{

La serpiente roja

Peter Harris

Fragmento

La_serpiente_roja-2.html

Contenido

Portadilla

Créditos

Agradecimientos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

La_serpiente_roja-3.html

Agradecimientos

Agradecimientos

La Serpiente Roja debe mucho a numerosas personas que me han prestado su colaboración, su estímulo y su apoyo. Sería prolijo citarlas a todas, pero no puedo dejar de mencionar a algunas de ellas, sin cuya aportación este libro no habría sido posible.

Mi gratitud a Valery, por su información sobre importantes aspectos de la vida parisina. A More, por sus correcciones y sobre todo por su comprensión.

Como siempre, este libro debe mucho a Christine, cuya atenta lectura del original permite dar forma definitiva al texto.

PETER HARRIS

La_serpiente_roja-4.html

1

1

Troyes, Champaña (Francia), año 1114

Apenas quedaba un atisbo de luz. El monje, con la capucha volada sobre el rostro y envuelto en su amplio manto, caminaba con paso presuroso sin dejar de lanzar furtivas miradas a su espalda. No deseaba un encuentro inoportuno y tampoco que se supiese adónde dirigía sus pasos porque Troyes, la ciudad que albergaba la animada corte de los condes de Champaña, no dejaba de ser un pequeño burgo donde todo el mundo se conocía.

«¿Qué querría Jacob Tam?»

Desde que había leído el mensaje, el peso de la incertidumbre agobiaba su ánimo, pues el trazo nervioso de la escritura reflejaba la prisa de su autor.

Sin perder la compostura a que le obligaba su dignidad eclesiástica, aceleró el paso. Las calles estaban solitarias; rodeó la maciza catedral y avanzó sigilosamente por el dédalo que formaba la judería. Allí, el espacio se estrechaba tanto que los pronunciados aleros de las casas casi se tocaban. Las angosturas convertían los pasajes en lugares tenebrosos porque, apenas se insinuaba el crepúsculo, las tinieblas se apoderaban del lugar. Se retorcían en recodos que infundían miedo a quien deambulase por ellos sin compañía. Eran sitios propicios para tender una emboscada rápida y desvalijar a un caminante solitario sin que tuviese tiempo de decir amén.

El monje se sintió aliviado cuando dobló la esquina de la última calleja.

Golpeó con los nudillos la recia tablazón de una puerta tachonada con una cadencia establecida, indicada por el judío en su misiva. El silencio, denso, se rompió con unos ruidos secos al otro lado y comprobó cómo, sin preguntar, alguien descorría el cerrojo que aseguraba la puerta. Al abrirla, los goznes chirriaron y su quejido cobró mayor dimensión en medio del silencio.

—Pasad, fray Bernardo. —Quien lo invitaba era un joven de piel atezada y cabello negro y ensortijado. Portaba un candil que apenas rompía la penumbra del portal, sobriamente amueblado.

Se hizo a un lado franqueándole la entrada, aseguró la puerta y le pidió que lo acompañase. El fraile se echó atrás la capucha y descubrió un rostro blanco en el que resaltaban unos ojos grandes, garzos y de mirada penetrante, sobre una nariz aquilina y unos labios finos, apenas una línea, que indicaban determinación. La tonsura dejaba un círculo de pelo rojizo alrededor de su cabeza. Atravesaron un gran patio que más parecía huerto; en mitad de la oscuridad se adivinaban las verduras. Sus dimensiones llamaban la atención: nadie podía imaginar que, tras la pequeña fachada de la casa, hubiese una heredad tan grande. Subieron por una escalera y cruzaron una azotea antes de llegar al gabinete de trabajo del rabino.

Jacob Tam tenía fama de puntilloso, y entre los estudiosos se comentaba su precisión en la interpretación del Talmud. Hasta su estudio acudían gentes de lejanos lugares para beneficiarse de sus enseñanzas o en busca de orientación en los estudios rabínicos. Era el heredero espiritual del gran Raschi, quien lo consideraba su discípulo predilecto y el que recibió el precioso legado de sus profundos conocimientos. Sobre sus hombros recayó también la responsabilidad de que los estudios de la Torá y del Talmud continuasen por la senda que, en su día, abriera el maestro.

Estaba encorvado sobre la mesa, con los ojos pegados al pergamino que examinaba porque su vista había menguado mucho tras una vida dedicada al saber. Hacía tiempo que la lectura había dejado de ser un placer para convertirse en una dura labor. Días atrás había cumplido cincuenta y cinco años, y ya era un anciano gastado por el estudio. Un paño de lino blanco adornado con listas de un azul desvaído cubría su cabeza.

El joven carraspeó para indicarle la presencia del visitante, pero no fue suficiente para sacarlo de su ensimismamiento.

—Rabí.

La voz del joven sonó reverencial, como si temiese molestar. Tuvo que llamarlo una segunda vez para que Jacob Tam alzase la cabeza con expresión confusa. Las arrugas de su cara eran huellas profundas, surcos tallados por el paso del tiempo. Tenía enrojecido el borde de los ojos por la febril y prolongada lectura. Su larga barba, de una tonalidad gris blanquecina, le daba un aire venerable.

—¡Fray Bernardo!

Apoyó las manos sobre la mesa y, con mucho esfuerzo, enderezó su cuerpo hasta incorporarse, luego se acercó a Bernardo de la Saure, quien, en un gesto amistoso, abrió los brazos para estrechar los frágiles huesos del anciano.

—Shalom —musitó el judío a su oído.

—Que la paz de Dios os acompañe.

—Sabéis que, por la memoria de mi maestro, sois bienvenido a esta mi humilde morada, que también es la vuestra. Quitaos la capa y tomad asiento, amigo mío. —Jacob señaló un banco adosado a la pared.

Bastó un gesto del rabino para que el joven se hiciera cargo de la capa y se retirara. El monje se sentó y dejó escapar un suspiro.

—¿Suspiráis?

—Este gabinete trae a mi mente viejos recuerdos. —Fijó su mirada en los estantes donde reposaban los rollos de manuscritos—. Es como si su espíritu todavía permaneciese vigilante entre estas paredes. ¿Sabíais que fue Raschi quien me enseñó vuestra escritura cuando cumplí los diez años?

—No.

—Era un ferviente deseo de mi madre, pero el maestro hizo mucho más. Llenó mi espíritu de un anhelo por escudriñar en el conocimiento, indagar en la búsqueda de la esencia de las cosas, que no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo. Desde que nos dejó, añoro su sabiduría y sus consejos.

El rabino hizo un ligero movimiento de hombros y apostilló:

—Era un hombre sabio.

Rechazó la bebida que Jacob le ofrecía con una palabra de agradecimiento y se dispuso a escuchar.

Por fin iba a saber el motivo de aquella apresurada cita. Bernardo pensaba que estaba relacionada con Raschi, nombre con que se conocía a Salomón ben Itzjak, su viejo maestro, un reputado alquimista a quien se atribuían poderes extraordinarios. Los doce años que había pasado bajo su tutela antes de tomar el hábito de la Orden del Císter, le habían acercado al mundo de lo oculto. A los catorce años ni el latín, ni el griego, ni el hebreo tenían secretos para él y el dominio de esas lenguas le permitió el acceso a conocimientos vetados para casi todo el mundo. La diferencia de religión nunca había sido un obstáculo entre monje y rabino; al contrario, había servido para forjar una relación de amistad y confianza en la que Bernardo gozaba de gran aprecio por parte del sabio judío, lo que a muchos llamaba la atención.

El paso del tiempo había convertido al joven discípulo en un personaje influyente en los dominios del conde de Champaña y fue el monje quien evitó que en el condado se produjesen ataques como los que con frecuencia tenían lugar en algunas de las más prósperas juderías de otras partes del reino.

—He de agradeceros vuestra rápida respuesta a mi llamada, lo que he de comunicaros es de vuestro interés y no admite espera.

—El contenido de vuestro mensaje me turba el ánimo desde que llegó a mis manos.

—¿De veras no deseáis un vaso de vino? Hace buena sangre y ayuda al flujo de los humores.

Fray Bernardo pensó que era el rabino quien deseaba beber y decidió complacerle.

—Espero que también serene mi ánimo.

Jacob sacó una jarrilla que guardaba en una pequeña alacena y sirvió dos vasos de un vino espeso, rojo como la sangre de un buey. Entregó uno al fraile y paladeó el suyo con delectación. Como si se tratase de algo habitual, comentó:

—Hace dos días me trajeron nuevas de Jerusalén.

Fray Bernardo se limitó a preguntar:

—¿Qué dicen?

Un ramalazo de tristeza brilló en las pupilas del judío.

—Todo indica que hay mucha agitación, las gentes viven en un continuo sobresalto. Los cambios son demasiado bruscos y demasiado... demasiado...

—¿Violentos? —le ayudó el fraile.

—Me dicen que los disturbios no cesan, a pesar de que hace casi quince años que los cruzados conquistaron la ciudad.

—¿Qué os han contado?

—Muchas cosas, y en distintas versiones. Me temo que en Jerusalén el final de la violencia no es cosa que tenga fecha, sino que se trata de algo mucho más grave.

—¿A qué os referís? —preguntó el cisterciense que seguía sin encontrar una explicación para la angustia que denotaba la carta.

—A la intransigencia, fray Bernardo, a la intransigencia. En ese lugar, cuyo nombre implica un deseo de paz, porque eso y no otra cosa significa Jerusalén, se ha derramado demasiada sangre y no parece que las luchas vayan a terminar.

—Esperemos que la misericordia de Dios lo haga posible.

—Que el Altísimo escuche vuestras palabras, amigo mío.

El rabino se sumió en un profundo y largo silencio del que fray Bernardo tuvo que sacarlo.

—Supongo que vuestra llamada no está motivada por los conflictos que perturban esa tierra sagrada.

—¡Oh! No, no, disculpad. Disculpad a este pobre viejo, pero ocurre que cuando ciertas cosas se agitan, otras afloran. Como si una mano misteriosa escudriñara en las entrañas de la tierra.

El cisterciense notó cómo se le aceleraba el pulso. ¿Querría decirle algo con aquellas palabras? Tomó un sorbo de su vino y preguntó:

—¿Ha llegado a vuestro conocimiento noticia de algo que os inquieta?

Jacob Tam cerró los ojos. La edad y el cansancio cobraron intensidad en su rostro.

—Esa es, probablemente, la palabra que mejor define mi estado de ánimo. Ha llegado hasta mí noticia de algo de lo que he de hablaros.

—¿Por alguna razón especial?

El rabino abrió sus enrojecidos ojos, lo que acentuó el aire fatigoso de su semblante.

—Una razón más fuerte que mis propias convicciones.

Fray Bernardo arrugó la frente y fijó su mirada en las cansadas pupilas del anciano.

—No os entiendo. ¿Qué puede haber más fuerte que vuestras convicciones?

Jacob, con mano temblorosa, dio un largo trago. Era evidente que no se sentía cómodo.

—El respeto a la memoria de mi maestro.

—¿Qué queréis decir?

—Que solo porque me liga un juramento voy a revelaros algo. Esa es la única razón por la que os he llamado.

—Sigo sin comprenderos.

—A pesar de que no sois de los nuestros, el maestro depositó en vos una confianza absoluta. Esa confianza y mi juramento, sobre todo mi juramento —elevó la voz como si quisiese recalcar el compromiso que tenía contraído—, me han obligado a llamaros. Si os he hecho venir es porque en su lecho de muerte Salomón ben Itzjak me hizo prometer, poniendo a Yahveh por testigo, que si alguna vez caían en mis manos textos con un cierto contenido os los haría llegar.

Bernardo de la Saure notó cómo la sangre se le agolpaba en las sienes, y su voz se encallaba hasta tal punto que le costó trabajo preguntar:

—¿Qué clase de textos? ¿Por qué?

—Escritos relacionados con vuestra religión. La razón por la que me encomendó tal cosa, la ignoro, amigo mío. No sé por qué lo quiso así, pero hice un juramento sobre una posibilidad que hace dos días cobró forma.

—No os comprendo.

—Con las noticias que he recibido de Jerusalén, me han llegado algunos textos antiguos, y al menos el contenido de uno de ellos está relacionado con aquello de lo que hablaba Raschi.

Quien dio ahora un largo sorbo fue el monje. Sintió la fuerza del vino bajando por su garganta.

—¿Os importaría explicármelo?

Jacob Tam se acarició la barba, la piel de su huesuda mano era casi transparente.

—Hace unos días arribó a nuestra ciudad un comerciante. Venía de Jerusalén, traía mirra de las riberas del mar Rojo, aloe de Arabia, alfombras de Persia y vino de Chipre; también noticias y unos viejos manuscritos. Como os he dicho, las noticias que trae solo hablan de violencia: se quejaba de que no hay seguridad en los caminos porque están llenos de bandidos y salteadores, y los comerciantes se enfrentan a grandes peligros. Los cristianos controlan Jerusalén y las ciudades fortificadas, pero en el campo reina la anarquía; me decía que las condiciones de vida se han vuelto tan difíciles que la prosperidad y la riqueza de antaño son hoy escasez y pobreza. En medio de esa situación se ha desatado, con la fuerza de una epidemia, una verdadera pasión por descubrir objetos relacionados con la vida de Jesús, el Nazareno, a quien llamáis el Cristo. En muchos lugares aparecen trozos de madera y se afirma que pertenecen a la cruz en la que se dice fue crucificado; también gran cantidad de clavos, al parecer excesivos para sujetar un solo cuerpo a la cruz; espinas de la corona con que fue atormentado; pajas del pesebre donde nació, según señalan vuestros escritos, vestiduras que pertenecieron a él o a sus primeros seguidores.

Bernardo de la Saure se removió incómodo.

—Este mercader me ha explicado que se busca por los rincones, se escarba por todas partes, se abren zanjas hasta en los cimientos de las murallas. Es tal el frenesí que salen a la luz viejos textos ocultos durante siglos, que no son del interés de los buscadores enloquecidos, ya que el ansia de reliquias hace que no se les conceda el valor que realmente tienen. Algunos de esos escritos hablan de historias de vuestro Cristo pero, como os digo, a los viejos pergaminos no se les concede demasiada importancia. Uno de ellos, por lo que he visto muy por encima, habla por extenso de la doctrina del Nazareno.

La incomodidad de fray Bernardo se había convertido en tensión.

—¿Se trata de una historia de Jesucristo?

—Lo que cuente al detalle es algo que ignoro, porque me he limitado a ojearlo, pero según ese comerciante tiene algo que ver con su vida. En cualquier caso se trata de un texto muy antiguo, no os quepa duda. Creo que ahí puede radicar su principal valor.

Fray Bernardo dio otro sorbo al vino.

—No sé cómo manifestaros mi agradecimiento por ponerme al corriente de todo ello; sois un hombre de palabra.

Jacob Tam se encogió de hombros.

—Simplemente he cumplido con el juramento que hice. Debéis saber que tiene en su poder algunos pergaminos, pero, como os he dicho, no podría señalaros su contenido, solo me interesan los textos escritos en mi lengua. Lo que elucubren los gentiles o quienes utilizan su lengua carece de interés para mí. Tal vez podáis preguntárselo vos mismo. Por eso os he llamado con tanta premura.

El fraile apreció cierta dureza en sus palabras, dio un largo trago, apuró el contenido del vaso y preguntó:

—¿Está en Troyes?

—Mañana parte hacia París, desea llegar a Inglaterra lo antes posible. Según me ha dicho, allí tiene buena clientela. Si no lo veis esta noche...

La mirada de fray Bernardo era más elocuente que su reputada oratoria. Jacob batió palmas y al instante apareció el joven.

—Vete presto a casa de David el tintorero y pregunta si su cuñado Ismael puede recibir una visita.

—¿A estas horas, maestro?

Al rabino no le gustó la pregunta.

—¡A estas horas! Y cuando llames a su puerta, no olvides hacerlo de la forma convenida o no te abrirán. ¡Haz lo que te digo y regresa rápido!

—Dice que si el rabino sale fiador, lo recibirá al instante.

—Trae la capa y acompaña a fray Bernardo.

La casa del tintorero estaba cerca, a un par de calles, en el límite de la judería, al fondo de un callejón sin salida. El olor que llenaba el ambiente era fuerte y penetrante.

Los cadenciosos golpes del joven tuvieron por respuesta unos nerviosos:

—¡Ya va! ¡Ya va!

Quien abrió la puerta no se molestó en disimular el enfado que le producía ver al monje. Gruñó algo ininteligible y, con gesto desabrido, le indicó que lo siguiesen por un corredor donde cajas, fardos, sacos, jaulas y tinajas de barro entorpecían el paso. Las mercancías se amontonaban desde el suelo hasta el techo.

—¡Tened cuidado!, ¡no vayáis a tirar algo! —protestó como si estuviese enfadado—. ¡Por aquí! ¡Con cuidado!

Apenas se veía por dónde pasar porque aquel individuo tapaba con su cuerpo la poca luz que proporcionaba el candil y, pese a sus advertencias, no se molestaba en levantarlo por encima de la cabeza. Con pocos miramientos, abrió la puerta donde moría el corredor. Hasta la nariz del monje llegó una vaharada ácida y pestilente. Entraron en un lugar más espacioso, con el suelo lleno de tinajas empotradas.

—¡Mirad dónde ponéis los pies! ¡A ver si termináis coloreados como un trozo de lienzo!

El bellaco se reía de sus propias palabras, pero no hacía nada por mejorar las condiciones de visibilidad. Cruzaron la pieza y desembocaron en una estancia iluminada por un velón. En el centro había una mesa recia, rodeada de sillas.

—¡Aguardad aquí! ¡Mi amo vendrá enseguida!

Se perdió al otro lado de una cortina, que tapaba un marco sin puerta por donde poco después apareció un individuo canijo, vestido con un ropón negro cuyos bordes rozaban el suelo. Tenía la cabeza cubierta por un bonete de fieltro que se ajustaba como un guante y lo que se veía de su cara, oculta tras una espesa barba negra donde apuntaban las primeras canas, era una tez curtida. Su expresión indicaba que el recado del rabino no había sido de su agrado, o quizá lo que agriaba su gesto era el hábito del visitante.

—El rabino Jacob dice que deseabais verme. El respeto que me merece ha hecho que os reciba a deshora. Decidme qué queréis y hacedlo rápido, no dispongo de mucho tiempo.

Fray Bernardo optó por morderse la lengua. ¿Qué se había creído aquel individuo para hablarle así?

—Lamento importunaros, pero tengo entendido que mañana mismo os ponéis en camino.

—Cuando apunte el sol. ¡Ya debería estar descansando!

—Seré muy breve.

El mercader miró de soslayo al joven ayudante del rabino.

—¿Ese ha de estar presente?

El discípulo de Jacob se ruborizó y se marchó a toda prisa, murmurando unas palabras de despedida.

—¡Al grano, pues! —apremió el mercader.

—Me han dicho que venís de Jerusalén.

—Así es. —Sus palabras sonaron cortantes, resultaba evidente que estaba molesto con una visita a aquellas horas y más aún tratándose de un monje.

—El rabino dice que habéis adquirido algunos manuscritos.

—¡Ah! ¿Conque se trata de eso? —En su rostro apareció un asomo de sonrisa—. ¿Qué queréis exactamente?

—Me gustaría verlos. Podría estar interesado en alguno.

Fray Bernardo vio que la duda brillaba en sus ojos. El astuto mercader olfateó la posibilidad de hacer negocio.

—Se trata de documentos muy antiguos.

—No es necesario que os esforcéis, el rabino ya me ha informado de ello.

—Los que conservo en mi poder están en griego.

—Leo griego.

El mercader asintió con ligeros movimientos de cabeza y lo invitó a tomar asiento. Su actitud había cambiado.

—¿Cuánto estaríais dispuesto a pagar?

—Eso dependerá de lo que me mostréis.

—¿En verdad estáis dispuesto a comprar o solo habéis venido a fisgonear?

—Dependerá de lo que me mostréis —insistió fray Bernardo—. Puedo aseguraros que estoy interesado, a mí tampoco me resulta agradable estar fuera del monasterio a estas horas.

—Es cierto que tengo valiosos pergaminos antiguos, pero antes de enseñároslos quiero ver el brillo de vuestro oro.

Al cisterciense se le vino el cielo encima. Su bolsa, como era habitual, estaba vacía. No había previsto aquella situación cuando acudió a la llamada de Jacob Tam.

—Lo siento, pero no llevo dinero encima. ¡Todo ha sido tan de improviso! Pero os aseguro que si...

No acabó la frase.

—¡Gabriel! —gritó el mercader—. ¡Gabriel, ven y acompaña al monje! ¡Ya se marcha!

En un movimiento instintivo fray Bernardo se llevó la mano al pecho y notó, a través del grueso paño de su hábito, la cadena que llevaba al cuello. Había pertenecido a su madre. Su padre se la entregó poco después de que ella muriese. A pesar del dolor que significaba desprenderse del único recuerdo material que tenía de ella, no lo dudó un instante.

—¡Aguardad un momento!

Sacó la cadena por el cuello y la giró hasta encontrar el cierre. Era una pieza valiosa, labrada con primor y formada por pesados eslabones. La sopesó y la dejó caer en la mano del mercader, que la peritó sin decir palabra.

—¿Os parece suficiente?

—Digamos que evita que os acompañen hasta la calle.

—¿Me llamabais? —preguntó el criado.

—Trae la arqueta que está junto a mi equipaje.

Le sorprendió la orden de su amo, creía haber escuchado que debía acompañar al fraile a la calle.

—¿No he de conducirlo a la puerta?

—¡Haz lo que te digo y no seas indiscreto!

—¿La pequeña?

—¡Sí, y date prisa!

Aguardaron en medio de un silencio hostil. Ismael no dejaba de calibrar el valor de la cadena, calculaba que su peso estaría próximo a una libra de oro.

Era una arqueta forrada de cuero. El criado la dejó sobre la mesa y cuando se retiró, el judío sacó un voluminoso fajo de viejos y amarillentos pergaminos que esparció sobre la mesa.

—¡Aquí está lo que buscáis!

—¿Puedo acercar una luz?

El mercader colocó el velón de manera que alumbrase adecuadamente y, bajo su atenta mirada, el fraile los examinó uno por uno. Efectivamente, todos estaban escritos en griego, se trataba de textos muy diferentes y seguramente de diversa procedencia. Cuando cogió el último, después de leer las primeras líneas, se concentró en las páginas siguientes. Tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su agitación. En aquel momento no acertaba a comprender cómo el rabino no se había quedado con el pergamino que sostenía en sus manos.

El mercader trataba de adivinar el pensamiento del fraile, pendiente del menor de sus gestos.

—¿Qué os parecen?

—Efectivamente se trata de escritos muy antiguos, pero su contenido no ofrece gran interés.

El judío apretó la cadena como si fuese a escapársele.

—Veo que habláis con mucha ligereza.

El monje había colocado las manos sobre la mesa para evitar que se notase el ligero temblor que lo agitaba. Solo el desprecio que el rabino acababa de confesarle, por tratarse de unos textos que no estaban escritos en hebreo, explicaba que hubiese pasado por alto el último de los pergaminos, formado por seis hojas cosidas que configuraban un cuaderno. Hizo un gran esfuerzo para que el tono de su voz no lo delatase.

—¿Os importaría devolverme la cadena?

Ismael la apretó de nuevo.

—¿Acaso no os interesan?

Fray Bernardo puso displicencia a sus palabras:

—Ya os he dicho que su antigüedad es considerable, pero su valor muy escaso. Entiendo que el rabino Jacob no haya mostrado interés por ellos.

—Están en griego, no en hebreo.

—Esa no es la razón de su desprecio, sino su contenido.

El mercader dio un puñetazo en la mesa y el aceite del velón estuvo a punto de derramarse, las llamas oscilaron vacilantes.

—¡El rabino Jacob apenas los ha hojeado! ¡No le interesan los textos escritos por gentiles!

Había mordido el anzuelo. Ya tenía la razón por la que aquel mercachifle todavía conservaba el último de los textos.

—¿Dónde los conseguisteis?

—En Jerusalén. Me los vendió un comerciante cuya tienda está próxima al muro del Templo.

—¿Sabéis cómo llegaron a su poder?

—Según me dijo, por diferentes vías; de un tiempo a esta parte, en Jerusalén se escarba por doquier. ¡Todo el mundo anda a la búsqueda de reliquias! ¡Los cristianos se han vuelto locos!

Las palabras del comerciante confirmaban por qué los textos versaban sobre asuntos tan diferentes. ¡Habían aparecido en diversos lugares!

—Pero este —cogió el que tanto había alterado el ánimo de Bernardo de la Saure— lo adquirí en Patrás, en la costa norte del Peloponeso. Me han asegurado que es una vida del Nazareno, a quien vosotros llamáis el Cristo.

—¿Cuánto queréis?

El mercader abrió la mano y contempló la cadena.

—Creo que sería un buen trato.

Fray Bernardo pidió perdón a su madre, pero si quería el pergamino tendría que entregarla.

—Será bueno para vos. Esa cadena vale no menos de diez sueldos.

—Puedo aseguraros que los pergaminos son muy antiguos. Traerlos hasta aquí no ha resultado fácil, los caminos están llenos de salteadores y yo no llevo un hábito que infunda respeto a cierto tipo de malhechores. He tenido que pagar a precio de oro la escolta que me protegía; no lo dudéis, hacéis una buena compra. En vuestro monasterio tendrán en alta consideración poseer unos textos procedentes de Jerusalén y de un tiempo muy importante para los cristianos. ¡Podríais darles el carácter de reliquias y, sin duda, atraerán numerosos peregrinos y abundantes limosnas! ¡Y de ese —señaló el adquirido en Patrás— me aseguraron que fue escrito por uno de los que acompañaron al Nazareno!

Fray Bernardo midió con la mirada al individuo que tenía delante.

—¡Sois un redomado bribón!

—¿Significa eso que aceptáis? La arqueta también va incluida en el precio.

Aquella noche fray Bernardo de la Saure no pudo conciliar el sueño, a pesar de que sus maltratados huesos reposaban en la cama que le proporcionaba la hospitalidad de su tío André de Montbard, uno de los hombres de confianza del conde Hugo de Champaña. Tendido en el blando colchón relleno de vellones, que nada tenía que ver con el jergón de su celda monacal, no dejaba de pensar en el contenido del último de los pergaminos que acababa de adquirir. Lo había leído media docena de veces y no albergaba dudas. El rabino tenía razón: aquel texto era un evangelio cuyo contenido podía conmover los cimientos de la cristiandad. Iba más allá al revelar algo de interés incluso para un judío, y únicamente el comentario del mercader acerca del poco aprecio que Jacob Tam tenía a los textos no escritos en hebreo podía explicar que en ese momento aquel pergamino estuviese en sus manos. Sin duda, la providencia había dispuesto las cosas de aquel modo.

Poco después de medianoche se levantó para cumplir con la vigilia y rezó sus oraciones. A la luz de un grueso cirio leyó de nuevo el pergamino y ratificó una vez más el contenido de aquellas líneas.

Al amanecer, fray Bernardo estaba convencido de que Dios había causado aquel hallazgo. El compromiso de Jacob Tam con su maestro, que Jacob despreciara los textos que no estuviesen escritos en hebreo o arameo, que aquel mercader pasara por Patrás, que llegase hasta Troyes. ¡Todo un cúmulo de coincidencias! No creía en ellas, sino en la voluntad divina de disponer que un texto que guardaba un secreto tan extraordinario llegase hasta él. Si el mundo lo supiera, sufriría una convulsión. Aquella noche de comienzos de 1114 estaba desconcertado y no sabía qué decisión tomar, pero estaba seguro de que tenía que hacer algo.

La_serpiente_roja-5.html

2

2

Jerusalén, enero de 1119

Los murmullos entre los cortesanos bajaron de intensidad cuando el chambelán, dando unos golpes con el bastón de ceremonias, anunció con voz potente la presencia de los tres caballeros.

—¡Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer y André de Montbard!

Se trataba de tres hombres en la plenitud de sus vidas; su porte resultaba atractivo, a pesar de vestir con sencillez. Entraron en el salón y avanzaron con decisión por el camino que se abría a su paso en el centro de la estancia.

Lo austero de su atuendo contrastaba con las sedas y brocados de las galas cortesanas, aunque entre los presentes también había algunos hábitos de estameña. Vestían como guerreros. Bajo las limpias sobrevestes de blanco lienzo, donde llevaban cosida una gran cruz roja, podían verse los bordes de las cotas de malla. Los tres llevaban la mano izquierda cerrada sobre la empuñadura de la espada y en la derecha el yelmo de combate.

Su presencia hizo que los murmullos se apagasen del todo. Llegaron hasta el borde del sitial donde, sentado en el trono, les aguardaba Balduino II, el monarca del llamado reino latino de Jerusalén. Los tres hincaron la rodilla en tierra e inclinaron la cerviz en señal de sumisión.

—Alzaos.

La voz de Balduino sonó cálida y acogedora. Cuando se incorporaron, se había hecho un silencio expectante. A una señal del rey, uno de sus secretarios les preguntó el motivo de su presencia. Era una fórmula protocolaria.

—Majestad —quien hablaba era Hugo de Payens—, nos acogemos a vuestra magnanimidad y benevolencia para solicitar vuestra protección en nombre de un grupo de nueve caballeros. Comparecemos para exponeros que, bajo la autoridad del patriarca de esta Ciudad Santa y para el mejor servicio de Dios Nuestro Señor, hemos hecho profesión de vivir según la costumbre de las reglas por las que se rige la vida de los canónigos del Santo Sepulcro, observando la castidad y obediencia que son propias a su corporación. En tales circunstancias esperamos de la generosidad de su majestad que nos sea concedido lugar a propósito para el desarrollo de nuestras actividades. Agradecemos la acogida que su majestad ha dispensado a estos humildes y pobres caballeros, que aspiran a convertir sus miserables vidas en ejemplo del mejor servicio a Dios Nuestro Señor.

Balduino asintió con un leve movimiento de cabeza, después hizo un gesto al secretario, quien desplegó un pergamino y leyó con voz solemne:

Nos, Balduino, rey de Jerusalén, príncipe de Antioquía, conde de Edesa, señor de Sidón y de Acre, defensor del Santo Sepulcro. Por cuanto vos, Hugo de Payens y otros ocho caballeros de renombrado linaje y vida ejemplar, nos habéis solicitado, en forma conveniente, que os concedamos lugar a propósito para constituir una comunidad u Orden de caballeros, según las reglas que presiden la actividad de los canónigos del Santo Sepulcro.

Ítem más, que por ser pobres y haber hecho pública renuncia a los bienes terrenales, con el deseo de engrandecer, exaltar y defender el nombre de Dios Nuestro Señor, no disponéis de lugar a propósito para el desempeño de vuestra loable misión de dar protección a los fieles cristianos que acuden a orar y a rendir la debida adoración al Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, y a visitar los lugares en los que vivió el Verbo cuando se hizo carne mortal para redimirnos de nuestros pecados.

Ítem más, que habéis hecho solemne promesa de defender con vuestra propia sangre, si menester fuere, estos Santos Lugares, os concedemos y otorgamos por la presente un solar en el interior de las murallas de la ciudad de Jerusalén, junto a nuestro palacio, en el que tuvo asiento el Templo de Salomón, cuyas caballerizas os servirán de refugio. Os lo concedemos para siempre jamás porque esta y no otra es nuestra voluntad.

En prueba de ello Nos, Balduino, Hyerosolymae Rex, os otorgamos, a vos Hugo de Payens y a vuestros hermanos, el presente testimonio para que conste a todos que esta es nuestra real voluntad.

Dado en la Ciudad Santa de Jerusalén a dieciocho días del mes de enero del año del Nacimiento de Nuestro Señor de mil ciento y diecinueve.

El secretario cerró el pergamino y, con gesto reverencial, lo depositó en manos del monarca.

—Acercaos, Hugo de Payens.

El caballero entregó el yelmo a uno de los compañeros, y con humilde actitud se aproximó al trono, hincó la rodilla y humilló la cabeza. Balduino colocó su mano izquierda sobre el hombro derecho del caballero y le susurró algo al oído. Lo hizo en un tono tan bajo que ni siquiera los más cercanos pudieron escuchar una sola palabra. A continuación, le entregó el pergamino que les otorgaba la posesión de una parte del solar, donde en otro tiempo se había alzado el Templo de Salomón.

La casa, de aspecto humilde, estaba situada al fondo de un callejón del barrio de los tinajeros. En una sala de la planta baja, en el fondo de la vivienda, tras un patio al que durante el día daban sombra dos esbeltas palmeras, un grupo de hombres se arracimaba en torno a una mesa. Por sus atuendos se trataba de caballeros, y discutían acaloradamente. En el ambiente flotaba un aire de crispación al que contribuía la oscilante luz de los candiles, que iluminaba pobremente la estancia. El contraste de luces y sombras daba a los reunidos, ocho en total, aspecto de conspiradores.

—En mi opinión —afirmaba con vehemencia uno de los congregados—, mañana mismo deberíamos iniciar esos trabajos que presumo largos y arduos.

Varios de los presentes negaban con movimientos de cabeza. Uno de ellos puso voz a la negativa.

—No me parece lo más procedente, levantaríamos demasiadas sospechas. Creo más conveniente aguardar a que se acallen los rumores. Será cuestión de pocos días, a lo sumo un par de semanas.

—¡Ya tenemos el título de propiedad! —insistió quien se había mostrado partidario de iniciar los trabajos.

—Si hubieras sido testigo de las miradas de esos cortesanos, no hablarías de ese modo. ¡No has visto cómo brillaba la envidia en sus pupilas! Muchos consideran que el rey se ha excedido.

—Y así ha sido —terció André de Montbard.

—¿Quieres explicarte?

—Muy sencillo. El lugar es demasiado extenso para dar cobijo a un grupo tan reducido como el nuestro. En una ciudad donde escasea el suelo, hay quienes lo consideran un despilfarro sinsentido y, hasta cierto punto, se comprende que lo piensen porque ignoran nuestra verdadera intención.

—¿Por qué dices hasta cierto punto?

—Porque buena parte de su maledicencia está dictada por la envidia, que suele ser moneda corriente en los círculos cortesanos. Lo mejor es permanecer tranquilos durante cierto tiempo y aguardar a que se remansen las aguas. ¡Tanto dan unas semanas de más o de menos! Esta tarea puede durar muchos meses. ¡Es como buscar una aguja en un pajar!

—Además —señaló otro de los presentes—, tenemos que esperar a que lleguen las órdenes del patriarca.

Quien proponía no perder un solo día golpeó la mesa con su puño. Lo hizo con tal fuerza que los restos de la comida bailaron.

—¡Yo no sigo más órdenes que las de fray Bernardo! ¡Os recuerdo que fueron muy claras! ¿Acaso se os han olvidado?

Se hizo un silencio momentáneo que permitió escuchar un ruido lejano. Eran los goznes de una puerta que sonaron estridentes en el silencio de la noche; después, se oyó ruido de pasos. Instintivamente se pusieron en guardia.

—¿No os parece demasiado pronto para que regrese? —preguntó uno de los caballeros.

Dos de ellos se levantaron con sigilo y tomaron posiciones a los lados de la puerta. Los pasos sonaban ya en el patio, por lo menos eran dos las personas que se aproximaban.

Unos golpes en la puerta anunciaron que los desconocidos no pretendían sorprender a nadie.

—¿Quién va?

—Sión.

Al escuchar aquella palabra se rebajó la tensión, pero se mantuvo la alerta. Aunque era la contraseña, en Jerusalén el peligro acechaba en cada esquina. En las últimas semanas, en diferentes lugares de la ciudad, los sicarios —nombre con que se conocía a unos asesinos profesionales— habían atacado objetivos a plena luz del día. Nadie podía sentirse a salvo con aquellos esbirros pululando por calles y plazuelas.

Hugo de Payens tomó uno de los candiles y abrió la puerta.

—Nos alegra verte.

El caballero que había pronunciado la contraseña se hizo a un lado y cedió el paso al abad Gormondo, responsable de la Hermandad del Santo Sepulcro, fundada por Godofredo de Bouillón, el primer gobernante de Jerusalén, quien rechazó el título de rey y se proclamó, humildemente, defensor del Santo Sepulcro. La hermandad estaba integrada por los canónigos que constituían el capítulo del patriarcado de la ciudad, un grupo cercano al medio centenar, al que se añadían numerosos cofrades laicos. Resultaba fácil identificar a los hermanos porque todos ellos vestían un manto blanco con una cruz roja sobre el hombro. Su misión era servir a los numerosos santuarios que, desde la conquista, habían surgido tanto en el interior de la ciudad como extramuros.

Su sede principal estaba en una gran basílica, situada en la zona del Anastasis y el Martyrium, cuya construcción había sido ordenada por el emperador Constantino en el siglo IV. Se la conocía como la madre de todas las iglesias de la cristiandad, y Godofredo de Bouillón ordenó reconstruirla sobre sus ruinas. También era lugar principal para los cultos y liturgias de la hermandad la abadía de Monte Sión, una auténtica fortaleza, situada fuera del perímetro de las murallas, en una colina al sur de Jerusalén.

—Os noto tensos.

—No te aguardábamos tan pronto.

—A estas horas las calles están desiertas y el resplandor de la luna nos ha facilitado el camino. Además, el abad conoce este laberinto de callejas como la palma de su mano.

—¿No habéis traído escolta?

—Hemos venido solos.

Hugo no dijo nada, pero movió la cabeza en un claro gesto de reproche.

—Tomemos asiento —ordenó el abad—, el tiempo apremia.

Los diez hombres se sentaron en torno a la mesa sin dejar de hacer comentarios.

—Escuchadme con mucha atención —requirió Gormondo para acallar los murmullos—. Una vez que el rey ha accedido a nuestra pretensión, urge que vuestra misión no sufra el menor retraso. A partir de mañana comenzarán los trabajos.

—Disculpe vuestra paternidad, ¿no creéis precipitado actuar de ese modo? —lo interrumpió André de Montbard.

—¿Precipitado?

—Vuestra paternidad ha sido testigo, al igual que Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer, de las reacciones provocadas por la concesión del rey.

—¿Y qué? —El tono del abad era desafiante.

—En opinión de algunos de nosotros, resultaría conveniente dejar pasar algunas semanas.

—¡Ni hablar! —protestó el patriarca—. No hay ningún problema. ¡Cuanto más tarde se empiece, más se retrasará nuestro objetivo! Fray Bernardo es de la misma opinión. Ahora, resuelto este punto —era evidente que Gormondo daba la cuestión por zanjada—, escuchadme sin interrumpir.

Nadie replicó.

—Por lo que sabemos —prosiguió el abad—, el trazado de las galerías forma un verdadero laberinto. Esa circunstancia se ve agravada por el hecho de que no se haya conservado plano alguno. Solamente contamos con las referencias que nos proporciona el manuscrito, lo cual no es mucho. —Gormondo paseó su mirada por los presentes—. Posiblemente, alguno de vosotros haya oído hablar de ciertos pergaminos que permiten orientarse por ese mundo subterráneo, pero se trata de burdas falsificaciones realizadas por gentes sin escrúpulos y ansiosas de hacerse con un buen puñado de monedas que algún incauto les entregue. La verdad es que no hay nada seguro en las historias que circulan. Todo son rumores que nadie puede confirmar, porque la inmensa mayoría son el producto de la fantasía de mentes exaltadas. Lo más sensato es que nos atengamos al sentido común.

»Y ¿qué dice el sentido común? —se preguntó Gormondo, que parecía dirigirse a un amplio auditorio, como si estuviese predicando—. Nos dice que es probable que, con el paso de los siglos, el acceso a las galerías resulte complicado porque en tantos años han debido de producirse derrumbes y muchas estarán cegadas. Pero este no es el principal problema, al menos en estos momentos. La clave está en que hasta la fecha, nadie, que sepamos, ha encontrado la forma de acceder a ellas. El primer trabajo será buscar la puerta de entrada. Una vez descubierta, la paciencia y el método, además de la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, serán las mejores armas para afrontar la misión que vais a comenzar. Como habéis podido comprobar, las caballerizas son extensas. En opinión de algunos podrían albergar hasta mil camellos y una cifra aún mayor de caballos. Solo sois nueve y nadie más ingresará en vuestra cofradía hasta que hayáis cumplido la misión que se os ha encomendado. Tendréis que realizar tareas que no se corresponden con vuestras calidades: habréis de excavar, remover tierra, romper piedra y realizar otros trabajos que no resultan acordes a vuestra condición de caballeros, pero esa es vuestra misión para mayor gloria de Dios Nuestro Señor. Vosotros habéis sido los elegidos para desvelar este misterio y ello deberá alegrar vuestro ánimo y reconfortar vuestro espíritu.

Gormondo sacó de entre sus amplias vestiduras talares un manoseado ejemplar de la Biblia y lo colocó sobre la mesa, después miró uno por uno a los presentes. Lo hizo de forma pausada, ceremoniosa, como si estuviese celebrando un ritual. Clavaba sus pupilas en los ojos de aquellos hombres aguerridos que lo habían dejado todo: familia, riquezas y posición, para cumplir la sagrada misión que les había sido encomendada en el más absoluto de los secretos.

—Aunque estéis obligados a guardar silencio por el juramento que habéis realizado, poniendo como prenda la salvación de vuestras almas, yo, Gormondo, abad del monasterio de Santa María de Sión, os conmino, en esta Tierra Santa que pisaron las plantas de Jesucristo Nuestro Señor, donde sufrió el ignominioso tormento de la crucifixión por redimirnos de nuestros pecados, donde fue sepultado y donde al tercer día resucitó de entre los muertos, a que renovéis vuestro juramento. ¡Arrodillaos!

Los nueve hombres hincaron la rodilla en tierra.

—Decid ahora vuestros nombres.

Un murmullo se elevó en la estancia.

—Extended vuestra mano derecha sobre la Sagrada Biblia y repetid conmigo: «Juro, por la salvación de mi ánima, guardar secreto absoluto de mis trabajos y afanes encaminados a la búsqueda que nos ha sido encomendada. Si faltase al sagrado compromiso que en este acto renuevo, que mi ánima sufra por los siglos de los siglos los tormentos del infierno. Amén.»

Concluida la ceremonia, el rostro del patriarca rebosaba satisfacción.

—Ahora, amados en Cristo, dos buenas noticias. La primera, no por esperada, carece de interés.

—¿De qué se trata? —preguntó Hugo de Payens.

—Mañana, al alba, los canónigos del Santo Sepulcro, que constituyen el cabildo eclesiástico de mi patriarcado, abandonarán las dependencias que se os han prometido; hoy han dado por concluido su traslado. Ello significa que podréis tomar posesión de las mismas.

—Esa es una buena noticia porque, si bien los canónigos de vuestro cabildo son personas de confianza, soy de la opinión de que cuantos menos ojos vean y menos oídos escuchen, mejor. ¿Cuál es la otra nueva?

Los labios de Gormondo dibujaron una sonrisa.

—Cuando mañana se haga pública, serán muchos los que no darán crédito a sus oídos.

—¡Por el Santo Sepulcro que me tenéis sobre ascuas! —lo apremió De Payens.

—Desde hace meses he venido señalando al rey la conveniencia de que trasladase su residencia y las dependencias de la corte.

—¿Le habéis pedido que abandone su palacio?

—Así es. He realizado todos mis movimientos con gran sigilo, a fin de preservarlos en el secreto y todo se ha hecho con tal discreción que nada ha trascendido. Antes de venir, su majestad me ha recibido en audiencia privada. Balduino acaba de comunicarme la decisión de abandonar el recinto del Templo.

Los caballeros intercambiaron significativas miradas.

—¿Dónde se instalará?

—No lejos de donde nos encontramos, en la ciudadela que tiene como eje la Torre de David.

—¿Por qué habéis hecho una cosa así, Gormondo?

—Porque, como habéis dicho, cuantos menos testigos haya, mejor. El rey os concederá mañana la plena posesión de todas las edificaciones que hay sobre el solar del Templo de Salomón. Vuestra misión podrá llevarse a cabo lejos de miradas y de oídos indiscretos. Podréis actuar con entera libertad, sin temor a que os molesten u os espíen.

—¡Es increíble! ¡Solo somos nueve! —exclamó De Payens.

—Serán muchas las lenguas que se desatarán y los rumores que correrán y hasta es posible que se alcen algunas voces contra vosotros. Pero... ¿acaso en alguna corte las lenguas se refrenan? ¿Acaso no abundan los que levantan rumores por el placer de procurarse motivos de conversación? Se dice que más han muerto por el filo de una lengua, que por el de una espada.

—El rumor y la maledicencia no benefician nuestra misión. Mi sobrino insistió, una y otra vez, en que nuestra mejor arma sería la discreción —señaló André de Montbard.

—¡Cierto! Por ello he obrado de esa forma. ¡Nadie os molestará! ¡Podréis trabajar con toda tranquilidad! ¡Lejos de miradas indiscretas! ¿Qué son unos rumores, incluso algunas protestas dictadas por la envidia, en comparación con las ventajas que nos reporta la decisión de su majestad?

El patriarca miró al tío de fray Bernardo.

—Os lo voy a decir, mi buen André. Esos rumores se disolverán y en muy poco tiempo no serán más que una gota de agua en el mar.

Al día siguiente, los nueve caballeros llevaron sus escasas pertenencias a los sótanos que, a salvo de miradas indiscretas, se extendían por una parte del gran solar que un día ocupara el templo levantado por Salomón en honor de Yahveh.

Aquel mismo día, siguiendo las instrucciones de Gormondo y obligados al secreto por el juramento realizado con sus almas como garantía de cumplimiento, comenzaron los preparativos de la misteriosa búsqueda. Todos eran conscientes de que sería un trabajo arduo y largo en el tiempo.

Lo que ignoraban aquellos nueve hombres, cuya misión oficial era custodiar caminos y lugares para tranquilidad de peregrinos y viajeros —poca tropa para tan importante tarea—, eran las consecuencias de su presencia en Jerusalén.

La_serpiente_roja-6.html

3

3

París, abril de 2006

Pierre levantó el teléfono, molesto porque la llamada había interrumpido su concentra

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos