Prólogo
Esta novela sobre aviación militar se basa en otra anterior, The Arm of Flesh, que se publicó en 1961 y fue un gran fracaso. Quedó mucho tiempo olvidada, hasta que Jack Shoemaker, director editorial de Counterpoint, sugirió que podría ser una obra complementaria a otro libro que había reeditado, The Hunters (Los cazadores), mi primera novela, que revisé someramente para ese segundo lanzamiento.
Sin embargo, The Arm of Flesh adolecía de graves defectos y necesitaba reescribirse de arriba abajo. Hasta el título mereció cambiarse, en este caso, por el nombre de uno de los personajes principales. Quizá fue un error intentar resucitar un libro fallido, pero había elementos que seguían siendo interesantes, entre ellos el hecho de que a veces eran los mejores pilotos, no sólo los peores, los que se estrellaban por razones que el lector podía llegar a comprender, y que la acogida que el grupo daba a ciertos individuos, a veces muy prometedores, no siempre era inevitable ni un asunto sencillo.
Más allá de esas tensiones estaba el atractivo de la época, los años cincuenta del siglo XX, apenas una década después de la guerra; el lugar, las bases militares estadounidenses en Europa; y la vida misma. Esta nueva versión pretende, pues, ser el libro que el otro podría haber sido.
Julio de 2000
CASSADA
Caía la tarde y Dunning, sentado en el despacho, revisaba el papeleo, humedeciéndose de vez en cuando el pulgar al pasar una página. Arrugaba la ancha frente mientras leía, pero era la imagen de la calma, como un juez examinando un informe. Fuera el cielo estaba oscuro y las nubes amenazaban lluvia. Había estado así desde la mañana. De vez en cuando, en medio del silencio se oía el graznido de los cuervos en los postes de la cerca o en las ramas desnudas a la orilla del campo. Era sábado por la tarde. Casi todo el mundo se había ido.
Un rumor de fondo, apenas audible al principio, le hizo volver la cabeza. Por un momento pareció casi desconcertado. El ruido fue a más hasta hacerse inconfundible, como un trueno lejano. Eran motores, a plena potencia. Parecían dirigirse hacia él. Pudo oírlos, a todo gas, de repente muy cerca, casi sobre su cabeza, rugiendo por encima de la pista, bajos, pero entre las nubes. Nunca los veía. De pronto ya habían pasado, aunque el sonido perduraba, pesado y profético, antes de desvanecerse lentamente, dejando sólo el silencio. Dunning descolgó el teléfono, alemán como casi todo, y marcó un número. Mientras esperaba a que alguien contestara, se volvió hacia la ventana otra vez. Reinaba una quietud absoluta; los cuervos se habían posado de nuevo en los árboles. Impaciente, abrió el directorio telefónico para comprobar el número cuando por fin se oyó una voz:
—Base meteorológica.
—Póngame con el meteorólogo —ordenó Dunning.
—No está aquí, señor.
—¿Dónde está?
—No lo sé. A lo mejor ha bajado a tomar un café.
—Vaya a buscarlo inmediatamente.
—Bueno, no sé dónde está ahora mismo. ¿Puedo decirle que le llame?
—¡No, maldita sea! ¡Vaya a buscarlo! ¡Encuéntrelo!
—No se me permite salir de la estación meteorológica —se quejó la voz, casi con mal humor.
—Me da igual lo que se le permita. Soy el comandante Dunning. ¡Empiece a buscarlo, y deprisa!
No hubo respuesta, sólo se oía una respiración queda al otro lado del teléfono.
—¿Me ha entendido? —dijo Dunning.
—Sí, señor.
—¡Entonces tráigame al meteorólogo!
Al cabo de un momento se oyó el chasquido del teléfono al colgar. Dunning intentó calcular el techo a ojo. Apenas podía distinguir la torre de control a un kilómetro y medio de distancia, con la baliza girando en la punta sin cesar, vacía y pálida, como la mirada de un ciego. Cerca había volutas oscuras y humeantes de nubes que flotaban a poca altura. Abrió la ventana para oír mejor. Silencio, aún más solemne de lo que parecía antes. Alguien descolgó el teléfono. Se oyó un carraspeo.
—Habla el meteorólogo.
—¿Quién es? —preguntó Dunning.
—Sargento McEnerny, señor.
—¿Dónde se había metido? Se supone que está de servicio, ¿no?
—Sí, señor —respondió el sargento—. Así es. He estado aquí en el edificio todo el rato.
—Ya averiguaré dónde se ha metido, no se preocupe por eso. ¿Qué parte ha dado? Aquí alguien acaba de hacer una aproximación frustrada.
—¿Es el comandante Dunning, señor?
—El mismo.
—Entendido, señor —dijo el sargento—. Nuestra última observación es de nublado a quinientos —estaba leyendo de una hoja de papel amarillo— y una milla y media con niebla ligera.
—¿De cuándo es? Eche un vistazo por la ventana.
—La observación se ha hecho a la hora en punto. Eso es exactamente... —Una pausa—. Hace dieciocho minutos.
—¿Qué tienen en Spangdahlem? —preguntó Dunning. Pudo oír el movimiento al otro lado, alguien alcanzando una carpeta.
—Veamos. Lo dan un poco más bajo, comandante. Techo de trescientos rotos.
—Ya me parecía.
—Trescientos rotos, cubierto a quinientos, y una milla con niebla.
—Eso suena más realista.
—Bueno, señor, aquí tenemos quinientos y una milla y media. En este momento.
—Haga otra observación, sargento —dijo Dunning—, y vuelva a llamarme. Es una orden.
Le interrumpió el sonido de unos pasos. Alguien se acercaba corriendo por el pasillo. Una cabeza apareció en la puerta. Godchaux, uno de los campeones.
—¿Comandante?
Notó algo en su voz.
—¿Qué pasa? —dijo Dunning, ahora completamente alerta.
—Eran dos de los nuestros.
Dunning era el jefe del escuadrón, un puesto destacado. Estaba en el último nivel de mando en estrecha cercanía con todos sus subordinados, unos treinta pilotos y ciento cuarenta hombres, algunos veteranos y otros novatos que servían en una unidad por primera vez, una experiencia inolvidable; habría podido llamar a muchos por su nombre de pila, pero le gustaba usar el rango, recalcándolo: sargento Fulano, teniente. Fruncía la boca de un modo curioso. Era sureño; llevaba la formalidad en la sangre.
Era muy conocido en el ala e incluso más allá. Llevaba seis años en el grado, y su mujer, Mayann, había sido la presidenta de la Asociación de Esposas de los Oficiales. La Duodécima Fuerza Aérea había enviado una lista confidencial de todos los altos rangos, solicitada por el Pentágono, en la que figuraban los veinte primeros comandantes recomendados, al margen de su antigüedad, para ascender a teniente coronel. Davis R. Dunning, comandante del 44.º Escuadrón de Caza, era el primero de la lista. Qué había sido de la lista, qué medidas se tomarían, nadie lo sabía aún.
Isbell era su oficial de operaciones y su mano derecha. Era capitán, y de una madera diferente, tranquilo por fuera y más tranquilo aún por dentro, con un único defecto: era un idealista. Aparte de eso, tenía casi todo lo que había que tener. Experiencia, seguridad, tesón. Tenía setecientas horas de vuelo y dos mil más aparte; ciento sesenta de estas últimas estuvo luchando contra los rusos y los chinos en Corea, en feroces combates a lo largo del Yalu. Además de saber de otras cosas, sabía cómo era Dunning. Llevaban más de dos años juntos. Formaban, con el sargento primero Banda, ex marine, algo así como un triunvirato. Todas las decisiones sobre lo que había que hacer o no hacer dependían de ellos.
Giebelstadt. Era muy típico de Isbell levantarse antes del amanecer para comprobar cómo iba la patrulla de alerta. Estaban a principios de otoño. El verano había sido corto, de una semana en lugar de las dos habituales, como comentó Dunning. Una escarcha temprana volvía la hierba plateada y salpicaba de blanco las cúpulas de los aviones. El olor frío de la nieve estaba ya en el aire, al igual que el canto de un gallo a lo lejos. Isbell bajó a la letrina a oscuras. El agua salió con fuerza cuando abrió el grifo. Se calentó las manos debajo del chorro durante un rato. El frío se colaba por las ventanas de batiente.
En la tienda de campaña, Dunning seguía durmiendo, acurrucado como un oso viejo. Pasaría al menos una hora antes de que se despertara, gruñendo y estirando los brazos. Dormía con la ropa interior del uniforme, y a veces recibía así al sargento primero: no le restaba autoridad. Iba al comedor a tomar café, charlaba un rato con quien estuviera por allí, antes de dirigirse hacia la pista de vuelo.
Isbell había conducido hacía un buen rato por la carretera negra hasta salir a campo abierto, pasando los árboles tras los que se extendía, como una misteriosa franja de agua, la silenciosa pista de aterrizaje. Soplaba viento, un viento de octubre en Alemania, frío, cargado de humedad. Los habían enviado allí de maniobras, una pista solitaria, uno o dos galpones. Había estrellas en el cielo y luces de cola encendidas entre los aviones aparcados en una larga fila.
En el barracón de alerta Ferguson estaba sentado junto a la estufa, con el atizador colgando de las manos. Un rugido furioso llenaba el cuarto. Provenía de la estufa, que irradiaba por abajo un resplandor al rojo vivo, y también del centro de la tapa y el tubo. Fuera, un torrente salvaje de chispas bailaba sobre el tejado oscuro.
—Acérquese a calentarse, jefe —lo invitó Ferguson—. Cortesía del vuelo B.
—Te calentarás de lo lindo cuando ese chisme explote.
—Habré de correr ese riesgo, capitán —dijo Ferguson—. El Natchez está intentando adelantarnos.
—¿Qué Natchez?
—Lo tenemos justo detrás de nosotros, capitán. El viejo vapor del Misisipi. Está a sólo media milla y ganando terreno.
—Será mejor que reduzcas un poco el tiro —sentenció Isbell.
Ferguson levantó una bota y de una patada cerró un poco la puertecita con bisagras.
En el suelo seguía tirada una página del Stars and Stripes que había estado agujereando con la punta radiante del atizador. Era una imagen de cuerpo entero de una chica en traje de baño. Sólo la cabeza y los hombros estaban intactos.
—¿A qué hora estás de servicio? —preguntó Isbell.
—Dentro de cinco minutos.
Justo cuando lo dijo, sonó el teléfono de alerta temprana. Una comprobación de la línea. Mientras Ferguson colgaba, los demás empezaron a entrar, frotándose las manos y acercándose a la estufa. Godchaux fue el último. Tenía veinte años y llevaba más de un año en el escuadrón, era el favorito de Dunning, «el mejor piloto nato que he visto nunca». Isbell no discrepaba. Dientes blancos y sonrisa de ángel. Enséñame a un hombre que sepa mentir, pensaba, y te enseñaré una sonrisa de auténtica belleza, te enseñaré a alguien que sabe cómo va el mundo.
Godchaux se quedó de pie de espaldas a la estufa con los codos hacia fuera, arrimándose a la lumbre, casi satánico. Isbell le hizo una señal con la barbilla.
—Sí, señor —respondió Godchaux sin moverse.
Isbell fue hacia él. Godchaux se acercó un par de pasos.
—¿Tenías una linterna ahí fuera?
La inocencia de Godchaux quedó en suspenso un instante y luego negó con la cabeza, tímidamente, como un niño travieso al que ya han perdonado.
—¿Cómo has inspeccionado el avión, entonces? —dijo Isbell.
—He cogido prestada la del jefe de pista.
—¿Ah, sí? ¿Dónde está la tuya? ¿Qué pasa, no tienes linterna propia?
—Sí, señor.
—¿Dónde está?
—No va, capitán. Se ha quedado sin pilas.
—Pues cómprate otras —dijo Isbell—. Te pagan suficiente.
—Sí, señor.
—Hoy.
Grace, el jefe de la escuadrilla B, movió ligeramente la cabeza con un aire de decepción paternal, como dándole la razón. Lo más probable era que él tampoco tuviera linterna.
Poco después sonó el timbre estridente del teléfono del campo y hubo la primera patrulla de alerta, dos aviones deslizándose por la pista, huyendo de un rugido que inundó el campo como si de repente abrieran un horno de fundición, haciendo temblar las paredes de chapa corrugada. Isbell se quedó mirando cómo se elevaban juntos por encima de los árboles, replegando las ruedas. Una hora de absolución en la mañana limpia y sagrada. Una hora y media. Cuántas veces había puesto su fe en eso, un atisbo de la pureza mientras volaba sobre ciudades remotas desconocidas y en un frío silencio la primera niebla se desvanecía de las colinas.
Dunning llegó más tarde a la reunión de pilotos. Apareció en la puerta unos minutos antes de las ocho, cuando alguien intentaba salir, y se quedó allí, ocupando todo el marco, esperando a que entraran en razón y se apartaran. Era del tamaño de un defensa y, de hecho, había jugado dos años al fútbol americano en la universidad al principio de la guerra. Había pedido al jefe de pista que quitara el espaciador de la parte trasera del asiento. Por eso su avión resultaba difícil de pilotar. Era como sentarse con la espalda tiesa en la cama.
—¿Qué os parece ese pájaro mío? —preguntaba.
—Está bien, señor.
—Un poco lento —dijo Godchaux.
—¿Lento? ¿Lento? Estás loco. Es el avión más rápido de la fila.
—Si usted lo dice, comandante...
—No es que lo diga yo.
—Puede que no sea rápido, pero es espacioso.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Apenas se llega a los mandos. Hay que tener brazos de gorila.
—Todavía has de crecer un poco, nada más—señaló Dunning.
Miró a su alrededor, sonriendo. Siempre charlaban así un par de minutos. Nada empezaba hasta que Dunning se reclinaba en la silla con aire expectante y daba una calada a su puro. Escuchaba con atención, con las manos enlazadas sobre el regazo, los pulgares gruesos como palos de escoba. Cuando Isbell acababa, se ponía de pie otra vez para decir unas palabras, caminando hacia delante como un terrateniente, con las manos en los bolsillos de su uniforme de vuelo. Empezaba con un cortés «Caballeros».
—Me gustaría que se les grabaran algunas cosas en la cabeza —dijo—, aunque quizá ya las hayamos mencionado antes. Cosas muy importantes. Este campo de vuelo, caballeros, por muy bonito que sea, tiene algunos inconvenientes que todos ustedes deben tener en cuenta. ¿Puede nombrar alguno, teniente Godchaux?
—No hay GCA —respondió Godchaux.
—Exacto, no hay aproximación controlada desde tierra, caballeros. Si el tiempo empieza a empeorar, no corran ningún riesgo y regresen a la base, aquí abajo no hay nadie que pueda guiarlos. ¿Algo más, teniente Grace?
—La pista es mil pies más corta que la nuestra, señor.
—Pista más corta. Y desconocida, también. La carretera donde siempre se hace el tramo base en casa, ya saben a cuál me refiero, aquí no existe. Tienen que usar más su criterio en las maniobras de aproximación al aeródromo. Pista corta y desconocida. ¿Entendido? Teniente Ferguson, ¿algo más?
Con parsimonia, Ferguson dijo:
—Hay un trecho largo hasta el pueblo.
Entre las risas, alguien añadió:
—Pero cuando llegas...
—Buena cerveza —añadió Ferguson.
—Muy profesional —dijo Dunning, tal vez con tolerancia, era difícil de decir.
Cuando terminó la reunión, se formó un corrillo: Harlan, directo y por lo general suspicaz, sacó el tema inevitable de las horas de vuelo y de cuántas estaban consiguiendo en el 72.º, un escuadrón rival. Ya llevaban más de quinientas horas este mes. Estaban apretando.
—Por lo visto Pine va diciendo que llegará a las mil doscientas.
Dunning le sonrió con un rictus, sin rastro de humor, sólo una V invertida que le surcaba el rostro como la boca cosida de un peluche. Harlan se encogió ligeramente de hombros.
—Eso es lo que he oído.
—Yo no le daría demasiada importancia —dijo Dunning sensatamente—. Puede que haya algunas cosas que el capitán Pine no sepa.
—Ése es el problema —murmuró Harlan. Era un chico de campo. De manos grandes, también—. Como no lo sabe, probablemente seguirá adelante y volará las mil doscientas.
Dunning asintió un poco, como sopesándolo.
—Yo no me preocuparía por eso, teniente —dijo.
El escuadrón de Dunning era el de las colas rojas. Nunca iba a reconocer que temiera para nada al escuadrón de las amarillas. Pine pregonaba que las horas de vuelo eran la fórmula mágica: «Anotad dos horas por cada vuelo, tanto si dura eso como si no.» Isbell era más prudente. Tenía en cuenta el peso de una firma, de una declaración oficial.
—Algunos llevan ya más de veinte horas por cabeza —dijo Harlan, a pesar de que Dunning se había ido—. Eso lo sé seguro.
Sonó el teléfono de alerta temprana. Los dos pilotos de guardia ya habían salido por la puerta y corrían por el césped cuando empezó la sirena. Isbell no dejaba de mirar el reloj. Pareció que pasaba mucho rato hasta que arrancaron los motores. Luego se oyó un gran estruendo cuando los aviones comenzaron a rodar y avanzaron por la pista a toda velocidad. Poco a poco volvió la calma. Un minuto más tarde los oyeron despegar.
—De todos modos, apuesto a que consiguen las mil doscientas —dijo Harlan—. Siempre suman muchas horas. Quizá es que no hacen tantos informes.
Durante toda la mañana hubo vuelos de alerta, cuatro o cinco por lo menos. La escuadrilla B estaba de suerte. Había días en que el teléfono no sonaba. Wickenden, al frente de la escuadrilla A, había hecho un gráfico para demostrar que sus aviones habían tenido cuatro días de mal tiempo desde que estaban ahí y los de Grace ninguno; se estaban llevando todas las horas.
—Ya se compensará —le dijo Isbell.
—Nunca se compensa —afirmó Wickenden. Tenía a Phipps, que se había incorporado al mismo tiempo que Godchaux y habían venido juntos de la escuela de aviación. Godchaux tenía ahora casi cien horas más de vuelo.
—¿Y eso por qué? —preguntó Isbell.
—Está en la escuadrilla de Grace. Grace es como Pine. Ya lo sabes.
—No lo creo —dijo Isbell.
A mediodía, plateado y lento, el correo bajó planeando para la aproximación final y luego voló un rato largo cerca del suelo, preparándose para tocar tierra. Con el morro apuntando hacia arriba, rodó por la pista. Phipps fue a recibirlo. Se quedó a un lado y observó cómo daba la vuelta, haciendo temblar la hierba detrás y saltar la gravilla del hormigón. Cuando se apagaron los motores, fue hasta allí y aguardó a que se abriera la puerta. Había correo, repuestos y un solo pasajero, un teniente segundo con un abrigo. Le entregaron el equipaje. Resultó que se incorporaba al escuadrón.
—Éste es el 44.º, ¿verdad?
—Sí, el mismo. Bueno, has tenido suerte.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —respondió Phipps—. Es sólo lo que me han dicho.
El nuevo se llamaba Cassada. Era de la m
