El heredero del inmenso imperio almohade acababa de cumplir catorce años, y su imagen se había proporcionado desde los años de estudio en Marrakech. Su cuerpo, antes ligeramente rechoncho, era ahora más esbelto, más digno. Más propio de alguien que un día comandaría las huestes de Dios. No era todavía un hombre, pero ya había dejado de ser un niño. Su cabello negro, frondoso y rizado, caía sobre la cara de tez muy morena sin cubrir la mirada decidida, y su nariz aquilina contribuía a dotarlo de un atractivo singular.
Yaqub entró en el alcázar meridional, el más lujoso de cuantos ocupaban el nuevo conjunto amurallado de palacios. Los guardias negros retiraron sus lanzas para flanquearle el paso y, tras cruzar la arcada norte, el joven salió al patio ajardinado, donde sabía que hallaría a su padre. El entusiasmo estaba a punto de desbordar a la placidez cándida. El corazón le impulsaba a contar al califa todo lo que había ocurrido, y los pasos de Yaqub se habían acelerado conforme recorría el laberinto de edificios. Pero ahora, a la vista ya del príncipe de los creyentes, el joven se detuvo.
Tres hombres sentados sobre almohadones compartían leche, higos y torta de cebada a los pies de las escaleras de acceso al patio de crucero. Reían con alborozo, y ninguno de ellos había reparado todavía en el joven heredero. Este retrocedió lentamente hasta quedar a la sombra de los arcos, muy cerca de los impasibles y enormes esclavos negros de la guardia califal. Yaqub torció la boca en un gesto de rabia. En su estallido de emoción había olvidado que su padre solía desayunar en compañía de aquellos dos andalusíes petulantes que se hacían llamar filósofos. Su influencia llegaba a tal punto que, por su culpa, el califa no había asistido a la lapidación del día anterior. Seguro que se había pasado la tarde allí, discutiendo con ellos sobre cualquier tontería sacada de uno de esos libros absurdos. Ah, qué distinto era su padre de Abú Hafs.
Su tío Abú Hafs, visir omnipotente. A él sí podía contarle el sueño.
Una nueva carrera espantó a las tórtolas que zureaban en los árboles, y otra vez Yaqub esquivó a escribanos, canteros, secretarios, tallistas y cadíes. Corrió sin importarle el calor ni las miradas de extrañeza de los funcionarios almohades, como solo un niño puede hacerlo cuando el entusiasmo le impele. Su tío Abú Hafs se había mandado construir un palacete fuera del complejo, no lejos de donde había tenido lugar la lapidación. En el lugar donde el Guadalquivir se unía con el arroyo Tagarete. Pero mientras las obras se llevaban a cabo, el visir omnipotente ocupaba una cámara en el Dar al-Imara, el antiguo palacio de gobierno almorávide.
En realidad, todo el complejo palatino y sus alrededores estaban en obras, ya que el califa Yusuf se había lanzado a una frenética actividad constructora en cuanto el Sharq al-Ándalus cayó en su poder. El enorme acueducto que ahora traía el agua desde Qalat Yábir ya estaba terminado, pero hacía dos años que se trabajaba en una nueva mezquita aljama, y se estaban edificando varios palacetes para dar cabida a la familia califal en la capital almohade de la Península.
Yaqub encontró a su tío justo cuando este se disponía a despachar con sus agentes, los numerosos talaba que recorrían Sevilla en busca de infracciones a las buenas costumbres. A Abú Hafs le encantaba iniciar el día ordenando arrestos e investigaciones a los tibios, y el momento más feliz podía ser aquel en que uno de sus hombres le revelara que se había sorprendido a algún judío islamizado practicando en secreto sus ritos hebreos. O, ¿por qué no?, alguna otra pareja de andalusíes sodomitas.
—¡Tío Abú Hafs, necesito hablar contigo!
El visir omnipotente observó al muchacho con sus ojos febriles y dio un par de palmadas para despedir a los talaba. Los censores religiosos obedecieron de inmediato, pues de todos era sabido que Abú Hafs no gustaba de repetir sus órdenes. El medio hermano del califa invitó a su sobrino a tomar asiento sobre los cojines y él mismo se acomodó a su lado.
—Sigues preocupado, ¿eh, sobrino? —La sonrisa del visir omnipotente helaba la sangre. Casi tanto como su mirada tormentosa.
A todos menos a Yaqub. Para Yaqub, su tío Abú Hafs representaba la piedad sin tacha. La virtud musulmana hecha carne—. No te preocupes si ayer vacilaste. No volverás a dudar, lo sé. ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?
—¿No es cierto que el Profeta, la paz sea con él, soñó con el arcángel Gabriel?
—¿Qué pregunta es esa? Lo saben hasta los niños pequeños, Yaqub. Gabriel, el mensajero de Dios, reveló al Profeta su palabra.
—Y todos lo creemos. Nadie duda de ello.
—Y si alguien dudara —Abú Hafs elevó el índice de su diestra hacia el cielo, un gesto que repetía con frecuencia—, el castigo de Dios caería sobre él en este mundo, y también en el infierno.
—¿Y si alguien que no fuera el Profeta te dijera que el arcángel Gabriel se le ha aparecido en sueños?
El visir omnipotente entornó los párpados de forma que sus ojos rojizos quedaron reducidos a líneas brillantes.
—¿Me preguntas qué debes hacer con semejante mentiroso cuando seas califa y juzgues a tus súbditos?
Yaqub enarcó las cejas. La conversación se torcía.
—Pero... ¿y si no fuera un mentiroso? ¿Y si esa persona dijera la verdad?
—Cuidado, sobrino. Los sueños de ese tipo no corresponden a revelaciones de Dios, sino de su enemigo. Y no es buena señal que Iblís penetre en la mente del musulmán. Ni dormido ni despierto.
—Ah... —Yaqub torció la cabeza. No había contado con eso. ¿Y si era el Diablo quien le había hablado en sueños? Abú Hafs comprendió, al ver la mueca de decepción de su sobrino, que la conversación no discurría por el cauce adecuado. Relajó su gesto y posó la mano sobre el hombro del muchacho. Aquel jovencito era el futuro califa, un detalle aún más importante que el lazo de parentesco que los unía.
—Sobrino, sobrino... Sabes que puedes contarme lo que quieras. Conmigo no necesitas andarte con rodeos ni dobleces. Soy yo, tu tío. Yo resolví las dudas de tu difunto abuelo Abd al-Mumín, y también las de tu padre. —Sus dientes amarillentos asomaron por un instante entre los labios—. Aunque ahora él parece hallar más útil la palabrería de esos... filósofos andalusíes. Dime, ¿qué es lo que te turba?
Yaqub suspiró y miró sobre el hombro de Abú Hafs, al muro de sobrios motivos simétricos y multiplicados. Como si pudiera ver a través de ellos y llegar al patio de crucero en el que su padre, el califa Yusuf, departía animadamente sobre asuntos terrenales. Pero nada debía esperar de él. Si alguien podía ayudarle a desentrañar el secreto de su sueño, era su tío. Por eso empezó a hablar. Y los ojos siempre inquietos de Abú Hafs volvieron a entornarse mientras escuchaba contar sobre caballos blancos, mensajeros de belleza incomparable y banderas verdes que colmaban el firmamento. El rostro de Yaqub se iluminaba conforme relataba su visión y la sensación de bienaventuranza le inundaba de nuevo. Cuando el joven terminó de hablar, sus hombros se vencieron hacia delante y un suspiro llenó la sala del Dar al-Imara. Abú Hafs se frotó lentamente la barba negra y copiosa que colgaba sobre su pecho y que, junto con la ausencia de bigote, le daba aquel aspecto inquietante que acompañaba a su mirar agitado.
—Humm...
—¿Qué, tío Abú Hafs? ¿Crees que Iblís ha venido a tentarme en sueños?
—Humm...
El visir omnipotente ahogó la sonrisa. Por una historia como esa, cualquier otro habría tenido que rendir cuentas. Un piadoso musulmán no se planteaba si un mensaje angelical llegado en sueños venía de Dios o del Diablo, porque solo el Profeta podía recibir el mensaje divino. Imaginar la otra posibilidad era faltar al Único y podía —debía— tildarse de herejía. El mismo Abú Hafs había mandado a la cruz a no pocos incautos por causas más triviales.
Pero esta vez el soñador no era un menguado cualquiera. Las dudas se le planteaban al futuro califa. A quien un día sería llamado príncipe de los creyentes y guiaría los ejércitos de Dios a la batalla. Y los almohades ya no se enfrentaban a falsos musulmanes o a reyezuelos rebeldes. El enemigo de ahora bordaba cruces en sus estandartes, y afirmaba que el Profeta era un endemoniado y el islam una secta pestífera. ¿Qué tipo de califa necesitaba el imperio almohade? ¿Uno que aborreciera las armas y la guerra, como el actual? ¿U otro que se sintiera guiado por la palabra de Dios al combate?
—Tío Abú Hafs, dime ya si fue el Diablo quien me habló.
—El Diablo... ¿El Diablo? —Abú Hafs soltó su barba enmarañada y volvió a posar la mano sobre el hombro de Yaqub—. Si el Diablo te visitara en sueños, ¿te pediría que extendieras el islam por todo el orbe? ¿No es Iblís un embustero, y su deseo, engañar a todos los buenos creyentes? Así pues, si ese caballero blanco te ordenó ser la espada de Dios..., ¿acaso no te mandaba que cumplieras lo que es deber de todo buen almohade? —Su índice apuntó otra vez al cielo—. Haced la guerra a los que no creen en Dios ni en el día último, y a los que no consideran prohibido lo que Dios y su apóstol han prohibido. Eso le dijo Gabriel al Profeta. Solo Dios, y no Iblís, te mandaría llevar la guerra a los infieles.
La cara de Yaqub se iluminó. Se vio reflejado en los ojos inflamados del visir omnipotente que, en la sombra, dirigía el imperio más piadoso de la historia del islam.
—Entonces es verdad. —El futuro califa supo que las lágrimas de alegría se disponían a desbordar su mirada juvenil—. Yo... he sido elegido. Elegido por Dios.
Al mismo tiempo. Cercanías de Nájera, reino de Castilla
La abadía de Cañas también estaba en obras.
Apenas llevaba cinco años fundada, y no se había cesado en la ampliación de los muretes para cerrar el claustro y añadir celdas. La iglesia, también a medio construir, estaba rodeada por grandes hoyos abiertos en la tierra. De ellos se sacaban la arena y la piedra, pero también allí se amasaba el mortero y se almacenaba la sillería. Los campesinos sudorosos acarreaban los bloques y las vigas de madera a los gritos de tallistas y carpinteros, ajenos a la presencia de las monjas cistercienses. Aquella indiferencia, por cierto, era obligada. Para eso había un par hombres de armas que custodiaban el lugar y cuidaban de que los villanos no importunaran a las hermanas, todas ellas de noble condición. Toda protección era poca porque, además, la abadía se hallaba demasiado cerca del reino de Navarra como para empeñarse en vivir tranquilo. Castilla estaba a la gresca con los pamploneses desde hacía tiempo y no era raro sufrir las correrías de los hombres del rey Sancho, algunos de los cuales, con lo oscuro y con la sorpresa, no respetaban hábitos ni cruces.
Cañas, por añadidura, era monasterio exclusivamente femenino. Aquello resultaba extraño, pues lo habitual era que los monjes fueran varones o que, como mucho, hombres y mujeres compartieran vocación en conventos dúplices. Solo algunos sirvientes y la guardia armada rompían la norma; aparte, claro, de los muchos obreros que llegaban con el alba para trabajar en las faenas de ampliación de la abadía.
Urraca López de Haso observaba ahora a uno de aquellos campesinos. La muchacha contaba catorce años, aunque su desarrollo precoz la hacía pasar por una doncella mayor. Sus formas de mujer parecían lanzarse al mundo en un estallido de alegría casi lujuriosa a pesar de la sordidez que la rodeaba, y nadie ni nada podían evitar que, allá por donde pasara, todas las miradas confluyeran en ella. Había nacido para ser objeto de admiración. De deseo y envidia. Para que todos cuantos la vieran se enamorasen y cayeran en la desesperación. Urraca era hija de los fundadores de la abadía, el difunto conde don Lope Díaz de Haro y su ahora viuda, la condesa Aldonza. Esta se había retirado al convento cuatro años atrás, cuando el conde tuvo a bien tomar el camino de toda carne, y junto a ella se había traído a la jovencísima Urraca. Así lo dictaba el decoro. Los monasterios femeninos estaban reservados a las damas de alta cuna, y no pocas doncellas habían sido educadas en la rigidez de la orden para aportar su bondad al mundo cuando abandonaran el enclaustramiento laico.
Sin embargo, Urraca de Haro sentía un fuego que la quemaba por dentro, y poco tenía que ver con la fe. El campesino que ahora arrastraba una pieza de madera de gran longitud era un muchacho algo mayor que ella. El calor opresivo de aquella mañana hacía sudar a los obreros, de modo que muchos trabajaban en calzones y sus torsos desnudos se tostaban al sol. Urraca también sentía húmedas las palmas de las manos, y por eso las restregaba constantemente contra la saya de lino verde. Aspiraba el aire caliente con avidez, quizás ansiosa por captar el sudor que caía a goterones desde los hombros del muchacho. Él se dio cuenta. Entornó los ojos, cayó en el inevitable lazo de Urraca y el descuido le hizo tropezar. El sonido de la madera al desplomarse llamó la atención de uno de los maestros carpinteros, que dedicó una sonora bronca al joven plebeyo. Este estuvo a punto de señalar a Urraca como culpable de su descuido, pero se dio cuenta de que no había excusa válida. Ella sonrió. Conocía el efecto que causaba en los hombres y le divertía ver cómo babeaban cuando, con falsa indolencia, se aplastaba las arrugas de la camisa y remarcaba su busto adolescente. Le gustaba hacer sufrir a aquellos campesinos, que sabían que jamás podrían acceder a una hembra de noble origen como ella. Y, sin embargo, qué pocas trabas pondría a ese joven villano si este le hubiera propuesto acompañarlo tras alguna de las cabañas de los sirvientes. Con qué agrado pondría en práctica lo que únicamente sabía por habladurías. Pues aunque joven y criada entre rezos, Urraca no era la única doncella que vivía en la abadía, y las conversaciones en susurros durante los oficios no trataban siempre de castidad, decoro y abstinencia.
Las voces moderadas de su madre y de la abadesa Aderquina la sacaron de su lasciva abstracción. Se volvió a medias y las vio acercarse. La condesa Aldonza no había renunciado a su papel de magnate castellana, aunque las circunstancias le impedían contraer nuevo matrimonio, como habría podido hacer otra viuda de menor alcurnia. No quedaba más opción para reinas y condesas que ingresar en un convento a la muerte de sus esposos. Pero eso no era óbice para que siguiera vistiendo con ricas sedas forradas de marta cibelina, o que luciera gargantillas y anillos de oro, o que alardeara de las muchas donaciones que, en pro de la salvación eterna de la casa de Haro, hacía la viuda a la abadía y a otros monasterios cercanos.
La madre abadesa se despidió de doña Aldonza con una inclinación de cabeza y desvió sus pasos hacia las obras de la iglesia. La condesa se reunió con su hija en el lugar en el que iba a construirse el cuarto muro del claustro.
—Urraca, lo he visto.
La muchacha se llevó la mano a la boca y fingió sofoco.
—¿Me has visto mirarlo, madre?
—Ay, ay, ay, qué mala respuesta. Has de aprender a reaccionar, mi niña. Disimula. Oféndete. Niega. —La condesa recolocó un mechón de cabello negro que escapaba de la crespina de su hija—. Y no observes con ese descaro a los plebeyos, o las habladurías recorrerán los caminos y se quedarán a vivir a tu alrededor. Pocas cosas hay peores para la mujer que una honra en entredicho.
—Madre, es que a veces... —Urraca se puso una mano en el vientre— siento cosas. Las demás doncellas hablan. El otro día recibimos carta de Blanca Téllez, la que se fue hace dos meses para casarse. Contaba detalles de su noche de bodas... Y ella es más joven que yo, madre.
—No entres en esos juegos, Urraca. Perteneces a la casa de Haro. Tu nobleza supera a la de muchos reyes.
—Soy una mujer —se quejó la muchacha con un mohín cansino.
—Desde luego que lo eres. —La condesa Aldonza se hizo un paso atrás y recorrió con la vista la figura que la saya no podía velar—. Una mujer muy hermosa, hija mía. Has de volver locos a los hombres, y ellos se someterán a tu voluntad. Ya lo verás. Pero entiende que no debes meterte en la cama de cualquiera. De eso venía a hablarte. Nuestras gestiones han dado fruto y se acerca el momento de tu boda.
A Urraca se le iluminaron los ojos oscuros, grandes y almendrados.
—¿Con quién? ¿Con un caballero castellano? Me gustaría que fuera uno como el tío Álvar. Fuerte y grande. Y muy valiente.
La condesa perdió la mirada mientras volvía a colocar el mechón rebelde de su hija bajo la crespina suelta. Aldonza era hermana de Álvar Rodríguez, conde de Sarria al que en vida habían llamado el Calvo. Su fama, ya imperecedera, había crecido con los cuentos de juglares y caminantes. Se decía de él que había matado a cientos de almohades en Granada, antes de caer abatido por una cincuentena de flechas. De eso hacía una década y jamás se había recuperado el cuerpo. Las malas lenguas decían que fue decapitado, y que su cabeza adornó las murallas de Córdoba hasta que los cuervos dieron cuenta de la última triza de carne putrefacta. El condado de Sarria estaba ahora en manos del primogénito del Calvo, Rodrigo Álvarez. De él se decía que había heredado las hechuras y el valor de su padre. Y de buena gana doña Aldonza habría enlazado a su sobrino con Urraca, pero aparte de los impedimentos por lazos de sangre, el conde Rodrigo estaba ya casado. Y, además, ahora le había dado por la religión, y buscaba con denuedo formar una nueva orden militar para combatir en Tierra Santa.
La condesa frunció los labios. Le gustaría poder anunciar a Urraca que se iba a desposar con un caballero hermoso, como los de los cantares, pero no iba a ser así.
—Tu futuro esposo es uno de los hombres más poderosos de León. De hecho es amigo inseparable del rey Fernando.
—Espero que no sea uno de esos traidores de los Castro. —La joven ahogó una mueca de asco.
La condesa sonrió. Aunque leonesa por origen, su matrimonio con el conde Lope de Haro, señor de Vizcaya, había hecho de ella una convencida castellana. Y como todos los castellanos leales al rey Alfonso, doña Aldonza odiaba a la familia Castro. Por las ambiciones de estos y por la rivalidad con otra poderosa familia, los Lara, Castilla se había desangrado en una interminable guerra civil. Los Castro estaban exiliados en León, donde seguían sirviendo al rey Fernando, pero también se sabía que tenían tratos con los sarracenos. Nombrar a un Castro en Castilla era mentar al diablo.
Fernando de León también era rival de Castilla, eso lo sabía todo el mundo. Pero se trataba de un rey, y las malquerencias y resentimientos se dejan atrás más fácilmente si se puede cuadrar amistad con una testa coronada.
—Tu futuro marido no es un Castro. Pero si lo fuera, tendrías que hacer de tripas corazón. Nadie es más poderoso en León, después del propio rey Fernando, que los varones de la casa de Castro. Si se presentara la oportunidad de maridar un Castro, niña, da por sentado que casarías.
—Nunca —se rebeló Urraca—. Se dice de los Castro que son horribles. Sus caras están llenas de llagas supurantes y escupen al hablar. Su aliento hiede como el agua estancada...
—Y tienen cuernos y rabo, ya. Pero te he dicho que tu esposo no va a ser un Castro. Se trata de Nuño Meléndez, señor de Ceón y Riaño, tenente de Aguilar. De sangre gallega, como yo. Como tu tío Álvar, que Dios tenga en su gloria.
—Nuño Meléndez... —Urraca paladeó las palabras, como si así pudiera percibir el sabor del hombre—. No me suena. ¿Cuántos años tiene? ¿Veinte? ¿Treinta?
Doña Aldonza volvió a estrechar los labios y observó de reojo al campesino torpe, aquel al que su hija miraba con deseo contenido unos momentos antes. El chico había recogido la pieza caída y la transportaba de nuevo rumbo a las obras de ampliación de las celdas. La condesa sabía que no podía tenerse todo. Y sabía también qué clase de sueños podía protagonizar aquel plebeyo en la mente de su hija. Y el noble Nuño Meléndez no era precisamente un veinteañero de torso fibroso y piel morena. Sonrió forzadamente.
—Dentro de poco celebraremos esponsales y conocerás a tu futuro señor. Es un buen partido, Urraca. Tiene tierras en El Bierzo y en Astorga. Y si alguien quiere cruzar el Sil, el Esla, el Órbigo o el Porma, tiene que pedirle permiso. Vas a vivir en la corte de León. Y Nuño Meléndez ha combatido mucho. ¿Crees que se conquista la amistad de un rey de otra forma que por empuñar la espada en batalla?
Urraca resopló, y el mechón negro volvió a escapar de la crespina.
—¿Treinta y cinco? Oh, por san Felices... ¿Cuarenta años?
—Cuarenta y cuatro, Urraca. Año arriba, año abajo.
—¿Cuarenta y cuatro? Madre, eso es mucho. Pero si es la misma edad que tienes tú. Yo no...
—Basta de chiquilladas. No eres una cualquiera. Perteneces a la casa de Haro y has de casar con alguien de tu alcurnia. La edad es lo de menos. Podréis tener hijos, y te convertirás en una de las nobles más respetadas de León. Y ahora ve a dar gracias a Dios por la felicidad que te espera y reza para ser una esposa fiel. Anda.
Urraca apretó los dientes tras los labios gordezuelos y caminó hacia la iglesia en obras. Antes de desaparecer tras el murete del claustro a medio erigir, volvió la vista atrás, al joven campesino sudoroso. Sonrió con fiereza. Lo que las doncellas hablaban a media voz en los rincones de la abadía no trataba solo de esponsales, bodas y fidelidad conyugal. Una cosa era darle hijos al marido, y otra darle gusto al cuerpo. Tal vez Urraca tuviera que casarse con un hombre treinta años mayor que ella, pero la llama que la consumía por dentro la apagaría con quien le viniera en gana.
Esa misma noche. Extremadura aragonesa
El rey de Aragón, Alfonso, se había dado mucha prisa. Por eso ahora, tan pocos años después de su ocupación, Teruel gozaba ya de perímetro amurallado donde antes se alzaba una mísera cerca de madera. Y las chozas pobres eran sustituidas poco a poco por edificios sólidos. Se hablaba de que el rey se disponía a otorgar a la villa prebendas de frontera, pero a la ciudad accedían ya, adelantándose a los privilegios forales, todos aquellos que no tuvieran nada que perder allí y sí en otros lugares.
Había dos extremos entre las gentes de Teruel. En uno estaban los fundadores. Eran los caballeros de fortuna que ayudaron al rey de Aragón a ocupar la villa, que se habían instalado con ventaja y ahora gastaban ínfulas de ricoshombres. Familias navarras al completo alardeaban de apellidos que no decían nada a nadie en sus tierras de origen. En el otro extremo, toda clase de advenedizos que venían atraídos por las innumerables obras: murallas, torres de defensa, iglesias, caminos y casas; taberneros, proxenetas y prostitutas también afluían hacia las cuatro puertas abiertas en cada punto cardinal. Toda la gentuza de los alrededores huía de sus cuentas pendientes y se refugiaba en Teruel, donde nadie hacía preguntas ni esperaba respuestas. La ciudad rebosaba de cantinas, y un mercado permanente ofrecía toda clase de géneros a pobladores que todavía tenían sus hogares a medio abastecer. Como cualquier villa de frontera, Teruel era lugar de oportunidades. Aunque la moneda tenía su otra cara. El concejo mantenía una guardia permanente que se empleaba a fondo. Cuchilladas de callejón, reyertas multitudinarias y robos nocturnos se sucedían con tanta rapidez que los vecinos ya se habían acostumbrado a ver los cadáveres de los ajusticiados en las sendas de Zaragoza y Valencia.
Aquella noche hacía calor, y las tabernas de la ciudad estaban tan repletas que los rufianes y borrachines preferían apurar sus cuencos de vino rancio en la calle. Los turolenses de recién estrenada alcurnia, ante esta perspectiva, optaban por encerrarse en sus casas y mantener a salvo a sus familias. Fuera habría pendencia, y más de un fanfarrón sacaría en calle cristiana las armas que no se atrevía a lucir en descampado sarraceno.
Pero no todos los caballeros de renombre se ocultaban. Junto a la plaza del mercado, la que ocupaba el centro de la villa a medio construir, abría sus puertas la cantina más frecuentada. A ella acababa de entrar Ordoño Garcés, de la ilustre familia castellana de Aza.
Ordoño era fuerte, de recios hombros y buena estatura, y su pelo rubio y muy corto destacaba contra la piel coloreada por el sol, prueba de que no era mucho el tiempo que el caballero pasaba bajo techado. Llevaba vividas veinticuatro primaveras, y sus rasgos eran tan angulosos que parecían cortados a filo de espada. Al penetrar en la taberna, sus ojos grises recorrieron el gentío con la ventaja de quien excede en altura la mayoría de las cabezas. Un par de bravucones, de los que juraban haber estado en las guerras de medio mundo, se volvieron a mirarlo y repararon en la calidad de su talabarte y en el brillo de la daga ceñida al cinto. Allí dentro no había espadas. Las espadas eran armas de ricos, de palabras grandilocuentes y de campos de batalla. No tenían nada de útil en las grescas de callejón, cuando tu enemigo está tan cerca que puedes oler su aliento a cebolla y a vino ajado.
Ordoño pidió a gritos una jarra que pagó al instante, sin dar tiempo a nadie para ver de dónde salía la moneda que puso en la palma del cantinero. Luego bebió como los paladines de Gedeón, sin apartar la vista de la chusma que lo rodeaba. Apuró media vasija y la dejó sobre una barrica, y en ese momento una sombra se movió rauda a su derecha. El castellano apretó la empuñadura de la daga, pero enseguida reconoció al hombre que se había puesto a su lado. Soltó el arma y acogió la mano que le tendía el recién llegado.
—Amigo mío...
—Ordoño de Aza, sigues frecuentando los peores antros de la cristiandad.
—Vengo al lugar donde me citaste, perro infiel.
El insulto no pareció ofender al hombre, que se resistía a romper el caluroso saludo. Hizo un gesto para apartarse del gentío y ambos salieron de la cantina, no sin antes recuperar Ordoño su jarra. En la calle, varios borrachos balbuceaban a la luz de un hachón prendido de un muro. El castellano ofreció el vino a su amigo, y este trasegó hasta vaciar el recipiente.
—Como ves, sigo siendo un pecador —dijo al tiempo que se restregaba los labios con el dorso de la mano—. Aunque creo que no hay mayor pecado que vender un vino tan malo, por el Profeta.
Ordoño se llevó el índice ante la boca para recomendar silencio a su amigo, y los dos se alejaron media docena de pasos más del grupo de ebrios parlanchines.
—Ibn Sanadid —el castellano habló en voz baja—, solo a un chiflado como tú se le ocurre venir a un lugar como este. Esta chusma de frontera odia a los infieles. Si supieran quién eres, te rebanarían el gollete.
El recién llegado sonrió. Ibn Sanadid pasaba por cristiano sin dificultad, como ocurría con la mayor parte de los andalusíes. Su gonela, que un día había sido blanca, estaba ceñida por un cinturón simple del que colgaba un cuchillo de mango de hueso y, sobre el pecho, para completar la ilusión, colgaba una pequeña cruz de madera renegrida. No parecía muy distinto de los matachines que se atiborraban de licor en la taberna. Ibn Sanadid, fibroso como un gato montés, igualaba en edad a Ordoño, aunque era más bajo que él y menos corpulento. El andalusí tenía el pelo ondulado y negro, casi tan corto como el del castellano, aunque en otro tiempo había estado adornado por una larga trenza que, a la moda que un día luciera su pueblo, dejaba caer sobre un hombro. No había trenza ahora. Nada de orgullo andalusí. Nada de libertad.
—Este lugar es tan bueno como cualquier otro —respondió Ibn Sanadid—. En realidad es mejor. Nadie se fijará aquí en nosotros, y eso es importante porque ninguno de los dos está donde y con quien debería estar. Y en caso de que llamemos la atención de alguien —el andalusí tocó la empuñadura de su cuchillo—, será un bellaco más degollado en las callejas de un villorrio de frontera.
Ordoño asintió y miró de arriba abajo a Ibn Sanadid.
—¿Qué ha sido de ti estos dos años?
—Oh, pues... Bueno, he ido de acá para allá. Acudiendo siempre donde había posibilidad de ganancia.
Un ruido sordo interrumpió la conversación. La puerta de la taberna se había abierto de golpe y uno de los clientes trastabillaba hacia la calle. Otro rufián salió tras él mientras le escupía una retahíla de insultos. Sangraba por la nariz y tenía los ojos llorosos. El revuelo se alzó alrededor de la pelea, como solía ocurrir en aquellos lugares. Ordoño e Ibn Sanadid, cautos, dieron un par de pasos más de distancia, pero la pelea acabó de forma tajante. Una jarra de barro cocido voló desde no se sabía dónde e impactó en la cabeza del tipo que sangraba. Se derrumbó y un coro de risas acompañó al golpe que se dio contra la tierra reseca del suelo. El oponente, que no era quien lo había noqueado, gritó con voz pastosa:
—¡Hijo de una cerda musulmana! ¡Que duermas bien!
Ibn Sanadid torció la boca ante un insulto que no iba dirigido a él, aunque ofendía a todos sus hermanos de fe, entre otras cosas porque el borracho que acababa de quedar inconsciente era tan cristiano como san Pedro. No hacía tanto tiempo, aquella villa había sido musulmana, y en ella también habían vivido católicos, según contaban. Por aquel entonces no era sino una aldeucha —más miserable incluso que ahora— a la que nadie prestaba atención. Y eso había sido la tónica general en los pueblos de al-Ándalus libres de la dominación almohade. La propia ciudad de Ibn Sanadid, Jaén, llevaba apenas cinco años sin presencia cristiana. Él mismo se había criado así, entre gentes de otras religiones, hasta que llegó el momento en el que su señor, Hamusk, se sometió a los almohades. Todos los cristianos y los judíos de Jaén tuvieron que abandonar sus casas y viajar al norte, a Castilla. Solo unos pocos aceptaron la conversión forzosa al islam, aunque pasaron a ser vigilados con recelo por los implacables talaba, los garantes de las buenas costumbres y censores del gobierno almohade.
Los Banú Sanadid eran una de las familias más nobles de Jaén, y durante el gobierno de Hamusk se mantuvieron fieles a él. Se enfrentaron junto con Mardánish, el difunto rey Lobo, a los invasores almohades. Porque el señor de Jaén, Hamusk, era pariente y vasallo de Mardánish, y eso significaba que también gozaba de las simpatías castellanas. El propio padre de Ibn Sanadid había luchado en alianza con guerreros cristianos contra los africanos en Granada, y dos años más tarde peleó en la batalla de Fahs al-Yallab, junto a Murcia. Extraño episodio en el que todos los guerreros jienenses sobrevivieron mientras el resto del ejército del rey Lobo caía masacrado. Unos días después, un fanático partidario de los almohades degolló al padre de Ibn Sanadid en el zoco, junto a otros incautos que paseaban en busca de mercancía. Algo que se repetía a menudo, tanto que llegó a sembrar el terror entre la población andalusí de Jaén, y que solo acabó cuando Hamusk traicionó al rey Lobo y se declaró sumiso al poder africano.
De esa sumisión hacía ya un lustro. Justo el tiempo que Ibn Sanadid llevaba fuera de su casa, en la frontera. Viviendo a veces del bandidaje y asalto de las caravanas, y otras como explorador a sueldo de los militares almohades.
Pero antes incluso de eso, cuando las relaciones entre los andalusíes de Hamusk y los cristianos de Castilla eran afables, Ibn Sanadid había conocido a Ordoño Garcés de Aza. Fue en una visita que los freires calatravos hicieron a Jaén. Algo relacionado con el comercio de aceite. En ese tiempo Ordoño era pupilo del maestre calatravo y recibía sus enseñanzas en las artes de la guerra. Profesar como hombre de Dios era una posibilidad que se abría al joven cristiano, y aquello le hizo entrar en contacto con la frontera. Ibn Sanadid y Ordoño, muchachos de la misma edad y ambos amantes de la acción, no tardaron en entablar amistad. El andalusí cabalgaba hasta Calatrava, o bien el cristiano viajaba a Jaén. Compartieron banquetes, borracheras y más de una pelea de juventud; y también el amor de alguna que otra campesina de los pagos calatravos o de la ribera del Alto Guadalquivir. Aquella vida dada al placer de la carne fue lo que alejó definitivamente a Ordoño de los hábitos de la orden religiosa.
Luego llegaron los malos tiempos. Hamusk traicionó al rey Lobo, se enemistó con los cristianos y rindió vasallaje al califa Yusuf. Y los que antes eran aliados se convirtieron en enemigos: se abrió la veda a uno y otro lado de la frontera.
Pero Ordoño e Ibn Sanadid se negaron a romper su amistad. Usaron las redes de correo alado entre Jaén y Toledo, y se mantuvieron en contacto. Se citaban cada poco en un lugar a este o al otro lado de Sierra Morena. Cazaban juntos y, entre disimulos, se embriagaban en alguna cantina o gastaban los dineros en un lupanar. La frontera era lugar de pocas leyes, y en ella siempre se podía encontrar lo que estaba negado en las austeras fortificaciones calatravas o las aldeas bajo yugo almohade. Entonces Ibn Sanadid empezó a trabajar para los africanos. Guiando expediciones, o llevando cabalgadas de diversión a pocas leguas de Toledo o Talavera. Y se vio obligado a luchar y a derramar sangre cristiana. A Ordoño le pasó otro tanto. Como miembro de casa noble, tuvo que acompañar a la corte del rey Alfonso de Castilla, pero también participó en algaras junto a sus queridos calatravos o a otros guerreros católicos. Una furtiva noche de otoño, junto a una hoguera en una senda de montaña cerca de Úbeda, los dos amigos, algo trastornados por el licor de dátiles que Ibn Sanadid había conseguido de contrabando, hicieron un juramento.
Jamás lucharían el uno contra el otro. Aunque se encontraran frente a frente en una cabalgada, o sus mayores o ellos mismos se midieran en el campo de batalla.
—Hace unos días estaba con el rey Alfonso en San Esteban de Gormaz. —Ordoño observaba cómo varios plebeyos arrastraban el cuerpo del borracho inconsciente para devolverlo a la taberna. Las risas y los insultos cesaban y todos regresaban a sus etílicos quehaceres—. Pero antes de salir de casa recibí tu paloma mensajera. Cuando me dijiste que podíamos vernos en este nido de ratas, pensé que te habías vuelto loco. ¿Recibiste mi contestación o has venido a la buena de Dios?
—La recibí. Tu rey se mueve mucho, y sé que tú y tus hermanos siempre vais con él. Pero el califa Yusuf se ha acomodado. Hace cosa de un año guie a un montón de esos africanos para escoltar una caravana de suministro a Badajoz, y a la vuelta corrimos un par de algaras por tierras de Talavera. Desde entonces no me muevo si no es para gozar de alguna que otra puta en los lupanares de frontera. ¿Sabes que hay un montón de rufianes que llevan a sus zorras en carretas al norte de Sierra Morena? Son gentuza. Ribaldos y marmitones, desertores de uno y otro lado. Van de pueblo en pueblo y no hacen mal precio. Además, como me hago pasar por cristiano, me cobran menos.
Ordoño rio sin ganas.
—Es normal que te aburras. Vuestras dichosas cabalgadas y la guerra contra Navarra obligaron a mi rey a firmar treguas con tu califa. Por el momento podemos estar tranquilos en la frontera.
—Ya. Mi califa gusta mucho de las treguas, y se sabe que a sus jeques almohades no les agrada eso. No es que a mí me vuelva loco la guerra, pero es verdad que da más dinero que guiar caravanas de mercaderes por caminos de cabras. De todas formas pensé que no vendrías. Supuse que, con el buen tiempo, reanudaríais vuestra trifulca con los navarros.
—Y no vas desencaminado. Esta noche beberé contigo, y hasta buscaremos una mancebía decente que no se parezca a esos lupanares de carreta que se mueven por tierra de nadie. Pero mañana partiré de nuevo. Mi rey se dispone a atacar Navarra, ciertamente, y he de reunirme con él.
—Espero que pagues tú. —Ibn Sanadid mostró las palmas de las manos—. Yo ando muy corto de dineros, y los que tengo son esas feas monedas cuadradas de los almohades. No creo que gusten a las piadosas putas cristianas.
Esta vez la risa de Ordoño fue franca, pero se vio interrumpida por la presencia de dos sombras. Eran los matones que se habían fijado en el castellano dentro de la cantina. Venían despacio, y demasiado separados como para hacerlo con buenas intenciones.
—¿He oído algo de dineros? —le dijo un baladrón al otro con mucha sorna.
—Yo también lo he oído. Pero más curioso es lo que ha dicho ese. —Señaló con la daga desenfundada a Ibn Sanadid—. Para mí que es infiel.
Ordoño observó que la puerta de la taberna estaba vacía. Los dos fanfarrones habían escogido un buen momento, de seguro porque lo llevaban esperando hacía rato. Los rasgos del castellano se aguzaron bajo la penumbra. Como era de esperar, la guardia nocturna se había cuidado mucho de acercarse a la plaza del mercado, probablemente porque sus miembros eran tan matones como aquellos dos tipejos que ahora se venían sobre Ordoño e Ibn Sanadid.
—Digo yo que podemos hacer la vista gorda con el infiel —el matachín de la derecha se abrió hasta el centro de la calleja marcada por huellas de carruajes—, siempre que nos vayamos menos pobres de lo que venimos.
El castellano y el jienense cruzaron una mirada cómplice.
—Va a ser una noche redonda —dijo Ibn Sanadid antes de lanzarse a la pelea.

2
Los apátridas
Un mes después, verano de 1174
El patio ajardinado era un pequeño paraíso donde refugiarse del intenso calor sevillano.
Solo un califa como Yusuf podría haber olvidado las austeras formas almohades para diseñar aquella concesión al lujo y al derroche. Estaba construido en dos alturas: de la inferior arrancaban las columnas que sostenían el paseo en crucero del nivel superior. Y también abajo se enraizaban los árboles cuyas copas flanqueaban los corredores de arriba. Así, quien anduviera por el piso alto lo haría entre las hojas y gozaría del techo azul y límpido del cielo andalusí. Los que prefirieran el piso bajo, disfrutarían de la penumbra y contarían con un resguardo contra el insufrible estío de la capital almohade en la Península.
Como cada mañana, Yusuf desayunaba en el paseo alto en compañía de sus dos amigos y consejeros andalusíes. Uno era Ibn Tufayl, viejo conocido de los almohades desde casi el principio de la invasión. Aquel anciano de sesenta y cuatro años había huido de Guadix más de dos décadas atrás, cuando la ciudad cayó en poder del rey Lobo. No quiso disfrutar de la vida de ensueño que, según decían, regalaba aquel monarca andalusí a todos sus súbditos. En su lugar prefirió trasladarse a Granada para ponerse al servicio de los sayyides almohades. En cuanto el califa Abd al-Mumín murió y Yusuf subió al trono, Ibn Tufayl pasó a su corte y se convirtió en consejero inseparable del príncipe de los creyentes. Fue el plato que equilibró la balanza. El carácter sanguinario y codicioso de Yusuf se atemperó, y el segundo califa almohade comenzó a entender el significado del sosiego y de la moderación. Sus órdenes, a menudo crueles, se tornaron reflexivas e incluso misericordiosas.
El otro andalusí que acompañaba ahora al príncipe de los creyentes era Ibn Rushd, un cadí cordobés de gran prestigio que no dejaba de estudiar y escribir sobre medicina y filosofía. Un hombre que se incorporó muerto de miedo a la corte de Yusuf y que había llegado a desplazar la influencia del poderoso Abú Hafs. Y ahora que Ibn Tufayl padecía las fatigas de la edad, Ibn Rushd, de cuarenta y ocho años, disfrutaba de auténtica amistad con el califa.
Los dos filósofos y Yusuf se sentaban en triángulo en la intersección de los dos paseos superiores, sobre almohadones bordados y alrededor de las bandejas con frutos secos y jarabe de granada. Ibn Rushd, en esta ocasión, ejercía de orador mientras Ibn Tufayl asentía repetidamente y el califa escuchaba con la cabeza ladeada, atrapado por el interés y gozoso por el debate matinal.
—Si el difunto Abd al-Mumín abandonara su sepulcro y viera en qué emplea su tiempo el califa de los almohades, qué poco tardarían los cráneos de esos dos andalusíes en adornar las murallas de Marrakech. —Las palabras sisearon en la boca de Abú Hafs.
Yaqub observó de reojo a su tío. Ambos aguardaban su turno bajo los arcos que rodeaban el patio de crucero, de plantón antes de ser recibidos por el califa.
—No está bien que un príncipe del islam tenga que esperar mientras dos inferiores gozan de la compañía del califa, ¿verdad, tío?
—Verdad, sobrino. —Abú Hafs pasó la mano por uno de los pilares que sostenían el pórtico y esbozó una mueca de asco—. Tú no debes cometer los mismos errores que tu padre, o te volverás blando. Inútil. No es lo que se espera de un califa almohade. Por eso has de regresar a nuestros orígenes, donde hallarás la renovación. No es bueno que te eduques aquí, entre la depravación que acompaña a los andalusíes. No nos aceptan de grado, ¿sabes? Nuestros talaba se afanan mucho en silenciar el odio que nos tienen y solo dicen a mi hermano lo que quiere oír. Pero siempre conspiran. Cuídate de ellos, Yaqub. Cuídate de esta raza maldita.
El heredero del imperio asintió en silencio. En el cruce de los dos paseos altos, entre las cuatro frondas que surgían del piso bajo, el filósofo Ibn Rushd terminó su disertación con los brazos abiertos. El califa e Ibn Tufayl aplaudieron al cordobés y empezó el turno del anciano de Guadix. Este hablaba con voz más sosegada y sin gesticular. Miraba directamente a los ojos de Yusuf y, cada dos o tres frases, pedía la aprobación silenciosa de Ibn Rushd. La conseguía siempre. El joven Yaqub volvió a hablar a su tío:
—Mi padre dice que así, en compañía de esos dos, consigue el amor de los andalusíes.
—Error. —La voz de Abú Hafs era el tajo de un hacha—. No es el amor de los andalusíes lo que precisamos. El único amor necesario es el de Dios, y ese lo disfrutamos por raza. Tu abuelo Abd al-Mumín lo sabía bien y por eso prefería que le temiesen, no que lo amasen. Levantó su imperio con espadas y lanzas, no con poemas y filosofía. Pero él era diferente. Un guerrero del Atlas, forjado en las guerras contra los almorávides y las tribus rebeldes. Tu padre, sin embargo, ha pasado demasiado tiempo en esta península de fornicadores y borrachos. Por eso debes volver a África.
Yaqub se convencía más a cada instante. A su edad, muchos de los chicos almohades ya habían entrado en batalla o cumplían servicio en las fortalezas del imperio. Mientras tanto, él se criaba en Sevilla, rodeado de palacetes, jardines y cantos de pájaros. La instrucción militar que recibía era, a su juicio, muy poca. Y las algaras y escaramuzas con los cristianos eran algo que sonaba lejano, como de cuento.
—Pero, tío, es aquí, en al-Ándalus, donde podré enfrentarme con los adoradores de la cruz. No en África.
—Llegará un día, Yaqub —Abú Hafs posó su mano sobre el hombro del muchacho y este notó la tensión de sus dedos, tan enfebrecidos como su mirada—, en el que te enfrentarás con la cruz y la humillarás. Pero este no es el único nido de infieles. Todos aquellos que reniegan del Tawhid lo son, aunque se digan musulmanes. Existe una maldición en al-Ándalus. Una que vuelve pusilánimes a los verdaderos creyentes, les hace caer en la molicie y la desidia. Dinastías antiguas se hundieron por ello, recuérdalo. Y recuerda también las enseñanzas de los talaba. Abd al-Mumín bajó de las montañas con apenas un puñado de fieles armados con cuchillos sin afilar, pero protegido con la fe del Único. Tu padre, aunque de recta intención, lleva demasiado tiempo en el llano y gusta mucho de esta tierra engañosa. Por eso se tambalea en el combate. Sí, Yaqub. Por eso fue un fracaso la expedición a Huete de hace dos años. ¿Sabes qué hacía él mientras nosotros nos batíamos contra los cristianos? Discutía en su tienda sobre teología con ese Ibn Rushd y otros charlatanes andalusíes como él. La primera campaña en la que un califa almohade tomaba el mando directo de sus tropas en al-Ándalus, naufragada por la inconstancia y la desidia. Es humillante que un ejército superior ceda ante los comedores de cerdo. Y ¿qué ha hecho desde ese desengaño? Firmar treguas con los infieles. Inadmisible.
—Entonces, cuando yo sea califa, ¿no deberé acordar treguas con ellos?
Abú Hafs fijó los ojos enrojecidos en su sobrino.
—No os deis tregua en la persecución de vuestros enemigos, dice el libro. No es del agrado de Dios, alabado sea, que el fiel se tome descanso en la guerra santa. Mucho menos si es para pasar el tiempo con discusiones vacías y banquetes al calor del sol. Pero, al igual que hacen los árabes del desierto, a veces es preferible una retirada para que el enemigo se confíe y, así, poder golpearle con más fuerza. Recuerda esto también.
En ese momento, el califa e Ibn Rushd aplaudieron el final del discurso del anciano Ibn Tufayl. Yusuf se palmeó la redondez de la barriga, sonrió con sus labios delgados y enmarcados por una barba rala. Miró hacia donde aguardaban su hermano y su hijo y los invitó a acercarse con un gesto alegre. Ambos bajaron los escalones desde el pórtico y anduvieron por el corredor elevado hacia el cruce. Los filósofos se pusieron en pie para saludar con una reverencia la llegada del sucesor del imperio.
—Espero que la charla haya sido de tu agrado, hermano. —Abú Hafs besó la mano de Yusuf—. Tus familiares de pura sangre almohade hemos esperado con paciencia a que estos andalusíes terminaran su turno. ¿Podemos gozar ya de tu compañía, oh, príncipe de los creyentes, o departirás ahora con los perros?
Yusuf jamás había podido soportar la mirada de su hermanastro. Nadie había sido capaz de hacerlo desde la muerte de Abd al-Mumín. Solo hurtándole la vista era posible escapar de su influjo fanático. El califa, pues, se dirigió a Ibn Rushd:
—Disculpad al sayyid Abú Hafs, amigos míos. Sabéis que es hombre recto y su intención no es ofender.
—Claro que no —contestó el cordobés. Era un hombre alto y delgado, con cabello prematuramente encanecido que escaseaba en la frente y peinaba hacia atrás. Su bigote, también blanco, adornaba una sempiterna sonrisa de dientes blancos y perfectos. Ibn Rushd era descendiente de cadíes que habían prestado servicio a reyes andalusíes y a emires almorávides. Su fama era grande, incluso en tierras cristianas, pero él tampoco se atrevía a sostener la mirada roja de Abú Hafs—. Nunca el agua, aunque venga de repente, ofende al hombre prevenido y prudente. Palabras del sabio Virgilio.
—¿Me comparas con agua, andalusí? —Abú Hafs se adelantó dos pasos y detuvo su rostro muy cerca del de Ibn Rushd.
—Sí por tu poder, oh, gran señor —respondió este sin borrar la sonrisa, aunque con la mirada baja—. Pues el hombre mísero nada puede hacer ante las grandes avenidas del río que, desbordado, derriba murallas y arrastra ciudades. Yo, que soy muy consciente de ese poder, no me sorprendo por ello, pues está en la naturaleza de un sayyid almohade el sobrepasar con mucho a la escoria de mi raza andalusí.
Abú Hafs resopló como un búfalo. Odiaba a aquel cordobés. Detestaba su forma de usar las palabras de modo tal que, aunque parecía humillarse, siempre quedaba un rescoldo de burla. Ah, si estuviera en sus manos...
—La próxima vez no me compares con agua. La sangre es una imagen más adecuada. —Se volvió hacia el califa—. Vengo con tu hijo y heredero para pedirte permiso, príncipe de los creyentes.
—Oh, lo tienes. Ambos lo tenéis. —Yusuf habría dicho que sí a cualquier cosa con tal de librarse de su medio hermano. Solo después de ello reparó en que convendría saber qué se le había ocurrido a Abú Hafs—. ¿Qué pretendéis hacer?
—He pensado que Yaqub debe volver a África, a nuestras montañas, para buscar sus raíces. Que aprenda allí como aprendió el difunto Abd al-Mumín. Como aprendimos nosotros. ¿Recuerdas, hermano? Tú también estuviste allí.
Yusuf no pudo evitar el gesto de incredulidad.
—¿De verdad crees, Abú Hafs, que el futuro califa de los almohades se educará mejor entre cabras y asnos que aquí, en esta inmensa ciudad, o en Marrakech, rodeado de mezquitas y de hombres sabios?
—Tu hijo ya ha tenido bastante de eso. Pero lo cierto es que aún no ha empuñado las armas contra los enemigos de Dios. Y como tú muy bien sabes, oh, príncipe de los creyentes, la guerra santa es la principal misión de un califa almohade. —Abú Hafs amagó una inclinación—. Tú eres nuestro ejemplo.
Yusuf se ruborizó de vergüenza. A sus flancos, los dos filósofos andalusíes guardaban silencio, temerosos de despertar la ira de Abú Hafs.
—Hay un tiempo para la guerra —dijo inseguro el califa—. Y otro para la paz. Ha sido bajo mi gobierno cuando al-Ándalus se ha unificado.
Abú Hafs sonrió con fiereza. Las campañas para vencer la resistencia andalusí habían sido comandadas por él mismo y por su otro hermano Utmán. Yusuf siempre quedaba a la retaguardia. Y de sus tiempos de sayyid, en vida de Abd al-Mumín, aún se recordaban vergonzosos episodios de huida en pleno combate y de derrota ante fuerzas inferiores.
—Rendir al rey Lobo y unificar al-Ándalus era un medio, mi señor y hermano. Un medio para conseguir un fin: la derrota de la cruz.
—Derrota que llegará. —Yusuf, incómodo, revolvió el pelo de su heredero. Yaqub no se inmutó, pero Abú Hafs insistió:
—Y cuando estés al frente de los escuadrones de Dios, hermano mío, ¿cómo vencerás a los cristianos? ¿Recitarás las frases de ese tal Virginio?
—Virgilio —corrigió Ibn Rushd, aunque la mirada de Abú Hafs hizo que se arrepintiera de inmediato.
—No es malo adquirir conocimientos —se excusó Yusuf.
—El libro que escribió el Profeta contiene todos los conocimientos que un califa necesita. No nos hacen falta proverbios de infieles. —Abú Hafs clavó sus ojos fanáticos en Ibn Rushd—. ¿Podrías tú, andalusí, enseñar a nuestro joven Yaqub a liderar los ejércitos de Dios para aplastar a los cristianos? ¿Qué ejemplo ha de dar ese Virginio a un guerrero del islam?
—Los antiguos eran mejores que nosotros en el arte de la guerra. —El cordobés no pudo evitar la contestación, y se sintió obligado a explicarse—. Quiero decir... El mismo Virgilio era romano, y en su época se formó un imperio enorme que sojuzgó a tribus tan lejanas que ni siquiera podemos...
—Respóndeme a esto, andalusí —Abú Hafs volvió a aferrar con los garfios de sus dedos el hombro de Yaqub—, o mejor explícaselo a tu futuro califa: ¿dónde está ese imperio de los romanos? No lo veo por aquí. Desde el océano infinito hasta las fronteras de Egipto y desde las tierras de los negros a Sierra Morena, son los fieles almohades quienes erigen su imperio. Y son versículos de Dios lo que se lee, y no proverbios de Virginio.
—Virgilio... —volvió a corregir el cordobés, y a continuación se mordió la lengua. El anciano Ibn Tufayl se vio en la necesidad de salir en ayuda de Ibn Rushd
—Mi señor Abú Hafs: como siempre, tienes mucha razón. Ya nada queda de la gloria romana, pues está en la naturaleza de todo imperio crecer para luego caer.
Hasta Yusuf pudo darse cuenta de lo inconveniente de esa frase. Abú Hafs parecía arder de ira.
—¿Acaso supones, escoria andalusí, que el imperio almohade ha de caer también?
—Basta —pidió el califa. Su vista estaba puesta en Yaqub. El joven heredero miraba a unos y a otros. Seguía la discusión en silencio, sonriendo con media boca ante cada sentencia amenazadora de Abú Hafs. Yusuf pensó que tal vez el muchacho admiraba demasiado a su tío. Pero no pudo evitar dar a este la razón. El califa odiaba la guerra. Jamás le habían gustado el ruido de las espadas ni los gritos del combate. Detestaba el olor acre del miedo antes de la batalla, y también odiaba el plañir de las viudas. Su experiencia como guerrero había sido muy pobre, y los éxitos militares de su reinado se debían a la habilidad de sus sayyides, como Utmán o como el mismo Abú Hafs. ¿Qué ejemplo era ese? Su padre, Abd al-Mumín... Ese sí había sido un guerrero incansable. Había matado con sus propias armas a cientos de enemigos. Mientras que él, Yusuf, ¿cómo pasaría a la historia? ¿En verdad era así como se construía un imperio? Suspiró. No le quedaba más remedio que dar la razón al visir omnipotente—. Tal vez estés en lo cierto, hermano mío.
—¡Bien! —El grito de triunfo de Abú Hafs hizo retroceder a los dos filósofos y sobresaltó al califa—. Entonces Yaqub cruzará el Estrecho enseguida. Lo mandaré con los hintatas. Con los guerreros más fieros del Atlas. Allí aprenderá su oficio.
Yusuf vio el brillo en los ojos de su hijo. Y en ellos adivinó el agradecimiento y la admiración hacia Abú Hafs. Supo que se había precipitado y que no era bueno otorgar ese triunfo a su medio hermano. No aún, al menos. Quizá todavía pudiera servir de ejemplo a su sucesor. Tuvo que armarse de valor para decir la última palabra en aquella discusión.
—Pero Yaqub no se irá todavía. Su primera lección de guerra y política la recibirá de su padre. Del príncipe de los creyentes. Cualquiera puede luchar, pero solo unos pocos elegidos pueden gobernar. Este año mi sucesor verá cómo se castiga a un enemigo, y cómo se refuerza una alianza y se gana el corazón de los súbditos.
»Ayer, un emisario me trajo la noticia de que Fernando Rodríguez de Castro ha pedido permiso para venir aquí. Ese hombre estuvo aliado con nosotros en el pasado y jamás rompió sus tratos. Es cristiano, pero también enemigo jurado del rey de Castilla, y a sus órdenes combate una hueste nada despreciable.
»Castro vive en León como vasallo del rey Fernando, y algo muy raro ha tenido que ocurrir para que lo abandone. Es cierto que estamos en tregua, pero no con León. Mi respuesta ha sido positiva. Nos visitará dentro de poco.
Abú Hafs entrecerró los ojos turbados.
—¿Vas a atacar a los cristianos?
—Es posible. La alianza de Castro nos fue ventajosa hace un tiempo y tal vez logremos alguna ganancia de nuevo.
—No me parece bien que te alíes con un cristiano, ni siquiera si es para atacar a otro; pero tú eres el califa, y no yo. —Abú Hafs aflojó la presión sobre el hombro de Yaqub—. Aunque has dicho que mostrarías a tu hijo cómo ganar el corazón de tus súbditos. ¿Lo harás ofreciendo amistad a ese Castro?
—No. —Yusuf parecía ganar confianza—. Lo haré desposando a Zayda, la hija del rey Lobo. Es una promesa que hicimos a los Banú Mardánish cuando se rindieron. Y la otra lobezna, Safiyya, se casará con Yaqub, como acordamos. En la memoria de estos andalusíes sigue habiendo un lugar para ese rebelde. Este matrimonio doble acabará con ese recuerdo.
—Cierto —sonó la voz de Ibn Tufayl por detrás del califa.
Abú Hafs se mordió el labio. Alargó una reverencia al príncipe de los creyentes y retrocedió sin dejar de mirar a los filósofos andalusíes. A medio corredor se dio la vuelta y se retiró sin decir una palabra más.
Al mismo tiempo. León
Pedro Fernández de Castro se hallaba junto a una pilastra, y sus ojos verdes escudriñaban los tapices a lo largo del corredor. Allí se cantaban las glorias de los reyes de León. Los de Asturias antes de estos, y aun los antiguos monarcas godos en las urdimbres más descoloridas. Guerreros coronados, de nombre áspero y espada fácil. Hombres fieros en cuya vida jamás se había oído nombrar a Castilla.
Pedro tenía catorce años y era el primogénito de Fernando Rodríguez de Castro, llamado el Castellano en León; llamado el Renegado en Castilla. Maldito por el destino y considerado traidor en su patria, baldón que se transmitía de padres a hijos. El muchacho se acercó a uno de los tapices más cercanos; en él, el emperador Alfonso se alzaba majestuoso, con la espada en la mano y los demás reyes peninsulares postrados a sus pies. Pedro era nieto de ese hombre, muerto diecisiete años antes en los pasos de Sierra Morena. El que decidió dividir su imperio para mal de los cristianos. Pasó la mano lentamente sobre la superficie azul, púrpura y dorada, y creó ondulaciones que reflejaron las llamas de los hachones cercanos. Los ojos del muchacho también brillaron.
Se volvió al oír los pasos, y su pelo castaño y largo acompañó al movimiento de su cabeza. Dos adolescentes, doncellas de la corte, recorrían el pasillo mientras sujetaban los cordajes de sus mantos con una mano, moda traída a la corte leonesa y que habían adoptado casi todas las damas y mozas de alcurnia. Las dos muchachas pasaron ante la puerta del salón del trono, guardada por dos hombres armados, observaron a Pedro y se alejaron mientras intercambiaban risitas y murmullos. Pedro, apuesto y alto ya a pesar de su juventud, habría sonreído divertido en otra ocasión. Pero no ahora.
Ahora, a pocos pasos de allí, su padre se entrevistaba con cara de perro con su tocayo, el rey de León. Ambos se habían encerrado en el salón regio, y hasta los guardias encargados de la seguridad del monarca esperaban fuera. Nadie había de tamaña importancia en el reino después del propio rey. Fernando Rodríguez de Castro era uno de los señores más poderosos de la Península. Incluso desterrado de Castilla, como estaba tras la guerra civil contra los Lara. Los dos Fernandos discutían. El de Castro se mostraba airado porque el rey de León pretendía pactar con el castellano y el encargado de las negociaciones era precisamente Nuño de Lara, el que había sido tutor del rey Alfonso y regente de Castilla. La sola presencia de uno de los magnates de aquella familia en la corte leonesa había soliviantado los ánimos de Fernando de Castro. Fernando de León, por su parte, temía a los almohades. Aunque había sido aliado suyo en el pasado, ahora los sarracenos se mantenían en paz con Portugal y Castilla. Eso le daba miedo, porque dejaba a León solo ante el enemigo infiel. Y el miedo le llevaba a desear la alianza con el incómodo vecino castellano.
Nuevos pasos llamaron la atención del joven Pedro. Esta vez era su madre la que se aproximaba por el corredor junto a una de sus doncellas de compañía. Los dos guardias armados inclinaron las cabezas en señal de saludo.
—¿Todavía regañan? —preguntó la dama antes de acercarse y besar a su hijo en la frente.
—Todavía. —El niño señaló a la recia puerta de madera claveteada—. Pero no he podido escuchar nada. El rey ha echado hasta a la guardia.
La mujer torció la boca. Ella, Estefanía, era hermana del rey. Hija bastarda del emperador Alfonso. Durante unos instantes movió los labios en silencio. Luchaba consigo misma, temerosa de inmiscuirse en una disputa entre los dos hombres más poderosos del reino de León. Sus dedos volteaban nerviosamente el pequeño relicario de plata que colgaba de su cuello, y que contenía una astillita de la Vera Cruz que había pasado por manos santas y nobles hasta llegar a su poder. Observó el gesto expectante de su hijo y luego miró a su doncella de compañía. Leyó en ambos rostros la preocupación, tanto por la ira regia como por la impulsividad del propio Castro. La familia no tenía adónde ir, y Estefanía sabía muy bien que su señor esposo era muy capaz de desnaturarse y exiliarse también de León. No podía consentirlo, así que inspiró con fuerza, soltó su relicario y se plantó ante la puerta. Uno de los guardias desvió la vista y el otro se encogió de hombros. No serían ellos quienes se opusieran a una hija del difunto emperador. Durante el breve momento en el que el gran batiente de madera cargado de hierro se abrió y se cerró, salieron al corredor palabras dichas en tono poco amistoso. Pedro reconoció la voz recia de su padre, y al propio rey que intentaba imponerse a gritos. El portazo resonó por los pasillos del palacio real de León y la quietud volvió a inundarlo todo.
Pedro contuvo la respiración. Esperaba que las puertas tachonadas de clavos negros volvieran a abrirse y su madre fuera expulsada del salón del trono. Pero no ocurrió. A su lado, la doncella de doña Estefanía suspiró. Era una joven leonesa de familia humilde llamada Gontroda, de diecisiete años recién cumplidos y querencia a mostrar sus encantos. Y en ese momento, al notar que uno de los guardias reales se inclinaba un tanto hacia el escote de su saya, la doncella se olvidó de su señora y se dedicó a lucirse a conciencia. Pedro también suspiró y su vista volvió al tapiz de su abuelo, el emperador Alfonso.
Estefanía caminó decidida y digna, directa hacia el trono montado sobre el estrado. Su hermano Fernando, rey de León, se hallaba sentado en el sitial, con un pie sobre la tarima alfombrada que le servía de escabel. Él la observó con la impaciencia a punto de estallar en sus ojos. Era una de esas pocas ocasiones, pensó la mujer, en las que el rostro de su hermano desdibujaba el gesto inexpresivo. Como siempre, el rey vestía lujosamente, con saya morada de jamete bordada en las mangas y capa roja con ribete de marta. Las manos aferradas a los pomos de los reposabrazos relucían con los muchos anillos. Ante él, ocupando el primero de los tres escalones que subían al tablado, estaba el señor de Castro. Los dos Fernandos acababan de acallar sus reproches y observaban a la recién llegada. Estefanía miró a uno y otro. La hija bastarda del emperador tenía treinta años, el cabello negro y rizado recogido en trenzas bajo la toca de seda blanca, y el rostro de una belleza serena y delicada. La saya encordada, blanca también, realzaba su donaire.
—Mujer, tratamos cosas de hombres —avisó entre dientes el noble castellano.
Fernando de Castro, aun a punto de cumplir la cincuentena —y ser con ello veinte años mayor que su esposa— mantenía el porte enérgico y ágil. Solo el color gris de su barba y su melena, que crecían libres, y las muchas marcas de batalla que adornaban su rostro, delataban al guerrero veterano.
—Es lo que me inquieta —contestó ella, y cumplió con la reverencia de rigor ante el rey. Habló como solía, con gran solemnidad y voz moderada, buscando siempre la palabra exacta y no otra—. Como hombres, os dejaréis llevar por la furia y no por el seso. Gritabais cuando he entrado, y así no se llega a ningún sitio. Mi señor rey y hermano. Mi señor esposo. ¿Qué lazo hay entre ambos más fuerte que yo misma? Dejadme oír, pues, cuáles son los desvelos que os distancian.
Fernando de Castro resopló como un destrero en medio de la carga. Odiaba aquellos aires de su esposa, por muy hija del emperador que fuera. Volvió la cara a un lateral del salón del trono leonés. Fue el rey quien habló a su hermana.
—Nuño de Lara se presentará ante mí en breve. Tal vez en pocas semanas. —Relajó la presión de sus manos—. Vendrá para negociar un tratado de amistad. Yo no pedí que fuera él el embajador de Castilla, pero sí mandé correos a mi sobrino para empezar a entendernos.
—Y ese perro nos manda a un Lara. —La voz del de Castro sonó desabrida.
Estefanía apretó los dientes ante el insulto vertido al rey vecino.
—Alfonso de Castilla es mi sobrino. Muy bien veo que se avenga con mi hermano. Ambos son reyes cristianos y el enemigo es otro.
—Eres hija de tu padre —escupió Castro sin mirarla.
—Lo soy. Y el difunto emperador debe penar en los cielos al ver qué desunión reina entre los católicos.
—Está muerto. —Fernando de Castro se volvió. En su mirada refulgía la cólera que lo atormentaba desde su derrota en la guerra civil castellana—. El emperador murió, y lo hizo tras dejar su imperio dividido y en manos del azar. Como dividida quedó Castilla. ¿No es cómico? Pretendía gobernar un imperio y su herencia fue la anarquía. Aquella decisión es la causa de todo el mal que nos aqueja ahora.
—Mayor razón para volver a unirnos —repuso ella. El rey seguía la discusión en silencio.
—No seas necia, mujer. —El señor de Castro la observó con ojos furibundos—. El rey de Castilla es un jovenzuelo criado en la casa de los Lara. Y los Lara nos odian. Es por su culpa que vivimos en el destierro. —Volvió la vista al rey—. Te lo vuelvo a advertir, mi señor: si pactas con Nuño de Lara, me marcharé de tu lado.
Fernando de León resopló. Solo el magnate Castro se atrevía a hablarle así. Lo hacía por su carácter, agrio y obstinado, pero también porque a sus órdenes mantenía la hueste más poderosa de León.
Y porque gobernaba en territorios tan extensos como comprometidos: lugares de frontera con el islam, como el señorío de Trujillo, o marcas de perpetua rivalidad con Castilla, como el Infantazgo. Y aunque había un límite para todo, el rey trató por última vez de que su tocayo y cuñado entrara en razón.
—Alfonso de Castilla me asegura que no pide nada a cambio de mi amistad. No te reclamará para pedirte cuentas ni exigirá condición alguna. Puedes seguir en León sin miedo...
—¡No! —El vozarrón del de Castro sobresaltó a su esposa—. ¡No compartiré la mesa con un Lara! ¡Antes marcharé a tierra de infieles!
El rey cerró los ojos y enroscó los dedos alrededor de la madera de su trono. Estefanía jugó su carta:
—Esposo mío, no esperes que te acompañe junto a los sarracenos. Más te digo: si entras de nuevo en pacto con ellos, jamás volveremos a dormir bajo el mismo techo.
—Eres mi mujer. Me debes...
—Soy hija de un emperador. Tú también me debes ciertas cosas.
Fernando de Castro rumió cuatro o cinco blasfemias. Bajó del escalón y dio dos pasos hacia la enorme puerta. Se volvió erguido, sin asomo de la reverencia debida ante el rey de León. Su mano izquierda se apoyaba en el pomo de la espada.
—Quiero una respuesta ya, mi señor. —Su mirada gélida estaba clavada en los ojos del monarca—. Los Lara y Castilla... o yo.
El rey Fernando se levantó del trono. Inspiró con lentitud antes de sentenciar:
—Te echaremos de menos.
El de Castro rugió mientras se volvía, y caminó a largas zancadas por el centro del salón. Estefanía corrió tras él, digna incluso con la saya agarrada con ambas manos. Detuvo el batiente que su esposo pretendía cerrar de un portazo, y el rey de León quedó solo, de pie junto a su trono.
Los guardias se apartaron amedrentados y la doncella de Estefanía se subió una pulgada de escote a toda prisa. El señor de Castro abandonaba el salón del trono como un toro bravo, y su esposa lo perseguía con la tez pálida
—Pedro, ven conmigo —ordenó el noble a su hijo. El muchacho obedeció de inmediato y los cuatro caminaron por los corredores del palacio. La doncella Gontroda echó una última mirada atrás para recibir las sonrisas pícaras de los guardias reales.
—Es un error —repetía Estefanía, jadeante por la marcha rápida que imponía su marido—. Es un error.
Fernando Rodríguez de Castro refrenó su avance y se encaró con Estefanía. La doncella se detuvo a tres o cuatro pasos, el joven Pedro observó con preocupación el semblante iracundo de su padre. Se hallaban en un recodo próximo a la salida del palacio.
—El error lo comete tu hermano. —El noble ya no gritaba. Hablaba en voz muy baja y, paradójicamente, era así como resultaba más amenazador—. Pero yo le enseñaré que no se puede confiar en Castilla. —Agarró a Estefanía por los hombros y lanzó una mirada intimidante a la doncella Gontroda. Esta se retiró dos pasos más, lo suficientemente lejos como para no oír con claridad las palabras del de Castro—. ¿Me has amenazado de corazón ahí dentro?
—Ya me conoces, marido. Soy tu esposa y la madre de tu hijo, así que debo lealtad a la casa de Castro. Pero también soy fiel cristiana. Si te marchas a luchar bajo el estandarte moro, no estás renunciando solo a la amistad del rey Fernando
El Renegado rechinó los dientes. Soltó a su mujer.
—Sea. Quedarás aquí, junto a tu hermano. Y de hecho te asegurarás de que nos tenga siempre bien presentes. Así, será en mí en quien piense cuando sus vanas esperanzas ardan como zarzas en una hoguera.
»Yo sabía que el rey no daría su brazo a torcer, y por eso me he adelantado a todo esto. Hace semanas escribí al califa Yusuf y le pedí permiso para entrar en sus tierras junto a mi hueste y dirigirme a Sevilla. Ha accedido.
Estefanía apretó los labios. Sus dedos volvían a dar vueltas al relicario plateado con la astilla de la cruz de Cristo. El joven Pedro frunció el ceño.
—¿Qué haré yo, padre?
—Vendrás conmigo, por supuesto. Nada agradaría más al conde Nuño de Lara que toparse con el heredero de la casa de Castro. No le daré esa alegría.
—Pero entonces —el muchacho señaló con la barbilla a su madre—, ¿ella no corre peligro?
—Es hija del emperador Alfonso. Hermana del rey de León y tía del rey de Castilla. Nadie se atreverá a tocarla, y menos si a partir de ahora se aloja aquí, en el palacio real. Pero tú no puedes quedarte. Podrían apresarte como rehén.
—El rey Fernando no lo permitiría —intervino Estefanía.
—El rey Fernando lo hará por sí mismo cuando vea lo que me propongo.
La mujer retrocedió un paso y se libró así del agarre de su esposo.
—No quiero saberlo.
—Ni yo te lo diré, mujer. Lo verás cuando ocurra. Y verás cómo Castilla y los Lara muestran su verdadero rostro. Cuando eso suceda, recuérdale a tu hermano y rey quién ha permanecido a su lado todos estos años. ¿Lo harás?
Estefanía miró a su hijo con los ojos húmedos. Acarició sus cabellos castaños y después asintió con lentitud.

3
Los esponsales de Urraca
Unos días después, verano de 1174. Tierras de Navarra
Alfonso de Castilla, envuelto en cota de malla y con el escudo embrazado, recorría la línea de asedio.
El joven rey no era tan joven a pesar de sus diecinueve otoños. La guerra civil en Castilla y su orfandad le habían obligado a crecer deprisa, sin apenas tiempo para juegos ni sueños de niño. Tal vez por eso, la azarosa juventud le había dotado de virtudes innegables pero también huérfanas, como él. Sí: sus ojos marrones y vivos tenían un brillo de inteligencia única; la madurez vivía en aquella mirada. Se sabía llave del destino y, aun así, la voluntad de ganar gloria le embriagaba. Su pelo rubio, no muy claro, asomaba a mechones bajo el almófar mientras caminaba a pasos largos. El rey de Castilla no era alto pero tampoco bajo. Su cuerpo delgado y fibroso se veía ahora recrecido por las capas de hierro y tela acolchada que formaban su equipo de combate.
—¡Ajustad esos parapetos! —gritó a sus mesnaderos—. ¡Apretad bien a estos perros! ¡Que se sientan troyanos asediados por el mismísimo Aquiles!
Alfonso hablaba sin abandonar la sonrisa, y eso gustaba a sus vasallos. Era como si el rey bromeara con ellos incluso cuando les daba órdenes. A eso había llevado también la niñez malgastada en asedios y escaramuzas. Tras él, con esfuerzo para mantener su ritmo, andaba el conde Nuño. Llegada la mayoría de edad del rey, Nuño de Lara había perdido la condición de regente, pero su influencia no terminaba con ese detalle. Ahora, a su ancianidad, se había convertido en el principal consejero del rey, y eso era lo mismo que decir que todas las decisiones del joven monarca pasaban por su reparo o aprobación. Él era el freno de sus impulsos.
Alfonso de Castilla se detuvo junto a una de las tiendas que los soldados montaban a toda prisa. A diez varas, siempre atentos, los monteros de la guardia real vigilaban los pasos del monarca para acudir en su auxilio al menor atisbo de peligro. El rey contempló el castillo erguido en la cima. Leguín. A menos de cuatro leguas de Pamplona. En lo más alto, con un único camino zigzagueante que se empinaba hasta la puerta por aquel lado y tras dar mil revueltas entre los almendros, encinas y robles. Y dentro de la fortaleza, apretado como una liebre en plena cacería, nada menos que Sancho, rey de Navarra. El joven monarca castellano sonrió. Había perseguido a su tío político hasta que este, a espuela picada, se refugió en Leguín. Y ahora tenía que aprovechar la oportunidad. Si conseguía capturarlo, le obligaría a devolverle todas las plazas robadas durante su infancia.
—Costará un poco rodear todo el monte. —Don Nuño de Lara jadeaba por el esfuerzo de seguir el paso del rey—. Hay mucho bosque...
—¡Lo talaremos!
—Lo talaremos, mi señor. —El consejero real apoyó las manos en las rodillas. «No son edades ya para escaramuzas y batallas», pensó. Qué ganas tenía de partir para León, al viaje diplomático que debía conseguir una paz definitiva entre el rey de Castilla y el también tío de este, Fernando.
—No hemos de temer refuerzos navarros. —La voz de Alfonso sonó más reposada ahora. Como siempre, su ardor juvenil se veía atemperado por la presencia del conde Nuño—. Los aragoneses atacan en estos momentos por el este, así que en Pamplona estarán confusos. Y más con su rey aquí encerrado.
Nuño de Lara asintió mientras recobraba el resuello, y el rey lo dejó atrás para seguir supervisando personalmente los trabajos del sitio recién iniciado. Los hombres de las mesnadas y las milicias concejiles lo saludaban con tanta alegría como respeto. Todos admiraban a su rey, que salía con ellos en cabalgada y no temía enfrentarse al enemigo en campo abierto. En verdad era como uno de aquellos héroes de trova que tanto gustaban al joven monarca. Y más ahora, con su flamante esposa aguardándole en la corte. Ah, la reina. Leonor Plantagenet. Algo más joven que él, sí. Pero tan gentil, refinada y culta. Tan discreta... A Alfonso le habían enseñado que los reyes se casaban por la gloria del reino. Que el amor era lo de menos. Y, sin embargo, él amaba a su reina. Amaba sus ojos de color indefinido, su piel suave, su porte digno. Y el ejército de pecas que campaban por su rostro claro.
—¡Mi rey! ¡Un jinete!
El aviso sacó de sus pensamientos a Alfonso de Castilla. Los monteros de su guardia real se dirigían ya a la senda de Lumbier, por donde se veía avanzar al galope a un solo hombre. El rey se cubrió del sol con una mano y distinguió el emblema de la casa de Aza en el escudo colgado del arzón: cruz color sangre sobre fondo dorado. Solo uno de los miembros de aquella fiel familia castellana podía venir desde tierras aragonesas.
—¡Es Ordoño!
Los monteros, que ya llevaban las lanzas prestas, se detuvieron. El jinete también frenó a su montura y descabalgó. Una nube de polvo se desprendió de sus ropas cuando dejó caer todo el peso en tierra, y aún humeaba al hincar la rodilla ante el rey.
—Mi señor, aquí estoy. Como prometí. Te hacía más a poniente, por cierto.
Alfonso de Castilla obligó a alzarse al guerrero castellano. Luego señaló al baluarte enriscado de Leguín.
—Más a poniente empezamos la trifulca, Ordoño. Pero el rey de Navarra se dio a la fuga y le hemos pisado los talones hasta aquí. El muy gallina se ha acogido al monte. ¿No es fantástico?
—No lo es tanto. —Los ojos expertos de Ordoño examinaban ya el risco. La fortaleza de la cima no era grande; ni falta que le hacía. Cualquier guarnición podría resistir bien allá arriba. Chascó la lengua y echó un vistazo al campamento castellano, aún a medio montar entre la espesura boscosa del lugar—. Mal sitio para un asedio.
—De eso se trata cuando construyes un castillo, ¿no? De escoger un sitio que estorbe a los que te asedien. No se lo podemos reprochar a mi tío Sancho.
Ordoño asintió a su rey. Venía cabalgando sin descanso desde la Extremadura aragonesa para unirse al ejército real y, por lo visto, llegaba a tiempo. Atrás quedaban su amigo Ibn Sanadid, las trifulcas de taberna en la frontera y los días de paz. Ahora había trabajo que hacer. Alfonso de Castilla quería convencer a sus vecinos de que era mejor tenerlo como aliado que como enemigo. Para proteger su reino y para poder enfrentarse al peligro real: el que amenazaba a todos los cristianos aunque algunos parecieran no darse cuenta.
—No va a dar tiempo de rodear todo el monte con la albarrada —advirtió el guerrero—. El rey Sancho podría escapar.
—Lo sé. Esta noche dormiremos poco. —El rey se dirigió al conde Nuño, que ya parecía recuperado del esfuerzo—. Mi señor de Lara, guardias bien nutridas. Mañana, con el día, ya habrá tiempo para descansar. A talar, don Nuño. Quiero que todo este bosque desaparezca.
Lo largo del día aprovechó al ejército de Castilla, que se puso a la faena de limpiar de arbolado toda la contornada. Pero era mucho para podar; los soldados cargaban con el cansancio de la persecución previa y la noche se echó encima. El mayor temor de Alfonso de Castilla era que su tío, el rey navarro, se escabullera entre las sombras y huyera a la capital de su reino, Pamplona. Quería capturarlo. Obligarle a devolver todas las plazas ocupadas y hacerle jurar por Cristo y por su Santa Madre que no volvería a levantar armas contra Castilla.
Tras la cena de campaña —frugal, porque el rey no degustaba manjares mientras sus hombres padecían rancho—, los grandes de Castilla se dieron a la reflexión. Además del monarca y su principal consejero, Nuño de Lara, se hallaban en el sitio el mayordomo real, el alférez de Castilla y algunos nobles de amplia carrera. Uno de ellos era el anciano Pedro de Arazuri, un navarro que se había desnaturado de su rey —y no era la primera vez— y que pasaba de uno a otro reino como pluma que agita el viento. Había servido ya a Alfonso de Aragón, a Sancho de Navarra y al rey de Castilla. Y hasta con el difunto rey Lobo se había comprometido en la década anterior. A Arazuri, bastante desdentado ya, se le veía incómodo. Todos los que compartían mesa con él sabían de sus cambios de fidelidad, y solo por lo noble de su sangre —y porque ostentaba la tenencia de Calahorra— no se le tachaba de traidor nato. Otro de los que destacaba en la reunión era el hermano mayor de Ordoño, Gome Garcés, señor de Aza por herencia, de Roa por matrimonio y de Ayllón por gracia real, y uno de los caballeros más queridos por Alfonso de Castilla. Tanto era así que todos lo hacían como futuro alférez, o quizá mayordomo.
—Ahora me las vas a pagar, tío —rezongaba el rey—. Me las pagarás todas juntas.
Los nobles castellanos asentían en silencio. Un paje llenó jarras de vino, y todos se relamieron por la calidad del caldo riojano.
—A estas alturas —habló don Nuño con la seguridad de sus años de privanza—, el de Aragón se estará batiendo bien por su lado. Con los daños del año pasado y los de este, Sancho de Navarra estará más que escarmentado.
—No me basta con eso —susurró el joven rey, que rechazaba con un gesto su porción de vino—. Lo quiero jurando. Que no le queden ganas de volver armas contra mí. Tienen que entenderlo, él y todos los demás. Tienen que entender que el enemigo es el sarraceno. Ah, cuánta razón tenía el rey Lope. —Así era como casi toda la cristiandad ibérica conocía al difunto rey Lobo—. Unidos. Hemos de estar unidos.
—El problema —intervino Gome Garcés— es que tal vez el rey de Aragón no lo vea así. El trato es dividirse lo ganado, así que él no esperará juramento alguno, sino retener las plazas que le conquiste a tu tío Sancho, mi señor.
El rey de Castilla palmeó la tabla que, montada sobre caballetes, hacía las veces de mesa de campaña.
—Cada cosa a su tiempo, mi fiel Gome. He de pacificar mis fronteras, y luego ya se verá. Ahora le toca a Navarra, y después, cuando mi tío Sancho jure, nos iremos a poniente, donde otros problemas me acucian.
—Fernando de León —adivinó Ordoño.
—Sí. Mi otro tío. Ya sabéis: estoy rodeado de tíos por todas partes. —Los nobles rieron. A principios de año, la tía de Alfonso de Castilla, Sancha, había maridado con el rey de Aragón. Así, el de Castilla era sobrino carnal del monarca leonés, y sobrino político del navarro y del aragonés. En la corte, algunos llamaban así al joven rey Alfonso: el sobrino de todos. Ahora, tras las risas, el monarca se levantó y descorrió la tela de entrada al pabellón. Allá arriba, sobre el cerro, las luces parpadeantes de las antorchas navarras marcaban las posiciones de los centinelas—. Hermosa familia la mía. Ah, qué gran error cometió el emperador al partir lo suyo entre sus hijos. Eso también lo decía el rey Lope, que en gloria esté.
Pedro de Arazuri se removió incómodo en su escabel. De entre todos los presentes, él era el único que había tomado parte contra el rey Lobo cuando, al servicio de Alfonso de Aragón, aprovechó la debilidad del Sharq al-Ándalus asediado por los almohades. Al mando de huestes navarras y aragonesas, Arazuri había devastado, algareado y conquistado. Y para hacerlo, traicionó la palabra dada al rey Lobo en su propia corte de Murcia. ¡Ah, qué corte! Todavía recordaba el lujo de los palacios murcianos, la riqueza de la ciudad, la prosperidad de esos extraños musulmanes que eran a la vez aliados de los cristianos y enemigos de los almohades. Pero sobre todo recordaba a Zobeyda, la favorita del rey Lobo. Aquella mujer, de la que ya nadie sabía nada, era capaz de enamorar a cualquiera...
—Te veo muy pensativo, mi buen Pedro. —El rey de Castilla interrumpió las reflexiones del navarro desnaturado.
—El pasado, mi rey. A veces vuelve para pedir cuentas.
Una pequeña algarabía interrumpió la conversación de los magnates en la jaima real. El propio monarca, de pie bajo los toldos de la entrada, observó que se acercaban sus monteros. Escoltaban a un correo que se inclinó ante el rey. Este mismo sujetó las telas para que el heraldo pasara. Era un hombre joven y sus ropajes acumulaban polvo del camino. Los nobles castellanos se pusieron en pie para escuchar las noticias.
—Habla, mensajero —ordenó don Nuño de Lara.
—Mis señores, vengo desde Alfaro, donde el rey Alfonso de Aragón ha llegado con una nutrida tropa. Ayer mismo rindió el castillo de Milagro y anunció que tomaría este camino para unirse a las huestes castellanas. —El correo hizo una pausa y aceptó un cuenco lleno pero, antes de beber, terminó de recitar el mensaje—. Eso sí, no bien plantó su estandarte en Milagro, mandó a su gente demolerlo para que no cause más ruina a Castilla.
—Bonitas licencias se toma el aragonés —se quejó el alférez real, don Gonzalo de Marañón.
—De este modo —intervino Ordoño— también se evita que en el futuro se use para atacar Aragón.
El señor de Aza, Roa y Ayllón se dirigió a su hermano pequeño con aire sardónico.
—Calla, zagal. Que somos aliados de los aragoneses, no sus enemigos.
Alfonso de Castilla asentía a todo. Esta vez sí aceptó la copa de vino riojano y la alzó.
—Lo importante es que Navarra se ve cada día más arrinconada. Brindemos por nuestros amigos aragoneses.
Los magnates se sumaron al brindis y vaciaron sus raciones. El rey dejó la copa en manos de un sirviente y regresó a la entrada de la tienda, pero esta vez salió y se plantó con los brazos en jarras y la mirada fija en la fortaleza de Leguín. Los magnates fueron tras él expectantes.
—No podemos consentir que el rey de Aragón triunfe en una campaña que nos beneficia mientras nosotros, que tenemos cercado a mi tío Sancho, nos quedamos aquí, bebiendo vino y cortando leña.
Las palabras del monarca habían sonado con un cierto tono ronco. Era el que tomaba su voz cuando se dejaba llevar por la ensoñación. Don Nuño, que como regente conocía las debilidades del rey, se acercó a este y le habló quedamente.
—Cuidado, mi señor. Las prisas son malas consejeras.
Alfonso de Castilla negó con un gesto de desdén. Su vista seguía puesta en los puntos de luz de las almenas de arriba.
—Mañana, en cuanto esté desmochada la ladera, asaltaremos las murallas. No hemos de pasar vergüenza allí donde nuestros aliados se ufanan
—Mi señor, es mejor esperar que el de Aragón se una a nosotros —siguió con sus consejos el de Lara.
—Cierto —se sumó el mayordomo real. Poco a poco, los demás nobles tomaron el mismo partido: era mejor aguardar con el rey de Navarra bien sujeto dentro del castillo. Pero Alfonso de Castilla, obstinado, negaba con la cabeza.
—Mira, mi señor —se oyó por fin la voz veterana de Pedro de Arazuri—, que no va a dar tiempo de talar todo este bosque. Como mucho, para mañana podrás contar con el terreno despejado por una de las laderas, y eso si pones a toda la peonada a trabajar. Sancho de Navarra no se ha acogido a Leguín por nada. Esa fortaleza está muy bien puesta donde está. Deja que pasen los días y que tu tío desespere. Manda limpiar el terreno y erigir ingenios. Aprieta el cerco y espera al rey de Aragón. Asegura tu presa.
Alfonso de Castilla se volvió y consultó los rostros de sus nobles. El único que no asentía a los consejos de los más ancianos era Ordoño. Por eso el rey se dirigió a él.
—¿Qué cantares compondrían los bardos si los reyes cristianos se dedicaran a cortar leña en lugar de a combatir?
Hubo suspiros de abatimiento. Ordoño se mantuvo callado, pues aunque estaba dispuesto a seguir cualquier orden de su rey, sabía por experiencia fronteriza que la empresa de tomar Leguín no era cosa fácil.
—Sea —se avino por fin el conde Nuño—. Mañana se cumplirá tu mandato.
Al día siguiente. Sevilla
Fernando de Castro y su hijo subieron por la corta escalinata en silencio, admirados del lujo que los rodeaba. No era la primera vez que el padre estaba en aquella ciudad para tratar con los almohades, pero ahora, seis años después de su anterior visita, todo estaba cambiando. Perdía lobreguez y ganaba belleza. Atrás, fuera del amplio recinto de alcázares, habían quedado los jefes de las mesnadas cristianas bajo su mando. Y aún más allá, al otro lado de las murallas de Sevilla, acampaban entre la precaución y la incertidumbre las numerosas tropas del de Castro.
El joven Pedro recorría con la vista las columnatas, los arriates y los muros repletos de inscripciones. Pero lo que más llamaba su atención era la guardia negra del califa. Los Ábid al-Majzén. Había oído hablar de ellos, pero jamás antes los había visto. Ahora se daba cuenta de que todo lo que le habían contado se quedaba corto. Aquellos hombres de piel tan oscura como la brea eran enormes. Sus torsos desnudos, cruzados por correas de cuero y marcados de cicatrices, parecían cincelados en carbón. Sus miradas estaban fijas en la nada, y el contraste entre el blanco de los ojos y la negrura de la tez ponía los vellos de punta. Empuñaban lanzas de astas tan gruesas como perniles y llevaban espadas de un solo filo al cinto.
Los dos Castro iban rodeados de funcionarios almohades, y en lo alto de la escalinata aguardaba el visir omnipotente, Abú Hafs. Este no hizo gesto alguno de saludo, sino que mantuvo fija su vista enrojecida en la del caballero cristiano que llegaba desde León. Uno de los miembros de la comitiva, con piel más clara y gran mostacho en lugar de barba, se colocó entre los dos hombres, aunque ligeramente retrasado.
—Soy Ibn Rushd y actuaré como intérprete —dijo en un latín romanceado—. Tenéis ante vosotros a Abú Hafs ibn Abd al-Mumín, hermano del califa y su primer visir.
Fernando de Castro aguantó firme la mirada de aquel infiel, que helaba la sangre casi tanto como el tamaño descomunal de los Ábid al-Majzén. Él no era de achicarse, por mucho bereber con turbante que hubiera allí, en pleno corazón del poder almohade en la Península. Ibn Rushd habló en árabe, con voz temblorosa ahora, cabeza baja y sin mirar a los ojos de Abú Hafs:
—Ilustre visir omnipotente, aquel que sostiene la espada del mismísimo príncipe de los creyentes, luz del islam y defensor de la palabra escrita. Ante ti tienes al infiel Fernando de Castro, líder de poderosa hueste, que viene a postrarse ante el califa Yusuf.
Fernando de Castro no necesitó traducción. Detectó que todos allí temían a aquel tipo. El cristiano no había entendido la parla sarracena, pero sí que captó el nombre de su interlocutor. Así que ese era Abú Hafs, hermanastro del califa. El tipo que, según decían, gobernaba desde la sombra el imperio africano. El visir soltó una frase corta, Ibn Rushd la tradujo enseguida:
—El visir omnipotente te da la bienvenida a la capital de la península de al-Ándalus.
Abú Hafs dio la espalda a los dos cristianos y se introdujo en el edificio. Fernando de Castro y el joven Pedro, que habían sido oportunamente desarmados en el acceso al recinto palatino, caminaron tras él con paso firme y seguidos por el intérprete. Bajo los arcos, los adornos geométricos se repetían hasta la exasperación junto a los versículos sacros labrados en las paredes. El espacio entre cada par de pilares estaba ocupado por uno de aquellos titanes negros de la guardia califal. Pedro de Castro no pudo evitar la pregunta.
—¿Cuántos de estos hay? ¿No se acaban nunca?
Ibn Rushd miró al muchacho con gesto condescendiente.
—Son los Ábid al-Majzén, la guardia negra del príncipe de los creyentes. Se les escoge de entre los más fuertes cuando son niños y se les educa para morir por el califa. Son esclavos, pero comen las mejores viandas y holgan con las hembras más agraciadas. Están adiestrados en toda disciplina de combate, y son miles.
Pedro apretó los labios. Su padre le había advertido que no debía mostrarse apabullado, y él se había dejado llevar. Casi podía sentir la mirada de reproche del señor de Castro. De pronto la frescura del interior, iluminada por la luz de decenas de ventanales, cedió al calor húmedo de un patio paradisíaco. Ambos cristianos abrieron la boca, sorprendidos por el vergel aéreo que se extendía a sus pies. Realmente estaba todo cambiado. Copas de árboles que se alzaban al mismo
nivel que paseos levantados sobre recias columnatas, y el sonido del agua que subía desde los surtidores y corría por los canalillos. Y se decía que aquellos africanos habían acabado con el lujo andalusí... ¿Cómo habrían sido los palacios del rey Lobo antes de que el imperio almohade plantara su zarpa sobre ellos? ¿Y las legendarias residencias del rey al-Mutamid, o la ciudad de Azahara de los califas cordobeses?
El visir omnipotente se hizo a un lado y extendió la mano hacia el lugar en el que los dos paseos elevados se cruzaban. Había allí otros cuatro guardias negros que, en lugar de lanzas, sostenían un palio. Bajo él, un hombre que superaba la treintena y lucía una barba escasa los aguardaba expectante. Y al lado de este había un muchacho de la edad de Fernando. Los ojos de este, sin embargo, no eran los de alguien que esperase a un visitante noble. Brillaban con algo parecido al desprecio. Fernando de Castro apoyó la mano en el hombro de su hijo y ambos avanzaron despacio. Tras ellos, Ibn Rushd habló en voz baja.
—Es el califa Yusuf, debéis mostrarle respeto. El chico es Yaqub, el heredero.
—Lo sé —gruñó el noble cristiano.
Los dos cristianos caminaron entre las copas de árboles que jamás habían visto ni olido, bajo el sol abrasador de Sevilla y ante las miradas atentas del alto funcionariado africano. No era algo habitual que un califa almohade recibiera a un noble cristiano sin que este estuviera cargado de cadenas, a punto de perder la cabeza bajo un hacha o de colgar en una cruz.
—Noble príncipe de los creyentes, que la paz sea contigo —recitó Fernando de Castro, e hizo una larga inclinación que Pedro imitó de inmediato.
—Hacía años que no sabía de ti. —Señaló al joven Pedro—. Así que este es tu vástago... ¿Ha heredado tu lealtad? Ya sabemos que en Castilla te llaman Renegado y en León te llaman Castellano. Lo que no sé es cómo te llamaremos aquí.
—Le llamaremos Maldito —opinó Yaqub. El califa aguantó la risa mientras Fernando de Castro aguardaba a que Ibn Rushd tradujera las palabras de los dos africanos.
—Te dan la bienvenida... —mintió, y carraspeó un poco. Fernando de Castro, que era muchas cosas pero no tonto, se volvió hacia el traductor. Esta vez se fijó más en él. No era un africano, como casi todos allí. Este tenía la piel más clara. Sin turbante ni burnús listado. Podría haber pasado muy bien por cristiano. Aquel hombre era andalusí, concluyó.
—Venimos desde León —continuó el de Castro—, y nos acompaña la mejor hueste que señor cristiano alguno pueda tener a su mando. Caballería, ballesteros y peones de mesnada. Lo mejor al norte del Guadalquivir..., y seguramente también al sur. Todo esto pongo a tu servicio, oh, príncipe de los creyentes.
El traductor cumplió con su tarea y Yusuf asintió satisfecho, aunque frunció el entrecejo cuando oyó la bravata acerca de la calidad de los guerreros cristianos.
—Espero que esos hombres sean tan buenos como dices, porque entrarán los primeros en lid contra tus hermanos adoradores de la cruz. Tu fidelidad será puesta a prueba, Fernando de Castro. —Volvió a mirar a su hijo Yaqub de reojo, aunque esta vez con gesto divertido—. Fernando el Maldito.
Al mismo tiempo. Tierras de Navarra
Los peones castellanos sudaban dentro de sus gambesones y sayas, pues su monarca les había ordenado trabajar equipados para el combate. Los navarros eran inferiores en número, pero no en valor, y bien podía darle al rey Sancho por hacer una arrancada contra los incautos que desmochaban la ladera. Ahora, a pleno sol de julio, medio cerro estaba ya talado y se abría un camino, empinado pero pasable, por el que podrían subir para tentar al asalto las murallas de Leguín. Más arriba, a tiro de las ballestas navarras, no había cuidado, pues era costumbre en toda fortaleza que los propios defensores limpiaran de arbustos y árboles lo más cercano a los lienzos y torres, así no podrían servir de parapeto a los asaltantes.
El rey de Castilla aguardaba sobre su caballo, el almófar calado y el yelmo rojo en la mano, mientras sus escuderos sostenían a ambos lados escudo y lanza. A su lado, el conde Nuño resoplaba igual que un buey. Lo mismo que el resto de los magnates y los caballeros que se aprestaban para iniciar la subida. Con algunos de los muchos troncos arrancados del monte se habían fabricado escalas, y ahora los peones las aferraban nerviosos. No era mucha la gente que acompañaba al rey de Navarra en la fortaleza, pero nunca era plato de gusto subir un cerro a la carrera, cargado de hierro y madera, expuesto a las flechas y las piedras de los defensores, y bajo la mirada atenta del monarca de Castilla y lo más granado de sus nobles.
Ordoño también montaba su destrero. Esperaba junto a su hermano mayor y con las huestes de sus tierras. Ambos observaban preocupados el panorama. Árboles y más árboles por doquier, y un solo y estrecho pasillo en el que los navarros podrían concentrar todo dardo que hubiera en el castillo de Leguín.
—Me da mala espina —dijo Gome Garcés.
—Y a mí. Y a todos. Pero el rey es testarudo. Supongo que tiene que cometer sus propios fallos.
El hermano mayor asintió.
—La parte mala es que caerán muchos. La buena: somos tantos que al final lo conseguiremos.
Ordoño no contestó. Ellos, los caballeros, poco podían hacer en un asalto a pecho descubierto, pues eran los infantes quienes debían llegar a los pies de la muralla, apoyar las escalas y trepar para tomar el adarve. Cuando el número fuera insuperable para los defensores navarros, los mismos infantes castellanos se colarían, abrirían la fortaleza desde dentro y entonces sí. Entonces entrarían ellos, los nobles, para dirigir el saqueo y apresar a Sancho de Navarra. Con cuidado de que ningún plebeyo le pusiera la mano encima, claro. Que una cosa era capturar a un rey, y otra muy distinta faltar al respeto debido a un ungido por la gracia de Dios que, además, era pariente del monarca castellano.
Los últimos peones que cargaban troncos sin desbrozar se retiraron de la cuesta. Los de las escalas respiraban el miedo de sus compañeros y miraban atrás, maldiciendo su suerte por haber nacido sin nobleza en la sangre o dineros en la bolsa. Alfonso de Castilla se adelantó a caballo unos pasos, todavía sin blandir armas y con el yelmo en la mano.
—¡Sed valientes, castellanos! ¡Si vencemos hoy, mucha sangre ahorraremos a nuestros hermanos e hijos! —Señaló al castillo que coronaba el cerro, y que ahora se antojaba lejanísimo a los que tenían que tomarlo a la carrera—. ¡Ahí dentro está el rey de Navarra, y si lo capturamos a él, todo habrá terminado! ¡Por Castilla!
—¡Por Castilla y por Alfonso! —gritaron los demás nobles y los caballeros. Entre los peones hubo menos entusiasmo, pero casi todos habían luchado ya en la guerra civil entre los Lara y los Castro, y por eso no se andaban con melindres. A voces de sus adalides empezaron el avance, al paso para no acabar fatigados a media subida. Arriba, los pocos navarros de la fortaleza aguardaban con las ballestas preparadas.
Ordoño se acomodó entre los arzones, se ajustó el yelmo de hierro batido y requirió el escudo. No creía que fuera a entrar en combate enseguida, pero lo menos que podía hacer por vergüenza ante sus propios peones era tenerse por precavido. Reparó en Pedro de Arazuri, que observaba el avance desde las últimas filas de la caballería como si aquello no fuera con él. Tiró de las riendas y culebreó con su destrero por entre las líneas de jinetes.
—Tú tienes edad y muchas cabalgadas, mi señor don Pedro —se dirigió al desnaturado en cuanto llegó a su lado—. ¿Cómo lo ves así, a la luz del día?
Arazuri negó despacio con la cabeza.
—Conozco al rey Sancho desde hace tiempo, y he luchado a su lado y contra él. Es verdad que eso me da ventaja. Te diré algo, castellano: jamás, en todas las ocasiones que lo vi metido en hierros, sufrió peligro alguno.
—Eso se acaba hoy —repuso Ordoño—. Muy de Dios ha de estar si no lo vemos cargado de cadenas. O peor: con un virote metido entre frente y cogote.
Ordoño lo miró muy fijo. Pedro de Arazuri se sonrió, con lo que dejó al descubierto la escasa y amarillenta dentadura. Pero sus ojos se entornaban como si en su mente se desatara una tormenta. ¿Qué cavilaba el viejo tornadizo?
—Por las pezuñas de Satanás —masculló entre encías—. A Sancho lo llaman el Sabio en Pamplona. Pero aunque no tuviera muchas luces, te digo yo, castellano, que sabe más el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
Ordoño volvió a observar el castillo edificado en lo alto del cerro. Los peones llevaban ya medio camino hecho, y las ballestas asomaban por entre los merlones. En poco rato empezaría la escabechina.
—Tú eres navarro, Arazuri. ¿Qué ha de saber el necio rey Sancho? ¿Algo que ignore el cuerdo rey Alfonso?
El anciano dudó un instante. Suspiró antes de hablar de mala gana.
—Acabo de recordar un detalle: el castillo de Leguín tiene una poterna en la parte de atrás, la que no vemos. Grande como para salir a caballo pero pequeña para verla desde abajo. Lleva a un camino entre la fronda que se dirige al norte. Fácil ruta para acogerse a Pamplona antes de que caiga la noche.
Ordoño rezongó una maldición y espoleó a su caballo, con lo que se ganó la regañina de varios de los jinetes de alrededor, que vieron descompuestas sus filas. El castellano se movió hacia su hermano y pidió a gritos la lanza.
—¡El navarro huirá por el otro lado! —avisó—. ¡Me llevo a nuestra gente!
Ordoño sonreía con ferocidad. Cuánto debía de saber el viejo Arazuri. De acá para allá toda la vida, tornando lealtad como quien cambia de saya. Desde luego, no le extrañaba su ladina reserva. El anciano navarro había callado lo de la poterna porque en nada le beneficiaba que el rey Sancho cayera preso. Al contrario. Él, a su edad, cumplía con Alfonso de Castilla con acudir al fonsado y llevar a su hueste. Nadie le reprocharía no lanzarse a la carga ni exponerse a los flechazos enemigos. Y al mismo tiempo, jamás se sabía desde dónde soplaría el viento mañana. Y si ese mañana venía negro para Castilla, Arazuri siempre podría llegarse hasta Sancho de Navarra para recordarle que él, aun sabiendo lo de la poterna de Leguín, había callado el detalle. Solo terminó el viejo por derrotarse cuando Ordoño le había puesto en un compromiso, pues, ya descubierto, las consecuencias de la fuga podían ser malas para él. Clase magistral de política la que Pedro de Arazuri acababa de darle, por más que a Ordoño le repugnaran aquellas formas.
—Que no se acordaba, dice el muy perro —murmuraba tras la trama de anillas del ventalle mientras avanzaba al paso, con la cabeza gacha para esquivar el ramaje. Junto a él atravesaban el denso arbolado los jinetes del concejo de Roa, una veintena de hombres que se habían mantenido fieles a la casa de Lara durante la guerra civil y que ahora maldecían por lo difícil del trance. Más abajo, las guarniciones de la albarrada castellana guardaban a trechos parapetos improvisados. Apenas grupos escasos de hombres que se consideraban afortunados por no tener que tomar la muralla de Leguín al asalto. Y es que desde el otro lado del monte, ahogados, llegaban los gritos de los infantes castellanos que trepaban monte arriba. Ordoño pensó que si había un momento bueno para huir de aquel cepo en el que se había convertido el castillo de Leguín, tenía que ser ahora.
Y el ruido en lo alto, hierbas aplastadas y órdenes quedas, le vinieron a dar la razón.
—Atentos ahí —uno de los de Roa avisó mientras señalaba a la breña con su lanza. Los más cercanos le miraron y repitieron la advertencia a los demás. Todos tiraron de las riendas a la izquierda mientras retiraban la fronda con los escudos, y entonces llegó el silbido, agudo y siniestro. Ziuuuuuuu... ¡Flac!
El que había avisado de los ruidos quedó helado, con la lanza señalando aún hacia el enemigo invisible. El virote de ballesta se le había clavado en el cuello, y ni la fronda ni el almófar le habían valido.
Cayó el jinete, muerto aun antes de llegar al suelo, y sus compañeros subieron los escudos. Ordoño apretó los dientes e hizo lo propio mientras, asomado apenas por el borde superior de su defensa, buscaba desesperado el origen de aquel dardo. Ziuuuuu... Ziuuuuuu... Ziuuuuuu...
Cuando un enemigo viene de frente, te mira a los ojos y levanta una ferruza, los hay que aguantan como jabatos y los hay que no. Depende también, claro, de cómo sean enemigo y ferruza. Pero si lo que te viene es un cuadrillo pequeño, puntiagudo y traicionero que se anuncia con un silbido, no queda otra que agazaparte tras lo que tengas más a mano y encomendarte hasta al Diablo. Ordoño lo sabía, y sabía también que la ballesta, arma que inventó Satanás durante un dolor de muelas, dispara virotes que no respetan cuero, madera, hierro ni carne. A su paso se abren las lamas, saltan las anillas y se escapa la vida.
Gritos y relinchos. Un par de caballos cayeron, y con ellos sus jinetes. Un tercer villano de Roa se venció a un lado mientras el resto maldecía. Y seguían sin ver a los navarros.
—¡Desmontad! —mandó Ordoño. Era estúpido quedarse allí, en lo alto de las monturas. Los caballos no podían avanzar y los hombres solo podían oponer sus escudos a la lluvia de cuadrillos, que seguía y seguía. Ziuuuuu... Ziuuuuu... A veces, aquellos silbidos se salpicaban de roces leves cuando los virotes atravesaban a su paso las hojas, y luego venía el golpeteo sordo. Clap, clap, clap. Y otro sonido más líquido. Ziuuuuu... Ca-chac. Un grito y una baja más. Un relincho detrás. Pobres bestias, cosidas con aquellos alfileres sibilantes que volaban por entre la fronda.
—¡Tras los árboles! —apremió uno de los guerreros; y nada más decirlo, un proyectil le horadó la pierna derecha. El hombre cayó entre gritos de dolor y maldiciones.
Los castellanos se parapetaron en los troncos, gruesos y correosos, de los robles que plagaban la ladera. Ninguno se atrevía ahora a asomar la cabeza por miedo a que se la adornaran con un bonito dardo.
—Por Belcebú —renegó Ordoño. Echó un vistazo a su alrededor. Dos caballos se retorcían con virotes clavados, y uno de sus hombres se arrastraba hacia lo más espeso con el dardo alojado en la pierna. Otros cuatro yacían muertos. Y eso era solo lo que él veía. Sus monturas, espantadas por los relinchos de sufrimientos de las bestias heridas, se habían dado a la fuga. Abajo, donde la albarrada, se oían las alertas de los centinelas castellanos, y el mismo griterío sordo llegaba desde el lado opuesto de la montaña. Todo eso, pensó el castellano, mientras ellos todavía no habían visto ni a uno solo de aquellos diestros ballesteros navarros que un diablo se llevara. Ordoño de Aza tomó aire despacio, hinchó los pulmones y aguzó el oído. Nada de silbidos. Podía imaginar a los tiradores ocultos tras el matorral, con las ballestas listas y las llaves a la espera de que algún otro incauto fuera tan estúpido como para alejarse del abrigo de los árboles. Y ahora un nuevo sonido venía a sumarse a aquel escenario de tensa espera. Aplastando la alfombra de hierba. Tintinear de loriga, resoplidos de destrero. Jinetes. Sancho de Navarra, sin duda. Escoltado por su mesnada regia. Escapando de Leguín.
Ordoño apretó la lanza en su mano. No habían causado ni una sola baja al enemigo, y el rey pamplonés se disponía a escapar en sus mismas narices. ¿Cómo iba a explicar eso a Alfonso de Castilla?
—Piensa. Piensa —se ordenó en voz baja.
Ballesteros. Villanos del demonio, capaces contra toda ley de desmontar a un caballero desde lejos. La evidencia de que la ballesta era un invento de Satanás la había dado el santo padre Inocencio treinta y tantos años atrás, en un canon conciliar, al prohibir el uso de semejante arma contra cristianos. Pero ¿hacían caso de las amenazas de excomunión los reyes católicos? Sancho de Navarra no, desde luego.
Ordoño ladeó la cabeza. Los sonidos de la mesnada regia a la fuga se aproximaban. Tenía que actuar ya. Cerró los ojos e imaginó a los tiradores enemigos, tan nerviosos como él. La ballesta era un arma eficaz, sí. Pero tenía sus defectos.
—A mi voz —habló a los flancos, y sus hombres agazapados escucharon sus palabras— daremos la cara. Un instante nada más, y luego a cubierto otra vez.
No se tomaron la orden con alegría. Aquello era apostar la piel a ganancia nula. Pero Ordoño no les dio tiempo a pensárselo más. A un solo grito, él fue el primero en abandonar el parapeto del roble. Los de Roa le imitaron, y al momento se oyó otra vez el maldito zureo de los virotes navarros. Ziuuuuuu... Ziuuuuuu... Ziuuuuuu... Clap, clap, ca-chac. Más gritos. Insultos... Y los silbidos callaron.
—¡Ahora! ¡A ellos, tras de mí!
Ni siquiera se volvió para ver cuántos le obedecían. Cargó a la carrera, con la lanza apuntada contra la espesura. Las ramas bajas rebotaban contra su yelmo y sus brazos enlorigados, y raspaban la superficie de cuero del escudo. Vio al primero de los enemigos, apurado en recargar su arma. Aquel era el terrible defecto de la ballesta. El tirador la tenía apoyada contra el suelo, con los dos pies pisando el arco, y tiraba de la cuerda hacia arriba para trabarla. Una operación larga y difícil, angustiosa si la muerte te embiste en forma de guerrero furibundo. El hombre vio venir al castellano y, con un esfuerzo final, encajó la cuerda en la uña. Se llevó la mano a la aljaba, agarró un cuadrillo y lo colocó en el canal de la cureña. Aún tuvo tiempo para mirar al castellano a los ojos, fulgurantes de rabia y tan cercanos que pudo ver su color gris. Ordoño atravesó al ballestero con tal ímpetu que perdió la lanza. A los lados, los demás castellanos segaban las vidas de los otros tiradores. Relucieron las espadas y siguió la escabechina. Venganza por los compañeros caídos.
El rey Sancho apareció como un leviatán vomitado por el mar tempestuoso. Su destrero saltó por encima de un matorral y se llevó por delante a un ballestero propio y al castellano que lo perseguía. Tras él y a los lados bajaba la escolta. Más caballos cargados de hierro y gualdrapas. La mesnada regia navarra no reparaba en otra cosa que huir, y por eso Ordoño solo pudo verla pasar. Su mirada furibunda se cruzó un instante con la del rey pamplonés, pero luego tuvo que arrojarse a tierra cuan largo era. Más caballeros bajaban a toda espuela por la ladera, ahora con griterío. Sin pararse a alancear, por fortuna. Se les adivinaba el ansia en salir de aquella trampa de espesura, enramada y hueste castellana. La oleada descendió hasta perderse de vista, y enseguida se oyó más griterío abajo. La albarrada. Un par de relinchos y algunos quejidos, y la ladera quedó en silencio durante unos momentos.
Ordoño se levantó despacio y miró a su alrededor. Apenas le quedaban una decena de hombres, que ahora salían de sus improvisados parapetos. Algunos, incluso heridos, se pusieron a buscar a los ballesteros navarros para rematarlos con saña. Era lo único que podían hacer ya. El guerrero enfundó la espada y dio unos pasos cuesta abajo. Se desenlazó el barboquejo y se quitó el casco. A sus pies, uno de los tiradores enemigos yacía inmóvil, con una mueca de terror congelada en los ojos. Ordoño dio una patada a la ballesta tirada a su lado. Se volvió hacia su hueste.
—Buscad los caballos y ayudad a los nuestros. Regresamos.
Uno de los hombres se le acercó. La sangre chorreaba por el rebaje de su espada y goteaba sobre los arbustos pisoteados. Señaló con su arma empapada ladera abajo.
—¿Y el rey de Navarra?
—Ha huido. Ya no se puede hacer nada.
Unos días después. Cercanías de Nájera, reino de Castilla
La Virgen María, tallada en madera y sentada en su trono, observaba con gesto risueño el cónclave mientras sostenía a su vástago sobre el regazo.
A la condesa viuda le habría gustado que el acto tuviera lugar en la lujosa sala capitular diseñada para engrandecer la iglesia, pero las obras iban con retraso. Por eso se hallaban en la única nave del templo, iluminados por los rayos oblicuos que el sol deslizaba a través de las escasas ventanas. La joven Urraca, tan bella como nerviosa, aguardaba en pie, inmóvil, casi tan esculpida en piedra como la estatua de la madre de Dios. Llevaba la melena ceñida con una guirnalda de florecillas, como símbolo de su castidad, y vestía saya






















