En un país extraño 1 (Serie Thomas Kell 1)

Charles Cumming

Fragmento

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Contenido

Portada

Dedicatoria

Lema

TÚNEZ, 1978

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EL PRESENTE

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BEUNE, TRES SEMANAS DESPUÉS

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AGRADECIMIENTOS

CRÉDITOS

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A Carolyn Hanbury

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—Hay una cosa que debe tener en cuenta antes de empezar su trabajo. Si lo hace bien, nadie le dará las gracias; y si necesita ayuda, nadie se la proporcionará. ¿Está usted de acuerdo?

—Completamente.

—Entonces, que pase una buena tarde.

W. SOMERSET MAUGHAM,
Ashenden o el agente secreto

El pasado es un país extraño: allí las cosas se hacen de otra manera.

L. P. HARTLEY, El mensajero

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TÚNEZ, 1978

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1

Jean-Marc Daumal despertó con el alboroto de la llamada a la oración y con el llanto de sus hijos. Acababan de dar las siete de la mañana, y el ambiente tunecino era sofocante. Durante un momento, mientras sus ojos se adaptaban a la luz del sol, Daumal se permitió olvidar que se hallaba en una situación lamentable, pero el recuerdo lo asaltó de pronto, como si se hubiera quedado sin aire. A punto de gritar de la desesperación, permaneció contemplando las grietas del techo encalado; un hombre casado de cuarenta y un años a merced de un corazón roto.

Amelia Weldon se había marchado seis días antes. Sin previo aviso, sin motivos, sin dejar una nota. Estaba cuidando de sus hijos en el chalet —preparándoles la cena, leyéndoles un cuento en la cama— y, de pronto, había desaparecido. El sábado al amanecer, Céline, esposa de Jean-Marc, había descubierto que en el dormitorio de la au pair no quedaba ninguna de sus pertenencias, las maletas de Amelia no estaban en el armario y en las paredes ya no se veían sus fotos y sus pósteres. La caja fuerte que la familia tenía en el cuarto de la lavadora estaba cerrada, pero dentro faltaban el pasaporte y el collar que la joven había guardado en ella. En el puerto de La Goulette no tenían constancia de que una británica de veinte años que se ajustase a la descripción de Amelia hubiera embarcado en el ferry hacia Europa, y en ninguna de las compañías aéreas europeas que volaban desde Túnez había viajado una Amelia Weldon. Ninguno de los hoteles u hostales tenía una huésped registrada con ese nombre, y ni los estudiantes de rostro juvenil ni los expatriados con los que ella se había relacionado en Túnez parecían saber nada sobre su paradero. Interpretando el papel de empleador preocupado, Jean-Marc había acudido a informarse a la embajada británica; también había enviado un télex a la agencia de París que había gestionado el puesto de Amelia, y telefoneado a su hermano en Oxford. Al parecer, nadie era capaz de desentrañar el misterio de su desaparición. El único consuelo de Jean-Marc era que no hubiese aparecido su cadáver en ningún callejón de Túnez o de Cartago y que no hubiese ingresado en ningún hospital, lo cual le habría obligado a asimilar que la había perdido para siempre. Por lo demás, se sentía absolutamente abandonado. La mujer que le había infligido la tortura exquisita de la infatuación amorosa se había desvanecido como un eco en la noche.

Los niños no dejaban de llorar. Jean-Marc retiró la sábana blanca que le cubría el cuerpo y se sentó en la cama para masajearse un dolor que tenía en los riñones. Oyó a Céline: «Thibaud, te lo digo por última vez: no vas a ver los dibujos hasta que te acabes el desayuno», y necesitó toda su fuerza de voluntad para no levantarse, ir a la cocina dando zancadas y, enfurecido, pegarle un buen cachete a su hijo a través de los pantalones cortos del pijama de Astérix. Lo que hizo fue beber agua del vaso medio vacío que tenía en la mesita de noche, descorrer las cortinas y salir al balcón del primer piso a contemplar los tejados de La Marsa. Un buque cisterna avanzaba hacia el este por el horizonte, a dos días de Suez. ¿Era posible que Amelia hubiese partido en una embarcación privada? Sabía que Guttmann tenía un yate en Hammamet: el judío estadounidense y adinerado, con sus contactos y privilegios y, según los rumores, sus vínculos con el Mosad. Daumal había visto cómo miraba a Amelia: un hombre a quien nunca le había faltado nada deseaba cobrarse esa presa. ¿Se la había quitado él? Lo cierto era que no tenía ninguna prueba que justificase esos celos infundados, sólo el miedo de los cornudos a la humillación. Aturdido por la falta de sueño, Daumal se acomodó en una silla de plástico del balcón. De un jardín vecino le llegaba el olor a pan recién horneado. A dos metros de él, cerca de la ventana, vio un paquete a medio acabar de Mars légères; encendió uno con mano firme y, a la primera bocanada de humo, se puso a toser.

Pasos en el dormitorio. Los niños habían parado de llorar. Céline apareció en la puerta del balcón y dijo:

—Estás despierto.

El tono logró hacerle sentir aún menos simpatía por su esposa. Sabía que lo culpaba de lo sucedido, pero ella no conocía la verdad. De haberla intuido, quizá habría llegado al extremo de consolarlo; al fin y al cabo, su padre se había relacionado con muchísimas mujeres durante su matrimonio. Se preguntó por qué Céline no se había limitado a despedir a Amelia. Al menos eso le habría ahorrado esa fase de dolor, pero a veces le daba la impresión de que quería torturarlo manteniéndola en casa.

—Estoy despierto —contestó.

Sin embargo, Céline ya se había ido y se había encerrado en el cuarto de baño para darse la ritual ducha de agua fría, en la que se frotaba el cuerpo, transformado tras el nacimiento de sus hijos, que Jean-Marc había acabado por encontrar tan repulsivo. Apagó el cigarrillo, regresó a la habitación, halló la bata tirada en el suelo y bajó a la cocina.

Fatima, una de las dos empleadas que su empresa francesa había asignado a la residencia Daumal como parte del paquete para expatriados, estaba poniéndose el delantal. Jean-Marc no le prestó atención y, al ver la cafetera en el fogón, se preparó un café au lait. Thibaud y Lola soltaban risitas en la sala contigua, pero no tenía ganas de verlos. Se sentó en su despacho con la puerta cerrada y bebió un sorbo del tazón de café. Todas las habitaciones, todos los olores, todas las idiosincrasias del chalet contenían algún recuerdo de Amelia. En aquel despacho se habían dado su primer beso. Bajo las adelfas que había detrás de la casa y que ahora veía desde la ventana habían hecho el amor por primera vez, a altas horas de la noche, mientras Céline dormía en el interior, ajena del todo a lo que ocurría. Más adelante, Jean-Marc había empezado a arriesgarse de forma vergonzosa y salía a hurtadillas de su dormitorio a las dos o las tres de la madrugada para estar con Amelia, abrazarla, devorarla, tocar y manipular un cuerpo que lo embriagaba hasta tal punto que incluso al recordarlo se echó a reír. Pero entonces se oyó a sí mismo pensando en eso y se dio cuenta de que era poco más que un necio romántico y autocompasivo. Había estado a punto de confesar muchas veces, de contarle a Céline hasta el último secreto de su idilio: las habitaciones que habían alquilado en los hoteles de Túnez, los cinco días de abril que habían pasado en Sfax mientras ella estaba en Beaune con los niños. Jean-Marc sabía, como había sabido siempre, que disfrutaba mintiendo a su esposa: era su retribución por el inmovilismo y el hastío de su relación. Gracias a esas mentiras, él mantenía la cordura. Y Amelia comprendía esa circunstancia. Quizá fuera eso lo que los había unido: la aptitud que compartían para el engaño. A él lo asombraba la facilidad con la que ella ingeniaba sus indiscreciones y eliminaba todo rastro para que Céline no sospechase lo que se traían entre manos. Durante el desayuno decía mentiras maliciosas —«Sí, gracias, he dormido muy bien»— y las combinaba con una indiferencia muy estudiada hacia él siempre que estaban en presencia de su esposa. La idea de pagar las habitaciones de hotel en metálico para evitar que apareciese cualquier transacción sospechosa en el extracto del banco había sido de Amelia. Y también había dejado de ponerse perfume para que la fragancia de Hermès Calèche no llegase hasta el lecho matrimonial. A Jean-Marc no le quedaba la menor duda de que aquellos juegos clandestinos proporcionaban una gran satisfacción a Amelia.

Sonó el teléfono. Como era extraño que recibiesen llamadas antes de las ocho de la mañana, Jean-Marc dio por hecho que ella trataba de contactar con él. Cogió el auricular y saludó casi con desesperación:

—Oui?

Le contestó una mujer con acento estadounidense.

—¿John Mark?

Era la esposa de Guttmann. La heredera wasp, hija de senador, miembro de una familia cuyo dinero dejaba un rastro apestoso que llegaba hasta el Mayflower.

—¿Joan?

—Sí, soy yo. ¿Llamo en mal momento?

No tuvo tiempo de lamentar que la mujer diese por sentado, como si tal cosa, que todas sus conversaciones debían llevarse a cabo en inglés. Ni Joan ni su marido se habían molestado en aprender tan siquiera los rudimentos del francés, sólo el árabe.

—No, no es mal momento. Estaba a punto de irme al trabajo. —Supuso que Joan querría quedar para pasar el día con sus hijos en la playa—. ¿Quieres hablar con Céline?

Una pausa. La voz de Joan perdió parte de su acostumbrada energía y sonó formal, incluso triste.

—De hecho, John Mark, quería hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Se trata de Amelia.

Joan lo sabía. Había descubierto su aventura. ¿Pretendía ponerlo en evidencia?

—¿Qué pasa con ella?

Su tono de voz se había vuelto hostil.

—Me ha pedido que te dé un mensaje.

—¿La has visto?

Fue como enterarse de que un pariente a quien habían dado por muerto estaba sano y salvo. En ese instante tuvo la certeza de que regresaría con él.

—Sí, la he visto —respondió Joan—. Está preocupada por ti.

Daumal se habría abalanzado sobre aquella expresión de devoción como un perro sobre un hueso de no haber sido necesario mantener la mentira.

—Bueno, sí, Céline y los niños están muy preocupados. Amelia estaba aquí con ellos y de repente desapareció...

—No. No es por Céline. Ni por tus hijos. Le preocupas tú.

Sintió que el soplo de esperanza lo abandonaba. Una puerta se cerraba con la corriente.

—¿Se preocupa por mí? No te entiendo.

Otra pausa prudente. Joan y Amelia siempre se habían llevado muy bien. Del mismo modo que Guttmann la había atrapado con su encanto y su dinero, Joan había interpretado el papel de afectuosa hermana mayor, modelo de elegancia y sofisticación al que quizá algún día Amelia aspirase.

—Creo que sí me entiendes, John Mark.

Lo habían descubierto, habían destapado el romance. Todo el mundo sabía que Jean-Marc Daumal se había enamorado de una au pair de veinte años, que el enamoramiento era ridículo e irremediable. Sería el hazmerreír de la comunidad de expatriados.

—Quería hablar contigo antes de que te fueras a trabajar. Y asegurarte que nadie está al tanto de esto. No he hablado con David y no pienso decirle nada a Céline.

—Gracias —respondió Jean-Marc en voz baja.

—Amelia se ha ido de Túnez. Anoche, para ser exactos. Tiene intención de viajar durante un tiempo y quería que te dijese que siente mucho cómo han acabado las cosas. No pretendía hacerte daño ni abandonar a tu familia de este modo. Te tiene en muy alta estima. Comprendes que era demasiado para ella, ¿verdad? Tenía el corazón confundido. ¿Entiendes lo que estoy diciendo, Jean-Marc?

—Sí, te entiendo.

—En ese caso, podrías decirle a Céline que era Amelia, que llamaba desde el aeropuerto. Cuéntales a tus hijos que no regresará.

—Eso haré.

—Creo que es lo mejor, ¿no estás de acuerdo? Será preferible que te olvides de ella.

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EL PRESENTE

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2

Philippe y Jeannine Malot, del número 79 de la rue Pelleport de París, llevaban más de un año planeando las vacaciones de sus sueños en Egipto. Philippe, que se había jubilado poco antes, había ahorrado tres mil euros y había encontrado una compañía aérea dispuesta a llevarlos a El Cairo (si bien a las seis de la mañana) por menos de lo que costaba el viaje de ida y vuelta en taxi al aeropuerto Charles de Gaulle. Habían buscado en internet los mejores hoteles de El Cairo y de Luxor, y conseguido un descuento para pensionistas en un centro vacacional de lujo de Sharm el-Sheij, donde planeaban relajarse los cinco últimos días del viaje.

Los Malot llegaron a El Cairo una tarde húmeda de verano e hicieron el amor en cuanto pudieron cerrar la puerta de la habitación del hotel. Después, Jeannine se dispuso a deshacer las maletas mientras Philippe se quedaba en la cama a leer Akhenatón: El rey hereje, una novela de Naguib Mahfuz que no le estaba convenciendo. Tras un paseo corto por el vecindario, cenaron en uno de los tres restaurantes del hotel, y antes de medianoche se durmieron arrullados por el sonido amortiguado del tráfico cairota.

A continuación se sucedieron tres días agradables, aunque agotadores. A pesar de tener ciertas molestias estomacales, Jeannine consiguió pasar cinco horas boquiabierta en el museo egipcio, donde admitió que los tesoros de Tutankamón la habían sobrecogido. La segunda mañana de sus vacaciones, los Malot cogieron un taxi poco después de desayunar y se quedaron pasmados —como todos los visitantes primerizos— al ver las pirámides alzándose a poco más de cien metros de un barrio anodino de las afueras de la ciudad. Acosados por los vendedores de baratijas y por los guías de medio pelo, completaron el circuito de la zona en un par de horas y le pidieron a un turista alemán que les tomara una foto delante de la esfinge. Jeannine tenía muchas ganas de visitar la pirámide de Keops, pero lo hizo sola porque Philippe sufría de claustrofobia leve y un compañero de trabajo le había advertido de que el interior era estrecho y el ambiente, sofocante. Llena de júbilo por haber sido testigo de un fenómeno que la había cautivado desde la infancia, Jeannine pagó a un egipcio el equivalente de quince euros por un paseo breve en un camello que no había dejado de quejarse en todo el camino y olía mucho a gasoil. Al día siguiente, tratando de organizar las fotografías de la cámara digital durante la comida, borró sin querer la foto de su marido subido a la bestia.

Siguiendo la recomendación de un artículo de una revista francesa de tendencias, viajaron a Luxor en el tren nocturno y reservaron una habitación en el Winter Palace, si bien se alojaron en el Pavilion, el anexo de cuatro estrellas que se había añadido al hotel colonial original. Una empresa de turismo con gran iniciativa ofrecía unos paseos en burro hasta el Valle de los Reyes que salían de Luxor a las cinco de la madrugada. Los Malot no faltaron a la cita y presenciaron un amanecer espectacular en el templo de Hatshepsut poco después de las seis. Luego disfrutaron de lo que más tarde coincidirían en señalar como el mejor día de las vacaciones: una excursión a los templos de Dendera y Abydos. La última tarde en Luxor, Philippe y Jeannine tomaron un taxi hasta el templo de Karnak y permanecieron allí hasta la noche para ver el famoso espectáculo de luz y sonido. Philippe se durmió a los tres minutos del inicio.

El martes ya estaban en Sharm el-Sheij, en la península del Sinaí. El hotel contaba con tres piscinas, peluquería, dos coctelerías, nueve pistas de tenis y suficientes guardias de seguridad para disuadir a todo un ejército de fanáticos islamistas. Esa primera noche, los Malot decidieron dar un paseo por la playa. A pesar de que el hotel estaba al cien por cien de su ocupación, no vieron a ningún otro turista a la luz de la luna mientras bajaban desde el paseo de cemento del perímetro del hotel hasta la arena de la playa, aún caliente.

Más tarde se estimó que los habían atacado al menos tres hombres, cada uno de ellos armado con una navaja y una barra de metal. En la refriega le habían roto el collar a Jeannine, y las perlas se habían esparcido por la arena. También le habían quitado la alianza de oro del dedo. Philippe tenía una cuerda atada al cuello y uno de los hombres había tirado de él mientras otro asaltante le rebanaba el pescuezo y lo apuñalaba repetidas veces en el torso y en las piernas. Se había desangrado en cuestión de minutos. El pedazo de sábana que le habían metido en la boca a Jeannine sofocó sus chillidos. Ella también tenía la garganta cortada y los brazos amoratados. Le habían golpeado el vientre y las caderas varias veces con una barra metálica.

Una pareja de jóvenes canadienses que estaban de luna de miel en un hotel cercano se percataron del jaleo y oyeron los gritos apagados de madame Malot, pero a la luz de la luna menguante no alcanzaron a ver lo que estaba sucediendo. Cuando llegaron al lugar, los hombres que habían atacado y asesinado a los ancianos franceses habían desaparecido en la oscuridad, dejando atrás una escena de devastación que las autoridades egipcias se apresuraron a calificar como un acto de violencia aleatoria que había sido perpetrado por unos desconocidos y que «muy difícilmente podría repetirse».

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3

Agarrar a alguien en la calle era tan fácil como encender un cigarrillo, según le habían dicho, y mientras esperaba en la furgoneta, Akim Errachidi sabía que él tenía huevos para llevarlo a cabo.

Era un lunes por la noche de finales de julio. Le habían asignado un sobrenombre al objetivo —HOLST— y llevaban catorce días vigilando sus movimientos. Teléfono, correo electrónico, dormitorio, coche: el equipo lo tenía todo cubierto. Akim les reconocía ese mérito a los responsables: eran meticulosos y trabajaban con gran resolución; habían anticipado todos los detalles. Ahora trataba con profesionales y, sí, la verdad era que se notaba la diferencia.

A su lado, sentado al volante de la furgoneta, Slimane Nassah tamborileaba con los dedos al ritmo del R&B que sonaba en RFM y le contaba, con todo lujo de detalles, lo que quería hacerle a Beyoncé Knowles.

—Vaya culo, tío. Cinco minutos con ese culito, no me hacen falta más.

Imitó la forma con las manos y se lo acercó a los vaivenes que estaba dibujando con la entrepierna. Akim se rió.

—Quita esa mierda —ordenó el jefe. Estaba agachado junto a la puerta lateral, listo para salir de un brinco. Slimane apagó la radio—. HOLST a la vista. Treinta segundos.

Fue tal como le habían dicho. La calle oscura, un atajo muy conocido, casi todo París en la cama. Akim vio al objetivo al otro lado de la calle, a punto de cruzarla junto al buzón de correos.

—Diez segundos. —El jefe en todo su esplendor—. Recordad: no quiero heridos.

Akim sabía que el truco era actuar cuanto más rápido mejor y hacer el mínimo ruido posible. En las películas, sin embargo, siempre era al revés: asaltos relámpago perpetrados por una unidad de élite que irrumpía a través de una pared y lanzaba granadas aturdidoras con los rifles de asalto de color negro azabache cargados al hombro. «Pero nosotros no —había dicho el jefe—. Nosotros actuamos en silencio y con fluidez. Abrimos la puerta, nos ponemos detrás de HOLST y nos aseguramos de que nadie nos vea.»

—Cinco segundos.

Akim oyó a la mujer decir «despejado» por radio. Eso significaba que desde la furgoneta no se veía a ningún civil.

—OK. Adelante.

Esa parte de la operación tenía cierta belleza coreográfica. Justo cuando HOLST pasaba sin prisa por delante de la puerta de Akim, ocurrieron tres cosas de forma simultánea: Slimane encendió el motor, Akim salió del vehículo y el jefe abrió la puerta corredera del lateral de la furgoneta. Si el objetivo sabía lo que estaba pasando, no dio ninguna muestra de ello. Akim le rodeó el cuello con el brazo izquierdo, le tapó la boca abierta con la mano y, con el brazo derecho, lo levantó del suelo y lo metió en la furgoneta. El jefe se encargó del resto: lo agarró por las piernas y tiró de ellas hacia dentro. Akim entró detrás de ellos y deslizó la puerta, tal como había ensayado tantas veces. Empujaron al prisionero al suelo. Oyó que el jefe decía: «Vamos», en un tono tan tranquilo y controlado como si estuviera comprando un billete de tren, y Slimane salió con el vehículo a la calzada.

En total, habían tardado algo menos de veinte segundos.

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4

Thomas Kell despertó en una cama ajena, en una casa ajena, en una ciudad de sobra conocida. Eran las once de la mañana, agosto, el octavo mes de su retiro forzado del Servicio Secreto de Inteligencia. Un hombre de cuarenta y dos años separado de su esposa de cuarenta y tres, y con una resaca comparable en grado e intensidad con la reproducción de Jackson Pollock que colgaba de la pared de ese dormitorio temporal.

¿Dónde narices estaba? Kell tenía algún recuerdo poco fiable de una celebración de cuarenta cumpleaños en Kensington, un taxi abarrotado de camino a un bar en Dean Street, un club en lo más profundo de la selva de Hackney... Después de eso, la noche era un fundido a negro.

Apartó el edredón y vio que había dormido medio vestido. En un rincón de la habitación había una pila de juguetes y de revistas. Se levantó como pudo, buscó en vano un vaso de agua y abrió las cortinas. Tenía la boca seca y, mientras se acostumbraba a la luz, era como si le apretasen la cabeza con una abrazadera metálica.

Era una mañana gris de ambiente estancado y húmedo. Según podía ver, estaba en el primer piso de una casa adosada de ubicación indeterminada, en una calle residencial tranquila. En el jardín de delante había una bicicleta rosa atada con una cadena negra, gruesa como una pitón. A unos cien metros, un aprendiz de la autoescuela Jackie’s School of Motoring había calado el motor del coche tratando de girar en mitad de la calle. Kell cerró las cortinas y aguzó el oído para identificar señales de vida en la casa. Poco a poco, como una anécdota medio olvidada, los fragmentos de la noche anterior comenzaron a recomponerse. Bandejas de chupitos: absenta y tequila. Bailes en un sótano de techos bajos. Había conocido a un grupo numeroso de estudiantes checos y había mantenido una conversación muy larga sobre Mad Men y Don Draper. Kell estaba bastante seguro de que en cierto momento había compartido un taxi con un tipo enorme llamado Zoltan. Las lagunas del alcohol habían sido un elemento habitual de su juventud, pero hacía muchos años que no despertaba sin recordar casi nada de lo ocurrido la noche anterior. A lo largo de veinte años en el mundo de los secretos había aprendido la ventaja de ser el que permanecía en pie al final.

Estaba buscando los pantalones cuando le sonó el móvil. Era un número oculto.

—¿Tom?

En un primer momento, y a través de la neblina de la resaca, Kell no reconoció la voz. Pero entonces le vino a la cabeza esa cadencia conocida.

—¿Jimmy? Madre mía.

Jimmy Marquand era un antiguo compañero de Kell y, ahora, uno de los sumos sacerdotes del SSI. Su mano era la última que había estrechado antes de marcharse de Vauxhall Cross una fría mañana de diciembre, ocho meses antes.

—Tenemos un problema.

—¿Directo al grano? —comentó Kell—. ¿No quieres saber qué tal me va la vida en el sector privado?

—Es un asunto serio, Tom. He caminado casi un kilómetro hasta una cabina de Lambeth para que no rastreen la llamada. Necesito que me ayudes.

—¿Es personal o profesional?

Kell encontró los pantalones debajo de una manta, en el respaldo de una silla.

—Hemos perdido a la jefa.

Se detuvo en seco. Estiró el brazo y apoyó la mano en la pared del dormitorio. De pronto estaba tan sobrio y lúcido como un niño.

—¿Perdona?

—Ha desaparecido. Hace ya cinco días. Nadie tiene una idea fiable de adónde narices ha ido ni de qué le ha pasado.

—¿La jefa?

Hacía tiempo que la brigada del MI6 contraria a Stella Rimington tenía alergia a la mera idea de hacer jefa a una mujer. Que la cohorte de residentes de Vauxhall Cross —formada en su totalidad por hombres— hubiera permitido al fin que una mujer fuese designada para el puesto más prestigioso de la inteligencia británica era casi imposible de creer.

—¿Cuándo ha sido eso?

—Hay muchas cosas que no sabes —respondió Marquand—. Ha habido varios cambios. No puedo contarte más si seguimos hablando así.

«Entonces ¿para qué me llamas? —pensó Kell—. ¿Quieren que regrese después de todo lo que ha sucedido? ¿Que escurramos el bulto de Kabul y Yassin?»

—No pienso trabajar para George Truscott —advirtió, para ahorrarle a Marquand la molestia de hacerle la pregunta—. No volveré mientras Haynes lleve el timón.

—Es sólo para este asunto —contestó Marquand.

—No, para nada.

Era casi cierto. Pero entonces Kell se oyó decir:

—Estoy empezando a disfrutar de no tener nada que hacer.

Cosa que era una mentira descarada. Se oyó un ruido que podrían ser las esperanzas de Marquand extinguiéndose de una vez por todas.

—Tom, es importante. Necesitamos repescar a alguien, a una persona que ya conozca el mundillo. Eres el único en quien nosotros podemos confiar.

¿A quién incluía ese «nosotros»? ¿Los sumos sacerdotes? ¿Los mismos hombres que lo habían puesto de patitas en la calle por lo de Kabul? ¿Los mismos que no se lo habrían pensado dos veces a la hora de sacrificarlo en la investigación oficial que en ese mismo momento estaba reuniendo los tanques en el césped del SSI?

—Confiar, ¿eh?

Se puso un zapato.

—Sí, confiar —confirmó Marquand.

Sonaba casi como si hablara en serio.

Kell se acercó a la ventana y miró afuera: la bicicleta rosa, el aprendiz de conductor tratando de dominar las marchas. ¿Qué le deparaba el resto del día? Aspirinas y la programación de televisión diurna. Pasar la resaca a base de bloody marys en el Greyhound Inn. Llevaba ocho meses rascándose la barriga: ésa era la verdad sobre su nueva vida en el sector privado. Ocho meses viendo la sesión matinal en blanco y negro de la TCM y bebiéndose el finiquito en el pub. Ocho meses esforzándose por salvar un matrimonio que no había manera de salvar.

—Seguro que hay otra persona que pueda encargarse de eso —repuso.

Pero esperaba que no la hubiera. Esperaba que lo dejasen entrar de nuevo.

—La nueva jefa no es alguien sin importancia —lo avisó Marquand—. En el cartelito de la puerta pone «Amelia Levene». Tenía que asumir el cargo dentro de seis semanas.

Marquand acababa de sacarse el as de la manga. Kell se sentó en la cama y se inclinó un poco hacia delante. La baza de Amelia lo cambiaba todo.

—Por eso tienes que ser tú, Tom. Necesitamos que seas tú quien la encuentre. Eras el único del Ministerio que la conocía de verdad.

Estaba dorándole la píldora, por si Kell todavía vacilaba.

—Es lo que querías, ¿no? Una segunda oportunidad. Ocúpate de esto y cerraremos el caso de Yassin. Esto viene de las esferas más altas. Encuéntrala y podrás volver con nosotros.

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5

Kell regresó a la habitación de soltero que tenía alquilada en un Fiat Punto destartalado. El taxista sudanés que lo conducía tenía otro trabajo de noche y llevaba un paquete de caramelos Lockets y una copia sobada del Corán en el salpicadero. Mientras se alejaba de la casa —que al final resultó que pertenecía a un polaco jovial y adicto al gimnasio llamado Zoltan con el cual había compartido taxi desde Hackney estando borracho— reconoció las deslucidas calles de Finsbury Park por una operación antigua en la que había colaborado con el MI5. Trató de recordar los detalles: un republicano irlandés, y también una trama

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