La hechicera de Asturia

Gloria V. Casañas

Fragmento

La hechicera de Asturia

PRÓLOGO

Hispania… Casi siempre vencida, pero jamás humillada ni completamente sometida.

THEODOR MOMMSEN

Bajaban de las montañas, donde el viento y la nieve mandaban. A lomos de sus veloces asturcones, en tumultuoso despliegue se desparramaron por los valles cismontanos. Llevaban sus cascos de cuero, sus capas de vellón sujetas con broches de metal sobre los vigorosos pechos. Penios, albiones, luggones, todos dejaron sus castros de altura para unirse a las tribus de las tierras bajas. Los ariscos hombres del norte cantábrico olvidaban sus diferencias ante la amenaza común.

Un resplandor aurífero tiñó la escena. De la fuente emanaron rayos en todas direcciones, iluminando los rostros cerriles. Uno entre los bravos hincó su rodilla sobre la tierra y recogió el agua sagrada en el cuenco que formaron sus manos. Rojo era el líquido que brotaba, roja la llamarada que cubrió el valle todo. Una oscuridad siniestra se extendió entonces sobre los guerreros, se acallaron los roces de las espadas, el entrechocar de los escudos y los mortíferos venablos, el fuego se apagó y el valle de los bravíos pueblos del norte se vistió de sombras.

Ingrid despertó, sudorosa y agitada. Había tenido una pesadilla.

Se levantó de su jergón, envolvió su cuerpo cimbreante en una piel de oso y caminó hacia la entrada de su choza, donde la claridad del día dibujaba arabescos fantasmales. Bajo esa luz etérea, la joven echó a andar hacia el bosque. Le gustaba tocar los árboles cuando la savia que los recorría aún estaba fresca. Robles, castaños, hayas, parecían inclinarse a su paso, abriéndole camino entre los brezales. El corzo la espiaba, el jabalí acechaba, pero ninguna de las bestias salvajes le impidió llegar hasta el claro donde yacían sus antepasados, en covachos bajo las rocas. Ella era parte de esas montañas, y un día dormiría al abrigo de las losas de piedra caliza también. Los que la habían precedido le legaron sus enseñanzas, en especial Él, que le confió secretos que podrían salvar su vida.

—Busca a quien te suceda, porque no debes partir sin legar tu herencia.

En ese preciso instante en que recordaba con amor a su Maestro, un chillido la conminó a mirar hacia arriba, donde los árboles más altos sostenían el cielo.

Un águila, la más poderosa que ella hubiese visto jamás, planeaba en círculos en el lento amanecer.

Mirándola.

Ingrid se estremeció. Era una señal. El águila representaba la amenaza para los guerreros del norte. Y aquello, entonces, no había sido un sueño sino una visión. Acababa de entender que ella poseía la magia y que debía usarla en beneficio de otros, pero ignoraba de qué forma hacerlo. ¿Cómo lograr que la escucharan? Ingrid era sólo una joven núbil, aficionada a recoger frutos del bosque y fabricar medicina con ellos.

Corrió hacia el castro de su gente con el corazón rebasándole el pecho. Antes de llegar, recordó la parte del sueño en que brotaba fuego de la fuente, y torció el rumbo hacia allí. Aún envuelta en sombras, el agua se mecía con suavidad, mojando las hierbas de la orilla. Ingrid sumergió sus manos, como había hecho el guerrero del sueño, y se contempló en ellas. Dio un grito y cayó de rodillas. Su hermosa cabellera rubia, envidia del oro de las grutas, se había tornado enteramente blanca.

La profecía empezaba a cumplirse.

CAPÍTULO I

EL ORO EN LA BRUMA

Hispania Citerior, siglo I a. C.

Desde la colina, ambos jinetes contemplaban la serranía que se recortaba sobre la faz del poniente. Montaban espléndidos caballos de guerra cuyos jaeces relucían bajo la luz moribunda. Tupidos bosques ensombrecían los valles del país que la lujuria romana había arrebatado tiempo antes a la codicia cartaginesa.

Muchas leyendas circulaban sobre aquellos parajes de geografía quebrada.

—Mira a tu nuevo señor, Tierra de Occidente —declamó Mauro con aire jocoso teñido de admiración por esa espesura salvaje y penumbrosa.

Hispania era un botín formidable que el arte superior de la guerra había arrojado al regazo romano. Nada impediría ahora la conquista del mundo. Llegados al término de Occidente, ya no existían límites para la grandeza.

La ruina de Cartago había sido la gloria de Roma.

Y ahora, aplacados los ímpetus de los pueblos ibéricos rebeldes al yugo romano, el horizonte se despejaba venturoso.

Junto a Mauro, Octavio mantenía el semblante sereno y una mirada especulativa sobre las montañas en las que se había librado la última batalla contra los astures. El crepúsculo delineaba claroscuros en los rincones, remedando la forma de lucha de aquellas gentes bravías, capaces de poner en jaque a Roma y de obligarlo a él, el Augusto, a acudir en persona para pacificar por fin el territorio conquistado, luego de años de zozobra.

—Ya puedes regocijarte, mi señor —siguió diciendo el legionario—. Te recibirán con la copa de oro de los héroes y podrás elegir la doncella más hermosa. ¡Una cada noche! Espero que no olvides que esta espada te acompañó en la cruzada final —y Mauro palpó su costado, de donde emergía la empuñadura del gladio, opacada por la sangre que la cubría.

Sólo un amigo cercano podía bromear con tal desparpajo con el general victorioso. Privilegio de una crianza compartida en la casa familiar de Vélitris.

Mauro era más joven que Octavio, pero el rigor de la milicia y la vida al aire libre los igualaban en el tono broncíneo de la piel y el perfil tallado de rasgos patricios, aunque los del Princeps se hallaban algo desvaídos por los continuos malestares que le aquejaban.

—¡Qué! ¿Ya hablas en lingua rustica? —lo reprendió Octavio.

Mauro soltó una sonora carcajada que retumbó en ecos infinitos entre los valles.

—¿Acaso no soy un hombre del pueblo? ¡Mírame, Octavio! Me gusta mezclarme con la soldadesca, beber hasta hartarme y descubrir los escondrijos de las malas mujeres. ¿Por qué no he de hablar como ellos? A otros les dejo la labia de Cicerón.

El general no pudo sino sonreír ante la desfachatez de su amigo, al que quería como hermano, pero reservó una mueca para la mención del viejo consular, que luego de darle su apoyo le había vuelto la espalda, mofándose de él. Sus opositores buscaban motivos para zaherirlo, incluso Marco Antonio lo había hecho. Octavio soportaba esos desplantes, aunque fuesen infundados. Ya llegaría el tiempo de acallar esas voces. Si había una cualidad esencial en él, era la prudencia.

Debido a su propio talante sombrío, Octavio hacía las veces de tutor de Mauro, como si le llevase cien años, y toleraba su humor revulsivo a veces. Mauro Aurelio Máximo era un seductor consumado, no sólo de doncellas que susurraban a su paso, sino de todo aquel que lo trataba y caía bajo el hechizo de su atlética figura, del cabello oscuro que le costaba domeñar, de sus pómulos altos y su sonrisa de medio lado, sarcástica y a la vez tierna. Eran sus ojos, sin embargo, los que daban a su fisonomía el toque que nublaba el entendimiento: turbios como la cerveza y orlados de espesas pestañas, demasiado bellos para un hombre, los ojos de Mauro eran su arma letal, la que rendía todas las voluntades, en especial las femeninas. Un par de hoyuelos junto a la boca sensual culminaban la obra del granuja irredento. Octavio se sentía un anciano a su lado.

—Aprovecha tu celibato —se limitó a responder—. Mientras puedas.

Mauro calló. La esposa de Octavio era una mujer de cuidado. Livia Drusila provenía de la gens de los Claudios, y su unión con el primer Augusto de Roma, de familia Julia, había consolidado, además de un matrimonio en apariencia perfecto, un sello de poder político. Nadie bromeaba en torno a Livia, se la sabía vengativa y se la suponía cruel, aunque tampoco se hubiera probado nada en su contra. Además, se la consideraba la mujer más bella, y eso agregaba un halo de fascinación a su coronada cabeza. Mauro era muy consciente de que la mejor guardia pretoriana para Octavio Augusto era su esposa.

Las guerras cántabras ponían fin a las rebeldías contra los romanos en aquella tierra que el océano lamía con rencorosa furia y las montañas protegían con sombras amenazantes. Octavio había querido impartir una lección para la eternidad, pero había perdido la salud en ello. Los cántabros y los astures a nada temían, eran tan duros en la guerra que hubo que movilizar a varias legiones para domarlos, y hasta agregar cohortes auxiliares. La victoria sabía amarga en tales circunstancias. Las luchas en el norte áspero de Hispania se volvieron la pesadilla del Princeps; eran ataques de guerrilla, repentinos y feroces, muy distintos a la estrategia de los ejércitos organizados, y los caudillos ibéricos destacaban por su arrojo sobrehumano. Sobre todo, le pesaba al Augusto la pérdida del Águila legionaria, emblema del poderío romano, que quizá estuviera enterrada entre esos picos.

Mauro entrevió por dónde iban los pensamientos de su amigo y señor, y decidió distraerlo.

—Mira cómo brilla el oro de los astures, Octavio. Es todo para ti, todo para Roma. El tesoro que nos toca como premio por haber liberado al Occidente de la pérfida Cartago.

En verdad, un destello dorado chispeaba entre las peñas, obra del crepúsculo a esa hora en que las ánimas se adueñan de la tierra. Aunque no fuese el oro de Las Médulas, como suponía Mauro, era una imagen áurea que prometía esplendores.

Octavio Augusto suspiró, dejándose llevar por el optimismo de su amigo.

—Está bien, pero volvamos ya, siento añoranza por mi villa y mi familia. ¿Qué dices?

Mauro volvió su mirada a la tierra silenciosa y sintió una extraña premonición arañándole el pecho. Cierto era que, no por primera vez, los romanos tuvieron que masacrar a los rebeldes. Entre las páginas victoriosas de Roma figuraba el destino cruel de Numancia, la ciudad amurallada que había resistido un asedio de veinte años antes de permitir la entrada de Escipión Emiliano y, aun así, aquel procónsul no halló sino cadáveres, pues el temple de aquella gente no tenía parangón: habían preferido darse muerte unos a otros. Mauro sintió el sabor amargo de haber visto demasiado en su vida. Él era un guerrero, una máquina de matar a las órdenes del emperador, un brazo armado en favor de Roma y poco dado a los ensueños, como no fuese el de soñar con bellas damas de voluntad débil; sin embargo, ante el paisaje que las legiones habían dejado cubierto de sangre enemiga, un pálpito le turbaba el pensamiento. ¿Acaso ambicionaba convertirse en gobernante militar de aquel país? No lo creía, era preferible regresar a Roma y disfrutar de los placeres de los héroes, para después enzarzarse en las luchas civiles que sin duda sobrevendrían.

¿A qué obedecía, entonces, aquel misterioso hechizo que le impedía alejarse de Hispania?

Sobre el poniente se recortaban los humos de los últimos incendios. En las laderas de la cresta cantábrica se alzaban las cruces de las que pendían los bravos astures, cabeza abajo algunos. En los oídos de Mauro resonaba el eco de los cánticos con que aquellos héroes desafiaban su agonía. Era un doloroso bagaje el que se llevarían de regreso a Roma, y ese lastre enturbiaba el placer de la victoria. Un guerrero sabía respetar el coraje del enemigo.

—Vamos, pues —dijo, con afán de sacudirse el molesto augurio que emponzoñaba su alegría de momentos antes—, o dirán que has muerto en esta guerra. Roma nos espera.

El pensamiento de Augusto seguía melancólico, aunque lo guardó para él mismo. No era la primera vez que sus ojos abarcaban la quebrada geografía de la península ibérica. Había asistido a su tío abuelo César, cuando este debió luchar contra el rebelde Pompeyo. Él era un púber entonces, acostumbrado al estudio y a la vida espartana de Vélitris. Nadie creyó que aceptaría el desafío de ir a la guerra. Quizá tampoco Julio César lo esperara.

“Maldita guerra”, repetía el Princeps en su interior. “Maldita Cantabria”.

Bastante enfermo se sentía como para permanecer un minuto más en aquella tierra nefasta que los dioses le ofrecían como señuelo para amagar quitársela a cada paso.

Jamás volvería a pisar Hispania. ¡Que otros se arreglaran para domarla!

Los jinetes descendieron la colina al ritmo de sus poderosos sementales, haciendo tintinear la empuñadura de las espadas en sus cinturones. A medida que la oscuridad se tragaba sus figuras marciales, el sol reverberaba en estertores tras las montañas.

En esa penumbra fugaz, un aura rojiza emergió de la espesura.

Eirene contempló la partida del enemigo con la furia y el dolor pintados en sus ojos verdes. Era toda ella un fuego, ansiosa por quemar en la pira de la venganza a los que habían destruido a su familia y con ello, su vida entera. Estaba sola a partir de ese momento. Sobreviviría escondida de las miradas, porque nadie debía sospechar que de los bravos Belmondes quedaba todavía una descendiente. Sólo así lograría su propósito, el que acababa de concebir mientras escuchaba la jactanciosa conversación de aquellos dos. Odiaba sobre todo al que se llamaba Mauro, porque en su voz pudo captar el desdén por los moradores del llano y las montañas de su país. Era un asesino que se complacía en saquear y matar. Irene dedicó a él sus pensamientos más oscuros, y respiró hondo para calmar sus ansias. Ella era todavía una niña, pero pudo haberle arrojado una jabalina que atravesara sus carnes, o espantado al caballo para que se desbarrancase, aunque de nada hubiera servido, con el resto del ejército acampando cerca. La venganza debía ser sutil, con otras armas que ellos no conocieran ni pudieran siquiera imaginar.

Esperaría. El tiempo era un consejero formidable.

—Padre… Madre…, prometo vengar vuestras muertes para que descanséis en paz.

Al dirigirse al bosque, Irene acarició pensativa las hojas del tejo, el árbol sagrado que acompañaba a los muertos en las sombras. De su savia brotaba un veneno que su gente usaba para morir con dignidad, sin caer en manos del enemigo.

De pronto, un lobo ceniciento le salió al paso, clavando en ella sus ojos acerados. La doncella se detuvo y lo miró también. De una loba habían mamado los primeros romanos, entonces quizá este animal pudiera servir a sus planes, si lograba ponerlo de su parte.

—Dime —susurró, hipnotizada por la mirada del lobo—, cómo debo hacer para meterme entre ellos. Confíame sus secretos, y prometo protegerte a ti y a los de tu especie. Siempre.

El animal pareció dudar ante el sonido dulce de la voz femenina y, al cabo de un momento, se echó sobre la tierra escarchada como lo haría un perro faldero esperando una caricia. Irene se acercó con cautela y extendió una mano temblorosa. Envalentonada con la quietud del lobo, rozó la pelambre que crecía entre sus orejas.

—No me temes —dijo en tono suave, como la primera vez—. Y yo tampoco. Somos amigos.

El lobo se incorporó y echó a andar hacia las montañas en un trote sostenido. Al llegar a la cima de la colina se detuvo y, volviendo su hocico hacia la muchachita distante, soltó un aullido prolongado que se perdió en la noche.

CAPÍTULO II

EL SENDERO DE LAS XANAS

Quince años antes, en la fuente del río Sella

—¡Devuélveme a mi hijo!

La mujer que clamaba junto al agua rumorosa se mesaba los cabellos con desesperación. Dos días antes había parido un regio bebé, un varón robusto de cabeza morena y ojos claros, pero esa mañana, en el hueco de mantas de la cuna de palo, en su lugar había hallado a esa niñita minúscula de cabello de fuego. Recorrió la aldea de punta a punta en busca de su hijo con la bebita colgando como trapo de su brazo, y todos los que la vieron en ese estado sacudieron la cabeza con resignación. Era cosa de las hadas, ellas la habían cambiado. Era una niña sustituta, y nada podía hacerse. Ante la fatalidad, Crucisa decidió acudir al origen del mal y exigir a las ninfas del bosque que le devolviesen a su verdadero retoño. Y ahí estaba desde hacía horas, llorando, hipando y maldiciendo por partes iguales, ronca de tanto gritar su dolor al viento. El bosque mecía sus hojas, indiferente. Un frío glacial se había adueñado de la fuente donde los helechos ocultaban las voces mágicas que se dejaban oír para mofarse de ella.

Así eran los seres invisibles, gozaban con el sufrimiento humano.

Exhausta, se derrumbó sobre la orilla sin ocuparse de la pequeña, que berreaba con todas sus fuerzas, helada y asustada por los gritos. Un silencio sepulcral invadió la fuente cuando apareció Ingrid. La mujer caminaba sin ser oída, pues poseía la pisada de los elfos, que no deja huella. Contempló a Crucisa en su agonía y se inclinó sobre la bebita, morada de frío. Dibujó en su frente una señal y sonrió.

—Estarás a salvo —susurró.

Crucisa escuchó la tenue voz y reaccionó con prontitud, creyendo que encontraría a su hijo, mas al ver a la hechicera, escupió su veneno sobre ella.

—¡Maldita! Tenías que ser tú la que vinieses a reírte de mi pesar. ¡Devuélveme a mi niño, el que llevé en mi vientre por nueve lunas! ¡Esta es una xanina!

—No he sido yo quien te lo quitó, mujer, sino el bosque. Y deberías agradecerle por esta niña hermosa, pues podrían haberte dejado sin nada.

—¿Agradecer? —se convulsionó la madre, torciendo el gesto—. ¿Agradecer que me hayan despojado de mi don más preciado? ¡Estás loca! Repudio al bosque y a los seres como tú, que beben de la desgracia ajena. Te maldigo, vieja bruja, y a esta niña que no lleva mi sangre. Quédatela, me da asco sólo verla.

—¿Prefieres regresar a casa con las manos vacías?

Por toda respuesta, la desesperada mujer se levantó, hecha un desastre, volvió a escupir, pero sobre la bebita, y huyó del lugar con la mirada perdida, rayana en la locura.

Ingrid levantó a la pequeña, la acercó a la orilla y limpió su rostro sonrosado en el agua de la fuente. Ya sin fuerzas para seguir llorando, la niñita fruncía su boquita húmeda y se sacudía con el ímpetu de los hipos.

—Yo te daré el amor que te mereces, hermosa, y te enseñaré lo que toda mujer debe saber. Tendrás una familia, te lo prometo, que te amará por lo que eres, aunque no comparta tu sangre.

La cobijó bajo su túnica y volvió sobre sus pasos, retornando hacia el desfiladero donde ella y los suyos vivían, en el antiguo castro de sus ancestros. Allí el enebro tapizaba el alto valle entre los picos, y la consuelda perfumaba el aire. Era un buen lugar para criar a Eirene, como había decidido llamarla. Ese nombre de raíz griega le traería suerte. Ingrid era una mujer en la plenitud de su madurez y muy bella, en absoluto merecía el epíteto que le había dirigido Crucisa. Sin embargo, las mujeres misteriosas como ella, que vivían en lo alto del valle y rara vez se dejaban ver, eran sospechadas de prácticas malignas. Los pobladores quitaban a los niños de su vista y les colgaban amuletos de azabache en el cuello para protegerlos. Ingrid ocultaba su belleza bajo harapos de lana rústica, trenzaba su cabello blanco con lazos de hiedra y caminaba sobre el rocío del amanecer entonando melodías celtas. Poseía el conocimiento de los druidas, era versada en griego, latín y lenguas vernáculas. Conocía los mitos antiguos y bebía de todas las fuentes del saber. Había elegido para la niña un nombre de gran significado: “paz”, tan esquiva en el mundo, y tan necesaria. Aquella pequeñuela de cabellos rojos y piel translúcida acababa de nacer de nuevo, cortando el lazo con la familia que anhelaba deshacerse de ella.

A partir de ese momento, Eirene sería una Belmondes.

Ingrid comenzó a subir el intrincado sendero con la pequeña entibiando su regazo. El bosque se cerraba tras sus pasos, ocultándola a la vista de cualquier intruso. Hacia adelante, donde los matorrales tironeaban de su túnica, un extraño silencio embalsamaba el aire. A medida que subía, Eirene calmaba sus rezongos, como si entendiera que por fin estaría a salvo. La mujer entonó una antigua canción a modo de nana, y las hadas protegieron su ascenso con una neblina fría que desdibujaba el paisaje. Nunca Ingrid dio un paso en falso, su andar estaba en sintonía con el bosque y sus moradores. Aún sin conocer siquiera su origen ni su destino, Eirene entró ese día en el incierto universo de lo invisible, un sello que la acompañaría toda su vida.

Al pasar por una gruta que abría su boca musgosa junto al sendero, Ingrid se detuvo y, de rodillas, extendió sus brazos a modo de ofrenda, sosteniendo el pequeño bulto.

—Maestro, es ella. Encontré mi herencia en la fuente de abajo. Ilumíname con tu sabiduría, para que la instruya como hiciste conmigo.

Nadie respondió al ruego, no hubo señales ni presagios, pero en su corazón, Ingrid sentía que su plegaria quedaba encerrada en la gruta donde los huesos del maestro descansaban. Eamon, el Guardián, había sido el custodio de los saberes antiguos, las tradiciones esculpidas en la roca caliza a través de los siglos. Y no podía morir hasta haber encontrado un sucesor, alguien en quien pudiese confiar la misión de transmitir aquel acervo preciado. Los tiempos que se avecinaban prometían destrucción, y toda la herencia de las tribus del norte corría peligro de desdibujarse, quedar borroneada en la confusión de otras creencias, ajenas a su identidad. Eamon había encontrado en Ingrid ese recipiente cristalino, y al cabo de los años, cuando la muchacha demostró ser capaz de custodiar los secretos, el Guardián comenzó a despedirse de la vida terrena para entrar en las nieblas del espíritu. Aquella oquedad bajo el manto de helechos y brezales protegía sus despojos, pero la esencia de Eamon estaba por doquier, se expandía como la niebla, caía del cielo como lluvia y penetraba las raíces, nutriendo al bosque. La muerte absoluta no existía.

—¿Qué has hecho, mujer?

El hombre que salió al paso de la desmelenada Crucisa leyó el espanto en aquellos ojos oscuros y presintió que había sucedido algo terrible. Su esposa no era la misma desde que había dado a luz. Se corrían rumores sobre madres que perdían la razón por culpa del parto, y Elmerio temió que fuera eso lo que ocurría con la pobre Crucisa. Al volver del pastoreo con sus negras ovejas, los aldeanos le advirtieron sobre la furia y el arrebato de dolor de la joven madre cuando creyó que los espíritus le habían arrebatado a su pequeño.

—Ella huyó al bosque de arriba —le susurraron, imbuidos de temor supersticioso.

Con las Xanas no se jugaba, ni siquiera con el pensamiento.

Elmerio se pasó la mano callosa por la frente empapada de sudor frío. Era un hombre rústico, poco dado a entender los melindres de las mujeres, pero sentía por la suya un tierno cariño y esperaba que, pasado el puerperio, volviera a ser la muchacha risueña y atrevida con la que se había casado. Era una debilidad, lo sabía, pues los hombres no solían brindar un trato especial a sus esposas, no las trataban en realidad; hombres y mujeres formaban un equipo de supervivencia, tanto en la meseta como en la agreste montaña, una alianza hecha de silencios más que de conversaciones; era desusado emplear ternezas con una mujer, a menos que fuera en cumplimiento de la covada, cuando los varones ocupaban el lecho de parto con el recién nacido. Elmerio había cumplido con la inveterada costumbre, por eso sabía que ese era su hijo, no de otro, y que la madre lo había parido apretando entre sus dedos un trozo de azabache, la piedra que conservaba el fuego, para reunir fuerzas en medio de su dolor. Pero la otra, la niña… Sacudió la cabeza con resignación. Había cometido un error que ya nadie podía reparar.

—Crucisa, tienes que calmarte, no estás en tus cabales. Nada le ha pasado a nuestro hijo.

—¡No está! —clamó ella, arrebatada de ira—. La cuna estaba vacía cuando volví del arroyo. ¡Ellas se lo llevaron! Y me dejaron a una… —y frunció los labios en un gesto despectivo que rozaba la repugnancia.

—¡Mujer! No blasfemes. Ven —añadió, conteniendo su pavor por el desvarío que brillaba en la mirada femenina—, te mostraré que nuestro retoño duerme como lo que es, un bebé. Un crío que llenará tus días de felicidad. Ven, Crucisa, ven.

La llevó de la mano, tirando de ella como de un trineo encajado en la nieve, hasta la choza que compartían. Descorrió el cuero que cubría la entrada de piedra y un vaho de carbones encendidos mezclado con lentejas guisadas les dio la bienvenida. En el interior oscuro, una lámpara de aceite iluminaba la cuna de palos. Adentro, un rollizo bebé de cabello negro y mejillas rubicundas lloraba, reclamando el seno de su madre.

—Helo aquí, Crucisa. Tu hijo. ¡Nuestro hijo!

La mujer contempló absorta la imagen que golpeaba su entendimiento. Ella… ella había visto esa cuna precaria ocupada por la intrusa, la niña de fuego. Y había entendido que las Xanas le jugaron una mala pasada. ¿Es que ahora querían hacerse perdonar? Imposible. Las hadas del agua eran inmunes a los sentimientos humanos. Peinaban sus doradas melenas junto a la fuente, mirándose en el espejo del río, enamoradas de su propia belleza y pergeñando las tropelías que harían. Sus risas cantarinas resonaban en la oscuridad del bosque de olmos y avellanos donde moraban. El que las escuchaba sentía cómo se le erizaba la piel, pues significaba que sería la próxima víctima.

Crucisa sacudió la cabeza, empecinada.

—No, no —murmuró con voz enronquecida—. Es una trampa, para que crea que estoy loca. Mi niño fue cambiado, y ellas no me lo devolverán nunca.

Dicho esto, cayó de rodillas y se aferró a los barrotes de la cuna, meciéndose como poseída por un demonio. Elmerio suspiró, derrotado. La cordura había huido de la mente de su esposa. Sólo podía esperar y cuidarla, mientras tanto, para evitar que cometiese un acto aberrante. Temió por el pequeño y decidió buscar una nodriza para que lo criase, en tanto la madre atravesaba su calvario. Algún día, tal vez, volviese a ser la muchacha que él había tomado por mujer.

Ingrid buscó bajo la piedra plana los rollos que Eamon le había legado y que ella guardaba envueltos en una tela embebida en cera de abeja. Atado a ellos estaba el estilete. La hechicera tomó la piedra de afilar y aguzó su extremo hasta dejarlo delgado como aguja. Los nuevos tiempos requerían nuevas maneras de conservar los recuerdos; ya no bastaba el rumor de las fuentes, o el mapa de las estrellas, para preservar el legado de los antiguos. Su Maestro no había precisado escribir todo lo que sabía, pues ella pudo caminar junto a él, aprendiendo con los ojos y las manos, sintiendo bajo los pies el paso de las estaciones en el barro y la hojarasca, pero ahora todo estaba cambiando. La llegada de invasores, las batallas que se libraban para conquistar territorios, las fortalezas que se construían para defenderlos, la ferocidad de la vida… Todo conspiraba contra aquel aprendizaje sereno que sólo dependía de palabras dichas en la oscuridad. Habría que dejar huellas grabadas, porque su Visión le anunciaba que Eirene viviría su tiempo de discípula en movimiento, a veces lejos de allí, y aunque la niña jamás cortase el lazo que la unía a la tierra de los astures, iba a necesitar un talismán de los recuerdos. Ella se lo daría escrito en la lengua vernácula, para que sólo Eirene pudiera entenderlo.

—Yo seré tus ojos, Eirene, aun estando ciega.

CAPÍTULO III

LAS PUERTAS DE JANO

Villa de Vélitris, en el Lazio,

al regreso de las guerras cántabras

—Ya puedes salir.

La cortina se movió, y de entre sus pliegues apareció un hombre de expresión serena y contextura fibrosa. Su túnica de lino, cruzada en el hombro y sujeta por una fíbula, denunciaba su procedencia griega. Tomó asiento en un taburete junto al lecho de Octavio, sin inmutarse ante el ceño adusto del Princeps.

—Sabrás las noticias —le espetó este sin preámbulos.

Dymas estiró las piernas bajo la túnica y demoró unos segundos en responder. Sabía controlar y hasta manipular las ansias de Octavio. Era su consejero y casi amigo desde los tiempos en que el Augusto estrenaba su hombría en los campos de batalla de Actium.

—La matrona virtuosa ya no existe —decía Octavio, desalentado.

Había sido el promotor del retorno de las viejas costumbres latinas, en un intento heroico de recuperar la romanidad original, la de los mayores, pero la evolución de las modas era implacable, y las mujeres ya se habían amoldado a tomar decisiones en ausencia de los hombres, siempre en guerra. Era una batalla perdida, peor que las que él debía librar en el campo o en el Foro. Dymas sabía que el Princeps no lo decía por Livia, ya que la esposa de Augusto era su confidente y consejera, y bien le valía a él su astucia, mal que le pesara. El preceptor griego se sentía un poco relegado por el poder silencioso de esa mujer en las sombras. Hacía tiempo que Octavio no recurría a su sabiduría como antaño, y esa prescindencia no había pasado desapercibida para él. Sabía disimular el desengaño, sin embargo, para su propia tranquilidad.

—¿Quién podría abrir el corazón de una mujer? —comentó con fingida resignación, para evitar decir algo comprometedor, si bien el comentario podía aplicarse con claridad a los misteriosos designios de Livia Drusila.

—Mucho menos las doctas, que saben griego y destilan la soberbia del conocimiento. Gloriosos eran los tiempos en que las mujeres romanas hilaban, educaban a sus niños pequeños y mantenían el orden en la casa. Hoy sólo quieren joyas, dinero, diversiones, y se espantan ante la posibilidad de parir varios hijos. ¿Acaso es una carga dar ciudadanos a Roma?

El enojo del Princeps arrancó a Dymas una mueca divertida que se ocupó de ocultar con una carraspera. No se le escapaba la referencia a su lengua materna como estigma, pero sabía que, en el fondo, Octavio apreciaba la pedagogía griega, de modo que soslayó con gracia lo que podría haber sido un insulto. Además, el Princeps sabía griego, como todo romano cultivado que se preciara de tal.

—Por supuesto, no es una carga servir a Roma —argumentó con aplomo—, aunque la noción de ciudadano empieza a tornarse borrosa, con tantos extranjeros que entraron a formar parte de ella. Esos pueblos del norte de Hispania…

—¡No me hables de ellos hoy, Dymas, te lo ruego! Me han provocado más dolor de cabeza y retortijones de estómago que todos los malos augurios y acechanzas que debí soportar. Esa gente parece salida de los mismísimos avernos. Figúrate que cantaban mientras agonizaban y nunca dejaron de guerrear, por más que nuestras lanzas atravesaran su pecho. Si no fuese porque los vi con mis ojos, pensaría que eran demonios con forma humana.

Y los ojos de Octavio revelaban la profundidad de su mirar sobre los hombres y las cosas. Eran ojos vivaces, resaltaban en el rostro pálido dando la impresión de arder con un fuego interno.

Dymas no se dejaba engañar por las quejas del emperador, que aparentaba impotencia ante la decadencia de los tiempos; sabía muy bien que Cayo Octavio Turino había ocupado el trono en su primera juventud como heredero de César, sorprendiendo a todos, y que el Senado lo había apoyado en principio, creyéndolo adecuado para ejercer sobre él sus manipulaciones, pero Octavio demostró ser un digno sucesor de su padre adoptivo. Cuando se propuso vengar su muerte, persiguiendo a Bruto y a Casio, no se detuvo hasta cumplir la meta; quiso aplastar la ambición de Marco Antonio, el único capaz de arrebatarle el poder, y lo logró, con la palabra y con las armas; se deshizo de Cleopatra, la pérfida mujer que había cautivado a su otrora amigo, sin tener que mover un dedo. Removió todo obstáculo que se interpuso en su carrera en beneficio del imperium y la restauración de la República. Y si bien su gobierno se parecía más a una monarquía, Octavio había sido tan astuto como para envolverlo de afán de restauración republicana, pues en Roma la palabra “reyecía” era considerada agraviante. Por eso, el pedagogo griego actuaba con suma delicadeza cuando hablaba con él. La actitud del Princeps frente a la inmoralidad que hallaba en la Urbe y las guerras civiles que la desangraban, había sido la de un despiadado ejecutor de las leyes. Dymas había conocido a un Octavio sanguinario y cruel, pero aquellos tiempos podían calificarse de necesarios y en el presente olvidarse, pues habían dejado paso a un gobierno prudente y contemplativo, cuyo propósito consistía en construir una Roma de mármol que fuese eterna. Muy a su pesar, Dymas debía reconocer el genio de Octavio que, de joven imberbe y enfermizo, había llegado a convertirse en Príncipe y Augusto, rozando la esencia divina.

—¿Y qué decís del rayo que cayó en plena campaña hispánica? —se atrevió a preguntar. A todo romano preocupaba que el destino, pergeñado por los dioses, le fuera adverso.

—Tampoco me lo menciones, Dymas. Mi esclavo, el que portaba la parihuela y llevaba la antorcha, cayó fulminado, sólo cenizas quedaron de él. Fue una advertencia que me llevó a cambiar de rumbo y dejar que las tropas avanzaran por su lado. Esa tierra está maldita, pero tiene tanto valor para Roma, que no puede ignorarse. Estoy pensando…

—¿Sí? ¿Qué está maquinando tu mente incansable, marido mío?

Livia Drusila.

Dymas sospechaba que ella nunca se había ausentado de la recámara contigua, que sus oídos continuaban pegados a las cortinas que separaban ese recinto del textrinum, donde la esposa del emperador dirigía a las esclavas que hilaban las prendas para la familia, aunque era sabido que Livia elaboraba con sus propias manos las túnicas que él vestía.

—Vinimos aquí, a tu casa familiar, para que te repusieras de los trastornos que la campaña de los bárbaros te infligió. Es indispensable que descanses y no pienses más que en disfrutar del aire que entra por este pórtico. Ya tendrás tiempo de volver a Roma y tomar las riendas del gobierno.

Livia llevaba en sus manos un huso sirio y un ovillo de lana, prueba de su virtuosa dedicación a las labores caseras, mientras que con mirada fría y a la vez amorosa (una incongruencia sólo posible en ella) abarcaba al emperador reclinado en el triclinium. El rostro de Octavio se distendió al escuchar que el breve momento de ocio le estaba bien merecido. Aquel hombre no gozaba de buena salud, pero su espíritu era de hierro.

Dymas se levantó para tomar unas uvas de la mesa, y fingió interesarse por la mañana que transcurría puertas afuera, donde el sol derramaba su fulgor sobre el empedrado de los jardines. Una doble hilera de cipreses descendía hasta el portón de madera, el límite de la casa de Octavio. Era un hogar confortable, aunque carecía del esplendor del que su esposa había heredado del padre en Prima Porta. Aquel sí era un verdadero palacio, con sus mármoles veteados de verde y azul, los cupidos dorados, las piscinas de agua caliente y el amplio peristilo, con sus parterres y fuentes de ónice. Livia estaba predestinada a la gloria desde que, en plena juventud, un águila había dejado caer en su regazo una gallina blanca que portaba en el pico una rama de laurel. Ese prodigio fue interpretado por los arúspices como un anuncio que vaticinaba un futuro grandioso que pareció cumplirse cuando, contra todo sentido común, Octavio la solicitó en matrimonio estando ella casada y encinta de su segundo hijo. El escándalo duró poco, una vez que el matrimonio demostró que esa unión había sido fraguada por los dioses.

—Alguien viene —dijo entonces Dymas, contemplando la figura que provenía del valle escoltada por los guardias, y que ya comenzaba a subir los escalones de la entrada. Era un mensajero enviado desde Roma, sin duda emisario del Senado, que no soportaba que el emperador se alejase de la actividad política. Razón tenía Livia en protegerlo de la hostilidad de los senadores. Había habido un tiempo en el que Augusto concurría a las asambleas munido de una coraza bajo la toga. No sería la primera vez que se cometiese un asesinato orquestado por los patres. Los ilustres descendientes de los fundadores de Roma tenían un poder que iba más allá del que las propias leyes les otorgaban como cuerpo colegiado.

—Ya sabía yo que no te perdonarían que hubieses decidido reponerte en la finca de tu familia. Te quieren en la Curia para tenerte a su disposición —comentó Livia con acritud. Había sin embargo un dejo de orgullo al decir en voz alta que su marido era tan indispensable para el destino de Roma que no podía ausentarse ni dos días.

—¡Ave, hijo de Apolo!

El emisario, sudoroso y cubierto de polvo, llevaba el aspecto del que sabe que porta malas nuevas. Con cierta reserva comenzó a relatar el problema que había surgido —¡otra vez!— en el norte de Hispania.

—Se sublevaron contra el gobernador, César. Al parecer, el yugo de los impuestos y los castigos no han caído bien entre aquella gente.

—¡Caerles bien! —exclamó irritado Octavio, poniéndose de pie en un arranque de furia algo teatral—. ¿Quién les pide opinión? ¡Es el precio que han de pagar por pertenecer a un mundo civilizado! ¿Acaso no tienen ahora caminos, comercio y mejores cultivos? ¿No les hemos enseñado a vivir con decencia? ¿Y escuché mal o te has referido al tributo que se debe a Roma como “yugo”?

El mensajero se inclinó un poco, farfullando explicaciones.

—Así me lo han ordenado decir, divino Augusto.

Ya que el hombre había saludado a Octavio reconociéndolo como descendiente de Apolo por parte de madre, debido a la leyenda que circulaba acerca de su origen, el Princeps dominó su carácter y desechó la idea de ejecutar al mensajero de la desdicha despeñándolo, como hubiera querido.

—Regresa y diles que su Princeps estará en Roma al amanecer —y lo despidió con un gesto displicente de la mano en la que centelleaba el anillo de oro del poder, remarcando que era él quien poseía el imperium sobre los generales de los ejércitos. A menudo las palabras, bien elegidas, eran más eficaces que las armas.

Aliviado, el emisario se retiró casi huyendo escaleras abajo, apurado por dar respuesta a los senadores que lo habían enviado a esa peligrosa misión para disgustar al Princeps. La insolencia de los patres hacia Augusto era conocida por todos.

—¿Deberé abrir las puertas del templo de Jano otra vez? —se quejó Octavio cuando quedaron a solas.

Tanto Livia como Dymas permanecieron en silencio. Ambos sabían lo que eso significaba. El Princeps había cumplido con ese rito impuesto en tiempos del rey Numa Pompilio y que marcaba siempre el inicio de un período de guerra, cuando se decidió a acudir en persona a la campaña cantábrica para someter a los levantiscos pueblos del norte de Hispania, que no sólo rechazaban la presencia de Roma, sino que sublevaban a otros pueblos que ya eran aliados de la Urbe. Y después las había cerrado con gran aspaviento al volver, declarando el comienzo de un tiempo prolongado de paz. La Pax Augusta le daría un prestigio para la posteridad. Quedaría en ridículo si debiera regresar a la península para resolver lo que ya se creía resuelto. Se vería expuesto a las burlas y críticas de sus pares o, peor aún, los senadores tendrían motivo para dirigirle sus reclamos, tildándolo de estafador. Octavio se había propuesto emular la hazaña de Julio César, que conquistó por fin la Galia, incorporando al dominio de Roma la tierra ibérica; había recibido la ovación a su regreso, y había pensado ofrecer juegos ceremoniales para celebrar la victoria, repartir trigo e inaugurar la ansiada era de esplendor prometida. Este nuevo levantamiento, cuando ya no parecía posible que los cántabros y los astures pudieran recuperarse, era un grave inconveniente para su triunfo. Aquellos insurgentes debían ser aplastados de una vez por todas. Pero él ya no regresaría al infierno. ¡A otro le encargaría la infausta tarea de cavar el surco de Roma en las hostiles tierras del fin del mundo!

El templo de Jano fue lo primero que divisó Mauro Aurelio Máximo en el Argileto, al entrar al Foro. Estaba ya próximo al sitio de la Curia cuando pensó que, si aquel pequeño edificio de forma cúbica hubiese estado abierto, el sol de la mañana habría arrancado destellos broncíneos a la estatua del “dios de las puertas” en su interior. Ese dios de dos caras que miraba al pasado y al futuro era, en cierto modo, el que indicaba el comienzo o el final de la vida que llevarían. Mauro sabía que Octavio había estado ansioso por cerrar aquellas puertas flanqueadas por columnas, para así adueñarse del tiempo futuro, el de la paz. Por eso, el llamado de cierta urgencia le provocaba un cosquilleo de inquietud.

La litera que lo conducía por las atestadas calles de Roma avanzaba a duras penas, sorteando el gentío que vociferaba. A esas horas de la mañana estaba prohibida la circulación de vehículos, pero abundaban los peatones de toda laya, y los porteadores de literas formaban muchedumbre, precedidos por voceadores que les abrían paso. Los mercaderes ofrecían lana de Hispania, sedas de India, perlas y especias de Oriente, o artesanías de vidrio de Alejandría. Sus tabernae se alineaban, formando una guirnalda de vivos colores que hablaba en cien lenguas distintas. Mauro observó la presencia de adivinos y prostitutas que intercambiaban su oficio, así como la de las matronas de buena familia que acudían en grupo, seguidas de sus esclavas, a mirar las luchas matinales de gladiadores. Roma era un hervidero a esas horas. El clamor de las voces exaltadas, los improperios que brotaban de las discusiones, se mezclaban con el cencerro de los mendigos ciegos y los insultos dirigidos a algún personaje caído en desgracia. Al cruzar la callejuela de los argentarios, que desempeñaban el viejo oficio de la usura, un episodio de pugilato estuvo a punto de detener su paso. Más allá del Foro, pasando las escaleras de los orfebres, se abría una calzada amplia y despejada que conducía al Palatino. A la villa donde lo aguardaba Octavio Augusto, una finca sin lujos, pero cómoda y, sobre todo, alejada de las calles de la Urbe, siempre infestadas de gente que parecía apurada por llegar a alguna parte.

Cayo Mecenas, maestro, asesor y amigo personal de Augusto, le había ofrecido su propio vehículo extravagante del que Mauro se avergonzaba un poco, por la sensación que provocaba en la multitud mientras se trasladaba hasta la casa del Princeps. La litera, tan refinada como su dueño, era reconocida en toda la ciudad. Ciertos peatones lo señalaban admirados, mientras que otros lanzaban gruesos epítetos, condenando la riqueza de algunos frente a la pobreza de la mayoría. Nadie sospechaba que, en su interior, protegido de la vista por lujosas cortinas que filtraban el resplandor del sol sobre las piedras, viajaba un general centurión amigo de Augusto, en lugar del propio Mecenas.

CAPÍTULO IV

LOS OJOS DE ROMA

La casa donde residían Livia y Augusto se levantaba en la colina palatina, muy próxima a la sagrada cueva donde se suponía que había sido amamantado Rómulo, el primer rey y fundador de Roma. Ese entorno legendario le prestaba la distinción que no le daba su arquitectura, puesto que la fachada y las columnas eran de piedra volcánica, un material poco costoso y bastante deslucido, proveniente de las canteras de Albano. Una rampa la conectaba con el templo de Apolo, la deidad tutelar de Augusto, de modo que era posible ofrecer sacrificios al dios sin salir de la vivienda. Al traspasar los estrechos pórticos, no se veían mármoles o estatuas, ni tampoco cuadros, pero sí frescos de encendidos tonos que adornaban los muros con escenas bucólicas o fantásticas. Mauro conocía la austeridad de que hacía gala Octavio, por eso no le sorprendió la sobriedad que reflejaba el interior. Sabía, en cambio, que al Princeps le agradaba rodearse de senderos exteriores que discurrieran entre arbustos frondosos y fuentes rumorosas. Caminó a través de la galería pavimentada conducido por un esclavo y, al atravesar el atrio, penetró en la sala de recibo que se abría a la derecha, donde descubrió con disgusto que aquella entrevista se haría en presencia de Livia y de Dymas. Mauro desconfiaba de la esposa de Octavio y renegaba de la influencia del griego de Siracusa. Él prefería departir con el Princeps en el campamento militar o en el Foro, pues en esos ambientes se le revelaba el verdadero hombre de Estado, capaz de fundar Roma por segunda vez y de concebir los planes más audaces. El Octavio doméstico le resultaba extraño.

—¿Cómo te ha recibido Roma? —le espetó aquel, a sabiendas de que Mauro vivía en los alrededores rurales de la ciudad.

—Infernal, como siempre. Pero ya va mostrando su jerarquía de tu mano, Augusto.

Hacía referencia a las reformas urbanas que el Princeps concebía para la Urbe, la mayoría realizadas por el genio arquitectónico de Marco Vipsanio Agripa. Calzadas, anfiteatros, templos, arcos, termas… El centro del mundo ya no podía ser un lugar fangoso sujeto a las inundaciones del Tíber o a los incendios. La eternidad de Roma radicaba también en los materiales con que se la construía.

Mauro saludó a Livia con cortesía y luego a Dymas con frialdad, la que fue correspondida por el griego con su habitual mueca de ironía. Había entre el pedagogo y el centurión una enemistad de índole filosófica. Para Mauro, el refinamiento helénico resultaba peligroso para los romanos, que caían bajo su embrujo y perdían esas cualidades rústicas que los habían empujado a la conquista. El romano original, que Octavio pretendía recuperar y perpetuar, no era filósofo ni retórico, sino soldado y agricultor. En esas virtudes viriles residía su grandeza. Sin duda, Dymas estaría recordando, al verlo de nuevo, la vez en que Mauro se manifestó partidario de aquella sentencia de Catón el censor: “Estaremos perdidos si este pueblo nos contamina con su cultura”. Y se refería a los griegos. Así, pues, entre ambos hombres no había conciliación posible.

—Habrás sabido, por mi mensajero, que hay un conato de rebelión en la Tarraconense —siguió diciendo el Princeps—. Después de la represión de Lamia, el último gobernador, ha costado aplacar los ánimos. Cayo Furnio lo está consiguiendo, y ya ordené mandatos a mi legado en esas tierras, pero necesito fuerzas adicionales, por si aquello se convierte en otro Viriato. Ni quiero pensarlo. Agripa se encuentra en Siria ahora, y él había conseguido acabar por fin con aquellos montañeses. Este tumulto ha de ser un rechazo al gobierno provincial a causa del trigo, estoy seguro. Sin embargo…

El Princeps hizo un silencio significativo. La mención de Viriato, el caudillo lusitano que había mantenido en jaque a Roma, le indicó a Mauro que Augusto se tomaba muy serio la rebelión, por mínima que pareciera. Tampoco se le escapó al centurión la estudiada indiferencia de Livia al escuchar que se nombraba al general Agripa, el más fiel lugarteniente de su esposo. Los rumores que corrían aseguraban que la partida de Agripa era una estrategia urdida por ella p

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