Agradecimientos
Muchas gracias a mi familia por su apoyo y por concederme el tiempo y el aliento necesarios para escribir. A mi marido, Michael, que siempre me trae café al despacho, no podría haber terminado gran cosa de nada sin ti. Eres mi fuente de inspiración para no rendirme nunca. A mi hijo, Max, que, aunque es tan pequeño, sabe dar con maneras de respaldarme y que, sin ser consciente, proporcionó la emoción del amor allí donde aparece en esta historia. A mis padres, Rich y Kathy, que leen el borrador de todo cuanto escribo y me dan no solo ánimo, sino también unos consejos excelentes. A mis hermanos, Adam, Brandt y Mike, me siento con fuerzas en este mundo porque sé que siempre veláis por mí. A Beth Hoang, una prima que es una hermana para mí, sin tus correcciones y tu gran amor no habría podido tener un producto final. A todos mis amigos y familiares, gracias por no dejarme nunca sola en esto. Me gustaría expresar especial agradecimiento a mi hermano Michael C. Capone, un consumado músico de rap/blues. La frase «Céntrate, por favor. Céntrate, respira», que aparece en esta novela, pertenece a su canción Hate What’s New Get Screwed By Change. La música de Mike es mi musa cuando escribo, y le doy las gracias por sus letras.
Siendo como soy lega en la materia, he consultado numerosas fuentes para explicar temas tan complejos como la neuroplasticidad de modalidad cruzada, el procesamiento de modalidad cruzada alterado y otros puntos científicos que escapan a mi comprensión. Las siguientes publicaciones me han facilitado una información inestimable: Mary Bates, «Super Powers for the Blind and Deaf», Scientific American, 18 de septiembre de 2012; Christina M. Karns, Mark W. Dow y Helen J. Neville, «Altered Cross-Modal Processing in the Primary Auditory Cortex of Congenitally Deaf Adults: A Visual-Somatosensory MRI Study with a Double-Flash Illusion», The Journal of Neuroscience, 11 de julio de 2012.
A mi agente, Kimberley Cameron, gracias por darme una oportunidad. Gracias por tomarte el tiempo para leerte el manuscrito, llamarme y cambiarme la vida. Es un placer trabajar contigo, eres la definición de la elegancia. A Oceanview Publishing, a Bob y Pat Gussin, gracias por darle una oportunidad a 15/33 y por vuestro entusiasmo, valiosos consejos y apoyo. Al equipo de Oceanview, Frank, David, Emily, gracias por vuestro respaldo, gracias por acogerme en la familia Oceanview.
~Carpe diem cada día~
EL MÉTODO 15/33
1
4-5 días de cautiverio
El cuarto día maquinaba su muerte tumbada allí. Mientras elaboraba mentalmente un listado de recursos, la planificación me proporcionaba consuelo ... una madera del suelo suelta, una manta de lana roja, una ventana alta, vigas vistas, el ojo de una cerradura, el estado en que me hallo...
Recuerdo lo que pensaba entonces como si lo estuviese reviviendo ahora, como si fuese lo que pienso ahora. Ahí está otra vez, a la puerta, pienso, aunque de eso hace ya diecisiete años. Quizás esos días sean mi presente para siempre, por haber logrado sobrevivir plenamente en la minucia de cada hora y cada segundo de meticulosa estrategia. Durante ese periodo de tortura indeleble estuve completamente sola. Y debo decir ahora, no sin orgullo, que el resultado que obtuve, mi incuestionable victoria, no fue sino una obra maestra.
El Día 4 ya tenía una buena lista de recursos y una idea a grandes rasgos de cómo sería mi venganza, todo ello sin la ayuda de un boli o un lápiz, tan solo utilizando el cerebro para concebir posibles soluciones. Un puzle, lo sabía, pero un puzle que estaba resuelta a resolver ... una madera del suelo suelta, una manta de lana roja, una ventana alta, vigas vistas, el ojo de una cerradura, el estado en que me hallo... ¿Cómo encajan todas estas piezas?
Recompuse este enigma una y otra vez y seguí buscando recursos. Ah, sí, claro, el cubo. Y sí, sí, sí, el somier es nuevo, no le quitó el plástico. Vale, una vez más, repásalo otra vez, resuelve el acertijo. Vigas vistas, un cubo, el somier, el plástico, una ventana alta, una madera del suelo suelta, una manta de lana roja, el...
Numeré los recursos para aportar cierta dosis de ciencia. Una madera del suelo suelta (Recurso n.º 4), una manta de lana roja (Recurso n.º 5), un plástico... Cuando empezó el Día 4 la colección parecía lo más completa posible. Necesitaría más cosas, supuse.
El crujido del suelo de madera de pino al otro lado de la celda de mi prisión, un dormitorio, me interrumpió a eso de mediodía. Está ahí fuera, no cabe duda. La hora de la comida. El cerrojo se movió de izquierda a derecha, el ojo de la cerradura giró y él irrumpió sin tan siquiera molestarse en detenerse en el umbral.
Como ya había hecho en las demás comidas, me dejó en la cama una bandeja con unos elementos que a esas alturas ya me eran familiares: una taza blanca de leche y un vaso pequeño de agua. Sin cubiertos. La porción de quiche de huevo y beicon tocaba el pan, horneado en casa, en el plato, un recipiente redondo de porcelana pintado con una escena toile en color rosa de una mujer con un cacharro y un hombre con un sombrero con una pluma y un perro. Odiaba de tal modo ese plato que me estremezco solo de recordarlo. Por detrás ponía: «Wedgwood» y «Salvator». Esta será mi quinta comida en este salvador. Odio este plato. También me cargaré este plato. El plato, la taza y el vaso parecían los mismos que había utilizado para desayunar, comer y cenar el Día 3 de cautiverio. Los dos primeros días los pasé en una furgoneta.
—¿Más agua? —preguntó con su monótono tono cortante, aburrido y grave.
—Sí, por favor.
Inició este patrón el Día 3, lo cual, creo, fue lo que hizo que me pusiera a maquinar en serio. La pregunta formaba parte de la rutina, el hecho de que me trajese la comida y me preguntara si quería más agua. Decidí decir que sí cuando me lo preguntara y resolví decir que sí siempre, aunque la secuencia no tenía ningún sentido. ¿Por qué no me traía un vaso de agua más grande, para empezar? ¿Por qué esa incompetencia? Sale, echa la
llave, las tuberías resuenan en las paredes del pasillo, un borboteo y a continuación un chorro de agua del lavabo, fuera del alcance de mi vista por el ojo de la cerradura. Vuelve con un vaso de plástico con agua tibia. ¿Por qué? Lo que sí puedo decir es que hay muchas cosas en este mundo que son un misterio, como la lógica subyacente a muchos de los inexplicables actos de mi carcelero.
—Gracias —dije cuando volvió.
Decidí a partir de la Hora 2 del Día 1 que intentaría fingir unos modales de colegiala, ser agradecida, ya que no tardé en descubrir que mi inteligencia era superior a la de mi captor, un hombre de más de cuarenta años. Debe de tener cuarenta y tantos, como mi padre. Sabía que era lo bastante sesuda para superar esta situación terrible, asquerosa, y eso que solo tenía dieciséis años.
La comida del Día 4 sabía igual que la del Día 3, pero quizá los alimentos me dieran lo que necesitaba, porque caí en la cuenta de que tenía muchos más recursos: tiempo, paciencia, un odio imperecedero y, mientras me tomaba la leche de la gruesa taza de restaurante, me percaté de que el cubo tenía un asa de metal y los extremos del asa eran puntiagudos. Solo tengo que quitar el asa. Puede ser un recurso independiente del cubo. Además estaba a cierta altura en el edificio, no bajo tierra, como pensé en un principio, los Días 1 y 2. A juzgar por la copa del árbol que crecía frente a mi ventana y de los tres tramos de escalera que había que subir para llegar a mi habitación, sin duda estaba en un tercero. Consideré la altura otro recurso.
Curioso, ¿no? El Día 4 todavía no me había aburrido. Hay quien podría pensar que estar sola en una habitación cerrada podría llevar a alguien a la demencia o al delirio, pero tuve suerte. Mis dos primeros días los pasé viajando, y por alguna equivocación colosal o un grave error de juicio, mi captor se sirvió de una furgoneta para cometer su delito, y la furgoneta tenía las lunas de las ventanillas laterales tintadas. Claro que nadie podía ver el interior, pero yo sí podía ver el exterior. Estudié el recorrido y lo anoté en el diario de mi cabeza, detalles que a decir verdad no llegué a utilizar, pero la labor de transcribir y grabar los datos en la memoria eterna mantuvo ocupados mis pensamientos durante días.
Si me preguntarais hoy, diecisiete años después, qué flores crecían en la rampa de la salida 33, os diría que margaritas silvestres entremezcladas con una considerable cantidad de vellosilla anaranjada. Os podría pintar el cielo, de un gris azulado impreciso tirando a un pardo emborronado. También sería capaz de revivir la repentina actividad, como la tormenta que estalló 2,4 minutos después de que pasáramos la extensión de flores, cuando la masa negra que se cernía en el firmamento descargó una granizada primaveral. Veríais las bolas de hielo del tamaño de un guisante, que obligaron a mi secuestrador a aparcar debajo de un paso elevado, decir «me cago en la puta» tres veces, fumarse un cigarro, lanzar la colilla e iniciar de nuevo la marcha, 3,1 minutos después de que la primera bola de hielo se estrellara contra el capó de la furgoneta que se había utilizado para cometer el delito. Transformé cuarenta y ocho horas de estos detalles relativos al transporte en una película que puse todos y cada uno de los días que duró mi cautiverio, estudiando cada minuto, cada segundo, todos y cada uno de los fotogramas, en busca de pistas y recursos y análisis.
La ventanilla de la furgoneta y la posición en la que me dejó mi captor, sentada y con posibilidad de ver por dónde íbamos, hicieron que sacara una rápida conclusión: el responsable de mi encarcelamiento era un idiota que iba con el piloto automático, un soldado robot. Sin embargo yo estaba cómoda en un sillón que había afianzado al piso de la furgoneta. Baste con decir que, pese a lo mucho que rezongó cuando me tapó los ojos y vio que la venda quedaba floja, o era demasiado vago o estaba demasiado distraído para atarme el antifaz en condiciones y, por tanto, supe hacia dónde nos dirigíamos por las señales que íbamos pasando: al oeste.
Durmió 4,3 horas la primera noche. Yo dormí 2,1. Tomamos la salida 74 al cabo de dos días y una noche al volante. Y no preguntéis por el tremendo bochorno de las paradas para ir al servicio en áreas de descanso desiertas.
Cuando llegamos a nuestro destino, la furgoneta bajó despacio por la rampa de salida, y yo decidí contar tandas de sesenta. Un segundo, dos segundos, tres segundos... 10,2 tandas de segundos más tarde, aparcamos y el motor renqueó y paró dando sacudidas. A 10,2 minutos de la carretera. Por la esquina superior de mi caída venda distinguí un sembrado sumido en un gris crepuscular y bañado en una franja de luna llena blanca. Las ramas finas y elásticas de un árbol cubrieron la furgoneta. Un sauce. Como el de Nana, la abuela. Pero esta no es la casa de la abuela.
Está en un lateral de la furgoneta. Viene por mí. Tendré que salir de la furgoneta. No quiero salir de la furgoneta.
Pegué un bote al oír el ruidoso chirriar de metal contra metal y el golpe de la puerta al deslizarse. Hemos llegado. Supongo que hemos llegado. Hemos llegado. El corazón me latía al ritmo de las alas de un colibrí. Hemos llegado. El sudor se me acumulaba en el nacimiento del pelo. Hemos llegado. Mis brazos se tensaron, y mis hombros se pusieron rectos, formando una T mayúscula con mi columna. Hemos llegado. Y mi corazón, de nuevo, podría haber hecho temblar la tierra, podría haber causado un tsunami con ese ritmo.
Con mi captor se coló un aire a campo como para consolarme. Durante un breve segundo me envolvió en una caricia refrescante, pero la presencia de mi secuestrador rompió el encantamiento casi tan deprisa como llegó. No lo veía por completo, naturalmente, con el amago de vendaje que llevaba, y sin embargo presentí que estaba allí plantado, mirándome fijamente. ¿Qué soy a tus ojos? ¿Simplemente una chica afianzada con cinta americana a un sillón en la parte de atrás de tu furgoneta de mierda? ¿A ti esto te parece normal? Puto imbécil.
—No chillas ni lloras ni me suplicas como hicieron las otras —comentó, y fue como si hubiese tenido una epifanía con la que llevara días a vueltas.
Giré la cabeza deprisa hacia su voz, como poseída, con la intención de que ese movimiento lo desconcertara. No estoy segura de si fue así, pero creo que reculó una pizca.
—¿Te haría sentir mejor si lo hiciera? —pregunté.
—Cierra la puta boca, pedazo de zorra pirada. Me importa una puta mierda lo que hagáis las furcias como tú —dijo, en voz alta y rápida, como para recordarse que él tenía el control. A juzgar por los decibelios con los que manifestó su agitación, supuse que estábamos solos, estuviéramos donde estuviésemos. Esto no es bueno. Se pone a gritar aquí tan tranquilo. Estamos solos. Los dos.
Por la inclinación de la furgoneta supe que se había agarrado a la puerta y se había subido. Gruñó debido al esfuerzo, y me percaté de que respiraba pesadamente, como un fumador. El típico saco de grasa inútil. Sombras y fragmentos de sus movimientos se acercaron a mí, y un objeto afilado, plateado, que sostenía en la mano lanzó un destello con la luz de arriba. En cuanto invadió mi espacio me llegó su olor, a sudor rancio, la peste de un cuerpo que no se ha aseado en tres días. Su aliento era como sopa fétida en el aire. Hice una mueca de asco, me volví hacia la ventanilla tintada y contuve la respiración para no oler.
Mi captor cortó la cinta americana que me sujetaba los brazos al sillón y me puso una bolsa de papel en la cabeza. Vaya, mofeta humana, conque te has dado cuenta de que la venda no sirve.
Cómoda dentro de lo malo, llegué a aceptar ese sillón ambulante, pero no tenía la más remota idea de lo que me esperaba. Así y todo no puse ningún reparo a que entrásemos en lo que debía de ser una granja. Del olor a vacas que pastaban el día entero y la hierba y los tallos altos que me daban en las piernas, deduje que habíamos entrado en un henar o un trigal.
El aire nocturno del Día 2 me refrescó los brazos y el pecho incluso a través del chubasquero negro forrado que llevaba puesto. A pesar de la bolsa y del trapo que me medio tapaba los ojos, la luz de la luna iluminaba nuestro camino. Con el arma pegada a mi espalda y yo abriendo la marcha a ciegas, con la luna como única guía, atravesamos el grano de América, que nos llegaba por la rodilla, a lo largo de una tanda de sesenta segundos. Levantaba mucho los pies para acentuar la cuenta; él detrás de mí, arrastrando los pies como un pistolero. Ese era nuestro desfile de dos: uno, shsss, dos, shsss, tres, shsss, cuatro.
Comparé mi triste marcha con la muerte en el mar que sufrían los marineros condenados a caminar por la pasarela y tomé en consideración mi primer recurso: terra firma. Después el terreno cambió, y dejé de sentir la presencia de la luna. El suelo cedió un tanto con mis innecesariamente forzados y pesados pasos, y el polvo seco que notaba en los expuestos tobillos me dijo que me encontraba en un camino de tierra suelta. Ramas de árboles me arañaban los brazos por ambos lados.
No hay luz + no hay hierba + pista de tierra + árboles = bosque. Esto no pinta bien.
Mi pulso y mi corazón parecían tener ritmos distintos cuando recordé el programa Nightly News y la noticia de otra adolescente a la que habían encontrado en el bosque de otro estado, lejos de mí. Qué lejana se me antojó su tragedia entonces, tan al margen de la realidad. Le habían cortado las manos y arrebatado su inocencia, el cuerpo arrojado a una fosa poco profunda. Lo peor eran los indicios de que por allí habían pasado coyotes y pumas, que se llevaron su parte bajo los maléficos guiños de murciélagos con ojos demoniacos y la lúgubre, feroz mirada de lechuzas. Basta... cuenta... no te olvides de contar... sigue contando... céntrate...
Los espantosos pensamientos hicieron que me perdiera. He perdido la cuenta. Haciendo a un lado el horror, cobré ánimos, respiré hondo y frené al colibrí del pecho, como me había enseñado a hacer mi padre en nuestras clases padre e hija de jiu-jitsu y tai chi y como las lecciones que había aprendido en los libros de la facultad de Medicina, que guardaba en mi laboratorio del sótano.
Dado el miedo pasajero que me invadió al entrar en el bosque, reajusté el cálculo. Tras una serie de sesenta segundos en el denso bosque, pasamos a una hierba corta y volvimos a vernos bajo la luz sin trabas de la luna. Esto debe de ser un claro. Esto no es un claro. ¿O sí? Está pavimentado. ¿Por qué no hemos aparcado aquí? Terra firma, terra firma, terra firma.
Tras otra extensión de hierba corta nos detuvimos. Un tintineo de llaves; una puerta que se abría. Antes de que se me olvidara, calculé y anoté el tiempo que había transcurrido desde que dejamos la furgoneta hasta que llegamos a la puerta: 1,1 minutos, a pie.
No tuve la oportunidad de inspeccionar el exterior del edificio en el que entramos, pero me imaginé una granja blanca. Mi captor me obligó a subir de inmediato una escalera. Un tramo, dos tramos... Al llegar al tercero, giramos 45 grados a la izquierda, dimos tres pasos y nos detuvimos de nuevo. Sonido de llaves. Un cerrojo al descorrerse. Una cerradura al abrirse. El crujido de una puerta. Me quitó la bolsa y la venda y me metió de un empujón a mi cárcel, un cuarto de 3,5 7 metros del que no había escapatoria.
El espacio estaba iluminado por la luna, que se colaba por una ventana alta triangular situada a la derecha de la puerta. Enfrente había un colchón de 1,50 sobre un somier, directamente en el suelo, pero extrañamente rodeado de un armazón de madera con laterales y listones y tablillas y demás. Era como si alguien se hubiese quedado sin energía o quizá se hubiese olvidado de la estructura que debía soportar el somier y el colchón. Así pues la cama era como un lienzo que aún no había sido montado, tan solo descansaba torcida dentro del marco. Una colcha de algodón blanca, una almohada y una manta de lana roja vestían la improvisada cama. En el techo, tres vigas vistas, paralelas a la puerta: una sobre el umbral, la segunda dividiendo la habitación rectangular en dos y la tercera sobre mi cama. Los techos eran altos, cosa que, sumada a las vigas vistas, hacía posible que uno pudiera ahorcarse, si decidía hacerlo. No había nada más. Sobrecogedoramente limpia, sobrecogedoramente sobria, por toda decoración un tenue silbido. Hasta un monje se habría sentido desnudo en semejante vacío.
Fui directa al colchón del suelo mientras él señalaba un cubo a modo de retrete, por si tenía que «mear o cagar» por la noche. La luna vibró cuando se fue, como si también ella soltara el aire que había estado reteniendo en sus galácticos pulmones. En una habitación más luminosa, me dejé caer hacia atrás, agotada, y me regañé por mis emociones, que eran como una montaña rusa. Desde la furgoneta pasaste del nerviosismo al odio, al alivio, al miedo, a nada. Tranquilízate o no saldrás victoriosa en esto. Al igual que con cualquiera de mis experimentos, necesitaba una constante, y la única constante que podía tener era una impasibilidad regular, algo que me esforzaba por mantener, además de grandes dosis de desdén y odio insondable, si esos ingredientes eran necesarios para mantener la constante. Y con las cosas que oí y vi en mi prisión, ciertamente esos añadidos eran necesarios. Y fáciles de conseguir.
Si hay un talento que perfeccioné durante mi cautiverio, ya fuese por designio divino, por ósmosis al vivir en el mundo acerado de mi madre, por las clases de defensa personal de mi padre o por el instinto natural del estado en que me hallaba, ese talento era similar al de un general en una gran guerra: una actitud firme, fría, calculadora, vengativa y serena.
Esta calma serena no era nueva para mí. De hecho en primaria un tutor insistió en que me sometiese a un reconocimiento médico debido a la preocupación que había expresado la dirección al ver mis reacciones lineales y mi aparente incapacidad de sentir miedo. A mi maestra de primero le inquietaba que no berrease o saltara, chillara o gritara —como hicieron los demás— cuando un hombre armado irrumpió en nuestra clase y abrió fuego. Tal y como se podía ver en el vídeo de seguridad, yo estudié su histerismo espasmódico, sus manchas de sudor, las marcas de viruela de su cara, las pupilas dilatadas, los frenéticos movimientos de los ojos, las señales de pinchazos de sus brazos y, por suerte, su mala puntería. A día de hoy recuerdo que la respuesta era evidente: estaba drogado, nervioso, puesto de ácido o heroína o las dos cosas; sí, sabía cuáles eran los síntomas. Detrás de la mesa de la maestra se encontraba el megáfono de emergencia, en un estante bajo la alarma contra incendios, así que fui directo a ambos. Antes de hacer sonar la alarma grité: «¡ATAQUE AÉREO!» por el megáfono, con la voz más grave que podía poner una niña de seis años. El yonqui de meta se cayó al suelo y se encogió en un charco de su propio pis cuando se lo hizo en los pantalones.
En el vídeo, que señaló la importancia de que fuese sometida a evaluación, se veía a mis compañeros de clase acurrucados, berreando, a mi maestra de rodillas, suplicando a Dios, y a mí subida a un taburete, accionando el megáfono a la altura de la cadera y plantada allí como si estuviese dirigiendo el alboroto. Tenía la cabeza ladeada, el pelo recogido en una trenza, el brazo que sostenía el megáfono atravesado en la barriguilla, el otro subido hasta el mentón, en la boca una leve sonrisa que hacía juego con el amago de guiño en el ojo, dando mi aprobación a los agentes de policía que se abalanzaron sobre el culpable.
Así y todo, tras someterme a una batería de pruebas, el psiquiatra infantil les dijo a mis padres que era muy capaz de sentir emociones, pero también tenía una capacidad excepcional para suprimir distracciones y pensamientos no productivos. «El escáner cerebral permite ver que su lóbulo frontal, el responsable del razonamiento y la planificación, es más grande de lo normal. Percentil 99. Francamente, yo diría que en realidad es de un 101% —informó—. No es una sociópata. Entiende y puede decidir sentir emociones, pero también podría decidir no hacerlo. Su hija me dice que tiene un interruptor interno que puede apagar o encender en cualquier momento para experimentar cosas como dicha, miedo, amor. —Tosió y dijo “ejem” antes de continuar—: Miren, nunca me había topado con un paciente así, pero basta con mirar a Einstein para comprender la cantidad de cosas que no entendemos sobre los límites del cerebro humano. Hay quien asegura que utilizamos tan solo una parte muy pequeña de nuestro potencial. Su hija, en fin, su hija utiliza algo más. Lo que no sé es si eso es una bendición o una maldición.» No sabían que yo estaba escuchando a través de la puerta entreabierta de su despacho. Todas sus palabras fueron almacenadas en el disco duro de mi cerebro.
Lo del interruptor era, básicamente, cierto. Quizás hubiese simplificado las cosas. Es más bien una decisión, pero puesto que es difícil explicar las decisiones mentales, dije «interruptor». Como mínimo estaba encantada de tener a un médico así de bueno. Escuchaba, sin juzgar. Creía, sin mostrarse escéptico. Tenía verdadera fe en los misterios de la medicina. El día que dejé de estar a su cuidado, le di a un interruptor y lo abracé.
Me estuvieron estudiando unas semanas, redactaron algunos informes, y mis padres me devolvieron a un mundo en cierto modo normal: volví a primaria y construí un laboratorio en el sótano.
El Día 3 de cautiverio —el primero que pasaba fuera de la furgoneta— iniciamos el proceso de establecer un patrón: tres comidas al día, que me traía mi captor, en el ridículo plato de porcelana, leche en una taza blanca, un vaso pequeño de agua, seguido de uno mayor, de agua tibia. Después de cada comida se llevaba la bandeja con el plato, la taza y los vasos vacíos y me recordaba que llamara a la puerta solo cuando necesitase ir al cuarto de baño. Si no llegaba a tiempo, «usa el cubo». No usé el cubo nunca. Es decir, no usé el cubo nunca para aliviarme.
A partir de entonces ese proceso en vías de desarrollo se vio interrumpido por un par de visitas. Sí, cuando llegaron yo tenía los ojos debidamente vendados, de manera que no pude determinar su identidad, pero después de lo que sucedió el Día 17, me propuse elaborar un listado de todos los detalles para poder vengarme más adelante, no solo de mi captor, sino también de quienes acudieron a visitarme a mi celda. Sin embargo no sabía qué hacer con la gente de la cocina, situada debajo. Pero será mejor que no adelante acontecimientos.
Mi primera visita llegó el Día 3. Médico, sin duda, tenía los dedos fríos. Lo llamé «el Médico». La segunda llegó el Día 4, acompañada del Médico, que informó: «La chica se encuentra bien, teniendo en cuenta las circunstancias.» En voz baja, el segundo visitante comentó: «Conque esta es.» Lo llamé «Señor Obvio».
Cuando el Médico y el Señor Obvio estaban por irse, el Médico recomendó a mi carcelero que procurase que mantuviera la calma y estuviese tranquila. Pero no se produjo ningún cambio que me hiciese sentir calmada o tranquila hasta que el Día 4 tocó a su fin, cuando solicité los Recursos n.os 14, 15 y 16.
Cuando la luz empezaba a desvanecerse en mi cuarto día de cautiverio, la madera del suelo crujió de nuevo. A través del Recurso n.º 8, el ojo de la cerradura, tomé nota de la hora: la cena. Mi captor abrió la puerta y me dio la bandeja con el plato de motivos absurdos, la taza de leche y el vaso de agua. Otra vez quiche y pan.
—Toma.
—Gracias.
—¿Más agua?
—Sí, por favor.
Echa la llave, se escuchan las tuberías, corre el agua, vuelve: más agua. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué hace esto?
Dio media vuelta para marcharse.
Con la cabeza gacha y la voz más sumisa e insípida posible que me pude permitir, dije:
—Disculpe, pero no puedo dormir, y se me ha ocurrido que si pasaría algo si... bueno, puede que si viera la tele o escuchara la radio o leyera o dibujara, un lápiz y un papel, puede que sirviera de algo, ¿no?
Me preparé para escuchar un ataque verbal brutal e incluso violencia física por mi insolencia.
Él me miró de arriba abajo, soltó un gruñido y se marchó sin contestar mi pregunta.
Unos cuarenta y cinco minutos después escuché de nuevo el ya familiar crujido del suelo. Supuse que mi captor había vuelto, siguiendo la rutina, para recoger el plato, la taza y los vasos. Pero cuando abrió la puerta vi que llevaba contra el ancho pecho un viejo televisor de diecinueve pulgadas, una radio de mercadillo de unos treinta centímetros de largo, un cuaderno metido bajo el brazo izquierdo y un estuche de colegial de plástico alargado. El estuche, rosa y con dos caballos en un lateral, era de esos que se compran el primer día de colegio y se pierden en una semana. Me pregunté si estaría en un colegio. De ser así, debe de estar abandonado.
«Y no se te ocurra pedir nada más», advirtió, cogiendo de malas maneras la bandeja de la cama y haciendo que el plato y los vasos vacíos se deslizaran por la superficie ruidosamente. Dio un portazo al salir. Ruidos. Siempre hacía ruidos desagradables.
Moderando mis expectativas, abrí la cremallera del estuche rosa, pensando que me encontraría un simple lápiz sin punta.
No puede ser: no solo hay dos lapiceros nuevos, sino también una regla de treinta centímetros y un sacapuntas. El sacapuntas, negro, tenía el número «15» en un lado. Me apropié de inmediato de tan valioso objeto y lo etiqueté: Recurso n.º 15, en particular la hoja de su interior. El Recurso n.º 15 presenta su propia etiqueta. Sonreí cuando tuve la caprichosa ocurrencia de que el sacapuntas se unía resueltamente a mi complot, un soldado leal que acudía a cumplir con su deber, y resolví que «15» al menos formaría parte del nombre de mi plan de fuga.
Con el objeto de que mi captor tuviera la sensación de que agradecía sus desvelos, enchufé el Recurso n.º 14, el televisor, y fingí ver la tele. Era evidente que me importaba un pito su preciado ego, pero las estratagemas que diseñamos para engañar a nuestros enemigos los arrullan y los mecen para que se sientan seguros en su debilidad y sus inseguridades, hasta que llega el momento de hacer saltar la trampa, tirar de la cuerda y dejar caer la veloz mano de la muerte. Bueno, puede que no tan veloz, quizá se alargue un tanto. Es preciso que sufra, un poquito. Quité el asa del cubo y utilicé los puntiagudos extremos del destornillador.
Esa noche ninguna criatura en la casa o en los campos que se extendían más allá superó mi grado de conciencia. Hasta la luna empequeñeció hasta convertirse en un gajo mientras me pasé la Noche 4 entera trabajando.
Mi carcelero no se percató de la sutil diferencia que presentaba mi celda cuando me llevó el desayuno el Día 5, de nuevo en el ofensivo plato de porcelana. Cuando llegó la hora de la comida, tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una risita cuando me preguntó si quería más agua.
«Sí, por favor.»
No sabía lo que le esperaba, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar para imponer mi idea de justicia.
Me da lo mismo lo que dijeron las noticias en su momento: no me escapé de casa. Evidentemente. ¿Por qué habría de hacerlo? Mis padres estaban muy enfadados, sí. Estaban furiosos, pero me apoyarían. Eran mis padres, y yo su única hija.
«Pero eres una estudiante de nota. ¿Qué piensas hacer con los estudios?», me preguntó mi padre.
Se mostraron más desconcertados incluso cuando fuimos a la clínica y se enteraron de que había ocultado mi estado siete meses.
—¿Cómo puede estar embarazada de siete meses?
—le preguntó mi madre al tocólogo, aunque su voz no casaba con lo que veían sus ojos, una verdad innegable.
Lo cierto es que no solo había «engordado un poco», sino que además me había crecido un bombo perfectamente redondo bajo mis por aquel entonces hinchados pechos. Abochornada por su autoengaño, mi madre bajó la cabeza y empezó a sollozar. Mi padre le puso una mano en la espalda con suavidad, no sabía muy bien qué hacer con esa mujer que rara vez derramaba una lágrima. El médico me miró y frunció la boca, aunque con amabilidad, y cambió de tema, centrándose en el futuro más inmediato.
—Tendremos que volver a verla la semana que viene. Quiero hacer algunas pruebas. Pidan cita en recepción.
De haber sabido entonces lo que sé ahora, me habría mostrado más perspicaz y habría pillado la pista en ese mismo instante. Pero estaba demasiado inmersa en la decepción de mis padres para darme cuenta de la doblez que había tras la mirada feroz de la recepcionista o el velo de clorofila que envolvía su presencia, fuera de lugar. Sin embargo ahora lo recuerdo; en su momento almacené esa información inconscientemente. Cuando nos acercamos a ella, la mujer, el cabello blanco recogido en un moño tirante, los ojos verdes y las mejillas con un falso rubor, se dirigió únicamente a mi madre:
—¿Cuándo ha dicho el doctor que debían volver?
—preguntó.
—Ha dicho que la semana que viene —respondió mi madre.
Mi padre presenciaba la escena, metiendo la cabeza en el espacio de mi madre, sus piernas justo detrás de las de ella: parecían un dragón de dos cabezas.
Mi madre se puso a toquetear el bolso con una mano mientras la otra se abría y cerraba en torno a una pelota antiestrés inexistente a la altura del muslo. La recepcionista consultó la agenda.
—¿Les viene bien el próximo martes a las dos? No, un momento, estará en el instituto, ¿no? ¿Prospect High?
A mi madre no le gusta nada la cháchara innecesaria. Por regla general habría pasado por alto, habría desdeñado incluso, la irrelevante pregunta sobre el instituto. Por regla general habría respondido a tan superflua pregunta con una pregunta mordaz: ¿de verdad importa a qué instituto va? Es voluble, y no tiene paciencia para la estupidez o la gente que le hace perder el tiempo. Mal genio, sumamente eficiente, exigente, metódica y desdeñosa, esas son cualidades: es abogada procesalista. Sin embargo, ese día no era más que una madre angustiada, y contes
