En el corazón profundo de una antiquísima selva, a cientos de años luz del planeta Tierra, un motor se encendió con un rugido. Instantes después, una reluciente nave color plata se elevó en el aire. Salió disparada por encima de los imponentes árboles y atravesó las nubes como una lanza de luz. La selva emitió gruñidos, gorjeos y gritos ante la insólita escena. Los raptogones echaron hacia atrás sus cabezas, enseñaron los dientes y lanzaron un aullido al cielo. La nave subía vertiginosamente; una estrella en ascenso que resplandecía, nítida y deslumbrante… y entonces desapareció.
A su paso, una manta de silencio fue descendiendo sobre la jungla. Tan solo el suave trino de los pájaros y el zumbido de los insectos alteraban la quietud.
Hasta que… pisadas.
Un niño salió de su escondite entre los árboles.
Un niño que no pertenecía a aquel planeta, y que tampoco pertenecía a la tripulación de la nave plateada.
Un niño con una nave propia.
Iba vestido de negro de la cabeza a los pies y en el hombro derecho llevaba el símbolo de la letra omega. Elevó la cabeza al cielo como para asegurarse de que la nave, en efecto, había desaparecido. De que por fin estaba solo.
Había observado desde las sombras cómo los tres humanos luchaban contra el raptogón gigantesco. En parte había esperado que el reptil de cuarenta y cinco metros de altura se los tragara de un bocado.
Es lo que el niño habría deseado.
En lugar de eso, habían conseguido lo imposible. Le arrancaron un diente a la furiosa criatura y escaparon con vida. Trasladaron un fragmento del diente a la nave, donde lo triturarían hasta convertirlo en polvo. El polvo Rapident era uno de los seis elementos que, al fusionarse, crearían una fuente de energía limpia y sostenible que salvaría a la Tierra, cuyas reservas energéticas estaban prácticamente agotadas.
Los miembros de aquella tripulación corrían toda clase de peligros al rastrear el universo en busca de los seis elementos. El niño los había visto celebrar el descubrimiento del primero de ellos.
Por descontado, ignoraban que él se encontraba allí.
Era mucho lo que ignoraban.
Mientras que él lo sabía todo.
Dash Conroy, Piper Williams y Gabriel Parker. Así se llamaban. Carly Diamond había guiado sus movimientos desde el Leopardo Nebuloso, la nave principal. Por último estaba aquel al que llamaban Chris, al que consideraban digno de confianza.
Los Viajeros del Espacio.
El equipo Alfa, se llamaban a sí mismos con orgullo. Como si el hecho de ser los primeros los hiciera especiales.
El niño conocía esta información sobre ellos, así como todo lo demás que era importante. Sin embargo, ellos no sabían nada acerca de él. Ni siquiera que existía. Ni que los había estado siguiendo.
De haberlo sabido, no habrían dejado atrás una parte del diente del raptogón.
Con paso silencioso, el niño atravesó el suelo de la selva, cubierto de musgo, y se agachó para examinar el fragmento restante del diente. Tenía el tamaño de una puerta y estaba manchado de saliva seca del raptogón. El niño se permitió esbozar una leve sonrisa. Sí, serviría perfectamente. Levantó la mano izquierda y tocó la pantalla táctil que llevaba ajustada como una garra al dorso de la mano. En la distancia, otro motor se encendió en respuesta a su señal. Esperó, impaciente, a que su lanzadera de transporte atravesara la selva a toda velocidad para ir a buscarlo. Estaba ansioso por regresar a su nave principal, no había tiempo que perder. En cualquier momento, el Leopardo Nebuloso podría cambiar a velocidad gamma. Cuando así fuera, él estaría justo detrás.
El niño había permanecido escondido, esperando y siguiéndolos durante mucho tiempo.
Estaba harto.
Pronto, pensó, le llegaría la hora de desvelar su presencia. De mostrar a los miembros de aquella tripulación Alfa contra quién estaban compitiendo. No importaba ya que supieran que los seguía. No podían detenerle. Porque él sabía algo que ellos ignoraban: aunque estés siguiendo a alguien, aún puedes ir un paso por delante.

Dash Conroy examinó la pantalla táctil situada junto a la abertura en la pared, y con el dedo trazó la ruta que había planeado. Cada símbolo señalaba un cruce diferente en el enorme y enmarañado laberinto de tubos que recorrían la nave. Un solo movimiento equivocado y todo estaría perdido. Dash era el líder del equipo Alfa, el responsable de aquella misión y de cuanto sucedía a bordo del Leopardo Nebuloso. No se podía permitir ningún error.
Comprobó la ruta.
La volvió a comprobar.
Perfecto.
Dio unos toques a la pantalla, finalizando la introducción de datos. A continuación, rodeó con las manos la barra metálica horizontal instalada encima de la abertura.
Había llegado el momento.
La hora de la verdad.
Respiró hondo, se impulsó hacia arriba con un balanceo y entró en el tubo. Una ráfaga de aire lo arrastró y lo lanzó a toda prisa hacia el corazón del Leopardo Nebuloso.
—¡Aaaaaaaaaaah! —chilló Dash, pero el viento ahogó su chillido. Se desplazó en el aire por los túneles relucientes, incapaz de detenerse aunque lo quisiera. Ascendió a una rapidez vertiginosa; luego, giró bruscamente por una bifurcación e inició una bajada tan rápida y empinada que el estómago se le subió a la garganta. Era como el tobogán acuático más salvaje del mundo, excepto que en lugar de ir descendiendo a trompicones por agua gélida, se deslizaba sobre un colchón de aire templado. Dash torció a la derecha. Dio una vuelta de trescientos sesenta grados a la velocidad del rayo; luego, otra más; se lanzó en picado por otro brusco descenso y salió disparado del tubo como una bala de cañón. Aterrizó con un golpe exactamente donde había planeado, en la planta inferior del centro de entrenamiento de la nave.
Misión cumplida.
—¡Yujuuuu! —aclamó Dash al comprobar su tiempo. Un minuto, dos segundos. Un nuevo récord. Cinco kilómetros de tubería preparados para miles de rutas diferentes por toda la nave, y los miembros de la tripulación competían para encontrar la ruta más larga. Carly había conseguido cincuenta y dos segundos en su último trayecto, y Dash había dedicado horas a intentar derrotarla. Juntó las manos con fuerza encima de la cabeza como si fuera un boxeador profesional— ¡La victoria es mía!
Sí, Dash era el líder del equipo a cargo de una misión interestelar que recorría el espacio a velocidades superiores a la de la luz. Sí, ejercía el trabajo más importante del mundo; acaso de la galaxia. Y su trabajo, en realidad, equivalía a cuatro. Piper era la oficial sanitaria de la nave; Carly, la oficial de ciencia y tecnología; Gabriel era el piloto y navegador; y Dash tenía que saber todo cuanto ellos sabían. Por si acaso.
En los cincuenta y cinco días transcurridos desde que abandonaran el planeta J-16, había tenido que llevar a cabo numerosas tareas: memorizar los esquemas de la nave, practicar en el simulador de vuelo o estudiar sobre el próximo destino: el planeta Meta Prima.
Pero Dash tenía claras sus prioridades: siempre sacaba tiempo para navegar por los tubos.
—¡Un minuto, dos segundos! —exclamó elevando la voz—. ¡Récord en la nave, eso fijo! ¡Síííí!
—¡Ten cuidado la próxima vez! —replicó Piper a gritos—. ¡Por poco aterrizas encima de los ZRK!
—¿Qué? —de pronto, Dash cayó en la cuenta de que estaba rodeado por una nube de máquinas diminutas del tamaño de una pelota de golf. Zumbaban como un enjambre de abejas indignadas. O como un enjambre de robots en miniatura sobre el que había estado a punto de sentarse—. Uf, lo siento, chiquitajos.
El Leopardo Nebuloso no podía funcionar sin su flota de pequeños ZRK. Los hábiles robots preparaban la tecnología para la misión, reparaban los daños de la nave y realizaban cualquier otro servicio que la tripulación necesitara. Andar estorbando también se les daba de maravilla.
—No te olvides, los ZRK son gente como nosotros —añadió Piper. No se la veía por ningún lado—. Bueno, no en sentido literal.
—En realidad, en ningún sentido —puntualizó Dash. Miró a su alrededor intentando averiguar de dónde venía la voz de Piper, si bien no la encontró—. De todas formas, ¿dónde estás?
—¡Aquí arriba! —respondió Piper con un grito.
Dash levantó la vista.
Muy, muy arriba.
El centro de entrenamiento era un gigantesco atrio de dos plantas. Y, cómo no, allí estaba Piper, planeando por encima de una pasarela, a casi treinta metros del suelo. Esbozó una amplia sonrisa y saludó a Dash con la mano. La pasarela tenía menos de sesenta centímetros de anchura, pero Piper no parecía demasiado preocupada. Sabía que no se podía caer. Su silla flotante lo impediría.
Hasta los cinco años, Piper había sido como cualquier otra niña. Entonces ocurrió el accidente.
Aún recordaba lo que sintió cuando le dijeron que no volvería a caminar.
Aún recordaba lo que se sentía al caminar, porque caminaba en sueños.
Piper se decía a sí misma que no importaba. Era tan inteligente como los demás niños, tan valiente, tan capaz. ¿No lo había demostrado al haber sido seleccionada para aquella misión? Miles de niños de todos los rincones de la Tierra habían intentado conseguir un puesto en la nave espacial; eran los niños más listos, los más resistentes que el mundo podía ofrecer. Y, de entre todos, las personas al cargo la eligieron a ella.
La mejor parte de la misión era que brindaba la oportunidad de salvar al mundo. Pero sin lugar a dudas, en segundo lugar, lo mejor era su flamante silla de ruedas aerodeslizante, fabricada a medida. ¿A quién le importaba que Piper pudiera o no caminar? ¡Ahora podía volar!
Se había pasado la mañana recorriendo de un lado a otro la planta superior del centro de entrenamiento mientras observaba cómo trabajaban los ZRK y cómo jugaban sus compañeros de tripulación. Por muy divertidos que fueran los tubos, no se podían comparar con su silla flotante.
—¡Un nuevo récord en la nave! —volvió a felicitarse Dash mientras atravesaba la sala de entrenamiento en dirección a Gabriel y Carly, que habían acaparado la cancha de baloncesto. Ninguno de los dos se dio cuenta. Durante semanas, Gabriel y Carly habían protestado sobre su régimen de entrenamiento. Les resultaba aburrido hacer los mismos ejercicios un día tras otro. Entonces, a STEAM 6000, el robot de la nave, se le ocurrió algo diferente.
STEAM diseñó en exclusiva para ellos un juego de entrenamiento de realidad virtual. Parecía ser una combinación de baloncesto, esgrima, lacrosse y juegos malabares con fuego. Dash no acababa de entender las reglas, pero Carly y Gabriel llevaban días practicando. Provistos de voluminosas gafas negras de realidad virtual, esquivaban bolas de fuego y rayos imaginarios que nadie más podía ver.
Tenían una pinta completamente ridícula. Pero Dash se guardaba su opinión.
—¿Es que no dormís nunca, chicos? —les preguntó desde la zona segura de las líneas de banda.
Carly se agachó; luego, saltó por encima de una valla de carreras invisible. Dio una patada con la pierna derecha y, acto seguido, gruñó como si la hubieran golpeado en el estómago.
—No puedo dormir —respondió—. Estoy demasiado ocupada ganando las partidas.
—Pues ahora debes de estar dormida —bromeó Gabriel mientras se deslizaba hasta el suelo y rodeaba con las manos una bola invisible. La cogió con las yemas de los dedos y la lanzó hacia atrás en dirección a Carly—. Porque estás soñando.
—¿Cómo va el marcador? —se interesó Dash.
—¿Cómo vamos, Steamer? —preguntó Carly.
El robot entrenador no lo dudó.
—El marcador indica 62.094-61.997 a favor de Carly, ¡sí señor! Le está dando una paliza de miedo, ¡vaya que sí!
—¡Chúpate esa! —vociferó Carly, justo cuando Gabriel le lanzó a la cabeza un aluvión de algo. Dash ahogó una carcajada.
—Ahora, 62.098-62.094 a favor de Gabriel —rectificó STEAM—. ¡Es el rey del mundo, vaya que sí!
Carly hizo una mueca. Aunque apreciaba a Gabriel, le encantaba ganar.
—Gabe, vas a morder el polvo —amenazó.
Dash dedicó una sonrisa a ambos miembros de su tripulación. Nadie se imaginaría que eran dos de los niños de doce años más inteligentes de la Tierra, o que el destino del planeta se encontraba en sus manos.
En momentos así, resultaba fácil olvidarse de la misión que les habían encomendado. Olvidarse de que no les sería posible regresar a casa si no recogían todos y cada uno de los seis elementos, y que, si fallaban, se quedarían varados. Perdidos para siempre en el espacio, mientras los habitantes de la Tierra se iban quedando lentamente sin combustibles y energía hasta que el planeta entero se sumiera en la oscuridad.
A veces era bueno olvidar. Disfrutar del hecho de que se encontraba en una nave espacial de última generación, equipada con mesas de ping-pong y copias digitales de todas las películas que se habían hecho jamás. Pero en momentos como ese, momentos de diversión, también añoraba a su familia más que nunca. Su madre y su hermana pequeña, Abby, estaban solas en Orlando, Florida (EE.UU.). Las imaginaba contemplando por la ventana cómo la ciudad se oscurecía al extinguirse las luces durante el apagón eléctrico. O quizá levantaban la vista a las estrellas, preguntándose cuándo Dash regresaría a casa. Si es que regresaba a casa.
Dash se sentía orgulloso de liderar aquella misión; de arriesgarlo todo para salvar a su fam


