Río místico

Dennis Lehane

Fragmento

1. El Point y los Flats

1 El Point y los Flats

Cuando Sean Devine y Jimmy Marcus eran pequeños, sus padres trabajaban juntos en la fábrica de caramelos Coleman y siempre los acompañaba a casa el mal olor del chocolate caliente. Se convirtió en un sello indeleble de su ropa, de las camas en las que dormían y del respaldo de vinilo de los asientos de sus coches. La cocina de Sean olía a polo de chocolate, y su cuarto de baño a barrita Coleman Chew-Chew. A los once años, Sean y Jimmy odiaban hasta tal punto los dulces que durante el resto de su vida bebieron café solo y se saltaron siempre el postre.

Los sábados, el padre de Jimmy pasaba por casa de los Devine para tomarse una cerveza con el de Sean. Solía llevarse con él a Jimmy, y mientras las cervezas pasaban de una a seis, con el añadido de dos o tres chupitos de Dewar’s, Jimmy y Sean jugaban en el patio trasero, acompañados a veces por Dave Boyle, un niño con muñecas de niña y mirada insegura que siempre estaba contando chistes aprendidos de sus tíos. Desde el otro lado de la mosquitera de la ventana de la cocina, los tres podían oír la apertura efervescente de las latas de cerveza, las bruscas ráfagas de risa ronca y el rotundo chasquido de los mecheros Zippo con los que el señor Devine y el señor Marcus se encendían sus Lucky Strike.

El que tenía el mejor empleo, como capataz, era el padre de Sean, un hombre alto, rubio y de sonrisa fácil; una sonrisa distendida con la que Sean lo había visto apaciguar más de una vez las iras de su madre como si se las apagara por dentro con un interruptor. El padre de Jimmy cargaba los camiones. Era bajo, con un flequillo oscuro y enmarañado que le caía por la frente y una especie de permanente inquietud en la mirada. Se movía con una velocidad sorprendente: un parpadeo bastaba para encontrárselo de pronto en la otra punta de la habitación. Dave Boyle no tenía padre, aunque sí muchos tíos, y la única razón de que estuviera tantos sábados en casa de Jimmy era que tenía el don de pegarse a él como un esparadrapo. En cuanto lo veía saliendo de casa con su padre, se plantaba junto al coche, medio jadeando, y le decía con una tristeza cargada de esperanza: «¿Qué tal, Jimmy?»

Vivían todos en East Buckingham, al oeste del centro, un barrio de colmados aprovechados hasta el último milímetro, pequeños parques infantiles, y carnicerías con carne todavía roja de sangre colgando en el escaparate. Los bares tenían nombres irlandeses, y la mayoría de los coches aparcados junto a las aceras eran modelo Dodge Dart. Las mujeres llevaban un pañuelo en la cabeza atado por detrás y monederos de piel falsa, de los de clic, para los cigarrillos. Hasta hacía bien poco, un par de años quizá, a los chicos mayores los sacaban de las calles —casi parecía que se los llevasen naves espaciales— y los mandaban a la guerra. Volvían vacíos y taciturnos al cabo de un año, más o menos... si volvían. Durante el día, las madres buscaban cupones de descuento en la prensa; por la noche, los padres iban a los bares. Allí todo el mundo se conocía. De aquel barrio, exceptuando a aquellos chicos mayores, no se iba nunca nadie.

Jimmy y Dave provenían de los Flats, cerca de Penitentiary Channel, al sur de Buckingham Avenue. Aunque la calle de Sean estuviera a sólo doce manzanas, los Devine eran del norte de la avenida, de la zona del Point. Y la gente del Point y la de los Flats no solían mezclarse mucho.

Tampoco es que en el Point las calles fuesen de oro y las cucharas de plata. Era un simple barrio de trabajadores, con Chevrolets, Fords y Dodges aparcados delante de casas muy sencillas, y aunque había algunas de estilo victoriano, también eran pequeñas. Pero en el Point la gente tenía las casas en propiedad, y en los Flats la mayoría vivía de alquiler. Las familias del Point iban a la iglesia, estaban unidas y, durante el período electoral, salían a la calle con pancartas, mientras que en los Flats... Bueno, en los Flats había de todo. En algunos apartamentos vivían hasta diez personas, como animales, las calles estaban llenas de basura... «Fangolandia», lo llamaban Sean y sus amigos de Saint Mike: familias que vivían de subsidios, que mandaban a sus hijos a colegios públicos, que se divorciaban... En fin, que si Sean iba a la escuela parroquial de Saint Mike con su uniforme de pantalones negros, corbata negra y camisa azul, Jimmy y Dave iban al colegio Lewis M. Dewey de Blaxston. Y en el «Looey & Dooey», como lo llamaban, los alumnos vestían de calle. En ese sentido, estaba bien. Lo que no lo estaba tanto era que su ropa era la misma tres días de cada cinco. Iban hechos una porquería: el cuello de la camisa, los puños, el pelo, la piel... Entre los chicos, muchos tenían granos y acné, y la mayoría no terminaba los estudios. Entre las chicas, más de una aparecía en la ceremonia de graduación con un vestido de embarazada.

Vaya, que de no ser por sus padres difícilmente se habrían hecho amigos. Entre semana nunca se veían, pero tenían los sábados y, al margen de que se quedaran en el patio trasero o salieran a dar una vuelta por los descampados de Harvest Street, o cogieran el metro y fueran hasta el centro —no para ver nada, sólo para circular por aquellos túneles oscuros, oyendo traquetear y chirriar los vagones en las curvas bajo el parpadeo de las luces—, eran días, esos sábados, en los que Sean tenía la sensación de estar conteniendo constantemente el aliento. Con Jimmy podía pasar de todo: si éste era consciente de que había reglas —en el metro, en la calle, en el cine—, no lo parecía en absoluto.

En una ocasión, mientras estaban en South Station, empezaron a pasarse una pelota naranja de hockey en el andén. Jimmy no pudo atrapar un lanzamiento de Sean y la pelota acabó cayendo a la vía. Antes de que a Sean se le pasara siquiera por la cabeza que a su amigo pudiera ocurrírsele hacer algo así, Jimmy ya estaba en las vías, entre los ratones, las ratas y el tercer raíl.

La gente que estaba en el andén se volvió loca y empezó a chillar a Jimmy. Una mujer se puso gris como la ceniza de un puro, se arrodilló y empezó a gritarle: «¡Vuelve aquí ahora mismo! ¡Vuelve aquí, maldita sea!» Sean oyó que algo retumbaba. Podía ser un tren entrando en el túnel de Washington Street o camiones circulando arriba, por la calle. La gente del andén también lo oyó y empezó a mirar a todas partes buscando al guardia que vigilaba la estación. Un hombre le tapó los ojos a su hija con el antebrazo...

Mientras tanto, Jimmy seguía buscando tranquilamente la pelota en la oscuridad. La encontró y se puso a quitarle la mugre negra con la manga de la camisa, ignorando a la gente que se había arrodillado sobre la línea amarilla del borde del andén y que le tendía las manos.

Dave le dio un codazo a Sean.

—¡Jo, tío! —dijo más alto de la cuenta.

Jimmy caminó entre las vías hacia la escalera del final del andén, donde se abría la oscura boca del túnel. El ruido iba en aumento y para entonces reverberaba por toda la estación. La gente empezó a gritar alzando los brazos o golpeándose los muslos con las manos para que se diera prisa, pero Jimmy se lo tomaba con calma, como si estuviera dando un paseo. En un momento dado se volvió y, cuando su mirada coincidió con la de Sean, sonrió.

—¡Está sonriendo! —exclamó Dave—. ¿Se ha vuelto loco o qué?

Cuando llegó al primer peldaño de cemento, varias manos lo agarraron de golpe para levantarlo. Sean vio cómo sus pies se elevaban hacia la izquierda y cómo su cabeza giraba hacia la derecha y bajaba; en manos de un hombre corpulento, a Jimmy se lo veía tan menudo, tan ligero que parecía relleno de paja, pero no dejó de abrazar la pelota contra el pecho ni cuando lo agarraron por un codo y se golpeó la espinilla con el borde del andén. Al lado de Sean, Dave estaba temblando, desconcertado, y cuando el primero volvió a mirar a la gente que había alzado a Jimmy en volandas, ya no vio ni preocupación ni miedo en sus rostros. La impotencia de unos segundos antes había desaparecido y lo que vio fue rabia, caras retorcidas y salvajes de monstruos que parecían querer despedazar a Jimmy a dentelladas y después matarlo a golpes.

Dejaron a Jimmy de pie en el andén y lo sujetaron por los hombros, clavándole los dedos mientras miraban a su alrededor en busca de un vigilante. Justo en ese momento, apareció en el túnel la cabeza del convoy y alguien gritó, pero enseguida otro empezó a reírse —fue una carcajada tan estridente que Sean pensó en un caldero rodeado de brujas— porque el tren había irrumpido por el otro extremo de la estación, en sentido norte, y Jimmy miró hacia arriba, a las caras de los que lo sujetaban, como diciendo: «¿Lo veis?»

Dave, que estaba al lado de Sean, soltó una risita muy aguda y vomitó en sus propias manos.

Apartando la vista, Sean se preguntó dónde encajaba él en todo esto.

Aquella noche, el padre de Sean lo hizo sentarse en el cuarto del sótano donde guardaba las herramientas. Era un espacio relativamente pequeño, con un banco de carpintero lleno de muescas que dividía el espacio en dos, un par de tornillos de banco negros, latas de café llenas de clavos y remaches, y cinturones portaherramientas con martillos que parecían pistolas en sus cartucheras. Debajo del banco había pilas de madera pulcramente ordenadas y una sierra de cinta colgaba de un gancho en la pared. Allí era donde el padre de Sean, manitas del barrio en sus horas libres, pasaba la mayor parte del tiempo, construyendo jaulas para pájaros o soportes para las macetas que su mujer ponía en las ventanas. Allí también había diseñado el porche trasero, que él y sus amigos montaron a lo largo de un caluroso verano cuando Sean tenía cinco años, y adonde solía ir en busca de tranquilidad o, como bien sabía Sean, cuando estaba enfadado con él, con su madre o con su trabajo... Aquellas jaulas, de hecho —miniaturas de mansiones de todos los estilos: Tudor, colonial, victoriano, chalet suizo...—, habían acabado amontonadas en un rincón del sótano. Había tantas que, para encontrar una cantidad equivalente de pájaros, deberían haber vivido en el Amazonas.

Sentado muy tieso en el viejo taburete de bar rojo, Sean puso un dedo entre las mandíbulas del macizo tornillo de banco, notando la mezcla de aceite y serrín, hasta que su padre le dijo:

—Sean, ¿cuántas veces tengo que decirte que no lo hagas?

El muchacho sacó el dedo, sucio de grasa, y se lo limpió en la palma de la otra mano.

Su padre cogió unos clavos que estaban sueltos por el banco y los metió en una lata de café amarilla.

—Ya sé que te cae bien Jimmy Marcus, pero a partir de ahora, si queréis jugar juntos, no os moveréis de delante de casa. De tu casa, no la de él.

Sean asintió. Cuando su padre hablaba así, despacio y en voz baja, como si cada palabra que salía de su boca llevara atada una pequeña piedra, no tenía sentido discutir con él.

—¿Me has entendido?

Su padre desplazó la lata a su derecha y le clavó los ojos.

Sean asintió con la cabeza y se quedó mirando a su padre, que se frotaba las yemas de los gruesos dedos para despegarse el serrín.

—¿Hasta cuándo?

Su padre alzó una mano para quitarle un reguero de suciedad a un gancho clavado en el techo, y después de amasarlo entre los dedos lo tiró a la papelera de debajo del banco.

—Hasta cuando yo te diga... Ah, una cosa más, Sean.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra contarle nada a tu madre, porque después de lo de hoy, si por ella fuera no volverías a ver a Jimmy en toda tu vida.

—Pero tampoco es tan malo... Sólo...

—Yo no he dicho que lo sea. Lo que pasa es que es un salvaje, y tu madre ya ha tenido suficiente con un salvaje en su vida.

Viendo la cara que ponía su padre al pronunciar la palabra «salvaje», Sean se dio cuenta de que estaba pensando en el otro Billy Devine, el que sólo había podido reconstruir con lo poco que había oído en algunas conversaciones entre sus tías y tíos. El «Billy de antes», como lo llamaban; el «camorrista», como lo había calificado una vez su tío Colm, sonriendo; el Billy Devine que poco antes de nacer Sean había desaparecido para dejar paso a aquel hombre callado y cuidadoso, de dedos gruesos y ágiles, que hacía demasiadas jaulas.

—Acuérdate de cómo hemos quedado —dijo su padre dándole una palmada en el hombro, señal de que ya podía irse.

Al salir del cuarto de las herramientas y cruzar el aire fresco del sótano, Sean se preguntó si le gustaba estar con Jimmy por la misma razón que a su padre le gustaba estar con el señor Marcus, bebiendo desde el sábado hasta bien entrado el domingo entre carcajadas demasiado bruscas, excesivas, y si eso era precisamente lo que le daba miedo a su madre.

Pocos sábados después, Jimmy y Dave Boyle pasaron por casa de los Devine solos, sin el padre de Jimmy. Llamaron a la puerta del porche trasero, y Sean, que estaba acabando de desayunar, oyó que su madre la abría.

—Buenos días, Jimmy. Buenos días, Dave —dijo en el tono educado que usaba con las personas que no tenía muy claro que le apeteciese ver.

Ese día Jimmy estaba muy callado, como si toda su energía y sus locuras se le hubieran enroscado dentro. Sean casi podía percibir cómo luchaban por salir golpeando las paredes del pecho de su amigo y cómo éste tragaba saliva para impedirlo. Parecía más pequeño y más moreno, y uno tenía la sensación de que si se lo pinchaba con un alfiler estallaría. Los cambios de humor de Jimmy eran algo habitual; para Sean aquello no era nada nuevo. Aun así, seguían afectándolo, y cuando su amigo estaba de malas Sean se hacía siempre la misma pregunta: si Jimmy tendría algún control sobre esos estados de ánimo, o si eran como los dolores de garganta, o como las visitas de los primos de su madre, que pasaban a verte te viniera bien o no.

Dave Boyle se ponía más pesado que nunca cuando Jimmy tenía uno de esos días. Era como si se sintiese obligado a contentar a todo el mundo, y al final la gente acababa hartándose de él.

Sentados en la acera, con todo el día por delante aunque acotado por los dos extremos de la calle de Sean, con Jimmy encerrado en sí mismo y Sean medio dormido, empezaron a dar vueltas a lo que podían hacer.

—Eh, ¿sabéis por qué los perros se chupan los huevos? —dijo Dave.

Ni Sean ni Jimmy contestaron. Era un chiste que ya habían oído mil veces.

—¡Porque llegan! —contestó Dave Boyle con un alarido y las manos en la barriga, como si le doliera de tanto reír.

Jimmy se levantó y se acercó a los caballetes que la brigada del Ayuntamiento había colocado en la acera que acababan de reparar. Con cinta amarilla de NO PASAR y cuatro caballetes a modo de valla, los obreros habían rodeado las losas de cemento con una barricada en forma de rectángulo, pero Jimmy partió la cinta con el cuerpo al entrar en la zona delimitada. Se puso de cuclillas en el borde, con sus zapatillas Keds apoyadas en la acera vieja, y dibujó con una ramita unas líneas delgadas en el cemento blando que a Sean le recordaron los dedos de los viejos.

—Mi padre ya no trabaja con el tuyo.

Sean se acercó y se agachó a su lado.

—¿Por...?

Él no tenía rama, pero quería una. Sin saber por qué, y a riesgo de que su padre le cruzara el culo con el cinturón, quería hacer lo mismo que Jimmy.

Su amigo se encogió de hombros.

—Era más listo que ellos. Les daba miedo que supiera tanto.

—¡Sabía de todo! —dijo Dave Boyle—. ¿A que sí, Jimmy?

«¿A que sí, Jimmy? ¿A que sí, Jimmy?» Algunos días, Dave parecía un loro.

Sean se preguntó cuánto podía saber uno de caramelos, y por qué era una información tan importante.

—¿Como qué?

—No lo sé. Maneras de hacer mejor el trabajo, supongo. —Jimmy no parecía muy seguro. Se encogió de hombros—. Cosas, vaya. Cosas importantes.

—Ya.

—Maneras de hacerlo mejor. ¿A que sí, Jimmy?

Jimmy siguió hurgando en el cemento hasta que Dave encontró un palo y se agachó sobre el cemento blando para dibujar un círculo. Entonces Jimmy puso mala cara y soltó su ramita. Dave dejó de dibujar y lo miró, como diciendo: «¿Qué he hecho mal ahora?»

—¿Sabéis qué molaría?

El tono de Jimmy había tenido esa ligera elevación que a Sean le espabilaba de golpe, probablemente porque Jimmy casi nunca entendía lo mismo por «molar» que los demás.

—¿Qué?

—Conducir un coche.

—Ya —dijo lentamente Sean.

—Bueno, ya sabes... —Jimmy alzó ambas manos. Ya se había olvidado de la rama y el cemento—. Sólo una vuelta a la manzana.

—Una vuelta a la manzana —dijo Sean.

Jimmy sonrió de oreja a oreja.

—¿A que molaría?

Sean notó que esbozaba una sonrisa que fue creciendo hasta ocuparle todo el rostro.

—Molar, molaría.

—Más que nada en el mundo.

Jimmy dio un salto, miró a Sean con las cejas levantadas y volvió a saltar.

—¡Molaría! —Sean casi podía notar el gran volante entre las manos.

—Mola, mola, mola. —Jimmy le dio un puñetazo en el hombro.

—Mola, mola, mola.

Al devolvérselo, Sean sintió que le corría algo por dentro, como una pulsión incontrolable, y que todo se volvía rápido, brillante.

—Mola, mola, mola —dijo Dave, pero su puñetazo no llegó a dar en el hombro de Jimmy.

Por un momento, Sean hasta se había olvidado de que Dave estaba allí. Era algo que pasaba muy a menudo con Dave, no sabía por qué.

—Mola de la hostia, colega. —Jimmy soltó una carcajada y saltó otra vez.

Sean tenía la sensación de que ya empezaba a hacerse realidad. Estaban en los asientos de delante (Dave, como mucho, estaría en los de atrás; si es que estaba) y circulaban: dos niños de once años dando una vuelta en coche por Buckingham, saludando a sus amigos con el claxon, haciendo carreras con los mayores de Dunboy Avenue y quemando neumáticos entre chirridos. Ya podía oler y sentir el aire que entraba por la ventanilla y le agitaba el pelo.

Jimmy empezó a buscar por la calle.

—¿Conoces a algún vecino que se deje las llaves en el coche? —le preguntó a Sean.

La respuesta era que sí. El señor Griffin las dejaba debajo del asiento, Dottie Fiore en la guantera, y el viejo Makowski, el borracho que escuchaba día y noche discos de Sinatra, casi siempre en el contacto.

Sin embargo, al mirar en la misma dirección que Jimmy y reconocer los coches en los que sabía que estaban las llaves, Sean notó un pinchazo en los ojos, y bajo el sol que se reflejaba con dureza en maleteros y capós sintió todo el peso de la calle, de las casas, del Point en su conjunto y de lo que esperaba el barrio de él. No era un niño que robara coches. Era un niño que iría a la universidad, y que llegaría a algo más que a capataz o mozo de camiones. Ése era el plan, y Sean estaba convencido de que, si ibas con cuidado, con cautela, los planes se hacían realidad. Era como quedarse sentado hasta el final de una película, aunque fuera aburrida o incomprensible, porque a veces había cosas que no se entendían hasta el final, o el propio desenlace molaba tanto que pensabas que había valido la pena soportar la parte aburrida.

Estuvo a punto de decírselo a Jimmy, pero vio que ya estaba lejos, mirando por las ventanillas, y que Dave corría a su lado.

—¿Éste qué? —Jimmy apoyó una mano en el Bel Air del señor Carlton, y su voz sonó con fuerza en la brisa seca de la mañana.

—Oye, Jimmy... —Sean se acercó a él—. Mejor otro día, ¿vale?

Jimmy puso mala cara.

—¿Cómo que otro día? ¡Venga, vamos a divertirnos! ¿No has dicho que molaba de la hostia?

—De la hostia —dijo Dave.

—Pero si apenas llegamos a la altura del salpicadero...

—¡Listines telefónicos! —El sol iluminó la sonrisa de Jimmy—. Vamos a buscarlos a tu casa.

—¡Listines telefónicos! —dijo Dave—. ¡Eso es!

Sean levantó los brazos.

—Que no, que no.

La sonrisa de Jimmy se borró por completo, y se quedó mirando los brazos de Sean como si quisiera cortarlos por los codos.

—¿Tanto te cuesta hacer algo sólo para divertirte?

Estiró la manilla del Bel Air, pero el coche estaba cerrado. Y entonces una especie de temblor, un leve estremecimiento, recorrió sus mejillas y su labio inferior. Cuando miró a Sean a la cara, lo hizo con una soledad salvaje que a Sean le dio mucha pena.

Dave los miró a los dos, primero a Jimmy y luego a Sean, y de pronto su brazo salió torpemente disparado hacia el hombro del segundo.

—¡Eso! ¿Por qué no quieres hacer cosas divertidas?

Sean no podía creerse que Dave acabara de pegarle. ¡Dave!

Lo tumbó de un puñetazo en el pecho y Jimmy le dio un empujón a Sean.

—Pero ¿qué haces, tío?

—Me ha pegado —dijo Sean.

—No te ha pegado —replicó Jimmy.

Sean abrió mucho los ojos, sin poder creer lo que estaba oyendo. Jimmy lo imitó, mofándose.

—Sí que me ha pegado.

—«Sí que me ha pegado» —repitió Jimmy con voz de niña, antes de darle otro empujón—. ¡Que es mi amigo, coño!

—Y yo —dijo Sean.

—«Y yo» —repitió Jimmy—. «Y yo, y yo, y yo.»

—Para —dijo Sean.

—«Para, para, para...» —Jimmy le dio otro empujón, clavándole las manos en las costillas—. ¡Venga, ven a por mí! ¿Vienes o no?

—¿Vas a por él o no? —preguntó Dave, y también empujó a Sean.

Sean no se explicaba que estuvieran peleándose. Ni siquiera se acordaba de por qué se había enfadado Jimmy, ni de por qué Dave había sido tan tonto como para darle el primer golpe. De repente ya no estaban al lado del coche, sino en medio de la calle. Jimmy iba dando empujones a Sean con la cara crispada y encogida, mirándolo fijamente con sus ojos negros y pequeños. Dave iba detrás de ellos, intentando intervenir en la pelea.

—Vamos, ven a por mí.

—Pero si no...

Otro empujón.

—Vamos, nenaza.

—Jimmy, ¿no podríamos...?

—¡No podríamos nada! ¿Qué pasa, Sean, eres un cagado o qué? ¿Eh?

Iba a darle otro empujón cuando se detuvo y, con la misma expresión de soledad salvaje de antes (salvaje y cansada, advirtió de pronto Sean), miró algo que llegaba por la calle, por detrás de Sean.

Al volverse, vio que era un coche marrón oscuro, cuadrado y largo, como de inspector de policía. Un Plymouth, o algo por el estilo, que al frenar a su lado estuvo a punto de atropellarlos. Dentro había dos polis que los miraban por el parabrisas, con las caras diluidas en el reflejo tembloroso de los árboles.

Sean notó que la mañana daba un vuelco, un cambio brusco en su imperceptible tersura.

El hombre que iba sentado al volante salió del vehículo. Tenía pinta de poli: pelo rubio a cepillo, cara roja, camisa blanca, corbata de nailon negra y dorada, y un barrigón que se desparramaba como un montón de crepes sobre la hebilla. El otro parecía estar enfermo. Era un tipo flaco, de aspecto cansado, que se quedó en su asiento pasándose los dedos por su pelo negro y grasiento y no dejó de mirar por el retrovisor mientras los tres niños se acercaban a la puerta del conductor.

El más corpulento les hizo señas para que se aproximaran y luego con el mismo dedo se apuntó el pecho hasta que los tuvo delante.

—Os voy a hacer una pregunta, ¿vale? —Se inclinó hacia ellos, y su barrigón y su enorme cabeza llenaron el campo visual de Sean—. ¿Os parece bien pelearos en medio de la calle?

Sean se fijó en la placa dorada que colgaba de su cinturón junto a la cadera izquierda.

—No os oigo. —El poli se puso una mano detrás de la oreja.

—No, señor.

—No, señor.

—No, señor.

—¿Qué sois, una pandilla de gamberros, no? —Señaló con su grueso pulgar al tipo que permanecía en el coche—. Mi compañero y yo estamos hartos de que la gente normal no pueda ir por la calle por culpa de los gamberros de East Buckingham. ¿Me explico?

Ni Sean ni Jimmy dijeron nada.

—Lo sentimos —contestó Dave Boyle, que parecía a punto de llorar.

—¿Sois de esta calle? —preguntó el poli corpulento, mirando las casas de la izquierda como si conociera a todos sus ocupantes y fuera a arrestarlos si se les ocurría mentir.

—Sí —dijo Jimmy, señalando hacia la casa de Sean.

—Sí, señor —contestó Sean.

Dave no dijo nada, y el poli lo miró.

—¿Y tú qué, no sabes hablar?

—¿Qué? —Dave miró a Jimmy.

—A él no lo mires. Mírame a mí. —El poli tomó aire ruidosamente por la nariz—. ¿Vives aquí, pequeñajo?

—¿Eh? No.

—¿No? —Se inclinó hacia Dave—. Entonces ¿dónde vives, hijo?

Dave no apartaba la vista de Jimmy.

—En Rester Street.

—¿Escoria de los Flats en el Point? —Los labios del poli, de color rojo cereza, se fruncieron como si chupasen una piruleta—. Pues no creo que sea lo mejor para el comercio.

—¿Señor?

—¿Está tu madre en casa?

—Sí, señor.

Por la mejilla de Dave rodó una lágrima. Sean y Jimmy apartaron la mirada.

—Pues tendremos que ir a hablar con ella, para que sepa a lo que se dedica el gamberro de su hijo.

—Pero si yo... si yo no... —balbuceó Dave.

—Sube.

El poli abrió la puerta trasera. A Sean le llegó una ráfaga de aroma de manzana. Un olor fuerte, como en octubre.

Dave miró a Jimmy.

—¡Que subas! —dijo el poli—. ¿O quieres que te ponga las esposas?

—Es que...

—¿Qué? —Parecía cada vez más cabreado. Dio una palmada en lo alto de la puerta abierta—. ¡Sube de una puta vez!

Dave entró por la puerta trasera, lloriqueando.

El poli señaló a Jimmy y Sean con un dedo corto y grueso.

—Id a contarles a vuestras madres lo que estabais haciendo, y que no os vuelva a pillar peleándoos en mis calles, tontolabas.

Jimmy y Sean se apartaron mientras el poli subía a su coche y arrancaba. Vieron que al llegar a la esquina giraba a la derecha, y distinguieron la cabeza de Dave, que los miraba, oscurecida por la lejanía y las sombras. Luego la calle se quedó vacía y en silencio, como si el portazo la hubiera enmudecido. Jimmy y Sean no se movieron de donde estaban, mirando hacia el final de la calle, mirándose los pies... cualquier cosa menos el uno al otro.

Sean volvió a notar el mismo cambio brusco de antes, pero ahora acompañado por un regusto de sucias monedas de centavo en la boca. Tenía el estómago como si se lo hubieran vaciado con una cuchara.

El primero en decir algo fue Jimmy.

—Has empezado tú.

—Ha empezado él.

—No, tú, y ahora Dave lo tiene crudo. Su madre está mal de la cabeza. A saber qué hará cuando dos polis se presenten con él en casa.

—No he empezado yo.

Jimmy le dio un empujón, pero esta vez Sean se lo devolvió y acabaron rodando por el suelo a puñetazo limpio.

—¡Eh!

Sean se apartó de Jimmy, y los dos se levantaron esperando encontrar a los dos polis, pero a quien vieron fue al señor Devine, que bajaba por los escalones de su casa.

—¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?

—Nada.

—¿Nada? —El padre de Sean frunció el ceño al llegar a la acera—. Salid de en medio de la calle ahora mismo.

Se acercaron a la acera, donde los esperaba el señor Devine.

—¿No erais tres? —Miró la calle de arriba abajo—. ¿Dónde está Dave?

—¿Qué?

—Dave. —El padre de Sean miró primero a su hijo y luego a Jimmy—. ¿No estaba con vosotros Dave?

—Nos hemos peleado en medio de la calle.

—¿Qué?

—Que nos hemos peleado en la calle, y ha venido la poli.

—¿Cuándo?

—Hará cinco minutos.

—Ya. Y ha venido la poli, dices.

—Sí, y se ha llevado a Dave.

El padre de Sean volvió a mirar a un lado y otro de la calle.

—¿Y qué quieres decir con que se lo ha llevado?

—Pues eso, se lo ha llevado a su casa. Yo les he mentido. Les he dicho que vivía aquí. Pero Dave ha dicho que vivía en los Flats, y entonces ellos...

—Pero ¿qué estás diciendo?

Miró a su hijo.

—Sean, ¿qué pinta tenían, los polis?

—¿Eh?

—¿Llevaban uniforme?

—No. No, llevaban...

—Pues entonces ¿cómo sabes que eran polis?

—No lo sabía, pero...

—Pero ¿qué?

—Llevaba una placa —dijo Jimmy—. En el cinturón.

—¿Qué tipo de placa?

—No sé, dorada...

—Vale, pero ¿qué ponía?

—¿Cómo?

—Palabras. ¿Se podía leer alguna palabra?

—No. No lo sé.

—¿Billy?

Al levantar la mirada, vieron en el porche a la madre de Sean. Parecía preocupada, y su expresión era tensa.

—Ah, hola, cariño. ¿Puedes llamar a la comisaría? Pregunta si algún policía se ha llevado a un niño por pelearse en esta calle.

—¿Un niño?

—Dave Boyle.

—Dios mío... Su madre...

—Ya pensaremos en eso, ¿vale? De momento, a ver qué dice la policía.

La madre de Sean entró en casa. Sean miró a su padre. Parecía que no supiera dónde poner las manos: se las metió en los bolsillos, luego las sacó, se las limpió en los pantalones...

—Será posible... —murmuró, mirando hacia el final de la calle como si, más allá de la esquina, justo donde no alcanzaba la vista de Sean, flotase Dave como un espejismo.

—Era marrón —dijo Jimmy.

—¿Qué?

—El coche. Era marrón oscuro. Yo diría que un Plymouth.

—¿Algo más?

Sean intentó visualizarlo, pero no lo consiguió. Sólo lo veía como un obstáculo que no llegaba a penetrar en su campo visual, algo que había tapado momentáneamente el Ford Pinto naranja de la señora Ryan y la parte baja de los setos de su jardín. Pero no podía distinguir el coche del poli.

—Olía a manzanas —dijo.

—¿Qué?

—A manzanas. Que el coche olía a manzanas.

—Olía a manzanas... —murmuró su padre.

Una hora después, en la cocina de Sean, otros dos policías les hicieron algunas preguntas a él y a Jimmy. Luego apareció otro tipo que empezó a hacer dibujos de los hombres del coche marrón, basándose en lo que le decían Jimmy y Sean. Sobre el papel, el poli alto y rubio parecía más malo y con la cara todavía más grande, pero por lo demás era él. El segundo, el que no apartaba la vista del retrovisor, no tenía ningún rasgo definido; era más bien una especie de mancha con el pelo negro, porque ni Sean ni Jimmy se acordaban mucho de él.

De repente apareció el padre de Jimmy, que se quedó en un rincón de la cocina con cara de rabia y angustia. Tenía los ojos brillantes y se balanceaba un poco, como si a sus espaldas no dejara de moverse la pared. No habló con ninguno de los presentes, ni siquiera con el padre de Sean. A él tampoco le dirigió nadie la palabra. Desprovisto de su habitual capacidad para los movimientos repentinos, a Sean le pareció más pequeño y, en cierto modo, menos real, como si pudiera diluirse en el papel de la pared en cuanto uno apartara la mirada de él.

Después de que se repitieran cuatro o cinco veces las mismas preguntas y respuestas, se marcharon todos: los polis, el que dibujaba en la libreta, Jimmy y su padre. La madre de Sean se fue a su habitación y cerró la puerta. A los pocos minutos, Sean la oyó llorar.

Salió a sentarse en el porche, y allí su padre le dijo que él no había hecho nada malo, y que no subir al coche había sido una decisión inteligente por su parte y la de Jimmy. Después le dio unas palmaditas en la rodilla y le dijo que todo se arreglaría. «Esta misma noche Dave estará en casa, ya lo verás.»

A partir de ese momento ya no dijo nada. Se quedó a su lado, dando traguitos de cerveza, pero Sean se dio cuenta de que ya no le hacía caso, de que ya no estaba allí con él. Quizá estuviera en el dormitorio, con la madre de Sean, o abajo, en el sótano, construyendo una de sus jaulas.

Sean miró el brillo de los coches alineados en la calle, y se dijo que todo formaba parte de algún plan que forzosamente debía de tener alguna lógica, aunque él aún no la captase. Ya lo haría a su debido tiempo. La adrenalina que había estado corriendo por sus venas desde que se habían llevado a Dave y él y Jimmy habían rodado por la calle peleándose acabó saliendo por sus poros como material de desecho.

Miró el sitio donde se habían peleado él, Jimmy y Dave Boyle, al lado del Bel Air, y esperó a que volvieran a llenarse los nuevos huecos dejados en su cuerpo por la adrenalina. Esperó a que el plan acabara revelándose y tuviera sentido. Esperó, mirando la calle, sintiendo su rumor, y esperó un poco más hasta que su padre se levantó y volvieron a entrar.

• • •

Jimmy volvió a los Flats a pie, siguiendo a su padre, que iba un poco en zigzag, apurando al máximo los cigarrillos mientras refunfuñaba en voz baja. Igual al llegar a casa le daba una paliza. Igual no. Aún era pronto para pronunciarse. Después de perder su trabajo, le había dicho a Jimmy que no volviera nunca más a casa de los Devine, y Jimmy suponía que tendría que pagar por desobedecerle. Pero ese día quizá no. Su padre llevaba encima la típica mezcla de borrachera y sueño que habitualmente hacía que, al llegar a casa, se sentara a la mesa de la cocina y bebiera hasta quedarse dormido, con la cabeza apoyada en los brazos.

Jimmy lo seguía a unos pasos de distancia, por si acaso, tirando la pelota al aire y recogiéndola con el guante de béisbol que se había llevado de casa de Sean mientras los polis se despedían de los Devine y ellos dos ( Jimmy y su padre) se iban por el pasillo sin que nadie les dijera nada. La puerta del cuarto de Sean estaba abierta, y al ver el guante en el suelo, con la pelota dentro, Jimmy lo había cogido sin más. Luego había cruzado la puerta con su padre y se habían marchado calle arriba. No tenía ni idea de por qué había robado aquel guante. No lo había hecho, en cualquier caso, por el guiño de orgullo sorprendido que había visto en los ojos de su padre cuando se lo llevó. A la mierda con el guiño, y con su padre.

Más bien tenía algo que ver con el hecho de que Sean le hubiera pegado a Dave Boyle y se hubiera rajado en lo del robo del coche. Con eso y con tantas otras cosas de sus años de amistad, la sensación de que siempre que Sean le daba algo —cromos de béisbol, media chocolatina o lo que fuese— era como una limosna.

Justo después de recoger el guante y de decidir que se lo llevaría, la sensación de Jimmy fue de euforia. Se sentía genial. Poco después, al cruzar Buckingham Avenue con su padre, empezó a sentir esa mezcla de vergüenza y apuro que lo asaltaba cada vez que robaba algo. Rabia contra lo que lo impulsaba —o contra quien lo impulsaba— a hacer cosas así. Luego, llegando por Crescent a los Flats y viendo los bloques cutres de tres plantas, sintió una punzada de orgullo al bajar la vista hacia el guante que llevaba en la mano.

Jimmy se llevó el guante, y se sintió mal por ello. Sean lo echaría en falta. Jimmy se llevó el guante y se sintió bien por ello. Sean lo echaría en falta.

Se quedó mirando al cabrón de su padre, que iba dando tumbos por delante de él y parecía estar a punto de derrumbarse y convertirse en un charco de sí mismo, y odió a Sean.

De hecho, siempre había odiado a Sean, y había sido una estupidez pensar que podían ser amigos. Ahora sabía que guardaría aquel guante toda la vida, que lo cuidaría sin enseñárselo a nadie ni usarlo nunca, jamás de los jamases. Antes muerto.

Jimmy miró hacia los Flats, que ahora, mientras caminaba con su padre hacia la densa oscuridad de debajo de las vías del metro elevado, se alzaban ante él. Se acercaban ya al final de Crescent, donde el traqueteo de los trenes de mercancías dejaba atrás el viejo autocine y Penitentiary Channel, y supo —lo supo en lo más hondo de su ser— que a Dave Boyle no volverían a verlo nunca más. Donde vivía Jimmy, en Rester, robar era lo más normal del mundo. A él le habían robado su triciclo a los cuatro años, y su bici a los ocho. El viejo se había quedado sin coche. A su madre se le habían llevado tanta ropa del tendedero del patio trasero que, al final, decidió tenderla dentro. La sensación de que te robaban algo no se parecía en nada a la de perderlo o extraviarlo. Notabas en lo más profundo de tu ser que no lo recuperarías. Con Dave tuvo la misma sensación. Quizá en ese momento también Sean la sintiera por su guante de béisbol, mirando el punto exacto en el suelo donde había estado, y sabiendo, más allá de cualquier lógica, que no lo recuperaría nunca, nunca...

Lástima, porque Dave le caía bien, aunque la mayoría de las veces no habría sabido explicar por qué. Algo tenía ese niño. Quizá el hecho de haber estado siempre cerca, aunque la mitad de las veces uno ni siquiera se diese cuenta.

2. Cuatro días

2 Cuatro días

Resultó que Jimmy estaba equivocado.

Dave Boyle regresó al barrio a los cuatro días de su desaparición. Volvió en un coche patrulla, sentado en la parte delantera. Los dos polis que lo llevaron a su casa le dejaron jugar con la sirena y tocar la culata del fusil guardado bajo llave debajo del salpicadero. Le dieron una placa honorífica, y cuando lo dejaron en casa de su madre, en Rester Street, había reporteros de prensa y de televisión para inmortalizar el momento. Uno de los polis, el agente Eugene Kubiaki, lo sacó del coche en volandas y lo levantó muy por encima del asfalto antes de depositarlo delante de su madre, que reía y temblaba de emoción.

Aquel día se había congregado mucha gente en Rester Street: padres, hijos, el cartero, los dueños del puesto de bocadillos de la esquina de Rester con Sydney —dos hermanos igual de rollizos— y también la señorita Powell, la maestra de quinto de Dave y Jimmy en Looey & Dooey. Jimmy tenía a su madre detrás de él. No sabía exactamente por qué, pero su madre lo sujetaba con fuerza contra su barriga, manteniendo en todo momento una palma húmeda en su frente, como si quisiera asegurarse de que lo de Dave no se le había contagiado. Cuando vio que el agente Kubiaki levantaba a Dave sobre la acera y que se reían como amigos de toda la vida mientras la señorita Powell, tan guapa como habitualmente, les sonreía, Jimmy tuvo un ataque de celos.

«Yo estuve a punto de subir al mismo coche», tuvo ganas de decirle a alguien, y más si ese alguien era la señorita Powell. Qué guapa era, qué limpia... Al reírse se veía que tenía un poco montado uno de los dientes de arriba, algo que, a ojos de Jimmy, aún la hacía más encantadora. Tuvo ganas de decirle que había estado a punto de subir a ese Plymouth, para ver si ponía la misma cara con la que ahora miraba a Dave. Tuvo ganas de decirle que pensaba en ella día y noche, y que en sus pensamientos él era mayor, tenía carnet de conducir y podía llevarla a sitios donde ella le sonreía mucho. Y hacían un pícnic, y todo lo que decía Jimmy la hacía reír, dejando el diente a la vista, y él le acariciaba la mejilla...

De todos modos, la señorita Powell no parecía estar muy cómoda. Jimmy lo notó. Le dijo a Dave unas palabras, le tocó la cara, le dio un beso en la mejilla —bueno, dos—, y luego se acercó más gente, y la señorita Powell se apartó, evitando las grietas de la acera, y desde allí pareció contemplar los bloques de tres pisos levemente inclinados, en los que la tela asfáltica, al irse despegando, dejaba al descubierto la madera. En ese momento, Jimmy la vio a la vez más joven y más dura, como si de repente tuviese algo monjil y se tocara el pelo para recolocarse la toca, mientras su naricita respingona palpitaba con afán de juzgar.

Jimmy tuvo ganas de acercarse a ella, pero su madre lo seguía sujetando con la misma fuerza, aunque él se resistiera. Vio que la señorita Powell llegaba a la esquina de Rester con Sydney y que movía la mano entusiasmada para saludar a alguien. Llegó un tío con pintas de hippy a bordo de un descapotable amarillo igual de hippy, con pétalos violeta pintados en las puertas desteñidas por el sol, y la señorita Powell subió al coche, y los dos se marcharon calle abajo. «No...», pensó Jimmy al ver que se alejaban.

Al final consiguió soltarse del abrazo de su madre y se quedó en medio de la calle, viendo cómo el gentío se abalanzaba sobre Dave, y de pronto tuvo ganas de haber subido a aquel Plymouth, aunque sólo fuera para sentir un poco de la adoración de que era objeto Dave, para sentir que todo el mundo lo observaba como si fuera algo especial.

El regreso de Dave a Rester Street acabó en una gran fiesta en la que todos corrían de una cámara a la otra con la esperanza de salir por la tele o verse al día siguiente en el periódico: «Sí, yo a Dave lo conozco, es mi mejor amigo, hemos crecido juntos, que lo sepas; qué buen tío, menos mal que está bien.»

Alguien abrió una boca de incendios, y el chorro de agua que se elevó sobre Rester fue un suspiro de alivio. Los niños tiraron los zapatos a la acera y, arremangándose los pantalones, empezaron a bailar bajo el surtidor. Llegó el camión de los helados, e invitaron a Dave al que más le gustase. Hasta el odioso señor Pakinaw, un viejo viudo que se dedicaba a disparar a las ardillas con una escopeta de aire comprimido (y a veces incluso a los niños, si pillaba a los padres distraídos) y que se pasaba el día gritando a la gente que se callara de una puta vez, abrió las ventanas, arrimó los altavoces a las mosquiteras y puso música a todo volumen. De repente, se oyó cantar a Dean Martin «Memories Are Made of This», «Volare» y muchas otras canciones estúpidas que normalmente a Jimmy le habrían hecho vomitar, pero que ese día quedaban bien. Ese día la música fluía por Rester como luminosas serpentinas de papel crepé, mezclándose con el fragor del chorro de agua de la boca de incendios. Algunos de los que llevaban la timba de la trastienda del puesto de bocadillos sacaron una mesa plegable e improvisaron una pequeña barbacoa. En pocos minutos, aparecieron neveras con cerveza Schlitz y Narragansett, y el aire se llenó del olor a grasa de los perritos calientes y las salchichas italianas. Las ráfagas de humo de la carne a la parrilla se mezclaron con el aroma de la cerveza, y a Jimmy le recordaron a Fenway Park y a los domingos de verano, a la alegría que uno sentía en el pecho al ver que los adultos se relajaban y volvían a la infancia, esos momentos en que todo eran risas, en que la gente parecía más joven y despreocupada, feliz de estar en compañía.

Sólo por eso a Jimmy le encantaba vivir en los Flats, incluso cuando las palizas de su padre o el robo de alguna de sus pertenencias lo hundían en el más oscuro pozo de odio: el hecho de que la gente pudiera desechar de golpe todo un año de agobios, quejas, labios partidos, preocupaciones laborales y rencores enquistados, y desmelenarse como si nunca les hubiera ocurrido nada malo. El día de San Patricio, o el día de Buckingham, o a veces incluso el 4 de Julio, o cuando en septiembre jugaban bien los Sox, o cuando, como ahora, se recuperaba algo perdido colectivamente —sobre todo entonces—, el barrio podía entrar en erupción sumiéndose en una especie de delirio furioso.

No como en el Point.

En el Point también se celebraban fiestas, naturalmente, pero nunca de forma espontánea o improvisada, jamás sin haber obtenido los permisos necesarios y siempre todo el mundo se aseguraba de que los demás tendrían cuidado con los coches o el césped: «Ojo, que acabo de pintar la valla.»

En los Flats, la mitad de la gente no tenía césped y las vallas estaban hundidas, por lo tanto qué más daba. El que tenía ganas de juerga se la montaba por su cuenta, porque se lo merecía, joder. En un día como aquél no había jefes, ni asistentes sociales, ni gorilas que trabajaran para prestamistas y usureros. En cuanto a la poli... pues aquí la tenías, de fiesta con todos los demás: el agente Kubiaki estaba comiéndose un bocadillo de salchicha picante recién salida de la barbacoa, y su compañero se había guardado una cerveza en el bolsillo para más tarde. Los reporteros ya se habían ido, y el sol empezaba a ponerse y llenaba la calle de la típica luz de ir a cenar, y sin embargo no había mujeres cocinando, y todos estaban aún en la calle.

Todos excepto Dave. Tras salir del chorro de agua de la boca de incendios, escurrirse los pantalones y ponerse la camiseta, mientras hacía cola para un perrito caliente, Jimmy se dio cuenta de que su amigo no estaba por ninguna parte. La fiesta en honor a Dave estaba en su apogeo, pero el propio Dave había preferido volver a su casa, y su madre también. Cuando Jimmy levantó la vista al primer piso, hacia las ventanas de los Boyle, vio que sus persianas eran las únicas que estaban bajadas.

Sin saber por qué, las persianas bajadas le hicieron pensar en la señorita Powell y en el momento en que había subido al coche de aquel hippy, justo cuando él se había fijado en la curva de su pantorrilla y su tobillo antes de que cerrara la puerta. Aquel breve recuerdo hizo que se sintiera sucio y triste. ¿Adónde iba la señorita Powell? ¿Dónde estaba? ¿En la autopista, con su melena mecida por el viento como la música que flotaba sobre Rester Street? ¿Contemplando el atardecer en aquel coche hippy, de camino a...? ¿Adónde, adónde iban? Jimmy quería saberlo... Aunque no, en el fondo no. La vería al día siguiente en el colegio —a menos que les dieran fiesta a todos para celebrar el regreso de Dave— y tal vez tendría ganas de preguntárselo, pero no se lo preguntaría.

Le dieron el perrito caliente y se sentó a comerlo en la acera de enfrente de la casa de Dave. Iba por la mitad cuando vio que alguien subía una de las persianas, y un segundo después allí estaba Dave, mirándolo. Jimmy levantó lo que le quedaba del perrito para saludarlo, pero Dave no le respondió; tampoco cuando lo saludó por segunda vez. Lo único que hacía era mirarlo, mirarlo fijamente, y a pesar de que Jimmy apenas podía ver sus ojos, intuyó una mirada vacía. Vacía e inexpresiva. Una mirada de reproche.

Justo entonces apareció la madre de Jimmy y se sentó a su lado, en el bordillo, y Dave se apartó de la ventana. Era una mujer con un pelo rubísimo, bajita y delgada. Aunque para estar tan delgada parecía moverse como si llevara un montón de ladrillos apilados encima de los hombros, y suspiraba mucho. De hecho, suspiraba tan a menudo que Jimmy dudaba de que fuera consciente de ello. En las fotos de antes de quedarse embarazada se la veía mucho menos delgada y más joven, como una adolescente (lo que, haciendo cálculos, sin duda era entonces). En las fotos tenía la cara más redonda, menos angulosa, sin arrugas en las comisuras de los ojos ni en la frente, y una sonrisa muy bonita, amplia, en la que Jimmy no habría sabido decir si había miedo o curiosidad. El padre de Jimmy le había dicho mil veces que el parto había estado a punto de matarla, que sangraba tanto que los médicos temían no poder cortar la hemorragia. Según su padre, aquello la había destruido. Ni hablar de más hijos, por supuesto. Nadie querría pasar dos veces por algo así.

La madre de Jimmy le puso una mano en la rodilla.

—¿Qué tal, soldadito?

Siempre se inventaba apodos nuevos y sin mucho sentido, y la mitad de las veces Jimmy no sabía a quién se refería. Se encogió de hombros.

—Bueno, ya sabes...

—No le has dicho nada a Dave.

—No me has dejado moverme, mamá.

Su madre le quitó la mano de la rodilla y se abrazó para protegerse del frío, que estaba aumentando a medida que oscurecía.

—Después, quiero decir, cuando aún estaba fuera.

—Ya lo veré mañana en el colegio.

Su madre se sacó los Kent del bolsillo de los vaqueros, encendió uno y exhaló enseguida el humo.

—No creo que Dave vaya al colegio. Al menos mañana.

Jimmy se acabó el perrito caliente.

—Bueno, pues pronto lo veré, ¿no?

Su madre asintió y dio otra calada. Luego apoyó el codo en la otra mano y miró hacia las ventanas de Dave mientras sacaba el humo.

—¿Y hoy qué tal en el colegio? —preguntó, sin que pareciera interesarle mucho la respuesta.

Jimmy se encogió de hombros.

—Bien.

—He conocido a tu profesora. Es mona.

Jimmy no dijo nada.

—Muy mona, de hecho —repitió su madre, exhalando una fina cinta de humo gris.

Él siguió sin decir nada. Casi nunca sabía qué decirles a sus padres. Su madre siempre estaba agotada. Se quedaba ensimismada mirando algo que Jimmy no veía, fumaba sus cigarrillos, y la mitad de las veces había que repetirle las cosas pa

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