Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve.
Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente.
Yo ya sospechaba que algo iba mal porque unos días antes, al subir dos tramos de escalera persiguiendo a un tipo, había notado que me costaba respirar, como si cargase con unas pesas en el pecho. Había pasado un par de semanas bebiendo más de la cuenta, pero tuve claro que se trataba de algo más que eso. Me dio tanta rabia ese dolor repentino que le rompí la mano al tipo. Escupió algún diente y se quejó a Stan de que le parecía excesivo.
Pero es que siempre me han dado trabajo por eso. Porque soy excesivo.
Le conté a Stan lo del dolor en el pecho y me mandó a un médico que le debía cuarenta de los grandes.
Al salir de la consulta, saqué los cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y empecé a estrujar el paquete, pero decidí que no era un buen momento para dejarlo. Encendí uno allí mismo, en la acera, pero no me supo bien y el humo me hizo pensar en los hilos de algodón que se entretejían en mis pulmones. Los coches y autobuses circulaban a escasa velocidad y la luz del sol arrancaba destellos de sus cristales y de los cromados de las carrocerías. Con las gafas de sol puestas, era como si estuviese en el fondo del mar y los vehículos fueran peces. Imaginé un lugar mucho más oscuro y fresco, y los peces se convirtieron en sombras.
Un bocinazo me espabiló de golpe. Había sobrepasado el bordillo de la acera. Levanté una mano para parar un taxi.
Iba pensando en Loraine, una chica con la que salí hace tiempo, y en aquella noche que pasé despierto hablando con ella hasta el amanecer en una playa de Galveston, sentados en un lugar desde el que veíamos las gruesas columnas de humo blanco de las refinerías de petróleo ascendiendo a lo lejos como una carretera en dirección al sol. Habrían pasado unos diez u once años desde entonces. Supongo que ella siempre fue demasiado joven para mí.
Yo ya estaba furioso antes de los rayos X, porque la mujer a la que consideraba mi novia, Carmen, había empezado a acostarse con mi jefe, Stan Ptitko. Iba a verme con él en su bar. No era el mejor día. Pero uno no deja de ser quien es sólo porque le aparezca en los pulmones un torbellino de motas de jabón en polvo.
Nadie sale vivo de esto, pero al menos esperas que no te pongan una fecha límite. No tenía intención de contar a Stan, Angelo o Lou lo de mis pulmones. No quería que pasasen el rato en el bar hablando de mí cuando yo no estuviera delante. Riéndose.
Más allá de la ventanilla del taxi, llena de marcas de dedos, iba acercándose la parte alta de la ciudad. Algunos lugares se abren para dejarte entrar, pero en el caso de Nueva Orleans no había nada parecido a una entrada. La ciudad era un yunque sumergido, envuelto en su propia atmósfera. El sol resplandecía entre los edificios y los robles, y sentí en el rostro la luz y después la sombra, como proyectadas por una lámpara estroboscópica. Pensé en el culo de Carmen y en cómo volvía la cabeza para sonreírme por encima del hombro. Seguía pensando en Carmen, lo cual no tenía sentido porque estaba claro que, además de una zorra, era absolutamente desalmada. Cuando empezamos a salir, ella estaba con Angelo Medeiras. Supongo que más o menos se la birlé. Ahora salía con Stan. Angelo también trabajaba para él. Dar por hecho que estaría montándoselo con otros tíos a espaldas de Stan aliviaba mi sensación de agravio.
Intenté decidir a quién podía contar lo de mis pulmones, porque quería contárselo a alguien. La verdad es que es una cagada recibir una noticia así cuando tienes trabajo pendiente.
El bar se llamaba Stan’s Place y era un edificio de ladrillo visto con tejado de chapa, ventanas enrejadas y una puerta metálica abollada.
Dentro estaban sentados Lou Theriot, Jay Meires y un par de tipos a los que no conocía, gente mayor. El barman se llamaba George. Tenía la oreja izquierda vendada con gasa. Le pregunté dónde estaba Stan y él me indicó con un movimiento de cabeza la escalera que llevaba a la oficina. Como la puerta estaba cerrada, me senté en un taburete y pedí una cerveza. Pero entonces recordé que estaba muriéndome y opté por un Johnnie Walker etiqueta azul. Lou y Jay hablaban sobre un problema que tenían con uno de los corredores de apuestas. Lo supe porque había hecho ese trabajo durante unos cuantos años, cuando tenía veintipocos, y conozco la jerga. Cuando se dieron cuenta de que estaba escuchando, se callaron y me miraron. No quise ni sonreírles siquiera, y retomaron su conversación, pero bajando mucho la voz y manteniendo la cabeza gacha, para que no pudiese oír nada. Nunca les caí muy bien. Conocían a Carmen como camarera del local, ya antes de que empezase a salir con Stan, y creo que me tenían ojeriza por culpa de ella.
Además, tampoco les caía bien porque nunca acabé de encajar con el grupo. Stan me heredó de su antiguo jefe, Sam Gino, que a su vez me había heredado de Harper Robicheaux, y si estos tipos nunca me aceptaron del todo es más bien por mi culpa. Tenían un concepto de la moda propio de latinos cutres: chándales o camisas con doble puño y pelo engominado, mientras que yo llevo tejanos y camisetas con cazadora y botas de vaquero, como siempre he hecho, y me dejo melena y no me afeito la barba. Me llamo Roy Cady, pero Gino fue el causante de que todo el mundo empezase a llamarme Big Country, y siguen haciéndolo sin ningún cariño. Soy del este de Texas, del Triángulo de Oro, y estos chavales siempre me han considerado escoria, lo cual me parece bien, porque así me temen.
Tampoco es que tuviera demasiadas ganas de ascender en la organización.
En cambio, con Angelo siempre me había llevado bien. Antes del asunto de Carmen.
Se abrió la puerta de la oficina y salió Carmen, alisándose la falda y retocándose un poco el pelo, y al verme se quedó casi petrificada. Pero, como Stan salía tras ella, tuvo que echar a andar escaleras abajo y él la siguió, remetiéndose la parte trasera de la camisa en el pantalón. Sus pasos hicieron crujir los peldaños y Carmen encendió un cigarrillo antes de llegar al pie de la escalera. Se dirigió fumando hasta la otra punta del bar y pidió un zumo de pomelo con vodka.
Se me ocurrió un comentario de listillo, pero tuve que guardármelo.
Lo que más rabia me daba era que hubiera arruinado mi soledad. Yo había estado mucho tiempo a mi aire.
O sea, echaba un polvo cuando lo necesitaba, pero vivía solo.
Ahora, en cambio, ya no me contentaba con la soledad.
Stan saludó a Lou y Jay con una inclinación de cabeza, se acercó a mí y me dijo que Angelo y yo íbamos a tener trabajo esa noche. Tuve que esforzarme para parecer satisfecho con esa asignación de compañero. Stan tenía una de aquellas frentes polacas cuya parte inferior sobresalía como un peñasco y proyectaba su sombra sobre los ojos diminutos.
Me pasó un papelito y dijo:
—Jefferson Heights. Vais a hacerle una visita a Frank Sienkiewicz.
El nombre me sonaba, era el presidente o el antiguo presidente o el abogado de los trabajadores portuarios de la ciudad.
Los estibadores estaban supuestamente bajo escrutinio federal y se rumoreaba que iban a ser objeto de una investigación. Trajinaban contenedores para los socios de Stan y los sobornos mantenían vivo el sindicato, pero la verdad es que yo no sabía más que eso.
—Nadie debería acabar malherido —me advirtió Stan—. Ahora no quiero líos. —Se situó detrás de mi taburete y me puso una mano en el hombro. Yo siempre fui incapaz de descifrar esos ojillos aplastados bajo el saledizo de su frente, pero uno de los secretos de su éxito era, sin duda, la total ausencia de piedad de su rostro, con esos anchos pómulos eslavos sobre la boca prieta y sin apenas labios de saqueador cosaco. Si los soviéticos contaban de verdad con gente capaz de meterte el alambre de una percha al rojo vivo por el agujero de la polla, debían de ser tipos como Stanislaw Ptitko—. Necesito que ese tío entienda qué es lo correcto —añadió Stan—. Que ha de jugar para el equipo. Eso es todo.
—¿Y para eso necesito a Angelo?
—Llévatelo de todos modos. Prefiero ser precavido. —También me dijo que debía ocuparme de un cobro en la pequeña ciudad de Gretna antes de encontrarme con Angelo—. Así que procura no retrasarte —añadió, señalando con una inclinación de cabeza el Johnnie Walker que yo sostenía en la mano.
Stan se bebió un chupito de Stoli y deslizó el vaso hacia el barman. La venda de la oreja de George tenía una mancha amarillenta en el centro. Stan ni me miró mientras se arreglaba la corbata y me decía:
—Nada de pipas.
—¿Qué?
—¿Recuerdas aquel camionero del año pasado? No quiero que nadie acabe recibiendo un disparo porque alguien pierde los jodidos nervios. Así que te lo digo a ti y se lo digo a Angelo: dejad las pistolas. Que no me entere de que vais armados.
—¿El tipo estará allí?
—Sí, estará. Le he dicho que le mando un paquetito con unos regalos.
Stan se alejó y se detuvo junto a Carmen, la besó con ímpetu y le sobó una teta, y a mí me cruzó por la cabeza un impulso asesino. Después se marchó por la puerta trasera y Carmen se quedó allí fumando con aire aburrido. Pensé en lo que acababa de decirme Stan sobre no llevar armas.
De pronto me pareció una petición muy rara.
Carmen me miró con mala cara desde la otra punta de la barra y Lou y Jay se percataron y se pusieron a hablar con ella, comentándole lo relajado que parecía Stan cuando estaban juntos. Me di cuenta de que tenían razón y empecé a sentir como un pellizco, algo que provocaba en lo más profundo de mi corazón una punzada de desasosiego. Me acabé de un trago el Johnnie Walker y pedí otro.
Carmen tenía el cabello castaño claro, largo y recogido detrás, y la piel de su preciosa cara ahora se veía algo áspera, y se le acumulaba el maquillaje en las arrugas y líneas pequeñas, perceptibles sólo al mirarla de cerca. Me hizo pensar en la copa de un cóctel que alguien se ha bebido y en cuyo interior queda sólo una piel de lima aplastada entre restos de hielo.
Creo que el motivo por el que gustaba a los hombres era el alto nivel de carnalidad que desprendía. Sólo había que mirarla para saberlo: ésta está dispuesta a todo. Es sexy y no hay quien lo aguante.
Yo sabía que Carmen había hecho ciertas cosas de las que Angelo no tenía ni idea. Cosas tipo sexo en grupo. Y una vez me había propuesto traerse a otra chica, para añadir morbo.
A mí esos rollos no me iban. Yo tenía entonces una idea romántica que ahora encuentro fuera de lugar.
Creo que el engaño la motivaba más que el sexo. Como si tuviese alguna cuenta pendiente.
Aseguraba que yo le había pegado en una ocasión, pero nunca me lo he creído. Era bastante teatrera y le importaba más la interpretación que la verdad.
Aunque admito que mis recuerdos de la noche en cuestión no son muy claros.
Desde la barra, Lou le dijo a Carmen algo como:
—Está claro que sabes cómo hacer feliz a un hombre.
—Nadie podrá decir que no lo intento —le respondió ella.
Todos se rieron y el 38 que yo llevaba en los riñones pareció ponerse al rojo vivo. De nada me habría servido. Pero estaba cabreado y no quería morir tal como había insinuado el médico.
Dejé unos billetes en la barra y salí. Un par de noches atrás, puesto hasta las cejas de tequila, me había dejado la camioneta por ahí cerca, y ahí seguía, intacta, una enorme F-150 del 84. Estábamos en 1987 y en esa época me gustaban más esos modelos: cuadrados y robustos, máquinas recias, nada de juguetitos. Circulé por la autopista de Pontchartrain con la radio apagada y mis pensamientos zumbando como alas de abeja.
Gretna. Mientras recorría la calle Franklin me pregunté a partir de qué momento empezaría a hacer las cosas por última vez. Cada rayo de sol que golpeaba el parabrisas tras colarse entre los árboles que iba dejando atrás pedía a gritos que disfrutase de él, pero no puedo decir que lo hiciese. Intenté concebir la idea de dejar de existir, pero no tenía suficiente imaginación para lograrlo.
Tuve la misma sensación de asfixia y desamparo que cuando a los doce o trece años contemplaba los inacabables campos de algodón. Las mañanas de agosto con el saco de arpillera al hombro y el señor Beidle a caballo con su silbato, dirigiendo a los chicos de la casa de acogida. La desoladora sensación de que el trabajo era interminable. De que no vas a ganar. Después de una semana recogiendo algodón me percaté de las callosidades que se me habían formado en las manos el día en que, al caérseme un tenedor, descubrí que había perdido la sensibilidad en la yema de los dedos. Ahora me miré las durezas de los dedos, asidos al volante, y un hormigueo de rabia me hizo apretarlos. Tenía la sensación de ser víctima de un engaño. Y entonces pensé en Mary-Anne, mi madre. Era débil, una mujer inteligente empeñada en considerarse tonta. Pero no había ninguna necesidad de pensar en ella en ese momento.
Localicé la dirección que me había dado Stan, un decrépito edificio de apartamentos junto a una hilera de almacenes: ladrillo claro recubierto de grafitis, y malas hierbas ya muy crecidas que se mezclaban con las del solar contiguo. Chatarra con ruedas en el aparcamiento y ese aire impregnado de olor a gasolina y basura en descomposición que recorre Nueva Orleans.
El número 12. Segundo piso. Ned Skinner.
Pasé junto a su ventana y eché un vistazo al interior. Estaba oscuro y no percibí ningún movimiento. Deslicé la mano en el bolsillo en el que guardaba el puño de hierro y seguí avanzando por la galería. Bajé unas escaleras, fui hasta la parte trasera del edificio y comprobé las ventanas. La brisa agitaba las malas hierbas.
Volví a subir y llamé a su puerta. Todo el edificio parecía desierto: las persianas bajadas, ningún sonido de televisores o radios. Así que esperé un poco, eché un vistazo alrededor y al fin usé mi navaja para romper el marco en torno a la cerradura. La puerta era de madera barata y se astilló con facilidad.
Me colé y cerré la puerta. Un apartamento pequeño, con un par de muebles y porquería por todas partes: periódicos y una tonelada de viejos boletos de apuestas hípicas, envoltorios de comida rápida, un televisor con dial y la pantalla rota. La encimera estaba llena de botellas vacías de vodka barato. Siempre he detestado a los guarros.
Olía mal, una mezcla de mal aliento y sudor rancio. El moho y la suciedad se habían adueñado del cuarto de baño y había ropa tiesa por el suelo embaldosado. En el dormitorio tan sólo había un colchón en el suelo, con una maraña de sábanas ralas y amarillentas. Esparcidos por la moqueta, boletos de apuestas rotos en pedazos como flores cortadas.
En el suelo, junto a la cama, había una fotografía enmarcada boca abajo. La recogí: una mujer de cabello castaño con un niño pequeño, los dos bastante guapos, sonriendo y con la mirada resplandeciente. Parecía tener ya unos cuantos años. Se podía deducir por el peinado y la ropa de la mujer, y además el papel fotográfico era más grueso que el que se usaba habitualmente, con una textura similar al cuero, y daba la sensación de que el tiempo había descolorido las caras. Me la llevé a la sala de estar, quité de un manotazo una caja de pizza que había en una silla y me senté. Miré la fotografía y después el apartamento. Yo había vivido en sitios como ése.
Observé con atención las sonrisas de la foto.
Y entonces algo me rondó por la cabeza: una impresión o un fragmento de información, pero no conseguí asirlo del todo. La difusa sensación de algo que en algún momento había sentido o sabido, un recuerdo que no acababa de emerger. Seguí dándole vueltas, pero no logré rescatar nada concreto.
Aunque parecía a punto.
Los haces de luz que se filtraban a través de las persianas dibujaban sobre mi cuerpo las rayas de un anticuado uniforme de presidiario. Permanecí un buen rato en aquella silla, pero el tipo no apareció. Y visto lo que sucedió después, he llegado a considerar ese rato que pasé esperándolo como una línea de demarcación en las vidas de ambos, en la suya y en la mía.
Un momento en que las cosas hubiesen podido decantarse hacia un lado antes de torcerse hacia el contrario.
Me encontré con Angelo esa noche a las ocho en el Blue Horse, cerca de la calle Tchoupitoulas. Era una especie de bar de moteros y allí siempre me había sentido como en casa, más que en el Stan’s Place.
Primero había pasado por mi caravana. Me rondaba una idea que tal vez fuera un poco paranoica, pero había empezado a darle vueltas cuando Stan me dijo que no lleváramos armas. Me preguntaba por qué me había dicho eso cuando resulta que soy un profesional, no un sicario de medio pelo. Y por qué ese empeño en que lo hiciera con Angelo. Se me ocurrió que estaba tendiéndome una trampa para que Angelo me liquidase. Tal vez tanto él como Stan querían vengarse por algo relacionado con Carmen. Quizá creían que la había zurrado. O simplemente no querían verme merodeando por ahí después de habérmela follado. O qué sé yo.
Sólo quiero decir que algo no cuadraba. Aunque yo mismo dudara de mi intuición, estaba decidido a prestarle atención. Así que cogí el puño de hierro y la porra extensible, pero también me metí el Colt Mustang del 38, mi favorito, en una bota. Y además me até un estilete con resorte en el antebrazo. Llevaba años sin usar ese artilugio, pero le puse un poco de Tres-en-Uno y lo probé con la cazadora puesta; en cuanto arqueé la muñeca, la hoja salió disparada hacia mi mano como la punta de un relámpago.
Sin embargo, Angelo me desconcertó cuando nos encontramos en el bar. Se volvió en su taburete y me tendió la mano. Tenía cara de alma en pena y de haber estado empinando el codo, así que se la estreché, con mucho cuidado de no arquear la muñeca.
—¿Estás preparado para hacerlo? —le pregunté.
—Deja que me acabe esto. —Se volvió de nuevo hacia la barra y bebió un trago de whisky con soda. El tupé raleaba y mostraba con claridad sus entradas, y ataviado con ese chándal negro se lo veía tan fuera de lugar como a mí en Stan’s. Me senté a su lado y me entretuve contemplando las botellas.
Me miró con lo que yo describiría como una tristeza sin límites, como si a duras penas pudiese seguir allí sentado y no supiera qué hacer con su vida, mientras agitaba una pierna en un vaivén nervioso y se toqueteaba las uñas. De pronto caí en la cuenta.
—¿Problemas? —le pregunté.
—¿Sabes lo de Stan y Carmen? —dijo.
—Sí, por supuesto.
Me fulminó con la mirada.
—A la mierda —sentencié. Mientras contemplaba las botellas me acordé de mi cáncer—. Un Johnnie Walker etiqueta azul doble.
El trago costaba cuarenta dólares. Me bajó por la garganta ardiente y aterciopelado, y al expandir su calidez por mi pecho le transmitió algo de vida.
—Ella sólo es una... —murmuró Angelo.
—¿Qué? —dije yo.
—Cómo puede... ¿por qué? ¿Por qué con él? Ya sabemos lo que cuentan de él.
—Ella no es precisamente un ejemplo de pureza. Vamos, que es una zorra.
—No digas eso. No quiero hablar así de ella.
—Entonces, no hables de ella —le aconsejé—. Al menos conmigo.
Vi con el rabillo del ojo que me miraba indignado.
El otro aspecto de Carmen que seducía a los hombres es que era lista, o en todo caso astuta, y entendía nuestro modo de pensar. No se la podía despreciar como una simple tía buena boba. Creo que muchos tipos la consideraban más lista que ellos, y eso puede resultar bastante excitante. Me eché al gaznate el último trago del fantástico whisky y me volví hacia Angelo.
—¿Estás listo?
Casi pensé que iba a pegarme un tiro allí mismo, pero suspiró y asintió, dándose por vencido, se incorporó y tuvo que hacer un esfuerzo por mantener el equilibrio. No me había percatado de que estaba tan bebido y ahora me preocupé un poco al pensar en el hombre de Jefferson Heights, Sienkiewicz.
—Conduce tú —me dijo.
Al encender el motor, mi camioneta se agitó como un perro sacudiéndose el agua y por la radio sonó una voz en mitad de un comentario sobre la expulsión de Jim Bakker del sacerdocio. Angelo iba sentado como si se hubiera deshinchado. Volví a comprobar las señas y enfilé por Napoleón en dirección norte hasta la 90.
Angelo se inclinó hacia delante y apagó la radio.
—¿Te acuerdas? —me dijo con voz de curda—. ¿Te acuerdas, hace años, cuando machacamos a aquellos chavales que vendían en Audubon Park?
Tuve que pensar un rato.
—Sí.
—Tío, aquel chaval que se puso a llorar. ¿Te acuerdas?... Quiero decir, todavía no les habíamos hecho nada. Y aquellas lágrimas... —Se rió entre dientes.
—Me acuerdo.
—«Por favor, lo hago sólo para pagarme la universidad.»
—Y tanto.
—Y tú le dijiste: «La universidad es esto.» —Se calló un momento y se reacomodó en el asiento—. ¿Recuerdas esa bolsa?
—Claro que sí.
Hacía cinco años de eso, justo cuando yo acababa de incorporarme al equipo de Stan. El chaval llevaba una mochila con cuatro mil dólares y unas cuantas bolsitas pequeñas de congelar, llenas de coca.
—¿Recuerdas lo que hicimos? —me preguntó Angelo.
—Se la entregamos a Stan.
—Sí. —Se volvió de cara a mí, con las manos lacias en el regazo—. Sé que tú pensaste lo mismo que yo. Que habríamos podido repartírnoslo. Que Stan no tenía por qué saberlo.
Su voz débil y oscilante se fundía con los faros de los coches que impactaban en el parabrisas.
—Pero no nos fiábamos el uno del otro —continuó—. Los dos pensamos lo mismo. Pero no nos teníamos confianza.
Lo miré fugazmente y respiré hondo.
—¿Adónde quieres ir a parar?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. Es sólo que... Le he dado algunas vueltas. O sea, ¿de qué me ha servido? ¿Y de qué te ha servido a ti? Tengo cuarenta y tres, tío.
Era como si esperase encontrar en mí un colega, pero yo no le reconocía ese derecho. Además, era bastante lamentable tener que escuchar a aquel italiano seboso intentando hablar de sus sentimientos cuando ni siquiera disponía del vocabulario para designarlos.
Quejándose de su vida cuando a mí ya me estaban tomando las medidas para el ataúd.
—¿Por qué no intentas concentrarte? —le dije.
—Sa.
Se quedó mirando por la ventanilla y yo puse una cinta de Billy Joe Shaver, que sabía que Angelo detestaba, pero no dijo ni pío sobre la música.
Me sentía un poco culpable, porque tenía más o menos planeado pegarle un navajazo en la yugular esa misma noche, pero eso habría sido como patear a un tullido. Hace falta una buena razón para hacerlo.
Me gusta jugar limpio.
Es decir: si me pasan tu nombre anotado en un papelito es porque algo has hecho para que te pongan en mis manos. Algo que no deberías haber hecho.
En cualquier caso, Angelo siguió mirando por la ventanilla y suspirando como una colegiala mientras yo percibía la vibración de la guitarra a través de los altavoces y sentía un hormigueo en los empastes dentales. Al cabo de un rato di con la casa, un edificio victoriano en la avenida Newman, con un jardín protegido por una verja coronada con puntas de lanza de hierro forjado. Dimos varias vueltas a la manzana, ampliando el perímetro cada vez para comprobar si el lugar estaba vigilado. Aparqué la camioneta en la calle Central para poder deslizarnos entre las casas sin ser detectados.
Comprobé mis armas y me guardé el pasamontañas en el bolsillo de la cazadora. Angelo empezó a ponerse el suyo, pero le dije que aguardase hasta que llegáramos a la casa, un procedimiento que él conocía perfectamente, pero actuaba como si no fuese capaz ni de anudarse los cordones de los zapatos, y estuve a punto de decirle que me esperase en el coche. Pero eso no iba a funcionar, así que los dos cruzamos sigilosamente los jardines hasta el otro lado. En Newman había una única farola encendida y quedaba lejos del lugar al que nos dirigíamos. No se oía ningún perro y todas las luces de la casa estaban apagadas.
Le dije que llamase a la puerta principal, que yo iría por detrás.
Me puse el pasamontañas, coloqué las manos entre los barrotes, salté la verja y atravesé un silencioso patio trasero con un pequeño estanque de piedra en el que el agua, al gotear, emitía un sonido relajante e inesperado. Subí los escalones que llevaban a la puerta trasera y, aunque en ese momento no reparé en ello, debería haberme fijado en que ni siquiera había una de esas luces que se encienden solas al detectar movimiento. No me había percatado de que, de todas las casas de la ca
