Las recetas perdidas de la taberna Kamogawa (Taberna Kamogawa 3) (Taberna Kamogawa 3)

Hisashi Kashiwai

Fragmento

Capítulo 1

1

La estación de Karasuma de la línea Hanshin-Dentetsu es subterránea.

«¿Sigo en metro o mejor salgo a la calle?», se preguntó Sakyo Kataoka momentos antes de optar por la salida.

Sakyo era bailarín y sus movimientos eran ágiles. Subió las escaleras saltando los peldaños de dos en dos.

Salió por la boca número cinco y descubrió que se encontraba en el cruce del templo Karasuma-Bukkoji. El cielo estaba cubierto de nubes de un color plomizo, como si estuviera a punto de nevar.

Se levantó el cuello del abrigo para protegerse del viento frío y le preguntó a un hombre trajeado que esperaba el semáforo verde ante un paso de cebra:

—Disculpe, ¿sabe dónde está la calle Shomen-dori?

—¿Shomen-dori? ¿La que está cerca del templo Higashi Hongan-ji?

—Sí, sí.

—Pues te recomiendo que cojas el metro hasta la estación de Kioto y luego vayas por el paso subterráneo has­ta la calle Shichijo.

—Es que acabo de bajarme en la estación de Karasuma. Me gustaría ir andando.

—¿En serio? Te advierto que vas a tener que caminar bastante, ¿eh? Y, la verdad, no parece que estés muy en forma —le espetó mirándolo de arriba abajo.

—Sé que no lo parece, pero le aseguro que estoy en forma. Estoy más musculado que delgado. Puedo caminar largas distancias sin problema —repuso Sakyo, y luego se puso en cuclillas y se levantó varias veces para mostrarle a aquel hombre la fuerza de sus piernas.

—Bueno, si tú lo dices... Lo cierto es que, con el frío que hace, quizá no sea mala idea ir caminando para entrar un poco en calor —dijo, y después añadió señalando con el dedo la calle Karasuma-dori—: Mira, sigues todo recto por aquí en dirección al sur hasta que cruces la ca­lle Gojo-dori; a partir de ahí, continúas recto, cuentas cuatro semáforos y estarás en la Shomen-dori. No tiene pérdida, porque justo enfrente verás el templo Ohiga­shi-­san.

—¿El templo Ohigashi-san?

—¡El Higashi Hongan-ji, hombre!

—Ah, sí, sí. Muchísimas gracias —dijo Sakyo.

Pese a la confusión, Sakyo se sentía extrañamente emocionado por haber escuchado a aquel señor, que sin duda era un hombre de negocios, hablar con los giros y el acento propios de Kioto.

Siguiendo sus indicaciones, siguió en línea recta por la calle Karasuma-dori hasta llegar a la esquina de Gojo-­dori. Ahí, mientras esperaba el semáforo, se puso de puntillas y empezó a tararear una melodía. Una anciana que pasó a su lado lo miró con recelo. En el ambiente flotaba un olor delicioso que llegaba de una hamburguesería cercana. Tragó saliva y le rugió la tripa porque tenía hambre, pero se aguantó las ganas de entrar.

Tal como le había dicho el hombre, el cuarto semáforo estaba en la calle Shomen-dori. Torció a la izquierda dejando a mano derecha el templo que los kiotenses llaman Ohigashi-san.

Unos pasos más allá, se detuvo frente a una construcción de dos plantas.

«¿Será aquí?»

Se trataba de un edificio antiguo y vulgar, con la fachada enlucida con mortero. No tenía ninguna gracia y, además, nada indicaba que albergara un establecimiento abierto al público: no tenía rótulo, ni la tradicional cortina noren. Sin embargo, delante se percibía el aroma típico de los restaurantes.

Todo era tal como se lo habían descrito.

Deslizó ligeramente la puerta corredera y se asomó dentro del local.

—Buenos días.

—Muy buenas —lo saludó una chica. Llevaba puesto un delantal negro de sumiller y sonreía—. Bienvenido a la taberna Kamogawa.

—¿Se puede?

—Claro, adelante.

—¿Es usted Koishi Kamogawa?

Koishi lo miró extrañada.

—Sí, soy yo, ¿por qué?

—Me dijeron que era usted increíble, pero se quedaron cortos —dijo Sakyo mientras se quitaba el chaquetón rojo.

—Déjese de cumplidos —repuso Koishi. Se había puesto colorada.

—Perdone. No he llamado para reservar, pero ¿podría comer algo? —preguntó él sujetándose la barriga.

Entonces apareció un hombre con chaqueta blanca de cocinero. Era Nagare Kamogawa. Se lo quedó mirando y le dijo:

—Si le parece bien el omakase, la selección de lo mejor que tengo en la cocina, se lo traigo enseguida.

—Me parece perfecto. Adelante, por favor —repuso Sakyo.

—¿Hay algo que no le guste o que no pueda comer?

—No, como de todo, sin problema.

—De acuerdo. Deme unos minutos —pidió Nagare, y se fue a la cocina.

Sakyo se sentó en una silla de tubo y se puso a escribir algo en su móvil mientras Koishi limpiaba cuidadosamente la mesa.

—¿Ha venido aquí buscando algún plato? —le preguntó ella de pronto.

Él levantó la cara.

—¿Cómo dice?

—Me imagino que ha venido porque vio nuestro anuncio de «investigaciones gastronómicas».

—Sí, sí. La señora Daidoji, de la revista Ryori-Shunju, me dio la dirección —contestó él, y le mostró la pantalla de su móvil.

Koishi acercó la cara a la pantalla y exclamó sorprendida:

—¡¿Es usted actor?!

En la pequeña pantalla se veía a Sakyo vestido con una licra roja de cuerpo entero, sonriendo feliz al lado de Akane Daidoji.

—Soy bailarín, para ser exactos.

—¿De danza contemporánea o algo así?

—Cuando me sacaron esta foto, estaba en un espectáculo de danza contemporánea, pero soy un bailarín polivalente y participo en proyectos muy diversos: obras de época, de terror... Me atrevo con casi cualquier cosa que implique expresión corporal.

En ese momento regresó Nagare con una bandeja plateada llena de comida.

—Disculpe la espera —dijo.

Sakyo se estremeció de emoción al observar los platos que Nagare iba colocando en la mesa.

—¡Pero esto es un festín! —exclamó con el cuerpo tembloroso.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó Koishi sorprendida, poniéndole la mano en el hombro.

—No se preocupe, Koishi —dijo él sin quitar ojo a los platos—: suelo tener estos temblores cuando me emociono, ¡y cómo no lo voy a hacer con todo esto!

—Déjeme explicarle un poco lo que le he traído —propuso Nagare.

—Por favor —respondió Sakyo enderezándose en el asiento.

—Como ya estamos en invierno y hace frío, le he preparado un menú con varios platos calientes. En este platillo de cerámica Awaji-yaki —empezó a decir señalando con el dedo—, tiene pez limón asado con lías de sake sake-kasu; a mí me gusta tomarlo con un poco de pimienta shichimi negra. En el cuenco de cerámica Karatsu que está al lado hay una tortilla de pollo parecida a la tortilla de pollo con cebolla y caldo dashi que suele ponerse encima del arroz en el típico oyakodon; le recomiendo que le agregue una pizca de pimienta sansho en polvo. Esto es rábano asado: póngale un poco de soja negra fermentada y salada tochi-miso. En la escudilla de cerámica Shigaraki-yaki tiene rollos de lomo de pato con puerro; la mostaza karashi líquida es perfecta para darles un toque picante. A su lado hay caballa en vinagre y un marinado de algas mozuku de la península de Noto, también conocidas como «kinu-mozuku». En este plato de cerámica Imari-yaki tiene tortuga china cocida con salsa de soja y, por último, en este plato de cerámica Oribe-yaki hay un guiso de langosta japonesa al miso blanco. Eso es todo. En un momento le traigo el arroz.

Sakyo había ido mirando los platos y asintiendo con la cabeza. Cuando Nagare terminó sus explicaciones, lanzó un suspiro.

—Usted es el señor Nagare, ¿verdad? —preguntó, y luego continuó sin esperar respuesta—. Desde luego, se tiene bien ganada la fama. Yo venía con unas expectativas muy altas por todo lo que Daidoji me había contado, pero le aseguro que aun así me ha sorprendido.

—Entonces ¿tiene relación con Akane?

—Sí, nos conocimos hará unos tres años en un evento al que asistí como invitado, y que combinaba gastronomía y danza. Desde entonces, no hemos dejado de tener contacto profesional y personal. Muchas veces me invita a cenar con otros amigos —aseguró sin dejar de mirar la comida con atención y tamborileando rítmicamente en la mesa con los dedos.

—¿Y qué desea tomar? —interrumpió Koishi.

—No tendrán vino, ¿o sí?

—No tenemos una gran bodega, pero le puedo ofrecer algunos vinos japoneses —repuso Nagare.

—En ese caso, me gustaría tomar un vino blanco, ligeramente frío.

—Claro que sí. Ahora vuelvo.

Nagare se colocó la bandeja de plata bajo el brazo y volvió a la cocina.

—¿Le gusta mucho el vino? —quiso saber Koishi.

—Bueno... más bien es que no me gustan otras bebidas alcohólicas: no me va el sake, ni el aguardiente de arroz shochu, ni tampoco la cerveza: por eso tomo vino.

—Vaya... a eso se le llama «elegancia natural». Con ra­zón es usted bailarín.

Nagare reapareció enseguida con una botella de vino en la mano.

Sakyo se fijó en la etiqueta y asintió con la cabeza.

—No sabía que hubiera viñedos en Kioto. Me encantará probarlo.

—Este vino se llama Toyosaka y se produce en Amanohashidate con las uvas de la variedad Seibel 9110, autóctona de Kioto, y un poco de la alemana Bacchus. Me parece muy agradable su aroma a cítricos.

Abrió la botella y acercó el corcho a la nariz a Sakyo.

—¡Mmm, qué aroma tan agradable!

—Si le apetece, puede tomarse la botella entera. Creo que está a la temperatura perfecta, así que se la dejo sin cubitera.

Nagare puso una copa al lado de la botella y regresó a la cocina. Koishi se fue detrás de él.

La sala quedó en silencio. Sakyo carraspeó y se sirvió más vino. El contraste entre la delicada escena que él mismo protagonizaba y lo destartalado del local le hizo sonreír.

Dio un trago y dejó la copa en la mesa.

—Es delicioso —musitó.

Enseguida centró su atención en la langosta japonesa. Era más bien pequeña, pero muy carnosa. Cuando Nagare le había dicho que llevaba miso blanco, se había imaginado que tendría un gusto dulzón, pero, quizá por el efecto aromático del cítrico yuzu, el sabor era sorprendentemente fresco. No estaba hervida, sino sólo algo marinada con el miso, de modo que la carne se veía casi transparente, sobre todo en el centro.

No necesitó probar nada más para saber que Nagare era un cocinero fuera de serie. Le dio la impresión de que ninguno de los platos que había probado en los famosos restaurantes tradicionales ryotei de Gion iba a estar a la altura de los de esa humilde taberna.

Siempre le había parecido que como mejor quedaba el pez limón era preparado con salsa teriyaki, pero, la verdad, con sake-kasu su sabor adquiría complejidad y profundidad. En todo caso, era evidente que el señor Kamogawa no usaba un sake-kasu cualquiera, comprado en un supermercado, porque éste tenía un aroma intenso que impregnaba todo el pescado.

Siguió con el lomo de pato, pero se le fue la mano con la mostaza karashi y el picante le aguijoneó la nariz. Tomó un buen trago de vino.

Nagare reapareció cuando había probado más o menos la mitad de los platos.

—¿Qué tal? ¿Le está gustando? —preguntó.

—¿Que si me gusta? ¡Esto es una auténtica maravilla! Fíjese que hasta me están entrando ganas de empezar a bailar, de lo rico que está todo.

—Me alegro. Ya le tengo preparado el arroz, así que avíseme cuando quiera que se lo traiga.

—Muchas gracias. Si me permite, voy a tomar un poquito más de vino antes de pedirle que traiga el arroz —respondió Sakyo alzando la copa.

Dio otro trago de vino, le puso un poco de soja negra tochi-miso al rábano asado y se lo llevó a la boca. Tras otro trago de vino, espolvoreó generosamente la tortilla de po­llo con pimienta sansho y la probó. Estaba riquísima. Vol­vió a llenarse la copa.

Cada vez bebía más rápido. A esas alturas, la botella ya estaba casi vacía.

Cerró los ojos y rememoró su actuación en el escenario tres días atrás.

Había concluido la velada con la sensación de haber ejecutado a la perfección todos los movimientos, pero la reacción del público había sido bastante fría. Le hubiera gustado poder echarle la culpa a alguien más, pero había sido una actuación en solitario, y la coreografía y la producción eran impecables. La verdad, esperaba que le aplaudieran de pie, de modo que oír unos aplausos tímidos le rompió el corazón.

Nagare llegó con dos pequeñas ollas de barro y las dejó encima de la mesa.

—Como todavía tiene que hablarnos del plato que quiere que le ayudemos a buscar, le he traído el arroz, no sea que se haga tarde.

—Lo siento. Está todo tan delicioso que no he podido evitar...

—Hoy he preparado un arroz con cangrejo —continuó Nagare sin esperar a que terminara de hablar—. Lleva mantequilla, de modo que es algo así como un pilaf.

Sirvió el arroz, que había cocido en una olla de barro de cerámica Shigaraki, y lo puso delante de Sakyo.

—¡Es verdad, huele mucho a mantequilla! Parece un plato occidental —dijo Sakyo acercando la nariz al cuenco.

Nagare levantó la tapa de otra olla de barro. Contenía una sopa.

—Por eso mismo he pensado que, en vez de traerle una sopa de miso, sería mejor una sopita de verduras.

—Es una minestrone, ¿verdad?

—Más o menos. Yo creo que, en términos occidentales, sería más apropiado describirla como un doble caldo, porque está hecha con un caldo concentrado de huesos de ternera al que se agrega otro a base de alga kombu y sardinas secas niboshi. En Japón podríamos usarla para preparar un ramen, pero yo se la he traído con distintas verduras en juliana y un poco de beicon. Le dejo las dos ollas, sírvase todo lo que quiera.

—Tiene una pinta deliciosa —opinó Sakyo. Cogió el cuenco de sopa y se lo llevó a los labios.

—Lo acompañaré a la oficina cuando haya terminado de comer. Le dejo también el té —dijo Nagare. Puso una taza grande de té en la mesa y se marchó a la cocina.

Sakyo levantó el cuenco de arroz y comió un buen bocado. Tenía sus dudas de que el pilaf le gustara después de probar varios platos de cocina japonesa, pero se disiparon enseguida. La clave era la sopa, que tenía un aroma fuerte, pero un sabor que no podía describirse con una palabra tan simplona. Quizá «especiado» hubiera sido mejor, pero, además de rimbombante, esa palabra no hacía justicia a un sabor profundo y complejo como aquél. De todas maneras, era cualquier cosa menos una simple «sopita de verduras», y combinaba perfectamente con el pilaf.

Fue alternando el arroz y la sopa hasta que vació los cuencos, y luego, tras unos instantes de duda, volvió a rellenarlos.

Aunque siempre decía que su cocina favorita era la francesa, después de aquel festín ya no lo tenía tan claro. Ya no recordaba cuándo se había sentido tan plenamente satisfecho después de comer. Juntó las manos a la altura de la boca y luego cogió la taza de té.

—¿Está listo? —le preguntó Nagare saliendo de la cocina.

—Sí, he terminado. Muchísimas gracias. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de una comida —dijo levantándose un poco de la silla e inclinando la cabeza.

—Espero que no se haya sentido atosigado. No he tenido la intención de meterle prisa.

—No, para nada. La culpa es mía: me lo he tomado con demasiada calma.

Sakyo se levantó de la silla enjugándose con un pañuelo las gotas de sudor que le rezumaban en la frente.

Nagare llamó a la puerta de la oficina que estaba al fondo del largo y estrecho pasillo.

—Pase —respondió Koishi.

—Lo dejo con mi hija —le dijo Nagare a Sakyo. Después, se dio la vuelta y enfiló el pasillo hacia el comedor.

Sakyo entró en la habitación y se sentó en medio del amplio sofá frente a Koishi.

—Disculpe la espera —dijo.

—Nada, nada. No se preocupe. ¿A que mi padre cocina muy bien?

—¡Sí! Estaba todo delicioso. Hacía mucho que no disfrutaba tanto comiendo.

Koishi, que estaba sentada en otro sofá frente a él, sonrió y puso una carpeta encima de la mesa baja que había entre los dos.

—¿Puedo pedirle que cumplimente este formulario, por favor?

—Por supuesto, ningún problema.

Sakyo cogió la carpeta y se puso a escribir sin titubeos. Cuando terminó, se la tendió a Koishi.

—Qué curioso —comentó ella sonriendo—. Los bailarines como usted parece como si estuvieran bailando hasta cuando escriben.

—Yo creo que la danza es algo que llevo muy dentro. ¡Suelo bailar hasta cuando me lavo los dientes!

—¿Y Sakyo Kataoka es su nombre real?

—Sí.

—Pues parece un nombre artístico.

—También tiene algo de eso.

—¿Qué quiere decir? —inquirió Koishi inclinándose hacia delante.

—Se lo he puesto en el formulario: vengo de una familia dedicada al noh, el drama musical de mayor tradición japonesa. Mi padre, Seisetsu, es la octava generación de actores y, de haber seguido sus pasos, yo habría sido la novena.

—Caramba. ¿Y no se sintió obligado a continuar la saga?

—En cierto sentido sí, pero...

Sonrió incómodo y ladeó la cabeza.

—Bueno —dijo Koishi—, al fin y al cabo, el noh y la danza sólo son distintas formas de bailar. En el fondo son muy parecidos, ¿no?

—No, para nada; no tienen nada que ver —repuso Sakyo tajante.

Koishi se sintió un poco intimidada.

—¿En qué se diferencian... tanto?

—Son dos artes completamente distintos: más que bailar, en el noh se «evoluciona». Quiero decir que los movimientos son más bien planos, mientras que en la danza son tridimensionales.

—No sé si lo entiendo del todo —dijo Koishi frunciendo el ceño—. Pero bueno, dejemos eso por el momento y hablemos de lo que lo ha traído hasta aquí. ¿Qué plato está buscando?

—Un kake-soba.

—¿Un kake-soba? ¿No se trata de algo parecido al su-soba?

—¿En Kioto lo llaman así? Yo me refiero a esos fideos soba servidos en un cuenco grande con caldo caliente, sin ningún añadido.

—Sí, son ésos: unos fideos en caldo, simplemente. Me imagino que son iguales en cualquier sitio.

—Eso mismo pensaba yo, pero cuando recuerdo el sabor del kake-soba al que me refiero... digamos que tenía algo muy especial.

—¿Y dónde lo comió? —preguntó Koishi cogiendo el bolígrafo.

—Fue hace unos tres años, en el Wakamiya, un restaurante tradicional ryotei de Kagurazaka.

Koishi anotó la información, pero luego se detuvo, dejó suspendida en el aire la mano con la que escribía y levantó la cara.

—No sabía que servían soba en los ryotei de Tokio.

—Imagino que no lo harán habitualmente. Creo que aquélla fue una ocasión especial.

—¿Podría explicarme esto último con más detalle? —pidió Koishi.

—Mire, hace tiempo ya decidí no continuar la tradición familiar y ganarme la vida como bailarín, pero mi padre, Seisetsu, sigue intentando convencerme de que vuelva a casa y continúe con la saga. Suele ir a verme a la sala de ensayo y alguna vez incluso se ha presentado en mi camerino poco antes de una actuación para hablar conmigo. Yo no pienso hacerlo, sin embargo él no deja de insistir...

—Supongo que alguien que ni siquiera conoce la diferencia entre el noh y la danza como yo no debería opinar, pero ¿no cree que lo mejor sería que volviera a casa y le diera una alegría a su padre? La verdad, me da pena.

—Pensará que soy un soberbio y un engreído, pero no me gustaría malgastar mi vida tratando de continuar una tradición, por muy antigua y venerable que sea. Si de lo que se trata es de interpretar las obras de Zeami sin aportar nada personal, ¿por qué debería ser yo, y no otro, quien lo haga? En la danza, lo que hago en el escenario es de mi propia creación —afirmó convencido—, y ¿quién puede asegurar que ninguna de mis coreografías llegará a considerarse jamás como danza tradicional japonesa? A lo que voy es a que mi objetivo es llegar a ser como Zeami.

—Pues a mí todo eso me suena muy raro —musitó Koishi lanzando un suspiro.

—La cosa es que —continuó Sakyo—, cuando mi padre va a verme, además de insistir en que regrese a casa y me dedique al noh, apenas me dice nada más. Sin embargo, esa noche, extrañamente, me invitó a cenar. Yo acababa de terminar un espectáculo que él había visto sentado en una butaca de la segunda planta y...

—Y lo llevó al Wakamiya —dijo Koishi escribiendo al mismo tiempo en el cuaderno.

—Sí. Era un ryotei de postín, un lugar donde un pobre bailarín como yo no pintaba nada. Si hubiese sido un actor de noh, pues todavía, pero... en fin, que por más que insistí en que fuésemos a un bar o a una taberna cualquiera, no conseguí disuadirlo.

—¿Y no sería que quería que fuera una velada especial?

—Seguramente era eso, pero, la verdad, todo fue un poco raro aquella noche: no nos llevaro

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