La mitad oscura

Stephen King

Fragmento

Prólogo

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—Rájalo —dijo Máquina—. Rájalo mientras estoy aquí mirando. Quiero ver cómo brota la sangre. No me lo hagas decir dos veces.

GEORGE STARK,
Vida de Máquina

La vida de las personas —su vida auténtica, en contraposición a la mera existencia física— empieza en momentos diferentes. La vida real de Thad Beaumont, un niño que había nacido y crecido en el barrio de Ridgeway de Bergenfield, New Jersey, empezó en 1960. Durante ese año le sucedieron dos cosas. La primera definió su vida; la segunda, casi terminó con ella. Thad Beaumont tenía por entonces once años.

En enero, envió un relato corto a un concurso literario patrocinado por la revista para adolescentes American Teen. En junio, recibió una carta de los editores de la revista en la que se le informaba que su trabajo había sido galardonado con una mención de honor en el apartado de ficción del concurso. La carta añadía que el jurado le habría otorgado el segundo premio si su ficha de inscripción no hubiera dejado constancia de que todavía le faltaban dos años para poderlo considerar un genuino «adolescente americano». Pese a ello, decían los editores, el relato, Junto a la casa de Marty, era un trabajo de extraordinaria madurez y merecía sus felicitaciones.

Dos semanas más tarde llegó un diploma de mérito de American Teen. Llegó por correo certificado, con acuse de recibo. El diploma llevaba escrito su nombre con una caligrafía inglesa tan enrevesada que apenas pudo descifrarlo, y un sello dorado en la parte inferior con el logotipo de American Teen en relieve: las siluetas de un chico con el pelo al cepillo y una chica con coleta de poni bailando un jitterbug.

La madre de Thad, un niño tranquilo y formal que no parecía enterarse nunca de nada y que solía tropezar con sus largos pies, abrazó a su hijo y le colmó de besos.

Su padre no pareció impresionado.

—Si el condenado cuento era tan bueno, ¿por qué no se lo han pagado? —gruñó desde las profundidades de su sillón.

—Glen…

—Está bien. Y a ver si ese Ernest Hemingway tuyo me trae una cerveza cuando termines de achucharlo.

La madre no dijo más, pero hizo enmarcar la primera carta y el diploma que siguió, pagando el trabajo con sus propios ahorros, y los colgó en la habitación del pequeño, sobre la cama. Cuando iba un pariente o alguna visita, ella les hacía entrar para que los vieran.

«Algún día Thad será un gran escritor», decía a todo el mundo. Siempre había presentido que a su hijo le esperaba algo grande, y aquella era la primera prueba. Thad sentía vergüenza al escuchar estos comentarios, pero quería demasiado a su madre para decírselo.

Avergonzado o no, el pequeño decidió que su madre estaba en lo cierto, al menos en parte. No sabía si llevaba dentro a un gran escritor pero, en cualquier caso, se dedicaría a escribir. ¿Por qué no? Se le daba bien y, lo que era más importante, disfrutaba haciéndolo.

Cuando las frases le salían redondas, se sentía de maravilla. Además, no siempre podrían negarle el dinero por un tecnicismo. No siempre tendría once años.

El segundo suceso importante que le ocurrió en 1960 empezó en agosto. Fue por entonces cuando se iniciaron los dolores de cabeza. Al principio no eran muy fuertes, pero cuando la escuela empezó de nuevo a primeros de septiembre, los dolores leves y latentes en las sienes y detrás de la frente se habían convertido ya en mórbidas y monstruosas agonías maratonianas. Cuando lo dominaban aquellos dolores de cabeza, lo único que podía hacer era quedarse en cama, con la habitación a oscuras, deseando la muerte. A finales de septiembre, Thad tenía la esperanza de morir; a mediados de octubre, el sufrimiento había aumentado hasta tal punto que el pequeño empezó a temer que no le sobreviniera la muerte.

La aparición de aquellas terribles jaquecas solía ir precedida por un sonido fantasmal que solo él oía; parecía el lejano piar de un millar de pájaros. A veces casi podía ver aquellos pájaros, que le parecían gorriones, apiñándose por docenas en los cables del teléfono y en los tejados como hacían en primavera y en otoño.

Su madre lo llevó a la consulta del doctor Seward.

El doctor le examinó los ojos con un oftalmoscopio y movió la cabeza en un gesto de negativa.

Después, echó las cortinas, apagó la luz e indicó a Thad que fijara la vista en un espacio vacío de la pared de la consulta. Tomó una linterna y la enfocó hacia ella, formando un brillante círculo luminoso, que apagó y encendió rápidamente varias veces mientras Thad lo miraba.

—¿Te sientes raro cuando ves esto, hijo?

Thad negó con un gesto.

—¿No te sientes aturdido, como si fueras a marearte?

Thad repitió el ademán.

—¿Hueles algo? ¿Como a fruta podrida o a trapos quemándose?

—No.

—¿Qué me dices de tus pájaros? ¿Los has oído mientras mirabas el parpadeo de la luz?

—No —insistió Thad, desconcertado.

—Son los nervios —refunfuñó más tarde su padre, mientras Thad aguardaba en la antesala—. Ese condenado crío es un manojo de nervios.

—Creo que es migraña —les dijo el doctor Seward—. No es corriente en una persona tan joven, pero existen antecedentes. Y el muchacho parece muy… intenso.

—Lo es —asintió Shayla Beaumont, no sin un tono de aprobación.

—Bien, tal vez algún día se encuentre algún remedio. Por ahora, me temo que tendrá que seguir padeciéndolas hasta que se le pasen.

—Sí, y nosotros con él —añadió Glen Beaumont.

Pero no se trataba de nervios ni de migrañas, y tampoco se le pasaron.

Cuatro días antes de la noche de Difuntos, Shayla Beaumont oyó que uno de los niños con los que Thad esperaba el autobús escolar cada mañana empezaba a gritar. Cuando se asomó a la ventana de la cocina, vio a su hijo tendido en medio del camino particular de la casa, preso de convulsiones. Junto a él estaba la fiambrera del almuerzo, con su contenido de fruta y bocadillos esparcido por la superficie asfaltada del camino. Shayla salió corriendo, hizo que los demás niños se apartaran y se quedó de pie junto a su hijo, impotente y temerosa de tocarlo.

Si el gran autobús amarillo que conducía el señor Reed hubiera tardado un poco más en llegar, Thad probablemente habría muerto allí mismo. Pero el señor Reed había sido enfermero en Corea y atinó a echar la cabeza del pequeño hacia atrás para desobstruir las vías respiratorias antes de que se asfixiara con su propia lengua. Thad fue conducido en ambulancia al hospital del condado de Bergenfield donde, casualmente, un doctor llamado Hugh Pritchard estaba en el servicio de urgencias —tomando un café e intercambiando mentiras sobre jugadas de golf con un amigo— cuando el chico ingresó. También casualmente, resultaba que Hugh Pritchard era el mejor neurólogo del estado de New Jersey.

Pritchard pidió que se le hicieran unas radiografías y las examinó. Después las mostró a los Beaumont y les pidió que prestaran especial atención a una sombra difusa que había señalado con un lápiz de cera amarillo.

—Esto —indicó—. ¿Qué es?

—¿Cómo diablos vamos a saberlo? —replicó Glen Beaumont—. ¡El médico es usted, no le fastidia!

—De acuerdo —asintió Pritchard con sequedad.

—Mi esposa dice que fue como si al chico le hubiera dado un telele —añadió Glen.

—Si se refiere a un ataque, así fue, en efecto. Si quiere usted decir un ataque epiléptico, estoy bastante seguro de que no se trata de eso. Un ataque tan agudo como el de su hijo correspondería al grand mal, y Thad no ha demostrado ninguna reacción al test de luz de Litton. De hecho, si Thad padeciera el grand mal epiléptico, no necesitarían ustedes que ningún doctor se lo revelara, pues lo habrían visto hacer el batutsi en la alfombra del salón cada vez que la imagen del televisor empezara a hacer tonterías.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó Shayla con timidez.

Pritchard volvió a las radiografías colocadas ante la pantalla iluminada.

—¿Que qué es eso? —respondió mientras señalaba de nuevo la zona marcada con el círculo amarillo—. La súbita aparición de dolores de cabeza y la ausencia de ataques previos a ella apuntan, en mi opinión, a que su hijo tiene un tumor cerebral, probablemente pequeño todavía y cabe esperar que benigno.

Glen Beaumont miró al doctor con aire insensible mientras su esposa se ponía en pie a su lado y escondía el llanto tras un pañuelo. Sollozó sin producir el menor ruido, con lágrimas silenciosas que eran el resultado de años de entrenamiento conyugal. Los puños de Glen eran rápidos y dolorosos, casi nunca dejaban señales y, tras doce años de lágrimas calladas, la mujer probablemente no habría sido capaz de gritar, aunque hubiese querido.

—¿Pretende decir que le quiere cortar el cerebro al chico? —preguntó Glen con su tacto y delicadeza habituales.

—Yo no lo expresaría así, señor Beaumont, pero considero necesaria una intervención exploratoria, en efecto —respondió el médico, y pensó para sí: «Si de verdad existe un Dios y nos ha hecho a su imagen y semejanza, no quiero ni pensar por qué andan sueltos tantos hombres como este con el destino de tantas otras personas en sus manos».

Glen permaneció en silencio un largo instante, con la cabeza gacha y el ceño fruncido, reflexionando. Por fin, alzó la vista e hizo la pregunta que más le preocupaba.

—Dígame la verdad, doctor… ¿cuánto va a costar todo esto?

La enfermera ayudante de quirófano fue la primera en verlo.

Su grito sonó agudo y alterado en la sala de operaciones donde, durante los últimos quince minutos, los únicos ruidos habían sido el murmullo de las órdenes del doctor Pritchard, el siseo de las voluminosas máquinas de soporte vital y el gemido breve y agudo de la sierra de Negli.

La enfermera retrocedió tambaleándose, tropezó con una bandeja de Ross, donde había dos docenas de piezas de instrumental cuidadosamente ordenadas, y la volcó. La bandeja golpeó el suelo embaldosado con un estrépito acompañado por otros tintineos más agudos.

—¡Hilary! —exclamó la enfermera jefe con voz de sorpresa y desconcierto, olvidándose de dónde estaba hasta el punto de avanzar un paso hacia la mujer que huía con la bata verde entreabierta.

El doctor Albertson, el médico asistente, dio un leve puntapié en la pantorrilla a la enfermera jefe.

—Recuerde dónde estamos, por favor.

—Sí, doctor. —La enfermera se volvió al instante, sin mirar siquiera hacia la puerta del quirófano mientras esta se abría de par en par y Hilary hacía mutis, gritando sin cesar como un coche de bomberos con la sirena puesta.

—Coloque el instrumental en el esterilizador —indicó Albertson—. Vamos, vamos, dese prisa.

—Sí, doctor.

La enfermera empezó a recoger los instrumentos entre jadeos, visiblemente azorada pero dominándose.

El doctor Pritchard no parecía haberse percatado de nada y contemplaba con arrebatada atención la abertura que acababa de realizar en el cráneo de Thad Beaumont.

—Increíble —murmuró—. Sencillamente increíble. Esto merecería pasar a los anales de la medicina. Si no lo estuviera viendo con mis propios ojos…

El siseo del esterilizador pareció despertarlo y miró al doctor Albertson.

—Succión —ordenó con aspereza. Se volvió hacia la enfermera jefe y añadió—: ¿Qué diablos está haciendo usted? ¿El crucigrama del periódico? ¡Venga enseguida con todo eso!

La mujer se apresuró a acercarse con el instrumental en una bandeja nueva.

—Dame succión, Lester —dijo Pritchard a Albertson—. Ahora mismo. Luego te enseñaré algo que solo suele verse en las casetas de monstruos de las ferias.

Albertson acercó la bomba de succión a la camilla sin fijarse en la enfermera jefe; esta tuvo que saltar hacia atrás para apartarse y, con destreza, logró mantener en equilibrio el instrumental.

Pritchard miró al anestesista.

—Deme la presión sanguínea, amigo mío. Una buena lectura de la presión, es lo único que pido.

—Está en diez y medio y seis coma ocho, doctor. Estable como una roca.

—Bueno, su madre dice que tenemos aquí a un futuro William Shakespeare, de modo que mantengámoslo así. ¡Succiona, Lester… no le hagas cosquillas con el maldito aparato!

Albertson aplicó succión, despejando de sangre la zona. Al fondo del quirófano, el equipo de monitores emitía sus pitidos rítmicos, monótonos, reconfortantes. De pronto, fue su propia respiración lo que succionaba. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago.

—¡Oh, Dios mío! ¡Jesús! ¡Dios santo! —Albertson se encogió un momento, para volver a acercarse después. Sobre la mascarilla y tras las gafas de concha, abrió unos ojos como platos, brillantes de súbita curiosidad—. ¿Qué es esto?

—Me parece que ya lo ves —replicó Pritchard—. Solo que se necesita un momento para acostumbrarse. He leído acerca de casos como este, pero no esperaba encontrármelos nunca.

El cerebro de Thad Beaumont mostraba el color del borde externo de una concha, un gris intermedio con un levísimo toque rosado.

Sobresaliendo de la fina superficie de la duramadre había un único ojo humano, ciego y deforme. El cerebro latía ligeramente y el ojo con él. Parecía como si tratara de hacerles un guiño. Era esto —la visión del guiño— lo que había hecho huir del quirófano a la enfermera.

—Dios santo, ¿qué es? —preguntó de nuevo Albertson.

—Nada —respondió Pritchard—. En algún momento debió de formar parte de un ser humano vivo, pero ahora no es nada. Nada más que un problema. Afortunadamente, se trata del tipo de problema que podemos solucionar.

El doctor Loring, el anestesista, dijo:

—¿Me da permiso para mirar, doctor Pritchard?

—¿Sigue estable?

—Sí.

—Venga, pues. Es algo digno de contar a los nietos. Pero dese prisa.

Mientras Loring echaba un vistazo, Pritchard se volvió hacia Albertson.

—Dame la Negli. Voy a abrir un poco más. Así podremos explorar. No sé si conseguiré sacarlo entero, pero haré todo lo que pueda.

Les Albertson, en funciones de enfermera jefe, puso la sonda recién esterilizada en la mano enguantada de Pritchard cuando este se la pidió. El cirujano —que ahora tarareaba entre dientes el tema musical de Bonanza— actuó sobre la abertura rápidamente y casi sin esfuerzo, mientras consultaba solo de forma esporádica el espejuelo de tipo dental montado al final de la sonda y trabajaba casi exclusivamente al tacto. Albertson explicaría más tarde que nunca había presenciado una intervención sobre la marcha tan escalofriante como aquella.

Además del ojo, encontraron parte de un tabique nasal, tres uñas y dos dientes. Uno de los dientes presentaba una pequeña cavidad. El ojo siguió latiendo y tratando de hacer guiños hasta el momento en que Pritchard aplicó el escalpelo de aguja para pincharlo primero, y extirparlo a continuación. Toda la intervención, desde la trepanación inicial hasta la extirpación, duró apenas veintisiete minutos. Cinco pedazos de tejido cayeron con un chapoteo en el platillo de acero inoxidable de la bandeja de Ross, junto a la afeitada cabeza de Thad.

—Creo que lo hemos dejado limpio —anunció por fin Pritchard—. Todo el tejido extraño parece conectado mediante unos ganglios rudimentarios y, aunque haya otros cuerpos, es probable que los hayamos neutralizado.

—Pero… ¿cómo puede ser, si el chico aún está con vida? Quiero decir… todo eso es parte de él, ¿no? —preguntó Loring, perplejo.

Pritchard señaló la bandeja.

—Hemos encontrado un ojo, varios dientes y un puñado de uñas en la cabeza del niño y ¿crees que formaban parte de él? ¿Has visto que le falte alguna uña? ¿Quieres comprobarlo?

—Pero incluso el cáncer es parte del paciente…

—Esto no es un cáncer —le respondió Pritchard en tono indulgente. Mientras hablaba, sus manos revoloteaban sobre su obra—. En muchos partos donde la mujer da a luz a un solo hijo, en realidad ha engendrado gemelos, amigo mío. Puede suceder hasta en dos casos de cada diez. ¿Qué sucede con el otro feto? El más fuerte absorbe al más débil.

—¿Lo absorbe? ¿Te refieres a que se lo come? —exclamó Loring. Tenía la tez un poco verdosa—. ¡No me estarás hablando de canibalismo in utero!

—Llámalo como quieras. Sucede con bastante frecuencia. Si algún día desarrollan ese aparato de sonografías del que no paran de hablar en las conferencias médicas, podremos descubrir el porcentaje exacto. Pero, sea cual fuere, lo que hemos visto hoy es mucho más raro. Parte del gemelo de este muchacho no fue absorbido y terminó instalándose en el lóbulo frontal. Igual podía haberlo hecho en los intestinos, el bazo, la médula espinal o en cualquier otra parte. Por lo general, los únicos médicos que ven cosas parecidas son los forenses; se descubren en las autopsias y no sé de ningún caso en que el tejido extraño provocara la muerte.

—Entonces, ¿qué ha sucedido aquí? —quiso saber Albertson.

—Por alguna causa, esta masa de tejido, que probablemente era de tamaño microscópico hace un año, empezó a crecer de nuevo. El reloj de crecimiento del gemelo absorbido, que debería haberse detenido definitivamente al menos un mes antes de que la señora Beaumont rompiera aguas, volvió a ponerse en marcha, no sé cómo, y empezó a hacerlo a marchas forzadas. Lo que sucedió luego no tiene nada de misterioso: la presión craneal por sí sola bastó para provocar los dolores de cabeza del chico y las convulsiones que lo han traído aquí.

Loring asintió y murmuró:

—Sí, pero ¿por qué ha pasado esto?

—Pregúntamelo dentro de treinta años, si para entonces practico algo más que mis golpes de golf —respondió Pritchard, sacudiendo la cabeza—. Hoy por hoy, solo sé que he localizado y extirpado un tumor muy especializado, de un tipo muy poco frecuente. Un tumor benigno. Además, salvo complicaciones, esto es lo único que necesita saber la familia del chico. Al lado del padre, el hombre de Neanderthal parecería un tipo brillante. No me veo capaz de explicarle que he sometido a su hijo de once años a una especie de aborto. Vamos, cerremos ya.

Y, como si se le acabara de ocurrir, añadió con voz suave, dirigiéndose a la enfermera jefe:

—Quiero que despidan ahora mismo a esa estúpida zorra que salió de aquí de estampida. Tome nota, por favor.

—Sí, doctor.

Thad Beaumont dejó el hospital nueve días después de la intervención. Durante los seis meses siguientes experimentó una penosa debilidad en el costado izquierdo del cuerpo y, de vez en cuando, si estaba muy cansado, veía ante sus ojos extraños dibujos de luces destellantes, trazados no del todo al azar.

Su madre le había comprado una vieja máquina de escribir, una Remington 32, como regalo de convalecencia, y estos destellos de luz se producían con más frecuencia cuando estaba encorvado sobre ella un rato antes de acostarse, luchando con la manera de expresar algo o al intentar imaginar la siguiente escena en el relato que estaba escribiendo. Finalmente, también esas luces desaparecieron.

El misterioso sonido del piar fantasmal —el ruido de escuadrones de gorriones batiendo alas— no se repitió nunca más tras la operación.

Thad continuó escribiendo, ganando confianza en sí mismo y puliendo su naciente estilo. Vendió su primer relato —a American Teen— seis años después de que empezara su vida real. Si alguna vez recordaba el episodio (lo que cada vez hizo menos con el paso de los años), solo pensaba en la suerte que había tenido de salir con vida.

En esos tiempos pioneros, muchos pacientes sometidos a operaciones cerebrales no fueron tan afortunados como él.

I. COSA DE LOCOS

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COSA DE LOCOS

Máquina tomó entre sus dedos largos y fuertes un clip y lo extendió lenta y cuidadosamente.

—Sujétale la cabeza, Jack —dijo al hombre situado detrás de Halstead—. Sujétala con fuerza, por favor.

Halstead comprendió lo que Máquina se proponía hacer y empezó a gritar mientras Jack Rangely apretaba sus manazas contra los costados de su cabeza, inmovilizándola. Los gritos resonaron con un eco en el almacén abandonado, cuyo inmenso espacio vacío actuó como un amplificador natural. Halstead parecía un cantante de ópera practicando en una noche de estreno.

—He vuelto —dijo Máquina. Halstead cerró los ojos con fuerza, pero no sirvió de nada. La pequeña varilla metálica atravesó sin esfuerzo el párpado izquierdo y pinchó el globo ocular, que emitió un leve sonido al reventar. Un fluido viscoso, gelatinoso, empezó a rezumar de él—. He vuelto de entre los muertos y no pareces nada contento de verme, ingrato hijo de puta.

GEORGE STARK,
Camino de Babilonia

1. Que hable la gente

UNO

QUE HABLE LA GENTE

1

El número del 23 de mayo de la revista People era de lo más típico.

La portada presentaba al muerto famoso de la semana, una estrella del rock and roll que se había ahorcado en la celda de una cárcel después de ser detenido por posesión de cocaína y diversas drogas asociadas. Las páginas interiores contenían el menú de costumbre: nueve asesinatos sexuales sin resolver en la despoblada mitad occidental de Nebraska, un gurú de comida sana arrestado por pornografía infantil, un ama de casa de Maryland que había cultivado una calabaza que parecía un busto de Jesucristo (siempre, claro está, que uno la mirara con los ojos entornados en una habitación en penumbra), una animosa muchacha parapléjica que se entrenaba para el maratón ciclista de la Gran Manzana, un divorcio en Hollywood, una boda de alto copete en Nueva York, un luchador que se recuperaba de un ataque cardíaco y un cómico llevado ante los tribunales por una demanda de pensión de su ex pareja.

También incluía un artículo sobre un empresario de Utah que había lanzado al mercado una nueva muñeca llamada ¡Yo Mamma! Supuestamente, ¡Yo Mamma! tenía el aspecto de «la suegra favorita (?) de cualquiera». Llevaba una cinta incorporada que escupía frases como: «En mi casa, cuando él era pequeño, la cena no se me enfriaba nunca, querida», o: «Tu hermano nunca tiene en cuenta que estoy agotada, cuando vengo a pasar un par de semanas». El verdadero impacto de la muñeca era que para hacerla hablar, en lugar de tirar de una cuerda colocada en la espalda, había que arrear a ¡Yo Mamma! una soberana patada. «¡Yo Mamma! está debidamente acolchada, garantizada contra roturas y diseñada para no dañar paredes ni muebles», decía su orgulloso inventor, el señor Gaspard Wilmot (el cual, según mencionaba de pasada el artículo, había sido procesado tiempo atrás por evasión de impuestos; más tarde, se le retiró la acusación).

Asimismo, en la página treinta y tres de este entretenido e informativo ejemplar de la primera revista nacional de entretenimiento e información había una columna encabezada por un titular típico de People, conciso, expresivo y punzante; «BIO», decía.

—A esta revista —comentó Thad Beaumont a su esposa Liz mientras, sentados uno al lado del otro a la mesa de la cocina, repasaban juntos el artículo por segunda vez— le gusta ir al grano. «BIO.» Si no te apetece una «BIO», pasas a la página de «EN APUROS» y te enteras de lo de esas chicas que se están cargando en el corazón de Nebraska.

—Eso no tiene nada de divertido, si te paras a pensarlo —respondió Liz Beaumont, y luego estropeó la frase soltando una risita por lo bajo, tapándose la boca con la mano entrecerrada.

—No es como para echarse a reír, pero en realidad resulta bastante extraño —dijo Thad mientras empezaba a ojear el artículo de nuevo. Al mismo tiempo, se frotó con gesto ausente la pequeña cicatriz blanca en lo alto de su frente.

Como la mayoría de «BIOS» que aparecían en People, era el único artículo donde se dedicaba más espacio al texto que a las fotografías.

—¿Lamentas haberlo hecho? —preguntó Liz. Estaba pendiente de los gemelos pero, de momento, los bebés se estaban portando de maravilla y dormían como dos ángeles.

—En primer lugar —contestó Thad—, no lo he hecho yo; lo hemos hecho juntos. «Los dos para uno, y uno para los dos», ¿recuerdas?

Señaló con unos golpecitos la foto de la segunda página del artículo, donde se veía a su esposa ofreciéndole una bandeja de pastelillos y a él sentado ante su máquina de escribir con una hoja en el carro. No había modo de distinguir lo que había escrito en el papel. Mejor así, posiblemente, ya que, si había algo, tenía que ser un galimatías. Escribir siempre le había resultado duro y era incapaz de hacerlo delante de nadie… sobre todo si uno de los mirones resultaba ser una fotógrafa de la revista People. A George le habría resultado mucho más fácil, pero para Thad Beaumont seguía representando un esfuerzo tremendo. Liz nunca se acercaba cuando su marido intentaba —y, a veces, conseguía— hilar unas frases. Nunca le llevaba ni siquiera un telegrama y, aún menos, pastelillos.

—Sí, pero…

—En segundo lugar…

Observó la foto de Liz con los pasteles y a él alzando la vista hacia ella. Los dos aparecían sonrientes. Las sonrisas tenían un aire muy extraño en el rostro de unas personas que, aunque agradables, no se prodigaban en pequeños detalles, como una sonrisa. Recordó la temporada que había trabajado como guía de excursiones en los Apalaches, por los estados de Maine, New Hampshire y Vermont. En aquellos lejanos días tenía por mascota a un mapache, al que puso el nombre de John Wesley Harding. No había realizado el menor esfuerzo por domesticar a John, ya que el mapache parecía haberse enamorado de él. ¡Ah!, al bueno de J. W. H. también le gustaba echar un traguito en las noches de mucho frío y a veces, cuando tomaba más de un sorbo de la botella, ponía una sonrisa parecida a aquella.

—En segundo lugar, ¿qué?

«En segundo lugar, resulta divertido ver a un hombre que ha sido candidato al Premio Nacional de Literatura y a su esposa sonriéndose el uno al otro como un par de mapaches borrachos», pensó; no pudo contener por más tiempo la risa y estalló en una carcajada.

—¡Thad, despertarás a los gemelos!

Thad intentó, sin mucho éxito, contener el ataque de risa.

—En segundo lugar, parecemos un par de idiotas y me importa un pimiento —dijo por fin, estrechándola y besándola en el cuello.

En la otra habitación, primero William y luego Wendy se echaron a llorar. Liz intentó mirar a su marido con gesto de reproche, pero no lo consiguió. Era estupendo oírle reír. Tal vez porque no lo hacía con frecuencia. El sonido de su risa tenía para ella un encanto extraño, exótico. Thad Beaumont nunca había sido un hombre dado a la risa.

—Es culpa mía —dijo Thad—. Yo me ocupo de ellos.

Empezó a levantarse, tropezó con la mesa y estuvo a punto de volcarla. Era un hombre atento, pero extrañamente torpe; todavía conservaba este aspecto del niño que había sido.

Liz atrapó el florero que había colocado en el centro de la mesa justo a tiempo de evitar que resbalara del borde y se estrellara contra el suelo.

—¡Francamente, Thad! —exclamó, pero también ella se puso a reír.

Thad volvió a sentarse un momento. No le cogió la mano, sino que la acarició suavemente entre las suyas.

—Escucha, cariño, ¿te importa a ti?

—No —declaró ella. Por un instante pensó en añadir: «Pero me hace sentir incómoda. No porque tengamos un aspecto ligeramente estúpido, sino porque… bueno, no sé por qué. Me hace sentir un poco incómoda, eso es todo».

Pensó en decirlo, pero no lo hizo. Le bastaba con escuchar a Thad riéndose. Tomó una de sus manos y le dio un breve apretón.

—No —repitió—, no me importa. Me parece divertido. Si además la publicidad ayuda a vender El perro dorado cuando por fin te decidas a terminar de una vez esa novela de marras, tanto mejor.

Liz se puso en pie y, con las manos sobre los hombros de Thad, impidió que este se levantara cuando quiso imitarla.

—La próxima vez, te ocuparás tú de ellos. Ahora quiero que te quedes ahí sentado hasta que te haya pasado del todo ese impulso inconsciente de destruir mi florero.

—Está bien —asintió Thad con una sonrisa—. Te quiero, Liz.

—Y yo a ti.

Liz fue a tranquilizar a los niños y Thad Beaumont empezó a hojear de nuevo su «BIO».

A diferencia de la mayoría de artículos de People, la sección «BIO» de Thaddeus Beaumont no empezaba con una fotografía a toda plana, sino con una imagen que apenas ocupaba un cuarto de página. De todos modos, llamaba la atención porque algún montador con instinto para lo insólito la había enmarcado en negro. En la imagen aparecían Thad y Liz en un cementerio. Las líneas escritas al pie de la foto destacaban casi con brutalidad.

En la fotografía, Thad sostenía una pala y Liz, un pico. Al fondo, a un lado, se veía una carretilla con más herramientas del cementerio. En la tumba se habían colocado varios ramos de flores, pero la lápida resultaba perfectamente legible.

GEORGE STARK

1975-1988

NO ERA UN TIPO MUY AGRADABLE

En un contraste casi hiriente con el lugar y con el aparente acto (el reciente sepelio de quien, por las fechas, debía de haber sido un chiquillo a las puertas de la adolescencia), aquellos dos falsos sepultureros se estrechaban la mano libre sobre la tierra recién colocada… y sonreían alegremente.

Era un acto ficticio, por supuesto. Todas las fotos que acompañaban el artículo —el entierro del cuerpo, la exhibición de los pastelillos y una de Thad caminando solitario como una sombra por una desierta carretera en los bosques de Ludlow, presumiblemente «discurriendo ideas»— estaban preparadas. Resultaba curioso. Liz llevaba unos cinco años comprando People en el supermercado y los dos se burlaban de su contenido, pero tanto Liz como Thad terminaban echándole un vistazo durante la cena, o en el cuarto de baño si no tenían un buen libro a mano. De vez en cuando habían comentado el éxito de la revista, preguntándose si era el hecho de que se dedicara a los asuntos del corazón lo que la hacía tan inexplicablemente interesante, o si se trataba solo de su diseño con aquellas grandes fotografías en blanco y negro y el texto en negrita, compuesto en su mayor parte por simples frases enunciativas; pero ninguno de los dos se había planteado si las fotografías estarían trucadas.

La fotógrafa de la revista se llamaba Phyllis Myers. Hablando con Thad y Liz, la mujer les comentó que había tomado una serie de fotografías de unos ositos de peluche en unos ataúdes de niño, con todos los ositos vestidos con ropa infantil, y que esperaba venderlas a algún editor importante de Nueva York para publicarlas en forma de libro. No fue hasta avanzada la segunda sesión de entrevistas y fotos, cuando Thad se dio cuenta de que la mujer le estaba sondeando para ver si querría escribir el texto. Muerte y ositos de peluche, había explicado la fotógrafa, sería «la glosa final y perfecta sobre el modo de muerte americano, ¿no le parece, Thad?».

El escritor se dijo que, a la vista de aquellas aficiones un tanto macabras, no resultaba sorprendente que Phyllis Myers hubiera encargado la lápida de George Stark y la trajera consigo desde Nueva York. Era de cartón piedra.

—No os importa estrecharos la mano delante de esto, ¿verdad? —les había preguntado con una sonrisa halagadora y complaciente a la vez—. Será una fotografía maravillosa.

Liz había observado a Thad, dubitativa y algo horrorizada. Después, los dos habían mirado la falsa lápida llegada desde Nueva York (sede permanente de la revista People) a Castle Rock, Maine (casa de verano de Thad y Liz Beaumont), con una mezcla de sorpresa y de absorta curiosidad. Allí estaba la inscripción que atraía la mirada de Thad indefectiblemente.

NO ERA UN TIPO MUY AGRADABLE

A grandes rasgos, la historia que People quería contar a los voraces seguidores de celebridades de Estados Unidos era muy sencilla. Thad Beaumont era un escritor bien considerado, cuya primera novela, Las súbitas bailarinas, había sido propuesta para el Premio Nacional de Literatura 1972. Un hecho así tenía cierto peso entre los críticos literarios, pero a los voraces seguidores de celebridades estadounidenses les importaba un pito Thad Beaumont, que solo había publicado otra novela bajo este nombre desde la primera. El hombre que interesaba a los lectores de la revista no existía en realidad. Thad había escrito un libro de enorme éxito y tres continuaciones que no fueron a la zaga en ventas, y los había firmado con otro nombre. Ese nombre era, por supuesto, George Stark.

Jerry Harkavay, que constituía todo el personal de Associated Press en Waterville, había sido el primero en difundir la historia de George Stark después de que Rick Cowley, el agente de Thad, se la contara a Louise Booker, de Publishers Weekly, con la aprobación de Thad. Ni Harkavay ni Booker habían conocido todo el asunto —por ejemplo, Thad se mostró inflexible en lo de no mencionar a aquel hipócrita y pelmazo de Frederick Clawson—, pero aun así había bastado para garantizar una circulación más amplia de la que podían ofrecer el servicio por cable de la AP o la revista de la industria editorial. Clawson, dijo Thad a Liz y a Rick, no era la historia: solo el imbécil que les obligaba a hacer pública la historia.

En el curso de esa primera entrevista, Jerry le había preguntado qué clase de persona era George Stark.

—George —había respondido Thad— no era un tipo muy agradable.

La cita, que encabezaba el artículo de Jerry, había servido de motivo de inspiración a Myers para encargar la falsa lápida con el epitafio. Extraño mundo. Extraño, muy extraño.

De repente, Thad estalló en una nueva carcajada.

2

Había dos líneas de letras blancas sobre fondo negro al pie de la foto de Thad y Liz en uno de los cementerios más elegantes de Castle Rock.

EL DIFUNTO GUARDABA UNA ESTRECHA RELACIÓN CON ESTAS DOS PERSONAS, decía la primera.

ENTONCES, ¿POR QUÉ SE RÍEN?, se leía en la segunda.

—Porque este jodido mundo es un lugar muy extraño —dijo Thad Beaumont, riéndose con una mano sobre la boca.

Liz Beaumont no era la única que sentía una vaga inquietud ante aquel pequeño estallido de publicidad. También él se sentía incómodo. De todos modos, le resultó difícil ponerse serio. Lo conseguía por unos segundos y, a continuación, un nuevo ataque de risa surgía incontenible cuando sus ojos volvían a topar con aquellas palabras: «No era un tipo muy agradable». Tratar de parar aquello era como intentar taponar los agujeros de una presa de tierra mal construida; en cuanto conseguía cerrar uno, otro nuevo se abría un poco más allá.

Thad sospechó que había algo turbio en aquella risa incontrolable: era un asomo de histeria; sabía que el humor rara vez, o nunca, tenía que ver con tales ataques. En realidad, era probable que la causa no fuera en absoluto divertida.

Tal vez se tratara de algo amenazador.

«¿Tienes miedo de un maldito artículo en la revista People? ¿Es eso? Estúpido. ¿Tienes miedo de sentirte avergonzado, de que tus colegas del Departamento de Lengua Inglesa vean esas fotos y piensen que has perdido los pocos tornillos oxidados que te quedaban?»

No. Thad no temía a sus colegas, ni siquiera a los que ya trabajaban allí cuando los dinosaurios andaban sobre la tierra. Por fin tenía una plaza y también dinero suficiente para afrontar la vida —¡que suene la fanfarria, por favor!—, como escritor profesional si así lo deseaba (no estaba seguro de ello; los aspectos burocráticos y administrativos de la vida universitaria no le interesaban, pero la docencia le satisfacía). No, tampoco los temía, porque hacía años que había dejado de importarle gran cosa lo que pensaran de él. Le importaba lo que opinaran de él sus amigos, eso sí; y en algunos casos sus amigos, los de Liz y los que tenían en común, resultaban ser colegas, pero pensaba que estas personas también opinarían, probablemente, que importaba un pimiento.

Si había algo a lo que temer, era…

«Basta —ordenó su mente en el tono seco, severo, que tenía la virtud de conseguir que hasta el más revoltoso de sus alumnos de inglés de primer curso se quedara pálido y callado—. Detén esa tontería ahora mismo.»

De poco sirvió. Por efectiva que resultara esa voz cuando la empleaba con los estudiantes, no ejercía ninguna influencia sobre el propio Thad.

Volvió a observar la fotografía y esta vez sus ojos no prestaron atención a los rostros y a la sonrisa descaradamente fingida que se dirigían su esposa y él, como una pareja de niños dedicada a un rito iniciático.

GEORGE STARK

1975-1988

NO ERA UN TIPO MUY AGRADABLE

Esto era lo que le inquietaba.

La lápida. El nombre. Las fechas. Sobre todo, aquel agrio epitafio que provocaba sus carcajadas pero que, por alguna razón, no escondía ninguna gracia tras aquellas risas.

El nombre.

El epitafio.

—No importa —murmuró Thad—. Ahora, el hijo de puta está muerto.

Pero la inquietud continuó.

Cuando Liz volvió con un gemelo recién cambiado y vestido en cada brazo, Thad ya estaba otra vez encorvado sobre el artículo.

«¿Lo asesiné yo?»

Thaddeus Beaumont, celebrado un día como el novelista más prometedor del país y candidato al Premio Nacional de Literatura 1972 por Las súbitas bailarinas, repite la pregunta, pensativo. Parece ligeramente absorto. «Asesinar», repite en voz baja, como si nunca se le hubiera ocurrido la palabra; aunque su «mitad oscura», como llama Beaumont a George Stark, pensaba casi solo en asesinar.

El escritor acerca la mano a un tarro de cristal de boca ancha colocado junto a su anticuada máquina de escribir Remington 32, saca de él un lápiz Berol Back Beauty (lo único que utilizaba Stark para escribir, según Beaumont) y empieza a mordisquearlo ligeramente. El gesto parece un hábito en él a juzgar por el aspecto de la decena larga de lápices que llena el tarro.

«No —dice por fin, devolviendo el lápiz al recipiente—. Yo no lo maté.» Levanta la vista y sonríe. Beaumont tiene treinta y nueve años pero, cuando lanza una de sus abiertas sonrisas, podría tomársele por uno de sus alumnos. «George murió de causa natural.»

Beaumont dice que George Stark fue idea de su esposa. Elizabeth Stephens Beaumont, una rubia serena y encantadora, rechaza que se le atribuya todo el mérito. «Lo único que hice —afirma—, fue sugerirle que escribiera una novela bajo otro nombre para ver qué sucedía con ella. Thad estaba pasando por un profundo bloqueo creativo y necesitaba un cambio radical. En realidad —añade—, George Stark siempre estuvo presente. Yo había intuido algunos indicios de su existencia en varios trabajos inacabados que Thad me dejaba leer de vez en cuando. Solo se trataba de hacerle salir del armario.»

Según muchos de sus contemporáneos, los problemas de Beaumont iban algo más allá de un bloqueo creativo. Al menos dos escritores conocidos (que prefieren permanecer en el anonimato) afirman que, durante el período crucial entre el primer libro de su colega y el segundo, llegó a preocuparles la salud mental de Beaumont. Uno de ellos sostiene que Beaumont quizá llevó a cabo un intento de suicidio tras la publicación de Las súbitas bailarinas, que obtuvo más comentarios elogiosos de la crítica que ganancias por derechos de autor.

Preguntado sobre si había pensado alguna vez en el suicidio, Beaumont mueve la cabeza y responde: «Eso es una tontería. El verdadero problema no era la aceptación popular, sino el bloqueo creativo, y un escritor muerto es un caso terminal de tal bloqueo».

Mientras, Liz Beaumont continuó «maniobrando», en expresión de su esposo, con la idea de un seudónimo. «Me decía que, por una vez, podía tomarme las cosas a la ligera, si me apetecía, y escribir lo que más me gustara sin sentir todo el rato la mirada de la sección de crítica literaria del New York Times por encima de mi hombro mientras le daba a las teclas. Me decía que escribiera una novela de intriga, del Oeste o de ciencia ficción. O una policíaca.»

Thad Beaumont sonríe.

«Creo que sugirió esta en último lugar a propósito. Sabía que había estado tonteando con una idea para una novela policíaca, aunque no parecía capaz de concretarla. La idea del seudónimo produjo un curioso efecto en mí. De algún modo, me sentía libre. Como si hubiera encontrado una válvula de escape secreta, para entendernos. Pero también había algo más. Algo que resulta muy difícil de explicar.»

Beaumont alarga la mano hacia los lápices perfectamente afilados del tarro de cristal y luego la retira. Dirige la mirada a la cristalera del fondo del estudio, que se abre a una primavera espectacular de árboles frondosos.

«La idea de escribir bajo seudónimo era como pensar en ser invisible —dijo por fin casi dubitativamente—. Cuantas más vueltas le daba, más me parecía que sería como… como reinventarme.»

La mano avanza de nuevo y esta vez logra apoderarse de uno de los lápices del tarro mientras su mente se ocupa en otros asuntos.

Thad volvió la página y alzó la vista hacia los gemelos, sentados en su doble silla alta. Los mellizos niño-niña siempre se parecían pero, en el caso de Wendy y William, eran lo más idénticos que se puede ser sin llegar a ser realmente idénticos.

William sonrió a Thad desde detrás del biberón.

Wendy también sonrió a su padre desde detrás del suyo, pero ella mostraba un añadido que su hermanito no poseía: un único diente en la boca que le había salido, sin el menor dolor, asomando sencillamente en la superficie de la encía con el mismo sigilo con que el periscopio de un submarino se desliza por la superficie del océano.

Wendy separó una de sus manos regordetas del biberón de plástico. La abrió, mostrando la palma limpia y sonrosada. La cerró. La abrió… Un saludo de Wendy.

Sin mirarla, William apartó una de sus manos de su biberón, la abrió, la cerró, la abrió… Un saludo de William.

Thad levantó también una mano de la mesa con gesto solemne, la abrió, la cerró, la abrió…

Los gemelos sonrieron tras los biberones.

Volvió de nuevo a la revista. «¡Ah, People! —pensó—, ¿dónde estaríamos, qué haríamos sin ti? Esta es la época de las estrellas norteamericanas, amigos.»

El autor del artículo había aireado todos los trapos sucios que había podido encontrar, por supuesto —sobre todo, los cuatro años de mala racha después de que Las súbitas bailarinas no obtuviese el Premio Nacional de Literatura—, pero era algo de esperar y no se sintió muy molesto con la exhibición de sus intimidades. Por un lado, no era demasiado malintencionada y, por otro, a Thad siempre le había resultado más fácil vivir con la verdad que con una mentira. A la larga, por lo menos.

Lo cual, por supuesto, conducía a la cuestión de si la revista People y aquel «a la larga» tenían algo en común.

Bueno, ya era demasiado tarde para eso.

El tipo que había escrito el artículo era un tal Mike… al menos Thad recordaba el nombre, pero ¿Mike qué? Salvo que se fuera un conde que cuenta chismes sobre la aristocracia o una estrella de cine que cotillea sobre sus colegas de profesión, cuando se escribía un artículo para People el nombre aparecía al final del mismo. Thad tuvo que pasar cuatro páginas (dos de ellas de anuncios a toda plana) hasta dar con el nombre. Mike Donaldson. Mike y él se habían quedado levantados hasta tarde, charlando de mil cosas, y cuando Thad preguntó al periodista si le importaría a alguien, realmente, que hubiera escrito un puñado de libros bajo otro nombre, Donaldson había hecho una afirmación que le había provocado una carcajada.

—Los estudios de mercado muestran que la mayoría de lectores de People es muy reservada con sus cosas y lo compensa hurgando todo lo que puede en la vida de los demás. Querrán saberlo todo de tu amigo George.

—No es amigo mío —había replicado Thad, sin dejar de reír.

Se volvió hacia Liz, que estaba en la cocina, y le preguntó:

—¿Lo tienes todo, cariño? ¿Te ayudo?

—Estoy bien —respondió ella—. Solo preparaba la comida de los bebés. ¿Todavía no te has hartado de eso?

—Todavía no —respondió Thad con todo el descaro, mientras volvía a concentrarse en el artículo.

«Lo más difícil fue dar con el nombre —continúa Beaumont, que mordisquea ligeramente el lápiz—, pero era importante. Estaba seguro de que aquello podía funcionar. Estaba seguro de que rompería el bloqueo creativo con el que estaba luchando si daba con una identidad. Con una identidad adecuada, que fuera distinta de la mía.»

¿Cómo escogió a George Stark?

«Bien, existe un escritor de novelas policíacas llamado Donald E. Westlake —explica Beaumont—. Bajo su nombre real, Westlake utiliza el género policíaco para escribir esas divertidísimas comedias sociales sobre la vida y costumbres estadounidenses.

»Pero, desde principios de los sesenta hasta mediados de los setenta aproximadamente, Westlake escribió una serie de novelas bajo el nombre de Richard Stark. Son libros muy diferentes. Tratan de un hombre llamado Parker, que es ladrón profesional. No tiene pasado ni futuro, y en los mejores libros no muestra otro interés que el robo.

»Luego, por razones que habría que preguntar al propio Westlake, en un momento determinado dejó de escribir novelas sobre Parker. Sin embargo, yo no olvidé nunca una cosa que dijo el hombre cuando se desveló la existencia del seudónimo. Declaró que escribía los libros con su firma en los días de sol y que Stark se imponía en los lluviosos. Aquello me gustó porque eran tiempos tormentosos para mí, entre 1973 y principios de 1975.

»En el mejor de esos libros, Parker es más un autómata asesino que un hombre. En estas novelas se repite el tema del ladrón robado. Y Parker persigue a los malos (a los otros malos, me refiero) exactamente como lo haría un robot programado con un único objetivo. “Quiero mi dinero”, dice. Y esas son casi sus únicas palabras: “Quiero mi dinero, quiero mi dinero”. ¿No le recuerda a alguien?»

El entrevistador asiente. Beaumont está describiendo a Alexis Máquina, el personaje principal de la primera y la última novelas de George Stark.

«Si Vida de Máquina hubiera concluido como empezó, la habría guardado en un cajón para siempre —afirma Beaumont—. Publicarla habría sido un plagio. Pero cuando llevaba escrita una cuarta parte, la novela cogió su propio ritmo y todo se fue ordenando.»

El entrevistador pregunta si Beaumont está diciendo que, después de un tiempo trabajando en el libro, George Stark se había despertado y se había puesto a hablar.

«Sí —confirma Beaumont—. Algo muy parecido.»

Thad levantó la vista del artículo, a punto de echarse a reír otra vez pese a todos sus esfuerzos por evitarlo. Los gemelos lo miraron y le devolvieron la sonrisa tras el puré de guisantes que Liz les estaba dando. Lo que había dicho en realidad, como bien recordaba, había sido: «¡Vamos, eso es muy melodramático! ¡Hace usted que suene como esa escena de Frankenstein en que el rayo descarga por fin en la varilla de las almenas más altas del castillo y da vida al monstruo!».

—No podré terminar de darles de comer si no dejas eso —dijo Liz. Tenía una pequeña mancha de puré de guisantes en la punta de la nariz y Thad sintió el absurdo impulso de limpiársela con un beso.

—¿Dejar qué?

—Si tú te ríes, ellos se ríen. No hay modo de dar de comer a un niño cuando se ríe, Thad.

—Lo siento —respondió él, sumiso, al tiempo que guiñaba el ojo a los gemelos. Sus sonrisas idénticas, rodeadas de sendos círculos verdes, se ensancharon por un instante.

Thad bajó la vista y continuó leyendo.

«Empecé Vida de Máquina cuando escogí el nombre, en 1975. Pero esa misma noche sucedió otra cosa. Cuando me dispuse a empezar, coloqué un folio en el carro de la máquina… y volví a sacarlo inmediatamente. Yo he mecanografiado todas mis obras pero, al parecer, George Stark no se llevaba bien con las máquinas de escribir.»

De nuevo, la sonrisa se abre unos instantes.

«Tal vez porque no había clases de mecanografía en ninguno de los hoteles con rejas donde cumplió condena.»

Beaumont se refiere a la «biografía de cubierta» de George Stark, donde se dice que el autor tiene treinta y nueve años y que ha cumplido penas en tres cárceles distintas por incendio provocado, atraco a mano armada y atraco con intento de homicidio. No obstante, la biografía de cubierta solo es una parte de la historia; Beaumont también muestra una ficha de autor de la editorial Darwin Press que detalla la historia de su alter ego con la minuciosidad que solo un buen novelista podría sacar de la chistera. Desde su nacimiento en Manchester, New Hampshire, hasta su establecimiento final en Oxford, Mississippi, la ficha lo contiene todo salvo la inhumación de George Stark, seis semanas atrás, en el cementerio Tierra Natal de Castle Rock, Maine.

«Encontré una vieja libreta de notas en uno de los cajones del escritorio y utilicé eso. —Señala el tarro de cristal lleno de lápices y parece ligeramente sorprendido al descubrir que tiene uno en la mano que usa para señalar—. Me puse a escribir y no me enteré de nada más hasta que Liz vino a decirme que era medianoche y que cuándo pensaba acostarme.»

Liz Beaumont recuerda también esa noche. «Me desperté a las doce menos cuarto —dice—, vi que no estaba en la cama y pensé: “Estará escribiendo”, pero no oí la máquina y me asusté un poco.»

Su expresión sugería que había sido algo más que un pequeño sobresalto.

«Cuando bajé al despacho y le vi escribiendo a mano en el cuaderno, me quedé asombrada. —Se ríe—. Tenía la punta de la nariz casi rozando el papel.»

El entrevistador pregunta si se sintió aliviada.

Con voz suave, mesurada, Liz Beaumont asiente: «Muy aliviada».

«Volví las hojas de la libreta y observé que había escrito dieciséis páginas sin una sola corrección —cuenta Beaumont—, y que el sacapuntas había convertido tres cuartas partes de un lápiz recién estrenado en virutas. —Mira el tarro con una expresión que podría ser de melancolía o de velado humor—. Ahora que George ha muerto, supongo que debería tirar estos lápices. Yo no los uso. Lo he intentado, pero no funciona. No puedo trabajar sin una máquina de escribir. Se me cansa la mano y se me entorpece. A George nunca le pasaba.»

Levanta la vista y lanza un breve guiño enigmático.

—¿Cariño?

Thad levantó la mirada hacia su esposa, que seguía concentrada en conseguir que William engullera la última cucharada del puré de guisantes. El bebé parecía llevar buena parte de este en el babero.

—¿Qué?

—Mira hacia aquí un momento.

Ella lo hizo.

Thad le guiñó el ojo.

—¿Tan enigmático resulta?

—No, cariño.

—Ya me lo parecía.

El resto del relato constituye otro irónico capítulo en esa historia más extensa de lo que Thad Beaumont denomina «la novela se llena de tipos raros.»

Vida de Máquina fue publicada en junio de 1976 por la pequeña editorial Darwin Press (el Beaumont «real» publicaba sus obras en la Dutton) y se convirtió en el éxito inesperado del año, ya que alcanzó el primer puesto en las listas de ventas de costa a costa. Incluso se rodó una película basada en ella, que gozó de una gran acogida.

«Durante mucho tiempo esperé que alguien descubriera que yo era George y George era yo —dice Beaumont—. Los derechos de autor estaban registrados a nombre de George Stark, pero mi agente conocía la verdad, y también su esposa (ahora ex esposa, aunque sigue como socia de pleno derecho en el negocio) y, por supuesto, los altos ejecutivos y el interventor de Darwin Press. Este último tenía que saberlo, sin duda, puesto que George podía escribir novelas enteras a mano, pero tenía problemas para endosar un cheque. Por supuesto, también tenía que saberlo la oficina encargada de los derechos de autor. Así pu

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