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El viñedo de la luna

Carla Montero

Fragmento

 Prólogo. Octubre de 1943

Prólogo

Octubre de 1943

Enseguida le llamó la atención la puerta abierta de par en par. Estaba seguro de haberla dejado bien cerrada. Pierre Brocan, orgulloso maître de chai, acumulaba muchos años de experiencia y no cometía errores con un asunto tan serio. Acababan de vaciar el mosto fermentado de las cubas de aquella sala y hasta que no fueran a limpiarlas no quería que entrase nadie allí. Se trataba de una de las salas más antiguas de la bodega, con depósitos viejos, de boca estrecha, que no contaba con ventilación adecuada. Los restos de mosto fermentado podían generar todavía una cantidad de dióxido de carbono suficiente para desplazar todo el oxígeno del interior del depósito y asfixiar al que se aventurase cerca de él. Era muy peligroso. Él no se la jugaba con esas cosas. Si alguien había abierto esa puerta tendría que ponerse muy serio con el culpable.

Se aproximó al acceso portando una vela encendida por seguridad. Comprobó aliviado que la llama no se extinguía. El lugar debía de llevar un tiempo abierto y ventilando y parecía haber oxígeno suficiente en el aire. Entonces, vio la escalera apoyada en uno de los depósitos. Eso sí que era extraño. Claramente, alguien había estado husmeando por allí. ¿Quién podría ser el insensato?

Prendió la tenue iluminación eléctrica y, aferrado a la vela y a su llama temblorosa, se aventuró hacia el interior con un mal presentimiento amargándole en la boca. No, esa escalera no debía estar ahí. Subió los peldaños con el corazón acelerado, los músculos en tensión y la vista en la llama. La muerte dulce, la llamaban. Podría caer ahí mismo fulminado sin darse cuenta. Dormirse hasta morir.

Una vez hubo alcanzado la plataforma, se asomó al interior de la cuba. Al principio, sus pupilas contraídas no distinguieron nada en aquel fondo oscuro como la boca del lobo. Mas, poco a poco, el espanto se perfiló ante sus ojos.

Un hombre yacía bocarriba, semienterrado en la pasta viscosa de hollejos, pepitas y pulpa de las uvas. Entre las lías gordas y espesas, distinguió su rostro hinchado y amoratado y reconoció su uniforme. Su uniforme alemán.

Pierre permaneció inmóvil, con la vista clavada en el cuerpo, presa de una fascinación morbosa. Seguramente el boche estaba muerto, pocos escapaban a la muerte dulce. Pero si aún le quedaba un hálito de vida, no sería él quien moviera un dedo para salvársela. Bien muerto estaba aquel bastardo.

El maître de chai bajó con parsimonia las escaleras. Lo único que lamentaba en aquel momento era la cantidad de problemas que se les vendrían encima. Lo único que temía eran las consecuencias que esto tendría para la bodega. Y para madame.

Septiembre de 1939

Auguste de Fonneuve, marqués de Montauban, se adentró en la penumbra de la bodega. Hacía ya varios años que había instalado un circuito eléctrico para llevar luz a unas cuantas bombillas, pero en aquel intrincado laberinto de túneles muchos rincones permanecían sin iluminar. Uno de ellos era el que el marqués llamaba «la Cripta».

Allí se dirigía, más guiado por la intuición de quien conoce bien el camino que por la lámpara de petróleo que colgaba de su mano. A su paso, la llama azul y vacilante iba dejando un reguero de claroscuros sobre los antiguos muros de piedra, sobre las grandes barricas de madera como gigantes dormidos y sobre el suelo terroso que crujía con suavidad bajo sus pies.

Al llegar frente a una cancela cubierta de herrumbre, sacó una gran llave del bolsillo de su chaqueta y la introdujo en la cerradura, que, recién engrasada, cedió sin chistar. No se podía decir lo mismo de los goznes, los cuales profanaron el silencio sepulcral de aquel lugar con un prolongado chirrido. Tenía que acordarse de engrasarlos también.

La Cripta, situada al fondo de la bodega tras unos toneles, era el único resto de una capilla románica del siglo XII que el duque de Borgoña Hugo III había mandado erigir a su regreso de Tierra Santa. Se trataba de un espacio estrecho y de techos abovedados tan bajos que una persona muy alta no hubiera podido erguirse en su interior. Auguste no lo era y, con todo, la tosca mampostería le rozó el cabello ya escaso de la coronilla. El marqués se sentó en un tocón que había sido la muela de un molino y que, aunque le había servido de asiento desde que tenía memoria, no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí. Dejó el candil a su lado en el suelo y abarcó con la vista el panorama familiar.

Pese a su nombre, la Cripta no albergaba tumba ni sarcófago alguno, sino botellas de vino que reposaban apiladas en oquedades como nichos, cubiertas por una gruesa capa de polvo y telarañas. Trescientas setenta y tres botellas, ni una más ni una menos, de los mejores vinos que había dado Francia, llevaban años allí dormidas sin que nada alterase su sueño. Todas hubieran podido contar una historia. Unas, por viejas; las había que se remontaban a antes de 1871, cuando la filoxera llegó al país y hubo que arrancar las viejas vides francesas y sustituirlas por otras americanas para combatir aquella horrible plaga que estaba acabando con los viñedos; se trataba de las únicas botellas de auténtico vino francés. Otras, por excepcionales, porque pertenecían a las mejores añadas y a los mejores viñedos de Burdeos, Borgoña, Champagne, el valle del Loira… Algunas, porque eran especiales para el linaje de los marqueses de Montauban: las de la primera cosecha en 1827, las del año en el que Auguste contrajo matrimonio, las de cuando nacieron sus hijos…

Todas tenían un motivo para ser singulares. Pero, entre ellas, había ocho botellas a las que Auguste tenía en especial estima.

Con la vista fija en las bases de vidrio redondas y sucias que asomaban por la oscura cavidad en la que reposaban, el marqués de Montauban sonrió. Siempre le había fascinado la historia de aquellos vinos desde que su padre se la contara siendo él sólo un niño de siete años que ya disfrutaba de un sorbo de vino dulce después de comer.

Auguste se sabía la lista de memoria. Un madeira de 1846, un jerez de 1821, un borgoña Chambertin de 1846, un champán Roederer y cuatro burdeos: un Château Margaux, un Château Latour y un Château d’Yquem, todos de 1847, y un Château Lafite de 1848. Los vinos de los tres emperadores.

Aquel tesoro de valor incalculable reposaba intacto en su morada, arropado por el tiempo y la calma de la Cripta.

—Padre…

Auguste, que empezaba a sumergirse una vez más en el recuerdo de la fascinante historia de aquellos vinos, se sobresaltó ante semejante interpelación que, aunque suave, lo sacaba de repente de la nebulosa de sus reflexiones. Se volvió.

—Octave. No te he oído llegar.

—Siento si te he asustado. Se te veía tan ensimismado que no sabía cómo…

Auguste se levantó y abrazó a su hijo, quien, más alto que él, se encorvaba ligeramente bajo el techo de la Cripta. Fue un abrazo largo, amoroso, cálido en aquel ambiente fresco y húmedo que había enfriado sus manos y la punta de su nariz.

—No te preocupes. Me alegro mucho de que hayas vuelto a casa.

—Sabía que te encontraría aquí. Siempre te refugias en este lugar cuando algo te inquieta.

Auguste esbozó una sonrisa triste.

—Es cierto que este lugar me devuelve la calma. La misma luz, la misma temperatura, el mismo aire y las mismas botellas. Todo estático e inalterable, ajeno a la locura del mundo, ahí arriba. Al menos, hasta ahora.

Auguste sacudió la cabeza. En veinte años, no había podido olvidar los horrores de la guerra; la penuria de las trincheras, lo salvaje del combate, los rostros de los compañeros abatidos, los del enemigo.

—Ya combatimos la guerra que iba a acabar con todas las guerras. Eso dijeron. Y, ahora, ¿otra vez? Dios bendito…

—No puede durar. Todo es un gran farol de Hitler. No tiene sentido pensar que puede enfrentarse al resto de Europa y ganar. En cuanto llegue a la línea Maginot, le haremos dar la vuelta, ya lo verás.

«Lo mismo creíamos en 1914», pensó Auguste, pero se abstuvo de compartir su pesimismo con quien tenía que partir para el frente. Por experiencia propia, sabía que, en ocasiones, era mejor para el ánimo sucumbir al engaño de la falsa esperanza.

—Lo que siento es no estar para la vendimia —se lamentó Octave.

—Ay, la vendimia de este año… Ya me has oído decirlo más de una vez: la naturaleza también sufre a cuenta nuestra. ¿No somos un todo, al fin y al cabo? Por eso, será mala la cosecha del año en el que empieza una guerra y buena la del que termina. Esta es la altura en la que la uva se encuentra aún lejos de estar en su punto, ni siquiera en las parcelas de habitual más precoces. No sé cuándo podremos vendimiar. Y como enfríe mucho el tiempo, ya metidos en otoño… No, éste no va a ser un buen año.

Octave observó con preocupación el estado de abatimiento de su padre. De ordinario, el marqués se caracterizaba por ser un hombre enérgico, de aspecto imponente y de talante animoso. En aquel instante, se mostraba físicamente encorvado por el peso de los años y las tribulaciones. Si bien, ¿qué otra cosa podía esperarse de alguien que había sobrevivido a una guerra devastadora y ahora se encontraba a las puertas de otra de consecuencias inciertas?

Con el estómago encogido, el joven pensó que ojalá las circunstancias hubieran sido más propicias a la noticia que traía consigo.

Auguste se dio cuenta de que el gesto de Octave se tornaba grave y tenso, y de que su hijo escondía las manos detrás de la espalda; siempre lo hacía cuando estaba nervioso. El marqués frunció el ceño.

—Padre… —su voz brotó ahogada, aún más desentonada e infantil de lo habitual—. Yo… Tengo algo muy importante que decirte.

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Aldara se sentía abrumada. Incluso notaba el estómago algo revuelto a causa de los nervios. Se secó las palmas sudorosas de las manos en la falda del vestido e inmediatamente se maldijo por su torpeza. Sólo le faltaba haber manchado la delicada tela de seda. Por suerte, no vio rastro alguno en el tejido. Sin embargo, estaba claro que ella no estaba acostumbrada a llevar prendas tan refinadas. Todo el mundo se daría cuenta.

Observó su reflejo en un gran espejo de marco dorado que había sobre la chimenea, en cuyo hogar casi hubiera cabido ella de pie. Constató que se trataba de un vestido maravilloso, un corte camisero sin mangas de un color azul porcelana que hacía juego con sus ojos y destacaba su piel bronceada y su cabello oscuro. Además, le sentaba como un guante a su figura alta y delgada, en la que ella siempre echaba de menos más busto y más caderas, como las que lucían las actrices de cine americanas. Aquel vestido ya le había encantado desde el primer momento en que lo vio expuesto en aquel escaparate de una boutique de Lyon, ciudad que años atrás había resultado ser la capital mundial de la seda. Aunque la ciudad entonces había perdido gran parte de ese esplendor, todavía conservaba algunos telares artesanales que confeccionaban maravillas como aquel tafetán que crujía suavemente a cada uno de sus movimientos.

¿Se darían cuenta de que era la primera vez que ella llevaba un vestido tan exquisito como aquél? ¿Se darían cuenta de que ella no era quien decía ser? En aquel instante de temor, se sentía expuesta en todas sus falsedades. No debería haber llevado aquel arrebato tan lejos. Era una locura. ¿Sería en verdad el amor lo que le había nublado el juicio o había sido otro sentimiento mucho menos noble? La mera posibilidad le encogía el estómago. En el reflejo de su propia imagen vislumbraba recovecos tan oscuros…

Con un resoplido se apartó del espejo y se acercó al gran balcón. En aquel salón todo era grande y estaba pensado para impresionar por la riqueza de sus materiales: los techos altos decorados con molduras y plafones que lucían las iniciales del propietario, las lámparas de cristal tallado, las alfombras de fina urdimbre, los muebles de maderas nobles, las cortinas de damasco, los cuadros dignos de museo…

Una vasta extensión de terreno se desplegaba ante sus ojos: primero, la explanada de gravilla que precedía al jardín, el cual consistía en un conjunto ordenado de árboles centenarios, arbustos bien recortados, parterres de flores y un estanque rodeado de estatuas. Inmediatamente después, empezaba el viñedo: una gran extensión de vides plantadas en perfectas hileras, frondosas y cargadas de racimos en aquella época del año, y que se asemejaba a una colcha verde y mullida. Al fondo, los tejados de las pequeñas localidades circundantes entre las que destacaba la ciudad de Beaune, la capital del vino de Borgoña. Y, más allá, en el horizonte, en aquel día claro y despejado, se podían vislumbrar incluso las puntas más altas de la cordillera de los Alpes. La situación privilegiada del château, en lo alto de una colina, permitía aquellas vistas que quitaban el habla.

Cuando Aldara oyó la palabra château, «castillo» en francés, lo primero que le vino a la mente fue una recia construcción medieval con torres, almenas y foso. Sin embargo, el lugar en el que se hallaba no tenía nada que ver con aquello. Se trataba, por el contrario, de un elegante edificio construido a finales del siglo XVIII, compuesto por un pabellón central y otros dos laterales. Todo ello formaba un conjunto de color claro que contrastaba con los oscuros tejados de pizarra y que estaba sobriamente adornado por elementos neoclásicos como frontones sobre las ventanas, una columnata en la entrada y el escudo nobiliario sobre ella. A aquel palacio, tan francés, se sumaban una capilla, los establos y las bodegas. Aquel complejo, sumado a más de ochenta hectáreas de terreno, componía el llamado Domaine de Clair de Lune.

El Domaine de Clair de Lune era, de hecho, una de las propiedades vinícolas más importantes de la Côte d’Or, la gran región productora de algunos de los mundialmente afamados vinos de Borgoña. En su camino hacia allí, mientras el automóvil surcaba con la capota abierta los viñedos, Aldara había oído hablar de climats, grand cru, pinot noir… Todo resultaba demasiado extraño y complicado. Así que, finalmente, había cerrado los ojos y se había dedicado a disfrutar de la brisa y el sol en la cara.

Claro que, ahora, en el corazón de aquel lugar, se preguntaba con desasosiego qué pintaba ella allí, temiendo haberse dejado llevar por el arrebato y la precipitación, por un espejismo que se había ido desvaneciendo nada más cruzar la imponente cancela del Domaine de Clair de Lune.

El chasquido de la manija de la puerta casi le hizo dar un brinco dado el estado de nervios en que se encontraba. Se volvió.

—Aldara…

Octave, con una sonrisa no menos tensa que la suya propia, se acercó a ella y la cogió suavemente de la mano. Sin embargo, a quien Aldara miraba por encima del hombro del joven era a la imponente figura que aguardaba tras él. Un hombre elegante, de cabello canoso y ralo pegado al cráneo, cuyos labios apretados parecían desaparecer bajo un fino bigote negro; sus ojos claros eran grandes, de mirada penetrante. En conjunto, su expresión no resultaba en absoluto afable. Vestía con formalidad un traje de chaqueta con chaleco, camisa almidonada y corbata; la cadena de un reloj brillaba sobre la tela gris de su atuendo.

Guiada por Octave, llegó hasta él. Tragó saliva. Se esforzó en mantener la sonrisa.

—Padre, te presento a Aldara Saurí. Mi esposa.

Aldara le tendió la mano confiando en que no se notase que le temblaba.

—Es un placer conocerle al fin, señor marqués —saludó en un francés perfecto.

El hombre le estrechó brevemente la mano, mas no pronunció palabra alguna ni alteró el gesto.

—Aunque ahora debería decir Aldara de Fonneuve, ¿no es cierto? No termino de acostumbrarme—. Octave emitió una risilla que sonó a chirrido metálico.

Su torpe intento por destensar el ambiente había resultado en balde.

Aldara sintió que el marqués, todavía mudo e impasible, la escrutaba como si quisiera traspasarla con la mirada, como si pretendiera conocer su pasado y dilucidar sus intenciones antes de que ella pudiera engañarle. Finalmente, como todo el mundo acababa haciendo, se detuvo en su cicatriz, aquel surco que le recorría la mejilla izquierda desde cerca de la comisura de los labios hasta la oreja.

—¿Cómo se hizo esa cicatriz?

Al contrario que la de su hijo, la voz del marqués resonó grave y profunda como la de un ogro.

Octave carraspeó intentando así deshacerse de su desasosiego. Apretó la mano de su esposa. Quiso intervenir en su defensa, pero en tanto se hacía con el valor para ello, Aldara, sin un ápice de vacilación, respondió:

—Bombardearon nuestro automóvil cuando nos dirigíamos a atravesar la frontera. Yo iba junto a la ventana y un pedazo de cristal me rasgó la cara.

—Aldara es española. Llegó a Francia huyendo de la Guerra Civil —se apresuró a aclarar Octave.

Hasta entonces, y pese a la insistencia de su padre durante el breve trayecto desde la bodega hasta la mansión, no le había querido anticipar una palabra sobre la importante noticia que tenía que darle. Ni que en el salón aguardaba una mujer que era su esposa, ni quién era ella, ni cuáles habían sido las circunstancias de aquel matrimonio precipitado. Octave se había convencido a sí mismo de que era una buena idea sorprenderle; en realidad, lo que estaba era muerto de miedo y creyó que, soltando la bomba delante de ella, el marqués se abstendría de montar una escena y todo sería más fácil. Craso error.

Auguste lo miró con dureza.

—Octave, tengo que hablar contigo. En privado.

El joven asintió y se dirigió a su esposa, contrito.

—Si nos disculpas. No tardaré…

Hubiera deseado abrazarla, rogarle que no se preocupase porque todo iba a salir bien, porque su padre, aunque severo e impresionado por la noticia, era un buen hombre. Hubiera deseado besarla y decirle que la quería.

Sin embargo, ante la presencia apremiante e intimidante de Auguste, el joven se limitó a acariciarle la mano antes de soltársela para después abandonar el salón, escoltado por su padre como un reo.

Una vez sola, Aldara sintió que le flaqueaban las piernas y buscó asiento. Escondió el rostro entre las manos. Había cometido una gran equivocación al casarse con Octave. Ella no pertenecía a aquel lugar ni a aquel ambiente. Todo en ella era una farsa que no tardaría en descubrirse. ¿Qué ocurriría entonces? Aquella aventura inconsciente no podía acabar bien para ninguno de los dos. Y, encima, la guerra estaba a punto de separarlos.

Alzó el rostro enrojecido y miró hacia la puerta. ¿Estaría aún a tiempo de marcharse y deshacer el camino andado hasta allí? ¿Estaría a tiempo de enmendar aquel despropósito?

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—Pero ¿tú has perdido la cabeza? ¿Cómo se te ha ocurrido casarte así, sin más? ¿Cómo se te ha ocurrido meter a una desconocida en esta casa y en esta familia sin ni siquiera consultármelo? ¿En qué demonios estabas pensando, Octave?

Parapetado tras el escritorio de su despacho como un toro tras el toril, Auguste de Fonneuve apenas podía contener el tono de voz y su ira parecía escaparse por cada uno de los poros de su rostro congestionado.

Octave, a quien siempre habían amedrantado los arranques de genio de su padre, no se arredró aquella vez. Se tragó el miedo, como si tragara una nuez atascada en la garganta, y respondió con aplomo:

—En que estoy enamorado de ella. En que, por primera vez en la vida, sé, sin atisbo de duda, que Aldara es la mujer con la que deseo pasar el resto de mis días. En que pasado mañana parto para el frente y, si Dios quiere que no regrese, al menos moriré feliz sabiendo que la he hecho mi esposa.

—¿Y te has parado a pensar que si tal desgracia sucediera ella se convertiría en mi responsabilidad?

—¿Eso es todo lo que te preocupa si yo muero? Pues no te angusties, padre, que ahora mismo Aldara y yo nos marchamos de aquí para no ser una carga.

—¡No te pongas dramático, que no es ésa la cuestión!

Auguste resopló como una fiera. Cogió la licorera que había sobre la mesa y un par de vasos y sirvió en ambos una buena cantidad de coñac. El marqués dio un sorbo. Su hijo, en cambio, apuró de un trago cuanto le había servido.

—¿Todo este apresuramiento no se deberá a que la joven está encinta? —espetó de repente Auguste.

—¡No! ¡Estoy enamorado de ella! ¿Tanto te cuesta entenderlo?

—¡Señor! Cuando uno es joven se enamora todos los días de una chica diferente. Eso está bien, ¡es natural! La llevas a bailar, te diviertes con ella, la besas… Pero ¡no te casas si no es la adecuada! ¿Cómo sabes si ella es la adecuada, eh? ¡No la conoces! ¿Es virgen?

—¡Padre, por Dios! Cómo quieres… Pues sí… Sí que lo es… —Octave carraspeó—. Lo era…

El joven notó las mejillas ardiendo y se supo colorado. Aquello le resultaba muy humillante. Se sirvió un nuevo trago.

—Escucha, hijo, sabes que siempre ha sido mi deseo que te cases y perpetúes el linaje de los Montauban. Yo mismo te he propuesto excelentes candidatas, jovencitas hermosas y de buenas y conocidas familias, cada una con múltiples dones para ser la esposa ideal. Todas ellas, deseosas de que las hubieras escogido como tal.

—Todas ellas deseosas de mi fortuna y mi posición, no te equivoques, padre. ¿Acaso crees que no me daba cuenta de que bajo sus cínicas atenciones me despreciaban por mi apariencia y se burlaban de mí, de mi voz y de mis maneras?

Auguste meneó la cabeza. «Ya estamos otra vez», pensó. Tenía que admitir que su hijo no era un adonis. Había sido un niño enfermizo y débil y un adolescente desgarbado que fue objeto del acoso y las burlas de sus compañeros de escuela. Incluso, siendo estudiante universitario, sufrió las bromas más pesadas a cuenta de su apariencia. «Rata», «espantapájaros», «marica»… eran algunos de los adjetivos que recibía por ser demasiado alto y demasiado delgado, demasiado pálido y demasiado rubio, por su rostro fino y alargado en el que destacaban unas orejas, una nariz y unos incisivos demasiado grandes. Su voz atiplada y sus maneras delicadas no contribuían a mejorar el conjunto. Sin embargo, a Auguste se le ocurrían tipos mucho más desagradables, sobre todo por dentro. Porque desde luego que Dios había compensado con creces la escasez de atributos físicos otorgados a su hijo con otros dones mucho más valiosos. Y es que Octave era un hombre inteligente, compasivo, afectuoso, noble; una gran persona, en definitiva. Lástima que la carga de su aspecto le hubiera convertido en alguien inseguro y acomplejado. Y mucho se temía que aquella mujer que acababa de presentarle como su nuera fuera una buscona que se hubiera aprovechado de ello para echar las garras sobre el muchacho.

—Aldara es la única mujer que me quiere por cómo soy —adujo el chico como si hubiera escuchado los pensamientos de su padre.

—Pero más allá de que te quiera, ¿qué sabes de ella? Por el amor de Dios, Octave, ¿quién es esa mujer que en dos días has hecho tu esposa?

Octave se incorporó con ánimo renovado desde las profundidades de su asiento. Estaba deseando relatarle las maravillas de Aldara a su padre.

—Como te he dicho, es española. Y de buena familia, si es eso todo lo que te preocupa. Tú mismo has podido comprobar que además de bella, tiene clase. Es elegante y educada, muy culta. Ya has visto que habla perfectamente nuestro idioma.

—Sí, admito que me ha sorprendido. Apenas hay rastro de acento en su voz.

Octave explicó que el padre de Aldara era catedrático de francés en la Universidad de Salamanca. Cuando estalló la guerra en España, los nacionales partidarios del general Franco lo ejecutaron acusándolo de masón. Ella y su madre se salvaron porque se encontraban en Madrid, pasando las vacaciones en casa de una tía. Tuvieron que quedarse en la ciudad sitiada y sometida a continuos bombardeos. Cuando el ejército sublevado tomó la capital, lograron huir. Viajaron primero a Valencia y, después, a Barcelona, desde donde habían cruzado la frontera con Francia en enero de ese mismo año.

—Ya has leído en la prensa sobre los padecimientos de los refugiados, no necesito contarte más. Aldara los sufrió en primera persona: el hambre, el frío, las enfermedades, los bombardeos… La pobre perdió a su madre a los dos días de pasar la frontera. Murió en sus brazos, víctima de una neumonía. Sin tiempo apenas para llorar su pérdida, la metieron en un tren con destino a Clermont-Ferrand, donde ha estado viviendo estos últimos meses, en la prisión Gribeauval, que ahora es un centro para refugiados. Allí fue donde yo la conocí.

—¿En una prisión?

—No, en una mercería.

—¿Y qué demonios hacías tú en una mercería de Clermont-Ferrand?

—Fue Dios quien me llevó hasta allí, no hay otra explicación. Dios quería que me encontrase con ella. —Con el semblante soñador, Octave se miró el puño de la camisa—. Dios y un botón.

Ante aquel sinsentido, Auguste se removió impaciente en la silla.

—¿Qué tontería es esa de un botón? Explícate, hijo.

—A mi regreso de visitar la bodega de Labastide, me detuve en Clermont-Ferrand a hacer noche y allí me di cuenta de que había perdido el botón de un puño de la única camisa que me quedaba limpia. De modo que se me ocurrió ir a una mercería a ver si hacían el favor de cosérmelo. Y, estando allí, llegó ella. Iba a entregar unos arreglos.

—¿Unos arreglos?

—Sí, las refugiadas de Gribeauval hacen trabajos de costura para ganarse unos francos. Aldara los llevaba de vuelta. Entonces, la mercera, aprovechando su providencial presencia, le pidió que me cosiera el botón allí mismo. Fue verla, fue que me tomase el puño para coserle el botón, y ya no me la pude quitar de la cabeza. Nunca me había sucedido nada igual…

—Ya, ya… —atajó Auguste con impaciencia.

Octave sabía que a su padre le incomodaban las sensiblerías. Tampoco es que él se sintiera muy cómodo detallando los pormenores de cómo había conocido a la mujer de sus sueños, de las emociones únicas que había experimentado en ese momento. Eso se lo reservaba para él. Sólo con recordarlo le brotó una sonrisa bobalicona. La misma que seguramente lucía cuando le preguntó a la mercera quién era aquella chica y si volvería por allí. La mujer le respondió que solía pasarse cada dos o tres días para recoger nuevos trabajos y entregar los terminados. Dos o tres días… Le parecieron una eternidad. Para entonces, él ya no estaría en la ciudad. Tenía que reemprender el camino a casa. Sin embargo, no podía marcharse sin volver a verla. En un arranque de decisión e improvisación impropios de él, regresó al hotel, se descosió el botón del otro puño y se quedó en la ciudad, rondando la mercería y confiando en que la chica se presentase. Lo hizo al tercer día. Y, tras ella, entró él con el botón en la mano. Por un momento, estuvo seguro de que la mercera se había percatado de su treta, pero por suerte no lo delató. La joven volvió a tomarle el puño; mientras cosía se encontraba cerca, muy cerca de él, tanto que Octave escuchaba su respiración y percibía su aroma cálido e indefinido, reconfortante como el aroma de la lluvia, del fuego en la chimenea o de la hierba recién cortada. Cada una de las puntadas de Aldara sobre el puño de su camisa se le antojaron como el tictac de un reloj en su cuenta atrás. Tenía que hacer algo antes de que terminase y la perdiese para siempre. Sólo se le ocurrió preguntarle por un buen sitio para comer. Ella le habló de un local cercano. «Está limpio y la comida es casera. Además, no es caro», le dijo. Entonces terminó de coser. Él le dio las gracias y le pagó el trabajo como la última vez, añadiendo algunas monedas más. Se dispuso a irse. No quería hacerlo, pero ¿qué otra excusa podía retenerlo allí? Agarró el pomo de la puerta, aunque se detuvo antes de empujarlo. Se volvió. Y, armándose de valor, le preguntó: «¿Tiene usted hambre? ¿Le gustaría acompañarme?». O algo así; estaba tan nervioso que ni recordaba lo que dijo. Sólo podía asegurar que balbuceó y trastabilló, que le hizo la misma pregunta dos veces. Ella no respondió al instante. También parecía cohibida. Por un momento, miró de reojo a la mercera, como si buscase la aprobación de una autoridad. Finalmente, tras un lapso que sería de segundos, pero que a él se le hicieron siglos, sonrió y dijo: «Sí, me gustaría acompañarlo».

Octave saboreó el recuerdo dulce de aquellas palabras. Le parecía estar viendo la sonrisa tímida de Aldara y la de arrobo de la mercera tras el mostrador, quien, sin duda, se trataba de una romántica empedernida que no había perdido ripio de la escena. Una semana después, no pudieron por menos que hacerla testigo del enlace.

Saliendo de su ensimismamiento, se dirigió a su padre con la misma sonrisa boba y una breve certeza:

—Fue un botón, padre, un simple botón. Dime si eso no es la Providencia.

—Y dale con el dichoso botón. Un condenado botón no explica cómo un encuentro fortuito te lleva a convertir a una desconocida en tu esposa. ¡El matrimonio es algo mucho más serio que un instante de embeleso!

Octave suspiró.

—Admito que he obrado con precipitación, que no he hecho bien casándome sin consultarte antes. Y te pido perdón por ello.

Al joven no se le pasaba por alto cómo le hubiera gustado a su padre que se hicieran las cosas. Según el rígido y anticuado criterio del marqués, lo correcto hubiera sido que la pareja se carteara durante meses; al cabo, invitarían a la joven a visitarlos para obtener su aprobación y, después, continuarían algún tiempo con el cortejo, al menos un año más. Por último, tendría lugar la visita al párroco, las amonestaciones durante tres semanas consecutivas y una fastuosa boda digna de la casa de Montauban.

—Pero, padre, dentro de dos días, la vida que ahora conocemos se suspende hasta Dios sabe cuándo. Yo no podía marcharme de Clermont-Ferrand y dejarla allí, sabiendo que quizá no volvería a verla. Ella es una refugiada, su situación aquí pendía de un hilo, de que a las autoridades francesas no se les ocurriese invitarla a abandonar el país. Ni siquiera tenía la documentación necesaria para circular fuera de la ciudad.

—Lo que me demuestra que la que más tiene que ganar con este arreglo es ella. Por lo pronto, esa cicatriz…

—¡Por Dios, padre! ¿Cómo se te ha ocurrido preguntarle por ella, así, de sopetón? Ha sido tan embarazoso…

—¡Esa cicatriz! —interrumpió el marqués las protestas de su hijo—. Dudo mucho que se la hiciera, como ella afirma, a causa de un bombardeo. Desgraciadamente, yo he tenido la ocasión de ver numerosas heridas producto de las bombas y la metralla y, créeme, no son tan limpias como esa, que parece más bien causada por una hoja afilada.

Octave renunció a enzarzarse con su padre en un debate estéril sobre la cicatriz de Aldara. ¿Qué demonios importaba eso ahora? Aquella conversación empezaba a cansarle. Ya no tenía sentido seguir dándoles vueltas a las mismas cosas, de modo que hizo por zanjarla.

—Está bien. No te pido que confíes en ella porque no la conoces. Pero te ruego que confíes en mí. Hasta ahora no te he defraudado, ¿no es cierto? Dame tiempo, danos tiempo para demostrarte que, pese a la precipitación, no ha habido error. Acabarás queriéndola como a una hija. Es imposible no quererla.

Auguste vaciló. Se debatió un instante entre continuar exponiendo su completo desacuerdo con la situación o morderse la lengua. En realidad, ya estaba todo dicho y los hechos, consumados. Finalmente, emitió un gruñido por toda forma de asentimiento.

Octave se levantó del asiento.

—Ahora, si me disculpas, voy a regresar con mi mujer. Seguramente, esté muy disgustada después de un recibimiento tan… poco amable.

El marqués lo despidió en silencio, haciendo un displicente gesto con la mano.

Una vez que su hijo le hubo dejado solo, volvió a servirse de la botella de coñac y sacó un purito de la caja de madera que siempre tenía sobre la mesa. Mientras disfrutaba del tabaco y la bebida y notaba cómo empezaban a sosegarle, contempló el retrato de su difunta esposa. Ella le observaba solemne desde el marco de plata. Lucienne siempre había sido una mujer muy solemne. También guapa y elegante, perfecta para lucir en sociedad. Pero extremadamente caprichosa y con tendencia a la melancolía y el ensimismamiento. La había querido, sí, muy al principio, cuando la pasión aún sostenía el amor. Pero la relación no tardó en desgastarse y Auguste nunca llegó a encontrar en ella a una auténtica compañera en la que apoyarse. Seguramente, tampoco él llegara a ser el compañero ideal para Lucienne.

No quería una esposa como ella para Octave. Ni una madre como ella para sus nietos. Quizá eso era lo que más le asustaba de haber perdido el control sobre el matrimonio de su hijo. Porque si Lucienne no había sido una buena esposa para Auguste, tampoco había sido una buena madre para Octave. Exigente, puntillosa, desapegada, desdeñosa… Parte de los complejos y la inseguridad del chico se debían a la relación con su madre. Y parte de su fortaleza, también, a base de crecerse frente a ella, eso tenía que admitirlo.

Abrió entonces uno de los cajones del escritorio y, del fondo de una pila de documentos sacó otra fotografía. Su hermana Marguerite le sonrió desde el papel satinado. Joven y hermosa entre las buganvillas. Tenía el cabello suelto e impregnado de sal y la piel tostada por el sol. Claro que eso no se apreciaba en la imagen de color sepia, pero Auguste lo sabía, podía recordarla más allá de la impresión de la fotografía. Seguramente Marguerite le habría aconsejado que permitiera al muchacho dejarse llevar por la pasión porque la vida era demasiado corta para tomársela muy en serio. Su hermana siempre había sido una cabeza loca… Devolvió la fotografía a su lugar.

Lucienne, no obstante, seguía observándolo. Casi parecía pedirle explicaciones, recriminarle que aquel era un disgusto que podría haberse ahorrado si hubiera obrado con rectitud desde el primer momento. «Ningún hijo mío haría algo semejante», le habría echado en cara.

—Cosas peores, Lucienne, cosas peores ha hecho un hijo tuyo, ya lo ves —murmuró Auguste.

El marqués dio una calada a su cigarro y venció el marco sobre la mesa.

Aunque sólo fuera por llevarle la contraria a su esposa, debería apoyar a Octave como siempre había hecho. Además, el chico tenía razón: en dos días, la vida tal y como la conocían quedaría interrumpida. Y ojalá que la tragedia no llamase a la puerta de los Montauban.

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Aldara no podía dormir. Aquella cama grande y aquellas sábanas suaves sólo conseguían agobiarla. Y la habitación inmensa y la oscuridad inquietante y el silencio absoluto… Intentó no dar muchas vueltas para no despertar a Octave, que descansaba plácidamente a su lado. Al final, desesperada, se levantó.

Fuera de la colcha, sintió un escalofrío y se cubrió con una bata; de seda, como casi todo el ajuar que Octave le había regalado durante su pequeña luna de miel en Lyon. Se aproximó al balcón. Desde que había llegado, sólo buscaba asomarse a las ventanas como un pájaro enjaulado. Por el cristal entreabierto se colaba la brisa húmeda y fresca de la noche. Lo cierto era que hacía demasiado frío para la época del año, a final del verano. Por eso no se había podido vendimiar todavía, le había explicado Octave, porque con las bajas temperaturas y las lluvias del estío la uva no había concentrado suficiente azúcar. Al parecer, los viticultores, y todo el mundo en una zona que dependía de las uvas y el vino, estaban preocupados porque no iban a poder vendimiar antes de que los hombres partiesen para el frente y comenzasen los combates.

Antes de que los hombres partiesen al frente. Antes de que Octave partiese al frente. Se le encogía el estómago sólo de pensarlo.

Sentía que si Octave se iba, se llevaría con él aquel ensueño en el que se hallaba inmersa. Y el engaño quedaría finalmente expuesto sin los mimbres que lo sustentaban. ¿Cuánto podría ella mantenerlo? Había sido una tonta al no pensar en eso antes de enredarse en él. Había sido una tonta al no pensar en que el matrimonio va mucho más allá de la luna de miel…

¿Qué haría ella a partir de ese momento? ¿Qué haría sola en aquel lugar extraño, rodeada de gente extraña, teniendo siempre que fingir ser quien no era? ¿Cuánto tiempo tardaría su pasado en darle caza y que todo se viniera abajo?

Ella no tenía ni idea de uvas ni de vinos ni de nada de eso. Tampoco podría dedicar sus días a hacer lo único que sabía hacer, pues en una casa con tres doncellas, dos cocineras y un mayordomo, ¿qué sentido tendría limpiar, cocinar o remendar? No podía imaginarse cómo pasaría los días en aquel caserón bajo la atenta vigilancia de su adusto suegro. Pensaba en la cena de esa misma noche y se estremecía al aventurar que todas a partir de entonces serían así, o peor, sin la presencia tranquilizadora de Octave.

¡Qué cena, señor! Los tres sentados a una mesa en la que hubieran cabido otras once personas. Las cortinas echadas, las luces tenues y la conversación tensa. Sobre todo, al principio, cuando nadie quería abordar los temas que parecían flotar como espectros sobre la mesa: la guerra, Aldara, la boda que no había sido boda. Por suerte, al final, padre e hijo encontraron algo sobre lo que conversar: algo acerca de un viñedo en Armañac que estaban interesados en comprar y un congreso de vinos en Bad Kreuznach, que había terminado de mala manera con todos los asistentes desalojados. Padre e hijo coincidían en que había sido una idea nefasta reunir a representantes del mundo del vino procedentes de veinticinco países en Alemania el 20 de agosto, a menos de dos semanas de que Hitler atacara Polonia. El marqués clamó a viva voz la vergüenza del suceso y cómo se había sentido prácticamente deportado. Aldara podía imaginárselo vociferando en la frontera.

Por fin, ella pudo concentrarse no ya en comer, pues no había podido probar bocado, sino al menos en juguetear con la comida sin sentirse observada. Entretanto, escuchó a su suegro despotricar contra los nazis. No era que al marqués los alemanes le cayeran especialmente bien; después de todo, había tenido que combatir contra ellos en la anterior guerra y estaba ya hasta el gorro de su manía expansionista. No obstante, si podía dar por bueno a algún alemán aislado, que igual lo habría, desde luego a los nazis no los toleraba; ellos representaban lo peor de los alemanes. Al menos, su suegro y ella estaban de acuerdo en algo.

La joven suspiró. Ahora que, tras la fantasía de la luna de miel, era consciente de la realidad de su matrimonio, se preguntaba si no se habría equivocado al aceptar la propuesta de Octave. No era que no lo amase. Lo amaba, o eso creía, porque nunca había sentido nada semejante por un hombre. Desde el primer momento, Octave le había inspirado una inmensa ternura. Sentía la necesidad de protegerle como a un niño, pero, a la vez, se sentía segura y protegida a su lado. Era extraño. Y desde luego que nunca ningún hombre la había tratado con el cariño, la devoción y el respeto con los que la trataba Octave. Quizá su padre, pero de eso hacía ya tanto tiempo que casi lo había olvidado.

Claro que, ¿eran aquellas razones suficientes para lanzarse a un matrimonio con un hombre al que acababa de conocer? Aldara había sufrido tanto, lo había pasado tan mal, que temía haberse agarrado a la primera tabla de salvación con la que se había topado con tal de no ahogarse.

«No», pensó sacudiendo la cabeza. Ella amaba a Octave. Octave era un buen hombre. No se había casado con él por salir del albergue de Gribeauval. De acuerdo que aquel lugar no era el Ritz, pero tampoco se estaba tan mal, sobre todo si lo comparaba con los horribles rumores que se escuchaban acerca de las condiciones de los campos de refugiados al este del país. Al contrario, en Gribeauval tenían dormitorios con camas y mantas, una cocina en la que las mujeres españolas preparaban como podían los platos que recordaban a la tierra, una escuela para los niños, un médico y una enfermera que los visitaban cada poco. Podían ganar algo de dinero haciendo trabajos aquí y allá y gastarlo cuando salían a pasear por la ciudad en un café con pastel o en unas medias de seda en los almacenes Uniprix. En Gribeauval, había hecho buenas amigas, compañeras de desgracias con las que compartir cuitas y una partida del cinquillo después de cenar. Cierto que no tenía mucho futuro, pero era joven y, cuando se es joven, el futuro está a la vuelta de cualquier esquina.

No, no se había casado con Octave por salir de Gribeauval… Aunque no estaba segura de no haberlo hecho por ocultarse en un lugar y en un estatus en el que sería difícil que sus fantasmas dieran con ella.

—¿Qué haces levantada?

Octave apenas había susurrado, pero ella se encontraba tan absorta en sus pensamientos que no pudo evitar sobresaltarse.

—Me has asustado.

—Lo siento. ¿Te encuentras bien? —preguntó con dulzura y un deje de preocupación.

—Sí, es sólo que no podía dormir y me he asomado a contemplar esos viñedos tuyos de los que tanto me has hablado.

El joven se colocó a su lado y le rozó tímidamente la mano hasta cogérsela por fin.

—Son preciosos, ¿verdad?

Contradiciendo sus propias palabras, Aldara se fijó por primera vez en el panorama nocturno al otro lado del balcón. Una luna casi llena, a la que sólo le faltaba un mordisco, brillaba en un cielo completamente despejado, derramando sobre la alfombra de vides su luz de plata.

—Ahora entiendo por qué se llama el Domaine de Clair de Lune. Me parece que la luna es más dueña del viñedo que tú.

Octave rio.

—Tienes razón. Y más de lo que tú crees. La luna decide cuándo se poda, cuándo se injerta, cuándo se vendimia… Ella rige los trabajos en el viñedo y en la bodega.

—Es bonito…

Aldara notó el frío subirle desde los pies descalzos. Se estremeció y se acercó un poco más a su esposo. Él se decidió entonces a rodearla con el brazo. Era extraño cómo ansiaba tocarla, besarla y abrazarla y, al mismo tiempo, su timidez le cohibía. En verdad se conocían desde hacía tan poco tiempo… La besó en el cabello como para demostrarse a sí mismo que aquellos gestos de intimidad eran naturales en un matrimonio, que ella no le rechazaría; nunca lo hacía, al revés: solía buscarle, mimosa.

—Vas a enfriarte aquí. Volvamos a la cama. Te subiré un vaso de leche caliente, a ver si te ayuda a conciliar el sueño —propuso Octave—. Hoy ha sido un día de muchas emociones, pero todo va a salir bien, te lo prometo. Mi padre es un buen hombre, sólo necesita un poco de tiempo para digerir la noticia.

Aldara se volvió entre sus brazos. Al tenerle cara a cara, le invadió de nuevo esa sensación de ternura, como cada vez que lo contemplaba. Le acarició el cabello rubio y lacio.

—No quiero que te vayas.

La joven se arrepintió al instante de su franqueza. Se había prometido a sí misma que no le haría más difícil a Octave la partida con llantos ni sensiblerías.

—Lo siento… No quería… Sé que tienes que hacerlo. Bastante duro es ya que tengas que hacerlo como para que yo no colabore.

Octave pensó que el pecho le estallaría de tanto como la amaba en aquel instante.

—Pronto estaré de vuelta, ya lo verás.

—Sí… Todo va a salir bien.

—Bueno, ¿qué? ¿Te apetece ese vaso de leche caliente?

Aldara se pegó aún más a su marido.

—Sí…

Le besó en los labios. Un beso largo y jugoso.

—Pero luego… —dijo deslizando las manos por debajo de la camisa de su pijama perfectamente abotonado—. Luego… —repitió en un susurro a su oído según notaba cómo la piel de Octave se erizaba bajo las yemas de sus dedos.

—Sí… Luego —corroboró él con la voz ronca mientras la buscaba, lleno de deseo.

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Amaneció un día luminoso. La casa estaba llena de ruidos que ascendían por el hueco de las escaleras y el jardín, lleno de trinos que se colaban por las ventanas. Aldara se sentía descansada y animada pese a todo. Procuraba no pensar más allá del siguiente paso que tenía que dar para llegar al comedor, donde esperaba encontrarse con Octave.

Cuando la joven había abierto los ojos después de un sueño profundo, aún era temprano, pero su marido ya no estaba en la cama. Ahora, lo único que deseaba era reunirse con él para desayunar juntos.

Consiguió recordar el camino desde su dormitorio hasta el comedor sin perderse y, según lo recorría, volvía a admirarse de la belleza y la riqueza de aquel palacio, patente en todos los rincones, también en corredores y escaleras. En la planta baja y ya cerca de su destino, empezó a percibir los deliciosos aromas del pan tostado y el café recién hecho.

Abrió la puerta. Y el entusiasmo se le vino abajo.

Al final de la mesa engalanada con porcelana, mantel de hilo y flores frescas, su suegro levantó la mirada de su desayuno al sentirla entrar. Junto a él, un hombre grande y fuerte como pocos había visto Aldara se apostaba como una columna y la observaba inexpresivo. Algo en su rostro oscuro, moldeado a pliegues y de rasgos deformes, la intimidó, así como un cierto ademán de ir a atacar a quien se acercase, del mismo modo que hubiera hecho un perro guardián.

—Buenos días —saludó con un hilo de voz—. ¿No está Octave aquí?

—Mi hijo está en los viñedos desde el alba. Ya tendrá ocasión de comprobar que aquí siempre hay mucho trabajo que hacer. Y más ahora, que hay que tomar decisiones muy importantes antes de que se marche. Como si de una mujer en estado de buena esperanza se tratara, es necesario acompañar a la vid hasta el momento de la vendimia.

Aldara, inmóvil, no hizo comentario alguno. Su suegro dio un sorbo de su taza de café.

—Siéntese. Llamaré para que le sirvan el desayuno. Puede ir comiendo algún cruasán. Aún están calientes.

La joven obedeció. Se sentó tiesa como un palo, las manos sobre el regazo y la mirada gacha, como si estuviera en el comedor de un reformatorio.

Auguste tocó un timbre y continuó untándose una tostada de mantequilla. El hombre grande y fuerte no movió un músculo.

—Ahora que estamos a solas por primera vez —la voz del marqués irrumpió como la de un orador espontáneo—, seré franco con usted. Quienes me conocen saben que no me ando con rodeos. Por el bien de nuestra relación, impuesta tanto para usted como para mí, conviene que las cartas estén sobre la mesa cuanto antes.

El marqués dejó el cuchillo de la mantequilla sobre el plato y olvidó la tostada. Miró fijamente a su nuera como un juez a un reo antes de emitir su sentencia:

—No apruebo este matrimonio. Y no por usted, ya que no puedo juzgar lo que desconozco. Eso es precisamente lo que no apruebo: que mi hijo se haya casado con una desconocida. No obstante, y ya que él así me lo ha pedido, estoy dispuesto a darle a usted un voto de confianza antes de imponer cualquier veto a su entrada en esta casa. Si de eso depende la felicidad de Octave, que así sea. Eso sí, espero que lo que hoy es causa de su dicha no se torne en un futuro en la de su desdicha. En ese caso, no habrá miramientos para quien se la propicie. ¿Me he expresado con suficiente claridad?

Claridad no era la palabra con la que Aldara hubiera definido el dictamen de su suegro, aunque de su intención no cabía duda. Asintió.

En ese momento, llegó una doncella que se acercó a la joven.

—¿Madame tomará té o café?

Aldara no contestó. Ante semejante silencio, Auguste la miró: ¿sería posible que no hubiera entendido tan sencilla pregunta?

—¿Madame…? —insistió con cortesía una no menos sorprendida doncella.

Y, entonces, como si hubiera despertado de un letargo, Aldara le devolvió una sonrisa.

—No tomaré nada, muchas gracias. La verdad es que no tengo apetito.

Bajo la atónita mirada de suegro y doncella —el hombre grande y fuerte apenas había parpadeado—, Aldara se puso en pie y, cogiendo un par de cruasanes de la cesta que había sobre la mesa, anunció:

—Con su permiso, voy a ir a buscar a mi marido.

—¿Cómo que a buscar a su marido? Pero ¿qué…?

—Quiero hacerle compañía mientras él acompaña a la vid —aclaró saliendo por la puerta.

—¡Será posible! Pero ¿qué se ha pensado, criatura? La finca tiene ochenta hectáreas, ¿cómo cree que va a encontrarle?

Las exclamaciones del marqués se dirigieron a una puerta cerrada. Aldara ya no estaba allí para escucharlas.

—¡Por el amor de Dios! ¡Valiente insensata!

Auguste se volvió al hombre que era como su sombra y empezó a gesticular con las manos en tanto hablaba despacio y vocalizando.

—Ve con ella, Pascal. Llévala con Octave.

El otro obedeció al instante.

Auguste cerró los ojos y se frotó las sienes.

—Empezamos bien si se empeña en demostrar que no hay cerebro dentro de esa bonita cabeza —se lamentó para sí antes de llevarse la taza de café a los labios—. ¡Maldita sea, esto está helado! ¡Traiga más café, haga el favor!

—Sí, señor marqués.

Octubre de 1939

Las primeras semanas de Aldara en el Domaine de Clair de Lune, marcadas por el comienzo de la guerra y la movilización de los hombres hacia el frente, habían resultado extrañas para todos, no sólo para ella. Mientras los demás parecían pendientes de un futuro incierto, la joven se encontraba desubicada sin Octave, habitando un lugar que sin él parecía no tener sentido.

Se sabía además observada y fiscalizada, juzgada en cada palabra y en cada movimiento por todos los que poblaban el Domaine. Sobre todo, por ese inquietante criado, Pascal. Aquella mole de hombre era como la sombra de Aldara. Una sombra inquietante. Afirmar que la seguía a todas partes quizá hubiera sido una exageración, pero lo cierto era que la joven tenía esa sensación, pues más de una vez se lo había encontrado al volver la cabeza o al doblar una esquina. Parecía que su suegro le hubiera asignado un vigilante carcelario. Resultaba siniestro por inexpresivo, con aquel rostro grande en el que se juntaban una nariz y una boca torcidas y pequeñas y un par de ojos sin cejas ni pestañas, redondos y negros como diminutos botones sobre una piel tirante en la que se apreciaban cicatrices de quemaduras. Y también por silencioso.

—No esperes que te hable —le había advertido Octave antes de marcharse—. Es sordomudo. Perdió el oído y el habla en la guerra; se quemó con gas mostaza. Pero no debes temerle. Es buena persona.

Puede que lo fuera. No obstante, se trataba de un hombre extraño, como extrañas resultaban para ella muchas cosas en lo que ahora era su nuevo hogar. Aun así, estaba acostumbrada a adaptarse a nuevos hogares y no iba a dejar que las circunstancias la sobrepasasen.

Con tal determinación, aquella mañana se había levantado dispuesta a visitar la bodega. Octave se había marchado apenas dos días después de llegar al Domaine y ella ya estaba cansada de merodear por la mansión sin más que hacer que echarle de menos. Como nadie se había molestado en mostrarle los rincones y pormenores de aquel inmenso dominio en el que ahora vivía, decidió empezar a descubrirlos por sí sola.

Fue así como, tras asearse y desayunar en su habitación, se encaminó hacia los edificios que, situados detrás de la mansión residencial, completaban el complejo del château. Se trataba de unas construcciones en piedra con el tejado de pizarra, grandes y funcionales, donde se encontraban los establos, el garaje, los almacenes y la bodega.

Al llegar frente a uno de ellos, lo primero que hizo fue escudriñar el panorama a su espalda. No vio rastro del criado vigilante, de modo que se animó a empujar el gran portalón medio abierto, que cedió suavemente, sin emitir el más leve chirrido. Con cautela, accedió a una sala profunda, apenas iluminada por la luz mortecina de una mañana encapotada que se colaba a través de las ventanas cenitales. Había cierta actividad en el interior. Distinguió a algunos obreros trajinando entre los depósitos y las máquinas. Por lo demás, el lugar estaba relativamente tranquilo.

Procurando pasar desapercibida, se dirigió a unas escaleras que supuso que conducían a las cavas subterráneas. En aquella primera incursión a la bodega, prefería explorarla sola, sin la mirada inquisitoria y seguramente desdeñosa de los que allí trabajaban.

Nada más descender bajo tierra, se encontró ante un largo túnel abovedado del que pendían unas pocas bombillas prendidas con una luz pobre y amarillenta que proyectaba sombras picudas entre las bóvedas. Paralizada en la embocadura de la cavidad, con la vista puesta en las grandes barricas tumbadas que la flanqueaban y que parecían perderse en la oscuridad, experimentó un escalofrío. Juntó las manos frente a la boca y exhaló una bocanada de aire tibio para calentarlas. No era que allí la temperatura fuera muy baja, pero apenas se había abrigado con una fina chaqueta y parecía tener el frío metido en el cuerpo.

O quizá fuera la impresión que le causaba aquel lugar, donde estaba segura de que podría perderse si se adentraba demasiado. Era como encontrarse en otro mundo. Un mundo en el que el tiempo y el espacio parecían encapsulados, ajenos a todo. El aire era húmedo y espeso, cargado de olores penetrantes a alcohol, moho, tierra y madera. Se percibía un silencio extraño, que no era silencio en realidad, pues estaba quebrado de goteos y crujidos, de roces y rumores.

—¿Lo oye? Es el espíritu del vino, que susurra constantemente.

Aldara dio un respingo. Aquella declamación a voz cascada justo en su espalda le había dado un susto de muerte. Con el corazón a todo latir, se volvió.

—Lo siento mucho, madame. No pretendía asustarla. Además, bromeaba. Lo que se oye son sólo los ratones. A los condenados les encanta el vino. ¿Ha visto usted alguna vez a un ratón borracho? Es todo un espectáculo.

Aún recuperándose del susto, Aldara miró confusa el rostro redondo y arrugado que le sonreía con afabilidad. Entre los pliegues de la piel, asomaban unos ojos chispeantes, ligeramente achinados por la sonrisa. El hombre se quitó la boina y descubrió una cabeza cubierta de un espeso cabello blanco.

—Permítame que me presente, madame. Soy Pierre Brocan, maître de chai.

—¿Maître de chai?

—El jefe de la bodega. Puede echarme a mí la culpa si no le gusta nuestro vino.

—No creo que pueda echarle a nadie la culpa de eso. Yo no entiendo mucho de vinos.

—Ah, pero no hace falta entender de vino para disfrutarlo. Y para disfrutarlo sólo hay que beberlo. Cuanto más, mejor. Con moderación, claro. No como los ratones. —Rio como un entrañable abuelo. Después, se dirigió a ella con la misma ternura—: ¿Quiere probar un poco?

—¿Ahora?

—¿Por qué no? Siempre es buen momento para una copa de vino.

Fue con Pierre Brocan con quien Aldara empezó a apreciar el vino. Sus visitas a la bodega se hicieron diarias. El viejo maestro le enseñó también cómo se elaboraba el preciado caldo, desde que las uvas entraban en la bodega hasta que su elixir salía dentro de una botella. Aparentemente era un proceso sencillo, con pocos pasos: estrujar la uva en el caso de los vinos tintos, prensarla si eran blancos; dejar fermentar el mosto; remontarlo a intervalos; trasladarlo después a la barrica para su crianza, trasegarlo de cuando en cuando, clarificarlo y finalmente embotellarlo. No obstante, en cada uno de aquellos pasos intervenían cientos de matices, se aplicaban siglos de sabiduría y tradición. Elaborar vino, sobre todo vino de gran calidad, como el que se hacía en el Domaine de Clair de Lune, tenía mucho de alquimia.

Sabiendo esto y guiada por las indicaciones del maestro bodeguero, a Aldara le resultó más fácil apreciar cada sorbo de las copas que le servía Brocan. Aprendió así a saborear la acidez, el metal y la madera, la fruta siempre presente; a percibir esa sensación rugosa en el paladar o, por el contrario, suave y mantecosa, según el vino; a reconocer aromas y colores, a distinguir los vinos jóvenes de los viejos.

Aldara decidió entonces completar sus conocimientos con los libros de la biblioteca y, después, comentaba sus lecturas con Brocan: sobre el cultivo de la vid, la producción del vino, los vinos de Francia, los de Borgoña… Siempre había sido inquieta y curiosa, apenas necesitaba una chispa para apasionarse.

En aquel camino casi autodidacta, también convirtió los paseos por el viñedo en una rutina diaria. Sintió la tierra crujir bajo los pies, acarició los pámpanos de un verde intenso, sostuvo los racimos de uvas entre las manos, prietos y henchidos, casi listos para la vendimia, y palpó los retorcidos sarmientos de la vid. A menudo, conversaba con los agricultores que vigilaban las vides en su momento más crítico. Alternando la mirada entre el suelo y el cielo, se preparaban para el momento más importante del año, en el que se recogería el fruto de su duro trabajo. Ellos respondían a sus preguntas, le mostraban la tierra entre sus manos como si fuera un tesoro y estrujaban la uva con sus dedos callosos para enseñarle el hollejo, las pepitas y la pulpa, para darle a probar el fruto áspero y ácido.

Al llegar la noche, Aldara daba cuenta de todas aquellas impresiones, descubrimientos y emociones en largas cartas que escribía a Octave. Y así se sentía más cerca de él.

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Quizá fuera que la mañana había amanecido soleada después de varios días de lluvia. O que había recibido carta de Octave anunciándole un permiso en las próximas fechas. Quizá simplemente disfrutaba de su visita diaria a la bodega y estaba deseando contarle a Pierre Brocan algo que había leído sobre la filoxera y descubrir con qué vinos la sorprendería ese día.

Sea como fuere, entró en la bodega con brío, tarareando una canción con la que ya se había despertado, una canción francesa que Octave solía cantar mientras se afeitaba y de la que ella no se sabía más que unos acordes de la melodía. Saludó a un par de trabajadores que siempre estaban por allí y a los que ya conocía por sus nombres y se encaminó derecha al barril junto a la pequeña oficina de monsieur Brocan, sobre el que hacían las catas.

Sin embargo, todo su buen ánimo se vino abajo cuando se topó con el marqués de Montauban, apostado tras la desordenada mesa de trabajo del maître de chai.

La relación con su suegro no podía definirse de cordial, ya había anticipado que así sería, de modo que evitaba coincidir con él en la medida de lo posible. Por suerte para ella, el marqués se había presentado voluntario para la intendencia militar en Dijon y pasaba la mayor parte del tiempo fuera del Domaine. Obviamente, aquel día se había ausentado de su puesto.

Aldara frenó en seco ante la mirada severa del marqués de Montauban y, como si la hubieran sorprendido cometiendo una falta, farfulló una excusa.

—Yo… Estaba buscando a monsieur Brocan.

—Lo sé, lo sé. Estoy de sobra al tanto de vuestras catas.

Aldara bajó la vista, contrita. Había vivido la mayor parte de su vida bajo el yugo de la autoridad y la autoridad siempre la amedrantaba. Al menos, en un primer momento, hasta que reunía la firmeza para no dejarse avasallar.

—Lo siento.

—¿Lo siente? ¿Por qué lo siente?

—No lo sé…

—No se disculpe si no ha hecho nada malo. Una disculpa fuera de lugar es un signo de debilidad de carácter y no creo que ése sea precisamente uno de sus defectos.

La joven lo observó intrigada, guardando un silencio prudente.

—No hay nada malo en querer aprender sobre el negocio de la que ahora es su familia —continuó el marqués—. Admito que no es habitual que una dama ronde por la bodega y alterne con los operarios y los agricultores. Pero no es usted la primera. Desde que era niña, Marguerite adquirió el vicio de mezclarse con los obreros, de curiosear aquí y allá, de beber vino como un hombre. A mi padre se le llevaban los demonios.

—¿Marguerite?

—Era mi hermana. Falleció. Hace ya mucho. Más de veinte años. Cómo pasa el tiempo… Sí… Marguerite poseía talento; un buen paladar y un buen olfato. Le puse su nombre a uno de los chardonnay: Caves de Marguerite.

—No lo sabía. Octave no me ha hablado de ella.

—Tiene que haber infinidad de cosas de las que Octave no le ha hablado. Apenas ha tenido tiempo de conocerle, ni él a usted.

Aldara calló ante el dardo de su suegro. No tenía intención de enfrentarse a él, llevaba todas las de perder. Entonces Auguste de Fonneuve salió de detrás de la mesa y se aproximó a ella.

—Brocan dice que usted también tiene talento y que aprende rápido.

—No soy yo quién para juzgarlo. Pero le aseguro que pongo empeño porque eso hace feliz a Octave.

—No diga lo que cree que quiero escuchar. ¿La hace feliz a usted? Ningún matrimonio se sostiene sobre la felicidad de uno solo.

Aldara sonrió.

—Me estoy aficionando a esto mucho más de lo que pensaba.

El marqués esbozó un gesto de satisfacción.

—Venga. Quiero mostrarle algo.

La joven le siguió hasta el barril en torno al que hacían las catas. Enseguida se fijó en los montoncitos dispuestos de forma ordenada sobre él: corcho desmenuzado, pedacitos de cuero, virutas de madera quemada, unos granos de pimienta y otros tantos de café.

—En esta familia no nos conformamos con ser aficionados al vino, tenemos que ser expertos —declaró con orgullo el marqués—. Si va a convertirse en una experta, hay que hacer bien las cosas desde el principio. Le enseñaré a penetrar en el cuerpo y el alma del vino del mismo modo que me enseñó mi padre. Y como yo a su vez enseñé a Octave. Confío en que sepa aprovechar las lecciones. Hoy vamos a empezar a entrenar el olfato.

Por la noche, suegro y nuera cenaron juntos en el inmenso y frío comedor. Una costumbre que se establecería a partir de entonces.

Durante aquellas cenas, era el marqués quien conducía la conversación. Empezaban hablando sobre los progresos de Aldara en su conocimiento del vino, el viñedo y la bodega. Después, Auguste indagaba sobre el pasado de la joven con preguntas breves y directas; no era un hombre de andarse por las ramas. Ella respondía como una alumna aplicada, que sabe bien la lección. No podía permitirse que asomara la duda o la contradicción. Debía mostrarse convincente. Y sabía que, a base de repetirlo, el relato iría calando en ella cada vez con más naturalidad. De cuando en cuando, Auguste corregía su francés.

Cuando Aldara ya no pudo seguir hablando de sí misma sin repetirse, empezó ella a hacer las preguntas. Descubrió que a Auguste no le gustaba hablar de la guerra, ni de la de antes, cuando había combatido como capitán de infantería, ni de la de ahora. Le gustaba hablar de Octave, eso sí; estaba realmente orgulloso de su hijo. Y del Domaine, que era parte de su esencia, su razón de existir.

Poco a poco, entre lecciones y veladas, la relación entre ambos se fue suavizando. Incluso su suegro comenzó a tutearla, un pequeño detalle del lenguaje que suponía un gran gesto: Auguste le concedía entrada en la familia. Al marqués empezaba a agradarle su compañía. Como hombre al que le complacía transmitir su sabiduría y su experiencia, encontró en Aldara a alguien que sabía callar y escuchar mientras él sentaba cátedra, algo que le satisfacía enormemente. Y es que la joven hacía mucho que había aprendido que, en ocasiones, ser discreta era lo más inteligente.

El marqués estaba dispuesto a darle una oportunidad, por su hijo, pero también porque había visto en ella cierta disposición, cierta actitud que a veces le recordaba a sí mismo. Y porque aquella muchacha le intrigaba.

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A mediados de octubre, el marqués decidió que la joven estaba preparada para presentarla a las damas del lugar. Más bien fueron las damas las que lo decidieron, manifestando hasta el hastío su enorme interés por conocer a la nueva señora del Domaine de Clair de Lune. Aunque aquel era un título que Auguste no estaba dispuesto a otorgarle con tanta ligereza a su inopinada nuera, acabó por claudicar. Organizó un té con las tenaces damas y se marchó a Dijon, dejando a Aldara sola ante un panorama muy poco halagüeño. La joven sospechó que su suegro la estaba poniendo a prueba.

A las cinco en punto de la tarde de un jueves, llegaron al château seis señoras y tres señoritas muy emperifolladas, de nombres rimbombantes y apellidos muy compuestos, con sus sonrisas falsas y sus lenguas bien afiladas. Aldara se sintió como un cachorro de león atrapado entre una manada de hienas.

—¡Qué magnífica sorpresa nos ha dado Octave con su matrimonio! Lo único que no podemos perdonarle es que nos haya privado del placer de disfrutar de una gran boda. ¿Qué manera de casarse es ésa de tapadillo?

Quien hablaba agitando levemente un petit four de bizcocho glaseado suspendido entre el índice y el pulgar era Madeleine Perroux. Aldara no tardó en darse cuenta de que aquella dama era la líder indiscutible del grupo. Ella acaparaba toda la conversación, mientras que las demás se limitaban a corear sus comentarios, reírle las gracias o asentir con un gesto complaciente a la vez que se atiborraban de té y pasteles.

—Este Octave… Confieso que empezaba a pensar que no tenía interés por las mujeres y el matrimonio. Siempre tan volcado en sus vinos y sus viñedos… Debe usted de poseer multitud de encantos para haberle enamorado de una manera tan fulminante.

Aldara, por alusiones, abrió la boca para restarse importancia, pero madame Perroux no le dejó ocasión. Casi lo agradeció. Más que escuchándola, continuó observándola. Se trataba de una mujer dotada de elegancia y refinamiento. Alta y delgada, debió de haber gozado de cierto atractivo en su juventud, si bien, ahora, su rostro afilado, enjuto y surcado de arrugas, y un cabello gris que recogía en un adusto moño le conferían el aspecto de una agria institutriz. Ni siquiera cuando sonreía se suavizaba su gesto altivo.

—¡Oh, el ardor juvenil! —declamó la verbosa dama—. Admito que a veces lo añoro. Aprovechad estos años de gozo, jovencitas. El amor romántico es una ilusión que se agota con el matrimonio, creedme. ¿O no es así, señoras?

Su corte la secundó con breves comentarios asertivos. Sólo Blandine, su hija, una espigada joven de ademán desganado, que solía poner los ojos en blanco al hablar, aportó la nota discordante.

—Por Dios, madre, no seas cínica. Siempre lloras con esos horribles folletines que te gusta leer.

Madame le dirigió una mirada fulminante.

—No creo que tú me hayas visto llorar jamás. Además, esta conversación ya resulta un hastío. Demasiado empalagosa.

Madeleine se metió el petit four en la boca y lo engulló sin saborearlo con ayuda de un sorbo de té. Parecía querer evitar que comer le restase la menor la oportunidad de hablar.

—Cambiemos de tema. ¿Es cierto que es usted una refugiada, madame de Fonneuve? ¡Oh, qué experiencia tan traumática! Yo conozco a otra refugiada de la guerra en España como usted. Pacita Jordá. Es una mujer cultísima y una pintora excelente. Está casada con el que fue agregado comercial en la embajada de Bruselas. Supongo que aun así se la puede considerar refugiada… Claro que ella no ha pasado por uno de esos horribles campos. ¿Usted sí? Es escalofriante lo que se lee en la prensa sobre esos lugares. Pero, claro, ¿cómo puede acoger Francia a toda esa gente que nos ha llegado de golpe? Gente sin formación, sin estudios… Obreros. ¡Comunistas! No será usted comunista, ¿verdad, madame? Oh, no, no puede serlo, Auguste no lo permitiría.

—Por el amor de Dios, Madeleine, coma otro pastel y cierre durante un instante la boca.

De pronto, se hizo un silencio en el que podía palparse el pasmo de la concurrencia. Aldara dirigió una mirada de admiración y agradecimiento a la mujer que había saltado de aquella forma tan poco diplomática como oportuna. Creía recordar que se había presentado como Sabine Jourdan. Repantingada en su asiento y bebiendo té con deleite, no parecía darle mayor i

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