Los pájaros negros

Alejandro Parisi

Fragmento

Pajaros_negros-2

Sicilia. 1942

De pie en la orilla del golfo de Castellamare, bajo el cielo azul de la primavera de 1942, el pequeño Vito Lapianna trataba de adivinar cuál de todas esas manchas borrosas que se acercaban a la costa era el bote de su padre. De haber estado pintado con colores llamativos, como los carros que recorrían la isla, él podría saber el punto exacto donde se encontraba Salvatore. Pero la madera del bote estaba gastada y ya no mostraba siquiera los restos de pintura que había sabido ostentar antes de que naciera Vito.

Poco a poco, la flota de pesqueros que había partido antes del alba se fue acercando y al fin él pudo ver a su padre, de pie en el bote con el torso desnudo y la cara al viento. Sentado, Danielle, su ayudante, movía los remos agitando el agua mansa del golfo. Vito cerró los ojos y se imaginó ocupando el lugar de Danielle, en altamar, buscando los peces que se habían escondido desde que el Mediterráneo se había convertido en territorio de batalla. Sólo debía esperar un año: su padre le había prometido que cuando cumpliera los diez podría dejar la escuela y convertirse en pescador. Su familia llevaba un siglo y medio surcando esas aguas, y pronto él sería uno más de ellos.

Cuando el barco alcanzó la orilla y la proa removió los guijarros de la playa, Vito abrió los ojos para ver que Salvatore saltaba a tierra con el cabo de la soga en la mano. Se acercó sin decir nada, sin siquiera saludar a su padre, y tomó una parte de la soga para ayudarlo a arrastrar el bote fuera del agua. Luego se inclinó para comprobar que el botín era tan mísero como el de los últimos meses. Al menos se habían salvado de las minas submarinas, que tantas vidas se habían cobrado desde el comienzo de la guerra, allá por 1939.

A medida que la playa se llenaba de botes, las gaviotas comenzaron a graznar desesperadas por el olor a pescado fresco. Los pájaros negros, en cambio, mostraban su desconfianza saltando de piedra en piedra. Descalzo, Vito comenzó a retirar las redes que debía revisar y coser en caso de que encontrara roturas. Salvatore y Danielle ya estaban descargando los pescados que venderían en el pueblo, si es que a algún vecino todavía le quedaba dinero. Últimamente la venta se había convertido en trueque, y en lugar de conseguir algunas liras Salvatore debía conformarse con entregar los pescados a cambio de verduras, huevos y, si tenía suerte, algún pedazo de cordero.

Entonces Vito oyó gritar a Antonia, su madre, y se volvió para verla en el vano de la puerta de la casa que habitaban cerca de la orilla del golfo, al pie de aquella enorme montaña que protegía al pueblo de las cosas buenas o malas que pudieran llegar desde el interior de la isla. Antonia tenía en brazos a la pequeña Luisa, su hija menor. Francesca, la hermana que seguía a Vito, se estaba acercando a la playa para unirse a su padre y a su hermano.

De pronto un estallido asustó a la niña, que no pudo conservar el equilibrio sobre los guijarros y cayó al suelo. Vito corrió a ayudarla y, al darle la espalda al mar y mirar el pueblo, pudo ver la agitación de las calles y la sorpresa de sus vecinos: los fascistas se marchaban. Subidos a las motocicletas, a sus camiones y autos, todos los soldados enviados desde Roma para proteger el pueblo abandonaban sus puestos de artillería antiaérea y se aprestaban para escapar del ataque de ese invasor que habían esperado desde que las tropas del Duce habían sido derrotadas en África.

Al sonido de las motocicletas y los camiones pronto se sumó, quebrando el aire del pueblo, la sirena del enorme buque de acero que custodiaba la costa apostado junto al castillo moro. Nervioso, Vito ayudó a su hermana a levantarse y, tomados de la mano, caminaron hacia el bote de su padre. Desde allí pudieron ver que el buque ponía en marcha sus motores y comenzaba a alejarse con sus largos cañones. En silencio, los tres miraron por última vez la bandera tricolor de ese imperio que se estaba cayendo a pedazos.

“Se van”, gritó Antonia desde la casa. “Como siempre”, dijo Salvatore de pie en la playa, con los pies sumergidos en el agua, el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos. Antes de que el destructor se perdiera en el horizonte, él ya había vuelto al trabajo: Vito se apuró a ayudarlo a revisar las redes. “Sin ese monstruo, ahora vamos a pescar más tranquilos”, dijo Salvatore señalando el buque.

 

 

Tras la partida del ejército, los habitantes de Castellamare del Golfo comenzaron su exilio hacia el interior de la isla, caminando escondidos bajo los árboles, alejándose del mar. Cuando Antonia supo que todos se marchaban le pidió a su marido que ellos también abandonaran la precaria casa en la que vivían, tan cerca de la orilla, tan cerca del infierno que, lo decían todos, desatarían las bombas inglesas y americanas.

Al principio Salvatore se mostró inflexible. Él era un pescador, un hombre de mar. ¿Cómo haría para alimentar a su mujer y a sus tres hijos en medio de la montaña? No tenía tierras, no tenía animales ni huerto. ¿Qué iban a hacer allí en el monte? ¿Comer lagartijas, caracoles? ¿Mendigar entre los campesinos? No, de ninguna manera. Así como su padre y el padre de su padre habían continuado pescando durante la Primera Guerra, él tampoco iba a renunciar a ese mar que podía traer barcos y submarinos enemigos, sí, pero que también, desde el comienzo de los tiempos, había sido la fuente de alimento de toda la familia.

Un mes más tarde despertaron en medio de la noche por el sonido de las explosiones. Antonia comenzó a golpear a su marido gritándole que estaba loco, que ese mar sólo les había ofrecido pobreza y que ahora podía terminar con la vida de sus hijos. Salvatore no hizo caso a su reclamo: se puso los zapatos y corrió hacia la playa. Vito siguió a su padre calle abajo, hacia la orilla, mientras los aviones se perdían en el horizonte dejando lenguas de fuego sobre la costa.

Durante toda su vida Vito Lapianna recordaría lo que vio aquella noche, y el terror que se apoderó de su cuerpo al encontrar a su padre sentado sobre una roca y cubriéndose el rostro con las manos, llorando como Vito nunca lo había visto ni lo vería llorar. El bote, devorado por el fuego, se consumía junto con todo lo que Salvatore Lapianna había tenido y disfrutado hasta entonces: la libertad de estar en medio del mar, la certeza de que su cuerpo y las redes bastaban para mantener a su familia sin depender de nadie. Tan sólo del mar. Y de ese barco que ahora, lenta, inevitable, fatalmente se hundía en las aguas del golfo en medio de la noche.

Al amanecer, Salvatore, Antonia, Vito y sus dos hermanas se alejaron de ese pueblo en el que, salvo aquella casa de una sola habitación, ya no tenían nada. Al partir, Vito se giró para mirar por última vez la playa, donde los pájaros negros seguían saltando de una piedra a la otra, soltando un canto que podía ser una despedida o un pedido de auxilio. Se preguntó si aquellos pájaros negros podrían vivir también en el interior de la isla. No sabía la respuesta, nunca se había alejado de la orilla.

Caminaron durante horas. A medida que avanzaban por los caminos maltrechos, con las ruinas de teatros y templos romanos y griegos mezcladas en el paisaje, junto a ellos pasaban los últimos fascistas rezagados que, en caótico repliegue hacia Messina, abandonaban la isla para alcanzar el continente.

“Maldito Duce”, repetía Salvatore a cada paso, y su mujer le pedía que no alzara la voz, no por miedo a ser descubiertos por los aviones, sino para no despertar la furia de los campesinos que los veían llegar con desconfianza, sabiendo que esas cinco bocas eran una amenaza para las raíces, las lagartijas y las ratas que aún sobrevivían en medio de la hambruna.

 

 

Un año más tarde, Vito había aprendido que hasta los pájaros negros podían vivir lejos de la playa. Su hermana Luisa no había tenido esa suerte: la fiebre del invierno la había matado allí mismo, en medio del campo, lejos del mar. La habían enterrado a unos metros de distancia de su refugio construido con tablas y pastos secos. Cada mañana Antonia se arrodillaba y rezaba por el alma de la pequeña. “Si Dios no ayuda a los vivos, ¿por qué creés que va a ayudar a los muertos?”, se quejaba Salvatore.

A Vito no le importaba haber tenido que dejar su casa por miedo a los bombardeos de los americanos, ni que el hambre le provocara aquel constante dolor de estómago. Ni siquiera le importaba el frío de la intemperie que le atería los huesos y se había llevado a su hermana menor. Lo que Vito Lapianna más sufría era estar lejos del mar. En algún momento del exilio había cumplido los diez años, pero ahora la posibilidad de pescar junto a su padre era una quimera dada la situación en la que estaban.

Quizá por eso, aquella noche de 1943, tumbado en la tierra, cubierto con una manta y acurrucado contra el cuerpo de su madre y el de Francesca, Vito soñó que se embarcaba por primera vez con Salvatore en un barco recién pintado, y que las redes se alzaban colmadas de peces y que luego, al acercarse a la costa, con el canto de los pájaros negros de fondo, él se lanzaba a ese mar turquesa que había sido su paraíso. El sueño se interrumpió de pronto con el sonido estridente de los aviones que aparecieron en el cielo oscuro y sin luna.

Todos se incorporaron de un salto, buscando en medio de la noche las bombas del final. Rodeado de su mujer y sus dos hijos, Salvatore enfrentó el destino de pie, como si estuviera en el bote desafiando la peor tormenta. Pero de los aviones no cayeron bombas, sino pompas de color blanco que se mecían en el aire y descendían con parsimonia, causando desconcierto entre los Lapianna y los demás refugiados. “Son ángeles, son los ángeles de la Madonna que vinieron a recatarnos”, gritó Antonia y comenzó a llorar. Y Vito le creyó: ¿qué otra cosa podían ser, si no ángeles?

“Son paracaidistas americanos”, dijo Salvatore cuando los primeros alcanzaron tierra firme y les apuntaron con sus armas automáticas.

 

 

Tardarían otros tres meses en poder regresar al golfo. Durante ese tiempo, los invasores se habían convertido en salvadores, repartiendo entre los campesinos comida, chocolates y cigarrillos. Sentado bajo un árbol, Salvatore se preguntaba cómo haría para conseguir un bote que le permitiera volver a pescar.

Al fin, cuando los americanos se aseguraron de que ya no quedaban fascistas italianos ni alemanes en la isla, y que el perímetro de aquel triángulo de roca árida que era el centro del Mediterráneo estaba asegurado, les permitieron a todos regresar a sus casas. Pronto los caminos se llenaron de gente que se dispersaba en todas direcciones. Atrás dejaban la tierra sin cultivos, sin animales: la plaga humana había arrasado con todo.

Lo primero que hizo Vito al llegar al pueblo fue correr hacia la playa. Los pájaros negros seguían allí, saltando de roca en roca. El pequeño puerto, en cambio, estaba en ruinas y todos los botes hundidos o destrozados. Aquella imagen le llenó los ojos de lágrimas. En ese momento sintió el calor de una mano apoyada en su hombro. No necesitaba volverse para saber que era su padre, y que Salvatore también lloraba.

Su padre nunca nadaba: para él el mar era un trabajo. Pero aquel día se quitó los zapatos, la camisa y se metió al agua con su hijo. Nadaron durante una hora en ese ansiado mar turquesa que ahora estaba custodiado por barcos con otras banderas y otros soldados que hablaban una lengua incomprensible para ellos.

Cuando salieron del agua, Salvatore vio que su hijo les arrojaba una piedra a los pájaros negros apostados en la orilla, no para herirlos, sino para obligarlos a saltar y volar. Era el momento indicado para decirle eso que había pensado y analizado durante todo el año que habían pasado escondidos en el campo. Le apoyó una mano en cada mejilla, lo miró a los ojos y le dijo: “Vito. Cuando Roma caiga y la guerra termine, tenés que irte de acá. Tenés que volar lejos y encontrar una playa donde los barcos no se hundan”. Y lo abrazó, un gesto que duró apenas unos segundos pero que Vito no olvidaría jamás.

 

 

Al principio, mientras la isla volvía a ponerse en movimiento como ya lo había hecho durante miles de años, después de cada invasión, Vito no volvió a pensar en lo que le había dicho su padre aquel día en la playa. El pequeño siciliano sólo tenía una preocupación: conseguir dinero para comprarle un bote nuevo a Salvatore y pintarlo de colores brillantes que pudieran verse desde la costa.

En aquellos días los únicos que tenían dinero eran los americanos. Si al principio de la invasión se habían sorprendido con la bienvenida de los sicilianos, ahora eran acusados porque el alimento que distribuían no alcanzaba y porque miraban o usaban a sus hijas y mujeres. Conociendo el recelo de los vecinos, Vito, que a sus diez años era de estatura baja pero robusto, inteligente y rápido para entender y hacerse entender, se convirtió en mensajero de aquellos soldados que sólo querían cruzar el océano y regresar a casa.

Con una bolsa de tela colgada al hombro, iba de un lado a otro del pueblo llevando mensajes o la ropa militar que las mujeres lavaban por menos dinero del que Vito les pedía a los soldados, o vendiendo cigarrillos en el mercado negro, juntando cada dólar que los americanos le daban o se olvidaban de guardar.

Cumplió once años poco después de la rendición de Alemania. Pronto el servicio de correos volvió a ponerse en marcha y Salvatore comenzó a recibir cartas de su hermano Vincenzo. Se había establecido en Argentina en 1938, cuando huyó de la isla para que los romanos no lo enviaran a conquistar y perder Etiopía. “Tienen que venir los cuatro”, repetía Vincenzo en todas las cartas. “Loco, está loco”, gritaba Salvatore, que con su exilio en el monte había descubierto que nunca, jamás podría volver a alejarse de su pueblo, de ese mar y esa playa.

Pero había algo en lo que Vincenzo tenía razón: la miseria de la posguerra no anunciaba un buen futuro para la isla. Sin bote y con cuatro bocas que alimentar, Salvatore había tenido que guardarse su orgullo y ahora trabajaba como ayudante de carpintero. Por quitarle cosas, la guerra hasta le había quitado el bronceado marino de su piel. Francesca, la hija que había sobrevivido, ya había comenzado la escuela. Vito había terminado la primaria, si podía llamarse primaria a los tres años que había asistido a la escuela para aprender a leer y escribir y conocer remotos y aislados datos de historia y geografía, pero era claro que no le esperaba un gran futuro si permanecía allí. Y el mayor miedo de Salvatore era que su hijo terminara sumándose a los bandidos que asolaban los montes siguiendo a Giuliano, o peor, que fuera empleado por alguna de las familias que se habían repartido las instituciones y los negocios legales e ilegales el mismo día en que los americanos dieron por terminada la ocupación.

Un domingo por la mañana, Salvatore recibió el primer pedido que su hijo mayor le hizo en toda su vida: que lo acompañara hasta la playa. Y allí estaban los dos, contemplado el horizonte que dividía aquellos dos paños celestes, cielo y mar, cuando Vito miró a su padre, le dio un mordisco al pedazo de pan que tenía en la mano y sonrió. “Lo conseguí”, dijo, abriendo la bolsa que siempre llevaba colgada al hombro. Con cuidado, retiró una lata del interior y la abrió para que su padre pudiera comprobar el prodigio en forma de billetes de color verde: “Ya tengo el dinero para el bote”.

Salvatore apartó la vista y volvió a concentrarse en el mar. No habló durante un buen rato. Su hijo temió haber ofendido su orgullo de padre. Luego, de improviso, Vito creyó entender las verdaderas razones de su silencio y se sintió humillado. “No lo robé. Lo gané trabajando para los americanos”, dijo.

Su padre se volvió para verlo. Fumaba con los ojos entornados. No sonreía, pero tampoco parecía molesto. Al fin, le anunció: “Ese dinero va a ser para que puedas irte a América y dejar la isla y toda esta pobreza”. “No quiero irme”, dijo Vito, con lágrimas en los ojos. “Ya está decidido”, sentenció Salvatore y le dio la espalda. Vito se echó a correr en dirección al castillo con impotencia, buscando un lugar apartado para estar a solas con su tristeza, sus miedos y su dolor.

 

 

Salvatore había pensado en todo. Para octubre de 1946, su hermano Vincenzo había conseguido un permiso de las autoridades argentinas para que Vito pudiera entrar al país sin pasar por el Hotel de Inmigrantes en el que, en 1938, el propio Vincenzo había permanecido largas semanas hasta que logró escaparse y viajar a Mar del Plata, la ciudad en la que vivía y se dedicaba a la pesca como todo buen Lapianna. Además, Vincenzo le envió un pasaje en tercera clase en el buque Santa Lucía, que partiría de Génova el 3 de diciembre de ese mismo año. Tenían poco más de dos meses para organizar el viaje de Vito.

Como toda Italia, Sicilia era un caos de instituciones superpuestas y en plena refundación de un país que había vivido veintisiete años bajo las leyes y condiciones burocráticas del fascismo. Muerto el Duce, con la población sumida en la pobreza, los montes repletos de bandidos, la amenaza de un gobierno comunista y los conservadores demasiado apegados aún al régimen anterior, la única posibilidad de obtener documentos de manera rápida era mediante el soborno. Salvatore aceptó la nueva realidad que regía la isla, y con parte de los ahorros de Vito logró conseguirle ese pasaporte que le permitiría escapar de allí.

Lo único que restaba era asegurarse de que Vito llegara a Génova para tomar su barco. Durante semanas Salvatore pensó cómo lograrlo. Sin dinero, era imposible que él mismo lo acompañara. Al fin, un día entró a la casa con una noticia: Pietro Ingoglia, uno de los vecinos de Castellamare, se marchaba al Norte a buscar trabajo y había accedido a que Vito viajara con él. También se aseguraría de que lograra embarcarse en el Santa Lucía.

Los preparativos no llevaron demasiado tiempo: además de la ropa que vestía y una muda vieja que guardó en un saco, junto con panes y frutas, Vito no tenía nada más que llevar. Antonia se encargó de coserle un bolsillo secreto en el interior del pantalón, donde guardaría el dinero que tenía para los gastos, el pasaporte y el permiso del gobierno argentino.

A finales de noviembre el invierno cayó sobre la isla. Las nubes negras ocultaban la cima de la montaña que delimitaba el pueblo. Los desempleados permanecían en grupos, recorriendo los caminos en busca de trabajo, algo difícil en esos tiempos sin siembra y con los animales recluidos en los corrales. Los pescadores enfrentaban el mal tiempo en sus barcos endebles y cada día llegaba la noticia de que alguno había desaparecido en el mar. Salvatore perfeccionaba sus conocimientos de carpintero, aunque lo que ganaba apenas si alcanzaba para mantener a su mujer y a sus hijos. Pero la vida en el mar había hecho de él un hombre práctico, y sabía que la tristeza que les provocaba la partida de Vito se transformaría en alivio al tener una boca menos que alimentar.

El 20 de noviembre, vestido con sus mejores ropas, Vito Lapianna, de trece años, lloró abrazado a su familia. Salvatore fumaba en silencio. Nunca había salido de la isla, y ahora que su hijo estaba a punto de alcanzar el océano y viajar al otro lado del mundo se sentía superado por la incertidumbre. Antonia, llorando, le entregó a Vito una imagen de la Virgen del Socorro y, una, dos, tres veces le pidió que se cuidara y que nunca olvidara a su familia.

Vito estaba deshecho e ilusionado en partes iguales. Con el paso de los meses había dejado de discutir con su padre al entender que no existía la posibilidad de oponerse al viaje. Luego, la idea de abandonar la isla y a su familia se fue transfigurando con el deseo de ganar dinero para ayudarlos desde América. Y sin embargo el día de su partida sintió que dejaba una parte importante de su vida en esa playa. Abrazó y besó a su hermana, prometiéndole que iba a ganar dinero para comprarle un vestido de color rojo como ella quería. Francesca también lloraba.

Salvatore le dijo que era tarde, que Ingoglia los esperaba. Así, logró arrebatar a su hijo de los brazos y lágrimas de su mujer y su hija, y juntos, en silencio, se alejaron de la casa en dirección a la iglesia de la Madonna. Caminaban uno al lado del otro. Años después, Vito seguiría sin poder perdonarse haber guardado silencio en ese momento en que, de haberse animado, le habría dicho tantas cosas a su padre.

Al llegar a donde Ingoglia los esperaba, Salvatore le apoyó una mano en el hombro a su hijo y le anunció: “Vito, vas a hacer cosas importantes”. Después se abrazaron y Vito se echó a andar junto a Ingoglia sin mirar atrás. Salvatore permaneció largos minutos allí, de pie, mirando partir a su hijo, y no se marchó hasta mucho después de que Vito desapareció de su vista.

 

 

Días más tarde, Vito e Ingoglia cruzaron en barco el estrecho de Messina. Allí, se montaron a un largo ferrocarril que se dirigía al norte. Del viaje Vito recordaría las ciudades aún golpeadas por la guerra, los edificios ruinosos, otros en construcción, los soldados americanos que controlaban las rutas y estaciones, y el bullicio de los pobres que se iban subiendo al tren en busca de, aunque fuera, las migajas que podían ofrecerles los italianos del norte.

En Génova se asombró al ver los enormes barcos atracados en el puerto. El ir y venir de los marineros, estibadores y pasajeros era constante. A veces, Vito temía perderse y quedar varado allí sin poder abordar el Santa Lucía. Pero Ingoglia cumplió su palabra: así como lo cuidó y lo alimentó durante el viaje en tren, también lo acompañó hasta la fila de pasajeros de tercera clase. Cuando llegó el turno de Vito, Ingoglia se aseguró de que el funcionario de aduanas aceptara el permiso de Argentina, convalidara el pasaje y permitiera que Vito subiera por la rampa por la que se accedía al buque. La despedida fue corta y de ella Vito sólo retuvo una palabra: “Suerte”. Eso le gritó Ingoglia desde la plataforma del embarcadero. Sólo entonces Vito fue conducido por los marineros hacia la bodega en la que debería pasar treinta días encerrado.

Se ubicó en un rincón, abrazando el saco de tela y con la sensación de que por primera vez estaba solo. Completamente solo. A su alrededor, familias enteras se agrupaban ocupando cada centímetro de aquella bodega. Hombres, mujeres y niños que gritaban, reían y lloraban al mismo tiempo. Todos se marchaban hacia un destino improbable, escapando de la pobreza que también lo había expulsado a él.

 

 

Los primeros días de la travesía fueron insoportables. Acostumbrado al mar, el vaivén del barco no le molestaba. En cambio, el resto de los pasajeros, en su mayoría campesinos u obreros de tierra firme, comenzaron a enfermarse y a vomitar. Otros reían y cocinaban en el piso, sin miedo a que el fuego que calentaba sus calderos terminara incendiando el barco. Pronto Vito decidió que no pasaría todo el viaje encerrado en esa tumba.

El quinto día se escabulló de los controles y escapó de la bodega. Iba por los pasillos del barco mirando todo con fascinación. Cuando alcanzó el salón de primera clase quedó asombrado al ver a aquella gente tan bien vestida, con trajes limpios y sombreros, comiendo en mesas de manteles blancos, cubiertos brillantes, copas de cristal y botellas de vino mientras la orquesta tocaba sus instrumentos como si estuvieran en un teatro de Palermo, y no allí, en altamar.

Dejó el salón y se dirigió a la cubierta. Sus ojos no lograban abarcar la inmensidad del mar por el que se deslizaba el Santa Lucía. Algunos marineros iban con la vista puesta en la superficie del agua, atentos a la presencia de las minas marinas que, un año y medio después del final de la guerra, seguían a la deriva con su carga de pólvora como un recordatorio de la muerte que los viajeros deseaban dejar atrás.

En Marsella vio cómo los pasajeros de primera clase desembarcaban para hacer compras. Él, como los demás de tercera, no tenía permiso para bajar. Así se organizaba el mundo. Aquellos días fueron un gran aprendizaje para el pequeño Vito. Si quería progresar, nunca podría hacerlo sosteniendo las redes de pesca. Si quería viajar en primera, no podía oler a pescado.

Al fin, un marinero lo descubrió escondido en un camarote que debía estar vacío y lo mandaron de regreso a la bodega. Los días que duró el tramo final del viaje fueron largos y lo sumieron en una soledad que le resultaba extraña estando rodeado de tanta gente. Al verlo solo, varias mujeres comenzaron a darle una pequeña ración de la comida que preparaban para sus familias. Napolitanos, calabreses, sicilianos… aquel barco parecía un arca rescatando las ruinas de Italia.

Semanas más tarde

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos