Laberintos de la noche (Detective William Monk 21)

Anne Perry

Fragmento

LaberintosNoche.html

1

Las pequeñas lámparas de gas titilaban a lo largo de las paredes del pasillo como si hubiera corriente de aire, pero Hester sabía que, siendo bastante más de las doce de la noche, todas las puertas estaban cerradas. Incluso las ventanas de las salas lo estarían a aquellas horas.

La niña permanecía inmóvil. Tenía los ojos muy abiertos y la piel tan blanca como el camisón que le llegaba por debajo de las rodillas. Sus piernas eran delgadas como palillos y llevaba sucios los pies descalzos. Daba la impresión de estar aterrorizada.

—¿Te has perdido? —le preguntó Hester con delicadeza.

No se le ocurría qué podía estar haciendo allí la chiquilla. Estaban en un anexo del Hospital de Greenwich. Por detrás daba al Támesis, bastante río abajo del inmenso Port de Londres y de la abarrotada ciudad. ¿Sería de alguna de las enfermeras, que la había colado a hurtadillas para no dejarla sola en casa? Eso iba contra las normas. Hester debía asegurarse de que nadie más la encontrara.

—Por favor, señorita —dijo la niña con un susurro ronco—. ¡Charlie se muere! Tiene que venir a ayudarlo. Por favor...

No había otro sonido en la noche, ninguna pisada en los suelos de piedra. El doctor Rand no entraría de turno hasta la mañana.

El miedo de la niña vibraba en el aire.

—Por favor...

—¿Dónde está? —preguntó Hester en voz baja—. Veré qué puedo hacer.

La niña tragó saliva y respiró profundamente.

—Es por aquí. He dejado la puerta atrancada. Podemos regresar, si se da prisa. Por favor...

—Vamos —convino Hester—. Indícame el camino. ¿Cómo te llamas?

—Maggie.

Se volvió y emprendió la marcha deprisa, sus pies descalzos eran silenciosos sobre el frío suelo.

Hester fue tras ella pasillo abajo, giró a la derecha y enfiló otro pasillo todavía peor iluminado. Tan solo podía ver la pequeña figura pálida que iba delante de ella y que cada dos por tres se volvía para asegurarse de que Hester aún la seguía. Se estaban alejando de las salas donde se trataba a los marineros enfermos o malheridos, adentrándose en las zonas administrativas y de almacenamiento. Hester no conocía bien el hospital. Se había ofrecido voluntaria temporal del turno de noche para hacerle un favor a Jenny Solway, una amiga que debía atender a un familiar que había caído enfermo repentinamente. Habían servido juntas a las órdenes de Florence Nightingale en Crimea. De eso hacía ya casi catorce años pero las experiencias que habían compartido —en espantosos campos de batalla, incluido el de Balaclava, y en el hospital de Sebastopol— fraguó una duradera amistad que permanecía inquebrantable aunque pasaran años sin verse.

Hester alcanzó a la chiquilla y la cogió de la mano, pequeña y fría.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—A ayudar a Charlie —contestó Maggie sin volver la cabeza. Ahora tiraba de Hester—. Tenemos que darnos prisa. Por favor...

Un giro más del pasillo y llegaron ante una puerta que estaba enrasada con la pared y que al parecer no tenía picaporte. Una tira de algodón anudada para formar una especie de cuerda hacía las veces de cuña para impedir que la puerta se cerrara del todo. Maggie soltó la mano de Hester, deslizó sus delgados dedos por debajo de la tela y abrió la puerta.

—¡Chis! —advirtió. Luego entró de lado por la rendija e hizo una seña a Hester para que la siguiera. En cuanto Hester estuvo dentro, volvió a poner la cuerda en su sitio y cerró la puerta.

Hester entró pisándole los talones a Maggie. Estaban en otra sala, más pequeña que las de los marineros, donde había seis catres. Las lamparillas de las paredes mostraban las menudas figuras que había tendidas en tres de ellos, inmóviles como si durmieran.

—¿Dónde estamos? —susurró Hester.

—En nuestra habitación —contestó Maggie—. Charlie está allí.

Agarró de nuevo la mano de Hester y tiró de ella hacia el último catre, que quedaba cerca de la puerta de la sala. Estaba cerrada, y Hester se había desorientado y no sabía a qué lado daba.

Maggie se detuvo junto a la cama donde yacía un niño con la tez cenicienta, más o menos de su estatura, apoyado sobre las almohadas. El crío se volvió hacia ella e intentó sonreír.

—Charlie —dijo Maggie con voz un poco temblorosa y lágrimas en las mejillas—, todo irá bien. He traído a una enfermera. Hará que te pongas mejor.

—No tendrías que haberlo hecho —susurró Charlie—. La meterás en problemas.

Maggie levantó un poco el mentón.

—¡Me da igual! —Miró a Hester—. Tiene que hacer algo.

A Hester se le cayó el alma a los pies y tuvo un momento de pánico. El niño parecía estar gravemente enfermo. Probablemente, Maggie llevaba razón al decir que se estaba muriendo. ¿Estarían en una sala de cuarentena? ¿Cómo podía esperar sonsacar información suficiente a un niño tan pequeño para hacerse una idea de lo que le ocurría, a fin de poder atenderlo?

Lo primero que debía hacer era tranquilizarlo, ganarse su confianza. Se acercó hasta el borde de la cama.

—Hola, Charlie —dijo en voz muy baja—. Dime cómo te sientes. ¿Tienes calor? ¿Estás mareado? ¿Tiemblas? ¿Te duele alguna parte en concreto?

Charlie se quedó un momento mirándola fijamente. Estaba tan pálido que la piel parecía traslúcida; las ojeras eran como moretones.

—En realidad, no me hace daño nada —susurró el niño—. Solo estoy un poco dolorido.

—¿Has vomitado? —preguntó Hester.

—Ayer.

—¿Mucho, o solo un poco?

—Bastante.

—¿Has comido algo desde entonces?

Charlie negó con la cabeza.

—¿Has bebido algo? ¿Agua?

Hester alargó el brazo y le tocó la frente. La tenía caliente y seca. Se volvió hacia Maggie, que la miraba fijamente con los ojos llenos de temor.

—¿Puedes ir a buscar un vaso de agua para Charlie, por favor? —preguntó Hester.

Maggie fue a decir algo pero cambió de parecer y se marchó a obedecer.

—Por favor, señorita, no le diga que me estoy muriendo —dijo Charlie casi entre dientes—. Se llevará un disgusto tremendo.

Hester notó un repentino dolor en la garganta. Era enfermera, estaba acostumbrada a asistir a los moribundos, pero aquellos niños solos, sin un padre o una madre para consolarlos, eran algo distinto. Eran muy pequeños y estaban perdidos. Normalmente no mentía a los pacientes; si lo hacías, tarde o temprano dejaban de creerte, y si eso ocurría, también se perdía buena parte de la capacidad de ayudar.

Aquel caso era diferente.

—No lo haré —prometió sin titubeos—. No tengo intención de dejar que te mueras, si puedo impedirlo.

—¿Pero cuidará de ella? —preguntó Charlie—. ¿Y de Mike? ¿Por favor?

No era momento para andarse con evasivas.

—Sí, lo haré. ¿Eres el mayor?

—Sí. Tengo siete años. Maggie solo tiene seis, aunque se comporta como si fuese la madre de todos.

Esbozó una sonrisa, un poco torcida.

—¿Sabes por qué estáis en el hospital?

Había que ir a lo práctico.

—No. —Charlie negó con la cabeza, moviéndola apenas—. Tiene algo que ver con mi sangre.

—¿Te están medicando?

—No paran de pincharme con una aguja enorme en el brazo. Duele mucho.

—¿En serio? Sí, seguro que duele. Dime, ¿esa aguja lleva un tubo de cristal en la otra punta?

Tenía en mente aquel nuevo gran invento llamado jeringuilla, que podía inyectar líquidos en el cuerpo o, llegado el caso, extraerlos.

Charlie asintió.

—¿Sabes qué había en el tubo de cristal?

Cada vez estaba más pálido y Hester apenas alcanzó a oírle la voz cuando contestó:

—Era rojo, como la sangre.

Maggie regresó con una taza llena de agua. Hester le dio las gracias y bebió un sorbo. Olía y sabía a agua fresca. Rodeó a Charlie con un brazo. Notó sus huesos a través del camisón. Lo ayudó a enderezarse y a beber muy despacio un poco de agua. Cuando hubo tomado toda la que quiso, lo tendió otra vez y después, con tanto cuidado como pudo, estiró las sábanas para que fueran más suaves al tacto. Charlie respiraba con dificultad, agotado. Hester lo miró y tuvo mucho miedo de que Maggie llevara razón.

Si moría, ¿cómo iba a ayudar a Maggie, que también parecía haber perdido sus fuerzas? Seguramente eran solo el miedo y la necesidad de creer que estaba haciendo algo por su hermano lo que la mantenían de pie, si bien bamboleándose un poco. Hester podría haberle sugerido que durmiera un ratito, pero le constaba que si Charlie moría mientras ella no estuviera a su lado, Maggie nunca se lo perdonaría a sí misma. Carecía de sentido, pero creería que podría haber hecho algo. De haber estado en su lugar, Hester habría sentido lo mismo.

—¿Qué edad tiene Mike? —preguntó en voz baja.

—Cuatro años —contestó Maggie—. No está tan enfermo. Quizá se ponga peor cuando crezca.

—Quizá no. ¿A él también le clavan agujas?

—Sí —respondió Maggie, asintiendo con la cabeza.

—¿Y a ti?

—Sí —asintió de nuevo—. Pero sobre todo a Charlie. ¿Puede hacer algo, señorita?

Hester seguía sin saber qué les ocurría. Un tratamiento inapropiado podría ser fatal. En toda enfermedad había una fase en la que no cabía hacer más. Un niño pequeño solo admitía cierta cantidad de tratamiento.

—¿Qué hace el doctor que lo atiende? Cuéntame todo lo que sepas, Maggie. Tengo que hacer lo más adecuado para él.

A Maggie se le saltaron las lágrimas y le resbalaron por las mejillas.

—No hace nada, señorita. Viene y le clava esa aguja a Charlie, que se queda adormilado y con náuseas. Se queda tumbado y ni siquiera puede hablar conmigo o con Mike. Por favor, señorita...

Hester sabía que el doctor Rand se marchaba a casa por la noche. Al fin y al cabo, todo el mundo tenía que dormir. Pero se suponía que había una enfermera jefe de guardia toda la noche. ¿Dónde estaba? A veces había urgencias que solo un médico podía atender, y entonces se enviaba a un mensajero en su busca. Pero aquel hospital era para enfermos muy graves o tan malheridos que a menudo lo único que podía hacerse por ellos era aliviar su sufrimiento o, como mínimo, no dejar que murieran solos.

En eso había consistido con demasiada frecuencia ejercer de enfermera durante la guerra de Crimea, no mucho tiempo atrás. Hemorragias, gangrena, fiebre alta; eran cosas con las que se había acostumbrado a lidiar porque puñados de hombres, incluso centenares, resultaban heridos en combate. Había escasez de médicos y, normalmente, también de tiempo. Ese era uno de los motivos por los que los hermanos Rand, el doctor Magnus Rand y su hermano químico, Hamilton Rand, habían estado tan contentos de contar con Hester, otra enfermera de Crimea, para sustituir a Jenny Solway. Su experiencia era muy valiosa.

¿Dónde demonios se había metido la enfermera que tenía aquella sala a su cargo? ¿Acaso estaba enferma? ¿O borracha hasta perder el conocimiento? Era bien sabido que esas cosas sucedían.

—¿Sabes cómo se llama su enfermedad? —preguntó Hester a Maggie.

Maggie negó con la cabeza.

—¿Tú tienes la misma enfermedad? —insistió Hester.

Maggie asintió.

—¿Qué hace el médico por ti?

Había poco tiempo. En la cama que tenían al lado, Charlie permanecía inmóvil, con el rostro blanco como la nieve, y su respiración era superficial. Pero debía averiguar todo lo que Maggie pudiera decirle antes de intentar hacer algo por él.

—¿Maggie? —la instó.

—A mí también me pinchó con una aguja. —Respiró profundamente—. Me dolió una barbaridad.

—¿Sabes qué había en la botellita del otro extremo de la aguja? —preguntó Hester—. ¿De qué color era?

Maggie negó con la cabeza.

—No quería mirar y el doctor me dijo que no lo hiciera pero lo hice, solo un momento. Creo que era sangre.

Hester tuvo un escalofrío. ¿De modo que Magnus les estaba sacando sangre? ¿Con qué fin? ¿Acaso Hamilton Rand la estaba analizando? Era un químico brillante, visionario en algunos aspectos. ¿Qué estaba averiguando con la sangre de aquellos niños?

Maggie la miraba fijamente, aguardando, con los ojos llenos de esperanza.

—Tráeme otra taza de agua —le dijo Hester—. Por favor.

Maggie dio media vuelta y se fue de inmediato.

Hester se inclinó hacia delante y destapó un poco el brazo escuálido de Charlie. Pellizcó la piel con el índice y el pulgar. Se separó como si no hubiese carne cubriendo el hueso. Al menos ahora sabía por dónde empezar.

—¿Cuándo fuiste al baño a orinar por última vez?

Charlie pestañeó despacio. Parecía un poco avergonzado.

—Hace mucho.

—¿Puedo mirar el interior de tu boca? ¿Por favor?

El niño dejó caer la mandíbula obedientemente. Hester se agachó y miró dentro. Ahora al menos sabía que le ocurría algo muy grave. La deshidratación, cuando era muy acusada, podía matar, sobre todo a un niño tan debilitado como él. Agua quizá no fuese lo único que necesitaba pero posiblemente contribuiría a mantenerlo vivo el tiempo suficiente para encontrar una solución adecuada.

Maggie regresó, corriendo tan rápido que dio un traspié. Recobró el equilibrio sin derramar una gota de agua aunque la taza que llevaba estaba llena a rebosar.

Hester le sonrió y, con mucho cuidado, volvió a incorporar a Charlie, que quedó recostado en sus brazos y con la cabeza casi erguida. El niño abrió los ojos, pero fue a Maggie a quien miró. Le sonrió vagamente y luego dio la impresión de adormecerse.

Hester le acercó la taza a los labios.

—Bebe un poco más, Charlie —le instó Hester—. Solo un sorbo.

Por un momento, Charlie no se movió; luego, cuando Hester inclinó ligeramente la taza, bebió un sorbo. Tragó y se puso a toser. Al cabo de un instante tomó otro.

Maggie los miraba fijamente como si estuviese contemplando un milagro. Hester sintió una profunda pena por ella porque aquello era inútil casi con toda seguridad, pero no soportaba la idea de decírselo. Tenía los ojos brillantes y estaba tan pendiente de Charlie que apenas se acordaba de respirar.

Transcurrió media hora y, sorbo a sorbo, Charlie se la bebió toda. Hester se sintió tan triunfante como si hubiese escalado una montaña. Tendió de nuevo a Charlie en la cama y lo volvió a tapar con la manta. El niño se quedó inmóvil y se durmió casi en el acto.

Maggie sonreía tanto que tenían que dolerle las mejillas. Estaba demasiado emocionada para hablar. Sabía que aquello era solo el principio.

Hester se quedó con ellos. Mike, el hermano menor, yacía en silencio y tan solo se movió para darse la vuelta cuando le tocó la frente y el brazo. Parecía que tuviera tres años en lugar de cuatro, pero le constaba que, con frecuencia, los niños pobres o enfermos eran menudos para su edad.

Una hora más tarde despertó a Charlie y, sorbo a sorbo, le dio otro vaso de agua. Maggie la ayudó. Se negaba a meterse en la cama, aunque apenas se tenía en pie de lo agotada que estaba. Se avino a sentarse al lado de Hester y entonces, por fin, poco antes del amanecer, cayó redonda en su regazo, dormida como un tronco.

Cosa de una hora después, Hester llevó a Maggie a su propia cama y entonces fue a buscar a la enfermera que tendría que haber estado de guardia allí.

Abrió todos los roperos y armarios cercanos, habitaciones con fregaderos y grifos, con canastos para la ropa sucia y contenedores para la basura, pero no encontró rastro de ella. O no había ido a trabajar o había ido para volver a marcharse casi de inmediato. ¿Estaría enferma? ¿Sería una perezosa o tenía algún tipo de urgencia personal? ¿O simplemente una cita? No sería algo inaudito.

Descontenta y un poco enfadada, Hester regresó a la sala de los niños y los miró detenidamente. Satisfecha por el momento, pasó el resto de la noche dando cabezadas.

Por la mañana, Charlie estaba sentado e indudablemente se encontraba mejor. Todavía tenía los ojos hundidos pero la piel se veía menos apergaminada, y fue capaz de sostener una taza de agua con las manos y bebérsela sin ayuda.

Maggie estaba eufórica. Se negó a escuchar la advertencia de Hester de que aquello solo era un respiro. Miró a Hester con solemnidad y dijo que lo entendía, pero su alegría ardía como una llama y estaba claro que para ella las palabras de Hester no significaban nada. Charlie no había muerto, y eso era lo único que importaba. Incluso Mike, ya despierto y de pie al lado de Maggie, agarrado a su mano, contemplaba a Hester como si fuese un ángel salvador.

Hester renunció a intentar explicar que el estado de Charlie todavía era grave y dejó que disfrutaran con la idea de la esperanza, fuera a durar lo que durase. Aún era muy temprano. El cielo clareaba por fin y tenía que regresar a la sala donde estaba de guardia.

—Dejad que duerma —le dijo a Maggie—. Y seguid dándole agua cuando le apetezca, pero no lo despertéis adrede. Y no olvidéis que vosotros también tenéis que beber. Si quiere desayunar, ayudadle, pero no insistáis. Y vosotros también tenéis que comer. ¿Entendido?

—Sí, señorita —dijo Maggie muy seria—. Luego volverá, ¿no?

El miedo volvió a asomarse a sus ojos.

—Por supuesto.

Hester hizo la promesa aunque se preguntó cómo iba a cumplirla. Tenía que ver al doctor Rand en cuanto llegara al hospital. Eso conllevaba quedarse más tiempo del que tenía previsto, pero su familia no tendría más remedio que comprenderlo.

La enfermera O’Neill fue a su encuentro en cuanto cruzó la puerta de su sala. Era una mujer imponente, joven y bastante guapa, a su manera. Estaba enojada y no hizo el menor intento por disimularlo.

—¿Qué se ha creído? —inquirió, con los brazos en jarras. Mechones de pelo rubio se le habían salido de las horquillas y parecía exhausta. Iba arremangada y tenía manchas de sangre y de agua en el delantal blanco—. ¡Mary Anne y yo hemos estado solas! ¡No le pagan para que se escaquee y se vaya a dormir a un rincón! ¡Me importa un bledo lo que haga durante el día! Se supone que tiene que estar de guardia aquí toda la noche, igual que el resto de nosotras.

A Hester le cayó el alma a los pies. Comprendió de inmediato que Sherryl O’Neill no estaría tan alterada salvo si alguien había muerto durante la noche. Contaba con que fallecieran pacientes —en aquella sala había enfermos muy graves—, pero aun así no podía soportarlo. Cada muerte era una derrota y se la tomaba como algo personal.

—¿Hemos perdido a Hodgkins? —preguntó Hester en voz baja. Era el paciente que estaba peor—. Lo siento...

—¡Pues no! —Sherryl pestañeó furiosamente, pero de todos modos las lágrimas le corrieron por las mejillas—. Sigue vivo. ¡Dios sabe cómo! ¡Desde luego, no gracias a usted!

Hester aguardó, confundida.

—Wilton —dijo Sherryl, llenando el silencio—. Empeoró de repente y no he podido hacer nada. ¡Usted tendría que haber estado aquí!

La acusación volvió a ser severa.

Hester lo comprendió. Bastante malo era de por sí un fallecimiento, pero uno inesperado te llegaba a lo más hondo. Hacía que te dieras cuenta una vez más del poco control que tenías. La victoria podía convertirse en fracaso en un instante. Todas habían estado convencidas de que Wilton se estaba recobrando.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó, temiendo oír la respuesta.

La voz de Sherryl sonó áspera, como si tuviera la garganta tan tensa que a duras penas pudiera hablar.

—Dirá más bien qué no sucedió. Ha padecido unos dolores horrorosos, primero en la espalda, luego en los costados y en lo alto de las piernas. Pasaba de estar helado a tener una fiebre altísima. Tenía mucha sangre en la orina.

Miraba a Hester fijamente como si todavía esperase desesperadamente alguna clase de ayuda.

—¡No he sabido qué hacer! —prosiguió Sherryl—. El dolor era peor que el de sus heridas, y estaba aterrorizado. Me he sentido inútil. Se estaba muriendo y no se me ocurría qué hacer por él. Ha faltado poco para que se desmayara. Unas partes de su cuerpo se pusieron blancas como la nieve, como si no le corriera una gota de sangre por las venas. Otras, rojo oscuro, y aunque era un hombre muy fuerte, lloraba de dolor. ¡Por Dios! Nadie debería morir de esta manera.

Ahora las lágrimas le resbalaban por las mejillas sin que le diera la menor vergüenza.

Hester sabía que Sherryl estaba enojada con su propia impotencia, con el sufrimiento y la muerte. Aquellas lágrimas eran fruto del agotamiento y de la necesidad de no sentirse sola.

—Lo siento —dijo Hester en voz baja—. Estaba con otro paciente. Un niño. Sabía que Mary Ann estaba aquí...

—¡De bien poco ha servido! —interrumpió Sherryl bruscamente—. Le gustaba y estaba convencida de que sobreviviría, sobre todo después de que ayer el doctor Rand se lo llevara para un tratamiento. Wilton... estaba muy esperanzado cuando regresó. Cuando ha empeorado, Mary Ann se ha quedado anonadada. ¿Dónde estaba usted? —inquirió con aspereza, incapaz de seguir dominándose.

—¿Sabía que aquí hay una sala para niños? —preguntó Hester, preguntándose en el acto si era prudente mencionarlo.

Sherryl abrió los ojos.

—¿Qué está diciendo? Aquí solo hay soldados y marineros, lo sabe de sobra —replicó, incrédula.

—No, no es así —la contradijo Hester—. En uno de los pasillos encontré a una niña que buscaba ayuda. Tiene unos seis años, y su hermano sufría una crisis. Fui con ella. Allí es donde he estado.

Sherryl volvió a abrir mucho los ojos.

—Hemos logrado que pasara la noche, pero no sé qué bien le hará. Estaba muy débil.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Sherryl.

—Unos siete años —contestó Hester—. No podía dejarla sola viendo cómo moría su hermano...

La indecisión se asomó un momento al semblante de Sherryl, que enseguida decidió creerla.

—De todos modos, aquí no habría podido hacer gran cosa —concedió, volviéndose al cabo de un momento para dominar sus sentimientos y limpiarse la cara con la punta del delantal.

En cu

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