Boleros que matan

Silvia Plager

Fragmento

Uno

Noviembre de 2011

Cuando Florencia Berstein leyó en una vieja revista, de esas que perduran en peluquerías y consultorios, que todas las familias tienen un muerto en el placard, se quedó pensando en cuál sería el muerto de la de ella. Y no tuvo dudas: su abuelo materno. Un impulso la llevó a arrancar esa inquietante página sin fotografía pero con firma al pie y guardarla en su bolso.

“Juan el tonto” era Juan Almeida, periodista al que había entrevistado una semana antes para FM Melody. Miró su agenda: tres meses ya desde aquel 19 de agosto en el que entró en la radio por una suplencia breve y seguía allí, contra todos los pronósticos agoreros.

Florencia preguntó a sus compañeros por qué lo llamarían de ese modo si del otro lado del tubo sonaba como un tipo inteligente: ninguno supo qué contestarle. Aún Florencia no sospechaba que de la mano de Almeida buscaría resolver el crimen de su abuelo, acontecimiento sucedido hacía ya tiempo y que la familia entera, menos ella, intentaba olvidar. Desde chica había aprendido que lo que se cuchichea suele ser más importante que lo que se grita. En especial cuando el protagonista del cuchicheo era el asesinado padre de su mamá, un viajante de comercio al que ella aseguraba no guardarle rencor por su promiscua vida sexual, mientras evidenciaba lo contrario.

Florencia se enteró de la existencia de Juan Almeida por un reportaje telefónico que auspició Ernesto Sánchez —importante recaudador de avisos y avisador a su vez del periódico Las Barrancas y Radio Melody—, que se empecinó en que fuera ella la que hiciese la nota. A la directora de la radio no la entusiasmó la idea de darle esa responsabilidad a la nueva, pero cómo negarle nada al que la proveía de publicidad, combustible esencial para seguir adelante con su emprendimiento periodístico.

Ernesto Sánchez alardeaba de conocer al apodado “el tonto” desde la época en que era el exitoso creador del semanario Tinta Roja y tenía programa propio en radio y televisión. Las noticias policiales de Juan se anticipaban a las de los otros medios; quizá por eso sus colegas, cuando él se fue al descenso, tardaron en brindarle ayuda. Periodista que desaparece por un año de la pantalla, de las radios principales, de la gráfica, es difícil que regrese a ocupar los sitios de los que fue desplazado, quizá por asuntos políticos o por la aparición de corporaciones periodísticas que, con espíritu gatopardista, promueven cambios para que, en esencia, nada cambie.

Ernesto Sánchez, devenido en pizzero después de haber tenido una cadena de kioscos de venta de panchos y hamburguesas que quebró con la crisis de 2001, dijo haber sido íntimo de Juan hasta que, según Sánchez, Juan le robó una de sus novias. “Lo de la novia no habría sido motivo para romper una amistad, ya que me sobraban mujeres”, aclaró Sánchez con su habitual soberbia, pero daba la casualidad de que esa chica era la encargada del local más importante, ubicado en pleno Palermo, una mina de oro hasta que se pudrió todo: el país y el romance.

Ahora el promotor de avisos publicitarios para los diarios y revistas zonales poseía dos de los tantos deliveries de pizza y, porque les sacaba un recuadro de media página en el periódico de distribución gratuita Las Barrancas, se creía con derecho a pedir favores. “Necesito reanudar el vínculo con Juan Almeida”, dijo Sánchez, y la salida al aire de su ex amigo, con el auspicio de Pizza Pazza, sería el punto de partida.

La directora de la radio autorizó a Florencia a hacer la llamada, autorización que ella tomó como una especie de ascenso, ya que hasta ese momento sólo formaba parte del noticiero, más que parte, partícula: fue la última en incorporarse a esa FM que centraba su programación en pasar música melódica y acontecimientos zonales. En realidad, penúltima, si se tomaba en cuenta a Ramiro, el reportero gráfico que oficiaba también de asesor de la dueña.

Juan el tonto tenía voz de piedra caliente, de esas que usan en los spa, y Florencia se prometió encontrar la excusa para volver a entrevistarlo personalmente. En el periódico Las Barrancas, de Irma López Correa —también dueña del espacio radial Melody—, por lo general sólo se trataban temas del municipio, pero si habían roto una regla era por algo.

Florencia, con tal de tener frente a frente al que fuera la estrella del periodismo amarillo, inventaría, en complicidad con Ernesto Sánchez, una columna sobre los acontecimientos criminales de mayor resonancia entre Puente Saavedra y Tigre.

Para Florencia, investigar a Juan era una forma de abandonar sus hábitos y cruzar el umbral hacia el temido territorio de la pasión y el delito. Bastante había sufrido con su ex novio, un norteamericano típico que finalmente le mostró su peor costado. Era evidente: no quería ser defraudada y se dejaba atrapar en la maraña de seres que eran lo opuesto a ella. Como martillaba su madre: las mujeres carecemos de memoria.

—¿Se creerá que usar dos apellidos es fashion? Y para colmo el nombre Irma, nombre de maestra jubilada…

Se lo comentó en voz alta a Lucas, en el boliche al que iban a tomar café después del programa, justo cuando entraba Irma López Correa, con su metro setenta y cinco, sus curvas y sus recién estrenadas prótesis mamarias. “De maestra jubilada, ni un poco”, pensó Lucas, el chico del informativo, que tenía, además, pinta de informante, como la mayoría de los chetos de San Isidro. Irma se sentó a la mesa, se echó para atrás en la silla y, reventando el escote, dijo:

—Ya no estás en Miami, mamita. Aprendé a callarte. Si uso dos apellidos es porque López hay a montones y Correa también es bastante común. Y lo de fashion lo dirás por vos, con ese look de ropa de outlet con brillitos que trajiste de Yanquilandia.

Florencia pidió perdón: la fobia por el doble apellido le había quedado de la época de la primaria, culpa de la señorita Irma López Zapata, una vieja avinagrada que la tuvo zumbando en quinto grado.

—Llamarse Florencia y que te digan Flor, más vulgar aún, ¿no te parece, mamita?

Lucas puso doce pesos en la mesa por su cortado y su medialuna y, con un “chau, chicas”, huyó. Si había algo que le reventaba, eran los sobrenombres “mamita” y “papito” que utilizaba su jefa.

Felizmente ese día Irma estaba de buen humor: habían caído nuevos auspiciantes y Ramiro, su nueva adquisición, era un pibe de “familia bien” que aceptó trabajar por un viático de cuatrocientos pesos para fastidiar a quienes lo fastidiaban a él por haber abandonado su puesto en el estudio jurídico de su padre, el prestigioso doctor Manuel Ruiz Grey. Además Ramiro tenía una pinta de galán de telenovela mexicana que la volvía loca: pelo y ojazos oscuros, pómulos altos, y una altura de vértigo. Lástima que ella, a sus treinta y nueve, tenía pocas chances con un hombre diez años menor, aunque nunca se sabe, la moda ahora no marca límites generacionales ni sexuales. Si lo sabrá ella, cuyo lema es “probar, luego opinar”.

Irma le convidó a Flor una mitad de su triple de queso y tomate y le preguntó para qué la había ido a ver esa mañana a su oficina. Florencia tomó la porción de sándwich y lo comió en silencio, con los ojos puestos en el pocillo.

—Basta, Flor, no te hagas la víctima. ¿Para qué me buscabas?

—Iba a proponerte un artículo sobre los apodos.

—¿Te parece que a alguien puede importarle?

—No arranco de cero, voy a averiguar por qué lo llaman Juan el tonto a Juan Almeida, el periodista que descubrió quién era el asesino de las estudiantes de Odontología antes que la policía.

—Tenemos los crímenes del día, de la semana, del mes, como para meternos con los que son historia, aunque hayan sido en el barrio.

—No me entendiste, Irma. Parto de lo personal y de allí arranco con los sobrenombres de los famosos: la Chiqui Legrand, Chiche Gelblung, el Negro Oro, la Negra Sosa, Manu Ginóbili, la Mona Jiménez, la Mole Moli, la Tota Santillán, el Chueco Fangio… A la mayoría de las personas les encantan los diminutivos, los sobrenombres.

—¿Fangio? ¿La Legrand? ¡Qué antigüedad! Nos dirigimos a un público heterogéneo y aspiramos al más joven, ¿lo olvidaste? El de Pizza Pazza seguro sabe por qué le dicen Juan el tonto a Juan Almeida. Me contó que fueron amigos durante la época en que la revista de crímenes Tinta Roja vendía a lo loco.

—Pero yo no quiero saberlo de boca del pizzero, un engreído que usa su panza cervecera como estandarte erótico y se olvida de que tiene tres hijos.

—¿Estandarte erótico? Flor, deberías ocuparte de la sección modas, sociales, efemérides, qué sé yo… No hay viáticos, mamita, y vas a tener que ir al centro si insistís con hacerle la nota a ese dinosaurio.

—¿Por qué dinosaurio?

—Porque ya fue. Tuvo su momento con su programa de asesinos famosos en la televisión y con su revista de crímenes. ¿Le viste alguna vez la facha a Almeida?

—No. Odio ese tipo de prensa, las películas con pervertidos que asesinan mujeres, los periodistas que lucran con el dolor ajeno…

—¿Y querés entrevistar a Almeida? No te entiendo, mamita.

—Yo tampoco me entiendo, Irma. ¿La hago o no?

—Los viáticos corren por tu cuenta.

—Lo tengo presente. Ah, y no olvides, por favor, que conseguí que mi amiga Lucila nos ponga un aviso quincenal de su veterinaria y que a mí me corresponde el setenta por ciento.

Irma López Correa contempló su nuevo anillo de plata —usaba uno en cada dedo— y se dijo que todos los principiantes estaban cortados por la misma tijera: entraban sin ningún tipo de demandas y, en cuanto tomaban un poco de vuelo, comenzaban a pedir dinero.

Le comentaron que era alto, tenía una barba rala que intentaba cubrir una cicatriz, y prendía un cigarrillo con la colilla del otro.

La había citado en un bar de Diagonal Norte y Carlos Pellegrini, al lado del Obelisco.

—Se llama Petit Café, no lo confundas con el Petit Colón —le dijo él por teléfono—. Voy a estar en las mesas de la vereda, ¿no te molesta el ruido? ¿Tomás nota o usás grabador?

—Las dos cosas —respondió Florencia. No se iba a perder el registro de la voz de Almeida aunque viniera mezclada con bocinazos y frenadas.

“Estás sola y una ilusión te viene bien”, se dijo, presintiendo que se desilusionaría: un lugar común en sus vaivenes emocionales.

Verlo la llevó a evocar a ciertos actores del antiguo Hollywood, de sombrero y sonrisa ladeada de la que cuelga un cigarrillo. A su madre le encantaban las películas en blanco y negro, en especial las de detectives hoscos que contratan sonrientes secretarias a las que parecen no mirar.

Pero a Almeida lo miró, y él a ella, sin disimulos: de arriba abajo.

“Mirón, el hombre”, le hubiese advertido el padre de Florencia, que solía criticarle los amigos que llevaba a casa. “Tranquilo, viejo, éste no califica”, pensó antes de sentarse en la silla que él le apartó con desusado ademán caballeresco.

La descripción que le habían hecho era injusta, porque no le mencionaron los ojos almendrados, de un verde amarillento que perforaba, ni el ancho de la espalda, probable obra del gimnasio. Su camisa de mangas cortas, a cuadros, daba la sensación de no conocer la plancha. Por los botones desprendidos se asomaba el vello oscuro, que contrastaba con el pelo entrecano peinado hacia atrás.

—Mejor nos mudamos a una mesa en la que dé el sol, te viniste livianita de ropa y con el viento que sopla en esta esquina te vas a resfriar.

—Estoy bien así, en el bolso llevo un saquito, por las dudas.

—Seguro que lo aprendiste de tu vieja o de tu abuela, lo de ser precavida, digo.

Florencia, ablandada por la evocación, dijo:

—Lo aprendí de las dos, muy madrazas y pesadas ambas, demasiado. En Buenos Aires justifica, aquí el clima es como la política, no sabés qué ponerte ni dónde ponerte, pero Miami, salvo días excepcionales, es caluroso. Aunque, con el asunto del aire acondicionado, apenas se entra en un edificio o en un medio de transporte, no hay más remedio que ponerte algo en los hombros...

Él rió con risa de fumador, ahogando toses, y murmuró “novatas”, para después preguntarle, irónico, si la nota iba para un diario local o para el Miami Herald.

Ella no se molestó por el tono burlón. La mayoría, al enterarse de que había dejado Estados Unidos para volver a la Argentina, reaccionaba con un interrogatorio. Al comienzo ella se enredaba en explicaciones. Ahora se hacía la enigmática y respondía: “Volví como otros se van”. Era duro reconocer que a los padres los corrió la crisis de 2001 y que a ella la corrieron la propia y la del país del norte en el que pensaban hacerse ricos, un bajón detrás de otro.

—Es largo de contar y tal vez más tonto que el apodo —dijo él con el segundo café, bien cargado y cortito, para evitar la pregunta de Florencia, que venía envuelta en fingido entusiasmo.

Juan Almeida había citado a Florencia Berstein en el Petit Café porque le gustaba la diagonal, calle oblicua como Victorcito, personaje de Isidoro Blaisten, escritor al que tuvo la suerte de conocer en su recorrida por los bares de la ciudad. Blaisten por esa época paraba en el de la esquina de Talcahuano, al lado de un edificio en el que tenía su estudio un abogado que lo asesoraba cuando lo mordía el pálpito de un juicio por difamación. En el oficio de jugar simultáneamente al periodista, al policía, al ladrón y al detective, el no precavido se puede quedar sin un centavo o terminar en la cárcel.

—Para investigar te metés con los good boys y los bad boys, ¿entendiste, o lo único que conociste en Little Cuba fueron los shoppings y South Beach? —Se dio un respiro para aplastar la colilla en la vereda con la suela de su zapatón y agregó como si pensase en voz alta—: Sin rumbo la charla, ¿no? Igual que menemista de paseo por la península de la Florida: no sabe qué desea pero, como todo es jauja, pide dos.

Florencia, alerta a los movimientos de los labios, hilvanados por las huellas de constantes pitadas, hizo un movimiento indefinido con la cabeza. Él parecía estar congelado en un pasado que había perdido vigencia. Para cumplir con lo propuesto, mejor le llevaba la corriente. “¿Pensará que soy una estúpida que sólo sabe salir de compras? Qué expresión de amargado. No es para menos”, se dijo. De ser dueño de una revista, conducir programas en radio, televisión, y ser entrevistado por periodistas de renombre, pasó a sentarse con una desconocida que le pregunta por su apodo y le sonsaca datos para una pobre columna de crímenes que publicará en un pobre medio gráfico del conurbano. Florencia, impaciente consigo misma, comenzó a doblar y desdoblar la servilleta de papel y a observar ese movimiento como quien contempla la bola de cristal del adivino al que ha confiado su futuro.

Juan se preguntó por qué habría aceptado perder el tiempo, aunque, a decir verdad, últimamente le sobraba. Sus mezquinas respuestas saldrían en uno de esos periódicos que apilan en heladerías y supermercados junto a la caja registradora, ¿a quién se le ocurre? Sólo a él, que está enfermo de soledad mala, rencorosa, “no la que engrandece”, como solía mencionar su venerado Blaisten, citando a otro autor que dos por tres se le iba de la cabeza y que recordaría, estaba seguro, en medio de la noche o mientras se cepillaba los dientes con esa inútil pasta blanqueadora, dale que te dale, para borrar las señales del tabaco.

Un travesti, peluca roja, botas con plataformas del alto de un escalón, taconeaba por la vereda, espiando por el rabillo del ojo la posibilidad de un cliente. Se oyeron risotadas. Los que bebían cerveza en la mesa vecina alternaron silbidos con obscenidades.

Cuando la criatura monumental cruzó la avenida y desapareció en la boca del subte, Florencia recordó a las que frecuentaban South Beach.

—Desfilan por la pasarela entre las mesas de la vereda y el local. Los glúteos, los pechos y las pelucas que se ven ahí nada que ver con las de acá. Más adelante te voy a contar lo de la mucama travesti de la amiga de mi madre.

A Almeida lo inquietó y excitó esa apuesta al futuro que la novata le lanzó con una sonrisa: “Más adelante”. Eso significaba que habría un después. Lo interesante sería saber si habría un “después de tal cosa”.

Juan, para seguir con el tema, habló del travesti que asesinaron en la calle Godoy Cruz y metieron en el baúl de un auto al que tiraron al río en Tigre. Él había seguido la pista aunque los muchachos le aconsejaron abrirse: ya estaba todo cocinado y mejor no tentar al diablo. El instigador del asesinato, frecuente cliente del asesinado, un escribano con fortuna y apellidos ilustres, había sido chantajeado por el travesti. ¿Qué sucedería con su elegante esposa y sus cinco hijos, especialmente con los mayores, que trabajaban en su lujoso estudio, si se enteraran de que el intachable padre de familia levantaba prostitutas armadas de artillería femenina y masculina? La única salida, ofrecerle una suma importante al cadete de la oficina, recién llegado de una provincia del norte. Quien debe conformarse con el miserable sueldo de chico de los mandados es fácil de tentar, en especial si consume drogas. En mala hora no les hizo caso a sus amigos. Por poco se mete en un embrollo que lo envía de cabeza a la prisión. En un par de meses, cosa juzgada. Nadie iba a seguir escarbando en un expediente en el que el muerto llevaba las de perder. El escribano quedó limpio. Y al cadete que utilizaron de sicario lo devolvieron a su provincia con un fajo de billetes y la advertencia de que si abría la boca le iba a pasar lo mismo que al travesti.

Juan tragó humo como si tragase sus últimos años. La memoria era un disco que repetía situaciones para intentar corregirlas vanamente. Bastaba con hacerse a la idea de que nada era real. Una golosina, la rubia con anotador y maquinita grabadora… Paladearla, fumársela… La deslumbraría con las pálidas aventuras de un reportero que arribó a la cumbre de la fama cuando se le ocurrió entrevistar a una mujer que dijo haber sido violada por un extraterrestre. Como hongos brotaron minas con historias similares. La fortuna lo acompañó la madrugada en que encontraron cadáveres de animales, justo en el campo en el que se habían producido las violaciones. “Ningún humano podría haber cometido esos desgarros en la carne”, aseguraba, micrófono en mano, vestido como Indiana Jones. “Orgías sexuales y seres espaciales que saciaban su hambre con vacas, ovejas, caballos… cuando aún estaban vivos. Los mordiscos daban cuenta de bocas y colmillos inexistentes en la raza humana”, escribía, decía, mentía…

Florencia le preguntó con expresión entre admirada y crítica si fue una treta para ganar audiencia, lectores.

Almeida le apuntó con el índice, hizo un chasquido con la lengua y se encogió de hombros:

—¿Oíste hablar del verdadero Petit Café?

A Florencia, que había escuchado retazos de aquello que rememoraba Juan Almeida, con el agravante de que, según opinión de los mayores de su familia, el Petit Café había sido un reducto de nazis, le molestó que él le cambiara el rumbo de la charla y respondiese con una pregunta descolgada. Pero su presencia allí tenía el propósito de ganarlo para su causa: la columna de policiales en el periódico Las Barrancas. Entonces, a no retroceder, aunque la conducta despectiva de él la ofendiese.

—El que me gusta es el Petit Colón, el que está a una cuadra del Teatro Colón. ¿Hay otro Petit Café en Buenos Aires?

—Que yo sepa, el único estaba en Callao y Santa Fe. Pero nunca habría parado allí.

—¿Por qué?

—Primero, porque sólo lo conocí de mentas. Segundo, porque los petiteros y petiteras que lo frecuentaban no me habrían aceptado ni yo a ellos: el agua y el aceite, preciosa. Vos me traés reminiscencias de aquellas divisiones entre los que hoy serían chetos y grasas.

—¿Me considerás una cheta descerebrada?

—Para nada. No te ofendas, preciosa. Te hablo de un tiempo perdido, y yo no soy Proust como para salir a buscarlo. ¿Lo leíste?

—Lo escuché nombrar pero no lo leí.

—Pobre Proust. ¿Lo seguirán leyendo? Isidoro Blaisten tuvo la suerte de morirse antes de que la literatura se convirtiera en payasada. Capaz que vos, como la mayoría, consumís libros de autoayuda, libros de milagros, de ángeles, de vida sana, biografías de la farándula, novelones sobre vampiros que no muerden a su enamorada —hizo una mueca de asco.

—¿No te gusta el humor?

—Claro que me gusta, los cuentos de Blaisten tienen humor. Un humor irónico, eso sí.

—Fontanarrosa me parece un genio como dibujante y escritor.

—Menos mal. Coincidimos. Lástima que los buenos ya se murieron y a los nuevos no los conozco. Estoy en la edad de la relectura, diría Bernardo Ezequiel Koremblit, otro muerto que me hubiese gustado que conocieras: sabiduría enciclopedista, humor, bonhomía… Los jóvenes antes tomábamos ejemplo de las generaciones que nos precedieron. Por los medios ahora deambulan pichones que sólo saben aquello que bajan por internet. Conocimiento enlatado que se olvida con la misma rapidez con la que se consume.

“Estaría precozmente senil”, se preguntó molesta. Saltaba de una cosa a la otra y hablaba de su profesión como un médico forense frente a un cadáver.

Florencia, lenta con el capuchino que quemaba más que el sol en la espalda, pensó en la manera de volver a la pregunta incómoda del apodo. Su jefa la mataba si no regresaba con el producto que ella le había ofrecido como “nota de interés”. No daba seguir escuchando la opinión del amargado sobre las playas de Miami, de aguas sin oleaje, tan aburridas como los viejos en los porches de decrépitos hoteles, igual que los únicos habitantes de Luvina, cuento de Rulfo que, remató, ella debería leer. Florencia le aclaró, con cierta altanería, que había leído El llano en llamas y que la Miami de él era un álbum de fotos antiguas, y que si volviese no la reconocería. Juan respondió que en diecinueve años, por más que la arquitectura y la población se hubiesen modernizado, la esencia de periferia cultural, depósito de resentidos y de millonarios que huyen de sus inviernos, difícilmente fuese otra. Para rematar, ponderó sus modales de piba de zona norte que la grasada de los latinos de Miami no logró borrar.

Florencia se rascó la palma izquierda, gesto que denunciaba impaciencia, y disparó lo que venía reprimiendo.

—¿Por qué te apodan “el tonto”?

Él dio una pitada, le clavó una mirada entre furiosa y cansada y le dijo que era una anécdota aburrida y que, si ella se aburría al escucharla, sus lectores también se aburrirían al leerla, hecho más grave aún. Era mejor que ella le contara por qué se había ido a Miami y por qué había regresado a una Buenos Aires frenada por los piquetes y la charlatanería.

—Charlatanes también había antes. A mi papá lo indignaban los políticos que prometían salidas exitosas mientras él se iba fundiendo. Ahora por lo menos…

—Ahí está la punta de la historia: las falsas promesas, un clásico argentino, seguí contando.

—¿Quién es el entrevistado?

Juan se tapó los oídos cuando la sirena de una ambulancia los envolvió con su aullido. Había subido a ellas con el cáncer de su madre, con el infarto de su padre, con el teatral intento suicida de su hermana.

—Perdón. Soy hipersensible a las agresiones acústicas. Pero, como en los locales está prohibido fumar, no me queda otra que contaminarme con ruidos que hacen más daño que el tabaco.

—No lo creo, Juan. Lo que sí creo es que te vas por las ramas para no darme la nota.

—¿No te di letra suficiente en la charla?

—Letra que no se relaciona con tu apodo —sintió la garganta seca, el lenguaje mecánico al pedirle una vez más que le contara por qué lo apodaban “el tonto”.

Con la mirada puesta en la boca provocativa de Florencia, su séptimo cigarrillo a punto de consumirse entre los dedos largos, enérgicos, comenzó a hablar:

—Tuve la mala suerte de tener turno con el dentista justo en mi primer día de trabajo. La noche anterior no había pegado un ojo: me sacaba la muela o me moría, así de simple. “El consultorio por suerte queda cerca del diario”, pensé. Y justo esa cercanía atentó en mi contra. Me anestesiaron sin asco para sacarme una de las de juicio. Cinco pinchazos tuve que soportar. Media cara paralizada, chorreando saliva, llegué al diario. El pañuelo ya era un trapo empapado y fui al baño en busca de papel, otra no me quedaba. Los compartimientos y los escribientes eran mazos de naipes que caían a mi paso. Veinte años, ganas de pegar el salto en la redacción de Crónica, y un dolor que me impulsaba a escapar. Cuando me presenté, piltrafa humana, en la oficina del secretario, la gasa apretada en la encía se me fue llenando de sangre y, sin pedir disculpas, corrí a escupirla. Mareado, volví a la oficina. Atilio Jiménez, buen tipo, me tuvo paciencia; yo iba recomendado por el padrino de su hija, amigo de mi viejo, que siempre le arreglaba el auto: era de los que chocan dos por tres. Cada vez que Jiménez me preguntaba algo, le respondía con la boca ladeada, la saliva en la comisura de los labios. Me había hecho a la idea de que opinaría mal de mí por no haber postergado o adelantado la extracción. “Flor de boludo”, me dijo mi hermana durante la cena, un puré de papas tibio que tragué con asco. Se me iba la vida en conservar el puesto que había conseguido gracias a que don Atilio subió el pulgar después de revisar mis textos y antecedentes. Pero esa vez, mi primera vez, cuando Atilio Jiménez me presentó a mis compañeros de sección, saludé con la cabeza y con un apretón de manos, mudo, masticando sangre y saliva. Al día siguiente hablé con normalidad y me dijeron, muertos de risa, que pensaron que era un acomodado medio idiota. Hubiese aguantado con analgésicos, hielo, visitas a la manosanta del barrio… “¿No te diste cuenta de que parecías un tonto?” Antes de marcharme puse sobre el escritorio el llavero y los desafié. “¿Ahora van a pensar que soy un maricón?”

Florencia abrió los brazos como quien no entiende, entonces Juan se lo mostró.

—Es el mismo.

Ella lo tomó de la mesa como si tomase una prenda interior sucia: el caniche blanco de plástico colgaba de la arandela del llavero.

—Parece uno de esos chiches que te dan en McDonald’s, ¿compraste una cajita feliz?

—Sí. Y vos venías de premio.

Florencia le hizo un coqueto gesto admonitorio y le pidió que terminara la historia.

—Para colmo les expliqué que de chico tenía locura por el perro de mi madrina y que ella, cuando el caniche murió, me regaló ese llavero. “Estás proponiendo que te llamemos Juan el maricón”, dijo el pendenciero del grupo. “Somos tres Juanes: a mí me dicen Juan, a secas, al más joven, Juanete, y vos ibas a ser Juan el tonto. ¿Qué te gusta más, tonto o maricón?” Por fanfarronear les dije que me daba igual pero que elegía “el tonto”, ya les mostraría con el tiempo lo vivo que era. “Aquí viene el tonto”, me anticipaba, apropiándome del supuesto insulto a modo de desafío. Y después, cuando tuve mi primera columna, la comencé a firmar “Juan el tonto”. Creo que hubo una historieta “Juan el preguntón”, y me dije por qué no el tonto. ¿Conforme?

—Conforme. ¿Pero no te desacreditaba como periodista investigador esa firma?

—Al principio, tal vez. Pero al poco tiempo los lectores comprendieron que era el juego de alguien que aparenta no darse cuenta de nada hasta que, abracadabra, descubre al asesino. Los más tontos son los que suelen decir que no tienen un pelo de tontos, seguramente ésos eran los que se identificaban conmigo. Y los despiertos comprendían lo irónico del apodo.

—¿Decís que para ser popular hay que hacerse el tonto o ser tonto?

—Puede ser. No me gusta pensar demasiado: las cosas son como son y punto.

—No te hagas el tonto, Juan el tonto. Fuiste famoso por... —corrigió con una sacudida de melena el tiempo verbal y le habló en presente de su popularidad, de su sagacidad.

—No quieras arreglarla, no me ofendo. Sé quién fui y quién soy. Al apodo lo fui construyendo escalón por escalón. Era, es —dijo tomando el llavero— útil para infiltrarse en el hampa, en la cana, en la competencia. Para obtener carne fresca antes que los otros colegas, aves de rapiña igual que yo, hay que inventarse un estilo. Estilo para escribir, para conquistar, para engañar… Con el tiempo aprendí que a las minas las enternecen los tipos atontados, atolondrados, debiluchos, y les largan más información que a los matones, puro sopapo y amenazas. Si me apodaran el implacable, no te habría llamado la atención que alguien metido en el ambiente del crimen recibiera ese apodo. Pero que a un periodista con prontuario de exitoso lo llamen Juan el tonto, y que el tipo no reaccione mal, da para una nota, aunque el entrevistado se haya ido al descenso.

Florencia abrió los ojos y clavó en los de él su claridad seductora.

—No me prejuzgues, Juan, ni te comportes como aquellos compañeros tuyos que primero pensaron que eras tonto y después, por un llavero infantil, marica. Me interesaron tu voz y tu fama de infalible. Los casos muchas veces los resolvías antes que la policía, me contaron. Y es justo lo que ando buscando.

—¿Para qué una piba como vos necesita los servicios de un investigador infalible?

—Por mi abuelo.

—¿Tu abuelo? —Esta vez fue él quien la miró, el ceño fruncido y una mueca que le ladeaba la boca como si hubiese vuelto a apretar entre sus muelas una gasa ensangrentada. Se palpitó un viejo asesinado o preso a quien todos los familiares, menos la nieta, quieren olvidar.

—Sí, mi abuelo. Lo asesinaron en Tucumán, hace dieciséis o diecisiete años, le tengo que preguntar a mi tía la fecha exacta. Creo que fue un par de meses antes del casamiento de una de mis primas. Yo era chica, pero me acuerdo de las discusiones. Mi tía, que adoraba a su padre, finalmente cedió. “Una boda no se pospone”, presionaron los demás. Y se hizo el casamiento.

—¿Hace un montón de años y se acuerdan recién ahora de que al viejo lo asesinaron?

—Acordar se acordaron siempre, pienso, aunque lo disimulaban. ¿Pero qué iban a hacer? Mi abuelo vivía en Santa Fe con una mujer a la que todos odiaban. Decían que lo explotaba y que cuando él se rompió la cadera y dejó de traer plata, lo empezó a maltratar y lo obligó a hacer lo que había hecho siempre, vender joyas. No se animó a manejar, él, que se pasó la vida al volante. Y se tomó el ómnibus a Tucumán. Fue su último viaje. “Viajante de comercio, en cada pueblo un amor”, protestaba mi abuela.

—¿Y la mina con la que él se había juntado tampoco averiguó nada?

—¿Qué iba a averiguar? A él le robaron las joyas que llevaba en el portafolio, ordenadas en bandejas con base de terciopelo, en bolsas de seda, envueltas en paño fino… Era un mago mi abuelo: sacaba sus tesoros y la mesa del comedor encandilaba.

—¿Nadie fue a Tucumán?

—Tal vez la mujer esa y alguno de sus familiares, alguien tuvo que arreglar el traslado del cadáver. Todavía tengo presente el momento en que sonó el teléfono y mi mamá se puso a llorar y gritar. A mí me llevaron al velorio, no sé por qué. Viajamos todos apretados en el coche de mi tío. Antes de ir al lugar del velatorio pasamos por el departamento de la mujer a la que odiábamos. Yo estaba triste y con miedo. Los grandes miraban los marfiles, los cuadros, y cuchicheaban. “Todo esto gracias al viejo.” Cuando la mujer a la que todos odiaban se fue a buscar algo al dormitorio, mi tía se subió a un sillón y comenzó a romperle la cortina de voile. Iba de un sillón al otro, desgarrando la tela delgada, transparente, como si desgarrase la piel de la odiada que envió a su padre a la muerte. “Pobre mi papá”, repetía con la cara desfigurada. “La hija de puta lo mandó a vender porque venían Navidad y Año Nuevo. No le importó que estuviera viejo y enfermo. Guita, sólo le importaba que le trajese guita.” Mi tía rompía la cortina y murmuraba: “Hija de puta, hija de puta”. Mi tío dijo: “Cálmense, que está la nena”. “Ya está grande y es hora de que aprenda que su abuelo la llenó de oro a esta puta de mierda mientras a su abuela ni le dio un techo propio.” A mí me quedó esa bronca en la cabeza. Y después no comprendí por qué no reclamaron el cuerpo para enterrarlo en el cementerio judío de La Tablada, donde están enterrados los hermanos del abuelo. La mujer a la que todos odiábamos no lo permitió, supe más tarde. Hace poco me enteré de que mi abuelo está en el panteón familiar de esa mujer odiada y que ese odio logró que ninguno de nosotros fuera a visitarlo al cementerio en el que ninguno de los nuestros debería estar.

—¿No es lo mismo que te entierren aquí o allá? Están los que creman y tiran las cenizas y los que se gastan lo que no tienen para un monumento mortuorio. ¿Visitaste la Recoleta? —Le hizo esa pregunta para no decirle que el empecinamiento de querer seguir siendo judíos hasta después de muertos no los había ayudado demasiado. Masacres y persecuciones. Los vascos son tozudos, pero los judíos, peores. Cuando tuviera más confianza lo hablaría. “¿Más confianza, Juan? ¿Te estás enganchando con la polaquita? Porque la pinta la tiene: rubia, blanca, ojos claros… La pulpera de Santa Lucía también, boludo...” Su maldito soliloquio le impidió escuchar algo sobre rituales y entierros que la chica zumbaba como un moscardón molesto. Comenzó a prestarle atención recién cuando ella le tocó el brazo y cambió el tono de voz.

—No me gustan los cementerios. Si muere alguien querido, no me queda otra. Pero de paseo, ni loca. Sentarme en los cafés y ver las murallas de la Recoleta tampoco me resulta estimulante. Pero si voy trato de no pensar en que, del otro lado, está lleno de tumbas, cadáveres, espectros, esculturas siniestras, placas con inútiles lamentos o alabanzas, flores marchitas...

—Flor de enumeración, da para llenar un florero. No te entiendo. Te da miedo sentarte en una confitería con vista al paredón de la Recoleta y te obsesiona una tenebrosa historia que no te pertenece.

—Cómo que no me pertenece: es mi abuelo. Siempre de corbata, el viejo, y alfiler de oro rematado con una perla; lástima que no traje una foto. La voy a escanear y te la mando por mail. Si lo ahorcaron con la corbata o con el cinturón, lo desconozco. Hubo diferentes versiones, o se me mezclan ahora. Intentó defenderse, cuentan, con el bastón de empuñadura de hueso: pesado el bastón, no lo levantaba cualquiera, yo lo intenté y él se rió.

—Cómo lo ibas a levantar si eras una nena. Tu memoria quedó estancada en el abuelito de bastón y alfiler de corbata que vendía joyas. Y lo convertiste a él en una joya. Eso de lanzarte a la búsqueda del tesoro un montón de años después es ridículo.

—Seré una ridícula. Pero más ridículo es barrer las historias dolorosas de una familia debajo de la alfombra. Se me ocurrió sacar a la luz un asesinato por el que nadie fue condenado. Tucumán quedaba lejos. Santa Fe quedaba lejos. Y el odio a la mujer que odiábamos tapó el odio que debió generarnos el hecho de que mataran al abuelo para robarle. Podrían haberle metido un narcótico en la comida y después sacarle la valijita con las joyas. Hubo crueldad. Crecí recordando ese velorio en un lugar inmenso en el que la gente me resultaba tan ajena como la idea de la muerte. Por suerte nosotros acostumbramos velar a cajón cerrado. Ninguno habría soportado ver al abuelo, tan afeitado y sonriente, con el rictus del ahorcado.

Florencia evocó al abuelo propenso a la carcajada, al abuelo que regalaba medallas y cadenitas de oro, al abuelo que usaba traje y corbata hasta para ir al almacén, al abuelo que contaba chistes verdes, al abuelo que cantaba boleros. Recordó el último que le escuchó cantar, la vez que viajaron en su auto a Mar del Plata: “Dos almas en el mundo había unido Dios, dos almas que se amaban, eso éramos tú y yo…”.

Florencia canturreaba por lo bajo, mirándose las uñas rojas, los dedos elegantes.

—Buena entonación, buena voz, buena figura. Ahí está la herencia del abuelo. ¿Por qué no lo dejás descansar y te presentás en uno de esos programas de la tele que descubren talentos? Belleza te sobra. Y si no sos arisca con los que pueden impulsarte... No me mires con esa expresión de soy una chica decente. Era una broma.

—No vas a lograr que me ofenda. Elena Roger surgió de un concurso en televisión. Petisita, cara agradable pero nada del otro mundo. La vi en Piaf y me deslumbró. Anidada en los brazos del que hace de su gran amor, el boxeador ese, un marroquí —hizo unos giros con la mano, como apelando a su memoria— ...parecía un ovillo de carne, un vellón de seda. Inolvidable —suspiró entrecerrando los ojos—. Sin embargo, al igual que la Piaf, en el escenario crece, deslumbra. Y está Susan Boyle, la inglesa, ¿no me vas a decir que triunfó porque se acostó con todos los miembros del jurado?

—¿Te tomás todo en serio? ¿Viste las últimas fotos de la Boyle? La hicieron de nuevo. La pinta no es lo de menos, como canta Palito Ortega. Hasta los hombres se tiñen, se arreglan la nariz, las orejas, se implantan pelo.

—No es tu caso.

Juan tiró la colilla al piso, la aplastó como poniendo punto final a lo que estaban hablando y volvió a preguntarle por qué se obsesionaba con un crimen en el que el cadáver ya había cumplido diecisiete años de enterrado.

—Porque detesto la impunidad. Tengo la loca idea de que si descubro quién lo mató o quiénes lo mataron y se hace justicia, me voy a sentir mejor persona, mi familia va a ser mejor y les vamos a dejar un buen ejemplo a nuestros descendientes. Y no lo hago porque crea que mi abuelo era un santo —hizo un gesto de negación. A mi abuela y a sus hijas no les dejó nada. Todo quedó en Santa Fe, hasta el cadáver.

—Estás hablando por boca de tu madre, tu tía, tu abuela. Ni ellas ni la mujer a la que odiaban se ocuparon de poner un detective, hacer una denuncia formal, viajar a la provincia… Algo que abriera una pista, un legajo… ¿Vas a escarbar en la nada?

—¿Nada? ¿Acaso no hay archivos policiales, periodísticos? Solía alojarse en el mismo hotel. ¿No hay nadie vivo que lo recuerde? Hacía amigos con facilidad. Alardeaba de pagar las vueltas de café, de vino, de cerveza, aunque no era de beber. Mi abuela aseguraba que se adelantaba en pedir la cuenta de agrandado, porque sobrarle nunca le sobró.

—La entrevista con la excusa del apodo tenía una finalidad —Juan largó una carcajada—: conchabarme de sabueso —aspiró con exageración—. El pucho me comió el olfato —se golpeó el pecho— y los pulmones.

—¿Y para qué fumás?

—Porque me gusta.

—Una respuesta obvia.

—Otra obviedad es tu perfume. Si no entrás por los ojos entrás por… —se tocó la nariz con el índice amarillento y ella comprobó que él era zurdo.

—¿No era que carecías de olfato? ¿Sos zurdo?

—¿Importa?

—Mi abuelo era zurdo, y en el anular de la izquierda usaba un anillo de oro con un rubí rectangular que le había comprado a un juez: los brillantes de los costados tenían grabadas dos balanzas. A mi abuelo le gustaba vanagloriarse de sus amistades con título universitario: médicos, abogados, profesores… Mi abuela decía: “Inventos de él, los amigos que le conozco son comerciantes”. Mi mamá nunca entendió cómo hicieron para sacarle el anillo sin cortarle el dedo.

—Parece que el joyero no era ninguna joyita. ¿Nunca pensaron en un ajuste de cuentas?

—Jamás. Habrá sido mujeriego, gastador, mitómano… Pero también era generoso, alegre, cariñoso… Mi mamá guardaba en el cajón de la cómoda, entre fotos y papeles, un recorte de La Gaceta de Tucumán. Recuerdo el título, lo recuerdo en francés, cherchez la femme, pero ya no sé si lo leí o lo escuché decir. Cuando comenté lo que había encontrado, buscando una foto para el colegio, mi viejo se puso furioso y le dijo a mamá que tirara a la basura ese diario de porquería. Mi mamá se puso a llorar. Quizás escondió la nota en otro lugar o la tiró en aquel momento o recién cuando nos fuimos a Miami. Para no repetir aquella escena, jamás volví a hablar del asunto. Me da culpa hacer llorar a mi madre, enojar a mi papá…

—Los padres siempre te hacen sentir culpable. A mi viejo no le gustó que me inscribiera en Filosofía. “Eso y nada es lo mismo”, me machacaba. Si no estudiaba algo rentable, lo mejor era que aprendiese su oficio; renovaría el cartel blanco con letras rojas: “Almeida e Hijo, chapa y pintura”. “Pero no, cómo se va a ensuciar las manos el Juancito”, tronaba cuando me encontraba leyendo. Un infarto se lo llevó, cinco años después que a mi vieja. Mi hermana estaba de novia: ella y su galán me miraban como si yo lo hubiese matado. Abandoné la facultad en segundo año y anduve de laburo en laburo hasta que se hizo el milagro y me tomaron en el diario que me dio la oportunidad de ascender.

Florencia abrió su bolso, sacó el abrigo y se lo puso en los hombros.

—Me debés una —Juan miró el reloj—. Dentro de un rato van a abrir los restaurantes. Te invito al Edelweiss, ahí van los artistas y los habitués del Colón, ¿entraste al Colón reformado? —Sin esperar respuesta, continuó—. Con un buen vinito vas a soltar la lengua sobre tus verdaderas intenciones. Me hacés la nota porque necesitás ayuda del que soy o del que fui: una especie de astro del crimen. Esa radio y ese periódico para los que trabajás sólo tienen repercusión en la zona, y hasta ahí nomás. ¿Qué se van a acordar de mí los cogotudos del norte?

—Primero, no todos son ricos. Y la gente tiene memoria. Cuando saliste al aire fue por sugerencia de Ernesto Sánchez, el dueño de Pizza Pazza.

—¿Sánchez? Ese desgraciado debería seguir preso.

—¿Preso? ¿Por qué?

—Demasiadas preguntas. Dame tiempo y te canto el prontuario de tu pizzero.

—No es mi pizzero —reaccionó molesta—. Es un avisador importante y la dueña aceptó que te entrevistara porque Sánchez, el dueño de Pizza Pazza, se lo pidió.

—Qué hijo de puta. Perdón, perdón. ¿Te das cuenta de que el motivo de la nota es sonsacarme datos? Ese desgraciado quiere saber en qué ando y si todavía me relaciono con gente de la justicia. Y si aún me acuerdo de…

Juan Almeida ahogó un insulto cuando el cigarrillo le quemó los dedos y murmuró otro insulto dirigido a Sánchez.

Florencia le señaló el cenicero repleto.

—Ya sé, ya sé, los fumadores somos personas indeseables. Contaminamos el aire y a las víctimas que se nos acercan.

Juan se preguntó si el energúmeno de Sánchez no estaría enviándole a la polaquita como señuelo. Pizza Pazza, el pazzo era Sánchez. Siempre le gustó hacerse el loquito. Y ni en la cárcel paró. Juan, el brazo en alto para pedir la cuenta, dijo:

—Vamos a comer.

Florencia guardó el anotador y la grabadora en el bolso y se estremeció. Del bajo apenas si llegaba una brisa, pero ella sentía frío y estaba asustada.

—Me encantaría ir, pero tomar el tren en Retiro, de noche...

Recordó: caminaba por el andén desierto, un tipo apuraba el paso detrás de ella. No se dio vuelta para mirarlo. ¿La degollaría, la violaría, la tiraría a las vías para que el tren la aplastase? Corrió enloquecida a pedir ayuda en vigilancia. Un papelón: el hombre sólo quería preguntarle si de esa dársena salía el tren a Garín...

—Te acompaño a tu casa, después. Tomamos un taxi hasta la mía, saco el coche del estacionamiento y te llevo.

Florencia hizo no con el dedo.

Juan le propuso entonces acompañarla a Retiro y esperar a que ella subiese al tren. También le ofreció dinero para un remise.

—Tengo plata para tomar un taxi. En la estación de San Isidro hay una parada. Mi amiga vive en un barrio cerrado. Traspaso la barrera y me siento segura.

—Barrio cerrado —masculló Juan tomándola del brazo—. ¿Y vos qué hacés en esa jaula?

—Ahorrarme el alquiler. Ella necesita compañía y yo un lugar donde alojarme hasta encontrar un trabajo con mejor sueldo.

Florencia no lo apartó cuando la tomó del brazo para cruzar la avenida. Le agradaba sentirse protegida. A la vieja usanza, diría su padre. Los muchachos con los que había salido ignoraban ciertas gentilezas que ella no supo o no quiso reclamar.

Doble puerta, saludos obsequiosos, calidez de otrora y la sorpresa de que recibieran a Juan Almeida como a una celebridad.

Los acompañaron hasta el salón de atrás. Un compartimiento de cuatro para ellos solos.

—No te fijes en los precios. Aquí me hacen un descuento especial y no me cobran la bebida. ¿Qué te parece cenar con champán?

Dos

En Barrancas de Belgrano bajaron la mayoría de los pasajeros. Evaluó a los que quedaban: parecían inofensivos.

No quería pensar en la cena. Pero estaba aturdida. Nunca había estado en Edelweiss. Juan saludó a gente que, después supo, eran empresarios, actores, políticos… Imágenes, voces, sabores y comentarios… Y miradas. Y roces. Hasta ahí, todo bien, salvo el mareo y el aliento a alcohol que iban a despertar la curiosidad de Lucila. Su amiga le daba alojamiento y hasta le consiguió el trabajo en la radio que le permitió entrar en la redacción de Las Barrancas. Pero se cobraba la generosidad interrogándola, sorbiéndose su vida como si con la de ella no le alcanzase. La contemplaba mordiéndose las uñas, haciendo acotaciones en las que la acusaba de no ser sincera. Más, necesitaba más. Tal vez por ser obesa, de lentes. Sus padres le habían puesto una veterinaria apenas obtuvo el título universitario. Lucila amaba a los animales. El resto de la humanidad la tenía sin cuidado, salvo lo que le sucedía a su amiga Florencia Berstein, la única que se acercó a ella en el colegio, la única que le hacía confidencias, la invitaba a merendar después de clase, la ayudaba con la tarea. Lucila era excelente alumna, pero sus rabietas la hacían faltar a clase y se atrasaba: hoy la panza, mañana la cabeza, pasado la garganta… El médico por lo general no le encontraba nada pero, por las dudas, análisis, radiografías…

Florencia se dijo que la conducta maníaca de Lucila era inofensiva en comparación con la de otros. Se enteró durante la comida con Juan Almeida de que Ernesto Sánchez era un tipo peligroso. Y para colmo no podía abrir la boca porque si lo perjudicaba a él se perjudicaba ella. Irma idolatraba a Sánchez. Además de ser su mejor auspiciante, le conseguía nuevos para la radio y para el periódico, resonó su pensamiento con la voz de Juan.

Tres hijos, el panzón pelilargo. Jeans con los bajos del dobladillo rotos: un roñoso de cincuenta años que se creía un adolescente seductor, por favor. La mujer del pizzero se pintaba con torpe exageración. Ojos saltones que daban la sensación de ser de vidrio opaco, como de muñeca barata. El lápiz labial borroneaba los contornos de la boca. Siempre de aquí para allá con los chicos, las ojeras por el piso, los tacones torcidos. A las fiestas de la radio iba solo: Yamila tenía que cuidar a los chicos. Libre, revoloteaba entre las mujeres, las toqueteaba, les contaba chistes de mal gusto, les pagaba tragos… Fanfarrón. Nunca contó que era viudo y que a la primera mujer le habían volado la cabeza. Ella iba en el asiento de acompañante de la Renault Fuego que estaba a nombre de él, igual que el resto de sus propiedades, menos el local de Palermo, a cargo de María Belén, su esposa. Juan Almeida lo hubiese asesinado cuando Sánchez declaró que ese local era responsabilidad de su mujer y que, si ahí se despachaban sobres de cocaína como si fueran de mostaza o mayonesa, no era culpa de él. Para pagarles a los abogados que lo sacaron de la cárcel en la que hubiese tenido que cumplir una condena larga y reponer el vuelto que le reclamaban los traficantes, tuvo que liquidar sus bienes, menos el piso en Santa Fe y Austria. Ese dinero le permitió comprarse un Fiat Uno y alquilar una casa en Boulogne. Con el resto instaló una pizzería. Le fue bien con la pizzería, y abrió otra en Martínez, a una cuadra de la Avenida Fleming. Tuvo suerte: Yamila era única hija y el padre, al morir, le dejó dos propiedades. Yamila, treinta y cinco años expandidos en las caderas y en los muslos, atracción para los proveedores del mercadito que se había inaugurado como despensa, nunca pensó que un hombre de mundo la iba a llevar de blanco al altar. Uno tras otro, los hijos: dos varones y, por último, la nena, la mimada. Ya iban por el postre cuando Juan Almeida le preguntó cómo se llamaba la hija menor de Sánchez.

—María Belén. Es preciosa. Sánchez nos invitó a todos cuando la nena cumplió un año. Hizo la fiesta en un salón. Hasta trajo a una cantante famosa y a un mago. Con la nena en los brazos daba la impresión de ser un padre de verdad; a los varones los maltrata con la excusa de que no quiere que le salgan maricones.

Almeida, que comía zapallo en almíbar, dejó caer la cuchara en el plato, se limpió la boca con la servilleta como si quisiera arrancársela, y largó un insulto. Florencia también dejó por la mitad la ensalada de frutas con helado. La cara de Juan le sacaba el apetito a cualquiera.

Comenzó a hablar sin mirarla. Y Florencia se enteró de que María Belén era el nombre de la primera esposa de Sánchez, una beldad a la que él traicionó desde que eran novios.

—¿Viste alguna película de Catherine Deneuve de joven? —No esperó respuesta—. Igualita. Era d

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