Chica Uno

Abigail Dean

Fragmento

1. Lex (Chica Uno)
1 Lex (Chica Uno)

No me conocéis, aunque habréis visto mi cara. En los primeros retratos machacaron con píxeles nuestra imagen hasta la cintura; incluso nuestro pelo era demasiado característico para mostrarlo. Sin embargo, cuando la noticia y sus guardianes perdieron interés, resultó fácil localizarnos en los recovecos más sombríos de internet. La fotografía preferida era una tomada delante de la casa de Moor Woods Road un día de septiembre a última hora de la tarde. Salimos en fila los seis y, mientras nuestro padre preparaba la composición, nos colocamos por orden de estatura, con Noah en brazos de Ethan. Pequeños fantasmas blancos que se removían con el impacto del sol. La casa reposaba detrás de nosotros bajo la última luz del día, con sombras que se extendían desde las ventanas y la puerta. Miramos inmóviles a la cámara. Tendría que haber sido perfecto, pero, un instante antes de que nuestro padre pulsara el botón, Evie me apretó la mano y volvió la cara hacia mí; en la fotografía está a punto de hablarme y en mis labios empieza a dibujarse una sonrisa. No recuerdo qué dijo, aunque no me cabe ninguna duda de que más tarde lo pagamos.

Llegué a la cárcel por la tarde. Durante el trayecto había estado escuchando una lista de reproducción confeccionada hacía tiempo por JP, «Que tengas un gran día», y, sin la música ni el motor, el coche quedó en silencio de golpe. Abrí la portezuela. En la autopista iba aumentando el tráfico, que sonaba como un océano.

El centro penitenciario había emitido un breve comunicado para confirmar el fallecimiento de mi madre. La noche anterior había leído en internet los artículos. Eran superficiales y terminaban todos con una variante del mismo final feliz: se cree que los hijos de los Gracie, algunos de los cuales han renunciado al anonimato, están bien. Envuelta en una toalla sobre la cama del hotel, rodeada de lo que había pedido al servicio de habitaciones, me eché a reír. En el desayuno encontré una pila de periódicos locales junto al café; mi madre aparecía en primera plana, bajo un artículo sobre un apuñalamiento en una hamburguesería Wimpy. Un día tranquilo.

La reserva incluía un bufet caliente y comí a dos carrillos hasta el final, cuando la camarera me informó de que la cocina tenía que comenzar a preparar el almuerzo.

—¿La gente se detiene a almorzar? —le pregunté.

—Se llevaría usted una sorpresa —respondió. Puso cara de disculpa—. Pero no está incluido en la reserva.

—No importa. Gracias. Ha sido fantástico.

Cuando comencé a trabajar, Julia Devlin, mi mentora, me dijo que llegaría un momento en que me hartaría de la comida y el alcohol gratis; en que mi fascinación por las bandejas de impecables canapés menguaría; en que ya no pondría el despertador para tomar el desayuno del hotel. Devlin acertaba en muchas cosas, pero no en esa.

Nunca había estado en la cárcel, que, sin embargo, no era muy distinta de como la había imaginado. Al otro lado del aparcamiento se alzaban unos muros blancos coronados por alambre de espino, como un desafío sacado de un cuento de hadas. Más allá, cuatro torres presidían un foso de hormigón con una fortaleza gris en el centro: la limitada vida de mi madre. Había aparcado demasiado lejos, por lo que tuve que cruzar un mar de plazas libres siguiendo las gruesas líneas blancas donde me era posible. En el aparcamiento solo había otro vehículo, en cuyo interior una mujer mayor se aferraba al volante. Al verme levantó la mano como si nos conociéramos; le devolví el saludo.

El asfalto empezaba a volverse pegajoso. Cuando llegué a la entrada ya notaba el sudor en el sujetador y en el pelo de la nuca. Había dejado la ropa estival en un armario de Nueva York. En mi recuerdo, los veranos ingleses eran tímidos, por lo que cada vez que salía a la calle me sorprendía el azul descarado del cielo. Por la mañana había pasado un rato pensando en qué ponerme, clavada a medio vestir ante el espejo del ropero; a fin de cuentas, en realidad no había un traje para cada ocasión. Me había decantado por una camisa blanca, unos tejanos anchos, zapatillas de deporte recién compradas y unas antipáticas gafas de sol. «¿Demasiado alegre?», le pregunté a Olivia en un mensaje acompañado de una fotografía, pero se encontraba en Italia para asistir a una boda en las murallas de Volterra y no respondió.

Había una recepcionista, como en cualquier oficina.

—¿Tiene cita? —me preguntó.

—Sí. Con la alcaide.

—¿Con la directora?

—Eso es. Con la directora.

—¿Es usted Alexandra?

—Sí.

La directora había aceptado recibirme en el vestíbulo. «Los sábados por la tarde se reduce el personal —había dicho—. Y no se admiten visitas pasadas las tres. Así será más discreto para usted.»

—Me parece bien —repuse—. Gracias.

—No debería decirlo —añadió—, pero sería el momento ideal para la gran evasión.

En ese instante apareció en el pasillo, que ocupó por completo. Yo había leído sobre ella en internet. Era la primera mujer que llegaba a directora de un centro de máxima seguridad del país y después de su nombramiento había concedido unas cuantas entrevistas. Había querido ser policía, pero en aquella época aún se exigía una estatura mínima y a ella le faltaban unos cinco centímetros para alcanzarla. Se había enterado de que tenía la altura necesaria para ser funcionaria de prisiones, lo que carecía de lógica, pero a ella le fue de perlas. Vestía un traje azul eléctrico —lo reconocí: era el que llevaba en los retratos que acompañaban a las entrevistas— y unos zapatos incongruentes, delicados, como si alguien le hubiera indicado que suavizarían la impresión que causaba. Creía a pies juntillas en la capacidad de rehabilitación. Se la veía más cansada que en las fotografías.

—Alexandra —dijo, y me estrechó la mano—. Mi más sentido pésame. Lo siento.

—Pues yo no, así que no se preocupe.

Señaló en la dirección por la que había llegado.

—Mi despacho está al lado del centro de recepción de visitas. Si tiene la bondad...

El pasillo, de un frío amarillo y decorado con carteles marchitos sobre el embarazo y la meditación, tenía los rodapiés rayados. Al final había un escáner y una cinta transportadora para dejar los artículos personales. Taquillas de acero hasta el techo.

—Meras formalidades —dijo la directora—. Al menos no hay gente.

—Igual que en un aeropuerto —comenté.

Me acordé del control de hacía dos días en Nueva York: el portátil y los móviles en una bandeja gris; la ordenada bolsa transparente con los artículos de maquillaje que deposité al lado. Había pasillos especiales para los viajeros frecuentes, de modo que nunca tenía que guardar cola.

—Igual —repuso—. Sí.

Vació los bolsillos y dejó su contenido en la cinta transportadora antes de pasar por el escáner. Llevaba una tarjeta de identificación, un abanico rosa y un protector solar infantil.

—Toda una familia de pelirrojos —comentó—. No estamos hechos para días como este.

En la fotografía de la tarjeta parecía una adolescente con ganas de empezar su primer día de trabajo. Yo no llevaba nada en los bolsillos; la seguí sin detenerme.

Dentro tampoco había nadie. Cruzamos el centro de recepción de visitas, donde las mesas de plástico y las sillas ancladas al suelo aguardaban la siguiente sesión. Al final de la sala había una puerta metálica, sin ventanas; supuse que al otro lado estaban mi madre y los confines de sus modestos días. Al pasar toqué un asiento e imaginé a mis hermanos esperando a que llevaran a madre a esa estancia vulgar. Delilah debía de haberse recostado allí muchas veces; Ethan la había visitado en una sola ocasión, aunque únicamente por la magnanimidad del acto. Más tarde había escrito para el Sunday Times un artículo titulado «Las dificultades del perdón», que eran muchas y previsibles.

Al despacho de la directora se accedía por otra puerta. La mujer acercó su tarjeta de identificación a la pared y se palpó en busca de una última llave. La llevaba en el bolsillo de la pechera, encima del corazón, sujeta a una fotografía con marco de plástico llena de chicos pelirrojos.

—Bien, ya estamos —dijo.

Era un despacho sobrio, con paredes cubiertas de agujeritos y vistas a la autopista. Al parecer la directora se había percatado y había concluido que no estaba bien, de modo que había instalado una espartana mesa de madera y una silla de oficina, e incluso había encontrado presupuesto para adquirir dos sofás de piel, que necesitaría en las conversaciones delicadas. De las paredes colgaban sus títulos académicos y un mapa del Reino Unido.

—Sé que es la primera vez que nos vemos —dijo—, pero querría decirle algo antes de que llegue el abogado.

Señaló los sofás. Yo detestaba las reuniones formales en muebles cómodos: no había forma de saber cómo sentarse. Sobre la mesa que teníamos delante había una caja de cartón y un delgado sobre marrón con el nombre de mi madre.

—Espero que no lo considere poco profesional —prosiguió la directora—, pero recuerdo haber leído sobre usted y su familia en las noticias de la época. Mis hijos eran muy pequeños. He reflexionado mucho sobre aquellos titulares desde entonces, antes incluso de entrar a trabajar aquí. En esta profesión se ven muchísimas cosas, tanto de las que salen en los periódicos como de las que no. Y, después de tanto tiempo, algunas de ellas, muy pocas, aún me sorprenden. La gente me dice: «¿Cómo es posible que incluso ahora sigan sorprendiéndote?». Pues bien, me niego a que no me sorprendan.

Del bolsillo del traje sacó el abanico, que de cerca parecía confeccionado a mano por un chico o por una reclusa.

—Sus padres me sorprendieron —añadió.

Miré hacia la ventana que había detrás de ella, en cuyo borde oscilaba el sol, a punto de colarse en el despacho.

—Lo que le ocurrió a usted fue terrible —prosiguió—. De parte de todos nosotros..., esperamos que encuentre la paz.

—¿Y si hablamos del motivo por el que me ha llamado?

El abogado estaba preparado junto a la puerta, como un actor a la espera del momento de entrar en escena. Vestía un traje gris con una corbata alegre y estaba sudando. Cuando se sentó, el cuero chirrió.

—Bill —se presentó y volvió a levantarse para estrecharme la mano.

Había empezado a manchársele la parte superior del cuello de la camisa, que se había vuelto gris como el traje.

—Tengo entendido que tú también eres abogada —añadió de inmediato.

Era más joven de lo que había previsto, tal vez menor que yo; debíamos de haber estudiado la carrera en la misma época.

—Solo llevo asuntos empresariales —dije y, para que se sintiera mejor, agregué—: No sé nada de testamentos.

—Por eso yo estoy aquí —dijo Bill.

Le dirigí una sonrisa alentadora.

—¡De acuerdo! —exclamó. Dio un golpecito en la caja de cartón—. Aquí están los efectos personales. Y este es el documento.

Deslizó el sobre por la mesa y lo abrí. El testamento decía, en la letra trémula de mi madre, que Deborah Gracie nombraba albacea a su hija Alexandra Gracie; que el remanente de los bienes de Deborah Gracie se componía, en primer lugar, de las pertenencias que tenía en el Centro Penitenciario de Northwood; en segundo lugar, de aproximadamente veinte mil libras heredadas de su difunto esposo, Charles Gracie, y en tercer lugar, de la propiedad sita en el número 11 de Moor Woods Road, en Hollowfield. Dichos bienes debían repartirse a partes iguales entre los hijos supervivientes de Deborah Gracie.

—Albacea —dije.

—Parecía convencida de que eras la persona ideal para ese cometido —afirmó Bill.

Me eché a reír.

Imaginad a mi madre en la celda, jugueteando con su melena rubia, larguísima, hasta las rodillas; tan larga que podía sentarse sobre ella, como si se tratara de una habilidad con la que divertir a los demás en una fiesta. Reflexiona sobre el testamento bajo la dirección de Bill, que se compadece de ella, que se alegra de echarle una mano y que también en ese momento está sudando. Bill desea preguntarle muchas cosas. Mi madre tiene el bolígrafo en la mano y tiembla con desconsuelo fingido. Ser albacea, le dice Bill, es una especie de honor. Pero también comporta una carga burocrática y la necesidad de establecer contacto con los diversos beneficiarios. Con el cáncer bullendo en su vientre y solo unos meses de vida para putearnos, mi madre sabe perfectamente a quién nombrar.

—No tienes la obligación de aceptarlo si no quieres —me indicó Bill.

—Lo sé —dije.

Él alzó los hombros.

—Puedo orientarte sobre los aspectos fundamentales. Es una cartera de activos muy pequeña, así que no debería ocuparte demasiado tiempo. Lo principal, lo que yo tendría presente, es ganarse el apoyo de los beneficiarios. Decidas lo que decidas sobre qué hacer con esos activos, primero consigue el visto bueno de tus hermanos.

Tenía reservado el vuelo de regreso a Nueva York para la tarde del día siguiente. Pensé en el aire frío del avión y en las pulcras cartas de comida y bebidas que se repartían tras el despegue. Me imaginé poniéndome cómoda para el viaje después de tres días embotada por las copas tomadas en la sala vip y luego despertándome en la calidez del atardecer, con un coche negro que me esperaba para llevarme a casa.

—Tengo que pensarlo —dije—. No es un buen momento.

Bill me entregó un papelito con su nombre y su número de teléfono escritos a mano en unas líneas de color gris claro. Las tarjetas de visita no entraban en el presupuesto de la cárcel.

—Esperaré tu respuesta. Si no aceptas, sería de utilidad contar con alguna sugerencia. Tal vez otro de los beneficiarios.

Pensé en la posibilidad de proponérselo a Ethan, o a Gabriel, o a Delilah.

—Tal vez —respondí.

—Para empezar —dijo él con la caja sobre la palma de la mano—, estas son todas las pertenencias que tenía en Northwood. Puedo entregártelas hoy.

La caja no pesaba.

—Me temo que poseen un valor insignificante —prosiguió—. Tu madre tenía varios cupones de regalo, por conducta ejemplar y cosas así, pero fuera no valen nada.

—Qué pena —dije.

—El único asunto pendiente es el cuerpo —dijo la directora.

Se acercó a la mesa y cogió una carpeta de anillas con folletos o catálogos metidos en archivadores de plástico. Como una camarera que entregara la carta, la abrió ante mí. Atisbé tipos de letra lúgubres y unas caras pesarosas.

—Opciones —añadió la directora, que pasó la página—. Por si le interesa. Son funerarias. Algunas ofrecen más detalles: funerales, ataúdes y demás. Son de la zona: todas están a menos de unos ochenta kilómetros.

—Lo siento, pero creo que hay un malentendido —dije.

La directora cerró la carpeta por un folleto que mostraba un coche fúnebre pintado con un estampado de piel de leopardo.

—No vamos a reclamar el cadáver —anuncié.

—Ah —exclamó Bill.

Si la directora se sobresaltó, supo disimularlo.

—En ese caso —dijo—, enterraremos a su madre en una tumba sin nombre, según la política de la cárcel. ¿Tiene usted alguna objeción?

—No —respondí—, ninguna.

Mi otra entrevista fue con la capellana, que había solicitado hablar conmigo. Me había pedido que acudiera a la capilla de las visitas, que se encontraba en el aparcamiento. Una ayudante de la directora me acompañó a un edificio achaparrado. Alguien había instalado una cruz de madera encima de la puerta y había colgado papel de seda de colores sobre las ventanas: vitrales infantiles. Había seis filas de bancos de cara a un estrado improvisado con un ventilador, un atril y una miniatura de Jesucristo en la cruz.

La capellana me esperaba sentada en el penúltimo banco. Se levantó para saludarme. Todo en ella era redondo y húmedo: su rostro en la penumbra, su vestido blanco suelto, las dos manitas que rodearon las mías.

—Alexandra —dijo.

—Hola.

—Te preguntarás por qué quería verte.

Mostraba la clase de dulzura que es preciso practicar. Me la imaginé en la sala de conferencias de un hotel barato, con una tarjeta de identificación, como asistente a una charla acerca de la importancia de las pausas... o de dar a los demás la oportunidad de hablar.

Esperé.

—He pasado muchos ratos con tu madre en sus últimos años. Llevábamos tiempo trabajando juntas, claro, pero en los últimos años aprecié cambios en ella. Y confiaba en que esos cambios te proporcionaran hoy consuelo.

—¿Cambios? —Noté que se me escapaba una sonrisa.

—Os ha escrito muchas veces en estos años. A ti, a Ethan y a Delilah. La he oído hablar de todos vosotros. De Gabriel y de Noah. Escribió a Daniel y a Evie alguna que otra vez. Para una madre, con independencia de los pecados que haya cometido, perder a sus hijos... Ella perdió mucho... Me traía las cartas para que revisara la ortografía y las señas. Al ver que no le contestabais, siguió pensando que las direcciones no eran correctas.

El papel de seda proyectaba una luz carnosa en el pasillo. Había supuesto que los adornos de las ventanas habían sido una actividad de las reclusas, pero de pronto imaginé a la capellana encaramada a una silla durante horas, engalanando su reino.

—Quería hablar contigo pensando en el perdón, porque si perdonamos a los demás cuando pecan contra nosotros, nuestro padre celestial también nos perdonará a nosotros.

Apoyó la mano en mi rodilla. El calor que desprendía se filtró a través de los tejanos como algo que se hubiera derramado.

—Pero si no perdonamos los pecados ajenos —añadió—, nuestro padre no perdonará los nuestros.

—El perdón —dije.

La forma de la palabra se me atragantó. Seguí sonriendo.

—¿Las recibiste? —me preguntó la capellana—. Las cartas, me refiero.

Sí, las recibí. Pedí a papá —mi verdadero padre y no el carcoma de mis huesos— que las destruyera a medida que llegaban. Era fácil identificarlas: se veía que las habían abierto y vuelto a cerrar, y llevaban estampado un aviso de que se trataba de correspondencia de una reclusa del Centro Penitenciario de Northwood. Poco después de que yo cumpliera los veintiuno, cuando ya estudiaba en la universidad, durante una visita mía a casa, papá se acercó a mí con una confesión y una caja que contenía las puñeteras cartas. «Pensé que en el futuro... —me dijo— quizá sintieras curiosidad...» Debían de ser las vacaciones de invierno, pues la barbacoa estaba guardada en el cobertizo del jardín. Me ayudó a sacarla y, plantados los dos con los abrigos puestos, él con la pipa en la mano y yo con una taza de té, las echamos al fuego.

—Creo que se equivoca de historia —le dije a la capellana—. Hay un relato, lo hemos visto miles de veces, que conduce a una visita a la cárcel: una persona encerrada espera a que otra la visite. A que la perdone. El visitante lleva años meditándolo y no acaba de decidirse a ir. Bien. Al final va. Por lo general, se trata de un padre o una madre y su hijo, o quizá un delincuente y su víctima..., depende. El caso es que va y conversan. Y aunque el visitante no perdone exactamente a la persona en cuestión, al menos saca algo de todo el embolado. Pero mi madre ha muerto y yo no vine a verla ni una sola vez.

Tenía la vergonzosa sensación de que estaba a punto de llorar, por lo que me bajé las gafas de sol para ocultar las lágrimas. En la oscuridad la capellana se convirtió en un abultado fantasma blanco.

—Lamento no poder ayudarla —dije sin ton ni son y me alejé por el pasillo con paso vacilante.

El sol empezaba a aflojar por fin y había llegado la hora de tomar un trago. Imaginé el bar de un hotel y cómo el peso de la primera copa se expandía con fuerza por mis miembros. La ayudante de la directora me esperaba.

—¿Ya ha terminado? —me preguntó.

Nuestras sombras se extendían alargadas y negras sobre el asfalto y cuando me acerqué a ella se convirtieron en una bestia extraña. Probablemente, la ayudante ya había acabado su turno.

—Sí —respondí—. Tengo que irme.

Una vez en el coche, eché un vistazo al móvil. «¿Acaso hay algo demasiado alegre?», me había escrito Olivia.

Levanté la tapa de la caja de cartón de mi madre, que me había colocado sobre el regazo. Contenía un batiburrillo de artículos: una biblia, como era de prever; un cepillo del pelo; dos recortes rasgados de una revista, pegajosos por el celo —un anuncio de unas vacaciones en las playas de México y otro de pañales con una fila de bebés limpios y contentos sobre una manta blanca—; un recorte de periódico sobre la actividad de voluntariado de Ethan en Oxford; tres chocolatinas y un pintalabios casi acabado. Como de costumbre, mi madre no dejaba entrever nada.

Vi a mi madre por última vez el día que escapamos. Aquella mañana me desperté en una cama sucia y comprendí que el tiempo se me acababa y que, si no actuaba entonces, moriría ahí.

A veces visito mentalmente nuestra pequeña habitación. Tiene dos camas individuales, cada una arrimada a un extremo, lo más lejos posible la una de la otra: la mía y la de Evie. Entre ellas cuelga una bombilla desnuda que tiembla con cada paso que se da en el pasillo. Por lo general está apagada, aunque en ocasiones, si mi padre así lo decide, permanece varios días encendida. Mi padre ha fijado a la ventana una caja de cartón aplastada con la intención de controlar el tiempo, pero se cuela una tenue luz pálida que nos concede nuestros días y nuestras noches. Al otro lado del cartón había antes un jardín, y más allá, el páramo. Resulta cada vez más difícil creer que sigan existiendo lugares como ese, con su carácter agreste y sus condiciones climáticas. Bajo el resplandor pardusco se divisan los dos metros de Territorio que separan las camas y que Evie y yo conocemos mejor que nadie. Llevamos muchos meses hablando del recorrido de la mía a la suya. Sabemos cómo atravesar las onduladas Colinas de Bolsas de Plástico repletas de objetos que ya no recordamos; sabemos que habría que usar un tenedor de plástico para surcar las Ciénagas de los Cuencos, ennegrecidas, solidificadas y a punto de secarse. Hemos debatido cuál es la mejor forma de cruzar los Picos de Poliéster para evitar la inmundicia, si elegir los altos pasos de montaña y exponernos a los elementos o aprovechar los túneles de material putrefacto y enfrentarnos a lo que quiera que nos aguarde en ellos.

Había vuelto a orinarme por la noche. Flexioné los dedos de los pies, roté los tobillos y moví las piernas como si estuviera nadando, algo que hacía todas las mañanas en los últimos meses. En los dos últimos. O quizá tres. Le dije a la habitación lo que diría a la primera persona con que me topara cuando fuera libre: «Me llamo Alexandra Gracie y tengo quince años. Avisa a la policía». Luego, como todas las mañanas, volví la cabeza para ver a Evie.

En el pasado habíamos estado encadenadas en la misma dirección, de modo que la veía en todo momento. Ahora ella estaba atada hacia el otro lado y ambas debíamos contorsionarnos para mirarnos a la cara. Le veía los pies y los huesos de las piernas. La piel escondida en cada cavidad, como en busca de calor.

Evie hablaba cada vez menos. Yo la engatusaba y le chillaba; la tranquilizaba y le cantaba las canciones que habíamos oído cuando todavía íbamos al colegio. «Ahora te toca a ti —le decía—. ¿Estás lista?» Nada daba resultado. En vez de enseñarle los números, los recitaba para mí misma. Le contaba cuentos en la oscuridad y no oía risas, preguntas ni muestras de sorpresa; no había nada más que el silencioso espacio del Territorio y la respiración superficial de mi hermana que me llegaba desde el otro lado.

—Evie —le dije—. Eve. Ha llegado el día.

Me dirigí de vuelta a la ciudad al caer la tarde. Una densa luz dorada se colaba entre los árboles y bañaba los campos abiertos, pero en las sombras de las aldeas y de las granjas ya casi había oscurecido. Me planteé conducir toda la noche para llegar a Londres antes del amanecer. El jet lag volvía el paisaje vívido y extraño. Con toda probabilidad, terminaría dormida al borde de una carretera de las Midlands; no me pareció buena idea. Me detuve en un apartadero e hice una reserva en un hotel de Manchester que tenía habitaciones libres y aire acondicionado.

El primer año malo solo hablábamos de escapar. Era la Época de las Ataduras, cuando nos inmovilizaban únicamente por la noche y de forma delicada, con telas blancas suaves. Evie y yo dormíamos en la misma cama, cada una con una muñeca sujeta a un poste y las manos libres cogidas. Nuestros padres estaban con nosotros durante el día, pero hacíamos clases (sobre todo de estudios bíblicos, y algo de historia mundial un tanto discutible), ejercicio (dar vueltas corriendo por el patio, con camisetas de tirantes y pantalones; una vez, unos chicos de Hollowfield treparon entre las ortigas de la parte trasera de la finca solo para vernos y reírse a mandíbula batiente) y comidas (pan y agua en los días buenos) sin ninguna limitación. La famosa fotografía familiar se tomó al final de ese período, antes de que comenzara el Encadenamiento y dejáramos de estar en condiciones para un retrato, incluso según el criterio de mis padres.

Hablábamos de rasgar las ataduras con los dientes o de coger con disimulo un cuchillo de la mesa de la cocina y esconderlo en un bolsillo del vestido. Podíamos aumentar la velocidad durante una vuelta al patio y salir corriendo por la puerta del jardín para alejarnos por Moor Woods Road. Nuestro padre tenía un teléfono móvil en el bolsillo; sería fácil arrebatárselo. Cuando pienso en esa época, experimento un tremendo desconcierto que la doctora K., con todos sus razonamientos, jamás logró disipar. Se percibía en la cara de los policías, de los periodistas y de los enfermeros, aunque ninguno de ellos se atrevió a preguntarlo: «¿Por qué no os fuisteis cuando tuvisteis la oportunidad?».

Lo cierto es que no era tan malo. Disfrutábamos de nuestra mutua compañía. Estábamos cansados y famélicos, y en alguna que otra ocasión nuestro padre nos pegaba con tal fuerza que nos dejaba un ojo enrojecido durante una semana (como le ocurrió a Gabriel) o se oía un crujido ronco debajo del corazón (de Daniel). Sin embargo, ignorábamos lo que estaba por venir. He pasado muchas noches hurgando en los recuerdos, como una estudiante que en una biblioteca desempolva volúmenes viejos y examina cada balda, en busca del momento en que debería haberlo sospechado: «Ah..., entonces..., aquel era el momento de actuar». No encuentro ese libro. Lo sacaron hace tiempo y no lo han devuelto. Nuestro padre, que nos daba clases en la mesa de la cocina, confundía la sumisión con el cariño y lo último que hacía nuestra madre por las noches era ir a vernos para cerciorarse de que las ataduras estaban en su sitio. Por la mañana me despertaba temprano al lado de Evie, cuyo cuerpo daba calor al mío. Todavía hablábamos de nuestro futuro.

No era tan malo.

Primero me puse en contacto con Devlin para pedirle que me dejara trabajar desde Londres durante una semana. O quizá más.

—Drama testamentario —dijo—. Qué emoción.

Era poco más de mediodía en Nueva York, pero había contestado de inmediato ya achispada. Capté de fondo el murmullo de un bar o de un almuerzo refinado.

—No estoy segura de que esa sea la palabra que yo emplearía —le dije.

—Tómate el tiempo que necesites. Te buscaremos un escritorio en Londres. Y trabajo, no lo dudes.

Mamá y papá debían de estar comiendo y podían esperar. Llamé a Ethan y contestó su novia; mi hermano asistía a la inauguración de una galería y no regresaría hasta entrada la noche. Ella se había enterado de que me encontraba en el país: debía ir a visitarlos..., les encantaría recibirme en su casa. Dejé un mensaje de voz a Delilah, aunque dudaba de que me devolviera la llamada. Por último hablé con Evie. Deduje que estaba al aire libre y oí reír a alguien a su lado.

—Bueno, al parecer la bruja ha muerto —le dije.

—¿Has visto el cadáver?

—No, por Dios. No pedí verlo.

—Entonces..., ¿podemos estar seguras?

—Yo estoy bastante convencida.

Le hablé de la casa de Moor Woods Road, de nuestra fabulosa herencia.

—¿Tenían veinte mil? ¡Menuda sorpresa!

—¿De veras? ¿Después de nuestra esplendorosa infancia?

—¿No te parece ver a padre poniéndolo a buen recaudo? «Porque mi Dios suplirá todo lo que os falte»... lo que fuera.

—Pero la casa... Me parece mentira que aún siga en pie.

—¿No hay gente a la que le chiflan esas cosas? Se organizan recorridos turísticos, creo que en Los Ángeles: escenarios de crímenes, muertes de famosos, rollos de esos. Es muy morboso.

—Hollowfield está un poco aislado para formar parte de un recorrido turístico, ¿no crees? Además, no puede compararse con la Dalia Negra.

—Supongo que nosotros tenemos menos categoría.

—Regalarían las entradas.

—Bueno —dijo Evie—. Si hay una visita turística, deberíamos participar en ella. Podríamos desvelar algunos detalles. Es una posible profesión si el derecho no funciona.

—Me parece que Ethan ya ha monopolizado el mercado. En serio, ¿qué narices vamos a hacer con la casa?

Alguien volvió a reír, más cerca esa vez.

—¿Dónde estás? —le pregunté.

—En la playa. Esta tarde hay un concierto.

—Ve, anda.

—De acuerdo. Te echo de menos. En cuanto a la casa...

El viento arreciaba donde estaba Evie y azotaba el sol al otro lado del océano.

—Algo alegre —dijo—. Debería ser algo alegre. Nada fastidiaría más a padre.

—Me gusta la idea.

—De acuerdo. Tengo que irme.

—Disfruta del concierto.

—Has hecho un buen trabajo hoy.

El plan era el siguiente: como agentes secretos, habíamos estado siguiendo los pasos de nuestro padre. En la Época de las Ataduras habíamos llevado un registro de sus movimientos que anotábamos en nuestra biblia con un cabo de lápiz escolar (Génesis, 19:17; por aquel entonces todavía nos gustaba el melodrama). Cuando ya no pudimos acceder al libro, memoricé las jornadas de nuestro padre con el sistema que la señorita Glade me había enseñado cuando todavía iba al colegio. «Imagina una casa —me dijo—. En cada una de sus habitaciones se encuentra lo que quieres recordar. El archiduque Francisco Fernando se ha desplomado en el pasillo: acaban de dispararle. Entras en el cuarto de estar y al salir atraviesas Serbia corriendo. Están aterrorizados porque se avecina la guerra. En la cocina ves a Austria-Hungría sentada a la mesa con sus aliados. ¿Quién está con ellos?»

Mi padre ocupaba nuestra casa, por lo que descifrar sus días resultaba aún más fácil. Después de pasar muchos meses en una sola habitación, yo conocía el sonido de cada tabla del suelo y el chasquido de cada interruptor de la luz. Me parecía ver la mole de mi padre desplazarse por las estancias de la vivienda.

Habíamos efectuado varias operaciones de vigilancia nocturna desde la cama, de modo que sabíamos que se despertaba tarde. En invierno incluso ya había clareado cuando oíamos sus primeros pasos lentos por la casa. Nuestro dormitorio se encontraba al final del pasillo, a dos puertas del suyo, por lo que una tentativa nocturna no sería acertada, pues él tenía el sueño ligero y se nos echaría encima en unos segundos. A veces yo me despertaba y lo veía en la puerta de nuestra habitación o agachado a mi lado, meditabundo. Fuera cual fuese el asunto sobre el que reflexionaba, siempre lo resolvía y al final se alejaba y desaparecía en la oscuridad.

Pasaba las mañanas con nuestra madre y con Noah en la planta baja. El olor de las comidas de nuestros padres impregnaba la casa y los oíamos rezar o reírse de algo que no podíamos compartir. Cuando Noah lloraba, nuestro padre huía al jardín. Salía de la cocina dando un portazo. Hacía ejercicio: los gruñidos que profería llegaban hasta nuestra ventana. A veces subía a vernos poco antes del almuerzo, radiante, con la piel empapada y enrojecida, como un bárbaro que acabara de librar una batalla, blandiendo la toalla como si fuera la cabeza de un enemigo. No, por la mañana no daría resultado: la puerta principal estaba cerrada con llave a todas horas y si salíamos por la cocina o escapábamos por la ventana, nuestro padre estaría esperándonos.

Ese fue un motivo de discusión entre Evie y yo.

—No hay más remedio que cruzar la casa —dijo ella—. La ventana está demasiado alta. Te has olvidado de lo alta que está.

—Tendríamos que romper el candado de nuestra puerta y atravesar toda la casa. Pasar por delante de la habitación de Ethan, de la de madre y padre, de la de Gabe y D. Bajar la escalera. Noah duerme abajo... y a veces madre también. Es imposible.

—¿Por qué no se han ido Gabriel y Delilah? —preguntó Evie. Y susurró—: A ellos les resultaría más fácil.

—No lo sé —respondí.

Una noche, hacía ya muchos meses, había oído un ruido sordo y terrible en el otro extremo del pasillo. Una tentativa frustrada. Evie estaba dormida cuando ocurrió y yo no se lo había contado. Después, con la esperanza incierta suspendida entre nosotras, consideré que no debía mencionarlo.

Tras el almuerzo, mi padre se quedaba en la sala de estar, en silencio. En mi opinión, esa era nuestra oportunidad. Cuando él estaba tranquilo, la casa entera suspiraba y se relajaba. Los susurros de Delilah se deslizaban furtivos por el pasillo. Algunos días Ethan daba golpecitos en la pared, como cuando de pequeños nos habíamos propuesto aprender el código morse. Otros días nuestra madre subía a vernos. Durante un tiempo yo le había implorado que hiciera algo, pero luego me limité a replicar mentalmente a sus confesiones y volver la cabeza.

—Es la única opción —le dije a Evie—. Una vez que se despierta, imposible.

—De acuerdo —repuso, pero comprendí que ella lo consideraba una fantasía, como los cuentos que le contaba para pasar el día.

Ya habíamos hablado de la ventana. Cubierta con el cartón, escapaba a nuestro escrutinio.

—Se abre —dije—. ¿Verdad que sí? —No lograba recordar el tirador ni si al otro lado había suelo de cemento o césped—. Puede que se me haya olvidado.

—Creo que no —apuntó Evie—. Y lleva siglos sin abrirse.

Nos retorcimos para mirarnos por encima del Territorio.

—Si tenemos que romper la ventana, ¿de cuánto tiempo dispondremos? —me preguntó Evie.

—Padre tardará unos segundos en entender lo que está pasando. Unos cuantos más en llegar a la escalera y digamos que unos diez en acercarse a nuestra puerta. Y luego tendrá que abrir el candado.

Me dolía el cuello, así que me tumbé.

—Veinte en total —concluí.

La exigua cifra flotó en el espacio que nos separaba. Evie comentó algo, pero tan bajito que no la oí.

—¿Qué?

—De acuerdo —dijo.

—De acuerdo.

Las cadenas, mi mayor preocupación en el pasado, constituían otro obstáculo. Sin embargo, mi padre era torpe. Tras el descubrimiento del libro de los mitos y lo ocurrido después, no encendió la luz al salir de la habitación.

Me gustaba pensar que no habría soportado verme, pero es probable que estuviera demasiado borracho para encontrar el interruptor; en cualquier caso, ya no importaba. Yo había estirado los dedos al máximo de modo que las esposas me habían aprisionado los pulgares y los meñiques en vez de las muñecas. En consecuencia: tendría que ser yo y tendría que ser pronto.

—¡La ha pifiado! —le susurré a Evie cuando tuve la certeza de que todos los demás de la casa ya dormían.

Oí su respiración fatigosa al otro lado del dormitorio, pero no respondió. Había esperado demasiado, así que también ella se había dormido.

Pensé en la noche. Había oscurecido, pero en la calle seguía haciendo calor. Llamé al servicio de habitaciones para pedir dos gin-tonics y me los tomé desnuda en la cama. Había considerado la posibilidad de salir a correr, pero el hotel se hallaba rodeado de autopistas y no me apetecía abrirme paso entre ellas. Así pues, bebería y buscaría compañía. Me puse un vestido negro y unas botas de cuero del mismo color y pedí a recepción un taxi y otra copa.

Una vez en el coche, las circunstancias me parecieron gratas: sola, con tres copas entre pecho y espalda, mi madre muerta y la ciudad desconocida a mi alrededor. Bajé del todo la ventanilla. Vi colas de gente ante entradas oscuras y personas que bebían sentadas en las aceras.

—Los del tiempo han dicho que habrá tormenta —comentó el taxista.

Añadió algo, pero nos encontrábamos en un cruce y sus palabras se perdieron en el barullo de conversaciones.

—¿Cómo dice?

—Paraguas. ¿Lleva usted paraguas?

—Antes vivía aquí.

Me miró por el retrovisor y se echó a reír.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí.

Le pedí que me dejara en algún local animado de la zona. Detuvo el coche a la puerta de otro hotel, más económico que el mío, y asintió con la cabeza. La discoteca se hallaba en las entrañas del edificio, al final de una escalera estrecha, y tenía al fondo una pista de baile con un escenario vacío. Estaba bastante concurrida. Me senté a la barra y tras pedir una tónica con vodka busqué a alguien a quien le apeteciera charlar conmigo.

Devlin y yo viajábamos tanto que a veces olvidábamos en qué continente estábamos. Me despertaba en una habitación de hotel y me equivocaba al ir al baño, pues iba en la dirección en la que se encontraba el de mi apartamento de Nueva York. Al llegar a la sala de espera de un aeropuerto, tenía que leer la tarjeta de embarque —¡leerla!— para recordar nuestro siguiente destino. Siempre reconfortaba sentarse a la barra de un bar: eran idénticas en todo el mundo. Había hombres solitarios con historias similares y gente que parecía más cansada que yo.

Pedí una ginebra para el hombre sentado a seis taburetes de mí. Vi que en la camisa llevaba una insignia dorada en forma de alas y que buscaba el billetero. Se alegró al recibir la copa, además de sorprenderse. Al cabo de unos instantes me tocó el hombro sonriendo. Era mayor de lo que me había parecido. Lo cual estaba bien.

—Hola

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