Muerte En La Clinica Privada (Adam Dalgliesh 14)

P.D. James

Fragmento

Creditos

Título original: The Private Patient

Traducción: Juan Soler

1.ª edición: junio, 2016

© 2016 by P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-488-6

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Este libro está dedicado a Stephen Page, editor,

y a todos mis amigos, viejos y nuevos, de Faber and Faber,

para celebrar mis cuarenta y seis años ininterrumpidos

como autora de la editorial

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Nota de la autora

PRIMERA PARTE

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SEGUNDA PARTE

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TERCERA PARTE

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CUARTA PARTE

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QUINTA PARTE

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Nota de la autora

Dorset es notable por la historia y variedad de sus casas solariegas, pero quienes viajen a este bello condado no hallarán la Mansión Cheverell entre ellas. La Mansión y todo lo relacionado con la misma, así como los lamentables hechos que ahí tienen lugar, sólo existen en la imaginación de la autora y de sus lectores, y no tienen relación alguna con ninguna persona pasada o presente, viva o muerta.

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PRIMERA PARTE

21 de noviembre-14 de diciembre

Londres, Dorset

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1

El 21 de noviembre, el día que cumplía cuarenta y siete años, tres semanas y dos días antes de ser asesinada, Rhoda Gradwyn fue a Harley Street a una primera cita con su cirujano plástico, y allí, en un consultorio diseñado, al parecer, para inspirar confianza y disipar aprensiones, tomó la decisión que la conduciría inexorablemente a la muerte. Más tarde ese mismo día, almorzaría en el Ivy. La hora de las dos citas era fortuita. El señor Chandler-Powell no podía asignarle una hora más temprana, y el posterior almuerzo con Robin Boyton, previsto para la una menos cuarto, había sido concertado desde hacía dos meses: en el Ivy era imposible conseguir mesa sin reserva. Ella no consideraba ninguna de esas dos citas como una celebración de cumpleaños. Nunca se mencionó este detalle de su vida privada, como tantas otras cosas. Dudaba de si Robin había descubierto su fecha de nacimiento o, en su caso, si le importaría. Sabía que era una periodista respetada, incluso distinguida, pero no se imaginaba precisamente aparecer en la lista del Times de los personajes VIP que cumplen años.

Tenía que estar en Harley Street a las once y cuarto. Por lo general, cuando tenía una cita en Londres prefería caminar al menos parte del trayecto, pero hoy había pedido un taxi para las diez y media. El viaje desde la City no debía requerir tres cuartos de hora, aunque el tráfico de Londres era impredecible. Estaba entrando en un mundo que le era extraño y no quería hacer peligrar la relación con su cirujano llegando tarde a la primera reunión.

Ocho años atrás había alquilado una vivienda en la City, parte de una estrecha hilera de casas adosadas situadas en un pequeño patio al final de Absolution, cerca de Cheapside, y en cuanto se mudó supo que ése era el barrio de Londres en el que siempre había querido vivir. El contrato de alquiler era largo y renovable; le habría gustado comprar la casa, pero sabía que nunca se pondría a la venta. De todos modos, el hecho de no poder llegar a considerarla del todo suya no le afligía. La mayor parte de la construcción databa del siglo XVII. Muchas generaciones habían vivido allí, habían nacido y muerto allí, dejando atrás sólo sus nombres en arcaicos y amarillentos contratos, y ella se sentía contenta de estar en su compañía. Aunque las habitaciones de abajo, con sus ventanas divididas con parteluces, eran oscuras, las del estudio y el salón de la primera planta estaban abiertas al cielo y disfrutaban de la vista de las torres y los campanarios de la City y más allá. Una escalera de hierro iba desde una angosta galería de la tercera planta hasta una azotea apartada en la que había una hilera de tiestos de terracota, y las mañanas soleadas de los domingos, se sentaba con un libro o los periódicos mientras la calma dominical se prolongaba hasta el mediodía y la tranquilidad sólo se veía interrumpida por los habituales repiques de campanas de la City.

La City que yacía abajo era un osario construido sobre múltiples capas de huesos, varios siglos más viejos que los de las cities de Hamburgo y Dresde. ¿Acaso este conocimiento formaba parte del misterio que aquello tenía para ella, un misterio que notaba con más fuerza cuando algún domingo punteado con campanadas exploraba a solas sus plazas y callejones ocultos? El tiempo la había fascinado desde la infancia, su aparente capacidad para transcurrir a distintas velocidades, la disolución que causaba en cuerpos y mentes, la sensación de que cada momento, todos los momentos pasados y futuros, estaban fundidos en un presente ilusorio en el que cada aliento se convertía en el inalterable, indestructible pasado. En la City de Londres, estos momentos habían sido captados y solidificados en piedra y ladrillo, en iglesias y monumentos y en puentes que cruzaban el eterno fluir del gris pardusco Támesis. En primavera o verano salía a caminar a las seis de la mañana; tras cerrar con doble llave la puerta principal a su espalda, se adentraba en un silencio más profundo y misterioso que la ausencia de ruido. A veces, en estos paseos solitarios parecía que daba los pasos con sordina, como si una parte de ella tuviera miedo de despertar a los muertos que habían andado por aquellas calles y habían conocido el mismo silencio. Sabía que los fines de semana estivales, a unos centenares de metros, los turistas y las multitudes pronto invadirían el Puente del Milenio, los cargados barcos de vapor del río se apartarían con majestuosa torpeza de sus atracaderos, y la ciudad pública se volvería estridentemente viva.

Sin embargo, nada de esto penetraba en Sanctuary Court. La casa que había elegido no podía ser más distinta del chalé pareado claustrofóbico y con cortinas ubicado en Laburnum Grove, Silford Green, el suburbio del este de Londres donde había nacido y donde había pasado los primeros dieciséis años de su vida. Ahora iba a dar el primer paso en un camino que acaso la reconciliara con aquellos años o, si la reconciliación no era posible, al menos les quitara su capacidad destructiva.

Eran las ocho y media y estaba en el cuarto de baño. Cerró la ducha, y envuelta en una toalla se dirigió al espejo del lavabo. Alargó la mano y la pasó por el cristal empañado y vio aparecer su cara, pálida y anónima como una pintura emborronada. Hacía meses que no se tocaba la cicatriz a propósito. Ahora pasó lenta y delicadamente por ella la punta del dedo, notando el brillo plateado en su centro, el duro perfil irregular del borde. Colocándose la mano izquierda en la mejilla, intentó imaginar a la desconocida que, en el espacio de unas semanas, se miraría en el mismo espejo y vería un doble de sí misma, aunque incompleto, sin marcas, quizá sólo con una fina línea blanca para mostrar el lugar donde había estado esa grieta arrugada. Mientras contemplaba la imagen que no parecía más que un vago palimpsesto de su antiguo yo, comenzó de manera lenta y pausada a derribar sus cuidadosamente construidas defensas y dejar que el turbulento pasado, primero como un torrente impetuoso y luego como un río crecido, irrumpiera sin encontrar resistencia para apoderarse de su mente.

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2

Estaba de nuevo en la pequeña habitación trasera, cocina y sala de estar a la vez, en la que ella y sus padres mentían en connivencia y soportaban su exilio voluntario de la vida. La habitación delantera, con su ventana salediza, era para ocasiones especiales, fiestas familiares que nunca se celebraban y visitas que nunca aparecían, su silencio olía levemente a cera para muebles perfumada de lavanda y a aire viciado, un aire tan siniestro que ella procuraba no aspirarlo nunca. Era la única hija de una madre asustada e ineficiente y de un padre borracho. Así es como se había definido a sí misma durante más de treinta años y como aún se definía. Su infancia y su adolescencia habían estado marcadas por la vergüenza y la culpa. Los arranques periódicos de violencia de su padre eran impredecibles. Ella no podía traer a casa tranquilamente a amigos de la escuela, no organizaban fiestas de cumpleaños o de Navidad, y como no mandaban nunca invitaciones, tampoco las recibían. El instituto de secundaria al que fue era sólo para chicas, y las amistades entre ellas eran estrechas. Un signo especial de aceptación era ser invitada a pasar la noche en casa de una amiga. Pero en el 239 de Laburnum Grove no durmió jamás ningún invitado. El aislamiento no le preocupaba. Se sabía más inteligente que sus camaradas y fue capaz de convencerse de que no necesitaba ninguna compañía que resultaría ser intelectualmente insatisfactoria y que además nunca le sería ofrecida.

Eran las once y media de un viernes, la noche en que su padre recibía la paga, el peor día de la semana. Oyó el temido, brusco portazo de la puerta de la calle. Él entró dando traspiés, y ella vio a su madre ponerse delante del sillón, algo que Rhoda sabía que despertaría la furia de su padre. Porque ése tenía que ser el sillón de su padre. Él lo había escogido, lo había pagado, y lo habían traído esa mañana. Sólo después de que se hubiera ido la furgoneta descubrió la madre que era del color equivocado. Deberían haberlo cambiado, pero no hubo tiempo antes de que cerrara la tienda. Rhoda sabía que la voz quejumbrosa, de disculpa, lloriqueante de su madre lo enfurecería, que su propia presencia huraña no ayudaría a ninguno de los dos, pero no podía irse a la cama. El sonido de lo que pasaría debajo de su habitación sería más aterrador que formar parte de ello. Y ahora él llenaba la estancia, su cuerpo torpe, su hedor. Oyendo sus bramidos de indignación, su perorata, Rhoda sintió un súbito acceso de furia, acompañada de coraje.

Se oyó decir:

—No es culpa de mamá. Cuando el hombre se ha marchado, el sillón aún estaba envuelto. Ella no podía saber que era de otro color. Tendrán que cambiarlo.

Entonces la emprendió con ella. Rhoda no recordaba las palabras. Quizás en aquel momento no sonaron palabras, o ella no las oyó. Sólo hubo el crujido de una botella rota, como el disparo de una pistola, la peste a whisky, un momento de dolor punzante que pasó casi en cuanto lo notó, la cálida sangre que fluyó de su mejilla, goteando en el asiento del sillón, y el angustiado grito de la madre.

—Oh, Dios mío, mira lo que has hecho, Rhoda. ¡La sangre! Ahora ya no se lo llevarán. No nos lo cambiarán.

Su padre le dirigió una mirada antes de salir a trompicones y arrastrarse a la cama. En los segundos en que se cruzaron sus miradas, a ella le pareció que veía una confusión de emociones: desconcierto, horror e incredulidad. Entonces la madre por fin prestó atención a su hija. Rhoda había estado intentando mantener juntos los bordes de la herida, con las manos pegajosas de sangre. La madre fue en busca de toallas y un paquete de tiritas, que trató de abrir con manos temblorosas, mientras sus lágrimas se mezclaban con la sangre. Rhoda le cogió cuidadosamente el paquete, quitó la protección de las tiritas y al fin se las arregló para cerrar la mayor parte de la herida. Al rato, menos de una hora después, se hallaba tumbada rígidamente en la cama, la hemorragia estaba restañada y el futuro planificado. Nunca habría visita al médico ni explicación veraz; no asistiría a la escuela durante uno o dos días, su madre llamaría diciendo que se encontraba mal. Y cuando volviera a ir, su historia estaría preparada: había chocado con el canto de la puerta abierta de la cocina.

Y ahora el afilado recuerdo de ese momento único y despiadado se suavizó y se convirtió en los recuerdos más triviales de los años siguientes. La herida, que se infectó gravemente, sanó despacio y con dolor, pero ni el padre ni la madre hablaron nunca de ello. A él siempre le costaba mirarla a los ojos; ahora casi nunca se le acercaba. Sus compañeras de clase apartaban la mirada, pero a ella le parecía que el miedo había sustituido a la aversión activa. En el instituto nadie mencionó nunca la desfiguración en su presencia hasta que estuvo en sexto curso y un día, hablando con su profesora de inglés, ésta intentó convencerla de que fuera a Cambridge —su propia universidad— y no a Londres. Sin levantar la vista de sus papeles, la señorita Farrell dijo: «Rhoda, en cuanto a tu cicatriz facial, es maravilloso lo que llegan a hacer los cirujanos plásticos. Quizá sería sensato pedir hora de visita con tu médico de cabecera antes de que empieces la carrera.» Sus miradas se cruzaron, y ante la ultrajada rebeldía que expresaban los ojos de Rhoda, la señorita Farrell se encogió en la silla y se concentró de nuevo en sus papeles mientras su rostro se cubría de un inflamado sarpullido escarlata.

Empezó a ser tratada con respeto cauteloso. No le preocupaban el respeto ni la aversión. Tenía su vida privada, un interés en averiguar qué ocultaban los demás, en hacer descubrimientos.

Investigar los secretos de otras personas fue una obsesión durante toda su vida, el sustrato y la dirección de su actividad. Se convirtió en una acechadora de mentes. Dieciocho años después de abandonar Silford Green, el barrio se vio conmocionado por un crimen muy célebre. Ella había estudiado las granulosas fotos de la víctima y el asesino en los periódicos sin especial interés. El asesino confesó en cuestión de días, se lo llevaron y el caso quedó cerrado. Como periodista de investigación, cada vez con más éxito, estaba menos interesada en la breve notoriedad de Silford Green que en sus más sutiles, lucrativas y fascinantes líneas de investigación.

Se fue de casa el día de su decimosexto cumpleaños y alquiló una habitación amueblada en el distrito contiguo de las afueras. Hasta su muerte, su padre le estuvo mandando cada semana un billete de cinco libras. Ella nunca acusaba recibo, pero cogía el dinero porque lo necesitaba para complementar lo que ganaba por las noches y los fines de semana como camarera, diciéndose a sí misma que seguramente era menos de lo que habría costado su comida en casa. Cuando, cinco años después, con un sobresaliente en Historia y ya instalada en su primer empleo, su madre la telefoneó para decirle que su padre había muerto, notó una ausencia de emoción que paradójicamente parecía más fuerte y más fastidiosa que la pena. Lo habían encontrado ahogado en un riachuelo de Essex de cuyo nombre ella nunca se acordaba, con un nivel de alcohol en la sangre que revelaba su estado de embriaguez. Como cabía esperar, el veredicto del juez de instrucción fue de muerte accidental, y en opinión de Rhoda seguramente acertaba. Era lo que ella esperaba. No sin un leve atisbo de vergüenza, se dijo a sí misma que el suicidio habría sido un juicio final demasiado memorable y racional para una vida tan inútil.

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3

La carrera del taxi fue más rápida de lo que había pensado. Llegaba a Harley Street demasiado temprano y pidió al conductor que se detuviera en el extremo de Marylebone Road, desde donde iría andando a la cita. Como en las raras ocasiones en que había hecho lo mismo, quedó sorprendida por la calle vacía, la misteriosa calma que se cernía sobre esas tradicionales casas del siglo XVIII. Casi todas las puertas tenían una placa de latón con una lista de nombres que confirmaban lo que seguramente sabía todo londinense, que se trataba del centro de la experiencia y los conocimientos médicos. Tras esas relucientes puertas y esas ventanas con discretas cortinas, habría pacientes esperando en diversas fases de ansiedad, aprensión, esperanza o desespero, aunque pocas veces vio a alguien entrar o salir. Iban y venían los ocasionales proveedores o mensajeros, pero por lo demás la calle podía haber sido un plató vacío esperando la llegada del director, el cámara y los actores.

Al llegar a la puerta, examinó el panel de nombres. Había dos cirujanos y tres médicos, y el que ella esperaba ver estaba arriba. G.H. Chandler-Powell, FRCS, FRCS (plástico), MS —estas dos últimas letras correspondientes a Master of Surgery, Maestro en Cirugía, acreditativas de que un cirujano ha alcanzado la cima de la competencia y la reputación—. Maestro en Cirugía. Pensó que sonaba bien. Los cirujanos-barberos a quienes concedió sus licencias Enrique VIII se sorprenderían al saber lo lejos que habían llegado.

Abrió la puerta una joven de cara seria que lucía una bata blanca cortada para resaltar su silueta. Era atractiva pero no hasta el punto de desconcertar, y su breve sonrisa de bienvenida era más amenazante que afectuosa. Delegada de clase, jefa de patrulla exploradora, pensó Rhoda. En todos los sextos cursos había una.

La sala de espera a la que la hicieron pasar se ajustaba tanto a sus expectativas que por un momento tuvo la impresión de que ya había estado antes allí. El lugar conseguía alcanzar cierta opulencia aun sin contener nada de verdadera calidad. La gran mesa central de caoba, con sus ejemplares de Country Life y Horse and Hound y las más distinguidas revistas de mujeres cuya pulcra alineación disuadía a uno de leerlas, era imponente pero no elegante. Las sillas variadas, unas de respaldo recto, otras más cómodas, parecían haber sido adquiridas en la liquidación de una casa de campo y a la vez haber sido muy poco utilizadas. Los cuadros de caza eran grandes y lo bastante mediocres para desanimar a los ladrones, y Rhoda dudó de si los dos jarrones de balaustre alto en la repisa de la chimenea eran auténticos.

Ninguno de los pacientes salvo ella daba ninguna pista sobre la habilidad concreta que requerirían. Como siempre, Rhoda fue capaz de observarlos discretamente sabiendo que no habría ojos curiosos que se fijaran en ella mucho rato. Cuando entró, alzaron la vista, pero no hubo breves inclinaciones de cabeza a modo de reconocimiento. Convertirse en un paciente era renunciar a una parte de uno mismo, ser recibido en un sistema que, por benigno que fuera, le robaba a uno sutilmente la iniciativa, casi la voluntad. Estaban todos sentados, pacientemente conformes, en sus mundos privados. Una mujer de mediana edad, con una niña sentada a su lado, miraba inexpresiva al vacío. La niña, aburrida, los ojos inquietos, se puso a golpetear suavemente con los pies la pata de la mesa hasta que la mujer, sin mirarla, tendió una mano de contención. Frente a ellas, un hombre joven, que por el traje que llevaba parecía la personificación de un financiero de la City, sacó el Financial Times del maletín y, tras desplegarlo con pericia de experto, concentró su atención en la página. Una mujer vestida a la moda se acercó en silencio a la mesa y examinó las revistas, y acto seguido, tras descartar la opción, volvió a su asiento junto a la ventana y siguió con la mirada fija en la calle desierta.

Rhoda no tuvo que esperar mucho rato. La misma joven que la había hecho pasar se le acercó y le comunicó discretamente que el señor Chandler-Powell podía atenderla. Siendo su especialidad la que era, la discreción evidentemente comenzaba en la sala de espera. La joven la acompañó a una habitación grande y luminosa situada al otro lado del vestíbulo. Las dos altas ventanas dobles que daban a la calle tenían puestas cortinas de hilo grueso y unos visillos casi transparentes que suavizaban el sol invernal. En cuanto a muebles o complementos, la estancia no tenía prácticamente nada de lo que ella habría esperado; era más un salón que un despacho. Un atractivo biombo lacado, decorado con una escena rural de prados, río y montañas lejanas, estaba colocado oblicuamente a la izquierda de la puerta. Sin duda era antiguo, tal vez del siglo XVIII. Quizá, pensó Rhoda, ocultaba un lavamanos, o incluso un sofá, aunque esto no parecía probable. Era difícil imaginar a alguien quitándose la ropa en este escenario doméstico bien que opulento. Había dos sillones, uno a cada lado de la chimenea de mármol, y una mesa de caoba con pie central, y delante de la misma dos sillas de respaldo recto. La única pintura al óleo estaba sobre la repisa de la chimenea, un gran cuadro de una casa estilo Tudor con una familia del siglo XVIII esmeradamente agrupada delante, el padre y dos hijos varones montados a caballo, la esposa y tres hijas pequeñas en un faetón. En la pared del otro lado había una hilera de grabados coloreados del Londres del siglo XVIII. Éstos y el óleo contribuyeron a que Rhoda tuviera la sutil sensación de hallarse en otra época.

El señor Chandler-Powell estaba sentado a la mesa y, al entrar ella, se puso en pie y se acercó a estrecharle la mano indicándole una de las dos sillas. El contacto fue firme pero momentáneo, la mano fría. Rhoda creía que él llevaría un traje oscuro, pero vestía una elegante chaqueta de tweed gris pálido, de espléndido corte, que paradójicamente daba mayor impresión de formalidad. Situados uno enfrente del otro, ella veía un rostro huesudo, fuerte, con una larga boca móvil y unos brillantes ojos color avellana bajo unas cejas marcadas. El cabello castaño, arreglado y algo rebelde, estaba peinado sobre una frente alta, de modo que unos mechones le caían casi sobre el ojo derecho. La impresión inmediata que daba era de confianza, y ella lo reconoció al instante: una pátina que tenía algo que ver con el éxito, aunque no todo. Era diferente de la confianza con la que estaba familiarizada como periodista: celebridades, con los ojos siempre ávidos del siguiente fotógrafo, listas para adoptar la postura correcta; personas insignificantes que parecían saber que su notoriedad era un montaje de los medios de comunicación, una fama transitoria que sólo su desesperado autoconvencimiento podía mantener. El hombre que estaba delante de ella tenía la íntima convicción de alguien que se halla en lo más alto de su profesión, seguro, inviolable. También detectó una pizca de arrogancia no del todo disimulada, pero se dijo a sí misma que esto podía ser un prejuicio. Maestro en Cirugía. Bueno, encajaba bien en el papel.

—Señorita Gradwyn, viene usted sin una carta de su médico de cabecera. —Quedó establecido como un hecho, no como un reproche. Su voz era profunda y atractiva, pero con un rastro de acento que ella no supo identificar y que no esperaba.

—Me pareció una pérdida de tiempo, para él y para mí. Me inscribí en la consulta del doctor Macintyre hace unos ocho años como paciente del Servicio Nacional de Salud y nunca he necesitado consultarle a él ni a ninguno de sus colegas. Sólo voy dos veces al año a que me tomen la presión. Y esto normalmente lo hace la enfermera.

—Conozco al doctor Macintyre. Hablaré de esto con él.

Sin decir nada más, se le acercó y giró la lámpara de mesa para que su brillante haz de luz le diera en plena cara. Sus dedos eran fríos mientras tocaban la piel de cada mejilla, pellizcándola y haciendo pliegues. El tacto era tan impersonal que parecía un insulto. Rhoda se preguntó por qué el hombre no había desaparecido tras el biombo para lavarse las manos, aunque quizá, si lo consideró necesario en esta cita preliminar, lo había hecho antes de entrar ella en la habitación. Hubo un momento en que, sin tocar la cicatriz, el médico la inspeccionó en silencio. Luego apagó la luz y volvió a sentarse. Con los ojos puestos en el expediente que tenía delante, dijo:

—¿Cuánto tiempo hace de esto?

Ella se sobresaltó al oír la frase.

—Treinta y cuatro años.

—¿Cómo ocurrió?

—¿Es necesario responder a esta pregunta? —dijo ella.

—No, a menos que la herida fuera autoinfligida. Presumo que no lo fue.

—No, no fue autoinfligida.

—Y ha esperado usted treinta y cuatro años a hacer algo al respecto. ¿Por qué ahora, señorita Gradwyn?

Hubo una pausa; luego ella dijo:

—Porque ya no la necesito.

El médico no replicó, pero la mano que tomaba notas en el expediente se quedó inmóvil por unos instantes. Levantó la vista de los papeles.

—¿Qué espera de esta operación, señorita Gradwyn?

—Me gustaría que la cicatriz desapareciera, pero comprendo que esto es imposible. Supongo que lo que espero es una línea fina, no esta cicatriz ancha y hundida.

—Creo que con la ayuda de un poco de maquillaje podría ser casi invisible. Si hace falta, después de la intervención podemos derivarla a una enfermera CC para un camuflaje cosmético. Estas enfermeras son muy hábiles. Es sorprendente lo que se puede hacer.

—Preferiría no tener que utilizar camuflaje.

—Quizá sea preciso muy poco o nada, pero es una cicatriz profunda. Como supongo que sabe, la piel consta de capas y hará falta abrirlas y reconstruirlas. Después de la operación, durante un tiempo la cicatriz estará roja, como en carne viva, bastante peor antes de que empiece a mejorar. También deberemos ocuparnos del efecto del pliegue nasolabial, esta pequeña caída del labio, y de la parte superior de la herida, que tira de la comisura del ojo hacia abajo. Al acabar, utilizaré una inyección de grasa para hinchar y corregir cualquier irregularidad de contorno. De todos modos, cuando la vea el día previo a la operación le explicaré con más detalle lo que pienso hacer y le enseñaré un diagrama. La intervención se hará con anestesia general. ¿La han anestesiado en alguna ocasión?

—No, será la primera vez.

—El anestesista la verá antes de la operación. Quiero que le hagan algunas pruebas, incluyendo análisis de sangre y un ECG, pero prefiero que se lleven a cabo en Saint Angela. Fotografiaremos la cicatriz antes y después de la operación.

—En cuanto a la inyección de grasa que ha mencionado —dijo ella—, ¿qué clase de grasa será?

—Suya. Obtenida de su estómago mediante una jeringa.

Por supuesto, pensó Rhoda, vaya pregunta más tonta.

—¿Cuándo está pensando en hacerlo? —preguntó él—. Tengo camas privadas en Saint Angela, pero si prefiere estar fuera de Londres también podría venir a la Mansión Cheverell, mi clínica privada de Dorset. La fecha más temprana que puedo proponerle este año es el viernes 14 de diciembre. Pero tendría que ser en la Mansión. En esa época usted sería uno de los dos únicos pacientes, pues reduciré la actividad de la clínica por las vacaciones de Navidad.

—Prefiero estar fuera de Londres.

—Después de esta consulta, la señora Snelling la acompañará a la oficina. Allí mi secretaria le dará un folleto sobre la Mansión.

El tiempo que permanezca allí dependerá de usted. Seguramente los puntos se le quitarán el sexto día, y muy pocos pacientes necesitan o desean quedarse más de una semana después de la intervención. Si se decide por la Mansión, será útil que encuentre tiempo para hacer una visita preliminar, sea de día o por una noche.

Si disponen de tiempo, me gusta que los pacientes vean dónde van a ser operados. Llegar a un lugar totalmente desconocido es desconcertante.

—¿La herida va a doler, quiero decir después de la operación? —preguntó ella.

—No, no es probable que duela. Quizás un poco de irritación, y también una hinchazón considerable. Y si hay dolor, sabemos cómo combatirlo.

—¿La cara vendada?

—Nada de vendaje. Un simple apósito.

Había otra pregunta, que Rhoda formuló sin inhibiciones aunque creía saber la respuesta. No preguntaba porque tuviera miedo, y esperaba que él lo entendería, aunque no le preocupaba que no fuera así.

—¿Podríamos considerarla una operación peligrosa?

—Con la anestesia general siempre hay cierto riesgo. Por lo que se refiere a la cirugía, la operación será larga, delicada, y es probable que surjan algunos problemas. Pero éstos son responsabilidad mía, no suya. Yo no la calificaría de peligrosa desde el punto de vista quirúrgico.

Rhoda se preguntó si él estaba dando a entender que podía haber otros peligros, problemas psicológicos derivados de un cambio completo de aspecto. Ella no esperaba ninguno. Había afrontado las consecuencias de la cicatriz durante treinta y cuatro años. Afrontaría también su desaparición.

El médico quiso saber si tenía más preguntas. Ella contestó que no. Él se puso en pie y se dieron la mano, y por primera vez el hombre sonrió. Esto transformó su cara.

—Mi secretaria le mandará las fechas en que podremos hacerle las pruebas en Saint Angela. ¿Supone esto algún problema? ¿Estará usted en Londres las dos próximas semanas?

—Estaré en Londres.

Siguió a la señora Snelling a una oficina situada en la parte trasera de la planta baja, donde una mujer de mediana edad le dio un folleto sobre las instalaciones de la Mansión en el que también se incluía el coste tanto de la visita preparatoria que, explicó, el señor Chandler-Powell consideraba útil para los pacientes pero que, naturalmente, no era obligatoria, como el coste de la operación y de la estancia de una semana en el postoperatorio. Rhoda había previsto que el precio fuera elevado, pero la realidad superó sus expectativas. Sin duda las cifras reflejaban ventajas más sociales que médicas. Le pareció recordar haber oído por casualidad a una mujer decir «desde luego, yo voy siempre a la Mansión», como si esto supusiera su admisión en un círculo de pacientes privilegiados. Sabía que podía operarse en el Servicio Nacional de Salud, pero había una lista de espera para casos no urgentes, y además ella necesitaba intimidad. En todas las esferas, la rapidez y la intimidad habían llegado a ser un lujo caro.

Trascurrida media hora desde su llegada, la acompañaron a la puerta. Aún le quedaba una hora hasta su cita en el Ivy. Iría andando.

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4

El Ivy era un restaurante demasiado popular para garantizar el anonimato, pero la discreción social, que entre todos los demás ámbitos era importante para ella, nunca le había preocupado en lo concerniente a Robin. En una edad en que la notoriedad requería indiscreciones cada vez más escandalosas, ni la página de chismorreos más desesperada desperdiciaría un párrafo sobre la revelación de que Rhoda Gradwy, la distinguida periodista, había estado almorzando con un hombre veinte años más joven. Estaba acostumbrada a él; la divertía. Le daba acceso a esferas de la vida que ella necesitaba experimentar aunque fuera de forma indirecta. Y lo compadecía, aunque esto no era precisamente la base de la intimidad, que por parte de Rhoda no existía. Él le confiaba sus cosas; ella escuchaba. Rhoda suponía que ella debía de obtener cierta satisfacción de la relación, si no ¿por qué seguía dispuesta a permitirle que se apropiara siquiera de un área limitada de su vida? Cuando pensaba en esa amistad, algo que sucedía rara vez, le parecía un hábito que no imponía obligaciones más arduas que un almuerzo o una cena ocasional a su cargo. También creía que interrumpir ese hábito resultaría más complicado y largo que mantenerlo.

Él la estaba esperando, como de costumbre, en su mesa favorita junto a la puerta, que había reservado ella, y cuando entró, Rhoda pudo observarlo durante medio minuto antes de que él alzara los ojos del menú y la viera. Como de costumbre, ella se sintió sobrecogida por la belleza de Robin, que parecía no ser consciente de la misma, aunque era difícil creer que alguien tan solipsista no se diera cuenta del premio que le habían concedido los genes y el destino o no sacara provecho de ello. Hasta cierto punto sí lo hacía, si bien no parecía importarle demasiado. A ella siempre le costaba creer lo que le había enseñado la experiencia: que los hombres y las mujeres podían ser físicamente hermosos sin poseer a la vez algunas cualidades mentales y espirituales comparables, que la belleza podía desperdiciarse en las personas superficiales, ignorantes o estúpidas. Era su físico, sospechaba ella, lo que había ayudado a Robin Boyton a conseguir plaza en la escuela de arte dramático, sus primeros contratos, su breve aparición en una serie de televisión que prometía mucho pero duró sólo tres episodios. Nada duraba mucho. Incluso el director o el productor más indulgente o más favorablemente predispuesto acababan frustrados por los papeles que Robin no se aprendía o los ensayos a los que no asistía. Cuando fallaba la actuación, Robin aplicaba numerosas iniciativas imaginativas, algunas de las cuales habrían tenido éxito si su entusiasmo hubiera durado más de seis meses. Rhoda se había resistido a las lisonjas de Robin para que invirtiera en alguna de ellas, y él había aceptado las negativas sin resentimiento. Sin embargo, las negativas no evitaban que lo intentara de nuevo.

Mientras se acercaba a la mesa, él se levantó y, sosteniéndole la mano, la besó con decoro en la mejilla. Rhoda advirtió que la botella de Meursault, que desde luego pagaría ella, ya estaba en el cubo de hielo, consumido un tercio de la misma.

—Un placer volver a verte, Rhoda. ¿Cómo te ha ido con el gran George?

Nunca utilizaban expresiones de cariño. Una vez él la llamó querida, pero no se había atrevido a volver a usar la palabra.

—¿El gran George? —dijo ella—. ¿Es así como llaman a Chandler-Powell en la Mansión Cheverell?

—No en su presencia. Pareces muy tranquila después de la dura prueba, pero claro, siempre es así. ¿Qué ha pasado? Estaba aquí sentado lleno de ansiedad.—No ha pasado nada. Me ha visto. Me ha mirado la cara. Hemos fijado una fecha.

—¿Qué te ha parecido George? Suele causar impresión.

—Su aspecto es imponente. No he estado con él el tiempo suficiente para evaluar su personalidad. Me ha parecido competente. ¿Has pedido ya?

—Nunca lo hago antes de que llegues. Pero he maquinado un menú genial para los dos. Sé lo que te gusta. Con el vino he sido más imaginativo que de costumbre.

Tras examinar la carta de vinos, Rhoda vio que también había sido imaginativo con el precio.

Apenas habían empezado el primer plato cuando Robin introdujo lo que para él era la finalidad del encuentro.

—Estoy buscando algo de capital. No mucho, unos cuantos miles. Es una oportunidad de inversión de primera, poco riesgo, bueno, de hecho ninguno, y devolución garantizada. Jeremy calcula en torno a un diez por ciento anual. Pensé que a lo mejor te interesaba.

Describía a Jeremy Coxon como su socio. Rhoda dudó de si alguna vez había sido algo más que esto. Lo había visto sólo en una ocasión y le había parecido parlanchín pero inofensivo y con sentido común. Si tenía alguna influencia sobre Robin, seguramente era para bien.

—Siempre estoy interesada en inversiones sin riesgo al diez por ciento y con una devolución garantizada —dijo ella—. Me sorprende que no te hayas quedado todas las acciones. ¿De qué va este negocio en el que andas con Jeremy?

—Lo mismo que te conté cuando cenamos en septiembre. Bueno, desde entonces han cambiado cosas, pero recuerdas la idea básica, ¿no? En realidad es mía, no de Jeremy, pero hemos trabajado juntos en ella.

—Mencionaste que tú y Jeremy Coxon estabais pensando en organizar clases de etiqueta para nuevos ricos que se sienten socialmente inseguros. No sé por qué pero no te veo como profesor, de hecho ni como experto en etiqueta.

—Me he empollado libros. Es asombrosamente fácil. Y el experto es Jeremy, así que no hay problema.

—¿Acaso vuestros incompetentes sociales no podrían también aprenderlo directamente de los libros?

—Supongo que sí, pero prefieren el contacto humano. Les damos confianza. Por eso es por lo que pagan. Rhoda, hemos identificado una verdadera oportunidad de mercado. A un montón de jóvenes, bueno, sobre todo hombres y no sólo ricos, les preocupa no saber qué ponerse en determinadas ocasiones, qué hacer si invitan a una chica a un buen restaurante por primera vez. No están seguros de cómo comportarse con los demás, de cómo causar buena impresión al jefe. Jeremy tiene una casa en Maida Vale que compró con el dinero que le dejó una tía rica, así que la estamos utilizando en este momento. Debemos ser discretos, por supuesto. Jeremy no está seguro de si podemos usarla legalmente para un negocio. Vivimos con miedo a los vecinos. Una de las habitaciones de la planta baja está acondicionada como restaurante en el que ensayamos. Al cabo de un tiempo, cuando ya tienen más confianza, llevamos a los clientes a un restaurante de verdad. No a sitios como éste sino a otros no demasiado populares que nos hacen precios especiales. Pagan los clientes, naturalmente. Nos va bastante bien y el negocio está creciendo, pero necesitamos otra casa, o al menos un piso. Jer

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