Adiós, muñeca (Philip Marlowe 2)

Raymond Chandler

Fragmento

1

Era uno de los tramos mezclados de la Central Avenue: de los que todavía no están habitados enteramente por negros. Yo salía de una peluquería de tres sillones, donde una agencia creía que podía estar trabajando un peluquero de nombre Dimitrios Aleidis. Era un trabajo menor. Su esposa decía que estaba dispuesta a gastar algún dinero, no mucho, para hacerlo volver a casa.

Nunca lo encontré, pero la señora Aleidis tampoco me pagó nada.

Era un día caluroso, casi a finales de marzo, y me quedé en la puerta de la peluquería mirando el cartel de neón del local de juego y comida que había en el piso de arriba, el Florian’s. Otro hombre estaba mirando el cartel. Alzaba el rostro hacia las ventanas polvorientas con una expresión de fijeza extasiada, como un saludable inmigrante viendo por primera vez la estatua de la Libertad. Era un hombre corpulento, pero no medía más de un metro noventa y cinco de alto, ni era más ancho que un camión. Estaba a unos tres metros de mí. Le colgaban flojos los brazos, y un cigarrillo olvidado ardía entre sus dedos enormes.

Negros delgados y silenciosos pasaban en ambas direcciones, y le lanzaban rápidas miradas de soslayo. Valía la pena observarlo. Llevaba un sombrero borsalino arrugado, una chaqueta de sport, gris, de textura gruesa, con pelotas de golf blancas cosidas a modo de botones, una camisa parda, una corbata amarilla, unos pantalones de franela gris y unos zapatos de cocodrilo con explosiones blancas en las puntas. Del bolsillo alto de la chaqueta brotaba un vistoso pañuelo del mismo amarillo brillante de la corbata. Además, tenía un par de plumas de color en la banda del sombrero, pero en realidad no las necesitaba. Incluso en la Central Avenue, que no es la calle mejor vestida del mundo, podía pasar inadvertido como una tarántula en la papilla de un bebé.

Era de piel pálida y necesitaba un afeitado. Era de los que siempre necesitan un afeitado. Tenía el pelo negro rizado y las cejas pesadas que casi se reunían sobre su nariz gruesa. Las orejas, pequeñas y bien formadas para un hombre de ese tamaño, y los ojos tenían un brillo parecido al de las lágrimas, el mismo que suelen tener los de color gris. Estaba quieto como una estatua; al cabo de un largo rato, sonrió.

Caminó lentamente hacia la doble puerta batiente de la escalera que llevaba al piso superior. La abrió, y después de echar una mirada fría, sin expresión, a ambos lados de la calle, entró. Si hubiera sido un hombre menos grande, y hubiera estado vestido con más discreción, yo podría haber pensado que iba a cometer un atraco. Pero no con esa ropa, ni con ese sombrero, y ese ancho de hombros.

Las puertas se balancearon, y casi detuvieron su movimiento. Pero antes de que se detuvieran del todo, volvieron a abrirse, y con violencia, hacia fuera. Algo voló todo a lo ancho de la acera y aterrizó más allá del bordillo, entre dos coches aparcados. Aterrizó sobre las manos y las rodillas y soltó un sonido largo y agudo, como una rata acorralada. Se levantó lentamente, recuperó su sombrero caído y subió a la acera. Era un jovencito oscuro, delgado, de hombros estrechos, con un traje color lila y un clavel en la solapa. Tenía el cabello negro engominado. La boca seguía abierta, y el gemido se prolongó un momento más. La gente lo miraba de soslayo. Después se acomodó el sombrero con elegancia, se aproximó a la pared y, sin apartarse de ella, con los pies de lado, se alejó silenciosamente.

Silencio. La gente siguió pasando. Caminé hasta la doble puerta y me quedé frente a ella. Ahora estaba inmóvil. No era nada que me interesara. Así que empujé una hoja y miré adentro.

Una mano en la que habría podido sentarme salió de la penumbra, se apoderó de mi hombro y lo apretó hasta reducirlo a una pulpa. Tras lo cual la mano me hizo entrar y me alzó un escalón. La cara grande me miraba. Una voz grave y suave me dijo, tranquila:

—¿Son todos negros aquí? Explíqueme eso, amigo.

Estaba oscuro. Y silencioso. Desde arriba llegaban vagos sonidos humanos, pero nosotros estábamos solos en la escalera. El hombre corpulento me miraba con solemnidad y siguió destrozándome el hombro con la mano.

—Un antro de negros —dijo—. Lo he arrojado afuera. ¿Ha visto cómo lo he hecho volar?

Me soltó el hombro. El hueso no parecía roto, pero el brazo me había quedado entumecido.

—Es de esa clase de locales —le dije, frotándome el hombro—. ¿Qué esperaba?

—No diga eso, amigo —ronroneó suavemente el hombretón, como lo harían cuatro tigres después de la cena—. Velma trabajaba aquí. La pequeña Velma.

Volvió a tomarme el hombro. Traté de esquivarlo, pero era veloz como un gato. Volvió a masticarme los músculos un poco más con sus dedos de hierro.

—Sí —dijo—. La pequeña Velma. No la he visto en ocho años. ¿Usted dice que este antro es para negros?

Grazné que lo era.

Me alzó dos peldaños más. Me sacudí tratando de recuperar un mínimo de libertad de movimiento. No llevaba un revólver encima. La búsqueda de Dimitrios Aleidis no parecía exigir un arma. Y dudaba de que me hubiera servido de algo. El hombretón probablemente me lo habría quitado y se lo habría comido.

—Suba y véalo usted mismo —dije, tratando de que el dolor del hombro no se transparentara en la voz. Volvió a soltarme. Me miró con una especie de tristeza en sus ojos grises.

—Me siento bien —dijo—. No me gustaría que nadie se pasara de listo conmigo. Subamos usted y yo, y podemos tomar una copa juntos.

—No le servirán. Ya le he dicho que es para gente de color.

—No he visto a Velma en ocho años —dijo con su voz profunda y triste—. Ocho largos años desde que le dije adiós. En seis años no me ha escrito. Pero debe de tener sus motivos. Trabajaba aquí. Era linda. Subamos, los dos, ¿eh?

—De acuerdo —grité—. Iré con usted. Pero deje de cargarme. Déjeme caminar. Estoy bien. Ya crecí. Voy al baño solo y todo lo demás. Deje de cargarme.

—La pequeña Velma trabajaba aquí —dijo dulcemente. No me estaba escuchando. Subió por la escalera. Me dejó caminar. El hombro me dolía. Tenía la nuca húmeda.

2

Otro par de puertas batientes separaba la cima de la escalera de lo que hubiera más allá. El hombretón las abrió apoyando en ellas la punta de los dedos, y entramos. Era un salón largo y estrecho, no muy limpio, no muy iluminado, no muy alegre. En el rincón un grupo de negros cantaba y parloteaba alrededor de una mesa de juego, bajo un cono de luz. A lo largo de la pared de la derecha había una barra. El resto del salón estaba cubierto de mesitas redondas. Había unos pocos clientes, hombres y mujeres, todos negros.

Las voces en la mesa de juego se interrumpieron, y la luz que colgaba encima se sacudió. Hubo un súbito silencio, tan pesado como un bote lleno de agua. Todos los ojos nos enfocaban, ojos castaños colocados en rostros cuyo color iba del gris al negro profundo. Las cabezas giraban lentamente y los ojos que había en ellas brillaban y contemplaban en medio del silencio mortal y ajeno de otra raza.

Un negro corpulento, de cuello grueso, estaba inclinado contra el extremo de la barra, con ligas rosas en las mangas de la camisa y tirantes rosa y blanco cruzándole la espalda muy ancha. Era casi como si tuviera escrito encima que era el encargado de mantener el orden. Bajó al suelo los pies, lentamente, se volvió despacio y nos miró, abriendo las piernas y pasándose una lengua gorda por los labios. Tenía un rostro castigado, como si, excepción hecha de una bola de hierro de demoliciones, todo lo demás lo hubiera golpeado. Era un rostro aplastado, marcado, hinchado, apretado y azotado. Era un rostro que no tenía nada que temer. Ya le habían hecho todo lo que a uno pudiera ocurrírsele.

El cabello corto tenía un toque de gris. Una de las orejas había perdido su lóbulo.

El negro era ancho y pesado. Tenía grandes piernas pesadas, y parecían un tanto arqueadas, lo que es raro en un negro. Movió la lengua un poco más, sonrió y enderezó el cuerpo.

Vino hacia nosotros con el paso suelto y algo agazapado de un luchador. El hombretón lo esperaba en silencio.

El negro con las ligas rosas en los brazos puso una maciza mano parda contra el pecho del hombretón. Grande como era la mano, allí parecía un pasador de corbata. El hombretón no se movió. El matón sonrió con amabilidad.

—No es para blancos, hermano. Solo para gente de color. Lo siento.

El hombretón movió sus pequeños y tristes ojos grises y miró el salón a su alrededor. Sus mejillas se encendieron un poco.

—De negros —dijo irritado, en voz baja. La alzó—: ¿Dónde está Velma? —le preguntó al matón.

El matón no llegó a reírse. Estudió las ropas del hombretón, la camisa marrón y la corbata amarilla, la chaqueta gris con las pelotas de golf. Movió delicadamente la gruesa cabezota de un lado para otro, y estudió la indumentaria desde varios ángulos. Miró los zapatos de cocodrilo. Reprimió una risita. Parecía divertido. Yo lo lamenté un poco por él. Volvió a hablar con suavidad.

—¿Dijo Velma? No hay ninguna Velma aquí, hermano. No hay camareras, no hay chicas, no hay nada. Así que puede largarse, chico blanco, puede largarse nada más.

—Velma trabajaba aquí —dijo el hombretón. Habló casi soñadoramente, como si estuviera solo, en los bosques, recogiendo flores. Yo saqué el pañuelo y volví a secarme la nuca.

De pronto el matón rompió a reír.

—¡Seguro! —dijo, lanzándole una mirada a su público por encima del hombro—. Velma trabajaba aquí. Pero Velma ya no trabaja aquí. Se jubiló. Ja, ja.

—Sáqueme su garra de la camisa —dijo el hombretón.

El matón frunció el entrecejo. No estaba acostumbrado a que le hablaran así. Sacó la mano de la camisa y la cerró en un puño más o menos del tamaño y el color de una berenjena grande. Estaba en juego su trabajo, su reputación de duro, su imagen pública. Lo pensó un momento y cometió un error. Lanzó con toda su fuerza el puño, con un movimiento súbito del codo hacia fuera, y golpeó al hombretón en un lado de la mandíbula. Un trémulo suspiro recorrió el salón.

Fue un buen golpe. El hombro acompañó al brazo, y el cuerpo al hombro. El puño llevaba una enorme carga, y el hombre que lo manejaba había tenido mucha práctica. El hombretón no movió la cabeza más allá de unos dos centímetros. No trató de bloquear el golpe. Lo asimiló, sacudió ligeramente la cabeza, su garganta emitió un sonido tranquilo y tomó al matón por el cuello.

El matón trató de asestarle un golpe de rodilla en la entrepierna. El hombretón lo hizo girar en el aire y deslizó sus zapatos brillantes sobre el desgastado linóleo que cubría el suelo. Torció hacia atrás al matón y deslizó la mano derecha a la cintura de la víctima. El cinturón estalló como un cordel en un embutido. El hombretón puso su enorme manaza en la espalda del matón y empujó. Lo arrojó limpiamente al otro extremo del salón, vacilante y dando vueltas y agitando los brazos. Tres hombres saltaron para dejarlo pasar. El matón cayó sobre una mesa y la arrastró contra la pared, donde se derrumbó con un estruendo que debió de oírse hasta en Denver. Las piernas se le torcieron. Se quedó inmóvil.

—Hay tipos —dijo el hombretón— que no saben cuál es el momento de ponerse duros. —Se volvió hacia mí—. Sí —dijo—, usted y yo tomemos una copa.

Fuimos a la barra. Los parroquianos se volvieron sombras mudas que se deslizaban sin un sonido, y sin un sonido trasponían la puerta y bajaban la escalera. Silenciosos, como sombras sobre la hierba. Ni siquiera dejaban batiendo las puertas.

Nos inclinamos sobre la barra.

—Whisky con limón —dijo el hombretón—. Pida lo que quiera.

—Whisky con limón —dije.

Vinieron los whiskies con limón.

El hombretón saboreó impasible el whisky con limón de su vaso de vidrio grueso. Miró con solemnidad al camarero, un negro delgado de aire afligido, con chaqueta blanca, que se movía como si le dolieran los pies.

—¿Usted sabe dónde está Velma?

—¿Velma, dice? —gimió el camarero—. No la he visto por aquí últimamente. No últimamente, no señor.

—¿Cuánto hace que trabaja aquí?

—A ver. —El camarero dejó la toalla y arrugó la frente y empezó a contar con los dedos—. Unos diez meses, diría. Más o menos un año. Más o menos...

—Decídase —dijo el hombretón.

Al camarero se le saltaban los ojos, y su nuez iba y venía a ciegas como una gallina sin cabeza.

—¿Cuánto hace que esto es de negros? —preguntó el hombretón con un gruñido.

—¿Cómo dice?

El hombretón cerró la mano en un puño dentro del cual el vaso de whisky con limón casi desaparecía.

—Cinco años como mínimo —dije—. Este hombre jamás ha sabido nada de una chica blanca llamada Velma. Nadie aquí puede saber nada.

El hombretón me miró como si yo acabara de salir del cascarón. El whisky con limón no parecía haberle mejorado el humor.

—¿Quién diablos le ha pedido que se meta? —me preguntó.

Sonreí. Hice una gran sonrisa amistosa.

—Soy el tipo que ha entrado con usted, ¿recuerda?

Entonces me devolvió la sonrisa, una mueca blanca sin significado.

—Whisky con limón —le dijo al camarero—. Sacúdase las pulgas de los pantalones. Sírvame.

El camarero se escurrió, haciendo rodar el blanco de los ojos. Yo apoyé la espalda contra la barra y miré el salón. Estaba vacío, salvo por el camarero, el hombretón y yo, y el matón estrellado contra la pared. El matón se estaba moviendo. Se movía despacio, como si lo hiciera con un gran dolor y esfuerzo. Se arrastraba suavemente a lo largo del zócalo como una mosca con una sola ala. Avanzaba por debajo de las mesas, abrumado, un hombre súbitamente envejecido, súbitamente desilusionado. Lo miré moverse. El camarero sirvió otros dos whiskies con limón. Me volví hacia la barra. El hombretón echó un vistazo hacia el matón rastrero, y después se olvidó de él.

—No ha quedado nada de lo que era antes —se lamentó—. Había un pequeño escenario y la banda, y unos reservados donde un tipo podía divertirse. Velma cantaba un poco. Era pelirroja. Linda como la ropa interior de encaje. Estábamos a punto de casarnos cuando me pusieron entre rejas.

Tomé mi segundo whisky con limón. La aventura empezaba a cansarme.

—¿Entre rejas? —pregunté.

—¿Dónde se figura que pasé esos ocho años que le dije?

—Cazando mariposas.

Se apuntó al pecho con un dedo índice del tamaño de un plátano:

—En la cárcel. Mi apellido es Malloy. Me llaman Moose «el Alce» Malloy. El asunto del banco de Great Bend. Cuarenta grandes. Yo solo. ¿No es algo?

—¿Y ahora se los gastará?

Me dirigió una mirada aguda. Hubo un ruido a nuestras espaldas. El matón se había puesto de pie, tambaleándose un poco. Tenía la mano sobre el picaporte de una puerta oscura situada detrás de la mesa de juego. La abrió y cayó dentro. La puerta se cerró. Se oyó girar una llave.

—¿Adónde lleva eso? —preguntó Moose Malloy.

Los ojos del camarero le flotaron en la cabeza, enfocaron con dificultad la puerta a través de la que había pasado el matón.

—Es... es la oficina del señor Montgomery, señor. Es el jefe. Tiene la oficina aquí.

—Quizá él lo sepa —dijo el hombretón. Terminó el vaso de un trago—. Será mejor que no quiera hacerse el listo. Si no, serán dos.

Cruzó el salón lentamente, con pasos tranquilos, sin una sola preocupación en la vida. Su enorme espalda ocultó la puerta. Estaba cerrada con llave. La sacudió, y todo un panel de madera voló a un costado. Entró y cerró la puerta tras él.

Hubo un silencio. Miré al camarero. El camarero me miró. Sus ojos se volvieron pensativos. Pasó el trapo por el mostrador y suspiró y se inclinó sobre el brazo derecho.

Estiré la mano y le tomé el brazo. Era delgado y quebradizo. Lo apreté y le sonreí.

—¿Qué tiene ahí, muchacho?

Se pasó la lengua por los labios. Se inclinó sobre mi brazo y no dijo nada. El gris invadió su rostro brillante.

—Este tipo es duro —le dije—. Y tiende a ponerse malo. La bebida le causa ese efecto. Anda buscando a una chica que conocía. Este lugar era un bar de blancos. ¿Entiende?

El camarero se pasó la lengua por los labios.

—Ha estado ausente mucho tiempo —dije—. Ocho años. Parece no comprender cuánto tiempo es eso, aunque yo en su lugar lo habría considerado toda una vida. Piensa que la gente aquí debería saber quién es su chica. ¿Capta la idea?

El camarero dijo lentamente:

—Creía que usted estaba con él.

—No he podido evitarlo. Me ha hecho una pregunta abajo, y después me ha arrastrado aquí. Nunca lo había visto antes. Pero no tenía ganas de salir volando. ¿Qué tiene ahí?

—Tengo un «cañón recortado» —dijo el camarero.

—Vaya. Eso es ilegal —susurré—. Escuche, usted y yo estamos juntos. ¿Tiene algo más?

—Una automática —dijo el camarero—. En una caja de puros.

—Perfecto —dije—. Ahora muévase un poco de lado. Tranquilo. De lado. Aún no es el momento para sacar la artillería pesada.

—Como usted diga —dijo entre dientes el camarero, descansando todo su peso en mi brazo—. Como usted...

Se interrumpió. Giró las pupilas. Echó atrás la cabeza.

En la parte trasera del salón hubo un sonido sordo, detrás de la puerta cerrada junto a la mesa de juego. Parecía un portazo. No creí que lo fuera. El camarero tampoco lo creía.

El camarero se congeló. Su boca se abrió. Yo escuchaba. Ningún otro sonido. Eché a andar a toda prisa hacia el extremo de la barra. Había perdido demasiado tiempo escuchando.

La puerta del fondo se abrió con un estrépito, y Malloy salió con el impulso de una veloz y pesada arremetida; se detuvo en seco, con los pies clavados en el suelo y una ancha mueca sombría en el rostro.

Un Colt del ejército, calibre 45, parecía un juguete en sus manos.

—Que nadie se toque los pantalones —dijo, bromista—. Las manos en la barra.

El camarero y yo pusimos las manos sobre la barra.

Malloy revisó todo el salón con una mirada. Su mueca estaba rígida, clavada en el rostro. Movió los pies y atravesó el salón. Parecía un hombre que podía asaltar un banco él solo... incluso vestido de esa manera.

Vino a la barra.

—Arriba, negro —dijo suavemente. El camarero alzó las manos. El hombretón se puso a mis espaldas y me tanteó cuidadosamente con la mano izquierda. Yo sentía su aliento cálido en la nuca. Se apartó.

—El señor Montgomery tampoco sabía dónde está Velma —dijo—. Trató de decírmelo... con esto. —Su mano dura tocó el revólver. Me volví despacio y lo miré—. Sí —dijo—. Usted me reconocerá. No se olvidará de mí, amigo. Dígale a la policía nada más que no hay que descuidarse. —Sacudió el arma—. Bueno, hasta la vista, muchachos. No quiero perder el tranvía.

Fue hacia la escalera.

—No ha pagado las copas —le dije.

Se detuvo y me miró atentamente.

—Es posible que tenga algo de razón ahí —dijo—, pero yo que usted no insistiría.

Se deslizó entre las puertas dobles, y sus pasos sonaron muy lejanos bajando la escalera.

El camarero se inclinó. Yo salté al otro lado del mostrador y lo hice a un lado. En un estante bajo la barra había un revólver de cañon recortado, cubierto por una toalla. A su lado había una caja de puros. En la caja de puros había una 38 automática. Tomé ambas armas. El camarero se apretaba contra los espejos de la pared.

Salí por el extremo de la barra y crucé el salón rumbo a la puerta abierta detrás de la mesa de juego. Más allá había un pasillo, en forma de L, casi sin luz. El matón yacía despatarrado en el suelo, con un cuchillo clavado en la mano. Me incliné y aflojé el cuchillo, que arrojé por una escalera al fondo. El matón soltó un estertor, y su mano quedó fláccida.

Pasé por encima de él y abrí una puerta en la que indicaba «Oficina» con pintura negra descascarillada.

Había un pequeño escritorio cubierto de marcas, junto a una ventana. Erguido en la silla, aparecía el torso de un hombre. La silla tenía un respaldo alto que alcanzaba exactamente al nacimiento del cuello del hombre. La cabeza estaba echada atrás sobre el respaldo alto de la silla, y la nariz apuntaba a la ventana. Parecía doblado simplemente, como un pañuelo o una bisagra.

A la derecha del hombre, un cajón del escritorio estaba abierto. Dentro había un periódico con una mancha de aceite en el medio. El revólver debía de haber salido de ahí. Probablemente en su momento había parecido una buena idea, pero la posición de la cabeza del señor Montgomery probaba que la idea había sido mala.

En el escritorio había un teléfono. Dejé el revólver de cañón recortado y volví atrás a echar el cerrojo a la puerta, antes de llamar a la policía. Me sentía más seguro de ese modo, y al señor Montgomery no parecía molestarle.

Para cuando los muchachos de la policía empezaron a hacer ruido en la escalera de entrada, el matón y el camarero ya habían desaparecido, y yo tenía toda la casa para mí.

3

Se hizo cargo del caso un hombre llamado Nulty, un flaco avinagrado con largas manos amarillas que mantuvo enlazadas sobre las rodillas casi todo el tiempo mientras habló conmigo. Era un teniente detective asignado a la división de la calle Setenta y siete, y hablamos en un cuarto desnudo con dos pequeños escritorios contra paredes opuestas y espacio para moverse entre ellos, siempre que no lo intentaran, a la vez, dos personas. Un linóleo pardo sucio cubría el suelo, y el olor de viejas colillas de puro flotaba en el aire. La camisa de Nulty estaba deshilachada, y las mangas de su chaqueta habían sido vueltas en los puños. Parecía lo bastante pobre como para ser honesto, pero no parecía un hombre que pudiera vérselas con Moose Malloy.

Encendió medio puro, y tiró la cerilla al suelo, donde la esperaban muchas congéneres. Su voz dijo con acritud:

—Negros. Otro asesinato de un negro. Es lo que vengo acumulando en los dieciocho años que llevo en este departamento de policía. Cosas que no merecen siquiera cuatro líneas en los diarios.

No dije nada. Tomó mi tarjeta, volvió a leerla y la arrojó.

—Philip Marlowe, detective privado. ¿Uno de esos tipos, eh? Cielos, parece duro. ¿Qué estuvo haciendo durante todo ese tiempo?

—¿Qué tiempo?

—Todo el tiempo que ese Malloy le estaba retorciendo el cuello al negro.

—Ah, eso sucedió en otro cuarto —dije—. Malloy no me había prometido abstenerse de torcerle el cuello a nadie.

—Ríase de mí —dijo Nulty con acritud—. De acuerdo, adelante, ríase de mí. Todo el mundo lo hace. ¿Qué puede hacerme uno más? El pobre viejo Nulty. Vamos a verlo y le tiramos unos cacahuetes. Siempre listo para hacer reír a la gente, Nulty.

—No me estoy riendo de nadie —dije—. Así fue... en otro cuarto.

—Ah, de acuerdo —dijo Nulty al otro lado de una nubecilla de maloliente humo de puro—. Estuve allí y lo vi, ¿no? ¿Usted no iba armado?

—Nunca voy armado en esa clase de trabajo.

—¿Qué clase de trabajo?

—Buscaba a un peluquero que se había escapado de su esposa. Ella pensaba que yo podía convencerle para que volviera.

—¿Un negro?

—No, un griego.

—De acuerdo —dijo Nulty, y escupió en la papelera—. De acuerdo. ¿Cómo se encontró con el tipo grande?

—Ya se lo he dicho. Estaba ahí por casualidad. Arrojó a un negro por la puerta del Florian’s, y yo con imprudencia me asomé a ver qué pasaba. Así fue como me llevó arriba.

—¿A punta de pistola, quiere decir?

—No, no tenía el arma entonces. Al menos, no mostró ninguna. El revólver se lo sacó a Montgomery, probablemente. A mí solo me invitó a subir. A veces acepto invitaciones.

—¿Sí? —dijo Nulty—. Parece aceptarlas con demasiada facilidad.

—De acuerdo —dije—. ¿Por qué discutir? Yo he visto al tipo, y usted no. Podría usar a un tipo como usted o como yo de reloj de pulsera. No sabía que hubiera matado a nadie, hasta que se marchó. Oí un disparo, pero pensé que alguien se había asustado y le había disparado a Malloy, y Malloy le había quitado el arma.

—¿Y por qué se haría usted una idea semejante? —preguntó Nulty casi con suavidad—. Él usó un arma para asaltar el banco, ¿no?

—Piense en la clase de ropa que llevaba. No había ido allí a matar a nadie; no vestido así. Fue allí a buscar a esa chica llamada Velma, que había sido su novia antes de que estuviera preso por lo del banco. Ella trabajaba ahí, en el Florian’s, o como se llamara cuando todavía era para blancos. Allí lo atraparon. Usted lo encontrará sin problemas.

—Seguro —dijo Nulty—. Con ese tamaño y esa ropa. Fácil.

—Podría tener otro traje —dije—. Y un coche y un escondite y dinero y amigos. Pero lo atrapará.

Nulty volvió a escupir en la papelera.

—Lo atraparé —dijo—, más o menos cuando me salgan los dientes por tercera vez. ¿Cuánta gente tengo trabajando en el caso? Uno. Escuche, ¿sabe por qué? No hay espacio en los diarios. Una vez cinco negros se tallaron unos bonitos crepúsculos de Harlem unos a otros, en la calle Ochenta y cuatro Este. Uno ya estaba frío. Había sangre en los muebles, en las paredes, hasta en el techo. Salgo y fuera de la casa un tipo que trabaja en el Chronicle, un reportero de sucesos, sale del porche y se mete en su coche. Nos hace una mueca y dice: «Qué lástima, negros», y se marcha. Ni siquiera entró en la casa.

—Quizá el hombre está bajo fianza —dije—. En ese caso, podría recibir alguna ayuda. Pero atrápelo o el tipo liquidará a una docena. Entonces sí que saldrá en los diarios.

—Y a mí me sacarán el caso —se rio Nulty.

Sonó el teléfono en su escritorio. Lo descolgó, escuchó y sonrió con pena. Colgó y garabateó algo en un cuaderno, y entonces apareció un débil resplandor en sus ojos, una luz muy al fondo de un pasillo polvoriento.

—Diablos, ya lo tienen. Ha sido un récord. Tienen sus huellas digitales, la foto, todo. Vaya, es algo. —Leyó en el cuaderno—. Cielos, es todo un hombre. Un metro noventa y cuatro de alto, ciento diecinueve kilos, sin la corbata. Vaya, qué tío. Bueno, al diablo con él. Ya han pasado el parte. Probablemente es el último en la lista, pero lo han pasado. No tengo nada más que hacer, salvo esperar. —Arrojó el puro a una escupidera.

—Trate de localizar a la chica —dije—. Velma. Malloy la buscará a ella. Así empezó todo. Pruebe con Velma.

—Pruebe usted —dijo Nulty—. No he estado en un burdel en veinte años.

Me puse de pie.

—De acuerdo —dije, y salí rumbo a la puerta.

—Eh, espere un minuto —dijo Nulty—. Estaba bromeando. ¿No estará usted muy ocupado, no?

Hice rodar un cigarrillo entre los dedos, lo miré y esperé junto a la puerta.

—Quiero decir, ¿tiene tiempo para investigar un poco sobre esa mujer? Es una buena idea. Podría encontrar algo.

—¿Y qué gano?

Abrió sus manos amarillas con tristeza. Su sonrisa era tan atractiva como una trampa para ratones rota.

—Usted ha tenido problemas con nosotros en el pasado. No me diga que no. A mí me dijeron que sí. La próxima vez no le hará daño tener un amigo aquí.

—¿De qué me servirá?

—Escuche —me urgió Nulty—. Yo soy un tipo callado y tranquilo. Pero cualquier tipo en el departamento puede hacerle muchos favores.

—Esto es por amor... ¿o me pagarán algo?

—No hay dinero —dijo Nulty, y arrugó su triste nariz amarilla—. Pero necesito con urgencia hacer algún mérito. Desde la última reestructuración, las cosas han estado muy duras. Yo no lo olvidaría, amigo. Nunca.

Miré mi reloj de pulsera.

—De acuerdo, si encuentro algo, es suyo. Y cuando eche mano al tipo, yo se lo identificaré. Siempre que sea después del almuerzo. —Nos dimos la mano y salí por el pasillo color barro y la escalera, hasta llegar a la entrada del edificio y mi coche.

Hacía dos horas que Moose Malloy había salido del Florian’s con el Colt del ejército en la mano. Almorcé en un drugstore, compré una botella de bourbon y partí rumbo al este, hacia la Central Avenue, y una vez allí seguí hacia el norte. La intuición que tenía era tan vaga como las ondas de calor que bailaban en las calzadas.

No era asunto mío en absoluto, salvo por curiosidad. Pero, estrictamente hablando, no había tenido ningún asunto entre manos en un mes. Incluso un trabajo gratuito significaba un cambio.

4

El Florian’s estaba cerrado, por supuesto. Un policía de civil estaba fuera sentado en su coche, leyendo un diario con un ojo. No entendía por qué se molestaban. Nadie por allí sabía nada de Moose Malloy. El matón y el camarero no habían sido localizados. Nadie en el vecindario sabía nada sobre su paradero, al menos públicamente.

Pasé despacio, aparqué a la vuelta de la esquina y me quedé mirando un hotel de negros que estaba en la acera de enfrente del Florian’s, pasando una calle. Se llamaba hotel Sans Souci. Bajé del coche, crucé la calle y entré. Dos hileras de sillas duras vacías se miraban a ambos lados de una larga alfombra de fibra tostada. Un hombre tenía los ojos cerrados y sus blandas manos oscuras pacíficamente entrelazadas sobre el escritorio. Echaba una siesta, o eso fingía. Llevaba una corbata Ascot que parecía haber sido anudada hacia el año 1880. La piedra verde del alfiler de la corbata no era tan grande como una manzana. Su amplio mentón blando estaba suavemente apoyado sobre la corbata, y las manos entrelazadas eran tranquilas y limpias, con la manicura hecha, y medias lunas grises en las lúnulas.

Un cartel metálico apoyado en el escritorio junto a su codo decía: «Este hotel se encuentra bajo la protección de las Agencias Consolidadas Internacionales».

Cuando el pacífico moreno abrió un ojo y me miró con un ademán pensativo, le señalé el cartel.

—Agente de D P H haciendo un chequeo de rutina. ¿Algún problema por aquí?

D P H significa Departamento de Protección de Hoteles, que es el departamento de una agencia grande que se ocupa de pagar vigilancia y de la gente que se escapa por la puerta trasera dejando la cuenta sin pagar y una maleta barata llena de ladrillos.

—Problemas, hermano —dijo el empleado con una voz alta y sonora—, son algo que hemos dejado de tener. —Bajó la voz cuatro o cinco puntos de volumen y agregó—: ¿Cómo me dijo que se llamaba?

—Marlowe. Philip Marlowe...

—Lindo nombre, hermano. Limpio y alegre. Se lo ve bien hoy. —Volvió a bajar la voz—. Pero usted no es del D P H, hombre. No he visto uno en años. —Apartó las manos y señaló con languidez el cartel—. Esto lo compré de segunda mano, hermano, solo por el efecto que hace.

—De acuerdo —dije. Me incliné sobre el mostrador y empecé a hacer girar medio dólar encima de la madera desnuda y llena de cicatrices—. ¿Ha oído algo sobre lo que ha pasado en el Florian’s esta mañana?

—Hermano, me he olvidado. —Ahora tenía abiertos los dos ojos y observaba la mancha de luz que producía la moneda al girar.

—Al jefe lo liquidaron —dije—. Un tipo de nombre Montgomery. Alguien le rompió el cuello.

—Que el Señor reciba su alma, hermano. —La voz volvió a bajar—. ¿Policía?

—Privado... en una misión confidencial. Y reconozco enseguida a un hombre que sabe guardar un secreto.

Me estudió, después cerró los ojos y pensó. Volvió a abrirlos con cautela, y miró fijo la moneda que giraba. No podía resistir la tentación de mirarla.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó suavemente—. ¿Quién ha liquidado a Sam?

—Un tipo duro recién salido de la cárcel, que se enfadó porque ya no era un bar para blancos. Al parecer, antes lo era. ¿Quizá usted lo recuerda?

No dijo nada. La moneda cayó con un ligero tableteo y quedó inmóvil.

—Haga su juego —le dije—. Le leeré un capítulo de la Biblia o le pagaré una copa. Lo que usted diga.

—Hermano, yo prefiero leer mi Biblia en la intimidad de mi familia. —Tenía los ojos brillantes, firmes, como los de un sapo.

—Quizá acaba de almorzar —dije.

—El almuerzo —dijo— es algo de lo que un hombre de mi tamaño y disposición puede prescindir. —Volvió a bajar la voz—. Venga a este lado del mostrador.

Di la vuelta y saqué del bolsillo la botella chata de bourbon; la puse en el estante. Volví a la parte delantera. El hombre se inclinó para examinarla. Pareció satisfecho.

—Hermano, con esto usted no compra nada en absoluto —dijo—. Pero es un placer para mí tomar un trago en su compañía.

Abrió la botella, puso dos vasos de chupito en el escritorio, y tranquilamente los llenó hasta el borde. Levantó uno, lo olió con cuidado, y lo apuró con el meñique levantado.

Lo saboreó, lo pensó, asintió y dijo:

—Esto era de la botella buena, hermano. ¿En qué puedo serle de utilidad? No hay ni una grieta en la calle por este barrio que yo no conozca íntimamente. Sí señor, este licor estaba del lado bueno de la partida. —Volvió a llenar su vaso.

Le conté lo que había pasado en el Florian’s y por qué. Me miró con solemnidad y sacudió su cabeza calva.

—El bar de Sam era agradable y tranquilo —dijo—. No han apuñalado a nadie allí en todo un mes.

—Cuando el Florian’s era para blancos, hace seis u ocho años, o menos, ¿cómo se llamaba?

—Los carteles eléctricos no son tan baratos, hermano.

Asentí.

—Supuse que debía de haber tenido el mismo nombre. Probablemente Malloy habría dicho algo si el nombre hubiera cambiado. Pero ¿de quién era?

—Sus preguntas me sorprenden un poco, hermano. El nombre de aquel pobre pecador era Florian. Mike Florian.

—¿Y qué le pasó a Mike Florian?

El negro abrió sus suaves manos oscuras. Su voz era sonora y triste.

—Murió, hermano. Fue conducido al Señor. 1934, quizá 35. No tengo precisión en ese punto. Una vida desperdiciada, y un caso grave en los riñones, según oí decir. El hombre sin Dios cae como el novillo en el matadero, hermano, pero la misericordia lo espera más allá. —Su voz bajó al tono de los negocios—. Maldito sea si sé por qué.

—¿Qué familia dejó? Sírvase otro chupito.

Tapó la botella con firmeza y la empujó hacia el otro lado del mostrador.

—Dos es suficiente, hermano... antes de que se ponga el sol. Se lo agradezco. Su método de entablar conversación es bueno para la dignidad de uno... Dejó una viuda llamada Jessie.

—¿Qué fue de ella?

—La búsqueda de conocimiento, hermano, es lo que induce a hacer muchas preguntas. No he oído nada de ella. Busque en el listín.

Había una cabina con un teléfono en el rincón oscuro del vestíbulo. Fui allí, y cerré la puerta lo suficiente como para que se encendiera la luz. Busqué el nombre en el listín, encadenado y muy usado. No había ninguna Florian. Volví al escritorio.

—Nada —dije.

El negro se inclinó con pena y colocó una guía de la ciudad encima del mostrador, y me la pasó. Cerró los ojos. Comenzaba a aburrirse. Había una Jessie Florian, viuda. Vivía en 1644 West 54th Place. Me pregunté qué había estado usando como cerebro durante toda la vida.

Anoté la dirección en un papel y empujé la guía al otro lado del mostrador. El negro la devolvió a su lugar, me dio la mano, después enlazó las suyas sobre el mostrador exactamente como las tenía cuando yo entré. Sus párpados cayeron con lentitud y pareció quedarse dormido.

Para él el incidente estaba terminado. A mitad de camino hacia la puerta le lancé una mirada. Tenía los ojos cerrados y respiraba suave y regularmente, entreabriendo un poco los labios al final de cada inhalación. Su calva resplandecía.

Salí del hotel Sans Souci y crucé la calle rumbo a mi coche. Parecía fácil. Demasiado fácil.

5

En la dirección que tenía anotada había una casa parda y marchita con un jardín pardo y marchito enfrente. Tenía un amplio círculo de tierra desnuda alrededor de una palmera de aspecto seco. En el porche se veía una solitaria mecedora de madera, y la brisa de la tarde hacía golpetear los tallos de las flores de Pascua del año pasado contra la agrietada pared de estuco. En el patio lateral había ropas rígidas, amarillentas y mal lavadas, tendidas de un cable oxidado.

Seguí unos veinte metros, aparqué del lado de enfrente, y volví caminando.

El timbre no funcionaba, así que golpeé en el marco de madera de la puerta de alambre tejido. Oí unos pasos lentos arrastrándose y luego la puerta se abrió y miré a la oscuridad donde había una mujer que se estaba sonando la nariz mientras abría la puerta. Tenía el rostro gris e hinchado. Tenía un cabello hirsuto de ese color vago que no es ni castaño ni rubio, que no tiene la vida suficiente como para ser pelirrojo y no está lo bastante limpio para ser gris. Su cuerpo grueso estaba enfundado en una bata de franela informe, que había perdido su color y su diseño muchas lunas atrás. Era simplemente algo que le cubría el cuerpo. Los dedos de sus pies eran grandes y muy visibles en un par de pantuflas masculinas de cuero marrón muy desgastado.

—¿La señora Florian? —pregunté—. ¿La señora Jessie Florian?

—Ajá. —La voz se arrastraba fuera de la garganta como un enfermo puede arrastrarse fuera de la cama.

—¿Usted es la señora Florian cuyo marido tenía un local de entretenimiento en la Central Avenue? ¿Mike Florian?

Se pasó un mechón de cabello por detrás de una oreja grande. Los ojos le brillaron de la sorpresa. Su voz pesada dijo:

—¿Qué...? No puedo creerlo. Hace cinco años que Mike está muerto. ¿Quién dijo usted que era?

La puerta de alambre estaba cerrada y con el gancho pasado.

—Soy detective —dije—. Querría alguna información.

Me miró durante un largo y desagradable momento. Después, con esfuerzo, descorrió el gancho de la puerta y me dio la espalda.

—Pase entonces. No he tenido tiempo de limpiar todavía —gimió—. Así que policía, ¿eh?

Entré y volví a ponerle el gancho a la puerta. En un rincón de la sala, a la izquierda de la puerta, sonaba un aparato de radio grande y bueno. Era lo único decente que había en la casa. Parecía nuevo, recién comprado. Todo lo demás era basura: sillones con el tapizado en mal estado y cubiertos de polvo, una mecedora de madera que hacía juego con la del porche, un arco cuadrado que daba a un comedor con una mesa manchada, marcas de dedos en las puertas de batiente que daban a la cocina y un par de lámparas de pie con pantallas de hilo que en su época debían de haber sido elegantes y ahora eran tan alegres como una prostituta vieja haciendo las calles.

La mujer se sentó en la mecedora, se sacudió las pantuflas y me miró. Yo miré la radio y me senté en el borde de un diván. Ella me vio mirarla. Una falsa cordialidad, tan débil como el té de un chino, apareció en su rostro y su voz.

—Es toda la compañía que tengo —dijo. Después soltó una risita—. Mike no habrá hecho nada nuevo, ¿no? Hace mucho que no recibo a policías preguntando por él.

Su risa contenía un vago recuerdo de alcohol. Sentí en la espalda algo duro, busqué con la mano y saqué una botella de ginebra vacía. La mujer volvió a reírse.

—Era una broma —dijo—. Pero espero que dondequiera que esté haya suficientes rubias baratas. Aquí nunca tuvo suficientes.

—Yo pensaba más bien en una pelirroja —dije.

—Supongo que no despreciaría a algunas pelirrojas. —Me dio la impresión de que sus ojos ya no eran tan vagos—. No recuerdo. ¿Alguna pelirroja en especial?

—Sí. Una chica llamada Velma. No sé qué apellido usaba, pero de todos modos no debía de ser el verdadero. Estoy tratando de encontrarla por encargo de sus padres. El local en la Central Avenue ahora es exclusivo para negros, aunque no le han cambiado el nombre y, por supuesto, allí nadie ha oído hablar de ella. Así que pensé en usted.

—Sus padres se han acordado de ella... Se han puesto a buscarla —dijo la mujer, pensativa.

—Se trata de algo de dinero. No mucho. Creo que ellos tienen que ponerse en contacto con la chica para recibir el dinero. El dinero aguza la memoria.

—Es lo que pasa con la bebida —dijo la mujer—. Hace calor hoy, ¿no? Usted ha dicho que era un policía.

Ojos astutos, un rostro que sostenía la atención. Los pies en la pantuflas de hombre no se movían.

Alcé la botella de ginebra y la sacudí. Después la coloqué a un lado y busqué en el bolsillo trasero la botella chata de bourbon que el empleado del hotel y yo apenas habíamos empezado. Me la puse sobre la rodilla. Los ojos de la mujer se fijaron, en una mirada incrédula. Después la sospecha le trepó al rostro, como un gatito, aunque no con gestos tan juguetones.

—Usted no es policía —dijo suavemente—. Ningún policía ha comprado nunca una botella así. ¿Qué broma es esta, señor?

Volvió a sonarse la nariz, con uno de los pañuelos más sucios que haya visto en mi vida. Sus ojos seguían fijos en la botella. La sospecha combatía con la sed, y la sed estaba ganando. Siempre ganaba.

—Esa Velma era una artista, una cantante. ¿Usted la había conocido? Supongo que usted no iría mucho por allí.

Los ojos color alga marina seguían en la botella. Una lengua sarrosa asomó entre los labios.

—Hombre, esa bebida —suspiró—. No me importa un comino quién es usted. Pero no la deje caer, señor. No es época de dejar caer nada.

Se levantó y salió pesadamente para volver con dos vasos de turbio vidrio grueso.

—No mezclaremos. Solo lo que ha comprado usted, nada más —dijo.

Le serví un vaso que a mí me habría hecho flotar más alto que las paredes. Se lo llevó a los labios con hambre, lo trasegó como si fuera una aspirina y volvió a mirar la botella. Le serví otro, y uno menor para mí. Se lo llevó a la mecedora. Sus ojos ya estaban dos grados más oscuros.

—Hombre, esto es como la muerte sin dolor —dijo, y se sentó—. Uno nunca sabe qué fue. ¿De qué estábamos hablando?

—De una chica pelirroja llamada Velma que trabajaba en su local de la Central Avenue.

—Sí. —Se bebió la segunda ronda. Me levanté y puse la botella a su lado. La aferró—. Sí. ¿Quién dijo que era usted?

Saqué una tarjeta y se la di. La leyó con la lengua y los labios, la dejó en una mesita a su lado y puso encima el vaso vacío.

—Ah, uno de esos detectives privados. No me lo había dicho, señor. —Me apuntó con el índice a modo de reproche bromista—. Pero su bebida dice que en ese campo es un tipo correcto. Un brindis por el crimen. —Se sirvió ella misma un tercer vaso y lo bebió.

Me quedé sentado, hice rodar un cigarrillo entre los dedos y esperé. O bien ella sabía algo o no sabía nada. Si sabía algo, me lo diría o bien no me lo diría. Era así de simple.

—Una bonita pelirroja —dijo lentamente, con voz pastosa—. Sí, la recuerdo. Cantaba y bailaba. Lindas piernas, y generosa con ellas. Se fue a algún lado. ¿Cómo iba a saber yo qué hacen las putas?

—Bueno, en realidad no pensaba que usted lo supiera —dije—. Pero lo natural era venir y preguntarle, señora Florian. Sírvase más whisky. Puedo salir a buscar más cuando lo necesitemos.

—Usted no bebe —dijo de pronto.

Tomé mi vaso y bebí lo que quedaba en él lentamente, para que pareciera que había más de lo que había.

—¿Dónde están sus padres? —preguntó de pronto.

—¿Qué importa eso?

—De acuerdo —dijo con sorna—. Todos los policías son iguales. De acuerdo, guapo. Un tipo que me paga un trago es un amigo. —Tomó la botella y se sirvió una cuarta ronda—. No debería hablar con usted. Pero cuando un tipo me gusta, el cielo raso es el límite. —Esbozó una sonrisa de niña. Era tan graciosa como una bañera. —Quédese en su sillón y no pise las víboras —dijo—. Tengo una idea.

Se levantó de la mecedora, estornudó, casi perdió la bata, volvió a ajustársela contra el estómago y me miró con frialdad.

—No espíe —dijo, y volvió a salir del cuarto, golpeándose en el marco de la puerta con el hombro.

Oí sus pesados pasos dirigiéndose a la parte trasera de la casa. Los tallos de las flores de Pascua tableteaban sordamente contra la pared de enfrente. El cordel de la ropa tendida chirriaba a un lado de la casa. Pasó el repartidor de helados haciendo sonar su campanilla. La radio grande, nueva y buena en el rincón susurraba cosas sobre danzas y amor con un sonido suave y palpitante como la voz de un cantante sentimental.

Después, de la parte trasera de la casa llegaron distintos tipos de sonido de destrozos. Una silla pareció caer hacia atrás, un cajón de cómoda pareció ser tirado con demasiada fuerza y caer al suelo, hubo golpes y ruido de mover cosas, y pesados murmullos. Después oí el lento sonido de una cerradura y el chirrido de la tapa de un baúl alzándose. Más búsqueda y golpes. Una bandeja terminó en el suelo. Me levanté del diván y me deslicé al comedor, y desde ahí al breve pasillo. Miré por el borde de una puerta entreabierta.

La mujer estaba inclinada frente a un baúl, tomando lo que había en él, y apartándose el pelo de la frente con ira. Estaba más borracha de lo que ella misma creía. Se apoyó en los bordes del baúl y tosió y suspiró. Después se dejó caer sobre sus gruesas rodillas y metió los brazos en el baúl, buscando. Luego sacó las manos sosteniendo algo con vacilación. Un grueso paquete atado con una cinta rosa desteñida. Lentamente, con torpeza, desató la cinta. Sacó del paquete un sobre. Volvió a inclinarse hacia delante para esconder el sobre en la parte derecha del baúl. Volvió a anudar la cinta con dedos trémulos.

Regresé al salón de puntillas y me senté en el diván. Respirando con estertores, la mujer volvió a la sala y se quedó en la puerta, balanceándose con el paquete atado.

Me dirigía una sonrisa triunfante, y desde donde estaba me arrojó el paquete, que cayó más o menos cerca de mis pies. Volvió tambaleándose a la mecedora, se derrumbó en ella y buscó la botella.

Recogí el paquete del suelo y desaté la cinta rosa desteñida.

—Mírelas —gruñó la mujer—. Fotos. Instantáneas de diarios. Y no porque las putas salieran en los diarios, salvo en las páginas de sucesos. Gente del local. Son todo lo que me dejaron, los bastardos... las fotos y la ropa vieja.

Empecé a pasar las brillantes fotografías de hombres y mujeres en poses profesionales. Los hombres tenían rostros afilados de zorros y ropas de hipódromo, o excéntricos maquillajes de payaso. Tramposos y cómicos del circuito de las comisarías. Muy pocos de ellos habían llegado al oeste de la calle Main. Eran de los que se encontraban en las funciones de vodevil de los pueblos, o sin trabajo, o en los cabarets baratos, tan sucios como lo permitiera la ley y de vez en cuando lo bastante sucios como para justificar una redada y una ruidosa sesión en el juzgado, y después de vuelta a sus funciones, sonrientes, sádicamente bajos y tan agrios como el olor del sudor. Las mujeres tenían buenas piernas, y exhibían sus curvas más de lo que habría querido Will Hays. Pero sus rostros se veían tan demacrados como el gato de oficina de un contable. Rubias, morenas, con grandes ojos de vaca y una pesadez de campesinas en ellos. Ojos pequeños y agudos con la codicia de una vagabunda. Una o dos caras a todas luces viciosas. Una o dos de ellas podrían haber sido pelirrojas. No podría afirmarse por las fotografías. Volví a mirarlas sin mucha atención, sin interés, y volví a atar la cinta.

—No reconozco a ninguna —dije—. ¿Por qué tengo que mirarlas?

Me dirigió una mirada suspicaz por encima de la botella que mantenía aferrada con la mano derecha.

—¿No está buscando a Velma?

—¿Es una de estas?

Una pesada astucia jugueteó en su cara, no se divirtió allí y se fue a otra parte.

—¿No tiene una foto de ella...? ¿No se la dieron sus padres?

—No.

Eso la turbó. Cualquier chica tiene una foto en alguna parte, aunque sea con vestidito corto y un moño. Yo deberí

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