EL FINAL
Nazca, 4 de enero de 1837
El capitán no podía precisar si había empezado a morirse esa tarde de enero de 1837, o aquella lejana madrugada de 1818 en la que dejó California en ruinas. No sabía si la muerte le había entrado con la tercera puñalada, justo entre las costillas, o veinte años atrás, cuando ordenó disparar el primer cañonazo frente a las costas de Monterrey. Ignoraba si la agonía lo había alcanzado cuando decidió quedarse en ese desierto al que no llegaba el perfume del mar, o en la época en que él era el amo de los océanos y el señor de los mares.
Mientras intentaba recuperar algo de aire, se preguntaba si el aliento había comenzado a abandonarlo a causa de la herida reciente que le rasgó el pulmón, o el día en que bajó de un barco por última vez para habitar esa tierra yerma. O acaso, dudó, haya comenzado mucho antes, cuando era aquel héroe del Pacífico que hundió un prao malayo a cañonazos, después de haber atado a todos sus tripulantes al palo mayor. Estos países, se lamentó en silencio, siempre han matado a sus héroes.
Estaba mareado. Maladie de débarquement, pensó. Después de todo, no era algo extraño en él; siempre se había mareado en tierra firme. Aún después de tantos años sin subir a un barco, todavía sentía que se le aflojaba el piso debajo de los pies cuando no estaba en la cubierta movediza de una embarcación. Tal vez sería mejor si se tendiera en el suelo. Estaba cansado.
De pronto tuvo una revelación. Acostado sobre el piso de baldosas de arcilla colorada, descubrió que había firmado su sentencia de muerte la remota tarde que liberó a más de un centenar de esclavos frente a las costas de Tamatave, en la isla de Madagascar. El capitán confirmó su epifanía al ver que la mano oscura que empuñaba la daga volvía a arremeter, esta vez muy cerca del corazón. La gente es ingrata, juzgó. La sangre se confundía con el rojo de la arcilla cocida de los baldosones; por eso tardó en comprender que se estaba desangrando.
Del otro lado de la ventana, el cielo azul, siempre azul, azul hasta el hartazgo como es el cielo repetido del desierto, le recordó que todos los días eran iguales; incluso el día de su muerte. Encandilado, cerró los ojos y se perdió en un torbellino de recuerdos desordenados. En el revés de los párpados se le apareció la cara descompuesta del portaestandarte realista al que le arrebató la bandera española después de atravesarle el corazón con la bayoneta durante la batalla de San Lorenzo. Lo había matado de una estocada limpia y piadosa, evocó, no con la incompetencia con la que lo estaban carneando a él sus propios esclavos.
En las volutas caprichosas de los humores acuosos que le anegaban las pupilas, creyó distinguir los mapas del fin del mundo, las cartas de navegación con mares nunca explorados e islas jamás ultrajadas por el filo del machete. Recordó el perfume del pescado frito y el ron en una lejana taberna de Zanzíbar y ahí, del otro lado de la ventana, vio la silueta de la Fragata Negra como una enorme fatamorgana suspendida entre el desierto y el cielo. Y así, envuelto en un tul de sudor frío, antes de que llegara la quinta puñalada, volvió a ver cómo California en llamas caía a sus pies.
LIBRO PRIMERO
El comienzo del fin
1
Monterrey, 24 de noviembre de 1818
Las costas de California habían quedado en ruinas. Era aquella la mayor devastación que conociera Monterrey. Una bandera azul, blanca e incógnita ondeaba ultrajante sobre los restos del fuerte. Cormoranes y petreles volaban desbandados entre las ramas calcinadas de los encinos y las columnas de humo negro.
—¿Piratas, corsarios o bucaneros? —preguntó un hombre cubierto de polvo que intentaba incorporarse entre los escombros aferrado a una botella de aguardiente.
—Argentinos —contestó el otro en un intento de llamar de algún modo a esa horda salvaje que aún no tenía nombre.
El que sostenía la botella se encogió de hombros y le devolvió un gesto de desconcierto; no conocía esa categoría de bandidos. Entonces, el más viejo señaló hacia la bahía de San Carlos, donde estaba anclado uno de los barcos de los cuales habían descendido los invasores: “La Argentina”, decía un gallardete orlado con hebras de oro y galones que colgaba desde la borda. Ese era el nombre de la embarcación, conocida alrededor del mundo como la Fragata Negra, cuyos cañones todavía despedían humo y terror. Más cerca de las murallas del fuerte permanecía quieta y fantasmal la silueta de la corbeta Santa Rosa.
El silencio se igualaba con la sordera en los tímpanos de los sobrevivientes que deambulaban sin rumbo en medio de cadáveres y escombros. Poco antes de la primera descarga, las mujeres alcanzaron a correr con los críos en brazos ante los gritos desesperados del gobernador para que evacuaran el caserío junto al fuerte. Habían escuchado por boca de sus padres y abuelos las historias de Drake y Cavendish, sabían de los ataques de Stephen Courtney y los saqueos del pirata Rogers. Pero esto era otra cosa.
Quienquiera que fuese el capitán de aquellas tropas demenciales, había conseguido sembrar el terror y ahora recogía la cosecha desde el fondo de los despojos. Sus hombres rapiñaban todo cuanto podían cargar sobre las espaldas. Y lo que no, lo montaban sobre el lomo de las mulas, los caballos y los bueyes que habían quedado vivos. Arrasaron con el oro, la plata, las monedas, la casa de moneda, los cañones, los fusiles, los arsenales, los chanchos de los establos, los cristos de los retablos, los santos, las vírgenes, los niños Jesuses, los Jesuses con sus cruces, las columnas salomónicas, los trípticos, dípticos y polípticos, el pan, la sal, las especias, los animales en pie, las reses colgadas en los saladeros, los yunques, las forjas, las alforjas, los martillos, los clavos, los esclavos, las vidas y las almas. Y ahora iban por el tesoro. El verdadero tesoro.
Los dos hombres que intentaban recomponerse a fuerza de aguardiente miraban incrédulos los restos del desastre sentados en los escalones del atrio descascarado de lo que quedaba de la taberna. El bigote ralo, los ojos oblicuos, el ocre de la piel y las sandalias raídas los ponían a salvo; eran invisibles a los ojos de los ocupantes, entregados a cazar españoles. Mientras se sacudían el polvo de la ropa, pudieron ver la figura inmensa de quien daba las órdenes.
El capitán de los corsos, de insultante uniforme de sargento mayor de las Provincias Unidas del Río de la Plata, hundió las botas charoladas en aquel barro hecho de cenizas, bosta y orines de los soldados que habían resistido el ataque durante horas. A medida que avanzaba, los cordones dorados de las charreteras se balanceaban sobre sus hombros en una danza burlona, humillante. Caminó hasta toparse con una silla volteada que había sido usada como parapeto, la enderezó y la arrastró hasta ubicarla frente a la puerta de la gobernación. Se sentó y contempló la desolación. Era una silla simple, sin labrados ni terciopelo; sin embargo, por el solo efecto de ser él quien la ocupaba, lucía como un trono. La botonadura de la chaqueta brillaba insolente a través de la bruma y el polvo. Las aletas de la nariz, enorme, orgullosa, se dilataban con el olor de las hogueras que ardían aquí y allí.
El almirante tenía el perfil de un gavilán de mar y los ojos del color del escarmiento. Según quien lo mentara, podía llamarse Bouchard, Buchar o Buchardo. Pero en momentos como aquel, sus hombres se referían a él como Furia. Así, sentado en la cima de un promontorio de escombros, rodeado de rescoldos y humaredas, le ordenó a José María Píriz que hiciera el inventario de los caudales reales. Píriz no era un hombre de mar; era teniente del ejército criollo y estaba a cargo de las tropas de infantería de a bordo. Delgado, de pecho prominente y la cara surcada de arrugas precoces que le daban un aire marcial, desde el principio se había ganado la confianza del capitán. A diferencia de la mayoría de los corsarios, mantenía los pies sobre la tierra, era poco afecto al fantasioso mundo de los marineros y le costaba acostumbrarse al balanceo constante de los barcos. Llevaba siempre una libreta y un lápiz y tomaba nota de todo lo que sucedía durante el viaje. Él era el hombre en quien el capitán había confiado las cuentas, el responsable de cotizar el botín y determinar el reparto.
—Vaya, cuente y anote, teniente.
Píriz entró en la gobernación y al rato salió rascándose la cabeza con el sombrero en la mano.
—No han dejado ni un real, mi capitán.
Hyppolyte Bouchard se tragó el bocado de ira que venía macerando y, sin mover un músculo de la cara, susurró:
—Habrá que preguntarle al gobernador.
El capitán arrastraba las erres entre el lomo de la lengua y el atrio del paladar hasta convertirlas en un gruñido. No era solo la inflexión propia de los franceses; su tono tenía la aspereza de un rencor añejo, magmático, siempre a punto de estallar.
—El gobernador ha huido —confirmó el teniente Píriz con un tono neutral, como si quisiera quitarle gravedad a la noticia. Sabía por experiencia que el capitán estaba cerca del punto de ebullición. Le hizo saber sin dramatismo que, según varios testimonios, antes de que la fragata abriera fuego, Pablo Vicente Solá había corrido abriéndose camino a los codazos entre las mujeres y los niños y, a la carrera, se había subido en uno de los carros de la caravana que transportaba los arcones con el tesoro.
El capitán arrancó un jirón de la bandera española tirada en el suelo, se limpió el barro de las botas con el bordado de la corona y, sin distraerse de su tarea, ordenó:
—Búsquenlo y tráiganlo.
Los hombres de Bouchard iban casa por casa, y entre gritos, insultos y empujones, sacaban a todos los españoles a punta de bayoneta con las manos en alto. Uno por uno, fueron llevados a comparecer ante el capitán de la ocupación, quien, sentado en la silla desvencijada, los obligó a arrodillarse en una hilera. Sin perder la compostura, cruzó las manos sobre el abdomen y, a su turno, les hizo a todos la misma pregunta:
—¿Dónde están las arcas reales?
Nadie contestó; entonces el capitán ordenó encender una antorcha y, blandiendo la llama frente a la cara de los interrogados, continuó con la segunda pregunta:
—¿Dónde está el gobernador?
Enfrentado a una muralla de silencio hecha con la piedra del miedo y la argamasa del desconcierto, el capitán le entregó la antorcha al teniente Píriz. Bouchard, ahora sí convertido en Furia, ordenó:
—Quemen todo.
Los españoles vieron cómo los piratas incendiaban sus casas, una tras otra, cada vez que el capitán recibía un “no lo sé” por respuesta. El fuego se iniciaba en los cortinados, reptaba por los tirantes del techo y, al colapsar los tejados, las casas se convertían en el alimento de las hogueras atizadas por el viento del mar.
Antes del atardecer, los argentinos, que así los llamaron en ominosa alusión al nombre de la fragata de la que desembarcaron, habían prendido fuego a cerca de cincuenta de las más hermosas residencias del poblado junto al fuerte. Y como los arcones con el tesoro no aparecían, al anochecer, el cielo de California se iluminó con las llamas de la gobernación. Ese iba a ser apenas el comienzo de la destrucción más atroz de la que guarden memoria las costas del Pacífico.
2
California ardía. Desde la fragata fondeada en la bahía, el poblado se veía como una brasa crepitante hundiéndose en el mar. Hyppolite Bouchard había montado el cuartel general en el salón principal de uno de los pocos caserones que habían dejado en pie. Mientras revisaba los libros con los asientos contables que había sacado de la gobernación antes de incendiarla, mandó a sus hombres a que festejaran la caída de la ciudad. No fue un permiso. Fue una orden. California era un nuevo territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata y eso no solo era motivo de celebración para los vencedores, debía ser una efeméride negra impuesta a fuego en la memoria de los derrotados. Para los corsarios el festejo era la parte más grata de la venganza. Nadie estaba dispuesto a olvidar a los once muertos, los veinte heridos y los daños que las fuerzas españolas habían dejado en el casco y el velamen de la Santa Rosa, todavía maltrecha en la ensenada. El cirujano de la expedición, fray Bernardo Copacabana, que además de médico era un monje de la orden Betlemita, no había podido hacer nada, como hombre de ciencia ni como representante de Dios, para salvarles la vida a todos esos marinos que habían sido alcanzados por los cañones del fuerte. Después del ataque a la corbeta, los soldados realistas se habían permitido lanzar salvas, vivas, cánticos burlones y disparos al aire, convencidos de que habían ganado la batalla.
—Ilusos —masculló entre dientes el capitán.
Quienes lo conocían podían diferenciar cuándo estaban en presencia de Bouchard o de Furia. No era fácil distinguirlos. No solo la apariencia física y gestual era la misma en ambos; cuando uno tomaba el lugar del otro, incluso su aspecto espiritual era semejante. No profería insultos, no gritaba ni se desgañitaba con bramidos de cólera; no se le hinchaban las venas del cuello, no fruncía el ceño ni sacudía los brazos. Furia llegaba como las corrientes submarinas, sin agitar la superficie pero capaz de devorar barcos enteros. Furia se deslizaba por el torrente sanguíneo de Bouchard y se le metía en el corazón hasta dejarlo sólido y frío como un témpano. Furia no amenazaba, disparaba. Furia nunca perdía el tiempo en sentencias; fusilaba a los amotinados luego de un conciso trámite sumario. Furia jamás lanzaba advertencias; calculaba el resquicio entre la cuarta y la quinta costilla y enterraba la espada en la base del corazón. Furia no daba segundas oportunidades; ataba a los enemigos al palo mayor y hundía el barco hostil a cañonazos con la tripulación entera. Furia no enviaba emisarios a negociar; destruía puertos, arrasaba poblados y quemaba ciudades. Furia nunca perdía el control de sí mismo ni de su escuadra; era dueño de una ira calculada, racional, que incluía la crueldad como un elemento más en los planes generales. Bouchard era el autor de las estrategias y Furia era quien trazaba las tácticas.
—Vayan, festejen, y no les dejen a estos españoles ni un ápice de alegría para el resto de sus días —ordenó con la mayor serenidad.
Antes de que la frase se diluyera en aquel aire viciado de humo, abrió su diario y, con una rima acaso involuntaria, anotó:
Yo formé en este momento el designio de acabar con su alegría. Con el ruido de la fiesta que tenían, nada percibían, y así yo saqué toda la gente quedando solo los heridos, que fue necesario dejar para no hacernos sentir con sus quejidos.
Cerró el cuaderno y pidió que lo dejaran solo mientras se volvía a internar en la obsesión que lo había guiado desde que había llegado a California: el tesoro que acababa de llevarse el gobernador con rumbo desconocido y todos los bienes españoles que cupieran en las bodegas de la pequeña flota que comandaba.
Afuera, bajo un cielo incandescente, en medio de aquel infierno de fuego y destrucción, la soldadesca, compuesta en partes desiguales por gauchos, criollos y hawaianos, se mezclaba con la oficialidad integrada por ingleses, estadounidenses y franceses. También había piratas portugueses, africanos, filipinos y malayos. Todos, sin distinción de lengua ni color, improvisaron una suerte de carnaval corsario; el término “corso” tomó de pronto su sentido más primitivo y salvaje. Las viudas, que lloraban desesperadas a sus maridos, eran obligadas a bailar al ritmo de los tambores. Los corsarios se pasaban las mujeres unos a otros, las hacían girar por la cintura e incluso las lanzaban al aire como si fueran muñecas de trapo. Mientras las forzaban a dar vueltas y más vueltas, iban dejando estelas de lágrimas a su alrededor.
En medio de los festejos, Peter Corney, capitán al mando de la Santa Rosa, quien había sido apresado por los españoles después del ataque que dejó averiada la corbeta, ávido de venganza, ordenó que se abrieran las puertas del presidio para dejar salir a todos los criollos que habían sido encarcelados por cargos contra la Corona. Detrás de ellos se colaron cuchilleros, ladrones y asesinos locales.
Fiesta y saqueo fueron una misma cosa: piratas y convictos sacaban los barriles de las tabernas, los hacían rodar hasta el centro de la plaza, perforaban las maderas a balazos y se bañaban en charape, bingarrote, chilocle y toda clase de licores malolientes. Los más temerarios se metían entre las maderas ardientes de las casas en llamas y bajaban a las bodegas para rescatar los vinos y licores de los hacendados españoles. No pocos se inmolaron por una botella de vino Rioja picado. Los presos preparaban coyote al pie de los toneles tumbados en la plaza y mezclaban pulque con miel de caña y peyote. Las botellas pasaban de mano en mano y de boca en boca; algunos marineros obligaban a las mujeres a que bebieran hasta hacerlas caer inconscientes.
Así, entre bailes enloquecidos, gritos y visiones indecibles, los invasores saltaban entre las ruinas en una comparsa alucinada. Muchos se quitaban la ropa y se contorsionaban desnudos, recortados contra un fondo de llamas. Otros se disfrazaban con las galas robadas a los españoles, se ponían las pelucas blancas de los funcionarios y se ajustaban a la cintura los corsés que les arrancaban a las mujeres. El incendio de la ciudad era apenas el primer círculo del infierno que se avecinaba.
