Terror de Estado

Louise Penny
Hillary Rodham Clinton

Fragmento

Capítulo 1

1

—Señora secretaria —le dijo Charles Boynton a su jefa mientras la seguía a toda prisa hacia su despacho en la séptima planta del Departamento de Estado, la de los cargos de máxima responsabilidad—, tiene ocho minutos para llegar al Capitolio.

—Está a diez minutos de aquí —repuso Ellen Adams al tiempo que echaba a correr—, y tengo que ducharme y cambiarme. A menos que... —Se paró y se volvió hacia su jefe de gabinete—. ¿Puedo ir así?

Levantó los brazos para que la viera bien. La súplica en sus ojos era inequívoca, igual que el nerviosismo de su voz... y el hecho de que parecía que acababa de arrastrarla alguna máquina agrícola oxidada.

Boynton crispó la cara como si le doliera sonreír.

A sus casi sesenta años, Ellen Adams era una mujer de estatura media, delgada y elegante. Su buen gusto para la ropa y el Spanx que llevaba debajo disimulaban su debilidad por los petisús. El maquillaje, sutil, resaltaba sus ojos azules y despiertos sin pretender ocultar su edad. No necesitaba pasar por más joven de lo que era, aunque tampoco quería parecer mayor.

Su peluquero le ponía un tinte, preparado especialmente para ella, que se llamaba «Rubio Prestigioso».

—Con todo respeto, señora secretaria, parece una indigente.

—Menos mal que te respeta —susurró Betsy Jameson, mejor amiga y consejera de Ellen.

La secretaria Adams llevaba veintidós horas trabajando sin descanso. Su interminable jornada había empezado ejerciendo como anfitriona en un desayuno diplomático en la embajada de Estados Unidos en Seúl, y había incluido desde conversaciones de alto nivel sobre seguridad regional hasta esfuerzos para evitar el fracaso inesperado de un acuerdo de comercio de vital importancia, para terminar con una visita a una fábrica de fertilizantes situada en la provincia de Gangwon, simple tapadera, en realidad, de una breve incursión en la zona desmilitarizada.

A continuación, había vuelto sin fuerzas al avión y, nada más despegar, se había quitado el Spanx y se había servido una gran copa de chardonnay.

Había dedicado las horas siguientes a enviar informes a sus ayudantes y al presidente, y a leer —o a intentarlo— las notas que iban llegando. Al final, se había quedado dormida con la cara apoyada en un informe del Departamento de Estado sobre el personal de la embajada estadounidense en Islandia.

Se había despertado de golpe al notar la mano de su ayudante en el hombro.

—Señora secretaria, estamos a punto de aterrizar.

—¿Dónde?

—En Washington.

—¿El estado? —Se incorporó y se pasó los dedos por el pelo, levantado como después de un susto o de una idea genial.

Tenía la esperanza de que estuvieran en Seattle para repostar y abastecerse de comida, o por algún contratiempo fortuito en pleno vuelo. Y era eso: un contratiempo, pero sin nada de mecánico ni de fortuito.

Se había quedado dormida, y aún tenía que ducharse y...

—Washington D.C.

—Dios mío, Ginny... ¿no podrías haberme despertado antes?

—Lo he intentado, pero se ha puesto a farfullar y ha seguido durmiendo.

Ellen lo recordaba vagamente, pero había creído que era un sueño.

—Gracias por intentarlo. ¿Tengo tiempo de lavarme los dientes?

Se oyó la señal de cinturón obligatorio, activada por el capitán.

—Me temo que no.

Se asomó a la ventanilla del avión oficial, el «Air Force Three», como lo llamaba en broma, y reconoció la cúpula del Capitolio, donde la esperaban.

Vio su reflejo: estaba despeinada, tenía el rímel corrido y la ropa de cualquier manera. Los ojos, inyectados en sangre, le escocían por culpa de las lentillas. Había transcurrido apenas un mes desde la investidura, ese día luminoso, deslumbrante, en que el mundo era nuevo y todo parecía posible, pero ya le habían salido algunas arrugas de preocupación y nervios.

Cómo amaba su país, ese faro glorioso y averiado...

Tras levantar y dirigir durante décadas un imperio mediático internacional que para entonces englobaba varias cadenas de televisión —entre ellas una dedicada por completo a las noticias— y un gran número de periódicos y webs, lo había puesto todo en manos de la generación siguiente: su hija Katherine.

Había pasado cuatro años viendo cómo su amado país agonizaba y por fin estaba en condiciones de ayudarlo a sanar.

Desde la muerte de su querido Quinn, no sólo se había sentido vacía, sino intrascendente, y esa sensación, lejos de disminuir con el paso del tiempo, había ido ahondándose como un gran abismo. Notaba que cada vez le hacía más falta involucrarse, ayudar, paliar de algún modo el sufrimiento en lugar de informar sobre él. Dar algo a cambio.

La oportunidad le llegó de quien menos lo esperaba: Douglas Williams, el presidente electo. Qué rápido podía cambiar la vida... y no siempre a peor.

Y ahí estaba, sentada en el Air Force Three como secretaria de Estado del nuevo presidente.

El cargo le permitía rehacer puentes con los aliados tras la incompetencia casi criminal del gobierno anterior. Podía recomponer relaciones cruciales o lanzar advertencias a países hostiles que pudieran tener malas intenciones y la capacidad para cumplirlas.

Estaba en posición de impulsar los cambios de los que hasta entonces se había limitado a hablar, podía convertir en amigos a los enemigos y mantener a raya el caos y el terror.

Y sin embargo...

Ya no veía tanta convicción en su reflejo. Era como tener delante a una desconocida, una mujer cansada, despeinada, exhausta, envejecida. Quizá también fuera más sabia. ¿O quizá sólo más cínica? Esperaba que no, aunque le extrañó que de repente le costara distinguir entre ambas cosas.

Cogió un pañuelo de papel y lo humedeció con la lengua para quitarse el rímel. Después se alisó el pelo y le sonrió a su reflejo.

Era la cara que tenía siempre preparada y con la que a esas alturas ya estaban familiarizados la opinión pública, la prensa, sus colegas y los mandatarios del resto del mundo: la de la secretaria de Estado que representaba con aplomo y elegancia a la primera potencia del planeta.

Pero no era más que una fachada. En esa cara como de fantasma, Ellen Adams vio algo más, algo horrible que ella procuraba no enseñar nunca, ni siquiera a sí misma, pero que había aprovechado la fatiga para saltar sus defensas.

Vio miedo y algo estrechamente emparentado con el miedo: la duda.

¿Era real o falso ese enemigo íntimo que le decía en voz baja que no era lo bastante buena, que no estaba a la altura del cargo, que sus meteduras de pata pondrían en peligro las vidas de miles, quizá millones, de personas?

Lo ahuyentó al darse cuenta de que no le aportaba nada, pero lo oyó susurrar, mientras desaparecía, que aun así podía tener razón.

Tras aterrizar en la base aérea Andrews, la hicieron subir con prisas a un coche blindado donde siguió leyendo informes, documentos y correos electrónicos para ponerse al día sin dedicar una sola mirada a las calles de Washington D.C.

Al llegar al aparcamiento subterráneo del monolítico edificio Harry S. Truman —que los más veteranos seguían llamando, quizá incluso con cariño, como el barrio donde se encontraba: Foggy Bottom—, se formó una falange que la condujo en el menor tiempo posible al ascensor y a su despacho privado, situado en la séptima planta.

Cuando salió del ascensor se encontró con Charles Boynton, su jefe de gabinete, una de las personas asignadas a la nueva secretaria de Estado por la jefa de gabinete del presidente: un hombre alto y desgarbado cuya delgadez no se debía tanto al ejercicio o a unos buenos hábitos alimentarios como a un exceso de energía nerviosa. Su pelo y su tono muscular daban la impresión de estar compitiendo por abandonar el barco.

Al cabo de veintiséis años subiendo en el escalafón, Boynton había conseguido un puesto en la élite como estratega de la exitosa campaña presidencial de Douglas Williams, brutal como pocas.

Por fin había llegado al sanctasanctórum y estaba decidido a no moverse de él: era su recompensa por haber cumplido órdenes y haber tenido suerte al elegir candidato.

En su nuevo cargo le correspondía crear normas para mantener a raya a los miembros más revoltosos del gabinete. Los veía como puestos políticos temporales, simple escaparatismo para la estructura que él encarnaba.

Ellen y su jefe de gabinete apretaron el paso hacia el despacho de la secretaria de Estado acompañados por todo un séquito de colaboradores, subalternos y agentes de Seguridad Diplomática.

—No te preocupes —dijo Betsy, que corría para no quedarse atrás—, el Discurso del Estado de la Unión no empezará sin ti. Estate tranquila.

—No, no. —La voz de Boynton subió una octava—. Nada de tranquilidad: el presidente está hecho un gorila. Ah, por cierto, oficialmente no es un Discurso del Estado de la Unión.

—Charles, por favor, no seas pedante.

Ellen frenó con tal brusquedad que estuvo a punto de provocar un choque en cadena. Se quitó los zapatos de tacón manchados de barro y corrió descalza por la mullida alfombra.

—Además, el presidente de por sí parece un gorila —comentó Betsy un poco rezagada—. Ah, ¡quiere decir que está enfadado! Bueno, con Ellen siempre está enfadado.

Boynton le lanzó una mirada de advertencia.

No le caía bien la tal Betsy, Elizabeth Jameson, una intrusa que sólo estaba donde estaba debido a su larga amistad con la secretaria. Boynton sabía que los secretarios de Estado tenían derecho a elegir a un confidente, un consejero con el que colaborar, pero no le gustaba: los intrusos añadían un componente imprevisible a cualquier situación.

Le resultaba antipática. En privado la llamaba «la señora Cleaver» por su parecido con Barbara Billingsley, la madre de Beaver en la serie de la tele, prototipo de ama de casa de los años cincuenta: competente, estable y cumplidora.

Aunque esa señora Cleaver no había resultado ser un personaje tan plano como parecía. Era como si se hubiese tragado a Bette Midler: «El que no aguante una broma que se joda.» No era que a Boynton no le gustase la divina Bette Midler, al contrario, pero no acababa de verla como consejera de la secretaria de Estado.

A pesar de todo, tenía que admitir que lo que había dicho Betsy era verdad: Douglas Williams distaba mucho de apreciar a su secretaria de Estado, y decir que el sentimiento era mutuo era quedarse corto.

Que el presidente recién elegido escogiera para un cargo de tanto poder y prestigio a una de sus enemigas políticas, una mujer que había aprovechado sus vastos recursos para apoyar a su rival en la carrera por la candidatura del partido, había causado un impacto enorme.

Y el impacto había sido aún mayor al saberse que Ellen Adams había cedido su imperio mediático a su hija y había aceptado el cargo.

Políticos, comentaristas y colegas devoraron la noticia y después la escupieron en forma de cotilleos que alimentaron las tertulias políticas durante semanas.

La designación de Ellen Adams era la comidilla de las fiestas de Washington y el único tema de conversación en el Off the Record, el bar del sótano del hotel Hay-Adams.

¿Por qué había aceptado?

Con todo, la pregunta número uno, la que mayor interés despertaba con diferencia, era por qué el presidente Williams (entonces sólo presidente electo) había ofrecido a su adversaria más ruidosa y feroz un puesto dentro del gabinete, y nada menos que en el Departamento de Estado.

La teoría predominante era que, o bien Douglas Williams estaba siguiendo el ejemplo de Abraham Lincoln, con su famoso «equipo de rivales», o bien —lo que era más probable— el del estratega militar y filósofo de la antigua China Sun Tzu, que aconsejaba mantener cerca a los amigos, pero aún más a los enemigos.

Resultó que ninguna de las dos hipótesis era acertada.

Personalmente, a Charles Boynton —Charles a secas para los amigos— sólo le importaba su jefa en la medida en que sus fallos podían dejarlo en mal lugar y ni loco pensaba acompañarla en la caída.

Porque, después del viaje a Corea del Sur, la cosa pintaba muy mal tanto para la secretaria como para él, y encima estaban retrasando el puto Discurso del Estado de la Unión que no lo era.

—Venga, venga. Dese prisa.

—Ya está bien. —Ellen frenó de golpe—. Deje de ponerme nerviosa. Si no tengo más remedio que presentarme así, me presento.

—Imposible —dijo Boynton abriendo mucho los ojos por el pánico—. Parece...

—Sí, ya lo ha dicho. —La secretaria miró a su amiga—. ¿Betsy?

Durante un momento sólo se oyeron los bufidos con los que Boynton expresaba su contrariedad.

—Yo te veo bien —comentó tranquilamente Betsy—. Con un poco de color en los labios...

Sacó un pintalabios del bolso y se lo dio a Ellen junto con un cepillo para el pelo y una polvera.

—Venga, venga. —La voz de Boynton era casi un graznido.

—Entra un oxímoron en un bar... —dijo Betsy en voz baja sin apartar la vista de los ojos rojos de Ellen, que pensó un poco y sonrió.

—... y el silencio es ensordecedor.

Betsy sonrió de oreja a oreja.

—Perfecto.

Vio que su amiga respiraba hondo y, tras dejar su gran bolsa de viaje en manos de su ayudante, se volvió hacia Boynton.

—¿Entramos?

Pese a la calma que aparentaba, a la secretaria Adams le palpitaba el corazón mientras rehacía el camino hacia el ascensor descalza y con un zapato sucio en cada mano. A partir de ahí, todo sería bajar.

—Deprisa, deprisa —le susurró Amir a su mujer, Nasrin—, ya han llegado a la casa.

Oían golpes, gritos y órdenes a su espalda. A pesar del fuerte acento, las palabras resultaban claras:

—¡Salga ahora mismo, doctora Bujari!

—Ve te. — Amir la empujó por el callejón—. Corre.

—¿Y tú? —preguntó ella apretando el maletín contra el pecho.

Un ruido de astillas indicó que habían derribado la puerta de su domicilio en Kahuta, en las afueras de Islamabad.

—A mí no me quieren, a quien necesitan parar es a ti. Yo los distraigo. Venga, corre.

Sin embargo, justo cuando su mujer se volvía para marcharse la tomó por el brazo y la estrechó con fuerza.

—Te quiero. Estoy muy orgulloso de ti.

La besó con tanto ímpetu que le hizo un corte en el labio, pero ella no se apartó, ni siquiera al notar el sabor de la sangre. Él tampoco. Sólo se separaron al oír más gritos, más cerca.

Amir estuvo a punto de pedirle que lo avisara cuando llegara sana y salva a su destino, pero no lo hizo: sabía que no podría ponerse en contacto con él.

Y también sabía, como su mujer, que él no sobreviviría a esa noche.

Capítulo 2

2

Un murmullo acompañó las palabras con que el macero del Senado anunció a la secretaria de Estado. Eran las nueve y diez, y el resto del gabinete ya había ocupado sus asientos.

Se había especulado con que la ausencia de Ellen Adams se debía a que era la sucesora designada; la mayoría, sin embargo, era de la opinión de que el presidente Williams habría elegido antes su propio calcetín.

Ellen entró como si no se percatara del silencio, que era ensordecedor.

«Entra un oxímoron en...»

Siguió con la cabeza bien alta a su acompañante, repartiendo sonrisas entre los congresistas a ambos lados del pasillo como si no ocurriera nada malo.

—Llega tarde —le espetó el secretario de Defensa en voz baja cuando se sentó en primera fila, entre él y el DNI, el director nacional de Inteligencia—. La esperábamos para el discurso. El presidente está que trina: piensa que lo ha hecho aposta para que las cámaras se centren en usted y no en él.

—Si eso cree, se equivoca —terció el director nacional de Inteligencia—. Usted nunca haría nada parecido.

—Gracias, Tim —dijo Ellen. No solía recibir muestras de apoyo de los fieles del presidente Williams.

—Con el desastre de Corea del Sur —añadió Tim Beecham—, dudo que le interese llamar la atención.

—Pero ¿que lleva puesto, por Dios? —preguntó el secretario de Defensa—. ¿Qué, acaso ha vuelto a practicar la lucha en el barro? —Hizo una mueca arrugando la nariz.

—No, sólo he estado haciendo mi trabajo, cosa que a veces supone ensuciarse. —Ellen le pegó un repaso—. Usted, en cambio, está tan impecable como siempre.

El DNI, sentado al otro lado, se rió. El siguiente anuncio del macero hizo que todos se pusieran de pie.

—Señor presidente de la Cámara, el presidente de Estados Unidos.

La doctora Nasrin Bujari conocía muy bien las callejuelas por las que corría, llenas de cajas y latas que esquivaba para que no la delatase el ruido.

Siguió adelante sin pararse ni mirar atrás, ni siquiera cuando comenzaron los disparos.

Decidió que el hombre con quien llevaba casada veintiocho años había escapado despistando a los matones que tenían la misión de detenerlos, de detenerla a ella.

No lo habían matado ni lo habían hecho prisionero —lo que sería aún peor— para torturarlo hasta que les contara todo.

Como ya no se oían disparos, dedujo que Amir se había puesto a salvo. Ella tenía que hacer lo mismo.

Todo dependía de eso.

A media manzana de la parada de autobús dejó de correr, recuperó el aliento y caminó tranquilamente hasta el final de la cola. Tenía el corazón desbocado, pero el rostro sereno.

Anahita Dahir estaba sentada a su mesa de la Oficina para el Sur y el Centro de Asia del Departamento de Estado.

Interrumpió lo que estaba haciendo para acercarse al televisor instalado en la pared del fondo, donde se disponían a retransmitir el discurso del presidente.

Eran las nueve y cuarto de la mañana. El acto empezaba con retraso, según los comentaristas a causa de la demora de la secretaria de Estado, la nueva jefa de Anahita.

La cámara captó el momento en que el nuevo presidente entraba en la opulenta sala entre aplausos rabiosos de sus simpatizantes y más bien forzados de la oposición, que aún no se había recuperado del golpe.

Teniendo en cuenta que hacía apenas unas semanas que había jurado el cargo, costaba creer que el presidente Williams se hallase al corriente del verdadero estado de la nación o que, en caso contrario, lo reconociese en el discurso.

Los analistas se mostraban de acuerdo en que alternaría entre las críticas al gobierno anterior por el desastre que había dejado, si bien no demasiado directas, y algunas notas de esperanza, si bien no demasiado optimistas.

Se trataba de rebajar las desorbitadas expectativas creadas en la campaña sin por ello empezar a asumir ninguna culpa.

La comparecencia del presidente Williams en el Congreso era teatro político: una especie de Kabuki en que las palabras pesaban menos que los gestos, y si en algo era experto Douglas Williams era en dar una imagen presidencial.

Aun así, Anahita vio que, mientras Williams sonreía y repartía apretones efusivos entre amigos y adversarios políticos sin distinción, la televisión no paraba de intercalar planos de la secretaria de Estado.

Ése era el verdadero drama, la verdadera noticia de la velada.

Los comentaristas barajaban hipótesis sobre qué haría el presidente Williams una vez que estuviese cara a cara con la secretaria de Estado. Repetían hasta la extenuación que Ellen Adams acababa de bajar del avión que la llevaba de regreso de un primer viaje desastroso en el que había logrado distanciarse de un aliado importante y desestabilizar una región ya de por sí frágil.

El encuentro entre ambos sería visto por cientos de millones de personas en todo el mundo y reproducido sin descanso en las redes sociales.

La cámara chisporroteaba de expectación.

Los comentaristas se inclinaban hacia sus micrófonos, impacientes por descifrar cualquier mensaje que pudiera lanzar el presidente.

Aparte de la joven funcionaria del servicio exterior —o FSO, en la jerga diplomática—, en el departamento sólo estaba el supervisor, en su despacho amplio y con vistas. Interesada por ver qué pasaba entre su nuevo presidente y su nueva jefa, Açnahita se acercó más a la pantalla. Estaba tan abstraída que no oyó el tono del mensaje entrante.

Mientras el presidente Williams se abría paso hacia el estrado, parándose a saludar y a charlar, los analistas políticos llenaban el tiempo hablando del pelo —despeinado—, el maquillaje —corrido— y la ropa de Ellen Adams —manchada de lo que esperaban que fuera barro.

—Parece como si acabara de llegar de un rodeo.

—Para ir a un matadero.

Más risitas.

Finalmente, uno de ellos señaló que lo más probable era que la secretaria Adams no tuviera pensado presentarse con esa facha, señal de lo mucho que trabajaba.

—Acaba de llegar en avión de Seúl —les recordó.

—Donde tenemos entendido que se han roto las conversaciones.

—Bueno —admitió—, he dicho que trabaja mucho, no que sea eficaz.

Acto seguido se pusieron muy serios para exponer las desastrosas consecuencias que podía tener su fracaso en Corea del Sur tanto para la propia secretaria Adams como para el gobierno naciente y las relaciones de Estados Unidos en esa zona del mundo.

También eso era parte del teatro político, y la FSO lo sabía: un solo encuentro malogrado no podía provocar daños irreparables. Sin embargo, cuando vio a su nueva jefa se planteó que quizá los daños sí fueran irreparables.

Pese a que llevaba poco tiempo en su puesto, era lo bastante perspicaz para saber que en Washington las apariencias a menudo tenían más poder que la realidad; que, de hecho, creaban la realidad.

La cámara seguía fija en la secretaria Adams mientras los comentaristas se cebaban en ella.

A diferencia de los expertos, lo que Anahita Dahir veía era a una mujer aproximadamente de la edad de su madre, erguida, con la espalda recta, la cabeza alta y una postura atenta y respetuosa; una mujer que, vuelta hacia el hombre que avanzaba hacia ella, esperaba con calma su destino.

Para ella, aquel aspecto desaliñado no hacía sino acentuar su dignidad.

Hasta entonces, la joven funcionaria no había tenido reparos en creer lo que decían los comentaristas y también sus compañeros: que el nombramiento de Ellen Adams era un gesto de cinismo por parte de un presidente astuto.

En ese preciso momento, sin embargo, mientras el presidente Williams se acercaba y la secretaria Adams se disponía a abordarlo, tuvo sus dudas.

Bajó el volumen del televisor: no necesitaba seguir escuchando.

Volvió a su mesa y se fijó en el nuevo mensaje. Al abrirlo descubrió que, en lugar de remitente, había letras sin sentido, y que no contenía palabras, sino solamente números y símbolos.

Cuando el presidente se acercó, Ellen Adams temió que se propusiera ignorarla.

—Señor presidente... —dijo.

Él se detuvo, pero se dedicó a sonreír y saludar a las personas situadas a ambos lados, como si ella fuera transparente. Acto seguido, tendió el brazo para estrecharle la mano a la persona de detrás y su codo estuvo a punto de chocar con la cara de Ellen. Sólo entonces bajó la vista hacia sus ojos, muy despacio. La animosidad era tan palpable que el secretario de Defensa y el director nacional de Inteligencia retrocedieron un paso.

La palabra «cabreado» no hacía justicia ni de lejos al estado de ánimo del presidente, y ninguno de los dos quería que lo salpicase.

Para las cámaras, y para los millones de espectadores de la transmisión, su atractivo rostro reflejaba severidad y más decepción que rabia: la tristeza de un padre que mira a un hijo que se porta mal aunque sus intenciones sean buenas.

—Señora secretaria... —«Incompetente de mierda.»

—Señor presidente... —«Capullo arrogante.»

—¿Podría venir al despacho oval mañana por la mañana, antes de la reunión del gabinete?

—Con mucho gusto, señor.

Se alejó dejando que ella le lanzara una mirada de afecto como fiel miembro de su gabinete.

Una vez sentada, Ellen escuchó educadamente el principio del discurso, pero poco a poco se dejó absorber, y no por la retórica, sino por algo que iba más allá de las palabras: la solemnidad, la historia y la tradición. Se sintió arrastrada por la majestuosidad, la discreta grandeza y la elegancia del acto; más que por su contenido, por lo que simbolizaba.

El presidente estaba enviando un mensaje de gran fuerza a amigos y enemigos por igual; un mensaje de continuidad, firmeza y determinación: se subsanarían los daños causados por el gobierno anterior. Estados Unidos estaba de vuelta.

La emoción de Ellen Adams era tan intensa que eclipsó la antipatía que le inspiraba Douglas Williams, disipando su desconfianza y sus recelos hasta que sólo quedó un sentimiento de orgullo... y la sorpresa ante los caminos de la vida, que la habían llevado adonde estaba y le habían dado la oportunidad de ponerse al servicio de los demás.

Aunque pareciera una indigente y oliera a fertilizante, era la secretaria de Estado de su país, un país que amaba con toda el alma y que estaba dispuesta a proteger como fuera.

• • •

La doctora Nasrin Bujari se sentó al fondo del autobús con la vista al frente y se esforzó en no desviar la mirada hacia la ventanilla o hacia el maletín que apretaba sobre sus rodillas con todas sus fuerzas.

Tampoco hacia el resto de los pasajeros: era fundamental evitar el contacto visual.

Mantuvo a toda costa una expresión neutra, de aburrimiento.

El autobús se puso en marcha y avanzó a trompicones hacia la frontera. El plan original era salir del país en avión cuanto antes, pero lo había cambiado sin contárselo a nadie, ni siquiera a Amir. Las personas enviadas para detenerla esperarían que intentase marcharse a toda prisa, así que estarían en el aeropuerto local. De ser necesario, tendrían hombres en todos los vuelos. Eran capaces de todo con tal de impedirle que llegara a su destino.

Si era capturado y torturado, Amir revelaría el plan. Por lo tanto, había que cambiarlo.

Nasrin Bujari amaba su país y estaba dispuesta a protegerlo como fuera.

Lo cual significaba alejarse de todo aquello que amaba.

Anahita Dahir se había quedado mirando la pantalla del ordenador con el ceño fruncido. Tardó apenas unos segundos en concluir que se trataba de correo basura. Parecía mentira que hubiera tanto.

Aun así, prefirió confirmarlo, así que llamó a la puerta de su supervisor y se asomó. Estaba viendo el discurso y negaba con la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Un mensaje, creo que es spam.

—A ver...

Se lo enseñó.

—¿Seguro que no es de ninguna de nuestras fuentes?

—Seguro, señor.

—Vale, pues entonces bórralo.

Lo hizo, pero antes se lo apuntó, por si acaso: «19/0717, 38/1536, 119/1848.»

Capítulo 3

3

—Enhorabuena, señor presidente, todo ha salido bien —dijo Barbara Stenhauser.

Doug Williams se rió.

—Ha salido muy bien, mejor de lo que cabía esperar. —Se aflojó la corbata y puso los pies encima de la mesa.

Estaban de vuelta en el despacho oval. Se había instalado una barra con un ligero tentempié para familiares, amigos y simpatizantes ricos invitados para celebrar el primer discurso del presidente ante el Congreso, pero antes Williams quería pasar un rato a solas con su jefa de gabinete para relajarse un poco. El discurso había conseguido todo lo que quería y más, si bien la causa de su estado de ánimo, rayano en la euforia, era otra.

Juntó las manos por detrás de la cabeza y se balanceó mientras un camarero le llevaba un whisky y un platito de vieiras envueltas en beicon y gambas fritas.

Llamó a Barbara por señas y le dio las gracias al camarero indicándole que podía retirarse.

Barb Stenhauser se sentó y dio un buen sorbo de vino tinto.

—¿Sobrevivirá a esto? —preguntó él.

—Lo dudo. Dejaremos que los medios se ensañen con ella. Por lo que he visto, ya han empezado, señor presidente. Para cuando llegue a casa será un cadáver político. Por si acaso, he pedido a algunos de nuestros senadores que vayan manifestando ciertas reservas sobre su idoneidad para el cargo, habida cuenta del desastre de Corea del Sur.

—Perfecto. ¿Cuál es su siguiente compromiso?

—Le he programado un viaje a Canadá.

—Madre de Dios... Antes de que se acabe la semana estaremos en guerra con ellos.

Barb se rió.

—Eso espero: siempre he querido una casa en Quebec. Los primeros artículos sobre su discurso son sumamente positivos, señor presidente. Elogian la dignidad del tono y que haya tendido la mano a la oposición, aunque debo decirle que corren rumores de que el nombramiento de Ellen Adams, pese a ser un acto de valentía, también fue un error, sobre todo después de la debacle de Corea del Sur.

—Algunas pullas tienen que caernos, es normal; lo importante es que lo peor se lo lleve ella. En todo caso, los críticos estarán entretenidos mientras nosotros seguimos trabajando.

Stenhauser sonrió. Pocas veces se había encontrado con un político tan auténticamente nato como Williams: dispuesto a exponerse a un arañazo con tal de aniquilar a un adversario.

Aunque sabía que al presidente le esperaba mucho más que un simple arañazo.

Por su parte, estaba dispuesta a pasar por alto el repelús que le daba Douglas Williams con tal de que por fin se aplicara un programa político en el que creía de todo corazón.

Se inclinó sobre la mesa para pasarle una hoja de papel.

—He preparado una breve declaración en apoyo de la secretaria Adams.

El presidente la leyó y se la devolvió.

—Perfecto. Decoroso, pero sin compromisos.

—Lleno de eufemismos. —Stenhauser se rió y suspiró de alivio.

—Ponga la tele, a ver qué dicen.

Cuando el gran televisor se encendió, él se inclinó y apoyó los codos en la mesa. Había estado tentado de explicarle a su jefa de gabinete cuán listo había sido en realidad, pero no se atrevió.

—Tomad.

Katherine Adams les tendió a su madre y su madrina dos grandes copas de chardonnay. Luego, sin soltar la botella que tenía agarrada por el cuello, cogió su propia copa y se sentó en el sofá, entre las dos.

Tres pares de pies empantuflados se apoyaron sobre la mesa de centro.

Katherine se estiró para coger el mando a distancia.

—Todavía no —le dijo su madre poniéndole una mano en la muñeca—. Vamos a fingir un poco más que hablan de mi triunfo en Corea del Sur.

—Y que te felicitan por tu nuevo peinado y tu acierto al vestirte —dijo Betsy.

—Y por tu perfume —añadió Katherine.

Ellen se rió.

Apenas había llegado a casa había pasado por la ducha y se había puesto un chándal. Después se había reunido con las otras en la comodidad del cuarto de la tele, lleno de estanterías con libros y fotos enmarcadas de sus hijos y su vida con su difunto esposo.

Era un espacio privado, un santuario reservado a la familia y los amigos más íntimos.

Ellen, que se había puesto las gafas, siguió leyendo la carpeta que había sacado hacía un momento mientras negaba con la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Betsy.

—Las conversaciones no tenían por qué romperse. El equipo de avanzada había hecho un buen trabajo. —Le enseñó los documentos—. Estábamos preparados, y los surcoreanos también. Yo ya había hablado con mi homólogo. En principio tenía que ser una mera formalidad.

—Entonces ¿qué ha ocurrido? —preguntó Katherine.

Su madre suspiró.

—No lo sé. Estoy intentando averiguarlo. ¿Qué hora es?

—Las once y treinta y cinco —dijo Katherine.

—Las dos menos veinticinco de la tarde en Seúl —calculó Ellen—. Estoy tentada de llamar, pero no voy a hacerlo. Necesito más información. —Miró a Betsy, que estaba ojeando los mensajes recibidos—. ¿Algo interesante?

—Muchos correos y mensajes de apoyo de los amigos y la familia —respondió ella.

Ellen siguió mirándola, pero Betsy negó con la cabeza, consciente de lo que le preguntaba en realidad.

—Si quieres le escribo —propuso.

—No, él ya debe de saber lo que está pasando. Si quisiera ponerse en contacto, ya lo habría hecho.

—Sabes bien lo ocupado que está, mamá.

Ellen señaló el mando a distancia.

—Más vale que pongas las noticias. Vamos allá.

Betsy y Katherine sabían que lo que saliera por televisión serviría como revulsivo, que distraería a Ellen del mensaje que no había aparecido en su teléfono.

Ellen Adams continuó intentando averiguar en los informes qué había salido mal en Seúl mientras escuchaba a medias a los supuestos expertos de la televisión.

Ya sabía lo que dirían, se olía los editoriales. Incluso sus propios medios informativos: el canal de noticias de difusión mundial, los periódicos y los sitios de internet estarían dando un buen repaso a su antigua propietaria.

De hecho, serían los primeros en echársele encima para demostrar su imparcialidad.

Al aceptar el cargo de secretaria de Estado se había desvinculado de sus empresas y las había puesto en manos de su hija con el compromiso expreso, por escrito, de que ésta se abstendría de entrometerse en las noticias sobre el gobierno Williams en general y sobre la secretaria Adams en particular.

A su hija no le había costado mucho hacer esa promesa; a fin de cuentas, no era la periodista de la familia. Sus estudios, conocimientos e intereses se limitaban a la faceta empresarial, en eso había salido a su difunto padre.

Betsy le tocó el brazo y señaló el televisor con la cabeza.

Ellen alzó la vista de los papeles y, un segundo después, se enderezó.

—Venga ya —dijo Doug Williams—. ¿Estás de coña?

Miró con mala cara a su jefa de gabinete, como si esperase que hiciese algo al respecto.

Lo que hizo Barb Stenhauser fue cambiar de canal no una, sino varias veces, pero algo había cambiado entre el Discurso del Estado de la Unión del presidente Williams y su segundo whisky.

Katherine se echó a reír. Le brillaban los ojos.

—Dios mío, en todos los canales.

Siguió viendo los demás sólo el tiempo necesario para oír que gurús y analistas políticos felicitaban a la secretaria Adams por trabajar tanto y atreverse a llegar al Capitolio hecha un desastre, sin siquiera haberse limpiado el barro.

El viaje había sido una debacle inesperada, eso era cierto, pero el mensaje último era que Ellen Adams —y por extensión todo el país— no se arredraba, que estaba dispuesta a meterse en las trincheras, a dar la cara e intentar, como mínimo, paliar el daño de cuatro años de caos.

Su fracaso en Corea del Sur se achacaba al desastre que habían dejado a su paso un presidente inepto y su secretario de Estado.

Katherine soltó una carcajada.

—Mirad esto. —Les puso el teléfono delante a su madre y a Betsy.

En las redes sociales se había hecho viral un vídeo.

Mientras la secretaria Adams, después del frío encuentro con el presidente, recorría el pasillo y se dirigía a su asiento para escuchar el discurso, una cámara de televisión había captado cómo un senador de la oposición la miraba con desprecio y murmuraba: «Menuda guarra.»

—¡Habrase visto! —Doug Williams tiró una gamba a su plato con tanta fuerza que rebotó, saltó hacia el escritorio Resolute y acabó en la alfombra—. Mierda.

Cuando ya estaba acostada, Anahita Dahir tuvo una idea.

¿Y si el extraño mensaje era de Gil?

Sí, podía ser de Gil, para retomar el contacto... en el sentido estricto de la palabra.

Podía sentir el tacto de su piel, húmeda por el sudor de las tardes bochornosas e irrespirables de Islamabad. Se habían metido a escondidas en el pequeño cuarto de ella, a medio camino entre el puesto de él en la agencia de noticias y el suyo en la embajada.

Anahita estaba tan abajo en el escalafón que nadie advertiría su ausencia. Gil Bahar, por su parte, era tan respetado como periodista que nadie cuestionaría la suya: darían por sentado que seguía alguna pista.

En el mundo estrecho, claustrofóbico, de la capital de Pakistán, se celebraban encuentros clandestinos a todas horas del día y de la noche: entre agentes de uno y otro bando, entre informantes y comerciantes de información, entre traficantes y consumidores de drogas, armas o muerte.

Entre personal diplomático y periodistas.

Era un sitio, y una época, en que podía pasar cualquier cosa en cualquier momento. Los jóvenes, fueran periodistas, cooperantes, médicos o enfermeros, personal extranjero o soplones, se codeaban en bares clandestinos, apartamentos diminutos, fiestas... Topaban, y se restregaban, unos con otros.

A su alrededor, la vida era algo valioso y precario, y ellos eran inmortales.

En su cama de Washington, Anahita se movió de forma rítmica, volviendo a sentir el cuerpo tenso de Gil contra el suyo, dentro del suyo.

Pocos minutos después se levantó y fue a por su móvil, pese a que era consciente de que estaba buscándose problemas.

«¿Has intentado mandarme un mensaje?»

Fue despertándose a lo largo de la noche para mirar el móvil, pero no hubo respuesta.

—Qué idiota —murmuró al tiempo que volvía a percibir el olor a almizcle de Gil y a sentir cómo su blanca piel desnuda se deslizaba por el cuerpo de ella, oscuro y húmedo, iluminados ambos por el sol de la tarde.

Sentía encima su peso, grávido sobre su corazón.

Nasrin Bujari estaba en la zona de salidas.

En la frontera, tras bajar del autobús, un agente cansado le había revisado el pasaporte y no se había dado cuenta de que era falso, o quizá ya le diera igual.

Después de examinar el documento, la había mirado a los ojos y había visto a una mujer exhausta, de mediana edad, con el tradicional hiyab descolorido y deshilachado enmarcando un rostro lleno de arrugas.

No parecía suponer una amenaza, así que había hecho pasar al siguiente pasajero ansioso de cruzar la divisoria entre el peligro y la frágil esperanza.

La doctora Bujari era consciente de que llevaba esa esperanza en el maletín y el peligro en la cabeza.

Había llegado al aeropuerto del país vecino con tres horas de antelación.

«Quizá demasiado tiempo», pensó.

Buscó un sitio desde donde pudiera vigilar, con el rabillo del ojo, al joven apoyado en la pared del fondo del vestíbulo. Lo había visto en seguridad, al pasar el control, y estaba casi segura de que la había seguido hasta la zona de espera.

Esperaba que enviaran a un paquistaní, un indio o un iraní para detenerla. No se le había pasado por la cabeza que mandasen a un blanco. Ser tan notoria le servía de camuflaje. No creía a sus enemigos capaces de concebir una idea tan genial.

Claro que también cabía la posibilidad de que fueran imaginaciones suyas, y que el cansancio y el hambre, aunados al miedo, la estuvieran poniendo paranoica. Notaba que a ratos se le iba la cabeza. Se sentía tan aturdida por la falta de sueño que a ratos era como si flotase por encima de su cuerpo.

Como intelectual y científica, esa sensación le daba pavor: ya no podía fiarse de su propia mente ni de sus emociones.

Iba a la deriva.

«No», pensó, «eso no». Tenía muy claro lo que debía hacer, adónde tenía que ir. Sólo tenía que llegar allí.

Miró el reloj de pared, un trasto viejo a juego con la roñosa zona de espera: faltaban dos horas y cincuenta y tres minutos para su vuelo a Fráncfort.

En la visión periférica, advirtió que el hombre se sacaba el móvil.

El mensaje de texto llegó a la una y media de la madrugada.

«Yo no he escrito me alargo que tú sí. Igual pondrías ayudarme. Necesito info sobre científico.»

Anahita se sintió decepcionada al ver que Gil ni siquiera se había tomado la molestia de repasar el mensaje antes de enviarlo.

Se había metido en la boca del lobo sabiendo —o al menos sospechando— que para él no era más que una fuente. Quizá nunca había sido más que eso, una infiltrada en la embajada y después en el Departamento de Estado, su fuente en la Oficina para el Sur y el Centro de Asia.

Se preguntó hasta qué punto conocía a Gil Bahar.

Sabía que era un respetado periodista de la agencia Reuters, pero había rumores, cuchicheos.

Claro que Islamabad entera parecía erigirse sobre cuchicheos y rumores. Ni los más veteranos sabían distinguir entre verdad y ficción, entre realidad y paranoia. En el hervidero que era la ciudad, una cosa y otra se fundían hasta hacerse indistinguibles.

Sabía que la red pastún había secuestrado a Gil Bahar pocos años atrás en Afganistán y lo había tenido prisionero ocho meses hasta que logró escapar. Los pastunes, conocidos como «la familia», eran los terroristas más radicales y brutales de toda la zona tribal afganopaquistaní. Muy próximos a Al Qaeda, incluso el resto de los grupos talibanes los temían.

El caso era que, a diferencia de otros periodistas, torturados y decapitados, Gil Bahar había salido indemne.

¿Por qué?, era la pregunta que todo el mundo repetía en voz baja. ¿Cómo había logrado escapar de los pastunes?

Hasta entonces, Anahita había optado por hacer caso omiso a las insinuaciones, pero ahora, echada en su cama, se permitió pensar en ellas.

La última vez que Gil se había puesto en contacto había sido poco después de que la trasladaran a Washington: la había llamado a su número privado y, tras algunas palabras de cortesía, le había pedido información.

Ella no se la había dado, claro, pero tres días después habían asesinado a la persona por cuyos movimientos le había preguntado.

Y ahora quería más información... sobre un científico.

Capítulo 4

4

—¿Sí? —respondió Ellen, que acababa de despertar de un sueño profundo—. ¿Qué pasa?

Había visto la hora en la pantalla del móvil: las 2.35 h de la madrugada.

—Señora secretaria —era la voz de Charles Boynton, ahuecada y sombría—, ha habido una explosión.

Ellen se incorporó y buscó las gafas.

—¿Dónde?

—En Londres.

Sintió una mezcla de alivio y culpa. Al menos no había sido en suelo estadounidense. Aun así...

Bajó los pies de la cama y encendió la luz.

—Cuénteme.

Tres cuartos de hora más tarde, la secretaria Adams estaba en la sala de crisis de la Casa Blanca.

Para evitar complicaciones y ruido innecesario, sólo se había convocado al núcleo duro del Consejo de Seguridad Nacional. Alrededor de la mesa se hallaban el presidente, el vicepresidente, los secretarios de Estado, Defensa y Seguridad Nacional, el director nacional de Inteligencia (DNI) y el jefe del Estado Mayor Conjunto.

Sentados contra la pared estaban diversos ayudantes y la jefe de gabinete de la Casa Blanca.

Las caras eran adustas, pero no de pánico. Aunque ni el presidente ni su gabinete hubieran vivido nunca nada parecido, no era el caso del general Bert Whitehead, el jefe del Estado Mayor Conjunto.

Apenas empezaban a salir las primeras noticias sobre lo que había ocurrido, lo que estaba ocurriendo.

Un mapa de Londres ocupaba la pantalla del fondo de la sala. Un punto rojo, como una gota de sangre, indicaba el lugar exacto de la explosión.

«Cerca de Piccadilly, justo delante de Fortnum & Mason», pensó Ellen rememorando Londres. El Ritz quedaba sólo a unas manzanas. La marca roja tapaba Hatchards, la librería más antigua de la ciudad.

—¿Seguro que ha sido una bomba? —preguntó el presidente Williams.

—Sin duda, señor presidente —respondió Tim Beecham, el DNI—. Estamos en contacto permanente con el MI5 y el MI6. Aún no tienen una idea clara de lo que ha pasado, pero teniendo en cuenta los destrozos no podría ser otra cosa.

—Continúen —dijo Williams inclinándose.

—Se cree que la colocaron en un autobús —explicó Whitehead.

Llevaba mal abrochado el uniforme y la corbata de cualquier manera, con el nudo suelto como una soga floja.

Su voz, en cambio, era potente, su mirada, clara y su concentración, total.

—¿Se cree? —preguntó Williams.

—La bomba ha hecho tantos estragos que de momento no se puede saber nada con exactitud. También podría haberse tratado de un coche o camión bomba que estalló justo cuando pasaba el autobús. Hay escombros por todas partes. Se lo mostraré.

El general Whitehead hizo clic en su portátil seguro e hizo aparecer una foto en vez del mapa. Estaba tomada desde un satélite a miles de kilómetros de la tierra, pero tenía una inesperada nitidez.

Todos se inclinaron para mirarla.

En medio de la famosa calle podía verse un cráter rodeado de fragmentos de metal retorcidos. El humo se elevaba por encima de los vehículos. Más de una fachada con siglos de antigüedad que había sobrevivido a los bombardeos nazis ya no existía.

Lo que no se veía, se fijó Ellen, eran cadáveres. Sospechó que estaban tan desmenuzados que resultaban inidentificables como restos humanos.

Los edificios de ambos lados habían contenido la explosión; de otro modo, a saber hasta dónde habría llegado.

—Dios mío... —susurró el secretario de Defensa—. ¿Cómo puede ser?

—Señor Presidente —intervino Barbara Stenhauser—, acabamos de recibir un vídeo.

Williams asintió y ella lo puso. Procedía de una de los miles de cámaras de seguridad repartidas por Londres.

Abajo, a la derecha, constaba la hora.

«7.17.04.»

—¿Cuándo ha estallado la bomba? —preguntó el presidente Williams.

—A las siete horas diecisiete minutos cuarenta y tres segundos GMT —dijo el general Whitehead.

Ellen Adams se tapó la boca con la mano sin apartar la vista de la pantalla: era cuando comenzaba la hora punta. El sol intentaba abrirse un hueco en una mañana gris de marzo.

«7.17.20.»

La acera estaba repleta de personas de ambos sexos y en el semáforo aguardaban coches, furgonetas de reparto y taxis negros.

Entretanto, corría el tiempo... en una cuenta atrás.

«7.17.32.»

—Corred, corred —oyó que decía en voz baja el secretario de Seguridad Nacional, que estaba a su lado—. Corred.

No corrieron, como era de esperar.

Se detuvo un autobús de dos pisos, de un rojo vivo.

«7.17.39.»

Una joven se apartó para dejar subir a un hombre mayor, que se volvió para darle las gracias.

«7.17.43.»

Siguieron mirando la escena desde varias perspectivas conforme recibían más vídeos que proyectaban en la gran pantalla del fondo de la sala de crisis.

En el segundo se veía más claro el autobús que llegaba al semáforo. El ángulo les permitió distinguir caras, entre ellas la de una niña en el primer asiento de delante del piso de arriba, el mejor, el sitio al que siempre habían corrido los niños, incluidos los hijos de Ellen.

«Corred, corred...»

Pero, claro, en todos los vídeos, independientemente del ángulo desde donde estuvieran grabados, la niña se quedaba en su lugar... hasta que desaparecía.

Finalmente, llegó la confirmación del Reino Unido, escrita en un tono neutro y oficial: no cabía duda de que había sido una bomba colocada en el autobús y programada para explotar en el peor lugar posible en el peor momento posible.

En el centro de Londres, en plena hora punta.

—¿Lo ha reivindicado alguien? —preguntó el presidente Williams.

—De momento, no —contestó el DNI consultando sus informes.

La información empezaba a llegar a raudales. La clave, como todos sabían, era gestionarla bien. No dejarse abrumar.

—¿Algún rumor? —preguntó el presidente Williams.

Deslizó la mirada alrededor de la larga y reluciente mesa, donde todos negaban con la cabeza, hasta topar con la mirada de Ellen.

—Nada —respondió ella.

Aun así, Williams se quedó mirándola, como si el fallo fuera suyo y de nadie más.

Lo que demostraba algo muy simple.

«No se fía de mí», comprendió Ellen. A esas alturas, seguramente ya debería haberse dado cuenta, aunque había estado demasiado enfrascada en aprender los rudimentos de su nuevo cargo para detenerse a pensar.

Había tenido la soberbia de dar por supuesto que Williams la había elegido como secretaria de Estado porque, a pesar de su evidente antagonismo, sabía que lo haría bien.

En ese momento se dio cuenta de que no sólo le resultaba antipática, sino que no se fiaba de ella.

Pero ¿qué sentido tenía nombrar a alguien que no le inspiraba confianza para un cargo con semejante poder?

Parte de la respuesta quedaba clara allí mismo, en ese preciso instante.

El presidente Williams no había esperado que una crisis internacional estallara tan pronto, no esperaba tener que fiarse de ella.

¿Y qué esperaba, entonces?

Todo aquello le vino a la cabeza de golpe, pero no tuvo tiempo de darle vueltas porque había cosas mucho más inmediatas e importantes en las que pensar.

El presidente Williams apartó la vista de ella para observar al DNI.

—¿No es raro que no se rumoree nada? —preguntó.

—No necesariamente —contestó Tim Beecham—, mucho menos si se trataba de un lobo solitario que se ha inmolado con la explosión.

—Ya — dijo Ellen, que recorrió la mesa con la mirada—, pero ¿esa clase de personajes no suelen buscar notoriedad? ¿No suben declaraciones o vídeos en las redes sociales...?

—Si no se lo ha atribuido nadie es por... —empezó a decir el general Whitehead antes de que lo interrumpiera la jefa de gabinete del presidente.

—Señor, tengo al teléfono al primer ministro británico.

Se había vestido corriendo, como los demás, y no llevaba maquillaje que disimulara su cara de preocupación. De todas formas, ningún maquillaje habría bastado.

En la pantalla, la carnicería dejó paso a la expresión severa del primer ministro Bellington, tan despeinado como siempre.

—Señor primer ministro, el pueblo estadounidense... —empezó a decir Douglas Williams.

—Que sí, que sí. Quiere saber lo que ha pasado, ¿no? Pues yo también, y si le soy sincero no tengo nada que contarle.

Hizo un gesto desdeñoso a alguien fuera de plano; probablemente a los directores del MI5 y el MI6, la inteligencia británica.

—¿Había algún objetivo en concreto?

—Todavía no lo sabemos. De momento, lo único que hemos podido confirmar es que la bomba iba en el autobús. No tenemos ni idea de quién estaba dentro o cerca. De los pasajeros y los peatones no ha quedado nada. Si quiere le mando el vídeo.

—No hace falta —dijo Williams—, ya lo hemos visto.

Bellington arqueó las cejas impresionado, o tal vez molesto, pero enseguida decidió no insistir.

A los tres años de su nombramiento como primer ministro, gozaba de una popularidad enorme en el sector derechista de su partido y entre el electorado conservador gracias a su promesa de seguridad nacional e independencia respecto de otros países. La bomba no iba a beneficiar su campaña por la reelección.

—La identificación definitiva aún tardará mucho —continuó—. Estamos analizando con reconocimiento facial los vídeos para ver si sale algo: un posible terrorista o un objetivo. Si nos pueden ayudar, se lo agradeceremos.

—¿Podría ser que el objetivo fuera un edificio, y no una persona, como los ataques del 11-S? —preguntó el DNI.

—Podría —reconoció el primer ministro—, aunque tampoco es que Fortnum & Mason sea el objetivo más obvio de Londres.

—No descartemos que a alguien le pareciera mal pagar cien libras por el té de la tarde —dijo el secretario de Defensa.

Buscó sonrisas cómplices en torno a la mesa, pero no encontró ninguna.

—La Royal Academy of Arts también está allí —intervino Ellen.

—Pero, señora secretaria, ¿de veras cree que hay alguien capaz de provocar una masacre como ésta sólo para reventar una exposición? —preguntó el primer ministro Bellington volviéndose hacia ella.

Ellen trató de no irritarse por el tono condescendiente. De todas maneras, tenía que reconocer que el acento británico siempre sonaba condescendiente para su oído estadounidense. Cada vez que un británico abría la boca ella oía un «idiota» implícito.

Esta vez también lo oyó, pero Bellington tenía mucha presión encima y se estaba desahogando con ella. No se lo echaría en cara... de momento.

Además, también era cierto que sus medios informativos se habían cebado durante años en el primer ministro Bellington, al que presentaban de manera sistemática como un inepto, un hombre insustancial de clase alta que, si en algún momento había tenido un ápice de garra, la había sustituido por arrogancia y citas latinas que no venían al caso.

No era de extrañar que la mirara así. Al contrario, la sorprendía su contención.

—... y la sede de la Geological Society.

—Es verdad. —La mirada de Bellington se había tornado penetrante, casi escrutadora, y mucho más inteligente de lo que Ellen habría creído posible—. Conoce usted bien Londres.

—Es una de mis ciudades preferidas. Lo que ha pasado es espantoso, espantoso.

Lo era, en efecto, pero las repercusiones podían ir mucho más allá de la pérdida atroz de vidas humanas y la destrucción de una parte de la rica historia de la ciudad.

—¿La Geological Society? —intervino el secretario de Defensa—. ¿Y quién iba a querer volar un sitio donde estudian piedras?

En lugar de contestar, Ellen Adams miró la pantalla y los ojos pensativos del primer ministro británico.

—La geología es mucho más que piedras —repuso Bellington—: es petróleo, carbón, oro, diamantes... —Se quedó callado sin apartar la vista de los ojos de Ellen Adams, como si la invitara a hacer los honores.

—Uranio —añadió ella.

Bellington asintió.

—Con el que se pueden fabricar bombas atómicas. Factum fieri infectum non potest: lo hecho no se puede deshacer —tradujo—, pero quizá podamos evitar otro ataque.

—¿Cree usted que habrá otro, señor primer ministro? —preguntó el presidente Williams.

—En efecto.

—Pero ¿dónde? —murmuró el DNI.

Cuando concluyó la reunión, Ellen se aseguró de salir al mismo tiempo que el general Whitehead.

—Ha empezado usted a decir que si nadie ha reivindicado la explosión es por algo. Es lo que iba a decir, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza.

Tenía más aspecto de bibliotecario que de militar.

Lo curioso era que el bibliotecario del Congreso parecía un militar.

Whitehead tenía un rostro amable y llevaba unas gafas grandes y redondas a través de las cuales contempló a la secretaria.

Ellen, sin embargo, conocía su historial de combate: había pertenecido a los rangers, un regimiento de élite, y había ido encadenando ascensos luchando en primera línea, ganándose no sólo el respeto, sino la fidelidad y confianza de los hombres y las mujeres a sus órdenes.

Se paró para permitir pasar a los demás sin dejar de observarla. Su mirada era inquisitiva, pero no hostil.

—¿A qué lo atribuye, general?

—No lo han reivindicado porque no les hace falta, señora secretaria. Su objetivo era, es, otro. No tiene nada que ver con el terror, es más importante.

Ellen sintió un vahído.

—¿Y de qué objetivo se trataría? —preguntó con una mezcla de sorpresa y alivio porque su voz no había flaqueado.

—De un asesinato, por ejemplo. Quizá haya sido una operación quirúrgica para enviar un mensaje a una persona o a un grupo. No hacían falta anuncios. Es posible que también supieran que, para inmovilizar nuestros recursos, el silencio sería mucho más eficaz que reclamar el atentado.

—Difícilmente calificaría de «quirúrgico» lo ocurrido en Londres.

—Es verdad. Me refería a la finalidad: un objetivo muy concreto y definido. Donde nosotros vemos cientos de muertos, puede que ellos vean uno solo. Nosotros vemos una destrucción horrenda y ellos la desaparición de un solo edificio. Cuestión de percepción. —Se llevó la mano a la corbata y pareció sorprenderse al notar que la llevaba floja—. Lo que puedo decirle por experiencia, secretaria Adams, es que cuanto mayor es el silencio, mayor es el objetivo.

—Entonces ¿está de acuerdo con el primer ministro? ¿Cree que habrá otro ataque?

—No lo sé. —Whitehead le sostuvo la mirada a Ellen. Luego pareció renunciar a abr

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